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LA IGLESIA Y EL CAPITALISMO SENIL

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Es una posibilidad –nos desafía a reflexionar sobre las razones que impulsan uno de los virajes más sorprendentes de los últimos años– que la discordia que advertimos entre el papado de Francisco y los voceros del stablishment global y latinoamericano, lejos de ser un fenómeno temporario, con  la personalidad intelectual y el empeño de Bergoglio como motor principal, esté manifestando una incompatibilidad más profunda entre los patrones que informan a la Iglesia Católica y los rasgos que caracterizan al capitalismo actual. Éste, sobre todo en Occidente, exhibe el dominio del capital  financiero y la especulación sin freno, el traslado de industrias a sectores de la periferia, la ruina creciente del Estado de Bienestar, con precarización del trabajo y desocupación crónica, ante todo juvenil. En esas condiciones, el régimen actual es incapaz de brindar a la población, si prescindimos del ínfimo núcleo parasitario, un orden de cosas más o menos estable, que permita adoptar, como corolario, esa visión conservadora que fue típica del mundo avanzado; vale decir, de aquéllos que  viven en los centros imperialistas. La desaparición de esa estabilidad, inclusiva y gozosa, podría asociarse con la crisis de la familia y los valores tradicionales, el arribo de la inquietud y el temor al futuro y la búsqueda compensatoria del goce inmediato y “el crepúsculo del deber”, como actitud ante la vida.

En realidad, aunque el cuadro descripto muestre asociados todos esos rasgos, la gestación de los valores a que hacemos referencia fue menos lineal. Las inclinaciones hoy vigentes, que reflejan los ensayos de Gilles Lipovetsky, fueron generándose más atrás, durante el período que simbolizaron Los Beatles y el Mayo Francés, con la ola antiautoritaria e iconoclasta de los 60, en el estadio de madurez del Estado de Bienestar. En ese marco, “hacer el amor y no la guerra”, en las juventudes del primer mundo, cumplía una doble función política: enterraba  los vestigios del orden patriarcal y su “rigidez moral” hipócrita, desacralizando visiones caras a la burguesía, y servía para negarse a ser carne de cañón en las guerras colonialistas de los países respectivos, como era el caso, durante Vietnam, en los EEUU. Los izquierdistas, con un optimismo quizás ingenuo, pensábamos que esas rebeliones horadaban bastiones del mundo burgués, al cual se atribuía incapacidad para convivir  con la “libertad sexual” y una familia no patriarcal; de modo general, con  una cultura no alienada al patrón moral de la religión cristiana. Esa presunción, es notorio hoy, era una fantasía de aquella generación, heredera a su vez de ideas libertarias anteriores, que veían a la familia y a la religión, como pilares imprescindibles del orden burgués.

La Iglesia tradicional y el orden burgués

Ciertos aspectos quizás primitivos de una visión que compartieron los liberales revolucionarios y el pensamiento de izquierda –ineptos para advertir algo menos superfluo que “la barbarie heredada” en las motivaciones que explican el sentimiento religioso– no implican que sus combates contra la Iglesia carecieran de una justificación dictada por el rol que aquélla cumplía en la defensa de un sistema opresivo y explotador. Ése fue el papel de la Iglesia, en todo el mundo y en nuestro país: ser un puntal del conservadorismo social y político. La expansión global del capitalismo europeo, cabe recordar, contaba con el auxilio, proveedor de legitimidad, de una acción religiosa supuestamente civilizatoria, en todos los continentes. Era la faz teísta de “la pesada carga del hombre blanco”, con la cual Kipling, quizás sin ser un vulgar cínico, enmascaraba los móviles del colonialismo inglés de la era victoriana. Alfredo Terzaga, en un breve ensayo de 1966 (1), nos lo decía claramente, siendo pionero, al mismo tiempo, en observar la aparición de lo que sería más tarde el cristianismo social o tercermundista. Recordaba, entonces, la alianza con el mitrismo para enfrentar a Juárez Celman y el papel de los clericales y la jerarquía eclesiástica en los preparativos y la consumación de la mal llamada Revolución Libertadora. Tan fuerte era esa tradición, advertía el autor, que los sacerdotes jóvenes y la fracción de la jerarquía que quería impulsar las posiciones postconciliares enfrentaba  la resistencia de un laicado conservador (y desde luego, a otra fracción de la cúpula eclesiástica), habituado a ver en la militancia clerical un aliado fiel. La historia posterior, el desempeño de los curas del Tercer Mundo, en el país y Latinoamérica, es conocido, como un capítulo de las tragedias del continente  y sería materia de otra reflexión.

Si importa recordar que, como es sabido, aquel viraje formaba parte  de uno mayor, representado globalmente por el papado de Juan XXIII y el famoso Concilio Vaticano II; que desconcertó a varios,  en nuestro país y en el mundo entero. Pero resultaba comprensible, para los no creyentes, frente a ciertos vuelcos en la situación global que impulsaban indudablemente una reorientación, dictada por la necesidad de adecuar a la Iglesia a lo que amenazaba con ser un nuevo orden.

Por extraño que sea para las nuevas generaciones, pocos apostaban al futuro del capitalismo, en el momento aquel. Su retroceso parecía ser irreversible, luego del triunfo de la Revolución Cubana, con la derrota norteamericana en Vietnam a la vista, y el vuelco cultural representado por el auge del pacifismo en los EEUU y el Mayo francés, que parecían anunciar el desplazamiento del  futuro  hacia la revolución y el socialismo. No obstante, como es de presumir tratándose de la Iglesia, esas tendencias no suponían más que un nuevo equilibrio o relación de fuerzas, sin suprimir corrientes de signo contrario, que se verían representadas, durante el largo proceso de la descomposición del campo del “socialismo real” y la recuperación de la fuerza del imperialismo mundial, con Reagan y Thatcher, por el Papado conservador de Juan Pablo II.

El Papado de Francisco y el capitalismo senil

El periodo anterior a la consagración de Francisco fue signado por el desprestigio fenomenal que significó para la Iglesia las escandalosas denuncias de crímenes sexuales que involucraban al clero y la jerarquía eclesiástica y otros sucesos, también vergonzosos, relativos a los manejos financieros del Vaticano, completamente reñidos con la moral cristiana, y con la imagen, verdadera o fingida, que debe guardar una institución religiosa para ser creíble. Revertir ese deterioro es una razón de la elección de Bergoglio para presidir la Iglesia, sin duda. Pero tenemos la impresión de que no fue eso todo lo que se esperaba del nuevo Papa: no es razonable pensar que su frontal choque con los valores y la lógica del capitalismo actual sea únicamente una “empresa personal”, sin sustento en corrientes internas poderosas, surgidas en por lo menos una fracción de la jerarquía vaticana.

Empecemos por decir que sólo una gran torpeza –mucho más probable es que se trate de mala fe,  acompañada por la voluntad de distorsionar las cosas– puede atribuir la orientación del Papado al “partidismo” (peronista) del “argentino” Bergoglio, que subordinaría la acción y la perspectiva del Vaticano a juegos de entrecasa; suposición que, entre otras cosas, importa una subestimación casi ridícula de la capacidad intelectual, el equilibrio psicológico y el talento, la astucia y la visión global de una gran figura del catolicismo moderno, que se destaca entre sus pares del último siglo. Creer, o sugerir, que adquirió su visión en Guardia de Hierro es una estupidez que define al autor, como un “cabeza de perro”, pero no ayuda a comprender a Bergoglio. Intentemos buscar explicaciones menos triviales en otro lado.

El capitalismo senil ha probado su aptitud para transformar ciertas banderas del antiautoritarismo y las libertades individuales de las generaciones antisistémicas de la segunda mitad del siglo XX, en la medida en que fueron conquistas históricas, en instrumentos de dominio. Es que, salvo cuando se trata de disciplina laboral y de las sagradas prerrogativas de la propiedad privada, la elasticidad burguesa no tiene límites. Todas las demandas que tuvieron relación con “la libertad sexual”, y los valores morales de la sociedad tradicional se integran en definitiva al ideario, llamémosle así, del individualismo extremo… que es connatural al universo burgués. Algunos rasgos del hedonismo de los estudiantes del Mayo Francés “vienen bien” para descalificar la solidaridad y el heroísmo como virtudes, aunque las exigencias militares en la guerra colonial deban atenderse con empresas de mercenarios, que nunca usarán el fusil contra sus amos. Es una ganancia no menor. Minúscula, sin embargo, si resulta posible imponerla también en el mundo periférico, para desalentar sus luchas: una rebelión anticolonial y social exige un esfuerzo colectivo sostenido, con el involucramiento de los sectores intelectualmente activos y de la juventud, en particular. Para advertir qué se gana con la sugestión a elegir “gozar de la vida, sin enroscarse”, basta imaginar qué consecuencias hubiese tenido para las luchas de liberación del pueblo vietnamita que la consigna más celebrada del Mayo francés, “hacer el amor y no la guerra”, se hubiese impuesto a su población joven, como supremo mandato (8). Pero, no es todo, ni mucho menos.

El capitalismo fordista, y con mayor holgura el Estado de Bienestar, prometían a sus comunidades un futuro cierto, sólo condicionado al “trabajo duro” y un modo “disciplinado” de vivir la vida. Esa expectativa era realizable en los países avanzados. Pero, aun en la periferia, siempre que se tratara de las economías denominadas “de desarrollo medio”, como la Argentina, podía concretarse; con menos pretensiones, pero también exitosamente, para una buena parte de las grandes mayorías. Éstas luchaban “sólo” por el ascenso social. La cacareada postmodernidad es diferente. Ofrece tan sólo trabajo precario, incertidumbre previsional y alta desocupación, especialmente juvenil, en un horizonte donde el avance de la robótica amenaza seriamente con destruir las bases del trabajo humano. En ese marco, ¿cómo podría el capitalismo senil sustraerse a la tentación de  “vendernos humo” y salir de la escena, tras entretener al público. Para ese fin, nada mejor que alimentar en los jóvenes la ilusión de que, si los acompaña el ingenio, pueden ser todos un Steve Jobs. Y, caso contrario, sin esforzarse y “desestructurados”, “vivir la aventura y el goce inmediato”, sin dejarse atrapar por la obsesión de prever. En ese marco, quizás sin advertir cómo se adecua semejante idea con las necesidades tácticas del orden establecido, no es un mal consuelo concluir, imitando a John Lennon, que “la vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes”.

 Conclusiones provisionales

Suele decirse que el capitalismo  de la globalización está preñado de graves contradicciones, pero carece de oponentes aptos para cuestionar su perdurabilidad en el tiempo. Presumiendo realismo, esta conclusión subestima los factores dinámicos de la situación, junto con los signos de una crisis crónica y, quizás el error más importante, cree que China y la Rusia actual son parte del sistema, lo que supone ignorar la naturaleza del sistema, en el primer caso y en ambos las contradicciones con los centros imperialistas. No podemos, en este momento, tratar esos temas, que nos llevarían lejos de los propósitos de la nota. Es más, omitimos hablar del conflicto estructural entre el bloque imperialista y el mundo periférico, que tampoco es un sujeto pasivo respecto a definir hacia dónde vamos. En este momento, nos interesa solamente explicitar nuestra impresión de que la tendencia  representada en la Iglesia por Francisco parece dudar del futuro del capitalismo, por lo menos del que tiene hoy vigencia entre los centros avanzados, con la dictadura de las finanzas y las políticas neoliberales que la acompañan necesariamente.

Pero así es el capitalismo senil, al que nada ni nadie podrá devolverle la vitalidad juvenil.

Con los elementos apuntados más arriba, intentemos reflexionar sobre los cálculos o impresiones que impulsan al Vaticano a comprometerse explícitamente con los que impugnan la actualidad, sin que pueda advertirse, como ocurría al final de la década del 60, un oponente capaz de derrotar al capitalismo e imponer al planeta un orden distinto.

El primer motivo que lleva a la Iglesia a poner en duda la consistencia del sistema, a nuestro juicio, deriva de los rasgos que caracterizan a los sectores que lideran al mismo, cuya visión de sí mismos y cuyas relaciones con el orden que sostiene su predominio los exhiben más próximos a una banda de salteadores que a un clase dispuesta a construir un futuro que los tenga por amos, pero en el cual se atiendan los intereses del esclavo. Las consecuencias de esa conducta son muy notorias en los propios centros del imperialismo mundial, con la deslocalización industrial impulsando a la baja las exigencias salariales, la precarización del empleo y los servicios públicos, el uso de los “ilegales” para extorsionar a los trabajadores y la desocupación creciente, que marginaliza a la juventud y las mayorías no especializadas a la zozobra constante. La seriedad, la previsión y la construcción de un orden, fáctica y metafóricamente, han emigrado a China y otras áreas de la periferia del sistema, la mayoría ajenas a los lugares donde se asienta la religión cristiana.

Al mismo tiempo, íntimamente asociados con la imprevisión y la búsqueda de resultado inmediato en la especulación, lejos de la producción y el trabajo como soportes, el sistema practica y postula la amoralidad explícita, como actitud ante la vida y como reflejo de una mercantilización universal, que aunque recuerda a las previsiones del Manifiesto Comunista, amenaza con desintegrar todo lo que resta de lazos basados en valores humanos. Las apuestas “al caos” en la periferia semicolonial, las guerras que se libran con mercenarios y drones, muestran no sólo la crueldad del orden, sino la desintegración que lo carcome interiormente y lo priva de toda legitimación y futuro, salvo que se trate de una barbarie sin límites. Es sintomático que este tipo de “empresas” ni siquiera pretenda buscar justificación moral o religiosa medianamente verosímil, sustituyéndola por el bombardeo del sistema mediático que, sea cual sea su eficacia inmediata, sólo es capaz de aturdir a los tontos y desatentos del montón, pero no de construir una plataforma ideológica digna de su nombre.

En ese contexto, la discordia entre la faz decadente del capitalismo y las instituciones religiosas que pretendan sobrevivir como visiones universales proveedoras de sentido podría resultar fatal e  irremediable, a menos que estas últimas renuncien a los rasgos que caracterizaron su presencia en la historia del hombre, como fuerzas conservadoras del orden social, que procuraban no obstante representar la universalidad  de un modo congruente con un sistema de ideas, para ser solamente un taparrabos del bandidaje que usufructúa el sistema antes del diluvio.

Córdoba, 31 de marzo de 2018

Notas:

(1) La Iglesia y la Revolución Argentina, por Manuel Cruz Tamayo -(Alfredo Terzaga) – IZQUIERDA NACIONAL N° 4 – marzo de 1967

LA CUESTIÓN DE CATALUÑA Y LOS SEPARATISMOS EUROPEOS

 

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Las reivindicaciones independentistas que se plantean en el seno de diversos países de la Unión Europea (hoy es Cataluña, pero Escocia discute su separación de Gran Bretaña, la Padania de Italia, entre más casos) no deberían suscitar entre nosotros, latinoamericanos, una corriente de simpatía o solidaridad hacia ninguno de los bandos de aquellas disputas. Y no sólo por la elemental razón de que se trataría de “amores no correspondidos”, como fue notorio durante la crisis del 2001 (1). En aquel momento, al presidente español sólo le preocupaba que las empresas de servicios que las privatizaciones menemistas dejaron en manos de capital ibérico no fuesen afectadas por la pesificación de las tarifas: ¡nuestras mayorías peleaban para seguir comiendo, pero Aznar quería tarifas dolarizadas! El lobby español, en simultáneo, pugnaba por suprimir la soberanía monetaria del país y, asociado a otros pulpos del capital extranjero, quería hacer del dólar la moneda vigente, de modo que sus ganancias tuvieran mengua. Y en ese punto, crucial, los políticos del “socialismo” peninsular no difieren de Aznar y Rajoy en ningún sentido.

 Es que ocupando un rango menor, España forma parte del imperialismo mundial, participando del saqueo que victima al país, a la América Latina y, en general, a las semicolonias de la periferia del sistema. En consecuencia, podría decirse que sus problemas internos y todo lo que  debilita el poder de los centros, tiene como resultado facilitar nuestras luchas por liberar al país y los pueblos hermanos.  Pero, para formarnos un juicio fundado en razones intraeuropeas, libres de prejuicios y de la influencia que ejercen en nuestro país las afinidades culturales –deberíamos canalizarlas a favor de los pueblos, no de un sistema que también los oprime– necesitamos examinar  y valorar  objetivamente dichos “nacionalismos” y establecer las causas de su transformación reciente, que los hizo activos y movilizadores de multitudes, después de permanecer en estado latente durante mucho tiempo. Para ello, creemos, sin ignorar que existen esas raíces históricas, hay que situarlos concretamente –separatismos en naciones asociadas al Mercado Común Europeo– sin asimilar su emergencia a otros fenómenos superficialmente parecidos, también actuales, de otras latitudes y diferente contenido.

Vaya, para sustentar ese distingo, un caso que nos impacta de lleno, como integrantes de la nación latinoamericana balcanizada: la destrucción de Yugoslavia, proceso en el cual no cabe pensar en un agotamiento de los fines históricos del Estado-nación. En el país unificado bajo el liderazgo de Tito, el Estado federal no era un freno para el desarrollo nacional, sino, por el contrario, lo hacía posible. Su crisis fue desatada, fundamentalmente, por los procesos relacionados con las falencias del sistema del “socialismo real”, cuya implosión alimentó las tendencias a la balcanización –opuso  entre sí los “nacionalismos inviables” de vieja data– que, alimentadas por el imperialismo mundial, cumplieron su propósito de descuartizar a la nación e imponer al conjunto un status semicolonial.

En todo conflicto se encuentran presentes fuerzas globales y los casos que motivan esta reflexión no son desde luego una excepción. Pero puede decirse que en todos ellos–Cataluña responde al mismo patrón escocés o padano, con la única salvedad de que hoy Escocia se encuentra afectada por el Brexit– prevalece notoriamente un impulso interno, aupado por la existencia del Mercado Común Europeo, que privó de sustancia a los Estados nacionales y alimenta separatismos que se remontan a las vísperas de la nación burguesa; de aquél marco nace la ilusión de que la “nación” catalana, escocesa o padana pueden constituirse con costo cero, y por qué no, hasta con ganancia indirecta, al liberar a “los prósperos” de parientes pobres, sin resignar el acceso a esa circulación mercantil sin trabas que les brindaba antes el mercado nacional (España, Gran Bretaña, Italia, etc.) ¿O acaso cabe imaginar a Cataluña pugnando por perder el mercado español, si la independencia significara resignar el acceso al mercado europeo, amenaza que esgrimen, ahora, los socios de España, para respetar elementales reglas de juego? Sin ignorar la existencia y el peso del “espíritu nacional”, ya que el conflicto viene de lejos y es indudable la existencia de rasgos que conforman una identidad, nos permitimos apostar al desaliento que generará sobre el ánimo de los catalanes el cambio de sede desde Barcelona a Madrid de unas 100 empresas, cuyas casas matrices estaban en Cataluña, para no hablar de las claras definiciones de Alemania y Francia, que los conminan a mantenerse unidos a España o quedar fuera del Mercado Común. Estos datos, sin embargo, sólo dan cuenta de tensiones internas creadas a partir del conflicto mismo, sin explicar su naturaleza y darnos una noción de su sentido histórico y las claves para llegar a la cuestión de fondo.

A nuestro entender, el enigma fundamental desaparece al recordar que la creación del Mercado Común y la Unión Europea fue una tentativa, dentro de los marcos de la sociedad burguesa, de superar la estrechez del mercado nacional, asociar a las viejas naciones europeas a una plataforma mayor, evitar la reiteración de los viejos enfrentamientos que los llevaron a la guerra y pugnar en común, bajo el liderazgo inevitable de los EEUU, pero creando un contrapeso de cierto volumen, dirigido a conservar una cuota cierta de poder global. Pero es notorio que esa empresa acarreaba una dilución de los Estados nacionales, con amplia cesión de poderes estaduales, sobre todo en el ámbito de la política económica, con la creación del euro y el Banco Central Europeo. En cierto sentido, esa pérdida de poder por parte de las naciones pone en entredicho al Estado-nación y lo torna en algún grado artificial, con el agravante que supone, en las últimas décadas, la dictadura implacable del capital financiero y, como correlato político, las imposiciones de Alemania. Esta, al calor de la crisis global del capitalismo y, particularmente, la deslocalización industrial que en las últimas décadas a transformado a China en el taller del mundo, cuida con mezquindad sus propias industrias, en el marco del parasitismo y la descomposición del resto.

Alemania arriesga, por ese camino, la unidad europea, pero, ¿tiene acaso mejores opciones, en el marco de la crisis global del capitalismo, con la emergencia de China disputándole posiciones en el mercado mundial y el aventurerismo norteamericano creando tensiones en todos los frentes? Esta realidad, sin embargo, pese a la notoria degradación europea, no es asumida de modo consciente     en sus poblaciones y en sus elites, que acusan los síntomas, pero no parecen buscar una respuesta en la superación del sistema, cuya ruina acompaña un proceso de disgregación y decadencia sin fin de la vieja socialdemocracia, un creciente poder de formaciones xenófobas y racistas, y la confusa o inmadura presencia de nuevas tendencias de populismo de izquierda, que no logran superar, por el momento, la crisis del pensamiento transformador europeo.

En dichas condiciones, aunque las reglas de juego impongan a las naciones de la Unión Europea el rechazo a la secesión (el peligro del contagio podría afectar la unidad alemana, pese a la fuerza de sus tendencias centrípetas), ¿qué progresividad podría esperarse, en sentido histórico, de estas “naciones”, en el contexto de la crisis de la Europa burguesa? A nuestro juicio, nunca ha sido tan cierto aquello del retraso con que los hombres adquieren conciencia de su tiempo. La ceguera se nos antoja el patrón compartido por todas las tendencias del viejo mundo. Es notable que Artur Mas, ex presidente de la Generalitat de Cataluña, advierta que la independencia no afectará los “compromisos con la OTAN” y que hará lo mismo si se trata de España o “las regiones más pobres de la Unión Europea”. Evidentemente, se postulan como soldados del capital financiero y el Orden global, sin la menor pretensión de enfrentar esa dictadura, con liderazgo alemán, que conduce a las poblaciones de los viejos Estados-nación, incluida Francia, con sus tradiciones de lucha y fuerza sindical, hacia abismos crecientes. No obstante, tampoco se advierten razones para considerar que la integridad nacional sea en la Europa del Mercado Común una causa digna de ser defendida, en nombre del presente y el futuro social. En realidad, aunque no se avizoren fuerzas subjetivas para emprender esa tarea, el capitalismo europeo ha dado de sí, tras extenderse a la periferia, todo lo de progresivo que estaba en sus posibilidades y la sobrevivencia de las conquistas que su población obtuvo, depende, ahora, de que dicho sistema sea finalmente enterrado, con todos los honores, pero sin ninguna vacilación, con la nación burguesa que lo hizo crecer.

El proletariado catalán luchó en la vanguardia del pueblo español, en viejas batallas. La burguesía catalana, protagonista mezquina de una “voluntad nacional” que quiere liberarse del pobrerío del sector más atrasado de la península, es incapaz de hacer otra cosa que colocarse bajo el zapato de Ángela Merkel y el Banco Europeo. El contexto en cual florecen estas “naciones”, eclipsadas por el desarrollo de las naciones viables, es otoñal y las hace anacrónicas. Desde la periferia semicolonial, en particular desde la Argentina, tributaria secular de la cultura europea, esto resulta tan evidente como la decadencia general que aflige a Europa, que la invalida para proveernos, como esperaba nuestra gente en tiempos pretéritos, de ideas y proyecciones, aún cuando debiéramos adaptarlas a nuestras condiciones, para no errar. En este sentido, es relevante, como síntoma, que las nuevas formaciones de izquierda europea busquen orientaciones en modelos latinoamericanos, en figuras como Hugo Chávez o Ernesto Guevara, invirtiendo la dirección de las búsquedas tradicionales, que pretendían hallar en aquellos centros respuesta a la pregunta de qué hacer. Es un giro harto significativo.

Córdoba, 12 de octubre de 2017

Los gurúes, los medios, las identidades políticas y la autocrítica del movimiento popular

Perón hablando

Los asesores de imagen, “expertos” electorales y tutti quanti, son una novedad de las últimas décadas. Y es un lugar común, en estos días, creer que pueden obrar “milagros”, un ejemplo de lo cual sería el triunfo de Mauricio Macri contra Daniel Scioli, en el 2015. Esta presunta eficacia, a su vez, probaría que el modo tradicional de hacer política es obsoleto, ante las “nuevas técnicas”. Del mismo género, pero con base en teorías de filiación izquierdista, es una visión que sostiene que los  medios de comunicación masiva no son, como siempre creímos, un factor importante en la lucha política, sino mucho más: su poder les permitiría anular la aptitud del ciudadano común de asumir posiciones valiéndose de sí mismo y, al modo orwelliano, le lavarían el cerebro. Así, contrariando lo que sus ojos ven, en contacto con la realidad, lo arrastrarían a votar contra su propio interés, y respaldar al stablishment, del que aquellos son voceros y parte. Aunque no se lo explicite, esa visión impone la idea de una omnipotencia del sistema, al atribuirle la capacidad de sugestionar al público y lograr que vote de un modo masoquista, como un zombi, o un suicida.

Este supuesto, que tiene hoy más adeptos que nunca, debe ser cuestionado, a mi entender, para distinguir entre la cuota de verdad que contiene y una “explicación” abstracta llena de prejuicios, que oculta en verdad más de lo que muestra, nos induce a error y siembra el pesimismo, lo quiera o no. La verdad, se ha dicho, es siempre concreta, determinada, viviente. Y aquí estamos frente a una abstracción que, dando por sentado  lo que debe explicar,  no examina el momento que viven las mayorías, en su relación con la política. El propósito de esta nota es llevar a cabo esa tarea, con el fin de probar que un análisis desprejuiciado muestra que la ceguera que se atribuye al elector, al menos en lo que se refiere a las mayorías populares, es en realidad una respuesta cuyos motivos obedecen a las contradicciones que afligen al sistema político y los liderazgos presentes. Además de errar, en consecuencia, la interpretación que cuestionamos sirve de “taparrabo” de un déficit de representación y conducción política, transfiriendo la responsabilidad de las elites partidarias al argentino de a pie, que, si bien es permeable al bombardeo de los medios, tiene también otras referencias, mucho más ligadas a su experiencia directa, y a los procesos políticos que ha vivido el país.

Empecemos por los gurúes. En su caso, nuestra principal objeción a la remanida creencia consiste en que ignora las condiciones puntuales en que se aprecia el trabajo de los supuestos hechiceros. Nos referimos, es claro, al “momento” histórico.  Al tenerlo en cuenta (algo que debiera ser obvio para el análisis, pero no lo es) se advierte que el  “asesor” luce eficiente en un marco signado por una dilución de las identidades políticas. Como fue notorio al estallar la crisis del 2001 (“que se vayan todos”), hoy las fuerzas tradicionales tienen una débil relación con sus bases, que fluctúan permanentemente; han dejado de ser un cliente “cautivo”. Las oscilaciones del electorado son la nota de estas décadas. Su “fidelidad” es escasa, la predisposición a distanciarse de las formaciones tradicionales es muy alta y la opinión se reorienta permanentemente, bien o mal, acusando los efectos de una crisis de la representación que no concluirá hasta que no se reconstituyan las identidades partidarias, por una renovación de las fuerzas mayoritarias. Por el momento –en ese marco operan los gurúes y adquieren valor sus espejitos de colores– vivimos en la dilución de la filiación política de las grandes masas. Se trata, es verdad, de un fenómeno que traspasa las fronteras del país; es crónico en la Europa de las últimas décadas y en otras realidades del mundo actual. No obstante, esto no deriva de una esclerosis en “las formas”, sino, por el contrario, en las ideas y programas. Y tanto en la Argentina como en otros países, es posible analizar situaciones que difieren de ese cuadro, en épocas próximas y aún en nuestros días. En la Argentina, esto no ocurría en tiempos de Alfonsín; a lo sumo veíamos una renovación del peronismo, disparada por la derrota de 1983. Tampoco es el caso de la Venezuela actual: para bien, o para mal, en el país de Chávez es ínfimo el sector  que no se identifica con algún bando. Las maniobras tácticas lícitas o no, incluido el uso del terror político, muestran una situación extrema y peligrosa, pero con bloques antagónicos muy definidos, y hasta fanáticos, ninguno de las cuales respondería a las sugestiones de un Durán Barba. Y en la Argentina, reiteramos, cuando peronistas y radicales eran hegemónicos, no había lugar para la “creatividad” huera que sustituye hoy el “olfato político” y la aptitud para seducir a las grandes masas. Un político de raza, como Alfonsín, conocedor de su público y de la “fragilidad” que arrastraba desde la etapa isabelina el adversario a vencer, sabía qué decir del Proceso –ignorar, por ejemplo, la complicidad de la UCR con Videla, macanear sobre un supuesto pacto militar-sindical, etc.  Sin gurúes, era más “creativo” que Durán Barba. Pero el pueblo, en aquel momento, era capaz de ocupar las calles con grandes actos: así ocurrió con el peronismo cordobés: iba a perder las elecciones, pero no obstante cerró su campaña estimulado por el fervor de 90.000 personas, que llenaban de punta a punta la Chacabuco-Maipú (10 cuadras de una gran avenida) (1).

La NaciónAlgo similar debe decirse de los medios de comunicación masiva. Sería necio desconocer su poder, que les otorga un lugar entre los “aparatos ideológicos” que sostienen el sistema. El general Mitre no fundó La Nación por un capricho. Necesitaba respaldar el genocidio del interior y el Paraguay, que resistían los designios oligárquicos e ingleses. Por algo se dice que una clase dominante ejerce también el dominio ideológico. Pero esta verdad de tipo general, debe ser acotada de un modo firme. Porque dicho poder no es incontrastable y se suele tornar completamente ineficaz en los momentos decisivos, cuando las grandes masas adquieren la conciencia de sus propios fines y si tienen al frente una dirección capaz de dar la batalla de ideas y programas, los llevan al triunfo. Así ocurría con el Comandante Chávez, que el sistema de prensa no pudo desacreditar, pese a contar con casi todos los medios. En la Argentina, por su parte, el General Perón hizo su campaña de 1946 con enormes desventajas en ese sentido y los venció. Lo mismo cabe decir de la crisis del 2001: los medios eran, como siempre, voceros del bloque imperialista oligárquico. Pero la experiencia social pudo más: careciendo de conducción, ante la crisis, atronó las calles repudiando la capitulación de las fuerzas tradicionales, que habían sido más sensibles al poder establecido que al mandato del pueblo. La virtual unanimidad del sistema de partidos en la entrega del país, con el respaldo global del mundo imperialista y la propaganda cómplice de los grandes medios fue descalificada allí por la acción popular, actuando con el apoyo de lo que los hechos le señalaban, las consecuencias terribles de aquellas políticas. No había, dijimos, fuerzas capacitadas para encauzar la rebelión políticamente. A pesar de eso, la realidad se impuso, en aquél marco de orfandad política, que explica el deseo de que se vayan todos, como el único cambio que la multitud era capaz de parir, dada su carencia de una representación política apta para darle un objetivo mayor. Aún así, con esos límites, la vida se impone al “discurso” de los mistificadores, aunque se debe añadir que el desmoronamiento ideológico de la militancia popular prolonga en exceso y con resultados fatales el padecimiento de los oprimidos.

La ideología dominante, con el concurso de los aparatos puestos a su servicio, son un factor en la lucha de clases que da ventajas al bloque de poder, pero no puede suprimir el conflicto. Y, desde el punto de vista de la causa popular, la experiencia social siempre opera a favor de la conciencia de los sometidos. Sin embargo, las contradicciones y debilidades del liderazgo popular obran como un factor que facilita las cosas a la ofensiva contraria; aspectos secundarios, errores y límites de un gobierno popular generan, en el seno del pueblo, conflictos y confusión, desánimo y apatía, y una predisposición a secundar campañas destinadas a quebrar el bloque de clases nacionales; aceptar, por fin, los cantos de sirena de los chupasangres de siempre. Podría decirse que hemos atravesado por estos procesos en cada crisis del movimiento de masas: en 1955, en 1976 y en el 2015. Cuando en el campo propio se alimenta la depresión, siempre se promueve, simultáneamente, se lo quiera o no, un éxodo de fragmentos que antes conformaban parte de nuestras fuerzas hacia el campo enemigo, como se verificó antes de la “revolución libertadora” con la (desatinada) conducción del conflicto con la Iglesia.

Ficción orwelliana, pesimismo político y reticencia a la crítica

1984Consecuentemente, la imagen de los medios como entidades omnipotentes y de los gurúes como especialistas capaces de manipular a la opinión pública tiene, fuera de los que lucran vendiendo el servicio, otros beneficiarios, conscientes o no. Para adentrarnos en el tema, creemos, es necesario advertir el pesimismo que implican estas creencias. Efectivamente, el universo orwelliano no tiene rivales ni mecanismos de corrección; se impone hasta el fin, como un totalitarismo invisible y sutil, que ha cancelado la capacidad de pensar. Afortunadamente, se trata de… una ficción (2).

Si el poder ideológico, cultural y comunicativo del orden establecido es todopoderoso, transformar la realidad, destruir el orden social dominante, es una quimera y la lucha popular una quijotada sin  chances. Rozamos, aquí, las nociones propias del postmodernismo y el pensamiento único, que ha declarado antiguallas a la revolución social y meras ensoñaciones las banderas lanzadas por la Revolución Francesa y la Revolución Rusa. Semejante frigidez, postula la eternidad del capitalismo senil precisamente cuando se agrietan las condiciones de su vigencia. No es casual. En la Argentina y en América Latina, hasta hace poco sacudida por una tentativa tímida, pero real, de unidad continental y emancipación política, responde más a la necesidad de conjurar el espantajo de la rebelión que a juicios basados en la ciencia social, más que convicción expresa inseguridad y deseo de infundir desaliento a los rebeldes. Pero esto alude a “las razones del poder”, nada más.

El mismo discurso, en boca de los voceros del campo popular, debe responder, por obvias razones,  a otros motivos. Tras la derrota electoral del 2015, la cúpula del kirchnerismo, en vez de efectuar  un replanteo crítico, impulsó una campaña de denigración del electorado (los globoludos) y quiso fundar su apuesta a futuro en unas viejas declaraciones del General Perón, cuando comenzaba su exilio en 1955. Para volver al poder, según el fundador del movimiento peronista, no era necesario que hiciera nada: “todo lo harán mis enemigos”, fue la desafortunada profecía del líder popular, que tardó en volver 18 años, y pudo gobernar otra vez el país gracias a la lucha de nuestro pueblo contra una dictadura oligárquica. En el presente, una “explicación” de la derrota electoral  basada en absolutizar el poder mediático (inventor de una manada mayoritaria de “globoludos” que votan contra sí mismos) se contradice al pronosticar que la experiencia enseña (los presuntos globoludos aprenderán quiénes son sus benefactores auténticos).

¿A qué obedece esta curiosa coincidencia en cerrar los ojos frente a una gran derrota? Un motivo sencillo es la dificultad humana de asumir el error, cuando sus consecuencias son graves. Pero el motivo de fondo es eludir la crítica de la conducción vertical vigente, ya que su defensa necesita creer en la infalibilidad del jefe (cualidad que lo habilita a dirigir, sin consultarla, a una colectividad pasiva, “empoderada” sólo para someterse al líder). Ese tipo de liderazgo, por su mismo carácter, tiene dificultades para ceder el control si los límites legales le impiden perpetuarse en el manejo del Estado, cuya gestión, en otras manos, les permitirá desplazar al jefe saliente. Ese conflicto, en el que actúa interesadamente la “burocracia saliente”, ejercitando una presión que la perpetúe en el poder, era un dato notorio ante el recambio presidencial que traerían las elecciones del 2015 y obró para desalentar un apoyo más firme al candidato Scioli, que sería “independiente” al asumir la presidencia. Pero cometeríamos un error atribuyendo a “la mezquindad” un peso exclusivo, de última instancia o factor último: la verticalidad nace de la necesidad burguesa que, en tanto lidera el movimiento nacional, debe encorsetarlo, para impedir que el dinamismo de sus bases populares pongan en cuestión los límites que desea imponer a los cambios, que deben recortar el poder imperialista, sin socavar el orden mismo y, particularmente, el rango de las clases y el régimen de propiedad.

Este andamiaje pudo sostenerse con Perón vivo, aunque era un factor que debilitaba las fuerzas del movimiento nacional, por sustituir una jerarquía de cuadros políticos (que puede ser leal, pero no dócil) por una burocracia de arribistas incondicionales (aunque traidora en potencia). Prometía perdurar con el matrimonio formado por Néstor y Cristina, hasta la desaparición del primero, circunstancia que problematizó el asunto de la sucesión. Sin incursionar en el tema de lo que pudo ser, y no fue, la crisis de la representación seguía vigente, lo que potenció el peso de los errores políticos, que fueron suficientes para generar la derrota del 2013 frente a Sergio Massa y explican, en definitiva, el triunfo de Macri en el 2015.

Los últimos años del ciclo kirchnerista, enmarcados por la crisis económica global, fueron lo mejor, en ciertos aspectos (YPF, AFJP, Aerolíneas, conducción del conflicto con los buitres) y acumularon, al mismo tiempo, los mayores desatinos de orden político, el más destacado y determinante de los cuales fue la ruptura con el movimiento obrero, después de las elecciones del 2011. La carencia de tacto, por darle un nombre quizás limitado, pareció dominar el ánimo presidencial, con episodios lamentables, como la descalificación de los docentes (un gremio aliado) y la campaña de Mariotto, que seguía órdenes de la Casa Rosada, contra el gobernador Scioli y el peronismo bonaerense, que se suspendió tardíamente y prologó la catástrofe del 2015.

(1) Alfonsín lograba una inversión de los hechos, en realidad, al señalar como “cómplice” al sector social que fue la víctima principal del Proceso militar, los trabajadores y el movimiento obrero, con mayoría entre los desaparecidos y erigirse él mismo, y sus correligionarios, en denunciantes, pese a que fueron en realidad sus cómplices. Según Balbín, Videla era “un general democrático”.

(2) Con mayores pretensiones de “ciencia social”, en la década del 70 estuvo de moda “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”, un libro de Althusser que, sin considerar que el mundo europeo satisfecho no tenía interés en sublevarse contra el capitalismo, que para esa porción del planeta y en las condiciones del imperialismo brindaba a todos el “Estado de bienestar” –a costa del resto, la periferia colonial y semicolonial–, sin considerar, decimos, ese “detalle”,  llegaba a la conclusión de que los “aparatos ideológicos” logran “reproducir” el sistema dominante, imponiéndose a la crítica de los que quieren subvertirlo. Naturalmente, Althusser desdeñaba la posibilidad de someter sus esquemáticas fórmulas a un examen de la historia real.

TRUM Y LA UTOPIA DE UN “PATRIOTISMO” ANTIHISTÓRICO

trump HOY

Los pensadores nacionales, que ciertos “nacionales” suelen ignorar, repiten hasta el cansancio que los países centrales, mal llamados “serios”, nunca practicaron esas normas abstractas que nuestro tontaje cree sagradas y eternas, sino que actúan según sus intereses. Así, en el caso paradigmático de Gran Bretaña fue por interés defensora del librecambio, tras levantar su industria, pionera, con un duro proteccionismo. EEUU, que lo relevó en el dominio del mercado mundial, fue por décadas un gran campeón del “comercio libre”. Hasta que la deslocalización industrial generó el desquicio que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca, para sostener un proteccionismo que dice a las claras “EEUU, primero”, le guste o no al resto del mundo. Ese resto incluye, según es sabido, una buena parte del país del norte. Algo que, sin contradecirnos, denota conflictos en el seno de sus elites.

 En las redes sociales, antes de que lo hiciera Guillermo Moreno, otros peronistas con menos fama  han descubierto en el actual huésped de la Casa Blanca una filiación “peronista”. El ex secretario de Comercio Interior ha llegado a decir: “si volvemos al gobierno” no será preciso, “confrontar con el mundo”. Ya embalado, el fogoso defensor del control de precios del gobierno kirchnerista, que apreciamos por su conducta durante la gestión, dice que a Donald “todavía le falta ser humanista y cristiano” (¿pensará en crear una unidad básica, desde el Salón Oval?).

Si entendemos las cosas de ese modo, Hitler también fue “peronista”, aunque no logró superar la  materia llamada “humanismo” (esta deducción ganaría el aplauso de aquéllos que vieron un Führer en Perón, pero a ella conduce la lógica formal). Estamos asombrados: un peronista duro, como Moreno, coincide, sin advertirlo, con la visión gorila de 1945. Desconoce una distinción que debe ser obvia, para cualquier nacional: el “patriotismo” de Trump, como el de Hitler y Mussolini, es un “patriotismo” de gran potencia.

Dicha categoría, no incorporada a la matriz ideológica que cree posible “un peronismo del primer mundo”, nos habilita (o no) para entender la realidad. Para señalar, por ejemplo –reivindicando al General– la ridiculez de hablar del “imperialismo” argentino, ante la política latinoamericana del primer Perón, según el dislate de ciertos patrioteros sudamericanos, atentos al peligro de que uno de los vecinos pudiera empeñarse en someter a los demás, pero ciegos frente a la presencia del imperialismo mundial, si éste se adornaba con un ropaje “democrático”. Prodigios propios de esa visión colonizada; el mundo al revés, cabeza abajo.

Desde fines del siglo XIX, el mundo soporta una contradicción fundamental, última razón de todos los antagonismos que hemos protagonizado. En uno de los polos de esa oposición están los países  que lograron el pleno desarrollo capitalista y, ceñidos por la estrechez de su mercado nacional, se pelean por el dominio del mercado global; en el otro, donde está la Argentina, países coloniales y semicoloniales, que sufren el saqueo y la opresión imperialista, de parte de los primeros. El primer grupo, liderado hoy por los EEUU, lo conforma una minoría de países “civilizados” que, al decir de Trotsky, les cierran el camino a los que quieren civilizarse, al sustraerles la savia que precisan para crear una economía avanzada. De lo cual surge la conclusión siguiente: el “nacionalismo” de un país imperialista es siempre reaccionario, agresivo, orientado a oprimir a los pueblos débiles y a luchar con sus competidores por el poder global, incluso con las armas, como fue el caso de las guerras mundiales. El nacionalismo, en la periferia, tiene el signo contrario: está dirigido a liberar al país del dominio extranjero, que lo somete y lo esquilma. Es curioso (merece una reflexión) que un peronista lo ignore. De allí su mareo, ante el caso Trump; confunde, como la seudoizquierda de 1945, el patriotismo y la lucha de un país oprimido con el “patriotismo” siempre agresivo de una  potencia imperial. El nacionalismo de  Perón, y tantas fuerzas del mundo oprimido, es progresivo, liberador, busca espontáneamente la alianza de otros pueblos, es democrático y popular, ajeno al racismo y al “patrioterismo” excluyente y demagógico, típico en los que quieren movilizar el dolor de los desesperados de “su” país contra los demás pueblos (los obreros blancos empobrecidos, contra los migrantes, también pobres, del mundo periférico), disipando el peligro de que unos y otros aprendan a direccionar su justificado rencor, contra la clase de los Trump que, como puede verse en la Bolsa de Nueva York, siempre gana fortunas con Obama o Trump, mientras el hombre del común apenas “elige” entre la silla eléctrica o el gas letal.

¿Alguna vez vimos a Perón o a Irigoyen incitar al racismo, en general y a echar del país inmigrantes latinoamericanos, en particular? No, eso es propio del “patriota” Trump. Y el cipayo Macri, ansioso por ocultar sus políticas antiobreras humillando a los bolivianos y expulsándolos del país.

 No ignoramos las “gradaciones del mal”, como el horror de los genocidios. Llamamos a distinguir, sólo, fenómenos que son esencialmente opuestos, en la época signada por el imperialismo global. Tampoco inventamos; usamos el legado del pensamiento revolucionario, que nos enseñó a ver la igualdad esencial entre los imperios “democráticos” y los imperios fascistas, en los días confusos de la segunda guerra. No es mejor ni peor el “patriota” Trump que el “patriota” Churchill,  aunque la equiparación subleve al súbdito sudamericano de la reina Isabel, que cierra los ojos frente a los crímenes perpetrados en el mundo colonial, si el criminal vive en Londres o París. La colonización cultural, en nuestro caso y el fetichismo “democrático”, en el primer mundo, puede encontrar en la política  norteamericana “razones” que justifiquen el apoyo a Clinton, ignorando sus carcajadas ante el linchamiento de Kadafi, el martirio de Siria, el belicismo sin fin del insólito Premio Nobel de la Paz y el riesgo de proseguir ese derrotero…

¿Hace falta ser un socialista revolucionario de la Izquierda Nacional para entender el antagonismo entre los países centrales, imperialistas y la periferia colonial y semicolonial? ¿Hace falta, para ver en el peronismo el nacionalismo de un país que aún no logró su independencia real y batalló para lograrlo con el General Perón, y el “nacionalismo” norteamericano, en cualquier variante? ¿No es suficiente con ser peronista? ¿Puede creerse que Trump es “nacional” y Obama gobernó contra los EEUU? Sería insensata esta proposición, pero está implícita en el elogio de Trump. Moreno, según dijimos, opina que con Trump podríamos gobernar “sin confrontar con el mundo”¿Imagina que es  un aliado? Es injusto y descabellado especular con el “eje” que sumaría a Trump, Putin y Francisco (Washington-Moscú-Roma). Es claro que Moreno admira al Papa, no pretende mezclar la Biblia y el calefón, pero…

Las primeras acciones del presidente Trump

Nuestra opinión sobre el presidente de los EEUU se confirma en sus actos: (1) por su agresividad hacia Méjico; humilla a su pueblo y amenaza con lesionar impunemente su producción, arrojando al ex “socio” como un limón exprimido; (2) satisfacer a los críticos del ObamaCare, los buitres de la salud, partidarios obvios del “libre mercado” y la indiferencia estatal; (3) el cierre selectivo de las fronteras del país, contra todos los migrantes del mundo periférico; (4) eliminar el castellano en el sitio web de la Casa Blanca; (5) desafiar a China, sin prevenir el riesgo del enfrentamiento nuclear; (6) prometer rebajas de impuestos al stablishment, provocando el jolgorio de Wall Street. Y sólo se trata de las primeras muestras.

Ante el racismo descarado de su campaña, en general y particularmente en lo que afecta a Méjico, los argentinos debemos repudiarlo con energía, sin olvidar que Macri comparte con Trump el odio y la discriminación contra los indios y criollos. Nótese que Perón hizo lo contrario, como patriota latinoamericano. Sólo después de condenar a Trump –que agita demagógicamente los prejuicios racistas del “blanco pobre”, transformado en paria por el capital yanqui que mudó la industria por  reducir el salario– y las acciones que ratifican las peores promesas que hizo en su campaña, sin omitir que busca transferir a la periferia la crisis terminal del capitalismo senil, sólo después de sentar esa posición, decimos, es lícito hablar, sin ser carroñeros, sobre el “favor” que Trump nos podría hacer, si la tragedia de Méjico impone a su elite un viraje latinoamericanista de orientación política, que lo devuelva al redil de la Patria Grande.

El huevo de la serpiente

La emergencia de Trump, es claro, refleja (y quizás alimente) un conflicto interior al stablishment norteamericano. Puede suponerse, por experiencias anteriores, que esa situación facilite las cosas a la lucha popular en América Latina. Aunque así fuera, no es un motivo para morigerar el rechazo y la repugnancia que nos provoca. Por otra parte, es saludable asumir que el retroceso sufrido, con particular énfasis en Argentina y Brasil, obedece más a los límites y extravíos de nuestros propios liderazgos que al poder de agresión de la potencia estadounidense. Eludir el examen, autocrítico, en base a la ilusión de que Trump y las desdichas de EEUU y la Unión Europea vengan en nuestro auxilio, sólo puede servir para adormecer a la militancia y estimular la búsqueda de “soluciones” mágicas.

Trump agravará los sufrimientos latinoamericanos. Millones de compatriotas de la Patria Grande verán afectada su vida diaria. No se trata sólo de Méjico. Argentina, con su escaso comercio con EEUU, no será especialmente dañada. Pero ningún beneficio esperamos de una gestión que ha congelado el ingreso de los limones tucumanos, limitará las visas y, ante todo, afectará a los países que más peso tienen en el intercambio comercial. En otros países, los centroamericanos en primer lugar, donde numerosas familias subsisten con el auxilio de los giros de un familiar que trabaja en yankilandia, las trabas en gestación llevarán la tragedia. Ésa es la verdad cruda, hoy.

Ahora bien, si se espera que esas desgracias vengan en nuestro auxilio, cabe decir que esa ilusión no suele parir los frutos que se esperan. Es verdad que contamos, ahora, con la colaboración de Macri, que garantiza desdichas, aquí; con los padecimientos y la vergüenza que causa al Brasil el infausto Temer. Trump, junto a Macri y Temer, pueden imprimir un curso acelerado a la formación política de nuestros pueblos, es verdad. No sería bueno brindar a cuenta por esas expectativas, sin embargo. El dolor enseña, suele creerse. Pero el dolor se vive también como castigo… y enseña en el caso de que pueda encausarlo una reflexión.

El presidente norteamericano es, en realidad, una suerte de condensación de los peores rasgos del país del norte. Es xenófobo, racista, misógino y brutal, soberbio e inculto. Pero condenarlo sólo para “rescatar” a Obama o a Clinton, en el extremo contrario, algo que vemos ahora en la Argentina, nos recuerda la tara del fetichismo “democrático”, que hizo estragos en la década del 40. Eso es así, pero el campo nacional no puede caer el error simétrico. Si cabe hablar de un Trump “imprevisible”, más vale asociar ese adjetivo con las  razones que nos impiden saber cómo actuará un león asediado, que procura desandar, medio aturdido, el camino que amenazó su reinado en la selva. Es peligroso. Si se acercara a Putin, lo que ponemos en duda, será por atender al principal enemigo, China. Puede ser acertada esta corrección táctica, según el interés norteamericano. Pero sólo los suecos dan un premio Nobel, por algo así. Obama, que lo recibió, parecía dispersarse al lidiar con Rusia y sostener la guerra en demasiados frentes, sin resultado tangible. Estas opciones son un problema para ellos, que debaten cómo sacarnos el jugo. Uno educado y sutil, otro torpe y frontal, apenas distinguen los rasgos externos al magnate rubio y negro mesurado, si los miramos desde aquí.

En otro sentido, más difícil para el examen, pero no por ello menos notorio, Trump refleja, como otras “sorpresas” del mundo central, la crisis sistémica del capitalismo senil. Esta afirmación puede parecer una “frase de barricada”, inconsistente después de la desintegración de la URSS y el viraje chino de las últimas décadas, que se evalúa generalmente como restauración del capitalismo. Es obvio que esta nota no puede examinar esos temas apasionantes. Pero sí decir, sumariamente, que la caída inexorable de la tasa de ganancia es la ley que preside la deslocalización industrial hacia la periferia del sistema, con el gigante asiático como principal receptor de capital productivo. En esas condiciones, sea cual fuere la naturaleza del sistema social que corone la transformación del país de Mao, que fue una semicolonia del imperialismo mundial y amenaza con ingresar al club selecto de los países  avanzados, sus desarrollos generan una crisis de sobreproducción, a escala global, con grados diversos de vaciamiento industrial de los viejos centros, que pueden sufrir una parálisis creciente, sólo limitada por su predominio en el manejo de la especulación financiera y de ciertas áreas tecnológicas de punta, donde sus ventajas actuales son quizás efímeras. Aun cuando se trata de procesos que se sostienen, ante todo, con recursos propios, el papel cumplido, en los avances del Asia (China, India, Corea) por los EEUU –empeñados otrora en acorralar a la URSS– y  el capital imperialista, que busca eludir la crisis del sistema con las célebres deslocalizaciones, ha herido, a la larga, y entre otros, a los centros productivos norteamericanos.  Y no es todo: dadas las dificultades que acarrea la sustitución de trabajo humano por sistemas automatizados, puede preverse que el  ingreso de China, en actor gigante, al grupo exclusivo de las economías avanzadas nos aproximará, sin duda, a los límites del sistema social vigente, aun en el caso de que la elite que sucedió a Mao Tse-tung quisiera perpetuar la propiedad privada. Todo lo cual, a más de un siglo y medio del Manifiesto Comunista, evoca la imagen del aprendiz de brujo, liberando fuerzas que no controla y pueden llevarlo vaya a saberse adónde.

En ese marco, el “imprevisible” Trump quiere hallar un atajo para marchar hacia atrás y “rehacer la grandeza” norteamericana perdida. De allí el riesgo que representa su gobierno, empeñado en plasmar esa utopía reaccionaria. Con mirada crítica, deberíamos advertir que el magnate lidera, en el país del norte, una tentativa tan antihistórica como la que encarna Macri.

Córdoba, 03 de febrero de 2017

IZQUIERDA NACIONAL Y NACIONALISMO BURGUÉS ANTE LA NECESIDAD DE RECONSTRUIR EL MOVIMIENTO NACIONAL Y LIBERAR DEFINITIVAMENTE A LA PATRIA

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Alguna duda sobre la ocasión para publicar el texto tuve, a 5 días del 25 de octubre. Sin embargo, me impulsa a no dilatar el asunto la zozobra con aguardamos los resultados del domingo, contrastando con lo que fue, hasta la muerte de Perón, el poder electoral sin rivales del peronismo.

Han pasado doce años, desde la llegada de Néstor Kirchner a La Casa Rosada. Los gobiernos que se sucedieron, hasta hoy, son lo mejor que tuvo el país, luego del ciclo del General Perón. Sin embargo, no puede soslayarse, frente a las ofensivas oligárquicas y ciertos contrastes que se materializaron después del conflicto con “el campo”, que a diferencia del primer peronismo, entendiendo por éste al que vimos antes de 1976, el kirchnerismo no pudo formar una fuerza electoralmente imbatible, que asegure la continuidad del proceso abierto después de la crisis del neoliberalismo. Dicho de otro modo, fue incapaz de superar la debacle y descomposición del movimiento nacional de mediados de los 70, prologo del golpe cívico-militar. Ahora bien, esa imposibilidad no fue casual, a nuestro entender; es mucho más que un “punto débil” o “fragilidad”, dentro de lo que suele llamarse “el proyecto”, palabra que en verdad carece de sentido si falta una formulación explícita de políticas y si nada se dice sobre la cuestión de cómo se construye el sujeto político apto para independizar al país, a partir un programa de liberación nacional que liquide para siempre el dominio imperialista (1). Sin esa construcción el gobierno popular sólo fue sostenido de modo constante por lo que ha dado en llamarse una minoría “intensa”, con la precaria simpatía de una masa de opinión despolitizada, oscilante y amorfa, que al recuperar la democracia –atontada frente a la crisis del peronismo clásico luego de su desempeño de la década del 70– fue incapaz para prever el fraude alfonsinista, convalidó más tarde el privatismo de los 90 y reaccionó sólo cuando el caos del 2001 la golpeó en la cara; sin adquirir, no obstante, opiniones firmes, carente de reflejos ante la demagogia oligárquica.
Es el objeto de este trabajo examinar las razones que determinaron el fracaso del kirchnerismo en la empresa –reconstituir ese bloque de poder popular–sin cuya consecución los comicios (la oligarquía desafía hoy electoralmente al campo popular/contra Perón debía violar la legalidad, apelar a la proscripción, imposibilitada de batirlo en elecciones libres) representan un motivo de angustia para el pueblo argentino y los militantes comprometidos con el interés nacional. Y, sin limitarnos al cuestionamiento, señalar qué creemos que debe hacerse para reconstruir hoy al Frente Nacional, herramienta insustituible para unificar a las fuerzas del pueblo argentino y liberar la patria definitivamente.
Hace cuatro años, en otro texto, hemos dicho (lamentablemente, acertando) que la modalidad verticalista impuesta apriorísticamente por Néstor Kirchner era un impedimento para lograr la emergencia de un movimiento popular cualitativa y cuantitativamente fuerte (2). Decíamos, en aquella oportunidad, que Perón impuso la conducción vertical luego de consolidar su relación con las masas, no antes de lograr tal cosa. Era previsible, no obstante, que la cúpula peronista actual –no lo ignorábamos, entonces, y toda la experiencia posterior lo confirma– careciera de la audacia del coronel del 45, que asumió el riesgo de ser desbordado por los trabajadores que su acción había movilizado. Aunque debe decirse, para justipreciar de modo ecuánime todos los factores que estaban en juego, que el joven militar contaba con el respaldo de las Fuerzas Armadas, para imponer límites al movimiento de masas (3).

El kirchnerismo y sus tentativas de reconstruir fuerzas

Conviene recordar que Néstor Kirchner advirtió sin duda la necesidad de reconstruir las fuerzas degradadas en los 90; por eso rechazó la presión del PJ, que pretendía ser su apoyo exclusivo y secundar el viraje encarnado por el sureño, pero era renuente a respaldar sus propósitos de ampliar la base de apoyo político. Kirchner porfió, con la fórmula de la “transversalidad” y más tarde insistió con la “concertación plural”. Había en ambos casos una noción difusa, pero en principio justa, de que el sistema político carecía de representatividad y las canteras en las cuales había que basar su reconstrucción eran múltiples y estaban dispersas, después de la crisis de las fuerzas tradicionales, cuestionadas en el 2001 por su responsabilidad en la entrega del país y la falta de fidelidad a sus mejores antecedentes. Al mismo tiempo, la reconstrucción industrial y una política de seducción hacia el movimiento sindical y la clase obrera, vigentes por entonces, buscaban cimentar bases de apoyo en la “columna vertebral”, sin cuyo respaldo es imposible enfrentar al poder oligárquico (4).
Esa perspectiva, sin embargo, para crear cimientos, debió apoyarse en un debate amplio sobre el pasado inmediato y la crisis de los partidos, indagando sobre los orígenes de la decadencia del país, que condujo al caos del 2001; no para buscar un chivo expiatorio, sino para actualizar las bases doctrinarias del campo nacional, sin temor a examinar la descomposición sufrida tras la muerte de Perón, en 1974. Y esos exámenes, a su vez, solventar la lucha por democratizar y recomponer las fuerzas populares, sin temor a crear formas que facilitaran el protagonismo popular, no ya el acompañamiento pasivo del viraje hacia lo nacional. No se cuestiona el uso de maniobras tácticas, los intentos de fragmentar al bloque enemigo, el empleo de medios de diverso orden para sumar incluso aliados dudosos, pero dichas acciones debían subordinarse al asunto central: consolidar un sistema de cuadros políticos, promover el compromiso patriótico y la claridad de ideas, con líderes emergentes de una movilización de masas conscientemente estimulada. Es sabido que esto, que era imprescindible para hacer algo más que una maniobra limitada a lo circunstancial y fugaz, brilló por su ausencia y “la selección del personal” fue ante todo la cooptación de oportunistas listos a prometer “fidelidad al jefe”… a cambio de cargos. Pero, sería un error creer que esos “defectos” derivan de la personalidad del líder popular. En realidad, su explicación remite a la mayor dificultad del nacionalismo burgués, ante la tarea de conducir el frente nacional en países dependientes con cierto grado de desarrollo industrial y, por tanto, del proletariado: la ineptitud para soportar a un aliado insumiso, cuyos intereses y cuya conciencia lo inducen a preservar su autonomía y protagonismo, reclamando la cuota de participación sindical que Perón le otorgó en el seno del peronismo, participación cancelada, en las vísperas del menemismo, por la “renovación peronista”. El kirchnerismo, después de la muerte de Néstor Kirchner, ratificó esa exclusión, un factor principalísimo en la generación del conflicto con la CGT de Hugo Moyano, y las relaciones distantes con el movimiento obrero y la clase trabajadora que caracterizaron a los últimos años del ciclo actual. La derivación visible de ese divorcio fue la caída electoral del 2013 –Massa fue una “invención” del kirchnerismo, que le regaló dirigentes y bases de apoyo– y el único modo de hace un balance crítico del asunto es juzgar los hechos con perspectiva estratégica: la crítica de los extravíos del camionero no debe ocultar la responsabilidad y miopía del propio gobierno y, sobre todo, ignorar la significación y el peso de la clase trabajadora en la política del país (5).

Algunas generalidades que interesa recordar

El socialismo revolucionario de la Izquierda Nacional se ha caracterizado por comprometer sus energías en la lucha del bloque nacional-popular y, en tanto seamos una fuerza minoritaria en el seno del mismo, por secundar a su jefatura nacional-burguesa. Partimos de la consideración, ignorada por las vertientes del “izquierdismo” abstracto, de que la contradicción principal, en el mundo actual, es la que opone al imperialismo mundial –en la jerga académica, los países “avanzados”, en los que pudo desarrollarse el capitalismo moderno en base al saqueo de todo el planeta – y su vasta periferia, los países coloniales y semicoloniales, sometidos económica, política y culturalmente por aquel puñado, que pudo alcanzar las cimas del capitalismo, pero cuya lógica de acumulación, señalaba Trotsky, lleva a que “los civilizados les cierren el camino a los que quieren civilizarse”. Eso significa que necesitan perpetuar el saqueo colonial, no por una carencia de “humanidad” de sus líderes y empresas, sino por razones de orden estructural: su desarrollo capitalista “nacional”, tras madurar, choca con la estrechez del mercado local y las contradicciones sociales que esto desata sólo pueden amortiguarse con el aporte creciente de la plusvalía extraída en el mundo “subdesarrollado”, que sustraen a la periferia, mientras ésta lo permite, con el resultado de privarla de los medios que necesita para su desarrollo económico y bienestar social. Esta situación, descripta y analizada a fondo por Lenin, se torna más aguda, hoy, por el carácter particularmente depredador de la etapa senil del capitalismo central, que ha generado la hipertrofia del sector financiero; sin anclaje en la producción real de bienes, ese monstruo insaciable exige la sangría creciente de los pueblos, aún en los centros de su poder global, donde gozaron otrora del “estado de bienestar”.
Al mismo tiempo, sin vacilaciones, hemos marcado los límites del nacionalismo burgués, con el cual compartimos –sin disimular sus inconsistencias, y ofreciendo a las masas nuestro propio programa nacional democrático, que se propone liquidar para siempre el dominio extranjero y el saqueo del país– la lucha contra el imperialismo y sus aliados locales, aunque nos distinga en la tarea una voluntad más firme. El análisis del bloque dominante revela que el imperialismo no es en nuestras patrias un “factor externo”: su presencia en el seno del país se manifiesta en el predominio de grandes firmas de capital extranjero, con papel dominante en áreas claves de la economía nacional. Comprobar tal cosa es algo simple: basta con observar, por ejemplo, lo que muestra el ciclo del dominio británico, cuando los ferrocarriles, los bancos, los frigoríficos y los puertos estaban en manos del capital inglés; o, en nuestro presente, establecer el origen de las 400 mayores empresas residentes en la Argentina y su participación desmesurada en el PBI y las exportaciones. Opera a su vez, como reflejo y garantía de la preservación del status dependiente, una penetración cultural también avasallante. En dichas condiciones, que son las típicas del “tercer mundo”, los revolucionarios socialistas deben asumir como propia la lucha empeñada por los movimientos nacionales, cuyo propósito consiste en liberar al país del yugo extranjero, aun cuando, por la inmadurez relativa de la clase obrera –algo que se expresa en el incipiente desarrollo de la propia organización socialista revolucionaria– la lucha nacional sea liderada por alguna variante del “nacionalismo” burgués, que ha ganado la primacía al levantar las banderas –reiteradas en la periferia– de la independencia económica, la soberanía política y la redistribución del ingreso, en beneficio del consumo y la capitalización del país.
Aunque la “izquierda” colonial quiera ignorarlo, desde los primeros años de la Revolución Rusa hasta hoy, una vasta obra ha tratado el tema, con textos clásicos de Lenin y Trotsky, cuyas tesis pioneras, enriquecidas luego por otros marxistas, fueron corroboradas por la experiencia viva, a lo largo del siglo XX, en todo el planeta, sin exceptuar hechos históricos grandiosos como la Revolución China, la gesta vietnamita, y las luchas actuales por la unidad latinoamericana, que prologaron otros combates anteriores. En cada uno de los casos citados es posible encontrar, bajo su forma particular, una reiteración de las dos constantes señaladas por el marxismo, con respecto a la lógica que caracteriza los conflictos entre el poder imperialista y los pueblos de la periferia: 1) la opresión imperialista genera en el seno del país oprimido, como respuesta ante el saqueo, un movimiento nacional, que procura impedir (con moderación) o poner término (más decididamente) a la fuga de sus recursos que, como se ha dicho, privan al país de la renta de su trabajo, impidiendo que se destine a cumplir el ciclo de la reproducción ampliada y, en más de un caso, atentando contra la mera subsistencia de las mayorías, penurias acompañadas por el atropello político, la asfixia cultural y el racismo de las metrópolis. El contenido original de la lucha revolucionaria –visto de otro ángulo, el interés común del conjunto de las clases y sectores que concurren al bloque antiimperialista– es por consiguiente nacional-democrático-popular. De ningún modo, como piensan los ultraizquierdistas, ese bloque puede encontrar en “la burguesía” a su enemigo principal, ya que ese rol está ocupado por el imperialismo y sus aliados, las clases interesadas en sostener sin variantes el poder extranjero, que brinda a sus socios un lugar relativamente privilegiado (con relación al status del mundo atrasado); 2) la burguesía “nacional”, que desea crear un país semejante a los países centrales, es incapaz de advertir que su atraso histórico (y mezquindad de visión) le impiden cumplir esa tarea, y niega el hecho de que el único actor estratégicamente nacional en el mundo colonial es el Estado, si no esterilizan su rol económico las formaciones burocráticas, lo dirigen patriotas, y se imponen mecanismos que lo preserven de la depredación de las empresas privadas y las deformaciones alimentadas por el atraso relativo del país. Es que el impulso a constituir la nación, como ámbito geopolítico del desarrollo capitalista pleno, una tarea histórica que maduró en el seno de la Europa feudal, no nace, entre nosotros, del desarrollo “natural” de la sociedad burguesa, tal como ocurrió, con las particularidades de cada caso, en los países centrales. Es el fruto, por el contrario, de las condiciones de asfixia que impuso a la periferia la expansión imperialista, la fase decadente del capitalismo de las metrópolis. El poder económico del capital extranjero y la “burguesía compradora” asociada a él, es dominante y las burguesías de la periferia son muy débiles y mezquinas, frente al pueblo llano, y de modo particular ante las clases obreras que vinieron al mundo, en nuestros países, paridas en parte por la exportación de capitales del ciclo imperialista, y en parte como fruto del desarrollo fragmentado de la economía nativa. El empresariado “nacional” disputa con el imperialismo por el mercado interno, pero ese hecho no anula, sin embargo, su propensión a respetar y reverenciar a sus empresas emblemáticas, un factor contradictorio que deriva por un lado de la ideología burguesa, pero también de su dependencia material de aquellas y de lazos de diverso orden que, en momentos críticos, se sintetizan en la defensa del orden establecido, de la propiedad privada y la explotación de los obreros.

Contradicciones características del nacionalismo burgués

Impulsada por la defensa de sus intereses objetivos, peleando su lugar en el mercado interno, la burguesía nacional debe, a su pesar, promover la resistencia del país sometido; busca liderar a las masas populares, sin cuyo apoyo es impotente frente al enorme poder del imperialismo mundial y sus socios nativos. Se le impone movilizar a las clases mayoritarias, pero teme que las mismas escapen a su control y pongan en cuestión sus privilegios sectoriales, al cuestionar la legitimidad del orden vigente, dentro del cual los burgueses estiman su lugar de segundones bien comidos, lejos de las penurias del pueblo llano, al que no respetan, ni creen apto para ser el protagonista de la transformación necesaria. Dicha situación, contradictoria en extremo, se plasma al fin creando una situación aparentemente paradójica: por una parte, el discurso (y las acciones, si está en el gobierno) del nacionalismo burgués generan entusiasmo entre las masas populares (6), ya que promueven el empleo y el consumo, aunque sus medidas irriten al propio empresariado, que desea beneficiarse con bajos salarios, y alientan los ímpetus de la liberación nacional, la resistencia política del país sometido.
Nada tiene de extraño que, con esos estímulos, tienda a desarrollarse una militancia popular, y a buscar caminos para “profundizar” los cambios. Es comprensible, asimismo, que la jefatura burguesa procure lograr que esas energías sostengan su política, pero no adquieran, al mismo tiempo, un dinamismo y clarificación de fines que puedan desafiar la mezquindad reformadora del empresariado “nacional”, incapaz de concebir una verdadera revolución. La sola amenaza de un desenvolvimiento tal conduce al liderazgo nacional burgués a poner en práctica fórmulas que esterilizan/asfixian esa voluntad de protagonismo, impidiendo que “los de abajo” puedan incorporar demandas incompatibles con la visión burguesa de lo que debe transformarse, que excluye afectar el “respeto a la propiedad” (7). Sin ignorar otros factores, reales pero de orden subordinado y accesorio, esas contradicciones generan la emergencia de formas bonapartistas de liderazgo, que son típicos del mundo periférico (jefes que “arbitran”, entre sectores sociales contrapuestos del bloque antiimperialista, en términos congruentes con la naturaleza social del nacionalismo burgués) y son el secreto del modelo verticalista de conducción política, con el cual se neutraliza el protagonismo popular, aunque se cacaree la participación y la iniciativa popular …mientras no se trate de tomar decisiones. Los mecanismos que impulsan un modo pasivo de participación popular se apoyan en la pobreza de formación doctrinaria y el ahogo o el desaliento al debate político e ideológico –pretextando que el liderazgo tiene el monopolio del saber qué hacer– y en una estructura llamada “movimientista”, carente de intermediarios entre la conducción y las bases, ya que el papel de los organismos y cuadros –que deberían ser el esqueleto de esas fuerzas– lo cumple, a su modo mediocre, y empantanando más de una vez las iniciativas de la cúpula que declara amar, un sistema burocrático de funcionarios, cuyo única función es “obedecer y reverenciar al jefe” (8).

Teoría y práctica de la conducción verticalista

La defensa del modo de conducción vertical, en el terreno ideológico, se basa en suponer que la crítica del verticalismo sólo puede llevar a la defensa de “la horizontalidad” (obviamente, un planteo “bienintencionado”, pero impracticable; de filiación anarquista, no marxista). El ardid, obvio, de “ganar” el debate luego de inventar un oponente bobo, tiene patas cortas. Es sabido (salvo para los anarquistas, duchos en desarmar al campo popular, delirando con La Anarquía) que el movimiento de masas requiere una conducción, si quiere enfrentar al bloque enemigo. Pero el apologista a ultranza del “líder indiscutido”, omite decir que ese asunto ha merecido ya mucha reflexión, desde el campo marxista. Una abundante biblioteca analiza estos temas: el carácter de la democracia burguesa, donde no se “gobierna” de modo directo, sino “por medio de los “representantes”; las experiencias, hasta hoy efímeras, pero a las cuales se debe prestar atención, de modos de centralización y gobierno por medio de órganos de las masas (soviets, consejos o juntas populares); la construcción del “partido revolucionario”, para el cual (Lenin) se postula una fórmula denominada “centralismo democrático”, noción que articula el debate irrestricto de las tareas políticas con el compromiso militante y la disciplina partidaria, y coloca en manos de una dirección colectiva elegida por la totalidad del activo partidario la función de conducir a esa totalidad, a la que no se adjudica un rol pasivo. Volveremos a estos planteos más adelante, buscando extraer enseñanzas prácticas para las exigencias que impone la lucha por la unidad y liberación de Latinoamérica, cuyas experiencias pasadas deben examinarse, para evaluar sus avances, pero también y especialmente sus trágicas caídas.
Una justificación más sutil del liderazgo verticalista se funda en atribuir al modelo bonapartista un carácter fatal: se trataría de un fenómeno inevitable en las condiciones del mundo colonial y semicolonial, donde con razón cabe hablar de cierta inmadurez en la formación de las clases y estructuras sociales, en particular de aquellas que se sienten expresadas por el movimiento nacional, por compartir las banderas de independencia nacional, soberanía política, justicia distributiva. Aunque se puede hallar algo semejante en planteos efectuados por la Izquierda Nacional, esta comprobación sólo nos lleva a formular como autocrítica el replanteo del tema, que se debe examinar sin pruritos. La verdad es siempre concreta, se ha señalado. El carácter policlasista de los bloques antagónicos es innegable en nuestras sociedades. Es cierto, además, que la única clase “madura” del país colonizado (9) detenta no sólo con el poder económico; es la que impuso al país su propia ideología (“civilización y barbarie” es la piedra angular), reflejo de la satelización a los centros imperialistas, logrando que reinaran como las ideas dominantes en la colectividad, con aptitud para arrastrar hacia ciertas políticas a los sectores intermedios y a la “intelligentsia” semicolonial, alienados emocionalmente por las luces del “primer mundo”, al que idolatran sin comprender. Pero no es cierto que el “jefe providencial” sea el único modo de generar una conducción de las fuerzas nacionales; menos aún, la conducción más acorde a la necesidad histórica. Esa suposición es, en definitiva, una extorsión: si el liderazgo verticalista es insustituible, postular otra fórmula es igual a negarse a liberar a la Argentina. Se ignora, con alevosía, el aventurerismo implícito en la idea de subordinar a la sobrevivencia de un hombre, por excepcional que sea, el destino nacional.

El nacionalismo “espontaneo” y el partido marxista

El nacionalismo burgués, cuyos límites estructurales le impiden cumplir, en esta época, y luego del agotamiento del programa del 45, la tarea de reconstruir el frente nacional en los términos necesarios para derrotar al imperialismo, fue derrotado, por esas limitaciones, sin completar su misión –y justamente, por ineptitud para concluirla–, en 1955 y 1976; en 1983, la memoria del caos y la descomposición desatada después de la muerte de Perón y los feroces episodios que acompañaron la lucha entre sus fracciones internas, lo llevó, por primera vez, a la derrota electoral, que sólo “superó” para llevar adelante, liderado por Menem, la mayor tentativa de destrucción de la Argentina burguesa del primer peronismo. En ese marco, interesa establecer las razones profundas que le permitieron resucitar y canalizar el viraje generado por la crisis del 2001, con la promesa de construir un “capitalismo serio”. Promesa que, en doce años, pese a los méritos del ciclo kirchnerista, no logró la fortaleza programática, y el nivel de autonomía nacional alcanzado en el ciclo que frustró la llamada “revolución libertadora”.
Si dejamos de lado las particularidades del caso, el secreto de esa perdurabilidad política debe buscarse en lo que tienen de común los países de la periferia colonial y semicolonial. En todos los casos, la depredación imperialista genera espontáneamente fuerzas que se rebelan contra la situación opresiva, encarnaciones de la necesidad de defender el país. Si, como ocurrió en la Argentina, tras la crisis mundial de 1930, se alcanzó un desarrollo industrial autóctono, aunque parcial e hipertrofiado, un conjunto de clases y fracciones sociales, con avances y retrocesos, a de buscar canales para luchar por el sostenimiento de un capitalismo nacional. Tras la debacle del 2001, el notorio viraje que esa coyuntura generó en el seno de la sociedad argentina no encontró un cauce más adecuado que el ofrecido por Duhalde (con mezquindad extrema y concesiones imperdonables hacia los mismos grupos de poder económico antes beneficiados por el ciclo neoliberal), primero, y Néstor Kirchner, después, con una coherencia y profundidad mayor; todo lo cual confirma la regla señalada por los marxistas sobre los cambios de frente de la burguesía “nacional”, su oscilación constante entre el enfrentamiento y la subordinación al bloque imperialista; conducta que genera, en definitiva, la sucesión de ciclos de predominio oligárquico con intervalos en los que se impone (de modo transitorio) el nacionalismo burgués; un eterno recomenzar, al modo de Sísifo, que frustra siempre las oportunidades del país. Salvo que la acción de un partido marxista con base obrera y popular gane para su propio programa nacional –el programa nacional de una alianza plebeya– a las grandes masas, no será posible superar los ciclos de ascenso y derrota, ese recorrido circunvalar. Sin embargo, roto el “eterno retorno”, y abierta la ruta de una salida revolucionaria, ante el peligro, las clases explotadoras cancelarán sus diferencias; la burguesía “nacional”, al menos su estrato más elevado, derivará hacia el bloque oligárquico-imperialista. Pero tendremos patria, definitivamente.
No obstante, en esa situación no ingresaríamos, como puede suponerse, a la construcción de una sociedad de tipo socialista, que, si se la entiende debidamente, sólo será viable después de alcanzar una plataforma de desarrollo integral que no sea inferior al que rige hoy en el mundo avanzado. Es que no se trata de “socializar” el atraso y la escasez consiguiente, sino de lograr con métodos revolucionarios la continuidad del proceso de reproducción ampliada, lesionada hasta hoy por el despilfarro oligárquico y la fuga de capitales, inevitables mientras prevalezca el “derecho” de propiedad como valor absoluto –aun cuando lesione el derecho a vivir de toda la sociedad–, que la ideología del capitalismo ha ubicado por encima de la patria y el interés de las grandes mayorías. Desde luego, implicará, sí, una democratización de la vida económica; el desarrollo, junto a un Sector Estatal, de un Sector Privado de empresarios medios y pequeños, cooperativas y áreas de economía social, junto a empresas colectivas que sean administradas por sus propios trabajadores.
La paradoja, formal, es que para realizar la revolución nacional (burguesa) de un modo efectivo sea necesaria la ideología socialista –al no sacralizar el derecho de propiedad, no se retrocede en presencia de la propiedad oligárquica y el desvío parasitario de la renta–, cuya naturaleza social, no alienada a la defensa del régimen capitalista, le permite impulsar la democratización interna del movimiento de masas –facilitando su transformación en factor activo de la política y la economía nacional–, democratizar socialmente el país, liquidar definitivamente el dominio imperialista. Lo paradojal, sin embargo, es aparente: se trata de la lógica de la lucha de clases.
Naturalmente, esto no significa que la democratización interna del movimiento de las masas interese exclusivamente a la Izquierda Nacional. Por el contrario, esto es vital para coronar con éxito lo que las mayorías populares necesitan para vivir, el nacionalismo burgués promete que realizará y sus contradicciones internas lo llevan a traicionar, objetivamente. En el plano de la subjetividad, por otra parte, las tradiciones democráticas del pueblo argentino, enraizadas en las clases medias y el impulso transformador de las capas más postergadas de la sociedad semicolonial, en general, invisten de legitimidad nuestra apelación al protagonismo popular; el propio nacionalismo popular se ve obligado a plantear el problema de la organización política y el papel del pueblo en esa construcción, negando en los hechos lo que predica de palabra. Es sabido que Perón, que reclamaba que sólo “la organización vence al tiempo”, practicaba la política de impedir como fuera la organización del peronismo, que debía limitarse a obedecer sus órdenes, supuestamente infalibles. Algunas interpretaciones vieron en esta modalidad un “vicio profesional”, derivado de los hábitos de la vida militar: Pero, si así fuese, carecería de explicación que ese modelo verticalista sobreviviera y fuese seguido al pie de la letra cuando la cúpula del movimiento fue ocupada por Néstor y Cristina, figuras civiles que en modo alguno formaron su carácter en el mundo del cuartel. Metafóricamente, cabe decir que la naturaleza de clase opera para seleccionar sus agentes idóneos e imponer su fatalidad al carácter de las personas, en definitiva. En el momento en que escribimos estas líneas, para ratificar el modelo, transformado en tradición, hay una sorda pugna en torno a la perdurabilidad del liderazgo de la presidente, ya que Scioli, de consagrarse presidente, “deberá” ser el nuevo jefe, obviamente verticalista, como lo anticipan sus seguidores, al sincerarse.

El partido marxista se crea y afianza construyendo las fuerzas nacional-populares

Ahora bien, si la opresión imperialista genera en las mayorías del país oprimido, por oposición, las condiciones que impulsan la regular aparición de un movimiento nacional y la naturaleza de sus banderas será necesariamente nacional-democrática, su efectiva conformación dependerá de la existencia de un factor aglutinante –en el peronismo histórico ese rol fue cumplido por el Ejército nacionalista– y el éxito de la empresa dependerá de su aptitud para ganarse el apoyo de las grandes masas, y muy particularmente de la clase obrera –si el país, como ocurre con la Argentina, cuenta con una plataforma industrial y de servicios relativamente moderna. En estos años, como nueva tentativa de reconstruir una fuerza semejante –la existencia inercial, por “horror al vacío”, del atomizado peronismo, no lo liberaba de la crisis de representación, que se manifestó a fines del 2001– la necesidad se encarnó en un liderazgo pequeño burgués, de ideología “progresista”, imbuido de ilusiones de corte desarrollista, que dio sin duda lo mejor de sí, pero fue incapaz para agrupar en torno suyo a una mayoría sólida y consolidar ese respaldo, por sus concesiones y erróneas expectativas respecto a sectores de la gran burguesía –pretendió identificarlos como burguesía nacional– y por los límites y prejuicios que puso de manifiesto al relacionarse con la clase obrera y el movimiento sindical, sin cuyo protagonismo no es posible reconstruir el movimiento nacional (10). A nuestro juicio, estos rasgos específicos deben inscribirse dentro del cuadro, más general, de la imposibilidad histórica de recrear el frente nacional del 45, para no hablar del verdadero desafío de conformar una alianza de las clases “plebeyas”; reunir en el seno del bloque nacional a la clase obrera y las clases medias, en los términos señalados en este mismo trabajo.
Ahora bien, si el nacionalismo burgués no puede lograr la emancipación nacional (si, tomando en serio el alcance latinoamericano que dicha emancipación exige para ser viable, se considera la necesidad de una construcción política continental, esta conclusión será más pesimista, aun, en cuanto al nacionalismo) y del éxito en dicha empresa depende el porvenir, ¿cómo construir un movimiento nacional no sometido a la burguesía “nacional”? Las bases histórico-sociales son las que provee el país real; no se “inventan” condiciones objetivas; y la mera frustración, tantas veces vivida, no generará una “superación” espontáneamente: los impedimentos, en tal sentido, son ideológicos, políticos, metodológicos, y responden a un factor inmodificable, cual es la naturaleza de clase de las conducciones burguesas. Sin la presencia de un actor nuevo, cuya acción permita superar esos límites, las mayorías nacionales reiterarán sus giros sobre la noria frustrante, “esperando a Godot”, o atomizadas y carentes de una identidad firme. Ese actor es, aunque debe probarlo ganándose en la lucha la confianza de las mayorías, un partido marxista de izquierda nacional, que no surgirá parido por la espontaneidad, ni “heredará” la fuerza y estructuras creadas por otros, para otros fines, a menos que ocurra una catástrofe y que ese partido cuente con un mínimo desarrollo. Sus cuadros son una “creación de la teoría” (Lenin) o, dicho de otro modo, la traducción organizativa de una ideología totalizadora y una voluntad consciente, cuyo propósito es representar a la clase obrera en la sociedad burguesa, y, en el caso particular de un país oprimido por el imperialismo mundial, nace para luchar junto a las fuerzas nacionales y disputar la conducción de una revolución burguesa que la burguesía “nacional” no puede concluir y abandona siempre a mitad de camino. Esa situación, singular, que va a determinar todas sus tácticas, le impone constituirse como representación nacional y articular las fuerzas del bloque antiimperialista, en base a un programa que orienta lo nacional profundizando lo social y sólo apoya lo nacional-burgués, al decir de Trotsky, “en determinada dirección”.
El punto de partida es la conformación de un núcleo de difusión ideológica, sin cuya existencia es imposible avanzar en la construcción partidaria propiamente dicha. En ese primer estadio, si caracterizamos al partido, en gestación, podemos juzgarlo como representación histórica de la clase obrera. Para que logre revalidar su entidad en los hechos, deberá probarse, y acrecentar sus fuerzas en la construcción de fragmentos del frente nacional que, antes de transformarse en un nuevo movimiento nacional de las masas, van a fortalecer a las fuerzas nacionales, con el aporte de una visión ideológica totalizadora del mundo, un debate abierto de los grandes problemas de la patria y el pueblo, y métodos democráticos en la toma de decisiones, atento a: (1) la necesidad de fortalecer desde sus soportes al movimiento popular; (2) enfrentar las tentativas de fracturar al pueblo y (3) generar formas de selección de los jefes basadas en su idoneidad para ser reconocidos por las propias bases como dirigentes naturales, cuyo peso y prestigio no sean el fruto de ningún “dedo”. En esa senda, por inserción real en frentes de masas, la “representación histórica” se irá transformando en la expresión política de sectores del pueblo, hasta transformarse en la identidad del pueblo mismo.
La Izquierda Nacional sólo supo cumplir esa tarea (durante la dictadura militar de Onganía) en el movimiento estudiantil(11), abandonándola en 1971 para construir un partido con personaría electoral que ampliaba el ámbito de difusión de sus ideas y la ponía a prueba en el escenario de la política pública; pero constituía sin embargo, curiosamente, un retorno a las modalidades de la etapa “superada” en el frente estudiantil, ya que la posibilidad de incorporar a nuestras tareas a otros militantes dependía otra vez de su identificación con el Socialismo de Izquierda Nacional, que ese era el ideario del FIP, siendo insuficiente una adscripción al nacionalismo democrático, como fue el caso de las Agrupaciones Estudiantiles. Como corroboración de este aserto, el FIP fue sólo la expresión jurídico-electoral del PSIN (12); una mera fachada del partido marxista, de ningún modo una formación frentista apta para reunir y movilizar fuerzas de signo nacional-democrático-popular, a partir de su decantamiento por el programa nacional de la clase obrera. A nuestro juicio, este fue nuestro error más grave de aquel momento y no, como se ha querido sostener más tarde, la táctica electoral, u otras cuestiones, importantes, pero derivadas de aquel, o más puntuales (13).
Y no hablamos sólo de formas y contenidos programáticos, aunque sean significativos. Se trata además de los presupuestos mismos a partir de los cuales se aborda (o debe abordarse) –en el momento en que pasamos de la propaganda general a la lucha por insertarnos en frentes de masas– la pugna por transformarnos en expresión política de un sector determinado, como paso previo a lograr tal cosa en la escala más vasta del frente nacional. Porque ahora partimos, para usar una fórmula actualmente en boga, de una “demanda” político-reivindicativa parcial, para “descubrir” con otros como dicha demanda se articula con lo general, durante el trayecto de una lucha por organizar núcleos (que compartimos, sin disolver la organización propia y sin diluirnos) que busquen satisfacerla (14). Un enfoque adecuado de los problemas implicados en esa empresa –sólo posible desde una visión general comprometida con el destino de las mayorías– habrá de incorporar esa lucha parcial a la lucha nacional del pueblo y la patria, si los actores de la acción asimilan la conclusión (previsible, para la teoría) de que “no hay salvación sino es con todos”.
Si omitimos el caso de los intelectuales marxistas y otros individuos aislados que normalmente llegan al campo revolucionario movidos por una visión crítica de la sociedad, que los impulsa a la acción, las multitudes llegan al movimiento nacional movidos por la presión de los intereses de clase, y, más inmediatamente, por la necesidad de apelar a la movilización de masas cuando se busca encontrar una respuesta efectiva a demandas legitimadas por la cultura y la tradición, y la ruina del régimen vigente niegan la satisfacción de anhelos naturalizados. Sólo entonces la realidad (social) busca a “la Idea” (Marx). Consecuentemente, si “la Idea” ha de facilitar el encuentro, es necesario que los propagandistas de la transformación estructuren fuerzas que partan de lo real (una demanda político-reivindicativa sectorial, desde el cual se “descubren” los nexos con lo general –el programa nacional de la clase obrera–, que por su contenido será nacional popular, pero las conducciones burguesas tienden a rechazar, o a ceñir a “su” visión, porque conducen el conflicto fuera de su alcance, al poner en cuestión un sistema al cual sólo pretenden retocar). La difusión de ideas, por consiguiente, ha cedido la prioridad a la agitación política, clima en el cual surgen habitualmente líderes naturales, los que serán destinatarios de un diálogo en profundidad, en el cual “la Idea” y las masas se enriquecen en la experiencia, y se entrelazan en la perspectiva de facilitar la emergencia del protagonismo popular (15).
En el ciclo descripto el partido revolucionario prueba su condición de factor necesario, ante los ojos del pueblo y la militancia popular. Como resultará obvio, la construcción implica crecer en la estima de todos los actores del movimiento nacional y, en consecuencia, sostener el terreno ganado hasta el presente, ya que la continuidad de un proceso de luchas viabiliza y facilita toda perspectiva de profundización política.

Algo más, sobre “la sucesión histórica”

En el pasado, la Izquierda Nacional, y especialmente su mayor vocero, Jorge Abelardo Ramos, intentando prever las condiciones en las cuales el partido marxista podría ganar la conducción del movimiento nacional-popular, solía decir que la burguesía “nacional”, en algún momento, “arriaría las banderas” de la Independencia Económica, la Soberanía Política y la Justicia Social, y que en esas circunstancias las masas nos verían sostenerlas en alto, transfiriéndonos la tarea de llevarlas adelante(16). Personalmente, creo que se trata de un planteo fatalista, apoyado en la verificación de las “sucesiones históricas” del pasado nacional. A mi modo de ver, la profecía aquella, que todos compartíamos, o no cuestionábamos, subestimaba el problema de crear un sistema de cuadros estable, con inserción real en las clases populares, aunque se trate sólo de fuerzas minoritarias, como condición para poder aspirar efectivamente a constituirnos en polo de un reagrupamiento de las grandes mayorías, ante una crisis de conducción del movimiento, o al emerger una situación que frustre las expectativas depositadas en él. Más allá del dato de que el mismo Ramos, al presentarse la ocasión, con el giro menemista, terminó sumándose al abandono de las banderas nacional-burguesas, consideramos que el peso del aparato político y la ideología burguesa del movimiento nacional, en condiciones análogas, si el partido marxista no alcanzó a reunir esa “masa crítica” capaz de tornarlo una alternativa real, lo esperable es más bien la degradación y el retroceso del campo popular; la desmoralización política, tal como ocurrió en la década del 90. El “trabajo gris” del que hablaba Lenin y la paciencia del constructor, sin perder en el camino la capacidad para advertir esos bruscos virajes que suele usar la historia para descolocar a los rutinarios, no podrán suplantarse con los recursos de la alquimia.

Córdoba, 17 de octubre de 2015

Notas:

1) Dice Aldo Ferrer, con referencia a los “países exitosos”: “En los casos mencionados la concentración del ingreso coexistió con elites y liderazgos empresarios nacionales capaces de acumular sus excedentes y, consecuentemente, aumentar la inversión y la tasa de crecimiento. Una cosa es, en efecto, la concentración del ingreso en elites inclinadas al despilfarro y otra en aquellas con vocación de acumulación de poder en sus propios espacios nacionales”. Ver “El capitalismo argentino”. FCE. 1998
2) Nos referimos a la nota “La conducción vertical, después de Perón”, del autor.
3) No es posible, en los marcos del trabajo, hacer un análisis más exhaustivo del tema de las diferencias entre uno y otro momento histórico, sin limitarnos a señalar “la audacia de Perón”. En la nota al pie siguiente, intentamos dar un fundamento más general.
4) Cabe hacer una observación puntual, en relación a esto: se habló mucho en estos años de “volver a enamorar” a las clases populares. Sin ignorar el valor de generar trabajo, y restablecer derechos perdidos con el neoliberalismo, es difícil pensar que con solo eso pueda recrearse una pasión popular. En la década del 40 Perón elevó socialmente a los trabajadores a una condición social cualitativamente distinta a la anterior, ingrediente insustituible para ganar el corazón de una clase sumergida… junto al odio visceral del campo oligárquico y los sectores aferrados a la jerarquización tradicional.
5) En el momento oportuno, ese conflicto dio origen a la nota “El conflicto gobierno-CGT y el rol político de la clase obrera”, del autor.
6) El entusiasmo popular no es el fruto de la “demagogia populista”, ni está manifestando alguna clase de “engaño”, por parte de las mayorías. En la “Ideología Alemana”, Marx nos explica que toda clase que aspira al poder debe presentar su interés de clase como “interés general de la sociedad” y (cito de memoria) que en su época de ascenso esto coincide hasta cierto punto con la realidad, ya que todas las clases emergentes, en mayor o menor grado, comparten una plataforma y un enemigo común. Si tenemos en cuenta (Lenin) que en los países atrasados se padece más “por falta de desarrollo del capitalismo, que por el capitalismo como tal”, nada tiene de extraño que los pueblos se movilicen para respaldar medidas que tienen como fin la ampliación del mercado en su propio país, lo que implica elevar el consumo de la mayoría. Por lo demás, al motor económico –tomando distancia del mecanicismo “marxista”– cabe añadir los estímulos culturales y emocionales ligados al rechazo del sometimiento nacional.
7) De allí el encono del mundo empresario ante las imprevistas y empíricas estatizaciones kirchneristas (nunca hubo un plan explícito, anticipatorio; se las justificó a posteriori en base a razones de hecho, no como parte de una visión general, en la cual el Estado ha de quedar a cargo de ciertas áreas, como único agente del interés general). Es obvio el hecho de que no por ello son menos valiosas y dignas de apoyo. Pero no respaldarlas a partir de una posición ideológicamente clara es sin duda una debilidad, manifestada en discursos de Cristina Kirchner, que necesita aclarar que no responden a una visión estatista, a pesar de que la experiencia prueba en los hechos la hipótesis general de que el capital privado sólo se guía por el beneficio inmediato y toda empresa de valor estratégico no puede ser entregada al mismo, si quiere resguardarse el interés general.
8) Describir un sistema es algo diferente a juzgar a las personas. En el gobierno de Perón, un ministro insigne como Ramón Carrillo llevaba adelante con gran visión, y pericia de sanitarista, una tarea que estaba lejos de responder a indicaciones puntuales del líder y estaba inserta, no obstante, en el marco aquél señalado por el General al decir que lo rodeaban “adulones y chupamedias”. Pero, los casos singulares que desdicen la norma no pueden usarse para ignorar su existencia. Añadamos que, en el caso de Carrillo, era su acción acotada a lo “técnico”, sin incursionar ni inmiscuirse en el terreno de lo que se entiende habitualmente como “la política”.
9) Señalamos como “madura” a una clase provista no sólo de poder económico, sino al mismo tiempo de un universo cultural, que refleja la dependencia y el rol subordinado del país al imperialismo, pero es no obstante la única ideología de carácter totalizador que puede señalarse como ideología dominante, ya que impera en la colectividad y la provee de patrones, al servicio de la oligarquía, en nuestro caso.
10) Reflejando, y procurando justificar, esas limitaciones ha surgido cierto “revisionismo”, en ámbitos del kirchnerismo, que desea transferir a los desocupados y marginalizados el rol de vanguardia de la lucha revolucionaria, con el pobre argumento de que ellos “no tienen nada que perder”, mientras los trabajadores, socialmente incluidos, “se han vuelto conservadores”.
11) Se procuró analizar este desarrollo táctico y sus relaciones con el objeto de la presente nota en “La Izquierda Nacional y AUN: acerca del tema de la construcción del partido”.
12) Para hacer comprensible el significado de las siglas, cabe aclarar que el PSIN (Partido Socialista de la Izquierda Nacional) fue fundado en 1962, la táctica AUN (universidad) y ASENA (secundarios) fue madurada durante el gobierno militar de Onganía, Levingston y Lanusse (1966-1973) y el FIP (Frente de Izquierda Popular), el partido con Personería Electoral nacional y en las 24 provincias del país fue constituido en 1971, con el fin de participar en el proceso electoral abierto con el retroceso de la dictadura oligárquica.
13) Estas experiencias, entendemos, sin altanería, no merecieron una reflexión acabada de nuestra parte; y esos límites en la autocrítica, aunque no agotan para nada la cuestión, deben considerarse un factor concurrente en la crisis del FIP y el retroceso sufrido por nuestra corriente en un contexto histórico nacional y global de “crisis del pensamiento revolucionario”, que invita a eludir explicaciones reduccionistas.
14) En la versión expuesta por Laclau las demandas integran un “discurso”, no manifiestan las contradicciones de una realidad objetiva, exterior a la conciencia. El conflicto, como exteriorización una sociedad contradictoria, y la existencia misma de las clases sociales ha desaparecido, ya que “nada existe sin ser pensado”. Esta visión idealista sostiene en definitiva el orden vigente, se rinde a los pies de la burguesía “nacional”, y le permite dislates como sostener que La Cámpora es “la vanguardia” del pueblo argentino.
15) Como hemos señalado en otra oportunidad, esta esquematización del papel cumplido por la agitación política no implica desconocer que la propaganda (muchas ideas, para los elementos de vanguardia) es insustituible como herramienta para ganar y formar a la militancia popular.
16) En un reportaje para la revista “Confirmado”, en 1971, Ramos usaba el ejemplo chino. A tal punto, entiendo, se trataba de plantear una suerte de metáfora sin el valor de un diagnóstico apto para guiar nuestro trabajo práctico, que el vocero del FIP usaba un ejemplo muy poco ajustado a su hipótesis de “la sucesión”: las características del largo proceso protagonizado por el maoismo, en el que acertadamente se inventariaban las complejas y contradictorias relaciones de colaboración y rivalidad con el nacionalismo chino, no dieron lugar a una “herencia vacante”, que cayera súbitamente en manos de los marxistas. Al contrario, ocurrió que la fracción del movimiento nacional liderado por los comunistas, que ocupaban y administraban regiones del país mucho antes de que toda la nación cayera en sus manos, creció a costa del sector dirigido por Chiang Kai Sek, hasta tornarse al fin en una fuerza abrumadoramente mayoritaria dentro del conjunto de las facciones antiimperialistas, lo que impulsó a su vez al “nacionalismo” burgués, ya impotente para recuperar el control, a buscar el apoyo del imperialismo yanqui, lo que terminó de convencer a las mayorías del país de que Mao y sus fuerzas eran los únicos garantes de la independencia nacional y las aspiraciones sociales de la nación oprimida, incluidos sectores de la burguesía “nacional”.

LA IZQUIERDA NACIONAL Y AUN: ACERCA DEL TEMA DE LA CONSTRUCCIÓN DEL PARTIDO

Publicada en “POLÍTICA” – Año 9 – N° 15  – setiembre de 2014

No encuentro un mejor modo de rendir homenaje al cro. Spilimbergo, respondiendo al propósito de esta edición de POLÍTICA, que intentar el análisis 

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LA IZQUIERDA NACIONAL Y EL DISCURSO DE LOS QUEBRADOS

Publicada el 4 de diciembre de 2013 en aurelio-arga.blogspot.com (*)

Reporteado en “Tiempo Argentino”, el 13 de noviembre de 2013, el actual funcionario kirchnerista (también lo fue de Carlos Menem y en un remoto ayer integró las filas de la Izquierda Nacional) Víctor Ramos, no a título individual sino en nombre de Seguir leyendo LA IZQUIERDA NACIONAL Y EL DISCURSO DE LOS QUEBRADOS

ACTUALIDAD DEL SOCIALISMO Y DE LA IZQUIERDA NACIONAL

Publicada el 18 de mayo de 2013 en aurelio-arga.blogspot.com (*)

 Los contrastes y las deserciones caracterizaron el final del siglo pasado, para el campo revolucionario. En ese cuadro, sin duda, el “sorpresivo” derrumbe del socialismo “real” provocó un trauma no superado (1), que opera contra la reivindicación del proyecto social definido por el marxismo como necesario para superar el orden actual, que, para no usar un doble rasero Seguir leyendo ACTUALIDAD DEL SOCIALISMO Y DE LA IZQUIERDA NACIONAL