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LOS ORÍGENES DE “LA GRIETA”

La respuesta al desafío electoral, por parte de Cristina Fernández de Kirchner fue, mientras el gobierno de Macri apostaba a profundizar “la grieta” y explotarla a su favor, presentar al país, y al universo peronista, la fórmula de candidatos Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner. Desbarataba, así, varias de las maniobras que Macri y su banda estaban desplegando para obstruir la unidad y la suerte electoral de las fuerzas nacionales, entre las cuales nunca se descartó la posibilidad de reiterar, en la Argentina, el tortuoso trámite del Lava Jato brasileño, poniendo en prisión a la ex presidente. Aún así, el tema de “la grieta” sigue presente, siendo la referencia obligada de los partidos, los mensajes electorales y la perspectiva que, triunfante en las elecciones –si, como esperamos, esa es nuestra fortuna– debe trazarse el gobierno popular, en la lucha por ampliar sus bases de sustentación y rescatar al país del abismo en que lo sumergió el actual gobierno. Si pretendemos, como es obvio, que no vuelvan, debe elaborarse un programa que nos libere definitivamente. En ese marco, examinar los orígenes  y “la lógica” de “la grieta” es, a mi juicio, contribuir al esclarecimiento de los grandes problemas y las tareas que aguardan a las fuerzas patrióticas.

LOS ORÍGENES DE “LA GRIETA”

Racionalidad e irracionalidad en la actualidad argentina

LA GRIETA

 

El principal interesado en superar “la grieta” es obviamente el campo popular y, por lo tanto, el beneficio de preservarla es un afán del campo oligárquico. Construirla y renovarla fue (sigue siendo hoy) una tarea del sistema de medios monopólicos, con el Grupo Clarín, el diario creado por el General Mitre y los cuscos menores trotando detrás. Fue una victoria suya, en la última década, envenenar a un sector importante del público. El viejo recurso de la moral pública, por falaz que sea, en boca de los autores de ese gran latrocinio que fue Papel Prensa, de evasiones de impuestos largamente millonarias, y un largo etcétera, siempre ha sido útil para poner bajo sospecha a los gobiernos populares, que disgustan al orden social dominante, cuyos titulares no resistirían el menor examen, pero pueden fungir como censores éticos, por ser también los dueños del sistema mediático. De todos modos, no sólo explotan ese filón. Saben captar todas las debilidades del liderazgo popular, y usarlas contra él. Y manejan a la perfección, si nosotros lo permitimos, las contradicciones que existen en el seno de las mayorías, para aplicarnos la consigna “divide et impera”. La medida de su éxito, suele decirse, es “que los pobres voten lo que los ricos quieren”. En nuestro caso, esa es nuestra desdicha, “la grieta” no responde a un choque de intereses necesariamente opuestos. Si fuera así, a un costado de la grieta estarían los especuladores, las grandes empresas de capital extranjero, los terratenientes pampeanos y muy pocos más, una ínfima minoría, constituida por los sectores verdaderamente beneficiados por el orden oligárquico. Y en el costado opuesto, las mayorías populares, cuyos intereses son coincidentes con la custodia del interés general y la defensa de la patria, tanto en sentido económico como respecto a ubicarnos en el contexto global. No siendo así, “la grieta” deviene del triunfo oligárquico sobre las grandes mayorías, perturbadas por la influencia ideológica del bloque imperialista, que ha sabido aprovechar los errores tácticos del campo popular y, sobre todo, sus incoherencias y debilidades para procesar las “contradicciones en el seno del pueblo” de una manera adecuada, aislando al enemigo. Intentaremos analizar estas cuestiones, con el propósito de señalar cómo debería superarse el problema, beneficiando nuestra causa, que es la causa del pueblo argentino.

Entender la grieta, al mismo tiempo, nos da las claves del drama nacional y la perspectiva para saber cómo construir una mayoría amplia y sólida. En el presente, las debilidades políticas e ideológicas del campo nacional hacen que la misión de “superar” (involuntariamente, al dañar al país y sumergir a la población en situaciones desesperantes) “la grieta” corra por cuenta del gobierno de Macri; éste podría unir a las clases populares, en defensa propia, para impedir que siga destruyendo el país. Si esto ocurre, o no, lo dirán los hechos. Pero, más allá del momento, hay motivos estratégicos para cerrar “la grieta” e impedir que se reconstituya: ampliar la base del movimiento popular, obtener para el mismo una solidez que hoy no tiene. Es imposible transformar la Argentina sin una gran alianza de las grandes mayorías. Si echamos a Macri con fuerzas precarias, sin fortaleza propia y sin emprender un proceso de liberación nacional, sólo habrá intervalos de gobierno popular, entre devastadores ciclos de poder oligárquico. Es la lección de las últimas décadas, lo que nos afecta aún y amenaza con hacer de la Argentina un país inviable.

En los flancos de “la grieta”, las cargas emocionales –intentaremos explicar qué motivos han hecho que sea así– obstruyen la reflexión (1). Y surge la creencia, falsa a nuestro juicio, de que nada pueden hacer las personas, para extinguir odios que son recíprocos; superarlo estaría “en manos de la historia”. Ésta mostrará a los necios cuán errados están, si esos necios tienen cura. En este marco,  “el otro”, para redimirse, debe sufrir, como San Pablo, una Conversión.

Esta grieta ¿es la de siempre?

Más de uno (2) ha dicho que en la Argentina siempre existió la “grieta”. Algo de razón hay, en esa tesis. Pero la verdad, sostiene Lenin, es siempre concreta. Decir que “la grieta” es una vieja antinomia (porteños/provincianos, radicales/conservadores, peronistas/gorilas) es un modo de salir del tema… sin haber entrado. Pero no analizarlo, naturalizar la cuestión,  hacer de ella una fatalidad histórica, es predicar la impotencia (frente al destino, nadie la talla, dice el tango). Operativamente, es colaborar con quienes explotan lo que Mao llamaba “las contradicciones en el seno del pueblo”, por un lado. Y, por el otro, eximir de responsabilidades al liderazgo del campo nacional-popular, que, como luego veremos, le facilitó las cosas al poder oligárquico, el actor principal en trastocar los términos del debate público y fomentar discordias en el seno de nuestro pueblo (3).

El desliz más frecuente, en las miradas fatalistas, es señalar una supuesta invariante: una parte del pueblo argentino –nuestras clases medias– no tiene remedio. Dice una canción, que evoca  a Jauretche, ignorando su optimismo, base insoslayable de la batalla cultural: “cuando muere  el zonzo viejo/queda la zonza preñada”. No estamos de acuerdo. Seguimos “preñados”, eso sí, de la endeblez ideológica y las contradicciones manifiestas del nacionalismo popular. Esta nota procurará demostrarlo, al reconstruir los sucesos del pasado próximo, con fría objetividad (4).

En primer lugar, “la grieta” actual –esto no ocurría en las ocasiones que se citan al afirmar que es “más de lo mismo”– nace en un cuadro de crisis de la identidad y representación  políticas, que no existía en otras fracturas. En los tiempos de Irigoyen, durante el gobierno de Perón y al caer el mismo, por dar ejemplos que son clásicos, nadie quería “que se vayan todos”. Y esto establece una gran diferencia y nos da un signo de nuestra época. El desplazamiento electoral hacia Cambiemos, en el curso del 2015, que daría lugar al triunfo de Macri, es un episodio inscripto en el cuadro de esa crisis. Nunca vimos, pese a la existencia de un “núcleo duro” en el macrismo, una identidad positiva; mucho menos una comunidad de ideas, como era el caso de las clases medias que cantaron vivas a “la revolución libertadora”. La clientela de Cambiemos se define por oposición, como anti k (5). Nada novedoso, después de la crisis del 2001. Luego de ella, el desplazamiento electoral es lo habitual; nadie tiene “la vaca atada”. Las “sorpresas” anteriores del ciclo democrático –la mayor fue el triunfo de Alfonsín en 1983, que acabó con décadas de imbatibilidad del peronismo– exhibían trastornos más episódicos de parte de los electores con su representación partidaria. Pero las identidades políticas, como “capital fijo” de nuestras fuerzas populares, no estaban en crisis. El peronismo, fracasado Alfonsín, y renovado en parte, recuperó el crédito. Y aunque “la renovación” liquidó la cuota de poder sindical sobre el PJ, la clase obrera siguió identificada con la fuerza fundada por el General Perón (6). Algo similar  podría decirse de las bases del radicalismo, en las cuales, como se sabe, hay un predominio de la pequeña burguesía. Aunque en ambas fuerzas esto sea negado, diversas pruebas evidencian que el grito ¡que se vayan todos! expresa la aparición de un disloque, no superado hoy, en las relaciones entre los partidos y sus respectivas bases sociales. Este disloque pudo resolverse al emerger el kirchnerismo, pero los hechos demostraron que esa meta era excesiva, dados los límites de esa corriente. Y no cabe ignorarlo al plantear el balance del periodo y un diagnóstico que explique “la grieta”, que debe entenderse como un síntoma del momento histórico, sin apresurar conclusiones. Veamos un ejemplo: aunque la observación pueda ser acertada, poco se gana al indicar que “la grieta” tiene relación con la “antipolítica”. Esta tendencia es también  mal entendida: ¿cuánto hay en la “antipolítica” de prejuicios y zonceras, estimulados por los medios, y cuánto de rechazo justificado al sistema de partidos, dada su responsabilidad en los padecimientos del país y el desencanto colectivo, desde 1983 hasta hoy?

Sea cual sea el juicio que tengamos sobre las fracciones sociales que se enfrentaron en 1955, o aun en las elecciones ganadas por Alfonsín, sus identidades política eran firmes, y hasta podría decirse que enarboladas como tradición. Nada parecido ocurre con los bandos –no hablo de la elite, sino de las masas– que constituyen “la grieta”. Pero, al hacer un examen  más preciso del tema, esa no es la única diferencia del actual parte aguas con “las grietas” que la precedieron.

En las elecciones del 2015 los electores mostraron una escisión curiosa, que fue transversal a las clases sociales. El triunfo de Macri sólo se explica al sumar los votos, previsibles, del mundo agrario y las clases medias altas, con los que obtuvo entre la población marginalizada y, lo que es aún más curioso, en sectores obreros (7), que, en menor medida, aún lo votaron en el 2017. Eso lesiona ese juicio rutinario y abstracto, objeto de nuestra crítica. Al mismo tiempo, para complicar las cosas, “la grieta” es más honda que en ningún sector en el amplio mundo de las clases medias, que nutren, simultáneamente, los más ardientes amores y más feroces odios a la figura de Cristina Kirchner, que condensa –dicen los psicoanalistas que esto sucede siempre  en el síntoma– todo el contenido oculto de “la grieta”. La militancia kirchnerista, por esa razón, no puede adoptar una actitud racional con respecto al problema: “el otro”, que era definido en su consigna como “la patria”, es, al votar a Cambiemos, encarnación de la estupidez, un suicida vocacional, el orate que ignora dónde debe estar. Está condenado, es irrecuperable: no tiene sentido, o no es posible, comprender “sus razones” y hacer una acción apta para ganarlo. Esto adquiere una gran significación práctica, ya que el kirchnerismo tiene, en la pequeña burguesía progresista –que hizo de él una identidad, en un contexto de irresolución de la crisis de las identidades y la representación– su “núcleo duro”, aunque su mayor respaldo electoral esté situado, hoy, en el conurbano bonaerense, entre los trabajadores más postergados de ramas no calificadas y la gran masa de población precarizada que sobrevive a la destrucción de la Argentina industrial. Sectores entre los cuales, no obstante, si algo vive es el peronismo, y sus modos tradicionales de acción política, en un marco de fragmentación política y social.

El huevo de “la grieta”   

Si nos proponemos establecer los orígenes de “la grieta” encontramos un hecho que merece el examen: antes de que apareciera, tuvimos un momento de relativa concordia dentro del seno de las mayorías nacionales ¿por qué no incluir ese momento, al examinar qué rompió el idilio, si éste, como creemos, verdaderamente existió?

Esto ocurrió en la crisis del 2001. El pueblo se unió, en torno al grito ¡que se vayan todos! Al mismo tiempo, se esbozaba un viraje de signo nacional (8). Una confluencia espontánea, que se levantaba contra la ruindad del sistema político –obediente a los dictados del FMI y sordo a las demandas de la patria y el pueblo– daba estado público a la crisis de la representación, con aquella consigna que sólo podía abrir una oportunidad pero no gestarla (9). Uno de los méritos de Néstor Kirchner fue interpretar ese estado de ánimo; dar señales de sensibilidad al reclamo y crear, con ello, una expectativa moderada, pero cierta. Su gobierno tuvo, dada esa situación, un respaldo amplio, con cuotas que llegaban al 70%, y aún más. Hubo, sí, un indicio claro de cuáles serían los procedimientos usados para “renovar la política”, y construir el poder que no tenía, por su “debilidad de origen”. En los comicios del 2005, enfrentando a Duhalde, Néstor le  arrebató el dominio del peronismo bonaerense, tomándolo tal cual era, sin promover un debate y la emergencia de nuevos cuadros. El proceso, por desinteligencias con el ministro, significó también la eyección de Lavagna. Esa medida que causó desagrado en el empresariado nacional  parecía obedecer, antes que a una voluntad de promover cambios contrarios a la moderación del economista –nada cambió con Felisa Micelli– al vínculo suyo con el anterior presidente, al cual se acusaba de “relaciones con el narcotráfico”. Y aunque estas maniobras crearon recelos en una porción de la opinión pública, no alcanzaron a crear “grietas”. Pero el camino elegido para “construir poder”, apostando más a sumar individualidades y aparatos que a plantear un programa y una lucha  ideológica, habría de traer amargas sorpresas (10). En ese momento, sin embargo, las fisuras no eran realmente serias, ya que el disgusto se refería a las formas, sin que hubiese aún intereses en juego. En definitiva, “la grieta” apareció, creando tensiones por primera vez, con la célebre circular 125, cuya primera versión, desafortunada, fue incapaz de distinguir entre los pequeños y medianos productores, por un lado, y los pools de siembra y la oligarquía terrateniente, por el otro. Ese punto –un error mayúsculo en la visión del mapa social agrario– suele escamotearse con declamaciones antioligárquicas (11), pero esto lleva no sólo al error, sino a ignorar que el General Perón separó con clarividencia los intereses de los chacareros, a quienes ganó, congelando los arrendamientos; los obreros rurales, que tuvieron  el beneficio del Estatuto del Peón; y los grandes terratenientes, a los que impuso su ley. Esta resistencia a extraer enseñanzas luego de un error, que no ha sabido reconocerse –el liderazgo vertical se apoya en el mito de la infalibilidad del jefe–, extravía la reflexión, generando una postura que desalienta la lucha. Se dice: si los rurales “resistieron la suba de las retenciones” no cabe  pensar en metas más ambiciosas, que vayan a fondo contra el parasitismo oligárquico y pongan la renta al servicio del país. De intentarlo, nos echarían. Esa conclusión es infundada, como veremos, y transforma en ilusoria la lucha por construir “un país en serio”. En relación al conflicto por la 125, es obvio que, si se hubiese dividido –lo que además es justo, para un enfoque tributario progresivo, que grava más al que más tiene– a los contribuyentes por su escala y favorecido a los pequeños y medianos productores, la rebeldía oligárquica no hubiese contado con una base de masas, ni en el campo, ni menos aún en los centros urbanos, como ocurrió. En consecuencia, la fórmula no es ceder ante la oligarquía, sino privarla de aliados. A nuestro juicio, debe hacerse todo lo posible por ligar al proyecto nacional y popular al sector rural mediano y pequeño y, particularmente, a los que están interesados en la industrialización rural, para agregar valor a la producción primaria. Las transformaciones estratégicamente más importantes pueden contar con estos respaldos, en el universo agrario.

Avances, extravíos, desaciertos discursivos y conformación de la grieta 

Es notable, en ese sentido, advertir que las medidas más audaces que se registraron a lo largo de las gestiones kirchneristas no dividieron al pueblo argentino. Por el contrario, lo mostraron unido y en claro respaldo al interés nacional. Debemos recordarlo. Es esclarecedor, en alto grado, para el asunto que nos ocupa. Además, lo es atendiendo a un problema mayor: indica qué temas deben tener prioridad en un programa de liberación nacional que definitivamente acabe    con nuestra decadencia. Finalmente, para desechar referencias mal calibradas acerca del tema de “la relación de fuerzas”. Como es obvio, esa relación debe sopesarse en cada lucha, pero no es menos cierto que es una construcción que se afianza al avanzar en el cumplimiento de las demandas sentidas del pueblo, no un factor estático, ajeno a la voluntad de ampliar las  bases sociales de apoyo. Para lograr todo esto, simultáneamente, eso sí, debe brindarse un mensaje nítido de que buscamos interpretar fielmente sus intereses.

Como batalla con el poder de las finanzas globales, ninguna acción del ciclo anterior fue tan  audaz como la primera renegociación de la deuda externa, llevada adelante por el gobierno de Néstor Kirchner (y, por extraño que hoy pueda parecer, Lavagna, como ministro y negociador).  Siendo que se trataba de una defensa del país, en franca pugna con los intereses imperialistas, no puede subestimarse esa batalla y la naturaleza de los campos que estaban en pugna. Pero,  al no herir al stablisment local (algún fondo buitre de dinero local fue afectado, pero era ínfimo su peso social y capacidad de presión), dado que enfrentar al imperialismo era visto por todos como una  cuestión de vida o muerte, el gobierno argentino obtuvo un respaldo muy amplio, mientras el club neoliberal prometía el apocalipsis, sin convencer a nadie. Aun las retenciones, hasta el 2008, no privaron al kirchnerismo en el área rural de apoyo electoral en las elecciones parlamentarias del 2005 y en las presidenciales del 2007. Esa performance tan exitosa fue, tal vez, una razón, pero no la fundamental, de la gigantesca torpeza que hizo del conflicto por la 125 el primer episodio generador de “la grieta”, por un error mayúsculo de incompetencia, o un desconocimiento del mapa político-social agrario, como dijimos ¿No era más razonable, por razones políticas de “construcción de poder”, ganar o neutralizar a los pequeños productores, sumando al debate sobre lo que había que hacer a su entidad representativa, la Federación Agraria Argentina (12)? ¿Por qué desechar de antemano la posibilidad de ir contra el poder  oligárquico con el apoyo de la FAA, haciendo concesiones al sector que representa? La ínfima minoría que hubiésemos atacado no habría logrado construir “una grieta”. Aunque tiene poder y sabe usarlo, el bloque dominante sólo puede ganar si el campo popular le brinda ocasión y argumentos para azuzar “contradicciones en el seno del pueblo”.

Ahora bien, por importante que sea en el ciclo k, la falta de una visión concreta y matizada del mapa social agrario –no cabe pensar que subestimara la necesidad de tener bases en un sector tan amplio de la sociedad argentina– que explica el (mal) manejo de aquel conflicto, no fue, por desgracia, una excepción. Es obvio que “el campo”, por sí solo, no hubiera podido dar a “la grieta” la magnitud que alcanzó, aun cediéndole las clases medias. Pero, antes de tratar otros puntos, dentro de lo que vemos como la suma de factores que explican el fenómeno, hay que     aclarar dos importantes asuntos: 1) traicionaría nuestro propósito –contribuir a la superación  de límites que debilitan al campo popular– estimular la creencia de que basta con actuar con “la inteligencia necesaria” para evitar errores. Esos “errores” tienen historia. Sólo se entienden como frutos derivados de la naturaleza de clase del movimiento peronista, que impone límites al movimiento nacional; 2) Sin examinar las últimas décadas (es un tema tabú la crisis interna que precedió al golpe de 1976 y la explicación de las causas por las cuales el peronismo apoyó  a Menem en la década del 90) y actualizar doctrinariamente al movimiento nacional, algo que exige un amplio debate de los problemas argentinos, no es posible liberar al país y se repetirán las caídas de 1955, 1976, 1989 y 2015. Es erróneo achacar al kirchnerismo su responsabilidad en la creación de “la grieta” sin inscribir esa aportación negativa en un proceso político mayor, que arranca con la caída del gobierno de Perón, en 1955. Ese será el próximo paso, antes de hablar de otros aspectos del desencuentro que vivimos y la furia que domina a los bandos en pugna.

Un país golpeado y desencantado

El impulso a tratar esta cuestión, permítasenos decirlo, proviene de un supuesto: “la grieta”, presumimos, es la expresión de una sociedad sufriente, cuyos integrantes desconocemos lo que nos ha llevado a la actual situación, y cómo salir de esta larga agonía. Somos un pueblo que arrastra desilusiones acumuladas durante décadas. Estas vivencias, que nos unifican en la desdicha, justifican la retrospección que expondremos ahora, para recobrar experiencias que, por no estar elaboradas racionalmente, adquieren las cargas emocionales de “la grieta”.

El país ve frustrarse sus expectativas políticas desde la caída de Perón, en 1955. La “revolución libertadora”, además de castigar a los partidarios del General, fue una gran decepción para las clases medias, que atribuían “al tirano” todos los males.  Al fin iban a “recuperar la normalidad de la Argentina inglesa”. Sometidas al poder ideológico oligárquico, les resultaba imposible ver que el fin de la semicolonia próspera fue señalado por la crisis de 1930, que sepultó también al radicalismo histórico. Una segunda ilusión, tres años después (Frondizi), acabó en el descrédito  rápidamente. Su patético fin inició un ciclo de gobiernos militares, con el intervalo sin brillo del gobierno de Illia, cuyo gran desafío era impedir la vuelta de Perón y apelar a un programa ya agotado con Irigoyen. Onganía, que lo derribó, pudo lograr dos cosas: agravar la concentración del poder económico y unir al país en contra suya. Volvió Perón. Las multitudes grandiosas que lo recibieron y despidieron  habían enmudecido en 1976, cuando Videla ocupó, sin resistencia alguna, la Casa Rosada ¿Para eso había protagonizado la generación del autor los alzamientos épicos que culminaron con el Cordobazo? ¿Para eso habían luchado varias generaciones por el retorno de Perón, que fue por muchos años un sueño inalcanzable? La vasta derrota, más que nunca, tuvo consecuencias jamás superadas, por el país. Martínez de Hoz destruyó el tejido de la Argentina industrial y su brazo militar lo secundó desde los centros de la tortura y la muerte. Concluida la pesadilla, tras el paréntesis heroico pero al final amargo de la guerra de Malvinas, volvimos a la democracia, con grandes ilusiones. Pero, Alfonsín, Menem, de la Rua ¿cabe dudar sobre cuál fue en el espíritu de las mayorías el impacto de todos esos fiascos abrumadores? Si bien es cierto que hay países que han sufrido mayores desgracias, la salud del país sugiere que no podemos seguir así, sin terminan transformándonos en un país inviable. Y un juicio objetivo indica que el kirchnerismo, en una situación signada por la pérdida de las expectativas surgidas  con el siglo, también ha sido una fuente de frustración, si consideramos que los avances reales de su gestión fueron, al fin y al cabo, fácilmente revertidos por el gobierno oligárquico que con pena pero sin gloria lo derrotó en las elecciones del 2015, valiéndose de su ineptitud para ligar a su destino a la clase trabajadora y las grandes mayorías.

El conflicto gobierno-CGT, el Impuesto a las Ganancias y la incubación de la derrota

En otro trabajo, al producirse la ruptura entre el gobierno de Cristina Kirchner y la CGT dirigida por Hugo Moyano, anticipábamos (13) que el “error” iba a generar una seria debilidad al frente nacional, sin eximir de responsabilidades a la jefatura sindical en que esto ocurriera, a pesar de considerar que su reclamo de un papel político protagónico era legítimo, y se fundaba además en las reglas establecidas por el General Perón. Pero no previmos, en el primer momento, que el gobierno profundizaría su desdén hacia el valor del apoyo obrero –ignorando que dentro de la clase obrera es claro el liderazgo de los gremios más fuertes, que por serlo tienen un mejor salario– con el injusto y (políticamente) suicida Impuesto a las Ganancias ¡la oposición gorila, gracias al gobierno, pudo enemistarlo con el sector social que siempre ha defendido con mayor firmeza la causa nacional! Mientras un coro de “economistas amigos” subestimaban el asunto con torpeza argumental, las prevenciones provenientes de nuestro lado caían en saco roto. De un modo patético, lo vimos desesperar a Daniel Scioli, con las manos atadas por la conducción     verticalista del campo popular. Desde luego, nada más alejado de nuestro punto de vista, pese a lo señalado, a justificar el desempeño de los dirigentes sindicales que facilitaron la llegada de Macri al poder.

En nuestro tema puntual, la gestación de “la grieta”, el Impuesto a las Ganancias tuvo un papel imposible de subestimar: por primera vez, en la historia argentina, sectores obreros votaron al candidato del bloque oligárquico. Se condensaban, en este raro fenómeno, una motivación de carácter coyuntural (la ruptura entre el movimiento sindical y CFK, por un lado, y el rechazo al Impuesto a las Ganancias, por el otro, con los líderes sindicales ofuscados y carentes de mirada  política) con la expresión, en el seno de la clase, de la crisis de las identidades partidarias de las masas, que afecta también a “la columna vertebral”, cuya relación con el peronismo tiene una cuota de peso inercial, aunque esa circunstancia no se asuma o pretendan ignorarla la mayoría de los jefes del sindicalismo peronista. Sea dicho al pasar, pese a tratarse de algo fundamental, una renovación político-generacional del movimiento obrero pudo verificarse en ese periodo y se frustró, por una combinación de extravíos internos del campo nacional (14). El reencuentro actual de Hugo Moyano en el seno del espacio articulado para enfrentar al gobierno de Macri, por saludable que sea, no implica un cambio en tal sentido: más que una claridad estratégica y programática, que no existe, ha sido el espanto el motor de la unidad, que es frágil.

Algunas precisiones sobre la manera de buscar la superación de “la grieta”

El contenido autocrítico –somos partícipes del frente nacional, no reflexionamos sobre asuntos distantes a nuestra tarea, aunque no seamos hoy su conducción– de esta reflexión debería ser útil para no reiterar ciertas conductas. En primer lugar, es necesario cuestionar la suposición de que la aparición de “la grieta” sea leída como necesidad de renunciar a la toma de medidas más profundas, sin las cuales es imposible pensar en un programa de liberación nacional, sin el cual el país seguirá a los tumbos. Como hemos dicho, la experiencia del kirchnerismo prueba que las medidas más consistentes con esa perspectiva no contribuyeron a la pérdida del poder y no alimentaron grietas en las  mayorías (renegociación de la deuda externa, YPF, rescate del sistema de las AFJP, Aerolíneas Argentinas). No se debe, eso sí es central, permitir que el poder oligárquico-imperialista pueda hacerse de una base de masas, creando nosotros terreno para que nazcan contradicciones con sectores potencialmente aliados al bloque nacional. Pero eso depende, sobre todo, de claridad respecto del universo social y los puntos de conflicto entre las clases sociales y sus sectores internos, como fue el caso del mundo agrario, que la hechura desafortunada de la Circular 125 logró soldar, en lugar de aislar a los grupos minoritarios, que eran, al mismo tiempo, los principales productores y contribuyentes del sector. Es necesario, al mismo tiempo, no irritar a un enemigo que no podamos vencer en todos los terrenos, como ocurrió con la puesta en práctica de la Ley de Medios (15). En este punto, es imprescindible la autocrítica del manejo del Poder Judicial y los Servicios de Inteligencia. En el primer caso, no es posible que el poder oligárquico, lúcido en tal sentido, se asegure siempre una Justicia adicta y el poder popular, en cambio, juegue tontamente a “la autonomía de los poderes” (15). Sobre el segundo tema, fue un serio error dejarlos en mano de agentes no confiables, permitiendo su infiltración por la CIA y el Mossad. No puede concebirse un poder nacional serio, despojándose de esos auxiliares del poder. Desde luego, más allá de las fallas humanas, es nuestra impresión que esos deslices están relacionados con la debilidad o la ausencia de una real perspectiva de liberación nacional, que era, en el fondo, la falencia de base del “proyecto” que sustentó toda la gestión llevada adelante por Néstor y Cristina. Hemos dicho, más de una vez, que después de la muerte del General Perón sus gobiernos fueron lo mejor que logró construir el país y esto merece el mayor reconocimiento. Sin embargo, traicionaríamos nuestra posición y perspectiva propias si ignoráramos sus límites y dejásemos de señalar que la emancipación nacional es una tarea aún inconclusa, que exige un programa de liberación integral, que reasuma y profundice la perspectiva latinoamericana que apareció con el siglo.

Córdoba, 18 de junio de 2019

Notas:

(1) Nunca está de más insistir sobre la necesidad de analizar con frialdad, reservando la pasión para darle alimento a la responsabilidad de luchar por liberar a la patria. Invertir las cosas logra que prevalezcan nuestros prejuicios y que la acción carezca de buen combustible.

(2) A – Hemos visto tratar el tema por Le Monde Diplomatique, con varios autores, cuyos enfoques no me liberaron de la tarea de pensarlo. B – Puede leerse en google una vieja nota de Fernando Iglesias, muestra de los prejuicios y pretensiones petiteras del intelectual predilecto de Elisa Carrió. C – De todos modos, la mención a los que sostienen que “grieta hubo siempre” hace referencia a interlocutores del autor, muy dotados de sentido crítico, que formularon esa  espontáneamente, mostrando involuntariamente que podemos ser víctimas de una rutina, por la costumbre de pensar analógicamente.

(3) La relación inversamente proporcional entre las debilidades del campo popular y el poder de los medios ha sido tratada por el autor en “Los gurúes, los medios, las identidades políticas y la autocrítica del movimiento popular”  http://aurelioarganaraz.com/ideologia-y-politica/los-gurues-los-medios-las-identidades-politicas-y-la-autocritica-del-movimiento-popular/

(4) Una extraordinaria nota de Jorge Abelardo Ramos apunta al corazón de este problema, que está relacionado con la endeblez ideológica que ha caracterizado a los movimientos nacionales de la Argentina. Ver: “La ideología socialista en la revolución nacional”, publicado en la revista Izquierda Nacional N° 4 – Octubre de 1963 http://www.formacionpoliticapyp.com/2014/04/la-ideologia-socialista-en-la-revolucion-nacional/

(5) Es suficiente, para tener una dimensión al respecto, pensar en el entusiasmo –¿quién, entre los votantes de Macri, arriesgaría la vida como Comando civil, para defender su causa, si puede hablarse de semejante cosa?– de las muchedumbres que festejaron la “revolución libertadora” y compararlo con la pasividad del apoyo a Macri, que ni el día de su asunción a la presidencia del país fue acompañado por sus propios votantes, cuyas emociones se despertaban sólo por oposición, como fruto del rechazo a Cristina Fernández de Kirchner.

(6) Esa identificación está en cuestión. Estamos en un punto en el cual suena falso hablar de “la clase obrera peronista”, tanto como decir exactamente lo contrario. El sector más dinámico de la juventud obrera, que en los primeros años del ciclo k se organizó en las filas de la Juventud Sindical –si nos atenemos a cómo se definían sus integrantes en los debates, y las redes– no se autodenominaba muchas veces como peronista, sino como nacional o nacional popular, y cabe decir que aparentaba estar buscando una identidad.

(7) Esta realidad, fuertemente motorizada por el conflicto del gobierno de CFK con la CGT de Hugo Moyano y la persistencia en aplicar el Impuesto a las Ganancias a los asalariados no debe negarse, ya que agravará el problema. Y no se trata sólo de dinero. Los trabajadores –no puede subestimárselos, en este ni otros asuntos– saben perfectamente que la matriz tributaria actual es regresiva y les impone a los de abajo una carga desproporcionada  respecto a los aportes de las clases pudientes. En los círculos obreros se tenía una clara noción respecto a la excepcional eximición impositiva de la que gozaban la renta financiera y los operaciones de bolsa.

(8) Es extraño advertir como se descalifica, desde una postura pretendidamente popular, estas expresiones de rechazo al sistema de partidos, atribuyéndolas al apoliticismo reaccionario, o la llamada “antipolítica” que difunden los medios, sin reparar en lo principal: lo que los partidos o sus dirigentes hicieron, desde 1983 en adelante, para desacreditarse como representantes del pueblo argentino. En términos generales el contenido concreto del rechazo a la política debe juzgarse bajo esa luz, no en nombre de la defensa de “la política en general”, sin definir qué les brinda ésta a los ciudadanos. Si “la política” sirve al interés extranjero y da beneficios sólo a los que la practican y al poder económico, no se comprende por qué debería apreciarla el hombre de a pie.

(9) La muchedumbre anónima no puede gestar una representación. Esto, que Lenin señalaba a la clase obrera, es una verdad para lo que Marx definía como “los miembros activos de la clase, o de cada clase”, distinguiéndolos de sus “representantes”, en el campo de las ideas, la política y la cultura, etc. Libradas a su espontaneidad, las multitudes sólo pueden terminar con algunas de estas representaciones, pero no crearlas. Esa es la tarea de sus “intérpretes”, que están a su vez obligados a interpelar a su base potencial y obtener su respaldo, para que la pretensión de representarla no sea vana. La lógica que funda este tipo de relaciones fue analizada por Marx y Engels en “La ideología alemana”.

(10) El célebre caso de Cleto Cobos no fue el único, lamentablemente. La lógica que preside las fallas reiteradas (Massa, Lousteau, etc.) se funda en el modo de conducción vertical, que priva al jefe de la posibilidad de acudir a figuras que aprecien el pensamiento crítico y precisen creer en lo que están haciendo, sin someterse servilmente. Perón, después de elegir colaboradores obsecuentes, maldecía de estar rodeado de alcahuetes y chupamedias, como si ellos hubieran caído del cielo. Lo cual no debe verse como un asunto sicológico, sino como producto derivado de las contradicciones de clase del movimiento nacional y de los expedientes usados por el nacionalismo burgués para arbitrar entre intereses que son opuestos.

(11) Como es sabido, los militantes de la Izquierda Nacional respaldamos con firmeza a Cristina Fernández de Kirchner y su gobierno, en ese conflicto, donde el carácter de los contendientes no podía ser más claro. No era ese el momento de señalar errores, sino de unir fuerzas contra la amenaza oligárquica. Pasado el momento, capitalizar la experiencia requiere su examen.

(12) No desconocemos los cambios experimentados en el mundo rural en las últimas décadas. Pese a ellos, creemos, no desaparecieron sus contradicciones internas, entre las que interesan particularmente las que dividen a la oligarquía y los pools de siembra de la pequeño burguesía agraria, por un lado; y, por otro, las que oponen el interés del sector atado a la exportación de granos de quienes apuestan a incorporarles valor e industrializar la ruralidad.

(13) Un tratamiento del tema, en la nota del autor “El conflicto gobierno-CGT y el rol político de la clase obrera” http://aurelioarganaraz.com/politica-argentina/el-conflicto-gobierno-cgt-y-el-rol-politico-de-la-clase-obrera-2/

(14) Ibidem.

(15) En los gobiernos clásicos del General Perón el país importaba el papel para diarios y el IAPI monopolizaba su ingreso y reparto. En consecuencia, esta herramienta servía para poner freno a la prensa oligárquica. Por otra parte, nunca se adoptó la perniciosa creencia de que una tarea del liderazgo popular era “crear” (o elegir) quién era el enemigo. Perón fue expeditivo en el asunto: expropió “La Prensa” y la hizo el diario de la CGT, sin nada parecido a la cháchara inútil de “¡Clarín miente!”. Había que silenciarlo, efectivamente. En ese punto, en lugar de tener un modo dictatorial, como se dijo, el kirchnerismo cayó en “debilidades” democratistas, que sirven para alimentar la subversión oligárquica, que se reclama “víctima”, sin ser aniquilada, tal como lo exige implantar un proceso auténticamente democrático en el tema Medios. Los antecedentes delictuosos del apoderamiento de Papel Prensa por parte de Clarín y La Nación no fueron utilizados por el gobierno popular para intervenir la empresa, estatizarla y controlar la provisión de papel desde el Estado, impidiendo la asfixia y extorsión que sus ilegales dueños hacen contra la inmensa mayoría de los diarios y periódicos independientes.