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LA IZQUIERDA NACIONAL, EL PARTIDO SANMAURENTIANO Y LA BATALLA DE AYACUCHO

San Martín para niñosDe tanto en tanto, en los últimos años, alguien me preguntaba quién es Fernando Maurente. Yo me limitaba a decir: un día se fue de Patria y Pueblo –Socialistas de la Izquierda Nacional– sin objetar la línea política y/o la acción práctica, ni decir ni mu, para fundar lo que él llama Socialismo Sanmartiniano de la Izquierda Nacional. Antes de lanzarse, estuvo en Córdoba. Se limitó a plantear que la invocación a San Martín –prenda de unidad para los latinoamericanos,  símbolo de patriotismo– resolvía el problema de “llegar al pueblo y liderar la lucha por liberar al país”, ante quienes, por ignorar sus propósitos, le aceptaron un café en el Hotel Argentino. Se fue a Buenos Aires, sin reclutar ni un soldado, pero sin la menor duda sobre la potencia de su idea, planeando otro viaje que lo llevara a Mendoza y al cruce de los Andes, para llevarlo a las cimas de la batalla de Ayacucho.

Contra mi voluntad, me veo obligado a ocuparme del maurentismo. Maurente, sin duda, tiene  el derecho a pregonar lo suyo, aunque a quiénes militamos en la Izquierda Nacional nos aflige el uso de nuestra identidad y vivamos sus actos añorando prácticas de las viejas familias, que solían ocultar en el cuarto patio a un familiar nacido “con cola de cerdo”, para usar el símbolo de García Márquez, que puede avergonzarnos delante de las visitas. Adoptábamos, pese a todo, un silencio resignado. Pero Fernandito, como solía decirle el compañero Spilimbergo, últimamente ha dejado de atender su empresita con el propio esfuerzo, para parasitar a otros, entre los cuales me cuento. Sí. Sin pedirme permiso, y sin nombrar al autor, el 17 de marzo sube mi ensayo “El General Roca. Historia y prejuicio”, sin ponerle título, ni como digo autor (¡sí mi dedicatoria a Alfredo Terzaga, que mis amigos íntimos han comentado!, absolutamente personal) en su portal “Fernando Maurente Producciones”. Pero esta picardía no es la primera, aunque la vez anterior no fui la víctima: unos días antes publicó una nota de Gustavo Batistoni, también integrante de Patria y Pueblo –en ese caso pidiendo autorización al autor, pero no al periódico que la había editado. Y sin mencionar la filiación de Gustavo, aparentemente con la intención de que el lector creyese que era  un soldado del batallón maurentiano  y dando a entender que había sido escrito “para” el portal de Fernandito, siendo que  lo tomaba de otro medio, Redacción Rosario.

Los partidos revolucionarios, al proponer fines tan ambiciosos ¡transformar el mundo! suelen convocar, entre quienes se suman convocados precisamente por su estrategia revolucionaria –que si son gente seria analizan minuciosamente para no dar un paso en falso– a personajes proclives a la ensoñación y el delirio; para un megalómano, la visión de asaltar el Palacio de Invierno, mientras las masas cantan La Marsellesa de los Obreros, es una imagen irresistible…  al alcance de la mano. Si además la hazaña puede ser pensada como algo que depende de encontrar “una fórmula” que resuelve todo –en este caso, la invocación a San Martín, en otros el ejemplo del Che Guevara– el sueño puede adquirir una potencia orgásmica, que el aprendiz de profeta vivencia con fiebre. Es una situación difícil de resolver, sobre todo en fuerzas que luchan por crecer en la sociedad hostil, incrédula, desorientada y desmoralizada de nuestro tiempo, aunque la experiencia nos enseña a eludir el “apoyo” de este género de personajes, que suelen desnudar la nula consistencia de su estructura psíquica con la insalvable dificultad para el trabajo colectivo, la disciplina que exige toda labor seria y la subordinación del impulso y el lucimiento personal al objetivo común, un esfuerzo que los supera. Nuestra tarea, por otra parte, se caracteriza –como suele decir un buen artista, si se trata de hacer algo significativo– porque la cuota de sudor supera con creces “el momento de la inspiración”.

¿Una confluencia de Izquierda Nacional?

¿Es posible ver desde otro ángulo esto que hasta aquí parece una gresca entre personas que invocan a la Izquierda Nacional? ¿Algo que interese a todos los que adhieren o simpatizan con  nuestra corriente? Lo anecdótico del asunto seguramente no. Y la (des) honestidad intelectual es un (dis) valor, sin duda, pero no establece diferencias políticas y “pelear” sobre un tema de orden moral –de algún modo hay que caracterizarlo– puede ser fastidioso al entorno que nos rodea, si se trata de eso y nada más. Conscientes del caso, lanzamos una pregunta: ¿Es posible  extraer de todo este asunto algo que importe auténticamente a los militantes y simpatizantes de la Izquierda Nacional?

Creo que sí. El motivo principal por la cual me preguntaban en estos años quién es Maurente,  es su filiación de Izquierda Nacional. Sabiendo que milito en Patria y Pueblo – Socialistas de la Izquierda Nacional, y enterados de que postulamos una confluencia de Izquierda Nacional, era natural pedir explicaciones sobre qué nos separa. Si no queremos construir una secta, si buscamos fortalecer un ala izquierda del movimiento nacional (rechazando la posibilidad de diluir nuestro programa para “amontonarnos” sin principios, cabe añadir) ¿cuál sería la razón para estar separados?

Ahora bien: ¿me permiten decir que nunca supimos qué motivos tuvo Maurente para romper y fundar su “socialismo sanmartiniano”? Nadie lo echó de Patria y Pueblo. Ignoramos si saben por qué se fue sus nuevos interlocutores. Nunca dijo frente a nosotros una palabra al respecto (¿ignora que el silencio es también “un programa”?) ¿o se trataba solamente de armar un grupo de “seguidores de Maurente”? Si las bases de su disidencia no se formulan, y no está claro qué lo separa de nuestra línea  ¿soy un “malpensado” al afirmar que inventó el “Partido Sanmaurentiano… de la Izquierda Nacional”?

Un revolucionario no rompe con el partido en el cual milita sin librar una lucha para denunciar su posible desviación ideológica, pugnar por que modifique su orientación táctica, señalar los  errores que atentan contra los fines estratégicos de la organización y, si fracasa en su empeño, y debe construir una nueva organización, ganar para lo suyo a los mejores militantes. Sólo si está muy desmoralizado, puede irse en silencio a su casa. Pero, ¿marcharse así, como fue en este caso, sin decir ni mu, para formar algo más adecuado a una “expectativa individual”?

Es “un programa”, sin duda. Pero ajeno por completo a la política revolucionaria.

Por otra parte, nunca le objetamos que creara cursos de historia nacional y teoría política, no gratuitos, para ganarse la vida. Nuestra simple opinión es que una actividad de esa naturaleza no hacía daño y podía complementar nuestra labor propagandística. Pero, difundir la fantasía de que invocar a San Martín y postular un Profeta puede eludir la lucha por construir un partido, es muy distinto. Aunque no sea explícita, esa es una diferencia insalvable. Ante todo, no es lo nuestro vender abalorios. La Izquierda Nacional ha tenido avances y retrocesos en su prolongada historia y ha padecido diversas defecciones. Pero quienes permanecemos fieles a su estrategia nunca hemos apostado a una figura providencial, llámese como se llame, sino a crear un sistema de cuadros, sostener lo nacional desde el socialismo revolucionario y luchar por representar a la clase obrera, impulsando su liderazgo en el movimiento nacional.

Córdoba, 06 de mayo de 2020