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EL GOBIERNO DE MACRI Y LA DEFENSA DE LA PATRIA Y EL PUEBLO ARGENTINO

Franco-y-Mauricio-Macri

Esta nota no salió, en su momento, por tener como destino el debate interno del colectivo en que milito. Allí cumplió ya con su objeto. En el presente, creo, ayuda a reflexionar sobre lo que está pasando y ocurrirá en el país, en el próximo periodo. Termine de escribirla el 30 de abril del 2016. El análisis de la coyuntura, terreno en el cual sigue reinando mucha confusión, creo que justifica su publicación. La situación ha madurado, ya, pero no desmiente el diagnóstico y las previsiones, que fueron confirmados. El lector juzgará. Por mi parte, si alienta debates en las filas de la militancia vale la pena darla a conocer. Ahí va:

Si los motivos principales de la derrota de Scioli no hubiera que buscarlos dentro del campo de las fuerzas nacionales, para observar desde otro prisma la tragedia nacional se podría decir que Sanz y los radicales, pugnando por detener la ruina de la UCR, fueron los parteros de una rara criatura: un gobierno oligárquico, que habla de “diálogo” con un garrote en la mano: si el interlocutor afloja, el garrote se deja para otra ocasión; si en lugar de ceder, busca defender su opinión en las calles, las palabras sobran, hay policía brava.

Parece arbitrario, o faccioso, llamar oligárquico a un presidente elegido por la mitad más uno del pueblo argentino. Pero no lo hacemos por vicios de intolerancia, por ignorar que nació del voto universal[1]. Y los principios nos impiden descalificar a las mayorías, cuando son adversas, ya que no es posible construir sin ellas una fuerza capaz de transformar al país. Intentamos, sencillamente, diagnosticar con rigurosidad el marco en que nos toca defender a la patria, desde el pueblo, sin sectarismos, con las banderas compartidas por todos los patriotas; las contradicciones de la coyuntura deben señalarse antes de que nos sorprendan; es ineludible la tarea de conceptualizar los problemas –para orientarnos– de un tiempo de desafíos, con sabor a intemperie. Ese es el propósito del texto actual, que invita al debate.

Opinamos: la naturaleza de clase, el plan de gobierno que busca desarrollar y la ideología que sustenta al gobierno actual son oligárquicos. La conciencia, sobre ese asunto, es fundamental. Permite prever: la gran mayoría de los que votaron a Macri van a padecer sus medidas, que sólo benefician al capital extranjero y los núcleos del poder económico concentrado. Ya se advierten los primeros síntomas, en tal sentido: el matrimonio (sin amor) de Macri y “sus” votantes está condenado a tornarse discordia, pese a las maniobras y complicidades varias, el decidido apoyo de la gran prensa, la deserción de porciones del campo opositor. Saberlo, para eso lo señalamos, permite organizar la contraofensiva, desde ya: más temprano que tarde, con dolor, con bronca, el país se unirá y movilizará masivamente contra la entrega y el hambre; esto dará base política, y eventualmente electoral, a quienes promuevan el fin de una “grieta” que fue real: concurrieron a formarla las limitaciones y rasgos estrechos del kirchnerismo y la propaganda venal de los medios de prensa, lo que dividió a la Argentina en dos mitades.

Este desencuentro se disipará y nuestro pueblo, en el marco de la agresión que sufrirán sus mayorías, va a recuperar la unidad nacional, contra las minorías que nos explotan y condenan desde hace ya 200 años. De la voluntad y la pericia que pongamos en la tarea depende la reconstrucción del movimiento nacional. Y, si luchamos para superar la fatalidad argentina del “eterno retorno” de las fuerzas del atraso, liberaremos al país de una vez para siempre. Apartando, como a estorbos, simultáneamente, a quienes antepongan el interés personal o de facción a la causa patriótica del pueblo argentino. En ese marco –actualidad pura y futuro inmediato– la tarea es aunar lo nacional y lo democrático, los ideales y las reivindicaciones de todos los atropellados por el Virrey Macri y sus gerentes, meros sirvientes de los EEUU y el imperialismo mundial.

Sus tropelías contra lo democrático, que burlan las promesas de diálogo y pluralismo, fueron claras, desde el vamos: pisotear las leyes vigentes en el país; nombrar a dedo jueces de la Corte Suprema de Justicia, que debe ser, como ya vimos en la década menemista, una escribanía; destituir por decreto las autoridades del AFSCA y devolver a los monopolios el goce “legal” del imperio levantado con el apoyo del terror; eliminar medios y periodistas díscolos; disparar contra niños que celebraban el carnaval, para apurar la llegada de un reino de “la alegría”; una retórica oficial que exacerba la violencia vengativa y revanchista de sus partidarios más exaltados, al punto de llevarlos a protagonizar hechos de armas que, en algunos casos (como el de los disparos a un festejo de Nuevo Encuentro en Capital Federal o los ya reiterados atropellamientos por autos desbocados de la Policía Bonaerense) pudieron costar, o de hecho costaron, vidas humanas.

Por graves que sean estos hechos, como lo son, debemos mirarlos como la manifestación, en el área institucional y cultural, de una acción cuyo rumbo central está dado por las medidas económicas, cuyo sentido de clase es inocultable: una brutal transferencia de ingresos de los trabajadores y el pueblo hacia los núcleos oligárquicos y las empresas extranjeras, con un efecto fatal, ya visible, sobre el consumo y la producción industrial, que llevará al cierre de muchas empresas, al deterioro salarial y al avance de la desocupación. Para probarlo, ¿hace falta algo más que la disonancia entre la “generosidad” hacia las mineras de capital extranjero y la mísera modificación del Impuesto a las Ganancias, que perjudica a más de 100 mil jubilados[2]? Allí está, con ribetes impúdicos, esa contradicción de origen en la que insistimos: ¡Una disposición a regalar dinero a “los dueños del país” sólo puede satisfacer a unos pocos miles, pero Macri logró que lo votaran más de 12 millones, esa “mitad más uno” que la perfidia de la prensa imperialista y los extravíos de la conducción del campo nacional volcaron a favor del candidato neoliberal!

Y como si esa burla a sus propios votantes y la desesperación colectiva en que sumergirá al pueblo no fuese, sin otro añadido, una catástrofe social, será además –es imprescindible tenerlo en claro–padecer en vano, ya que se trata no de “aportar” a un crecimiento futuro sino únicamente de financiar una descomunal fuga de divisas por parte del poder económico concentrado, que no va a reinvertir lo saqueado en el suelo nacional, sino fuera de él. Es que no estamos ante la conducta “normal” de una clase dominante, que explota al trabajo pero quiere construir un dominio perdurable. El país enfrenta algo diferente: un vulgar atraco, por obra de una banda de saqueadores ocasionales, en el marco global de un capitalismo depredador y senil.

Necesaria autocrítica del campo nacional

Ahora bien, ese previsible descrédito del macrismo, fruto del sentido antipopular de sus políticas, y la réplica popular que sobrevendrá, que pueden anticiparse, sirven para orientar nuestra política, no para suponer que el fracaso de Macri es la garantía de un “retorno al poder”, como alguno cree o pretende que supongamos.

Se ha citado al General Perón, sugiriendo que la tarea es “sentarnos a ver pasar el cadáver del enemigo”. Esa ilusión no resiste el análisis; el propio Perón, después de pronunciar ese fallido pronóstico, en 1955, desde Paraguay, permaneció exiliado, sin recuperar el poder ¡durante 18 años! y volvió al país siendo un anciano venerable, donde murió al poco tiempo para dejarnos en manos de un astrólogo y su viuda.

Esto sólo sirve para “bajar los brazos”, sin decirnos cómo defender a la patria. Sobre todo, sin preguntarnos (¡prohibido pensar, parecen indicarnos!) por qué se perdieron las elecciones, qué errores propios (mejor, qué limites y contradicciones del campo popular y sus jefes) nos llevaron a la derrota, o qué criterios extraños a la tradición del peronismo llevaron a la expulsión de sectores históricamente ligados al movimiento nacional. Y, esencialmente, por qué razones (esta vez, con fidelidad a uno de los mayores defectos del movimiento fundado por Perón) se impuso al movimiento una conducción verticalista que daba a la militancia un papel pasivo, sin ningún rol en la toma de decisiones y el insustituible debate de los grandes problemas.

Objetivamente, lo de “esperar que Macri fracase” es desalentar la búsqueda de ideas y acciones aptas para modificar una relación de fuerzas hoy desfavorable; en segundo lugar, es una invitación a la fanfarronería y la autocomplacencia. En tercer lugar, y esencialmente, ahoga el natural impulso a realizar el examen crítico de lo actuado por el campo popular, para obtener un balance práctico de la experiencia. Buscar ese balance es una necesaria y sana reacción ante la derrota. Sin cumplir ese deber nuestro, intransferible, a Macri le daríamos, según estos sabios, la misión de avivar a golpes a “los bobos”, “desagradecidos hacia Cristina”, que lo votaron.

Desde luego, la postura en cuestión tiene más de una variante: en el caso de muchos militantes “de a pie” es quizá un modo de buscar consuelo, algo parecido a una compensación. Pero en boca de dirigentes, escamotea la responsabilidad de la conducción en el triunfo oligárquico, (ascender a los aplaudidores, rechazar la política tradicional del peronismo en relación al rol de la clase trabajadora y el movimiento sindical, etc.)

Y obtura, fundamentalmente, todo debate sobre el fundamento último de que se recurra al mencionado método de conducción verticalista: la decisión de no emprender una batalla a fondo para transformar el país, la poca profundidad de los ataques al estáblishment. Si la realidad es “la única verdad”, la verdad fue la decisión de no abrir canales a la iniciativa popular y reducir el rol de la militancia al de un espectador impotente. Contradiciendo el proclamado “empoderamiento” de las masas, se privó a la militancia y a las fuerzas sociales que sostenían al gobierno de un lugar en la toma de decisiones, la elección de sus líderes y de los candidatos electorales.

Todo esto tendría una importancia sólo formal (el elitismo no es nuestro modelo, no obstante lo cual nos importan más los contenidos políticos), si no fuese que, en los hechos, y ante la crisis de representación que estalló después de la década del 90, la negativa a democratizar las fuerzas populares impedía reconstruir el Movimiento Nacional, como lo hemos dicho en diversas oportunidades.

Era imprescindible vencer aplastantemente en la primera vuelta (Patria y Pueblo no habla con el “diario del lunes”: lo vinimos planteando desde antes de esa instancia electoral). Esto no sucedió, y ante la inminente catástrofe, la militancia, como se sabe, se movilizó rumbo al balotaje heroica y espontáneamente, aunque sin conducción. Estuvo cerca de torcer el final, pero era tarde: tras una larga campaña de “fuego amigo” contra el candidato del campo propio, no fue posible reparar el daño causado por los errores y (¿por qué ocultarlo, siendo la mezquindad un factor político de peso, en esta ocasión?) el empeño en impedir un cambio en la jefatura del campo nacional, que distorsionó sectariamente la confección de las listas de candidatos en todos los niveles y ámbitos del país, pese a las pruebas que en más de una elección, en algunas provincias, mostraban el rechazo a las fórmulas impuestas por la Casa Rosada.

Distritos hubo en los cuales, en esos momentos, dirigentes vinculados a la Presidencia llegaban a admitir en privado (y se les traslucía en público) que preferían enfrentar en la Rosada a Macri, “siendo tan reaccionario, recuperar el poder sería pan comido” y no a Scioli, al cual no pocos pintaban como una quinta columna oligárquica (ser “pejotista”, según su óptica, era un pecado imperdonable) dentro del Movimiento Nacional. Reiteraban así, a escala del país entero, el error que llevó a Néstor Kirchner a partir el frente electoral en la Capital Federal en el 2007, enfrentando a un “confiable” Filmus con un “oscuro” Télerman. Esa jugada buscaba, en último análisis, “crear” un adversario de “centro-derecha” manejable: si Filmus era derrotado, el resultado encerraría en la Capital Federal –de donde no se creía que pudiera salir- al gorilismo más acendrado y brutal. Macri llegó así al poder, pero quedó lejos -como puede comprobarse hoy, cuando ya es muy tarde- de quedar encerrado en la CABA.

La unidad popular contra el poder oligárquico

Volvamos ahora al presente y al futuro. Ignorar la discordia entre el plan macrista y sus votantes nos recuerda aquello de “es peor que un crimen, es un error”. Esa discordia es “la piedra filosofal” para las fuerzas populares, a la hora de formular planteos y propuestas que aíslen al enemigo, nos ganen el apoyo de los trabajadores y excluidos, nos devuelvan el favor de las clases medias y los pequeños empresarios; en suma, en el momento de reconstruir el campo nacional-democrático-popular, que está de pie, pero no tiene una organicidad eficiente y –recordar que por décadas el peronismo fue electoralmente imbatible, razón por la cual se le impedía votar– debería agrupar mayorías que son potencialmente más amplias de lo que pudimos ver en el mejor momento del ciclo anterior. Contamos, por esa razón, con todas las posibilidades de triunfar en la lucha, si se enfrenta con claridad la resistencia al saqueo del país, la destrucción de avances en la distribución del ingreso, el retroceso en la escala de la industrialización autocentrada, la creciente reunificación con los países de América Latina, la apertura a opciones diversas a las del imperialismo en el plano internacional, el atropello a la -de por sí condescendiente con los poderosos- institucionalidad heredada, la afectación de derechos sociales, culturales y democráticos del pueblo, en una palabra, el plan de subordinarnos al imperialismo mundial.

La “minoría intensa” que apoyó firmemente y despidió a Cristina en la Plaza de Mayo permite caracterizar al fenómeno kirchnerista como representativo de nuestra clase media progresista, en un “momento” de su viraje hacia posiciones nacionales[3]. Ese numeroso sector rechaza desde el vamos la restauración conservadora, aunque luce confundido con respecto a las razones que nos llevaron al retroceso actual.

Pero el impacto de la derrota no lo desintegró. Ha nutrido las movilizaciones, tan legítimas como necesarias, que cuestionaron la supresión ilegal de la Ley de Medios, los insólitos nombramientos a dedo en la Corte Suprema, los despidos arbitrarios y los atropellos que señalan a los apóstoles del “diálogo”, “la revolución de la alegría” y la “pobreza cero” , entre los que se destaca la detención de Milagros Sala. Con la movilización de los estatales, fue la vanguardia en las primeras batallas de una lucha que sumará numerosos actores, próximamente.

Para potenciarse y confluir con el torrente popular que derrotará al neoliberalismo, debe, sin embargo, imponerse una reflexión con relación al pasado inmediato y ahondar su comprensión de las exigencias que impone la concreción del sueño de emancipación latinoamericana, que vimos desarrollarse, desde el triunfo de Chávez en la patria de Bolívar, en adelante. Sólo así podrá comprender –ciñéndonos al caso de la experiencia argentina– esa derrota anunciada que significó, para el campo popular, el conflicto del gobierno de Cristina Kirchner con el movimiento obrero y la CGT, un punto trágico de inflexión, en la construcción de poder que se intentó a partir del 2003.

Sin aquel paso, a partir del cual maduró la fragmentación de las fuerzas propias que explica el despliegue demagógico de Massa y las derrotas electorales del 2013 y el 2015, no lamentaríamos hoy una derrota causada por “goles en contra”, si se nos permite el término. Por omisión, o respondiendo a sus prejuicios contra el sindicalismo peronista, el progresismo kirchnerista fue incapaz de anticipar las consecuencias del desacierto de la ex presidente, que privarían a su gobierno de un apoyo decisivo, como se verificó en los comicios antes mencionados. Es obvio, por otro lado, que la desdichada involución de los líderes sindicales del sector de Hugo Moyano y la vacilante y desteñida actuación del movimiento obrero, desde el 2011 en adelante, no es atribuible a Cristina Kirchner, y revela más bien la nulidad de la jefatura sindical para asumir, en el terreno de lo político, la defensa de los trabajadores, de la manera en que lo hicieron en otros momentos de la historia nacional.

¿Cómo podría explicarse, de lo contrario, la complicidad con Massa, un político “bien visto” por la embajada yanqui, que no casualmente es “una opción” a Macri, además de un cómplice del plan entreguista? Y, de un modo más general, ¿cómo, sino, explicar la propensión a canjear la modificación de las escalas del Impuesto a las Ganancias por el apoyo o la pasividad ante el arreglo con los buitres? Esta es una medida central del plan entreguista y sólo desdicha puede traer a los asalariados.

No obstante, la realidad también se impondrá aquí, y, tal como lo indican los indicios actuales, los reflejos defensivos de la clase trabajadora obrarán a favor de la unidad sindical y la lucha contra el gobierno, creando las bases para que todo el sector derive hacia una confluencia de las grandes mayorías. Lo mismo ocurrió en tiempos de Onganía: poderosas movilizaciones sepultaron el programa de aquella dictadura y dieron preeminencia a las tendencias combativas. De ese modo, generaron las condiciones que hicieron inevitable la restauración plena de la soberanía popular argentina, que culminaría con el retorno del exiliado Juan Perón al país. Pero precisamente por eso no solo hundieron al “colaboracionismo” sindical –que basaba su estrategia en la aparente imposibilidad de sacar al General Perón del exilio- sino también (esto es tema seguramente de otro debate, que por supuesto no podemos dar ahora) superaron los límites de la -por muchos otros motivos- tan respetada y admirable experiencia de la CGT de los Argentinos, que tampoco se planteaba ese objetivo como el eje de su accionar.

La crisis que aguarda al frente neoliberal macrista

El plan de Macri, al responder a la visión y el interés imperialista-oligárquico, no logrará evitar, aun contando con la plena complicidad de los medios de prensa, la respuesta defensiva de las mayorías de la población, que lo sumirá en la crisis y la descomposición final. Con un poder precario, producto de los extravíos y límites de nuestro propio campo, no pudo tener mayorías parlamentarias propias y, es obvio, tampoco goza del poder discrecional de un gobierno de facto. Esto tiene dos consecuencias, a saber: primera, necesita cómplices, además de mantener su unidad interna, algo que hoy parece sencillo, pero no lo será cuando la crisis política toque sus puertas; y en segundo lugar, cuando las papas quemen, sobrevivirá pisoteando la Constitución y las leyes, y apelando a la represión, tal como ocurrió en el gobierno de De la Rúa, antes del helicóptero. No sería imposible que en ese camino intente “innovar metodológicamente”, con las picanas eléctricas portátiles (“pistolas Taser”, que ya importó), las bandas de barrabravas armados, la aparición permanente de francotiradores y todo tipo de provocadores no siempre encuadrados, etc. Pero la receta general no podrá ser demasiado distinta.[4]

En consecuencia, con la pequeña burguesía que hoy lo respalda ya distanciada, terminará colisionando con sus tradiciones políticas democráticas; como se vio, vale señalarlo, en las protestas (aun la farsa tiene un fondo de verdad) de los radicales ¡y de Carrió! ante la designación inicial “a dedo” de los supremos para la Corte y en otros episodios más recientes. Si a esa fuente de potenciales conflictos se añaden los efectos de una política económica que quiere privilegiar la tasa de ganancia de las empresas imperialistas y los agronegocios, es posible prever, cuando las brumas se disipen, una furia creciente del pueblo argentino, que, reiteramos, posibilitará recuperar “la unidad nacional”, ausente en el gobierno de Cristina Kirchner… pero para enfrentar a Macri y el gabinete de la Ceocracia.

Esa realidad que, insistimos, se irá configurando, será el marco de una acción militante que debe apostar el reagrupamiento de las mayorías del país en base a lo que dictan sus intereses reales: y no (como propuso en su momento el diputado Carlos Kunkel) que dedicarnos a escrachar a los votantes de Macri, lo que implica confrontar con la mitad del país. Debemos explorar todos los caminos que permitan rehacer la unidad del pueblo y enfrentar el saqueo del país, el aumento previsible de la represión policial y el inevitable deslizamiento hacia métodos antidemocráticos de gobierno. No hace falta ser adivino para saber esto: no pueden convivir en paz el zorro y las gallinas. Lo verán, pronto, los votantes de Macri; al menos, la mayoría de ellos. Y la principal “ayuda”, para que así ocurra y se disipen las ensoñaciones del 22 de noviembre, vendrá del gobierno y la avaricia sin límites de los núcleos oligárquicos y los centros especulativos y financieros del mundo imperialista.

Para sustentar mejor nuestro pronóstico, va este añadido: una mirada que omita cuál es la lógica de una conducta de clase puede suponer que esos núcleos de poder económico “colaborarán” con “su gobierno”, sofrenando la voracidad antes aludida. Sería erróneo creer tal cosa: lo demostraron los monopolios de la exportación de granos, retaceando la liquidación de divisas prometida, para empujar al dólar más arriba, aun; y los grandes supermercadistas, trasladando sistemáticamente a los precios la devaluación, aun cuando los costos no guarden relación directa con la misma.

No podemos saber si Macri, en particular, creía que con decirle a los integrantes del poder económico que “los conocía” y que este iba a ser un gobierno “de ellos”, ganaría su confianza y le ayudarían a gobernar por “un pacto de caballeros”. No nos extrañaría, dada su estolidez. Lo indudable, en realidad, es que los poderosos sólo responden a la ley de la selva, si el poder del Estado los deja hacer. Por otra parte, los energúmenos que comandan el área económica sólo simulan el deseo de “frenar los precios” y se declaran listos a “tomar medidas”: ¿cuáles? ¡abrir la importación, obligar a los empresarios a “ser razonables”! Eso sí, ¡sin control de precios!

En criollo: o los argentinos (como consumidores) pagan los precios impuestos por la pandilla de monopolios salvajes o (en tanto trabajadores) se aguantan la pérdida de fuentes de trabajo, la ruina industrial y la fiesta de los importadores. Y, sea dicho con claridad, sabiendo que los monopolios en ningún caso sufrirán el daño, pagarán el plato las pequeñas y medianas empresas de capital nacional, incapaces de competir con los países asiáticos y cerrarán, como ya ocurrió con Martínez de Hoz y con Cavallo. La industria textil y del calzado, importantes para el empleo, serán posiblemente las primeras víctimas.

Y en lo que respecta a los verdaderos formadores de precios[5], Funes de Rioja, de COPAL, dijo de entrada que era “imposible” volver a los precios de noviembre y que Precios Cuidados “fue en realidad precios pisados”, algo que se supone es contrario a la “nueva” filosofía económica. Lo que vino a continuación es público y notorio. En términos generales, puede afirmarse sin mayores dudas que vamos a sufrir un retroceso industrial, aumentará la desocupación y el deterioro del ingreso, mientras se abandona la defensa de la economía nacional, se destruyen avances en la investigación y la ciencia y se niegan nuevamente los recursos financieros a la educación y la salud, en beneficio de su privatización. Ya es notorio el sufrimiento social, pese a la acción diversionista de los medios. La baja en la recaudación tributaria muestra la caída en el consumo popular. No aparecen las “inversiones” y el déficit del comercio exterior crece al compás de la “apertura” externa. Y nada cambiará con la contracción de una nueva deuda externa, ya que, dejando a un lado el pago a los buitres, lo que va a financiarse no son obras de infraestructura necesarias, sino el acrecentamiento de la fuga de capitales.

Algunas incógnitas del futuro inmediato

Los mayores interrogantes, en realidad, están en el campo de las fuerzas populares que, aunque fueron parcialmente revitalizadas por la política del kirchnerismo y no han perdido, tras la derrota electoral, su capacidad de movilización, carecen de unidad política y organizativa y no reconocen una jefatura universalmente aceptada y, por lo tanto, eficiente. El macrismo lo sabe, y despliega movimientos tendientes a desarticularlo más aún, y transformar en cómplices de la restauración y la entrega a todos los desmoralizados por la derrota popular.

La acción extorsiva dirigida a obtener el respaldo a la negociación con los buitres, sobre gobernadores e intendentes –era insuficiente el apoyo legislativo de Massa, Urtubey, De la Sota y Cía, para ganar en el Senado– nos retrotrajo al cuadro del parlamento anterior a la crisis del 2001, la “ley Banelco” y otros contubernios típicos de una decadencia sin fin. La manifiesta brutalidad cuasi mafiosa de los métodos empleados no altera este cuadro general, y en todo caso levanta una grave acusación contra aquellos que nos prometían una “transición democrática” entre la “izquierda” y la “derecha”: ¡en un país semicolonial donde la mayoría popular “convive” con una minoría sin patria, una mixtura oligárquico-imperialista!

El internismo sin límites ni contenido programático, con las excepciones del caso; la necesidad de ceder, en nombre de “la unidad”, ante quienes postulan “la defensa de la gobernabilidad”; son signos, todos, que completan un cuadro de pérdida de rumbo y capitulación impúdica ante la restauración neoliberal, que parece reinstalarnos, sin aprender ni olvidar nada, en los tiempos del besamanos a Carlos Menem.

Estos datos coyunturales, sin embargo, deben juzgarse con referencia a lo central: en todos estos años, desde la derrota ante Alfonsín en adelante, nada sustituyó a Perón, en la aptitud para dar al movimiento peronista una orientación nacional y un liderazgo incuestionable. Y, para juzgar en ese punto los doce años de la experiencia kirchnerista, promoviendo una reflexión orientada a la superación de los problemas estratégicos, es necesario ser claros: con vistas a la tarea de construir una conducción efectiva del frente nacional y recuperar sus dotes de fuerza electoral imbatible, el kirchnerismo desaprovechó una oportunidad histórica.

No quiso o no supo confiar en la iniciativa y el protagonismo popular; impuso, sin persuadir, apoyándose en el Estado y su poder de cooptación y coerción, una jefatura verticalista, particularmente rígida; se descartó, por tanto, la posibilidad de librar un amplio debate ideológico-táctico; y en lugar de impulsar el desarrollo de la militancia, la arrinconó en un apoyo acrítico y pasivo, sustituyéndola por un sistema de operadores sumisos que hacían carrera con el “culto al jefe”. Es difícil imaginar que desde el llano (perdido el poder por su mezquindad y sus contradicciones) tenga más suerte en la lucha por estructurar una nueva síntesis de las fuerzas nacionales.

Este pronóstico aproximativo, por otra parte, debe ser evaluado en el marco general de la crisis del peronismo, la que a su vez constituye parte del fenómeno de la crisis de la representación, que estalló en el 2001 y se resumió en el grito “¡que se vayan todos!”.

Las fuerzas tradicionales, incluso el peronismo, quisieron ver ese viraje histórico como un mero episodio. No era así. El bipartidismo clásico de la Argentina desapareció entonces; quizás para siempre. El radicalismo quedó reducido a cenizas; comenzó una lucha por sobrevivir a cualquier precio, que lo llevó esta vez a la Alianza de Macri, que aumentará su descrédito. El peronismo, fracturado en tres fórmulas en la elección que dio inicio al ciclo kirchnerista, cuya fragmentación hoy es inocultable, ha cerrado “su” década con una derrota quizás más profunda que la sufrida en las elecciones de 1983, ante Alfonsín.

Es verdad que, durante doce años, logró dar al país el mejor gobierno que puede recordarse, después de la muerte del General Perón. Pero también es cierto que, reiterando antecedentes ya crónicos del peronismo, ese gobierno lesionó a medias los intereses del estáblishment, pero lo dejó intacto, en su poder económico y su capacidad de fuego, para volver a caer, tal como ocurrió en 1955, 1976, 1983, con la derrota ante Alfonsín, 1989 con la entrega menemista, y esta última vez, derrotado por un payaso del circo imperialista.

Por otra parte, a los fenómenos de fragmentación actual ya referidos (gobernadores, estructuras del PJ, núcleos cristinistas) debe añadirse la dispersión de su fuerza en el movimiento obrero y, con una grave responsabilidad de la “cúpula K”, la acentuación del distanciamiento entre la “rama política” y la rama sindical, que nació en tiempos de la “renovación peronista”, fue revertida bajo Néstor Kirchner, se tornó fatal después de las elecciones del 2011, prometía suturar en un gobierno de Scioli, pero después de la derrota es tan marcada que ambas estructuras (rama política y sindicalismo peronista) obran siguiendo órbitas inconexas, sin atisbos de un plan mínimamente acordado.

 La clase trabajadora y los dirigentes sindicales, frente al gobierno de Macri

El equipo macrista busca ganar a las conducciones sindicales, con la entrega del manejo de fondos correspondientes a las obras sociales, que fueron retaceados por el gobierno anterior, en el marco de su empecinamiento por ignorar el peso del movimiento sindical, entre otras medidas de una cúpula signada por un característico “progresismo” pequeño burgués que terminó casi convirtiéndose en marca de fábrica del kirchnerismo en sus etapas finales.

Ese “progresismo”, como sabemos, suele moralizar sobre las deformaciones burocráticas de los dirigentes sindicales, mientras vacila en enfrentar con igual ímpetu a la sobreestimada “burguesía nacional”, que busca seducir con inútiles concesiones, como si ganar su apoyo, siempre esquivo, mereciera arriesgar el apoyo de los trabajadores, la capacidad de frenar una ofensiva oligárquica, y su peso electoral.

Seamos claros: en las filas de la clase trabajadora estas políticas de la cúpula K alimentaron a Massa, y añadieron también votos a Macri. Aunque estas derivaciones, que no caracterizaron únicamente a una porción de los líderes sindicales –un porcentaje de los asalariados optó por votar esta vez a Macri, algo que requiere una explicación– están señalándonos una pérdida de olfato que evidencia, creemos, cierta dilución momentánea en la identidad política y la aptitud rumbeadora del proletariado nacional, afectado por la acumulación de experiencias frustradas que ha protagonizado en las últimas décadas el movimiento fundado por el General Perón.

También, en términos más generales, revela la actual carencia de un partido o un movimiento nacional capacitados para brindar a la clase trabajadora un canal de acción política… ¡y menos aún de sostener su programa nacional-democrático frente a todos los sectores del campo popular!

No sería sensato, de nuestra parte, dados sus antecedentes, concebir ilusiones sobre la voluntad de los jefes del movimiento sindical de promover por su propia voluntad la resistencia popular a Macri. No obstante, salvo personajes ultracorrompidos y carentes de una base capaz de presionarlos, de la índole de Venegas, las direcciones sindicales no firmaron un cheque en blanco ante el soborno (que en rigor y en el caso de los fondos de las obras sociales consideran con justa razón mera restitución de un derecho pisoteado por el gobierno kirchnerista). La insistencia (cada vez más estentórea) en torno al tema del mínimo no imponible y las escalas del Impuesto a las Ganancias permite confirmarlo.

Ante el deterioro salarial y la destrucción progresiva de fuentes de trabajo, Macri enfrenta una resistencia creciente, con picos de movilización y fortalecimiento paulatino de las corrientes más lúcidas y combativas, e incluso –como puede verse en el caso de los bancarios o en las posiciones que adopta sistemáticamente el diputado (y dirigente sindical de los canillitas) Omar Plaini– de dirigentes veteranos en sindicatos pertenecientes a la CGT Azopardo liderada por Hugo Moyano.

Las conducciones combativas, además, si el liderazgo peronista es incapaz de dar a la Nación los instrumentos necesarios para enfrentar al régimen, procurarán crearlos, al comprobar que el stablishment y los energúmenos que lo sirven quieren someternos a cualquier precio, sin excluir la represión y el derramamiento de sangre. Al comprobar, en definitiva, que si las masas populares no lo impiden, el plan hambreador y de retorno al coloniaje terminará por arrastrarnos a un grado de primarización de la vida económica incompatible con la subsistencia de las mayorías urbanas que pueblan el país.

Consecuentemente, aun sin ignorar las insuficiencias del sindicalismo y la corrupción de porciones de su conducción actual, no incurriremos en el sectarismo ultraizquierdista y su desorbitada visión de los dirigentes sindicales peronistas que expresan, en general, la inmadurez política del conjunto del movimiento y responden a la fórmula de presión-negociación que caracterizó al vandorismo. Carecen obviamente de aptitud para representar en términos políticos a la clase trabajadora, pero no pueden eludir la presión de su base. No ignoran que defender sus reivindicaciones inmediatas es el único modo de perpetuar su poder en los sindicatos, cuya capacidad de acción, a su vez, se verá menguada si el estrago neoliberal hace que cundan la desocupación, la precariedad y las fórmulas de sobrevivencia individual que impone el angustioso “sálvese quien pueda”.

Nuestras tareas: respuesta coyuntural y superación estratégica

El criterio rector, en el marco de la restauración conservadora, es aunar las fuerzas que resisten su plan, impulsando las más variadas expresiones de resistencia. Ante la reedición –por su contenido, aunque sea el producto del voto popular– de la mal llamada “revolución libertadora”, con toda su carga de revanchismo clasista y ciega destrucción de todo lo ganado en el ciclo popular, no puede alegarse que “el fracaso de Macri es el fracaso del país”. Sólo el cinismo –descartamos un grado de estupidez equivalente– puede dictar esa fórmula de supuesta “oposición constructiva”, cuando los hechos nos dicen todo lo contrario: si Macri logra imponer su plan, pierde la patria y sufrirán las grandes mayorías del país. Preguntemos, para despejar dudas: ¿qué podría ganarse reduciendo la capacidad productiva del país y el consumo de la población? ¿qué beneficios nos dará reendeudar a la Argentina, no para expandir su infraestructura y fortaleza, sino para financiar la fuga de divisas y la especulación financiera? ¿qué obtendremos a cambio de transferir ingresos del consumo de la población a las mineras de capital extranjero, la renta oligárquica del parasitismo pampeano, y los núcleos de poder económico concentrado? ¿cuál será el fruto de resignar soberanía ante los EEUU y los decadentes países del centro imperialista? Estos son apenas un par de ejemplos. Engordarán (usamos un símbolo, pero acierta el que lea literalmente) los buitres de todo género, adelgazará el país.

Consecuentemente, desde la Izquierda Nacional, en toda la medida en que seamos capaces, nos proponemos respaldar todas las manifestaciones de la resistencia nacional al despliegue macrista, procurando abreviar la agonía actual. Al mismo tiempo, somos conscientes de que la prolongación del ciclo de decadencia nacional, tanto como la carencia de una solución definitiva a la frustración que arrastra el país desde 1955 pone en entredicho la posibilidad misma de construir un país en el que las nuevas generaciones puedan vivir. Es preciso recrear el Frente Nacional, en cada rincón de la patria y en cada uno de los ámbitos de la pluralidad social cuyos destinos dependen del destino colectivo. Hay que liberar a la Argentina, asociada consistentemente con América Latina.

Debemos luchar, todos los días. Pero nuestras luchas y esfuerzos parciales no llegarán a buen puerto si el movimiento nacional, reconstruido por la iniciativa y el protagonismo de los patriotas, no avanza sobre las fuentes materiales del poder oligárquico: su monopolio de la renta diferencial pampeana, sus vínculos indisociables con el sistema financiero global y ese núcleo que agrupa a las empresas imperialistas y la gran burguesía transnacionalizada de la Argentina, que concentran en muy pocas manos el 70% de la producción material. La lucha por la liberación nacional y la justicia social implica dar los pasos que el peronismo no ha podido, sabido, querido o imaginado dar contra aquellos capítulos del registro de propiedad que santifican el derecho al saqueo del bloque parasitario que gobierna el país desde la caída de Moreno y la Revolución de Mayo.

¡Por las banderas históricas de la Soberanía Política, la Independencia Económica y la Justicia Social, que no pueden rendirse ante el altar oligárquico!¡Por un gobierno patriótico y popular!

Córdoba, 30 de abril de 2016

Notas

[1] Contra la necesidad oligárquica de apartar al pueblo del poder político, proscribiendo a las mayorías, hemos defendido siempre el derecho a elegir del pueblo argentino, asumiendo como nuestras las luchas yrigoyenistas por el sufragio libre. Eso no significa, sin embargo, ignorar la existencia de una ideología dominante de matriz oligárquica, que pesa sobre las conciencias y, menos aún, la abierta manipulación a que someten a la opinión pública los medios masivos de comunicación dominantes, relativizando la efectiva “libertad de votar”.

[2] Las “negociaciones” para canjear la modificación del Impuesto a las Ganancias, a favor de los trabajadores, por el apoyo de los sindicatos a la negociación con los buitres, a más de comprometer al movimiento obrero en esa canallada antinacional, implicaron caer en la inconcebible ilusión de que la situación de los trabajadores puede “salvarse”, mientras las políticas neoliberales arruinan al país ¡Qué lejos están en estas horas algunos dirigentes sindicales de las tres banderas del General Perón y sus enseñanzas prácticas!

[3] Hasta el 2011, ese viraje le permitió convivir (incluso “comprender” que Hugo Moyano era un aliado necesario) con el movimiento obrero real, dentro de las filas de los adictos al poder, pero la ruptura de Cristina con el movimiento sindical, que destruía la alianza de las clases mayoritarias fue justificada de inmediato por el “progresismo” seminacional, proclive a tachar por razones “morales” al sindicalismo peronista, en el que encuentra vicios que no percibe en otros líderes gremiales, pequeño burgueses, afines a la visión “progresista” del mundo.

[4] Qué puede esperarse del macrismo más duro si una “moderada progresista” como su aliada Margarita Stolbizer insinuó que a Cristina Fernández de Kirchner le correspondía una inhabilitación especial y vitalicia para ocupar cargos públicos…

[5] Los que, desde que Mauricio Macri es presidente, volvieron a aparecer –tímida pero claramente- como responsables por los “deslizamientos” hasta en los medios concentrados del dúo Clarín-La Nación. Antes, cataratas de información amañada negaban la existencia misma de esos formadores y atribuían toda la responsabilidad por cualquier incremento del índice de precios al gobierno nacional.

LOS RADICALES Y MACRI: UN PASAPORTE HACIA EL ABISMO

Sanz Morales MacriLa nota que publico nace por pedido de la revista POLÍTICA, el órgano teórico de PATRIA y PUEBLO – Socialistas de la Izquierda Nacional. El N° 16 apareció ya, y puedo subir el texto a la página. Ojalá los lectores, antes que un alegato anti-radical, vean en el tratamiento del tema la sugerencia a retomar la tradición irigoyenista olvidada.

La degradación de un partido –el abandono de sus principios, una política reñida con sus orígenes y tradiciones– suele reflejar transformaciones sufridas por su base social, que por diversas causas ha dejado de ser lo que antes era. Pueden haber cambiado las condiciones reales, como ocurrió en  el caso del proletariado europeo: este, adormecido por las mejoras que la plusvalía colonial llevó a las metrópolis, no resistió el desarrollo de tendencias revisionistas en la socialdemocracia, que se hicieron mayoritarias, para tornarse, más tarde, cómplices desembozadas de su propia burguesía y el saqueo colonial, sin que eso originara una crisis de representación. Nada es eterno, no obstante. Erosionadas las bases del Estado de Bienestar, en esta época, la persistencia socialdemócrata en someterse al orden neoliberal afecta claramente, ya, los intereses de sus electores, sin conmover a  la elite vetusta que la dirige. Políticamente, es fundamental distinguir entre ambos momentos, ya que hoy germina en suelo fértil la ruptura entre las bases y su expresión política. Este cuadro, que  puede extenderse al resto del primer mundo, como lo prueba el triunfo de Donald Trump, tiene similitudes con lo que ocurre entre nosotros, pero también diferencias. En la Argentina, no ha sido la gordura, precisamente, la que alentó el conservadurismo que observamos en el sistema político partidario. Consecuentemente, la crisis de representación, que se hizo notoria en el 2001 (“que se vayan todos”), debe encontrar su origen en otros motivos.

En la historia nacional hemos visto, cabe recordarlo, la agonía y fragmentación de fuerzas que, en tanto es posible, habían alcanzado los fines que les dieron origen. Cuando es así, el subsuelo social que les dio sustento tiende a replegarse, aislar a los luchadores, y tolerar que los otros se integren al orden antes cuestionado. En términos generales, esto sucedió primero con el roquismo y, años después, con el radicalismo histórico. Tras recorrer el camino que lo llevó a er, con la jefatura de Irigoyen, un gran movimiento nacional de masas, había logrado el sufragio libre, y alguna mejora en la democratización de la renta. Para los irigoyenistas, el radicalismo era una “Causa” sagrada, y hasta un sinónimo de la nación misma. El examen de su frustración y la alvearización posterior no será reiterado, aquí.  Nos remitimos a textos clásicos de la Izquierda Nacional, que lo han tratado de un modo amplio. Nos basta recordar que la crisis del 30 mostró que su programa estaba agotado, por carecer de un proyecto de industrialización del país. Sin superar el modelo “de los ganados y las mieses”, sin un plan de desarrollo integral, nada ofrecía, ya. Y, tras enterrar física y políticamente a Irigoyen, pasaría a constituirse como la facción popular del orden vigente, con la excepción de FORJA y el sabattinismo cordobés. Las corrientes nacionales no impedirían, empero, ante la emergencia del peronismo, el radicalismo se integrara al frente oligárquico.

Esta identidad antiperonista, sin embargo, no contradecía a su base social. Por el contrario, con la excepción de una minoría que votó por Perón en 1946, las clases medias odiaban al General y a la clase obrera que le daba apoyo. Operaban, alimentando esa conducta, dos fuerzas concurrentes. Por un lado, el influjo político-cultural oligárquico, enajenando a vastos sectores sociales, incluida la “izquierda” del viejo país, satelizada al mitrismo para mirar nuestra historia, alienada a Europa o a la diplomacia soviética. Pero existían, también, razones derivadas de los límites y contradicciones del movimiento fundado por el Coronel Perón, quien puso en manos del nacionalismo oligárquico –el caudillo popular condenaba a “los piantavotos de Felipe II”, pero les cedía espacios en la esfera ideológica– la universidad y la cultura, cancelando la posibilidad de una confluencia entre la clase obrera y la mejor fracción de las clases medias. Más interesado en el desarrollo industrial, en otras franjas renuente a seguir al liberalismo oligárquico, el viraje posible de este sector hacia posiciones nacionales era bloqueado por dos usinas, con terrorismo ideológico: desde la “izquierda” cipaya, al calor de la lucha “antifascista”; desde la orilla opuesta, por el “nacionalismo” católico oligárquico y su convite a reverenciar la Cruz y la Mazorca, que confirmaba el “corporativismo” del tirano Perón, con una “confesión” de sus presuntos fieles. Por todo lo cual no podría hablarse de una relación conflictiva entre los sectores medios y sus representaciones políticas, en ese ciclo, cerrado con el golpe de 1955. Después del mismo, nada iba a ser igual. Disipadas  las creencias –Perón no era el culpable de todos los males– que sostenían el limbo pequeñoburgués, el origen de sus trastornos debía tener otra explicación. El desarrollismo radical de Frondizi, una renovación no agrarista y menos arcaica dentro de ese mundo, pretendió aliarse al capital extranjero y levantar la industria con esa ayuda y sin herir a la oligarquía. La ilusión fue fugaz, pero sería reiterada durante décadas, mientras los partidos de clase media, ineptos para enfrentar las nuevas realidades, empezaban a fracturarse y a generar, ahora sí, una crisis de representación, aun incipiente.

De la inconsistencia alfonsinista a la crisis del 2001  

Esa crisis prometía madurar y de hecho amenazó con sepultar a los aliados del golpe del 55, con el desarrollo de una nacionalización de las clases medias, en el ciclo de alzamientos que culminaron en el Cordobazo. Si el proceso aquél no hubiese abortado, al desatar las contradicciones y batallas sangrientas en el seno del peronismo, los vetustos partidos serían hoy un paleozoico muerto, para entretener arqueólogos. Pero, vinieron a impedirlo la masacre de Ezeiza y el final catastrófico de la presidencia de Isabel. El retroceso consiguiente, dentro y fuera del peronismo, explica el Proceso, y prolongó la vida de los viejos partidos; los dinosaurios tuvieron otra oportunidad. Hace muchos años, en una nota juvenil, dije que las ideas de Raúl Alfonsín no mejoraban el conservadurismo de Balbín; le añadían, sí, el matiz antiperonista que este omitía para mejorar el diálogo con el General Perón (1). El fantasma de Isabel, con los grupos armados y el record de balaceras (Herminio Iglesias servía para evocar ese aquelarre) fue, en las elecciones del 83, un “mar de fondo”, que posibilitó el triunfo de Raúl Alfonsín, transformado en “lo nuevo” por la evocación del horror. Nunca, después de Irigoyen, otro radical enfervorizaba a las clases medias en tal grado. Sabemos cómo acabó esto, que desde nuestras filas fue señalado como promesa democrática “sin liberación nacional”(2). Esta combinación, inepta para responder a las necesidades básicas de un país semicolonial, traduce la ignorancia de esa condición. El resultado fue la defraudación del pueblo y la emergencia de los proyectos que anticiparon al menemismo, formulados por Terragno y otros “modernizadores”. En nuestros días, cuando ciertos radicales, como Moreau, plantean una orientación afín a los orígenes y bases populares de la UCR, alzando la figura y las posiciones del presidente posterior al Proceso, no deberían desconocer que las líneas de ruptura, durante su gobierno, eran contrapesadas por la continuidad, fatídica, con el programa económico de Martínez de Hoz. No lo decimos con ánimo negativo, sino para alentar un replanteo estratégico, que afiance el viraje que intentan concretar.  Vale señalar, en el mismo sentido, que no aludimos a una tarea que deba cumplir el radicalismo en soledad. Creemos, por el contrario, en la necesidad de que todos hagamos, ante la trágica realidad que aflige a la Argentina, un balance crítico de las últimas décadas, creyendo que se trata de una tarea ineludible para construir (o reconstruir) un sujeto político apto para liberar definitivamente a la patria.

Después de Alfonsín, en lugar de abordar esa tarea, el radicalismo retrogradó, abandonando toda inclinación progresiva, hacia una posición más conservadora. Con De la Rúa, decidió perpetuar las  políticas de Cavallo, y terminó confiándole la conducción económica ¿Cómo podría asombrarnos, después de la crisis del 2001, su debacle electoral de 2003? Es obvio por qué padece el descrédito, la fragmentación, la insignificancia electoral, desde entonces. Sin embargo, con pocas excepciones, ya señaladas, no hay replanteos siquiera parciales, sino decadencia. Esta se manifiesta de diversos modos. Por un lado, como subordinación de las políticas en la esfera nacional a las necesidades de los aparatos de cada provincia; por otro, como inclinación a buscar en figuras ajenas un perfil apto para arrastrar votos, y salvar la representación parlamentaria del partido, aunque implique perder el perfil propio y renunciar a la lucha por recuperar prestigio; como vacío ideológico y disposición a orbitar alrededor de otros partidos (desde el “socialista” hasta el PRO), a condición de que brinden la mejor chance posible, en las miserables pugnas por “el reparto de las achuras”. Esos cálculos tan mezquinos y estrechos perpetúan la crisis, aunque aseguren cargos a un voraz aparato, impávido frente al riesgo de muerte partidaria. Seamos justos, no están solos: una crisis de representación política afecta al sistema de nuestros partidos. En el caso que nos ocupa, amenaza con liquidar a un partido centenario. No por azar el último candidato radical a la presidencia, Leopoldo Moreau, sólo cosechó en las elecciones del 2003 un 2,33 % y terminó sexto, lejos de los más votados (dos disidentes de su mismo partido, López Murphy y Carrió, y tres (¡) peronistas, Menem, Rodríguez Saa y Kirchner, que completaban un cuadro de fragmentación inédito).

La alianza Cambiemos

Un nuevo capítulo en la lucha por detener ese curso ruinoso –sin indagar las causas del desquicio partidario, y formular un programa que “vuelva a enamorar” a sus bases sociales, con autocrítica y honestidad– fue poner los ojos en Macri, contra la opción de un frente de “centro izquierda”, por adoptar una jerga que nos resulta impropia, pero se usa para definir, entre  otros, al “socialismo” de Binner y, yendo hacia la “izquierda”, a Pino Solanas y Libres del Sur. Es obvio que, si la UCR iba a las elecciones en una alianza con estas fuerzas, que hubiera encabezado, Macri no sería presidente hoy. Y hubo vacilaciones, es claro. Peor, aun: es verosímil suponer que no se eligió al PRO en virtud de afinidades ideológicas y programáticas, aunque simpatizara con Macri su derecha oligárquica, liderada por Sanz, Morales y Aguad. La Convención en Gualeguaychú se esmeró en compatibilizar todas las alianzas, desde la variante santafesina hasta el juego a tres bandas, en Jujuy. Es evidente, sin embargo, “la capacidad de convencer” que tuvo allí la presión del stablishment; fue decisivo, junto al “atractivo” del mentiroso apoliticismo conservador y los globos amarillos que acompañan a Macri. Pero el origen oculto de la sociedad con Macri, luego de Lavagna, De Narvaez, Kirchner (3), etc, que ahora puede tornarse una atracción fatal, es el fracaso, no superado, de la experiencia de Alfonsín. El sector “progresista” carece de convicciones; es arduo, sin ellas, resistir las políticas del  sector oligárquico que tiene como oponente. Y esa misma endeblez ideológica y política le impide prever (o, si es capaz de prever, obrar en consecuencia) la magnitud del daño que su alianza con el PRO puede causarles, mientras entrega el país al capital financiero y los agronegocios, sumiendo en la ruina a la producción y el comercio, y a las mayorías alimentadas por el mercado interno. Sin exageración alguna, se juega la pervivencia del centenario partido. El conservadorismo extremo de algunas de sus figuras –con Morales en Jujuy, la prepotencia y el racismo nos retrotraen a épocas que se creían superadas después del peronismo, cuando reinaba sin ley la oligarquía norteña – no es motivo para ignorar otras vertientes del universo radical, que subsisten en una fuerza de origen popular. Entre ellas, ocupa un lugar influyente sobre el resto una fracción del mundo universitario, que en las últimas décadas respaldó –en parte por inercia, mientras mantenía a salvo sus intereses sectoriales y su tradición democrática– electoralmente a Franja Morada y las corrientes afines del cuerpo docente y los centros de investigación. Esa relación, hoy, sufrirá los embates del ajuste macrista y su completo desdén por la tarea científica, inútil para un modelo de reducción del país a la producción primaria y la “integración” satelizada a los centros imperialistas. Esto provocará –lo muestran las derrotas en recientes congresos de la FULP y la FUC, entre otros casos– conflictos y quebrantos entre las bases del radicalismo y esa cúpula interesada en cuidar su mezquina “cuota  de poder”, aun al precio de sacrificar a sus adeptos e hipotecar el futuro. Y, en el caso de sectores  más conservadores y amorfos, un extrañamiento similar es previsible en las franjas empobrecidas de  la clase media y aquellas cuya subsistencia depende del dinamismo del consumo popular, que las políticas neoliberales afectarán crecientemente. El triunfo de Macri, a diferencia del obtenido por Mitre en Pavón, no tiene porvenir. Su destino es unir al país en su contra. La elite oligárquica, que atrajo al pelotón de radicales desmoralizados, con el auxilio de Sanz, Morales y Aguad, los usa como segundones de la restauración conservadora, pero puede llevarlos a un entierro definitivo. La alternativa opuesta, apostar a la construcción de un vasto movimiento de fuerzas nacionales, democráticas y populares, implica encontrar en la propia historia otras fuentes de inspiración, que permitan traer al siglo XXI una versión actualizada de los propósitos de Irigoyen, su firmeza de principios, su entrega al país y solidaridad en la causa de la emancipación latinoamericana.

Córdoba, 30 de noviembre de 2016

(1) En “El gran acuerdo Balbín-Alfonsín”, titulado para aludir a la fórmula de Lanusse del “acuerdo” con Perón, al que se intentaba domesticar, señalé la liviandad del “progresismo” de Alfonsín, sólo apta para jóvenes radicales cuyo “izquierdismo” se limita a repudiar por “derechistas” (¡of course!) a los dirigentes sindicales. Cualquier semejanza con los ultraizquierdistas no es casual y responde al común origen de clase. Ver: Revista “Izquierda Nacional” N° 21, mayo de 1972. Leer en el sitio   http://aurelioarganaraz.com/politica-argentina/el-gran-acuerdo-balbin-alfonsin-1-2/

(2) “Alfonsín, el pensamiento colonizado y la crisis semicolonial argentina”, Jorge E. Spilimbergo, folleto, 1983. También “El fraude alfonsinista”, del mismo autor, Ediciones José Hernández, 1989.

(3) No podemos hacer, en esta nota, un examen particular de la aproximación de un sector radical al kirchnerismo, que Cobos desprestigió, pero también incorporó a un aliado leal, el gobernador de Santiago del Estero, Gerardo Zamora. Lamentablemente, el ala zamorista es una formación que cuenta con adeptos exclusivamente en su provincia, sin una proyección nacional visible.