SAN MARTIN Y BOLIVAR

LA CONDUCCIÓN VERTICAL Y LA SALUD Y RECONSTRUCCIÓN DEL MOVIMIENTO NACIONAL

SAN MARTIN Y BOLIVAR

En una nota[1], hace catorce años, abordando el tema de la conducción vertical del movimiento nacional, distinguí lo que ocurría con Perón vivo de lo que ocurría tras su muerte. Los lectores verán que dije entonces que Perón “era” el programa nacional. Esa afirmación suena caprichosa, casi como expresión de “culto a la personalidad”, pero en realidad se funda en hechos históricos. En primer lugar, el General fue fiel, hasta el fin de su vida, al nacionalismo económico con justicia social, con el Estado Nacional en un rol central, como único empresario comprometido a fondo con el interés general. Debía alentarse al capital nacional, pero no ignorar su mezquindad, su ambivalencia insalvable y estupidez estratégica[2]. Corroborando esa firmeza, fundada en la experiencia, exiliado y sin el poder estatal, mientras maniobraba para contener unidas sus fuerzas, rechazó la inclinación “alvearista” de algunos fieles, propensos a “integrar” el peronismo al orden. No obstante, sin condenar expresamente las ilusiones de un ala “izquierda”, el General desdeñó la sugerencia de exiliarse en Cuba, mucho antes de conformarse Montoneros; enalteció a Mao, pero eligió quedarse en España, sin definir afinidades con la “patria socialista”. Era un patriota; un gran estadista nacional burgués, no un lector electoralista de encuestas, como la mayoría de los epígonos que hoy lo invocan. Quiso construir un capitalismo nacional, con eje en el Estado, con el apoyo y en beneficio del pueblo argentino. En segundo lugar, se reconocía como el artífice de una construcción de poder creada con el despliegue de ideas y medidas nacional-populares, en feroz lucha con la oligarquía y el imperialismo. Estas fuerzas retrógradas quisieron impedir el triunfo de sus planes y fueron vencidos el 17 de Octubre por la clase trabajadora, amparada por el sector nacional del Ejército; alianza rota en 1955, fue el pilar de sus primeros gobiernos. Sólo omitiendo esa conjunción de datos, un lector atento juzgará extraña la afirmación que hicimos en el momento aquel.

Ahora bien, precisemos más este punto fundamental: Perón era el programa nacional, pero no como pretendían Hernández Arregui y otras figuras de “la izquierda peronista”, el programa de los trabajadores. La clase obrera puede (debe, si quiere liderar el frente nacional) presentar al país su programa nacional, entendido como una síntesis de las demandas compartidas por el conjunto de las clases del frente nacional, incluidos los sectores nacionales del empresariado. Pero no cabe, en ese programa, una sacralización del derecho de propiedad, sino solamente el respeto a quienes acepten contribuir al desarrollo autocentrado de las fuerzas productivas, demostrándolo al aportar a la capitalización del país, con la obvia diferencia que esto significa respecto al parasitismo oligárquico hoy prevaleciente, de una oligarquía que no reinvierte en la economía real y destina sus beneficios al consumo suntuario y las actividades especulativas. Esa actitud contiene la divisoria de aguas básica, entre nación y colonia, en el plano estructural: si se elude la tarea de ampliar la producción y diversificar la economía, incrementando su productividad y agregado de valor, la patria es sólo una exhibición inocua de “los valores tradicionales”. Aunque formulara la noción de que el capital debe cumplir una función social, el peronismo clásico no condicionó el respeto al derecho de propiedad a que eso tuviera una expresión práctica (y la única verdad es la realidad). Eso define la naturaleza social del programa que levantó. Dicho de otro modo, si hubiese triunfado el capitalismo nacional que Perón impulsaba –lo que habría sido un enorme salto en la historia de la Argentina– la oligarquía tradicional habría cedido su vieja condición de clase dominante al empresariado industrial, como ocurre en los grandes países centrales, que coronaron con éxito su revolución burguesa. De ningún modo el plan del peronismo buscaba hacer de la clase obrera la clase rectora de la vida nacional, sino otorgarle un nivel de ingresos acorde con el estándar del “estado de bienestar”, sostenido en los pilares del desarrollo autónomo y una mayor productividad del trabajo. Para la crítica racional, que rechaza mitificar en ningún sentido la experiencia real, explicitar estas cosas implica caracterizar el programa de Perón como expresión cabal de lo nacional-popular, de ningún modo como una tentativa de plasmar el programa histórico-universal de la clase obrera. La única fuerza que hace suyo dicho programa, en la Argentina, aunque no haya logrado una penetración efectiva en el mundo obrero, es la Izquierda Nacional y se nutre en las nociones de un marxismo bolivariano.

Como veremos, estas no son cuestiones ajenas a nuestro tema puntual. La conducción vertical, lejos de responder a un mero “autoritarismo”, es en verdad una necesidad del liderazgo burgués del campo nacional, que no tolera –aunque algunos peronistas hablen de “empoderar a las bases”, mientras les impiden participar en la toma de decisiones– el eventual protagonismo de la clase obrera y necesita impedir un debate orgánico sobre los problemas relativos a la lucha por liberarnos del yugo extranjero y sus nexos con la emancipación de las clases oprimidas. Este empobrecimiento de la vida interna que se manifiesta en la fuerza fundada por Perón, que llevaron a Cooke a definir el peronismo como “gigante invertebrado” –sin articulación de cuadros y conducciones– adquiere en la actualidad una gravedad extrema, que amenaza con destruir su misma existencia.

Pero, además, si, como creemos, esos límites burgueses fueron determinantes para que las clases antinacionales preservaran íntegramente su poder económico y derribaran al peronismo en 1955, las diferencias con lo que definimos como una potencial hegemonía obrera en el movimiento nacional se tornan claras ante el cotejo histórico. La revolución nacional encarnada por el peronismo es contemporánea de la victoria de Mao, con una diferencia de muy pocos años. Pero la revolución china, ante el derecho de propiedad actuó del modo que estamos planteando y las clases parasitarias fueron despojadas del poder económico, lo cual implica su derrota definitiva ¿Necesita el lector que señalemos las derivaciones que una y otra conducta tuvieron sobre el destino de ambos países, que coinciden en provenir del mundo semicolonial[3]?

Un poco de historia

yrigoyen y peron                                         Siendo ya presidente, pasadas las elecciones de 1946, Perón disuelve los partidos que lo hicieron candidato, para destruir ante todo al Partido Laborista, cuya dirigencia sindical aspiraba a ser un protagonista del ciclo abierto y preservar un rol independiente y activo para el movimiento obrero y la clase trabajadora, en lugar de ser, como ocurriría más tarde, una representación del líder ante las bases. El General crea, tras aquella medida, el fantasmal Partido Único de la Revolución, que luego sustituye por el Partido Peronista. Señalado como el mero “instrumento electoral”, este último carecía de vida interna: estará intervenido en todas las provincias durante los diez años del gobierno peronista y sigue las órdenes del “Comando Superior”, un eufemismo que disfraza el liderazgo absoluto, incondicional y presuntamente infalible del mismo Perón. Al frente del Partido hay interventores, en cada provincia; así lo mantiene durante diez años, bajo una norma  que prohíbe el debate y la diferenciación de opiniones –se sostiene que su doctrina hace del peronismo una fuerza “monolítica”– hasta su caída, en 1955[4]. Simultáneamente, liquida en la CGT la anterior autonomía y el sindicalismo designa en su conducción a dirigentes electos por el mismo Perón[5]; para ser, se ha dicho, representantes suyos ante la clase obrera, no a la inversa. Con toda razón, ya que en ambos casos se suprime el debate y hasta las directivas  menores bajan desde el mentado “Consejo Superior”, Jorge Abelardo Ramos dice que “la política de Perón, en relación con su movimiento, consistió en impedir su organización[6]”.

Como fruto del proceso, el General se erige en líder bonapartista del frente nacional; se relaciona sin intermediarios con las masas populares, a las que aparta del poder, para darles un rol de apoyo pasivo. Delegan en el César el manejo de su destino. No se trata, como ha pretendido cierto formalismo democrático, de una malignidad. Es un modo de concentrar, en una persona, las fuerzas atomizadas del movimiento de masas, con un doble propósito: 1) imponerse al imperialismo y sus socios nativos, que buscan derrotar al poder nacional; 2) arbitrar en las disputas internas del peronismo –un frente de clases nacionales– e impedir que las masas tengan autonomía y puedan cuestionar los límites de clase del nacionalismo burgués, cuyo objetivo es ganar espacio en el mercado interno al capital extranjero, pero sin lesionar el derecho de propiedad, pilar intocable del orden capitalista[7].

Las raíces sociales, no psicológicas, de la actitud de Perón, mal que le pese al que intenta transferir las categorías del psicoanálisis al área de lo político, se confirman al advertir la extensión del fenómeno de los “liderazgos personalistas” a muchos países del mundo periférico, aunque esta última condición no excluya la existencia de jefes semejantes en el mundo central, como sería el caso de Churchill o De Gaulle, sin olvidar al Bonaparte examinado por Marx. En el caso de los países del capitalismo central, sin embargo, dicho cesarismo carece de progresividad y se apoya en clases sociales reaccionarias, con fines imperialistas, lo que demuestra –no está de más recordarlo– la inversión que sufren los postulados y la práctica al emerger de realidades de signo opuesto. El bonapartismo, en el mundo semicolonial, que busca liberar sus fuerzas productivas, es la forma que asume el nacionalismo burgués, limitado, pero antiimperialista. En el mundo “avanzado”, en los centros imperialistas, busca agrupar a las masas con el fin perpetuar la explotación colonial, pujando por el reparto de las semicolonias con los imperialismos rivales.

Ahora bien, si Perón “era” el programa nacional y esto aseguraba el rumbo de su política, como muestran los hechos, eso no implica que la conducción vertical fuese inocua, desde el punto de vista de la salud y solidez del frente nacional. Perón mismo lo expresa, aunque intente darle una justificación, cuando señala que está “rodeado de alcahuetes y adulones”[8]. En primer lugar, cabe señalar que Perón optó deliberadamente por sumar a tipos como Apold y Mendé, entre muchos chupamedias de dudosa fidelidad, mientras apartaba del gobierno a grandes patriotas, brillantes y honestos, como Scalabrini Ortiz y Jauretche. Rodeado de figuras de esa talla, de materializarse, hubiese fortalecido la construcción de poder, al potenciar la lucha ideológica y política contra la oposición y la influencia oligárquica, cuyo poder cultural permaneció incólume, en contraste con las transformaciones de la Argentina real. La notable anomalía –su significado, aún hoy, es tema tabú dentro del peronismo– es una consecuencia del verticalismo impuesto, pero no la única y probablemente tampoco la peor de ellas. El mayor daño, a nuestro juicio, es haber empobrecido la cultura interna de su fuerza política y, consecuentemente, la lucha de ideas contra el campo enemigo, que supone decir la capacidad del movimiento de captar a sectores indecisos, en lugar de entregarlos a la influencia imperialista. Nadie, entre los patriotas, desertó cuando había que poner el pecho, antes y después de 1955. Tampoco pretendían disputarle el liderazgo del movimiento a Perón, síntesis consagrada de Octubre del 45, que era inapelable.

La situación resultante fue descripta sumariamente como sigue, con las miras puestas en el clima que precedió al golpe de 1955: “Cuando realmente fue preciso luchar y lanzar a la batalla a miles de oradores políticos, armados de una ideología consistente, para derrotar a la oposición que alzaba la cabeza en todas partes, Perón se encontró indefenso y más solo que nunca”[9]. Importa subrayar que no se trataba de un “error” de Perón, sino de un fenómeno que excede su persona y remite a la cuestión de los límites sociales del nacionalismo burgués, según hemos intentado demostrar. No alteraría esta conclusión encontrar “pruebas” en la personalidad de Perón, o sugiriendo que utilizaba una visión militar de “la cadena de mandos” u más singularidades del plano personal, si atendemos al hecho de que la historia integra lo personal y lo social, subsumiendo lo secundario a lo que es sustancial.

Algunas observaciones sobre la conducción vertical en la gestión del kirchnerismo

Hace quince años, con el kirchnerismo en plenitud, creo que mi crítica de la conducción vertical fue vista como “teoría”, por esos que presumen de ser “realistas”. En realidad, anticipábamos un problema que hoy padece la militancia nacional-popular responsable, afligida por el presente y futuro del peronismo. Pero, seamos justos con nuestra propia obra, la prueba de que no errábamos al advertir una crisis próxima del campo nacional, derivada de los problemas relacionados con el modo vertical de conducción (en el caso, de CFK), apareció menos de un año después[10], al estallar el conflicto entre el gobierno nacional y la CGT de Hugo Moyano[11], punto de partida de una fatal reducción de las bases del kirchnerismo, que se rebeló trágica en las elecciones presidenciales del 2015[12]. Como si fuese poco, la lucha por sostener el poder absoluto de CFK en el seno del peronismo fue, más tarde, la causa central de la interna a cielo abierto librada contra el gobierno de Alberto Fernández, desacreditándolo hasta el extremo de allanar el camino al triunfo de Milei[13], cuya crítica del peronismo encontró en los fans de CFK una base de apoyo imposible de subestimar. Estamos en el presente, ya: el verticalismo en que se empeña la ex presidente es el obstáculo mayor, en la lucha por reconstruir las fuerzas populares y poner término al ciclo de derrotas posteriores al triunfo en los comicios presidenciales del 2011. Con la excepción del círculo de los fans de Cristina, que medran bajo su mando, nadie hoy ignora “el rol del dedo” y la necesidad de enfrentarlo con la toda urgencia. Apuntemos, no obstante, que esa cuestión emerge como central, pero en modo alguno es la única valla que debe salvarse, en estas circunstancias. Es también imprescindible rearmar doctrinariamente al campo nacional, un objetivo que requiere un debate serio, en el marco de una democratización interna real. Pero ambas cuestiones están unidas, ya que la pugna por perpetuar una conducción muy cuestionada está acompañada por una cancelación del debate de ideas y de cualquier observación crítica de “la jefa”.

El valor estratégico de una democratización interna

Hasta aquí nuestra crítica se apoya en lo fáctico, con énfasis en los datos de la pérdida de las mayorías, una experiencia fatal en los últimos años. Pero, debe advertirse que la conducción vertical genera debilidades estructurales permanentes que son inevitables, sin abolirla. Para facilitar la exposición, empecemos por decir que la conducción vertical establece el derecho del jefe a la elección de quienes detentan cargos, electivos o no, en el aparato del Estado.  Con lo cual se estimula la fidelidad al líder, que adquiere más peso que obtener fama y apoyo propio en las bases reales y potenciales del movimiento. La “selección del personal”, en esta lógica, no está vinculada a la fidelidad a principios, con el espíritu crítico asociado a esa virtud, sino a la docilidad, sin excluir la disposición al “culto de la personalidad” del dueño del destino de cada aspirante. Perón hizo pública más de una anécdota ilustrativa al respecto, además de quejarse de los “alcahuetes y obsecuentes” de que estaba rodeado. Pero omitía decir que él era quién elegía a todos sus colaboradores, con nula tolerancia con aquél que pudiera cuestionar algo, aunque pudiera hacerlo con sana intención.

Debe evitarse la “moralización” del tema, para atender al hecho, que puede verificarse, por el examen de la experiencia y por la reflexión teórica, de que la conducción vertical, como modo de gestionar los conflictos propios del frente policlasista –todo movimiento de liberación nacional articula a clases y fuerzas que comparten un programa, pero no pueden suprimir sus antagonismos internos– es inferior a otras formas organizativas, al infantilizar a la militancia, sustituir a los cuadros por correveidiles anómicos y obstruir los canales que vinculan  el debate con la toma de decisiones, transformando al primero en un ejercicio huero, de escaso valor para la instancia que define qué se hace[14]. En ese contexto, los intelectuales del peronismo son apenas un decorado, contemplativos de una práctica que otros sostienen. La “lógica” no escrita del liderazgo vertical –el “gigante invertebrado” de Cooke tapa su desnudez con clases alusivas al valor de “organizarse”– cuya debilidad se hace trágica en los momentos de crisis, particularmente en las batallas contra el enemigo oligárquico y, tras la muerte del General Perón, cuando se desata la pugna por el liderazgo del movimiento, es, contradictoriamente, algo impersonal, ya que se impone incluso al conductor, incapaz de rechazar la verticalidad como sistema y de impulsar la formación de una conducción colectiva, sometida a las reglas del mandato pactado, con la ratificación o revocabilidad periódica que lo acota, en el marco de un abierto debate de ideas.

La militancia, el arribismo y la ampliación de las bases del movimiento popular

Si el lugar logrado en el seno del movimiento y en el aparato del Estado no depende del ascendiente que se ha ganado en las bases del mismo y en el público en general, sino de la decisión de un líder arbitral, que reserva para sí la tarea de pensar y resolverlo todo: ¿para qué esforzarse en desarrollar la capacidad de análisis, ser reconocido por la propia valía y construir una base de sostén propia, sumarla a las bases del movimiento, lograr que el mismo sea más extenso y gane en solidez, cuantitativa y cualitativamente? En las cúspides de la estructura vertical, en realidad, este tipo de perfil es más bien rechazado,  sospechoso de insubordinación, salvo que sea alguien profesionalmente capacitado que al mismo tiempo se abstiene en la política general, como era el caso de Ramón Carrillo, el gran ministro de Perón, consagrado exclusivamente al desarrollo del sistema de Salud Pública, interlocutor valorado por el General Perón, sin ninguna injerencia en los dilemas políticos que ocupaban al líder[15].

Esta es la razón por la cual el líder termina rodeado de “chupamedias y alcahuetes”, que, como toda esa especie, son potenciales traidores al campo nacional. Pero, si se pretende en cambio construir o reconstruir una fuerza política, lo que implica sumar a patriotas y militantes a una causa que reconozca los méritos ganados, la conducción vertical atenta contra el propósito, por obvias razones. Las señalamos en la nota ya mencionada: “Si el General Perón les hubiese planteado a los líderes sindicales en 1944 que de allí en más habría de imponerles una <conducción vertical> el peronismo no hubiera llegado a ser”. Eso no implica ignorar el papel jugado por la política de la famosa Secretaria de Trabajo y Previsión. Pero, sin la expectativa de ser protagonistas del movimiento que contribuían a gestar, los líderes obreros no se hubieran empeñado en la tarea de hacer del Partido Laborista una fuerza poderosa, clave en el triunfo electoral del 46. Ellos, como Perón, pese a la ruptura del vínculo inicial con Cipriano Reyes y Luis Gay, alimentaron más tarde el respaldo al avance de aquellos años felices y, caído el gobierno en 1955, la militancia sindical, base central de la Resistencia Peronista, supo vincular la acción reivindicativa y la lucha política del peronismo proscripto, que los trabajadores vivían como una unidad, prácticamente inescindible.

De alguna manera, la acción obrera asociaba naturalmente sus demandas reivindicativas con levantar las banderas del 17 de Octubre, punto de partida de la consolidación de un nuevo estatuto social para la clase trabajadora, que incluía la elevación del nivel de vida, pero también la jerarquización de su status social. En este marco, ya exiliado Perón, el movimiento obrero preservaba el reconocimiento de “la columna vertebral”, con un rol protagónico en las estructuras del peronismo, sólo subordinado al liderazgo del General.

El peronismo posterior a la derrota ante Alfonsín

La “rama política”, después del Proceso y la derrota del peronismo a manos de Alfonsín, se empeñó en alterar esa situación, para transformar a los trabajadores y el movimiento obrero en un sostén carente de toda injerencia en los mandos del movimiento, sin las   prerrogativas que les otorgaba Perón en su seno, con un tercio de las candidaturas y un importante rol en la estructura estatal, con un poder absoluto en la esfera del Trabajo.

Entre otras calamidades, el menemismo afianzó esa degradación del rol de los sindicatos en el poder estatal y los mandos del peronismo, mientras imponía por decreto el nivel salarial, ignorando el derecho a negociar salarios y condiciones de trabajo. Anulaba así la función reivindicativa sindical, en un marco de destrucción de la industria nacional y el empleo. Por esa razón, estimulado además por señales políticas, con el gobierno de Néstor Kirchner se produce un renacimiento del activismo obrero y, como respuesta al cambio general de situación, una joven generación obrera se entusiasma con retomar la lucha y reinstalar a los trabajadores en el papel de protagonistas que le había reconocido el peronismo clásico. A los efectos del examen en el que estamos empeñados, ese fugaz momento apuntaba a restaurar los vínculos vivos del aparato justicialista con las grandes masas, algo que, antes de que adquirieran su peso actual los “movimientos sociales”, dependía ante todo del activo sindical, principal operador entre la jefatura y las masas.

La maduración de ese proceso, como es sabido (o debería serlo), se frustró al estallar el conflicto entre Cristina Kirchner y la CGT, liderada entonces por Hugo Moyano. El origen de esa ruptura, punto de partida de la posterior pérdida de las mayorías electorales por parte del kirchnerismo, haciendo abstracción de los desatinos recíprocos que se vieron posteriormente, no puede juzgarse sino como tentativa de desplazar el eje de apoyo del gobierno desde la clase obrera hacia las franjas progresistas de la pequeña burguesía, lo que implicaba ignorar el significado mismo de la expresión de Perón, respecto al papel de “columna vertebral” del movimiento sindical y los trabajadores peronistas. Aquél que rechace esta afirmación debería recordar que, además de apartar del poder a Moyano, la gestión de Cristina impuso a los asalariados el Impuesto a las Ganancias y abundaron las declaraciones que lesionaban el vínculo, preparando el terreno para que fracciones obreras abandonaran al kirchnerismo en las fatales elecciones del 2015.

Algunas conclusiones, ante la tragedia actual

La primera y fundamental es la siguiente: la tarea de “enamorar nuevamente” al pueblo argentino y particularmente a los trabajadores, tan cacareada como objetivo, excluye la pretensión de disciplinarlos tras una dirigencia que ha perdido el rumbo. La crisis de la representación, explicitada por las manifestaciones del 2001, nunca se superó y es hoy más grave que nunca. De allí la victoria de Milei en las urnas y la persistencia de sus bases de apoyo político, que subsisten pese a la hambruna y el caos generados por su gestión apátrida, quizás la peor de la historia argentina.

El peronismo sufre una crisis extrema con pronóstico reservado. No sobrevivirá al drama nacional salvo que logre definir un programa, actual pero fiel a su origen antioligárquico. Pero ese propósito no se alcanzará sin superar la ausencia de un clima interno propenso al debate y dispuesto a enfrentar la decadencia nacional con el sólido patriotismo que siempre exigen las grandes empresas. Si su dirigencia actual –los que no han claudicado lisa y llanamente– no se decide a generar un amplio debate sobre los problemas del país, democratizar el movimiento y liberar a la Argentina, la militancia popular debe asumir la tarea, desechar a los “alvearistas” y a todos los sectarios y transformar al país de una buena vez.

Córdoba, 31 de julio de 2025

[1]  La conducción vertical, después de Perón, fue publicada en el diario Comercio y Justicia, el 25 de febrero de 2011. Se encuentra, hoy, en https://aurelioarganaraz.com/politica-argentina/la-conduccion-vertical-despues-de-peron/

[2] El General Perón nunca sufrió la tentación de “superar” las derrotas asumiendo propuestas del enemigo oligárquico. Después de su muerte, la “renovación peronista”, con Menem y Cafiero como exponentes de su dirigencia, no sabían cómo “parecerse” a Alfonsín, que los había derrotado. Hoy, Cristina Kirchner, tal vez mareada ante la popularidad de Milei, hace confusos planteos sobre una vaga “reforma laboral”, para no dejar en manos de Milei y Macri esta “bandera” del pútrido stablisment vendepatria de la Argentina y hace algo similar con el asunto también popularizado del “equilibrio fiscal”, limitándose a denunciar que Milei lo ha logrado en base a “la crueldad”; lo que suena bien, electoralmente, pero no esclarece el tema en cuestión.

[3] En la conferencia dictada en la Universidad de Chaco, Cristina Kirchner le contó al público que hablando con Xi Jinping, en un encuentro, ella le señaló que en los primeros años de la década del 50, mientras China sufría hambrunas la Argentina fabricaba aviones a reacción ¿No se le ocurrió que cabía una reflexión sobre la diversidad del destino que tuvieron más tarde ambos países? Es una pena que omitiera decirnos por qué motivos el país de Mao se elevó a la altura de las sociedades avanzadas y nosotros sobrellevamos una lamentable seguidilla de frustraciones.

[4] Desde el exilio, el nombramiento de “delegados” sustituye a los interventores, sin modificar el sistema, aunque las circunstancias imponen el nacimiento de tendencias, bajo el arbitraje de Perón.

[5] Juan Carlos Torre, La caída de Luis Gay, revista Todo es Historia, N° 89, octubre de 1974.

[6] Jorge Abelardo Ramos, Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, Tomo V, pág. 201, Plus Ultra, 1972. El lector inscripto en el pensamiento nacional debe esforzarse para entender las contradicciones entre esa práctica y la doctrina de Perón, según la cual “sólo la organización vence al tiempo”. Esa cuestión es vista por la intelectualidad gorila como una perversión, con lo cual se omite explicar sus orígenes, como eludir el examen de liderazgos oligárquicos. Se trata, para ellos, de denigrar lo nacional, sin explicar nada. ¿Qué interés podrían tener en reflexionar sobre las contradicciones propias del nacionalismo burgués en las semicolonias y su necesidad de licuar el poder potencial de una clase obrera dispuesta a protagonizar la política nacional?

[7] En el mundo semicolonial, con un desarrollo muy desigual y desintegrado del sistema productivo, no es viable la supresión lisa y llana de la propiedad privada de los medios de producción y los mecanismos del mercado que asocian el incremento de la productividad del trabajo con el interés de los productores y un consumidor dotado de márgenes de elección. El propósito de desarrollar las fuerzas productivas, como lo prueba el modelo adoptado por China, es generar modos de colaboración y competencia entre la empresa pública y el capital privado, bajo un firme control estatal. Pero ese dato, que podría calmar al empresario nacional, que obtiene ventajas con la independencia económica, no logra vencer sus prejuicios de clase, que lo llevan a solidarizarse con el capital extranjero y le imponen conductas inestables y contradictorias con sus intereses generales. Consecuentemente, ese modelo debe serle impuesto, como hizo China, luego de vencer al “nacionalismo” burgués.

[8] Decir que “los buenos son poquitos” merece un aplazo, si se recuerda que se alejaba a patriotas insignes, de honradez probada, mientras se acudía a chupamedias y arribistas, que, como es obvio, serán traidores, cuando les convenga serlo. Galasso, Norberto, Perón, formación, ascenso y caída (1893-1955), Tomo I, La burocratización, pág. 609 en adelante, Editorial Colihue, 2011.

[9] Ramos, Jorge A., Revolución y contrarrevolución en la Argentina, Tomo V, La era del bonapartismo, pág. 208. Plus Ultra, 1972.

[10] La fecha de publicación de La conducción vertical. consta en nota 1

[11] El conflicto gobierno-CGT y el rol político de la clase obrera, del 25 de diciembre depun-2012. Se encuentra, hoy en https://aurelioarganaraz.com/politica-argentina/el-conflicto-gobierno-cgt-y-el-rol-politico-de-la-clase-obrera-2/

[12] Cabe recordar que el conflicto se origina en la reivindicación por la CGT del derecho de los trabajadores a participar de las ganancias de las grandes empresas y del discurso de Hugo Moyano que legitimaba la aspiración de que un obrero pudiera ser presidente de la república. Es difícil encontrar una prueba fáctica más elocuente de lo que son los límites del nacionalismo burgués, que arriesga el respaldo obrero con tal de no “ofender” al poder económico; en otros términos, de su disposición a desertar de la defensa de lo nacional cuando se ponen en cuestión sus intereses de clase. Por otra parte, transformando la pelea con la CGT en una agresión a la clase obrera, el gobierno sostuvo, con obcecación, el Impuesto a las Ganancias al salario de los trabajadores. Ese verdadero disparate político le permitió a Macri buscar el voto de franjas obreras, en su campaña presidencial, prometiendo derogar el odiado impuesto. Correlativamente, Scioli se vio obligado a callar sobre el punto, para no cuestionar la política de “la jefa”, cediendo esa bandera al candidato oligárquico.

[13] La tarea de Milei y el conjunto de la oposición se redujo a la tarea de presentar al gobierno de Alberto Fernández, desacreditado in toto por “los propios”, como sinónimo de “peronismo” y/o “kirchnerismo”.

[14] El arbitraje bonapartista, para no ceder la facultad de arbitrar y el poder que deriva de esa facultad, en lugar exigir que los sectores antagónicos que coinciden en sostener una política nacional (el empresariado nacional y la CGT, es el ejemplo más importante) reconozcan los límites que la realidad impone, para dar base a una política de concesiones mutuas, opta por pendular entre ambas fuerzas, sin satisfacer a nadie.

[15] El distanciamiento entre Carrillo y Perón surgió justamente de las prevenciones que el ministro planteo observaciones relativas al conflicto con la Iglesia, en 1954, cuyo contenido preciso se desconoce, aunque sabemos de las torpezas tácticas cometidas durante el mismo, que facilitaron la tarea del bando enemigo.  De todos modos, cuando la solidez del colaborador puede opacar al líder, la selección del mismo corre el riesgo de priorizar al peor. Esto podría explicar el enigma de por qué teniendo entre sus partidarios a Aldo Ferrer, uno de los grandes economistas argentinos, Kirchner lo envió de embajador a Francia, mientras le cedía el ministerio de economía a una figura tan desteñida como Lousteau, una elección fatal al momento de enfrentar el problema agrario.

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