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LA “IZQUIERDA” IMPERIALISTA, LAS ELECCIONES Y EL FMI

LAGARDE Y MACRI

El PO, primero y después el FIT han rechazado la consigna de ¡Fuera, Macri!, que había propuesto el fundador del PO, Jorge Altamira. En la misma línea de Scioli y Macri “son lo mismo, votamos en blanco”, dicen ahora que gane Macri o Fernández “sigue el FMI”. Lo que significa que insisten en apoyar en los hechos al neoliberalismo. Para eso, y para cosechar diputados –Altamira dice que les interesa más que hacer la revolución – piden en las PASO y en octubre el voto a sus listas, incluidos sus candidatos presidenciales, que van a restar los votos necesarios para vencer al enemigo del pueblo argentino. Si hubiese balotaje, los argumentos que plantean indican que volverán a votar en blanco, como en el 2015.

Saben, nadie lo ignora y estúpidos no son, que el FIT no puede ganarle a Macri ¿ignoran que los EEUU y el FMI quieren su reelección? A tal punto –es un escándalo y el periodismo oligárquico lo reconoce hoy– que Christine Lagarde, por presión de Trump, autorizó usar los dólares girados por el FMI para congelar su precio y ayudar al triunfo electoral del presidente ¿Trump y el FMI saben  menos que Nicolás del Caño, Pitrola y Cía. sobre cómo cuidar el interés imperialista? Si el triunfo del Frente de Todos les diera “lo mismo” que la reelección de Macri ¿porqué está todo el poder de los centros financieros y sus medios de prensa empeñados en que Alberto pierda las elecciones?

A una secta “trotskista” que opinaba igual en la política china (decía que había que luchar contra el Japón y contra “los burgueses” chinos al mismo tiempo, sin unirse para enfrentar la ocupación del país por el ejército japonés) Trotsky le señaló que en una semicolonia, como era China, y es la Argentina, debe defenderse el interés nacional contra el imperialismo mundial. Y, como es sabido, apoyó en Méjico al General Cárdenas, una suerte de Perón azteca. No hay dudas de que atacaría indignado, hoy, la negativa del FIT de unirse a Maduro, contra la amenaza militar de intervención norteamericana, que Macri secunda. Esas premisas no han variado, aunque hoy el saqueo use especialmente la especulación financiera. Los años de Macri, de todos modos, muestran que también siguen usando “la apertura al mundo”, para destruir nuestra  industria, reducirnos al rol de productores primarios y reservar para sí la producción de mercancías más elaboradas.

El “argumento” del FIT es que ningún candidato declara la ruptura con el FMI. Sin declamaciones altisonantes, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner no cedió ante los fondos buitres. Y con obvios intereses Paul Singer fue uno de los que puso dinero en la campaña de Macri. Los buitres, por lo visto, no pensaban que Scioli y Macri “eran lo mismo”. Claro, no eran “marxistas” de maceta como los jefes del FIT.

Trump y Paul Singer son más “científicos” que estos “trotskistas”. El divisionismo ultraizquierdista les sirve en los hechos a Singer y Trump, aunque el FIT quiera confundir a los argentinos y prometa (a lo Macri) una ilusoria “revolución”. Gritan lo más, sin hacer lo mínimo. Son charlatanes. Hay que votar desde la izquierda por Alberto Fernández; ignorar a la “izquierda” que ignora al país, y lo da  en bandeja a Macri, EEUU y el imperialismo mundial. Parecen no entender que desaparecerán las industrias y la clase obrera, si triunfan los oligarcas.  Y sin industrias y sin obreros se debilitarán las fuerzas que pueden sostener una estrategia socialista ¿o será que apuestan a la única “izquierda” que tuvo en su tiempo la Argentina agroexportadora, que también combatía a Irigoyen, primero y a Perón, después? Es para pensarlo: porque si la sensibilidad no les sirve para unirse al pueblo que quiere dejar de sufrir ya, la teoría marxista debería dictarles esta conclusión: si gana Macri, gana el imperialismo.

Una posición coherente de izquierda impone votar a F-F, no fracturar el campo popular y ayudar al campo financiero internacional a saquear la Argentina: sólo derrotándolo es posible abrir vías para un protagonismo de los de abajo, principales interesados y garantes del consecuente proyecto de transformación revolucionaria que necesita el país y América Latina.

Córdoba, 31 de julio de 2019

LOS ORÍGENES DE “LA GRIETA”

La respuesta al desafío electoral, por parte de Cristina Fernández de Kirchner fue, mientras el gobierno de Macri apostaba a profundizar “la grieta” y explotarla a su favor, presentar al país, y al universo peronista, la fórmula de candidatos Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner. Desbarataba, así, varias de las maniobras que Macri y su banda estaban desplegando para obstruir la unidad y la suerte electoral de las fuerzas nacionales, entre las cuales nunca se descartó la posibilidad de reiterar, en la Argentina, el tortuoso trámite del Lava Jato brasileño, poniendo en prisión a la ex presidente. Aún así, el tema de “la grieta” sigue presente, siendo la referencia obligada de los partidos, los mensajes electorales y la perspectiva que, triunfante en las elecciones –si, como esperamos, esa es nuestra fortuna– debe trazarse el gobierno popular, en la lucha por ampliar sus bases de sustentación y rescatar al país del abismo en que lo sumergió el actual gobierno. Si pretendemos, como es obvio, que no vuelvan, debe elaborarse un programa que nos libere definitivamente. En ese marco, examinar los orígenes  y “la lógica” de “la grieta” es, a mi juicio, contribuir al esclarecimiento de los grandes problemas y las tareas que aguardan a las fuerzas patrióticas.

LOS ORÍGENES DE “LA GRIETA”

Racionalidad e irracionalidad en la actualidad argentina

LA GRIETA

 

El principal interesado en superar “la grieta” es obviamente el campo popular y, por lo tanto, el beneficio de preservarla es un afán del campo oligárquico. Construirla y renovarla fue (sigue siendo hoy) una tarea del sistema de medios monopólicos, con el Grupo Clarín, el diario creado por el General Mitre y los cuscos menores trotando detrás. Fue una victoria suya, en la última década, envenenar a un sector importante del público. El viejo recurso de la moral pública, por falaz que sea, en boca de los autores de ese gran latrocinio que fue Papel Prensa, de evasiones de impuestos largamente millonarias, y un largo etcétera, siempre ha sido útil para poner bajo sospecha a los gobiernos populares, que disgustan al orden social dominante, cuyos titulares no resistirían el menor examen, pero pueden fungir como censores éticos, por ser también los dueños del sistema mediático. De todos modos, no sólo explotan ese filón. Saben captar todas las debilidades del liderazgo popular, y usarlas contra él. Y manejan a la perfección, si nosotros lo permitimos, las contradicciones que existen en el seno de las mayorías, para aplicarnos la consigna “divide et impera”. La medida de su éxito, suele decirse, es “que los pobres voten lo que los ricos quieren”. En nuestro caso, esa es nuestra desdicha, “la grieta” no responde a un choque de intereses necesariamente opuestos. Si fuera así, a un costado de la grieta estarían los especuladores, las grandes empresas de capital extranjero, los terratenientes pampeanos y muy pocos más, una ínfima minoría, constituida por los sectores verdaderamente beneficiados por el orden oligárquico. Y en el costado opuesto, las mayorías populares, cuyos intereses son coincidentes con la custodia del interés general y la defensa de la patria, tanto en sentido económico como respecto a ubicarnos en el contexto global. No siendo así, “la grieta” deviene del triunfo oligárquico sobre las grandes mayorías, perturbadas por la influencia ideológica del bloque imperialista, que ha sabido aprovechar los errores tácticos del campo popular y, sobre todo, sus incoherencias y debilidades para procesar las “contradicciones en el seno del pueblo” de una manera adecuada, aislando al enemigo. Intentaremos analizar estas cuestiones, con el propósito de señalar cómo debería superarse el problema, beneficiando nuestra causa, que es la causa del pueblo argentino.

Entender la grieta, al mismo tiempo, nos da las claves del drama nacional y la perspectiva para saber cómo construir una mayoría amplia y sólida. En el presente, las debilidades políticas e ideológicas del campo nacional hacen que la misión de “superar” (involuntariamente, al dañar al país y sumergir a la población en situaciones desesperantes) “la grieta” corra por cuenta del gobierno de Macri; éste podría unir a las clases populares, en defensa propia, para impedir que siga destruyendo el país. Si esto ocurre, o no, lo dirán los hechos. Pero, más allá del momento, hay motivos estratégicos para cerrar “la grieta” e impedir que se reconstituya: ampliar la base del movimiento popular, obtener para el mismo una solidez que hoy no tiene. Es imposible transformar la Argentina sin una gran alianza de las grandes mayorías. Si echamos a Macri con fuerzas precarias, sin fortaleza propia y sin emprender un proceso de liberación nacional, sólo habrá intervalos de gobierno popular, entre devastadores ciclos de poder oligárquico. Es la lección de las últimas décadas, lo que nos afecta aún y amenaza con hacer de la Argentina un país inviable.

En los flancos de “la grieta”, las cargas emocionales –intentaremos explicar qué motivos han hecho que sea así– obstruyen la reflexión (1). Y surge la creencia, falsa a nuestro juicio, de que nada pueden hacer las personas, para extinguir odios que son recíprocos; superarlo estaría “en manos de la historia”. Ésta mostrará a los necios cuán errados están, si esos necios tienen cura. En este marco,  “el otro”, para redimirse, debe sufrir, como San Pablo, una Conversión.

Esta grieta ¿es la de siempre?

Más de uno (2) ha dicho que en la Argentina siempre existió la “grieta”. Algo de razón hay, en esa tesis. Pero la verdad, sostiene Lenin, es siempre concreta. Decir que “la grieta” es una vieja antinomia (porteños/provincianos, radicales/conservadores, peronistas/gorilas) es un modo de salir del tema… sin haber entrado. Pero no analizarlo, naturalizar la cuestión,  hacer de ella una fatalidad histórica, es predicar la impotencia (frente al destino, nadie la talla, dice el tango). Operativamente, es colaborar con quienes explotan lo que Mao llamaba “las contradicciones en el seno del pueblo”, por un lado. Y, por el otro, eximir de responsabilidades al liderazgo del campo nacional-popular, que, como luego veremos, le facilitó las cosas al poder oligárquico, el actor principal en trastocar los términos del debate público y fomentar discordias en el seno de nuestro pueblo (3).

El desliz más frecuente, en las miradas fatalistas, es señalar una supuesta invariante: una parte del pueblo argentino –nuestras clases medias– no tiene remedio. Dice una canción, que evoca  a Jauretche, ignorando su optimismo, base insoslayable de la batalla cultural: “cuando muere  el zonzo viejo/queda la zonza preñada”. No estamos de acuerdo. Seguimos “preñados”, eso sí, de la endeblez ideológica y las contradicciones manifiestas del nacionalismo popular. Esta nota procurará demostrarlo, al reconstruir los sucesos del pasado próximo, con fría objetividad (4).

En primer lugar, “la grieta” actual –esto no ocurría en las ocasiones que se citan al afirmar que es “más de lo mismo”– nace en un cuadro de crisis de la identidad y representación  políticas, que no existía en otras fracturas. En los tiempos de Irigoyen, durante el gobierno de Perón y al caer el mismo, por dar ejemplos que son clásicos, nadie quería “que se vayan todos”. Y esto establece una gran diferencia y nos da un signo de nuestra época. El desplazamiento electoral hacia Cambiemos, en el curso del 2015, que daría lugar al triunfo de Macri, es un episodio inscripto en el cuadro de esa crisis. Nunca vimos, pese a la existencia de un “núcleo duro” en el macrismo, una identidad positiva; mucho menos una comunidad de ideas, como era el caso de las clases medias que cantaron vivas a “la revolución libertadora”. La clientela de Cambiemos se define por oposición, como anti k (5). Nada novedoso, después de la crisis del 2001. Luego de ella, el desplazamiento electoral es lo habitual; nadie tiene “la vaca atada”. Las “sorpresas” anteriores del ciclo democrático –la mayor fue el triunfo de Alfonsín en 1983, que acabó con décadas de imbatibilidad del peronismo– exhibían trastornos más episódicos de parte de los electores con su representación partidaria. Pero las identidades políticas, como “capital fijo” de nuestras fuerzas populares, no estaban en crisis. El peronismo, fracasado Alfonsín, y renovado en parte, recuperó el crédito. Y aunque “la renovación” liquidó la cuota de poder sindical sobre el PJ, la clase obrera siguió identificada con la fuerza fundada por el General Perón (6). Algo similar  podría decirse de las bases del radicalismo, en las cuales, como se sabe, hay un predominio de la pequeña burguesía. Aunque en ambas fuerzas esto sea negado, diversas pruebas evidencian que el grito ¡que se vayan todos! expresa la aparición de un disloque, no superado hoy, en las relaciones entre los partidos y sus respectivas bases sociales. Este disloque pudo resolverse al emerger el kirchnerismo, pero los hechos demostraron que esa meta era excesiva, dados los límites de esa corriente. Y no cabe ignorarlo al plantear el balance del periodo y un diagnóstico que explique “la grieta”, que debe entenderse como un síntoma del momento histórico, sin apresurar conclusiones. Veamos un ejemplo: aunque la observación pueda ser acertada, poco se gana al indicar que “la grieta” tiene relación con la “antipolítica”. Esta tendencia es también  mal entendida: ¿cuánto hay en la “antipolítica” de prejuicios y zonceras, estimulados por los medios, y cuánto de rechazo justificado al sistema de partidos, dada su responsabilidad en los padecimientos del país y el desencanto colectivo, desde 1983 hasta hoy?

Sea cual sea el juicio que tengamos sobre las fracciones sociales que se enfrentaron en 1955, o aun en las elecciones ganadas por Alfonsín, sus identidades política eran firmes, y hasta podría decirse que enarboladas como tradición. Nada parecido ocurre con los bandos –no hablo de la elite, sino de las masas– que constituyen “la grieta”. Pero, al hacer un examen  más preciso del tema, esa no es la única diferencia del actual parte aguas con “las grietas” que la precedieron.

En las elecciones del 2015 los electores mostraron una escisión curiosa, que fue transversal a las clases sociales. El triunfo de Macri sólo se explica al sumar los votos, previsibles, del mundo agrario y las clases medias altas, con los que obtuvo entre la población marginalizada y, lo que es aún más curioso, en sectores obreros (7), que, en menor medida, aún lo votaron en el 2017. Eso lesiona ese juicio rutinario y abstracto, objeto de nuestra crítica. Al mismo tiempo, para complicar las cosas, “la grieta” es más honda que en ningún sector en el amplio mundo de las clases medias, que nutren, simultáneamente, los más ardientes amores y más feroces odios a la figura de Cristina Kirchner, que condensa –dicen los psicoanalistas que esto sucede siempre  en el síntoma– todo el contenido oculto de “la grieta”. La militancia kirchnerista, por esa razón, no puede adoptar una actitud racional con respecto al problema: “el otro”, que era definido en su consigna como “la patria”, es, al votar a Cambiemos, encarnación de la estupidez, un suicida vocacional, el orate que ignora dónde debe estar. Está condenado, es irrecuperable: no tiene sentido, o no es posible, comprender “sus razones” y hacer una acción apta para ganarlo. Esto adquiere una gran significación práctica, ya que el kirchnerismo tiene, en la pequeña burguesía progresista –que hizo de él una identidad, en un contexto de irresolución de la crisis de las identidades y la representación– su “núcleo duro”, aunque su mayor respaldo electoral esté situado, hoy, en el conurbano bonaerense, entre los trabajadores más postergados de ramas no calificadas y la gran masa de población precarizada que sobrevive a la destrucción de la Argentina industrial. Sectores entre los cuales, no obstante, si algo vive es el peronismo, y sus modos tradicionales de acción política, en un marco de fragmentación política y social.

El huevo de “la grieta”   

Si nos proponemos establecer los orígenes de “la grieta” encontramos un hecho que merece el examen: antes de que apareciera, tuvimos un momento de relativa concordia dentro del seno de las mayorías nacionales ¿por qué no incluir ese momento, al examinar qué rompió el idilio, si éste, como creemos, verdaderamente existió?

Esto ocurrió en la crisis del 2001. El pueblo se unió, en torno al grito ¡que se vayan todos! Al mismo tiempo, se esbozaba un viraje de signo nacional (8). Una confluencia espontánea, que se levantaba contra la ruindad del sistema político –obediente a los dictados del FMI y sordo a las demandas de la patria y el pueblo– daba estado público a la crisis de la representación, con aquella consigna que sólo podía abrir una oportunidad pero no gestarla (9). Uno de los méritos de Néstor Kirchner fue interpretar ese estado de ánimo; dar señales de sensibilidad al reclamo y crear, con ello, una expectativa moderada, pero cierta. Su gobierno tuvo, dada esa situación, un respaldo amplio, con cuotas que llegaban al 70%, y aún más. Hubo, sí, un indicio claro de cuáles serían los procedimientos usados para “renovar la política”, y construir el poder que no tenía, por su “debilidad de origen”. En los comicios del 2005, enfrentando a Duhalde, Néstor le  arrebató el dominio del peronismo bonaerense, tomándolo tal cual era, sin promover un debate y la emergencia de nuevos cuadros. El proceso, por desinteligencias con el ministro, significó también la eyección de Lavagna. Esa medida que causó desagrado en el empresariado nacional  parecía obedecer, antes que a una voluntad de promover cambios contrarios a la moderación del economista –nada cambió con Felisa Micelli– al vínculo suyo con el anterior presidente, al cual se acusaba de “relaciones con el narcotráfico”. Y aunque estas maniobras crearon recelos en una porción de la opinión pública, no alcanzaron a crear “grietas”. Pero el camino elegido para “construir poder”, apostando más a sumar individualidades y aparatos que a plantear un programa y una lucha  ideológica, habría de traer amargas sorpresas (10). En ese momento, sin embargo, las fisuras no eran realmente serias, ya que el disgusto se refería a las formas, sin que hubiese aún intereses en juego. En definitiva, “la grieta” apareció, creando tensiones por primera vez, con la célebre circular 125, cuya primera versión, desafortunada, fue incapaz de distinguir entre los pequeños y medianos productores, por un lado, y los pools de siembra y la oligarquía terrateniente, por el otro. Ese punto –un error mayúsculo en la visión del mapa social agrario– suele escamotearse con declamaciones antioligárquicas (11), pero esto lleva no sólo al error, sino a ignorar que el General Perón separó con clarividencia los intereses de los chacareros, a quienes ganó, congelando los arrendamientos; los obreros rurales, que tuvieron  el beneficio del Estatuto del Peón; y los grandes terratenientes, a los que impuso su ley. Esta resistencia a extraer enseñanzas luego de un error, que no ha sabido reconocerse –el liderazgo vertical se apoya en el mito de la infalibilidad del jefe–, extravía la reflexión, generando una postura que desalienta la lucha. Se dice: si los rurales “resistieron la suba de las retenciones” no cabe  pensar en metas más ambiciosas, que vayan a fondo contra el parasitismo oligárquico y pongan la renta al servicio del país. De intentarlo, nos echarían. Esa conclusión es infundada, como veremos, y transforma en ilusoria la lucha por construir “un país en serio”. En relación al conflicto por la 125, es obvio que, si se hubiese dividido –lo que además es justo, para un enfoque tributario progresivo, que grava más al que más tiene– a los contribuyentes por su escala y favorecido a los pequeños y medianos productores, la rebeldía oligárquica no hubiese contado con una base de masas, ni en el campo, ni menos aún en los centros urbanos, como ocurrió. En consecuencia, la fórmula no es ceder ante la oligarquía, sino privarla de aliados. A nuestro juicio, debe hacerse todo lo posible por ligar al proyecto nacional y popular al sector rural mediano y pequeño y, particularmente, a los que están interesados en la industrialización rural, para agregar valor a la producción primaria. Las transformaciones estratégicamente más importantes pueden contar con estos respaldos, en el universo agrario.

Avances, extravíos, desaciertos discursivos y conformación de la grieta 

Es notable, en ese sentido, advertir que las medidas más audaces que se registraron a lo largo de las gestiones kirchneristas no dividieron al pueblo argentino. Por el contrario, lo mostraron unido y en claro respaldo al interés nacional. Debemos recordarlo. Es esclarecedor, en alto grado, para el asunto que nos ocupa. Además, lo es atendiendo a un problema mayor: indica qué temas deben tener prioridad en un programa de liberación nacional que definitivamente acabe    con nuestra decadencia. Finalmente, para desechar referencias mal calibradas acerca del tema de “la relación de fuerzas”. Como es obvio, esa relación debe sopesarse en cada lucha, pero no es menos cierto que es una construcción que se afianza al avanzar en el cumplimiento de las demandas sentidas del pueblo, no un factor estático, ajeno a la voluntad de ampliar las  bases sociales de apoyo. Para lograr todo esto, simultáneamente, eso sí, debe brindarse un mensaje nítido de que buscamos interpretar fielmente sus intereses.

Como batalla con el poder de las finanzas globales, ninguna acción del ciclo anterior fue tan  audaz como la primera renegociación de la deuda externa, llevada adelante por el gobierno de Néstor Kirchner (y, por extraño que hoy pueda parecer, Lavagna, como ministro y negociador).  Siendo que se trataba de una defensa del país, en franca pugna con los intereses imperialistas, no puede subestimarse esa batalla y la naturaleza de los campos que estaban en pugna. Pero,  al no herir al stablisment local (algún fondo buitre de dinero local fue afectado, pero era ínfimo su peso social y capacidad de presión), dado que enfrentar al imperialismo era visto por todos como una  cuestión de vida o muerte, el gobierno argentino obtuvo un respaldo muy amplio, mientras el club neoliberal prometía el apocalipsis, sin convencer a nadie. Aun las retenciones, hasta el 2008, no privaron al kirchnerismo en el área rural de apoyo electoral en las elecciones parlamentarias del 2005 y en las presidenciales del 2007. Esa performance tan exitosa fue, tal vez, una razón, pero no la fundamental, de la gigantesca torpeza que hizo del conflicto por la 125 el primer episodio generador de “la grieta”, por un error mayúsculo de incompetencia, o un desconocimiento del mapa político-social agrario, como dijimos ¿No era más razonable, por razones políticas de “construcción de poder”, ganar o neutralizar a los pequeños productores, sumando al debate sobre lo que había que hacer a su entidad representativa, la Federación Agraria Argentina (12)? ¿Por qué desechar de antemano la posibilidad de ir contra el poder  oligárquico con el apoyo de la FAA, haciendo concesiones al sector que representa? La ínfima minoría que hubiésemos atacado no habría logrado construir “una grieta”. Aunque tiene poder y sabe usarlo, el bloque dominante sólo puede ganar si el campo popular le brinda ocasión y argumentos para azuzar “contradicciones en el seno del pueblo”.

Ahora bien, por importante que sea en el ciclo k, la falta de una visión concreta y matizada del mapa social agrario –no cabe pensar que subestimara la necesidad de tener bases en un sector tan amplio de la sociedad argentina– que explica el (mal) manejo de aquel conflicto, no fue, por desgracia, una excepción. Es obvio que “el campo”, por sí solo, no hubiera podido dar a “la grieta” la magnitud que alcanzó, aun cediéndole las clases medias. Pero, antes de tratar otros puntos, dentro de lo que vemos como la suma de factores que explican el fenómeno, hay que     aclarar dos importantes asuntos: 1) traicionaría nuestro propósito –contribuir a la superación  de límites que debilitan al campo popular– estimular la creencia de que basta con actuar con “la inteligencia necesaria” para evitar errores. Esos “errores” tienen historia. Sólo se entienden como frutos derivados de la naturaleza de clase del movimiento peronista, que impone límites al movimiento nacional; 2) Sin examinar las últimas décadas (es un tema tabú la crisis interna que precedió al golpe de 1976 y la explicación de las causas por las cuales el peronismo apoyó  a Menem en la década del 90) y actualizar doctrinariamente al movimiento nacional, algo que exige un amplio debate de los problemas argentinos, no es posible liberar al país y se repetirán las caídas de 1955, 1976, 1989 y 2015. Es erróneo achacar al kirchnerismo su responsabilidad en la creación de “la grieta” sin inscribir esa aportación negativa en un proceso político mayor, que arranca con la caída del gobierno de Perón, en 1955. Ese será el próximo paso, antes de hablar de otros aspectos del desencuentro que vivimos y la furia que domina a los bandos en pugna.

Un país golpeado y desencantado

El impulso a tratar esta cuestión, permítasenos decirlo, proviene de un supuesto: “la grieta”, presumimos, es la expresión de una sociedad sufriente, cuyos integrantes desconocemos lo que nos ha llevado a la actual situación, y cómo salir de esta larga agonía. Somos un pueblo que arrastra desilusiones acumuladas durante décadas. Estas vivencias, que nos unifican en la desdicha, justifican la retrospección que expondremos ahora, para recobrar experiencias que, por no estar elaboradas racionalmente, adquieren las cargas emocionales de “la grieta”.

El país ve frustrarse sus expectativas políticas desde la caída de Perón, en 1955. La “revolución libertadora”, además de castigar a los partidarios del General, fue una gran decepción para las clases medias, que atribuían “al tirano” todos los males.  Al fin iban a “recuperar la normalidad de la Argentina inglesa”. Sometidas al poder ideológico oligárquico, les resultaba imposible ver que el fin de la semicolonia próspera fue señalado por la crisis de 1930, que sepultó también al radicalismo histórico. Una segunda ilusión, tres años después (Frondizi), acabó en el descrédito  rápidamente. Su patético fin inició un ciclo de gobiernos militares, con el intervalo sin brillo del gobierno de Illia, cuyo gran desafío era impedir la vuelta de Perón y apelar a un programa ya agotado con Irigoyen. Onganía, que lo derribó, pudo lograr dos cosas: agravar la concentración del poder económico y unir al país en contra suya. Volvió Perón. Las multitudes grandiosas que lo recibieron y despidieron  habían enmudecido en 1976, cuando Videla ocupó, sin resistencia alguna, la Casa Rosada ¿Para eso había protagonizado la generación del autor los alzamientos épicos que culminaron con el Cordobazo? ¿Para eso habían luchado varias generaciones por el retorno de Perón, que fue por muchos años un sueño inalcanzable? La vasta derrota, más que nunca, tuvo consecuencias jamás superadas, por el país. Martínez de Hoz destruyó el tejido de la Argentina industrial y su brazo militar lo secundó desde los centros de la tortura y la muerte. Concluida la pesadilla, tras el paréntesis heroico pero al final amargo de la guerra de Malvinas, volvimos a la democracia, con grandes ilusiones. Pero, Alfonsín, Menem, de la Rua ¿cabe dudar sobre cuál fue en el espíritu de las mayorías el impacto de todos esos fiascos abrumadores? Si bien es cierto que hay países que han sufrido mayores desgracias, la salud del país sugiere que no podemos seguir así, sin terminan transformándonos en un país inviable. Y un juicio objetivo indica que el kirchnerismo, en una situación signada por la pérdida de las expectativas surgidas  con el siglo, también ha sido una fuente de frustración, si consideramos que los avances reales de su gestión fueron, al fin y al cabo, fácilmente revertidos por el gobierno oligárquico que con pena pero sin gloria lo derrotó en las elecciones del 2015, valiéndose de su ineptitud para ligar a su destino a la clase trabajadora y las grandes mayorías.

El conflicto gobierno-CGT, el Impuesto a las Ganancias y la incubación de la derrota

En otro trabajo, al producirse la ruptura entre el gobierno de Cristina Kirchner y la CGT dirigida por Hugo Moyano, anticipábamos (13) que el “error” iba a generar una seria debilidad al frente nacional, sin eximir de responsabilidades a la jefatura sindical en que esto ocurriera, a pesar de considerar que su reclamo de un papel político protagónico era legítimo, y se fundaba además en las reglas establecidas por el General Perón. Pero no previmos, en el primer momento, que el gobierno profundizaría su desdén hacia el valor del apoyo obrero –ignorando que dentro de la clase obrera es claro el liderazgo de los gremios más fuertes, que por serlo tienen un mejor salario– con el injusto y (políticamente) suicida Impuesto a las Ganancias ¡la oposición gorila, gracias al gobierno, pudo enemistarlo con el sector social que siempre ha defendido con mayor firmeza la causa nacional! Mientras un coro de “economistas amigos” subestimaban el asunto con torpeza argumental, las prevenciones provenientes de nuestro lado caían en saco roto. De un modo patético, lo vimos desesperar a Daniel Scioli, con las manos atadas por la conducción     verticalista del campo popular. Desde luego, nada más alejado de nuestro punto de vista, pese a lo señalado, a justificar el desempeño de los dirigentes sindicales que facilitaron la llegada de Macri al poder.

En nuestro tema puntual, la gestación de “la grieta”, el Impuesto a las Ganancias tuvo un papel imposible de subestimar: por primera vez, en la historia argentina, sectores obreros votaron al candidato del bloque oligárquico. Se condensaban, en este raro fenómeno, una motivación de carácter coyuntural (la ruptura entre el movimiento sindical y CFK, por un lado, y el rechazo al Impuesto a las Ganancias, por el otro, con los líderes sindicales ofuscados y carentes de mirada  política) con la expresión, en el seno de la clase, de la crisis de las identidades partidarias de las masas, que afecta también a “la columna vertebral”, cuya relación con el peronismo tiene una cuota de peso inercial, aunque esa circunstancia no se asuma o pretendan ignorarla la mayoría de los jefes del sindicalismo peronista. Sea dicho al pasar, pese a tratarse de algo fundamental, una renovación político-generacional del movimiento obrero pudo verificarse en ese periodo y se frustró, por una combinación de extravíos internos del campo nacional (14). El reencuentro actual de Hugo Moyano en el seno del espacio articulado para enfrentar al gobierno de Macri, por saludable que sea, no implica un cambio en tal sentido: más que una claridad estratégica y programática, que no existe, ha sido el espanto el motor de la unidad, que es frágil.

Algunas precisiones sobre la manera de buscar la superación de “la grieta”

El contenido autocrítico –somos partícipes del frente nacional, no reflexionamos sobre asuntos distantes a nuestra tarea, aunque no seamos hoy su conducción– de esta reflexión debería ser útil para no reiterar ciertas conductas. En primer lugar, es necesario cuestionar la suposición de que la aparición de “la grieta” sea leída como necesidad de renunciar a la toma de medidas más profundas, sin las cuales es imposible pensar en un programa de liberación nacional, sin el cual el país seguirá a los tumbos. Como hemos dicho, la experiencia del kirchnerismo prueba que las medidas más consistentes con esa perspectiva no contribuyeron a la pérdida del poder y no alimentaron grietas en las  mayorías (renegociación de la deuda externa, YPF, rescate del sistema de las AFJP, Aerolíneas Argentinas). No se debe, eso sí es central, permitir que el poder oligárquico-imperialista pueda hacerse de una base de masas, creando nosotros terreno para que nazcan contradicciones con sectores potencialmente aliados al bloque nacional. Pero eso depende, sobre todo, de claridad respecto del universo social y los puntos de conflicto entre las clases sociales y sus sectores internos, como fue el caso del mundo agrario, que la hechura desafortunada de la Circular 125 logró soldar, en lugar de aislar a los grupos minoritarios, que eran, al mismo tiempo, los principales productores y contribuyentes del sector. Es necesario, al mismo tiempo, no irritar a un enemigo que no podamos vencer en todos los terrenos, como ocurrió con la puesta en práctica de la Ley de Medios (15). En este punto, es imprescindible la autocrítica del manejo del Poder Judicial y los Servicios de Inteligencia. En el primer caso, no es posible que el poder oligárquico, lúcido en tal sentido, se asegure siempre una Justicia adicta y el poder popular, en cambio, juegue tontamente a “la autonomía de los poderes” (15). Sobre el segundo tema, fue un serio error dejarlos en mano de agentes no confiables, permitiendo su infiltración por la CIA y el Mossad. No puede concebirse un poder nacional serio, despojándose de esos auxiliares del poder. Desde luego, más allá de las fallas humanas, es nuestra impresión que esos deslices están relacionados con la debilidad o la ausencia de una real perspectiva de liberación nacional, que era, en el fondo, la falencia de base del “proyecto” que sustentó toda la gestión llevada adelante por Néstor y Cristina. Hemos dicho, más de una vez, que después de la muerte del General Perón sus gobiernos fueron lo mejor que logró construir el país y esto merece el mayor reconocimiento. Sin embargo, traicionaríamos nuestra posición y perspectiva propias si ignoráramos sus límites y dejásemos de señalar que la emancipación nacional es una tarea aún inconclusa, que exige un programa de liberación integral, que reasuma y profundice la perspectiva latinoamericana que apareció con el siglo.

Córdoba, 18 de junio de 2019

Notas:

(1) Nunca está de más insistir sobre la necesidad de analizar con frialdad, reservando la pasión para darle alimento a la responsabilidad de luchar por liberar a la patria. Invertir las cosas logra que prevalezcan nuestros prejuicios y que la acción carezca de buen combustible.

(2) A – Hemos visto tratar el tema por Le Monde Diplomatique, con varios autores, cuyos enfoques no me liberaron de la tarea de pensarlo. B – Puede leerse en google una vieja nota de Fernando Iglesias, muestra de los prejuicios y pretensiones petiteras del intelectual predilecto de Elisa Carrió. C – De todos modos, la mención a los que sostienen que “grieta hubo siempre” hace referencia a interlocutores del autor, muy dotados de sentido crítico, que formularon esa  espontáneamente, mostrando involuntariamente que podemos ser víctimas de una rutina, por la costumbre de pensar analógicamente.

(3) La relación inversamente proporcional entre las debilidades del campo popular y el poder de los medios ha sido tratada por el autor en “Los gurúes, los medios, las identidades políticas y la autocrítica del movimiento popular”  http://aurelioarganaraz.com/ideologia-y-politica/los-gurues-los-medios-las-identidades-politicas-y-la-autocritica-del-movimiento-popular/

(4) Una extraordinaria nota de Jorge Abelardo Ramos apunta al corazón de este problema, que está relacionado con la endeblez ideológica que ha caracterizado a los movimientos nacionales de la Argentina. Ver: “La ideología socialista en la revolución nacional”, publicado en la revista Izquierda Nacional N° 4 – Octubre de 1963 http://www.formacionpoliticapyp.com/2014/04/la-ideologia-socialista-en-la-revolucion-nacional/

(5) Es suficiente, para tener una dimensión al respecto, pensar en el entusiasmo –¿quién, entre los votantes de Macri, arriesgaría la vida como Comando civil, para defender su causa, si puede hablarse de semejante cosa?– de las muchedumbres que festejaron la “revolución libertadora” y compararlo con la pasividad del apoyo a Macri, que ni el día de su asunción a la presidencia del país fue acompañado por sus propios votantes, cuyas emociones se despertaban sólo por oposición, como fruto del rechazo a Cristina Fernández de Kirchner.

(6) Esa identificación está en cuestión. Estamos en un punto en el cual suena falso hablar de “la clase obrera peronista”, tanto como decir exactamente lo contrario. El sector más dinámico de la juventud obrera, que en los primeros años del ciclo k se organizó en las filas de la Juventud Sindical –si nos atenemos a cómo se definían sus integrantes en los debates, y las redes– no se autodenominaba muchas veces como peronista, sino como nacional o nacional popular, y cabe decir que aparentaba estar buscando una identidad.

(7) Esta realidad, fuertemente motorizada por el conflicto del gobierno de CFK con la CGT de Hugo Moyano y la persistencia en aplicar el Impuesto a las Ganancias a los asalariados no debe negarse, ya que agravará el problema. Y no se trata sólo de dinero. Los trabajadores –no puede subestimárselos, en este ni otros asuntos– saben perfectamente que la matriz tributaria actual es regresiva y les impone a los de abajo una carga desproporcionada  respecto a los aportes de las clases pudientes. En los círculos obreros se tenía una clara noción respecto a la excepcional eximición impositiva de la que gozaban la renta financiera y los operaciones de bolsa.

(8) Es extraño advertir como se descalifica, desde una postura pretendidamente popular, estas expresiones de rechazo al sistema de partidos, atribuyéndolas al apoliticismo reaccionario, o la llamada “antipolítica” que difunden los medios, sin reparar en lo principal: lo que los partidos o sus dirigentes hicieron, desde 1983 en adelante, para desacreditarse como representantes del pueblo argentino. En términos generales el contenido concreto del rechazo a la política debe juzgarse bajo esa luz, no en nombre de la defensa de “la política en general”, sin definir qué les brinda ésta a los ciudadanos. Si “la política” sirve al interés extranjero y da beneficios sólo a los que la practican y al poder económico, no se comprende por qué debería apreciarla el hombre de a pie.

(9) La muchedumbre anónima no puede gestar una representación. Esto, que Lenin señalaba a la clase obrera, es una verdad para lo que Marx definía como “los miembros activos de la clase, o de cada clase”, distinguiéndolos de sus “representantes”, en el campo de las ideas, la política y la cultura, etc. Libradas a su espontaneidad, las multitudes sólo pueden terminar con algunas de estas representaciones, pero no crearlas. Esa es la tarea de sus “intérpretes”, que están a su vez obligados a interpelar a su base potencial y obtener su respaldo, para que la pretensión de representarla no sea vana. La lógica que funda este tipo de relaciones fue analizada por Marx y Engels en “La ideología alemana”.

(10) El célebre caso de Cleto Cobos no fue el único, lamentablemente. La lógica que preside las fallas reiteradas (Massa, Lousteau, etc.) se funda en el modo de conducción vertical, que priva al jefe de la posibilidad de acudir a figuras que aprecien el pensamiento crítico y precisen creer en lo que están haciendo, sin someterse servilmente. Perón, después de elegir colaboradores obsecuentes, maldecía de estar rodeado de alcahuetes y chupamedias, como si ellos hubieran caído del cielo. Lo cual no debe verse como un asunto sicológico, sino como producto derivado de las contradicciones de clase del movimiento nacional y de los expedientes usados por el nacionalismo burgués para arbitrar entre intereses que son opuestos.

(11) Como es sabido, los militantes de la Izquierda Nacional respaldamos con firmeza a Cristina Fernández de Kirchner y su gobierno, en ese conflicto, donde el carácter de los contendientes no podía ser más claro. No era ese el momento de señalar errores, sino de unir fuerzas contra la amenaza oligárquica. Pasado el momento, capitalizar la experiencia requiere su examen.

(12) No desconocemos los cambios experimentados en el mundo rural en las últimas décadas. Pese a ellos, creemos, no desaparecieron sus contradicciones internas, entre las que interesan particularmente las que dividen a la oligarquía y los pools de siembra de la pequeño burguesía agraria, por un lado; y, por otro, las que oponen el interés del sector atado a la exportación de granos de quienes apuestan a incorporarles valor e industrializar la ruralidad.

(13) Un tratamiento del tema, en la nota del autor “El conflicto gobierno-CGT y el rol político de la clase obrera” http://aurelioarganaraz.com/politica-argentina/el-conflicto-gobierno-cgt-y-el-rol-politico-de-la-clase-obrera-2/

(14) Ibidem.

(15) En los gobiernos clásicos del General Perón el país importaba el papel para diarios y el IAPI monopolizaba su ingreso y reparto. En consecuencia, esta herramienta servía para poner freno a la prensa oligárquica. Por otra parte, nunca se adoptó la perniciosa creencia de que una tarea del liderazgo popular era “crear” (o elegir) quién era el enemigo. Perón fue expeditivo en el asunto: expropió “La Prensa” y la hizo el diario de la CGT, sin nada parecido a la cháchara inútil de “¡Clarín miente!”. Había que silenciarlo, efectivamente. En ese punto, en lugar de tener un modo dictatorial, como se dijo, el kirchnerismo cayó en “debilidades” democratistas, que sirven para alimentar la subversión oligárquica, que se reclama “víctima”, sin ser aniquilada, tal como lo exige implantar un proceso auténticamente democrático en el tema Medios. Los antecedentes delictuosos del apoderamiento de Papel Prensa por parte de Clarín y La Nación no fueron utilizados por el gobierno popular para intervenir la empresa, estatizarla y controlar la provisión de papel desde el Estado, impidiendo la asfixia y extorsión que sus ilegales dueños hacen contra la inmensa mayoría de los diarios y periódicos independientes.

¿Hacia dónde va China? Su transformación y el futuro del orden global

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                                                                    Al examinar los resultados del viraje que Deng Xiaoping impuso a China luego de la muerte de Mao Tse Tung, la mayoría de los ensayistas coinciden en señalar una “restauración capitalista”, sin otra precisión[1]; sin advertir, por ejemplo, que puede tratarse de un capitalismo de Estado y, peor aún, sin la menor preocupación por prever el impacto que el vertiginoso desarrollo del gigante asiático, dueño actualmente del mayor PBI de la economía global, puede tener en el futuro del capitalismo.  Todo se reduce a señalar –con alegría, si el analista es un partidario del sistema; con amargura, si es un marxista– que, voluntariamente o no, dicho viraje habría llevado al abandono del socialismo.  No importa si los chinos dicen lo contrario: se ignora su alegato, tachándolo de falso, de responder a la voluntad de ocultar lo inconfesable. Tampoco importa, lo que ya es absurdo, que su gobierno imponga planes y metas, sin dejar librada la asignación de los recursos a “la mano invisible”; sean de propiedad estatal los principales bancos y empresas estratégicas; se den directivas a todos los sectores; se limite y ordene el flujo de población del campo a la ciudad; sea estatal la ciencia y  la educación; sea pública la propiedad del suelo. Estos hechos, que nadie ignora, y no caracterizan al capitalismo “real” –sólo se pone en duda la propiedad del suelo, sin atender a la ausencia de un régimen legal que privatice la tierra–, apenas suscitan algunas analogías con el “intervencionismo estatal” que caracterizó el despegue de Japón y Alemania y, en las últimas décadas, de Corea del Sur. Ésa es la conclusión, en suma: estaríamos allí ante algo similar. Este supuesto, sin embargo, deja sin explicación muchas cuestiones y omite otras con torpeza o alevosía. En primer lugar, que dicho “intervencionismo” no debería juzgarse igual cuando el sector estatal es dominante y nada escapa al control gubernamental, que cuando sólo se impulsa, y se regula, a una economía en la cual la empresa privada es omnipresente, como fue el caso de aquellos países[2]. En segundo lugar, que el desarrollo del capitalismo en Alemania y Japón tuvo lugar antes de las últimas décadas del siglo XIX, lo que equivale a decir antes del fenómeno del imperialismo moderno estudiado por Lenin. En aquel contexto, el dilema se reducía a sostener el proteccionismo y disputar los mercados, con el expediente  militar como ultima ratio. El caso de Corea, mucho más próximo, es anómalo –el papel de EEUU no tiene símil en otros países– y todos los entendidos lo asocian a las pujas de la guerra fría. En tercer lugar, China tuvo una destrucción previa de la burguesía local, expropiada por la revolución en los primeros años. Siendo así, estos diagnósticos, cargados de prejuicios, traen a la memoria el estupor español frente a las especies americanas por ellos desconocidas: los pumas eran “leones calvos”, no una novedad que se debía añadir al inventario de la zoología. ¿Una nación es “capitalista” por favorecer la existencia de un sector privado, usar como herramienta mecanismos de mercado  y criterios económicos  –es decir, que no obedecen a una arbitrariedad burocrática– en la lucha por alcanzar al mundo avanzado? O, para ser precisos en el planteo del tema: ¿Cómo juzgar al “capitalismo de Estado” de un país otrora semicolonial, que apela a sus cualidades para desarrollar sus fuerzas productivas, si rechaza la satelización del imperialismo mundial? Además, si vemos un país de la magnitud de China, registramos el impacto que su transformación provoca en la economía global –EEUU acusa el golpe del desplazamiento, hacia Oriente, del eje de poder–, con la notoria decadencia de los viejos centros del capitalismo mundial (día a día cae en ellos la producción industrial; sólo florece la especulación financiera) ¿no deberíamos reflexionar sin prejuicios en el futuro de China y el régimen capitalista, arriesgando un pronóstico capaz de orientarnos? La crisis agónica de la economía global parece anunciar un final de época.  ¿Los analistas responsables están distraídos en otras cosas?

En ensayos debidos a intelectuales marxistas sumados a la versión de “la restauración capitalista”, se lamenta obviamente la presunta pérdida del ideal socialista, pero, al aceptar la evidencia de un desarrollo extraordinario de las fuerzas productivas y un avance general del nivel económico de la población del país, respecto de los austeros tiempos del maoísmo, voluntariamente o no, se acaba por aceptar la “verdad” burguesa, a saber: “la superioridad” del capitalismo y los mecanismos del mercado en la asignación de los recursos y el desarrollo económico. De poco sirve que, después de perder la batalla ideológica, se alarmen ante la desigualdad social que se observa –efectivamente mayor que en tiempos de Mao–, en una manifestación moral que “salva el prestigio” del pequeño burgués, que considera al socialismo un patrón ético, no muy diferente del resto de las doctrinas que han pregonado la igualdad desde el cristianismo primitivo hasta hoy, pasando por las sectas y alzamientos comunistas de la Edad Media[3]. Cabe preguntarles, ¿han olvidado que Marx, Engels y Lenin creían indiscutible que, sin un elevado nivel de productividad del trabajo y sin universalizar el confort, no era posible pensar en el socialismo[4]? Aún fresca la desintegración de la URSS ¿no se atreven al menos a sospechar –hay sobradas evidencias de que ése fue el factor decisivo, aunque no el único– que fracasar en esa empresa decidió el fin de aquella experiencia? ¿No perciben, al menos, que China ha logrado competir y batir a los países centrales del mundo avanzado en su propio terreno, la producción de mercancías, mientras el “socialismo real” sobrevivía en base al pobre expediente –transitoriamente válido– de  cerrar sus fronteras a los productos de Occidente?

Si nos trasladamos ahora al campo de lo político, siempre acompañados por los marxistas afligidos por “la capitulación” china, cabe preguntar: ¿cómo explican la estabilidad (extraordinaria solidez, es  más apropiado decir) del sistema presidido por el PCCH, que contrasta con el colapso del poder soviético, cuya descomposición llevó, allí sí, al capitalismo liberal[5]? En el caso chino, la fortaleza del poder es indudable: la omnipresencia sutil y la plasticidad del PCCH asombra a un corresponsal del Financial Times, obviamente hostil al régimen[6]. ¿Ese poder incontrastable no tiene acaso un sustento material, además de contar, aunque no bajo las formas de la democracia occidental, con un claro consenso del pueblo chino? ¿podría perdurar si en la economía nacional el poder real estuviese en manos del capital privado? Hay un género de “analistas” burgueses que “resuelven” el asunto parloteando sobre “el maquiavelismo marxista”. Pero, ¿cómo se las arregla un discípulo  de Marx (afín a la tesis del “capitalismo chino”) para explicar este fenómeno, sin ignorar el método de análisis del maestro? ¿o una “formación burocrática” es capaz de sobreponerse a todo, incluso a la licuación de su base material?

Además, tras el presunto abandono del ideal socialista, ¿cómo justificamos la persistencia –reconocida universalmente– del “nacionalismo” proverbial del PCCH (hablar de antiimperialismo es más adecuado, aunque hoy se ven más hechos que frases, a diferencia de lo que pasaba en los tiempos de Mao); algo que allí proviene sin duda de su raigambre semicolonial. La fidelidad al patriotismo no puede reducirse a mero reflejo generado por “las humillaciones” que sufrió el país, como cree un francés supuestamente marxista, aunque ignora los dictámenes de la Tercera Internacional sobre el saqueo imperialista del mundo semicolonial. De esa porción del mundo proviene China. Siendo así, es muy “europeo” atribuir su patriotismo a las viejas heridas del orgullo nacional: se escamotea lo principal, es decir, el antagonismo entre los intereses de un país oprimido –reducido a la impotencia con el fin de explotarlo– y el imperialismo mundial, europeo y japonés. Tras liderar la revolución, cuyo impulso provenía de tareas burguesas no resueltas (la burguesía china desertaba de cumplir su misión histórica), el PCCH mantiene en pie, sin claudicar, su antigua voluntad de no subordinarse al capital internacional. Ahora bien, ¿cómo se sostiene ese “nacionalismo” si es cierta la tesis de la “debilidad” hacia “el mercado”? ¿por qué no lo vemos en tantos otros países de Asia, África y América Latina, humillados por Europa y los EEUU, en los cuales los esclavos reverencian al amo? ¿Puede equipararse el “patriotismo” ritual que coexiste, en más de un país semicolonial, con la sumisión a Occidente, con el que caracteriza a los chinos? En fin, ¿qué ideas y fuerzas materiales sostienen, en el país asiático, la decisión de someter la participación de empresas privadas (en un rol subordinado) al plan de ganar en autonomía nacional y transformar al país, con el fin de “igualar y superar al capitalismo”[7]?

Sin embargo, estas consideraciones no implican afirmar que el triunfo final del socialismo cuente con garantías, descartando  como posible otro desenlace: al ceder espacios al capital privado –cuyos intereses son antagónicos al socialismo y aun al mismo “capitalismo de Estado”– se aceptan los términos de una lucha feroz y el riesgo que supone “dormir con el enemigo”. Pero apostar al modelo que, muerto Lenin y derrotado Trotsky, se impuso en la URSS, lleva sin remedio a la ineficiencia y el parasitismo burocráticos, con el final conocido. Dice Deutscher, sobre los debates bolcheviques, en 1922, con Lenin vivo: “Todos convenían en que el comunismo de guerra había fracasado y tenía que ser reemplazado por una economía mixta, dentro de la cual los sectores privado y socialista (es decir, de propiedad estatal) coexistieran y, en cierto sentido, compitieran entre sí. Veían en la NEP “no una medida de simple conveniencia provisional, sino una política a largo plazo, una política que establecía las condiciones para una transición gradual al socialismo”[8]. Con algo de fastidio, Lenin explicaba en Sobre el infantilismo “izquierdista” y el espíritu pequeño burgués, después de recordar que eran los campesinos y los especuladores “los poderosos enemigos” del monopolio estatal en la distribución de cereales: “La lucha principal se sostiene hoy precisamente en este terreno ¿Entre quiénes se sostiene esa lucha, si hablamos en los términos de las categorías económicas, como, por ejemplo, el “capitalismo de Estado”? ¿Entre los peldaños cuarto (el capitalismo de Estado) y quinto (se trata del socialismo, en una nómina de los sectores dada por aquel autor) en el orden en que acabo de enumerarlos? Es claro que no. No es el capitalismo de Estado el que lucha contra el socialismo, sino la pequeña burguesía más el capitalismo privado los que luchan, juntos, de común acuerdo, tanto contra el capitalismo de Estado como contra el socialismo”. Y en otro lugar: “La realidad nos muestra que el capitalismo de Estado significa para nosotros un paso adelante; si logramos llegar al capitalismo de Estado en un corto espacio de tiempo, será una victoria”[9].  Ajustando cuentas con el “comunismo de guerra”, Lenin reconoce, con la franqueza acostumbrada: “Contábamos –o tal vez fuera más exacto decir que opinábamos, sin suficiente reflexión– con poder organizar a la manera comunista, mediante órdenes expresas del estado proletario, en un país de campesinos pobres, la completa producción y repartición de  los productos por el Estado. La vida nos ha mostrado nuestro error. No es apoyados directamente sobre el entusiasmo, sino mediante el entusiasmo provocado por la gran revolución, y jugando con el interés y el beneficio individual, aplicando el principio del rendimiento comercial, como debemos construir, en un país de campesinos pobres, sólidas pasarelas que conduzcan al socialismo pasando por el capitalismo de Estado”[10]. Trotsky, dada esa situación, veía el riesgo de que el capitalismo pudiera imponerse nuevamente; pero no existía otra posibilidad que aceptar el desafío y luchar con las armas de la planificación estatal y la regulación económica, apoyándose en el peso de las fuerzas sociales implicadas en el triunfo final del socialismo. Y, como ocurre hoy en el caso de China, en las relaciones de fuerza favorables al sector estatal que derivan del triunfo revolucionario previo y de victorias futuras del proletariado internacional. En el caso ruso, en los años de la NEP, los antecesores de los actuales intelectuales burgueses y “marxistas”, los jefes de la burguesía europea y la socialdemocracia (Kautsky, Otto Bauer) veían en el giro bolchevique, por asumir la vigencia de la ley del valor, ajustar lo jurídico al nivel existente de las fuerzas productivas y reconocer la necesidad de usar por consiguiente los mecanismos de mercado, un preanuncio de la restauración capitalista y, en el caso de los jefes de la II Internacional, la prueba del “error” de la política leninista… de haber tomado el poder en Rusia. Como ocurre con China, el liberal cree que el final es obvio, prevalecerá el capital; ratifica así su posición ideológica. Pero irrita esa convicción en un “marxista”. En nuestros días, es quizás el fruto de esa “crisis del pensamiento”, que se suele atribuir a la desintegración de la URSS. A nuestro entender, la explicación proviene de más atrás, de la esclerosis y deformaciones que sufrió el marxismo en el período posterior al triunfo de Stalin, que consagró la utopía de construir el socialismo en un solo país. Es curioso, por decir algo, que la mayoría de los “marxistas” que hablan de China examinen sus asuntos sin establecer una posición sobre estas cuestiones, al parecer creyendo posible imaginar para ella, como antes lo hacían para la URSS, un futuro socialista de “coexistencia pacífica” con el capitalismo global y la referida vigencia de la ley del valor en la economía mundial. Si los chinos no siguen este venturoso camino, se han desviado. Pero el camino existiría, aunque no lo creyeran Lenin y los bolcheviques, para no hablar de Carlos Marx. Ésta es “la verdad oficial” tras el triunfo del stalinismo, aun hoy: la impusieron por décadas los aburridos manuales que se editaban en la URSS y, viendo aparentemente consolidada esa primer tentativa, después de la segunda guerra mundial, pocos se atreverían a poner en duda los juicios respaldados por una gran potencia, supuestamente “socialista”[11]. Ha desaparecido la URSS, pero también, con ella, la fe en el futuro. Como no puede suponerse que la senilidad del sistema vaya a generar de un modo automático, sin resistencia y sin lucha, la superación del capitalismo, es necesaria una comprensión de lo que debe hacerse para retomar ese intento que fracasó en Rusia, pero promete triunfar en el escenario chino, actualizando las fórmulas que entrevieron los bolcheviques en su momento. Así las cosas, importa considerar dos importantes asuntos. En primer lugar, el notable desinterés de los líderes chinos por formular una teoría basada en su experiencia,  en términos que permitan aplicarla en otros países semicoloniales,  ya que su realidad guarda significativas similitudes con las que son habituales en las economías “emergentes”. La ley del desarrollo desigual y combinado es un patrón común a todas ellas, aunque no nos exime de analizar cada caso, como es obvio. Pero la matriz creada por el imperialismo mundial y sus socios nativos crea marcos cualitativamente semejantes; los problemas comunes suelen ser la norma. Como es natural, toda experiencia de liberación nacional que procure desarrollar una economía no satelizada debe asumir la vigencia de la ley del valor en la economía global, que sólo se extinguirá con la planificación socialista de esa economía. Tras liberar al país de la opresión imperialista y las clases parasitarias que operan a su favor en el interior de una semicolonia, se carece invariablemente del desarrollo material y de la cultura técnica y general indispensable para establecer el socialismo, lo que también constituye un común denominador en la periferia. No mejoran las cosas, empero, si se apuesta a crear un capitalismo nacional, sin trascenderlo: todos estos intentos han fracasado. Por otro lado, esa falta de aportes chinos a la teoría marxista –“exportar” la revolución, después de Mao, no tiene un lugar entre los asuntos que movilizan al PCCH– no ha logrado conmover al “marxismo occidental”, cuyas preocupaciones son menos terrenales. En segundo lugar, es necesario ajustar cuentas una vez más con las tendencias utópicas del “izquierdismo” infantil, que ha resistido la crítica de Lenin y encuentra un respaldo en la propensión a “moralizar” y rechazar todo examen objetivo y realista, algo característico del pequeño burgués. Curiosamente –no decimos algo nuevo, al señalarlo, pero importa recordarlo– éste puede convivir con el oportunismo craso, con el cual comparten una sobrestimación del factor subjetivo, tal como lo veremos en el caso de Stalin, en los próximos párrafos.

Subjetivismo pequeño burgués e infantilismo “izquierdista”

En pleno proceso de “colectivización forzosa” de la economía agraria, con los desastres universalmente reconocidos que la caracterizaron –nunca la URSS logró recuperarse de las secuelas de aquella gigantesca manifestación del desatino y arbitrariedad burocráticos[12]– mientras Stalin desechaba la fórmula de Bujarin de llegar al socialismo “a paso de tortuga” e imponía metas de industrialización de vértigo, basadas en el sometimiento de las clases trabajadoras y el sacrificio de los condenados al trabajo forzoso, uno de los teóricos de semejante empresa, Strumilin, plantea el asunto de un modo brutal, que el “izquierdismo” infantil sin duda rechazaría, tras secundar a Stalin, hasta allí: “Nuestra tarea no es estudiar la economía, sino transformarla. No estamos atados por ninguna ley. No hay fortaleza que los bolcheviques no puedan tomar. La cuestión de las tasas de crecimiento depende de los seres humanos”. Simultáneamente, se sentencia entonces a Sujánov y Riazanov, junto a otros que cometen el mismo error: creer que hay cosas que “no son posibles, aunque así lo quiera el Comité Central[13]”. Se trata, en este caso, de una manifestación del empirismo burocrático, que se niega a reconocer los condicionantes externos a su voluntad omnímoda y termina oscilando, incapacitada para prever, entre el oportunismo de derecha y el aventurerismo ultraizquierdista; como se expresó en esos años, trágicamente, en las contradictorias tácticas de la burocracia stalinista. En un caso, con respecto a las relaciones con el campesinado, donde el oportunismo hacia los kulaks ignoró la amenaza que habrían de representar y obligó a un viraje torpe y criminal. En otro, al desconocer la premura de impulsar la industrialización, para hacerlo más tarde a marcha forzada. Esto, en el propio país. En la esfera internacional, con las zigzagueantes políticas practicadas en Alemania, que ayudaron a los nazis a tomar el poder y en el teatro de Oriente, donde inmolaron a la primera revolución china.

No obstante, es preciso advertir que ciertas variantes superficialmente opuestas al pragmatismo staliniano, cuyo romanticismo “izquierdista” las torna atractivas para el público progresista, son también tributarias a una visión voluntarista que, al resistirse a reconocer los límites objetivos que  la realidad impone, emprende batallas destinadas a fracasar, como crear relaciones de producción social sólo “fundadas” en la razón utópica, sin el desarrollo previo de las fuerzas productivas que requieren como soporte. Desarrollar el tema con toda amplitud, pese a la importancia central del problema, nos llevaría muy lejos de los alcances del examen que intentamos hacer hoy. Señalamos, sin embargo, que en los últimos años de su vida, las iniciativas de Mao estaban signadas por ese voluntarismo, catastrófico en las experiencias del “gran salto adelante” y “la revolución cultural”, y que la misma tendencia explica los errores de la revolución cubana, que se intenta corregir, con precaución, en nuestros días, y que fue notoria en los planteos del Che Guevara sobre los problemas relativos a la construcción del socialismo[14]. En el otro polo, de filiación leninista, están las nociones de Deng Xiaoping. En 1983, bajo su orientación, se ha suprimido en la economía campesina la anterior pauta de “comer todos por igual de una olla común”, impuesta en el  período de las comunas populares, estableciendo la “responsabilidad personal o familiar” en la producción, para atar los ingresos a la productividad del trabajo, franca apelación a los estímulos materiales, siempre rechazados por el igualitarismo “izquierdista”.

Simultáneamente, se cede autonomía a empresas comunales, adoptando también criterios comerciales; se impulsa el establecimiento de planes locales, descentralizando la gestión y se crean empresas de cantones y aldeas, cuyo desarrollo a ritmos jamás vistos en la historia del mundo asombrarán luego a todos los estudiosos. Al mismo tiempo, cuando se impulsa la asociación de empresas estatales con el sector privado y se plantea la consigna de que “algunos lograrán enriquecerse primero”, se recuerda la lucha contra los errores izquierdistas de la revolución cultural, tomando distancia de la orientación maoísta durante ese período, profundamente dañino para el avance del país. Algo semejante cabe decir de la supresión del llamado “tazón de arroz de hierro” en el ámbito fabril, que impedía la necesaria contracción al trabajo y el avance de la productividad, al desentender a los trabajadores de los resultados económicos. No obstante lo cual,  se advierte al partido del riesgo que implica incorporar a los planes del desarrollo nacional –limitados entonces a “zonas especiales”– al capital extranjero, originario fundamentalmente de la diáspora china. No es dato menor, para nuestros países, víctimas desde siempre de la colonización cultural, que Deng se ocupe de advertir a su pueblo que, siendo necesario el intercambio cultural y la asimilación de los conocimientos del mundo avanzado, deben, al mismo tiempo, “no dejar entrar lo extranjero a ciegas, sin planificación ni selección”[15].

El lugar de China en el sistema global, antes y después del polémico viraje  

Hemos señalado sobre el punto una obviedad: China era, antes de la revolución, una semicolonia del imperialismo mundial. Sus socios en el país, una corrupta burguesía “compradora”, llamada así por su papel intermediario en el comercio exterior, y los terratenientes feudales, parasitaban a la nación, junto al capital extranjero. Nadie, ni ese capital extranjero, que en un país atrasado sólo “invierte” en crear los medios (puertos, ferrocarriles, etc.) que le permiten succionar la riqueza del país, ni las clases propietarias y acaudaladas cumplían con el rol de reinvertir los frutos del trabajo nacional y generar, de ese modo, el desarrollo económico. Si a ese régimen cabe llamarlo capitalismo  semicolonial, debe quedar establecido que no existe en él una burguesía, en el sentido clásico, que implica reinvertir los frutos del trabajo en el desarrollo productivo, generando así la reproducción ampliada. Las divisas se fugan fuera del país o se despilfarran suntuariamente. Esta situación, que es la habitual en la periferia “atrasada”, donde el drenaje impide que deje de serlo y avancen hacia el status de las naciones “avanzadas”, se asegura por medios políticos y militares. Se humilla al país para perpetuar el saqueo, lo que requiere someterlo políticamente, imponer en el poder al bando dispuesto a traicionar la patria. En China, como es sabido, este sistema generaba periódicas hambrunas, con millones de muertos. Un país pionero en múltiples aspectos sufría al mismo tiempo una descomposición rampante[16].

Ésa es la esencia del imperialismo moderno, estudiado por Lenin en los primeros años del siglo XX y caracterizado acabadamente en los primeros congresos de la Tercera Internacional. La aparición del fenómeno, apenas entrevisto por Marx en las relaciones entre Inglaterra e Irlanda, ha creado un orden en el cual, al decir de Trotsky, “los civilizados le cierran el camino a los que pretenden  civilizarse”,  al parasitar en su beneficio la plusvalía colonial que necesitan para crecer. Esa renta colonial, en los países imperialistas, permite a sus burguesías licuar el conflicto con los obreros metropolitanos, transformándolos en cómplices de su dominio mundial[17]. Siendo así, van a concluir los bolcheviques, en la Tercera Internacional, con Lenin y Trotsky, la revolución colonial tiene una doble función en la lucha por el socialismo, a saber: crear condiciones para el desarrollo en la periferia de las fuerzas productivas, que le permitan el tránsito a la civilización y al socialismo; lograr, al privarlos de la renta colonial, reintroducir la crisis en los países pioneros del capitalismo –esa crisis prevista por Marx, que no pudo advertir el papel central que iba a tener el saqueo de las colonias: sobornar a las masas de los países imperialistas, trasladando el conflicto a los países oprimidos, a cuya costa podrían gozar Europa, EEUU y Japón de un bienestar generalizado.

Sin esa conceptualización, que por nuestra parte reiteramos, sin aportar nada nuevo, es imposible hacer el examen de China y el impacto de sus avances en la economía mundial. Porque aun si su desarrollo generara “solamente” la incorporación de ese país gigantesco al rango de las economías avanzadas, esto provocará –ya lo estamos viendo, con la única condición de no cerrar los ojos– un enfrentamiento fatal entre dichas economías, la derrota de aquéllas menos eficientes y amenazas de sobreproducción imposibles de asimilar dentro de los marcos del orden actual. Dar a esta afirmación una expresión más asequible al lector no especializado es posible: de un tiempo a esta parte China cuenta con un PBI igual o superior al de los EEUU. Pero su producción per cápita es, sin embargo, muy inferior (U$S 8.826,99 contra 59.531,66, datos del Banco Mundial para 2017). El ritmo de crecimiento, sin embargo, es muy superior a favor de China[18], que no está condenada a frenarse, ya que tiene amplios márgenes para seguir desarrollándose. Un simple cálculo indica que el logro de un nivel de productividad del trabajo próximo al norteamericano (la mayor rémora, en tal  sentido, son los 400 millones de campesinos que trabajan la tierra con métodos arcaicos, por la decisión del país de no apresurar el éxodo rural), llevaría al PBI chino a casi septuplicar el producto estadounidense y superar largamente la capacidad de absorción del mercado mundial que, como se sabe –en el capitalismo no puede ser de otro modo– está conformado por la demanda solvente, no por una suma de las necesidades humanas. Numerosos síntomas de todo esto son visibles en nuestros días en Europa y EEUU. En este último país, el proteccionismo de Trump es a nuestro juicio una reacción elocuente, al parecer tardía y muy probablemente condenada a fracasar, dada la fractura del stablishment norteamericano, cuyo bloque más poderoso está vinculado a la especulación financiera y cuenta actualmente con un poder sin frenos, impulsado por una visión cortoplacista y antihistórica[19]. Todo lo cual es muy peligroso para el futuro humano, pero aun cuando puede sumirnos en la barbarie, difícilmente salve a los EEUU de la actual  decadencia, que es sistémica y sin duda se ahondará.

Fundamentos y propósitos del viraje del 78

Ahora bien, es necesario puntualizar qué debía corregir China para lanzarse al vertiginoso desarrollo de las últimas décadas. Dicho de otro modo, qué conjunción de factores impedían ese despliegue y la naturaleza de los mismos. Para hacerlo con seriedad y no reiterar ciertos exámenes debe a nuestro juicio darse un rodeo, comenzando por recordar cuáles eran las premisas que según los marxistas iban a permitir implantar el socialismo y no simplemente enumerar los hechos que “prueban” el acierto de Deng, pero no explican por qué razón las fórmulas del maoísmo, a las que se concede utilidad para el período inicial, con el mismo patrón que juzga válidos los criterios de Stalin, no podían crear una economía moderna.

Los bolcheviques, Lenin entre ellos, eran al respecto discípulos de Marx: nunca creyeron que fuera posible avanzar hacia el socialismo sin el apoyo de una revolución obrera en Europa, que veían próxima. Rusia era un país atrasado, con islotes de gran industria flotando en un mar agrario primitivo, abrumadoramente mayoritario, con campesinos que usaban arados de madera confeccionados por ellos mismos, analfabetos y movidos por el hambre de propiedad. No era otra la razón por la cual hablaban de una “revolución burguesa”, al definir el impulso y “las tareas históricas” a que debían responder. Es conocido el hecho de que la diferencia central entre el ala menchevique y el partido de Lenin no estaba dada por esa caracterización, que los marxistas compartían, sino por la respuesta sobre cuál era la clase social que lideraría el proceso. La realidad demostró la exactitud de la visión que juzgaba imposible que la burguesía rusa –llegada tarde al escenario histórico, cobarde, miope– llevara a cabo “su” propia revolución. Los bolcheviques, que se hacían cargo de esa empresa, no habrían de detenerse en ella, sin embargo, y una revolución “ininterrumpida” (Lenin) o “permanente” (Trotsky) tendría lugar. La clase obrera buscaría enlazar la revolución burguesa con la revolución socialista, que no estaba madura en Rusia, pero sí en Europa. Pero, al cerrarse esta chance, los leninistas quedaron librados a su suerte. La revolución china tuvo más fortuna, según dijimos más arriba. Pero el cuadro general, en sentido histórico, no era distinto. El país mostraba un atraso fatal, además de estar destruido por las guerras; era ínfimo el proletariado.  El campesinado[20], luego del fracaso de la primera revolución, era el respaldo más significativo de los comunistas, pero trabajaba la tierra como en la época clásica del imperio Ming. Ahora bien, si en la URRS Stalin había negado la necesidad de crear la base material del orden socialista y era capaz de trocar la teoría marxista hasta el punto de defender el trabajo a destajo como “un principio socialista” y “edificar el socialismo” con el trabajo esclavo de millones de prisioneros, la revolución china no sólo contó con el auxilio soviético –es verdad que el mismo llegó después del fracaso de Stalin en convencer a Mao de que debía pactar otra vez con el Kuomintang– sino que se atrevió a otorgar un papel a la burguesía “nacional” en la reconstrucción del país y tuvo además el novedoso capital de haber aprendido a manejar la economía en las porciones del territorio que estaban bajo su dominio desde los días azarosos de la Larga Marcha. Es significativo que el propio Deng evalúe como justa la línea política vigente en el ciclo 1949-1956, con el liderazgo de Mao. Y lo es mucho más el carácter benigno que, si tomamos como referencia las purgas stalinistas, adquieren las luchas por el liderazgo chino, que condenaron a Deng a labores penosas en el mundo agrario, pero lo devolvieron a la jerarquía, vivo todavía Mao, como respuesta a una sugestión de Chou En Lai. De todas maneras, dicha peculiaridad no liberó a China de los violentos enfrentamientos y ásperos debates que tuvieron lugar en los países identificados con el socialismo marxista alrededor de los problemas “del periodo de transición”. Son conocidos sus términos: ¿sin un largo lapso durante el cual se obtengan  las bases económicas y culturales que caracterizan al  capitalismo central, es posible crear en un país aislado un orden socialista? Dicho de otro modo: ¿en las condiciones de penuria precapitalistas, que son las típicas en los países donde los marxistas han logrado tomar el poder, puede establecerse el reparto de los bienes que, según Marx, señalará al “estadio inferior” del socialismo? Por último, ¿en dichas condiciones, cabe concebir la superación de pugnas por ganar privilegios, a costa del status de  la inmensa mayoría, por parte de aquéllos que tienen el poder? Trotsky es pesimista en todo lo concerniente a estos interrogantes. En Rusia, el compañero de Lenin cuestiona crudamente, haciendo el balance del “comunismo de guerra”, esta tentativa “había extinguido el estimulante del interés individual en los productores”, que el capitalismo instituye con una ley de hierro. Pero no era fácil cambiar el rumbo. Abandonar la práctica del igualitarismo estricto hería las ilusiones del período heroico y una promesa central del bolchevismo, pero asumía que las circunstancias no permitían otra posibilidad. La izquierda partidaria se resistió al viraje y acusó a Lenin de traicionar la causa y sus propias ideas. A nuestro juicio, esa resistencia aguerrida, a la cual se sumaron quejas de las bases sociales del partido, explican que Lenin optara por definir la nueva política (NEP) como una “retirada” temporal, insinuando la proximidad de retomar “la ofensiva”. De otro modo ¿cómo entender el hecho de que el jefe bolchevique hablara al mismo tiempo de esa política como algo destinado a durar décadas[21], y el planteo posterior, a cargo de Trotsky, según el cual aun en el caso de que hubiese triunfado la revolución en Alemania “habría sido necesario renunciar a la distribución de los productos por el Estado y volver a los métodos comerciales, el juego de la oferta y la demanda seguiría siendo por largo tiempo, todavía, la base material indispensable”, mientras que “la industria misma, aunque socializada, necesitaba de los métodos de cálculo monetario elaborados por el capitalismo”[22]. Tras establecer la NEP, Lenin declara en el Congreso de los Sindicatos que es “inadmisible” que éstos tengan la dirección de las empresas, se declara a favor de los directores unipersonales, defiende la lucha por la productividad laboral, denuncia las faltas disciplinarias y a “los zánganos” y sostiene la necesidad de imponer el principio salarial creado por el capitalismo en lo que está designando como un “período de transición”. Declara igualmente que debe asumirse la oposición de los intereses (presentes) de los trabajadores con las necesidades del desarrollo de las fuerzas productivas y llama a sus seguidores a “aprender de los capitalistas” las técnicas de la gestión empresarial y comercial. El atraso cobraba su precio a los visionarios, imponiéndoles límites.

En realidad, la desdicha rusa fue el abandono por parte del stalinismo de estas políticas, mientras se consolidaba en el país la burocracia soviética, afecta a imponer una planificación sin correctivos democráticos, a establecer arbitrariamente los precios y a imponer el monopolio del Estado en la producción y el reparto de los bienes, suprimiendo el rol de un consumidor que, en lugar de operar a favor de la calidad, debe resignarse a obtener en los almacenes públicos una producción tosca y primitiva, inepta para competir con el mundo capitalista[23]. Podría decirse, reduciendo el problema a su mínima expresión, que, después de la muerte de Stalin, en un marco en el cual la burocracia obtenía un nivel de consumo relativamente privilegiado, se aseguraba al resto una estabilidad gris y la vida cotidiana estaba signada por la rutina embustera sintetizada en la frase de Lech Walesa: “nosotros hacemos como que trabajamos; ellos hacen como que nos pagan”. En las últimas décadas, tras la “emancipación de la burocracia”[24], puede decirse que era así.  La peste del alcoholismo coronaba la situación. La “socialización” arbitraria de las relaciones de producción genera distorsiones que han sido previstas, en sentido general, por Charles Bettelheim, quien no se atrevía, objetivamente, a verlas plasmadas en el “socialismo real”. En efecto, tras señalar que, “más allá de la propiedad del Estado”, es necesario un desarrollo “suficiente” de las fuerzas productivas, que logre socializar efectivamente las relaciones de producción, advierte que, sin aquel desarrollo, la propiedad del Estado puede “permanecer como un marco jurídico sin contenido”. Y cita a Marx (en consonancia con Trotsky, sin atreverse a mencionarlo) y su Crítica del Programa de Gotha: “El derecho nunca puede estar más arriba (sic) que el estado económico de la sociedad y  el grado de civilización que le corresponde”[25]. Volvemos al materialismo, como es notorio,  mal que les pese a ciertos “marxistas”, afines al anarquismo y el igualitarismo utópico, que al contrario de los primeros no creen que esa meta –que compartimos– debe sustentarse en un desarrollo material, lo que no implica negar el papel del estímulo moral, que en toda sociedad moviliza también a los seres humanos.  Se trata, en esto, de reconocer límites.

Nuestra visión es la siguiente: en todos los casos –se advierte que la problemática no es exclusiva de rusos y chinos, sino común a todas las revoluciones del mundo “atrasado”– podría avanzarse en la comprensión del  dilema que deben resolver los partidos marxistas del mundo semicolonial, tras tomar el poder, examinando las implicancias del pronóstico que Trotsky logró formular después del análisis del Termidor ruso: “Las tendencias burocráticas deberán manifestarse en todas partes después de la revolución proletaria. Pero es evidente que mientras más pobre es la sociedad nacida de la revolución, más se manifiesta esta “ley”, el burocratismo reviste formas más brutales y más peligroso se hace para el desarrollo del socialismo”. Y concluye: “No son los “restos”, en sí mismos impotentes, de las clases dirigentes de antaño las que impiden, como declara Stalin, al Estado soviético debilitarse y aun liberarse de la burocracia parasitaria; son factores infinitamente más potentes, tales como la indigencia material, la falta de cultura general y la dominación del “derecho burgués” en el dominio que interesa más viva y directamente a todo hombre: el de su conservación personal[26].” De esta observación, que corona la reivindicación del viraje a la NEP, podemos concluir, por nuestra parte, que si apelar a los métodos creados por el capitalismo, visto que seguimos en un marco signado por la ley del valor y un insuficiente grado de productividad del trabajo, crea una situación en la cual el gobierno obrero debe elegir entre establecer las condiciones de una competencia y colaboración del sector económico estatal con el  sector de capitalismo privado,  asumiendo el riesgo de una derrota posible, pero considerando que lo fundamental es avanzar en la productividad del trabajo y la provisión de bienes, para evitar el estancamiento y la metástasis burocrática, por un lado, o, por el contrario, ceder a la tentación de suprimir como sea las reglas del mercado y los estímulos materiales que han sido el fundamento del trabajo y la creación de riqueza en la historia humana, pero alimentan el egoísmo y la desigualdad social. Se trata, en realidad, de una falsa opción. Si como sostiene Marx y reiteran otros “el derecho no puede nunca elevarse por encima del régimen económico y del desarrollo cultural de la sociedad condicionada por ese régimen”, no puede pensarse en “liquidar” el egoísmo y la lucha por obtener una porción  mayor en el reparto de bienes que son escasos, mientras se está muy lejos del bienestar para todos. En esas condiciones, lo que se “suprime” por la puerta se cuela por las ventanas… que la burocracia abre y cierra, priorizando sus intereses. Con el agravante –razón por la cual la última de las alternativas resulta ser definitivamente funesta– de que la ilegitimidad y precariedad del status burocrático, no sustentado en utilidad social alguna, alientan en la burocracia el afán de justificar y disimular las prerrogativas que les otorga el poder oscureciendo la comprensión cabal de las cosas y sustituyendo la teoría por fórmulas autojustificatorias. No otro es el motivo por el cual el stalinismo, con total alevosía y contradiciendo premisas fundamentales del marxismo, intentaba “explicar” el gigantismo del Estado mientras festejaba el ingreso de Rusia al “socialismo”, malversando el valor de la doctrina de Marx y las puntualizaciones precisas y honestas de Lenin, siempre preocupado por dar a las cosas su cabal nombre. En cierto modo, puede decirse que negar un problema y dar al público versiones banales y autocomplacientes, como fue habitual en la Unión Soviética, no sólo implica renunciar a la lucha por un desarrollo material que supere al capitalismo, sino alimentar el caldo de cultivo para que las deformaciones burocráticas sean mayores y más peligrosas, imponiendo a la sociedad un falaz “socialismo” que, como ocurría en la URSS, brinda una “estabilidad” adormecedora a las masas, pero jamás podría competir exitosamente con los países capitalistas y sólo se sostiene perpetuando el proteccionismo y el mito de la autarquía[27].

La excepcionalidad china es la crisis general del capitalismo

En su beneficio o para atormentarlas, las revoluciones siempre cuentan con circunstancias excepcionales. En el caso ruso, su estallido tuvo lugar cuando una guerra “mundial” había sangrado al capitalismo central, con epicentro en Europa y sus terribles consecuencias no sólo quebraron “al eslabón más débil”, el imperio zarista, sino llevaron al continente entero al borde del colapso, con alzamientos en un número de países importantes.  Éstos, si bien fracasaron, dieron a los bolcheviques un enorme apoyo; la ira y las sublevaciones en el mundo próximo restaron eficacia a la contrarrevolución blanca. El régimen se consolidó, aunque degenerara hacia el stalinismo, con los resultados conocidos. La Revolución China gozó también de “favores” históricos; uno de ellos, de una significación no menor, fue la existencia previa de la Unión Soviética y las relaciones de fuerzas vigentes después de la segunda guerra.

Más tarde, a fines de la década de los 70, tras la crisis del petróleo, era muy notorio que para el mundo imperialista “los años felices” de la post guerra habían terminado y el viraje chino tuvo su comienzo en ese marco, caracterizado por la caída irreversible de la tasa de ganancia en las economías centrales; algo que fue entonces velado por el impacto del acercamiento chino-norteamericano y su presunta efectividad como recurso para operar contra un “enemigo común” más hipotético que real, el bloque soviético. La “apertura” dispuesta por Deng Xiaoping registraba cuáles eran las fortalezas del país y las dificultades del capitalismo para enfrentar dicha caída de las tasas de ganancia en los países centrales. El capital atina a “huir hacia adelante”: comienza a desplazar la producción de bienes a la periferia del sistema; concretamente, a países en los cuales la relación entre la aptitud y disciplina de la fuerza de trabajo está acompañada de un costo laboral muy ventajoso, respecto a las exigencias del mundo avanzado[28]. Sin precipitarse, sin ceder el timón a “la mano invisible”, con ensayos y tanteos, China ingresa en un proceso de desarrollo inédito por su vigor y continuidad, que genera en “el centro” un vaciamiento industrial, compensado en parte por el auge de la especulación y la deuda pública, que se presumirán eternos, mientras el poder imperialista juega a sostener la hegemonía global contando con el dominio de las tecnologías de punta, como si el monopolio de las mismas careciera de término. La sonada “deslocalización” buscaba contar con personal calificado de bajos salarios. China lo tenía[29], como uno de los frutos sobresalientes de la revolución. Ahora bien, es necesario precisar ciertas cuestiones. En primer lugar, los analistas serios coinciden en señalar que el impulso mayor vino del interior, de las empresas locales y comunales que canalizaron las energías de la población campesina, estimulada por el régimen de la “responsabilidad individual y familiar”, que provocó un retorno a muy antiguos  hábitos del mundo rural, que combinaban las exigencias del trabajo agrario con la producción aldeana de bienes industriales[30] para el mercado próximo. En segundo lugar, que el capital extranjero, que fue atraído a las “zonas especiales” de la costa, provino sobre todo de la diáspora china, por la renuencia de la empresas del mundo occidental, y aun del Japón, a aceptar las regulaciones y el control del Estado y su menor familiaridad con el gobierno del país. Y en tercer lugar, que si bien las desigualdades sociales y hasta regionales en los niveles de ingreso se hicieron enormes, y lo siguen siendo, los niveles de vida de toda la población han crecido en los años siguientes al viraje, de un modo indudable y hasta espectacular para los parámetros, bastante conocidos, que reinaban en el país. Para no hablar de los avances en salud, educación y desarrollo científico, tecnológico y cultural, que carecen de parangón en la historia moderna.

Una vez más, China y el futuro global

El destino final del experimento social iniciado en el país por la revolución triunfante, para los que no creemos en la desdichada idea de que sea posible construir el socialismo en un solo país y advertimos al mismo tiempo la crisis ya crónica del capitalismo senil, no puede pensarse sin reflexionar al mismo tiempo sobre el futuro próximo del orden global, que al parecer nos coloca –mientras carecemos, dramáticamente, del “sujeto político” necesario para enfrentar este oscuro panorama– ante el mismo dilema que provocó, a comienzos del siglo XX, la exclamación famosa de Rosa Luxemburgo: “socialismo o barbarie”.

Rechazamos la tentación de prever la barbarie. El mayor peligro que vemos en el presente es, sin embargo, la ceguera generalizada que reina mientras nos acecha el futuro, con el cuadro que intentamos resumir, aquí. Al señalar la sobreproducción y los espasmos que acompañan a la hipertrofia financiera y el capitalismo de timba, fenómenos agravados por los avances de China en el mercado mundial y las reacciones irracionales que suscita en los centros del poder mundial, llamamos la atención sobre la catástrofe que nos aguarda si no logramos reconstruir una “vanguardia” dispuesta a capitalizar la experiencia histórica y convocar a la construcción de un porvenir digno de llamarse humano. Nunca, como hoy, fue posible encontrar un grado de madurez en las fuerzas productivas que brinde a ese fin tan portentosos medios. Estamos llegando, con los ojos vendados, al mundo de la robótica y la inteligencia artificial, que ha suscitado advertencias entre alarmantes y frívolas, pero intuitivamente certeras, respecto del impacto social que provocará esta transformación, sólo equiparable a lo que trajo consigo la revolución neolítica.

El tema requiere un examen propio, que no cabe aquí. Pero apuntaremos, sí, que por una parte, podríamos estar a un paso del sueño del fin del trabajo como carga bíblica; de la conquista de una situación en la cual los humanos puedan dedicar el tiempo a satisfacer lo   vocacional –trabajar en lo que nos atrae, no entregar la vida a los medios de vida–, amar a los nuestros –los seres humanos, el mundo y sus criaturas–, expandir el conocimiento y la destreza corporal, apreciar el arte, en fin, todo lo que es digno de la persona que, como decía Trotsky, “empieza donde termina la lucha por el confort”, cuando ya no medimos el tamaño de las porciones. Ese mundo será posible. El automóvil sin chofer, que se prevé  operante en el 2025, implica democratizar el privilegio de los magnates del chofer propio, mientras atiendo otras cosas más interesantes que formar parte de un sistema mecánico. Y, para señalar asuntos menos ligados al reino de las fantasías –que no lo serán, en pocos años más– la mayoría de los trabajos que nos ocupan, hoy, para ganar un salario, estarán a cargo de procesos automatizados[31]. Para graficar el asunto ante el lector no informado, parece útil sugerirle imaginar que, además de la automatización en la producción fabril, a la cual ya nos estamos habituando, los trenes, taxímetros y colectivos, los almacenes y las tiendas, los hoteles y restaurantes, las estaciones de servicio y otras actividades presten sus servicios como lo hace hoy un cajero automático.

Ahora bien, ¿que implica esto en el mundo capitalista? Bill Gates quiere retrasar el proceso y hacerlo gradual, dada la desocupación que habrá de crearse, prácticamente epidémica, si las máquinas desplazan la mano de obra humana y nos transforman en marginales, en todas las ramas de la producción y los servicios. Y no se trata de ciencia ficción. Además de la conducción de automotores y trenes –Airbus prevé sustituir con robots los pilotos de aviones–, los negocios automatizados amenazan con liquidar a los trabajadores que los atienden, como hemos señalado. Sin embargo, lo que no ve el pensamiento burgués (Bill Gates es un ejemplo) es que dicho proceso supone la desaparición de la posibilidad misma de realización de la plusvalía, que necesita del consumidor. Más precisamente, ¿quién y cómo pagará por adquirir esas mercancías que constituyen la esencia de un sistema que produce para la demanda solvente y no para satisfacer, gratuitamente, las necesidades   del hombre[32]?

Un país como China, cuyos dirigentes aún se declaran comunistas y partidarios de alcanzar el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas necesario para construir el socialismo, sea cual sea el daño ocasionado por sus vínculos con el stalinismo, las desigualdades sociales que se observan en él y el pragmatismo rampante que informa sus acciones –rechazamos en principio la suposición de que esto sea un retroceso respecto a la invocación del “marxismo leninismo” anteriormente usual– está, sin duda, mejor preparado para dar los virajes que requiere ingresar en la nueva época. Lo que no excluye, desde luego, ya que se trata de una nación en la cual no está resuelta, ni mucho menos, la lucha de clases otro desenlace. Conflictos obreros no faltan en el país; asoman muchas veces cuestionamientos al poder. Tampoco se nos ocurre pensar que el destino general del planeta y la superación de la crisis crónica que padecemos pueda resolverse por el influjo de una nación, por más importante que esta sea. Una acción mucho más extendida es imprescindible.

 Si, como declaraba Marx, hace más de un siglo y medio en El Manifiesto Comunista, “una sociedad que ha conjurado semejantes medios poderosos de producción e intercambio es como el hechicero que ya no puede controlar los poderes subterráneos que ha invocado con sus sortilegios”, es preciso retomar el timón del quehacer humano y sepultar en el olvido a los matones y chapuceros que hoy gobiernan, sembrando el caos y la muerte, mientras un egoísmo social extremo cunde en las poblaciones del viejo mundo.

                                                Córdoba, 6 de febrero de 2019.

[1]  Quizás sería más exacto decir que hay en verdad notables diferencias entre quienes creen en esa tesis. Los autores más serios, entre los que cabe destacar a Galbraith y Stiglitz, señalan claramente que los líderes chinos no han aplicado recetas neoliberales y han priorizado siempre los intereses nacionales. Pero, dado su peso propagandístico, los ideólogos del stablishment capitalista global han impuesto su posición, que sirve para infundir un profundo pesimismo a las fuerzas que quieren transformar el mundo. No obstante, logran ese cometido al precio del autoengaño: “el fin de la historia” es un sueño pueril, sin sustento alguno.

[2] Durante la primera guerra mundial, el gobierno alemán impuso el manejo centralizado de los recursos y la producción al mundo empresario, para subordinar todo al esfuerzo bélico. El empresariado cedió el manejo al Estado, mientras hacía de la guerra un negocio más. La planificación y control estatal estrictos  eran una  novedad, en la era del capital; algunos socialdemócratas osaron hablar de “socialismo de Estado”. A Lenin y los bolcheviques, que rechazaban el término, absurdo si se considera que el poder prusiano, además de monárquico, era burgués, les inspiró la denominación de “capitalismo de Estado” y sacaron la conclusión de  que era útil estudiar la experiencia. Dado que la gestión estatal de la economía, con un sector público y otro privado, en colaboración y competencia, en las condiciones creadas por el poder obrero, representaba una clave para desarrollar al país, en el periodo denominado de “la transición hacia el socialismo”.

[3] Una categórica demostración de lo que significa la ausencia de condiciones objetivas, que se resumen en la elevada productividad del trabajo y un alto grado de cultura material y técnica, es la deriva hacia la dictadura y la corrupción de los alzamientos de sectarios cristianos comunistas en la Edad Media narrados por Norman Cohn de un modo pormenorizado y brillante, que malogra en sus conclusiones, al intentar asimilar aquellas tentativas con lo que él llama “milenarismo marxista”. Norman Cohn. En Pos del Milenio. Revolucionarios milenaristas y anarquistas místicos de la Edad Media. Barral Editores, 1971.

[4] El ideal de crear una sociedad igualitaria que se proponga como meta “el reparto de la pobreza” y consagre  el ascetismo, satisface a los anarquistas y al “socialismo” cristiano, pero nada tiene que ver con el marxismo.

[5] Ignorar al mercado sin haber creado las bases objetivas para que salga de la escena, tras haber cumplido su papel histórico –tal como desapareció el arado de mansera con la invención del tractor– sólo logra impulsar un “ilegal” mercado negro. En la URSS, el fenómeno tuvo en las décadas anteriores a su crisis un desarrollo fatal. Eso permitió, a su vez, una acumulación de capital privado, en manos de la burocracia y la mafia de los arribistas que lograban protección; ambos sectores se asociaron para impulsar la desintegración del país. Por otra parte, contrasta la catástrofe geopolítica y humanitaria sufrida por la URSS, luego del colapso del PCUS, por una parte, con el extraordinario avance  y la solidez del régimen chino, por otra. Recordemos, además, que Rusia vive un proceso de recuperación hoy, de la mano de Putin y que su futuro depende del desarrollo de las pugnas entre “los oligarcas” y la nación, en el marco de la crisis del capitalismo senil.

[6] Richard McGregor. El Partido. Los secretos de los líderes chinos, Editorial Turner Publicaciones S.L, 2011.

[7] Maurice Meisner. La China de Mao y después, Editorial ComunicArte, 2007. El autor sostiene la tesis de la restauración capitalista no deseada, pese a señalar que, “como Lenin,  Deng no se oponía a usar los medios del mercado capitalista para lograr los objetivos socialistas”. A nuestro juicio, hay una equiparación entre “el mercado” y “el capitalismo” en las reflexiones de Meisner que sugieren un cierto grado de confusión teórica, con una franca simpatía hacia el igualitarismo maoísta y sus valores éticos, además de un tratamiento donde el antagonismo del país con el mercado mundial tras el viraje de Deng es visto como una competencia, entre economías iguales, donde la condición periférica de China no adquiere el carácter de dependencia colonial y la lucha (exitosa hasta hoy) por alcanzar el rango de los países avanzados no subvierte el orden mundial.

[8] Isaac Deutscher. Trotsky, El profeta desarmado. LOM Ediciones, 2007, pág. 44. (El subrayado es nuestro.)

[9] E.H.Carr. La Revolución Bolchevique (1917-1923). Alianza Editorial S.A, 1972, Tomo 2, pág. 103.

[10] Pierre Broué. El Partido Bolchevique. Edicionesw Alternativa, 2007 , pág. 199.

[11] Éste parece ser el caso de Charles Bettelheim. Su manejo de las categorías del marxismo lo distingue en el cuadro del stalinismo vulgar, pero sólo se atrevía a cuestionar los pormenores. Al referirse a Stalin, como “teórico”, se degrada a sí mismo. Apenas pregunta, sin desmentir al burócrata, como si la respuesta pudiera generar vacilaciones: “La desaparición completa de la producción mercantil, ¿no supone la realización del socialismo a escala mundial y una verdadera planificación internacional?” Charles Bettelheim. La transición a la economía socialista. Editorial  Fontanella S.A, 1974,  pág. 49.

[12] Desde 1930 hasta 1955 la producción agrícola per cápita  (con excepción de los cultivos industriales) se mantuvo en la URSS por debajo de la Rusia zarista de 1916. En la producción animal, el nivel de 1913, o el de 1928, no había sido alcanzado aún en 1960, salvo en porcinos. Ernest Mandel. La economía en el periodo de transición. https://www.ernestmandel.org/es/escritos/pdf/periodo-de-transicion.pdf.*****

[13] Pierre Broué. op cit, pág. 385-387. La medida de ese viraje requiere recordar que se niega la existencia de límites impuestos por las leyes de la economía y se imponen metas desmesuradas, tras haber rechazado “la industrialización acelerada” que proponía la Oposición y enarbolar la famosa consigna de Bujarin citada, que desarrollaría el socialismo “a paso de tortuga” para “no romper la alianza con el campesinado”.

[14] Lo prueba la carta del Che a Fidel, antes de irse al Congo, en que afirma: “El comunismo es un fenómeno que se produce en la conciencia; no se llega a él con un salto, un cambio en el modo de producción, un enfrentamiento entre las fuerzas productivas. El comunismo es un fenómeno de conciencia y tiene que desarrollarse en el hombre; por tanto, la educación individual y colectiva en el comunismo es consustancial a éste”. Lo mismo había expresado al analizar los problemas del periodo de transición al socialismo. A pesar de cuestionar lo que ve en la URSS y creer erróneamente que se origina en la NEP –le espanta que Lenin diera “entrada nuevamente a viejas relaciones de producción capitalista” y usara como estimulo el interés individual– dice que el capitalismo aventaja al mundo soviético en la automatización, la productividad del trabajo y el avance técnico, pero prioriza la cuestión moral: imagina “un hombre nuevo” creado al calor de la lucha, a imagen y semejanza del propio Che, sin advertir que esta posición está lejos de Marx y próxima a Jesús. El idealismo filosófico no podría ser más claro, ni estar más alejado del materialismo de Lenin. Ernesto Guevara. Retos de la transición socialista en Cuba. Ocean Sur, 2009 pág., 219 a 230.

[15] José Cademartori. Deng Xiaoping y el socialismo de mercado. Rebelión, 2009.

[16] Cabe recomendar a Jonathan D. Spence. En busca de la China moderna. Tusquets Editores, 2011.

[17] La plusvalía colonial corrompe a los líderes de la II Internacional. Jorge Abelardo Ramos recrea los debates del Congreso de Stuttgart, en 1907. Varios delegados defienden la empresa colonial de “sus” países, como necesaria para sostener la prosperidad europea. Se esfuerzan por demostrar que Europa lleva a las colonias la civilización y el progreso. Sólo cabe denunciar “sus excesos”. Historia de la Nación Latinoamericana. 2da Edición, Peña Lillo Editor SRL, 1973, Cap. VI, Marxismo y Cuestión Nacional.

[18] El mismo cotejo, con los datos de 1960, da para EEUU 3007,12 y para China 89,52. Matemáticamente, eso indica que en aquel año, el PBI per cápita estadounidense era 33 veces superior al de China; pero en el 2007 la comparación nos da menos de 7. La distancia es enorme, todavía, pero es impresionante lo que descuenta año a año el país asiático.  Datos Estadísticos del Banco Mundial.

[19] Trump y la utopía de un “patriotismo” antihistórico, 2017. En http://aurelioarganaraz.com/ideologia-y-politica/trum-y-la-utopia-de-un-patriotismo-antihistorico/

[20] Una notable diferencia parece existir entre ambos campesinados, según sugiere Giovanni Arrighi. La China rural fue originariamente una “civilización pluvial”, donde una elite técnica organizó a los campesinos bajo la estricta disciplina  requerida por el cultivo colectivista del arroz. Sin la comunidad, la sobrevivencia individual es al parecer una quimera. Esto promueve un sentido comunitario, ausente en los campesinos del imperio ruso. Por nuestra parte, nos tienta a pensar si ese fenómeno no explica, en alguna medida, el curioso hecho de que los comunistas chinos encontraran en esta clase, al parecer atípica respecto a sus semejantes de otros países, un “sujeto” social cualitativamente afín al proletariado industrial, sin cuyo concurso se juzgaba imposible el triunfo revolucionario, antes de Mao. Giovanni Arrighi. Adam Smith en Pekín. Ed. Akal, 2007

[21] Lenin. El papel y las tareas de los sindicatos en la Nueva Política Económica (NEP). Resolución del C.C. del PC (b) R del 12 de enero de 1922. Obras Completas, Ed. Cartago S.A, 1960. tomo XXXIII.

[22] León Trotsky. “La revolución traicionada”. Ed. Proceso, 1964, pág. 38 y 39.

[23] El secreto de la disparidad, inusual en el resto del mundo, entre esa industria militar y espacial, altamente calificada de la URSS, por una parte, y la tosquedad, e insuficiencia crónica, en la provisión de bienes para el consumo, por la otra, había llamado la atención del Che Guevara, que reprocha la falta de integración entre aquella y la industria civil, habitual en Occidente, pero no explica las causas que la provocan. El secreto se disipa al ver que en el primer caso “el consumidor” tiene el poder necesario para exigir a los responsables de dicha área la máxima calidad posible, mientras que los ciudadanos, salvo los sectores de la alta burocracia, eran impotentes frente al almacén del Estado, donde faltaban a veces provisiones básicas.

[24] La “emancipación de la burocracia” alude al aporte de Moshe Lewin, que señala  la impunidad ganada por la Nomenklatura tras la muerte de Stalin, que la libera de la zozobra  permanente que padecía en el régimen de terror del georgiano. Moshe Lewin. El siglo soviético. Ed. Crítica, 2005

[25] Charles Bettelheim. op. cit., pág. 63. Esa frase, tan representativa de la visión de Marx, es un leitmotiv en La Revolución Traicionada, para respaldar la crítica a todas las utopías, burocráticas o no. Es difícil pensar que el economista francés no conociera esta obra y hubiera advertido su inconfesable coincidencia con el “trotskismo”.

[26] León Trotsky. op. cit, pág. 66 y 67.

[27] La necesidad de eludir la competencia prematura con los países centrales no está en duda, como recurso temporario. Pero “alcanzar y superar” a los países capitalistas supone ganar una productividad más alta. Y, si la construcción está lista, se saca el andamio. La “autarquía” de la URSS fue un refugio eterno. En su mayor obra, Boris Kagarlitsky cuenta cómo, en la década del 80, los habitantes de la URSS que iban al extranjero suscitaban al volver la envidia de sus amigos con las afeitadoras de Gillette y los desodorantes a bolita, que brillaban al compararlos con los toscos productos del almacén soviético. Esta derrota cultural –los espejitos de colores de la Europa capitalista, 60 años después de la Revolución de Octubre– era el preludio de lo que sobrevino después. Los intelectuales y el estado soviético. De 1917 al presente. Prometeo libros, 2006.

[28] En las últimas décadas, China dejó de ser un país barato por sus salarios. Desde los U$S 200 ha escalado a un promedio salarial de U$S 700; creció la desigualdad, pero también los ingresos de la clase obrera.

[29] Un enorme logro del periodo maoísta, arbitrariamente denostado en bloque. Un autor serio dice: “El que no es economista se dará más fácilmente cuenta de este progreso con datos concretos. Producción de acero, en millones de toneladas: 1949, 0,16; 1952,1,3; 1960, 18,4. Carbón: 1949, 32; 1960, 425. Fundición: 1949, 0,25; 1960, 27,5. Electricidad, en millares de kilovatios-hora. 1949, 4,2; 1960, 58; Algodón (en millones de metros) 1949, 1,9; 1960, 7600. Cereales, boniatos y patatas contados por el cuarto de su peso (Tns): 1957, 185 millones; 1958, 250; 1959, 270”. Se han triplicado las líneas férreas; el número de centrales hidroeléctricas y térmicas, etc. Fernand Braudel. Las civilizaciones actuales. Ed. Tecnos, 1962, pág. 186.

[30] En este tipo de emprendimientos municipales y aldeanos se lograron en los primeros años tasas inauditas de crecimiento, con porcentajes que llegan al 38% anual. Enrique Arceo. El largo camino a  la crisis. Editorial Cara o Ceca, 2011, Cap. X La transformación de China.

[31] Sin considerar la ciencia ficción, se ha escrito mucho sobre estos temas. Fue pionero El fin del trabajo, de Jeremy Rifkin, cuyos límites ideológicos, paradigmáticos en el tratamiento de la cuestión, le impiden extraer las conclusiones que surgen de sus propias observaciones. Últimamente, Andrés Oppenheimer, en ¡Sálvese quien pueda!, ha tratado el tema con chabacanería sensacionalista, buena quizás para vender el libro entre los adictos a ese estilo. De todos modos, muestra el avance veloz de los robots en las más diversas ramas de la producción y los servicios.

[32] Algunos alquimistas, con ligereza, sugieren remediar estas contradicciones del capitalismo senil otorgando a las poblaciones un “ingreso universal” gratuito, sin contraprestación laboral ¿puede concebirse que se nos regale el dinero con el cual compraremos lo que precisamos tener, ya que como dicen los obreros alemanes,  “los robots pueden fabricar automóviles, pero no comprarlos”? ¿puede el capital rentarnos, para vendernos luego los bienes que carecerían de un comprador solvente?

LA IGLESIA Y EL CAPITALISMO SENIL

papa-Francisco

Es una posibilidad –nos desafía a reflexionar sobre las razones que impulsan uno de los virajes más sorprendentes de los últimos años– que la discordia que advertimos entre el papado de Francisco y los voceros del stablishment global y latinoamericano, lejos de ser un fenómeno temporario, con  la personalidad intelectual y el empeño de Bergoglio como motor principal, esté manifestando una incompatibilidad más profunda entre los patrones que informan a la Iglesia Católica y los rasgos que caracterizan al capitalismo actual. Éste, sobre todo en Occidente, exhibe el dominio del capital  financiero y la especulación sin freno, el traslado de industrias a sectores de la periferia, la ruina creciente del Estado de Bienestar, con precarización del trabajo y desocupación crónica, ante todo juvenil. En esas condiciones, el régimen actual es incapaz de brindar a la población, si prescindimos del ínfimo núcleo parasitario, un orden de cosas más o menos estable, que permita adoptar, como corolario, esa visión conservadora que fue típica del mundo avanzado; vale decir, de aquéllos que  viven en los centros imperialistas. La desaparición de esa estabilidad, inclusiva y gozosa, podría asociarse con la crisis de la familia y los valores tradicionales, el arribo de la inquietud y el temor al futuro y la búsqueda compensatoria del goce inmediato y “el crepúsculo del deber”, como actitud ante la vida.

En realidad, aunque el cuadro descripto muestre asociados todos esos rasgos, la gestación de los valores a que hacemos referencia fue menos lineal. Las inclinaciones hoy vigentes, que reflejan los ensayos de Gilles Lipovetsky, fueron generándose más atrás, durante el período que simbolizaron Los Beatles y el Mayo Francés, con la ola antiautoritaria e iconoclasta de los 60, en el estadio de madurez del Estado de Bienestar. En ese marco, “hacer el amor y no la guerra”, en las juventudes del primer mundo, cumplía una doble función política: enterraba  los vestigios del orden patriarcal y su “rigidez moral” hipócrita, desacralizando visiones caras a la burguesía, y servía para negarse a ser carne de cañón en las guerras colonialistas de los países respectivos, como era el caso, durante Vietnam, en los EEUU. Los izquierdistas, con un optimismo quizás ingenuo, pensábamos que esas rebeliones horadaban bastiones del mundo burgués, al cual se atribuía incapacidad para convivir  con la “libertad sexual” y una familia no patriarcal; de modo general, con  una cultura no alienada al patrón moral de la religión cristiana. Esa presunción, es notorio hoy, era una fantasía de aquella generación, heredera a su vez de ideas libertarias anteriores, que veían a la familia y a la religión, como pilares imprescindibles del orden burgués.

La Iglesia tradicional y el orden burgués

Ciertos aspectos quizás primitivos de una visión que compartieron los liberales revolucionarios y el pensamiento de izquierda –ineptos para advertir algo menos superfluo que “la barbarie heredada” en las motivaciones que explican el sentimiento religioso– no implican que sus combates contra la Iglesia carecieran de una justificación dictada por el rol que aquélla cumplía en la defensa de un sistema opresivo y explotador. Ése fue el papel de la Iglesia, en todo el mundo y en nuestro país: ser un puntal del conservadorismo social y político. La expansión global del capitalismo europeo, cabe recordar, contaba con el auxilio, proveedor de legitimidad, de una acción religiosa supuestamente civilizatoria, en todos los continentes. Era la faz teísta de “la pesada carga del hombre blanco”, con la cual Kipling, quizás sin ser un vulgar cínico, enmascaraba los móviles del colonialismo inglés de la era victoriana. Alfredo Terzaga, en un breve ensayo de 1966 (1), nos lo decía claramente, siendo pionero, al mismo tiempo, en observar la aparición de lo que sería más tarde el cristianismo social o tercermundista. Recordaba, entonces, la alianza con el mitrismo para enfrentar a Juárez Celman y el papel de los clericales y la jerarquía eclesiástica en los preparativos y la consumación de la mal llamada Revolución Libertadora. Tan fuerte era esa tradición, advertía el autor, que los sacerdotes jóvenes y la fracción de la jerarquía que quería impulsar las posiciones postconciliares enfrentaba  la resistencia de un laicado conservador (y desde luego, a otra fracción de la cúpula eclesiástica), habituado a ver en la militancia clerical un aliado fiel. La historia posterior, el desempeño de los curas del Tercer Mundo, en el país y Latinoamérica, es conocido, como un capítulo de las tragedias del continente  y sería materia de otra reflexión.

Si importa recordar que, como es sabido, aquel viraje formaba parte  de uno mayor, representado globalmente por el papado de Juan XXIII y el famoso Concilio Vaticano II; que desconcertó a varios,  en nuestro país y en el mundo entero. Pero resultaba comprensible, para los no creyentes, frente a ciertos vuelcos en la situación global que impulsaban indudablemente una reorientación, dictada por la necesidad de adecuar a la Iglesia a lo que amenazaba con ser un nuevo orden.

Por extraño que sea para las nuevas generaciones, pocos apostaban al futuro del capitalismo, en el momento aquel. Su retroceso parecía ser irreversible, luego del triunfo de la Revolución Cubana, con la derrota norteamericana en Vietnam a la vista, y el vuelco cultural representado por el auge del pacifismo en los EEUU y el Mayo francés, que parecían anunciar el desplazamiento del  futuro  hacia la revolución y el socialismo. No obstante, como es de presumir tratándose de la Iglesia, esas tendencias no suponían más que un nuevo equilibrio o relación de fuerzas, sin suprimir corrientes de signo contrario, que se verían representadas, durante el largo proceso de la descomposición del campo del “socialismo real” y la recuperación de la fuerza del imperialismo mundial, con Reagan y Thatcher, por el Papado conservador de Juan Pablo II.

El Papado de Francisco y el capitalismo senil

El periodo anterior a la consagración de Francisco fue signado por el desprestigio fenomenal que significó para la Iglesia las escandalosas denuncias de crímenes sexuales que involucraban al clero y la jerarquía eclesiástica y otros sucesos, también vergonzosos, relativos a los manejos financieros del Vaticano, completamente reñidos con la moral cristiana, y con la imagen, verdadera o fingida, que debe guardar una institución religiosa para ser creíble. Revertir ese deterioro es una razón de la elección de Bergoglio para presidir la Iglesia, sin duda. Pero tenemos la impresión de que no fue eso todo lo que se esperaba del nuevo Papa: no es razonable pensar que su frontal choque con los valores y la lógica del capitalismo actual sea únicamente una “empresa personal”, sin sustento en corrientes internas poderosas, surgidas en por lo menos una fracción de la jerarquía vaticana.

Empecemos por decir que sólo una gran torpeza –mucho más probable es que se trate de mala fe,  acompañada por la voluntad de distorsionar las cosas– puede atribuir la orientación del Papado al “partidismo” (peronista) del “argentino” Bergoglio, que subordinaría la acción y la perspectiva del Vaticano a juegos de entrecasa; suposición que, entre otras cosas, importa una subestimación casi ridícula de la capacidad intelectual, el equilibrio psicológico y el talento, la astucia y la visión global de una gran figura del catolicismo moderno, que se destaca entre sus pares del último siglo. Creer, o sugerir, que adquirió su visión en Guardia de Hierro es una estupidez que define al autor, como un “cabeza de perro”, pero no ayuda a comprender a Bergoglio. Intentemos buscar explicaciones menos triviales en otro lado.

El capitalismo senil ha probado su aptitud para transformar ciertas banderas del antiautoritarismo y las libertades individuales de las generaciones antisistémicas de la segunda mitad del siglo XX, en la medida en que fueron conquistas históricas, en instrumentos de dominio. Es que, salvo cuando se trata de disciplina laboral y de las sagradas prerrogativas de la propiedad privada, la elasticidad burguesa no tiene límites. Todas las demandas que tuvieron relación con “la libertad sexual”, y los valores morales de la sociedad tradicional se integran en definitiva al ideario, llamémosle así, del individualismo extremo… que es connatural al universo burgués. Algunos rasgos del hedonismo de los estudiantes del Mayo Francés “vienen bien” para descalificar la solidaridad y el heroísmo como virtudes, aunque las exigencias militares en la guerra colonial deban atenderse con empresas de mercenarios, que nunca usarán el fusil contra sus amos. Es una ganancia no menor. Minúscula, sin embargo, si resulta posible imponerla también en el mundo periférico, para desalentar sus luchas: una rebelión anticolonial y social exige un esfuerzo colectivo sostenido, con el involucramiento de los sectores intelectualmente activos y de la juventud, en particular. Para advertir qué se gana con la sugestión a elegir “gozar de la vida, sin enroscarse”, basta imaginar qué consecuencias hubiese tenido para las luchas de liberación del pueblo vietnamita que la consigna más celebrada del Mayo francés, “hacer el amor y no la guerra”, se hubiese impuesto a su población joven, como supremo mandato (8). Pero, no es todo, ni mucho menos.

El capitalismo fordista, y con mayor holgura el Estado de Bienestar, prometían a sus comunidades un futuro cierto, sólo condicionado al “trabajo duro” y un modo “disciplinado” de vivir la vida. Esa expectativa era realizable en los países avanzados. Pero, aun en la periferia, siempre que se tratara de las economías denominadas “de desarrollo medio”, como la Argentina, podía concretarse; con menos pretensiones, pero también exitosamente, para una buena parte de las grandes mayorías. Éstas luchaban “sólo” por el ascenso social. La cacareada postmodernidad es diferente. Ofrece tan sólo trabajo precario, incertidumbre previsional y alta desocupación, especialmente juvenil, en un horizonte donde el avance de la robótica amenaza seriamente con destruir las bases del trabajo humano. En ese marco, ¿cómo podría el capitalismo senil sustraerse a la tentación de  “vendernos humo” y salir de la escena, tras entretener al público. Para ese fin, nada mejor que alimentar en los jóvenes la ilusión de que, si los acompaña el ingenio, pueden ser todos un Steve Jobs. Y, caso contrario, sin esforzarse y “desestructurados”, “vivir la aventura y el goce inmediato”, sin dejarse atrapar por la obsesión de prever. En ese marco, quizás sin advertir cómo se adecua semejante idea con las necesidades tácticas del orden establecido, no es un mal consuelo concluir, imitando a John Lennon, que “la vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes”.

 Conclusiones provisionales

Suele decirse que el capitalismo  de la globalización está preñado de graves contradicciones, pero carece de oponentes aptos para cuestionar su perdurabilidad en el tiempo. Presumiendo realismo, esta conclusión subestima los factores dinámicos de la situación, junto con los signos de una crisis crónica y, quizás el error más importante, cree que China y la Rusia actual son parte del sistema, lo que supone ignorar la naturaleza del sistema, en el primer caso y en ambos las contradicciones con los centros imperialistas. No podemos, en este momento, tratar esos temas, que nos llevarían lejos de los propósitos de la nota. Es más, omitimos hablar del conflicto estructural entre el bloque imperialista y el mundo periférico, que tampoco es un sujeto pasivo respecto a definir hacia dónde vamos. En este momento, nos interesa solamente explicitar nuestra impresión de que la tendencia  representada en la Iglesia por Francisco parece dudar del futuro del capitalismo, por lo menos del que tiene hoy vigencia entre los centros avanzados, con la dictadura de las finanzas y las políticas neoliberales que la acompañan necesariamente.

Pero así es el capitalismo senil, al que nada ni nadie podrá devolverle la vitalidad juvenil.

Con los elementos apuntados más arriba, intentemos reflexionar sobre los cálculos o impresiones que impulsan al Vaticano a comprometerse explícitamente con los que impugnan la actualidad, sin que pueda advertirse, como ocurría al final de la década del 60, un oponente capaz de derrotar al capitalismo e imponer al planeta un orden distinto.

El primer motivo que lleva a la Iglesia a poner en duda la consistencia del sistema, a nuestro juicio, deriva de los rasgos que caracterizan a los sectores que lideran al mismo, cuya visión de sí mismos y cuyas relaciones con el orden que sostiene su predominio los exhiben más próximos a una banda de salteadores que a un clase dispuesta a construir un futuro que los tenga por amos, pero en el cual se atiendan los intereses del esclavo. Las consecuencias de esa conducta son muy notorias en los propios centros del imperialismo mundial, con la deslocalización industrial impulsando a la baja las exigencias salariales, la precarización del empleo y los servicios públicos, el uso de los “ilegales” para extorsionar a los trabajadores y la desocupación creciente, que marginaliza a la juventud y las mayorías no especializadas a la zozobra constante. La seriedad, la previsión y la construcción de un orden, fáctica y metafóricamente, han emigrado a China y otras áreas de la periferia del sistema, la mayoría ajenas a los lugares donde se asienta la religión cristiana.

Al mismo tiempo, íntimamente asociados con la imprevisión y la búsqueda de resultado inmediato en la especulación, lejos de la producción y el trabajo como soportes, el sistema practica y postula la amoralidad explícita, como actitud ante la vida y como reflejo de una mercantilización universal, que aunque recuerda a las previsiones del Manifiesto Comunista, amenaza con desintegrar todo lo que resta de lazos basados en valores humanos. Las apuestas “al caos” en la periferia semicolonial, las guerras que se libran con mercenarios y drones, muestran no sólo la crueldad del orden, sino la desintegración que lo carcome interiormente y lo priva de toda legitimación y futuro, salvo que se trate de una barbarie sin límites. Es sintomático que este tipo de “empresas” ni siquiera pretenda buscar justificación moral o religiosa medianamente verosímil, sustituyéndola por el bombardeo del sistema mediático que, sea cual sea su eficacia inmediata, sólo es capaz de aturdir a los tontos y desatentos del montón, pero no de construir una plataforma ideológica digna de su nombre.

En ese contexto, la discordia entre la faz decadente del capitalismo y las instituciones religiosas que pretendan sobrevivir como visiones universales proveedoras de sentido podría resultar fatal e  irremediable, a menos que estas últimas renuncien a los rasgos que caracterizaron su presencia en la historia del hombre, como fuerzas conservadoras del orden social, que procuraban no obstante representar la universalidad  de un modo congruente con un sistema de ideas, para ser solamente un taparrabos del bandidaje que usufructúa el sistema antes del diluvio.

Córdoba, 31 de marzo de 2018

Notas:

(1) La Iglesia y la Revolución Argentina, por Manuel Cruz Tamayo -(Alfredo Terzaga) – IZQUIERDA NACIONAL N° 4 – marzo de 1967

SOBRE UN LIBRO DE ITAÍ HAGMAN Y ULISES BOSIA

Itai HagmanAcabo de leer “La izquierda y el nacionalismo popular ¿un divorcio inevitable?”, un libro de Itai Hagman y Ulises Bosia, publicado a fines del 2017. Confirma mi opinión  con respecto a la corriente que ellos lideran: es una buena novedad de estos años (1). La obra reúne varios ensayos, escritos  antes y después del triunfo de Macri, en los cuales se expone su visión de problemas implicados en la lucha por transformar al país desde una perspectiva de “izquierda popular”; término con el que se deslindan de la ultraizquierda y la izquierda tradicional, buscando interactuar con el “nacionalismo popular”. Este último fenómeno, al que ven hoy encarnado en el kirchnerismo, no es juzgado como un “obstáculo a remover”, sino como “el piso a partir del cual puede darse un proceso de cuestionamiento al orden social vigente, si se consigue generar las condiciones para su radicalización”.

Un enfoque posible para examinar a Patria Grande –nombre de esta “izquierda popular”, en estos días– parte de señalar que su gestación siguió, en cierto modo, un curso inverso al que dio nacimiento a la Izquierda Nacional, en otro tiempo. Ésta surgió, en los primeros años de la década del 40 del siglo pasado, después de “argentinizar” los postulados expuestos en las tesis de Lenin sobre “los pueblos de Oriente” (la política marxista en los países oprimidos)  y asimilar planteos sobre las cuestiones estratégicas de la revolución latinoamericana que aportó Trotsky, desde Méjico, mientras apoyaba al gobierno del General Cárdenas (2). Al hacer suyas esas lecciones, la primera generación de Izquierda Nacional pudo señalar al peronismo naciente como una manifestación de nacionalismo popular, saludar como gesta al 17 de Octubre y hasta decir que las masas que entonces coreaban “Viva Perón” eran las mismas que antes gritaban “Viva Irigoyen”, exponiendo la continuidad de los movimientos nacionales (3). Luego, durante una década (4), en un contexto poco receptivo para puntos de vista tan heterodoxos, sus integrantes se refugiaron en el estudio del país, lejos de las demandas de la lucha práctica (5). Estas circunstancias, que sólo al final del ciclo peronista abrieron cierto cauce de acción política, son, por lo tanto, opuestas a las que enfrentaron los compañeros que militan actualmente en Patria Grande, que desarrollaron fuerzas mientras buscaban “la teoría” que iba a guiar su acción política. Esa oposición en el modo de crecer y posicionarse entre ambos grupos es significativa, por razones que se verán.

Bases de la génesis de “la izquierda popular”

La corriente de “izquierda popular” que los autores expresan, por el contrario, surge más bien, como ellos mismos lo dicen, en un periodo de “orfandad teórica” posterior a la caída del “socialismo real”. Surgieron entonces planteos utópicos de “transformar lo pequeño”, que desdeñaban la lucha por el poder político; una era de repliegue, que hace decir a los autores del libro que “el proyecto de una izquierda popular nace con una gran orfandad” y que, asumiéndolo, “la tarea de construir un árbol genealógico que le dé sentido y hondura histórica se vuelve una cuestión de primer orden” (6). Una cuestión de primer orden, cabe añadir, complicada por el choque entre la mencionada “orfandad” y las demandas propias de la lucha práctica en la que están comprometidos núcleos militantes que se orientan sin contar con sólidas referencias, impactados por la emergencia de virajes en la realidad que no se habían previsto y amenazaban dispersarlos, como ocurrió con el “autonomismo”, al menos con las variantes incapaces de evolucionar. Los hechos, como dicen los autores,  “dejan en orsai” al que es sorprendido, aunque se trate de acontecimientos favorables al pueblo y las perspectivas de una izquierda bien orientada. Y eso sucedió, los compañeros lo confiesan, con la emergencia del chavismo, particularmente. Que me permitan decir, en este punto –no hay una pizca de vanidad en recordarlo; hay interés en trasmitir el valor de contar con ciertas visiones– que recibimos a Hugo Chávez en 1995, en el local de Patria y Pueblo, cuando toda la “izquierda” veía en él a “un militar golpista”. Lo hicimos por carecer del prejuicio “antimilitarista”, que ignora, aún hoy, una de las claves del ciclo bolivariano: el  nacionalismo militar, que fue y sigue siendo un componente de la revolución venezolana, como lo fue en tiempos del coronel Perón, en la Argentina.

Ahora bien, es precisamente la referida “orfandad” lo que agiganta el mérito de responder,  con un viraje, como hicieron los compañeros, a la emergencia del ciclo latinoamericanista que inauguró Chávez y prosiguieron luego Lula, Evo, Kirchner y Correa, en los inicios del siglo. Con núcleos militantes, sobre todo estudiantiles, debieron emprender una ruptura crítica con los primeros amores, que Ulises Bosia narra en las notas (I) Ajuste de cuentas final con el autonomismo y (II) El Frepaso, la Izquierda Unida y la hipótesis autonomista. Debates de cara a nuestro presente.

En este punto, casi podría decir que cedo la palabra al compañero Ulises, que reseña una evolución donde las novedades históricas parecen haber contado más, en el viraje de la corriente, que las armas provistas por el capital intelectual con el cual arrancaron, más o menos al empezar el siglo. De allí que, según mi opinión, la mayor cualidad de nuestros autores y la corriente en que militan fue la capacidad de ser permeables a las corrientes reales de la política popular;  revisar creencias y, en tal caso, como dice Itai, “equivocarse con el pueblo”, mientras asimilaban las lecciones que la historia latinoamericana de este tiempo nos está brindando, sin resistirse a dejar una piel envejecida. La flexibilidad es una condición tan importante para la política revolucionaria –para ser receptivos a los giros de la realidad, en lugar de cerrarse y persistir en el error, al modo de las sectas– como lo es, para impedir que esa cualidad degenere en oportunismo, la firmeza de ideas y el esfuerzo por asimilar las lecciones históricas y la tradición teórica del marxismo revolucionario.

¿Sería lícito, en este momento, añadiendo el dato de que se trata de una evolución que, como dijimos, afecta a tendencias originariamente estudiantiles, señalar el fenómeno como prueba de una “nacionalización” de las clases medias, en su vertiente universitaria, bajo el calor del chavismo y las vertientes latinoamericanistas del siglo XXI? Entiendo que sí, siempre que lo hagamos sin la carga despectiva que le añaden las sectas a “clases medias” o “pequeñoburgués”, y sin ignorar el esfuerzo intelectual que lo acompaña, para  alimentar visiones que ayuden a crear una confluencia de fuerzas de Izquierda Nacional o Popular, o como queramos llamarnos, siempre y cuando nos guie el propósito de establecer claramente lo que debemos ser y necesita hacerse para liberar la patria y resolver simultáneamente la “cuestión social”.

Con ese ánimo, valorando además que los propios compañeros de Patria Grande llevaron  adelante un debate sobre los matices y diferencias tácticas que conviven dentro de su organización, quiero exponer a la consideración de nuestros activos y del campo nacional y popular en general, mi punto de vista sobre algunas cuestiones tratadas o mencionadas en la obra que podríamos transformar en ejes de un debate amplio y plural, decisivo para la lucha. Es posible constituir ámbitos interagrupacionales con dicho propósito, punto de partida para objetivos más amplios:

1) La “orfandad generacional” (uso una expresión de Itaí y Ulises) tiene como marco lo que suele llamarse “la crisis de la teoría revolucionaria”, que se hizo notoria luego de la caída del “socialismo real”. Pero, salvo una mención al español Podemos, que dejo al costado, los compañeros hablan de América Latina, de latinoamericanos del siglo XX, como Mariátegui, Mella y el Che Guevara, a los cuales añaden una larga nómina de intelectuales influyentes sobre la militancia setentista, a los que suponen aptos para formar el “árbol genealógico” de “la izquierda popular”. Para lograr esto, opino que se precisa un “trabajo de clasificación”, sin sustituir la determinación del ADN por una suerte de paternidad en bloque; o tratándose de teorías, doctrinas y experiencias, por la “compra a granel”, sin examen crítico, del legado que dejaron las fuerzas y figuras que actuaron entonces. Una galería de prohombres, mal o bien seleccionados, sólo sirve para crear “mística”, sin esclarecer a nadie y desechando el consejo de Simón Bolívar de que “el arte de vencer se aprende en las derrotas”. Deben examinarse fríamente los fracasos, los errores teóricos y de cálculo que los acompañaron, las contradicciones internas del movimiento popular, sus límites conceptuales; en fin, las lecciones de la experiencia. Solo así se obtiene el alimento necesario. Es, además, el mejor homenaje que cabe hacer a los latinoamericanos que, desde las luchas por la independencia, dejaron su vida por liberar a la patria. Itaí y Ulises dicen que no se trata de repetir “viejos esquemas”. Justamente por eso es necesario profundizar en la crítica, para adquirir consistencia, incluso para saber qué se desecha y qué se reitera, en términos actualizados. Un valor “eterno” es la coherencia, que nos provee de autoridad moral y política. Quiero dar un ejemplo en ese sentido: si la disputa actual, como es el caso, exige cuestionar el antiperonismo de ciertas ”izquierdas”; valorizar como aliado al nacionalismo popular; afirmar con Lenin que la táctica es “golpear juntos y marchar separados” con las fuerzas que lo expresan y sostener con firmeza la noción marxista de que el protagonismo popular  “es indispensable para transformar la realidad”, ¿no es contradictorio ignorar el antiperonismo que caracterizó al ERP? ¿por qué juzgar con otra vara ese dislate de raíz gorila que hoy criticamos, como un vicio del FIT? ¿qué motivos existen para suponer que el acercamiento entre los Montoneros y el ERP era indicador de “un proceso de maduración y reflexión política más profunda”? Ambos grupos –como la ultraizquierda hace hoy, le hacían el juego a la derecha– habían socavado, como si fuese el enemigo, al primer gobierno votado libremente (con el 62% de los votos), tras 18 años de proscripción y fraude. ¿Defendemos o no, como valor permanente, la soberanía popular, sin pisotearla cuando los resultados nos desagradan?

2) Lo anterior conduce a un tema central: el peronismo y los intelectuales de izquierda de aquel periodo. Los compañeros citan a Cooke y Hernández Arregui (peronistas de izquierda) y a Portantiero, Murmis, Arico, Silvio Frondizi (fieles o provenientes de la izquierda antiperonista) como modelos del abordaje marxista del fenómeno, algo que resulta difícil de comprender. El “peronismo de izquierda” sólo ha servido para oscurecer el problema del peronismo a secas, inspirando los extravíos del periodo setentista. Seducido por el impacto de la revolución cubana, en una carta dirigida a Perón, Cooke le sugiere hacer del peronismo “un partido obrero”, ignorando que tal propuesta significaba destruir el movimiento nacional (frente de clases nacionales) y sustituirlo por una secta de aventureros eclécticos. Ya que constituir un partido de clase capaz de liderar a las fuerzas nacionales implica ganar a los obreros reales y, para lograrlo, perfilar una fuerza socialista revolucionaria que pruebe en los hechos la superioridad ideológica, programática y práctica, mientras “golpea junto al bloque nacional, marchando por separado”. Hernández Arregui, por su parte, que sintetiza su confusión en el conocido absurdo: “soy peronista porque soy marxista”, muestra su perplejidad frente a la ruptura con Perón por parte de Montoneros y convalida, en general, las posiciones “entristas”, ignorando la lógica de la conducción vertical que hace de Perón el inapelable jefe burgués del campo popular. Silvio Frondizi, por su lado, postula neutralidad en 1945, envuelto en las brumas de un “marxismo” abstracto. Portantiero y Murmis, por último, a mitad de camino entre la sociología norteamericana y un “marxismo” escolar, contribuyen poco a disolver los prejuicios de la izquierda cipaya (el PS y el PC) tradicional, imantados más bien por la revolución cubana que, contrariando a los compañeros, no ayudó a comprender el peronismo, sino a cuestionar sectariamente sus límites.

 Ahora bien, ¿cuál sería el sentido de actualizar el debate de aquellos tiempos, en este momento? La necesidad, respondo, de precisar la interpretación del fenómeno peronista, cuya comprensión sigue siendo crucial. En segundo lugar, para formar a la militancia en la doctrina marxista en relación a un tema básico, que es la crítica del “izquierdismo infantil”, esa “enfermedad” criticada por Lenin, tan perniciosa como el oportunismo usual. Se trata de dos tendencias simétricas, representativas ambas de una inmadurez general. La “teoría del foco”, una de las manifestaciones del extremismo infantil, sólo ha cedido bajo el peso de las desastres suicidas que impulsó, sin excluir el del Che, en su aventura boliviana de fines de los sesenta.

3) El celo teórico caracterizó a Lenin toda su vida y es un valor siempre estimado por el marxismo revolucionario. No es su fin “mostrar el listado de nuestros aciertos”, el vicio criticado con razón por Itaí. Nada más opuesto al marxismo vivo (la verdad es siempre concreta, decía Lenin) que el dogmatismo, la esclerosis. Pero tan dañinos como éstos son el eclecticismo y la frivolidad intelectual, ya que se trata de “guiar la acción”; tarea para la cual el bisturí electrónico es superior al cuchillo, para no hablar del hacha de silex. Siempre es buena la sensibilidad frente a los síntomas que provienen del mundo externo, no olvidar que “gris es la teoría y sólo es verde el árbol de la vida”. Pero, se ha dicho, con razón, que para usar las alas es necesaria la columna vertebral. La “crisis de la teoría” ha generado, antes que una reflexión más exigente y profunda, las vaguedades postmarxistas inútiles y dañinas, que nos retornan a  tiempos anteriores a Marx, tachadas por los maestros como “socialismo utópico”. Esa curandería ocupa el lugar que deberían tener temas ignorados por la intelectualidad “izquierdista” de moda, como la desintegración de la URSS y demás         países del “socialismo real”; el viraje chino hacia fórmulas que recuerdan a la NEP rusa; los ensayos cubanos que buscan utilizar los mecanismos de mercado; temas  centrales para la construcción del socialismo. La insolvencia teórica o la liviandad postmodernista, si no se superan, nos llevarían a una encerrona, aun en el caso de que tomemos el poder. Pero es peor y más inmediato el problema que tenemos: sin teoría revolucionaria, sin diagnósticos precisos, nunca lograremos comprender a tiempo los síntomas que anticipan un desarrollo próximo o un cambio de tendencias que precisamos advertir, antes que nadie, para que tenga sentido, y no incurramos en una pedantería, el asumir el rol de “vanguardia revolucionaria” (categoría que, si se analizan las cosas con profundidad y perspectiva, es imprescindible conservar, a la manera bolchevique, lejos de la idiotez y soberbia de los “trotskistas”).

4) Las exigencias inmediatas, está claro, conspiran contra la dedicación a los temas de fondo, algo por lo cual los dirigentes de Patria Grande corren con desventaja, al comparar su situación con aquélla que rodeó a la generación fundadora de nuestra Izquierda Nacional, en el siglo pasado. De modo que, sin achacar una negligencia, es preciso decir, como amigos, que no se ve, en los planteos, una caracterización de la estructura económico-social agraria, en un país donde el asunto es decisivo, teórica y políticamente. Si juzgo por el libro, sus autores no ven en el mundo rural un sector que pueda contribuir a la construcción de un sujeto político popular, con la sola excepción de “los campesinos e indígenas” desplazados por la expansión de la frontera agropecuaria. Si así fuera, creo que la causa revolucionaria en el país no tendría ninguna posibilidad, estaría perdida. El sector aludido es ínfimo, y marginal, tanto si lo medimos por su peso social como por su aporte al producto general del agro. No existiría, según las observaciones a que tenemos acceso, ninguna fuerza social de peso dentro del sector que pueda respaldar una política antioligárquica. Al parecer, los compañeros creen que el productor pequeño y mediano (únicamente) tiene intereses comunes con el sector concentrado, sin visualizar contradicciones que puedan desatar antagonismos en el agro. Nuestro punto de vista es muy otro, pero si así fuese, repito, sería imposible llevar adelante la transformación del sector e incluso sostenerse en el poder del Estado, perdurablemente. No es raro así que el libro carezca de una crítica al enfoque con el cual se lanzó la primera versión de la famosa Circular 125. Esta, al no distinguir entre el pequeño y mediano productor y los grupos concentrados, arrojó en brazos de la Sociedad Rural a la FAA y permitió que la revuelta tuviera una singular base de masas rural y urbana, que la miopía del kirchnerismo no supo prever.

5) Algo he dicho, más arriba, del nacionalismo militar que sostenía a Chávez, que a su vez era él mismo un militar. Ese dato no puede meterse debajo de la alfombra para destacar unilateralmente el llamado a construir un impreciso “socialismo del siglo XXI”, consigna sobre la cual di una opinión en otro texto, que no tiene sentido que reitere aquí (7). En esta ocasión, interesa preguntarnos por qué razón la revolución venezolana, que pone en cuestión el viejo prejuicio del “antimilitarismo abstracto”,  tradicional en la “izquierda” latinoamericana, no ha generado un replanteo crítico en el seno de Patria Grande, que no está sola, en este déficit. La sucesión de figuras como Cárdenas en Méjico, Perón en Argentina, Vargas en Brasil, Ibañez en Chile, Velazco Alvarado en Perú, Torres en Bolivia y luego, Chávez, nunca conmovieron a  la izquierda tradicional y el ultraizquierdismo, aun cuando algunos elogian a Chávez y simpatizan con la revolución. Se trata, es claro,  de un tema tabú, decisivo, no obstante, para la lucha revolucionaria, que la repugnancia paralizante sea superada y el tema se trate de un modo objetivo.

6) En ese marco, pero con mayor peso sobre la coyuntura política, es posible señalar la necesidad de ajustar la caracterización del kirchnerismo, cuyos límites advierten los compañeros claramente, como lo prueba un estudio publicado por Itaí antes de la llegada de Macri al poder (8). Por ser así, los defectos que limitan el examen del fenómeno no derivan de una “fascinación”. Se deben, a mi juicio, a una visión del “nacionalismo popular” teñida de “setentismo”, que ignora su carácter burgués y al no nombrarlo tampoco puede incorporarlo al análisis. Al ignorar que precisamente por eso es progresivo, se adopta una dicotomía entre “la derecha” y “la izquierda” que omite el papel de la cuestión nacional y pierde de vista las contradicciones de clase del movimiento nacional tal cual son. De ese modo, queda sin develar el secreto de la oscilación crónica, en el seno del peronismo, entre un extremismo, sólo verbal y su contrario simétrico, la contracara “conservadora”. El “extremismo” arroja fuera del área a esa contracara. Y sin embargo, sin esa “derecha” rechazada no encontraría un sostén externo al que echarle la culpa de todas las tendencias internas del movimiento, que son incapaces de profundizar en serio la lucha nacional-democrática-popular y el programa que la sustenta. De esa manera, de hecho, termina justificando lo que critica por no asumir que para esa profundización es indispensable el protagonismo de las masas (9). Por esto, sin comprar el buzón, el análisis marxista debe desnudar esta “patraña” “de izquierda”, que es efectuada sin mala fe. A pesar de todo, hay en Itaí un análisis exhaustivo de la génesis y desarrollo del proceso nacido en el 2003, punto en el cual sólo reitero la ausencia de crítica al enfoque erróneo por parte del kirchnerismo de las diferencias que habitan el mundo agrario. En cambio, Itaí advierte perfectamente cómo obstruyeron la capacidad de prever lo que iba a pasar con la producción petrolera los límites neo desarrollistas. En suma, falta ahondar el examen del peronismo, sus métodos de conducción y sus tendencias internas (10). Como un síntoma de esa falta y de las influencias de pueden actuar para generarla, me permito citar una apreciación que se lee en el libro, sobre “el giro a la derecha” del General Perón, en 1973. Este típico juicio “setentista” de origen montonero-PC-alfonsinista, es repetido sin crítica. En ese año, el líder peronista aceptó ser candidato a presidente en la boleta del FIP (Frente de Izquierda Popular), llegó al gobierno con el 62% de los votos, lo sostuvo a Gelbard en el Ministerio de economía y envió al parlamento el mejor proyecto de Ley Agraria de la historia del país. Pero la tontería lanzada por el despecho pequeñoburgués de los que quisieron ver en Perón a un socialista no es puesta en duda, medio siglo después (11).

Era aquélla una visión impresionista, superficial, incapaz de resistir un análisis serio del pasado del peronismo y los designios de su jefe ¿no será un error similar creer hoy que el kirchnerismo encarna “el nacionalismo popular del siglo XXI”? ¿por qué no dudar y pensarlo como un fenómeno quizás pasajero? Pese a su decadencia, el peronismo a secas puede sobrevivirlo, imponiéndonos la tarea de saber cómo nos vinculamos a él. Al tratarse un movimiento gastado por la historia, donde pululan postulantes a socios de Macri, se impone distinguir entre lo muerto y lo vivo. Aun así, hay todavía puesta en él, con reservas muy grandes, cierta adhesión de las grandes masas. Y hay figuras como Rodríguez Sáa, que una caracterización torpe, no matizada, encasillará estúpidamente.

No son estos, es obvio, todos los temas que importa discutir.

Pero son algunos de los que deberían motivar un debate fraternal, dentro de la izquierda nacional y popular, apto para enfrentar la intemperie ideológica característica de nuestro tiempo, con el bloque oligárquico destruyendo al país y un marco global que amenaza con sumergirnos en catástrofes sin precedente, no obstante lo cual, o justamente por eso, es cierto que nunca el dilema de Rosa Luxemburgo: ¡Socialismo o barbarie!

Los marxistas de la Izquierda Nacional: ¿parte del problema o parte de la solución?  

He hablado al comienzo del proceso fundacional de nuestra corriente, del apoyo brindado  al peronismo naciente  y de la herencia teórica que apuntaló la posición de la generación pionera de 1945. No sacralizamos nuestra propia historia, no obstante: incluye, como toda historia no transformada en leyenda, límites, disputas menores, errores y defecciones. Sin embargo, cualquier estudio confirma que Ramos, mientras era un revolucionario, realizó aportes que son mucho mayores que los de cualquiera de las figuras que los compañeros mencionan en su libro. En sus obras fundamentales, Revolución y Contrarrevolución en la Argentina e Historia de la Nación Latinoamericana (esta última, recomendada por Chávez a Cristina Kirchner, adquirió una particular fama en ese momento) se tratan integralmente, desde el punto de vista del marxismo revolucionario, los problemas histórico-políticos del país y Latinoamérica, sus fuerzas sociales y políticas y los temas estratégicos de nuestra revolución, incluyendo el estudio de la colonización cultural y el europeísmo reinante, en momentos en los que nadie advertía estos problemas, en el universo de “la izquierda””.

Nuestra militancia –hoy en Patria y Pueblo-Socialistas de la Izquierda Nacional– se nutre en esa tradición, que incluye junto a Ramos a otros autores de gran valor, entre los cuales se destaca Jorge Enea Spilimbergo, que integró nuestra fuerza hasta el fin de su vida, en el 2004. Sin embargo, aplicamos también el pensamiento crítico a nuestra producción, del mismo modo en que señalamos la decadencia y capitulación de Ramos y la fracción que en la década del 90 disolvió su partido y se suma al menemismo (12). Pero, distinguimos entre el niño y el agua sucia.

Sorprende que, buscando antecedentes de una visión de “izquierda popular”, Itaí y Ulises den relevancia a figuras que poco o nada entendieron de qué se trata y nombren al paso a la Izquierda Nacional y a Ramos, que fueron pioneros en comprender la naturaleza del nacionalismo popular. Los archivos dicen que siempre supimos “golpear juntos y marchar separados”. Y es difícil, sin consultarlos, establecer el programa nacional del socialismo  revolucionario en la Argentina. Simultáneamente, compartimos sin mezquindad un capital teórico, sin monopolizarlo: ¿por qué acudir a tuertos y ciegos?

También sorprende y hasta provoca disgusto –pero se trata de construir, no de pelear por  “quién la vio primero”– que en esto de lanzar la “izquierda popular” y darle a la criatura un  “árbol genealógico”, no se mencione al FIP (Frente de Izquierda Popular), que tuvo en el país 72.000 afiliados, personería electoral en todas las provincias, llevó en su boleta la candidatura de Perón en 1973 y logró en la elección 900.000 votos, llamando a votar “por Perón y el socialismo” ¿Por qué omitirlo? Sea dicho al pasar, hasta Silvio Frondizi tuvo un lugar en nuestras listas, como extrapartidario.

Lo que me obliga a plantear, con el riesgo de errar y esperando que se advierta que trato entender, no pelear sin motivo, una hipótesis, que formulo como pregunta: ¿será que  pesa sobre los compañeros una tradición de clase, con el sesgo particular de la tradición intelectual “del mundo académico”? Itaí y Ulises no han nacido en una probeta, provienen del riñón de la Universidad de Buenos Aires. Nadie es ajeno a su tiempo y a su medio. Ni el más pintado, como se dice en criollo. En el ámbito de la UBA –no es distinta la UNC, pese a que algunos suelen creerlo– Portantiero, Murmis, Germani, son exponentes de la “ciencia social” y califican mejor que los “autodidactas” Jauretche y Ramos. No sé qué piensan Ulises e Itaí sobre la colonización cultural, pero convengamos que la Universidad no está enterada de que FORJA tuvo, entre nosotros, un papel semejante al cumplido por la Ilustración en la Europa burguesa: despejar el terreno para la nueva Argentina que iba a desarrollar luego el peronismo. Scalabrini “descubrió” la semicolonia inglesa, perforando las brumas creadas por el sistema, que sólo ha cedido muy poquito. Pero, volviendo a los compañeros ¿o sólo se trata de desconocimiento o conocimiento defectuoso del proceso formativo del “pensamiento nacional” (13)?

¿No conviene hacer, antes que “comprar a granel” un “árbol genealógico” de la “izquierda popular”, un balance crítico prolijo de la trayectoria y los frutos que nos han dejado todos, como saldo? En nuestro caso, lo hemos hecho con Ramos. Pero sería injusto sí, al mismo tiempo, no dijéramos que Aricó terminó su vida –nunca además intentó nada, en términos políticos– rindiendo culto a Raúl Alfonsín, lejos de toda veleidad marxista; que la mayor empresa de Viñas y Portantiero, el MLN (Movimiento de Liberación Nacional), con veloz crecimiento al promediar los 60, era una entidad tan inconsistente que se disolvió antes de cumplir un lustro; que Hernández Arregui asistió mudo al choque del peronismo de izquierda con Perón, sin saber a qué santo encomendar el alma, cómo entender su propia idea de “soy peronista por ser marxista” (14). Cooke se libró de la hora de la verdad por una muerte oportuna, nada más. Es amargo recordarlo, pero es la verdad (15).

La militancia actual no puede correr la misma suerte. Es verdad, como dice Itaí, que nada puede eliminar el riesgo. También es cierto que, en un brete, “es mejor equivocarse con el pueblo” que aferrarse a un dogma. Pero, para reducir las posibilidades de acabar mal, de perder el tiempo, tengamos en cuenta que “sin teoría revolucionaria no puede haber una acción revolucionaria” (Lenin). Debemos evitar toda improvisación. Y lo digo sin excluirnos de ese deber. Por lo que no hemos sabido construir –todos deberíamos asumirlo así– los militantes populares somos “parte del problema”. Debemos ser “parte de la solución”. La teoría marxista, junto al capital intelectual y la experiencia ganada por varias generaciones es un punto de partida irrenunciable, el único material con el cual contamos para cimentar la voluntad política de los cuadros y evitar que la construcción sea endeble y la disuelva el enfrentar un cambio de clima, dejando en la memoria un “amor de estudiantes”, para usar una imagen de Carlos Gardel.

Córdoba, 31 de enero de 2018

Notas:       

1) Esta “bienvenida” fue precedida por algunos diálogos y acercamientos mutuos.  El 24 de marzo de 2016, antes de la marcha habitual en la fecha, invitado por los compañeros de Patria Grande de Córdoba, expuse ante ellos mis puntos de vista. Y en nuestro local de Capital Federal hubo un par de actos que incluyeron expositores de Patria Grande.

2) Las sectas “trotskistas” no deben llevarnos a ignorar a Trotsky, como las aberraciones “marxista-leninistas” del stalinismo no pueden privarnos de las enseñanzas de Lenin.

3) El periódico Frente Obrero analizaba así la movilización del 17 de Octubre a pocos días de aquella jornada, mientras la izquierda cipaya hablaba del nazismo y descalificaba a los obreros que reclamaban la libertad de Perón como  “desclasados con aspecto de murga”.

4) La trayectoria del grupo y el proceso constitutivo de sus ideas puede verse en el libro Tiempo de Profetas, de Martín Rivadero, Editorial Universidad Nacional de Quilmes, 2017.

5) El aislamiento que señalo aquí fue señalado reiteradamente por la Izquierda Nacional y se advierte al recordar que los trabajadores estaban satisfechos con Perón y no querían sustituirlo (La Argentina era una fiesta, dice el historiador radical Félix Luna), y la pequeña burguesía intelectual era hostil a una izquierda que apoyaba al peronismo, aborrecido por ella.

6) La izquierda y el nacionalismo popular, Itai Hagman y Ulises Bosia, pág. 20, Colihue.

7) Ver, en este sitio o en la  revista POLÍTICA, n° 14, junio 2014, Algunos equívocos sobre la revolución bolivariana.

8) Ver La Argentina kirchnerista en tres etapas, una mirada crítica desde la Izquierda Popular, de Itaí Hagman, Cuadernos de Cambio 1, 2014.

9) Sobre la interacción entre la Izquierda Nacional, en sentido amplio y el nacionalismo burgués, mis puntos de vista, en este sitio, en la nota Izquierda Nacional y nacionalismo burgués ante la necesidad de reconstruir el movimiento nacional y liberar definitivamente a la patria.

10) Un análisis clásico de la cuestión en Las tendencias internas del peronismo, de Jorge Enea Spilimbergo. http://www.formacionpoliticapyp.com/2014/05/las-tendencias-internas-del-peronismo/

11) La generación setentista (más apropiado es decir el pueblo argentino) no logró “poner en cuestión el poder dominante”, como cree Itaí, sino vencer a la dictadura oligárquica, y obligarla a llamar a unas elecciones condicionadas, con Perón proscripto. La proscripción cayó en el gobierno de Cámpora: los nuevos comicios, con Perón candidato, fueron libres. Durante el ciclo militar, el nivel más alto alcanzado por la lucha popular, el Cordobazo, debe calificarse como “pre insurreccional”, ya que no pretendía tomar el poder. A media mañana, con la policía derrotada, dueños de la ciudad, hubiéramos podido –soy cordobés y protagonista del hecho– tomar sin problemas la Casa de Gobierno. No lo hicimos; nadie lo propuso.  Esto en cuando a movilización de masas. Los grupos armados, que nunca se articularon con el movimiento popular –eran lo opuesto, por su “elitismo de redentores”– sólo lograron dar a la represión “argumentos” para ensañarse sobre las organizaciones de masas. Jamás estuvieron “cerca” del poder, ni antes ni después de atacar al gobierno que había elegido el pueblo argentino, en 1973.

12) El deslinde de posiciones con Ramos y los suyos puede leerse en De la crisis del FIP al Partido de la Izquierda Nacional (http://www.formacionpoliticapyp.com/2014/08/de-la-crisis-del-fip-al-partido-de-la-izquierda-nacional/) y, entre otros, en La izquierda Nacional y el discurso de los quebrados, en este mismo sitio.

13) En el gobierno de CFK no era claro ese concepto. De allí la designación de Ricardo Forster, un filósofo progresista, pero que nunca representó al “pensamiento nacional”, en la Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional”, y de O’Donnell, un mitrista, además de menemista, en el Instituto del Revisionismo Histórico Manuel Dorrego.

14) Hernández Arregui no es el creador que Itaí supone, sino un autor que añade lo suyo a la visión elaborada por la Izquierda Nacional, en la cual se apoya para realizar aportes,  en su mayoría buenos (eligiendo, en cambio, identificar su “marxismo” con un movimiento nacional burgués). Imperialismo y cultura y La formación de la conciencia nacional tienen varios años de atraso respecto a Crisis y Resurrección de la literatura argentina, publicada por Ramos en 1954 y el resto de la obra publicada por Indoamérica, donde varios autores, antes de 1955, muestran a una Izquierda Nacional ya madura; en el libro de Ramos citado se expone la crítica de la colonización cultural, sentando la base de las obras posteriores, como lo reconoce honestamente Arturo Jauretche. En 1957, cuando Hernández Arregui habla de una “izquierda nacional” nacida después de 1955, Spilimbergo le dice “la criatura ya tiene muchos años de vida y ha nacido junto con el peronismo”. Un estudio sólido de la relación entre él y la Izquierda Nacional, en la tesis inédita de Ernesto Roland Marxismo y liberación nacional: un acercamiento a la obra de Juan José Hernández Arregui.

15) En el afán de llevar “socialismo” al  peronismo, sin lucha por superarlo dialécticamente  Cooke negaba la naturaleza del mismo, que jamás se propuso abolir el capitalismo, sino establecer un capitalismo nacional. Esa era su progresividad, precisamente: cuestionar la satelización de la Argentina agraria al imperialismo mundial. La confusión lleva a Cooke, un luchador, a decir que el peronismo era “el hecho maldito del país burgués”. En realidad era “lo burgués” (progresivo, aunque limitado) antioligárquico. El deseo de radicar a Perón en Cuba fue otra muestra del mismo error. Seguirlo en la sugestión, por parte de Perón, hubiera puesto en crisis esa pluralidad social e ideológica del peronismo (que no es “un defecto”), manifestación de que se trata de un movimiento nacional burgués.

Liliana Olivero o la rueda “izquierda” del automóvil macrista

liliana olivero

Liliana Olivero estuvo anoche, junto a Pablo Carro, en el programa de Canal 10 que se emite con el nombre de 5 noches. Aunque envejeció repitiendo las mismas cosas –su gorilismo supera al de Lilita Carrió, que adquirió fama antes de mostrar la hilacha amagando con defender el interés patriótico– y por eso ha perdido capacidad de sorprender, Liliana logra perfeccionarse con los años,  de una manera asombrosa.

En el 2008, en la Plaza de los Ingleses, de Capital Federal, la Sociedad Rural la vio entre los suyos, peleando con “los campesinos” contra el gobierno de los Kirchner. Hasta el Partido Obrero se lo reprochó, luego, por haber optado, en un “conflicto entre burgueses” por una de “sus alas”. El Sr. Altamira prefiere no hacer distingos entre “las clases patronales”, para solapar su empecinamiento en apoyar al imperialismo contra “la burguesía nacional”, disimulando un poco a cuál de los bandos prefiere favorecer. Pero volvamos a Liliana. Varios años antes, en el 2003, le dijo a Pepe Gaita, viejo militante del Partido Comunista, que en la segunda vuelta votaría en blanco, ya que Menem y Kirchner “eran lo mismo”, una creencia que anoche ratificó frente a Carro, al hablar sobre las elecciones del 2015: “no había diferencias” entre Scioli y Macri. Es curiosa esa insensibilidad ante la experiencia vital de nuestras grandes mayorías, que sufren las consecuencias de una gran derrota.

Anoche, como en toda la campaña, antes y después de las PASO, la candidata del FIT mostró que para ellos “el enemigo principal” es el kirchnerismo, por el contrario de lo que creen los argentinos que los votan por ser “de izquierda”, y los imaginan honestos. Fiel a su guión, se apuró a decir que iban a votar por el desafuero a De Vido, sin la menor mención a la manipulación electoralista de ese tema y de “la lucha contra la corrupción”, por parte de Macri. Al parecer, “la justicia burguesa” es insospechable, e independiente del gobierno, cuando procesa a los k. Por último, sin detenerse ante la injuria, mintió que “los kirchneristas” “votan en el parlamento las leyes de Macri”.

Esa inconducta merece, en consecuencia, que subamos al pie la carta de Trotsky, que habla a las claras sobre esos presuntos “trotskistas”. En estos días se cumplirán 100 años de la Revolución Rusa. Difundir la carta del gran revolucionario es por tanto un modo de reivindicar su figura y rendir homenaje al Octubre ruso que defendió como jefe del Ejército Rojo contra el imperialismo mundial. Pero es también el modo de impedir que la joven generación militante asocie su nombre con esta claque “izquierdista” del poder oligárquico que se encarna en Cambiemos.

Córdoba, 18 de octubre de 2017

     http://www.formacionpoliticapyp.com/2016/03/carta-de-trotsky-a-las-izquierdas-seudo-trotskistas/

LA CUESTIÓN DE CATALUÑA Y LOS SEPARATISMOS EUROPEOS

 

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Las reivindicaciones independentistas que se plantean en el seno de diversos países de la Unión Europea (hoy es Cataluña, pero Escocia discute su separación de Gran Bretaña, la Padania de Italia, entre más casos) no deberían suscitar entre nosotros, latinoamericanos, una corriente de simpatía o solidaridad hacia ninguno de los bandos de aquellas disputas. Y no sólo por la elemental razón de que se trataría de “amores no correspondidos”, como fue notorio durante la crisis del 2001 (1). En aquel momento, al presidente español sólo le preocupaba que las empresas de servicios que las privatizaciones menemistas dejaron en manos de capital ibérico no fuesen afectadas por la pesificación de las tarifas: ¡nuestras mayorías peleaban para seguir comiendo, pero Aznar quería tarifas dolarizadas! El lobby español, en simultáneo, pugnaba por suprimir la soberanía monetaria del país y, asociado a otros pulpos del capital extranjero, quería hacer del dólar la moneda vigente, de modo que sus ganancias tuvieran mengua. Y en ese punto, crucial, los políticos del “socialismo” peninsular no difieren de Aznar y Rajoy en ningún sentido.

 Es que ocupando un rango menor, España forma parte del imperialismo mundial, participando del saqueo que victima al país, a la América Latina y, en general, a las semicolonias de la periferia del sistema. En consecuencia, podría decirse que sus problemas internos y todo lo que  debilita el poder de los centros, tiene como resultado facilitar nuestras luchas por liberar al país y los pueblos hermanos.  Pero, para formarnos un juicio fundado en razones intraeuropeas, libres de prejuicios y de la influencia que ejercen en nuestro país las afinidades culturales –deberíamos canalizarlas a favor de los pueblos, no de un sistema que también los oprime– necesitamos examinar  y valorar  objetivamente dichos “nacionalismos” y establecer las causas de su transformación reciente, que los hizo activos y movilizadores de multitudes, después de permanecer en estado latente durante mucho tiempo. Para ello, creemos, sin ignorar que existen esas raíces históricas, hay que situarlos concretamente –separatismos en naciones asociadas al Mercado Común Europeo– sin asimilar su emergencia a otros fenómenos superficialmente parecidos, también actuales, de otras latitudes y diferente contenido.

Vaya, para sustentar ese distingo, un caso que nos impacta de lleno, como integrantes de la nación latinoamericana balcanizada: la destrucción de Yugoslavia, proceso en el cual no cabe pensar en un agotamiento de los fines históricos del Estado-nación. En el país unificado bajo el liderazgo de Tito, el Estado federal no era un freno para el desarrollo nacional, sino, por el contrario, lo hacía posible. Su crisis fue desatada, fundamentalmente, por los procesos relacionados con las falencias del sistema del “socialismo real”, cuya implosión alimentó las tendencias a la balcanización –opuso  entre sí los “nacionalismos inviables” de vieja data– que, alimentadas por el imperialismo mundial, cumplieron su propósito de descuartizar a la nación e imponer al conjunto un status semicolonial.

En todo conflicto se encuentran presentes fuerzas globales y los casos que motivan esta reflexión no son desde luego una excepción. Pero puede decirse que en todos ellos–Cataluña responde al mismo patrón escocés o padano, con la única salvedad de que hoy Escocia se encuentra afectada por el Brexit– prevalece notoriamente un impulso interno, aupado por la existencia del Mercado Común Europeo, que privó de sustancia a los Estados nacionales y alimenta separatismos que se remontan a las vísperas de la nación burguesa; de aquél marco nace la ilusión de que la “nación” catalana, escocesa o padana pueden constituirse con costo cero, y por qué no, hasta con ganancia indirecta, al liberar a “los prósperos” de parientes pobres, sin resignar el acceso a esa circulación mercantil sin trabas que les brindaba antes el mercado nacional (España, Gran Bretaña, Italia, etc.) ¿O acaso cabe imaginar a Cataluña pugnando por perder el mercado español, si la independencia significara resignar el acceso al mercado europeo, amenaza que esgrimen, ahora, los socios de España, para respetar elementales reglas de juego? Sin ignorar la existencia y el peso del “espíritu nacional”, ya que el conflicto viene de lejos y es indudable la existencia de rasgos que conforman una identidad, nos permitimos apostar al desaliento que generará sobre el ánimo de los catalanes el cambio de sede desde Barcelona a Madrid de unas 100 empresas, cuyas casas matrices estaban en Cataluña, para no hablar de las claras definiciones de Alemania y Francia, que los conminan a mantenerse unidos a España o quedar fuera del Mercado Común. Estos datos, sin embargo, sólo dan cuenta de tensiones internas creadas a partir del conflicto mismo, sin explicar su naturaleza y darnos una noción de su sentido histórico y las claves para llegar a la cuestión de fondo.

A nuestro entender, el enigma fundamental desaparece al recordar que la creación del Mercado Común y la Unión Europea fue una tentativa, dentro de los marcos de la sociedad burguesa, de superar la estrechez del mercado nacional, asociar a las viejas naciones europeas a una plataforma mayor, evitar la reiteración de los viejos enfrentamientos que los llevaron a la guerra y pugnar en común, bajo el liderazgo inevitable de los EEUU, pero creando un contrapeso de cierto volumen, dirigido a conservar una cuota cierta de poder global. Pero es notorio que esa empresa acarreaba una dilución de los Estados nacionales, con amplia cesión de poderes estaduales, sobre todo en el ámbito de la política económica, con la creación del euro y el Banco Central Europeo. En cierto sentido, esa pérdida de poder por parte de las naciones pone en entredicho al Estado-nación y lo torna en algún grado artificial, con el agravante que supone, en las últimas décadas, la dictadura implacable del capital financiero y, como correlato político, las imposiciones de Alemania. Esta, al calor de la crisis global del capitalismo y, particularmente, la deslocalización industrial que en las últimas décadas a transformado a China en el taller del mundo, cuida con mezquindad sus propias industrias, en el marco del parasitismo y la descomposición del resto.

Alemania arriesga, por ese camino, la unidad europea, pero, ¿tiene acaso mejores opciones, en el marco de la crisis global del capitalismo, con la emergencia de China disputándole posiciones en el mercado mundial y el aventurerismo norteamericano creando tensiones en todos los frentes? Esta realidad, sin embargo, pese a la notoria degradación europea, no es asumida de modo consciente     en sus poblaciones y en sus elites, que acusan los síntomas, pero no parecen buscar una respuesta en la superación del sistema, cuya ruina acompaña un proceso de disgregación y decadencia sin fin de la vieja socialdemocracia, un creciente poder de formaciones xenófobas y racistas, y la confusa o inmadura presencia de nuevas tendencias de populismo de izquierda, que no logran superar, por el momento, la crisis del pensamiento transformador europeo.

En dichas condiciones, aunque las reglas de juego impongan a las naciones de la Unión Europea el rechazo a la secesión (el peligro del contagio podría afectar la unidad alemana, pese a la fuerza de sus tendencias centrípetas), ¿qué progresividad podría esperarse, en sentido histórico, de estas “naciones”, en el contexto de la crisis de la Europa burguesa? A nuestro juicio, nunca ha sido tan cierto aquello del retraso con que los hombres adquieren conciencia de su tiempo. La ceguera se nos antoja el patrón compartido por todas las tendencias del viejo mundo. Es notable que Artur Mas, ex presidente de la Generalitat de Cataluña, advierta que la independencia no afectará los “compromisos con la OTAN” y que hará lo mismo si se trata de España o “las regiones más pobres de la Unión Europea”. Evidentemente, se postulan como soldados del capital financiero y el Orden global, sin la menor pretensión de enfrentar esa dictadura, con liderazgo alemán, que conduce a las poblaciones de los viejos Estados-nación, incluida Francia, con sus tradiciones de lucha y fuerza sindical, hacia abismos crecientes. No obstante, tampoco se advierten razones para considerar que la integridad nacional sea en la Europa del Mercado Común una causa digna de ser defendida, en nombre del presente y el futuro social. En realidad, aunque no se avizoren fuerzas subjetivas para emprender esa tarea, el capitalismo europeo ha dado de sí, tras extenderse a la periferia, todo lo de progresivo que estaba en sus posibilidades y la sobrevivencia de las conquistas que su población obtuvo, depende, ahora, de que dicho sistema sea finalmente enterrado, con todos los honores, pero sin ninguna vacilación, con la nación burguesa que lo hizo crecer.

El proletariado catalán luchó en la vanguardia del pueblo español, en viejas batallas. La burguesía catalana, protagonista mezquina de una “voluntad nacional” que quiere liberarse del pobrerío del sector más atrasado de la península, es incapaz de hacer otra cosa que colocarse bajo el zapato de Ángela Merkel y el Banco Europeo. El contexto en cual florecen estas “naciones”, eclipsadas por el desarrollo de las naciones viables, es otoñal y las hace anacrónicas. Desde la periferia semicolonial, en particular desde la Argentina, tributaria secular de la cultura europea, esto resulta tan evidente como la decadencia general que aflige a Europa, que la invalida para proveernos, como esperaba nuestra gente en tiempos pretéritos, de ideas y proyecciones, aún cuando debiéramos adaptarlas a nuestras condiciones, para no errar. En este sentido, es relevante, como síntoma, que las nuevas formaciones de izquierda europea busquen orientaciones en modelos latinoamericanos, en figuras como Hugo Chávez o Ernesto Guevara, invirtiendo la dirección de las búsquedas tradicionales, que pretendían hallar en aquellos centros respuesta a la pregunta de qué hacer. Es un giro harto significativo.

Córdoba, 12 de octubre de 2017

Los gurúes, los medios, las identidades políticas y la autocrítica del movimiento popular

Perón hablando

Los asesores de imagen, “expertos” electorales y tutti quanti, son una novedad de las últimas décadas. Y es un lugar común, en estos días, creer que pueden obrar “milagros”, un ejemplo de lo cual sería el triunfo de Mauricio Macri contra Daniel Scioli, en el 2015. Esta presunta eficacia, a su vez, probaría que el modo tradicional de hacer política es obsoleto, ante las “nuevas técnicas”. Del mismo género, pero con base en teorías de filiación izquierdista, es una visión que sostiene que los  medios de comunicación masiva no son, como siempre creímos, un factor importante en la lucha política, sino mucho más: su poder les permitiría anular la aptitud del ciudadano común de asumir posiciones valiéndose de sí mismo y, al modo orwelliano, le lavarían el cerebro. Así, contrariando lo que sus ojos ven, en contacto con la realidad, lo arrastrarían a votar contra su propio interés, y respaldar al stablishment, del que aquellos son voceros y parte. Aunque no se lo explicite, esa visión impone la idea de una omnipotencia del sistema, al atribuirle la capacidad de sugestionar al público y lograr que vote de un modo masoquista, como un zombi, o un suicida.

Este supuesto, que tiene hoy más adeptos que nunca, debe ser cuestionado, a mi entender, para distinguir entre la cuota de verdad que contiene y una “explicación” abstracta llena de prejuicios, que oculta en verdad más de lo que muestra, nos induce a error y siembra el pesimismo, lo quiera o no. La verdad, se ha dicho, es siempre concreta, determinada, viviente. Y aquí estamos frente a una abstracción que, dando por sentado  lo que debe explicar,  no examina el momento que viven las mayorías, en su relación con la política. El propósito de esta nota es llevar a cabo esa tarea, con el fin de probar que un análisis desprejuiciado muestra que la ceguera que se atribuye al elector, al menos en lo que se refiere a las mayorías populares, es en realidad una respuesta cuyos motivos obedecen a las contradicciones que afligen al sistema político y los liderazgos presentes. Además de errar, en consecuencia, la interpretación que cuestionamos sirve de “taparrabo” de un déficit de representación y conducción política, transfiriendo la responsabilidad de las elites partidarias al argentino de a pie, que, si bien es permeable al bombardeo de los medios, tiene también otras referencias, mucho más ligadas a su experiencia directa, y a los procesos políticos que ha vivido el país.

Empecemos por los gurúes. En su caso, nuestra principal objeción a la remanida creencia consiste en que ignora las condiciones puntuales en que se aprecia el trabajo de los supuestos hechiceros. Nos referimos, es claro, al “momento” histórico.  Al tenerlo en cuenta (algo que debiera ser obvio para el análisis, pero no lo es) se advierte que el  “asesor” luce eficiente en un marco signado por una dilución de las identidades políticas. Como fue notorio al estallar la crisis del 2001 (“que se vayan todos”), hoy las fuerzas tradicionales tienen una débil relación con sus bases, que fluctúan permanentemente; han dejado de ser un cliente “cautivo”. Las oscilaciones del electorado son la nota de estas décadas. Su “fidelidad” es escasa, la predisposición a distanciarse de las formaciones tradicionales es muy alta y la opinión se reorienta permanentemente, bien o mal, acusando los efectos de una crisis de la representación que no concluirá hasta que no se reconstituyan las identidades partidarias, por una renovación de las fuerzas mayoritarias. Por el momento –en ese marco operan los gurúes y adquieren valor sus espejitos de colores– vivimos en la dilución de la filiación política de las grandes masas. Se trata, es verdad, de un fenómeno que traspasa las fronteras del país; es crónico en la Europa de las últimas décadas y en otras realidades del mundo actual. No obstante, esto no deriva de una esclerosis en “las formas”, sino, por el contrario, en las ideas y programas. Y tanto en la Argentina como en otros países, es posible analizar situaciones que difieren de ese cuadro, en épocas próximas y aún en nuestros días. En la Argentina, esto no ocurría en tiempos de Alfonsín; a lo sumo veíamos una renovación del peronismo, disparada por la derrota de 1983. Tampoco es el caso de la Venezuela actual: para bien, o para mal, en el país de Chávez es ínfimo el sector  que no se identifica con algún bando. Las maniobras tácticas lícitas o no, incluido el uso del terror político, muestran una situación extrema y peligrosa, pero con bloques antagónicos muy definidos, y hasta fanáticos, ninguno de las cuales respondería a las sugestiones de un Durán Barba. Y en la Argentina, reiteramos, cuando peronistas y radicales eran hegemónicos, no había lugar para la “creatividad” huera que sustituye hoy el “olfato político” y la aptitud para seducir a las grandes masas. Un político de raza, como Alfonsín, conocedor de su público y de la “fragilidad” que arrastraba desde la etapa isabelina el adversario a vencer, sabía qué decir del Proceso –ignorar, por ejemplo, la complicidad de la UCR con Videla, macanear sobre un supuesto pacto militar-sindical, etc.  Sin gurúes, era más “creativo” que Durán Barba. Pero el pueblo, en aquel momento, era capaz de ocupar las calles con grandes actos: así ocurrió con el peronismo cordobés: iba a perder las elecciones, pero no obstante cerró su campaña estimulado por el fervor de 90.000 personas, que llenaban de punta a punta la Chacabuco-Maipú (10 cuadras de una gran avenida) (1).

La NaciónAlgo similar debe decirse de los medios de comunicación masiva. Sería necio desconocer su poder, que les otorga un lugar entre los “aparatos ideológicos” que sostienen el sistema. El general Mitre no fundó La Nación por un capricho. Necesitaba respaldar el genocidio del interior y el Paraguay, que resistían los designios oligárquicos e ingleses. Por algo se dice que una clase dominante ejerce también el dominio ideológico. Pero esta verdad de tipo general, debe ser acotada de un modo firme. Porque dicho poder no es incontrastable y se suele tornar completamente ineficaz en los momentos decisivos, cuando las grandes masas adquieren la conciencia de sus propios fines y si tienen al frente una dirección capaz de dar la batalla de ideas y programas, los llevan al triunfo. Así ocurría con el Comandante Chávez, que el sistema de prensa no pudo desacreditar, pese a contar con casi todos los medios. En la Argentina, por su parte, el General Perón hizo su campaña de 1946 con enormes desventajas en ese sentido y los venció. Lo mismo cabe decir de la crisis del 2001: los medios eran, como siempre, voceros del bloque imperialista oligárquico. Pero la experiencia social pudo más: careciendo de conducción, ante la crisis, atronó las calles repudiando la capitulación de las fuerzas tradicionales, que habían sido más sensibles al poder establecido que al mandato del pueblo. La virtual unanimidad del sistema de partidos en la entrega del país, con el respaldo global del mundo imperialista y la propaganda cómplice de los grandes medios fue descalificada allí por la acción popular, actuando con el apoyo de lo que los hechos le señalaban, las consecuencias terribles de aquellas políticas. No había, dijimos, fuerzas capacitadas para encauzar la rebelión políticamente. A pesar de eso, la realidad se impuso, en aquél marco de orfandad política, que explica el deseo de que se vayan todos, como el único cambio que la multitud era capaz de parir, dada su carencia de una representación política apta para darle un objetivo mayor. Aún así, con esos límites, la vida se impone al “discurso” de los mistificadores, aunque se debe añadir que el desmoronamiento ideológico de la militancia popular prolonga en exceso y con resultados fatales el padecimiento de los oprimidos.

La ideología dominante, con el concurso de los aparatos puestos a su servicio, son un factor en la lucha de clases que da ventajas al bloque de poder, pero no puede suprimir el conflicto. Y, desde el punto de vista de la causa popular, la experiencia social siempre opera a favor de la conciencia de los sometidos. Sin embargo, las contradicciones y debilidades del liderazgo popular obran como un factor que facilita las cosas a la ofensiva contraria; aspectos secundarios, errores y límites de un gobierno popular generan, en el seno del pueblo, conflictos y confusión, desánimo y apatía, y una predisposición a secundar campañas destinadas a quebrar el bloque de clases nacionales; aceptar, por fin, los cantos de sirena de los chupasangres de siempre. Podría decirse que hemos atravesado por estos procesos en cada crisis del movimiento de masas: en 1955, en 1976 y en el 2015. Cuando en el campo propio se alimenta la depresión, siempre se promueve, simultáneamente, se lo quiera o no, un éxodo de fragmentos que antes conformaban parte de nuestras fuerzas hacia el campo enemigo, como se verificó antes de la “revolución libertadora” con la (desatinada) conducción del conflicto con la Iglesia.

Ficción orwelliana, pesimismo político y reticencia a la crítica

1984Consecuentemente, la imagen de los medios como entidades omnipotentes y de los gurúes como especialistas capaces de manipular a la opinión pública tiene, fuera de los que lucran vendiendo el servicio, otros beneficiarios, conscientes o no. Para adentrarnos en el tema, creemos, es necesario advertir el pesimismo que implican estas creencias. Efectivamente, el universo orwelliano no tiene rivales ni mecanismos de corrección; se impone hasta el fin, como un totalitarismo invisible y sutil, que ha cancelado la capacidad de pensar. Afortunadamente, se trata de… una ficción (2).

Si el poder ideológico, cultural y comunicativo del orden establecido es todopoderoso, transformar la realidad, destruir el orden social dominante, es una quimera y la lucha popular una quijotada sin  chances. Rozamos, aquí, las nociones propias del postmodernismo y el pensamiento único, que ha declarado antiguallas a la revolución social y meras ensoñaciones las banderas lanzadas por la Revolución Francesa y la Revolución Rusa. Semejante frigidez, postula la eternidad del capitalismo senil precisamente cuando se agrietan las condiciones de su vigencia. No es casual. En la Argentina y en América Latina, hasta hace poco sacudida por una tentativa tímida, pero real, de unidad continental y emancipación política, responde más a la necesidad de conjurar el espantajo de la rebelión que a juicios basados en la ciencia social, más que convicción expresa inseguridad y deseo de infundir desaliento a los rebeldes. Pero esto alude a “las razones del poder”, nada más.

El mismo discurso, en boca de los voceros del campo popular, debe responder, por obvias razones,  a otros motivos. Tras la derrota electoral del 2015, la cúpula del kirchnerismo, en vez de efectuar  un replanteo crítico, impulsó una campaña de denigración del electorado (los globoludos) y quiso fundar su apuesta a futuro en unas viejas declaraciones del General Perón, cuando comenzaba su exilio en 1955. Para volver al poder, según el fundador del movimiento peronista, no era necesario que hiciera nada: “todo lo harán mis enemigos”, fue la desafortunada profecía del líder popular, que tardó en volver 18 años, y pudo gobernar otra vez el país gracias a la lucha de nuestro pueblo contra una dictadura oligárquica. En el presente, una “explicación” de la derrota electoral  basada en absolutizar el poder mediático (inventor de una manada mayoritaria de “globoludos” que votan contra sí mismos) se contradice al pronosticar que la experiencia enseña (los presuntos globoludos aprenderán quiénes son sus benefactores auténticos).

¿A qué obedece esta curiosa coincidencia en cerrar los ojos frente a una gran derrota? Un motivo sencillo es la dificultad humana de asumir el error, cuando sus consecuencias son graves. Pero el motivo de fondo es eludir la crítica de la conducción vertical vigente, ya que su defensa necesita creer en la infalibilidad del jefe (cualidad que lo habilita a dirigir, sin consultarla, a una colectividad pasiva, “empoderada” sólo para someterse al líder). Ese tipo de liderazgo, por su mismo carácter, tiene dificultades para ceder el control si los límites legales le impiden perpetuarse en el manejo del Estado, cuya gestión, en otras manos, les permitirá desplazar al jefe saliente. Ese conflicto, en el que actúa interesadamente la “burocracia saliente”, ejercitando una presión que la perpetúe en el poder, era un dato notorio ante el recambio presidencial que traerían las elecciones del 2015 y obró para desalentar un apoyo más firme al candidato Scioli, que sería “independiente” al asumir la presidencia. Pero cometeríamos un error atribuyendo a “la mezquindad” un peso exclusivo, de última instancia o factor último: la verticalidad nace de la necesidad burguesa que, en tanto lidera el movimiento nacional, debe encorsetarlo, para impedir que el dinamismo de sus bases populares pongan en cuestión los límites que desea imponer a los cambios, que deben recortar el poder imperialista, sin socavar el orden mismo y, particularmente, el rango de las clases y el régimen de propiedad.

Este andamiaje pudo sostenerse con Perón vivo, aunque era un factor que debilitaba las fuerzas del movimiento nacional, por sustituir una jerarquía de cuadros políticos (que puede ser leal, pero no dócil) por una burocracia de arribistas incondicionales (aunque traidora en potencia). Prometía perdurar con el matrimonio formado por Néstor y Cristina, hasta la desaparición del primero, circunstancia que problematizó el asunto de la sucesión. Sin incursionar en el tema de lo que pudo ser, y no fue, la crisis de la representación seguía vigente, lo que potenció el peso de los errores políticos, que fueron suficientes para generar la derrota del 2013 frente a Sergio Massa y explican, en definitiva, el triunfo de Macri en el 2015.

Los últimos años del ciclo kirchnerista, enmarcados por la crisis económica global, fueron lo mejor, en ciertos aspectos (YPF, AFJP, Aerolíneas, conducción del conflicto con los buitres) y acumularon, al mismo tiempo, los mayores desatinos de orden político, el más destacado y determinante de los cuales fue la ruptura con el movimiento obrero, después de las elecciones del 2011. La carencia de tacto, por darle un nombre quizás limitado, pareció dominar el ánimo presidencial, con episodios lamentables, como la descalificación de los docentes (un gremio aliado) y la campaña de Mariotto, que seguía órdenes de la Casa Rosada, contra el gobernador Scioli y el peronismo bonaerense, que se suspendió tardíamente y prologó la catástrofe del 2015.

(1) Alfonsín lograba una inversión de los hechos, en realidad, al señalar como “cómplice” al sector social que fue la víctima principal del Proceso militar, los trabajadores y el movimiento obrero, con mayoría entre los desaparecidos y erigirse él mismo, y sus correligionarios, en denunciantes, pese a que fueron en realidad sus cómplices. Según Balbín, Videla era “un general democrático”.

(2) Con mayores pretensiones de “ciencia social”, en la década del 70 estuvo de moda “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”, un libro de Althusser que, sin considerar que el mundo europeo satisfecho no tenía interés en sublevarse contra el capitalismo, que para esa porción del planeta y en las condiciones del imperialismo brindaba a todos el “Estado de bienestar” –a costa del resto, la periferia colonial y semicolonial–, sin considerar, decimos, ese “detalle”,  llegaba a la conclusión de que los “aparatos ideológicos” logran “reproducir” el sistema dominante, imponiéndose a la crítica de los que quieren subvertirlo. Naturalmente, Althusser desdeñaba la posibilidad de someter sus esquemáticas fórmulas a un examen de la historia real.

EL GOBIERNO DE MACRI Y LA DEFENSA DE LA PATRIA Y EL PUEBLO ARGENTINO

Franco-y-Mauricio-Macri

Esta nota no salió, en su momento, por tener como destino el debate interno del colectivo en que milito. Allí cumplió ya con su objeto. En el presente, creo, ayuda a reflexionar sobre lo que está pasando y ocurrirá en el país, en el próximo periodo. Termine de escribirla el 30 de abril del 2016. El análisis de la coyuntura, terreno en el cual sigue reinando mucha confusión, creo que justifica su publicación. La situación ha madurado, ya, pero no desmiente el diagnóstico y las previsiones, que fueron confirmados. El lector juzgará. Por mi parte, si alienta debates en las filas de la militancia vale la pena darla a conocer. Ahí va:

Si los motivos principales de la derrota de Scioli no hubiera que buscarlos dentro del campo de las fuerzas nacionales, para observar desde otro prisma la tragedia nacional se podría decir que Sanz y los radicales, pugnando por detener la ruina de la UCR, fueron los parteros de una rara criatura: un gobierno oligárquico, que habla de “diálogo” con un garrote en la mano: si el interlocutor afloja, el garrote se deja para otra ocasión; si en lugar de ceder, busca defender su opinión en las calles, las palabras sobran, hay policía brava.

Parece arbitrario, o faccioso, llamar oligárquico a un presidente elegido por la mitad más uno del pueblo argentino. Pero no lo hacemos por vicios de intolerancia, por ignorar que nació del voto universal[1]. Y los principios nos impiden descalificar a las mayorías, cuando son adversas, ya que no es posible construir sin ellas una fuerza capaz de transformar al país. Intentamos, sencillamente, diagnosticar con rigurosidad el marco en que nos toca defender a la patria, desde el pueblo, sin sectarismos, con las banderas compartidas por todos los patriotas; las contradicciones de la coyuntura deben señalarse antes de que nos sorprendan; es ineludible la tarea de conceptualizar los problemas –para orientarnos– de un tiempo de desafíos, con sabor a intemperie. Ese es el propósito del texto actual, que invita al debate.

Opinamos: la naturaleza de clase, el plan de gobierno que busca desarrollar y la ideología que sustenta al gobierno actual son oligárquicos. La conciencia, sobre ese asunto, es fundamental. Permite prever: la gran mayoría de los que votaron a Macri van a padecer sus medidas, que sólo benefician al capital extranjero y los núcleos del poder económico concentrado. Ya se advierten los primeros síntomas, en tal sentido: el matrimonio (sin amor) de Macri y “sus” votantes está condenado a tornarse discordia, pese a las maniobras y complicidades varias, el decidido apoyo de la gran prensa, la deserción de porciones del campo opositor. Saberlo, para eso lo señalamos, permite organizar la contraofensiva, desde ya: más temprano que tarde, con dolor, con bronca, el país se unirá y movilizará masivamente contra la entrega y el hambre; esto dará base política, y eventualmente electoral, a quienes promuevan el fin de una “grieta” que fue real: concurrieron a formarla las limitaciones y rasgos estrechos del kirchnerismo y la propaganda venal de los medios de prensa, lo que dividió a la Argentina en dos mitades.

Este desencuentro se disipará y nuestro pueblo, en el marco de la agresión que sufrirán sus mayorías, va a recuperar la unidad nacional, contra las minorías que nos explotan y condenan desde hace ya 200 años. De la voluntad y la pericia que pongamos en la tarea depende la reconstrucción del movimiento nacional. Y, si luchamos para superar la fatalidad argentina del “eterno retorno” de las fuerzas del atraso, liberaremos al país de una vez para siempre. Apartando, como a estorbos, simultáneamente, a quienes antepongan el interés personal o de facción a la causa patriótica del pueblo argentino. En ese marco –actualidad pura y futuro inmediato– la tarea es aunar lo nacional y lo democrático, los ideales y las reivindicaciones de todos los atropellados por el Virrey Macri y sus gerentes, meros sirvientes de los EEUU y el imperialismo mundial.

Sus tropelías contra lo democrático, que burlan las promesas de diálogo y pluralismo, fueron claras, desde el vamos: pisotear las leyes vigentes en el país; nombrar a dedo jueces de la Corte Suprema de Justicia, que debe ser, como ya vimos en la década menemista, una escribanía; destituir por decreto las autoridades del AFSCA y devolver a los monopolios el goce “legal” del imperio levantado con el apoyo del terror; eliminar medios y periodistas díscolos; disparar contra niños que celebraban el carnaval, para apurar la llegada de un reino de “la alegría”; una retórica oficial que exacerba la violencia vengativa y revanchista de sus partidarios más exaltados, al punto de llevarlos a protagonizar hechos de armas que, en algunos casos (como el de los disparos a un festejo de Nuevo Encuentro en Capital Federal o los ya reiterados atropellamientos por autos desbocados de la Policía Bonaerense) pudieron costar, o de hecho costaron, vidas humanas.

Por graves que sean estos hechos, como lo son, debemos mirarlos como la manifestación, en el área institucional y cultural, de una acción cuyo rumbo central está dado por las medidas económicas, cuyo sentido de clase es inocultable: una brutal transferencia de ingresos de los trabajadores y el pueblo hacia los núcleos oligárquicos y las empresas extranjeras, con un efecto fatal, ya visible, sobre el consumo y la producción industrial, que llevará al cierre de muchas empresas, al deterioro salarial y al avance de la desocupación. Para probarlo, ¿hace falta algo más que la disonancia entre la “generosidad” hacia las mineras de capital extranjero y la mísera modificación del Impuesto a las Ganancias, que perjudica a más de 100 mil jubilados[2]? Allí está, con ribetes impúdicos, esa contradicción de origen en la que insistimos: ¡Una disposición a regalar dinero a “los dueños del país” sólo puede satisfacer a unos pocos miles, pero Macri logró que lo votaran más de 12 millones, esa “mitad más uno” que la perfidia de la prensa imperialista y los extravíos de la conducción del campo nacional volcaron a favor del candidato neoliberal!

Y como si esa burla a sus propios votantes y la desesperación colectiva en que sumergirá al pueblo no fuese, sin otro añadido, una catástrofe social, será además –es imprescindible tenerlo en claro–padecer en vano, ya que se trata no de “aportar” a un crecimiento futuro sino únicamente de financiar una descomunal fuga de divisas por parte del poder económico concentrado, que no va a reinvertir lo saqueado en el suelo nacional, sino fuera de él. Es que no estamos ante la conducta “normal” de una clase dominante, que explota al trabajo pero quiere construir un dominio perdurable. El país enfrenta algo diferente: un vulgar atraco, por obra de una banda de saqueadores ocasionales, en el marco global de un capitalismo depredador y senil.

Necesaria autocrítica del campo nacional

Ahora bien, ese previsible descrédito del macrismo, fruto del sentido antipopular de sus políticas, y la réplica popular que sobrevendrá, que pueden anticiparse, sirven para orientar nuestra política, no para suponer que el fracaso de Macri es la garantía de un “retorno al poder”, como alguno cree o pretende que supongamos.

Se ha citado al General Perón, sugiriendo que la tarea es “sentarnos a ver pasar el cadáver del enemigo”. Esa ilusión no resiste el análisis; el propio Perón, después de pronunciar ese fallido pronóstico, en 1955, desde Paraguay, permaneció exiliado, sin recuperar el poder ¡durante 18 años! y volvió al país siendo un anciano venerable, donde murió al poco tiempo para dejarnos en manos de un astrólogo y su viuda.

Esto sólo sirve para “bajar los brazos”, sin decirnos cómo defender a la patria. Sobre todo, sin preguntarnos (¡prohibido pensar, parecen indicarnos!) por qué se perdieron las elecciones, qué errores propios (mejor, qué limites y contradicciones del campo popular y sus jefes) nos llevaron a la derrota, o qué criterios extraños a la tradición del peronismo llevaron a la expulsión de sectores históricamente ligados al movimiento nacional. Y, esencialmente, por qué razones (esta vez, con fidelidad a uno de los mayores defectos del movimiento fundado por Perón) se impuso al movimiento una conducción verticalista que daba a la militancia un papel pasivo, sin ningún rol en la toma de decisiones y el insustituible debate de los grandes problemas.

Objetivamente, lo de “esperar que Macri fracase” es desalentar la búsqueda de ideas y acciones aptas para modificar una relación de fuerzas hoy desfavorable; en segundo lugar, es una invitación a la fanfarronería y la autocomplacencia. En tercer lugar, y esencialmente, ahoga el natural impulso a realizar el examen crítico de lo actuado por el campo popular, para obtener un balance práctico de la experiencia. Buscar ese balance es una necesaria y sana reacción ante la derrota. Sin cumplir ese deber nuestro, intransferible, a Macri le daríamos, según estos sabios, la misión de avivar a golpes a “los bobos”, “desagradecidos hacia Cristina”, que lo votaron.

Desde luego, la postura en cuestión tiene más de una variante: en el caso de muchos militantes “de a pie” es quizá un modo de buscar consuelo, algo parecido a una compensación. Pero en boca de dirigentes, escamotea la responsabilidad de la conducción en el triunfo oligárquico, (ascender a los aplaudidores, rechazar la política tradicional del peronismo en relación al rol de la clase trabajadora y el movimiento sindical, etc.)

Y obtura, fundamentalmente, todo debate sobre el fundamento último de que se recurra al mencionado método de conducción verticalista: la decisión de no emprender una batalla a fondo para transformar el país, la poca profundidad de los ataques al estáblishment. Si la realidad es “la única verdad”, la verdad fue la decisión de no abrir canales a la iniciativa popular y reducir el rol de la militancia al de un espectador impotente. Contradiciendo el proclamado “empoderamiento” de las masas, se privó a la militancia y a las fuerzas sociales que sostenían al gobierno de un lugar en la toma de decisiones, la elección de sus líderes y de los candidatos electorales.

Todo esto tendría una importancia sólo formal (el elitismo no es nuestro modelo, no obstante lo cual nos importan más los contenidos políticos), si no fuese que, en los hechos, y ante la crisis de representación que estalló después de la década del 90, la negativa a democratizar las fuerzas populares impedía reconstruir el Movimiento Nacional, como lo hemos dicho en diversas oportunidades.

Era imprescindible vencer aplastantemente en la primera vuelta (Patria y Pueblo no habla con el “diario del lunes”: lo vinimos planteando desde antes de esa instancia electoral). Esto no sucedió, y ante la inminente catástrofe, la militancia, como se sabe, se movilizó rumbo al balotaje heroica y espontáneamente, aunque sin conducción. Estuvo cerca de torcer el final, pero era tarde: tras una larga campaña de “fuego amigo” contra el candidato del campo propio, no fue posible reparar el daño causado por los errores y (¿por qué ocultarlo, siendo la mezquindad un factor político de peso, en esta ocasión?) el empeño en impedir un cambio en la jefatura del campo nacional, que distorsionó sectariamente la confección de las listas de candidatos en todos los niveles y ámbitos del país, pese a las pruebas que en más de una elección, en algunas provincias, mostraban el rechazo a las fórmulas impuestas por la Casa Rosada.

Distritos hubo en los cuales, en esos momentos, dirigentes vinculados a la Presidencia llegaban a admitir en privado (y se les traslucía en público) que preferían enfrentar en la Rosada a Macri, “siendo tan reaccionario, recuperar el poder sería pan comido” y no a Scioli, al cual no pocos pintaban como una quinta columna oligárquica (ser “pejotista”, según su óptica, era un pecado imperdonable) dentro del Movimiento Nacional. Reiteraban así, a escala del país entero, el error que llevó a Néstor Kirchner a partir el frente electoral en la Capital Federal en el 2007, enfrentando a un “confiable” Filmus con un “oscuro” Télerman. Esa jugada buscaba, en último análisis, “crear” un adversario de “centro-derecha” manejable: si Filmus era derrotado, el resultado encerraría en la Capital Federal –de donde no se creía que pudiera salir- al gorilismo más acendrado y brutal. Macri llegó así al poder, pero quedó lejos -como puede comprobarse hoy, cuando ya es muy tarde- de quedar encerrado en la CABA.

La unidad popular contra el poder oligárquico

Volvamos ahora al presente y al futuro. Ignorar la discordia entre el plan macrista y sus votantes nos recuerda aquello de “es peor que un crimen, es un error”. Esa discordia es “la piedra filosofal” para las fuerzas populares, a la hora de formular planteos y propuestas que aíslen al enemigo, nos ganen el apoyo de los trabajadores y excluidos, nos devuelvan el favor de las clases medias y los pequeños empresarios; en suma, en el momento de reconstruir el campo nacional-democrático-popular, que está de pie, pero no tiene una organicidad eficiente y –recordar que por décadas el peronismo fue electoralmente imbatible, razón por la cual se le impedía votar– debería agrupar mayorías que son potencialmente más amplias de lo que pudimos ver en el mejor momento del ciclo anterior. Contamos, por esa razón, con todas las posibilidades de triunfar en la lucha, si se enfrenta con claridad la resistencia al saqueo del país, la destrucción de avances en la distribución del ingreso, el retroceso en la escala de la industrialización autocentrada, la creciente reunificación con los países de América Latina, la apertura a opciones diversas a las del imperialismo en el plano internacional, el atropello a la -de por sí condescendiente con los poderosos- institucionalidad heredada, la afectación de derechos sociales, culturales y democráticos del pueblo, en una palabra, el plan de subordinarnos al imperialismo mundial.

La “minoría intensa” que apoyó firmemente y despidió a Cristina en la Plaza de Mayo permite caracterizar al fenómeno kirchnerista como representativo de nuestra clase media progresista, en un “momento” de su viraje hacia posiciones nacionales[3]. Ese numeroso sector rechaza desde el vamos la restauración conservadora, aunque luce confundido con respecto a las razones que nos llevaron al retroceso actual.

Pero el impacto de la derrota no lo desintegró. Ha nutrido las movilizaciones, tan legítimas como necesarias, que cuestionaron la supresión ilegal de la Ley de Medios, los insólitos nombramientos a dedo en la Corte Suprema, los despidos arbitrarios y los atropellos que señalan a los apóstoles del “diálogo”, “la revolución de la alegría” y la “pobreza cero” , entre los que se destaca la detención de Milagros Sala. Con la movilización de los estatales, fue la vanguardia en las primeras batallas de una lucha que sumará numerosos actores, próximamente.

Para potenciarse y confluir con el torrente popular que derrotará al neoliberalismo, debe, sin embargo, imponerse una reflexión con relación al pasado inmediato y ahondar su comprensión de las exigencias que impone la concreción del sueño de emancipación latinoamericana, que vimos desarrollarse, desde el triunfo de Chávez en la patria de Bolívar, en adelante. Sólo así podrá comprender –ciñéndonos al caso de la experiencia argentina– esa derrota anunciada que significó, para el campo popular, el conflicto del gobierno de Cristina Kirchner con el movimiento obrero y la CGT, un punto trágico de inflexión, en la construcción de poder que se intentó a partir del 2003.

Sin aquel paso, a partir del cual maduró la fragmentación de las fuerzas propias que explica el despliegue demagógico de Massa y las derrotas electorales del 2013 y el 2015, no lamentaríamos hoy una derrota causada por “goles en contra”, si se nos permite el término. Por omisión, o respondiendo a sus prejuicios contra el sindicalismo peronista, el progresismo kirchnerista fue incapaz de anticipar las consecuencias del desacierto de la ex presidente, que privarían a su gobierno de un apoyo decisivo, como se verificó en los comicios antes mencionados. Es obvio, por otro lado, que la desdichada involución de los líderes sindicales del sector de Hugo Moyano y la vacilante y desteñida actuación del movimiento obrero, desde el 2011 en adelante, no es atribuible a Cristina Kirchner, y revela más bien la nulidad de la jefatura sindical para asumir, en el terreno de lo político, la defensa de los trabajadores, de la manera en que lo hicieron en otros momentos de la historia nacional.

¿Cómo podría explicarse, de lo contrario, la complicidad con Massa, un político “bien visto” por la embajada yanqui, que no casualmente es “una opción” a Macri, además de un cómplice del plan entreguista? Y, de un modo más general, ¿cómo, sino, explicar la propensión a canjear la modificación de las escalas del Impuesto a las Ganancias por el apoyo o la pasividad ante el arreglo con los buitres? Esta es una medida central del plan entreguista y sólo desdicha puede traer a los asalariados.

No obstante, la realidad también se impondrá aquí, y, tal como lo indican los indicios actuales, los reflejos defensivos de la clase trabajadora obrarán a favor de la unidad sindical y la lucha contra el gobierno, creando las bases para que todo el sector derive hacia una confluencia de las grandes mayorías. Lo mismo ocurrió en tiempos de Onganía: poderosas movilizaciones sepultaron el programa de aquella dictadura y dieron preeminencia a las tendencias combativas. De ese modo, generaron las condiciones que hicieron inevitable la restauración plena de la soberanía popular argentina, que culminaría con el retorno del exiliado Juan Perón al país. Pero precisamente por eso no solo hundieron al “colaboracionismo” sindical –que basaba su estrategia en la aparente imposibilidad de sacar al General Perón del exilio- sino también (esto es tema seguramente de otro debate, que por supuesto no podemos dar ahora) superaron los límites de la -por muchos otros motivos- tan respetada y admirable experiencia de la CGT de los Argentinos, que tampoco se planteaba ese objetivo como el eje de su accionar.

La crisis que aguarda al frente neoliberal macrista

El plan de Macri, al responder a la visión y el interés imperialista-oligárquico, no logrará evitar, aun contando con la plena complicidad de los medios de prensa, la respuesta defensiva de las mayorías de la población, que lo sumirá en la crisis y la descomposición final. Con un poder precario, producto de los extravíos y límites de nuestro propio campo, no pudo tener mayorías parlamentarias propias y, es obvio, tampoco goza del poder discrecional de un gobierno de facto. Esto tiene dos consecuencias, a saber: primera, necesita cómplices, además de mantener su unidad interna, algo que hoy parece sencillo, pero no lo será cuando la crisis política toque sus puertas; y en segundo lugar, cuando las papas quemen, sobrevivirá pisoteando la Constitución y las leyes, y apelando a la represión, tal como ocurrió en el gobierno de De la Rúa, antes del helicóptero. No sería imposible que en ese camino intente “innovar metodológicamente”, con las picanas eléctricas portátiles (“pistolas Taser”, que ya importó), las bandas de barrabravas armados, la aparición permanente de francotiradores y todo tipo de provocadores no siempre encuadrados, etc. Pero la receta general no podrá ser demasiado distinta.[4]

En consecuencia, con la pequeña burguesía que hoy lo respalda ya distanciada, terminará colisionando con sus tradiciones políticas democráticas; como se vio, vale señalarlo, en las protestas (aun la farsa tiene un fondo de verdad) de los radicales ¡y de Carrió! ante la designación inicial “a dedo” de los supremos para la Corte y en otros episodios más recientes. Si a esa fuente de potenciales conflictos se añaden los efectos de una política económica que quiere privilegiar la tasa de ganancia de las empresas imperialistas y los agronegocios, es posible prever, cuando las brumas se disipen, una furia creciente del pueblo argentino, que, reiteramos, posibilitará recuperar “la unidad nacional”, ausente en el gobierno de Cristina Kirchner… pero para enfrentar a Macri y el gabinete de la Ceocracia.

Esa realidad que, insistimos, se irá configurando, será el marco de una acción militante que debe apostar el reagrupamiento de las mayorías del país en base a lo que dictan sus intereses reales: y no (como propuso en su momento el diputado Carlos Kunkel) que dedicarnos a escrachar a los votantes de Macri, lo que implica confrontar con la mitad del país. Debemos explorar todos los caminos que permitan rehacer la unidad del pueblo y enfrentar el saqueo del país, el aumento previsible de la represión policial y el inevitable deslizamiento hacia métodos antidemocráticos de gobierno. No hace falta ser adivino para saber esto: no pueden convivir en paz el zorro y las gallinas. Lo verán, pronto, los votantes de Macri; al menos, la mayoría de ellos. Y la principal “ayuda”, para que así ocurra y se disipen las ensoñaciones del 22 de noviembre, vendrá del gobierno y la avaricia sin límites de los núcleos oligárquicos y los centros especulativos y financieros del mundo imperialista.

Para sustentar mejor nuestro pronóstico, va este añadido: una mirada que omita cuál es la lógica de una conducta de clase puede suponer que esos núcleos de poder económico “colaborarán” con “su gobierno”, sofrenando la voracidad antes aludida. Sería erróneo creer tal cosa: lo demostraron los monopolios de la exportación de granos, retaceando la liquidación de divisas prometida, para empujar al dólar más arriba, aun; y los grandes supermercadistas, trasladando sistemáticamente a los precios la devaluación, aun cuando los costos no guarden relación directa con la misma.

No podemos saber si Macri, en particular, creía que con decirle a los integrantes del poder económico que “los conocía” y que este iba a ser un gobierno “de ellos”, ganaría su confianza y le ayudarían a gobernar por “un pacto de caballeros”. No nos extrañaría, dada su estolidez. Lo indudable, en realidad, es que los poderosos sólo responden a la ley de la selva, si el poder del Estado los deja hacer. Por otra parte, los energúmenos que comandan el área económica sólo simulan el deseo de “frenar los precios” y se declaran listos a “tomar medidas”: ¿cuáles? ¡abrir la importación, obligar a los empresarios a “ser razonables”! Eso sí, ¡sin control de precios!

En criollo: o los argentinos (como consumidores) pagan los precios impuestos por la pandilla de monopolios salvajes o (en tanto trabajadores) se aguantan la pérdida de fuentes de trabajo, la ruina industrial y la fiesta de los importadores. Y, sea dicho con claridad, sabiendo que los monopolios en ningún caso sufrirán el daño, pagarán el plato las pequeñas y medianas empresas de capital nacional, incapaces de competir con los países asiáticos y cerrarán, como ya ocurrió con Martínez de Hoz y con Cavallo. La industria textil y del calzado, importantes para el empleo, serán posiblemente las primeras víctimas.

Y en lo que respecta a los verdaderos formadores de precios[5], Funes de Rioja, de COPAL, dijo de entrada que era “imposible” volver a los precios de noviembre y que Precios Cuidados “fue en realidad precios pisados”, algo que se supone es contrario a la “nueva” filosofía económica. Lo que vino a continuación es público y notorio. En términos generales, puede afirmarse sin mayores dudas que vamos a sufrir un retroceso industrial, aumentará la desocupación y el deterioro del ingreso, mientras se abandona la defensa de la economía nacional, se destruyen avances en la investigación y la ciencia y se niegan nuevamente los recursos financieros a la educación y la salud, en beneficio de su privatización. Ya es notorio el sufrimiento social, pese a la acción diversionista de los medios. La baja en la recaudación tributaria muestra la caída en el consumo popular. No aparecen las “inversiones” y el déficit del comercio exterior crece al compás de la “apertura” externa. Y nada cambiará con la contracción de una nueva deuda externa, ya que, dejando a un lado el pago a los buitres, lo que va a financiarse no son obras de infraestructura necesarias, sino el acrecentamiento de la fuga de capitales.

Algunas incógnitas del futuro inmediato

Los mayores interrogantes, en realidad, están en el campo de las fuerzas populares que, aunque fueron parcialmente revitalizadas por la política del kirchnerismo y no han perdido, tras la derrota electoral, su capacidad de movilización, carecen de unidad política y organizativa y no reconocen una jefatura universalmente aceptada y, por lo tanto, eficiente. El macrismo lo sabe, y despliega movimientos tendientes a desarticularlo más aún, y transformar en cómplices de la restauración y la entrega a todos los desmoralizados por la derrota popular.

La acción extorsiva dirigida a obtener el respaldo a la negociación con los buitres, sobre gobernadores e intendentes –era insuficiente el apoyo legislativo de Massa, Urtubey, De la Sota y Cía, para ganar en el Senado– nos retrotrajo al cuadro del parlamento anterior a la crisis del 2001, la “ley Banelco” y otros contubernios típicos de una decadencia sin fin. La manifiesta brutalidad cuasi mafiosa de los métodos empleados no altera este cuadro general, y en todo caso levanta una grave acusación contra aquellos que nos prometían una “transición democrática” entre la “izquierda” y la “derecha”: ¡en un país semicolonial donde la mayoría popular “convive” con una minoría sin patria, una mixtura oligárquico-imperialista!

El internismo sin límites ni contenido programático, con las excepciones del caso; la necesidad de ceder, en nombre de “la unidad”, ante quienes postulan “la defensa de la gobernabilidad”; son signos, todos, que completan un cuadro de pérdida de rumbo y capitulación impúdica ante la restauración neoliberal, que parece reinstalarnos, sin aprender ni olvidar nada, en los tiempos del besamanos a Carlos Menem.

Estos datos coyunturales, sin embargo, deben juzgarse con referencia a lo central: en todos estos años, desde la derrota ante Alfonsín en adelante, nada sustituyó a Perón, en la aptitud para dar al movimiento peronista una orientación nacional y un liderazgo incuestionable. Y, para juzgar en ese punto los doce años de la experiencia kirchnerista, promoviendo una reflexión orientada a la superación de los problemas estratégicos, es necesario ser claros: con vistas a la tarea de construir una conducción efectiva del frente nacional y recuperar sus dotes de fuerza electoral imbatible, el kirchnerismo desaprovechó una oportunidad histórica.

No quiso o no supo confiar en la iniciativa y el protagonismo popular; impuso, sin persuadir, apoyándose en el Estado y su poder de cooptación y coerción, una jefatura verticalista, particularmente rígida; se descartó, por tanto, la posibilidad de librar un amplio debate ideológico-táctico; y en lugar de impulsar el desarrollo de la militancia, la arrinconó en un apoyo acrítico y pasivo, sustituyéndola por un sistema de operadores sumisos que hacían carrera con el “culto al jefe”. Es difícil imaginar que desde el llano (perdido el poder por su mezquindad y sus contradicciones) tenga más suerte en la lucha por estructurar una nueva síntesis de las fuerzas nacionales.

Este pronóstico aproximativo, por otra parte, debe ser evaluado en el marco general de la crisis del peronismo, la que a su vez constituye parte del fenómeno de la crisis de la representación, que estalló en el 2001 y se resumió en el grito “¡que se vayan todos!”.

Las fuerzas tradicionales, incluso el peronismo, quisieron ver ese viraje histórico como un mero episodio. No era así. El bipartidismo clásico de la Argentina desapareció entonces; quizás para siempre. El radicalismo quedó reducido a cenizas; comenzó una lucha por sobrevivir a cualquier precio, que lo llevó esta vez a la Alianza de Macri, que aumentará su descrédito. El peronismo, fracturado en tres fórmulas en la elección que dio inicio al ciclo kirchnerista, cuya fragmentación hoy es inocultable, ha cerrado “su” década con una derrota quizás más profunda que la sufrida en las elecciones de 1983, ante Alfonsín.

Es verdad que, durante doce años, logró dar al país el mejor gobierno que puede recordarse, después de la muerte del General Perón. Pero también es cierto que, reiterando antecedentes ya crónicos del peronismo, ese gobierno lesionó a medias los intereses del estáblishment, pero lo dejó intacto, en su poder económico y su capacidad de fuego, para volver a caer, tal como ocurrió en 1955, 1976, 1983, con la derrota ante Alfonsín, 1989 con la entrega menemista, y esta última vez, derrotado por un payaso del circo imperialista.

Por otra parte, a los fenómenos de fragmentación actual ya referidos (gobernadores, estructuras del PJ, núcleos cristinistas) debe añadirse la dispersión de su fuerza en el movimiento obrero y, con una grave responsabilidad de la “cúpula K”, la acentuación del distanciamiento entre la “rama política” y la rama sindical, que nació en tiempos de la “renovación peronista”, fue revertida bajo Néstor Kirchner, se tornó fatal después de las elecciones del 2011, prometía suturar en un gobierno de Scioli, pero después de la derrota es tan marcada que ambas estructuras (rama política y sindicalismo peronista) obran siguiendo órbitas inconexas, sin atisbos de un plan mínimamente acordado.

 La clase trabajadora y los dirigentes sindicales, frente al gobierno de Macri

El equipo macrista busca ganar a las conducciones sindicales, con la entrega del manejo de fondos correspondientes a las obras sociales, que fueron retaceados por el gobierno anterior, en el marco de su empecinamiento por ignorar el peso del movimiento sindical, entre otras medidas de una cúpula signada por un característico “progresismo” pequeño burgués que terminó casi convirtiéndose en marca de fábrica del kirchnerismo en sus etapas finales.

Ese “progresismo”, como sabemos, suele moralizar sobre las deformaciones burocráticas de los dirigentes sindicales, mientras vacila en enfrentar con igual ímpetu a la sobreestimada “burguesía nacional”, que busca seducir con inútiles concesiones, como si ganar su apoyo, siempre esquivo, mereciera arriesgar el apoyo de los trabajadores, la capacidad de frenar una ofensiva oligárquica, y su peso electoral.

Seamos claros: en las filas de la clase trabajadora estas políticas de la cúpula K alimentaron a Massa, y añadieron también votos a Macri. Aunque estas derivaciones, que no caracterizaron únicamente a una porción de los líderes sindicales –un porcentaje de los asalariados optó por votar esta vez a Macri, algo que requiere una explicación– están señalándonos una pérdida de olfato que evidencia, creemos, cierta dilución momentánea en la identidad política y la aptitud rumbeadora del proletariado nacional, afectado por la acumulación de experiencias frustradas que ha protagonizado en las últimas décadas el movimiento fundado por el General Perón.

También, en términos más generales, revela la actual carencia de un partido o un movimiento nacional capacitados para brindar a la clase trabajadora un canal de acción política… ¡y menos aún de sostener su programa nacional-democrático frente a todos los sectores del campo popular!

No sería sensato, de nuestra parte, dados sus antecedentes, concebir ilusiones sobre la voluntad de los jefes del movimiento sindical de promover por su propia voluntad la resistencia popular a Macri. No obstante, salvo personajes ultracorrompidos y carentes de una base capaz de presionarlos, de la índole de Venegas, las direcciones sindicales no firmaron un cheque en blanco ante el soborno (que en rigor y en el caso de los fondos de las obras sociales consideran con justa razón mera restitución de un derecho pisoteado por el gobierno kirchnerista). La insistencia (cada vez más estentórea) en torno al tema del mínimo no imponible y las escalas del Impuesto a las Ganancias permite confirmarlo.

Ante el deterioro salarial y la destrucción progresiva de fuentes de trabajo, Macri enfrenta una resistencia creciente, con picos de movilización y fortalecimiento paulatino de las corrientes más lúcidas y combativas, e incluso –como puede verse en el caso de los bancarios o en las posiciones que adopta sistemáticamente el diputado (y dirigente sindical de los canillitas) Omar Plaini– de dirigentes veteranos en sindicatos pertenecientes a la CGT Azopardo liderada por Hugo Moyano.

Las conducciones combativas, además, si el liderazgo peronista es incapaz de dar a la Nación los instrumentos necesarios para enfrentar al régimen, procurarán crearlos, al comprobar que el stablishment y los energúmenos que lo sirven quieren someternos a cualquier precio, sin excluir la represión y el derramamiento de sangre. Al comprobar, en definitiva, que si las masas populares no lo impiden, el plan hambreador y de retorno al coloniaje terminará por arrastrarnos a un grado de primarización de la vida económica incompatible con la subsistencia de las mayorías urbanas que pueblan el país.

Consecuentemente, aun sin ignorar las insuficiencias del sindicalismo y la corrupción de porciones de su conducción actual, no incurriremos en el sectarismo ultraizquierdista y su desorbitada visión de los dirigentes sindicales peronistas que expresan, en general, la inmadurez política del conjunto del movimiento y responden a la fórmula de presión-negociación que caracterizó al vandorismo. Carecen obviamente de aptitud para representar en términos políticos a la clase trabajadora, pero no pueden eludir la presión de su base. No ignoran que defender sus reivindicaciones inmediatas es el único modo de perpetuar su poder en los sindicatos, cuya capacidad de acción, a su vez, se verá menguada si el estrago neoliberal hace que cundan la desocupación, la precariedad y las fórmulas de sobrevivencia individual que impone el angustioso “sálvese quien pueda”.

Nuestras tareas: respuesta coyuntural y superación estratégica

El criterio rector, en el marco de la restauración conservadora, es aunar las fuerzas que resisten su plan, impulsando las más variadas expresiones de resistencia. Ante la reedición –por su contenido, aunque sea el producto del voto popular– de la mal llamada “revolución libertadora”, con toda su carga de revanchismo clasista y ciega destrucción de todo lo ganado en el ciclo popular, no puede alegarse que “el fracaso de Macri es el fracaso del país”. Sólo el cinismo –descartamos un grado de estupidez equivalente– puede dictar esa fórmula de supuesta “oposición constructiva”, cuando los hechos nos dicen todo lo contrario: si Macri logra imponer su plan, pierde la patria y sufrirán las grandes mayorías del país. Preguntemos, para despejar dudas: ¿qué podría ganarse reduciendo la capacidad productiva del país y el consumo de la población? ¿qué beneficios nos dará reendeudar a la Argentina, no para expandir su infraestructura y fortaleza, sino para financiar la fuga de divisas y la especulación financiera? ¿qué obtendremos a cambio de transferir ingresos del consumo de la población a las mineras de capital extranjero, la renta oligárquica del parasitismo pampeano, y los núcleos de poder económico concentrado? ¿cuál será el fruto de resignar soberanía ante los EEUU y los decadentes países del centro imperialista? Estos son apenas un par de ejemplos. Engordarán (usamos un símbolo, pero acierta el que lea literalmente) los buitres de todo género, adelgazará el país.

Consecuentemente, desde la Izquierda Nacional, en toda la medida en que seamos capaces, nos proponemos respaldar todas las manifestaciones de la resistencia nacional al despliegue macrista, procurando abreviar la agonía actual. Al mismo tiempo, somos conscientes de que la prolongación del ciclo de decadencia nacional, tanto como la carencia de una solución definitiva a la frustración que arrastra el país desde 1955 pone en entredicho la posibilidad misma de construir un país en el que las nuevas generaciones puedan vivir. Es preciso recrear el Frente Nacional, en cada rincón de la patria y en cada uno de los ámbitos de la pluralidad social cuyos destinos dependen del destino colectivo. Hay que liberar a la Argentina, asociada consistentemente con América Latina.

Debemos luchar, todos los días. Pero nuestras luchas y esfuerzos parciales no llegarán a buen puerto si el movimiento nacional, reconstruido por la iniciativa y el protagonismo de los patriotas, no avanza sobre las fuentes materiales del poder oligárquico: su monopolio de la renta diferencial pampeana, sus vínculos indisociables con el sistema financiero global y ese núcleo que agrupa a las empresas imperialistas y la gran burguesía transnacionalizada de la Argentina, que concentran en muy pocas manos el 70% de la producción material. La lucha por la liberación nacional y la justicia social implica dar los pasos que el peronismo no ha podido, sabido, querido o imaginado dar contra aquellos capítulos del registro de propiedad que santifican el derecho al saqueo del bloque parasitario que gobierna el país desde la caída de Moreno y la Revolución de Mayo.

¡Por las banderas históricas de la Soberanía Política, la Independencia Económica y la Justicia Social, que no pueden rendirse ante el altar oligárquico!¡Por un gobierno patriótico y popular!

Córdoba, 30 de abril de 2016

Notas

[1] Contra la necesidad oligárquica de apartar al pueblo del poder político, proscribiendo a las mayorías, hemos defendido siempre el derecho a elegir del pueblo argentino, asumiendo como nuestras las luchas yrigoyenistas por el sufragio libre. Eso no significa, sin embargo, ignorar la existencia de una ideología dominante de matriz oligárquica, que pesa sobre las conciencias y, menos aún, la abierta manipulación a que someten a la opinión pública los medios masivos de comunicación dominantes, relativizando la efectiva “libertad de votar”.

[2] Las “negociaciones” para canjear la modificación del Impuesto a las Ganancias, a favor de los trabajadores, por el apoyo de los sindicatos a la negociación con los buitres, a más de comprometer al movimiento obrero en esa canallada antinacional, implicaron caer en la inconcebible ilusión de que la situación de los trabajadores puede “salvarse”, mientras las políticas neoliberales arruinan al país ¡Qué lejos están en estas horas algunos dirigentes sindicales de las tres banderas del General Perón y sus enseñanzas prácticas!

[3] Hasta el 2011, ese viraje le permitió convivir (incluso “comprender” que Hugo Moyano era un aliado necesario) con el movimiento obrero real, dentro de las filas de los adictos al poder, pero la ruptura de Cristina con el movimiento sindical, que destruía la alianza de las clases mayoritarias fue justificada de inmediato por el “progresismo” seminacional, proclive a tachar por razones “morales” al sindicalismo peronista, en el que encuentra vicios que no percibe en otros líderes gremiales, pequeño burgueses, afines a la visión “progresista” del mundo.

[4] Qué puede esperarse del macrismo más duro si una “moderada progresista” como su aliada Margarita Stolbizer insinuó que a Cristina Fernández de Kirchner le correspondía una inhabilitación especial y vitalicia para ocupar cargos públicos…

[5] Los que, desde que Mauricio Macri es presidente, volvieron a aparecer –tímida pero claramente- como responsables por los “deslizamientos” hasta en los medios concentrados del dúo Clarín-La Nación. Antes, cataratas de información amañada negaban la existencia misma de esos formadores y atribuían toda la responsabilidad por cualquier incremento del índice de precios al gobierno nacional.

TRUM Y LA UTOPIA DE UN “PATRIOTISMO” ANTIHISTÓRICO

trump HOY

Los pensadores nacionales, que ciertos “nacionales” suelen ignorar, repiten hasta el cansancio que los países centrales, mal llamados “serios”, nunca practicaron esas normas abstractas que nuestro tontaje cree sagradas y eternas, sino que actúan según sus intereses. Así, en el caso paradigmático de Gran Bretaña fue por interés defensora del librecambio, tras levantar su industria, pionera, con un duro proteccionismo. EEUU, que lo relevó en el dominio del mercado mundial, fue por décadas un gran campeón del “comercio libre”. Hasta que la deslocalización industrial generó el desquicio que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca, para sostener un proteccionismo que dice a las claras “EEUU, primero”, le guste o no al resto del mundo. Ese resto incluye, según es sabido, una buena parte del país del norte. Algo que, sin contradecirnos, denota conflictos en el seno de sus elites.

 En las redes sociales, antes de que lo hiciera Guillermo Moreno, otros peronistas con menos fama  han descubierto en el actual huésped de la Casa Blanca una filiación “peronista”. El ex secretario de Comercio Interior ha llegado a decir: “si volvemos al gobierno” no será preciso, “confrontar con el mundo”. Ya embalado, el fogoso defensor del control de precios del gobierno kirchnerista, que apreciamos por su conducta durante la gestión, dice que a Donald “todavía le falta ser humanista y cristiano” (¿pensará en crear una unidad básica, desde el Salón Oval?).

Si entendemos las cosas de ese modo, Hitler también fue “peronista”, aunque no logró superar la  materia llamada “humanismo” (esta deducción ganaría el aplauso de aquéllos que vieron un Führer en Perón, pero a ella conduce la lógica formal). Estamos asombrados: un peronista duro, como Moreno, coincide, sin advertirlo, con la visión gorila de 1945. Desconoce una distinción que debe ser obvia, para cualquier nacional: el “patriotismo” de Trump, como el de Hitler y Mussolini, es un “patriotismo” de gran potencia.

Dicha categoría, no incorporada a la matriz ideológica que cree posible “un peronismo del primer mundo”, nos habilita (o no) para entender la realidad. Para señalar, por ejemplo –reivindicando al General– la ridiculez de hablar del “imperialismo” argentino, ante la política latinoamericana del primer Perón, según el dislate de ciertos patrioteros sudamericanos, atentos al peligro de que uno de los vecinos pudiera empeñarse en someter a los demás, pero ciegos frente a la presencia del imperialismo mundial, si éste se adornaba con un ropaje “democrático”. Prodigios propios de esa visión colonizada; el mundo al revés, cabeza abajo.

Desde fines del siglo XIX, el mundo soporta una contradicción fundamental, última razón de todos los antagonismos que hemos protagonizado. En uno de los polos de esa oposición están los países  que lograron el pleno desarrollo capitalista y, ceñidos por la estrechez de su mercado nacional, se pelean por el dominio del mercado global; en el otro, donde está la Argentina, países coloniales y semicoloniales, que sufren el saqueo y la opresión imperialista, de parte de los primeros. El primer grupo, liderado hoy por los EEUU, lo conforma una minoría de países “civilizados” que, al decir de Trotsky, les cierran el camino a los que quieren civilizarse, al sustraerles la savia que precisan para crear una economía avanzada. De lo cual surge la conclusión siguiente: el “nacionalismo” de un país imperialista es siempre reaccionario, agresivo, orientado a oprimir a los pueblos débiles y a luchar con sus competidores por el poder global, incluso con las armas, como fue el caso de las guerras mundiales. El nacionalismo, en la periferia, tiene el signo contrario: está dirigido a liberar al país del dominio extranjero, que lo somete y lo esquilma. Es curioso (merece una reflexión) que un peronista lo ignore. De allí su mareo, ante el caso Trump; confunde, como la seudoizquierda de 1945, el patriotismo y la lucha de un país oprimido con el “patriotismo” siempre agresivo de una  potencia imperial. El nacionalismo de  Perón, y tantas fuerzas del mundo oprimido, es progresivo, liberador, busca espontáneamente la alianza de otros pueblos, es democrático y popular, ajeno al racismo y al “patrioterismo” excluyente y demagógico, típico en los que quieren movilizar el dolor de los desesperados de “su” país contra los demás pueblos (los obreros blancos empobrecidos, contra los migrantes, también pobres, del mundo periférico), disipando el peligro de que unos y otros aprendan a direccionar su justificado rencor, contra la clase de los Trump que, como puede verse en la Bolsa de Nueva York, siempre gana fortunas con Obama o Trump, mientras el hombre del común apenas “elige” entre la silla eléctrica o el gas letal.

¿Alguna vez vimos a Perón o a Irigoyen incitar al racismo, en general y a echar del país inmigrantes latinoamericanos, en particular? No, eso es propio del “patriota” Trump. Y el cipayo Macri, ansioso por ocultar sus políticas antiobreras humillando a los bolivianos y expulsándolos del país.

 No ignoramos las “gradaciones del mal”, como el horror de los genocidios. Llamamos a distinguir, sólo, fenómenos que son esencialmente opuestos, en la época signada por el imperialismo global. Tampoco inventamos; usamos el legado del pensamiento revolucionario, que nos enseñó a ver la igualdad esencial entre los imperios “democráticos” y los imperios fascistas, en los días confusos de la segunda guerra. No es mejor ni peor el “patriota” Trump que el “patriota” Churchill,  aunque la equiparación subleve al súbdito sudamericano de la reina Isabel, que cierra los ojos frente a los crímenes perpetrados en el mundo colonial, si el criminal vive en Londres o París. La colonización cultural, en nuestro caso y el fetichismo “democrático”, en el primer mundo, puede encontrar en la política  norteamericana “razones” que justifiquen el apoyo a Clinton, ignorando sus carcajadas ante el linchamiento de Kadafi, el martirio de Siria, el belicismo sin fin del insólito Premio Nobel de la Paz y el riesgo de proseguir ese derrotero…

¿Hace falta ser un socialista revolucionario de la Izquierda Nacional para entender el antagonismo entre los países centrales, imperialistas y la periferia colonial y semicolonial? ¿Hace falta, para ver en el peronismo el nacionalismo de un país que aún no logró su independencia real y batalló para lograrlo con el General Perón, y el “nacionalismo” norteamericano, en cualquier variante? ¿No es suficiente con ser peronista? ¿Puede creerse que Trump es “nacional” y Obama gobernó contra los EEUU? Sería insensata esta proposición, pero está implícita en el elogio de Trump. Moreno, según dijimos, opina que con Trump podríamos gobernar “sin confrontar con el mundo”¿Imagina que es  un aliado? Es injusto y descabellado especular con el “eje” que sumaría a Trump, Putin y Francisco (Washington-Moscú-Roma). Es claro que Moreno admira al Papa, no pretende mezclar la Biblia y el calefón, pero…

Las primeras acciones del presidente Trump

Nuestra opinión sobre el presidente de los EEUU se confirma en sus actos: (1) por su agresividad hacia Méjico; humilla a su pueblo y amenaza con lesionar impunemente su producción, arrojando al ex “socio” como un limón exprimido; (2) satisfacer a los críticos del ObamaCare, los buitres de la salud, partidarios obvios del “libre mercado” y la indiferencia estatal; (3) el cierre selectivo de las fronteras del país, contra todos los migrantes del mundo periférico; (4) eliminar el castellano en el sitio web de la Casa Blanca; (5) desafiar a China, sin prevenir el riesgo del enfrentamiento nuclear; (6) prometer rebajas de impuestos al stablishment, provocando el jolgorio de Wall Street. Y sólo se trata de las primeras muestras.

Ante el racismo descarado de su campaña, en general y particularmente en lo que afecta a Méjico, los argentinos debemos repudiarlo con energía, sin olvidar que Macri comparte con Trump el odio y la discriminación contra los indios y criollos. Nótese que Perón hizo lo contrario, como patriota latinoamericano. Sólo después de condenar a Trump –que agita demagógicamente los prejuicios racistas del “blanco pobre”, transformado en paria por el capital yanqui que mudó la industria por  reducir el salario– y las acciones que ratifican las peores promesas que hizo en su campaña, sin omitir que busca transferir a la periferia la crisis terminal del capitalismo senil, sólo después de sentar esa posición, decimos, es lícito hablar, sin ser carroñeros, sobre el “favor” que Trump nos podría hacer, si la tragedia de Méjico impone a su elite un viraje latinoamericanista de orientación política, que lo devuelva al redil de la Patria Grande.

El huevo de la serpiente

La emergencia de Trump, es claro, refleja (y quizás alimente) un conflicto interior al stablishment norteamericano. Puede suponerse, por experiencias anteriores, que esa situación facilite las cosas a la lucha popular en América Latina. Aunque así fuera, no es un motivo para morigerar el rechazo y la repugnancia que nos provoca. Por otra parte, es saludable asumir que el retroceso sufrido, con particular énfasis en Argentina y Brasil, obedece más a los límites y extravíos de nuestros propios liderazgos que al poder de agresión de la potencia estadounidense. Eludir el examen, autocrítico, en base a la ilusión de que Trump y las desdichas de EEUU y la Unión Europea vengan en nuestro auxilio, sólo puede servir para adormecer a la militancia y estimular la búsqueda de “soluciones” mágicas.

Trump agravará los sufrimientos latinoamericanos. Millones de compatriotas de la Patria Grande verán afectada su vida diaria. No se trata sólo de Méjico. Argentina, con su escaso comercio con EEUU, no será especialmente dañada. Pero ningún beneficio esperamos de una gestión que ha congelado el ingreso de los limones tucumanos, limitará las visas y, ante todo, afectará a los países que más peso tienen en el intercambio comercial. En otros países, los centroamericanos en primer lugar, donde numerosas familias subsisten con el auxilio de los giros de un familiar que trabaja en yankilandia, las trabas en gestación llevarán la tragedia. Ésa es la verdad cruda, hoy.

Ahora bien, si se espera que esas desgracias vengan en nuestro auxilio, cabe decir que esa ilusión no suele parir los frutos que se esperan. Es verdad que contamos, ahora, con la colaboración de Macri, que garantiza desdichas, aquí; con los padecimientos y la vergüenza que causa al Brasil el infausto Temer. Trump, junto a Macri y Temer, pueden imprimir un curso acelerado a la formación política de nuestros pueblos, es verdad. No sería bueno brindar a cuenta por esas expectativas, sin embargo. El dolor enseña, suele creerse. Pero el dolor se vive también como castigo… y enseña en el caso de que pueda encausarlo una reflexión.

El presidente norteamericano es, en realidad, una suerte de condensación de los peores rasgos del país del norte. Es xenófobo, racista, misógino y brutal, soberbio e inculto. Pero condenarlo sólo para “rescatar” a Obama o a Clinton, en el extremo contrario, algo que vemos ahora en la Argentina, nos recuerda la tara del fetichismo “democrático”, que hizo estragos en la década del 40. Eso es así, pero el campo nacional no puede caer el error simétrico. Si cabe hablar de un Trump “imprevisible”, más vale asociar ese adjetivo con las  razones que nos impiden saber cómo actuará un león asediado, que procura desandar, medio aturdido, el camino que amenazó su reinado en la selva. Es peligroso. Si se acercara a Putin, lo que ponemos en duda, será por atender al principal enemigo, China. Puede ser acertada esta corrección táctica, según el interés norteamericano. Pero sólo los suecos dan un premio Nobel, por algo así. Obama, que lo recibió, parecía dispersarse al lidiar con Rusia y sostener la guerra en demasiados frentes, sin resultado tangible. Estas opciones son un problema para ellos, que debaten cómo sacarnos el jugo. Uno educado y sutil, otro torpe y frontal, apenas distinguen los rasgos externos al magnate rubio y negro mesurado, si los miramos desde aquí.

En otro sentido, más difícil para el examen, pero no por ello menos notorio, Trump refleja, como otras “sorpresas” del mundo central, la crisis sistémica del capitalismo senil. Esta afirmación puede parecer una “frase de barricada”, inconsistente después de la desintegración de la URSS y el viraje chino de las últimas décadas, que se evalúa generalmente como restauración del capitalismo. Es obvio que esta nota no puede examinar esos temas apasionantes. Pero sí decir, sumariamente, que la caída inexorable de la tasa de ganancia es la ley que preside la deslocalización industrial hacia la periferia del sistema, con el gigante asiático como principal receptor de capital productivo. En esas condiciones, sea cual fuere la naturaleza del sistema social que corone la transformación del país de Mao, que fue una semicolonia del imperialismo mundial y amenaza con ingresar al club selecto de los países  avanzados, sus desarrollos generan una crisis de sobreproducción, a escala global, con grados diversos de vaciamiento industrial de los viejos centros, que pueden sufrir una parálisis creciente, sólo limitada por su predominio en el manejo de la especulación financiera y de ciertas áreas tecnológicas de punta, donde sus ventajas actuales son quizás efímeras. Aun cuando se trata de procesos que se sostienen, ante todo, con recursos propios, el papel cumplido, en los avances del Asia (China, India, Corea) por los EEUU –empeñados otrora en acorralar a la URSS– y  el capital imperialista, que busca eludir la crisis del sistema con las célebres deslocalizaciones, ha herido, a la larga, y entre otros, a los centros productivos norteamericanos.  Y no es todo: dadas las dificultades que acarrea la sustitución de trabajo humano por sistemas automatizados, puede preverse que el  ingreso de China, en actor gigante, al grupo exclusivo de las economías avanzadas nos aproximará, sin duda, a los límites del sistema social vigente, aun en el caso de que la elite que sucedió a Mao Tse-tung quisiera perpetuar la propiedad privada. Todo lo cual, a más de un siglo y medio del Manifiesto Comunista, evoca la imagen del aprendiz de brujo, liberando fuerzas que no controla y pueden llevarlo vaya a saberse adónde.

En ese marco, el “imprevisible” Trump quiere hallar un atajo para marchar hacia atrás y “rehacer la grandeza” norteamericana perdida. De allí el riesgo que representa su gobierno, empeñado en plasmar esa utopía reaccionaria. Con mirada crítica, deberíamos advertir que el magnate lidera, en el país del norte, una tentativa tan antihistórica como la que encarna Macri.

Córdoba, 03 de febrero de 2017

LOS RADICALES Y MACRI: UN PASAPORTE HACIA EL ABISMO

Sanz Morales MacriLa nota que publico nace por pedido de la revista POLÍTICA, el órgano teórico de PATRIA y PUEBLO – Socialistas de la Izquierda Nacional. El N° 16 apareció ya, y puedo subir el texto a la página. Ojalá los lectores, antes que un alegato anti-radical, vean en el tratamiento del tema la sugerencia a retomar la tradición irigoyenista olvidada.

La degradación de un partido –el abandono de sus principios, una política reñida con sus orígenes y tradiciones– suele reflejar transformaciones sufridas por su base social, que por diversas causas ha dejado de ser lo que antes era. Pueden haber cambiado las condiciones reales, como ocurrió en  el caso del proletariado europeo: este, adormecido por las mejoras que la plusvalía colonial llevó a las metrópolis, no resistió el desarrollo de tendencias revisionistas en la socialdemocracia, que se hicieron mayoritarias, para tornarse, más tarde, cómplices desembozadas de su propia burguesía y el saqueo colonial, sin que eso originara una crisis de representación. Nada es eterno, no obstante. Erosionadas las bases del Estado de Bienestar, en esta época, la persistencia socialdemócrata en someterse al orden neoliberal afecta claramente, ya, los intereses de sus electores, sin conmover a  la elite vetusta que la dirige. Políticamente, es fundamental distinguir entre ambos momentos, ya que hoy germina en suelo fértil la ruptura entre las bases y su expresión política. Este cuadro, que  puede extenderse al resto del primer mundo, como lo prueba el triunfo de Donald Trump, tiene similitudes con lo que ocurre entre nosotros, pero también diferencias. En la Argentina, no ha sido la gordura, precisamente, la que alentó el conservadurismo que observamos en el sistema político partidario. Consecuentemente, la crisis de representación, que se hizo notoria en el 2001 (“que se vayan todos”), debe encontrar su origen en otros motivos.

En la historia nacional hemos visto, cabe recordarlo, la agonía y fragmentación de fuerzas que, en tanto es posible, habían alcanzado los fines que les dieron origen. Cuando es así, el subsuelo social que les dio sustento tiende a replegarse, aislar a los luchadores, y tolerar que los otros se integren al orden antes cuestionado. En términos generales, esto sucedió primero con el roquismo y, años después, con el radicalismo histórico. Tras recorrer el camino que lo llevó a er, con la jefatura de Irigoyen, un gran movimiento nacional de masas, había logrado el sufragio libre, y alguna mejora en la democratización de la renta. Para los irigoyenistas, el radicalismo era una “Causa” sagrada, y hasta un sinónimo de la nación misma. El examen de su frustración y la alvearización posterior no será reiterado, aquí.  Nos remitimos a textos clásicos de la Izquierda Nacional, que lo han tratado de un modo amplio. Nos basta recordar que la crisis del 30 mostró que su programa estaba agotado, por carecer de un proyecto de industrialización del país. Sin superar el modelo “de los ganados y las mieses”, sin un plan de desarrollo integral, nada ofrecía, ya. Y, tras enterrar física y políticamente a Irigoyen, pasaría a constituirse como la facción popular del orden vigente, con la excepción de FORJA y el sabattinismo cordobés. Las corrientes nacionales no impedirían, empero, ante la emergencia del peronismo, el radicalismo se integrara al frente oligárquico.

Esta identidad antiperonista, sin embargo, no contradecía a su base social. Por el contrario, con la excepción de una minoría que votó por Perón en 1946, las clases medias odiaban al General y a la clase obrera que le daba apoyo. Operaban, alimentando esa conducta, dos fuerzas concurrentes. Por un lado, el influjo político-cultural oligárquico, enajenando a vastos sectores sociales, incluida la “izquierda” del viejo país, satelizada al mitrismo para mirar nuestra historia, alienada a Europa o a la diplomacia soviética. Pero existían, también, razones derivadas de los límites y contradicciones del movimiento fundado por el Coronel Perón, quien puso en manos del nacionalismo oligárquico –el caudillo popular condenaba a “los piantavotos de Felipe II”, pero les cedía espacios en la esfera ideológica– la universidad y la cultura, cancelando la posibilidad de una confluencia entre la clase obrera y la mejor fracción de las clases medias. Más interesado en el desarrollo industrial, en otras franjas renuente a seguir al liberalismo oligárquico, el viraje posible de este sector hacia posiciones nacionales era bloqueado por dos usinas, con terrorismo ideológico: desde la “izquierda” cipaya, al calor de la lucha “antifascista”; desde la orilla opuesta, por el “nacionalismo” católico oligárquico y su convite a reverenciar la Cruz y la Mazorca, que confirmaba el “corporativismo” del tirano Perón, con una “confesión” de sus presuntos fieles. Por todo lo cual no podría hablarse de una relación conflictiva entre los sectores medios y sus representaciones políticas, en ese ciclo, cerrado con el golpe de 1955. Después del mismo, nada iba a ser igual. Disipadas  las creencias –Perón no era el culpable de todos los males– que sostenían el limbo pequeñoburgués, el origen de sus trastornos debía tener otra explicación. El desarrollismo radical de Frondizi, una renovación no agrarista y menos arcaica dentro de ese mundo, pretendió aliarse al capital extranjero y levantar la industria con esa ayuda y sin herir a la oligarquía. La ilusión fue fugaz, pero sería reiterada durante décadas, mientras los partidos de clase media, ineptos para enfrentar las nuevas realidades, empezaban a fracturarse y a generar, ahora sí, una crisis de representación, aun incipiente.

De la inconsistencia alfonsinista a la crisis del 2001  

Esa crisis prometía madurar y de hecho amenazó con sepultar a los aliados del golpe del 55, con el desarrollo de una nacionalización de las clases medias, en el ciclo de alzamientos que culminaron en el Cordobazo. Si el proceso aquél no hubiese abortado, al desatar las contradicciones y batallas sangrientas en el seno del peronismo, los vetustos partidos serían hoy un paleozoico muerto, para entretener arqueólogos. Pero, vinieron a impedirlo la masacre de Ezeiza y el final catastrófico de la presidencia de Isabel. El retroceso consiguiente, dentro y fuera del peronismo, explica el Proceso, y prolongó la vida de los viejos partidos; los dinosaurios tuvieron otra oportunidad. Hace muchos años, en una nota juvenil, dije que las ideas de Raúl Alfonsín no mejoraban el conservadurismo de Balbín; le añadían, sí, el matiz antiperonista que este omitía para mejorar el diálogo con el General Perón (1). El fantasma de Isabel, con los grupos armados y el record de balaceras (Herminio Iglesias servía para evocar ese aquelarre) fue, en las elecciones del 83, un “mar de fondo”, que posibilitó el triunfo de Raúl Alfonsín, transformado en “lo nuevo” por la evocación del horror. Nunca, después de Irigoyen, otro radical enfervorizaba a las clases medias en tal grado. Sabemos cómo acabó esto, que desde nuestras filas fue señalado como promesa democrática “sin liberación nacional”(2). Esta combinación, inepta para responder a las necesidades básicas de un país semicolonial, traduce la ignorancia de esa condición. El resultado fue la defraudación del pueblo y la emergencia de los proyectos que anticiparon al menemismo, formulados por Terragno y otros “modernizadores”. En nuestros días, cuando ciertos radicales, como Moreau, plantean una orientación afín a los orígenes y bases populares de la UCR, alzando la figura y las posiciones del presidente posterior al Proceso, no deberían desconocer que las líneas de ruptura, durante su gobierno, eran contrapesadas por la continuidad, fatídica, con el programa económico de Martínez de Hoz. No lo decimos con ánimo negativo, sino para alentar un replanteo estratégico, que afiance el viraje que intentan concretar.  Vale señalar, en el mismo sentido, que no aludimos a una tarea que deba cumplir el radicalismo en soledad. Creemos, por el contrario, en la necesidad de que todos hagamos, ante la trágica realidad que aflige a la Argentina, un balance crítico de las últimas décadas, creyendo que se trata de una tarea ineludible para construir (o reconstruir) un sujeto político apto para liberar definitivamente a la patria.

Después de Alfonsín, en lugar de abordar esa tarea, el radicalismo retrogradó, abandonando toda inclinación progresiva, hacia una posición más conservadora. Con De la Rúa, decidió perpetuar las  políticas de Cavallo, y terminó confiándole la conducción económica ¿Cómo podría asombrarnos, después de la crisis del 2001, su debacle electoral de 2003? Es obvio por qué padece el descrédito, la fragmentación, la insignificancia electoral, desde entonces. Sin embargo, con pocas excepciones, ya señaladas, no hay replanteos siquiera parciales, sino decadencia. Esta se manifiesta de diversos modos. Por un lado, como subordinación de las políticas en la esfera nacional a las necesidades de los aparatos de cada provincia; por otro, como inclinación a buscar en figuras ajenas un perfil apto para arrastrar votos, y salvar la representación parlamentaria del partido, aunque implique perder el perfil propio y renunciar a la lucha por recuperar prestigio; como vacío ideológico y disposición a orbitar alrededor de otros partidos (desde el “socialista” hasta el PRO), a condición de que brinden la mejor chance posible, en las miserables pugnas por “el reparto de las achuras”. Esos cálculos tan mezquinos y estrechos perpetúan la crisis, aunque aseguren cargos a un voraz aparato, impávido frente al riesgo de muerte partidaria. Seamos justos, no están solos: una crisis de representación política afecta al sistema de nuestros partidos. En el caso que nos ocupa, amenaza con liquidar a un partido centenario. No por azar el último candidato radical a la presidencia, Leopoldo Moreau, sólo cosechó en las elecciones del 2003 un 2,33 % y terminó sexto, lejos de los más votados (dos disidentes de su mismo partido, López Murphy y Carrió, y tres (¡) peronistas, Menem, Rodríguez Saa y Kirchner, que completaban un cuadro de fragmentación inédito).

La alianza Cambiemos

Un nuevo capítulo en la lucha por detener ese curso ruinoso –sin indagar las causas del desquicio partidario, y formular un programa que “vuelva a enamorar” a sus bases sociales, con autocrítica y honestidad– fue poner los ojos en Macri, contra la opción de un frente de “centro izquierda”, por adoptar una jerga que nos resulta impropia, pero se usa para definir, entre  otros, al “socialismo” de Binner y, yendo hacia la “izquierda”, a Pino Solanas y Libres del Sur. Es obvio que, si la UCR iba a las elecciones en una alianza con estas fuerzas, que hubiera encabezado, Macri no sería presidente hoy. Y hubo vacilaciones, es claro. Peor, aun: es verosímil suponer que no se eligió al PRO en virtud de afinidades ideológicas y programáticas, aunque simpatizara con Macri su derecha oligárquica, liderada por Sanz, Morales y Aguad. La Convención en Gualeguaychú se esmeró en compatibilizar todas las alianzas, desde la variante santafesina hasta el juego a tres bandas, en Jujuy. Es evidente, sin embargo, “la capacidad de convencer” que tuvo allí la presión del stablishment; fue decisivo, junto al “atractivo” del mentiroso apoliticismo conservador y los globos amarillos que acompañan a Macri. Pero el origen oculto de la sociedad con Macri, luego de Lavagna, De Narvaez, Kirchner (3), etc, que ahora puede tornarse una atracción fatal, es el fracaso, no superado, de la experiencia de Alfonsín. El sector “progresista” carece de convicciones; es arduo, sin ellas, resistir las políticas del  sector oligárquico que tiene como oponente. Y esa misma endeblez ideológica y política le impide prever (o, si es capaz de prever, obrar en consecuencia) la magnitud del daño que su alianza con el PRO puede causarles, mientras entrega el país al capital financiero y los agronegocios, sumiendo en la ruina a la producción y el comercio, y a las mayorías alimentadas por el mercado interno. Sin exageración alguna, se juega la pervivencia del centenario partido. El conservadorismo extremo de algunas de sus figuras –con Morales en Jujuy, la prepotencia y el racismo nos retrotraen a épocas que se creían superadas después del peronismo, cuando reinaba sin ley la oligarquía norteña – no es motivo para ignorar otras vertientes del universo radical, que subsisten en una fuerza de origen popular. Entre ellas, ocupa un lugar influyente sobre el resto una fracción del mundo universitario, que en las últimas décadas respaldó –en parte por inercia, mientras mantenía a salvo sus intereses sectoriales y su tradición democrática– electoralmente a Franja Morada y las corrientes afines del cuerpo docente y los centros de investigación. Esa relación, hoy, sufrirá los embates del ajuste macrista y su completo desdén por la tarea científica, inútil para un modelo de reducción del país a la producción primaria y la “integración” satelizada a los centros imperialistas. Esto provocará –lo muestran las derrotas en recientes congresos de la FULP y la FUC, entre otros casos– conflictos y quebrantos entre las bases del radicalismo y esa cúpula interesada en cuidar su mezquina “cuota  de poder”, aun al precio de sacrificar a sus adeptos e hipotecar el futuro. Y, en el caso de sectores  más conservadores y amorfos, un extrañamiento similar es previsible en las franjas empobrecidas de  la clase media y aquellas cuya subsistencia depende del dinamismo del consumo popular, que las políticas neoliberales afectarán crecientemente. El triunfo de Macri, a diferencia del obtenido por Mitre en Pavón, no tiene porvenir. Su destino es unir al país en su contra. La elite oligárquica, que atrajo al pelotón de radicales desmoralizados, con el auxilio de Sanz, Morales y Aguad, los usa como segundones de la restauración conservadora, pero puede llevarlos a un entierro definitivo. La alternativa opuesta, apostar a la construcción de un vasto movimiento de fuerzas nacionales, democráticas y populares, implica encontrar en la propia historia otras fuentes de inspiración, que permitan traer al siglo XXI una versión actualizada de los propósitos de Irigoyen, su firmeza de principios, su entrega al país y solidaridad en la causa de la emancipación latinoamericana.

Córdoba, 30 de noviembre de 2016

(1) En “El gran acuerdo Balbín-Alfonsín”, titulado para aludir a la fórmula de Lanusse del “acuerdo” con Perón, al que se intentaba domesticar, señalé la liviandad del “progresismo” de Alfonsín, sólo apta para jóvenes radicales cuyo “izquierdismo” se limita a repudiar por “derechistas” (¡of course!) a los dirigentes sindicales. Cualquier semejanza con los ultraizquierdistas no es casual y responde al común origen de clase. Ver: Revista “Izquierda Nacional” N° 21, mayo de 1972. Leer en el sitio   http://aurelioarganaraz.com/politica-argentina/el-gran-acuerdo-balbin-alfonsin-1-2/

(2) “Alfonsín, el pensamiento colonizado y la crisis semicolonial argentina”, Jorge E. Spilimbergo, folleto, 1983. También “El fraude alfonsinista”, del mismo autor, Ediciones José Hernández, 1989.

(3) No podemos hacer, en esta nota, un examen particular de la aproximación de un sector radical al kirchnerismo, que Cobos desprestigió, pero también incorporó a un aliado leal, el gobernador de Santiago del Estero, Gerardo Zamora. Lamentablemente, el ala zamorista es una formación que cuenta con adeptos exclusivamente en su provincia, sin una proyección nacional visible.

UBER o UNA INDESEABLE “INVERSIÓN” EXTRANJERA

Uber  y taxis

Pueden concebirse, creemos –buscamos reflexionar con la máxima objetividad, explicitando frente al lector, no obstante, que nuestra mirada no es neutral, sino comprometida con los intereses del país, tal como los entendemos– inversiones extranjeras que sean útiles para el desarrollo nacional, bajo ciertas premisas. Otras sólo pueden causarnos daño. La línea divisoria, para fijar posición ante un caso puntual, puede establecerse de un modo sencillo. Si no lo marean presuntos sabihondos, cualquiera puede dictaminar fácilmente cuál de las variantes tenemos delante y qué debe hacerse para no errar, contando con dicho criterio orientador. Sólo precisa sentido común… y patriotismo.

Para decidirse, basta con saber si la inversión extranjera en un emprendimiento (asociada o no con el Estado o con empresas privadas argentinas) viene a suplir una carencia de recursos internos, lo que nos impide desarrollar un área determinada. Caso contrario, como pasa cuando una empresa de capital nacional es comprada por el capital foráneo, o este avanza sobre un mercado que era atendido por firmas argentinas, el país se debilita: al enviar sus ganancias al exterior, objetivo sin el cual nadie se asoma a estas latitudes, los nuevos dueños nos privarán de divisas. Pero, si nuestra limitación no es financiera, puede ocurrir –y esto justifica remunerar el aporte del capital extraño y cierta extranjerización en determinada área– que suframos un déficit de capacitación en el tema o un grado de inexperiencia en tecnologías complejas y novedosas. Una mezcla de ambos factores  obliga al país a efectuar acuerdos de ese tipo, cuyo balance es positivo. Estos casos difieren, si los analizamos seriamente, de aquellos que son perniciosos para el país, fruto de la gestión de fuerzas “amigas” del capital internacional o de una debilidad en la defensa de la nación, que se traduce en la ausencia de una regulación que limite al capital extranjero, impidiendo que afecte a la economía de la nación. En el gobierno pasado, una suma de carencia de capitales y de necesidad de asimilar tecnologías desconocidas fue la razón del acuerdo con Chevron para explotar el petróleo y gas off share, en Vaca Muerta. Hemos analizado antes el caso, asociado a la reestatización de YPF. Ahora, lejos de volver sobre dicha cuestión, sólo queremos establecer un parámetro general (sin por eso consentir cualquier concesión al capital privado, cuya voracidad es un dato invariable), para pasar al examen del caso Uber.

Lo más saliente del caso Uber es que lejos de aportar al país una producción o un servicio ausente entre nosotros, viene a desplazar al capital nacional de un servicio rentable a cambio de nada. El servicio de taxímetros no es mejor ni peor que el de otros países, y la nueva operadora no aporta a los argentinos una ventaja o servicio novedoso, que carezca de antecedentes dentro del país o exija conocimientos extraños entre nosotros y justifique los daños que causará a los prestadores del actual servicio. Sin celulares ni plataformas web, no disponibles entonces, por medio del uso de radiollamadas, en la década del 90 proliferaron en Córdoba las empresas de remises (“truchos”, les decía la población, para señalar que no era el “distinguido” servicio “vip” tradicional). Los usuarios los llamaban desde cualquier teléfono. Cobraban en efectivo, es obvio; un dato accesorio, sin importancia hoy,  ya que actualmente más de un taxímetro cuenta con el servicio de cobro con tarjeta. También, como Uber, explotaron un marco de crisis laboral, que impulsaba a miles a la lucha por sobrevivir. En la marginalidad, con el automóvil propio, sin pagar impuestos, y aportes previsionales, nuestros desesperados tributaban a una “central” que receptaba pedidos y recibía una “comisión” del 25 %. En realidad, el remisero pagaba, además del “servicio” una protección legal, ya que las “centrales” estaban amparadas por la negligencia estatal y en algunos casos tenían como “socios” a figuras de la política. Todo lo cual era canallesco; pero, volviendo al presente ¿con la tecnología actual, no es posible que los mismos taximetristas, asociados, ofrezcan desde la legalidad el servicio que Uber se ufana en brindar, como un espejito del siglo XXI? Tan realizable es esto que acaba de formarse en la ciudad de Mendoza Tango-Taxi, creada por los taxistas, con la misma oferta y el compromiso de  añadir el pago con tarjeta, en un futuro próximo. La oferta bien podría replicarse, en toda la Argentina –país reconocido, por su capacidad en informática– sin provocar el daño que implica el arribo de capitales cuasi mafiosos, que desconocen las reglas de un servicio público –la misma liviandad llevó a los hipermercados a usurpar el área reservada a las farmacias, como si fuese igual vender antibióticos que despachar salamines–, sortean el trámite municipal de habilitación, todos los controles y, como si fuese poco, el pago de impuestos que se exige al sector que cumple con todas las normas legales. Conformado, además, por empresarios pequeños de capital nacional, lo que no es un dato menor: peso que ganan lo gastan o invierten dentro de la Argentina.

Se ha hecho notar que los mismos sectores de la opinión pública que condenan la venta informal de los “manteros” y su competencia desleal con el comercio en regla aplauden a Uber,  una incongruencia que revela prejuicios ¡Uber proviene de los EEUU! ¡Su valorización financiera habla de un activo de U$S 60.000 millones! ¡No será cosa de “marginales! ¡Su llegada nos trae un servicio “vip”, con el nivel del primer mundo! No interesa si su informalidad y desdén por cuidar la seguridad llega a extremos como la contratación de un conductor implicado en la matanza de Michigan, algo que recuerda una nota del diario La Nación. Según el mismo medio, que no se caracteriza por rechazar a la firma, Uber ha  recibido denuncias penales por abusos, en su país de origen.

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Naturalmente, se esgrimen, a favor de “lo nuevo”, los defectos y faltas del “viejo” servicio, que son, creemos, más o menos los mismos, aquí y en el exterior. Un examen rápido detecta en los medios  la acción de un lobby que vende viajes que son un placer, con música divina, caramelos, y hasta un brindis. Los datos, hasta ahora, dicen lo contrario, ¿qué podría esperarse de una empresa que inicia su actividad en el país sin inscribirse en AFIP, sin habilitación profesional, sin existencia legal? ¡Sin  domicilio constituido! No inventamos nada: es lo denunciado en el fuero penal por el Secretario de Transporte del gobierno macrista de la ciudad de Buenos Aires, insospechable de ver con malos ojos a una empresa norteamericana.

No obstante la gravedad de esos atropellos (nos han tomado por un país bananero), creemos que lo principal está definido en los primeros párrafos de esta nota. En Córdoba, una firma española, competidora de Uber en el mismo rubro, promete “diálogo” con el poder municipal y disposición a someterse al marco legal. Se trata de Cabify, del mismo servicio; un estilo distinto, nada más.

El país debe prescindir de “inversiones” que como en la perinola “toman todo”, restando fondos al ahorro interno, al consumo del país, a nuestra capacidad de acumular capitales. Los dueños del negocio son hoy argentinos y no debiéramos permitir que se los sustituya por un sistema que sólo creará trabajo precario, no pagará impuestos y nos transformará en tributarios de los parásitos de la llamada Aldea Global, en la cual nos darán un lugarcito del suburbio.

Córdoba, 22 de Abril de 2016

IZQUIERDA NACIONAL Y NACIONALISMO BURGUÉS ANTE LA NECESIDAD DE RECONSTRUIR EL MOVIMIENTO NACIONAL Y LIBERAR DEFINITIVAMENTE A LA PATRIA

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Alguna duda sobre la ocasión para publicar el texto tuve, a cinco días del 25 de octubre. Sin embargo, me impulsa a no dilatar el asunto la zozobra con aguardamos los resultados del domingo, contrastando con lo que fue, hasta la muerte de Perón, el poder electoral sin rivales del peronismo.

Han pasado doce años, desde la llegada de Néstor Kirchner a La Casa Rosada. Los gobiernos que se sucedieron, hasta hoy, son lo mejor que tuvo el país, luego del ciclo del General Perón. Sin embargo, no puede soslayarse, frente a las ofensivas oligárquicas y ciertos contrastes que se materializaron después del conflicto con “el campo”, que a diferencia del primer peronismo, entendiendo por éste al que vimos antes de 1976, el kirchnerismo no pudo formar una fuerza electoralmente imbatible, que asegure la continuidad del proceso abierto después de la crisis del neoliberalismo. Dicho de otro modo, fue incapaz de superar la debacle y descomposición del movimiento nacional de mediados de los 70, prologo del golpe cívico-militar. Ahora bien, esa imposibilidad no fue casual, a nuestro entender; es mucho más que un “punto débil” o “fragilidad”, dentro de lo que suele llamarse “el proyecto”, palabra que en verdad carece de sentido si falta una formulación explícita de políticas y si nada se dice sobre la cuestión de cómo se construye el sujeto político apto para independizar al país, a partir un programa de liberación nacional que liquide para siempre el dominio imperialista (1). Sin esa construcción el gobierno popular sólo fue sostenido de modo constante por lo que ha dado en llamarse una minoría “intensa”, con la precaria simpatía de una masa de opinión despolitizada, oscilante y amorfa, que al recuperar la democracia –atontada frente a la crisis del peronismo clásico luego de su desempeño de la década del 70– fue incapaz para prever el fraude alfonsinista, convalidó más tarde el privatismo de los 90 y reaccionó sólo cuando el caos del 2001 la golpeó en la cara; sin adquirir, no obstante, opiniones firmes, carente de reflejos ante la demagogia oligárquica.
Es el objeto de este trabajo examinar las razones que determinaron el fracaso del kirchnerismo en la empresa –reconstituir ese bloque de poder popular–sin cuya consecución los comicios (la oligarquía desafía hoy electoralmente al campo popular/contra Perón debía violar la legalidad, apelar a la proscripción, imposibilitada de batirlo en elecciones libres) representan un motivo de angustia para el pueblo argentino y los militantes comprometidos con el interés nacional. Y, sin limitarnos al cuestionamiento, señalar qué creemos que debe hacerse para reconstruir hoy al Frente Nacional, herramienta insustituible para unificar a las fuerzas del pueblo argentino y liberar la patria definitivamente.
Hace cuatro años, en otro texto, hemos dicho (lamentablemente, acertando) que la modalidad verticalista impuesta apriorísticamente por Néstor Kirchner era un impedimento para lograr la emergencia de un movimiento popular cualitativa y cuantitativamente fuerte (2). Decíamos, en aquella oportunidad, que Perón impuso la conducción vertical luego de consolidar su relación con las masas, no antes de lograr tal cosa. Era previsible, no obstante, que la cúpula peronista actual –no lo ignorábamos, entonces, y toda la experiencia posterior lo confirma– careciera de la audacia del coronel del 45, que asumió el riesgo de ser desbordado por los trabajadores que su acción había movilizado. Aunque debe decirse, para justipreciar de modo ecuánime todos los factores que estaban en juego, que el joven militar contaba con el respaldo de las Fuerzas Armadas, para imponer límites al movimiento de masas (3).

El kirchnerismo y sus tentativas de reconstruir fuerzas

Conviene recordar que Néstor Kirchner advirtió sin duda la necesidad de reconstruir las fuerzas degradadas en los 90; por eso rechazó la presión del PJ, que pretendía ser su apoyo exclusivo y secundar el viraje encarnado por el sureño, pero era renuente a respaldar sus propósitos de ampliar la base de apoyo político. Kirchner porfió, con la fórmula de la “transversalidad” y más tarde insistió con la “concertación plural”. Había en ambos casos una noción difusa, pero en principio justa, de que el sistema político carecía de representatividad y las canteras en las cuales había que basar su reconstrucción eran múltiples y estaban dispersas, después de la crisis de las fuerzas tradicionales, cuestionadas en el 2001 por su responsabilidad en la entrega del país y la falta de fidelidad a sus mejores antecedentes. Al mismo tiempo, la reconstrucción industrial y una política de seducción hacia el movimiento sindical y la clase obrera, vigentes por entonces, buscaban cimentar bases de apoyo en la “columna vertebral”, sin cuyo respaldo es imposible enfrentar al poder oligárquico (4).
Esa perspectiva, sin embargo, para crear cimientos, debió apoyarse en un debate amplio sobre el pasado inmediato y la crisis de los partidos, indagando sobre los orígenes de la decadencia del país, que condujo al caos del 2001; no para buscar un chivo expiatorio, sino para actualizar las bases doctrinarias del campo nacional, sin temor a examinar la descomposición sufrida tras la muerte de Perón, en 1974. Y esos exámenes, a su vez, solventar la lucha por democratizar y recomponer las fuerzas populares, sin temor a crear formas que facilitaran el protagonismo popular, no ya el acompañamiento pasivo del viraje hacia lo nacional. No se cuestiona el uso de maniobras tácticas, los intentos de fragmentar al bloque enemigo, el empleo de medios de diverso orden para sumar incluso aliados dudosos, pero dichas acciones debían subordinarse al asunto central: consolidar un sistema de cuadros políticos, promover el compromiso patriótico y la claridad de ideas, con líderes emergentes de una movilización de masas conscientemente estimulada. Es sabido que esto, que era imprescindible para hacer algo más que una maniobra limitada a lo circunstancial y fugaz, brilló por su ausencia y “la selección del personal” fue ante todo la cooptación de oportunistas listos a prometer “fidelidad al jefe”… a cambio de cargos. Pero, sería un error creer que esos “defectos” derivan de la personalidad del líder popular. En realidad, su explicación remite a la mayor dificultad del nacionalismo burgués, ante la tarea de conducir el frente nacional en países dependientes con cierto grado de desarrollo industrial y, por tanto, del proletariado: la ineptitud para soportar a un aliado insumiso, cuyos intereses y cuya conciencia lo inducen a preservar su autonomía y protagonismo, reclamando la cuota de participación sindical que Perón le otorgó en el seno del peronismo, participación cancelada, en las vísperas del menemismo, por la “renovación peronista”. El kirchnerismo, después de la muerte de Néstor Kirchner, ratificó esa exclusión, un factor principalísimo en la generación del conflicto con la CGT de Hugo Moyano, y las relaciones distantes con el movimiento obrero y la clase trabajadora que caracterizaron a los últimos años del ciclo actual. La derivación visible de ese divorcio fue la caída electoral del 2013 –Massa fue una “invención” del kirchnerismo, que le regaló dirigentes y bases de apoyo– y el único modo de hace un balance crítico del asunto es juzgar los hechos con perspectiva estratégica: la crítica de los extravíos del camionero no debe ocultar la responsabilidad y miopía del propio gobierno y, sobre todo, ignorar la significación y el peso de la clase trabajadora en la política del país (5).

Algunas generalidades que interesa recordar

El socialismo revolucionario de la Izquierda Nacional se ha caracterizado por comprometer sus energías en la lucha del bloque nacional-popular y, en tanto seamos una fuerza minoritaria en el seno del mismo, por secundar a su jefatura nacional-burguesa. Partimos de la consideración, ignorada por las vertientes del “izquierdismo” abstracto, de que la contradicción principal, en el mundo actual, es la que opone al imperialismo mundial –en la jerga académica, los países “avanzados”, en los que pudo desarrollarse el capitalismo moderno en base al saqueo de todo el planeta – y su vasta periferia, los países coloniales y semicoloniales, sometidos económica, política y culturalmente por aquel puñado, que pudo alcanzar las cimas del capitalismo, pero cuya lógica de acumulación, señalaba Trotsky, lleva a que “los civilizados les cierren el camino a los que quieren civilizarse”. Eso significa que necesitan perpetuar el saqueo colonial, no por una carencia de “humanidad” de sus líderes y empresas, sino por razones de orden estructural: su desarrollo capitalista “nacional”, tras madurar, choca con la estrechez del mercado local y las contradicciones sociales que esto desata sólo pueden amortiguarse con el aporte creciente de la plusvalía extraída en el mundo “subdesarrollado”, que sustraen a la periferia, mientras ésta lo permite, con el resultado de privarla de los medios que necesita para su desarrollo económico y bienestar social. Esta situación, descripta y analizada a fondo por Lenin, se torna más aguda, hoy, por el carácter particularmente depredador de la etapa senil del capitalismo central, que ha generado la hipertrofia del sector financiero; sin anclaje en la producción real de bienes, ese monstruo insaciable exige la sangría creciente de los pueblos, aún en los centros de su poder global, donde gozaron otrora del “estado de bienestar”.
Al mismo tiempo, sin vacilaciones, hemos marcado los límites del nacionalismo burgués, con el cual compartimos –sin disimular sus inconsistencias, y ofreciendo a las masas nuestro propio programa nacional democrático, que se propone liquidar para siempre el dominio extranjero y el saqueo del país– la lucha contra el imperialismo y sus aliados locales, aunque nos distinga en la tarea una voluntad más firme. El análisis del bloque dominante revela que el imperialismo no es en nuestras patrias un “factor externo”: su presencia en el seno del país se manifiesta en el predominio de grandes firmas de capital extranjero, con papel dominante en áreas claves de la economía nacional. Comprobar tal cosa es algo simple: basta con observar, por ejemplo, lo que muestra el ciclo del dominio británico, cuando los ferrocarriles, los bancos, los frigoríficos y los puertos estaban en manos del capital inglés; o, en nuestro presente, establecer el origen de las 400 mayores empresas residentes en la Argentina y su participación desmesurada en el PBI y las exportaciones. Opera a su vez, como reflejo y garantía de la preservación del status dependiente, una penetración cultural también avasallante. En dichas condiciones, que son las típicas del “tercer mundo”, los revolucionarios socialistas deben asumir como propia la lucha empeñada por los movimientos nacionales, cuyo propósito consiste en liberar al país del yugo extranjero, aun cuando, por la inmadurez relativa de la clase obrera –algo que se expresa en el incipiente desarrollo de la propia organización socialista revolucionaria– la lucha nacional sea liderada por alguna variante del “nacionalismo” burgués, que ha ganado la primacía al levantar las banderas –reiteradas en la periferia– de la independencia económica, la soberanía política y la redistribución del ingreso, en beneficio del consumo y la capitalización del país.
Aunque la “izquierda” colonial quiera ignorarlo, desde los primeros años de la Revolución Rusa hasta hoy, una vasta obra ha tratado el tema, con textos clásicos de Lenin y Trotsky, cuyas tesis pioneras, enriquecidas luego por otros marxistas, fueron corroboradas por la experiencia viva, a lo largo del siglo XX, en todo el planeta, sin exceptuar hechos históricos grandiosos como la Revolución China, la gesta vietnamita, y las luchas actuales por la unidad latinoamericana, que prologaron otros combates anteriores. En cada uno de los casos citados es posible encontrar, bajo su forma particular, una reiteración de las dos constantes señaladas por el marxismo, con respecto a la lógica que caracteriza los conflictos entre el poder imperialista y los pueblos de la periferia: 1) la opresión imperialista genera en el seno del país oprimido, como respuesta ante el saqueo, un movimiento nacional, que procura impedir (con moderación) o poner término (más decididamente) a la fuga de sus recursos que, como se ha dicho, privan al país de la renta de su trabajo, impidiendo que se destine a cumplir el ciclo de la reproducción ampliada y, en más de un caso, atentando contra la mera subsistencia de las mayorías, penurias acompañadas por el atropello político, la asfixia cultural y el racismo de las metrópolis. El contenido original de la lucha revolucionaria –visto de otro ángulo, el interés común del conjunto de las clases y sectores que concurren al bloque antiimperialista– es por consiguiente nacional-democrático-popular. De ningún modo, como piensan los ultraizquierdistas, ese bloque puede encontrar en “la burguesía” a su enemigo principal, ya que ese rol está ocupado por el imperialismo y sus aliados, las clases interesadas en sostener sin variantes el poder extranjero, que brinda a sus socios un lugar relativamente privilegiado (con relación al status del mundo atrasado); 2) la burguesía “nacional”, que desea crear un país semejante a los países centrales, es incapaz de advertir que su atraso histórico (y mezquindad de visión) le impiden cumplir esa tarea, y niega el hecho de que el único actor estratégicamente nacional en el mundo colonial es el Estado, si no esterilizan su rol económico las formaciones burocráticas, lo dirigen patriotas, y se imponen mecanismos que lo preserven de la depredación de las empresas privadas y las deformaciones alimentadas por el atraso relativo del país. Es que el impulso a constituir la nación, como ámbito geopolítico del desarrollo capitalista pleno, una tarea histórica que maduró en el seno de la Europa feudal, no nace, entre nosotros, del desarrollo “natural” de la sociedad burguesa, tal como ocurrió, con las particularidades de cada caso, en los países centrales. Es el fruto, por el contrario, de las condiciones de asfixia que impuso a la periferia la expansión imperialista, la fase decadente del capitalismo de las metrópolis. El poder económico del capital extranjero y la “burguesía compradora” asociada a él, es dominante y las burguesías de la periferia son muy débiles y mezquinas, frente al pueblo llano, y de modo particular ante las clases obreras que vinieron al mundo, en nuestros países, paridas en parte por la exportación de capitales del ciclo imperialista, y en parte como fruto del desarrollo fragmentado de la economía nativa. El empresariado “nacional” disputa con el imperialismo por el mercado interno, pero ese hecho no anula, sin embargo, su propensión a respetar y reverenciar a sus empresas emblemáticas, un factor contradictorio que deriva por un lado de la ideología burguesa, pero también de su dependencia material de aquellas y de lazos de diverso orden que, en momentos críticos, se sintetizan en la defensa del orden establecido, de la propiedad privada y la explotación de los obreros.

Contradicciones características del nacionalismo burgués

Impulsada por la defensa de sus intereses objetivos, peleando su lugar en el mercado interno, la burguesía nacional debe, a su pesar, promover la resistencia del país sometido; busca liderar a las masas populares, sin cuyo apoyo es impotente frente al enorme poder del imperialismo mundial y sus socios nativos. Se le impone movilizar a las clases mayoritarias, pero teme que las mismas escapen a su control y pongan en cuestión sus privilegios sectoriales, al cuestionar la legitimidad del orden vigente, dentro del cual los burgueses estiman su lugar de segundones bien comidos, lejos de las penurias del pueblo llano, al que no respetan, ni creen apto para ser el protagonista de la transformación necesaria. Dicha situación, contradictoria en extremo, se plasma al fin creando una situación aparentemente paradójica: por una parte, el discurso (y las acciones, si está en el gobierno) del nacionalismo burgués generan entusiasmo entre las masas populares (6), ya que promueven el empleo y el consumo, aunque sus medidas irriten al propio empresariado, que desea beneficiarse con bajos salarios, y alientan los ímpetus de la liberación nacional, la resistencia política del país sometido.
Nada tiene de extraño que, con esos estímulos, tienda a desarrollarse una militancia popular, y a buscar caminos para “profundizar” los cambios. Es comprensible, asimismo, que la jefatura burguesa procure lograr que esas energías sostengan su política, pero no adquieran, al mismo tiempo, un dinamismo y clarificación de fines que puedan desafiar la mezquindad reformadora del empresariado “nacional”, incapaz de concebir una verdadera revolución. La sola amenaza de un desenvolvimiento tal conduce al liderazgo nacional burgués a poner en práctica fórmulas que esterilizan/asfixian esa voluntad de protagonismo, impidiendo que “los de abajo” puedan incorporar demandas incompatibles con la visión burguesa de lo que debe transformarse, que excluye afectar el “respeto a la propiedad” (7). Sin ignorar otros factores, reales pero de orden subordinado y accesorio, esas contradicciones generan la emergencia de formas bonapartistas de liderazgo, que son típicos del mundo periférico (jefes que “arbitran”, entre sectores sociales contrapuestos del bloque antiimperialista, en términos congruentes con la naturaleza social del nacionalismo burgués) y son el secreto del modelo verticalista de conducción política, con el cual se neutraliza el protagonismo popular, aunque se cacaree la participación y la iniciativa popular …mientras no se trate de tomar decisiones. Los mecanismos que impulsan un modo pasivo de participación popular se apoyan en la pobreza de formación doctrinaria y el ahogo o el desaliento al debate político e ideológico –pretextando que el liderazgo tiene el monopolio del saber qué hacer– y en una estructura llamada “movimientista”, carente de intermediarios entre la conducción y las bases, ya que el papel de los organismos y cuadros –que deberían ser el esqueleto de esas fuerzas– lo cumple, a su modo mediocre, y empantanando más de una vez las iniciativas de la cúpula que declara amar, un sistema burocrático de funcionarios, cuyo única función es “obedecer y reverenciar al jefe” (8).

Teoría y práctica de la conducción verticalista

La defensa del modo de conducción vertical, en el terreno ideológico, se basa en suponer que la crítica del verticalismo sólo puede llevar a la defensa de “la horizontalidad” (obviamente, un planteo “bienintencionado”, pero impracticable; de filiación anarquista, no marxista). El ardid, obvio, de “ganar” el debate luego de inventar un oponente bobo, tiene patas cortas. Es sabido (salvo para los anarquistas, duchos en desarmar al campo popular, delirando con La Anarquía) que el movimiento de masas requiere una conducción, si quiere enfrentar al bloque enemigo. Pero el apologista a ultranza del “líder indiscutido”, omite decir que ese asunto ha merecido ya mucha reflexión, desde el campo marxista. Una abundante biblioteca analiza estos temas: el carácter de la democracia burguesa, donde no se “gobierna” de modo directo, sino “por medio de los “representantes”; las experiencias, hasta hoy efímeras, pero a las cuales se debe prestar atención, de modos de centralización y gobierno por medio de órganos de las masas (soviets, consejos o juntas populares); la construcción del “partido revolucionario”, para el cual (Lenin) se postula una fórmula denominada “centralismo democrático”, noción que articula el debate irrestricto de las tareas políticas con el compromiso militante y la disciplina partidaria, y coloca en manos de una dirección colectiva elegida por la totalidad del activo partidario la función de conducir a esa totalidad, a la que no se adjudica un rol pasivo. Volveremos a estos planteos más adelante, buscando extraer enseñanzas prácticas para las exigencias que impone la lucha por la unidad y liberación de Latinoamérica, cuyas experiencias pasadas deben examinarse, para evaluar sus avances, pero también y especialmente sus trágicas caídas.
Una justificación más sutil del liderazgo verticalista se funda en atribuir al modelo bonapartista un carácter fatal: se trataría de un fenómeno inevitable en las condiciones del mundo colonial y semicolonial, donde con razón cabe hablar de cierta inmadurez en la formación de las clases y estructuras sociales, en particular de aquellas que se sienten expresadas por el movimiento nacional, por compartir las banderas de independencia nacional, soberanía política, justicia distributiva. Aunque se puede hallar algo semejante en planteos efectuados por la Izquierda Nacional, esta comprobación sólo nos lleva a formular como autocrítica el replanteo del tema, que se debe examinar sin pruritos. La verdad es siempre concreta, se ha señalado. El carácter policlasista de los bloques antagónicos es innegable en nuestras sociedades. Es cierto, además, que la única clase “madura” del país colonizado (9) detenta no sólo con el poder económico; es la que impuso al país su propia ideología (“civilización y barbarie” es la piedra angular), reflejo de la satelización a los centros imperialistas, logrando que reinaran como las ideas dominantes en la colectividad, con aptitud para arrastrar hacia ciertas políticas a los sectores intermedios y a la “intelligentsia” semicolonial, alienados emocionalmente por las luces del “primer mundo”, al que idolatran sin comprender. Pero no es cierto que el “jefe providencial” sea el único modo de generar una conducción de las fuerzas nacionales; menos aún, la conducción más acorde a la necesidad histórica. Esa suposición es, en definitiva, una extorsión: si el liderazgo verticalista es insustituible, postular otra fórmula es igual a negarse a liberar a la Argentina. Se ignora, con alevosía, el aventurerismo implícito en la idea de subordinar a la sobrevivencia de un hombre, por excepcional que sea, el destino nacional.

El nacionalismo “espontaneo” y el partido marxista

El nacionalismo burgués, cuyos límites estructurales le impiden cumplir, en esta época, y luego del agotamiento del programa del 45, la tarea de reconstruir el frente nacional en los términos necesarios para derrotar al imperialismo, fue derrotado, por esas limitaciones, sin completar su misión –y justamente, por ineptitud para concluirla–, en 1955 y 1976; en 1983, la memoria del caos y la descomposición desatada después de la muerte de Perón y los feroces episodios que acompañaron la lucha entre sus fracciones internas, lo llevó, por primera vez, a la derrota electoral, que sólo “superó” para llevar adelante, liderado por Menem, la mayor tentativa de destrucción de la Argentina burguesa del primer peronismo. En ese marco, interesa establecer las razones profundas que le permitieron resucitar y canalizar el viraje generado por la crisis del 2001, con la promesa de construir un “capitalismo serio”. Promesa que, en doce años, pese a los méritos del ciclo kirchnerista, no logró la fortaleza programática, y el nivel de autonomía nacional alcanzado en el ciclo que frustró la llamada “revolución libertadora”.
Si dejamos de lado las particularidades del caso, el secreto de esa perdurabilidad política debe buscarse en lo que tienen de común los países de la periferia colonial y semicolonial. En todos los casos, la depredación imperialista genera espontáneamente fuerzas que se rebelan contra la situación opresiva, encarnaciones de la necesidad de defender el país. Si, como ocurrió en la Argentina, tras la crisis mundial de 1930, se alcanzó un desarrollo industrial autóctono, aunque parcial e hipertrofiado, un conjunto de clases y fracciones sociales, con avances y retrocesos, a de buscar canales para luchar por el sostenimiento de un capitalismo nacional. Tras la debacle del 2001, el notorio viraje que esa coyuntura generó en el seno de la sociedad argentina no encontró un cauce más adecuado que el ofrecido por Duhalde (con mezquindad extrema y concesiones imperdonables hacia los mismos grupos de poder económico antes beneficiados por el ciclo neoliberal), primero, y Néstor Kirchner, después, con una coherencia y profundidad mayor; todo lo cual confirma la regla señalada por los marxistas sobre los cambios de frente de la burguesía “nacional”, su oscilación constante entre el enfrentamiento y la subordinación al bloque imperialista; conducta que genera, en definitiva, la sucesión de ciclos de predominio oligárquico con intervalos en los que se impone (de modo transitorio) el nacionalismo burgués; un eterno recomenzar, al modo de Sísifo, que frustra siempre las oportunidades del país. Salvo que la acción de un partido marxista con base obrera y popular gane para su propio programa nacional –el programa nacional de una alianza plebeya– a las grandes masas, no será posible superar los ciclos de ascenso y derrota, ese recorrido circunvalar. Sin embargo, roto el “eterno retorno”, y abierta la ruta de una salida revolucionaria, ante el peligro, las clases explotadoras cancelarán sus diferencias; la burguesía “nacional”, al menos su estrato más elevado, derivará hacia el bloque oligárquico-imperialista. Pero tendremos patria, definitivamente.
No obstante, en esa situación no ingresaríamos, como puede suponerse, a la construcción de una sociedad de tipo socialista, que, si se la entiende debidamente, sólo será viable después de alcanzar una plataforma de desarrollo integral que no sea inferior al que rige hoy en el mundo avanzado. Es que no se trata de “socializar” el atraso y la escasez consiguiente, sino de lograr con métodos revolucionarios la continuidad del proceso de reproducción ampliada, lesionada hasta hoy por el despilfarro oligárquico y la fuga de capitales, inevitables mientras prevalezca el “derecho” de propiedad como valor absoluto –aun cuando lesione el derecho a vivir de toda la sociedad–, que la ideología del capitalismo ha ubicado por encima de la patria y el interés de las grandes mayorías. Desde luego, implicará, sí, una democratización de la vida económica; el desarrollo, junto a un Sector Estatal, de un Sector Privado de empresarios medios y pequeños, cooperativas y áreas de economía social, junto a empresas colectivas que sean administradas por sus propios trabajadores.
La paradoja, formal, es que para realizar la revolución nacional (burguesa) de un modo efectivo sea necesaria la ideología socialista –al no sacralizar el derecho de propiedad, no se retrocede en presencia de la propiedad oligárquica y el desvío parasitario de la renta–, cuya naturaleza social, no alienada a la defensa del régimen capitalista, le permite impulsar la democratización interna del movimiento de masas –facilitando su transformación en factor activo de la política y la economía nacional–, democratizar socialmente el país, liquidar definitivamente el dominio imperialista. Lo paradojal, sin embargo, es aparente: se trata de la lógica de la lucha de clases.
Naturalmente, esto no significa que la democratización interna del movimiento de las masas interese exclusivamente a la Izquierda Nacional. Por el contrario, esto es vital para coronar con éxito lo que las mayorías populares necesitan para vivir, el nacionalismo burgués promete que realizará y sus contradicciones internas lo llevan a traicionar, objetivamente. En el plano de la subjetividad, por otra parte, las tradiciones democráticas del pueblo argentino, enraizadas en las clases medias y el impulso transformador de las capas más postergadas de la sociedad semicolonial, en general, invisten de legitimidad nuestra apelación al protagonismo popular; el propio nacionalismo popular se ve obligado a plantear el problema de la organización política y el papel del pueblo en esa construcción, negando en los hechos lo que predica de palabra. Es sabido que Perón, que reclamaba que sólo “la organización vence al tiempo”, practicaba la política de impedir como fuera la organización del peronismo, que debía limitarse a obedecer sus órdenes, supuestamente infalibles. Algunas interpretaciones vieron en esta modalidad un “vicio profesional”, derivado de los hábitos de la vida militar: Pero, si así fuese, carecería de explicación que ese modelo verticalista sobreviviera y fuese seguido al pie de la letra cuando la cúpula del movimiento fue ocupada por Néstor y Cristina, figuras civiles que en modo alguno formaron su carácter en el mundo del cuartel. Metafóricamente, cabe decir que la naturaleza de clase opera para seleccionar sus agentes idóneos e imponer su fatalidad al carácter de las personas, en definitiva. En el momento en que escribimos estas líneas, para ratificar el modelo, transformado en tradición, hay una sorda pugna en torno a la perdurabilidad del liderazgo de la presidente, ya que Scioli, de consagrarse presidente, “deberá” ser el nuevo jefe, obviamente verticalista, como lo anticipan sus seguidores, al sincerarse.

El partido marxista se crea y afianza construyendo las fuerzas nacional-populares

Ahora bien, si la opresión imperialista genera en las mayorías del país oprimido, por oposición, las condiciones que impulsan la regular aparición de un movimiento nacional y la naturaleza de sus banderas será necesariamente nacional-democrática, su efectiva conformación dependerá de la existencia de un factor aglutinante –en el peronismo histórico ese rol fue cumplido por el Ejército nacionalista– y el éxito de la empresa dependerá de su aptitud para ganarse el apoyo de las grandes masas, y muy particularmente de la clase obrera –si el país, como ocurre con la Argentina, cuenta con una plataforma industrial y de servicios relativamente moderna. En estos años, como nueva tentativa de reconstruir una fuerza semejante –la existencia inercial, por “horror al vacío”, del atomizado peronismo, no lo liberaba de la crisis de representación, que se manifestó a fines del 2001– la necesidad se encarnó en un liderazgo pequeño burgués, de ideología “progresista”, imbuido de ilusiones de corte desarrollista, que dio sin duda lo mejor de sí, pero fue incapaz para agrupar en torno suyo a una mayoría sólida y consolidar ese respaldo, por sus concesiones y erróneas expectativas respecto a sectores de la gran burguesía –pretendió identificarlos como burguesía nacional– y por los límites y prejuicios que puso de manifiesto al relacionarse con la clase obrera y el movimiento sindical, sin cuyo protagonismo no es posible reconstruir el movimiento nacional (10). A nuestro juicio, estos rasgos específicos deben inscribirse dentro del cuadro, más general, de la imposibilidad histórica de recrear el frente nacional del 45, para no hablar del verdadero desafío de conformar una alianza de las clases “plebeyas”; reunir en el seno del bloque nacional a la clase obrera y las clases medias, en los términos señalados en este mismo trabajo.
Ahora bien, si el nacionalismo burgués no puede lograr la emancipación nacional (si, tomando en serio el alcance latinoamericano que dicha emancipación exige para ser viable, se considera la necesidad de una construcción política continental, esta conclusión será más pesimista, aun, en cuanto al nacionalismo) y del éxito en dicha empresa depende el porvenir, ¿cómo construir un movimiento nacional no sometido a la burguesía “nacional”? Las bases histórico-sociales son las que provee el país real; no se “inventan” condiciones objetivas; y la mera frustración, tantas veces vivida, no generará una “superación” espontáneamente: los impedimentos, en tal sentido, son ideológicos, políticos, metodológicos, y responden a un factor inmodificable, cual es la naturaleza de clase de las conducciones burguesas. Sin la presencia de un actor nuevo, cuya acción permita superar esos límites, las mayorías nacionales reiterarán sus giros sobre la noria frustrante, “esperando a Godot”, o atomizadas y carentes de una identidad firme. Ese actor es, aunque debe probarlo ganándose en la lucha la confianza de las mayorías, un partido marxista de izquierda nacional, que no surgirá parido por la espontaneidad, ni “heredará” la fuerza y estructuras creadas por otros, para otros fines, a menos que ocurra una catástrofe y que ese partido cuente con un mínimo desarrollo. Sus cuadros son una “creación de la teoría” (Lenin) o, dicho de otro modo, la traducción organizativa de una ideología totalizadora y una voluntad consciente, cuyo propósito es representar a la clase obrera en la sociedad burguesa, y, en el caso particular de un país oprimido por el imperialismo mundial, nace para luchar junto a las fuerzas nacionales y disputar la conducción de una revolución burguesa que la burguesía “nacional” no puede concluir y abandona siempre a mitad de camino. Esa situación, singular, que va a determinar todas sus tácticas, le impone constituirse como representación nacional y articular las fuerzas del bloque antiimperialista, en base a un programa que orienta lo nacional profundizando lo social y sólo apoya lo nacional-burgués, al decir de Trotsky, “en determinada dirección”.
El punto de partida es la conformación de un núcleo de difusión ideológica, sin cuya existencia es imposible avanzar en la construcción partidaria propiamente dicha. En ese primer estadio, si caracterizamos al partido, en gestación, podemos juzgarlo como representación histórica de la clase obrera. Para que logre revalidar su entidad en los hechos, deberá probarse, y acrecentar sus fuerzas en la construcción de fragmentos del frente nacional que, antes de transformarse en un nuevo movimiento nacional de las masas, van a fortalecer a las fuerzas nacionales, con el aporte de una visión ideológica totalizadora del mundo, un debate abierto de los grandes problemas de la patria y el pueblo, y métodos democráticos en la toma de decisiones, atento a: (1) la necesidad de fortalecer desde sus soportes al movimiento popular; (2) enfrentar las tentativas de fracturar al pueblo y (3) generar formas de selección de los jefes basadas en su idoneidad para ser reconocidos por las propias bases como dirigentes naturales, cuyo peso y prestigio no sean el fruto de ningún “dedo”. En esa senda, por inserción real en frentes de masas, la “representación histórica” se irá transformando en la expresión política de sectores del pueblo, hasta transformarse en la identidad del pueblo mismo.
La Izquierda Nacional sólo supo cumplir esa tarea (durante la dictadura militar de Onganía) en el movimiento estudiantil(11), abandonándola en 1971 para construir un partido con personaría electoral que ampliaba el ámbito de difusión de sus ideas y la ponía a prueba en el escenario de la política pública; pero constituía sin embargo, curiosamente, un retorno a las modalidades de la etapa “superada” en el frente estudiantil, ya que la posibilidad de incorporar a nuestras tareas a otros militantes dependía otra vez de su identificación con el Socialismo de Izquierda Nacional, que ese era el ideario del FIP, siendo insuficiente una adscripción al nacionalismo democrático, como fue el caso de las Agrupaciones Estudiantiles. Como corroboración de este aserto, el FIP fue sólo la expresión jurídico-electoral del PSIN (12); una mera fachada del partido marxista, de ningún modo una formación frentista apta para reunir y movilizar fuerzas de signo nacional-democrático-popular, a partir de su decantamiento por el programa nacional de la clase obrera. A nuestro juicio, este fue nuestro error más grave de aquel momento y no, como se ha querido sostener más tarde, la táctica electoral, u otras cuestiones, importantes, pero derivadas de aquel, o más puntuales (13).
Y no hablamos sólo de formas y contenidos programáticos, aunque sean significativos. Se trata además de los presupuestos mismos a partir de los cuales se aborda (o debe abordarse) –en el momento en que pasamos de la propaganda general a la lucha por insertarnos en frentes de masas– la pugna por transformarnos en expresión política de un sector determinado, como paso previo a lograr tal cosa en la escala más vasta del frente nacional. Porque ahora partimos, para usar una fórmula actualmente en boga, de una “demanda” político-reivindicativa parcial, para “descubrir” con otros como dicha demanda se articula con lo general, durante el trayecto de una lucha por organizar núcleos (que compartimos, sin disolver la organización propia y sin diluirnos) que busquen satisfacerla (14). Un enfoque adecuado de los problemas implicados en esa empresa –sólo posible desde una visión general comprometida con el destino de las mayorías– habrá de incorporar esa lucha parcial a la lucha nacional del pueblo y la patria, si los actores de la acción asimilan la conclusión (previsible, para la teoría) de que “no hay salvación sino es con todos”.
Si omitimos el caso de los intelectuales marxistas y otros individuos aislados que normalmente llegan al campo revolucionario movidos por una visión crítica de la sociedad, que los impulsa a la acción, las multitudes llegan al movimiento nacional movidos por la presión de los intereses de clase, y, más inmediatamente, por la necesidad de apelar a la movilización de masas cuando se busca encontrar una respuesta efectiva a demandas legitimadas por la cultura y la tradición, y la ruina del régimen vigente niegan la satisfacción de anhelos naturalizados. Sólo entonces la realidad (social) busca a “la Idea” (Marx). Consecuentemente, si “la Idea” ha de facilitar el encuentro, es necesario que los propagandistas de la transformación estructuren fuerzas que partan de lo real (una demanda político-reivindicativa sectorial, desde el cual se “descubren” los nexos con lo general –el programa nacional de la clase obrera–, que por su contenido será nacional popular, pero las conducciones burguesas tienden a rechazar, o a ceñir a “su” visión, porque conducen el conflicto fuera de su alcance, al poner en cuestión un sistema al cual sólo pretenden retocar). La difusión de ideas, por consiguiente, ha cedido la prioridad a la agitación política, clima en el cual surgen habitualmente líderes naturales, los que serán destinatarios de un diálogo en profundidad, en el cual “la Idea” y las masas se enriquecen en la experiencia, y se entrelazan en la perspectiva de facilitar la emergencia del protagonismo popular (15).
En el ciclo descripto el partido revolucionario prueba su condición de factor necesario, ante los ojos del pueblo y la militancia popular. Como resultará obvio, la construcción implica crecer en la estima de todos los actores del movimiento nacional y, en consecuencia, sostener el terreno ganado hasta el presente, ya que la continuidad de un proceso de luchas viabiliza y facilita toda perspectiva de profundización política.

Algo más, sobre “la sucesión histórica”

En el pasado, la Izquierda Nacional, y especialmente su mayor vocero, Jorge Abelardo Ramos, intentando prever las condiciones en las cuales el partido marxista podría ganar la conducción del movimiento nacional-popular, solía decir que la burguesía “nacional”, en algún momento, “arriaría las banderas” de la Independencia Económica, la Soberanía Política y la Justicia Social, y que en esas circunstancias las masas nos verían sostenerlas en alto, transfiriéndonos la tarea de llevarlas adelante(16). Personalmente, creo que se trata de un planteo fatalista, apoyado en la verificación de las “sucesiones históricas” del pasado nacional. A mi modo de ver, la profecía aquella, que todos compartíamos, o no cuestionábamos, subestimaba el problema de crear un sistema de cuadros estable, con inserción real en las clases populares, aunque se trate sólo de fuerzas minoritarias, como condición para poder aspirar efectivamente a constituirnos en polo de un reagrupamiento de las grandes mayorías, ante una crisis de conducción del movimiento, o al emerger una situación que frustre las expectativas depositadas en él. Más allá del dato de que el mismo Ramos, al presentarse la ocasión, con el giro menemista, terminó sumándose al abandono de las banderas nacional-burguesas, consideramos que el peso del aparato político y la ideología burguesa del movimiento nacional, en condiciones análogas, si el partido marxista no alcanzó a reunir esa “masa crítica” capaz de tornarlo una alternativa real, lo esperable es más bien la degradación y el retroceso del campo popular; la desmoralización política, tal como ocurrió en la década del 90. El “trabajo gris” del que hablaba Lenin y la paciencia del constructor, sin perder en el camino la capacidad para advertir esos bruscos virajes que suele usar la historia para descolocar a los rutinarios, no podrán suplantarse con los recursos de la alquimia.

Córdoba, 17 de octubre de 2015

Notas:

1) Dice Aldo Ferrer, con referencia a los “países exitosos”: “En los casos mencionados la concentración del ingreso coexistió con elites y liderazgos empresarios nacionales capaces de acumular sus excedentes y, consecuentemente, aumentar la inversión y la tasa de crecimiento. Una cosa es, en efecto, la concentración del ingreso en elites inclinadas al despilfarro y otra en aquellas con vocación de acumulación de poder en sus propios espacios nacionales”. Ver “El capitalismo argentino”. FCE. 1998
2) Nos referimos a la nota “La conducción vertical, después de Perón”, del autor.
3) No es posible, en los marcos del trabajo, hacer un análisis más exhaustivo del tema de las diferencias entre uno y otro momento histórico, sin limitarnos a señalar “la audacia de Perón”. En la nota al pie siguiente, intentamos dar un fundamento más general.
4) Cabe hacer una observación puntual, en relación a esto: se habló mucho en estos años de “volver a enamorar” a las clases populares. Sin ignorar el valor de generar trabajo, y restablecer derechos perdidos con el neoliberalismo, es difícil pensar que con solo eso pueda recrearse una pasión popular. En la década del 40 Perón elevó socialmente a los trabajadores a una condición social cualitativamente distinta a la anterior, ingrediente insustituible para ganar el corazón de una clase sumergida… junto al odio visceral del campo oligárquico y los sectores aferrados a la jerarquización tradicional.
5) En el momento oportuno, ese conflicto dio origen a la nota “El conflicto gobierno-CGT y el rol político de la clase obrera”, del autor.
6) El entusiasmo popular no es el fruto de la “demagogia populista”, ni está manifestando alguna clase de “engaño”, por parte de las mayorías. En la “Ideología Alemana”, Marx nos explica que toda clase que aspira al poder debe presentar su interés de clase como “interés general de la sociedad” y (cito de memoria) que en su época de ascenso esto coincide hasta cierto punto con la realidad, ya que todas las clases emergentes, en mayor o menor grado, comparten una plataforma y un enemigo común. Si tenemos en cuenta (Lenin) que en los países atrasados se padece más “por falta de desarrollo del capitalismo, que por el capitalismo como tal”, nada tiene de extraño que los pueblos se movilicen para respaldar medidas que tienen como fin la ampliación del mercado en su propio país, lo que implica elevar el consumo de la mayoría. Por lo demás, al motor económico –tomando distancia del mecanicismo “marxista”– cabe añadir los estímulos culturales y emocionales ligados al rechazo del sometimiento nacional.
7) De allí el encono del mundo empresario ante las imprevistas y empíricas estatizaciones kirchneristas (nunca hubo un plan explícito, anticipatorio; se las justificó a posteriori en base a razones de hecho, no como parte de una visión general, en la cual el Estado ha de quedar a cargo de ciertas áreas, como único agente del interés general). Es obvio el hecho de que no por ello son menos valiosas y dignas de apoyo. Pero no respaldarlas a partir de una posición ideológicamente clara es sin duda una debilidad, manifestada en discursos de Cristina Kirchner, que necesita aclarar que no responden a una visión estatista, a pesar de que la experiencia prueba en los hechos la hipótesis general de que el capital privado sólo se guía por el beneficio inmediato y toda empresa de valor estratégico no puede ser entregada al mismo, si quiere resguardarse el interés general.
8) Describir un sistema es algo diferente a juzgar a las personas. En el gobierno de Perón, un ministro insigne como Ramón Carrillo llevaba adelante con gran visión, y pericia de sanitarista, una tarea que estaba lejos de responder a indicaciones puntuales del líder y estaba inserta, no obstante, en el marco aquél señalado por el General al decir que lo rodeaban “adulones y chupamedias”. Pero, los casos singulares que desdicen la norma no pueden usarse para ignorar su existencia. Añadamos que, en el caso de Carrillo, era su acción acotada a lo “técnico”, sin incursionar ni inmiscuirse en el terreno de lo que se entiende habitualmente como “la política”.
9) Señalamos como “madura” a una clase provista no sólo de poder económico, sino al mismo tiempo de un universo cultural, que refleja la dependencia y el rol subordinado del país al imperialismo, pero es no obstante la única ideología de carácter totalizador que puede señalarse como ideología dominante, ya que impera en la colectividad y la provee de patrones, al servicio de la oligarquía, en nuestro caso.
10) Reflejando, y procurando justificar, esas limitaciones ha surgido cierto “revisionismo”, en ámbitos del kirchnerismo, que desea transferir a los desocupados y marginalizados el rol de vanguardia de la lucha revolucionaria, con el pobre argumento de que ellos “no tienen nada que perder”, mientras los trabajadores, socialmente incluidos, “se han vuelto conservadores”.
11) Se procuró analizar este desarrollo táctico y sus relaciones con el objeto de la presente nota en “La Izquierda Nacional y AUN: acerca del tema de la construcción del partido”.
12) Para hacer comprensible el significado de las siglas, cabe aclarar que el PSIN (Partido Socialista de la Izquierda Nacional) fue fundado en 1962, la táctica AUN (universidad) y ASENA (secundarios) fue madurada durante el gobierno militar de Onganía, Levingston y Lanusse (1966-1973) y el FIP (Frente de Izquierda Popular), el partido con Personería Electoral nacional y en las 24 provincias del país fue constituido en 1971, con el fin de participar en el proceso electoral abierto con el retroceso de la dictadura oligárquica.
13) Estas experiencias, entendemos, sin altanería, no merecieron una reflexión acabada de nuestra parte; y esos límites en la autocrítica, aunque no agotan para nada la cuestión, deben considerarse un factor concurrente en la crisis del FIP y el retroceso sufrido por nuestra corriente en un contexto histórico nacional y global de “crisis del pensamiento revolucionario”, que invita a eludir explicaciones reduccionistas.
14) En la versión expuesta por Laclau las demandas integran un “discurso”, no manifiestan las contradicciones de una realidad objetiva, exterior a la conciencia. El conflicto, como exteriorización una sociedad contradictoria, y la existencia misma de las clases sociales ha desaparecido, ya que “nada existe sin ser pensado”. Esta visión idealista sostiene en definitiva el orden vigente, se rinde a los pies de la burguesía “nacional”, y le permite dislates como sostener que La Cámpora es “la vanguardia” del pueblo argentino.
15) Como hemos señalado en otra oportunidad, esta esquematización del papel cumplido por la agitación política no implica desconocer que la propaganda (muchas ideas, para los elementos de vanguardia) es insustituible como herramienta para ganar y formar a la militancia popular.
16) En un reportaje para la revista “Confirmado”, en 1971, Ramos usaba el ejemplo chino. A tal punto, entiendo, se trataba de plantear una suerte de metáfora sin el valor de un diagnóstico apto para guiar nuestro trabajo práctico, que el vocero del FIP usaba un ejemplo muy poco ajustado a su hipótesis de “la sucesión”: las características del largo proceso protagonizado por el maoismo, en el que acertadamente se inventariaban las complejas y contradictorias relaciones de colaboración y rivalidad con el nacionalismo chino, no dieron lugar a una “herencia vacante”, que cayera súbitamente en manos de los marxistas. Al contrario, ocurrió que la fracción del movimiento nacional liderado por los comunistas, que ocupaban y administraban regiones del país mucho antes de que toda la nación cayera en sus manos, creció a costa del sector dirigido por Chiang Kai Sek, hasta tornarse al fin en una fuerza abrumadoramente mayoritaria dentro del conjunto de las facciones antiimperialistas, lo que impulsó a su vez al “nacionalismo” burgués, ya impotente para recuperar el control, a buscar el apoyo del imperialismo yanqui, lo que terminó de convencer a las mayorías del país de que Mao y sus fuerzas eran los únicos garantes de la independencia nacional y las aspiraciones sociales de la nación oprimida, incluidos sectores de la burguesía “nacional”.

EL JÓVEN DEL CAÑO Y EL VIEJO ROL DEL SECTARISMO ULTRAIZQUIERDISTA

Nota publicada en Patria y Pueblo N° 55 – setiembre de 2015

Diversas entrevistas, visibles en las redes (La Nación y Clarín promueven sin pudor a la “izquierda” cipaya, para usar sus dislates contra el movimiento popular real) prueban que el triunfo de Nicolás del Caño en la interna del FIP nada renovará, en el infantilismo ultraizquierdista. Trotsky los llamó, con indignación, imbéciles (1); a pesar de aquello, se dicen “trotskistas”. Probaremos usando una mayor amabilidad, intentando extremar los recursos explicativos, con paciencia oriental. Veamos: sin mucho estudio, sólo mirando a quién votaron los vecinos de Recoleta (esa excrecencia porteña, eterno sostén del interés antinacional, afrancesada y enferma de repugnancia a lo popular, que se hizo eco, hace unos meses, del atentado parisino y armó un pasacalle con la leyenda Je suis Charlie Hebdo a Buenos Aires) y comprobar las preferencias de la Sociedad Rural y el gran capital, para no hablar del embajador norteamericano, cualquier argentino llegará a la conclusión de que Scioli y Macri no son lo mismo. Si el argentino es un marxista, no un marciano, sabrá, además, que hay en el país clases sociales, y que el antagonismo electoral –tiene a mano los datos, en la página web de la justicia electoral, de los votos obtenidos por cada uno de aquellos en Barrio Norte y la Matanza– pone de manifiesto una divergencia de simpatías que está hablando de los antagonismos sociales, refleja un momento de la lucha de clases; en la que son visibles, como constantes de la Argentina, dos bloques opuestos, cuya presencia sólo puede ignorarse si la lucha por el poder es sustituida, obedeciendo a prejuicios, por acciones dirigidas a captar el apoyo de una minoría marginal de pequeñoburgueses “progresistas”, flechada por abstracciones y adicta al “moralismo antiburgués” de raíz anarquista; todo lo cual termina en la colaboración con la derecha antinacional –al dividir los votos del campo popular– y esteriliza los esfuerzos de una militancia digna de mejor causa, al disociar “la vanguardia” de las grandes masas, desconocer la presencia de una cuestión nacional y abandonar a las mayorías a su propia suerte, considerándolas presas de un extravío perpetuo, del vicio de votar a los “partidos patronales” (2).
Es significativo, no obstante, que los grupos ultraizquierdistas expresen al mismo tiempo la ilusión de ganar votos en la base del k, esperando su “desilusión”. Lo que prueba sus coincidencias con la visión oligárquica en cuanto a la “demagogia” exitosa del “populismo” que, según su sabiduría, no expresa “verdaderamente” a los sectores que lo sustentan, y se sostiene, en cambio, en su aptitud para embaucar al pueblo argentino (o, lo que es lo mismo, lo admitan o no en esos términos, en la predisposición del pobrerío a comprar espejitos, por su falta de educación, dirán los sarmientinos sin mucho preámbulo, o por su “inmadurez” como clase, dirán los “marxistas”). No se trata de una chicana; reflexionemos. Caso contrario, ¿por qué, si Macri es lo mismo que Scioli, no especularían también con “la desilusión” de los macristas? La respuesta es obvia: pese al subterfugio que los desnuda como secta, no son psicóticos, no han perdido el contacto con lo real y saben, a pesar suyo, que la derecha política y social oligárquica pugna por aplastar al movimiento real del pueblo argentino y aunque los use y les otorgue plateas en los medios a cuanto Altamira y del Caño quiera hablar mal de Scioli y el kirchnerismo , está en las antípodas de las ideologías de izquierda; aunque aborrezca mucho más y nos ignore en sus diarios y canales, a los marxistas nacionales. Es un honor que sea así: somos firmes aliados del nacionalismo burgués, como expresión actual de las grandes mayorías y ariete de las mismas contra el enemigo principal, oligárquico-imperialista.
En estas elecciones el caballito de batalla del FIT y demás sectas es el “derechismo” de Scioli, una aserción nacida, en realidad, en las filas del llamado “núcleo duro” k, durante la interna clausurada por CFK). Es un pretexto viejo, para ignorar la responsabilidad de unir a los argentinos en la lucha por derrotar al bloque oligárquico. En anteriores ocasiones, ¿no decían acaso que Néstor o Cristina Kirchner también “eran lo mismo que los demás candidatos del poder económico” (3)? Nada ha cambiado, con el juvenil rostro que lleva a los caños. Queda claro, hoy, como ayer, que la frase remanida de Scioli y Macri son “matices”, pero “para el pueblo trabajador son lo mismo” (4), es la justificación de un electoralismo sectario –objetivamente funcional a los planes de la derecha–, un ardid destinado a restar votos al campo popular, diciendo lo contrario de lo que su propia táctica desnuda como creencia, descalificar a las fuerzas que defienden el desarrollo con inclusión social y soberanía nacional, confundir a los votantes sobre qué se juega en estas elecciones y desconocer los peligros que implicaría un triunfo oligárquico-imperialista.
Córdoba. 25 de Agosto de 2015

(1) Ver a Trotsky en http://www.formacionpoliticapyp.com/2014/12/el-ultraizquierdismo-y-la-cuestion-nacional/
(2) La riqueza del marxismo para caracterizar a las fuerzas políticas ha cedido el lugar, en el PO, PTS y demás sectas, a una jerga “sindicalista” que reduce la lucha política revolucionaria a un ultimatismo reivindicativo, con un “obrerismo” “antiburocrático”.
(3) Vilma Ripoll, que más allá de las internas del ultraizquierdismo representa el mismo punto de vista, sostuvo ante “La Voz del Interior”, en el 2003, que en la segunda vuelta votarían en blanco, ya que Menem y Kirchner “eran lo mismo”.
(4) Reportaje a del Caño, en http://www.lanacion.com.ar/1815300-nicolas-del-cano-vamos-a-pegar-un-salto-somos-la-renovacion

UNIVERSIDAD Y POLÍTICA NACIONAL

Publicada el 9 de diciembre de 2014 en aurelio-arga.blogspot.com (*) y, sin notas al pie, en Patria y Pueblo  N° 52 – Año 9 diciembre de 2014

En los medios universitarios de Córdoba y en el progresismo local, la renuncia de Carolina Scotto a su cargo de diputada nacional ha producido confusión y desaliento; tanto como el entusiasmo que acompañó a su postulación, que creo la ilusión Seguir leyendo UNIVERSIDAD Y POLÍTICA NACIONAL

LA IZQUIERDA NACIONAL Y AUN: ACERCA DEL TEMA DE LA CONSTRUCCIÓN DEL PARTIDO

Publicada en “POLÍTICA” – Año 9 – N° 15  – setiembre de 2014

No encuentro un mejor modo de rendir homenaje al cro. Spilimbergo, respondiendo al propósito de esta edición de POLÍTICA, que intentar el análisis 

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ALGUNOS EQUÍVOCOS SOBRE LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA

Publicado en la revista “POLITICA” Año 9 N° 14 – Junio de 2014

 En la década del 60, sin entender su originalidad y carácter irrepetible, aparecieron entre  nosotros, a todo lo largo de la América Latina, los admiradores ciegos de la Revolución Cubana, buscando en nuestros cerros una Sierra Maestra, Seguir leyendo ALGUNOS EQUÍVOCOS SOBRE LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA

EL DELITO, SEGÚN MASSA

Publicado el 16 de abril de 2014 en aurelio-arga.blogspot.com,  en  el periódico Patria y Pueblo y reproducido por diversos sitios internet.

¿Cómo reaccionarían Massa y los medios que lo publicitan diariamente si, frente a la tardanza judicial en condenar a Clarín y a La Nación por los aberrantes delitos cometidos bajo el amparo de la dictadura militar oligárquica para apropiarse ilegalmente de Papel Prensa,

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EL INDIO PATORUZÚ Y LA ARGENTINA UBÉRRIMA

Publicada el 7 de febrero de 2014 en aurelio-arga.blogspot.com (*)

 Fuera del círculo de los estudiosos de la historieta, sólo un “adulto mayor” puede recordar un tiempo en el cual los cuadernos de Dante Quinterno eran esperados por niños y adultos, en toda la Argentina. Pero sus historietas se venden, aún hoy, tras casi siete décadas de producción ininterrumpida. Y la figura de Isidoro es presentada Seguir leyendo EL INDIO PATORUZÚ Y LA ARGENTINA UBÉRRIMA

FERROCARRILES: PARA SALIR DEL DESASTRE, UNA VEZ MÁS, EL ESTADO

  Publicada  el 6 de diciembre de 2013, en el semanario “Electrum”, órgano del Sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba  –  N°  1262

Finalmente, el tema ferroviario parece encaminarse hacia la dirección correcta. Es quizás, más que otros casos, un ejemplo que exhibe tanto los límites como la capacidad del kirchnerismo de asumir finalmente la necesidad de poner Seguir leyendo FERROCARRILES: PARA SALIR DEL DESASTRE, UNA VEZ MÁS, EL ESTADO

LA IZQUIERDA NACIONAL Y EL DISCURSO DE LOS QUEBRADOS

Publicada el 4 de diciembre de 2013 en aurelio-arga.blogspot.com (*)

Reporteado en “Tiempo Argentino”, el 13 de noviembre de 2013, el actual funcionario kirchnerista (también lo fue de Carlos Menem y en un remoto ayer integró las filas de la Izquierda Nacional) Víctor Ramos, no a título individual sino en nombre de Seguir leyendo LA IZQUIERDA NACIONAL Y EL DISCURSO DE LOS QUEBRADOS

LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO Y EL PARTIDO NEOLIBERAL CORDOBÉS

Publicada en Patria y Pueblo – Año 9 – N° 47 – Noviembre 2013

 En Marcos Juárez, provincia de Córdoba, las primeras figuras de las cinco listas más votadas en las PASO expusieron su posición sobre distintos temas, dando prioridad, por las características de la zona, al tema agrario. Como era de suponer, Schiaretti, Aguad, Baldassi y Ruitort Seguir leyendo LA GALLINA DE LOS HUEVOS DE ORO Y EL PARTIDO NEOLIBERAL CORDOBÉS

LA SAGA DE LOS MITRE

Publicada el 18 de octubre de 2013 en el semanario “Electrum”, el órgano del Sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba,  N°1255

La reciente reivindicación, por parte de “La Nación”, de la mal llamada “Revolución Libertadora” es un motivo para hacer la recapitulación de la trayectoria de una familia, cuyos privilegios de casta quedaron fijados por una vieja expresión de raigambre criolla: “hijo´e Mitre”. Seguir leyendo LA SAGA DE LOS MITRE

LA ESPUMA Y EL FONDO

Publicada el 4 de setiembre de 2013 en aurelio-arga.blogspot.com y en el periódico Patria y Pueblo Año 9 N° 46

El sistema mediático nos introduce permanentemente en discusiones banales, para crear espuma y que se pierdan de vista los grandes problemas que deben enfrentarse o, dicho de otro modo, Seguir leyendo LA ESPUMA Y EL FONDO

EL IMPUESTO A LAS GANANCIAS Y LAS DESVENTURAS DEL APLAUDIDOR

Publicada en el diario “Comercio y Justicia” el 02 de setiembre de 2013

El martes 27 de agosto, por la tarde, la presidente anunció la suba del piso para pagar Ganancias que, hasta  los niños lo saben, era un reclamo unánime de todos los sectores del movimiento obrero, desde Seguir leyendo EL IMPUESTO A LAS GANANCIAS Y LAS DESVENTURAS DEL APLAUDIDOR