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LOS ORÍGENES DE LA DERROTA DEL 12 DE SETIEMBRE: ¿QUÉ HACER AHORA?

Derrotados

Interpretar la derrota sufrida en las PASO es menos sencillo de lo que pretende aquel que se limita a ver “el factor económico”. Por nuestra parte, creemos que el malhumor que hizo perder votos al FdT tiene un origen multicausal. La pérdida de empleos, la reducción del ingreso, la parálisis de millares de emprendimientos diversos, en fin, la suma de problemas que sufrieron aquellos que no tienen un ingreso fijo, por graves que sean, deben ser integrados en un marco referencial para comprender las razones que llevaron al electorado a castigar al gobierno y favorecer directa o indirectamente a los opositores. Es obvio que pudo hacerse más, para mitigar las penurias relacionadas con el dinero. Sin embargo, los datos señalan que el gobierno de Alberto Fernández superó a otros de América Latina y el resto del mundo en cuidar el empleo y el ingreso de los actores de la vida económica, con énfasis en la franja más vulnerable. Era posible, se alega hoy, llegar con el IFE algunos meses más. Pero, no es menos cierto que basta con imaginar qué hubiese hecho Macri, estando en el poder, para admitir que el cuadro de premios y castigos que trazan las PASO prueba que la equidad no es un atributo de la historia humana y descifrarla exige una mirada sin prejuicios y no lineal. Algo semejante cabe decir de la política sanitaria vigente, superior al promedio de la mayoría de los países y merecedora de aplausos si se la coteja con los desatinos y la irresponsabilidad macrista. Así las cosas, el examen requiere incorporar datos que otros ignoran para encontrar la racionalidad de un comportamiento electoral que desafía la inteligencia. Mientras no entendamos que sucede, estaremos sumergidos en una confusión abrumadora y desmoralizante.

Ahora bien, si el malestar prevaleciente obedece a razones múltiples y complejas y las carencias que acusan nuestras mayorías no se resuelven sólo “poniendo dinero”, la conclusión es muy inquietante. En primer lugar, porque aun así no existen dudas de que la pobreza es vasta y, habida cuenta de que el FdT no se propone rechazar la deuda con el FMI, los márgenes de maniobra son muy estrechos, de cara a noviembre. Si además hay demandas intangibles, no vemos en los jefes del campo nacional una predisposición a interesarse por ellas. Los “analistas” amigos y los dirigentes más encumbrados del FdT sólo repiten aquella sentencia del General Perón, según la cual “la víscera más sensible del ser humano es el bolsillo”. Parecen ignorar, esos discípulos, que los pueblos alcanzan la condición de sujeto respondiendo a interpelaciones menos pedestres; es por lo menos curioso que, siendo que en nuestro caso somos nacionales, pero no peronistas, tengamos que recordar los discursos de Evita y que Perón supo siempre hablar al corazón del pueblo argentino. Sus seguidores actuales parecen ser sordos a los asuntos del espíritu; su brutal utilitarismo recuerda a esos padres que en lugar de afecto y comprensión dan un billete. El hambre no puede saciarse con afecto, pero ¿cómo no advertir que el ser humano también precisa valorar su vida, trabajar para sostenerse, sentirse digno, no vivir con miedo, creer en la justicia, un entorno de valores y solidaridad social y que en ciertas circunstancias, en pos de ideales, es capaz de sacrificarse y llegar incluso al heroísmo? Los que otorgan “al bolsillo” ese poder determinante exclusivo, que para colmo en la billetera sólo tienen monedas, subestiman a los de abajo, carecen de un alimento que las circunstancias reclaman, pero que las masas apreciarían si la elite es capaz de dar el ejemplo, con actos claros, no solo retórica. Los apóstoles del dinero ¿cómo creen que los libertadores de América llevaron al combate a nuestro pueblo? ¿creen que San Martín utilizaba un power point para explicarle a los pueblos cómo incrementar la demanda agregada?

El reino del desamparo

La noción de desamparo resume, a nuestro juicio, cómo vivieron las grandes masas la experiencia de la pandemia. El desamparo incluye las carencias y temores de índole material, pero abarca otras que son intangibles. Ahora bien, la dificultad mayor para aceptar este enfoque es que adoptarlo conduce a la conclusión de que son débiles, cuando no inexistentes, los lazos que vinculan a las estructuras y la militancia del campo nacional y las fuerzas sociales que constituyen sus bases o, mejor dicho, que son registradas por el peronismo como tales. En ese espectro, uno de los sectores es la clase obrera, cuya representación y activismo no rehízo el vínculo deteriorado por el conflicto entre el último gobierno de CFK y la CGT de Hugo Moyano, agravado por el sostenimiento del Impuesto a las Ganancias. La jerarquía sindical, aunque respalda al gobierno de Alberto Fernández, luce alejada del quehacer político y nada se hace para involucrarla más, por parte de la llamada “rama política”, que la apartó de la conducción del PJ  en tiempos de Alfonsín. La base obrera, todo lo indica, no es ajena a la crisis de la representación; su  identidad peronista, inconmovible durante décadas, tiene hoy mucho de mito. Los marginalizados y excluidos no son políticamente más estables; los resultados electorales no dejan al respecto lugar a dudas. Es de pensar que han retrocedido en conciencia social desde el momento en que emergieron, con los movimientos sociales de la década del 90, enfrentando al neoliberalismo. Al fin y al cabo, en aquel momento su condición obrera era todavía una pérdida reciente, mientras que la marginalidad, hoy, se ha vuelto crónica.  Y el amplio sector de clases medias pobres, semi marginales suburbanos,  oscila también, sin referencias que las protejan contra el influjo mediático. Este estado de cosas, que resumimos brevemente, es clave para entender el cuadro de situación que encontró la pandemia, en los primeros meses del 2020.

Ahora bien, si hay resistencia en el seno del peronismo (también en la UCR) para asumir que vivimos en la crisis de la representación, y se carece siempre de vínculos fluidos con las grandes masas (algo que explica que el FdT advierta en la medianoche del 12 de setiembre el malestar reinante), también es cierto que admitir el fenómeno del desamparo general colocaría al gobierno frente a la necesidad de enfrentar un problema insoluble para el liderazgo burgués del movimiento nacional, a saber: si se quiere superar este momento, además de reactivar la economía y redistribuir el ingreso es necesario levantar un programa capaz de enamorar (verbo manoseado, pero elocuente) al pueblo argentino, llamándolo a movilizarse contra los opresores del país, imponerles el poder de las grandes mayorías, alterar el orden de jerarquías sociales, liberar a la patria y liberarse él mismo del aciago destino que sufre el país desde la caída de Perón en 1955 ¿ O alguien cree posible “enamorarlo” con “proyectos que madurarán en el mediano plazo” y otros espejitos de colores gratos al empresariado, pero que nada le dicen al corazón de las masas? Y no se trata sólo de una cuestión de semántica.

El desamparo, a su vez, no apareció con el covid, al menos en las franjas sumidas en la marginalidad,  cada vez más amplias, que sufren esta situación sin haber perdido, felizmente, la memoria de que el país tuvo épocas mejores. Sin embargo, ni siquiera allí la desprotección es sólo material. Con sólidos argumentos se ha señalado que la inseguridad se sufre en estos ámbitos con particular crudeza. Pero además se carece, en el conjunto social, de continencia espiritual, referencias ideológicas y universos simbólicos que provean identidad y otorguen sentido. No ignoramos que este fenómeno tiene un alcance muy extenso; es anterior a la pandemia, que lo tornó visible en diversos países, sin excluir al primer mundo. Por el contrario, sabemos que esa situación explica que hayan perdido en diversos países casi todos los oficialismos que enfrentaron elecciones después del covid. Y que en ese marco, cuando alguna concordia domina la escena, es transitoria. El presidente argentino, en los primeros meses, fue investido por el público con los atributos del protector; su imagen creció en prestigio y autoridad. Este fenómeno, sin vínculos con lo económico, aunque coincide con la invención del IFE y ATP, que amparaban económicamente a vastos sectores, incluía notoriamente la gestión de la salud, pero también expresaba confianza en el presidente, investido con las cualidades de la moderación y la  sensatez. Al prolongarse en el tiempo y adquirir una creciente gravedad los problemas, el vínculo del poder con las grandes mayorías imponía apelar a recursos movilizadores del ánimo social, a una solidaridad más extensa y sólida, algo que supera al liderazgo y la vertebración del peronismo actual,  tal cual es.

El contexto histórico: una crisis terminal

La armonía inicial se esfumó velozmente. Las desigualdades sociales, en la pandemia, fueron cada vez más visibles. Aislarse en el hogar es muy diferente cuando la casa es amplia, tiene todos los servicios y el dinero alcanza, que si carecemos de todo y estamos hacinados en una pieza. La escuela virtual sin internet no existe, y es un tormento con un celular para cuatro hijitos. Para aquel que goza de una buena jubilación, mientras no se enferme, el drama se reduce a soportar la soledad o limitar sus intercambios al círculo de los convivientes. Para quien depende de un negocio o actividad afectada por las clausuras sanitarias, la zozobra se extiende de lo económico a lo vital: sin su habitual rutina no sabe qué hacer. Si además se trata de  un “adicto” al trabajo, estar en casa es un infierno. Deliberadamente, dejamos para el final el miedo al covid, el contagio propio o de seres queridos, la muerte.

Este cuadro, que es global pero se agrava en nuestros países, y particularmente en la Argentina que nos dejó Macri, sólo estaba cambiando muy imperceptiblemente cuando nos tocó votar y explica, a nuestro juicio, el malhumor generalizado, que la oposición logró canalizar contra el gobierno. No hay un voto a Juntos por el Cambio, sin embargo, y menos aún una irracionalidad patológica del pueblo argentino. Los virajes en su conducta, que han signado las últimas décadas, desconciertan al “analista” que aísla un momento (una instantánea), pero se tornan comprensibles adoptando un enfoque más abarcador, histórico, desprejuiciado. En relación a lo ocurrido el 12 de setiembre, si se quiere entender “la voz del pueblo”, luego de inventariar las causas inmediatas, visibles y cercanas del malhumor público, es preciso integrarlas a un cuadro histórico más abarcador; evitar el riesgo de pasear por las ramas y no ver el árbol. En el pasado próximo y más lejano, hay claves que si se ignoran reducen el análisis a una reunión de lugares comunes y frases de utilería. Las “conclusiones”, aun cuando sirvieran para corregir la acción del actual gobierno –sus límites y contradicciones le impiden adoptar una política de liberación nacional–no son lo nuestro: pese a la voluntad de apoyarlo con firmeza contra el poder  oligárquico, no está en nuestras manos influir sobre su marcha. Podemos, sí, aportar una reflexión al activo militante, que advierte impotente los peligros que enfrentamos.

No vemos, en las cumbres del poder, una voluntad de analizar objetivamente el drama nacional, con miras a superarlo. Encontramos, sí, visiones facciosas. Los datos se eligen para llevar agua al molino propio y se desecha lo demás. Claro que cada intérprete buscará apoyo en el mundo de lo real, para ser convincente. Pero, tampoco basta con ser honrado, si falta un enfoque totalizador concreto. Sin insertarlo en la cadena, cada eslabón es un misterio y, sin perspectiva, el investigador da un cuadro acotado, superficial, impresionista, incapaz de brindar resultados serios, útiles para la acción.

Intentemos hacer otra ruta metodológica, al volver al tema del “malestar económico” y al presunto ajuste que lo habría causado. Desde luego, era posible una mayor “generosidad”, pese al quebranto estatal y los límites implicados por la negociación de la deuda con el FMI. Pero, antes de seguir, cabe  decir que los críticos de la gestión de Guzmán no se atreven a plantear la denuncia de la deuda, como alternativa a la adoptada por el ministro de Economía. Se habla de la estafa consumada por Macri y el Fondo Monetario, pero no se sugiere, dentro del campo del FdT, el desconocimiento de la deuda. Con lo cual el debate se limita al tema de un punto más o un punto menos del déficit fiscal en la ejecución presupuestaria que tuvo lugar antes de las PASO. Nos preguntamos: ¿esa diferencia, por sí sola, hubiese cambiado el ánimo colectivo? No rechazamos la idea de auxiliar más a los afectados por la pandemia y dar más impulso al consumo popular. Pero, en un país quebrado, paralizado por el covid, aunque el auxilio del Estado hubiera podido ser mayor ¿cómo afirmar que se hubiese logrado satisfacer necesidades tan excepcionales? La protesta social ha conmovido a todos los países y casi todos los oficialismos fueron sancionados por la opinión pública, tal como dijimos. Y, si el rechazo al gobierno debe evaluarse como “una respuesta racional” ¿por qué no sancionó la conducta de la oposición, que hundió a la Argentina en un abismo notorio y se ensañó en obstruir la lucha contra la pandemia, con el único fin de atacar al gobierno? No ignoramos, al argumentar de este modo, otros factores, como el papel de la prensa, pero aquellos que absolutizan el poder de los Medios deberían recordar que no pudo evitar en el 2019 la derrota de Macri[1]. Para no pifiar, debe hacerse un enfoque menos sesgado, más fértil. Sin identidad política, el pueblo es permeable a presiones nefastas, que obrarán contra él. En situaciones límites, castigará al primero que la prensa señale como gran culpable de todos los males. No insinuamos que el pueblo argentino es irracional. Tuvo razones para votar así. Pero son complejas. Para identificarlas y hacer un diagnóstico más congruente, diríamos: (1) hay que abandonar el dictamen economicista; admitir la presencia de un malestar difuso, alimentado por los  trastornos de diverso orden que nos impuso la pandemia, que se parece a la guerra; (2) advertir que “la racionalidad” emerge cuando el análisis incorpora un “dato” que omite el autor sólo atento a los hechos relacionados con el dinero. Ese “dato”, que todos los políticos esconden bajo la alfombra, es la crisis de la representación y las identidades ideológicas vigente en el país, que salió a la luz en el 2001 y no está resuelta. En ese contexto, el malestar se canalizó contra un gobierno peronista cuyo vínculo con las masas es muy precario, como se comprobó en las elecciones del 2015 y el 2017, sin omitir las limitaciones del triunfo electoral del 2019. Esa debilidad política estructural impidió que el gobierno dirigiese el malhumor popular contra el poder económico, que en el curso de la epidemia, atendiendo con egoísmo sus intereses de clase, se negó a parar, desprotegió a sus empleados, que el Estado Nacional fue el único en sostener y, como si todo eso fuese poco, elevó los precios que pagan los consumidores y resistió la sanción del Impuesto a los millonarios, demostrando su absoluta falta de solidaridad. Y aquí sí cabe reconocer la debilidad del gobierno, que sancionó el impuesto, pero no castigó a los especuladores y sus cómplices, causantes y beneficiarios del agravamiento de los males que el país sufría. De todos modos, advertir que debe corregirse el rumbo, priorizar las necesidades de los marginalizados por el sistema, los asalariados y el escalón inferior de las clases medias es, sin duda, de buena política y se torna imprescindible para cambiar el humor de las bases electorales. No obstante, también debemos examinar la gestación del actual momento, sus coordenadas históricas, para definir una estrategia y construir los medios aptos para defender el terreno ganado en el 2019 con la derrota de Macri, y librar una lucha capaz de superar los límites programáticos y los modos de estructuración que se advierten hoy en el movimiento nacional, que obstaculizan la lucha por liberar a la patria.

Identidades políticas y estructuras de representación

Al desatarse la pandemia, señalamos que el país sería sometido a una prueba mayor, con similitud a las que impone una guerra librada en el propio territorio. En una declaración de Iniciativa Política, se planteaba la propuesta de que el Estado fuese provisto de la facultad de establecer cómo contribuía cada sector de la economía y la sociedad al esfuerzo colectivo, reemplazando el “dejar hacer” propio de “la normalidad” por un estatuto tan excepcional como era la situación que debía enfrentarse. Esa fórmula no fue en absoluto un fruto de la imaginación; sugeríamos, en realidad, lo que hicieron ante las guerras del siglo XX diversas potencias, como la Alemania monárquica en 1914, para estructurar y ordenar el esfuerzo que impone un conflicto bélico, que exige subordinar los intereses particulares a las exigencias de la nación, cuyo destino está en juego. Si consideramos que la pandemia impuso la paralización de casi todas las actividades durante un periodo de duración incierta, se entenderá que no había exageración alguna en aquella proposición.

Para no fracturarse, en esos momentos, la sociedad depende en buena medida de la autoridad que el pueblo reconoce a sus gobernantes, investidos de legitimidad, y de la identificación de la elite con los intereses del país. Así, el desafío, que implica sacrificios, puede enfrentarse sin desmayos.

Como cabe suponer, dicha cohesión es más sólida cuando las mayorías sostienen un ideario nacional y el liderazgo que las encarna. En 1951, después de dos años de sequías que obligaron a la Argentina a comer pan negro (entonces, eso se vivía como una desdicha), el General Perón ganó las elecciones con el 63% de los votos, pese a que la oposición intentó responsabilizarlo de aquel padecimiento. Ningún trabajador, ni una sola obrera de aquellas que sufragaban por primera vez, encontró motivos para votar contra el peronismo y la reelección de su líder fue plebiscitada.

En el presente, domina la escena la crisis de las identidades y representaciones políticas[2]. La UCR, que  fue la expresión de nuestras clases medias democráticas, ha pasado a ser un siervo del PRO, esa fuerza de ocupación extranjera que dirigen Macri y Rodríguez Larreta, que expresa directamente al núcleo de poder económico, adicto a la especulación y fuga de divisas. Y el peronismo, aun siendo capaz de sostener una política defensivamente nacional, con algún arresto más enérgico, como se vio con la estatización de las AFJP, de YPF y Aerolíneas, no levanta un programa de liberación nacional, que lo llevaría a luchar contra los pulpos económicos que engordaron en el Proceso, el ciclo menemista y el gobierno de Macri, a costa de la destrucción del Estado que edificó el General Perón.

En otras condiciones, con los partidos populares actuando como expresión de nuestras mayorías, es de suponer que el pueblo argentino no habría sufrido la orfandad que padeció durante la pandemia, y hasta cabe creer que aquellas fuerzas que protagonizaron el abrazo de Perón y Balbín, con el covid    amenazando al pueblo argentino, no hubieran estado en veredas opuestas, con la UCR obrando cual peón del PRO, clara expresión del bloque oligárquico. Pero el sistema político, incluido el peronismo,   es una cáscara desprendida del ser vivo, que se dirige al elector– las personas no cuentan, sino como votantes– por medio de la televisión, sin tener militantes que convivan con las masas, con la única y limitada excepción de aquellos ligados al “territorio”, en el universo de los excluidos.

De tal modo, no hay una circulación sanguínea entre el gobierno popular que supimos conquistar y los ciudadanos de a pie. En consecuencia, el FdT sólo se entera del malhumor popular en la medianoche del 12 de setiembre, cuando todos esperan, incluida la oposición, un resultado distinto. Por nuestra parte, sin haberlo previsto, con algunos sondeos en la clase trabajadora, estábamos preocupados. La razón consiste en que venimos advirtiendo que es imposible reconstruir el movimiento nacional sin actualizarlo doctrinariamente y establecer modos de liderazgo y estructuración capaces de impulsar un amplio debate de los problemas nacionales y un claro protagonismo de las masas populares. Y tal cuestión, acuciante ya, no es asumida por las actuales jefaturas.

La conducción verticalista, venimos diciendo[3], despolitiza a las fuerzas del campo popular, de diverso modo. En primer lugar, establece vías de selección “al revés” de los cuadros militantes: en el marco de la verticalidad, un liderazgo individual que carece de contrapesos premia o castiga, situación en la cual la militancia no debe prestigiarse abajo, en la base del movimiento, sino arriba, ante el jefe. En lugar de una estructura piramidal que crece eligiendo los líderes naturales del pueblo, surge una burocracia desligada del mismo, que representa al jefe frente a las masas, ese “gigante invertebrado”, que mencionaba Cooke. En ese marco, el debate de ideas, la tarea de encontrar la mejor respuesta a cada momento, la función de auscultar cuál es el ánimo y los deseos de la base, mueren desplazados por la espera pasiva de que “bajen línea”. La figura  del invertebrado se hace así literal. El lugar del análisis lo ocupa el intercambio de las sentencias de Perón, Evita, Néstor o Cristina. Eso rinde, para aquel o aquella que quiere ascender en la carrera política; nadie cometerá el error, al observar esa anomalía, de advertirle al rey que está desnudo. Finalmente, como un alcahuete suele ser un traidor potencial, los ideales ocupan poco lugar, en su universo. Ese género de personajes nunca fortalecerá al movimiento nacional, dentro del cual es un peso muerto.

Aunque se trata de un problema mucho más general y amplio, las PASO mostraron las proporciones del problema, que impide reconstruir las fuerzas nacionales y, en lo inmediato, obstruye la necesaria capilaridad entre el liderazgo popular y los sectores que lo sustentan. Esto se agrava, a su vez, con la marginación sufrida por el movimiento obrero que tuvo lugar, según dijimos, en la década del 80, al imponerse en el peronismo “la rama política” que impulso “la renovación”, sancionando su tesis de que la derrota ante Alfonsín en 1983 sugería “blanquear” la imagen del movimiento, al que habían desprestigiado los “cabecitas negras”. Dichas circunstancias, que parecían superarse en los primeros años del ciclo kirchnerista, fueron acentuadas después por la ruptura del gobierno de CFK con la CGT de Hugo Moyano y otras acciones lesivas para los trabajadores[4], entre las que sobresale la imposición del Impuesto a “las Ganancias” del asalariado, que obraron a favor del triunfo de Macri.

Conclusiones

Nuestra mayor esperanza, frente a las elecciones del 14 de noviembre, se funda en creer que el voto popular quiso señalar al actual gobierno su fuerte disgusto con una gestión que no supo amparar, en múltiples sentidos, a nuestras mayorías, en las condiciones dramáticas creadas por la pandemia. Esta suposición se apoya en la premisa, ampliamente aceptada, de que no hubo un voto a favor de Juntos por el Cambio u otras fuerzas de la oposición actual. En realidad, pensamos que obró una mezcla de protesta dirigida al gobierno con un rechazo indiscriminado a la política; siendo de vieja data, con la crisis del coronavirus éste creció exponencialmente, mientras la sociedad enfrentaba una catástrofe sin precedentes, en un momento de la historia signado por la ausencia de los recursos espirituales que nos sirvieron de refugio y contención en otros tiempos.

Ese cuadro, generado por la pandemia, que alimentó fantasías de cambios civilizatorios[5], desafía al análisis; no es posible aún saber hasta dónde determinará cambios, en un orden global que era frágil y de incierto futuro antes del covid. En esas condiciones, se cuentan con los dedos los gobiernos y las naciones que superaron la prueba sin mostrar grietas. En nuestro caso, nos atrevemos a decir que el gobierno del país no será condenado por el juicio histórico, cuando el análisis comparado coteje su desempeño en relación al resto. Pero esa presunción no implica ignorar que fue incapaz de advertir la magnitud del drama y de brindarle a nuestro pueblo una contención espiritual. Su diagnóstico del origen del malhumor público, luego de las PASO, seguido de la fórmula de “poner dinero en los bolsillos”, es desafortunadamente pobre. Un diagnóstico errado, con la medicina consiguiente, torna dudoso el éxito de la empresa de recuperar la confianza de las mayorías populares. De todos modos, hay varias razones para pensar que todo puede pasar. La oposición, al envalentonarse con su victoria, ha resuelto apostar a un discurso anti obrero, que fideliza sus bases electorales gorilas, pero podría generar una reacción defensiva en la clase trabajadora y el movimiento sindical. Por nuestra parte, vamos a impulsar su lucha y apostar a que la llamada “columna vertebral” recupere la iniciativa, y adquiera la centralidad que necesita hoy el movimiento nacional, si queremos revitalizarlo y proveerlo de un programa capaz de liberar a la patria.

Sea cual fuere el resultado coyuntural, fieles a nuestro pueblo y a la defensa de la patria, analizamos para entender y compartir los resultados; en las buenas y las malas debe preservarse la unidad de las fuerzas del campo nacional, distinguiendo con claridad al enemigo principal. Ningún patriota sentirá haber faltado a sus deberes con la nación y las grandes mayorías si pelea por vencer electoralmente al PRO y el poder económico. Al mismo tiempo ¿cómo ignorar las falencias actuales del movimiento nacional y la necesidad de reconstruirlo doctrinaria y estructuralmente? Lo coyuntural y el futuro no pueden escindirse, sin traicionar nuestra causa. Para emprender la lucha por liberar a la patria hoy colonizada, la clase obrera, los sectores empobrecidos de nuestras clases medias, los excluidos, y los patriotas que, sea cuál sea su profesión u oficio, sufren de ver a la nación arrodillada por una elite vil cuyo único Dios es el dinero, deben probar, en esta coyuntura, que saben quién es el enemigo y sus cómplices. Sin el don de identificarlos, sin la sensibilidad de advertir donde está la Nación y cómo honrarla, nada más importante podrá construirse.

Córdoba, 06 de octubre de 2021

[1] Ver http://aurelioarganaraz.com/ideologia-y-politica/los-gurues-los-medios-las-identidades-politicas-y-la-autocritica-del-movimiento-popular/

[2] El dominio del capital especulativo ha generado una destrucción del sistema de partidos en muchos países y la crisis de la representación no es un problema sólo argentino. Una de las manifestaciones de esa dilución de las identidades ideológicas es que las hegemonías son muy precarias. Pero hay excepciones, para probar que el fenómeno puede superarse si un movimiento logra “enamorar al pueblo”. En Bolivia la apatía no afecta al MAS; en durísimas condiciones, el pueblo venezolano sostiene a su gobierno. A favor, o en contra, en estos casos, el pueblo se identifica con fuerzas que lo expresan. Eso no impide que los jefes populares puedan errar en distintos momentos, pero las mayorías exhiben una conducta más fiel hacia ellos, otorgándoles márgenes de tolerancia imprescindibles para enfrentar las situaciones complejas. Ahora bien, omitir el dato de que estas fidelidades –pensar en Perón– son la respuesta a políticas que apostaron a transformar de raíz las condiciones de vida de las grandes masas, sin limitarse a encarar reformas menores es omitir lo principal del asunto, para hablar después, como vimos ahora en algunos casos, de un “pueblo desagradecido”.

[3] Ver http://aurelioarganaraz.com/politica-argentina/la-conduccion-vertical-despues-de-peron/

[4] Gorojovsky http://www.formacionpoliticapyp.com/2021/08/la-clase-trabajadora-el-gobierno-y-las-elecciones-de-2013/

[5] Ver http://aurelioarganaraz.com/economia-y-sociedad/hacia-donde-vamos-la-aldea-global-despues-de-la-pandemia/

ALBERTO FERNÁNDEZ Y NUESTRA LUCHA POR LIBERAR A LA PATRIA

AF

Cuando terminó de constituirse el Frente de Todos, lanzada ya la candidatura presidencial de Alberto Fernández e incorporado Massa, con algunos compañeros de militancia celebrábamos que, faltando el amor en un campo nacional tan amorfo, la feliz decisión de Cristina Fernández hubiese permitido que a nuestros dirigentes los uniera el espanto. Era imprescindible terminar con la banda de salteadores que lideraba Macri, expulsar a esa suerte de fuerza de ocupación, que habría de condenarnos, en cuatro años más, a ser un país definitivamente inviable. En esas condiciones, era clara la necesidad –lo dijimos en esos términos, sin embellecer las cosas y con toda honestidad– de no objetar, desde nuestro lado, el empeño puesto en sumar a Massa, con la condición de darle un rol subordinado, ya que sabemos que es un amigo de la embajada de EEUU. Esta posición, que hubiésemos rechazado en otro contexto, se justificaba –entendíamos  entonces y no advertimos razones para cambiar de opinión– por la debilidad del bloque propio y el grado de dislocación de las fuerzas populares, afectadas por la zigzagueante trayectoria del sector mayoritario del movimiento nacional en las últimas décadas, que, si bien nos dio, luego del 2001, a Néstor y Cristina, también fue responsable de la década menemista. Y, en el primer caso, aunque siempre juzgamos al ciclo kirchnerista como lo mejor que tuvimos después de la muerte del General Perón, no es posible ignorar que el triunfo de Macri, en el 2015, y varias de  las rupturas habidas en el campo nacional, no fueron causados por un rayo que cayó del cielo, sino la evidencia de los límites y contradicciones de su cúpula superior.

En realidad, la razón de fondo de que Cristina Kirchner subestimara las consecuencias que sus decisiones más desdichadas iban a tener[1] –debilitar de varios modos las bases electorales y la sustentación política del Frente para la Victoria– se relaciona directamente con un fenómeno que el sistema de partidos, no sólo el peronismo, tiende a negar. Nos referimos a la crisis de la representación política. Ésta mostró el rostro en la crisis del 2001 (“que se vayan todos”) y no fue superada, al menos hasta hoy[2]. Los partidos tradicionales, incluido el peronismo, prefieren mirar para otro lado antes que buscar los motivos por los cuales la identificación de sus bases ha perdido vigor, por decirlo suavemente[3]. El kirchnerismo, en particular, creía ser el heredero del peronismo, en cuanto a concitar el grado de adhesión de la clase obrera que había tenido el General Perón; al menos, ése que aseguraba el voto de los trabajadores, en una elección. No era así. La creencia era parte del triunfalismo reinante, en ese ámbito, hasta el 2015[4], y quizás explica la falta de conciencia de que no había margen para acumular desatinos. En las actuales circunstancias, el dato es crucial. Los posibles desaciertos de cualquiera de los integrantes del Frente de Todos y obviamente del gobierno mismo, pueden ser fatales. En nuestro caso, lo que vale para todos los que apoyamos al presidente desde la izquierda, por así decir, es necesario  recordar siempre esa lección, que la historia reitera[5]: atacar a un gobierno nacional-popular al que acosa la oligarquía –somos partidarios de ejercer la crítica sin ignorar ese dato central, que dicta una posición de “apoyo independiente”– sólo favorece al bando imperialista. Ese patrón de conducta sólo debe modificarse si los trabajadores y el pueblo tienen una clara voluntad de avanzar (con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes). En ese caso, es claro, nuestro deber es acompañar a las mayorías, impulsar su lucha con inteligencia y firmeza. Pero  no es ésa la situación, hoy. En el actual momento, atacar al gobierno sólo puede beneficiar al  enemigo, tal como ocurrió en el 2015 con ciertas reticencias a respaldar a Scioli.

Los hechos hablan: el triunfo popular en las elecciones presidenciales de 2019 tuvo un alcance menor al deseado. Siendo ése el punto de partida de la situación actual y habiendo conservado pese a nuestra unidad el bloque oligárquico un apoyo del 40%, tiene un poder parlamentario suficiente para trabar al gobierno; conserva, es obvio, el poder económico, comunicacional y, en el presente, una buena cuota de poder judicial. En consecuencia, éste es un gobierno débil, política e institucionalmente. Como si todo esto fuese poco, a la insoportable herencia de un vertiginoso endeudamiento, y destrucción del aparato productivo y el nivel de consumo de las mayorías nacionales, se añadió la pandemia del coronavirus, con sus exigencias sanitarias y proyección fatal sobre la actividad económica, que estaba en recesión antes de la emergencia del covid-19. En suma, se trata de un cuadro extremadamente difícil de enfrentar, teniendo en cuenta, además, la clara disposición de los núcleos de poder económico concentrado de forzar al gobierno a una capitulación o, si éste se resistiera, a impedir su consolidación y provocar su fracaso. A nuestro entender, esa conducta destituyente es casi unánime en el núcleo del poder económico concentrado, contrariando la voluntad de generar acuerdos que ha sido enunciada como modalidad del gobierno por parte del presidente.

El desarrollo del enojo y sus sinrazones

Los rasgos que impone al desarrollo de la acción y al tratamiento de los problemas el liderazgo compartido que evidentemente impera dentro del Frente, aunque se preserve la facultad de ser quien decide para la figura presidencial, parecen desagradar a sectores de la militancia que esperaban ver menos cabildeos. Esta circunstancia, en el marco de limitaciones a la expresión  política, de la ansiedad y los temores que acompañan a una situación inédita de nuestras vidas, parece alimentar la desazón y el enojo en sectores minoritarios, pero activos y conversadores, de la opinión pública nacional y popular. Sólo de ese modo podemos entender que, luego de votar por Alberto Fernández, alguien pueda caer en la cuenta de que el actual presidente es un moderado, algo que siempre supimos sobre su personalidad política[6]. Puede que alguno, en el cuarto oscuro, creyera que iba ser, esta vez sí, un chirolita de Cristina Kirchner. En ese caso, se comprende la decepción, aunque no la compartimos. Hasta hoy, sólo vemos diferencias de estilo. Es claro que, en nuestro caso, nunca hicimos propio el delirio aquél según el cual alguna vez estuvimos en “la revolución kirchnerista”. Pero seamos serios: todos supimos que el actual presidente fue candidato para posibilitar el frente y tener chances de ganarle a Macri. Se intentó incorporar incluso a Lavagna, Urtubey y Schiaretti, dando un lugar al peronismo neoliberal.

Nada tiene de sorprendente, siendo así, que el presidente actual no sea un revolucionario, un género que además casi ha desaparecido dentro del peronismo, después de Perón.

Lo decidió Cristina; fue un acierto y un acto patriótico, pero también un reconocimiento de sus  errores previos, que se remontan a la ruptura con la CGT de Hugo Moyano y lo que siguió más tarde. Fue asumir, en los hechos, las responsabilidades propias en la derrota ante Massa, en el 2013, los goles en contra que facilitaron el triunfo fatal de Cambiemos, en el 2015 y su propio fracaso, en los comicios del 2017, en territorio bonaerense. La realidad le impuso no encabezar   la fórmula y elegir un moderado para presidirla. Más aún, precisó sumar al Frente Renovador y al mismo Massa. Dijimos que se intentó incluir a Lavagna. Y no estaba mal, era necesario.

Al recordar esto –aquella rectificación, ampliando las bases de sustentación política hacia todo el espectro de los adversarios de Macri, que permitió el triunfo del 2019– no hacemos cuestión de lo que ayer aplaudimos: respondemos al imperativo de preservar la memoria. “Con Unidad se van, con programa no vuelven”, decía un volante de Patria y Pueblo; al llamar a votar por el Frente de Todos, Iniciativa Política avalaba la incorporación de Massa al Frente, con la única condición de que fuese una pieza más, subordinada, del tablero; decíamos, sin disimulos, que si ése era el precio de triunfar sobre Macri, había que incluir “a un amigo de la embajada de EEUU”. Fuimos claros, ¿no sabían todo esto los que ahora se sorprenden de “la moderación” o “la búsqueda de consensos”, que acaban de descubrir como rasgos de personalidad de Alberto Fernández? ¿Acaso su conducta, después de constituirse el Frente de Todos, no mejoró mucho  lo que habíamos visto, luego del conflicto con la Mesa de Enlace?

Es más, salvo los jóvenes, por razones de edad, ¿cuántos de los protagonistas de “la década ganada” resistirían el  examen de su conducta en los 90? ¿cuántos de los que luego aplaudían al kirchnerismo habían votado a Fernando de la Rúa, diciendo que era mejor que Duhalde? Por nuestra parte, tenemos el honor de no haber caído en esas inconductas y valoramos habernos enfrentado al riojano y haber votado en blanco (ni Duhalde, ni de la Rúa). Pero después de la crisis del 2001, era realista reconocer que había que “barajar y dar de nuevo”, para juzgar a los dirigentes en función de la conducta que cada cual asumía tras el viraje nacional que impuso el caos, fielmente interpretado por Néstor Kirchner.

Un baño de realidad

Hasta ahora, el balance del ciclo de Alberto Fernández, tal como señala Alfredo Zaiat[7], muestra su apuesta a crear consensos; huye de la subordinación o el enfrentamiento, en la relación con el stablishment. Al mismo tiempo, como dice también ese economista, el poder económico no está dispuesto a ceder nada; no negocia y, agregamos nosotros, pone en función la fuerza de que dispone para subordinar al gobierno o llevarlo al fracaso, a cualquier precio. Definir ese marco como “empate hegemónico” sirve para graficar un estado de cosas. Pero no define la evolución y los resultados que provisoriamente arroja el conflicto, ni señala los temas en torno a los cuales se desarrolla la pelea, para que podamos juzgar lo hasta aquí logrado. Procuremos hacer un resumen serio: 1) el gobierno ha triunfado en la negociación de la deuda externa con los acreedores privados, contra la presión y maniobras que los centros de poder extranjeros e internos llevaron a cabo para ponerlo contra la pared durante la operación y, concluida con éxito esa disputa, cabe prever un resultado similar –hasta hoy fracasan las maniobras enemigas en contra el país– respecto al forcejeo con el FMI; 2) el mismo balance cabe hacer con respecto a las presiones destinadas a provocar una devaluación, con una finalidad especulativa y política, ya que iba a hundirnos, económica y electoralmente. En esa lucha, no menor, también se advierte una defensa exitosa del interés nacional, imposible de subestimar si se considera la debilidad que le impuso “la herencia” y las dificultades adicionales que trajo la pandemia, en un cuadro complejo del comercio exterior, sin acompañamiento de los miembros del Mercosur; 3) paralelamente, no pueden registrarse como defección, hacia la base social o como signo de irresolución y/o impericia en la lucha por afianzar su poder, las decisiones tomadas para enfrentar la pandemia (incluyendo el conjunto de las acciones económicas, cuyo fin fue respaldar a los trabajadores, los excluidos y las empresas, para amortiguar los efectos del paro forzoso). No por azar los medios hegemónicos, junto a la oposición feroz de Juntos por el Cambio, buscan a cualquier precio desprestigiar al gobierno, “muera la gente que tenga que morir”; 4) pese a las fastidiosas idas y vueltas, igual conclusión cabe sacar sobre la creación del impuesto a las grandes fortunas; 5) de modo indudable, en un marco de recesión y vacas flacas, el gobierno defendió a los sectores vulnerables, afectando los intereses de las franjas pudientes: congeló los alquileres, suspendió los desalojos; congeló tarifas en los servicios públicos (las concesionarias hablan de atrasos del 35%), estableció el carácter de servicios públicos de las prestaciones de internet; ha devuelto la paritaria nacional de los docentes, dejó abiertas todas las demás; impuso la doble indemnización por despido, pese a las quejas de todas las patronales, contuvo la suba de la desocupación con las ATP y a los sectores más desprotegidos con el IFE, hizo que los jubilados con ingresos bajos obtuvieran aumentos superiores a la inflación y el resto perdiera un 4% y logró (en medio de la catástrofe económico-social que se heredó del ciclo macrista éste es un dato mayor, de gran importancia para la recuperación del consumo) que los salarios perdieran respecto de la inflación mucho menos que en el resto de América latina.

Al mismo tiempo, hay un dato clave, en el orden de lo político, imposible de soslayar a la hora de trazar nuestra posición ante el gobierno: el poder económico concentrado, sus medios de prensa, sus jueces cómplices y la derecha oligárquica, no descansan un minuto en la lucha por obstruir su gestión y afianzamiento. Pujan para impedir que las elecciones próximas fracturen o debiliten a la oposición y, ampliando el poder del Frente de todos, liberen al gobierno de la extorsión constante –imponiéndole  zigzagueos que hieren la confianza y afectan su prestigio ¿Cómo negar el significado de esas conductas? ¿no sabemos que si el actual gobierno hubiese traicionado el mandato popular y no defendiese el interés general y las potestades del Estado, los medios hegemónicos llenarían hoy de elogios al presidente, como hicieron con Menem? ¿no calibramos el odio y la agresividad que exhiben sus escribas, las centrales del stablishment y la oposición? Sólo un ultraizquierdista no ve esas cosas; si se trata de militantes del campo nacional, es de esperar que la ansiedad y el enojo ante las marchas y repliegues que impone la realidad al gobierno, que asume sus límites, deben canalizarse hacia una acción política que fortalezca al campo nacional-popular, sin hacer como el perro que se muerde la cola.

Algunas variantes de “fuego amigo”

Sin embargo, en cierta militancia, en lugar de ganar terreno el deseo de alterar las relaciones de fuerza, generando acciones aptas para ganar a los sectores indecisos y aislar al núcleo duro que sigue a Macri, crece el malhumor contra nuestro gobierno, al  que se juzga indeciso frente al poder económico, llegando a plantear su supuesta capitulación. Como a nuestro entender se trata sólo de ciertas franjas, no del grueso de aquéllos que votaron por el Frente de Todos, es importante identificar a ese universo de “enojados” y analizar sus argumentos.

El primer grupo que vamos a mencionar está representado por ex funcionarios; aspiraban a un cargo en esta gestión y no los llamaron. No tienen empacho, ahora, en prestarse a los medios del poder hegemónico, cuestionar aspectos de la actual gestión, descalificando a sus ministros y a determinadas medidas. Por obvias razones, no son ellos el sector que nos interesa invitar a una reflexión. La lógica del arribista no es parte del debate.

Nos interesan, sí, muchos compatriotas honestamente afligidos por la suerte del país, que sin duda desean ver triunfar al gobierno que han votado. Quieren que se revierta el daño causado por el ciclo de Macri y se siga un camino nacional y popular, apto para conquistar soberanía nacional y justicia social. En esa franja, creemos identificar tres variantes fundamentales, cuya actitud crítica no obedece a las mismas razones, por las diferencias ideológicas que los separan y por el grado de compromiso previamente adquirido con tendencias políticas cristalizadas por su filiación, sus referencias conceptuales y su perspectiva actual. Aunque como es de esperar, existan entrecruzamientos y casos “híbridos”, nuestra esquematización es imprescindible para hacer de nuestro examen un aporte al debate sobre las preocupaciones que compartimos, que giran alrededor del destino nacional, en este momento de la vida histórica.

La primera tendencia que vamos a mencionar –dentro del campo de aquéllos con los cuales es de nuestro interés desarrollar un debate– la conforman compañeros que proponen “retornar a las fuentes del primer peronismo”, recrear el IAPI o alguna institución que permita a la Nación una injerencia directa en el comercio exterior, reconstituir la flota mercante estatal, y apostar, en general, el Estado empresario. En el plano ideológico, una vertiente interna al sector invoca a Perón y acompaña el planteo con denuncias que aluden a la “desviación socialdemócrata”, que explicaría el eco que encuentra hoy, en el seno del gobierno, la pequeño-burguesía que, identificada con el “progresismo”, se hizo kirchnerista, sin digerir al peronismo de viejo cuño y sin dejar de aborrecer al General Perón[8]. El problema de los “ultraperonistas” (llamémoslos así, ya que se trata de doctrinarios abstractos que nada dicen del peronismo real) es que omiten decir qué medios usarán para ganar hegemonía e imponer su programa; en suma, cómo evitarán que lo suyo sea algo más que pura nostalgia. Esa carencia de proyecto, que los condena a la impotencia, tiene a su vez dos manifestaciones: 1) el impulso a expulsar a los sectores “progresistas”, sin reparar que se puede debatir con ellos pero apreciar su viraje al campo nacional, que fortalece nuestro bloque. No es aceptable pensar que es mejor arrojarlos al bloque oligárquico, para preservar una “pureza” que huele a secta; 2) Este peligro se acentúa cuando el desdén a la lucha por construir sólidas mayorías se suma una falsa asociación entre el nacionalismo en lo económico y “la fe católica”: Esa asociación, caprichosa y falsa, de la ligadura indisociable entre una política patriótica y el catolicismo tradicionalista se usa para rechazar las demandas del “progresismo” y las feministas (se aborrece el IVE, las píldoras anticonceptivas, la igualdad de género y el matrimonio igualitario), que serían opuestos a los cánones de “la nación católica”. En este punto, podría decirse, sin exageración alguna, que antes que en el peronismo abrevan en las fuentes del “nacionalismo” sin pueblo de 1943, que ya era senil en aquel año y es hoy una pieza de museo[9]. Adoptarlo como ideología nos transformaría en secta.

En otro momento, hemos dejado en claro que defender el derecho al divorcio, al aborto legal y las demás reivindicaciones del feminismo, en nuestro caso, no modifica la defensa de la unidad nacional para liberar a la Argentina, con todos los patriotas, sean o no creyentes. No quebrar el campo nacional es prioritario: la contradicción mayor es patria o colonia, sin atender credos y respetándolos a todos. Con esa conducta, como patrón, es lícito exigir a los fieles religiosos la misma actitud: bloquear toda maniobra que busque enfrentarnos, usando para ese fin algunas contradicciones secundarias de carácter ideológico y religioso. No pueden ser “más papistas que Francisco”.

No es posible estimar el peso de la corriente señalada, pero creemos que –entre las minorías críticas[10]a la actual gestión– el sector más ruidoso y más tenaz, ya que “los ansiosos” son multitud (debo ese término a un amigo), está formado por compañeros y compañeras que aún son fieles a Cristina Fernández, a quién le atribuyen una “voluntad  transformadora” que no resiste el menor análisis. Tal vez psicológicamente están “contenidos” por esa figura maternal-fuerte. Añoran su estilo; las exposiciones “magistrales”, que provocaban su admiración, por las mismas razones que no conmovían a las gentes del pueblo llano, como pasaba con las arengas vívidas pero sencillas de Perón y Evita, que sus abuelos universitarios rechazaban por “su demagogia”. No atienden razones, cuando se les sugiere analizar las consecuencias ruinosas del liderazgo verticalista; lo suyo es hablar de “profundizar”, a la ligera y sin precisión, la gestión de gobierno. En resumidas cuentas, aplaudían todo en el gobierno de “la Jefa”; pasar por alto, incluso aplaudir, hasta los peores errores, como la ruptura con la CGT de Hugo Moyano y la obcecación de mantener el Impuesto a “las Ganancias” de la clase obrera, o el rechazo al proyecto de modificar la Ley de Entidades Financieras[11]. Los más cultivados, lectores de Forster y de Laclau, atribuían la postergación de medidas de fondo a “las relaciones de fuerzas”, que según sus observaciones “gramscianas” desaconsejaban dar un paso en falso.

Esta cuestión, esgrimida en momentos de éxito electoral y mayorías parlamentarias, es hoy curiosamente ignorada, precisamente en momentos de suma debilidad. El único problema que impide avanzar, coinciden en declamar, imperiosos, tanto Navarro como Hebe de Bonafini (que se hacen eco de una impaciencia muy extendida, en las tribus k), es el carácter de Alberto Fernández, que “a todo el mundo quiere decir que sí”. En ese clima impaciente e irreflexivo, es natural que apareciera un provocador ansioso de hacerse fama, denigrando al presidente, del que ha compuesto una imagen vestida con las líneas cruzadas de la bandera inglesa[12].

Ahora bien, dejando al costado tonterías y excentricidades, nada tenemos contra el ejercicio de la crítica, aun en el caso de aquéllos que fueron aplaudidores acríticos de Cristina Kirchner.  Menos aun contra planteos dirigidos a recuperar soberanía nacional, imponer sanciones al poder económico concentrado, defender con firmeza el interés general de los argentinos, su alimentación, su salud y sus reivindicaciones, la vigencia de la justicia y, particularmente, todo lo relacionado con reparar los daños del ciclo anterior, sin olvidar la necesidad de transformar al país hasta el punto necesario para garantizar que el macrismo no vuelva nunca más. No está demás que recordemos nuestra pertenencia a la Izquierda Nacional, que se ha caracterizado por señalar que la caída del General Perón en 1955 se debió, en última instancia, a que no se expropiaron las grandes estancias de la pampa húmeda y el poder oligárquico estaba intacto, aunque se los hubiera privado, durante un periodo, del poder estatal. En el caso del kirchnerismo, señalamos los límites fundamentales de su planteo, reñido con la necesidad del Estado empresario, y en ese sentido lamentamos su adscripción a las fórmulas desarrollistas, la razón por la cual, en la larga década que pudo gobernar demoró siete años en estatizar YPF y necesitó comprobar que los delincuentes españoles estaban vaciándola para recuperar Aerolíneas, mientras otras empresas privatizadas por Menem seguían en manos de los bandidos del capital privado. Como el lector advierte, no podríamos objetar a la tentativa de impulsar una política de recuperación que, por el contrario, siempre hemos postulado, como camino necesario para liberar a la patria.

¿Qué cuestionamos a los críticos de Alberto Fernández y, particularmente, al enfoque que plantea el progresismo de “izquierda”?

En primer lugar, el desconocimiento de que lo fundamental es fortalecer el campo nacional, lo que implica advertir que el gobierno actual fue y sigue siendo lo que hemos construido, frente a la tentativa del stablishment de imponer un segundo gobierno de Macri u otro personero del bloque oligárquico. En consecuencia, toda nuestra acción –el pronombre “nuestra” designa aquí a lo que cabe llamar la izquierda del Frente de Todos, en sentido amplio– debe orientarse en función de ampliar las bases de sustentación del campo nacional y la unidad del bloque, sin pretender quebrarlo o desalentar el respaldo a la actual gestión, desacreditándola mientras la necesitamos, como debiera ser claro si se advierte que su relevo, en el momento actual, daría el poder al bloque oligárquico. Eso no excluye una posición crítica, que es necesaria para dejar en claro que nuestro programa responde mejor a las exigencias de la realidad, si estamos en lucha por liberar a la patria. Pero esta tarea requiere de nuestra parte, si queremos conquistar al pueblo argentino, demostrar que sabemos defender cada palmo de terreno ganado, ampliar el apoyo al bloque nacional, para aislar al enemigo, despojarlo de un respaldo que en las elecciones presidenciales fue muy considerable, evidenciando lamentablemente el éxito logrado en la  batalla cultural por el bloque oligárquico, lo que constituye una prueba de las limitaciones y las incoherencias que nuestro liderazgo ha tenido, sin las cuáles –cuesta asumirlo, pero deben hacerlo todos los patriotas– Macri no habría triunfado y no conservaría su base actual.

En segundo lugar, cuestionamos la frivolidad de una buena parte de la campaña que pretende desacreditar al presidente, cotejando su “moderación” con la supuesta “combatividad” del ciclo kirchnerista. Esta presunción no resiste el menor análisis, si se recuerda que se demoró cinco años antes de estatizar los fondos jubilatorios y nueve para expropiar el 51% de las acciones de YPF, las mayores medidas de ese periodo. Hemos sostenido siempre que “la década ganada” fue lo mejor que tuvo el país, después de la muerte del General Perón. Pero no es menos cierto que el actual gobierno está frente a una situación más difícil que aquélla, después del daño causado por Macri, la emergencia de la pandemia y la hostilidad de la oposición, mucho más feroz que la que tuvo Néstor; que a eso se añade un poder parlamentario débil, lo  que requiere, para superarse, un contundente triunfo en las próximas elecciones.

En una palabra: no debe sustituirse la reflexión y el cálculo político en un momento tan difícil por la impulsividad y los arranques típicos del “progresismo”, que es incapaz de mirarse en el espejo y recorrer autocríticamente su propia historia, siempre guiado por las impresiones y el deseo, reiterando un infantilismo ya senil. Hebe de Bonafini no trepida en hablar del “presidente del sí”, con la misma liviandad con que festejó públicamente el acto terrorista contra las Torres Gemelas. Guillermo Moreno habla en TN de la “desviación socialdemócrata”, pocos días antes de tratar a Menem de “gran compañero”. La inimputable Sandra Russo también tira al blanco contra Alberto Fernández, sin dejar de enorgullecerse de su alfonsinismo juvenil y sin haber revisado su estúpida teoría de que el kirchnerismo era “la superación del peronismo”[13]. Y así, cunden los dispuestos a desacreditar al presidente, sin que se les ocurra pensar quién será el beneficiario de sus “pasajes al acto”. Todos ofician “la interpretación de Cristina”, como si la actual presidente, cuando habla o calla, pudiera ser una mala interprete de su propia voluntad y posición táctica.

 Ahora bien, si ignoramos los datos de la actual la coyuntura, destacando entre ellos el nivel de conciencia y el estado de ánimo de las grandes mayorías (que sólo nos dieron en las últimas elecciones una  exigua mayoría); si hacemos caso omiso de cuáles son sus preocupaciones del momento; si nos parece inútil sopesar la fuerza y cohesión del campo propio, por un lado, y el  bloque oligárquico, por otro; si nos desentendemos del tema de si  existe o no una jefatura y un movimiento capaz de brindar al país (seriamente, es obvio) una alternativa superadora a la que ofrece, hoy, el Frente de Todos; si para librar una lucha por la emancipación nacional no  es necesario, previamente, haber ganado a la mayoría del país; en una palabra, si ignoramos el estado en que está hoy el movimiento nacional y sólo miramos nuestros deseos y nuestra ansiedad –su sagrada persona, alfa y omega de la (in) conducta típica del pequeño burgués provisto de “cultura política”– sigamos practicando “el tiro al pichón”, pase lo que pase. Dicho de un modo más amable, si el único elemento que tomamos en cuenta es si un reclamo “es justo”, dado que “la razón” sería nuestra hay que sostenerlo, sin más. Para un apóstol, siempre el dilema se plantea así, aunque lleve al martirio. Pero ésas no son las reglas de la política, en general; no lo son, menos aún, para una política revolucionaria. Para esta última, el mismo problema ha de tener una respuesta si se plantea en el curso de un alza de masas y otra distinta cuando el contexto en que aparece es “normal” o predomina la parálisis en el campo popular[14]. Si los trabajadores y el pueblo estuviesen en la calle buscando ahondar en un sentido antioligárquico y antiimperialista la gestión que preside Alberto Fernández, no daríamos la misma respuesta que en el momento actual, signado por la débil identidad política de las mayorías populares, la confusión y las conductas hasta cierto punto suicidas que hemos visto en estos años en ciertas franjas no privilegiadas del pueblo argentino. Todo lo cual, lejos de ser un fenómeno del momento, lleva más de dos décadas[15] y conforma un cuadro sin el cual la derrota del  2015 no podría haberse consumado.

El problema de la Hidrovía   

Uno de los temas que más se ha usado para cuestionar al gobierno es su presunta resistencia a recuperar el manejo estatal de la hidrovía. No subestimamos la importancia de la cuestión. Sin embargo, creemos que presentar la nacionalización de las tareas de dragado y los peajes como un cambio clave en el comercio exterior y la restauración de la soberanía, sería plantear con imprecisión el asunto, como ha señalado Juan Carlos Smith, titular del sindicato de dragado y balizamiento. En primer lugar, la ausencia estatal no se limita a este aspecto, subordinado, de un problema mayor, que incluye la privatización del sistema de puertos y la falta de pesajes de la carga naviera, que no se hace. Por otra parte, el río es el medio por el cual sangra la riqueza nacional, pero ¿quiénes son los autores del delito? Las cerealeras, pulpos que monopolizan el comercio de granos, tras la desaparición del IAPI. Alguien podría decir “por algo se empieza”, pero no vemos un planteo claro, sino un reclamo fundamentalista confuso, con mezquindades de “patrioterismo” hacia países hermanos –Uruguay y Paraguay. Al mismo tiempo, se oculta o  ignora que la pérdida de soberanía y el saqueo del país tiene otros capítulos más importantes, a saber: rigen aún dos leyes impuestas por Martínez de Hoz, con el Proceso, nunca modificadas en el ciclo democrático posterior al 83: de Inversiones Extranjeras y de Entidades Financieras. En ese marco, agravado en los 90, el comercio minorista pasó a manos del capital extranjero (Carrefour, Disco, Walmart, Easy, etc.) y fueron transferidas grandes empresas originalmente argentinas. Los ferrocarriles, la Flota Mercante del Estado, los Astilleros, el complejo industrial que conformó el IAME y en 1954 tenía un plantel de diez mil empleados, fabricando aviones, tractores, automóviles y motocicletas diseñados aquí; ENTEL, la producción y distribución de energía eléctrica, Agua y Energía, entre otros bienes, fueron destruidos, o privatizados, en la larga noche que comenzó en setiembre de 1955. En el curso de la decadencia se verifica una sucesión de dolorosos cambios del universo económico-social argentino. Entre otras cosas, fue diezmada la industria y la clase trabajadora; se redujo la influencia del movimiento obrero en nuestra política; creció, de un modo jamás visto, la marginalidad social; se empobrecieron las clases medias; los comerciantes del país fueron arrinconados en las orillas del sistema; se hizo crónica la pobreza y apareció la indigencia en crecientes franjas de población y, demostrando que los “de adentro” no siempre perdían, un núcleo minoritario acaparó la riqueza; la fuga de capitales se tornó crónica, mientras los economistas del poder se esforzaban en convencernos que falta un clima que favorezca su arraigo y debemos reducir nuestra apetencia desmedida, para crear un ambiente  “que impulse la inversión”.

Por tanto, la ausencia estatal en el manejo de la Hidrovía –debemos recuperarla, sin alimentar mitos– es “sólo” un capítulo del drama mayor, la desaparición del Estado como actor de peso en el comercio exterior; tal como pasa en la megaminería, con normas que permiten que los pulpos internacionales se limiten a declarar qué exportan. No negamos, desde luego, el avance que representaría controlar lo que envían fuera del país, pero el problema de fondo es el sistema. Algo similar cabe decir del mecanismo usado por las automotrices, que fugan divisas en el intercambio intrafirma, usando el recurso de subfacturar lo que exportan a sus centrales y sobrefacturar lo que reciben de ellas, mientras el Estado mira para otro lado.

Nuestra perspectiva

Es inconcebible, lo entiendan o no las elites “de izquierda” (un “ultra” k, lo asuma o no, razona igual que Nicolás del Caño), llevar una lucha por la liberación nacional sin ganar antes al pueblo argentino, que votó mayoritariamente por Cambiemos, en el 2017, y rectificó ese voto, de un modo parcial, en el 2019. Es nuestra presunción, basada en la experiencia de los últimos años, que el peronismo actual puede llevar a cabo una política nacional, pero es poco probable que se proponga hacer una política de liberación nacional. Esa perspectiva lo supera claramente: no está en el horizonte de su aparato político y sus cuadros de conducción; tampoco la espera hoy nuestro pueblo, que está sumido en la pérdida de identidad política y una amarga desesperanza, que apenas cede cuando se trata de sostener el poder adquisitivo del salario y proteger conquistas de vieja data. Para salir del marasmo es necesario reconstruir el movimiento nacional, algo que  implica actualizarlo doctrinariamente y democratizar su vida, para dar cauce al protagonismo popular y enviar al museo los modos verticalistas de conducción política. Es inconcebible, sin un avance en tal sentido, crear las condiciones necesarias para superar los límites y derrotas que ha sufrido el frente nacional y el pueblo argentino en las últimas décadas.

Ese horizonte, claro está, no puede alcanzarse sin una transición, cuyo punto de partida, como es de suponer, pasa por la defensa del nivel alcanzado, por endeble que sea. Retroceder, en este momento –si en las próximas elecciones no se modifica la relación de fuerzas establecida en los comicios del 2019, ese mantenimiento del statu quo será paralizante; será el prólogo de un paso atrás y la derrota del gobierno– no sólo afectará el futuro político de Alberto Fernández, sino la suerte del movimiento popular. Al contrario, la consolidación del triunfo electoral, obtener un firme respaldo político y una clara  mayoría parlamentaria, impulsará la orientación nacional-popular del gobierno, fortaleciendo también su ala izquierda, mal que le pese al ultraizquierdismo. Y, lo que obviamente es más importante, creará expectativas en el pueblo argentino y la clase trabajadora. Si, como es posible, el triunfo electoral está acompañado de una recuperación de la actividad económica, la ocupación, y los salarios, las grandes mayorías podrán plantearse objetivos más ambiciosos que la conservación del empleo y la subsistencia diaria.

Alguien podría objetar este planteo, diciendo que una estabilización semejante no impulsará la radicalización de las masas, sino su conformismo. Se trata, como la experiencia prueba –vimos a un ministro del General Onganía sorprenderse de que el Cordobazo tuviese como impulsores a “los obreros mejor pagados del país”– de un argumento falaz. Pero cabe aclarar que, aunque fuese correcto, ningún patriota puede desear que su pueblo sufra, para que “la letra con sangre entre”. Por otra parte, es nuestra la convicción de que el mayor déficit, en claridad política, no está abajo, sino arriba; antes que en el pueblo, en la militancia y sus conductores. Es preciso admitir nuestro retraso y luchar desde ya para construir una fuerza esclarecida y disciplinada, con cuadros capaces de facilitar canales de expresión a las mayorías, fragmentadas hoy, en el yunque de “la grieta”, que favorece únicamente a las minorías antinacionales. La tarea es unir al pueblo argentino, expresar a todo sector oprimido, a los trabajadores y excluidos, las clases medias pobres, los pequeños productores y comerciantes arrinconados por el capital extranjero, que los usa como peones y les arrebata el mercado, los técnicos y científicos, todos los que padecen la opresión imperialista que coloniza al país– disolver las contradicciones en el seno del pueblo, que son secundarias y usadas para dividirnos, fortalecer la unidad, aislar al enemigo y disputar la hegemonía al poder oligárquico. Estas consideraciones, por alejadas que parezcan en vista de la actual coyuntura argentina, nos brindan las claves para establecer la conducta que debemos seguir en este momento, si queremos fortalecer al campo nacional, y,  dentro del mismo, a las tendencias interesadas en profundizar el cauce abierto en octubre del 2019, con la derrota de Macri. En esa batalla se forjarán las condiciones y se fogueará una militancia que,  ideológica y políticamente formada, será capaz de combinar la audacia con el realismo crudo, revertir el retroceso que sufre el país desde la caída de Perón en 1955 y tomar en sus manos la lucha por liberar a la patria definitivamente. No es posible saber de antemano cómo llevaremos a la sala de cirugía a la Argentina oligárquica, pero sí afirmar que los impulsivos y ansiosos nunca serán el personal apto para dirigir una operación tan delicada y riesgosa para el destino colectivo.

Córdoba, 18 de febrero de 2021

[1] No podemos analizar aquí cada uno de los errores y dislates suicidas que se fueron acumulando desde el conflicto con la Mesa de Enlace, caso en el cual no se advirtió la necesidad de tratar de distinto modo  al pequeño y mediano productor, respecto a las retenciones, para aislar al núcleo oligárquico y privarlo de una base de masas, hasta el fatal paso que significó romper con la CGT de Hugo Moyano y (quizá para castigar a la clase obrera), sostener con obcecación el Impuesto a las Ganancias al salario, que terminó dando a Macri votos obreros en el 2015. El juicio y las advertencias sobre las consecuencias que podrían tener esas decisiones, que hicimos oportunamente, puede consultarse en el sitio aurelioarganaraz.com: “El conflicto gobierno-CGT y el rol político de la clase obrera” (2012), “El Impuesto a las Ganancias y las desventuras del aplaudidor” (2013)  y “Los orígenes de la grieta” (2019).

[2]Nuestra visión del asunto puede verse en “Los orígenes de la grieta” (2019) y “Los gurúes, los medios, las identidades políticas y la autocrítica del movimiento popular” (2017).

[3] Cierta militancia prefiere adjudicarla al rechazo hacia “la política” fomentada por la prensa oligárquica y la derecha. Es cómodo olvidar que desde 1983 hasta las crisis del 2001, los antiguos partidos populares traicionaban el mandato popular para obedecer las órdenes del FMI y el poder imperialista.

[4] Podría decirse que sobrevivió a las derrotas del 2009 y el 2013, desoyendo esos mensajes.

[5]Luego de la muerte del General Parón, al hacer del gobierno de Isabel Martínez “el enemigo principal”, las organizaciones armadas de la izquierda peronista y la ultraizquierda cipaya, que no podían derribarla y  tomar el poder, facilitaron la tarea del gorilismo entreguista y terrorista de las FFAA, unificándolas “en la lucha antisubversiva”, con lo cual actuaron como parteras de Videla.

[6] A nuestro modo de ver, si hemos visto algo distinto a lo que era de esperar, vistos sus antecedentes, es que “la mano de seda” a que suelen referirse algunos observadores no está reñida con cierta firmeza, en la defensa de sus ideas, tan moderadas como afines a lo que ya hemos visto en la “década ganada”.

[7] En Página 12 Alfredo Zaiat cita la declaración de CFK al anunciar la fórmula presidencial elegida por ella misma, donde explica sus razones. Dada la relación con el debate, la transcribimos con un subrayado de lo que viene a cuento: “Esta fórmula que proponemos estoy convencida que es la que mejor expresa lo que en este momento en la Argentina se necesita para convocar a los más amplios sectores sociales y políticos y económicos también, no solo para ganar una elección, sino para gobernar“. En una palabra, la vicepresidente también quería buscar “consensos”, eludir “la grieta”.

[8] El peronismo se caracteriza por no zanjar jamás sus conflictos internos, que se prolongan en el tiempo y acumulan sin resolverse. Un caso muy notorio y grave, en ese sentido, se refiere a los enfrentamientos entre “ortodoxos” y Montoneros de la década del 70, que prologaron la caída de Isabel Perón y el arribo del Proceso. Recientemente, para objetar la presencia de un hombre de Massa, Meoni, en la secretaría de Transporte, un usuario de facebook reiteró la denuncia montonera a Perón, “qué pasa, General, que está lleno de gorilas el gobierno popular”. Este ex (¿?) montonero k no aprendió nada en medio siglo.

[9] El nacionalismo oligárquico no superó la prueba de 1955, cuando el conflicto entre Perón y la Iglesia los llevó a militar en la “revolución libertadora”. Ese “nacionalismo”, católico preconciliar, tras reconciliarse y retomar su función ideológica retardataria dentro del peronismo, ha eludido siempre el análisis de las raíces histórico-sociales del conflicto con la Iglesia de 1955, como la suerte del clericalismo sin pueblo de 1943. En realidad, lo nacional tiene en ellos un lugar adjetivo, subordinado al clericalismo. No advierten, o se desinteresan, por esa razón, de las consecuencias políticas y electorales que su obcecación sectaria ocasionaría de imponerse a las fuerzas nacionales, favoreciendo a la oligarquía.

[10] No usamos el término “minorías” para descalificar a nadie: tenemos la impresión de que las grandes masas, por un lado, y el aparato político del peronismo, por el otro, no comparte esas preocupaciones.

[11]Ninguno de los que atacan por “tibio y conciliador” al actual presidente levantó la voz por la falta de voluntad de los gobiernos kirchneristas para modificar la Ley de Inversiones Extranjeras, clave de bóveda del régimen establecido por Martínez de Hoz, durante el Proceso.

[12] En la década del 60, Milciades Peña llegó a la conclusión de que Perón había sido “un agente inglés”. Su imitador actual es más vulgar y menos imaginativo que aquel precursor.

[13] Evidentemente, para Sandra Russo el estilo enérgico de CFK vale más que el IAPI, la nacionalización de los ferrocarriles, la elevación social de la clase obrera y los derechos políticos y laborales de la mujer.

[14] En mi experiencia personal puedo registrar un caso en el movimiento estudiantil cordobés. En las vísperas del Cordobazo, la movilización universitaria transformó en inservibles (y en una rémora) los centros de estudiantes e impuso formas de democracia directa, con Cuerpos de Delegados (modo de los Soviet de la Revolución Rusa)  que recibían mandato de las asambleas de curso. Pasada la euforia, los ultraizquierdistas transformaron estas organizaciones en una farsa, al instrumentar formalmente cuerpos ya vaciados: los estudiantes habían vuelto “a la normalidad”, al interiorizar los límites que tenía el movimiento y los ultras “dirigían” un tren fantasmal, al que le imponían las consignas más disparatadas. Había, pues, que reconstruir lo Centros, con sus direcciones elegidas para periodos de un año, las representaciones indirectas de la democracia burguesa.

[15] Prevalece entre la militancia y mucho más en los aparatos de los partidos, un rechazo a reconocer que la crisis de la representatividad (“que se vayan todos”) no fue superada, hasta hoy.

LA “IZQUIERDA” IMPERIALISTA, LAS ELECCIONES Y EL FMI

LAGARDE Y MACRI

El PO, primero y después el FIT han rechazado la consigna de ¡Fuera, Macri!, que había propuesto el fundador del PO, Jorge Altamira. En la misma línea de Scioli y Macri “son lo mismo, votamos en blanco”, dicen ahora que gane Macri o Fernández “sigue el FMI”. Lo que significa que insisten en apoyar en los hechos al neoliberalismo. Para eso, y para cosechar diputados –Altamira dice que les interesa más que hacer la revolución – piden en las PASO y en octubre el voto a sus listas, incluidos sus candidatos presidenciales, que van a restar los votos necesarios para vencer al enemigo del pueblo argentino. Si hubiese balotaje, los argumentos que plantean indican que volverán a votar en blanco, como en el 2015.

Saben, nadie lo ignora y estúpidos no son, que el FIT no puede ganarle a Macri ¿ignoran que los EEUU y el FMI quieren su reelección? A tal punto –es un escándalo y el periodismo oligárquico lo reconoce hoy– que Christine Lagarde, por presión de Trump, autorizó usar los dólares girados por el FMI para congelar su precio y ayudar al triunfo electoral del presidente ¿Trump y el FMI saben  menos que Nicolás del Caño, Pitrola y Cía. sobre cómo cuidar el interés imperialista? Si el triunfo del Frente de Todos les diera “lo mismo” que la reelección de Macri ¿porqué está todo el poder de los centros financieros y sus medios de prensa empeñados en que Alberto pierda las elecciones?

A una secta “trotskista” que opinaba igual en la política china (decía que había que luchar contra el Japón y contra “los burgueses” chinos al mismo tiempo, sin unirse para enfrentar la ocupación del país por el ejército japonés) Trotsky le señaló que en una semicolonia, como era China, y es la Argentina, debe defenderse el interés nacional contra el imperialismo mundial. Y, como es sabido, apoyó en Méjico al General Cárdenas, una suerte de Perón azteca. No hay dudas de que atacaría indignado, hoy, la negativa del FIT de unirse a Maduro, contra la amenaza militar de intervención norteamericana, que Macri secunda. Esas premisas no han variado, aunque hoy el saqueo use especialmente la especulación financiera. Los años de Macri, de todos modos, muestran que también siguen usando “la apertura al mundo”, para destruir nuestra  industria, reducirnos al rol de productores primarios y reservar para sí la producción de mercancías más elaboradas.

El “argumento” del FIT es que ningún candidato declara la ruptura con el FMI. Sin declamaciones altisonantes, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner no cedió ante los fondos buitres. Y con obvios intereses Paul Singer fue uno de los que puso dinero en la campaña de Macri. Los buitres, por lo visto, no pensaban que Scioli y Macri “eran lo mismo”. Claro, no eran “marxistas” de maceta como los jefes del FIT.

Trump y Paul Singer son más “científicos” que estos “trotskistas”. El divisionismo ultraizquierdista les sirve en los hechos a Singer y Trump, aunque el FIT quiera confundir a los argentinos y prometa (a lo Macri) una ilusoria “revolución”. Gritan lo más, sin hacer lo mínimo. Son charlatanes. Hay que votar desde la izquierda por Alberto Fernández; ignorar a la “izquierda” que ignora al país, y lo da  en bandeja a Macri, EEUU y el imperialismo mundial. Parecen no entender que desaparecerán las industrias y la clase obrera, si triunfan los oligarcas.  Y sin industrias y sin obreros se debilitarán las fuerzas que pueden sostener una estrategia socialista ¿o será que apuestan a la única “izquierda” que tuvo en su tiempo la Argentina agroexportadora, que también combatía a Irigoyen, primero y a Perón, después? Es para pensarlo: porque si la sensibilidad no les sirve para unirse al pueblo que quiere dejar de sufrir ya, la teoría marxista debería dictarles esta conclusión: si gana Macri, gana el imperialismo.

Una posición coherente de izquierda impone votar a F-F, no fracturar el campo popular y ayudar al campo financiero internacional a saquear la Argentina: sólo derrotándolo es posible abrir vías para un protagonismo de los de abajo, principales interesados y garantes del consecuente proyecto de transformación revolucionaria que necesita el país y América Latina.

Córdoba, 31 de julio de 2019