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LA CUESTIÓN DE CATALUÑA Y LOS SEPARATISMOS EUROPEOS

 

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Las reivindicaciones independentistas que se plantean en el seno de diversos países de la Unión Europea (hoy es Cataluña, pero Escocia discute su separación de Gran Bretaña, la Padania de Italia, entre más casos) no deberían suscitar entre nosotros, latinoamericanos, una corriente de simpatía o solidaridad hacia ninguno de los bandos de aquellas disputas. Y no sólo por la elemental razón de que se trataría de “amores no correspondidos”, como fue notorio durante la crisis del 2001 (1). En aquel momento, al presidente español sólo le preocupaba que las empresas de servicios que las privatizaciones menemistas dejaron en manos de capital ibérico no fuesen afectadas por la pesificación de las tarifas: ¡nuestras mayorías peleaban para seguir comiendo, pero Aznar quería tarifas dolarizadas! El lobby español, en simultáneo, pugnaba por suprimir la soberanía monetaria del país y, asociado a otros pulpos del capital extranjero, quería hacer del dólar la moneda vigente, de modo que sus ganancias tuvieran mengua. Y en ese punto, crucial, los políticos del “socialismo” peninsular no difieren de Aznar y Rajoy en ningún sentido.

 Es que ocupando un rango menor, España forma parte del imperialismo mundial, participando del saqueo que victima al país, a la América Latina y, en general, a las semicolonias de la periferia del sistema. En consecuencia, podría decirse que sus problemas internos y todo lo que  debilita el poder de los centros, tiene como resultado facilitar nuestras luchas por liberar al país y los pueblos hermanos.  Pero, para formarnos un juicio fundado en razones intraeuropeas, libres de prejuicios y de la influencia que ejercen en nuestro país las afinidades culturales –deberíamos canalizarlas a favor de los pueblos, no de un sistema que también los oprime– necesitamos examinar  y valorar  objetivamente dichos “nacionalismos” y establecer las causas de su transformación reciente, que los hizo activos y movilizadores de multitudes, después de permanecer en estado latente durante mucho tiempo. Para ello, creemos, sin ignorar que existen esas raíces históricas, hay que situarlos concretamente –separatismos en naciones asociadas al Mercado Común Europeo– sin asimilar su emergencia a otros fenómenos superficialmente parecidos, también actuales, de otras latitudes y diferente contenido.

Vaya, para sustentar ese distingo, un caso que nos impacta de lleno, como integrantes de la nación latinoamericana balcanizada: la destrucción de Yugoslavia, proceso en el cual no cabe pensar en un agotamiento de los fines históricos del Estado-nación. En el país unificado bajo el liderazgo de Tito, el Estado federal no era un freno para el desarrollo nacional, sino, por el contrario, lo hacía posible. Su crisis fue desatada, fundamentalmente, por los procesos relacionados con las falencias del sistema del “socialismo real”, cuya implosión alimentó las tendencias a la balcanización –opuso  entre sí los “nacionalismos inviables” de vieja data– que, alimentadas por el imperialismo mundial, cumplieron su propósito de descuartizar a la nación e imponer al conjunto un status semicolonial.

En todo conflicto se encuentran presentes fuerzas globales y los casos que motivan esta reflexión no son desde luego una excepción. Pero puede decirse que en todos ellos–Cataluña responde al mismo patrón escocés o padano, con la única salvedad de que hoy Escocia se encuentra afectada por el Brexit– prevalece notoriamente un impulso interno, aupado por la existencia del Mercado Común Europeo, que privó de sustancia a los Estados nacionales y alimenta separatismos que se remontan a las vísperas de la nación burguesa; de aquél marco nace la ilusión de que la “nación” catalana, escocesa o padana pueden constituirse con costo cero, y por qué no, hasta con ganancia indirecta, al liberar a “los prósperos” de parientes pobres, sin resignar el acceso a esa circulación mercantil sin trabas que les brindaba antes el mercado nacional (España, Gran Bretaña, Italia, etc.) ¿O acaso cabe imaginar a Cataluña pugnando por perder el mercado español, si la independencia significara resignar el acceso al mercado europeo, amenaza que esgrimen, ahora, los socios de España, para respetar elementales reglas de juego? Sin ignorar la existencia y el peso del “espíritu nacional”, ya que el conflicto viene de lejos y es indudable la existencia de rasgos que conforman una identidad, nos permitimos apostar al desaliento que generará sobre el ánimo de los catalanes el cambio de sede desde Barcelona a Madrid de unas 100 empresas, cuyas casas matrices estaban en Cataluña, para no hablar de las claras definiciones de Alemania y Francia, que los conminan a mantenerse unidos a España o quedar fuera del Mercado Común. Estos datos, sin embargo, sólo dan cuenta de tensiones internas creadas a partir del conflicto mismo, sin explicar su naturaleza y darnos una noción de su sentido histórico y las claves para llegar a la cuestión de fondo.

A nuestro entender, el enigma fundamental desaparece al recordar que la creación del Mercado Común y la Unión Europea fue una tentativa, dentro de los marcos de la sociedad burguesa, de superar la estrechez del mercado nacional, asociar a las viejas naciones europeas a una plataforma mayor, evitar la reiteración de los viejos enfrentamientos que los llevaron a la guerra y pugnar en común, bajo el liderazgo inevitable de los EEUU, pero creando un contrapeso de cierto volumen, dirigido a conservar una cuota cierta de poder global. Pero es notorio que esa empresa acarreaba una dilución de los Estados nacionales, con amplia cesión de poderes estaduales, sobre todo en el ámbito de la política económica, con la creación del euro y el Banco Central Europeo. En cierto sentido, esa pérdida de poder por parte de las naciones pone en entredicho al Estado-nación y lo torna en algún grado artificial, con el agravante que supone, en las últimas décadas, la dictadura implacable del capital financiero y, como correlato político, las imposiciones de Alemania. Esta, al calor de la crisis global del capitalismo y, particularmente, la deslocalización industrial que en las últimas décadas a transformado a China en el taller del mundo, cuida con mezquindad sus propias industrias, en el marco del parasitismo y la descomposición del resto.

Alemania arriesga, por ese camino, la unidad europea, pero, ¿tiene acaso mejores opciones, en el marco de la crisis global del capitalismo, con la emergencia de China disputándole posiciones en el mercado mundial y el aventurerismo norteamericano creando tensiones en todos los frentes? Esta realidad, sin embargo, pese a la notoria degradación europea, no es asumida de modo consciente     en sus poblaciones y en sus elites, que acusan los síntomas, pero no parecen buscar una respuesta en la superación del sistema, cuya ruina acompaña un proceso de disgregación y decadencia sin fin de la vieja socialdemocracia, un creciente poder de formaciones xenófobas y racistas, y la confusa o inmadura presencia de nuevas tendencias de populismo de izquierda, que no logran superar, por el momento, la crisis del pensamiento transformador europeo.

En dichas condiciones, aunque las reglas de juego impongan a las naciones de la Unión Europea el rechazo a la secesión (el peligro del contagio podría afectar la unidad alemana, pese a la fuerza de sus tendencias centrípetas), ¿qué progresividad podría esperarse, en sentido histórico, de estas “naciones”, en el contexto de la crisis de la Europa burguesa? A nuestro juicio, nunca ha sido tan cierto aquello del retraso con que los hombres adquieren conciencia de su tiempo. La ceguera se nos antoja el patrón compartido por todas las tendencias del viejo mundo. Es notable que Artur Mas, ex presidente de la Generalitat de Cataluña, advierta que la independencia no afectará los “compromisos con la OTAN” y que hará lo mismo si se trata de España o “las regiones más pobres de la Unión Europea”. Evidentemente, se postulan como soldados del capital financiero y el Orden global, sin la menor pretensión de enfrentar esa dictadura, con liderazgo alemán, que conduce a las poblaciones de los viejos Estados-nación, incluida Francia, con sus tradiciones de lucha y fuerza sindical, hacia abismos crecientes. No obstante, tampoco se advierten razones para considerar que la integridad nacional sea en la Europa del Mercado Común una causa digna de ser defendida, en nombre del presente y el futuro social. En realidad, aunque no se avizoren fuerzas subjetivas para emprender esa tarea, el capitalismo europeo ha dado de sí, tras extenderse a la periferia, todo lo de progresivo que estaba en sus posibilidades y la sobrevivencia de las conquistas que su población obtuvo, depende, ahora, de que dicho sistema sea finalmente enterrado, con todos los honores, pero sin ninguna vacilación, con la nación burguesa que lo hizo crecer.

El proletariado catalán luchó en la vanguardia del pueblo español, en viejas batallas. La burguesía catalana, protagonista mezquina de una “voluntad nacional” que quiere liberarse del pobrerío del sector más atrasado de la península, es incapaz de hacer otra cosa que colocarse bajo el zapato de Ángela Merkel y el Banco Europeo. El contexto en cual florecen estas “naciones”, eclipsadas por el desarrollo de las naciones viables, es otoñal y las hace anacrónicas. Desde la periferia semicolonial, en particular desde la Argentina, tributaria secular de la cultura europea, esto resulta tan evidente como la decadencia general que aflige a Europa, que la invalida para proveernos, como esperaba nuestra gente en tiempos pretéritos, de ideas y proyecciones, aún cuando debiéramos adaptarlas a nuestras condiciones, para no errar. En este sentido, es relevante, como síntoma, que las nuevas formaciones de izquierda europea busquen orientaciones en modelos latinoamericanos, en figuras como Hugo Chávez o Ernesto Guevara, invirtiendo la dirección de las búsquedas tradicionales, que pretendían hallar en aquellos centros respuesta a la pregunta de qué hacer. Es un giro harto significativo.

Córdoba, 12 de octubre de 2017