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DERECHOS HUMANOS Y DEFENSA NACIONAL

 

malvinas

madres de plaza de mayo

Divide y reinarás, dice la sentencia que educa a fuerzas dedicadas a oprimir a una patria y su pueblo. Estos, por el contrario, necesitan unirse para sacudir la opresión, aislando a la minoría poderosa que los sojuzga. En Argentina, el bloque imperialista logró disociar, y peor aún presentar como opuestas, la imprescindible lucha por los Derechos Humanos violados tras el golpe cívico-militar de 1976 y la atención que reclama la Defensa Nacional, tristemente ignorada por los gobiernos democráticos que siguieron al Proceso. De allí deriva el estado de indefensión que el país sufre, mientras se niega hasta la existencia de “hipótesis de conflicto”, con Gran Bretaña ocupando Malvinas y una enorme porción  del mar argentino.

Aun con retraso –en el 2023 cumplimos 40 años de vigencia de una democracia al menos formal– es preciso superar la falsa oposición entre facetas complementarias de la lucha nacional del pueblo argentino: atender los deberes de la soberanía territorial y defender sus recursos es una condición para tener patria y, sin plena vigencia de los derechos democráticos, se estaría poniendo esa misión  en manos de una elite cívica o militar sin base de masas, algo inviable según la experiencia histórica del país: el “nacionalismo” sin pueblo capituló siempre ante el poder imperialista y sus respaldos internos; su enorme poder solo logra ser vencido con la  presencia activa de las mayorías nacionales y el peso decisivo de la clase trabajadora.

No es casual que la experiencia nacional más exitosa y profunda del siglo XX, el ciclo liderado por Perón y el Ejército, sea el fruto de la confluencia entre una generación militar nacionalista y la clase obrera que la salvó del fracaso en las vibrantes jornadas de Octubre de 1945. Y tampoco lo es que de ese encuentro emerjan unidas las tres banderas, la soberanía política, la independencia económica y la justicia social.

El presidente Alfonsín, Malvinas y los Derechos Humanos

Al comenzar su mandato, mientras sostenía la lucha por los Derechos Humanos, Alfonsín, que había  calificado como “carro atmosférico” la decisión nacional de recuperar Malvinas, presentó las atroces violaciones cometidas por el Proceso como un producto de la mentalidad represora de “los milicos”. De ese modo, omitía denunciar al poder social “detrás del trono”, los núcleos del poder económico concentrado oligárquico-imperialista. Sin embargo, ellos fueron quienes impulsaron el golpe militar del 76: estableciendo, al consumarlo, con Martínez de Hoz a la cabeza, la orientación de su política; indicando, entre otras cosas, lo que debía hacerse con la militancia obrera más fiel a sus bases, más insobornable, los núcleos empresarios dieron contenido al poder militar.

Es verdad que los mandos habían sido predispuestos a seguir ese dictado ¿no eran las enseñanzas de sus maestros en la lucha contra “la subversión”, sus  colegas de Francia y EEUU? ¿no era ese el modo de defender al Occidente “democrático” contra la amenaza comunista? A las empresas imperialistas y las patronales, en general, poco les importaba que en “la limpieza” se hiciera un distingo entre el caso, extraño, de un obrero que formara parte de organizaciones armadas y las comisiones internas o los delegados gremiales que solo respondían al mandato de su base. Su meta era incrementar la cuota de explotación y esa era para los chupasangres toda la cuestión.

¿Cabe pensar que Alfonsín ignoraba esa realidad [1]? De ningún modo. Ocurría, sí, que según su visión era posible tener “democracia” sin liberación nacional, gozar en fin de una democracia colonial. Si en algún momento apostó a defender el interés nacional contra el imperialismo mundial y sus socios locales, su posición ideológica lo llevaba a enfrentar a las fuerzas que podían en ese trance apoyarlo, como la clase obrera y una facción militar nacionalizada por Malvinas. Ambas podían sumarse a una empresa nacional auténtica: al haber padecido el régimen oligárquico –los trabajadores– o atravesar un conflicto con el sistema de ideas sostenido por el Proceso, como era el caso de los Combatientes  de Malvinas. Pero en vez  de buscar respaldo en esas fuerzas, Alfonsín no hizo más que agraviarlas. Así las cosas, amagó con resistir al FMI, pero, impotente, dejó caer al ministro Grinspun y capituló enseguida en toda la línea. Su fuerza inicial, a partir de allí, se iría desvaneciendo, hasta el ataque final de los núcleos del poder económico concentrado y el abandono anticipado del poder político, solo y desprestigiado, incluso ante sus bases pequeñoburguesas.

De tal manera, se impuso la continuidad con el ciclo anterior, en desmedro de la ruptura, limitando su logro a la mera defensa de lo formal democrático, sin contenido emancipador. En ese contexto,  con el FMI imponiendo sus dictados desembozadamente a un gobierno domesticado, los Derechos Humanos se habían transformado, para Alfonsín, en el único factor apto para preservar una cuota de prestigio, la fama de inquebrantable. En ese tema, bastaba con pregonar la condena de “los milicos”, a los cuales Occidente también quería castigar, como a esclavo insolente ¡Nada más redituable, creía Alfonsín, que ignorar el nexo entre Videla y el amo oligárquico-imperialista, mientras se favorecía el  empeño por clausurar la experiencia vital de Malvinas, su rol en el desarrollo de una visión nacional en las Fuerzas Armadas!

Curiosamente, para Alfonsín y los suyos las Fuerzas Armadas eran en bloque doblemente culpables y merecedoras de sanción: 1) por haber reprimido a su propio pueblo en nombre “de Occidente” y 2) por haber agredido a los países que lo lideran, con “la aventura Malvinas”. Defender la soberanía sobre las Islas, para ese enfoque, era sin más reivindicar “a los milicos”. El antagonismo interno en las Fuerzas Armadas, entre la facción proimperialista que condenó a Galtieri por enfrentar a Gran Bretaña y EEUU, no por los errores de concepción sobre el conflicto y la conducción de la guerra, por una parte y, por la otra, las tendencias malvineras que reivindicaban el combate y pretendían extraer de aquella experiencia ideas claras sobre la relación argentina con los centros imperialistas y los aliados posibles, era ignorada conscientemente [2], para demonizarlos a todos y trazar el signo igual entre unos y otros. Y aunque esa postura y la política consiguiente lo hizo caer en contradicciones irremediables, con las célebres leyes de Punto Final y Obediencia Debida, destruyendo su autoridad y el prestigio de su gobierno, es evidente que esos pasos en falso respondían a la matriz ideológica que lo guiaba: instaurar ”la democracia” en un orden colonial. En ese marco, era previsible que los autores intelectuales y los intereses de clase que dieron impulso a los crímenes del Proceso fuesen absueltos –peor, invisibilizados, liberados incluso de la condena  moral del pueblo argentino– ya que “los civiles” (un eufemismo para enmascaran a “los dueños del país”) eran sólo víctimas o, a lo sumo, pecaban por ignorar los crímenes del Proceso y embanderar el automóvil con la inocente creencia de que los argentinos éramos “derechos y humanos”.

El daño infligido a su propio gobierno fue, sin embargo, menos trascendente que el causado a la lucha por sancionar la violación de los Derechos Humanos y por impulsar en las Fuerzas Armadas y el pueblo argentino una comprensión acabada de la íntima relación entre los crímenes del Proceso, la destrucción industrial provocada en su ciclo, mientras crecía una impagable deuda externa, y la derrota en Malvinas. ¿No fueron acaso las mismas fuerzas internacionales e internas las dueñas del poder y las beneficiarias de la decadencia e indefensión del país? EEUU, Gran Bretaña, la OTAN y el FMI ¿no habían dado muestras, en todas y cada una de esas desdichas, de ser los inspiradores de las políticas sostenidas? La experiencia acumulada ¿no probaba, acaso, que lo ocurrido en Malvinas era la crítica más acabada y rotunda de las premisas que guiaron a Videla y las cúpulas puestas al servicio del Occidente imperialista y las minorías lideradas por Martínez de Hoz? Era hora de asimilar la lección, desbaratar el intento de ocultar la trama que unía esos hechos, las diversas facetas del drama nacional. El actor fallido, por darle nombre, eran Alfonsín y una UCR ya entonces anacrónica, aunque parezca juvenil y claramente progresiva comparada con la que dirigen, hoy, los secuaces de Macri. El final melancólico de esa experiencia, con el precipitado abandono del poder político, nos pone ante la pérdida de una gran ocasión de encauzar a la nación, darle un rumbo nuevo.

Néstor Kirchner y el retorno de lo nacional

Antes de la llegada de Néstor Kirchner, los poderes democráticos continuaron la política impuesta al país por Martínez de Hoz; con Menem, el remate de la estructura estatal y la destrucción del aparato productivo nacional fue profundizada, para demoler los avances que identificaban al peronismo con la independencia económica y la justicia social. Con el presidente patagónico, después de la crisis del 2001, vimos un viraje en sentido nacional, aunque es obvio decir que “la década ganaba” no alcanzó a revertir el enorme retroceso que habíamos sufrido. Pero no es ese el tema de esta nota.

El ciclo kirchnerista es reconocido, con justicia, por levantar las banderas y llevar adelante decididas   acciones en Derechos Humanos, con el reconocimiento y apoyo de los Organismos representativos. Al mismo tiempo, se insinúa, con la designación de Bendini, sus declaraciones y gestos, la decisión de  reivindicar a figuras emblemáticas del nacionalismo militar, como Mosconi, Savio, Baldrich y, como es obvio, el General Perón. Aunque algunas usinas del mundo “progresista” quisieron distorsionar el sentido del acto, es claro que esas declaraciones del General elegido por Kirchner, concuerdan con la naturalidad con la cual bajó el cuadro de Videla, respondiendo al pedido del presidente de la nación. A nuestro juicio, se trata de datos que abonan nuestra tesis: una visión nacional de los problemas del país (aún limitada, como fue el caso de la gestión kirchnerista) lograba avanzar en ambos frentes sin contradicción, reconciliando la lucha por los Derechos Humanos con la responsabilidad de atender a la Defensa Nacional, al menos discursivamente; también se altera, aunque limitadamente, la actitud oficial respecto a Malvinas y los ex Combatientes.

No obstante, las gestiones del kirchnerismo siguieron ignorando el estado de deterioro del equipo y la infraestructura que conforman la base del poder militar y su política militar no podía contrarrestar con el solo poder de su retórica nacional, que ponderamos, el peso ideológico del bando oligárquico y los efectos adversos provocados por la presencia, en el seno del kirchnerismo, del antimilitarismo abstracto y pequeñoburgués que divide los campos con criterios “de sastrería”, según dijo una vez Alfredo Terzaga. Aún en las condiciones de estrechez presupuestaria que afligen al país, mantener el equipamiento militar en condiciones y sostener la operatividad de nuestras Fuerzas, responde por una parte a necesidades objetivas y es al mismo tiempo una condición política para reconstruir los vínculos y dotar de sentido al poder militar, largamente abandonado, como lo atestiguó el drama de ARA San Juan, con pérdidas irreparables. Lamentablemente, vemos inconsecuencias en ese sentido. Desde los oficialismos kirchneristas, mientras se podían celebrar avances significativos en la defensa  diplomática de la soberanía sobre Malvinas y en reparar el daño a los ex Combatientes, se observaba la persistencia, con acciones provenientes del mismo campo, de las prácticas desmalvinizadoras, con la ideología que sustenta a “Iluminados por el fuego”.

El país precisa rehacer el vínculo entre las Fuerzas Armadas y las grandes mayorías, convocándolas a impulsar un programa nacional. Pero hacerse cargo de esa empresa exige una coherencia que no encuentra sujeto, hasta hoy. Los derechos democráticos del pueblo argentino y la tarea de defender la soberanía territorial, lejos de oponerse, integran necesariamente un programa liberador. Coronar la lucha por los Derechos Humanos exige llevar al banquillo de los acusados, aunque sea después de 40 años, a figuras como Blaquier, síntesis y símbolo del poder oligárquico que impulsó el derribo del gobierno constitucional de Isabel Perón, en 1976 y masacró a los trabajadores, para desarticular sus luchas y explotarlos más. Atender las exigencias de la Defensa Nacional, en condiciones en las cuales las Islas Malvinas y el mar circundante están en poder de Gran Bretaña, aun padeciendo las penurias  presupuestarias actuales, es hacer lo mínimo necesario para mantener operativas a nuestras Fuerzas Armadas y, al mismo tiempo, dar pasos firmes para rehacer los vínculos y otorgar sentido a la acción militar, tan abandonada como lo mostró la tragedia del ARA San Juan.

Córdoba, 30 de abril de 2022

[1]  No hay dudas sobre la participación de los radicales en la consumación del golpe militar del 76. Para el doctor Balbín, Videla era “un general democrático” y, en consonancia con su criterio, la UCR obtuvo la prórroga de los mandatos de una gran porción de los intendentes electos antes del golpe. Y aunque Alfonsín defendió a presos de la dictadura cívico-militar, su preocupación, tras la derrota de Malvinas, era que esa experiencia pudiera dar curso a la aparición de una tendencia militar “nasserista”. Evidentemente, el rival “progresista” de Balbín, si de él dependía, prefería que las Fuerzas Armadas fuesen colonizadas por el poder occidental.

[2] Su famoso discurso de Semana Santa prueba que Alfonsín registraba la existencia de los héroes de Malvinas y la negación discursiva de esa presencia cumplía la función de sostener la política que hemos descripto.