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ACERCA DEL “MARXISMO” DE MILCÍADES PEÑA

fICHAS ii

Pese a ser un autor prolífico, un ligero examen de la vida y los textos de Milcíades Peña debería bastar para ahorrarse el esfuerzo de analizar su obra, llena de inconsistencias y juicios caprichosos, expuestos  con la impulsividad típica de los sectarios. Pero, al tratarse de alguien al que rinde culto una larga lista de ultraizquierdistas cipayos, que, por extrañas razones, tiene buena fama entre algunos académicos “progresistas”, incluyendo a ciertos “peronistas de izquierda”, es necesario asumir la tarea y superar la repugnancia que inspiran sus insultos, que el lector comprenderá al leer nuestras citas del capítulo IV de “Masas, Caudillos y Elites”, libro que examina la historia argentina del siglo XX, detenido ante todo en Yrigoyen y Perón. El autor titula al referido capítulo “El gobierno del <como sí>: 1946-55”, para hablar, es obvio, del peronismo histórico y dice que: I) la década 1945/55 fue “un alegre carnaval”[1]; II) Evita, “una actriz fracasada y resentida social”, que “murió creyendo que su comedia personal era la historia argentina”[2]; III) Perón y su entorno, “una pandilla de aventureros respaldados e idolatrados por las masas trabajadoras”[3]; IV) en esos años (de alegre carnaval) “los obreros van experimentando, aunque tardan en tomar conciencia de ello, que su enemigo en las fábricas no es sólo la patronal, sino la propia CGT”[4]; V) por retirarse “sin lucha” durante el golpe de 1955, el jefe del peronismo merece ser calificado “el afeminado general Juan Domingo Perón” [5].

Abundan en la Argentina estos energúmenos y opiniones. Ciertas expresiones hicieron historia, como ocurrió con aquella del “aluvión zoológico”[6], para tachar la llegada del peronismo al poder. La historia de Evita dio igualmente material a la malevolencia de caballeros prostibularios y damas frígidas (o que simulan serlo, con el amante en el ropero). Lo raro en el caso de Milcíades Peña es que, mientras otros simios son juzgados por todo el mundo como ridículos gorilas poseídos por el odio, al creador de Fichas lo presenten como “un crítico riguroso” algunos académicos de las corrientes “progresistas”, sin que despierte en ellos alguna duda verlo incurrir en los mismos insultos o extravagantes descalificaciones, que deberían motivar, como mínimo, un comentario y una sospecha sobre su objetividad ensayística, poco compatible con la incontinencia emocional y la potencia de los prejuicios de que hace gala este sujeto. Esa imperturbabilidad o “candidez” es más curiosa, aún, en ciertos intelectuales del peronismo “de izquierda”[7]. Roza el absurdo ya, si a lo expuesto –el antiperonismo rampante– se suma el dato de que este “marxista”, que acusaba a miembros de la Izquierda Nacional de “cortesanos de Perón”, militara al mismo tiempo, tras el golpe de 1955, junto a Nahuel Moreno, la “táctica” del “entrismo”, que consistía en simular que eran peronistas: a la caza de distraídos, decían que su periódico, Palabra Obrera, se publicaba “bajo la disciplina del General Perón y el Consejo Superior Peronista”[8]. Con ese disfraz apostaban a ganar algún obrero y copar el movimiento, aprovechando que los “libertadores” tenían en la cárcel a los líderes sindicales y Perón estaba exiliado y proscripto. De modo que, después de denunciar al peronismo como “farsa”, agraviar a su jefe y decir que los obreros, por ser peronistas, eran “quietistas” y “conservadores”, Milcíades y su maestro sostenían una aventura similar a la que llevarían adelante, años después, los Montoneros y guevaristas. Aunque en aquel caso, como es de suponer, siendo “marxistas” Moreno y Peña, pretendían respaldar dicha torpeza, condenada al fiasco, con la palabra de Trotsky, sin atender al hecho de que el bolchevique ruso sugería entrar al socialismo francés, una fuerza habituada al debate interno, en un marco histórico también diferente[9]. Y de ningún modo cabe alegar que Peña sólo fue “seducido” por Moreno: en Estrategia, una revista de “teoría marxista” que publicaban juntos y estaba dirigida al público de “los entendidos”, ambos exponían “los fundamentos” de su aventura, para sumar a otros “marxistas”. Allí, Peña formuló, según Tarcus, “la más sólida fundamentación de la táctica trotskista de entrismo en el peronismo”. Libres, en Estrategia, del disfraz usado en Palabra Obrera para engañar peronistas hipotéticamente cándidos, en su “Revista Teórica” prescindían del disfraz, eran “trotskistas”: Peña, planteando la tesis de “copar” sindicatos[10] con la máscara de ser “fieles a Perón”; Nahuel Moreno, más impúdico aún, atacando a Jorge Abelardo Ramos, al que había denunciado de “brindar a Perón argumentos contra la izquierda”, maltratándolo esta vez por negarse a “luchar” dentro del peronismo ¡para lograr “la independencia” del movimiento obrero![11]. Milcíades PeñaArrastrados al fango por sus propios ardides, terminan obedeciendo “la orden” de Perón de votar la fórmula Frondizi-Gómez, en los comicios de 1958. Peña, siempre predispuesto a ser carne de cañón en manos de Moreno, ataca a Silvio Frondizi y Posadas de “sectarios y comentaristas pequeño burgueses” y según Tarcus les grita a la cara: “Así es: somos trotskistas-peronistas”.[12]

Estos virajes “tácticos”, que jamás se autocriticaron[13], muestran la liviandad de ambos personales[14]. Es preciso distinguir, no obstante, entre uno y otro. En el caso de Moreno, la volubilidad en “la teoría” nace invariablemente del empeño en dar “fundamento” a sus aventuras. El maestro de Peña, en tal sentido, víctima irredimible de la aversión al peronismo y de ese voluntarismo que rechaza aceptar los límites impuestos por el mundo real a la voluntad humana, invierte la secuencia entre el análisis y la acción: imitando al psicópata, Moreno adecua la “explicación” al acto. Sin teoría revolucionaria, dice Lenin, no es posible trazar una práctica consecuente. Pero la teoría, para él y para todo marxista serio, elabora independientemente los datos reales, sin empeñarse tozudamente en exigir que la cabeza se amolde al sombrero. En el caso de Moreno, primero se actúa. Le sigue “la teoría”, como un comodín. Si antes se había sostenido lo contrario, se oculta o deforma la expresión fallida, sin revisarla[15]. Peña, en cambio, aunque débil frente a Moreno, su protector letal[16], es un intelectual para el cual las ideas tienen algún valor, que impone límites al manoseo constante. Peña es capaz de citar tramposamente a otros autores, como se comprueba examinando con paciencia infinita su utilización de las fuentes   (¿especulando, quizá, en que es raro el lector que coteje lo citado?[17]), no parece pertenecer al mundo de los pillos, sino más bien al género de aquellos que, víctimas de una emocionalidad que no controlan, llegan a la deshonestidad, sin frenos inhibitorios, para sostener un prejuicio. Pero, al parecer, Peña habría logrado superar el sometimiento filial al aventurero, después de sufrir el fiasco de la táctica del “entrismo”. Esto tensiona el vínculo con Moreno y lo llevará a la ruptura. En Peña, las contradicciones extremas obedecen, a nuestro juicio, a otras causas: 1) la incapacidad para lograr que el pensamiento racional venza al prejuicio, que, como dijimos, expresa emociones tan poderosas, en algunos sujetos, que la víctima sucumbe irremediablemente ante el mismo; esta afirmación, lejos de ser una chicana, es visible en la propensión a infamar sin freno al adversario que el lector encontró en nuestras citas a su obra; por otra parte, estimando a Peña, Tarcus y Lagar hablan del desquicio psíquico del personaje. El primero se apoya en observaciones de Peña Lillo (que también aprecia personalmente a Milcíades).  Tarcus, fuera de toda sospecha de animadversión, habla de “disociación” y “cuadro esquizoide[18].

¿Es posible crear un partido revolucionario en un país de tontos incorregibles?

Por otra parte, ¿las intervenciones teórico-políticas de Moreno y Peña, por erradas que sean, estaban sostenidas por el propósito de construir una fuerza revolucionaria de la clase obrera? Subjetivamente, no hay duda de que en Moreno eso era así. No es tan claro en el caso de Peña que, como señalaba el núcleo “duro” morenista, con ánimo peyorativo, era “un intelectual”. Pero, omitiendo matices, sólo podría decirse que querían crear un partido obrero, pero esa meta era en extremo contradictoria con la perpetua subestimación a la inteligencia de los trabajadores y su experiencia vital, que los había llevado a mirar con asco su adhesión a Perón, realista y coherente. Juzgue el lector, en dicho sentido, la visión que se expresa en el siguiente párrafo, donde sólo tallan las embajadas imperialistas y la masa         es zonza: “El 12 de octubre el gobierno pro-inglés de Perón y Farrell se vio seriamente amenazado por una coalición respaldada por la embajada norteamericana; y el 17 de octubre un movimiento de militares, burócratas, curas, policías, políticos burgueses y masas obreras –prescíndase por el momento de analizar quién dirigía a quién– derrotaban a la oposición pro-norteamericana y devolvían la tranquilidad al gobierno pro-inglés de Farrell-Perón”.[19] O cuando se ataca a “la vieja guardia sindical” que se acerca a Perón, que en más de un caso llevaba dos décadas de luchas duras, bajo el poder oligárquico represivo, diciendo: “el elemento humano con que se construyeron los cuadros dirigentes de la CGT estaba (…) compuesto en dosis masiva de arribistas y burócratas de todo tinte y confesión”[20]. Ambos textos son de Milcíades, pero el alumno repetía, años después, juicios emitidos por el POR de Moreno en el quinquenio que va del 45 al 49, la edad de oro de su furor antiperonista, que lo llevó a sostener que la Unión Democrática en 1946 “era el mal menor”, y el movimiento obrero era “castrado y sin ímpetu”, “narcotizado por el Estado”,  lo cual era el producto de “una demagogia desaforada”, basada “en los beneficios enormes extraídos del mercado mundial por los productos agropecuarios argentinos.” Si dejamos a un lado la fraseología “de izquierda” ¿en qué difería esta “interpretación” del “pan y circo peronista” que según la prensa imperialista “explicaban” el triunfo obtenido por Perón[21]? Con semejantes ideas ¿podía construirse una fuerza obrera?

Los argentinos siempre habrían sido estúpidos, víctimas de pícaros arribistas y ventajeros

El marxismo, como toda fuerza que busca transformar un orden que oprime a las mayorías y por esa razón necesita ganar el respaldo de los oprimidos, sabe que a favor suyo actúa la experiencia vital del explotado, lo que equivale a decir la necesidad histórica de liberarse del yugo, sin la cual toda lucha estaría perdida. Los hombres, dice Lenin, aprenden en la vida; su existencia trascurre disociada del trabajo intelectual y los círculos de quienes se emplean en interpretar el mundo, a su vez apartados del trabajo manual. Lejos de estos sacerdotes, que monopolizan “el saber”, más de una vez huero, a las grandes masas las educan los hechos, su inscripción social, las tradiciones de su clase, la lucha por obtener determinadas metas. Las que cabe llamar “fuerzas progresivas” sostienen, por su perspectiva y sus ideas, una visión optimista, fundada en la voluntad de las clases ligadas al objetivo que postulan y los condicionamientos que su situación les imponen cotidianamente. La confianza en el proletariado, propia del marxismo –aunque simultáneamente Lenin diga que “la conciencia socialista” requiere la presencia de la intelectualidad revolucionaria– es el basamento de su estrategia política, en tanto se parte de sostener que la tarea de transformar la realidad requiere necesariamente del protagonismo de las masas. Consecuentemente, sin desconocer que existen épocas oscuras, el marxismo parte de valorar el instinto y la capacidad de los pueblos para orientarse en el mundo de un modo espontáneo, asimilar las ideas que les resultan necesarias, y seleccionar sus jefes. Esto supone, como el lector imaginará, una compenetración total con los suyos y la patria en que vive, por parte de aquellos que apuestan a liderarlos. No por error, en el caso de Rusia, Trotsky no duda de definir a Lenin como “tipo nacional”; su formación y cultura lo distinguen entre los rusos, como uno de ellos. Corroborándolo, el gran revolucionario mira las cosas con ojos rusos y encuentra en la literatura de su propio país las imágenes que ilustran sus observaciones y tesis, con la agudeza habitual de los poetas y narradores, que retratan el mundo sin la estrechez de las teorías, grises y sin “verdor”, según Goethe.

Contrariamente, para Milcíades los argentinos son, a lo largo de su historia, tontos que jamás aciertan a comprender la realidad y sus propios actos[22]. Si se excluye a “los pícaros”, ya al nacer cometieron el error de creer que estaban sacrificándose para tener patria. Para este autor, se ha creado “la fábula de la <revolución> de mayo y del arrojado ‘partido patriota’ que desencadenó ese movimiento ‘por la independencia’ –fábula ésta sólo apta para estudiantes no muy precoces”. No hay tal cosa, ese es un invento de “los historiadores oficiales”[23]. Sólo era real el amor por el librecambio, con una excepción:  para “los abogados, frailes y militares, cuya oficialidad se reclutaba siempre entre gente de ‘distinción y honra’, se trataba de encontrar ocupación lucrativa en un Estado propio no manejado desde Madrid[24]. En base a lo cual debe concluirse que todo aquello fue una obra de vivillos que medraban con la debilidad y tragedia de España, para ganar los cargos hasta allí cubiertos por burócratas de la monarquía, más comerciantes interesados en asociarse con Gran Bretaña. Desde luego que, dejando al margen a “los estudiantes no muy precoces” que oyen en el aula esa “fábula”, los contemporáneos de la lucha por la emancipación latinoamericana que se jugaron la vida por sostener ese “mito” son sólo los pioneros, como verá el lector, de varias generaciones también lunáticas que van más tarde a comprometerse y hasta morir de puro imbéciles por similares “ficciones”.

Para sostener su falacia, Peña califica también de “mito” la participación popular en la emancipación latinoamericana[25]. Según él, “la sociedad colonial presentaba más que suficientes conflictos entre las masas trabajadoras y las oligarquías dominantes como para producir un sordo conflicto que estallaba a veces en vastos movimientos de masas”. Pero esto ocurrió “antes, durante y después de las luchas por la independencia”. Y concluye: “los movimientos de masas producidos durante las luchas por la independencia constituían un movimiento aparte de la independencia” y “se dirigían contra las clases dominantes de la colonia”. “En ningún caso uno, el movimiento de las clases explotadas, fue respaldo del otro, la lucha de las clases dominantes criollas contra la Corona española”. Experto en denigrar al campo patriota, Milcíades plantea que Castelli era “un emisario porteño” que “no tenía inconveniente en propagar la emancipación del indio en el Alto Perú, total en Buenos Aires no había encomiendas y para nada necesitaban los estancieros o comerciantes el trabajo indígena”[26]. Es claro: ajeno a la épica, inepto para el altruismo, revolucionario de café, Milcíades cree que todos son iguales a él.

No es necesario ser marxista para incorporar al juicio datos muy elocuentes. Considerar un “mito” la participación popular” en la Independencia –omitamos los calificativos– implica ignorar sucesos tan significativos como el Éxodo jujeño, las campañas de Artigas y sus paisanos, o la guerra gaucha liderada por Güemes. El General San Martín se dolía ante el sacrificio de los negros en Chacabuco. Pero sabía perfectamente que su heroísmo se relacionaba al compromiso revolucionario de otorgarles la libertad. El y Bolívar, sin ser “marxistas”, comprendieron lo que Peña muestra no entender: la interpenetración entre la cuestión nacional –lucha por aventar el dominio español– y la cuestión social –las demandas que es necesario atender para sumar a las masas al proceso emancipador. Peña, en cambio, cae en la tontería de plantear que la Asamblea del Año 13 tomó las resoluciones concernientes a la esclavitud, no para incorporar a los esclavos a la lucha contra el godo, sino para satisfacer exigencias de Strangford y Canning: ¿pretende Milcíades hacernos creer que Gran Bretaña daba tanto valor a terminar con la esclavitud, como para condicionar su apoyo a las ex colonias españolas rebeldes a esta cuestión, como sostiene nuestro hombre al hacernos saber que la célebre decisión de Asamblea del año 13 fue una acción “demagógica” con miras a romper la firmeza británica en exigir la libertad de los esclavos[27]?

Pero allí no acaba el relato de cuan miserables y cuan estúpidos fueron los argentinos a lo largo de su historia.

Es lo que prevalece, también, según este autor al que Feinmann dota de “una inteligencia luminosa”[28], en los sucesos que llevan, en 1880, a la federalización de la ciudad de Buenos Aires. Antes de “analizar” ese momento clave, descalifica a las fuerzas que pugnan en el país: al terminar el ciclo mitrista nacido en Pavón y el interregno posterior del presidente Sarmiento, que tantos autores han juzgado como un desquite (a medias) del interior sangrado después de Pavón, la resistencia del interior, cree Peña, está ya tan muerta como el Chacho. En realidad, la burguesía comercial porteña, pasado Mitre, nunca tuvo ya el poder sin límites que alcanzó con Mitre. El giro parcial del gobierno sarmientino, resistido por el mitrismo, se acentuará al asumir Avellaneda el poder, tras la derrota decisiva del alzamiento porteño de 1874. Peña, que necesita ante el hecho seguir la tesis de Nicolás del Caño (son todos “lo mismo”) desecha en el caso (lo repetirá en otras) la interpretación clasista (se volvería contra él) y la reemplaza con “argumentos” de su propia cosecha. Así, luego de Mitre el interior está definitivamente vencido. Y, después del mitrismo, al “no existir clases modernas” (“no hay burguesía industrial, ni proletariado, ni burguesía agraria”, dice), “los nuevos partidos que entonces aparecen no se forman como órganos de ninguna clase de la sociedad argentina, sino como empresas políticas destinadas en primer término a usufructuar el aparato estatal”[29]. Como se ve, esa prevalencia de hombres mezquinos, ya observada por Peña en la Revolución de Mayo, es una constante en “política criolla”[30]). Como el lector supondrá, a partir de tal juicio la guerra que enfrenta a Tejedor y Roca por la nacionalización de Buenos Aires, la Aduana y el Puerto, que creará entonces la Capital Federal –un momento clave de las guerras civiles argentinas– es vista como “una farsa”. Según Peña, en el 80 el viejo objetivo del interior provinciano y la resistencia de los porteños son “anacrónicos”, inactuales, con el interior ya vencido, sin la menor posibilidad de reversión histórica. Más aún, Tejedor (se supone que también Mitre) es conciente de esa realidad, pero busca demagógicamente seducir a los porteños, razón por la cual simula empeñarse en “defender a Buenos Aires”. Roca, a su vez, también sabe que es así, pero tiene como fin granjearse el apoyo de las provincias del interior. De modo que todo fue un duelo entre pícaros: los 3000 muertos de las batallas de Barracas y Puerto Alsina, infiere Peña, sin atreverse a decirlo abiertamente, serían el fruto de la idiotez compartida por los porteños y los soldados del Ejército nacional, que se inmolan empujados por Roca y Tejedor a una lucha inútil, ya que la causa por la que mueren no es real, sino la invención de ambos estafadores, que pugnan para decidir quién ordeñará el presupuesto.

La ya mentada “inteligencia luminosa” reaparece al examinar el radicalismo de Yrigoyen y las mayorías que lo apoyan. Como hemos anticipado, el “análisis” de Milcíades reitera aquí la tradición sentada por el gran maestro de la izquierda cipaya, Juan B. Justo: “todo el mundo lo votaba sin saber exactamente por qué”[31], dice Peña. Y explica qué los radicales obtenían ese respaldo no, como creemos los alumnos “no muy aventajados” por encarnar una larga lucha por la soberanía popular y ser una representación del nacionalismo popular[32], sino por obra de “una eficiente maquina electoral”. A Yrigoyen “lo derribó la oligarquía”, pero “estaba perfectamente mancomunado en ideas e intereses fundamentales con el imperialismo inglés, la burguesía terrateniente argentina, con el capital financiero e industrial tan íntimamente vinculado a los dos primeros, con el ejército –su guardia pretoriana– y la Iglesia –su gendarme espiritual”, nos explica[33].estrategia_n_2_57 Nótese, además, que Milcíades, como pionero del “izquierdismo” que acompañaría las luchas de la Mesa de Enlace, en el 2008, hace sí “la defensa del chacarero”, ajeno a la sospecha que está frente a un actor de la Argentina probritánica. Un actor secundario, es cierto, pero cuyas contradicciones con los terratenientes pampeanos son secundarias, al coincidir con ellos en la perpetuación del sistema que condena a ser granja, a la exportación de granos y carnes[34].

Si recordamos los juicios de Moreno y Peña sobre el peronismo y la clase obrera, según los cuales en la Argentina del siglo XX los argentinos continúan mostrándose incapacitados para advertir que viven en el reino de la fantasía, invariablemente estafados por distintos vivos, cabe preguntarse cómo podría una voluntad revolucionaria, si así lo deseara, recorrer el camino que transforma “la Idea” en fuerza material, como reclama Marx ¿O debe suponerse que lograr tal cosa requiera antes lavarle el cerebro a los trabajadores y el pueblo, como parecen creer nuestros “trotskistas”? Esta conclusión, lejos de ser una chicana, emana de las premisas que comparten con Peña: si además de carecer de voluntad revolucionaria, como sucede en todos los pueblos, cuando no la precisan, la clase obrera y nuestras mayorías no tienen tampoco un “instinto” de clase –vulgar sabiduría que los hombres adquieren para enfrentarse al mundo, según supone la tradición marxista– ¿dónde encontrar un punto de apoyo?

Por fortuna, la realidad indica que es Milcíades Peña y otros seudotrotskistas ineptos para asimilar las enseñanzas del marxismo que creen abrazar, los que no comprenden que el proletariado argentino y los postergados de nuestra patria han sabido distinguir, con raras excepciones, cuáles eran las mejores alternativas brindadas por la historia, en cada coyuntura de la historia del país[35]. Algo de esto amenaza con entender Christian Castillo –salvo que intente sólo salvar su pellejo–  cuando dice, comentando a Peña: “señalemos, a modo indicativo, una serie de debilidades presentes en la interpretación histórica de Peña, haciendo nuestra también la crítica sobre la falta del protagonismo de las masas, en particular la clase obrera, en la explicación del desarrollo histórico”[36]. Se  trata, es claro, de una admisión parcial, que oculta algo mucho más grave, por lo siguiente: la idiotez de las masas y su invariable manipulación por parte de caudillos que, como Roca, Yrigoyen y Perón representan, según Peña, intereses opuestos a nuestras mayorías, es mucho más que “falta de protagonismo”[37]. Nuestras masas populares estarían incapacitadas para identificar su propio interés inmediato, algo muy distinto, al menos si hablamos de la clase obrera, a carecer de plena conciencia histórica, algo sólo posible cuando está organizada por su propio partido y, más aún, está próxima a tomar el poder.

No hay épica en la historia narrada por el curioso “marxista”. Los líderes y figuras destacadas, en todos los casos, carecen de valores: son todos pillos, que levantan mentirosamente banderas que las masas, enceguecidas, creen nobles; sólo pelean por ocupar el poder, para repartirse cargos y desplazar a sus adversarios, que persiguen lo mismo. Invariablemente son secuaces de los ingleses, lo pregonen o no, y las potencias extranjeras jamás encuentran una resistencia digna de ser elogiada y que pueda operar, en el presente, como ejemplo a imitar en la dura batalla por tener una patria[38]. Las mayorías, por su parte, son tan necias que los apoyan (véase lo citado, para Yrigoyen) “sin saber exactamente por qué”, aun cuando están jugándose el pellejo[39]; tan estúpidas son que creen estar “luchando por la patria”. Ahora bien, ante la supuesta identificación de Milcíades Peña con la clase obrera, si nuestra lectura se  hubiese detenido en el ciclo anterior a la emergencia del peronismo, esperaríamos que Peña supere la inclinación a descalificar a las masas cuando llegue la hora de analizar al proletariado: si se pretende  construir un partido obrero, se supone que, además de contar con las determinaciones creadas por el lugar del proletariado en la producción, lo creemos portador de un conjunto de rasgos que lo habilitan para la función del “sujeto revolucionario”, capaz de conducir a las restantes clases del campo popular. Pero ya sabemos que no es así: como hemos visto, nuestra clase obrera es “quietista y conservadora”, según “lo prueba” su adhesión al peronismo, ese “carnaval” sepultado por la “revolución libertadora”. Nótese que Peña juzga así a la clase obrera que ha sostenido la “resistencia peronista”[40], con duras luchas por recuperar los sindicatos intervenidos por los gorilas y mientras la UOM lleva adelante un plan de lucha que llegó a ocupar un millar de fábricas “por el retorno de Perón”. Y cuando era posible prever que, rehecha su fuerza, era capaz de protagonizar batallas mayores, como los levantamientos de fines de la década del 60, luchas convocadas por dirigentes sindicales que eran peronistas, mientras los alumnos de Moreno, Peña y otros desnortados, seguían orinando fuera del tarro.

Las falencias de fondo: un análisis fallido de la historia y la realidad argentina y latinoamericana

Pero abundar más en los dislates de Peña, además de abrumar hasta el hartazgo al lector, nos desviaría del objetivo de analizar lo importante, las claves de su visión, que a juzgar por los datos ha obnubilado   a varios. Por otra parte, sería “la historia de nunca acabar: contradictorio en extremo[41], incansable en la producción, Milcíades nos remite a obras diversas, hasta ignotas, que no evalúa y nos obliga a revisar prolijamente, al desconfiar de sus citas, muchas veces desprovistas de referencias al pensamiento del ensayista en que se apoya, pero útiles para marear al curioso no atento[42]. Este, al valorar algún acierto parcial y la remisión a fuentes tan autorizadas como Alberdi[43], ignora su incongruencia y la ausencia de sistematicidad[44]. Ante tal cuadro, en lugar de seguir con los ejemplos puntuales, vamos a examinar los fundamentos del planteo y extraer del análisis alguna lección de valor general. Algo importante, ya que Peña, si hacemos abstracción de ciertas particularidades, es representativo de un género de “izquierdista” que abunda en Argentina y aún en Latinoamérica. Hay cierta “lógica” (valga ese término) en su obra, que explica no sólo los desaguisados monstruosos, sino también la visión que comparte con otros exponentes del “izquierdismo” cipayo, en particular con las sectas llamadas “trotskistas”.

En la base de las incongruencias de Peña y afines hayamos siempre un fallido análisis de la historia del país y su estructura social, del contenido de sus luchas de clases y, respecto a las tareas del marxismo revolucionario, la definición del carácter de la revolución argentina y latinoamericana, en el marco del dominio del imperialismo mundial, que, como afirmaba Trotsky, con la absoluta convicción de que la contradicción fundamental opone al imperialismo y la nación oprimida, “bloquea el camino de los que quieren civilizarse”.

Pero antes de abordar estos asuntos, que exigen apelar a las categorías aportadas por la teoría política, cabe analizar otro costado, que llamaríamos subjetivo, pero no por eso menos importante: el impacto que en las facciones de “la izquierda” provocó la existencia de fenómenos que son, para el ojo alejado del Marx viviente –el modelo paradigmático fue Juan B. Justo– la emergencia de criaturas que agreden pero no alteran su sentido común o, para mayor claridad, la maraña de prejuicios que en ellos obstruye el análisis racional. Valga, como modelo, ese “insulto a la razón” que el amor a Yrigoyen representaba para el fundador del “socialismo” argentino. Como Milcíades, Justo pensaba “que todos lo votaban sin saber por qué” y, en lugar de someter a examen sus preconceptos, hablaba con desdén de “la política criolla”; condenaba in totum a “la burguesía” local, sin averiguar por qué razón la derecha oligárquica solía favorecer electoralmente al socialismo, para restar votos a la UCR. Pero, en su época, Justo y sus seguidores podían encontrar un eco favorable a su extravío conceptual, por el aliento que les brindaba el inmigrante europeo, que ellos creían más lúcido que el criollo. A su vez, cabe decir que en cierto modo los socialistas veían progresar su empresa, al menos en la franja de los trabajadores vinculados al litoral privilegiado surgido de la asociación de las clases dominantes de la zona pampeana con Gran Bretaña. Pero la izquierda posterior, fracturada por disensos ajenos a un debate programático situado en el país –sus dilemas eran un eco local de las disputas que conmovían a las diversas Internacionales, lo que implica girar sobre problemáticas ajenas– en stalinistas y  trotskistas, vivió como catástrofe la aparición del peronismo, que cuestionó las premisas básicas de su existencia. En tal sentido, la única excepción fue el pequeño grupo que se identificaría más tarde como “izquierda nacional”, para el cuál Perón era en la Argentina un fenómeno afín al liderado en Méjico por Cárdenas, cuyo apoyo, por parte de Trotsky, les ofrecía un modelo para entender al peronismo y enfrentar la presión del “socialismo” juanbejustista y el PC. Pero, el impacto en el “trotskismo” no fue menor: el apoyo de Trotsky al militar nacionalista azteca todavía incomoda a las sectas que hoy lo conforman, que se empeñan en ocultar las críticas del maestro a las desviaciones ultraizquierdistas en la cuestión nacional[45]. En tal sentido, la iracundia y la repulsión que pueblan todos los textos de Peña son tan sólo una muestra del volumen de esa conmoción, no superada todavía.

La “colonización capitalista” de América Latina y la distorsión de las categorías de análisis marxistas

aNTES DE MAYOEn 1948, Nahuel Moreno lanza la tesis que enunciamos en el subtítulo, que Peña hizo suya y ha tenido luego otros exégetas[46]. Un dislate teórico, como lo prueban autores marxistas serios, respondiendo al planteo, reformulado por Gunder Frank en la década del 60[47].  Una referencia breve a las motivaciones políticas que impulsaron a estos planteos sirve para situar al lector no familiarizado con la historia de las izquierdas latinoamericanas. Veamos. A fines del 40, Moreno era un feroz antiperonista; pero esta posición fue la expresión de un ultraizquierdismo básico, tributario aun del rechazo a la lucha por “la   liberación nacional” que caracterizaba a todas las sectas trotskistas, antes de la época de Liborio Justo. Abstractamente “antiburgués”, el maestro de Milcíades buscaba en la historia apoyo a su postura, que negaba toda progresividad al “nacionalismo burgués”. Si había en América Latina, desde Colón hasta la actualidad, algo que pueda llamarse capitalismo, se justificaba pensar en una “revolución socialista”, cuyo enemigo era la burguesía en general. De paso, era un modo de ser “trotskista”, combatiendo al stalinismo y sus banderas “antifeudales”, que sostenían la hipótesis de una “etapa burguesa” para la revolución latinoamericana, sin excluir a la Argentina, donde creían ver en el chacarero pampeano una condición “campesina” (retomada hoy por los epígonos del “morenismo”). Pero, una década después, en 1957, apóstol del “entrismo”, trasvertido entonces (Peña, dixit) al “trotskismo-peronista”, Moreno no obstante reivindicar sus “Cuatro tesis”, omitía confesar[48] –negaba el hecho, más bien– de que aquel planteo era “antiburgués”, opuesto a la tesis de “la revolución permanente”. No obstante, el texto exhibe, como una huella digital, lo que el delincuente oculta. Pero, en nuestro caso, interesa, ante todo, examinar las inconsistencias, que tanto en el caso del fundador del “morenismo” como en el texto de  Gunder Frank, muy posterior, revelan la incomprensión de las categorías establecidas por el autor de El Capital. Dice Moreno[49]:

La colonización española, portuguesa, inglesa, francesa y holandesa en América, fue esencialmente capitalista. Sus objetivos fueron capitalistas y no feudales: organizar la producción y los descubrimientos para efectuar ganancias prodigiosas y para colocar mercancías en el mercado mundial. No inauguraron un sistema de producción capitalista porque no había en América un ejército de trabajadores libres en el mercado. Es así como los colonizadores, para poder explotar en forma capitalista a América, se ven obligados a recurrir a relaciones de producción no capitalistas: la esclavitud o una semi esclavitud de los indígenas. Producción y descubrimiento por objetos capitalistas; relaciones esclavas o semi-esclavas; formas y terminologías feudales (al igual que el capitalismo mediterráneo), son los tres pilares en que se asentó la colonización de América.

¿Esencialmente capitalista? Porque sus “objetivos” fueron “capitalistas y no feudales”, dice Moreno, corrigiendo a Marx. El capitalismo, ¿nació de la voluntad de obtener ganancias? En la sociedad feudal, ¿nadie se interesaba por ganar dinero? Olvidemos a los mercaderes de la Edad Media, prolijamente estudiados por los historiadores europeos: los propios señores feudales, más de una vez vendían los excedentes. Moreno, presunto marxista, ¿dónde aprendió que para “explotar en forma capitalista a América” (o a cualquier región, en cualquier época) se podía “recurrir a relaciones de producción no capitalistas”, como “la esclavitud o semiesclavitud de los indígenas”? Pero, si “obtener ganancias” hizo comerciantes a los antiguos fenicios, impulsó la expansión griega en el Mediterráneo, fue habitual en el Imperio Romano ¿Creía Moreno, y se privó de enseñarnos, que hubo en la antigüedad “objetivos capitalistas” y “formas capitalistas de explotación”, que usaban esclavos, “porque no había un ejército de trabajadores libres”[50]? Tráfico comercial y producción para el mercado no faltaban precisamente y la voluntad de explotar el trabajo ajeno, existía ya desde los tiempos de la revolución neolítica. Como tantos economistas del pensamiento burgués, ¿suponía Nahuel que el capitalismo era eterno?

Para responder al absurdo de semejante planteo, si nos atenemos a Marx, basta leer este juicio suyo, claro y conciso: “Sólo la forma en que el plustrabajo es arrancado al productor directo, al trabajador, diferencia las formaciones económico-sociales, por ejemplo la sociedad de la esclavitud de la del trabajo asalariado”[51]. O esta otra, de Mauricio Dobb, que responde a los mismos dislates de Nahuel y Milcíades: “Si entendemos por ‘capitalismo’ un modo específico de producción, no podemos situar el origen de este sistema en las primeras manifestaciones de un comercio de gran escala y de una clase de mercaderes, y tampoco concebir un periodo especial de ‘capitalismo comercial’, como muchos lo hicieron”[52]. Por nuestra parte, señalamos que Dobb responde con esto a ensayistas europeos, sin la menor alusión a nuestro dúo.

Sin hacer referencias a las “tesis” de Moreno, Peña reitera la misma versión, en Antes de Mayo. Apela, en su caso, a la autoridad académica de Sergio Bagú[53], omitiendo guiarse por el autor de El Capital. Sin advertir que se trata de una zoncera –el lector juzgará– Milcíades repite un argumento “polémico” de Nahuel Moreno, contra Rodolfo Puiggros. Así, maestro y discípulo, cuestionando el planteo de la colonización “feudal” expuesto por Puiggros en 1942, dicen lo siguiente (como el planteo es el mismo, citamos a Milcíades): “Pese a las afirmaciones sobre la colonización feudal, Puiggros reconoce que ‘el descubrimiento de América fue una empresa llevada a cabo por comerciantes y navegantes’ y tuvo objetivos perfectamente comerciales”[54]. De modo que el asunto de cuál fue el modo de producción imperante en América tras la colonización española y portuguesa queda zanjado por dos argumentos: 1) Que españoles y portugueses crearon focos productores de mercancías para el mercado y la economía de subsistencia era apenas marginal; 2) que Cristóbal Colón usó carabelas para  viajar a Las Indias,  con el capitalismo a bordo, descartando la posibilidad de venir a caballo.

¿Necesita el lector, marxista o no, saber que el término “capitalismo comercial” no se encuentra en el índice temático de El Capital[55]? Moreno y Peña, ¿no lo sospecharon? Es obvio el motivo: Marx nunca empleo la expresión porque no creía en la existencia de algo que pueda denominarse “capitalismo  comercial”. Sólo señaló, les guste o no a los discípulos revisionistas, que el capital comercial es mucho más antiguo que el régimen capitalista y coexiste con diferentes modos de producción. Hay, sí, académicos (particularmente, entre los europeos, algunos medievalistas) que usan esa categoría para señalar a las ciudades comerciales de la Edad Media. Pero, se trata de autores no marxistas, aunque aprovechen ciertos aportes de Carlos Marx. Pero, si se creen marxistas, como Peña y Moreno (¿o trotskistas-peronistas?), cabe decirles “correctores” de El Capital, que pretenden apuntalar, distorsionando este texto, su obsesión de identificar como enemigo principal, en la periferia semicolonial, a “la burguesía”, a secas. Esto los arrastra lejos de Marx, para acercarlos a Juan B. Justo, su verdadero inspirador.

Las semicolonias y el mal resuelto tema de “la liberación nacional”

Vano sería buscar en Peña y el ultraizquierdismo “trotskista” explicación de los motivos por los cuales ignoran o tergiversan los juicios de Lenin sobre la cuestión nacional y, particularmente, sobre la posición adoptada por el huésped de Cárdenas respecto a la cuestión nacional latinoamericana. Ya que, como el lector sabe, o advertirá al estudiar los Escritos Latinoamericanos del compañero de Lenin, en su exilio en Méjico, Trotsky nos dice explícitamente que: (1) América Latina es una nación inconstituida; (2) las burguesías nacionales de nuestra patria grande, tardíamente nacidas en la era del imperialismo, son demasiado mezquinas y cobardes para llevar a término su unidad nacional; (3) esta tarea recae por esa razón en el proletariado latinoamericano, que debe establecer como objetivo estratégico la constitución de una Confederacíon Latinoamericana, que él denomina “Estados Unidos Socialistas de América Latina”[56]. Peña, falsario hasta la impudicia, pretende achacar a Jorge Abelardo Ramos, que hace propio el planteo de Trotsky, la intención de dilatar sin término la lucha por el poder en cada uno de nuestros países, con el argumento de que Ramos cree que, antes de que el proletariado pueda luchar, las burguesías latinoamericanas deben unirnos, o que,  de lo contrario –delira Milcíades, no el criticado por él– sería preciso  un simultáneo levantamiento de la totalidad de las patrias chicas de nuestro continente[57].

Sea cual fuere nuestra opinión sobre el tema, el “trotskismo” de nuestros pagos silencia el planteo del presunto maestro de todas sus tribus. Veamos el caso de nuestro Milcíades, que fija su posición, pero omite decir que contradice a Trotsky.

En otro texto, Peña se expresa más sinceramente. Dice entonces que la única base para sostener que América Latina “es una nación” es su pertenencia al Imperio Español, que la unificaba formalmente. Otra cosa “nunca existió”. Siendo así -plantea- creer que América Latina es una nación, desarticulada después de independizarse de España, es como “afirmar que la India y Norteamérica eran una misma nación por pertenecer ambas a la Corona Británica”[58].

¿Ignoramos la zoncera? ¿es preciso recordar que los EEUU y la India no nacieron del mismo desarrollo histórico, tampoco comparten una misma lengua y una misma religión, carecen de un territorio común entre sí, son dueños de tradiciones completamente distintas y sería insensato imaginar que generaran una misma literatura, patrones todos ellos que identifican como “nación” a la América Latina? ¡Cuánta ignorancia de la teoría marxista de “la cuestión nacional” y los movimientos nacionales de los últimos siglos padecen estos “izquierdistas” (poco) criollos, para que fuese necesario que viniera un ruso a señalarles la gran tarea de unir los pedazos de su nación inconclusa[59]!

Definitivamente, Peña milita en un “trotskismo” que silencia la actitud del huésped del gobierno del General Cárdenas, tan significativa; elude desvergonzadamente el análisis de las razones que explican la defensa que hizo Trotsky, su hipotético maestro, de la versión azteca del nacionalismo burgués con traje militar que es típica en Latinoamérica, trascendiendo largamente la experiencia argentina de 1943, cuyas particularidades no impiden inscribirla en el marco de sucesos contemporáneos a la vida  de Trotsky, como la Revolución Mejicana o la emergencia en Brasil de Getulio Vargas, para emerger más tarde en más países hermanos[60]. Curiosamente, Milcíades habla más de una vez de la fragmentación latinoamericana en veinte países débiles y sometidos, a los que hermana (sin claridad conceptual); señala, inclusive, el papel que cupo para que así fuera a la burguesía comercial de nuestros puertos, socias de Gran Bretaña. No obstante, la categoría “nación” la aplica para nombrar Estados actuales de la patria común, como si “la nación” no fuese un producto histórico, existente antes de la unidad estatal –como manifestación  superestructural del desarrollo interior que ha operado en su seno. Eso le impide entender nuestra historia y explica las contradicciones que pueblan su obra, donde algún chispazo de lucidez fugaz convive con los prejuicios habituales del “izquierdismo”, siempre fiel a Juan B. Justo, que tradujo a Marx sin entender nada. En suma: Peña venera a Trotsky de un modo que el ruso grafica así: “dibujan un bigote en la figura de la mujer que hemos pintado”[61]. Pruebas, en tal sentido: ¿cómo es posible hablar, como hace Peña, de la “independencia” del Uruguay y admitir, al mismo tiempo, que fue el fruto de las intrigas británicas y lusitanas, para concluir identificando a la “nación” argentina, uruguaya, paraguaya, ya que ni siquiera el Virreinato del Río de la Plata, para él, es “una nación”? Es verdad que, como señala Peña, los lazos estructurales de orden económico, al ser precarios, atentaban contra el propósito de constituir un único Estado nacional ¿Pero acaso no advierte que esta afirmación      lleva a negar la existencia de la nación alemana, hasta el día en que Prusia logra dar a esa nacionalidad  “su” estructura estatal, cuando las condiciones maduraron para avanzar en tal sentido? Ese desenlace sólo era posible en tanto existiera, como condición previa, una nación histórica.

Pero esta cuestión, actualizada después de la muerte de Peña por los sucesos que vivimos en el siglo XXI, luego del lanzamiento del Mercosur, pese a ser estratégica para la emancipación latinoamericana, es un tema subestimado por los “trotskistas”, aún hoy. Pero, es casi una sutileza darle un peso central al examinar a Milcíades, ya que sus carencias son aún más básicas. En realidad, la confusión reina en su obra (y las de sus congéneres) en el tema básico de “la liberación nacional”, sin cuya comprensión es imposible trazar un programa revolucionario en el mundo semicolonial.

La mayoría de los lectores, según suponemos, ignora la historia de los debates trotskistas de la primera mitad del siglo XX, cuando intentaban definir una visión del país. Siendo así, es bueno saber que desde el primer día predominó la tendencia, también juanbejustista, a ignorar la lucha antiimperialista, con una particularidad: al ser imposible rechazar las propuestas de la III Internacional de Lenin y Trotsky, respecto a la lucha en las colonias y semicolonias, nuestros trotskistas hablan de “liberación nacional”, pero añadiéndole “el bigote”: aquella tarea implicaba “en primer término, luchar contra la burguesía nacional”. Como señala un “trotskista” de la fracción Altamira (PO), “hasta se pierde el sentido de las palabras: si la lucha antiimperialista es en primer término contra la burguesía nacional, ni siquiera se ve por qué llamarla así[62]. Lo cual no impide que ambos metan por la puerta “la lucha antiimperialista” y “la liberación nacional” y la expulsen inmediatamente por la ventana, practicando la fórmula que Coggiola critica (de palabra). Peña, en particular, reitera hasta el hartazgo la tesis del “sometimiento de la burguesía nacional al imperialismo”. Pero, sabiendo que será por esto criticado, “aclara” que no postula “la identidad” de intereses de la burguesía nativa con el capital extranjero, pero nada más que para “salvar el pellejo”, ya que nunca explica qué los opone. Del planteo leninista, seguido por Trotsky, según el cual el nacionalismo burgués es incapaz, en la era del imperialismo, de llevar a término la lucha antiimperialista, Peña “deduce” que nunca es capaz de enfrentarlo, como en los hechos vemos (aunque después capitule, por temor a la movilización revolucionaria del proletariado). Trotsky, para enfrentar simultáneamente al oportunismo y su opuesto, el ultraizquierdismo del “tercer periodo”[63], dice: “si ayer se incluía (referencia al stalinismo) a la burguesía china en el frente revolucionario único, hoy, por el contrario, se proclama que <ha pasado definitivamente al campo de la contrarrevolución>. Pero no es difícil descubrir que estas clasificaciones y estos traslados de campo, efectuados de una manera puramente administrativa, sin el menor análisis marxista serio, carecen de fundamento. Es evidente que la burguesía no viene al campo de los revolucionarios al azar ni a la ligera sino porque sufre la presión de sus intereses de clase[64]. Después, por temor a las masas, abandona la revolución o le manifiesta abiertamente el odio que le había disimulado. Pero no puede pasar definitivamente al campo de la contrarrevolución, es decir, liberarse de la necesidad de ‘sostener’ de nuevo a la revolución o, al menos, de coquetear con ella, más que cuando con métodos revolucionarios o de otra especie (bismarkianos, por ejemplo), logra satisfacer sus aspiraciones fundamentales de clase.” Y concluye: “decir hoy a los comunistas chinos: ‘vuestra coalición con la burguesía fue justa’, de 1924 hasta fines de 1927, pero ahora ya no sirve de nada, porque la burguesía se ha pasado definitivamente al campo de la contrarrevolución, es desarmarlos de nuevo ante los cambios objetivos de situación que se producirán en el futuro y ante los zigzags hacia la izquierda que la burguesía china describirá inevitablemente”[65]. Ese es el planteo que responde a los hechos históricos concretos, en el mundo colonial. Y no comprenderlo, explica las oscilaciones perpetuas del “morenismo”, al que tributó Peña: desde el “entrismo” (oportunista), antes señalado, al enfrentamiento (sectario, ultraizquierdista) a la burguesía nacional que, reconociendo de palabra la oposición de intereses en que se basa el planteo de la “liberación nacional”, en los hechos combate al nacionalismo burgués con más energía que al capital extranjero (“son lo mismo”, alega del Caño, para justificar una conducta que ignora al enemigo principal y ayuda objetivamente al bloque opresor de las mayorías nacionales).

Una “seudoindustrialización” argentina, con impulso oligárquico

Un típico recurso “polémico” de Moreno y Peña, infantil pero Fichas III ponzoñoso, es calificar de “seudo” a los  fenómenos que contradicen su visión caprichosa “de lo que debe ser”. No se trata de una exageración nuestra: la movilización espontánea del 17 de octubre de 1945, calificada de murga por los socialistas y stalinistas, fue definida por Moreno un “movimiento artificial”. Escribe nuestro hombrecito, en 1949: “No hubo iniciativa del proletariado ni oposición al régimen capitalista, ni lucha o conflicto con éste. No fue por tanto una movilización obrera”[66]. Clarísimo: si los obreros no hacen lo que desea Moreno, son seudoobreros.

Hemos visto ya cómo su discípulo, Peña, juzga del mismo modo los momentos trascendentales de la historia nacional, como “el mito de la Revolución de Mayo” o la guerra civil de 1880. Del mismo modo, Milcíades nos habla de la “seudoindustrialización” argentina, sin inmutarse ante la semejanza que esta aserción tiene con la de “industrias artificiales”, usado por los voceros de la oligarquía para descalificar el desarrollo de ramas fabriles que contrariaban a los ganaderos, por romper con el “destino natural” del país, ser “granero del mundo” de la Europa industrial. Ahora bien, los ensayistas que encomian la “creatividad” de Peña y la profusión de cuadros con que pretende sostener este capricho suyo, cuyo único fundamento verdaderamente atendible, aunque falazmente usado, es lo que Aldo Ferrer llama con justeza “una economía industrial no integrada”, ¿no se plantean por qué, siendo que el desarrollo de la producción agropecuaria tampoco responde al modelo vigente en los centros avanzados del capitalismo mundial, no deberíamos hablar de un “seudodesarrollo” del agro pampeano? ¡Ah, no, eso sería tomarle el pelo al consagrado país de los ganados y las mieses, con el riesgo de que se nos burlen si empezamos a decir seudovacas y seudotrigos!

Se trata, pese a la profusión de cifras y cuadros, de otro capricho de un ultraizquierdismo infantil…pero ya crecidito.

Después de enumerar un conjunto de fenómenos que efectivamente acompañan a la industrialización de un país, Peña saca de la galera del ilusionista la siguiente prescripción: (la industrialización) “implica y supone mucho más. Implica modificaciones de la estructura de la sociedad, ante todo modificaciones  de las relaciones de propiedad. Vale decir, expropiación de las viejas clases propietarias y ascenso de nuevas clases al poder, fenómenos que revisten distintas manifestaciones políticas según los países y épocas, pero en todos los casos acompañan la industrialización y sientan las bases para la misma”[67]. Por favor, entérese el lector: ¡Alemania es seudoindustrial, ya que no expropió a los antiguos junkers, que con Bismarck impulsaron el fenomenal ascenso del capitalismo alemán! Con esta falacia, junto a los países clásicos del capitalismo central, Milcíades incluye a los países socialistas de aquel momento, ya que cumplían con su última exigencia ¡Vaya manera de sostener atrabiliariamente las virtudes de toda “revolución socialista”! No importa si China, en 1964, cuando Peña escribe, acude a sistemas de producción medievales en el mundo agrario, sin evitar no obstante el flagelo del hambre y su producto per capita apenas tenga un valor de 85 dólares, contra 1.179 de la pobre Argentina seudoindustrial.

En nuestro caso, sorprende que la “interpretación” se aplique a un proceso que cobró impulso en las   últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX, procesando materias de origen local, en Cuyo (vitivinicultura, licores), el Norte (azúcar), Córdoba (cemento, cales) y, más tarde, en diversas regiones, con molienda de trigo, hilado de algodón, yerba mate, etc. Por lo demás, después de la revolución del 80 y el ascenso del roquismo, impulsor de ciertas industrias, como en la industrialización posterior a la crisis mundial de 1930, aunque no tuvimos la “revolución socialista” que Peña exige para suprimir el “seudo”, es posible identificar junto al desarrollo industrial desplazamientos de clases[68], si se quiere verlos[69].

No vamos a negar, desde luego, las graves falencias de la industrialización del país, entre las cuales se destacan múltiples debilidades en la Rama I (producción de bienes necesarios para producir bienes de consumo), también designada como industria pesada. Aldo Ferrer, más serio y equilibrado que Peña, usa para definir la etapa inaugurada en 1930, como hemos dicho, la fórmula “economía industrial no integrada”, mucho más clara y consistente, a nuestro juicio. Creemos, por otra parte, que el problema central del desarrollo argentino es, desde entonces, la “restricción externa”, que expone, desde una materialidad económico-financiera, los límites de un orden signado por la hegemonía oligárquico-imperialista, que se apropia parasitariamente del ahorro interno y lo sustrae al ciclo de acumulación productiva. Sin ese dato, obviamente cualitativo, que el desarrollo industrial se hubiese iniciado con la elaboración de materias primas internas o en las industrias de producción de bienes de consumo, no hubiera impedido que el país lograra –Noruega, Australia, Canadá y otros son pruebas categóricas– completar la trama necesaria para integrar nuestra economía, con desarrollos verticales. Finalmente, si algo faltara para probar que la arbitrariedad que caracteriza a los planteos formulados por Peña se reiteran al abordar el tema de la industrialización, debería bastar el siguiente dato: después de negar que nuestra industrialización haya sido genuina (aunque sepamos, con Ferrer, que no logró integrarse y requiere la importación de máquinas, herramientas e insumos importados), Milcíades, obsesionado con “demostrar” que nada puede esperarse del burgués nacional, termina diciendo que en los países atrasados no es posible el desarrollo industrial. Según él, en la misma Rusia, antes de la Revolución, tuvo lugar una “seudoindustrialización”, lo mismo que en China, “antes de 1949”; en la periferia “la industrialización se produce como industrialización socialista, en el marco de relaciones de propiedad socialista”. Disculpe, el lector, pero somos incapaces de reprimir la tentación de poner en claro que la actual China, que advirtió a tiempo que para construir las bases materiales del socialismo debía apelar a métodos de mercado y economía mixta, con control estatal y planificación no burocrática, y viene de ser una semicolonia, no está en condiciones para que Peña la juzgue genuinamente industrializada. Cuba, en cambio, cuya revolución valoramos, sin desconocer su fracaso para avanzar en el desarrollo de la productividad del trabajo, sería aprobada por el sabio Peña. Lo peor del caso es que, sin la menor reflexión y casi “como al pasar”, Peña sostenga que la toma del poder por la clase obrera implica “la industrialización”, ignorando que el triunfo político de la clase obrera, por trascendente que sea, sólo abre un camino hacia la superación del atraso, si se acierta en la elección de métodos y acciones aptos para crear un país avanzado, lograr la meta de “alcanzar y superar” a los países centrales, creando las bases materiales del socialismo[70].

Ahora bien, ¿cuál es el secreto de esta descalificación del desarrollo industrial argentino, cuyos logros más significativos, como haber sido el cuarto país del mundo que fabricó aviones a reacción, Milcíades silencia, que complemente la obsesión por demostrar que los avances más importantes tuvieron lugar antes de 1943 y que son “pobrísimos” los resultados que se logró después de entonces? ¿Es necesario  decir que el secreto de todos los cuadros y cifras que Peña exhibe es su voluntad de demostrar que el peronismo no desarrolló la industria nacional, y que Pinedo y la oligarquía hicieron más, en tal sentido[71]? Es obvio: si la industrialización es el fruto de una voluntad oligárquica, el fenómeno del peronismo es “un alegre carnaval”, tesis que Peña y Moreno vienen reiterando desde la década del 40, coincidiendo con la oligarquía, pero en clave “de izquierda” y con fundamentos “científicos” ¡Lástima que Peña no pudo ver confirmada su teoría sobre la voluntad industrializadora del bloque oligárquico en tiempos del Proceso y Martínez de Hoz, cuya voluntad de enterrar a la burguesía industrial fue más eficaz que la del ultraizquierdismo cipayo[72]!

Finalmente, para coronar sus arbitrariedades, que siempre adquieren un franco contenido oligárquico imperialista –eso sí, revestidas de una fraseología pretendidamente izquierdista– Milcíades ataca al “capitalismo de Estado”, el sistema de empresas públicas que fueron el fruto de la militancia nacional de varias generaciones y de grandes patriotas civiles y militares, como Yrigoyen, Perón, Mosconi, Savio y tantos otros –YPF, Fabricaciones Militares, Fábrica Militar de Aviones, Agua y Energía, Ferrocarriles del Estado, ENTEL, SOMISA, por no hablar del IAPI, igualmente vilipendiado por este “trotskista”– que privatizará más tarde la peste neoliberal, para quebrantar la capacidad defensiva del país, con los argumentos usados por los ideólogos de la libre empresa, según los cuales el  Estado “atrasa” y es mal administrador. En ese marco, Peña aporta lo suyo (debate con Jorge Abelardo Ramos): “…el capitalismo argentino es privado. Pero  las  empresas  pertenecientes   al  Estado  – el ‘capitalismo de Estado’ (según Ramos, un logro) – se comportan exactamente igual que las empresas privadas, sólo que empeorando las deficiencias de éstas (…) El atraso argentino, la baja productividad del trabajo nacional, son realimentados diariamente por el accionar de este “capitalismo de Estado” que, dilapidando sin cesar recursos escasos[73], refuerza la dependencia del país frente a las metrópolis del capital”. Para reforzar con “fuentes” este falaz ataque, Milcíades cita un Informe publicado por el Poder Ejecutivo en 1963, durante la administración de José María Guido, fantoche del golpe que derribó al gobierno de Arturo Frondizi, donde un escriba oligárquico afirma:  “Las empresas del Estado son una expresión de ineficiencia que repercute de manera desfavorable sobre toda la economía nacional. El mal aprovechamiento de los capitales con que cuentan, el exceso de mano de obra y su mal empleo, los errores en los planes de inversión, la deficiencia administrativa y contable, son expresiones visibles de esa situación”[74].

Como se advierte, el “analista” al servicio de la oligarquía restaurada en 1955 y el “marxista” Milcíades, coinciden en el planteo de que las empresas públicas eran más eficientes en manos de los ingleses.

Córdoba, 18 de abril de 2023

NOTAS:

[1] Milcíades Peña, Masa, Caudillos y elites, Editorial Fichas, 1973, pág. 101

[2] Ibidem, pág. 110. Un modo “marxista” de agradar al gorila y machista más exigente. En la pág.108 del mismo libro leemos: “Artista de radioteatro y cine, poco cotizada y muy de segundo plano, vinculada a militares de alta graduación, en 1943 Eva Duarte se ganaba la vida como podía, con su escaso arte, su mucha belleza y su desbordante audacia. En 1947, era la primera dama de la nación. ‘Abanderada de los humildes’, sus bienes personales –entre joyas, modelos parisinos, acciones y depósitos en bancos extranjeros– sumaban cuantiosos millones de pesos, y se la recibía en las cortes y gobiernos de Europa, sin excluir a la corte papal, que llenó de condecoraciones y bendiciones a esta moderna Magdalena (el subrayado es nuestro)”. La ultraizquierda actual –Christian Castillo es un caso–, con su antiperonismo pavloviano insuperado, dice ser feminista, pero rinde culto al “trotskista” machirulo, que trata de prostituta a una de las más grandes figuras femeninas de nuestra historia.

[3] Ibidem, pág. 110. Vamos a ver repetirse esta cuestión de la estupidez de las masas, en toda la obra.

[4] Ibidem, pág. 112. Dice Peña: “Alrededor de Perón está la CGT, la Secretaría de Trabajo, con sus burocracias auxiliadas por la Policía Federal, y rentadas por el Estado, que aplastan a los obreros dondequiera que estos se disponen a enfrentar, por su cuenta, a la burguesía”. Hablaremos más delante de lo monstruoso y antimarxista que supone afirmar semejante cosa después de consignar, en la página anterior, que “en todas las elecciones posteriores a 1946, el peronismo tapó con votos a la oposición…”. Las masas son insalvablemente idiotas.

[5] Ibidem, pág. 128. (Perón) “no era el tipo de caudillo capaz de ponerse al frente de sus hombres e imantarlos con el ejemplo de su coraje personal”. Muchos gorilas han tachado de “cobarde” a Perón, pero en este caso nos damos con un “marxista”: tanto citar a tontas y a locas la Historia de la Revolución Rusa, de Trotsky, para que ahora el odio, que le impide ver que es absurdo pedir que Perón que “avance al frente”, como un jefe de patrulla durante una escaramuza, le impida también recordar que Lenin fue acusado de cobarde, después de ocultarse de Kerensky, tras “las jornadas de julio” de 1917, con el obvio propósito de impedir su detención o un atentado, harto posible ¿o era también “afeminado” el jefe del bolchevismo?

[6] Ernesto E. Sanmartino, La verdad sobre la situación argentina, Ed. Montevideo 1950.

[7] Destacamos en tal sentido la insólita generosidad de Horacio González, al promover y prologar la reedición de Fichas, dispuesta por él mismo, como Director de la Biblioteca Nacional. En esa presentación, González elogia el supuesto “estilo investigativo riguroso” que caracterizaría a Peña, algo que –aportaremos pruebas, en sentido contrario– muestra que los espejitos de colores tienen mercado en la intelectualidad peronista. Ver Fichas de Investigación económica y social, Tomo I, Edición facsimilar, Biblioteca Nacional, 2014. Ricardo Forster, a su vez, cree a Peña “un desmitificador”, en Tiempo Argentino, 08/06/2012. Por su parte, José Pablo Feinmann, afirma muy orondo: “La mejor, la más impecable interpretación que el marxismo argentino ofreció del peronismo surgió de la pluma de Milcíades Peña (…) Fue un hombre de una inteligencia luminosa.” (Peronismo. Filosofía política de una persistencia argentina, pág. 38). Siendo intelectuales identificados como peronistas, nos viene a la memoria el remanido refrán: ¡Dios nos cuide de los amigos…! Al mismo tiempo, nótese la ausencia de toda mención a los agravios y descalificaciones del visceral gorila: un vicio habitual del academicismo es ignorar el peso del prejuicio y el desequilibrio emocional en la formación del juicio, aun cuando el “pensador”, como le ocurre a Milcíades, luzca desquiciado. Ante cualquier duda epistemológica, recomendamos: Gordon W. Allport, La naturaleza del prejuicio, Editorial Eudeba, 1973.

[8] Tarcus, Horacio, El marxismo olvidado en la Argentina: Silvio Frondizi y Milcíades Peña, pág. 354. La política del “entrismo” ¿no es prueba suficiente del aventurerismo político y la degradación ideológica que caracterizó toda la trayectoria de Moreno y Peña acompañó, como fiel discípulo “de una figura paternal”?.

[9] Trotsky propuso a sus seguidores franceses, en la década del 30, un ingreso condicionado al Partido Socialista, para llevar en ese partido, habituado al debate, una lucha ideológico-política Esas condiciones no se verificaban  en el peronismo verticalista y sólo podían llevar a un fiasco, como ocurrió. Tarcus, ibídem, pág. 312.

[10] Hermes Radio (seudónimo de Milcíades Peña), “Peronismo y revolución permanente: política obrera y política burguesa para obreros” Estrategia N° 3, pág. 54, citado por Tarcus, ibídem, pág. 327.

[11] Nahuel Moreno, “Comentarios a algunas citas de marxismo sobre las relaciones entre los movimientos nacionales democráticos y el movimiento obrero”, Estrategia N° 3, antes citada.

[12] Tarcus, Horacio, Ibidem, pág. 329.

[13] “Las posiciones de esta corriente (Nahuel Moreno) jamás fueron objeto de un balance crítico por parte de las sucesivas organizaciones en que se estructuró, que llegan hasta el presente (PST-MAS)”. Coggiola, Osvaldo, Historia del trotskismo argentino (1929-1960), Centro Editor de América Latina, Política, 1985, pág. 111.

[14] Nada le sugiere a Tarcus que la “sólida fundamentación” del entrismo escrita por Peña (Peronismo y revolución permanente, Estrategia N° 3, 1958) saliera a la luz poco después de concluir los textos que hemos anteriormente citado, tomándolos de Masas, Caudillos y elites. Es sincero el autor al decir que tratándose de Milcíades Peña y Silvio Frondizi, él tiene una “perspectiva comprensiva”. Horacio Tarcus, ob. citada, pág. 36.

[15] Un ejemplo típico, en tal sentido, que veremos más adelante, está relacionado con “aclaraciones” efectuadas en 1957 sobre el contenido de sus Cuatro Tesis sobre la colonización española y portuguesa en América, escritas en 1949, cuando buscaba argumentos para defender en la Argentina la idea de una revolución socialista “pura”, en la cual se trataba de liquidar “a la burguesía”.

[16] La expresión “protector letal”, para caracterizar el vínculo de Moreno y Milcíades, que se acercó al primero siendo un adolescente muy maltratado por la vida, proviene del libro El socialismo en la Argentina, de Jorge Enea Spilimbergo, Ediciones del Mar Dulce, 1969.

[17] Vaya un ejemplo: para denigrar a Dorrego, Milcíades usa tramposamente la obra de Adolfo Saldías. En Historia de la Confederación Argentina, en el apéndice, este transcribe una carta de José María Roxas, dirigida a Rosas. Cuenta la carta que Lord Ponsomby, embajador inglés empeñado en hacer del Uruguay un estado autónomo y dócil a Gran Bretaña, al saber que Dorrego ha logrado ganar “a los alemanes” (empleados hasta entonces por el  Brasil), enviará esos soldados junto con argentinos a sublevar el Estado de Santa Catalina y hacer del mismo una república; al mismo tiempo, Dorrego planea secuestrar al Emperador y trasladarlo a Buenos Aires, para concluir una paz en los términos deseados por el partido patriota después de la victoria militar en Ituzaingó. Alarmado, Ponsomby informa a Dorrego que viaja al Imperio y “a mi llegada a Janeiro la paz se hará como ustedes quieran”. Algo que, ya que Saldías sostiene que Dorrego se opone a la “independencia” del Uruguay”, supone anunciar por parte del inglés una gestión conforme a esa postura. Ante esto, cuenta la carta de José María Roxas, Dorrego busca gratificar a Ponsomby con 12 leguas de tierra. Canallesco, Milcíades Peña, omitiendo aclarar que Saldías prueba justamente lo contrario, usa ese dato para decir que Dorrego “le regaló a Lord Ponsomby dichas leguas de tierra “quizás por haber derribado a Rivadavia y segregado al Uruguay”. La regla, en la obra de Peña, es que los patriotas son lo contrario, traidores al país ¿No advierte acaso que su versión falaz insinúa que al fusilarlo en Navarro, impulsado por la intriga porteña, Lavalle castigó una real traición? Lavalle, es sabido, padeció luego, al   advertir su error. Peña, en cambio, lo exime del crimen, al calumniar al jefe federal y patriota. Milcíades Peña, El paraíso terrateniente, pág. 37, 1972. Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, tomo I, Ediciones Granda 1967, capítulos 12 y 13, con sus respectivos apéndices.

[18] Tarcus, Horacio, ibídem, pág. 408. En ese punto, la exposición del autor sobre la historia personal de Milcíades es verosímil y convincente. En nuestro caso, nos genera piedad ese drama vital. Por lo demás, fundamos nuestra crítica en las ideas de Peña, sin la menor inclinación a ponernos el traje de “psicoanalista profano”.

[19] El lector juzgará esta suma de disparates y caprichos “interpretativos”. La espontaneidad del paro obrero, que se anticipa a la CGT, es ignorada, para sugerirnos que los trabajadores seguían a los “militares, curas, policías”, etc. Los subrayados al texto citado son nuestros.

[20] Un modo indirecto de embellecer a los dirigentes sindicales del PS, el PC y el anarquismo, que no practicaron   dicho “arribismo”, ya que se sumaron con inmaculado altruismo…¡a la Unión Democrática!

[21] Coggiola, Osvaldo, ibídem, pág. 98. El autor sostiene que Moreno había sustituido a Marx por Kafka, después de reproducir en la página posterior el siguiente aserto: “El imperialismo inglés, sin dejar de tener muchos de sus servidores y agentes en la oposición al gobierno (de Perón), tantos que hacen mayoría, apoya decididamente a este último como mejor forma de defenderse de la penetración del imperialismo rival”. El párrafo kafkiano proviene del periódico del POR Frente Proletario, N° 20, 20/08/1948.

[22] Como hemos visto, Peña se nutre en Nahuel Moreno fundamentalmente.

[23] Milcíades Peña, Antes de Mayo, Ediciones Fichas, 1973, pág. 79.

[24] Ibidem, pág. 77. El subrayado es nuestro. Como se ve, Milei ha tenido precursores “de izquierda”.

[25] Peña, Milcíades, Antes de Mayo, Ediciones Fichas, 1973, pág. 89.

[26] Ibidem, pág. 90 a 93.

[27] Ibidem, pág. 94. Los disparates de Milcíades, obsesionado con descalificar a nuestros patriotas y en particular el alcance de la revolución de la independencia, cuyo sentido no entiende, son tan abundantes que es imposible hablar de cada uno de ellos. Así las cosas, sólo señalamos que Peña niega carácter “democrático-revolucionario” a la política de Mariano Moreno, mientras se la reconocerá a Solano López –en el Paraguay se materializan ideas expuestas en el Plan de Operaciones, pero Milcíades brinda, respecto al Secretario de la Primera Junta, la versión de Mitre– mientras juzga progresiva la política de Rivadavia, supuesto impulsor, con “la burguesía comercial”, de la creación de una clase de medianos y pequeños agricultores. Con la excepción del Paraguay, es la historia mitrista en clave “de izquierda”. Peña, Milcíades, El paraíso terrateniente, Ed. Fichas, 1972, pág.43 (…“la política de la burguesía comercial de poblar el campo con colonos para desarrollar la agricultura iba directamente en contra de los intereses estancieriles.”). La Ley de Enfiteusis, dictada para garantizar el empréstito con Baring, que daría origen a una irreparable cesión de tierras a la oligarquía bonaerense, es consagrada como progresista, tal como lo hace la historia oficial.

[28] Ver nota 3, en el presente texto.

[29] Milcíades elige decir, para dotar a su visión caprichosa y absurda de aquel conflicto de fraseología “marxista”, que no existiendo “clases modernas” la historia trascurre por carriles distintos a la lucha de clases. Marx dijo, de   esta clase de discípulos, “he sembrado dragones y cosechado pulgas”.

[30] Milcíades Peña, De Mitre a Roca, pág. 37, Ediciones Fichas, 1972. El rastreador de nuestra historia reconocerá en este juicio la impronta juanbejustista, su pedante condena de “la política criolla”, en la que todos disputaban por “ocupar cargos”, sin “programas de clase”. Los menos leídos podrán ver que Nicolás del Caño no inventó aquello de “son todos lo mismo”. Con los ojos velados por sus prejuicios cipayos, Peña no puede ver cuáles son las claves de nuestros conflictos; advierte el antagonismo entre la burguesía comercial porteña y el interior, si se trata del Chacho, pero con exclusión de los artesanos y montoneros del pobrería provinciano, es incapaz de ver la progresividad y los rasgos nacionales del patriciado que vive en “los trece ranchos” y del ejército nacional, que encontraron una expresión muy limitada en Sarmiento y Avellaneda, pero mucho más neta en el roquismo del 80. El choque armado entre Tejedor y Roca por la nacionalización de la Aduana y el Puerto y la transformación de Buenos Aires en Capital Federal, que costó 3000 muertos, es “una farsa” y el apoyo roquista a las industrias del Interior (cales, cementos y molinos en Córdoba, azúcar en el norte y vinos y licores en Cuyo, que se impulsó enfrentando a los importadores porteños, nada le sugiere sobre “lucha de clases”, al no estar contempladas en su manual “marxista”. La futura desintegración del roquismo y su fusión a los cuadros de la oligarquía nacional no debe afectar la evaluación de la guerra civil del 80, del mismo modo que las gestiones de Carlos Menem no sirven para juzgar la década de los gobiernos del General Perón. Contradictorio impenitente, sin perjuicio de la tesis de “la pelea por los cargos”, Peña saca de la galera la caprichosa mención a unas “oligarquías provincianas”, sin caracterizarlas mínimamente. Ver sobre el punto, Ramos, Jorge Abelardo, Del patriciado a la oligarquía, tomo II de Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, Plus Ultra, 1973. Además, luego de hablar de Alberdi como inspirador de sus ideas (¡junto a Sarmiento!), ignora sin dar explicación alguna el análisis y compromiso del gran tucumano en las luchas del 80, cuyo final festeja en un texto clásico. Ver: La República Argentina consolidada en 1880, Juan B. Alberdi, Editorial Luz del día, 1952.

[31] ¿Qué alcance tiene aquí la expresión “exactamente”? ¿Alguna vez, en algún país, se vio un pueblo que defina “científicamente” las razones de su voto? Estos trucos verbales son habituales en Milcíades Peña, que busca así embarrar la cancha (tiene en la manga la chance de sostener que no acusa al votante de ser parte de un “aluvión zoológico”, sino de carecer de conocimiento “exacto”… por desoír las lecciones del Maestro Ciruela).

[32] Los límites del nacionalismo yrigoyenista, ampliamente tratados por nuestra corriente, no son el tema de este trabajo, pero no justifican ignorar el patriotismo del caudillo radical.

[33] Milcíades Peña, Masas, caudillos y elites, la dependencia argentina de Yrigoyen a Perón, pág. 9/10, Editorial Fichas, 1973. Ningún movimiento y ningún acto de gobierno, en toda la historia nacional, son juzgados por Peña como portadores de patriotismo y autenticidad, aunque fuese limitadamente. Yrigoyen y Perón lideran al pueblo porque los argentinos no advierten que ambos son agentes de Gran Bretaña y la oligarquía argentina.

[34] Una cosa es la necesidad de neutralizar a los productores pequeños y medianos, algo que incluye el respaldo a su desarrollo, como nosotros creemos, y otra distinta pensar que son parte del “sujeto revolucionario”, como sugiere Peña y militaron sus epígonos en el 2008, codo a codo con la Mesa de Enlace.

[35] Nos referimos, es claro, a circunstancias en las cuales se oponen con claridad el campo oligárquico y el nacional y popular: en 1945 la clase obrera dio la espalda a “los partidos obreros”, ya que seguirlos suponía sumarse a las patronales alineadas contra ella en la Unión Democrática.

[36] Christian Castillo, Reflexiones en torno a la obra de Milcíades Peña, La Izquierda Diario, 01/07/2013. El crítico no advierte que al exponer ciertos hechos Peña abandona el método marxista; la lucha de clases es sustituida   por la voluntad de “los grandes hombres”, que burlan a las masas. Así, Perón, la policía, los curas, etc., movilizan al proletariado el 17 de octubre, que actúa engañado a favor de un gobierno pro-inglés. Sin temor al ridículo, Milcíades admite que en ese día los trabajadores se movilizaron espontáneamente, pero del mismo modo que “se movilizan… para ir al cine o a la cancha de fútbol”.

[37] Otro “trotskista”, rival de la secta de Nahuel Moreno, juzga así este mismo vicio, en el maestro de Peña: “este ‘purismo’ que no ve lucha política de clases sino allí donde éstas se presentan claramente diferenciadas y con sus propios partidos, concluye negando la lucha de clases, enviándola al limbo”. Coggiola, Osvaldo, El trotskismo en la Argentina (1960-1985)/1 Ed. Política, 1986, pág. 11. Ahora bien, esas “clases” son una abstracción, ajena a las categorías elaboradas por Marx. Curiosamente, en la página anterior, luego de distorsionar alevosamente el aporte historiográfico de la Izquierda Nacional, y para contrastar con aquél, el autor citado elogia la contribución del grupo morenista, supuestamente el primero en “tentar” “un análisis relativamente elaborado de la realidad argentina, de su formación histórica a través de las formas de producción de la vida social, del surgimiento, desarrollo y lucha de las clases sociales. “Pero (qué pero, éste, decimos nosotros) en sus conclusiones históricas (y políticas) pagaron tributo al liberalismo, al que el ‘morenismo’ se acercaba para combatir al peronismo” ¡Qué par de joyitas, estos “historiadores” “trotskistas” y el incoherente “crítico”!

[38] ¡Qué enorme distancia hay entre Peña y los marxistas rusos, que exaltaban las sublevaciones del pasado del país, aun las encabezadas por fracciones de la nobleza, identificando el valor de levantarse contra el zarismo! Visto el contraste, carece de importancia que en algún momento Peña sustituya a los ingleses por los yanquis. Lo relevante, que niega de cuajo la visión marxista de la política nacional en el mundo semicolonial, es confundir la impotencia de las clases no proletarias para llevar a la victoria la lucha antiimperialista con la ausencia de toda acción y voluntad transformadora, por parte de ellas, para enfrentar la opresión ejercida por el imperialismo. Trotsky mismo, a quien supuestamente siguen los “trotskistas”, dice, en la segunda tesis sobre “la revolución permanente”: (en un país atrasado, la teoría de la revolución permanente) “significa que la resolución integra y efectiva de los fines democráticos y la emancipación nacional tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado, empuñando el poder como caudillo de la nación oprimida”. Es obvio en su texto que una cosa es plantear “la resolución integra y efectiva” y otra distinta lo que cabe llamar una tentativa limitada, o parcial, como ocurre en los casos en que el movimiento nacional es liderado por la burguesía nativa. Pero deducir de la inconsecuencia del nacionalismo burgués, como hace Peña, una identificación del mismo con los intereses imperialistas, es hacer del planteo una abstracción sectaria. Esa colusión burguesa con el imperialismo sólo se verifica cuando la clase obrera, como ocurrió en China, amenaza con desplazarlos y tomar el poder. No obstante, como también es claro en la historia del maoísmo, los pactos y las disputas por la hegemonía dentro del frente nacional se suceden y combinan a lo largo del desarrollo.

[39] Los alzamientos armados en la lucha por el sufragio y la democratización del país, harto conocidos, como los esfuerzos por sostener un partido que se mantenía en la abstención revolucionaria y era sostenido con aportes “a pérdida” de la militancia radical, como cuenta el libro de Ricardo Caballero, nada le sugieren al “marxista” de escritorio, Milcíades Peña.

[40] El peso del prejuicio ciega al autor. El absurdo, sin embargo, es mayor. Un trabajo sobre las luchas obreras en tiempos del peronismo prueba, con datos estadísticos concluyentes, que la clase trabajadora, en el ciclo 1946-1949 llevó adelante grandes luchas por el salario y otras demandas, lo que se traduce en huelgas que decuplican las cifras sumadas por los conflictos de la década anterior al golpe de 1943, época idílica para la izquierda cipaya, adicta a imaginar una clase obrera que nunca existió. Doyon Louise, Conflictos obreros durante el peronismo (1946-1955). Por otra parte, el conflicto de los sindicatos nucleados en la FOTIA, por la autonomía sindical, que los enfrentaba al verticalismo de Perón y las cúpulas del sindicales –mientras ratificaban sin fisuras su filiación peronista–  muestra a las claras que la clase obrera no se sometió dócilmente a “la jefatura burguesa”, sino que supo aunar la lucha por extender y consolidar los avances ganados y “promovidos” por Perón, con el realismo de sostener al régimen que convenía a sus intereses y al país. Gutiérrez, Florencia y Rubinstein, Gustavo, Alcances y límites de la autonomía sindical. La experiencia de la FOTIA durante el primer peronismo. Ver en La invención del peronismo en el interior del país, Tomo II (Compilación de Darío Macor y César Tcach, Universidad Nacional del Litoral, 2013. Seguramente Peña, como su maestro Nahuel Moreno y la izquierda cipaya, se ilusionó cada vez que algún sindicato emprendía una lucha, en este periodo ¡Al fin entenderían que Perón y la CGT son el enemigo! Intuitivamente dialécticos, pero ante todo realistas, los trabajadores buscaban ensanchar lo ganado, desde el arribo de Perón a la Secretaría de Trabajo, pero a la hora de votar ratificaban su apoyo al coronel del 45, sabiendo que, al dejar el poder, como supo decir Scalabrini Ortiz, no lo sustituiría el Arcángel Gabriel.

[41] Como el misántropo Mr. Hyde cuando reasume la personalidad del Dr. Jekyll, Milcíades Peña nos sorprende a veces con afirmaciones que contradicen sus propios planteos. El lector puede comprobar esto: después de haber dicho que Yrigoyen y Perón eran pro-ingleses y favorecían con sus políticas a los terratenientes y los explotadores de nuestras mayorías (que de imbéciles “los adoraban”), para atacar a Ernesto Palacio y al nacionalismo católico  dice acordando con la visión histórica de Izquierda Nacional, que (Palacio) “se subió al estribo y al volante de los golpes oligárquicos y antinacionales del 6 de setiembre de 1930 y del 16 de setiembre de 1955, que derrocaron a los dos únicos gobiernos populares y con amagos nacionalistas que tuvo el país en todo el siglo XX”. Para no ser tibio, renglones más adelante Peña luce poseído de indignación populista: tras calificar a los nacionalistas de raíz católica “como golfas envejecidas que añoran al chulo de su juventud”, exclama: …“salen de sus catacumbas para marchas detrás de los zancajos del imperialismo contra los gobiernos populares argentinos.”  Milcíades Peña, Alberdi, Sarmiento, el 90, Ediciones Fichas, 1970, pág. 90 y 91. En otra obra (¿Milcíades Jekyll le recuerda a Peña Hyde que es él un discípulo de Trotsky?–, criticando al PC por aquello de tachar al peronismo como nazi leemos: “El nazismo es la guerra civil de la pequeña burguesía dirigida por el gran capital contra la clase obrera. Perón se apoyaba en la clase obrera contra el gran capital y la pequeña burguesía. Esto era lo esencial y no se modifica (¿otra vez Mr. Hyde? porque los métodos totalitarios del peronismo fueran un intento de calcar los métodos nazis. Milcíades Peña, Masas, caudillos y elites, ibídem, pág. 88. Los subrayados son nuestros.

[42] Es el caso de Carlos D’amico. Si nos guiamos por las citas de Peña podríamos ignorar que no fue sólo un crítico de su tiempo, sino un firme enemigo de Mitre, partidario de Alsina, militante del PAN en los sucesos de 1880.

[43] Como ya señalamos, la exaltación de Alberdi es otro ejemplo de panegírico tramposo, por parte de Peña. Así, mientras acude a su crítica general al mitrismo y a las denuncias del crimen perpetrado contra el Paraguay, con impudicia oculta sus trabajos sobre la revolución del 80, pretendiendo ignorar los vínculos con el roquismo, con hechos cuyo significado es por demás claro, como la firma, por parte de Roca, muy poco después de ocupar la presidencia, del decreto que dispone la publicación de las obras de su genial comprovinciano, odiado por Mitre.

[44] Siempre es útil dar un ejemplo: al caracterizar al mitrismo y la burguesía comercial porteña, Peña reitera, en La Era de Mitre, Ediciones fichas, 1972, desde el comienzo del libro hasta la página 36, el análisis expuesto por primera vez por Enrique Rivera, autor pionero de Izquierda Nacional, en José Hernández y la guerra del Paraguay. No obstante, eso no impide que Peña, que no ha citado esta vez la fuente, hable de allí en adelante, sin explicar jamás cuál es el contenido de esa categoría, de “las oligarquías provincianas” que enfrentan a Mitre con el apoyo de las masas del interior del país (¿El Chacho, Juan Saá, Felipe Varela “oligarquías provincianas”?). Tampoco que luego procure ridiculizar a este autor e intente convencernos de que Mitre y José Hernández no son exponentes de posturas antagónicas, sino que el autor del Martín Fierro es también ¡oligárquico y pro inglés! Por otra parte, nos priva de saber qué opinión tiene de actor social relevante del interior, el patriciado provinciano, dentro del cual hay exponentes industriales importantes, con intereses encontrados con los importadores de Buenos Aires, en Cuyo, Córdoba y el norte del país, que pugnan por imponer barreras proteccionistas y concurrirán al llamado roquista del 80. Es un sector que no puede confundirse con las montoneras federales, que negocia y sobrevive, después de Pavón con la dictadura de Mitre y habrá de concurrir a las ligas de gobernadores y a la lucha nacional que triunfará con la federalización de la ciudad de Buenos Aires, su Aduana y su Puerto. De ningún modo a dicho sector puede caracterizárselo como “oligarquía provinciana”, sea cual sea su destino ulterior.

[45] Ver: El ultraizquierdismo y la cuestión nacional, de León Trotsky.  http://www.formacionpoliticapyp.com/2014/12/el-ultraizquierdismo-y-la-cuestion-nacional/

[46] Moreno, Nahuel. Cuatro tesis sobre la colonización española y portuguesa en América, 1948.                                                                                     Ver: https://www.marxists.org/espanol/moreno/obras/01_nm.htm

[47] Los textos que recomendamos son: Laclau, Ernesto, Feudalismo y capitalismo en América Latina y Ciafardini, Horacio, Capital, comercio y capitalismo – a propósito del llamado “capitalismo comercial”, trabajos compilados en Modos de producción en América Latina, Cuadernos de Pasado y Presente, N° 40, 1973.  El ensayo de Laclau  también en  http://www.formacionpoliticapyp.com/2019/10/feudalismo-y-capitalismo-en-america-latina-1/

[48] ). En 1957, en una “carta” a Milcíades Peña, Moreno, en lugar de ignorar la existencia de aquellas tesis, opta por reivindicarlas y oscurecer los motivos de aquel “aporte” del ciclo “antiburgués”, que, lejos de responder a la voluntad de estudiar sin anteojeras la historia latinoamericana, pretendía servir a su descarriada “estrategia” de la década del 40, según la cual, como dice en su historia Osvaldo Coggiola –“trotskista”, fiel al PO, insospechable de peronismo– “no había ni la sombra de un conflicto, siquiera deformado, entre la nación y el imperialismo” (Coggiola, Osvaldo, Historia del trotskismo argentino (1929-1960), pág. 79 ¿Cómo iba a reiterar esto, en 1957, difundiendo Nuestra Palabra como periódico que se publicaba “bajo la disciplina del General Perón y el Consejo Superior Peronista”, que el fin de aquel trabajo era desechar toda creencia en la progresividad del nacionalismo? El giro exigía presentarlo, sin dejar de compadrear sobre “el trabajo pionero”, como fiel a la estrategia de la revolución permanente. Ver “la carta” a Milcíades en el trabajo  ya citado

https://www.marxists.org/espanol/moreno/obras/01_nm.htm

[49] Nahuel Moreno, ibídem. (seudónimo de Hugo Bressano). Cuatro tesis sobre la colonización española y portuguesa en América (1948). Nueve años después, en una “carta” a Milcíades Peña, Moreno intentará oscurecer los motivos de su “aporte” que, lejos de reflejar una vocación de estudiar la historia latinoamericana, pretendía servir a su descarriada visión estratégica y programática de fines de la década del 40, según la cual, como dice Coggiola –“trotskista”, fiel al PO, insospechable de peronismo– en el libro citado (Historia del trotskismo argentino (1929-1960), Centro Editor, 1985, pág. 79) “no había ni la sombra de un conflicto, siquiera deformado, entre la nación y el imperialismo” ¿Cómo iba a recordar, en 1957, embarcado en editar Nuestra Palabra como periódico que se publicaba “bajo la disciplina del General Perón y el Consejo Superior Peronista”, que el fin de aquel trabajo era desechar toda creencia en la progresividad del nacionalismo burgués? El viraje empírico aconsejaba presentarlo, sin dejar de compadrear sobre “el trabajo pionero”, como fruto de la voluntad de estudiar a Latinoamérica.

[50] Nahuel Moreno demuestra aquí que no ignora por completo que Marx establece con claridad que el trabajo libre es una condición de existencia del capitalismo. Sencillamente, bastardea el concepto para “probar” que en Latinoamérica hubo siempre “capitalismo”, embarrar la cancha y hacer una ensalada indigesta con “la liberación nacional” –vaciando de contenido esa consigna– y “la lucha antiburguesa” (proimperialista, en la práctica).

[51] Marx, Karl, El Capital, FCE, pág. 164.

[52] Dobb, Mauricio, Estudios sobre el desarrollo del capitalismo, Siglo XXI, 1971, pág. 32

[53] Sergio Bagú, aunque incorpora algunos giros marxistas, siempre adoptó una actitud heterodoxa, que revelaba  su “autonomía”. Sin perjuicio de lo cual sus investigaciones muestran fielmente el mundo colonial, ofreciendo datos claros acerca del predominio de modos precapitalistas de producción en nuestro continente, sin perjuicio de que llame al conjunto “capitalismo comercial”, sin advertir que el capital comercial era significativo ya en el mundo antiguo, siendo esclavista el modo de producción.

[54] Peña, Milcíades, Antes de Mayo, Ediciones fichas, 1973, pág. 48 y 52. Moreno lo había dicho en 1948, en sus “Tesis”: “Hay que reconocerle (a Puiggros) el mérito de haber entendido, al menos, que “el descubrimiento de América fue una empresa llevada a cabo por comerciantes y navegantes del Mar Mediterráneo.”

[55] Tomamos, para señalarlo, la publicación de Editorial Cartago, 1973.

[56] Trotsky, León, Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina, Ed. Coyoacán, 1961, pág. 30-31.

[57] Peña, Milcíades, Industria, burguesía industrial y liberación nacional, Ediciones Fichas, 1974, págs. 168-171.

[58] Peña, Milcíades, El paraíso terrateniente, Ediciones Fichas, 1972, pág. 7. No sabríamos cómo juzgar el hecho de que en otro lugar, polemizando con Jorge Abelardo Ramos, Peña “recuerde” a Trotsky, pero transformando  la tarea de la Unidad Latinoamericana, de naturaleza democrático-burguesa, en tarea socialista, distorsionando el sentido de la consigna de los Estados Socialistas de América Latina, cuyo enunciado por el gran revolucionario ruso indica que sólo el proletariado latinoamericano puede llevarla a cabo, del mismo modo que el derecho a la autonomía nacional, en el Imperio Zarista opresor de naciones –también obviamente de carácter burgués– sólo podía ser sostenido consecuentemente por la clase obrera y el partido bolchevique. Con esa patraña, Milcíades hace de la bandera de construir una Federación Latinoamericana –realizando la nación inconstituida– una tarea semejante a la construcción de los Estados Unidos Socialistas de Europa, caso en el cual si corresponde hablar de una consigna de naturaleza socialista, en tanto se trata de unificar naciones, no fragmentos de una nación no constituida. Y no se trata de un asunto “académico”: en el nuestro, el bloque de clases interesadas en la Unidad Nacional, como lo prueban las experiencias actuales, que Peña no previó –Mercosur, Unasur, etc.– incluyen a la burguesía “nacional” latinoamericana, aunque esta no sea capaz de sostenerla consecuentemente y llevarla a la victoria. Esta (im) postura de Peña puede verse en Industria, Burguesía Industrial y liberación nacional, Ediciones Fichas, 1974, pág. 171.

[59] Sin ignorar la estatura del revolucionario ruso, no deben atribuírsele dotes de vidente, para explicar su aporte a la estrategia socialista en la revolución latinoamericana. Los elementos que conforman una nación, constituida o no, que enumeramos en nuestro texto, sin aportar nada nuevo, son un patrimonio de la teoría leninista de la cuestión nacional. El mérito de Trotsky fue “sólo” aplicarlo al “caso” de Latinoamérica. Su comprensión del peso de una visión adecuada del “problema nacional” está, obviamente, fuera de duda. Tan es así, que el rol decisivo que la interpretación de Lenin jugó en el caso de la revolución rusa, que operaba en el marco del Imperio Zarista,  es exhaustivamente analizado por el mismo Trotsky en el capítulo titulado La Cuestión Nacional, en Historia de la Revolución Rusa, Tomo II, pág. 425 y sss, Editorial Tilcara, 1962. Significativamente, esa edición prologada por Jorge Abelardo Ramos, incluye por primera vez en castellano ese capítulo, antes omitido en la edición española de 1932, dispuesta por Andrés Nin, y en este caso traducido de una edición francesa por Jorge Enea Spilimbergo.

[60] Inútilmente el lector curioso buscará en Peña una reflexión seria sobre el nacionalismo militar. En el caso del golpe de 1943, contra todos los estudios sobre la logia del GOU, sin excluir los que pretenden filiarla como nazi, pero que siempre registran la preocupación de los compañeros de Perón por industrializar al país, formulación que nacía de claras consideraciones de Defensa Nacional, Peña, apoyándose en “un estudio gubernamental” de los EEUU, logra informarnos que los oficiales argentinos “estaban más interesados en sus estómagos que en la política”, pero el 4 de junio salieron a impedir que se “rompiera la tradición histórica del país para colocarlo junto al imperialismo norteamericano, rompiendo las viejas y honrosas ataduras con Inglaterra.” De modo que eran unos miserables, sólo preocupados por llenar la panza… pero además, ¿cuándo no? eran ¡pro-ingleses! Peña, Milcíades, Masas, Caudillos y Elites, Ediciones Fichas, 1973, pág. 57. El subrayado es nuestro.

[61] León Trotsky, El ultraizquierdismo y la cuestión nacional. http://www.formacionpoliticapyp.com/2014/12/el-ultraizquierdismo-y-la-cuestion-nacional/

[62] Coggiola, Osvaldo, Historia del trotskismo argentino (1929-1960), Ed. Política, 1985, pág. 25. El subrayado es nuestro.

[63] No podemos hacer, en esta oportunidad, la historia de las calamidades del “tercer periodo” de la Internacional de Stalin, tema central del libro de Trotsky El gran organizador de derrotas, que incluye la catastrófica acción del stalinismo frente al ascenso de Hitler, ciclo en el cual, lejos de promover el frente único con la socialdemocracia contra el nazismo, el Partico Comunista alemán trata a la primera como “enemigo principal”. Pero si señalar las semejanzas que existen entre las premisas que sostienen aquél ultraizquierdismo y las que se perpetúan en las sectas del mal llamado “trotskismo”.

[64] El ultraizquierdismo “trotskista” es incapaz de preguntarse qué es eso de “la presión de sus intereses de clase”, no sea cuestión de comprender por qué existen “los cambios de frente de la burguesía nacional”.

[65] Trotsky, León, Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina, Ed. Coyoacán, 1961, pág. 60/61. El texto publicado es un fragmento del libro del mismo autor, “El gran organizador de derrotas”. Como se sabe, la serie de publicaciones de Editorial Coyoacán fue dirigida y más de una vez prologada por Jorge Abelardo Ramos.

[66] Moreno, Nahuel, Movilización antiimperialista o movilización clasista, Revolución Permanente, N° 1, 21/7/49, citado por Osvaldo Coggiola en Historia del trotskismo argentino (1929-1960), pág. 112. Aquél que haya leído la Historia de la Revolución Rusa y demás obras del bolchevismo advertirá el error que cometieron estos al pensar  que la Revolución de 1905 tuvo su inicio con la marcha obrera impulsada por el oscuro cura Gapón, masacrada por las tropas, pero cuyo fin era rogar la comprensión del “padrecito” Zar. Moreno, un analista más avezado, les   enseñaría a los rusos que aquella marcha fue “artificial”.

[67] Peña, Milcíades, Industrialización, Pseudoindustrialización y Desarrollo combinado (firmado con el seudónimo Víctor Testa), Fichas de Investigación Económica y Social, Año I, N° 1, abril 1964. Citado de Edición Facsimilar de la Biblioteca Nacional, dirigida por Horacio González y prologada por él mismo, 2014, pág. 62.

[68] Para un revolucionario marxista, lo que desarrolla como clase a la clase obrera es trascendental, sean cuales sean los motores del proceso: se gesta allí el “sujeto transformador”. Para Peña, en cambio, es mejor parlotear  sobre los cuadros y las cifras (sin soporte conceptual claro) que llenan los papers de la sociología academicista.

[69] La historiografía argentina, aunque existen muchos y buenos trabajos sobre temas histórico-económicos, no ha identificado aún con claridad las bases económico-sociales del mitrismo y el roquismo. En el caso del primero, el papel de la burguesía comercial porteña es ya una obviedad, pero hay varias lagunas con respecto a sus bases en el interior, donde lo apoyaban pocos pero poderosos comerciantes, seguramente vinculados a la introducción de bienes importados y la consignación de pocos productos nativos (cueros y pieles, por ejemplo) con destino a la exportación. Mucho mayor es la falta de estudios sobre las respectivas bases del roquismo, pero es clara la presencia en su seno de los fundadores del Club Industrial, militantes del proteccionismo, entre los cuales figura Carlos Pellegrini. El cordobés medio, en nuestro días, se sorprendería al saber que el gobierno de Juárez Celman fue cuestionado por emplear cales de Córdoba en la construcción del dique San Roque, que ingleses y cómplices tachaban de inservibles, en comparación con las británicas, sin la menor prueba. El mismo argumento fue usado, más adelante, por los importadores porteños, contra el azúcar tucumano y salteño, para seguir distribuyendo el azúcar extranjero de introductores franceses. El desarrollo de nuevas ramas industriales, después de la crisis de 1930, adquiere un alcance que sorprenderá a los actores asociados al horizonte de la argentina agro-ganadera. Y Milcíades Peña, que finge desconocer esa realidad o efectivamente no la comprende mareado por los números de los infinitos cuadros, ignora que el fenómeno modificó el peso de las clases sociales y las relaciones de fuerzas, para otorgar base al surgimiento del peronismo, que coronó el desarrollo de una nueva realidad.

[70] Lenin y los bolcheviques jamás opinaron algo semejante. Sus textos subrayan con toda energía que “tomar el poder” es mucho más fácil que superar el atraso si, como ha ocurrido hasta hoy, la revolución triunfa en un país periférico. El triunfalismo pueril de Milcíades contrasta con el análisis descarnado de Trotsky sobre el estado de la URSS en 1936, dos décadas después de la toma del poder. Hacemos alusión a “La revolución traicionada”, en   cuyas páginas encontramos un diagnóstico realista y sugestiones que ponen en cuestión la perduración misma del proceso revolucionario, 55 años antes de la desintegración de la URSS. El “trotskista” Peña, en cambio, exalta los logros de la burocracia soviética, sin la menor sospecha de que el modelo elegido significaba construir sobre   cimientos de arena.

[71] Peña silencia un dato central. Aldo Ferrer señala esa clave de la industrialización de la década del 30:…”en el quinquenio 1930-34 la capacidad de importar del país fue sólo el 46% de lo que había sido en 1925-29”. Ver: La economía argentina, FCE. Méjico, 1963, pág. 187.

[72] En El servicio del capital extranjero y el control de cambios, FCE, 1954, señala W.M. Beveraggi Allende, en su estudio sobre la política económica de Pinedo: “… el grupo de hacendados y exportadores –tradicionalmente dominante en la política argentina– tendía a favorecer la importación de artículos manufacturados antes que las de materias primas destinadas a producirlos en el país. Eso dio origen a una actitud peculiar, característica de la legislación aduanera argentina, de dificultar mediante el impuesto la importación de materias primas –una actitud que ha sido llamada ‘proteccionismo a la inversa’. Pero lo más interesante es que el mismo control de cambios fue utilizado, en cierta medida, desde su establecimiento, para dificultar más bien que para promover el desarrollo industrial del país”. Corroboran este juicio, además: Jorge, Eduardo F., Industria y concentración económica, Hyspamérica, 1986 y, con valiosísimos aportes sobre el rol que cumple la renta diferencial en la vida económica y en la actitud de todas las clases sociales hacia la Argentina agroexportadora, Anda, Enrique, Notas para un análisis de la relación entre la burguesía ganadera-terrateniente y la industrial en la Argentina: la Década Infame (1930-43), compilado en Dependencia y estructura de clases en América Latina, Asociación Editorial La Aurora, 1975. Contra la opinión de Peña, todos estos trabajos prueban que el desarrollo industrial de la década del 30 fue, fundamentalmente, un resultado de la asfixia importadora del país, no el fruto de una voluntad de la oligarquía tradicional.

[73] Observaciones similares formula Trotsky en “La revolución traicionada”, con relación a la URSS de la década del 30. Pero en ese caso se busca responder al ocultamiento stalinista de las limitaciones que se observan en los avances económicos, que aún están lejos de los estándares del capitalismo avanzado. Pero, como es obvio, de ningún modo pretende Trotsky cuestionar las bases fundadoras de la economía soviética. Peña, en cambio y convalidando la ofensiva liberal contra el estatismo, pretende oponer el capitalismo de Estado creado por Perón a un modelo ideal, omitiendo que (1) los vicios que identifica son expresión de una política deliberada que, tras la “revolución libertadora”, perseguía como fin crear las condiciones para liquidar en la Argentina las Empresas del Estado, algunas de las cuales, como el IAMI, ya había sufrido un desguace, transfiriendo la producción de las motocicletas y los tractores a Luján Hnos y FIAT, respectivamente y cancelando, con la excepción del Rastrojero, la producción de automóviles y (2) que las virtudes que Milcíades exige tampoco existen en los países que toma como modelos a imitar. Como hemos visto, en 1964 la productividad del trabajo es aún más baja en China que en nuestro país y la política del célebre “tazón de arroz de hierro” alienta la indiferencia en la clase trabajadora, con pésimos resultados, que se corregirán recién en 1978, después del viraje impuesto por Deng Xiao Ping. Al respecto, el lector puede leer el trabajo ¿Hacia dónde va China? Su transformación y el futuro del orden global, del autor, en http://aurelioarganaraz.com/economia-y-sociedad/hacia-donde-va-china-su-transformacion-y-el-futuro-del-orden-global/

[74] Peña, Milcíades, Industria, Burguesía Industrial y Liberación Nacional, ediciones Fichas, 1974, pág. 102 y 103.

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EL GENERAL ROCA: HISTORIA Y PREJUICIO

Terzaga

Nota publicada en la revista POLÍTICA, n° 17, marzo 2020

             A la memoria de Alfredo Terzaga, que me asombraba en la juventud por su prodigiosa familiaridad con nuestro siglo XIX, del que hablaba como si fuese un testigo ocular.

 

Hasta las ciencias duras sufren el impacto de la visión del mundo del investigador y de su época. Siendo así, linda con la deshonestidad decirse neutral en las ciencias sociales. Un autor serio explicita cuál es su posición ideológica, además de acudir a todas las fuentes que estén a su alcance, sin omitir aquellas que le son adversas; busca la objetividad, aun a costa de contradecir las hipótesis que fueron para él un punto de partida. En el terreno histórico, la tiranía del presente –los intereses y las ideas a las que tributa un autor, le pese o no– es impiadosa, sobre todo en países como la Argentina, donde el pasado y el presente se entrelazan inextricablemente, en tanto el ayer permanece vivo, por encarnar problemas aún irresueltos.

Osvaldo Bayer, pionero en tachar a Roca por genocida, industrializa La Ética, pero usa ¡a Sarmiento!, cuyo odio a los gauchos, los indios y los semitas es célebre, para condenar como racista al general tucumano. El Estado, los curas y los militares son los rostros del Mal para todo anarquista. Bayer, que lo es, prefiere vestirse con el traje de La Moral, para que el lector ignore desde dónde opina, sin advertir sus prejuicios y la desvergüenza con que ignora cualquier dato que pueda afectarlos. Pero allí terminan “las culpas” del apologista de Severino Di Giovanni. La mayoría de los indigenistas que demonizan a Roca no son anarquistas y hasta los hay “marxistas”, en la versión seudo trotskista. A estos últimos, quizás convenga, parafraseando a Lenin, para quien Rusia “más que del capitalismo sufría del atraso”, señalarles que la Argentina del siglo XIX padecía más de la ausencia o debilidad del Estado que de su capacidad para ejercer el monopolio de la fuerza. Desde la Revolución de Mayo  hasta la construcción de su Estado moderno, con Roca, la anarquía fue la constante del país, con la ruptura de las Provincias Unidas del Sur, la pérdida de la salida al Pacífico y la amenaza de soportar la secesión definitiva de la provincia de Buenos Aires, conjurada por la desdicha ¡oh, paradojas! de la derrota nacional que representó Pavón. El mitrismo nos dio la unidad “a palos”, después consolidada por el triunfo roquista y la federalización de la Ciudad, el Puerto y la Aduana, usurpados hasta 1880 por la Provincia-Metrópolis.

Roca exige un examen histórico riguroso, por la enorme gravitación del ciclo que lideró durante un cuarto de siglo en la construcción de la Argentina. Ese análisis no puede ceder a un dictamen “ético” que opera en el vacío, sin atender las circunstancias y las creencias de la época que pretende juzgar y, peor aún, sin ocuparse de las soluciones alternativas supuestamente viables en ese marco. ¿O se supone que la historia es el escenario del combate eterno entre el Bien y el Mal? Si así fuese, deberá condenarse toda la historia humana: los pueblos primitivos mataban y morían por el territorio y la prehistoria está aún con nosotros, afirma Marx. La moralina es pueril, la objetividad social no puede eludirse: El campeón de “La Ética” dice ser neutral pero toma partido, le guste o no: si es indigenista, aunque quiera disimularlo elige a Mitre y la burguesía comercial aliada a Inglaterra y opuesta a las fuerzas que luchaban por independizarnos del poder extranjero. Si Mariano Grondona “defiende” a Roca, contra Bayer, desde La Nación, ambos cooperan para sepultar al General bajo el estigma del oligarca; el lector desinformado no sospechará que La Nación, el diario de Mitre, y El Nacional, con la colaboración de Sarmiento, fueron pioneros “en apiadarse de los indios”. Ellos habían matado más indígenas que Roca y los habían usado como carne de cañón –Cipriano Catriel fue muerto por sus hermanos, luego de poner lanceros al servicio de Mitre, en la revolución del 74, dato que complica la leyenda según la cual los indios eran ajenos a las disputas criollas– pero sus órganos de prensa salían en “su defensa” para dañar a Roca y al Ejército roquista, no por indigenistas, sino por mitristas, es decir, por porteños ¿Es demasiada suspicacia preguntar por qué los antirroquistas actuales callan los crímenes de Mitre y Sarmiento y hasta usan sus denuncias contra la acción del “genocida”(1)? ¡El asesino del Paraguay, el más grande aliado del capital inglés en Sudamérica, puede dormir tranquilo, mientras su prestigio dependa de la influencia de Bayer! Nadie pide tachar su nombre de las infinitas calles de las ciudades y pueblos, en las que nunca faltan Mitre y Sarmiento.

Roca es la Campaña del Desierto, pero ¿cómo ignorar que combatieron al indio todos los gobiernos del siglo XIX? Ni uno solo de nuestros próceres estaría a salvo, omitiendo a los libertadores, que empeñados en su empresa querían el apoyo o la neutralidad de los indígenas, pero no enfrentaron la tarea de organizar la sociedad postcolonial. La Campaña del Desierto sólo fue la culminación de una pugna iniciada con la llegada del español y perduró luego de alcanzada la independencia, hasta que el Estado nacional sometió al indio. No hubo, es verdad, con excepción de Artigas, un programa capaz de integrar a los indígenas a la economía agraria, venciendo la resistencia de las elites criollas, que los querían muertos, tanto como al gauchaje y el artesanado criollo. Pero, no es menos cierto que hay muchas razones para creer que lo de Artigas era inviable, con los cazadores del Chaco. Fue exitosa en el Paraguay de Francia, pero contando allí con la presencia del guaraní, que era agricultor. En la región pampeana y el sur austral, por razones que los indigenistas  –incluidos los “marxistas” de Groucho Marx– se niegan a considerar, algo similar parece utópico. Ya que ¿cómo excluir el peso de los hábitos que desarrolló el modo de producción dominante en el sur, tras la multiplicación del caballo y las vacas, el avance araucano sobre las tribus antiguas de la región y la transculturación generada por esos cambios y el contacto con “los blancos”?

La antropología marxista, valioso instrumento para orientarse en ese terreno, no puede archivarse para coquetear –lejos de Marx, con el padrón electoral como libro de cabecera– con el etnicismo y sus planteos a históricos y, más prosaicamente, con el votante “progresista”, listo a sostener poses bienpensantes, como reivindicar al indio, que está lejos… y eludir al vecino, ese “negro de mierda”; o defender ballenas, con el único peligro de hacer un viajecito a la Península de Valdés. Abunda en esa          fauna el que se amarga si los collas invaden su barrio… pero le gusta el FIT y su furor antiperonista.

Las culturas del noroeste y los cazadores del Chaco, la pampa y la Patagonia

Las Ordenanzas de Alfaro, los argumentos de Juan de Solórzano y Pereira para justificar la conquista y colonización de América y, en general, las disposiciones que pretendieron regular las relaciones de los indígenas con el conquistador señalan invariablemente, varios siglos antes del nacimiento de Marx, que si falta el indio no hay riqueza (2). Esa conclusión, cabe precisarlo, alude a contar con productores preparados por su experiencia vital (anterior al “descubrimiento”) a ceder un excedente económico a quien gobierna, legítimamente o no. Ese excedente, a su vez, es también un producto histórico, parido por el incremento de la productividad del trabajo, desarrollada exponencialmente tras la revolución neolítica, estadioen que se logra la domesticación de las especies útiles para el hombre y se adquieren modos de vida sedentaria. Como el poder expropiado al productor no puede prevalecer únicamente por la fuerza, debe legitimarse, con el auxilio de la religión y las ideologías dominantes; aun así, estará obligado a reproducir su base, sin extinguir a las clases que sostienen el orden. Esa necesidad general suele ser ignorada por el explotador individual, interesado por enriquecerse al precio que sea. De allí los legisladores que cuidan al súbdito, como el buen ganadero cuida sus bestias y ahuyenta al predador. En las sociedades humanas, esa tarea da lugar al Estado. Ninguna sociedad prescindió de las armas, ni pudo superar la lucha de clases y las disputas por el poder territorial y económico, hasta hoy.

Las propias características de una formación social ligada a la tierra por los cultivos y ganados facilitan la sustitución del estamento que la domina por un invasor más poderoso, como ocurrió en el caso de los imperios americanos. Un territorio rico por sus recursos naturales no producirá nada, sin esa mano de obra que eran los indios, sustituidos luego por los esclavos negros, que venían también de culturas agrarias. En el territorio argentino, los pueblos del noroeste y las sierras centrales, sometidos por los españoles a la encomienda y la mita, responden a ese modelo. Puede decirse que, aunque enfrentaron al español de diverso modo –encarnizadamente, en algunos casos, con tibieza en otros–su posibilidad de resistir estaba limitada por el modo particular de vincularse a la tierra que es propio de las culturas agrarias, y que las hace frágiles frente a un invasor dispuesto a privarlos de medios de vida que los atan al suelo y logra explotar sus conflictos internos. Esto explica que fuesen las comunidades más avanzados de América las primeras en sucumbir ante el español, servir a los encomenderos y morir en las minas, pese al clamor de algún religioso y las intenciones fallidas de las Leyes de Indias.

Por el contrario, los pueblos más primitivos lograron preservar el dominio territorial, mientras sufrían trastornos en sus hábitos de vida. Estos, en el sur argentino, fueron extraordinarios, al incorporarse a las pampas el ganado europeo, las armas del invasor y valorarse productos y costumbres “blancas”, en el vestuario y la nutrición. Un efecto fatal fue reforzar la idiosincrasia ligada a la caza y recolección, dada la abundancia del “ganado cimarrón”, que en las tribus y en el gauchaje generó perfiles marcados por el orgullo, el gusto por la libertad y el nomadismo. No se trata de ignorar el valor de su resistencia al embate español, después criollo, sino de apreciar un conjunto de factores, determinantes en aquel singular proceso. Y de evitar la simpleza de ciertos “románticos” que han querido ver pueblos bravíos, indomables por el español, opuestos a los timoratos, que se sometieron sin luchar. Entre esos factores que deben sopesarse, el más importante es el referido modo de producción, con las relaciones sociales a él asociadas (3).

Como dijimos, aunque no lo adviertan los indigenistas al uso, “marxistas” o no, el español comprobó la imposibilidad de transformar a los cazadores del Chaco y las pampas en productores agrarios, o aun de ganarlos para el trabajo doméstico. Rodríguez de Valdez y de la Banda, gobernador de Buenos Aires en 1599, dice que los españoles no tenían servicios por “ser los indios de esta tierra gente que no tiene casa ni asientos y que a puro andar tras ellos los traen y con dádivas los sustentan y con todo esto se les van al mejor tiempo…” Los colonos deben cargar con las labores manuales: “…la agua que gastan en sus casas la traen cargada sus mugeres e hijos y ellas propias lavan la ropa de sus maridos y van a la lavar al dicho Río…”, “los vecinos desta ciudad son tan pobres y necesitados que por faltalles el servicio natural de sus indios ellos propios por sus manos hazen sus sementeras y labores con mucho trabajo andando vestidos de sayas y otras rropas miserables…” (4). En la época de Rosas, cuando las viejas vaquerías y el capitalismo agrario han liquidado el “ganado cimarrón”, los indios se empleaban ocasionalmente en las estancias, por pocos días, pero era imposible radicarlos en forma estable. En los “territorios libres”, muy pocos hacían agricultura y cría de ganado, algo que al parecer les exigía cambios en sus hábitos de vida inadmisibles para ellos. Sin embargo, no cabe afirmar que se agotaron los expedientes dirigidos a incorporarlos pacíficamente al país en gestación; que, en cambio, fueron potentes las tendencias a “resolver” la cuestión con el aniquilamiento de las tribus. Pero éstas, si nos interesa entender aquellos dilemas, deben caracterizarse con la máxima objetividad de que seamos capaces. No cabe decir, livianamente, que los indios “llevaban adelante la violencia como respuesta, en defensa de su forma de vida” ¡como si los criollos no hubieran hecho lo mismo (5)!

No es casual que las campañas sobre el Chaco y las pampas, que buscaban someter esos territorios a la soberanía del Estado, enfrentaran a comunidades de “cazadores y recolectores”, que eran las únicas que conservaban su libertad, tres siglos después de que fuesen vencidas las formaciones agrarias del noroeste, donde vivían los indios“domesticables” por el encomendero. Podría añadirse, aunque llegar a comprobarlo requiere una investigación que supera los fines del presente trabajo, que es curioso el hecho de que dentro del mundo de las comunidades pampeanas, las tribus “amigas” –muchas veces asociadas con los gobiernos criollos para combatir a “las hostiles”– fuesen las más propensas a laborear el suelo, en ciertos casos, o tuvieran “indios ricos en ganado” (6), si las comparamos con aquéllas más apegadas al malón. Una y otras, sin embargo, debían apelar a “los tratados” con los blancos, incapaces de generar un excedente económico que les permitiera obtener de otra manera los bienes reclamados para pactar “la paz” –eufemismos aparte, la renuncia al malón– con el poder criollo. Como es sabido, el precio de “la paz” era otorgar grado militar y sueldos a los caciques y jefes principales y proveer a las tribus de diversos productos, como yeguas, harina, yerba, tabaco, ginebra, ponchos, sin olvidar las botas con tacos Luis XV para “madame Namuncurá”. Este raro dato (7), antes de motivar comentarios sarcásticos, debe asociarse al hecho de que varios hijos de los caciques cursaron estudios en colegios porteños, como un signo clarísimo de la derrota cultural que aquejaba a su sociedad, antes de que los abatiera la Campaña del Desierto. Y, una vez más, llamarnos la atención sobre la mezquindad analítica de los autores indigenistas, que se empecinan en ignorar las leyes históricas, para secundar el prejuicio y la animosidad de Bayer, tan inconsistentes como la ideología anarquista, preñada de moralinas, ese disloque moral que el diccionario define como “moralidad inoportuna, superficial o falsa”. En su obra sobre Roca, hace casi medio siglo, Alfredo Terzaga nos daba en cambio la clave científica para encarar el examen que intentamos aquí: para comprender el desenlace final de la tragedia no debía olvidarse que su origen era “la coexistencia cultural y económica, a un mismo nivel temporal, de dos sociedades en opuestos estadios del desarrollo de la civilización… (8)”

¿Quién es el Videla del siglo XIX?

Hemos explicado la incongruencia de discriminar al General Roca, cuando se juzgan las relaciones de la sociedad criolla del siglo XIX con el mundo indígena. Su papel, a lo sumo, fue tener éxito donde otros fallaron: someter al indio a la soberanía del Estado “nacional” argentino. Atendible sería, en tal caso,  condenar a toda la sociedad criolla: si fuimos antaño un pueblo genocida, habría que asumirlo. ¡Ni José Hernández, nuestro poeta nacional, salva la prueba! Por suerte, esto sería una arbitrariedad, fruto de la pérdida de una perspectiva histórica, que estaríamos reemplazando por una moralina, que, para ser consecuente, debería condenar a la historia en bloque y a los hombres que la protagonizaron, en todas las latitudes y todos los tiempos ¿O hay alguna época donde no exista la guerra entre las naciones, las etnias, las clases sociales y las relaciones entre los humanos sean inmaculadas, carentes de violencia, dramas y sangre? Desconocer que esa Arcadia no existió jamás sólo conduce a transformar la historia en la primera víctima del capricho moralizador, sin aceptar que la vida de todas las colectividades es inabordable desde la escisión maniquea entre buenos y malos, víctimas y victimarios. Hemos citado a Martínez Sarasola que con esa visión ignora que los “cristianos” también defendían “su estilo de vida”. Dicho autor denuncia el crimen, al recordar que en Buenos Aires la impiedad blanca separó a las madres de sus hijos pequeños, dándolos como criados a las familias elegantes. Tiene razón: esa insensibilidad nos espanta, como a los argentinos de aquel momento que repudiaron esa crueldad, haciendo lo posible por ponerle coto. Pero, no por eso vamos a ignorar el drama de las cautivas y las incontables tragedias generadas por el malón y demás atrocidades, que tuvieron como responsables a todos los bandos de aquella época. Sólo el prejuicio puede hacer de Roca el chivo expiatorio del siglo que registra, entre muchos crímenes, el genocidio del Paraguay, el exterminio del gaucho y el artesanado del interior. La barbarie de “los civilizados” no fue menor que la barbarie montonera y pampa, los tachados de “barbaros”. En el presente, estando lejos de haber superado las sucesivas “grietas” de nuestra historia, para convivir sin odios, el país necesita al juzgarse a sí mismo balances equilibrados, que fortalezcan su identidad, menos irracionales y más maduros.

Hasta donde sabemos, la literatura indigenista omite decir que, como fue habitual en otros choques con tribus “hostiles”, en la Campaña del Desierto obraron oficiales y soldados indios, en el Ejército nacional, en proporción  elevada (9). Una vez más ¿cabe sostener seriamente un juicio, escondiendo bajo la alfombra los datos que hacen complejo el problema y quizás horaden nuestras premisas? ¿O en vez de premisas tenemos un prejuicio y defenderlo admite cierta indecencia? ¿Se saldrá del paso juzgando como “traidores” a los lanceros indios que desmienten la visión del salvaje ingenuo? Nada menos que el Coronel Álvaro Barros, reconocido promotor de una política de integración pacífica del  indio, dice que ellos hacen la guerra “para procurarse recursos de subsistencia que no han aprendido a adquirir con el trabajo”(10). En este contexto, tras décadas durante las cuales han fracasado otras políticas, se impone el proyecto planteado por Roca al ministro Alsina, mientras vivía en Río Cuarto, en 1874, de terminar con los fortines y ocupar el territorio. Como se sabe, Alsina lo archiva y recién se realizará después de su muerte, con el tucumano en el Ministerio (11).

El autor ya nombrado, Martínez Sarasola, provee cifras que ratifican la arbitrariedad de la tentativa de distinguir a la Campaña del Desierto del resto del cuadro de la lucha contra los indios: para el ciclo que abarca desde 1821 hasta 1848, que incluye las campañas realizadas por Rosas, el número de muertos se eleva a 7.587. A su vez, en la Patagonia, entre 1878 y 1884, las víctimas fatales suman un total, entre los indígenas, de 2.196, contabilizándose alrededor de 14.000 prisioneros. Debe añadirse  que los sobrevivientes, como los criollos pobres, tuvieron como destino los obrajes y cañaverales del norte, ser peones de estancia o encerrarse en las reducciones, en el mejor caso, a laborear la tierra. Otros encontraron un destino militar, ganados para un Ejército que no guerreaba ya, pero tenía en los territorios un papel central (12). En general, conquistado “el desierto”, estamos ante el ascenso de la Argentina moderna, que deja atrás las guerras civiles, el mundo de los fortines, el malón y “las fronteras”, que el Martín Fierro reflejó genialmente. A nuestro entender, aunque seguramente esta conclusión no agrade al indigenismo, el país que el roquismo dejaba atrás no reunía condiciones que lo hagan acreedor de una añoranza postrera. No puede vérselo como un paraíso perdido. Ninguno, entre sus habitantes, podía gozar razonablemente de la vida en aquella situación, donde lo atroz (la violencia, la incertidumbre, la miserias y el hambre), eran el pan nuestro de cada día.

Particularmente, los años que van desde la Batalla de Pavón hasta el triunfo roquista de 1880 cubren de oprobio a esas dos décadas del siglo XIX, del dominio de la burguesía comercial porteña, liderada por Mitre. Bajo su dictadura, con el Imperio Británico como inspirador supremo, la constante es la guerra, el aniquilamiento del Paraguay, el vasallaje de las provincias, la decisión de exterminar a la población criolla, el librecambio como recurso para destruir las artesanías e imponer la importación industrial inglesa, la convicción de que gastar un solo peso fuera de Buenos Aires es un derroche, en fin, la prosternación ante Europa, la negativa a solidarizarse con los países hermanos y a concebir al país con raíces latinoamericanas, revelan que Mitre, no Roca, es el Videla de aquella época.

El carácter antinacional del antirroquismo

No admiten esa conclusión los antirroquistas. No por amor a Mitre, sino por su matriz antinacional. Esta afirmación puede parecer un exabrupto, pero sólo resume la repugnancia que sienten los tipos como Bayer, sus epígonos y el  “marxista” cipayo frente a Yrigoyen y Perón, los líderes nacionales del siglo XX. Esa aversión es la clave para entender el origen del odio a Roca, antecesor de aquéllos en el siglo XIX (13).Es notorio, hoy, que el partido socialista de Juan B. Justo y el stalinismo argentino enfrentaron a Yrigoyen, se aliaron con los radicales ya domesticados de Alvear y terminaron forjando la Unión Democrática, en 1945, contra Perón y la clase obrera, tachados respectivamente de militar “nazi” y lumpen proletariado. Bayer, su discípulo, Marcelo Valko, y la “izquierda” ligada actualmente al FIT, coinciden en esforzarse para atribuir a Yrigoyen el asesinato de indígenas y hacer del suceso del “Malón de la Paz” la prueba de que Perón también rechazaba las justas reivindicaciones de los indígenas de Jujuy, pacíficamente planteadas. Con más equidad, Martínez Sarasola, sin polemizar, lo desmiente, explicando cómo Yrigoyen mejoró la condición de los indios y los indígenas de Jujuy, que Perón no atendió, recibieron más tarde tierras fiscales y apoyo estatal en maquinaria y semillas ¿por qué recordarlo –razonarán entretanto los cipayos “de izquierda”– y echar a perder el plan de probar que Roca, Yrigoyen y Perón fueron abominables (14)?

Cierta opinión afín al peronismo ignora o subestima lo que está en juego y le sigue la corriente a los  indigenistas-antirroquistas. Con la guardia baja ¿no advierte que se ataca la identidad de un país que es débil frente a la colonización cultural y a la influencia ganada por Mitre y su escuela? ¿Es tan difícil comprender que La Nación, al “reivindicar” a Roca, gana tres batallas, al mismo tiempo? Primera, hacer irreconocibles al general y su época; segunda, sumar a su patrimonio los méritos del roquismo en la construcción del Estado y la formación de una estructura económica más “nacional”, algo que se logró enfrentando la oposición mitrista; tercera, ocultar la mezquindad de Mitre y la burguesía comercial porteña, para quienes Sarmiento y Avellaneda “derrochan el dinero”, cada vez que fundan una escuela en el interior, los “trece ranchos” que el mitrismo desprecia… y empobrece al privarlos de medios de vida (cualquier coincidencia con hechos recientes prueba que se trata de los mismos actores, hoy más envilecidos).

De cualquier modo, es pueril pensar en homenajes y condenas, antes de construir juicios maduros, en un país cuya historia oficial y su contracara rosista, de filiación también porteña, se empeñaron en crear, para impedir la comprensión de nuestro pasado, una galería de héroes y villanos, en blanco y negro. En consecuencia, no se trata de sacralizar a Roca y la generación civil y militar del 80. Se trata, sí, de hacer un examen que no soslaye ninguna de las cuestiones implicadas en el estudio de un ciclo fundamental en la vida nacional, que no puede abordarse unilateralmente. Al contrastarlo con el mitrismo, cuya base social eran los exportadores e importadores porteños, que condenaban al país a producir sólo “pasto”, como decía Pellegrini. Los molinos harineros, la industria vitivinícola, la azucarera y hasta las cementeras y caleras, se levantaron pese a ellos. Si cotejamos ambos modelos, el roquismo acredita un carácter nacional, aun sin considerar al núcleo de sus partidarios que fundó el Club Industrial y pretendió imponer una política proteccionista, lográndolo a medias. No obstante, es preciso decir que no expresaba a una burguesía nacional decidida y clarividente, similar a la que,  varias décadas antes, impulsaba el capitalismo en EEUU, guiada por los principios recomendados por Hamilton. Pese a lo cual estaba muy lejos de la visión porteña, con la cual terminó conformando una síntesis. A nuestro entender, esta caracterización flexible nos brinda una aproximación despojada de prejuicios, que no puede ignorar el peso determinante que la prosperidad indiscutida que acompañó la expansión del modelo agroexportador tuvo sobre la conciencia de nuestras poblaciones, hasta la crisis mundial de 1930. Sin la menor pretensión de cerrar el debate, creemos que avanza en la tarea de elaborar un juicio racional y matizado sobre la gestación de la Argentina y su Estado “nacional”. El lector juzgará.

La Patagonia y sus destinos posibles

Es natural que a un anarquista, como Bayer, le importe un pito que el Estado argentino ganara para sí  los territorios patagónicos y, fingiendo creer que sin el General Roca aquéllos estarían aún en poder de los indios, arremeta contra los responsables de que el sur americano permaneciera bajo la soberanía de Argentina y Chile, sin caer en manos de algún país europeo ¡Lástima que Bayer no lo diga así, con toda franqueza, para que los argentinos y los chilenos lo aplaudan o lo repudien!

¿Cuál era el modelo alternativo al que se impuso finalmente, al someter a los indios a la soberanía argentina? Esa cuestión es insoslayable para juzgar –sin perder de vista la tragedia indígena– lo que efectivamente ocurrió. Ya que es obvio, aunque muchos ensayistas se nieguen a reconocerlo, que el mundo aborigen tal cual era no podía sobrevivir al impacto de las tendencias que prevalecían al final del siglo XIX, en todo el planeta, doblegando culturas más sólidas que las del sur americano. ¡Es tan evidente que el modo de producción y las relaciones sociales que caracterizan a una comunidad de cazadores-recolectores no podían subsistir! Era necesario salvar la distancia con el nivel civilizatorio del mundo criollo, algo para lo cual había obstáculos de carácter estructural. Los contemporáneos, sin embargo, con la excepción de Roca, estaban un problema que les parecía insoluble.  Es curioso el hecho, confirmado por la lectura de la prensa y los discursos parlamentarios, de que viesen lejana la solución del llamado “tema de la frontera”, mientras el Ejército roquista marchaba hacia el sur (15).

Nadie puede creer que sin la Campaña del Desierto los toldos albergarían aún a los indios, en el siglo XXI, así como ningún poder humano pudo impedir, en su hora, que el tren desplazara a la carreta y la galera. Lo cual no quita que nos interroguemos si era posible otro modo de incorporación del indio a la sociedad que estaba forjándose; analizar sin anteojeras a todos los actores; evaluar los problemas  ideológicos y estructurales opuestos a esa meta, que tuvo impulsores, pero también enemigos, tanto en la sociedad criolla como en las tribus pampeanas. La mirada del investigador no debería limitarse a decir que el final fue atroz para los vencidos, para no caer en la tontería de “solidarizarnos” con las víctimas de la historia humana e “indignarnos” con el resto; alegar, como Bayer, que es posible aún hacer justicia a las brujas quemadas por la Inquisición en la hoguera, si “se asume” el crimen (16). ¿A quién le sirve semejante impostura?

Con pertinencia, preguntemos: ¿si el Estado argentino hubiese fracasado en la lucha por gobernar el territorio ocupado por las tribus indígenas, éstas hubiesen construido una nación? La nación es una formación moderna soldada por el desarrollo capitalista, no una suma de grupos étnicos, unidos precariamente por las jerarquías tribales. Sin aquel carácter ¿es posible que los aborígenes lograran impedir que Chile u otros países les impusieran su dominio? En este caso ¿hubiesen tenido un mejor destino? Todo indica –los indigenistas deben tratar este tema– que los grupos tribales de cazadores que sobrevivían en nuestro sur en el siglo XIX carecían por completo de las fortalezas estructurales necesarias para eludir la pérdida de los “territorios libres” e impedir el sometimiento, violentando su cultura, por uno u otro de los países que aspiraban a establecer su dominio en los territorios del sur: Argentina, Chile o alguna potencia europea.

Desde una perspectiva latinoamericana, debe concluirse que en el mejor de los casos la Patagonia argentina sería hoy parte de Chile. Su población indígena, si así fuese –los hechos hablan– no estaría mejor. Pero no cabe descartar la hipótesis de una colonia inglesa o francesa, como Guayanas… o Las Malvinas. Cuando el Comodoro Lasserre, enviado por Roca, toma posesión de la Bahía de Ushuaia, en octubre de 1884, lo hace arreando la “Unión Jack”, de la Misión Anglicana, que obraba como una vanguardia del dominio británico, e izando nuestra bandera, que flamearía en Tierra del Fuego ya definitivamente (17).

¿Los pueblos colonizados por el Imperio Británico, Francia u Holanda, tuvieron más suerte? La India, China, Vietnam y Argelia, no sufrieron menos el dominio imperial y la destrucción consiguiente de su modo de vida. Y estamos hablamos civilizaciones antiguas, pioneras en el desarrollo de la cultura y la ciencia, en mayor medida que la propia Europa. Si no ignoramos esta realidad, es ilusorio suponer, como viene señalándose, que el mosaico tribal que habitaba las pampas y el sur austral pudiera parir una formación social apta para sostener un desarrollo autónomo, vedado en América a culturas más avanzadas, como la incaica.

Esto no significa ignorar la tragedia que se abatió sobre las tribus vencidas, su emigración forzada, todas las vejaciones que les fueron causadas, la crueldad evidenciada al destruir sus familias, separar a los niños de sus respectivas madres, como la mezquindad o ausencia de acciones que facilitaran su inmersión en el mundo de la “sociedad blanca”, cuyos sectores dominantes sólo se interesaron por servirse de ellos en las tareas domésticas, el obraje y las minas; en el mejor de los casos, quizás, para los varones, en darles un lugar en las fuerzas armadas. Pero dicha tragedia –aquí nos apartamos de la “sensibilidad indigenista”– no fue más terrible que la sufrió la población criolla pobre; también ella fue privada de la tierra, la libre disposición del ganado orejano y debió admitir, como en otros países también atravesados por trastornos semejantes, que en el nuevo orden del capitalismo semicolonial, sólo podía comer y reproducirse como el proletario moderno, vendiendo en el mercado su fuerza de trabajo. Esta situación, para los trabajadores, perdura hoy, sea cual sea su origen étnico. La pérdida del territorio, esa modificación tremenda para las condiciones de vida de los pueblos indígenas, fue en ocasiones compensada con cesiones de tierra, algo que no ocurrió con el gaucho y el artesano del interior olvidado y la provincia bonaerense, privados del suelo antes de que arribara la Campaña del Desierto, para dar lugar a la propiedad terrateniente. El proceso, que los afectó a todos los paisanos pobres, indígenas o no, desecha el sueño de “retornar al paraíso” o de expedientes fundados en dar la tierra a cierta parcialidad, cuando en verdad se trata de transformar una totalidad, mirando hacia adelante: liberar al país del dominio oligárquico y la dependencia semicolonial, un bloque parasitario que obstruye la formación de una patria para todos.

Pero esta realidad, la sobrevivencia de una elite parasitaria que oprime a las mayorías, suele filiarse, por error, como fruto buscado por la Generación del 80, ignorando el rol que pretendió cumplir tras vencer a las fuerzas que lideró Mitre, el verdadero jefe de la oligarquía argentina, sempiterno socio del capital inglés. Si después de Pavón el interior sufre la dictadura mitrista en términos sangrientos, pero logra más tarde alterar ese estado, e imponerse finalmente a la elite porteña, esto obedece a la extrema debilidad del apoyo que Mitre tenía fuera de Buenos Aires; sólo un puñado de comerciantes ricos de las ciudades principales, ligados a la burguesía comercial porteña, apoyaban al “liberalismo” de Mitre y Sarmiento, un credo librecambista, remedo servil del conservadorismo europeo. La gran  mayoría del interior –sostén fervoroso de la Confederación urquicista– soportó horrorizada a Mitre y sus generales sanguinarios o se alzó con Peñaloza, Varela y López Jordán, hasta que logró madurar una nueva síntesis, con la Liga de los Gobernadores y la generación militar liderada por Roca.

El roquismo, Mitre y la construcción del Estado

Una de las pruebas de la miopía indigenista es pretender que Roca fue nada más que la Campaña del Desierto. Su figura “abarca” un cuarto de siglo de la historia nacional y en ese periodo se construyó la Argentina, como Estado moderno. Sin embargo, para esa “escuela”, el resto de la obra del general tucumano no merece ningún examen. En realidad, sin crítica alguna hacia la historia oficial, toman partido por las visiones antirroquistas urdidas por una parte de “la sociedad blanca” (que en bloque repudiaban, al parecer). De allí toman, para juzgar a Roca y la generación del 80, la leyenda histórica que glorifica a Leandro Alem, un aliado de Mitre, adverso a Yrigoyen y, so pretexto del gigantismo futuro de Buenos Aires, enemigo de su federalización. Un porteño, en suma y por esa razón enemigo de Roca. Con etiqueta “marxista”, esa misma versión, desde Juan B. Justo en adelante, goza del favor de la “izquierda” cipaya. El antipersonalismo radical y el cipayismo de izquierda, pues, completan el cuadro de los aliados historiográficos que la pequeña burguesía aporta a la obra intelectual mitrista, cuyo núcleo es el dogma Civilización y Barbarie. Como, por su parte, el nacionalismo católico busca también sepultar a Roca y la generación del 80, que al construir el Estado ofendieron al clericalismo, los mitristas actuales tienen la fortuna de que otros hagan el trabajo sucio de horadar a Roca, desde “la izquierda” y la derecha. Esa confluencia de opiniones, tan antagónicas en apariencia, le permite a los liberales, que La Nación lidera, “reivindicar” a Roca y la generación del 80, como si fuesen suyos.  ¡Extraña unanimidad! De Caseros en adelante prevalecería entre nosotros “el orden conservador”, al  que recién pone fin la llegada de Yrigoyen. El país agroexportador se construyó sin conflicto; no hubo disidentes, como los impulsores del proteccionismo y el desarrollo industrial; nadie denunció, en ese periodo, la extorsión ferroviaria inglesa, ni luchó para mantener en manos del Estado el primer tren. Semejante vaciamiento ¿a quién beneficia, que no sea el mitrismo en todas sus variantes? La historia del país enfrenta a dos bloques –patria y colonia– desde la Revolución de Mayo. Desconocerlo, crear una fantaseada “sociedad blanca” vs “pueblos originarios”, prologando la pugna entre “la derecha” y “la izquierda”, ambas oposiciones entre el Bien y el Mal, sólo puede oscurecer la conciencia nacional, lo que equivale a favorecer la hegemonía oligárquica. El mitrismo, espíritu de una elite europeizada y venal, se apropia del aporte del interior nacional al calificó en vida de “chusma provinciana (18). Los epígonos de Mitre –no olvidar que tuvo en los clericales un aliado y en la plebe alemista el respaldo “de izquierda”, contra Roca y Juárez– tildaron al de “jefe de la oligarquía”, antes de señalarlo como el “genocida” del indio. Los seudo marxistas, que contribuyen a la farsa con terminología clasista, no dudaron en inventar una nueva categoría: las “oligarquías provinciales”, que habrían sido la base del roquismo. En realidad, son abrumadoras las pruebas que desmienten el disparate, ya  que el interior generó un patriciado “con alcurnia”, pero pobre; los ricos del interior, dijimos, fuertes comerciantes ligados a la burguesía comercial porteña, eran mitristas. Algunos provincianos, como Roca, ingresan  después a la elite terrateniente, pero atribuirles esa condición, en el momento en que enfrentaron a la ciudad porteña, en 1880, es tan arbitrario como responsabilizar a la movilización del 17 de octubre de 1945 de la política de Menem, en la década del 90 (19).

Si Roca fue “el jefe de la oligarquía” ¿por qué lo aborrecieron Mitre y los porteños? Si ambos “eran lo mismo” –interpretación quizás grata a Nicolás del Caño– ¿por qué se enfrentaron, en el campo de batalla, con miles de muertos, en 1880? ¿Cómo explicar que ese año puso fin a las guerras civiles del siglo XIX, con el triunfo de la Nación, mientras seguía su curso, en el sur, la lucha por imponer la soberanía de Estado a las tribus indias?

Es imposible comprender cada una de las empresas que asumió Roca y la generación civil y militar que lo secundó sin el hilo conductor que permite apreciarlas como un todo. Tanto la federalización de la ciudad porteña, del puerto y su aduana, como la toma de posesión de los territorios australes se inscriben en un proyecto de construir “la nación”, consolidando su Estado (entrecomillamos la nación, pensando que el término debería reservarse para la unión latinoamericana, pero sabiendo que dicha causa se había extraviado en los primeras décadas del siglo XIX; y su fragmento, argentino, podía sufrir nuevas divisiones, mientras siguiera predominando la facción porteña, que impulsó la desmembración del antiguo virreinato). La Argentina escindida por la perfidia del Puerto coexistió  con el mundo indígena, que tuvo participación en nuestras contiendas, aportó lanceros a todos los bandos y, suscribiendo tratados con todos sus gobiernos, era un factor interno de la vida del país, no una nación vecina.

De modo que a la anarquía generada por la irresolución del conflicto entre el Puerto y las provincias del interior, se añadía como una muestra de la extrema debilidad de la sociedad criolla anterior al 80 la incapacidad para lograr una condición esencial del Estado, cual es el monopolio de la fuerza pública. Nótese, para dimensionar mejor ese problema, que para resistir la federalización de su Puerto y su Aduana, con la creación consiguiente de la Capital Federal, la provincia separatista pudo apelar a su propia milicia, institución existente en los Estados provinciales, hasta el advenimiento del roquismo.

Todo esto, aun sin mencionar el fuerte desarrollo de las economías regionales que no forman parte de la zona pampeana, la ocupación plena del territorio nacional y el sistema estatal de Educación Pública, entre otros aportes a la construcción del Estado que el país debe a Roca y los suyos, nos da la medida del papel histórico de la generación del 80 y la perfila como opuesta respecto al mitrismo y la matriz creada por el autor del Facundo, que, en las antípodas de Roca, creía que nuestro mal era la extensión. Desde luego, esto no implica advertir, al mismo tiempo,  los puntos de contacto entre unos y otros (20).

Los derechos del indio vivo, la miopía del etnicismo y las tonterías ultraizquierdistas

Para una visión marxista nacional, las demandas basadas en la condición étnica deben subordinarse a la lucha por liberarnos del yugo imperialista y, en un sentido más general todavía, a la construcción de una sociedad sin explotadores y explotados. La unidad latinoamericana es la única garantía contra el poder imperialista, que nos dividió y oprime, para sostener el bienestar del “mundo occidental”. Los reclamos legítimos de una fracción étnica, que en los países andinos, mezclada hasta confundirse con la población mestiza es amplia mayoría, no debe oponerse a la lucha común de los pueblos latinoamericanos, cuyo real enemigo es el bloque conformado por el imperialismo mundial y sus secuaces oligárquicos, ambos beneficiarios de cualquier división de las mayorías oprimidas. De todos modos, la dispersión, o lo que es peor, el antagonismo en el seno del campo antiimperialista, sólo puede nacer de una mala interpretación de las demandas parciales, que genere por error –o con alevosa premeditación– rivalidades sectarias en el seno del pueblo, mal procesadas por las fuerzas populares, lo que ocurrirá forzosamente si un reclamo sectorial es levantado de modo unilateral, en desmedro del esfuerzo de constituir un sólido movimiento nacional, única formación apta para llevar exitosamente la lucha antiimperialista.

Así las cosas, es pueril ignorar –cuando no malintencionado– la presión que ejercen diversas ONG, con respaldo europeo-norteamericano, para utilizar las demandas de grupos indígenas en un sentido divisionista, cuando no dirigido –la contra nicaragüense, financiada para destruir al poder sandinista, es un ejemplo de instrumentación imperialista– a socavar a gobiernos nacional-populares y debilitar al Estado, que necesitamos para enfrentar al capital extranjero (21).

En la Argentina (sin que “la cuestión indígena” jugara aquí papel alguno) la Constitución del 94, fruto  del pacto Menem-Alfonsín, cedió poderes del Estado Nacional al área provincial, atomizando al país. Las heridas que subsisten a la secular derrota y consiguiente postergación de la población indígena, son o pueden ser también un ariete, para crear grietas en el bloque nacional y las clases populares que le dan sustento. Sin rechazar la demanda de asientos territoriales que les permitan mantener su estructura comunitaria, sino, por el contrario, dándole una respuesta seria e integral, que facilite su integración a la Argentina moderna, no puede omitirse que la apropiación oligárquica –que incluye a capitalistas de origen foráneo– no afectó solamente a los aborígenes, sino también al criollo, todo lo cual respondía al desarrollo del capitalismo semicolonial argentino. El acceso a la tierra, si aquéllos que deseamos respaldar los reclamos de comunidades indígenas los levantamos como privilegio de un segmento poblacional, sin incluirlo en un programa más integral ¿cómo podríamos luchar por el apoyo de los habitantes de nuestros suburbios, que necesitan un terreno para construir su casa a un reclamo que no los incluye? La militancia popular debe unir, no enfrentar, a unos con otros, en lugar de agitar demagógicamente lo que exige con razón un grupo minoritario: los indígenas argentinos. Tenemos que presentar un plan general de acceso a la tierra (un derecho humano). Pero éste es un tema que, siendo muy importante, no es el más grave de los errores en que caen los “indigenistas” y “marxistas” de la sociedad argentina.

El más grave es la invención de “una cuestión nacional”, según la cual –vaya como ejemplo el caso de la Argentina– una “nacionalidad” dominante oprime a otras, las “naciones” indias. Curiosamente, las comunidades indias, salvo algún mapuche bajo influencia “blanca”, plantean demandas sociales y culturales, pero no reclaman la autonomía nacional. Esta última es sugerida –el indigenismo apunta, si es ajeno al “marxismo”, a reivindicar genéricamente a los “pueblos originarios” y reclamar justicia al Estado que los margina– por ciertos autores de la “izquierda” cipaya, que ignoran olímpicamente        la teoría marxista, imitando como simios la política de Lenin en el Imperio Zarista o, lo que es peor, ocultando con descaro las enseñanzas de Trotsky sobre la cuestión nacional latinoamericana (22). En el primer caso, Rodolfo Ghioldi reclama, en 1933, como intérprete del stalinismo, “el derecho capital de las nacionalidades indígenas a la separación” (de la Argentina); “derecho” que hace extensivo a “las colonias judías de Entre Ríos” y a “las regiones italianas con sus diversas lenguas” (23). Incapaz de pensar con su propia cabeza, al dirigente stalinista no se le ocurre pensar que la Argentina no es un Imperio, sino un país sometido al imperialismo mundial y que el problema nacional, en América Latina, es el inverso: si el zarismo oprime diversas naciones y los bolcheviques reconocen el derecho a la separación, en Latinoamérica debíamos superar la fragmentación impuesta por el imperialismo y las oligarquías, para unirnos y constituir nuestra nación. El Zarismo era plurinacional; aquí éramos una provincia escindida de la Nación Latinoamericana. Pero, si en la década del 30 esto puede verse  como una puerilidad –en el marco de la degeneración que siguió al triunfo de Stalin en la URSS– esa piedad no merece aplicarse a la ultraizquierda “trotskista”, que ignora a Trotsky y quiere inducir a los pueblos indígenas, señalando que no lo exigen, a reclamar a la Argentina la autonomía nacional (24).

¿Hace falta explicar quién ganaría ante esa concesión a “naciones” que son minorías étnicas, sin la fortaleza y los atributos que reúne esa categoría históricamente determinada de “la nación”, que la teoría marxista define precisamente –de cualquier modo, entre etnia y nación hay un abismo para la teoría política usual– como formación asociada al desarrollo del capitalismo, dueña de una lengua, un territorio y un pasado común, determinadas creencias, donde puede faltar algún elemento, pero nunca el impulso a unificar ese territorio como un mercado interior (25)? ¿Es tan difícil advertir que el zarismo oprimía, con base en Rusia, a naciones como Polonia, Georgia, Ucrania y otras tantas, con la estructuración de clases propia de los países donde el modo de producción es capitalista, aunque éste conviva con el atraso agrario? ¿Dónde encontramos algo similar en la América precolombina, cuyas culturas avanzadas sólo levantaron ciudades neolíticas, no conocieron la propiedad privada y aún exhiben, en las formaciones sobrevivientes, una indiferenciación social muy acentuada?

No se trata de un dato menor, para establecer la política del socialismo revolucionario. En relación al zarismo (¿lo ignoran estos “marxistas”?) los bolcheviques adoptaban una posición que combinaba el reconocimiento incondicional al derecho a la autonomía de las naciones oprimidas, por un lado, con el internacionalismo estricto como principio del proletariado de todo el imperio, para impulsar a todas las naciones del mismo a federarse en lo que luego sería la URSS, en igualdad de condiciones, y asegurando a las naciones la libertad idiomática, el estímulo a su cultura y el respeto a sus creencias, su religión y tradiciones. La tontería seudo marxista de dar “autonomía nacional” a las comunidades tribales, por el contrario, significa exponer a formaciones endebles a la manipulación de las grandes fuerzas mundiales, que no tendrían cómo resistir. Un absurdo, pero además un crimen, contra esos pueblos y contra la única posibilidad de que los indoamericanos, un pueblo mestizo, en realidad, seamos libres y podamos construir una sociedad rica, independiente y justa, sin perjuicio del respeto y el estímulo a las culturas, los idiomas, los saberes precolombinos y las tradiciones que enriquecen la diversidad americana (26).

Córdoba, 29 de enero de 2020

Notas:

1) La categoría “genocidio” es muy estricta y el lector puede verificar por sí mismo hasta qué punto se abusa de ella, extendiéndola a la conquista y el sometimiento de otros pueblos, en general, hechos en los que abunda toda clase de crueldades, pero en la mayoría de los cuales no existe el objetivo de exterminar al vencido. Ejercicios de violencia, como integrar a la Marina a 300 indios –lo decidió Roca, ya en su presidencia– no buscan su muerte, sino incorporarlos a un servicio que también ocupaban los criollos, aun siendo hombres “de tierra adentro”. El servicio militar es una vejación para un anarquista, pero fue instituido por las revoluciones democráticas.

2) Carolina Jurado, Un fiscal al servicio de su Majestad: Don Francisco de Alfaro en la Real Audiencia de Charcas, 1598-1608, https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4729341; Carlos Baciero, Juan de Solórzano Pereira y la defensa del indio en América, enero-junio 2006, https://pdfslide.net/documents/baciero-carlos-2006-juan-de-solorzano-pereira-y-la-defensa-del-indio-en.html

3) Godelier, Marx, Engels, El modo de producción asiático, Eudecor, 1966. En el texto de Marx “Formaciones económicas precapitalistas”, al hablar de “las tribus indias salvajes de América” el autor dice, en pág. 20: “la tribu considera que determinada región constituye su territorio de cacería y lo conserva por la fuerza frente a otras tribus o procura expulsarlas del territorio que reclaman”. Del conjunto de las reflexiones de Marx se deriva la conclusión de que las condiciones de vida de los cazadores-recolectores difieren en tal grado –no hay juicio de valor, sino un dictamen– de las que rodean al agricultor que hacer del primero un productor agropecuario exige superar hábitos de vida muy arraigados, lo que hace incierto el resultado de la empresa. La resistencia al cambio es identitaria ¿acaso nosotros responderíamos mejor en el caso inverso?

4) S. Assadourian, C. Beato, J. C. Chiaramonte, Argentina, de la conquista a la independencia, pág. 82, Hyspamérica, 1986.

5) Carlos Martínez Sarasola, Nuestros paisanos los indios, pág. 357, Ed. Del nuevo Extremo, 2012. El autor dice no tener “ánimo de justificar la violencia de ningún lado”, pero a renglón seguido usa un argumento que muestra su parcialidad. La contradicción deriva de considerar al criollo como un “intruso” en “el territorio indio”. Metafísicamente, se otorga al araucano, también un migrante, un derecho que “el blanco” no tendría, aunque llevara en América 300 años. No se advierte lo endeble de esa posición; basta con recordar que la     migración es constante en la historia humana y animal; el avance araucano sobre las tribus primitivas de la Patagonia argentina hace caer esa defensa del “pueblo originario”, tanto como la expansión de los incas y los aztecas. Los españoles, como sabemos, usaron la voluntad de enfrentar a los incas y los aztecas de pueblos que éstos habían sometido.

6) Ingrid de Jong, Facciones políticas y étnicas en la frontera: los indios amigos del Azul en la Revolución Mitrista de 1874. La autora cita un juicio de Teófilo Gomila, en un trabajo de mucho valor para comprender el complejo mundo de “las fronteras”. Todo el relato de la intervención de los catrieleros en el alzamiento mitrista, incluido el asesinato de Cipriano Catriel, indica con claridad que las relaciones entre la sociedad criolla y los indios no pueden esquematizarse del modo habitual en los enfoques indigenistas.

7) Coronel Juan Carlos Walter, La conquista del desierto, pág. 771. Ed. del Círculo Militar, Buenos Aires 1964. Citado por Jorge Abelardo Ramos, Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, Tomo II Del patriciado a la oligarquía, pág. 96, Editorial Plus Ultra, 1973.

8) Alfredo Terzaga, Historia de Roca, Tomo 2, pág. 20, Peña Lillo, 1976.

9) Alfredo Terzaga, Ibídem, pág.103 a 113.

10) Álvaro Barros, Fronteras y Territorios Federales de las Pampas del Sur, Hachette, 1975.

11) Alfredo Terzaga, Ibídem. Ver en su Apéndice la carta de Roca, dirigida a Alsina, el Ministro de Guerra.

12) Carlos Martínez Sarasola, Ibídem, pág. 707. El autor, investigador concienzudo del mundo indígena, no parece odiar particularmente a Roca. Es más bien un indigenista genérico, cuya proximidad o simpatía hacia los pueblos originarios se basa en creer que estos tenían una inocencia virginal y los blancos eran ambiciosos y crueles. Estos “blancos”, desde luego, son una abstracción; se elude el análisis de la actitud que tenían los criollos pobres hacia el poblador de los toldos.

13) Yrigoyen fue diputado roquista en el 80 y en dicha ocasión voto por federalizar la Ciudad, la Aduana y el Puerto de Buenos Aires. En otro momento, dijo que hacerse mitrista era “como hacerse brasilero”, aludiendo a la guerra de la Triple Alianza.

14) Marcelo Valko, Los indios invisibles del Malón de la Paz, Sudestada, 2007. La valoración de Valko contrasta con la expuesta por Martínez Sarasola. Entre el fanático y el investigador no hay un acuerdo pleno. Valko señala a Mitre como el victimario del Paraguay, donde los cálculos más serios –él no los menciona– arrojan la friolera de 300.000 muertos, el 70% de la población masculina. No obstante, fiel escudero de Bayer, Valko solo pretende derribar monumentos que honran a Roca y, sin pudor, jamás sugiere derribar estatuas o rectificar el nombre de una calle que rinda culto a Mitre.

15) Es curioso que pocos vieran que el final, para las tribus, estaba próximo. En Buenos Aires, ya iniciada la Campaña del Desierto, era mayoritaria la creencia de que la lucha contra los indígenas sería prolongada. Algunos decían que había que prever “tres siglos” de conflicto, para concluirla.

16) Este tipo de alegatos, firmados por Bayer, con frases pueriles sobre “el triunfo final de la ética en la historia”, llegaban desde Alemania a Página 12. Ángela Merkel, a juzgar por los artículos publicados en el diario, era valorada por su autor. Para un cipayo anarquista, por lo visto, una europea imperialista es más estimable que un populista sudaca.

17) Hugo A. Santos, Lasserre, Roca y la soberanía en la Patagonia Austral, Revista Política 3, Marzo 2007.

18) Eduardo Wilde, Los descamisados, en https: //es.wikisource. org/ wiki/Los_descamisados

19) Un análisis estricto y esclarecedor del agotamiento final del ciclo roquista y la integración de sus cuadros en la oligarquía “nacional”, algo que alcanza ya plena madurez al final del siglo XIX, puede leerse en la nota Roberto Ferrero “De los Juárez a Sabattini”, http:// www. formacionpoliticapyp.com/2014/07/de-los-juarez-a-sabattini/

20) Al Partido Autonomista Nacional concurren en el 80 fuerzas y figuras de filiación federal, que se sienten interpretadas por esa nueva formación, que vence al mitrismo en las luchas en que se resuelve la federalización de la ciudad y el puerto de Buenos Aires. 21) Un ejemplo modélico es el respaldo al “gobierno mapuche en el exilio” por Gran Bretaña. https://www.infobae.com/politica /2017/ 08/08/the-mapuche-nation-el-pueblo-originario-con-sede-en-bristol-inglaterra/

22) León Trotsky, Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina, Ed. Coyoacán, 1962.

23) Jorge Abelardo Ramos, El partido comunista en la política argentina, pág. 93, Coyoacán.

24) Azul Picón. La cuestión nacional, La Izquierda Diario N° 8, Abril 2014, la autora es del PTS. Para una crítica de esta posición ver http://www.formacionpoliticapyp.com/2015/07/la-cuestion-nacional-en-el-pts-de-leon-trotsky-a-ruben-patagonia/

25)José Stalin, El marxismo y el problema nacional, Editorial Problemas, 1946. La obra fue escrita bajo la inspiración de Lenin, en 1912, lo que no es un dato menor.

26) Una exposición específica del tema en Roberto A. Ferrero, Ni hispanismo, ni indigenismo. http://www.formacionpoliticapyp.com/ 2014/04/ni-hispanismo-ni-indigenismo/