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Alfredo Terzaga y la visión geopolítica del General Roca.

El texto que sigue se presentó como ponencia en el 1er Congreso del Pensamiento Nacional Latinoamericano, realizado durante los días 8, 9 y 10 de junio de 2023 por la Universidad Nacional de Lanus:

UnLA

Alfredo Terzaga, gran intelectual riocuartense injusta y lamentablemente poco conocido, fuera de Córdoba, fue una personalidad inusualmente polifacética. En este trabajo, nos apoyamos en uno de sus ensayos históricos, ámbito en el cual se destacó por ser un investigador riguroso, en el seno de la corriente del revisionismo socialista, con absoluta honestidad en el uso de las fuentes y el debate con los adversarios, así como por su rechazo categórico del maniqueísmo. En ese sentido, lejos de levantar figuras marmóreas, de postular un mundo de héroes y villanos en blanco y negro, era un adicto a la expresión de Goethe: “gris es toda teoría, únicamente es verde el árbol de la vida”. Pero, animado de una actitud casi renacentista, además de legarnos trabajos imprescindibles sobre el pasado argentino, Terzaga fue autor de una valiosa Geografía de Córdoba; traductor y crítico reconocido, aun en Europa, de los poetas románticos alemanes y franceses; poeta, él mismo; pintor estimado por expertos y artistas de su provincia y, durante años, profesor de Historia del Arte en la más reconocida institución de Córdoba. Por nada ajeno al compromiso político, la militancia le costó pasar por momentos duros, después del golpe de 1955[i].

Libro Roca Terzaga

La Historia de Roca, de soldado federal a Presidente de la República, el ensayo inconcluso de Alfredo Terzaga, aunque centrada en la trayectoria del gran tucumano, es de lectura obligada para comprender el ciclo de la historia nacional que se inicia en Pavón y concluye con la guerra civil del 80. Ese momento clave, por la súbita muerte del autor, en 1974, no está incluido dentro del magno legado. No obstante, el trabajo nos brinda un examen panorámico y pormenorizado de los sucesos fundamentales del  periodo, para definir el contexto en que transcurre la acción de Julio Argentino Roca. Éste, como es sabido, asciende durante el mismo hasta coronar el recorrido que habría de llevarlo a la presidencia de la Nación; para ser, desde allí, el verdadero creador del Estado nacional. No es la nuestra una exageración: las instituciones modernas de la Argentina tuvieron en su gobierno y la hoy maltratada generación del 80 los artífices de un impulso tan poderoso que, con propiedad, puede hablarse de un antes y después de Roca, en todos los sentidos.

Como es obvio, en la carrera del tucumano tuvo un papel enorme la Campaña del Desierto, que dio a su figura un esplendor difícil de comprender hoy, dada la distorsión traída por los embates de los grupos indigenistas. Además de hacer del jefe militar un “chivo expiatorio”, aquéllos no advierten algo fundamental: si pudiera calificarse de “genocidio” su acción, la condena debiera recaer sobre toda la sociedad criolla del siglo XIX, no únicamente sobre quién tuvo éxito en una pugna que era secular y en la cual otros ocasionaron muchas más víctimas[ii]. Más grave es, todavía, ignorar que el territorio patagónico estaba en disputa; que en el mejor de los casos, de postergarse nuestra acción, estaría hoy en manos de Chile. Pero lo apetecían también potencias europeas, como ocurrió con  Malvinas y se estaba gestando en la gran isla de Tierra del Fuego. De modo que estamos, en la acción militar llevada en el sur, no, como quieren los indigenistas y otros mitristas “de izquierda”, ante una acción dirigida a ganar tierras para los ganaderos, sino, como lo advirtió Terzaga, frente a un plan fundado en la visión geopolítica del General Roca, que dará más tarde abundantes pruebas de su concepción amplia del espacio nacional, no sólo en su primera presidencia, sino en fechas distantes  de aquella, como el momento en el cual, en 1903, en su segundo mandato, casi al final de su vida pública, resuelve crear la Base Naval de las Órcadas del Sur. Una decisión trascedente, ya que éste fue el primer asentamiento mundial estable en la Antártida; región que había sido, hasta allí, sólo visitada por navegantes  europeos, con fines científicos. No obstante lo cual, mirando los hechos con una perspectiva geopolítica, sería ingenuo ignorar la típica polivalencia de estas incursiones.

El trabajo de Terzaga establece con claridad una valoración del alcance de la famosa Campaña, que pretende ser hoy una causa criminal: “Lo que Roca y el Ejército hicieron en la campaña de 1879, más que trasladar al Río Negro la frontera interior, como lo prescribía la letra de la ley 947 y algunos antiguos proyectos coloniales, fue en realidad suprimir esa frontera y dar con ello una continuidad real al espacio geográfico nacional, haciendo que el país creciera hacia adentro, e imprimiendo un profundo viraje a los supuestos geopolíticos en que hasta entonces se había inspirado el Estado argentino en materia de espacio y de soberanía, si es que puede hablarse de ´un  Estado Nacional´ que mereciera tal nombre, antes de haberse dado al país su capital y de haberse creado estructuras e instituciones que funcionaran a escala precisamente nacional”[iii].

¿Cuáles habían sido, antes de Roca, “los supuestos geopolíticos en que se había inspirado” cada uno de nuestros gobiernos, “en materia de espacio y de soberanía”? Siendo un asunto de enorme significación, Terzaga aborda, con serenidad, pero firmeza, asuntos maltratados por la historia mitrista y su contracara simétrica, la escrita por los rosistas. En el primer caso, ocultando el rol de los grupos rivadavianos que expresan los intereses de la burguesía comercial, situada en el Puerto, en la segregación del Paraguay, en librarse del Uruguay artiguista y de Montevideo, el puerto rival, y la decisión de dejar “en libertad para disponer de su suerte” a las provincias del Alto Perú. Esto último, recuerda Terzaga, fue  un “desprendimiento” que  Bolívar calificó como  “inaudito”. Todo lo cual, cabe reiterar, buscó achicar nuestro espacio nacional, para asegurar el dominio del espacio restante por el puerto único, sólo interesado en monopolizar el intercambio entre la Europa industrial y “el país del cuero”; según la imagen debida a Sarmiento. El sanjuanino, por su parte, como es sabido, es autor de una frase que lo condena en el punto, el insólito juicio de que el mal argentino era la extensión (ya reducida por la acción unitaria). En el segundo, el que evalúa a Juan Manuel de Rosas, Terzaga cuestiona incluso a Jauretche –amigo suyo, al que reconoce sus aportes de Ejército y Política, pese a lo cual debate con él– al considerar “contradictoria” con la propia tesis jauretcheana la afirmación de que el Restaurador habría tenido “una política de patria grande”, que para nada es visible en el jefe “federal” de los hacendados bonaerenses, al que de ningún modo puede adjudicársele una intención real de rehacer el espacio perdido del Virreynato, pese a su defensa de la soberanía nacional. Por último, es clara la diferencia entre la visión que guió la campaña contra los indios emprendida por Rosas y la que presidió Roca, que jamás hubiera pensado en buscar el auxilio de Chile, favoreciendo su expansionismo de rival geopolítico. En ese punto, pocas dudas caben de que Rosas se interesaba, casi exclusivamente, por apartar al indio de las haciendas del sur bonaerense, sin ningún propósito de extender la mirada hacia la incorporación del territorio patagónico a la soberanía argentina, del mismo modo que jamás nos imaginó como un país interesado en el dominio del mar.

Nuestro autor es claro en mostrarnos la magnitud del giro geopolítico que implica la concreción de las conquistas territoriales obtenidas por Roca. Hasta allí, las contiendas argentinas se sitúan en torno a tres regiones diferenciadas: “Buenos Aires con su provincia; el Litoral y el Interior”[iv]. “La incorporación de Pampa y Patagonia (parecida de hecho a una anexión, aunque la palabra resulte fuerte) –señala Terzaga– agregó al país el doble de espacio del que había poseído; alteró el viejo juego triangular de las unidades regionales; puso en vigencia una concepción geopolítica fundada en el gran espacio; ensanchó al país; las provincias interiores ganaron territorios nuevos, y aunque no pudo poblar adecuadamente los espacios australes (para ello hubiera necesitado de tanta población como la del país entero), echó sí las bases para el surgimiento de un nuevo Estado que ya no fuera –como no lo fue– la expresión del predominio de una de las tres unidades clásicas, sino de la Nación en su conjunto.”

Estas reflexiones de Alfredo Terzaga están confirmadas, como hemos anticipado más arriba,  por toda la conducta posterior de Roca. Dado que la crónica de nuestro autor concluye con los prolegómenos de las batallas del 80, debemos hacerla por nuestra cuenta, aunque reconociendo la paternidad del hombre de Río Cuarto, del que hemos dicho en otro lugar “que nos asombraba en la juventud por su prodigioso conocimiento del siglo XIX argentino, del que hablaba como si fuese un testigo ocular[v].”

La Marina de Guerra y la conquista de Ushuaia

Santos y Gorojovsky

En relación al tema de “argentinizar” a Ushuaia, remitimos a los textos de Hugo Alberto Santos, cuyos aportes son concluyentes[vi]. El autor, que retoma la huella de Alfredo Terzaga, nos relata el arribo a la bahía de Ushuaia, en 1884, de la División Expedicionaria al Atlántico del Sud, al mando del comodoro Augusto Lasserre, obviamente enviado por el gobierno de Roca, que da comienzo a la ocupación argentina. Encuentra allí una Misión anglicana y en el mástil izada la  bandera inglesa. No hay dudas de que se trataba de una avanzada colonial, que anticipa la toma de posesión británica. Los misioneros, mientras catequizan a los indígenas, imponen el inglés y están en contacto con el mundo exterior a través de Las Malvinas, a las cuales naturalmente nombran como Falkland Islands. Lasserre toma posesión del lugar, iza nuestra bandera y afirma definitivamente la soberanía nacional, inaugurando una subprefectura.

Apuntemos, como una digresión, que un mes después de la llegada de Lasserre a Ushuaia, en el otro extremo del país, el 17 de noviembre, el también marino Valentín Feilberg fundaba en Formosa la ciudad de Clorinda, como fruto de la toma de posesión nacional en esa región, hasta entonces sólo formalmente argentina. No es casual que en ambos casos veamos plasmada esta visión amplia del territorio nacional que caracterizaba a Roca, en que venimos insistiendo[vii].

Estos hechos tan significativos para el futuro nacional, con el nuevo rol adjudicado a la Marina de Guerra, desmienten categóricamente la aserción de que la Campaña de Roca en la Patagonia obedecía al afán por acaparar leguas de tierra de los hacendados bonaerenses. Esta visión, como ya dijimos, es correcta para señalar la Campaña de Rosas, en 1833, pero es inadecuada respecto al tucumano. Una evidencia más, en tal sentido, es la siguiente: Roca desecha la visión del mar (o su carencia) adoptada por Sarmiento, cuyos objetivos se limitaban a controlar los ríos y hace de la Marina una institución enteramente nueva, con la misión de responder a la noción que ha lanzado en su mensaje de abril de 1879, antes de iniciar la “Campaña del Desierto”. Dice Roca, cuando está comenzando ese gran viraje, que habría de transformarlo en figura nacional, ante oyentes que son “de tierra adentro”: “La República Argentina debe ser en breve tiempo una nación esencialmente marítima, pues sus mayores intereses se hallan vinculados en el porvenir a la población de sus costas y a la habilitación de sus puertos para el comercio universal”. Nada hay de casual en que fuese él mismo, en su segunda presidencia, quien crearía el Ministerio de Marina, para independizar y jerarquizar esa institución.

Roca, las Islas Malvinas y el Atlántico Sur

mapa bicontinental¡Cuánto desconocimiento existe hoy, a 41 años de la guerra de Malvinas, del dato significativo de que durante un gobierno del General Roca, en 1884, la Argentina volvió  a reclamar por sus derechos a Gran Bretaña! Habían pasado 35 años de silencio, desde el reclamo efectuado por Manuel Moreno, el ministro de Rosas, en 1849. A modo de digresión, cabe añadir que todavía actualmente la defensa de la soberanía argentina en las irredentas islas usa como fundamentos el alegato elaborado por Francisco J. Ortiz, el canciller roquista y que ése fue el punto de partida de una política que ha sido, desde entonces, una constante en nuestra acción diplomática.

Del mismo modo corresponde entender la conducta de Roca cuando, un año antes de finalizar su segunda presidencia, decide comprar, “casi a libro cerrado” –dice un autor–, el observatorio meteorológico construido por el naturalista escocés William S. Bruce en las Órcadas del Sur. Este deseaba transferirlo a la Argentina, por su cercanía a la Antártida y frente al interés que mostraba nuestro país por el continente helado[viii]. No era ésta una afirmación gratuita. En todos los tiempos, Roca impulsó nuestra presencia en el extremo sur. La Campaña del Desierto tuvo su correlato en la acción de la Escuadra sobre las costas patagónicas. Más tarde, en 1883, antes del arribo de Lasserre a Ushuaia, con la idea de instalar allí una penitenciaría; un proyecto que inicialmente se concibió con la intención de brindar a los penados un lugar en el cuál pudieran residir en compañía de sus familias y reinsertarse económica y socialmente. Por último, antes de tomar la oferta de Bruce, ya se había incursionado en la Isla de los Estados y otras próximas, siempre en procura de levantar en ellas un observatorio meteorológico y del campo magnético. Curiosamente, estas cuestiones estuvieron en la jurisdicción, hasta mediar la década del 30, del Ministerio de Agricultura, del cual dependían los observatorios meteorológicos y sólo a partir de 1952 pasaron a depender de la Marina nacional.

La geopolítica de un país moderno, diversificado y autónomo

Esta visión del espacio nacional, opuesta en realidad, como indicó Terzaga, a la que predominó antes de 1879, implica un proyecto de país distinto, lejos del que apostaba a constituirse hasta entonces, como un apéndice agropecuario de Europa. Lo insinúa ya el mensaje de Roca, más arriba transcripto, sobre el futuro marítimo. Lo corroboran, además, múltiples datos. Pero estos datos son casi ignorados, por la leyenda negra que acompaña al roquismo y sus bases de apoyo, tanto como a la gran “generación del 80”, en realidad compuesta por argentinos que provenían de varios momentos del pasado nacional.

Terzaga aporta, en tal sentido, datos muy significativos acerca de la incorporación, en distinto grado, pero con una constancia suficiente para señalarlo como un fenómeno, de la vieja guardia del federalismo provinciano, que había luchado contra la política mitrista, antes y después de Pavón y repasa sus nombres, prolijamente. Por razones de brevedad, sólo destacamos a figuras centrales de un amplio espectro, como Juan Saá y Carlos Juan Rodríguez, de San Luis[ix]; José Hernández y Francisco Fernández, secretarios ambos del entrerriano López Jordán[x]; Manuel Olascoaga, mendocino[xi]; Simón de Iriondo, gobernador santafesino también federal, es, dice Terzaga, “un puntal” de la Liga de Gobernadores impulsada desde Córdoba por Juárez Celman. Podríamos nombrar a muchos más. Además, se suman al roquismo corrientes autonomistas de todas las provincias, en las cuales militan aquéllos que apoyaron a Sarmiento y Avellaneda, en sus pugnas con la burguesía comercial porteña.  Ambos presidentes, como es sabido, han sido impulsados por un nuevo actor, el Ejército de línea. Roca, obviamente, es parte del mismo y se consolida como su jefe tras la Campaña del Desierto. La Liga de Gobernadores, impulsada por Juárez Celman, pero en la cual encontramos federales y autonomistas, es también asimismo una hechura del interior, que tuvo ya una actitud casi unívoca en el enfrentamiento militar de 1874, contra la sublevación  de Mitre. Por último, sin ser por esto menos importante, están  en el roquismo casi todas las figuras importantes de la época de la Confederación, entre los cuales se destaca la presencia de Alberdi, para dar al conjunto una identidad antagónica a las fuerzas de la oligarquía porteña, asesina de gauchos, genocida del Paraguay y, lo que más interesa al objeto de nuestro análisis, partidaria de una política de integración al mercado mundial en un rol subordinado al Imperio Británico. Nada hay de casual en que apoye a Roca Carlos Pellegrini y los proteccionistas de la industria, con su conocida expresión  de que debíamos producir algo más que pasto.

Pero hay más. Aunque no avance Terzaga a formular sobre el tema una conclusión general, en su libro encontramos, un poco al pasar, cabos o indicios muy valiosos sobre quiénes constituían  en el interior del país las bases sociales, minúsculas, pero poderosas, del partido que representó los intereses del comercio del puerto de Buenos Aires, el núcleo librecambista. Son los grandes comerciantes de la capital cordobesa, cuyos intereses los asocian a la intermediación comercial centralizada en el Puerto. Se trata de pistas necesarias para identificar, en el interior del país, las bases sociales del mitrismo, algo aún poco estudiado (por otra fuente, conocemos el caso del comercio de Gualeguaychú, puntal mitrista en Entre Ríos).  Por último, sólo una seria miopía llevaría a subestimar la significación de que se sumen a Roca, según dijimos, contra Mitre, los que han luchado por imponer tarifas proteccionistas en la década del 70, tras durísimos debates. Esta política, además de expresar al sector industrialista surgido en Buenos Aires, encuentra en las provincias diversos partidarios: las provincias cuyanas, con sus vinos y licores; las norteñas, con el azúcar; Córdoba y otras, con la molinería de granos, canteras, cementos, cales y minería. Apuntemos, en tal sentido, que el país importaba azúcar y vinos en una medida inimaginable, hoy, mientras el comercio inglés y los importadores porteños sostenían fuertes campañas para desprestigiar toda la producción nacional: todo producto que podía sustituir a los vinos y licores importados era calificado “de inferior calidad”; los petróleos de Mendoza y Salta, que podían sustituir al carbón inglés, no merecían un juicio mejor; el cemento y las cales de Córdoba, que se habían utilizado para levantar obras en la época de la Colonia, resistentes después de varios siglos, eran “flojas” frente a su equivalente inglés[xii]; el azúcar salido de los ingenios norteños, “sólo soportable para el paladar no educado” y no se equiparaba al traído desde el Caribe por los franceses.

Apuntamos a señalar, identificando las fuerzas que concurrían al roquismo, que eran ellas las bases sociales de una política nacional, que se apoyaba, entre otras cosas, en la visión del espacio nacional aportada por el roquismo; fuerzas que se oponían, cada cual desde su lugar, a la consolidación de la penetración extranjera, dispuesta a destruir lo que aún restaba de las industrias artesanales de antigua raigambre. Entre otras cuestiones, Terzaga señala la oposición inglesa a prolongar el tendido ferroviario hacia el norte, una iniciativa que debió solventarse con otros recursos, entre los cuales menciona la financiación dada por el recién fundado Banco Provincial de Córdoba.  Se sabe que, si la pretensión británica finalmente fracasaba, como en este caso, los ingleses apelarían, tras adquirir el ferrocarril, a usar las tarifas como medio para desalentar o impedir la competencia argentina contra todos los productos que ellos pretendían vender, como ocurrió en el caso de la explotación petrolera.

Esa perspectiva nacional, que caracteriza a las fuerzas que se agruparon alrededor del liderazgo de Roca, el mayor árbitro de la política argentina durante un cuarto de siglo, es, según creemos, el fundamento de su visión  del espacio  nacional, y estaba viva aún en su segunda presidencia, aunque las elites del autonomismo tendían a integrarse a la oligarquía tradicional, enriquecida y confiada en el porvenir del país, tras el vertiginoso desarrollo de la producción agropecuaria. Ese desarrollo adormecía al país, silenciando las voces de los más lúcidos exponentes de esa elite, como Emilio Civit y Osvaldo Magnasco, críticos del papel de los ferrocarriles ingleses, que preferían poner en manos del Estado. En las vísperas del Centenario de la Revolución de Mayo, dominaba el clima un ilimitado optimismo, mientras diversos observadores, omitiendo considerar la clara distancia entre el progreso unilateral de la Argentina y el desarrollo general estadounidense, nos adjudicaban el nombre de “los yanquis del sur”, como un elogio.

Hemos señalado en otro lugar que el patriciado de las provincias de interior nunca alcanzó esa cohesión social que fue el signo de la elite norteamericana, “una burguesía nacional decidida y clarividente, guiada por los principios recomendados por Hamilton[xiii]”. La orientación impresa al país durante la gestión del General Roca, no obstante, se apartaba claramente de la impulsada por la burguesía comercial porteña y los estancieros bonaerenses, desde Rivadavia a Mitre, sin exceptuar a Rosas. Además, para juzgarla, no pueden omitirse dos hechos: por un lado, el dato de la extraordinaria prosperidad que caracterizó al periodo, que concluyó recién con la crisis de 1930 y que acallaba las voces que alertaban al país contra la unilateralidad del agrarismo; por otro, que el ciclo roquista coincidió  con la aparición del imperialismo moderno; fenómeno que trastornaría todos los esquemas por entonces vigentes, en el país y en el mundo, golpeando incluso las perspectivas adoptadas hasta allí por los marxistas más lúcidos.

En lo que a Roca concierne, particularmente, nada mejor que reproducir el siguiente texto, que tomamos de la Historia de los Ferrocarriles Argentinos, de Scalabrini Ortiz y que provienen de su discurso al inaugurar, en mayo de 1885, el tramo que comunica a San Juan con Mendoza, en la gran construcción realizada por el Estado del ferrocarril El Andino, que fue durante varios  años administrado por la Nación, hasta su lamentable privatización, en 1909.

ScalabriniCuenta Scalabrini: “Roca hizo el elogio de las industrias y dijo que había que fomentarlas por los dos medios más eficaces: ferrocarriles y protección aduanera, para evitar la competencia desleal y destructiva de la mercadería extranjera”. Y para trasmitir más certeramente cuáles eran  las ideas básicas del General, reproduce un discurso inmediato anterior: “La industria nacional nace apenas –dijo Roca en el discurso inaugural de la Exposición interprovincial, el 9 de abril de 1885– y abandonada a sus solas fuerzas, sin el apoyo eficaz y permanente del Estado, por medio de leyes protectoras, se quedará ahí debatiéndose en inútiles ensayos, sin poder competir con los productos de la industria extranjera que inunda nuestros mercados. La agricultura misma, el cultivo de la tierra, tendrá que estacionarse si no es fomentado por el desarrollo industrial. Valdría más nuestro lino si de las manos del colono que lo recoge pasase a la fábrica para convertir su grano en aceite y su fibra en hilo, ¿Cuánto dinero menos saldría del país en esta sola materia?… ¿Cómo hemos de asegurar el porvenir económico de la República, evitando las perturbaciones consiguientes al exceso de importación sobre la exportación? ¿Qué resorte mágico debemos tocar para despertar a los pueblos del interior y hacer surgir las fábricas, los ingenios, las bodegas colosales en todo el país? Tenemos dos recursos: ferrocarriles fáciles y baratos para que las provincias puedan intercambiar recíprocamente sus productos y protección franca, valiente y constante de la industria nacional…[xiv]

Lamentablemente, estas nociones, que tan pocas dudas dejan en pie acerca del pensamiento de Roca sobre nuestra economía y su visión integral de los intereses argentinos, no lograron prevalecer entonces y hoy conservan plena vigencia.

Córdoba, 17 de mayo de 2023

NOTAS:

[i] Diversas semblanzas de Alfredo Terzaga pueden leerse en la revista Política N° 17, de marzo de 2020, publicada al cumplirse el centenario de su nacimiento, en calidad de homenaje. Entre ellas, llamamos la atención sobre los siguientes trabajos: Lacolla, Enrique. Terzaga y su tiempo; Ferrero, Roberto. La concepción histórica de Alfredo Terzaga; Torres Roggero, Jorge. Razón de crear, revolución constructiva; Roland, Ernesto. La faceta política de Alfredo Terzaga. Gorojovsky, Néstor M. El ojo argentino en la historia argentina. Revista Política N° 17. Marzo 2020. Publicaciones del Sur. Buenos Aires. Argentina. Por su parte, la Universidad Nacional de Río Cuarto, empeñada en reeditar sus Obras Completas, ha publicado en 2022 el Tomo I, Literatura, que reúne trabajos de crítica literaria.

[ii] Ver, del autor, El General Roca. Historia y Prejuicio. Publicaciones del Sur. 2020. Buenos Aires. Argentina

[iii] Terzaga, Alfredo. Historia de Roca. Tomo II. A. Peña Lillo Editor SRL. 1976. Buenos Aires. Argentina. Pág. 155. Los subrayados son del autor.

[iv] Ibidem. Pág. 168

[v] Del autor. Ibidem.

[vi] Santos, Hugo Alberto. Historia Crítica de la soberanía argentina en la Tierra del Fuego. Publicaciones del Sur. 2021. Buenos Aires. Argentina. En la obra citada el autor amplía lo que ya había expuesto en Lasserre, Roca y la soberanía en la Patagonia Austral, publicado en Revista Política N° 3. Publicaciones del Sur. Marzo 2007. Buenos Aires. Argentina.

[vii] Puglisi, Alfio A.  Roca y la Armada. Boletín del Centro Naval 859. Diciembre 2022 Buenos Aires. Argentina.

[viii] Puglisi, Alfio A. Roca y la Antártida. Boletín del Centro Naval 847. Ene/abril 2018. Buenos Aires. Argentina.

[ix] Carlos Juan Rodríguez y el General Juan Saá (“Lanza Seca”) fueron los jefes de la “Revolución de los colorados”, que se expandió por Cuyo en 1866, contra el gobierno de Mitre y la Guerra del Paraguay. El primero, fotografiado junto a Felipe Varela entonces, fue en 1880 uno de los electores de Roca como presidente, en el Congreso de Belgrano. Fue más tarde legislador nacional en varios periodos y un actor destacado en la sanción de la Ley del Matrimonio Civil, en 1889. En suma, un abogado federal y firme liberal, al que no perdonan los rosistas clericales de su propia provincia. El General Saa, por su parte, era un federal antirrosista, que saludó el triunfo de Roca, luego de ofrecer sus servicios para pelear contra Tejedor, en 1880.

[x] El autor del Martín Fierro, como se sabe, fue denunciante del crimen contra El Chacho y habría de ser el más claro defensor de la transformación de Buenos Aires en Capital Federal, en la legislatura bonaerense. Al mismo tiempo, Terzaga pone en evidencia que todo Entre Ríos era federal y se sumó al roquismo. En esa nómina incluye al político y poeta Olegario Andrade, que antes de ser roquista había sido secretario del presidente Derqui, en el gobierno de Paraná.

[xi] También protagonista de la “Revolución de los Colorados”, se destaca más tarde en la Patagonia central, siendo  fundador de Chos Malal, como capital de Neuquén y primer gobernador del Territorio Nacional. Fue un notable geógrafo, autor de la obra Estudio Topográfico de La Pampa y Río Negro, publicada en 1880 y Topografía Andina, publicada en 1892. Compuso además piezas de teatro y poesía, novelas históricas, entre más obras.

[xii] En 1880, en la construcción del dique San Roque, el mayor embalse de América por entonces, los ingenieros Bialet Massé y Cassafoust se atrevieron a usar cemento y cal cordobeses. Al asociarse el desafío a la importación inglesa con el enfrentamiento del gobierno del Dr. Juárez Celman con la Iglesia, enardecida por su laicismo, las fuerzas clericales, apoyadas discretamente, cosa habitual en los ingleses, por los importadores lesionados, inició una campaña según la cual el dique iba a ceder e inundar a Córdoba, con efectos catastróficos. La campaña logró que ambos ingenieros terminaran en prisión. Campañas de desprestigio sufrieron también los vinos cuyanos y el azúcar del norte. Todo lo nuestro era de mala calidad. Todavía en la segunda década del siglo XX, según cuenta  José Panettieri, en Aranceles y protección industrial, 1862 – 1930, la Unión Industrial Argentina se lamentaba de que los fabricantes del país debían ponerle a sus productos nombres extranjeros y, si era posible, presentarlos como importados, frente a la opinión prevaleciente en el consumidor argentino de que nuestros productos eran deficientes.

[xiii] Del autor. Ibidem.

[xiv] Scalabrini Ortiz, Raúl. Historia de los ferrocarriles argentinos. Plus Ultra.1964. Buenos Aires. Pág. 272.

BIBLIOGRAFÍA

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Terzaga, A. (1976) Historia de Roca. 2 Tomos. Buenos Aires: Peña Lillo.

ACERCA DEL “MARXISMO” DE MILCÍADES PEÑA

fICHAS ii

Pese a ser un autor prolífico, un ligero examen de la vida y los textos de Milcíades Peña debería bastar para ahorrarse el esfuerzo de analizar su obra, llena de inconsistencias y juicios caprichosos, expuestos  con la impulsividad típica de los sectarios. Pero, al tratarse de alguien al que rinde culto una larga lista de ultraizquierdistas cipayos, que, por extrañas razones, tiene buena fama entre algunos académicos “progresistas”, incluyendo a ciertos “peronistas de izquierda”, es necesario asumir la tarea y superar la repugnancia que inspiran sus insultos, que el lector comprenderá al leer nuestras citas del capítulo IV de “Masas, Caudillos y Elites”, libro que examina la historia argentina del siglo XX, detenido ante todo en Yrigoyen y Perón. El autor titula al referido capítulo “El gobierno del <como sí>: 1946-55”, para hablar, es obvio, del peronismo histórico y dice que: I) la década 1945/55 fue “un alegre carnaval”[1]; II) Evita, “una actriz fracasada y resentida social”, que “murió creyendo que su comedia personal era la historia argentina”[2]; III) Perón y su entorno, “una pandilla de aventureros respaldados e idolatrados por las masas trabajadoras”[3]; IV) en esos años (de alegre carnaval) “los obreros van experimentando, aunque tardan en tomar conciencia de ello, que su enemigo en las fábricas no es sólo la patronal, sino la propia CGT”[4]; V) por retirarse “sin lucha” durante el golpe de 1955, el jefe del peronismo merece ser calificado “el afeminado general Juan Domingo Perón” [5].

Abundan en la Argentina estos energúmenos y opiniones. Ciertas expresiones hicieron historia, como ocurrió con aquella del “aluvión zoológico”[6], para tachar la llegada del peronismo al poder. La historia de Evita dio igualmente material a la malevolencia de caballeros prostibularios y damas frígidas (o que simulan serlo, con el amante en el ropero). Lo raro en el caso de Milcíades Peña es que, mientras otros simios son juzgados por todo el mundo como ridículos gorilas poseídos por el odio, al creador de Fichas lo presenten como “un crítico riguroso” algunos académicos de las corrientes “progresistas”, sin que despierte en ellos alguna duda verlo incurrir en los mismos insultos o extravagantes descalificaciones, que deberían motivar, como mínimo, un comentario y una sospecha sobre su objetividad ensayística, poco compatible con la incontinencia emocional y la potencia de los prejuicios de que hace gala este sujeto. Esa imperturbabilidad o “candidez” es más curiosa, aún, en ciertos intelectuales del peronismo “de izquierda”[7]. Roza el absurdo ya, si a lo expuesto –el antiperonismo rampante– se suma el dato de que este “marxista”, que acusaba a miembros de la Izquierda Nacional de “cortesanos de Perón”, militara al mismo tiempo, tras el golpe de 1955, junto a Nahuel Moreno, la “táctica” del “entrismo”, que consistía en simular que eran peronistas: a la caza de distraídos, decían que su periódico, Palabra Obrera, se publicaba “bajo la disciplina del General Perón y el Consejo Superior Peronista”[8]. Con ese disfraz apostaban a ganar algún obrero y copar el movimiento, aprovechando que los “libertadores” tenían en la cárcel a los líderes sindicales y Perón estaba exiliado y proscripto. De modo que, después de denunciar al peronismo como “farsa”, agraviar a su jefe y decir que los obreros, por ser peronistas, eran “quietistas” y “conservadores”, Milcíades y su maestro sostenían una aventura similar a la que llevarían adelante, años después, los Montoneros y guevaristas. Aunque en aquel caso, como es de suponer, siendo “marxistas” Moreno y Peña, pretendían respaldar dicha torpeza, condenada al fiasco, con la palabra de Trotsky, sin atender al hecho de que el bolchevique ruso sugería entrar al socialismo francés, una fuerza habituada al debate interno, en un marco histórico también diferente[9]. Y de ningún modo cabe alegar que Peña sólo fue “seducido” por Moreno: en Estrategia, una revista de “teoría marxista” que publicaban juntos y estaba dirigida al público de “los entendidos”, ambos exponían “los fundamentos” de su aventura, para sumar a otros “marxistas”. Allí, Peña formuló, según Tarcus, “la más sólida fundamentación de la táctica trotskista de entrismo en el peronismo”. Libres, en Estrategia, del disfraz usado en Palabra Obrera para engañar peronistas hipotéticamente cándidos, en su “Revista Teórica” prescindían del disfraz, eran “trotskistas”: Peña, planteando la tesis de “copar” sindicatos[10] con la máscara de ser “fieles a Perón”; Nahuel Moreno, más impúdico aún, atacando a Jorge Abelardo Ramos, al que había denunciado de “brindar a Perón argumentos contra la izquierda”, maltratándolo esta vez por negarse a “luchar” dentro del peronismo ¡para lograr “la independencia” del movimiento obrero![11]. Milcíades PeñaArrastrados al fango por sus propios ardides, terminan obedeciendo “la orden” de Perón de votar la fórmula Frondizi-Gómez, en los comicios de 1958. Peña, siempre predispuesto a ser carne de cañón en manos de Moreno, ataca a Silvio Frondizi y Posadas de “sectarios y comentaristas pequeño burgueses” y según Tarcus les grita a la cara: “Así es: somos trotskistas-peronistas”.[12]

Estos virajes “tácticos”, que jamás se autocriticaron[13], muestran la liviandad de ambos personales[14]. Es preciso distinguir, no obstante, entre uno y otro. En el caso de Moreno, la volubilidad en “la teoría” nace invariablemente del empeño en dar “fundamento” a sus aventuras. El maestro de Peña, en tal sentido, víctima irredimible de la aversión al peronismo y de ese voluntarismo que rechaza aceptar los límites impuestos por el mundo real a la voluntad humana, invierte la secuencia entre el análisis y la acción: imitando al psicópata, Moreno adecua la “explicación” al acto. Sin teoría revolucionaria, dice Lenin, no es posible trazar una práctica consecuente. Pero la teoría, para él y para todo marxista serio, elabora independientemente los datos reales, sin empeñarse tozudamente en exigir que la cabeza se amolde al sombrero. En el caso de Moreno, primero se actúa. Le sigue “la teoría”, como un comodín. Si antes se había sostenido lo contrario, se oculta o deforma la expresión fallida, sin revisarla[15]. Peña, en cambio, aunque débil frente a Moreno, su protector letal[16], es un intelectual para el cual las ideas tienen algún valor, que impone límites al manoseo constante. Peña es capaz de citar tramposamente a otros autores, como se comprueba examinando con paciencia infinita su utilización de las fuentes   (¿especulando, quizá, en que es raro el lector que coteje lo citado?[17]), no parece pertenecer al mundo de los pillos, sino más bien al género de aquellos que, víctimas de una emocionalidad que no controlan, llegan a la deshonestidad, sin frenos inhibitorios, para sostener un prejuicio. Pero, al parecer, Peña habría logrado superar el sometimiento filial al aventurero, después de sufrir el fiasco de la táctica del “entrismo”. Esto tensiona el vínculo con Moreno y lo llevará a la ruptura. En Peña, las contradicciones extremas obedecen, a nuestro juicio, a otras causas: 1) la incapacidad para lograr que el pensamiento racional venza al prejuicio, que, como dijimos, expresa emociones tan poderosas, en algunos sujetos, que la víctima sucumbe irremediablemente ante el mismo; esta afirmación, lejos de ser una chicana, es visible en la propensión a infamar sin freno al adversario que el lector encontró en nuestras citas a su obra; por otra parte, estimando a Peña, Tarcus y Lagar hablan del desquicio psíquico del personaje. El primero se apoya en observaciones de Peña Lillo (que también aprecia personalmente a Milcíades).  Tarcus, fuera de toda sospecha de animadversión, habla de “disociación” y “cuadro esquizoide[18].

¿Es posible crear un partido revolucionario en un país de tontos incorregibles?

Por otra parte, ¿las intervenciones teórico-políticas de Moreno y Peña, por erradas que sean, estaban sostenidas por el propósito de construir una fuerza revolucionaria de la clase obrera? Subjetivamente, no hay duda de que en Moreno eso era así. No es tan claro en el caso de Peña que, como señalaba el núcleo “duro” morenista, con ánimo peyorativo, era “un intelectual”. Pero, omitiendo matices, sólo podría decirse que querían crear un partido obrero, pero esa meta era en extremo contradictoria con la perpetua subestimación a la inteligencia de los trabajadores y su experiencia vital, que los había llevado a mirar con asco su adhesión a Perón, realista y coherente. Juzgue el lector, en dicho sentido, la visión que se expresa en el siguiente párrafo, donde sólo tallan las embajadas imperialistas y la masa         es zonza: “El 12 de octubre el gobierno pro-inglés de Perón y Farrell se vio seriamente amenazado por una coalición respaldada por la embajada norteamericana; y el 17 de octubre un movimiento de militares, burócratas, curas, policías, políticos burgueses y masas obreras –prescíndase por el momento de analizar quién dirigía a quién– derrotaban a la oposición pro-norteamericana y devolvían la tranquilidad al gobierno pro-inglés de Farrell-Perón”.[19] O cuando se ataca a “la vieja guardia sindical” que se acerca a Perón, que en más de un caso llevaba dos décadas de luchas duras, bajo el poder oligárquico represivo, diciendo: “el elemento humano con que se construyeron los cuadros dirigentes de la CGT estaba (…) compuesto en dosis masiva de arribistas y burócratas de todo tinte y confesión”[20]. Ambos textos son de Milcíades, pero el alumno repetía, años después, juicios emitidos por el POR de Moreno en el quinquenio que va del 45 al 49, la edad de oro de su furor antiperonista, que lo llevó a sostener que la Unión Democrática en 1946 “era el mal menor”, y el movimiento obrero era “castrado y sin ímpetu”, “narcotizado por el Estado”,  lo cual era el producto de “una demagogia desaforada”, basada “en los beneficios enormes extraídos del mercado mundial por los productos agropecuarios argentinos.” Si dejamos a un lado la fraseología “de izquierda” ¿en qué difería esta “interpretación” del “pan y circo peronista” que según la prensa imperialista “explicaban” el triunfo obtenido por Perón[21]? Con semejantes ideas ¿podía construirse una fuerza obrera?

Los argentinos siempre habrían sido estúpidos, víctimas de pícaros arribistas y ventajeros

El marxismo, como toda fuerza que busca transformar un orden que oprime a las mayorías y por esa razón necesita ganar el respaldo de los oprimidos, sabe que a favor suyo actúa la experiencia vital del explotado, lo que equivale a decir la necesidad histórica de liberarse del yugo, sin la cual toda lucha estaría perdida. Los hombres, dice Lenin, aprenden en la vida; su existencia trascurre disociada del trabajo intelectual y los círculos de quienes se emplean en interpretar el mundo, a su vez apartados del trabajo manual. Lejos de estos sacerdotes, que monopolizan “el saber”, más de una vez huero, a las grandes masas las educan los hechos, su inscripción social, las tradiciones de su clase, la lucha por obtener determinadas metas. Las que cabe llamar “fuerzas progresivas” sostienen, por su perspectiva y sus ideas, una visión optimista, fundada en la voluntad de las clases ligadas al objetivo que postulan y los condicionamientos que su situación les imponen cotidianamente. La confianza en el proletariado, propia del marxismo –aunque simultáneamente Lenin diga que “la conciencia socialista” requiere la presencia de la intelectualidad revolucionaria– es el basamento de su estrategia política, en tanto se parte de sostener que la tarea de transformar la realidad requiere necesariamente del protagonismo de las masas. Consecuentemente, sin desconocer que existen épocas oscuras, el marxismo parte de valorar el instinto y la capacidad de los pueblos para orientarse en el mundo de un modo espontáneo, asimilar las ideas que les resultan necesarias, y seleccionar sus jefes. Esto supone, como el lector imaginará, una compenetración total con los suyos y la patria en que vive, por parte de aquellos que apuestan a liderarlos. No por error, en el caso de Rusia, Trotsky no duda de definir a Lenin como “tipo nacional”; su formación y cultura lo distinguen entre los rusos, como uno de ellos. Corroborándolo, el gran revolucionario mira las cosas con ojos rusos y encuentra en la literatura de su propio país las imágenes que ilustran sus observaciones y tesis, con la agudeza habitual de los poetas y narradores, que retratan el mundo sin la estrechez de las teorías, grises y sin “verdor”, según Goethe.

Contrariamente, para Milcíades los argentinos son, a lo largo de su historia, tontos que jamás aciertan a comprender la realidad y sus propios actos[22]. Si se excluye a “los pícaros”, ya al nacer cometieron el error de creer que estaban sacrificándose para tener patria. Para este autor, se ha creado “la fábula de la <revolución> de mayo y del arrojado ‘partido patriota’ que desencadenó ese movimiento ‘por la independencia’ –fábula ésta sólo apta para estudiantes no muy precoces”. No hay tal cosa, ese es un invento de “los historiadores oficiales”[23]. Sólo era real el amor por el librecambio, con una excepción:  para “los abogados, frailes y militares, cuya oficialidad se reclutaba siempre entre gente de ‘distinción y honra’, se trataba de encontrar ocupación lucrativa en un Estado propio no manejado desde Madrid[24]. En base a lo cual debe concluirse que todo aquello fue una obra de vivillos que medraban con la debilidad y tragedia de España, para ganar los cargos hasta allí cubiertos por burócratas de la monarquía, más comerciantes interesados en asociarse con Gran Bretaña. Desde luego que, dejando al margen a “los estudiantes no muy precoces” que oyen en el aula esa “fábula”, los contemporáneos de la lucha por la emancipación latinoamericana que se jugaron la vida por sostener ese “mito” son sólo los pioneros, como verá el lector, de varias generaciones también lunáticas que van más tarde a comprometerse y hasta morir de puro imbéciles por similares “ficciones”.

Para sostener su falacia, Peña califica también de “mito” la participación popular en la emancipación latinoamericana[25]. Según él, “la sociedad colonial presentaba más que suficientes conflictos entre las masas trabajadoras y las oligarquías dominantes como para producir un sordo conflicto que estallaba a veces en vastos movimientos de masas”. Pero esto ocurrió “antes, durante y después de las luchas por la independencia”. Y concluye: “los movimientos de masas producidos durante las luchas por la independencia constituían un movimiento aparte de la independencia” y “se dirigían contra las clases dominantes de la colonia”. “En ningún caso uno, el movimiento de las clases explotadas, fue respaldo del otro, la lucha de las clases dominantes criollas contra la Corona española”. Experto en denigrar al campo patriota, Milcíades plantea que Castelli era “un emisario porteño” que “no tenía inconveniente en propagar la emancipación del indio en el Alto Perú, total en Buenos Aires no había encomiendas y para nada necesitaban los estancieros o comerciantes el trabajo indígena”[26]. Es claro: ajeno a la épica, inepto para el altruismo, revolucionario de café, Milcíades cree que todos son iguales a él.

No es necesario ser marxista para incorporar al juicio datos muy elocuentes. Considerar un “mito” la participación popular” en la Independencia –omitamos los calificativos– implica ignorar sucesos tan significativos como el Éxodo jujeño, las campañas de Artigas y sus paisanos, o la guerra gaucha liderada por Güemes. El General San Martín se dolía ante el sacrificio de los negros en Chacabuco. Pero sabía perfectamente que su heroísmo se relacionaba al compromiso revolucionario de otorgarles la libertad. El y Bolívar, sin ser “marxistas”, comprendieron lo que Peña muestra no entender: la interpenetración entre la cuestión nacional –lucha por aventar el dominio español– y la cuestión social –las demandas que es necesario atender para sumar a las masas al proceso emancipador. Peña, en cambio, cae en la tontería de plantear que la Asamblea del Año 13 tomó las resoluciones concernientes a la esclavitud, no para incorporar a los esclavos a la lucha contra el godo, sino para satisfacer exigencias de Strangford y Canning: ¿pretende Milcíades hacernos creer que Gran Bretaña daba tanto valor a terminar con la esclavitud, como para condicionar su apoyo a las ex colonias españolas rebeldes a esta cuestión, como sostiene nuestro hombre al hacernos saber que la célebre decisión de Asamblea del año 13 fue una acción “demagógica” con miras a romper la firmeza británica en exigir la libertad de los esclavos[27]?

Pero allí no acaba el relato de cuan miserables y cuan estúpidos fueron los argentinos a lo largo de su historia.

Es lo que prevalece, también, según este autor al que Feinmann dota de “una inteligencia luminosa”[28], en los sucesos que llevan, en 1880, a la federalización de la ciudad de Buenos Aires. Antes de “analizar” ese momento clave, descalifica a las fuerzas que pugnan en el país: al terminar el ciclo mitrista nacido en Pavón y el interregno posterior del presidente Sarmiento, que tantos autores han juzgado como un desquite (a medias) del interior sangrado después de Pavón, la resistencia del interior, cree Peña, está ya tan muerta como el Chacho. En realidad, la burguesía comercial porteña, pasado Mitre, nunca tuvo ya el poder sin límites que alcanzó con Mitre. El giro parcial del gobierno sarmientino, resistido por el mitrismo, se acentuará al asumir Avellaneda el poder, tras la derrota decisiva del alzamiento porteño de 1874. Peña, que necesita ante el hecho seguir la tesis de Nicolás del Caño (son todos “lo mismo”) desecha en el caso (lo repetirá en otras) la interpretación clasista (se volvería contra él) y la reemplaza con “argumentos” de su propia cosecha. Así, luego de Mitre el interior está definitivamente vencido. Y, después del mitrismo, al “no existir clases modernas” (“no hay burguesía industrial, ni proletariado, ni burguesía agraria”, dice), “los nuevos partidos que entonces aparecen no se forman como órganos de ninguna clase de la sociedad argentina, sino como empresas políticas destinadas en primer término a usufructuar el aparato estatal”[29]. Como se ve, esa prevalencia de hombres mezquinos, ya observada por Peña en la Revolución de Mayo, es una constante en “política criolla”[30]). Como el lector supondrá, a partir de tal juicio la guerra que enfrenta a Tejedor y Roca por la nacionalización de Buenos Aires, la Aduana y el Puerto, que creará entonces la Capital Federal –un momento clave de las guerras civiles argentinas– es vista como “una farsa”. Según Peña, en el 80 el viejo objetivo del interior provinciano y la resistencia de los porteños son “anacrónicos”, inactuales, con el interior ya vencido, sin la menor posibilidad de reversión histórica. Más aún, Tejedor (se supone que también Mitre) es conciente de esa realidad, pero busca demagógicamente seducir a los porteños, razón por la cual simula empeñarse en “defender a Buenos Aires”. Roca, a su vez, también sabe que es así, pero tiene como fin granjearse el apoyo de las provincias del interior. De modo que todo fue un duelo entre pícaros: los 3000 muertos de las batallas de Barracas y Puerto Alsina, infiere Peña, sin atreverse a decirlo abiertamente, serían el fruto de la idiotez compartida por los porteños y los soldados del Ejército nacional, que se inmolan empujados por Roca y Tejedor a una lucha inútil, ya que la causa por la que mueren no es real, sino la invención de ambos estafadores, que pugnan para decidir quién ordeñará el presupuesto.

La ya mentada “inteligencia luminosa” reaparece al examinar el radicalismo de Yrigoyen y las mayorías que lo apoyan. Como hemos anticipado, el “análisis” de Milcíades reitera aquí la tradición sentada por el gran maestro de la izquierda cipaya, Juan B. Justo: “todo el mundo lo votaba sin saber exactamente por qué”[31], dice Peña. Y explica qué los radicales obtenían ese respaldo no, como creemos los alumnos “no muy aventajados” por encarnar una larga lucha por la soberanía popular y ser una representación del nacionalismo popular[32], sino por obra de “una eficiente maquina electoral”. A Yrigoyen “lo derribó la oligarquía”, pero “estaba perfectamente mancomunado en ideas e intereses fundamentales con el imperialismo inglés, la burguesía terrateniente argentina, con el capital financiero e industrial tan íntimamente vinculado a los dos primeros, con el ejército –su guardia pretoriana– y la Iglesia –su gendarme espiritual”, nos explica[33].estrategia_n_2_57 Nótese, además, que Milcíades, como pionero del “izquierdismo” que acompañaría las luchas de la Mesa de Enlace, en el 2008, hace sí “la defensa del chacarero”, ajeno a la sospecha que está frente a un actor de la Argentina probritánica. Un actor secundario, es cierto, pero cuyas contradicciones con los terratenientes pampeanos son secundarias, al coincidir con ellos en la perpetuación del sistema que condena a ser granja, a la exportación de granos y carnes[34].

Si recordamos los juicios de Moreno y Peña sobre el peronismo y la clase obrera, según los cuales en la Argentina del siglo XX los argentinos continúan mostrándose incapacitados para advertir que viven en el reino de la fantasía, invariablemente estafados por distintos vivos, cabe preguntarse cómo podría una voluntad revolucionaria, si así lo deseara, recorrer el camino que transforma “la Idea” en fuerza material, como reclama Marx ¿O debe suponerse que lograr tal cosa requiera antes lavarle el cerebro a los trabajadores y el pueblo, como parecen creer nuestros “trotskistas”? Esta conclusión, lejos de ser una chicana, emana de las premisas que comparten con Peña: si además de carecer de voluntad revolucionaria, como sucede en todos los pueblos, cuando no la precisan, la clase obrera y nuestras mayorías no tienen tampoco un “instinto” de clase –vulgar sabiduría que los hombres adquieren para enfrentarse al mundo, según supone la tradición marxista– ¿dónde encontrar un punto de apoyo?

Por fortuna, la realidad indica que es Milcíades Peña y otros seudotrotskistas ineptos para asimilar las enseñanzas del marxismo que creen abrazar, los que no comprenden que el proletariado argentino y los postergados de nuestra patria han sabido distinguir, con raras excepciones, cuáles eran las mejores alternativas brindadas por la historia, en cada coyuntura de la historia del país[35]. Algo de esto amenaza con entender Christian Castillo –salvo que intente sólo salvar su pellejo–  cuando dice, comentando a Peña: “señalemos, a modo indicativo, una serie de debilidades presentes en la interpretación histórica de Peña, haciendo nuestra también la crítica sobre la falta del protagonismo de las masas, en particular la clase obrera, en la explicación del desarrollo histórico”[36]. Se  trata, es claro, de una admisión parcial, que oculta algo mucho más grave, por lo siguiente: la idiotez de las masas y su invariable manipulación por parte de caudillos que, como Roca, Yrigoyen y Perón representan, según Peña, intereses opuestos a nuestras mayorías, es mucho más que “falta de protagonismo”[37]. Nuestras masas populares estarían incapacitadas para identificar su propio interés inmediato, algo muy distinto, al menos si hablamos de la clase obrera, a carecer de plena conciencia histórica, algo sólo posible cuando está organizada por su propio partido y, más aún, está próxima a tomar el poder.

No hay épica en la historia narrada por el curioso “marxista”. Los líderes y figuras destacadas, en todos los casos, carecen de valores: son todos pillos, que levantan mentirosamente banderas que las masas, enceguecidas, creen nobles; sólo pelean por ocupar el poder, para repartirse cargos y desplazar a sus adversarios, que persiguen lo mismo. Invariablemente son secuaces de los ingleses, lo pregonen o no, y las potencias extranjeras jamás encuentran una resistencia digna de ser elogiada y que pueda operar, en el presente, como ejemplo a imitar en la dura batalla por tener una patria[38]. Las mayorías, por su parte, son tan necias que los apoyan (véase lo citado, para Yrigoyen) “sin saber exactamente por qué”, aun cuando están jugándose el pellejo[39]; tan estúpidas son que creen estar “luchando por la patria”. Ahora bien, ante la supuesta identificación de Milcíades Peña con la clase obrera, si nuestra lectura se  hubiese detenido en el ciclo anterior a la emergencia del peronismo, esperaríamos que Peña supere la inclinación a descalificar a las masas cuando llegue la hora de analizar al proletariado: si se pretende  construir un partido obrero, se supone que, además de contar con las determinaciones creadas por el lugar del proletariado en la producción, lo creemos portador de un conjunto de rasgos que lo habilitan para la función del “sujeto revolucionario”, capaz de conducir a las restantes clases del campo popular. Pero ya sabemos que no es así: como hemos visto, nuestra clase obrera es “quietista y conservadora”, según “lo prueba” su adhesión al peronismo, ese “carnaval” sepultado por la “revolución libertadora”. Nótese que Peña juzga así a la clase obrera que ha sostenido la “resistencia peronista”[40], con duras luchas por recuperar los sindicatos intervenidos por los gorilas y mientras la UOM lleva adelante un plan de lucha que llegó a ocupar un millar de fábricas “por el retorno de Perón”. Y cuando era posible prever que, rehecha su fuerza, era capaz de protagonizar batallas mayores, como los levantamientos de fines de la década del 60, luchas convocadas por dirigentes sindicales que eran peronistas, mientras los alumnos de Moreno, Peña y otros desnortados, seguían orinando fuera del tarro.

Las falencias de fondo: un análisis fallido de la historia y la realidad argentina y latinoamericana

Pero abundar más en los dislates de Peña, además de abrumar hasta el hartazgo al lector, nos desviaría del objetivo de analizar lo importante, las claves de su visión, que a juzgar por los datos ha obnubilado   a varios. Por otra parte, sería “la historia de nunca acabar: contradictorio en extremo[41], incansable en la producción, Milcíades nos remite a obras diversas, hasta ignotas, que no evalúa y nos obliga a revisar prolijamente, al desconfiar de sus citas, muchas veces desprovistas de referencias al pensamiento del ensayista en que se apoya, pero útiles para marear al curioso no atento[42]. Este, al valorar algún acierto parcial y la remisión a fuentes tan autorizadas como Alberdi[43], ignora su incongruencia y la ausencia de sistematicidad[44]. Ante tal cuadro, en lugar de seguir con los ejemplos puntuales, vamos a examinar los fundamentos del planteo y extraer del análisis alguna lección de valor general. Algo importante, ya que Peña, si hacemos abstracción de ciertas particularidades, es representativo de un género de “izquierdista” que abunda en Argentina y aún en Latinoamérica. Hay cierta “lógica” (valga ese término) en su obra, que explica no sólo los desaguisados monstruosos, sino también la visión que comparte con otros exponentes del “izquierdismo” cipayo, en particular con las sectas llamadas “trotskistas”.

En la base de las incongruencias de Peña y afines hayamos siempre un fallido análisis de la historia del país y su estructura social, del contenido de sus luchas de clases y, respecto a las tareas del marxismo revolucionario, la definición del carácter de la revolución argentina y latinoamericana, en el marco del dominio del imperialismo mundial, que, como afirmaba Trotsky, con la absoluta convicción de que la contradicción fundamental opone al imperialismo y la nación oprimida, “bloquea el camino de los que quieren civilizarse”.

Pero antes de abordar estos asuntos, que exigen apelar a las categorías aportadas por la teoría política, cabe analizar otro costado, que llamaríamos subjetivo, pero no por eso menos importante: el impacto que en las facciones de “la izquierda” provocó la existencia de fenómenos que son, para el ojo alejado del Marx viviente –el modelo paradigmático fue Juan B. Justo– la emergencia de criaturas que agreden pero no alteran su sentido común o, para mayor claridad, la maraña de prejuicios que en ellos obstruye el análisis racional. Valga, como modelo, ese “insulto a la razón” que el amor a Yrigoyen representaba para el fundador del “socialismo” argentino. Como Milcíades, Justo pensaba “que todos lo votaban sin saber por qué” y, en lugar de someter a examen sus preconceptos, hablaba con desdén de “la política criolla”; condenaba in totum a “la burguesía” local, sin averiguar por qué razón la derecha oligárquica solía favorecer electoralmente al socialismo, para restar votos a la UCR. Pero, en su época, Justo y sus seguidores podían encontrar un eco favorable a su extravío conceptual, por el aliento que les brindaba el inmigrante europeo, que ellos creían más lúcido que el criollo. A su vez, cabe decir que en cierto modo los socialistas veían progresar su empresa, al menos en la franja de los trabajadores vinculados al litoral privilegiado surgido de la asociación de las clases dominantes de la zona pampeana con Gran Bretaña. Pero la izquierda posterior, fracturada por disensos ajenos a un debate programático situado en el país –sus dilemas eran un eco local de las disputas que conmovían a las diversas Internacionales, lo que implica girar sobre problemáticas ajenas– en stalinistas y  trotskistas, vivió como catástrofe la aparición del peronismo, que cuestionó las premisas básicas de su existencia. En tal sentido, la única excepción fue el pequeño grupo que se identificaría más tarde como “izquierda nacional”, para el cuál Perón era en la Argentina un fenómeno afín al liderado en Méjico por Cárdenas, cuyo apoyo, por parte de Trotsky, les ofrecía un modelo para entender al peronismo y enfrentar la presión del “socialismo” juanbejustista y el PC. Pero, el impacto en el “trotskismo” no fue menor: el apoyo de Trotsky al militar nacionalista azteca todavía incomoda a las sectas que hoy lo conforman, que se empeñan en ocultar las críticas del maestro a las desviaciones ultraizquierdistas en la cuestión nacional[45]. En tal sentido, la iracundia y la repulsión que pueblan todos los textos de Peña son tan sólo una muestra del volumen de esa conmoción, no superada todavía.

La “colonización capitalista” de América Latina y la distorsión de las categorías de análisis marxistas

aNTES DE MAYOEn 1948, Nahuel Moreno lanza la tesis que enunciamos en el subtítulo, que Peña hizo suya y ha tenido luego otros exégetas[46]. Un dislate teórico, como lo prueban autores marxistas serios, respondiendo al planteo, reformulado por Gunder Frank en la década del 60[47].  Una referencia breve a las motivaciones políticas que impulsaron a estos planteos sirve para situar al lector no familiarizado con la historia de las izquierdas latinoamericanas. Veamos. A fines del 40, Moreno era un feroz antiperonista; pero esta posición fue la expresión de un ultraizquierdismo básico, tributario aun del rechazo a la lucha por “la   liberación nacional” que caracterizaba a todas las sectas trotskistas, antes de la época de Liborio Justo. Abstractamente “antiburgués”, el maestro de Milcíades buscaba en la historia apoyo a su postura, que negaba toda progresividad al “nacionalismo burgués”. Si había en América Latina, desde Colón hasta la actualidad, algo que pueda llamarse capitalismo, se justificaba pensar en una “revolución socialista”, cuyo enemigo era la burguesía en general. De paso, era un modo de ser “trotskista”, combatiendo al stalinismo y sus banderas “antifeudales”, que sostenían la hipótesis de una “etapa burguesa” para la revolución latinoamericana, sin excluir a la Argentina, donde creían ver en el chacarero pampeano una condición “campesina” (retomada hoy por los epígonos del “morenismo”). Pero, una década después, en 1957, apóstol del “entrismo”, trasvertido entonces (Peña, dixit) al “trotskismo-peronista”, Moreno no obstante reivindicar sus “Cuatro tesis”, omitía confesar[48] –negaba el hecho, más bien– de que aquel planteo era “antiburgués”, opuesto a la tesis de “la revolución permanente”. No obstante, el texto exhibe, como una huella digital, lo que el delincuente oculta. Pero, en nuestro caso, interesa, ante todo, examinar las inconsistencias, que tanto en el caso del fundador del “morenismo” como en el texto de  Gunder Frank, muy posterior, revelan la incomprensión de las categorías establecidas por el autor de El Capital. Dice Moreno[49]:

La colonización española, portuguesa, inglesa, francesa y holandesa en América, fue esencialmente capitalista. Sus objetivos fueron capitalistas y no feudales: organizar la producción y los descubrimientos para efectuar ganancias prodigiosas y para colocar mercancías en el mercado mundial. No inauguraron un sistema de producción capitalista porque no había en América un ejército de trabajadores libres en el mercado. Es así como los colonizadores, para poder explotar en forma capitalista a América, se ven obligados a recurrir a relaciones de producción no capitalistas: la esclavitud o una semi esclavitud de los indígenas. Producción y descubrimiento por objetos capitalistas; relaciones esclavas o semi-esclavas; formas y terminologías feudales (al igual que el capitalismo mediterráneo), son los tres pilares en que se asentó la colonización de América.

¿Esencialmente capitalista? Porque sus “objetivos” fueron “capitalistas y no feudales”, dice Moreno, corrigiendo a Marx. El capitalismo, ¿nació de la voluntad de obtener ganancias? En la sociedad feudal, ¿nadie se interesaba por ganar dinero? Olvidemos a los mercaderes de la Edad Media, prolijamente estudiados por los historiadores europeos: los propios señores feudales, más de una vez vendían los excedentes. Moreno, presunto marxista, ¿dónde aprendió que para “explotar en forma capitalista a América” (o a cualquier región, en cualquier época) se podía “recurrir a relaciones de producción no capitalistas”, como “la esclavitud o semiesclavitud de los indígenas”? Pero, si “obtener ganancias” hizo comerciantes a los antiguos fenicios, impulsó la expansión griega en el Mediterráneo, fue habitual en el Imperio Romano ¿Creía Moreno, y se privó de enseñarnos, que hubo en la antigüedad “objetivos capitalistas” y “formas capitalistas de explotación”, que usaban esclavos, “porque no había un ejército de trabajadores libres”[50]? Tráfico comercial y producción para el mercado no faltaban precisamente y la voluntad de explotar el trabajo ajeno, existía ya desde los tiempos de la revolución neolítica. Como tantos economistas del pensamiento burgués, ¿suponía Nahuel que el capitalismo era eterno?

Para responder al absurdo de semejante planteo, si nos atenemos a Marx, basta leer este juicio suyo, claro y conciso: “Sólo la forma en que el plustrabajo es arrancado al productor directo, al trabajador, diferencia las formaciones económico-sociales, por ejemplo la sociedad de la esclavitud de la del trabajo asalariado”[51]. O esta otra, de Mauricio Dobb, que responde a los mismos dislates de Nahuel y Milcíades: “Si entendemos por ‘capitalismo’ un modo específico de producción, no podemos situar el origen de este sistema en las primeras manifestaciones de un comercio de gran escala y de una clase de mercaderes, y tampoco concebir un periodo especial de ‘capitalismo comercial’, como muchos lo hicieron”[52]. Por nuestra parte, señalamos que Dobb responde con esto a ensayistas europeos, sin la menor alusión a nuestro dúo.

Sin hacer referencias a las “tesis” de Moreno, Peña reitera la misma versión, en Antes de Mayo. Apela, en su caso, a la autoridad académica de Sergio Bagú[53], omitiendo guiarse por el autor de El Capital. Sin advertir que se trata de una zoncera –el lector juzgará– Milcíades repite un argumento “polémico” de Nahuel Moreno, contra Rodolfo Puiggros. Así, maestro y discípulo, cuestionando el planteo de la colonización “feudal” expuesto por Puiggros en 1942, dicen lo siguiente (como el planteo es el mismo, citamos a Milcíades): “Pese a las afirmaciones sobre la colonización feudal, Puiggros reconoce que ‘el descubrimiento de América fue una empresa llevada a cabo por comerciantes y navegantes’ y tuvo objetivos perfectamente comerciales”[54]. De modo que el asunto de cuál fue el modo de producción imperante en América tras la colonización española y portuguesa queda zanjado por dos argumentos: 1) Que españoles y portugueses crearon focos productores de mercancías para el mercado y la economía de subsistencia era apenas marginal; 2) que Cristóbal Colón usó carabelas para  viajar a Las Indias,  con el capitalismo a bordo, descartando la posibilidad de venir a caballo.

¿Necesita el lector, marxista o no, saber que el término “capitalismo comercial” no se encuentra en el índice temático de El Capital[55]? Moreno y Peña, ¿no lo sospecharon? Es obvio el motivo: Marx nunca empleo la expresión porque no creía en la existencia de algo que pueda denominarse “capitalismo  comercial”. Sólo señaló, les guste o no a los discípulos revisionistas, que el capital comercial es mucho más antiguo que el régimen capitalista y coexiste con diferentes modos de producción. Hay, sí, académicos (particularmente, entre los europeos, algunos medievalistas) que usan esa categoría para señalar a las ciudades comerciales de la Edad Media. Pero, se trata de autores no marxistas, aunque aprovechen ciertos aportes de Carlos Marx. Pero, si se creen marxistas, como Peña y Moreno (¿o trotskistas-peronistas?), cabe decirles “correctores” de El Capital, que pretenden apuntalar, distorsionando este texto, su obsesión de identificar como enemigo principal, en la periferia semicolonial, a “la burguesía”, a secas. Esto los arrastra lejos de Marx, para acercarlos a Juan B. Justo, su verdadero inspirador.

Las semicolonias y el mal resuelto tema de “la liberación nacional”

Vano sería buscar en Peña y el ultraizquierdismo “trotskista” explicación de los motivos por los cuales ignoran o tergiversan los juicios de Lenin sobre la cuestión nacional y, particularmente, sobre la posición adoptada por el huésped de Cárdenas respecto a la cuestión nacional latinoamericana. Ya que, como el lector sabe, o advertirá al estudiar los Escritos Latinoamericanos del compañero de Lenin, en su exilio en Méjico, Trotsky nos dice explícitamente que: (1) América Latina es una nación inconstituida; (2) las burguesías nacionales de nuestra patria grande, tardíamente nacidas en la era del imperialismo, son demasiado mezquinas y cobardes para llevar a término su unidad nacional; (3) esta tarea recae por esa razón en el proletariado latinoamericano, que debe establecer como objetivo estratégico la constitución de una Confederacíon Latinoamericana, que él denomina “Estados Unidos Socialistas de América Latina”[56]. Peña, falsario hasta la impudicia, pretende achacar a Jorge Abelardo Ramos, que hace propio el planteo de Trotsky, la intención de dilatar sin término la lucha por el poder en cada uno de nuestros países, con el argumento de que Ramos cree que, antes de que el proletariado pueda luchar, las burguesías latinoamericanas deben unirnos, o que,  de lo contrario –delira Milcíades, no el criticado por él– sería preciso  un simultáneo levantamiento de la totalidad de las patrias chicas de nuestro continente[57].

Sea cual fuere nuestra opinión sobre el tema, el “trotskismo” de nuestros pagos silencia el planteo del presunto maestro de todas sus tribus. Veamos el caso de nuestro Milcíades, que fija su posición, pero omite decir que contradice a Trotsky.

En otro texto, Peña se expresa más sinceramente. Dice entonces que la única base para sostener que América Latina “es una nación” es su pertenencia al Imperio Español, que la unificaba formalmente. Otra cosa “nunca existió”. Siendo así -plantea- creer que América Latina es una nación, desarticulada después de independizarse de España, es como “afirmar que la India y Norteamérica eran una misma nación por pertenecer ambas a la Corona Británica”[58].

¿Ignoramos la zoncera? ¿es preciso recordar que los EEUU y la India no nacieron del mismo desarrollo histórico, tampoco comparten una misma lengua y una misma religión, carecen de un territorio común entre sí, son dueños de tradiciones completamente distintas y sería insensato imaginar que generaran una misma literatura, patrones todos ellos que identifican como “nación” a la América Latina? ¡Cuánta ignorancia de la teoría marxista de “la cuestión nacional” y los movimientos nacionales de los últimos siglos padecen estos “izquierdistas” (poco) criollos, para que fuese necesario que viniera un ruso a señalarles la gran tarea de unir los pedazos de su nación inconclusa[59]!

Definitivamente, Peña milita en un “trotskismo” que silencia la actitud del huésped del gobierno del General Cárdenas, tan significativa; elude desvergonzadamente el análisis de las razones que explican la defensa que hizo Trotsky, su hipotético maestro, de la versión azteca del nacionalismo burgués con traje militar que es típica en Latinoamérica, trascendiendo largamente la experiencia argentina de 1943, cuyas particularidades no impiden inscribirla en el marco de sucesos contemporáneos a la vida  de Trotsky, como la Revolución Mejicana o la emergencia en Brasil de Getulio Vargas, para emerger más tarde en más países hermanos[60]. Curiosamente, Milcíades habla más de una vez de la fragmentación latinoamericana en veinte países débiles y sometidos, a los que hermana (sin claridad conceptual); señala, inclusive, el papel que cupo para que así fuera a la burguesía comercial de nuestros puertos, socias de Gran Bretaña. No obstante, la categoría “nación” la aplica para nombrar Estados actuales de la patria común, como si “la nación” no fuese un producto histórico, existente antes de la unidad estatal –como manifestación  superestructural del desarrollo interior que ha operado en su seno. Eso le impide entender nuestra historia y explica las contradicciones que pueblan su obra, donde algún chispazo de lucidez fugaz convive con los prejuicios habituales del “izquierdismo”, siempre fiel a Juan B. Justo, que tradujo a Marx sin entender nada. En suma: Peña venera a Trotsky de un modo que el ruso grafica así: “dibujan un bigote en la figura de la mujer que hemos pintado”[61]. Pruebas, en tal sentido: ¿cómo es posible hablar, como hace Peña, de la “independencia” del Uruguay y admitir, al mismo tiempo, que fue el fruto de las intrigas británicas y lusitanas, para concluir identificando a la “nación” argentina, uruguaya, paraguaya, ya que ni siquiera el Virreinato del Río de la Plata, para él, es “una nación”? Es verdad que, como señala Peña, los lazos estructurales de orden económico, al ser precarios, atentaban contra el propósito de constituir un único Estado nacional ¿Pero acaso no advierte que esta afirmación      lleva a negar la existencia de la nación alemana, hasta el día en que Prusia logra dar a esa nacionalidad  “su” estructura estatal, cuando las condiciones maduraron para avanzar en tal sentido? Ese desenlace sólo era posible en tanto existiera, como condición previa, una nación histórica.

Pero esta cuestión, actualizada después de la muerte de Peña por los sucesos que vivimos en el siglo XXI, luego del lanzamiento del Mercosur, pese a ser estratégica para la emancipación latinoamericana, es un tema subestimado por los “trotskistas”, aún hoy. Pero, es casi una sutileza darle un peso central al examinar a Milcíades, ya que sus carencias son aún más básicas. En realidad, la confusión reina en su obra (y las de sus congéneres) en el tema básico de “la liberación nacional”, sin cuya comprensión es imposible trazar un programa revolucionario en el mundo semicolonial.

La mayoría de los lectores, según suponemos, ignora la historia de los debates trotskistas de la primera mitad del siglo XX, cuando intentaban definir una visión del país. Siendo así, es bueno saber que desde el primer día predominó la tendencia, también juanbejustista, a ignorar la lucha antiimperialista, con una particularidad: al ser imposible rechazar las propuestas de la III Internacional de Lenin y Trotsky, respecto a la lucha en las colonias y semicolonias, nuestros trotskistas hablan de “liberación nacional”, pero añadiéndole “el bigote”: aquella tarea implicaba “en primer término, luchar contra la burguesía nacional”. Como señala un “trotskista” de la fracción Altamira (PO), “hasta se pierde el sentido de las palabras: si la lucha antiimperialista es en primer término contra la burguesía nacional, ni siquiera se ve por qué llamarla así[62]. Lo cual no impide que ambos metan por la puerta “la lucha antiimperialista” y “la liberación nacional” y la expulsen inmediatamente por la ventana, practicando la fórmula que Coggiola critica (de palabra). Peña, en particular, reitera hasta el hartazgo la tesis del “sometimiento de la burguesía nacional al imperialismo”. Pero, sabiendo que será por esto criticado, “aclara” que no postula “la identidad” de intereses de la burguesía nativa con el capital extranjero, pero nada más que para “salvar el pellejo”, ya que nunca explica qué los opone. Del planteo leninista, seguido por Trotsky, según el cual el nacionalismo burgués es incapaz, en la era del imperialismo, de llevar a término la lucha antiimperialista, Peña “deduce” que nunca es capaz de enfrentarlo, como en los hechos vemos (aunque después capitule, por temor a la movilización revolucionaria del proletariado). Trotsky, para enfrentar simultáneamente al oportunismo y su opuesto, el ultraizquierdismo del “tercer periodo”[63], dice: “si ayer se incluía (referencia al stalinismo) a la burguesía china en el frente revolucionario único, hoy, por el contrario, se proclama que <ha pasado definitivamente al campo de la contrarrevolución>. Pero no es difícil descubrir que estas clasificaciones y estos traslados de campo, efectuados de una manera puramente administrativa, sin el menor análisis marxista serio, carecen de fundamento. Es evidente que la burguesía no viene al campo de los revolucionarios al azar ni a la ligera sino porque sufre la presión de sus intereses de clase[64]. Después, por temor a las masas, abandona la revolución o le manifiesta abiertamente el odio que le había disimulado. Pero no puede pasar definitivamente al campo de la contrarrevolución, es decir, liberarse de la necesidad de ‘sostener’ de nuevo a la revolución o, al menos, de coquetear con ella, más que cuando con métodos revolucionarios o de otra especie (bismarkianos, por ejemplo), logra satisfacer sus aspiraciones fundamentales de clase.” Y concluye: “decir hoy a los comunistas chinos: ‘vuestra coalición con la burguesía fue justa’, de 1924 hasta fines de 1927, pero ahora ya no sirve de nada, porque la burguesía se ha pasado definitivamente al campo de la contrarrevolución, es desarmarlos de nuevo ante los cambios objetivos de situación que se producirán en el futuro y ante los zigzags hacia la izquierda que la burguesía china describirá inevitablemente”[65]. Ese es el planteo que responde a los hechos históricos concretos, en el mundo colonial. Y no comprenderlo, explica las oscilaciones perpetuas del “morenismo”, al que tributó Peña: desde el “entrismo” (oportunista), antes señalado, al enfrentamiento (sectario, ultraizquierdista) a la burguesía nacional que, reconociendo de palabra la oposición de intereses en que se basa el planteo de la “liberación nacional”, en los hechos combate al nacionalismo burgués con más energía que al capital extranjero (“son lo mismo”, alega del Caño, para justificar una conducta que ignora al enemigo principal y ayuda objetivamente al bloque opresor de las mayorías nacionales).

Una “seudoindustrialización” argentina, con impulso oligárquico

Un típico recurso “polémico” de Moreno y Peña, infantil pero Fichas III ponzoñoso, es calificar de “seudo” a los  fenómenos que contradicen su visión caprichosa “de lo que debe ser”. No se trata de una exageración nuestra: la movilización espontánea del 17 de octubre de 1945, calificada de murga por los socialistas y stalinistas, fue definida por Moreno un “movimiento artificial”. Escribe nuestro hombrecito, en 1949: “No hubo iniciativa del proletariado ni oposición al régimen capitalista, ni lucha o conflicto con éste. No fue por tanto una movilización obrera”[66]. Clarísimo: si los obreros no hacen lo que desea Moreno, son seudoobreros.

Hemos visto ya cómo su discípulo, Peña, juzga del mismo modo los momentos trascendentales de la historia nacional, como “el mito de la Revolución de Mayo” o la guerra civil de 1880. Del mismo modo, Milcíades nos habla de la “seudoindustrialización” argentina, sin inmutarse ante la semejanza que esta aserción tiene con la de “industrias artificiales”, usado por los voceros de la oligarquía para descalificar el desarrollo de ramas fabriles que contrariaban a los ganaderos, por romper con el “destino natural” del país, ser “granero del mundo” de la Europa industrial. Ahora bien, los ensayistas que encomian la “creatividad” de Peña y la profusión de cuadros con que pretende sostener este capricho suyo, cuyo único fundamento verdaderamente atendible, aunque falazmente usado, es lo que Aldo Ferrer llama con justeza “una economía industrial no integrada”, ¿no se plantean por qué, siendo que el desarrollo de la producción agropecuaria tampoco responde al modelo vigente en los centros avanzados del capitalismo mundial, no deberíamos hablar de un “seudodesarrollo” del agro pampeano? ¡Ah, no, eso sería tomarle el pelo al consagrado país de los ganados y las mieses, con el riesgo de que se nos burlen si empezamos a decir seudovacas y seudotrigos!

Se trata, pese a la profusión de cifras y cuadros, de otro capricho de un ultraizquierdismo infantil…pero ya crecidito.

Después de enumerar un conjunto de fenómenos que efectivamente acompañan a la industrialización de un país, Peña saca de la galera del ilusionista la siguiente prescripción: (la industrialización) “implica y supone mucho más. Implica modificaciones de la estructura de la sociedad, ante todo modificaciones  de las relaciones de propiedad. Vale decir, expropiación de las viejas clases propietarias y ascenso de nuevas clases al poder, fenómenos que revisten distintas manifestaciones políticas según los países y épocas, pero en todos los casos acompañan la industrialización y sientan las bases para la misma”[67]. Por favor, entérese el lector: ¡Alemania es seudoindustrial, ya que no expropió a los antiguos junkers, que con Bismarck impulsaron el fenomenal ascenso del capitalismo alemán! Con esta falacia, junto a los países clásicos del capitalismo central, Milcíades incluye a los países socialistas de aquel momento, ya que cumplían con su última exigencia ¡Vaya manera de sostener atrabiliariamente las virtudes de toda “revolución socialista”! No importa si China, en 1964, cuando Peña escribe, acude a sistemas de producción medievales en el mundo agrario, sin evitar no obstante el flagelo del hambre y su producto per capita apenas tenga un valor de 85 dólares, contra 1.179 de la pobre Argentina seudoindustrial.

En nuestro caso, sorprende que la “interpretación” se aplique a un proceso que cobró impulso en las   últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX, procesando materias de origen local, en Cuyo (vitivinicultura, licores), el Norte (azúcar), Córdoba (cemento, cales) y, más tarde, en diversas regiones, con molienda de trigo, hilado de algodón, yerba mate, etc. Por lo demás, después de la revolución del 80 y el ascenso del roquismo, impulsor de ciertas industrias, como en la industrialización posterior a la crisis mundial de 1930, aunque no tuvimos la “revolución socialista” que Peña exige para suprimir el “seudo”, es posible identificar junto al desarrollo industrial desplazamientos de clases[68], si se quiere verlos[69].

No vamos a negar, desde luego, las graves falencias de la industrialización del país, entre las cuales se destacan múltiples debilidades en la Rama I (producción de bienes necesarios para producir bienes de consumo), también designada como industria pesada. Aldo Ferrer, más serio y equilibrado que Peña, usa para definir la etapa inaugurada en 1930, como hemos dicho, la fórmula “economía industrial no integrada”, mucho más clara y consistente, a nuestro juicio. Creemos, por otra parte, que el problema central del desarrollo argentino es, desde entonces, la “restricción externa”, que expone, desde una materialidad económico-financiera, los límites de un orden signado por la hegemonía oligárquico-imperialista, que se apropia parasitariamente del ahorro interno y lo sustrae al ciclo de acumulación productiva. Sin ese dato, obviamente cualitativo, que el desarrollo industrial se hubiese iniciado con la elaboración de materias primas internas o en las industrias de producción de bienes de consumo, no hubiera impedido que el país lograra –Noruega, Australia, Canadá y otros son pruebas categóricas– completar la trama necesaria para integrar nuestra economía, con desarrollos verticales. Finalmente, si algo faltara para probar que la arbitrariedad que caracteriza a los planteos formulados por Peña se reiteran al abordar el tema de la industrialización, debería bastar el siguiente dato: después de negar que nuestra industrialización haya sido genuina (aunque sepamos, con Ferrer, que no logró integrarse y requiere la importación de máquinas, herramientas e insumos importados), Milcíades, obsesionado con “demostrar” que nada puede esperarse del burgués nacional, termina diciendo que en los países atrasados no es posible el desarrollo industrial. Según él, en la misma Rusia, antes de la Revolución, tuvo lugar una “seudoindustrialización”, lo mismo que en China, “antes de 1949”; en la periferia “la industrialización se produce como industrialización socialista, en el marco de relaciones de propiedad socialista”. Disculpe, el lector, pero somos incapaces de reprimir la tentación de poner en claro que la actual China, que advirtió a tiempo que para construir las bases materiales del socialismo debía apelar a métodos de mercado y economía mixta, con control estatal y planificación no burocrática, y viene de ser una semicolonia, no está en condiciones para que Peña la juzgue genuinamente industrializada. Cuba, en cambio, cuya revolución valoramos, sin desconocer su fracaso para avanzar en el desarrollo de la productividad del trabajo, sería aprobada por el sabio Peña. Lo peor del caso es que, sin la menor reflexión y casi “como al pasar”, Peña sostenga que la toma del poder por la clase obrera implica “la industrialización”, ignorando que el triunfo político de la clase obrera, por trascendente que sea, sólo abre un camino hacia la superación del atraso, si se acierta en la elección de métodos y acciones aptos para crear un país avanzado, lograr la meta de “alcanzar y superar” a los países centrales, creando las bases materiales del socialismo[70].

Ahora bien, ¿cuál es el secreto de esta descalificación del desarrollo industrial argentino, cuyos logros más significativos, como haber sido el cuarto país del mundo que fabricó aviones a reacción, Milcíades silencia, que complemente la obsesión por demostrar que los avances más importantes tuvieron lugar antes de 1943 y que son “pobrísimos” los resultados que se logró después de entonces? ¿Es necesario  decir que el secreto de todos los cuadros y cifras que Peña exhibe es su voluntad de demostrar que el peronismo no desarrolló la industria nacional, y que Pinedo y la oligarquía hicieron más, en tal sentido[71]? Es obvio: si la industrialización es el fruto de una voluntad oligárquica, el fenómeno del peronismo es “un alegre carnaval”, tesis que Peña y Moreno vienen reiterando desde la década del 40, coincidiendo con la oligarquía, pero en clave “de izquierda” y con fundamentos “científicos” ¡Lástima que Peña no pudo ver confirmada su teoría sobre la voluntad industrializadora del bloque oligárquico en tiempos del Proceso y Martínez de Hoz, cuya voluntad de enterrar a la burguesía industrial fue más eficaz que la del ultraizquierdismo cipayo[72]!

Finalmente, para coronar sus arbitrariedades, que siempre adquieren un franco contenido oligárquico imperialista –eso sí, revestidas de una fraseología pretendidamente izquierdista– Milcíades ataca al “capitalismo de Estado”, el sistema de empresas públicas que fueron el fruto de la militancia nacional de varias generaciones y de grandes patriotas civiles y militares, como Yrigoyen, Perón, Mosconi, Savio y tantos otros –YPF, Fabricaciones Militares, Fábrica Militar de Aviones, Agua y Energía, Ferrocarriles del Estado, ENTEL, SOMISA, por no hablar del IAPI, igualmente vilipendiado por este “trotskista”– que privatizará más tarde la peste neoliberal, para quebrantar la capacidad defensiva del país, con los argumentos usados por los ideólogos de la libre empresa, según los cuales el  Estado “atrasa” y es mal administrador. En ese marco, Peña aporta lo suyo (debate con Jorge Abelardo Ramos): “…el capitalismo argentino es privado. Pero  las  empresas  pertenecientes   al  Estado  – el ‘capitalismo de Estado’ (según Ramos, un logro) – se comportan exactamente igual que las empresas privadas, sólo que empeorando las deficiencias de éstas (…) El atraso argentino, la baja productividad del trabajo nacional, son realimentados diariamente por el accionar de este “capitalismo de Estado” que, dilapidando sin cesar recursos escasos[73], refuerza la dependencia del país frente a las metrópolis del capital”. Para reforzar con “fuentes” este falaz ataque, Milcíades cita un Informe publicado por el Poder Ejecutivo en 1963, durante la administración de José María Guido, fantoche del golpe que derribó al gobierno de Arturo Frondizi, donde un escriba oligárquico afirma:  “Las empresas del Estado son una expresión de ineficiencia que repercute de manera desfavorable sobre toda la economía nacional. El mal aprovechamiento de los capitales con que cuentan, el exceso de mano de obra y su mal empleo, los errores en los planes de inversión, la deficiencia administrativa y contable, son expresiones visibles de esa situación”[74].

Como se advierte, el “analista” al servicio de la oligarquía restaurada en 1955 y el “marxista” Milcíades, coinciden en el planteo de que las empresas públicas eran más eficientes en manos de los ingleses.

Córdoba, 18 de abril de 2023

NOTAS:

[1] Milcíades Peña, Masa, Caudillos y elites, Editorial Fichas, 1973, pág. 101

[2] Ibidem, pág. 110. Un modo “marxista” de agradar al gorila y machista más exigente. En la pág.108 del mismo libro leemos: “Artista de radioteatro y cine, poco cotizada y muy de segundo plano, vinculada a militares de alta graduación, en 1943 Eva Duarte se ganaba la vida como podía, con su escaso arte, su mucha belleza y su desbordante audacia. En 1947, era la primera dama de la nación. ‘Abanderada de los humildes’, sus bienes personales –entre joyas, modelos parisinos, acciones y depósitos en bancos extranjeros– sumaban cuantiosos millones de pesos, y se la recibía en las cortes y gobiernos de Europa, sin excluir a la corte papal, que llenó de condecoraciones y bendiciones a esta moderna Magdalena (el subrayado es nuestro)”. La ultraizquierda actual –Christian Castillo es un caso–, con su antiperonismo pavloviano insuperado, dice ser feminista, pero rinde culto al “trotskista” machirulo, que trata de prostituta a una de las más grandes figuras femeninas de nuestra historia.

[3] Ibidem, pág. 110. Vamos a ver repetirse esta cuestión de la estupidez de las masas, en toda la obra.

[4] Ibidem, pág. 112. Dice Peña: “Alrededor de Perón está la CGT, la Secretaría de Trabajo, con sus burocracias auxiliadas por la Policía Federal, y rentadas por el Estado, que aplastan a los obreros dondequiera que estos se disponen a enfrentar, por su cuenta, a la burguesía”. Hablaremos más delante de lo monstruoso y antimarxista que supone afirmar semejante cosa después de consignar, en la página anterior, que “en todas las elecciones posteriores a 1946, el peronismo tapó con votos a la oposición…”. Las masas son insalvablemente idiotas.

[5] Ibidem, pág. 128. (Perón) “no era el tipo de caudillo capaz de ponerse al frente de sus hombres e imantarlos con el ejemplo de su coraje personal”. Muchos gorilas han tachado de “cobarde” a Perón, pero en este caso nos damos con un “marxista”: tanto citar a tontas y a locas la Historia de la Revolución Rusa, de Trotsky, para que ahora el odio, que le impide ver que es absurdo pedir que Perón que “avance al frente”, como un jefe de patrulla durante una escaramuza, le impida también recordar que Lenin fue acusado de cobarde, después de ocultarse de Kerensky, tras “las jornadas de julio” de 1917, con el obvio propósito de impedir su detención o un atentado, harto posible ¿o era también “afeminado” el jefe del bolchevismo?

[6] Ernesto E. Sanmartino, La verdad sobre la situación argentina, Ed. Montevideo 1950.

[7] Destacamos en tal sentido la insólita generosidad de Horacio González, al promover y prologar la reedición de Fichas, dispuesta por él mismo, como Director de la Biblioteca Nacional. En esa presentación, González elogia el supuesto “estilo investigativo riguroso” que caracterizaría a Peña, algo que –aportaremos pruebas, en sentido contrario– muestra que los espejitos de colores tienen mercado en la intelectualidad peronista. Ver Fichas de Investigación económica y social, Tomo I, Edición facsimilar, Biblioteca Nacional, 2014. Ricardo Forster, a su vez, cree a Peña “un desmitificador”, en Tiempo Argentino, 08/06/2012. Por su parte, José Pablo Feinmann, afirma muy orondo: “La mejor, la más impecable interpretación que el marxismo argentino ofreció del peronismo surgió de la pluma de Milcíades Peña (…) Fue un hombre de una inteligencia luminosa.” (Peronismo. Filosofía política de una persistencia argentina, pág. 38). Siendo intelectuales identificados como peronistas, nos viene a la memoria el remanido refrán: ¡Dios nos cuide de los amigos…! Al mismo tiempo, nótese la ausencia de toda mención a los agravios y descalificaciones del visceral gorila: un vicio habitual del academicismo es ignorar el peso del prejuicio y el desequilibrio emocional en la formación del juicio, aun cuando el “pensador”, como le ocurre a Milcíades, luzca desquiciado. Ante cualquier duda epistemológica, recomendamos: Gordon W. Allport, La naturaleza del prejuicio, Editorial Eudeba, 1973.

[8] Tarcus, Horacio, El marxismo olvidado en la Argentina: Silvio Frondizi y Milcíades Peña, pág. 354. La política del “entrismo” ¿no es prueba suficiente del aventurerismo político y la degradación ideológica que caracterizó toda la trayectoria de Moreno y Peña acompañó, como fiel discípulo “de una figura paternal”?.

[9] Trotsky propuso a sus seguidores franceses, en la década del 30, un ingreso condicionado al Partido Socialista, para llevar en ese partido, habituado al debate, una lucha ideológico-política Esas condiciones no se verificaban  en el peronismo verticalista y sólo podían llevar a un fiasco, como ocurrió. Tarcus, ibídem, pág. 312.

[10] Hermes Radio (seudónimo de Milcíades Peña), “Peronismo y revolución permanente: política obrera y política burguesa para obreros” Estrategia N° 3, pág. 54, citado por Tarcus, ibídem, pág. 327.

[11] Nahuel Moreno, “Comentarios a algunas citas de marxismo sobre las relaciones entre los movimientos nacionales democráticos y el movimiento obrero”, Estrategia N° 3, antes citada.

[12] Tarcus, Horacio, Ibidem, pág. 329.

[13] “Las posiciones de esta corriente (Nahuel Moreno) jamás fueron objeto de un balance crítico por parte de las sucesivas organizaciones en que se estructuró, que llegan hasta el presente (PST-MAS)”. Coggiola, Osvaldo, Historia del trotskismo argentino (1929-1960), Centro Editor de América Latina, Política, 1985, pág. 111.

[14] Nada le sugiere a Tarcus que la “sólida fundamentación” del entrismo escrita por Peña (Peronismo y revolución permanente, Estrategia N° 3, 1958) saliera a la luz poco después de concluir los textos que hemos anteriormente citado, tomándolos de Masas, Caudillos y elites. Es sincero el autor al decir que tratándose de Milcíades Peña y Silvio Frondizi, él tiene una “perspectiva comprensiva”. Horacio Tarcus, ob. citada, pág. 36.

[15] Un ejemplo típico, en tal sentido, que veremos más adelante, está relacionado con “aclaraciones” efectuadas en 1957 sobre el contenido de sus Cuatro Tesis sobre la colonización española y portuguesa en América, escritas en 1949, cuando buscaba argumentos para defender en la Argentina la idea de una revolución socialista “pura”, en la cual se trataba de liquidar “a la burguesía”.

[16] La expresión “protector letal”, para caracterizar el vínculo de Moreno y Milcíades, que se acercó al primero siendo un adolescente muy maltratado por la vida, proviene del libro El socialismo en la Argentina, de Jorge Enea Spilimbergo, Ediciones del Mar Dulce, 1969.

[17] Vaya un ejemplo: para denigrar a Dorrego, Milcíades usa tramposamente la obra de Adolfo Saldías. En Historia de la Confederación Argentina, en el apéndice, este transcribe una carta de José María Roxas, dirigida a Rosas. Cuenta la carta que Lord Ponsomby, embajador inglés empeñado en hacer del Uruguay un estado autónomo y dócil a Gran Bretaña, al saber que Dorrego ha logrado ganar “a los alemanes” (empleados hasta entonces por el  Brasil), enviará esos soldados junto con argentinos a sublevar el Estado de Santa Catalina y hacer del mismo una república; al mismo tiempo, Dorrego planea secuestrar al Emperador y trasladarlo a Buenos Aires, para concluir una paz en los términos deseados por el partido patriota después de la victoria militar en Ituzaingó. Alarmado, Ponsomby informa a Dorrego que viaja al Imperio y “a mi llegada a Janeiro la paz se hará como ustedes quieran”. Algo que, ya que Saldías sostiene que Dorrego se opone a la “independencia” del Uruguay”, supone anunciar por parte del inglés una gestión conforme a esa postura. Ante esto, cuenta la carta de José María Roxas, Dorrego busca gratificar a Ponsomby con 12 leguas de tierra. Canallesco, Milcíades Peña, omitiendo aclarar que Saldías prueba justamente lo contrario, usa ese dato para decir que Dorrego “le regaló a Lord Ponsomby dichas leguas de tierra “quizás por haber derribado a Rivadavia y segregado al Uruguay”. La regla, en la obra de Peña, es que los patriotas son lo contrario, traidores al país ¿No advierte acaso que su versión falaz insinúa que al fusilarlo en Navarro, impulsado por la intriga porteña, Lavalle castigó una real traición? Lavalle, es sabido, padeció luego, al   advertir su error. Peña, en cambio, lo exime del crimen, al calumniar al jefe federal y patriota. Milcíades Peña, El paraíso terrateniente, pág. 37, 1972. Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, tomo I, Ediciones Granda 1967, capítulos 12 y 13, con sus respectivos apéndices.

[18] Tarcus, Horacio, ibídem, pág. 408. En ese punto, la exposición del autor sobre la historia personal de Milcíades es verosímil y convincente. En nuestro caso, nos genera piedad ese drama vital. Por lo demás, fundamos nuestra crítica en las ideas de Peña, sin la menor inclinación a ponernos el traje de “psicoanalista profano”.

[19] El lector juzgará esta suma de disparates y caprichos “interpretativos”. La espontaneidad del paro obrero, que se anticipa a la CGT, es ignorada, para sugerirnos que los trabajadores seguían a los “militares, curas, policías”, etc. Los subrayados al texto citado son nuestros.

[20] Un modo indirecto de embellecer a los dirigentes sindicales del PS, el PC y el anarquismo, que no practicaron   dicho “arribismo”, ya que se sumaron con inmaculado altruismo…¡a la Unión Democrática!

[21] Coggiola, Osvaldo, ibídem, pág. 98. El autor sostiene que Moreno había sustituido a Marx por Kafka, después de reproducir en la página posterior el siguiente aserto: “El imperialismo inglés, sin dejar de tener muchos de sus servidores y agentes en la oposición al gobierno (de Perón), tantos que hacen mayoría, apoya decididamente a este último como mejor forma de defenderse de la penetración del imperialismo rival”. El párrafo kafkiano proviene del periódico del POR Frente Proletario, N° 20, 20/08/1948.

[22] Como hemos visto, Peña se nutre en Nahuel Moreno fundamentalmente.

[23] Milcíades Peña, Antes de Mayo, Ediciones Fichas, 1973, pág. 79.

[24] Ibidem, pág. 77. El subrayado es nuestro. Como se ve, Milei ha tenido precursores “de izquierda”.

[25] Peña, Milcíades, Antes de Mayo, Ediciones Fichas, 1973, pág. 89.

[26] Ibidem, pág. 90 a 93.

[27] Ibidem, pág. 94. Los disparates de Milcíades, obsesionado con descalificar a nuestros patriotas y en particular el alcance de la revolución de la independencia, cuyo sentido no entiende, son tan abundantes que es imposible hablar de cada uno de ellos. Así las cosas, sólo señalamos que Peña niega carácter “democrático-revolucionario” a la política de Mariano Moreno, mientras se la reconocerá a Solano López –en el Paraguay se materializan ideas expuestas en el Plan de Operaciones, pero Milcíades brinda, respecto al Secretario de la Primera Junta, la versión de Mitre– mientras juzga progresiva la política de Rivadavia, supuesto impulsor, con “la burguesía comercial”, de la creación de una clase de medianos y pequeños agricultores. Con la excepción del Paraguay, es la historia mitrista en clave “de izquierda”. Peña, Milcíades, El paraíso terrateniente, Ed. Fichas, 1972, pág.43 (…“la política de la burguesía comercial de poblar el campo con colonos para desarrollar la agricultura iba directamente en contra de los intereses estancieriles.”). La Ley de Enfiteusis, dictada para garantizar el empréstito con Baring, que daría origen a una irreparable cesión de tierras a la oligarquía bonaerense, es consagrada como progresista, tal como lo hace la historia oficial.

[28] Ver nota 3, en el presente texto.

[29] Milcíades elige decir, para dotar a su visión caprichosa y absurda de aquel conflicto de fraseología “marxista”, que no existiendo “clases modernas” la historia trascurre por carriles distintos a la lucha de clases. Marx dijo, de   esta clase de discípulos, “he sembrado dragones y cosechado pulgas”.

[30] Milcíades Peña, De Mitre a Roca, pág. 37, Ediciones Fichas, 1972. El rastreador de nuestra historia reconocerá en este juicio la impronta juanbejustista, su pedante condena de “la política criolla”, en la que todos disputaban por “ocupar cargos”, sin “programas de clase”. Los menos leídos podrán ver que Nicolás del Caño no inventó aquello de “son todos lo mismo”. Con los ojos velados por sus prejuicios cipayos, Peña no puede ver cuáles son las claves de nuestros conflictos; advierte el antagonismo entre la burguesía comercial porteña y el interior, si se trata del Chacho, pero con exclusión de los artesanos y montoneros del pobrería provinciano, es incapaz de ver la progresividad y los rasgos nacionales del patriciado que vive en “los trece ranchos” y del ejército nacional, que encontraron una expresión muy limitada en Sarmiento y Avellaneda, pero mucho más neta en el roquismo del 80. El choque armado entre Tejedor y Roca por la nacionalización de la Aduana y el Puerto y la transformación de Buenos Aires en Capital Federal, que costó 3000 muertos, es “una farsa” y el apoyo roquista a las industrias del Interior (cales, cementos y molinos en Córdoba, azúcar en el norte y vinos y licores en Cuyo, que se impulsó enfrentando a los importadores porteños, nada le sugiere sobre “lucha de clases”, al no estar contempladas en su manual “marxista”. La futura desintegración del roquismo y su fusión a los cuadros de la oligarquía nacional no debe afectar la evaluación de la guerra civil del 80, del mismo modo que las gestiones de Carlos Menem no sirven para juzgar la década de los gobiernos del General Perón. Contradictorio impenitente, sin perjuicio de la tesis de “la pelea por los cargos”, Peña saca de la galera la caprichosa mención a unas “oligarquías provincianas”, sin caracterizarlas mínimamente. Ver sobre el punto, Ramos, Jorge Abelardo, Del patriciado a la oligarquía, tomo II de Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, Plus Ultra, 1973. Además, luego de hablar de Alberdi como inspirador de sus ideas (¡junto a Sarmiento!), ignora sin dar explicación alguna el análisis y compromiso del gran tucumano en las luchas del 80, cuyo final festeja en un texto clásico. Ver: La República Argentina consolidada en 1880, Juan B. Alberdi, Editorial Luz del día, 1952.

[31] ¿Qué alcance tiene aquí la expresión “exactamente”? ¿Alguna vez, en algún país, se vio un pueblo que defina “científicamente” las razones de su voto? Estos trucos verbales son habituales en Milcíades Peña, que busca así embarrar la cancha (tiene en la manga la chance de sostener que no acusa al votante de ser parte de un “aluvión zoológico”, sino de carecer de conocimiento “exacto”… por desoír las lecciones del Maestro Ciruela).

[32] Los límites del nacionalismo yrigoyenista, ampliamente tratados por nuestra corriente, no son el tema de este trabajo, pero no justifican ignorar el patriotismo del caudillo radical.

[33] Milcíades Peña, Masas, caudillos y elites, la dependencia argentina de Yrigoyen a Perón, pág. 9/10, Editorial Fichas, 1973. Ningún movimiento y ningún acto de gobierno, en toda la historia nacional, son juzgados por Peña como portadores de patriotismo y autenticidad, aunque fuese limitadamente. Yrigoyen y Perón lideran al pueblo porque los argentinos no advierten que ambos son agentes de Gran Bretaña y la oligarquía argentina.

[34] Una cosa es la necesidad de neutralizar a los productores pequeños y medianos, algo que incluye el respaldo a su desarrollo, como nosotros creemos, y otra distinta pensar que son parte del “sujeto revolucionario”, como sugiere Peña y militaron sus epígonos en el 2008, codo a codo con la Mesa de Enlace.

[35] Nos referimos, es claro, a circunstancias en las cuales se oponen con claridad el campo oligárquico y el nacional y popular: en 1945 la clase obrera dio la espalda a “los partidos obreros”, ya que seguirlos suponía sumarse a las patronales alineadas contra ella en la Unión Democrática.

[36] Christian Castillo, Reflexiones en torno a la obra de Milcíades Peña, La Izquierda Diario, 01/07/2013. El crítico no advierte que al exponer ciertos hechos Peña abandona el método marxista; la lucha de clases es sustituida   por la voluntad de “los grandes hombres”, que burlan a las masas. Así, Perón, la policía, los curas, etc., movilizan al proletariado el 17 de octubre, que actúa engañado a favor de un gobierno pro-inglés. Sin temor al ridículo, Milcíades admite que en ese día los trabajadores se movilizaron espontáneamente, pero del mismo modo que “se movilizan… para ir al cine o a la cancha de fútbol”.

[37] Otro “trotskista”, rival de la secta de Nahuel Moreno, juzga así este mismo vicio, en el maestro de Peña: “este ‘purismo’ que no ve lucha política de clases sino allí donde éstas se presentan claramente diferenciadas y con sus propios partidos, concluye negando la lucha de clases, enviándola al limbo”. Coggiola, Osvaldo, El trotskismo en la Argentina (1960-1985)/1 Ed. Política, 1986, pág. 11. Ahora bien, esas “clases” son una abstracción, ajena a las categorías elaboradas por Marx. Curiosamente, en la página anterior, luego de distorsionar alevosamente el aporte historiográfico de la Izquierda Nacional, y para contrastar con aquél, el autor citado elogia la contribución del grupo morenista, supuestamente el primero en “tentar” “un análisis relativamente elaborado de la realidad argentina, de su formación histórica a través de las formas de producción de la vida social, del surgimiento, desarrollo y lucha de las clases sociales. “Pero (qué pero, éste, decimos nosotros) en sus conclusiones históricas (y políticas) pagaron tributo al liberalismo, al que el ‘morenismo’ se acercaba para combatir al peronismo” ¡Qué par de joyitas, estos “historiadores” “trotskistas” y el incoherente “crítico”!

[38] ¡Qué enorme distancia hay entre Peña y los marxistas rusos, que exaltaban las sublevaciones del pasado del país, aun las encabezadas por fracciones de la nobleza, identificando el valor de levantarse contra el zarismo! Visto el contraste, carece de importancia que en algún momento Peña sustituya a los ingleses por los yanquis. Lo relevante, que niega de cuajo la visión marxista de la política nacional en el mundo semicolonial, es confundir la impotencia de las clases no proletarias para llevar a la victoria la lucha antiimperialista con la ausencia de toda acción y voluntad transformadora, por parte de ellas, para enfrentar la opresión ejercida por el imperialismo. Trotsky mismo, a quien supuestamente siguen los “trotskistas”, dice, en la segunda tesis sobre “la revolución permanente”: (en un país atrasado, la teoría de la revolución permanente) “significa que la resolución integra y efectiva de los fines democráticos y la emancipación nacional tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado, empuñando el poder como caudillo de la nación oprimida”. Es obvio en su texto que una cosa es plantear “la resolución integra y efectiva” y otra distinta lo que cabe llamar una tentativa limitada, o parcial, como ocurre en los casos en que el movimiento nacional es liderado por la burguesía nativa. Pero deducir de la inconsecuencia del nacionalismo burgués, como hace Peña, una identificación del mismo con los intereses imperialistas, es hacer del planteo una abstracción sectaria. Esa colusión burguesa con el imperialismo sólo se verifica cuando la clase obrera, como ocurrió en China, amenaza con desplazarlos y tomar el poder. No obstante, como también es claro en la historia del maoísmo, los pactos y las disputas por la hegemonía dentro del frente nacional se suceden y combinan a lo largo del desarrollo.

[39] Los alzamientos armados en la lucha por el sufragio y la democratización del país, harto conocidos, como los esfuerzos por sostener un partido que se mantenía en la abstención revolucionaria y era sostenido con aportes “a pérdida” de la militancia radical, como cuenta el libro de Ricardo Caballero, nada le sugieren al “marxista” de escritorio, Milcíades Peña.

[40] El peso del prejuicio ciega al autor. El absurdo, sin embargo, es mayor. Un trabajo sobre las luchas obreras en tiempos del peronismo prueba, con datos estadísticos concluyentes, que la clase trabajadora, en el ciclo 1946-1949 llevó adelante grandes luchas por el salario y otras demandas, lo que se traduce en huelgas que decuplican las cifras sumadas por los conflictos de la década anterior al golpe de 1943, época idílica para la izquierda cipaya, adicta a imaginar una clase obrera que nunca existió. Doyon Louise, Conflictos obreros durante el peronismo (1946-1955). Por otra parte, el conflicto de los sindicatos nucleados en la FOTIA, por la autonomía sindical, que los enfrentaba al verticalismo de Perón y las cúpulas del sindicales –mientras ratificaban sin fisuras su filiación peronista–  muestra a las claras que la clase obrera no se sometió dócilmente a “la jefatura burguesa”, sino que supo aunar la lucha por extender y consolidar los avances ganados y “promovidos” por Perón, con el realismo de sostener al régimen que convenía a sus intereses y al país. Gutiérrez, Florencia y Rubinstein, Gustavo, Alcances y límites de la autonomía sindical. La experiencia de la FOTIA durante el primer peronismo. Ver en La invención del peronismo en el interior del país, Tomo II (Compilación de Darío Macor y César Tcach, Universidad Nacional del Litoral, 2013. Seguramente Peña, como su maestro Nahuel Moreno y la izquierda cipaya, se ilusionó cada vez que algún sindicato emprendía una lucha, en este periodo ¡Al fin entenderían que Perón y la CGT son el enemigo! Intuitivamente dialécticos, pero ante todo realistas, los trabajadores buscaban ensanchar lo ganado, desde el arribo de Perón a la Secretaría de Trabajo, pero a la hora de votar ratificaban su apoyo al coronel del 45, sabiendo que, al dejar el poder, como supo decir Scalabrini Ortiz, no lo sustituiría el Arcángel Gabriel.

[41] Como el misántropo Mr. Hyde cuando reasume la personalidad del Dr. Jekyll, Milcíades Peña nos sorprende a veces con afirmaciones que contradicen sus propios planteos. El lector puede comprobar esto: después de haber dicho que Yrigoyen y Perón eran pro-ingleses y favorecían con sus políticas a los terratenientes y los explotadores de nuestras mayorías (que de imbéciles “los adoraban”), para atacar a Ernesto Palacio y al nacionalismo católico  dice acordando con la visión histórica de Izquierda Nacional, que (Palacio) “se subió al estribo y al volante de los golpes oligárquicos y antinacionales del 6 de setiembre de 1930 y del 16 de setiembre de 1955, que derrocaron a los dos únicos gobiernos populares y con amagos nacionalistas que tuvo el país en todo el siglo XX”. Para no ser tibio, renglones más adelante Peña luce poseído de indignación populista: tras calificar a los nacionalistas de raíz católica “como golfas envejecidas que añoran al chulo de su juventud”, exclama: …“salen de sus catacumbas para marchas detrás de los zancajos del imperialismo contra los gobiernos populares argentinos.”  Milcíades Peña, Alberdi, Sarmiento, el 90, Ediciones Fichas, 1970, pág. 90 y 91. En otra obra (¿Milcíades Jekyll le recuerda a Peña Hyde que es él un discípulo de Trotsky?–, criticando al PC por aquello de tachar al peronismo como nazi leemos: “El nazismo es la guerra civil de la pequeña burguesía dirigida por el gran capital contra la clase obrera. Perón se apoyaba en la clase obrera contra el gran capital y la pequeña burguesía. Esto era lo esencial y no se modifica (¿otra vez Mr. Hyde? porque los métodos totalitarios del peronismo fueran un intento de calcar los métodos nazis. Milcíades Peña, Masas, caudillos y elites, ibídem, pág. 88. Los subrayados son nuestros.

[42] Es el caso de Carlos D’amico. Si nos guiamos por las citas de Peña podríamos ignorar que no fue sólo un crítico de su tiempo, sino un firme enemigo de Mitre, partidario de Alsina, militante del PAN en los sucesos de 1880.

[43] Como ya señalamos, la exaltación de Alberdi es otro ejemplo de panegírico tramposo, por parte de Peña. Así, mientras acude a su crítica general al mitrismo y a las denuncias del crimen perpetrado contra el Paraguay, con impudicia oculta sus trabajos sobre la revolución del 80, pretendiendo ignorar los vínculos con el roquismo, con hechos cuyo significado es por demás claro, como la firma, por parte de Roca, muy poco después de ocupar la presidencia, del decreto que dispone la publicación de las obras de su genial comprovinciano, odiado por Mitre.

[44] Siempre es útil dar un ejemplo: al caracterizar al mitrismo y la burguesía comercial porteña, Peña reitera, en La Era de Mitre, Ediciones fichas, 1972, desde el comienzo del libro hasta la página 36, el análisis expuesto por primera vez por Enrique Rivera, autor pionero de Izquierda Nacional, en José Hernández y la guerra del Paraguay. No obstante, eso no impide que Peña, que no ha citado esta vez la fuente, hable de allí en adelante, sin explicar jamás cuál es el contenido de esa categoría, de “las oligarquías provincianas” que enfrentan a Mitre con el apoyo de las masas del interior del país (¿El Chacho, Juan Saá, Felipe Varela “oligarquías provincianas”?). Tampoco que luego procure ridiculizar a este autor e intente convencernos de que Mitre y José Hernández no son exponentes de posturas antagónicas, sino que el autor del Martín Fierro es también ¡oligárquico y pro inglés! Por otra parte, nos priva de saber qué opinión tiene de actor social relevante del interior, el patriciado provinciano, dentro del cual hay exponentes industriales importantes, con intereses encontrados con los importadores de Buenos Aires, en Cuyo, Córdoba y el norte del país, que pugnan por imponer barreras proteccionistas y concurrirán al llamado roquista del 80. Es un sector que no puede confundirse con las montoneras federales, que negocia y sobrevive, después de Pavón con la dictadura de Mitre y habrá de concurrir a las ligas de gobernadores y a la lucha nacional que triunfará con la federalización de la ciudad de Buenos Aires, su Aduana y su Puerto. De ningún modo a dicho sector puede caracterizárselo como “oligarquía provinciana”, sea cual sea su destino ulterior.

[45] Ver: El ultraizquierdismo y la cuestión nacional, de León Trotsky.  http://www.formacionpoliticapyp.com/2014/12/el-ultraizquierdismo-y-la-cuestion-nacional/

[46] Moreno, Nahuel. Cuatro tesis sobre la colonización española y portuguesa en América, 1948.                                                                                     Ver: https://www.marxists.org/espanol/moreno/obras/01_nm.htm

[47] Los textos que recomendamos son: Laclau, Ernesto, Feudalismo y capitalismo en América Latina y Ciafardini, Horacio, Capital, comercio y capitalismo – a propósito del llamado “capitalismo comercial”, trabajos compilados en Modos de producción en América Latina, Cuadernos de Pasado y Presente, N° 40, 1973.  El ensayo de Laclau  también en  http://www.formacionpoliticapyp.com/2019/10/feudalismo-y-capitalismo-en-america-latina-1/

[48] ). En 1957, en una “carta” a Milcíades Peña, Moreno, en lugar de ignorar la existencia de aquellas tesis, opta por reivindicarlas y oscurecer los motivos de aquel “aporte” del ciclo “antiburgués”, que, lejos de responder a la voluntad de estudiar sin anteojeras la historia latinoamericana, pretendía servir a su descarriada “estrategia” de la década del 40, según la cual, como dice en su historia Osvaldo Coggiola –“trotskista”, fiel al PO, insospechable de peronismo– “no había ni la sombra de un conflicto, siquiera deformado, entre la nación y el imperialismo” (Coggiola, Osvaldo, Historia del trotskismo argentino (1929-1960), pág. 79 ¿Cómo iba a reiterar esto, en 1957, difundiendo Nuestra Palabra como periódico que se publicaba “bajo la disciplina del General Perón y el Consejo Superior Peronista”, que el fin de aquel trabajo era desechar toda creencia en la progresividad del nacionalismo? El giro exigía presentarlo, sin dejar de compadrear sobre “el trabajo pionero”, como fiel a la estrategia de la revolución permanente. Ver “la carta” a Milcíades en el trabajo  ya citado

https://www.marxists.org/espanol/moreno/obras/01_nm.htm

[49] Nahuel Moreno, ibídem. (seudónimo de Hugo Bressano). Cuatro tesis sobre la colonización española y portuguesa en América (1948). Nueve años después, en una “carta” a Milcíades Peña, Moreno intentará oscurecer los motivos de su “aporte” que, lejos de reflejar una vocación de estudiar la historia latinoamericana, pretendía servir a su descarriada visión estratégica y programática de fines de la década del 40, según la cual, como dice Coggiola –“trotskista”, fiel al PO, insospechable de peronismo– en el libro citado (Historia del trotskismo argentino (1929-1960), Centro Editor, 1985, pág. 79) “no había ni la sombra de un conflicto, siquiera deformado, entre la nación y el imperialismo” ¿Cómo iba a recordar, en 1957, embarcado en editar Nuestra Palabra como periódico que se publicaba “bajo la disciplina del General Perón y el Consejo Superior Peronista”, que el fin de aquel trabajo era desechar toda creencia en la progresividad del nacionalismo burgués? El viraje empírico aconsejaba presentarlo, sin dejar de compadrear sobre “el trabajo pionero”, como fruto de la voluntad de estudiar a Latinoamérica.

[50] Nahuel Moreno demuestra aquí que no ignora por completo que Marx establece con claridad que el trabajo libre es una condición de existencia del capitalismo. Sencillamente, bastardea el concepto para “probar” que en Latinoamérica hubo siempre “capitalismo”, embarrar la cancha y hacer una ensalada indigesta con “la liberación nacional” –vaciando de contenido esa consigna– y “la lucha antiburguesa” (proimperialista, en la práctica).

[51] Marx, Karl, El Capital, FCE, pág. 164.

[52] Dobb, Mauricio, Estudios sobre el desarrollo del capitalismo, Siglo XXI, 1971, pág. 32

[53] Sergio Bagú, aunque incorpora algunos giros marxistas, siempre adoptó una actitud heterodoxa, que revelaba  su “autonomía”. Sin perjuicio de lo cual sus investigaciones muestran fielmente el mundo colonial, ofreciendo datos claros acerca del predominio de modos precapitalistas de producción en nuestro continente, sin perjuicio de que llame al conjunto “capitalismo comercial”, sin advertir que el capital comercial era significativo ya en el mundo antiguo, siendo esclavista el modo de producción.

[54] Peña, Milcíades, Antes de Mayo, Ediciones fichas, 1973, pág. 48 y 52. Moreno lo había dicho en 1948, en sus “Tesis”: “Hay que reconocerle (a Puiggros) el mérito de haber entendido, al menos, que “el descubrimiento de América fue una empresa llevada a cabo por comerciantes y navegantes del Mar Mediterráneo.”

[55] Tomamos, para señalarlo, la publicación de Editorial Cartago, 1973.

[56] Trotsky, León, Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina, Ed. Coyoacán, 1961, pág. 30-31.

[57] Peña, Milcíades, Industria, burguesía industrial y liberación nacional, Ediciones Fichas, 1974, págs. 168-171.

[58] Peña, Milcíades, El paraíso terrateniente, Ediciones Fichas, 1972, pág. 7. No sabríamos cómo juzgar el hecho de que en otro lugar, polemizando con Jorge Abelardo Ramos, Peña “recuerde” a Trotsky, pero transformando  la tarea de la Unidad Latinoamericana, de naturaleza democrático-burguesa, en tarea socialista, distorsionando el sentido de la consigna de los Estados Socialistas de América Latina, cuyo enunciado por el gran revolucionario ruso indica que sólo el proletariado latinoamericano puede llevarla a cabo, del mismo modo que el derecho a la autonomía nacional, en el Imperio Zarista opresor de naciones –también obviamente de carácter burgués– sólo podía ser sostenido consecuentemente por la clase obrera y el partido bolchevique. Con esa patraña, Milcíades hace de la bandera de construir una Federación Latinoamericana –realizando la nación inconstituida– una tarea semejante a la construcción de los Estados Unidos Socialistas de Europa, caso en el cual si corresponde hablar de una consigna de naturaleza socialista, en tanto se trata de unificar naciones, no fragmentos de una nación no constituida. Y no se trata de un asunto “académico”: en el nuestro, el bloque de clases interesadas en la Unidad Nacional, como lo prueban las experiencias actuales, que Peña no previó –Mercosur, Unasur, etc.– incluyen a la burguesía “nacional” latinoamericana, aunque esta no sea capaz de sostenerla consecuentemente y llevarla a la victoria. Esta (im) postura de Peña puede verse en Industria, Burguesía Industrial y liberación nacional, Ediciones Fichas, 1974, pág. 171.

[59] Sin ignorar la estatura del revolucionario ruso, no deben atribuírsele dotes de vidente, para explicar su aporte a la estrategia socialista en la revolución latinoamericana. Los elementos que conforman una nación, constituida o no, que enumeramos en nuestro texto, sin aportar nada nuevo, son un patrimonio de la teoría leninista de la cuestión nacional. El mérito de Trotsky fue “sólo” aplicarlo al “caso” de Latinoamérica. Su comprensión del peso de una visión adecuada del “problema nacional” está, obviamente, fuera de duda. Tan es así, que el rol decisivo que la interpretación de Lenin jugó en el caso de la revolución rusa, que operaba en el marco del Imperio Zarista,  es exhaustivamente analizado por el mismo Trotsky en el capítulo titulado La Cuestión Nacional, en Historia de la Revolución Rusa, Tomo II, pág. 425 y sss, Editorial Tilcara, 1962. Significativamente, esa edición prologada por Jorge Abelardo Ramos, incluye por primera vez en castellano ese capítulo, antes omitido en la edición española de 1932, dispuesta por Andrés Nin, y en este caso traducido de una edición francesa por Jorge Enea Spilimbergo.

[60] Inútilmente el lector curioso buscará en Peña una reflexión seria sobre el nacionalismo militar. En el caso del golpe de 1943, contra todos los estudios sobre la logia del GOU, sin excluir los que pretenden filiarla como nazi, pero que siempre registran la preocupación de los compañeros de Perón por industrializar al país, formulación que nacía de claras consideraciones de Defensa Nacional, Peña, apoyándose en “un estudio gubernamental” de los EEUU, logra informarnos que los oficiales argentinos “estaban más interesados en sus estómagos que en la política”, pero el 4 de junio salieron a impedir que se “rompiera la tradición histórica del país para colocarlo junto al imperialismo norteamericano, rompiendo las viejas y honrosas ataduras con Inglaterra.” De modo que eran unos miserables, sólo preocupados por llenar la panza… pero además, ¿cuándo no? eran ¡pro-ingleses! Peña, Milcíades, Masas, Caudillos y Elites, Ediciones Fichas, 1973, pág. 57. El subrayado es nuestro.

[61] León Trotsky, El ultraizquierdismo y la cuestión nacional. http://www.formacionpoliticapyp.com/2014/12/el-ultraizquierdismo-y-la-cuestion-nacional/

[62] Coggiola, Osvaldo, Historia del trotskismo argentino (1929-1960), Ed. Política, 1985, pág. 25. El subrayado es nuestro.

[63] No podemos hacer, en esta oportunidad, la historia de las calamidades del “tercer periodo” de la Internacional de Stalin, tema central del libro de Trotsky El gran organizador de derrotas, que incluye la catastrófica acción del stalinismo frente al ascenso de Hitler, ciclo en el cual, lejos de promover el frente único con la socialdemocracia contra el nazismo, el Partico Comunista alemán trata a la primera como “enemigo principal”. Pero si señalar las semejanzas que existen entre las premisas que sostienen aquél ultraizquierdismo y las que se perpetúan en las sectas del mal llamado “trotskismo”.

[64] El ultraizquierdismo “trotskista” es incapaz de preguntarse qué es eso de “la presión de sus intereses de clase”, no sea cuestión de comprender por qué existen “los cambios de frente de la burguesía nacional”.

[65] Trotsky, León, Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina, Ed. Coyoacán, 1961, pág. 60/61. El texto publicado es un fragmento del libro del mismo autor, “El gran organizador de derrotas”. Como se sabe, la serie de publicaciones de Editorial Coyoacán fue dirigida y más de una vez prologada por Jorge Abelardo Ramos.

[66] Moreno, Nahuel, Movilización antiimperialista o movilización clasista, Revolución Permanente, N° 1, 21/7/49, citado por Osvaldo Coggiola en Historia del trotskismo argentino (1929-1960), pág. 112. Aquél que haya leído la Historia de la Revolución Rusa y demás obras del bolchevismo advertirá el error que cometieron estos al pensar  que la Revolución de 1905 tuvo su inicio con la marcha obrera impulsada por el oscuro cura Gapón, masacrada por las tropas, pero cuyo fin era rogar la comprensión del “padrecito” Zar. Moreno, un analista más avezado, les   enseñaría a los rusos que aquella marcha fue “artificial”.

[67] Peña, Milcíades, Industrialización, Pseudoindustrialización y Desarrollo combinado (firmado con el seudónimo Víctor Testa), Fichas de Investigación Económica y Social, Año I, N° 1, abril 1964. Citado de Edición Facsimilar de la Biblioteca Nacional, dirigida por Horacio González y prologada por él mismo, 2014, pág. 62.

[68] Para un revolucionario marxista, lo que desarrolla como clase a la clase obrera es trascendental, sean cuales sean los motores del proceso: se gesta allí el “sujeto transformador”. Para Peña, en cambio, es mejor parlotear  sobre los cuadros y las cifras (sin soporte conceptual claro) que llenan los papers de la sociología academicista.

[69] La historiografía argentina, aunque existen muchos y buenos trabajos sobre temas histórico-económicos, no ha identificado aún con claridad las bases económico-sociales del mitrismo y el roquismo. En el caso del primero, el papel de la burguesía comercial porteña es ya una obviedad, pero hay varias lagunas con respecto a sus bases en el interior, donde lo apoyaban pocos pero poderosos comerciantes, seguramente vinculados a la introducción de bienes importados y la consignación de pocos productos nativos (cueros y pieles, por ejemplo) con destino a la exportación. Mucho mayor es la falta de estudios sobre las respectivas bases del roquismo, pero es clara la presencia en su seno de los fundadores del Club Industrial, militantes del proteccionismo, entre los cuales figura Carlos Pellegrini. El cordobés medio, en nuestro días, se sorprendería al saber que el gobierno de Juárez Celman fue cuestionado por emplear cales de Córdoba en la construcción del dique San Roque, que ingleses y cómplices tachaban de inservibles, en comparación con las británicas, sin la menor prueba. El mismo argumento fue usado, más adelante, por los importadores porteños, contra el azúcar tucumano y salteño, para seguir distribuyendo el azúcar extranjero de introductores franceses. El desarrollo de nuevas ramas industriales, después de la crisis de 1930, adquiere un alcance que sorprenderá a los actores asociados al horizonte de la argentina agro-ganadera. Y Milcíades Peña, que finge desconocer esa realidad o efectivamente no la comprende mareado por los números de los infinitos cuadros, ignora que el fenómeno modificó el peso de las clases sociales y las relaciones de fuerzas, para otorgar base al surgimiento del peronismo, que coronó el desarrollo de una nueva realidad.

[70] Lenin y los bolcheviques jamás opinaron algo semejante. Sus textos subrayan con toda energía que “tomar el poder” es mucho más fácil que superar el atraso si, como ha ocurrido hasta hoy, la revolución triunfa en un país periférico. El triunfalismo pueril de Milcíades contrasta con el análisis descarnado de Trotsky sobre el estado de la URSS en 1936, dos décadas después de la toma del poder. Hacemos alusión a “La revolución traicionada”, en   cuyas páginas encontramos un diagnóstico realista y sugestiones que ponen en cuestión la perduración misma del proceso revolucionario, 55 años antes de la desintegración de la URSS. El “trotskista” Peña, en cambio, exalta los logros de la burocracia soviética, sin la menor sospecha de que el modelo elegido significaba construir sobre   cimientos de arena.

[71] Peña silencia un dato central. Aldo Ferrer señala esa clave de la industrialización de la década del 30:…”en el quinquenio 1930-34 la capacidad de importar del país fue sólo el 46% de lo que había sido en 1925-29”. Ver: La economía argentina, FCE. Méjico, 1963, pág. 187.

[72] En El servicio del capital extranjero y el control de cambios, FCE, 1954, señala W.M. Beveraggi Allende, en su estudio sobre la política económica de Pinedo: “… el grupo de hacendados y exportadores –tradicionalmente dominante en la política argentina– tendía a favorecer la importación de artículos manufacturados antes que las de materias primas destinadas a producirlos en el país. Eso dio origen a una actitud peculiar, característica de la legislación aduanera argentina, de dificultar mediante el impuesto la importación de materias primas –una actitud que ha sido llamada ‘proteccionismo a la inversa’. Pero lo más interesante es que el mismo control de cambios fue utilizado, en cierta medida, desde su establecimiento, para dificultar más bien que para promover el desarrollo industrial del país”. Corroboran este juicio, además: Jorge, Eduardo F., Industria y concentración económica, Hyspamérica, 1986 y, con valiosísimos aportes sobre el rol que cumple la renta diferencial en la vida económica y en la actitud de todas las clases sociales hacia la Argentina agroexportadora, Anda, Enrique, Notas para un análisis de la relación entre la burguesía ganadera-terrateniente y la industrial en la Argentina: la Década Infame (1930-43), compilado en Dependencia y estructura de clases en América Latina, Asociación Editorial La Aurora, 1975. Contra la opinión de Peña, todos estos trabajos prueban que el desarrollo industrial de la década del 30 fue, fundamentalmente, un resultado de la asfixia importadora del país, no el fruto de una voluntad de la oligarquía tradicional.

[73] Observaciones similares formula Trotsky en “La revolución traicionada”, con relación a la URSS de la década del 30. Pero en ese caso se busca responder al ocultamiento stalinista de las limitaciones que se observan en los avances económicos, que aún están lejos de los estándares del capitalismo avanzado. Pero, como es obvio, de ningún modo pretende Trotsky cuestionar las bases fundadoras de la economía soviética. Peña, en cambio y convalidando la ofensiva liberal contra el estatismo, pretende oponer el capitalismo de Estado creado por Perón a un modelo ideal, omitiendo que (1) los vicios que identifica son expresión de una política deliberada que, tras la “revolución libertadora”, perseguía como fin crear las condiciones para liquidar en la Argentina las Empresas del Estado, algunas de las cuales, como el IAMI, ya había sufrido un desguace, transfiriendo la producción de las motocicletas y los tractores a Luján Hnos y FIAT, respectivamente y cancelando, con la excepción del Rastrojero, la producción de automóviles y (2) que las virtudes que Milcíades exige tampoco existen en los países que toma como modelos a imitar. Como hemos visto, en 1964 la productividad del trabajo es aún más baja en China que en nuestro país y la política del célebre “tazón de arroz de hierro” alienta la indiferencia en la clase trabajadora, con pésimos resultados, que se corregirán recién en 1978, después del viraje impuesto por Deng Xiao Ping. Al respecto, el lector puede leer el trabajo ¿Hacia dónde va China? Su transformación y el futuro del orden global, del autor, en http://aurelioarganaraz.com/economia-y-sociedad/hacia-donde-va-china-su-transformacion-y-el-futuro-del-orden-global/

[74] Peña, Milcíades, Industria, Burguesía Industrial y Liberación Nacional, ediciones Fichas, 1974, pág. 102 y 103.

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El FIT y Ucrania: la OTAN y Rusia ¿son “lo mismo”?

 

Ucrania guerra

El FIT y Ucrania: la OTAN y Rusia ¿son “lo mismo”? [1]

Aunque abundan las diferencias en su caracterización del conflicto, las tendencias internas del FIT han terminado por postular una posición resumida en las siguientes consignas: No a la guerra. Fuera Rusia de Ucrania. Fuera la OTAN. Abajo la burocracia restauracionista de Putin. Unidad de los pueblos de Rusia y Ucrania. Por la unión de los explotados del este y oeste en una Ucrania independiente, unida y socialista, en el marco de los Estados Unidos Socialistas de Europa, incluida Rusia[2]. Poco importa si “Abajo Putin” es una consigna que satisface a Biden y si las fuerzas neonazis aliadas a la OTAN definen el carácter de uno de los rivales de esa guerra; tampoco interesa que no existan núcleos, embrionarios al menos, empeñadas en construir una Ucrania socialista. Menos aún que hablar de unos Estados Unidos Socialistas de Europa es apelar a una abstracción para no definir quiénes luchan hoy en Ucrania.

El ultraizquierdismo ignora el dato central del problema: rige el imperialismo, que divide al mundo en naciones explotadoras y países que pugnan por sacudir su opresión. Así, traza entre los contendientes un signo igual, pretextando que ambos son “burgueses”. De ese modo, esta rara “izquierda” agrupada en el FIT, que se proclama trotskista, ignora sin más las enseñanzas de Trotsky, su presunto “maestro”. El compañero de Lenin repudió en su tiempo la posición planteada por trotskistas yanquis, en relación a la China invadida por Japón y tomó posición ante un eventual conflicto entre el gobierno del Brasil y Gran Bretaña,  desde Méjico: al distinguir entre países imperialistas y semicolonias, Trotsky apoyaba al Brasil, pese a su gobierno semi fascista y aunque gobernara el laborismo en el Reino Unido; y en el caso de la China, exigía luchar contra el imperialismo japonés, junto a Chiang Kai sek y el nacionalista  Kuomintang, sin subordinárseles, pero golpeando unidos al enemigo común.

Los “trotskistas” ignorar esas lecciones. Prefieren seguir a Nicolás del Caño y decir que todos “son lo mismo”. Pero en Ucrania se enfrentan dos adversarios de distinta naturaleza: el imperialismo mundial, con EEUU y la OTAN por un lado y, por otro, la Rusia de Putin, cuyo gobierno bonapartista asume la resistencia de toda la nación a la pretensión de Occidente de someterla a una condición semicolonial y, si fuese posible, fracturarla hasta la impotencia. Y privar a China –el enemigo mayor– de un aliado provisto de poder nuclear. Ante esa pugna está en cuestión (todo el mundo lo sabe, salvo los jefes del FIT) la hegemonía global que EEUU obtuvo al caer la Unión Soviética. No obstante, los seudotrotskistas repiten la abstención practicada en la pugna entre Scioli y Macri, un apoyo indirecto al imperialismo y sus secuaces.

En Ucrania, usan como pretexto para atacar a Putin su presunta unión con los oligarcas rusos, minoría  corrupta que usó la debacle final de la URSS para apropiarse delictivamente  de las empresas estatales. Omiten reconocer que esos multimillonarios, que fueron protegidos por el régimen de Yetsin y eternos  cómplices de las maniobras de Occidente que buscan someter y despedazar a Rusia –con Yugoslavia, como modelo– fueron atacados luego por Putin; su ascenso marca la voluntad recuperada del pueblo ruso de resistir al imperialismo y, por consiguiente, a sus aliados y secuaces dentro de la nación. Si se quiere ver sin anteojeras los hechos, es posible advertir que EEUU y la UE tienen claridad sobre este fenómeno, y buscan usar el poder económico de los célebres oligarcas[3] para doblegar a Putin y socavar su respaldo. Maniobras fracasadas, hasta hoy, ante la firme voluntad del Jefe de Estado, que afirmado en el poder, amaga con avanzar contra los grandes millonarios, expropiarlos o someterlos al interés general. Se trata, es obvio, de un proceso vivo, en desarrollo, en el cuál pugnan fuerzas opuestas: no es posible anticipar su resolución final. No obstante, permite definir la posición marxista ante Rusia y la guerra, atento a la naturaleza de las fuerzas antagónicas, su dinámica interna y las contradicciones sociales, que muestran la progresividad del proceso encabezado por el presidente Putin, frontalmente atacado por el poder imperialista. El periodismo occidental, y una buena porción de la intelectualidad burguesa admite abiertamente que en la guerra de Ucrania está en juego la hegemonía global de los EEUU y que un triunfo de Rusia abrirá un curso de poder multipolar, con implicancias favorables para la periferia semicolonial en que está inserto nuestro país y América Latina. Pero los jefes del FIT son más sensibles a la visión reinante en las usinas seudotrotskistas europeas y norteamericanas, a su vez complicadas con el mundo central. La satelización del seudotrotskismo a esos mentores y su cipayismo incorregible explican, creemos, su desatinada simpatía con las “revoluciones naranjas” preconizadas por la CIA, en la Libia de Kadhafi, la revuelta neonazi de la plaza de Maidán[4], en Bielorrusia y Siria, hoy en una guerra que puede alterar progresivamente las relaciones internacionales.

[1] Comparto con el lector una pregunta que me han planteado algunos compañeros: ¿Es preciso hacer el esfuerzo de criticar al ultraizquierdismo, en particular al FIT? La militancia nacional rechaza en general el rol que cumple,  su clásico antiperonismo, la propensión al delirio, el divisionismo sectario que ayuda objetivamente al bloque oligárquico. ¿No es suficiente? Por otra parte, la impermeabilidad de las sectas ante las reflexiones que contrarían  sus premisas, inutilizaría toda invitación a ver “el mundo real”. A pesar de todo, no lo creo así: sin esa crítica, las sectas ultraizquierdistas y el nacionalismo burgués se aúnan para oscurecer cómo se articula lo nacional y lo social y, sin comprender ese vínculo, es imposible triunfar en ambos terrenos, sellar la grieta, disputar a los jefes del nacionalismo burgués el liderazgo de las mayorías que jamás le arrebatará la “izquierda” cipaya, hueca y declamatoria. Y sin ganar esa batalla contra la burguesía “nacional” no se podrá liberar al país y la clase obrera.

El rechazo recíproco entre esos polos tiene un pobre reflejo en el plano de las ideas. En el terreno de la crítica, se ha dicho, el amorfismo ideológico del movimiento nacional deriva de su estructura social contradictoria, con una base obrera-popular y una jefatura burguesa interesada  en oscurecer la naturaleza de clase del programa que sostiene. No exige demasiado esfuerzo, en esas condiciones, comprender lo dificultoso que resulta para los voceros e intelectuales peronistas la crítica del FIT, sobre todo si registramos, con honestidad debida, el alcance limitado de lo que hoy es capaz de ofrecer a las masas una fuerza política tan alejada de las acciones históricas que la instalaron en el corazón del pueblo argentino. Por otra parte, no es claro qué beneficio puede representar para el liderazgo burgués la eventual liquidación del ultraizquierdismo ¡Nada más útil para la jefatura burguesa que una “izquierda” cipaya que le cede sin disputa la defensa de lo nacional e ignora el valor de representar a la patria! ¿Qué daño podría ocasionarle que esté dedicada a ganar una exigua representación parlamentaria, sobre la base de levantar consignas postmodernistas y dar impulso a la descalificación del movimiento real de la clase trabajadora y el nacionalismo popular? A nuestro entender, estamos ante una suerte de “división de tareas”: la jefatura burguesa obtiene, sin rivales, la representación de las clases enfrentadas al imperialismo, bregando para que las masas no adviertan la existencia de pugnas sociales, mientras “la izquierda” se aísla en una “lucha de clases” y demandas postmodernas, sin política revolucionaria, ajena a la presencia de la cuestión nacional.

Puede parecer extraño, pero el cipayismo de “izquierda” protege y prestigia a la jefatura burguesa. Fue así en 1945, con los “partidos obreros” subidos al carro de la Unión Democrática. El socialismo revolucionario, mientras sostiene al nacionalismo contra el poder imperialista, debe llevar a cabo, simultáneamente, una tenaz crítica de los límites del mismo y su contracara “de izquierda”, alertando a los militantes que honestamente buscan en el nacionalismo burgués o el ultraizquierdismo un medio idóneo de transformación del mundo.

2] Resumimos los términos del proyecto de declaración presentado en la Cámara de Diputados de la Nación por el bloque del FIT, que se supone expresa una posición común, aunque se aproxima más al punto de vista del PTS y la Izquierda Socialista, los grupos más degradados de todo el Frente, que reprochan al Partido Obrero por ser condescendientes con el gobierno de Putin, en lugar de considerarlo el enemigo principal.

[3] Usamos el término para no complicar la interpretación del lector, sin convencimiento alguno. Los millonarios de Occidente no son mejores que los oligarcas paridos por la desintegración de la URSS, que imitan el modelo y hasta prefieren vivir fuera de Rusia, con descaro y ostentación de su riqueza mal habida. La diferencia aducida a favor de los antiguos y nuevos ricachones europeos y norteamericanos de que estos protagonizaron un proceso de acumulación supuestamente “legítimo” ignora que la propiedad siempre es “un robo” del esfuerzo ajeno. En relación al punto, es curioso ver que algunas sectas omiten hablar también de los oligarcas ucranianos, que están en el poder, después de financiar la carrera política de Zelensky, el payaso.

[4] Los ultraizquierdistas omiten considerar el rol de los neonazis, el más firme apoyo de la OTAN en Ucrania, que los provee de armas e instruye sus tropas, incorporadas a las Fuerzas Armadas del país. Fuera la OTAN de Ucrania es, en ese marco, una impostura: no hay allí, enfrentando a Rusia, ninguna fuerza independiente de Occidente. Por otra parte, como lo ha demostrado en un luminoso estudio Jorge E. Spilimbergo, el nazismo se originó fuera de Alemania, precisamente en los límites del imperio austriaco, cuando este integraba a Ucrania occidental. Ver: Jorge E. Spilimbergo, De los Habsburgo a Hitler – Sobre la cuestión nacional en Europa http://www.formacionpoliticapyp.com/2015/04/de-los-habsburgos-a-hitler/

¿HACIA DÓNDE VAMOS? LA ALDEA GLOBAL DESPUÉS DE LA PANDEMIA

socialismo utópico y socialismo científico

 “Como no puede suponerse que la senilidad del sistema vaya a generar de un modo automático, sin resistencia y sin lucha, la superación del capitalismo, es necesaria una comprensión de lo que debe hacerse para retomar ese intento que fracasó en Rusia, pero promete triunfar en el escenario chino…”  ¿Hacia dónde va China? Su transformación y el futuro del orden global, 06 de febrero de 2019, del autor.

Algunas figuras de la intelectualidad “progresista” de los países centrales[1], frente a la pandemia, están  pronosticando el fin del capitalismo. Reiteran, en verdad, lo que ya decían luego de la crisis del 2008, que les recordó la existencia de Carlos Marx, al que habían sepultado al desaparecer la URSS, como si  fuese el autor de esa catástrofe geopolítica. Es una fantasía “el fin de la historia”, concluyeron después del derrumbe bursátil; el reino del capital está en apuros. Al libre mercado de Friedman y sus alumnos  lo mandaron al rincón, a purgar las culpas. Al capitalismo, insalvable, lo cuestionaron no sólo por ser inhumano, sino inviable. Debía enterrárselo y volver a las fuentes del humanismo europeo. Y, si bien los rasgos del nuevo orden no se establecían, los augures decían que iba a ser distinto a lo que fue en su tiempo “el socialismo real” –no era cuestión de apostar a un modelo ya obsoleto, al que sus padres intelectuales tributaban culto, mientras estuvo vigente– pero, fuese como fuese, iban a reinar pautas de solidaridad, mayor igualdad y se abandonaría la fiebre de acumular riqueza empobreciendo a las sociedades. Esta bella quimera, lo hemos dicho en otro lugar, ignora el problema de cuáles son las fuerzas sociales impulsoras del cambio –el actor revolucionario, “la fuerza material” que  hace suyo el programa, para el marxismo–, bajo qué cánones logra unirse la voluntad colectiva y qué cuestiones deben resolverse, en el periodo gestatorio, para triunfar sobre la resistencia que opondrán los núcleos del stablishment ¿O se supone que éste se sumará de buen grado a la sugestión de ceder el poder y los beneficios que protege, iluminados por el verbo de los epígonos de Charles Fourier?

La inconsistencia de esos planteos es abismal. Se menciona a Marx –otorga prestigio– pero con tanta incongruencia que el resultado es vender gato por liebre, sin que el cliente lo advierta. Si no hubiese esa finalidad, si descartamos la estafa ¿cómo explicar el retorno abierto al tipo de formulaciones que fueron tildadas (Engels dixit) de “socialismo utópico” por los creadores del marxismo, siendo que sus obras son conocidas? De pronto, un “nosotros” nacido del convencimiento espontáneo del género humano, nos lleva a Utopía (a una nueva cultura, ni más ni menos); salimos de la barbarie actual…sin los dolores del parto. Los latinoamericanos, afectos a reverenciar “la sabiduría” europea, deberemos comprender que la decadencia del viejo mundo está allí también, en la inconsistencia sin límites de su intelectualidad  “progresista”, cuya endeblez es patética.

No hay dudas de que la catástrofe actual generará cambios, en el mundo y en la Argentina, nuestra patria chica. Tal como lo conocemos, el paradigma neoliberal difícilmente sobrevivirá. Como mínimo, cabe suponer que la pandemia, como ocurrió con la crisis de 1930, impulsará el estatismo, al menos en el área de la salud pública. Será enorme la presión a sacar de allí a los mercaderes de la medicina; una montaña de muertos que eran evitables, acompañada de una catástrofe económica, también global, presionará a favor de políticas que sustraigan la supervivencia social de las manos del libre mercado, cuya lógica ignora el interés colectivo, aun en los términos de la reproducción del sistema. No obstante, la resistencia a cambiar (para “salvar lo principal”), por extraño que nos parezca, será feroz, allí donde existen poderosas fuerzas que crecieron destruyendo el “estado de bienestar”. Una de esas fuerzas, afirmadas en las décadas del mundo unipolar –que se sintió liberado de un enemigo sistémico, tras el derrumbe de la URSS– está constituida por las gigantescas empresas de salud, cuya acción, al vaciar los sistemas sanitarios públicos, crearon las condiciones que hacen fracasar hoy tan dramáticamente la lucha contra el coronavirus.

¡Raro sistema, éste, cabe decir, que tiene seguros para tantos riesgos y carece de red cuando salta en el trapecio, sin la mínima precaución! Ésa es la lógica, sin embargo, del capitalismo “de timba”, que es el dueño del poder actual. La especulación sin freno tolera a Trump, pero parece incapaz de escuchar a Sanders, el moderado, cuyas políticas atenderían más racionalmente a la preservación del sistema, amenazado por la avidez de Wall Street. No olvidemos, por otra parte, que la modalidad vigente sólo acentúa “lo natural” del orden capitalista. Los industriales de Bérgamo, que condenaron a muerte a sus propios obreros para no parar una producción de bienes que quizás no encuentren la demanda hoy, no fueron más cuerdos ni más deshumanizados que sus homólogos norteamericanos del sistema industrial, comercial, financiero… y hospitalario privado.

Antes de fantasear sobre “el día después”, debemos analizar qué ocurrirá durante la pandemia, país por país o, más precisamente, en aquellos Estados cuya situación, al finalizar este ciclo, pesará más en el futuro global. La pertinencia de plantearnos en estos términos el problema es evidente, si se advierte que el covid-19 ha puesto en cuestión el futuro de los países centrales del mundo y que la diferente capacidad de cada uno de ellos para responder a la crisis es desigual y probablemente determinará un cambio en las relaciones de poder entre unos y otros. En segundo lugar, es decisivo considerar cuánto se tardará en superar la pandemia, dada la relación, muy estrecha, entre la duración de la crisis y los daños que ocasionará, en vidas humanas, en destrucción de riqueza y en la aparición de tentativas dirigidas a replantear el rumbo que tienen los asuntos humanos, en nuestro tiempo. En este sentido, es útil evocar el impacto imborrable que sobre el espíritu humano tuvo el desarrollo de la primera guerra, en el doble sentido de terminar con la ilusión de que habíamos superado las tinieblas del medioevo, ingresando a un tiempo de humanización y progreso, mientras se desataba –recreando en cierto modo la fe en el hombre– la revolución, triunfante en el escenario del Imperio Zarista y amenazante, pero al fin fallida, en buena parte de Europa. Es semejante lo que puede decirse de la segunda guerra. Y, más cerca de nuestros días, la conmoción causada por la caída de la URSS, fatal para algunos y festejada por otros.

En principio, mal que les pese a los vendedores de utopías, es preciso decir que carece de sustento plantear la posibilidad de una transformación social progresiva sin un sujeto político apto para impulsarla, algo que supone, a su vez, trazar un programa que anticipe cuál será la formación social que releve al capitalismo. Sin bases programáticas ¿cómo construir una fuerza revolucionaria capaz de llevar el  proyecto a la práctica? Eludir esa tarea y “prometer” un cambio, en los términos que plantea cierto progresismo[2], es adormecer la conciencia pública, obstaculizar la tarea de construir sin demora el arsenal teórico-práctico que hará posible derrocar al capitalismo. Sin empezar por eso,  de un modo consecuente, la barbarie actual puede adoptar otras formas, pero no cederá: en suma, debe superarse el retraso, signado por “la crisis del pensamiento”, en el campo revolucionario. Si esta premisa es acertada, se impone analizar los orígenes y el desarrollo del abandono de la teoría que se calificaba  a sí misma como científica y revolucionaria, para retomar esa herencia intelectual, hoy extraviada. Esa empresa incluye luchar contra las baratijas que venden los postmodernistas “de izquierda” del género de Laclau[3] –una política sin clases sociales, fundada en “el discurso”– por una parte; por otra, proceder a una crítica también implacable contra el “marxismo” contemplativo que floreció en la Europa del Estado de Bienestar, para reasumir el que sostuvieron Lenin y Trotsky[4].

Pero veamos antes qué cabe esperar del despliegue de la pandemia en el mundo central, epicentro de la crisis y asiento, como sabemos, del imperialismo mundial.

La situación de los EEUU

Antes de la crisis del coronavirus, EEUU veía amenazado su poder global por la transformación de China en una potencia ya no limitada a una producción basta, sino que apostaba a ensanchar la barrera del conocimiento científico y tecnológico, mientras consolidaba su papel de “taller mundial”. Despejando su teatralización –por el lado estadounidense, ya que los chinos cultivan “el perfil bajo”–era un peligro cierto, pero ante el cual cabía trazar planes, para conjurarlo, sin que se precipitara una  catástrofe que pusiera contra las cuerdas al país del norte. La crisis del coronavirus alteró las cosas, al acentuar las tendencias que venían advirtiéndose, creando una situación de imprevisible final para la lucha por la hegemonía en el orden global. Si la prolongación de la pandemia supera la estimación frívola de Trump, los daños sufridos por la economía estadounidense pueden llevarla a la extrema debilidad que padecieron los europeos tras las guerras inter-imperialistas del siglo XX. Un estado en el cual, cabe recordarlo, Gran Bretaña y Francia vieron desvanecerse su imperio colonial, Alemania fue dividida y sólo el Plan Marshall –omitamos hablar del activo papel que tuvo Stalin, para cumplir con el pacto negociado en Yalta– aventó el peligro de la revolución social en el sector occidental del viejo continente.

 Es preciso eludir la tentación catastrofista. Pero no podemos, por esa razón, evitar la contemplación de una situación que socava el liderazgo mundial de EEUU. En primer lugar, es durísimo el golpe a la credibilidad del país, modelo emblemático del neoliberalismo. Ese paradigma, que comparte con sus aliados de la vieja Europa, fue desacreditado por la vergonzosa fragilidad de sus sistemas sanitarios y la clara irresponsabilidad del gobierno de Trump en el manejo de la pandemia. El Presidente fue un líder en hacer de la salud un mero negocio, rechazando incluso la débil ampliación de las coberturas médicas impulsada por Obama[5]. La ausencia estatal elevará criminalmente la cantidad de víctimas, como se vio en Italia, España, Francia y Gran Bretaña, que han sufrido las mismas políticas. Es de prever, sin embargo, que la debacle norteamericana adquiera una gravedad mucho mayor. A pocas semanas de iniciada la pandemia, tiene el país ya 27 millones de nuevos desocupados, lanzados a la calle por una legislación que libera el despido. Los cesantes, en consecuencia, se han sumado a los marginales en demanda de comida, generando colas a las que acuden hoy millones de hambrientos. Mientras tanto, el esfuerzo financiero del país se destina a salvar a las corporaciones del quebranto ocasionado por la  virtual desaparición de la demanda en ciertas ramas. En otros casos, una inmensa masa de recursos financieros, cedida a los gurúes de Wall Street, carente de opciones de inversión productiva, impulsa a la Bolsa a obrar como si nada estuviese pasando, con índices cuasi “normales”, evocando a la orquesta impávida del Titanic. A fines de marzo, 37 millones de estadounidenses eran víctimas del hambre, según Stiglitz. Carmen Reinhart, economista y profesora en Harvard, señala por su parte: “El deterioro en el mercado laboral en EEUU que vimos en tres semanas tomó 24 semanas en la recesión de 2008 y 2009”. Un colega suyo, Kenneth Rogoff, declara: “El derrumbe en curso será comparable o superior a cualquier recesión de los últimos 150 años”; “nada podrá evitarlo”. Señala, también, que “sin solución sanitaria es imposible predecir cómo terminará la crisis”; lo que sucede, a su juicio, “se parece a una invasión alienígena: la determinación y creatividad humana triunfarán, pero ¿a qué costo?”. Y agrega: “mientras la situación sanitaria no se resuelva, la situación económica será sombría. Y, una vez superada, el daño a las empresas y mercados de deuda tendrá efecto duradero, porque el nivel de endeudamiento era ya muy alto”[6]. Finalmente, en la última semana de marzo, Goldman Sachs pronosticaba que el PBI de los EEUU se contraerá a una tasa anual del 24% en el trimestre de abril a junio. Nadie cree, en el momento actual, en una rápida salida de la crisis. Y si ésta se prolonga más allá de cierto límite imposible de precisar, es posible pensar en un hundimiento catastrófico de la potencia norteamericana, que sumerja al país, como ocurrió con la URSS, en una situación de descontrol sistémico. Con Europa sumergida en su propio drama, nos preguntamos si el coronavirus –en la hipótesis de que las cosas se desarrollen de esa manera– no nos llevará, contra lo previsto en todos los exámenes previos a la aparición del covid-19, a un abrupto final de época.

Esta presunción no es alocada, creemos; sí lo sería predecir cómo se desarrollarán las cosas. La clave, respecto a lo principal, es que su historia y su sistema de creencias influyen negativamente en EEUU a la hora de enfrentar al “enemigo invisible”. Se trata, sabemos, de un país impregnado por la noción bíblica del “pueblo elegido”, macerado en el mito de su propia superioridad; habituado a pugnar en guerras lejanas y, con la excepción de Vietnam, a ganarlas sin que lastimen sus ciudades y campos; a subir hacia el poder global sin rasguños. Ideológica y políticamente sus ciudadanos son inusualmente primitivos, individualistas al extremo y aunque los últimos años hirieron parcialmente su confianza básica, con la deslocalización industrial y el retroceso industrial, el impacto se limita a incentivar el resentimiento hacia los trabajadores migrantes y hacia los señuelos que la prensa pone frente a sus ojos, para desviar hacia ellos la hostilidad resultante[7]. Trump ha explotado estos sentimientos, para vencer a los globalizadores que preferían a Clinton. Pero el resultado de su éxito fue dar al país un liderazgo en el cual el impulso reemplaza a las ideas claras e incluso a la sensatez[8] –quizás por eso de Dios ciega al que quiere perder–, un fatalismo que se traduce en que la decadencia norteamericana era irreversible y sólo es posible dilatar el fin. Ese estado de descomposición, anterior a la pandemia, puede ser acelerado por esta sorpresa[9] del covid-19, pero la antecede largamente.

La Unión Europea en la cuerda floja

Caulitativamente, si omitimos el caso particular de Alemania, los países europeos no están mejor, sino más débiles[10]. El brexit ya anticipaba el riesgo de un divorcio fatal. Las mezquindades nacionales, en el cuadro de la pandemia y la devastación económica consiguiente, pueden acelerarlo. Se negocia, en estos días, algo que se enuncia como un “nuevo Plan Marshall”, que nos evoca la frase famosa de los franceses, le mort saisit le vif (el muerto agarra al vivo): nadie explica quién pagará la fiesta, dado que no estarán los EEUU. ¿Alemania?: sus decisiones de las últimas décadas –recordar  que Grecia todavía sufre la determinación expoliadora de la banca germana– desalientan la apuesta, que ignora lo fundamental del orden senil, en ambas orillas del Océano Atlántico: la rigidez extrema del capital financiero y su origen, que no es moral; sólo remite a la naturaleza del capitalismo,  más desnuda que nunca en la era del parasitismo y la especulación financiera reinante en los centros del imperialismo mundial. No es previsible que Merkel sea una excepción, hoy, cuando debe afrontar los problemas de su país, que no serán pocos, en el próximo período. La mayoría de los restantes miembros de la Unión Europea, sin considerar a los ex países socialistas, sufren asfixia por la deuda externa, contraída en su mayor parte para transferir al Estado los quebrantos privados que originó la crisis del 2008. Con sus industrias heridas por la competencia china, refugiados en el rol  –el caso de Londres es emblemático en tal sentido– de plataformas operativas para la especulación financiera, privadas de la posibilidad de lograr un renacimiento de la producción industrial, sólo Alemania luce en ese escenario como una economía relativamente sólida.

Al mismo tiempo, la obsolescencia del sistema político es en todos los casos una manifestación de las resistencias sociales a registrar adecuadamente los datos de la realidad. La socialdemocracia luce más corrompida e inútil que nunca, para servir de instrumento de un cambio social. A su izquierda, nuevas formaciones, como Podemos en España, apenas apuestan a matizar con retoques el orden establecido por los neoliberales con la complicidad “socialista”: el capitalismo de timba. Y hasta las formaciones que prometían retomar un rumbo de transformación serio, como Syriza, capitularon ante las finanzas, es decir, demostraron ser válvulas de escape de la rebeldía popular, reflejando, quizás, los límites de su base social de sustentación[11].

En definitiva, ya que la recomposición de las estructuras políticas no sigue mecánicamente los ritmos de la realidad, la catástrofe en Europa no logrará producir a tiempo la renovación que podría salvarla del ingreso a un periodo de convulsiones económicas y sociales sin salida a la vista, muy semejante al reino de la barbarie que Rosa Luxemburgo señalaba como alternativa al triunfo del socialismo, en los primeros años del siglo XX. Si aquel señalamiento traduce actualmente cuáles son las opciones de Europa[12], cabe suponer que aquéllos que piensen en retomar la lucha revolucionaria asumida por el marxismo, que fracasó en la URSS, pero ha logrado hasta hoy triunfar en China, deben prepararse para una larga marcha.

El sujeto de la transformación  

Como una manifestación más de la vacuidad reinante en el pensamiento europeo “de izquierda” han de recordarse las teorizaciones que postulaban la presunta “desaparición del proletariado”, el actor revolucionario de la teoría marxista. Entre otras cosas, este manoseo frívolo de la teoría omitía considerar al menos dos hechos, no menores: en primer término, que la noción de proletariado nada tiene en común con la mirada de un sastre, que identifica al obrero si viste de mameluco. Para Marx, la determinación se relaciona con la necesidad de vender la fuerza de trabajo, no con la prenda que el trabajador usa. En tal caso, si los asalariados, ampliamente mayoritarios en el mundo europeo, son conformistas, habrá que averiguar de qué lugar proviene la renta que le permite al capitalismo de las metrópolis corromper a “su” proletariado con “buenos” salarios. Para Lenin y Trotsky es clara la respuesta: proviene de las colonias y semicolonias; en segundo lugar, que en estas décadas hemos visto el desarrollo del mayor proletariado de la historia universal, formado por 400 millones de chinos. Su representación política, el PCCH, emplea una formación “capitalista de Estado” para crear bases que son indispensables para llegar al socialismo. Ese proletariado y el partido que lo expresa, con deformaciones burocráticas, lleva adelante un programa cuyo final decidirá la lucha de clases a escala internacional, pero es un actor imposible de ignorar en la construcción del futuro.

Pero esta manera de analizar la cuestión, tan alejada de la trivialidad de gente como Laclau, Derrida, Zizek y Cía, requiere, como paso previo, romper la escisión, cuya paternidad fue netamente europea, entre una teorización supuestamente marxista, pero desentendida de la lucha política y el mandato de Marx de transformar el mundo.

Este fenómeno de disociación, entre el desarrollo teórico del marxismo y la lucha revolucionaria, en términos cada vez más acusados, arranca con el triunfo de Stalin en la URSS y se consolida a partir del asesinato de Trotsky[13], en Coyoacán. Después de la segunda guerra, mientras en Europa oriental el Ejército Rojo expandía las fronteras del “socialismo real” con eje ruso, el avance de la revolución, en otros teatros, como Yugoslavia y China –más tarde aparecerán Vietnam y Cuba–, no restauran la unidad entre teoría y práctica. Los líderes de todas las revoluciones triunfantes, Mao, Ho Chi Ming y Fidel, son grandes conductores y revolucionarios prácticos pero, salvo algún texto útil para orientar puntualmente a sus bases, no aportan algo nuevo a la teoría marxista, como ocurría antes con Lenin y los suyos ¿Es necesario recordar el nivel del debate y producción de documentos de los primeros Congresos de la III Internacional? Esa riqueza desapareció con la muerte de Trotsky[14], si atendemos a la elaboración de una teoría pensada para la lucha revolucionaria, respondiendo a la pauta trazada por Marx en la novena tesis sobre Feuerbach.

Esa “crisis del pensamiento” se exterioriza con la caída del “socialismo real”, pero no se origina en ese momento, sino en la imposición del “marxismo leninismo”, eufemismo destinado a escamotear la degradación del pensamiento marxista, que deja de ser un método vivo para adquirir el carácter de una retórica burocrática[15]. Pero no se trata de una desviación acotada, como otras que enfrentó el movimiento obrero en su historia anterior, sino de la “teoría” oficialmente adoptada por el país rector de la Internacional Comunista: Prolijamente depurada por la burocracia soviética, a lo largo de décadas, no hay ni un ápice de leninismo en sus cultores. Sus hallazgos sobresalientes, como cabe suponer, fueron “el socialismo en un solo país” –huevo de todas las criaturas horrendas paridas por el stalinismo– y la “coexistencia pacífica”, que acompañaría la derrota del capitalismo occidental en manos de la URSS, probando la superioridad de “la planificación”[16] sobre el mercado. Sobrevino lo contrario, como es sabido.

La Segunda Guerra Mundial fue un terremoto universal. Como había ocurrido con la primera, inauguró un ciclo de revoluciones coloniales que la Conferencia de Yalta y los pactos posteriores para el reparto del mundo no lograron frenar. En relación a China, la voluntad de Stalin fracasó en el intento de que Mao accediera a un acuerdo funesto con Chiang Kai Shek y la grandiosa revolución se adueñó del país, ensanchando enormemente el campo socialista. Ese triunfo pondría a prueba la hegemonía stalinista, en el corto plazo y, al confluir con otros factores, acabaría por impulsar una diáspora de los partidos comunistas locales respecto a Moscú, algo que, al conjugarse con la deriva de los partidos comunistas europeos y con los cambios experimentados en los dos escenarios en que se dividió Europa, terminó de horadar la hegemonía de Moscú. Esa situación señala un nuevo punto de partida, o una maduración en la debacle del stalinismo, que, asociada a la deriva de los partidos comunistas de la Europa occidental, que goza entretanto del Estado de bienestar, nos introduce de lleno en el proceso de la disociación antes referida, que debemos examinar.

Conviene partir de una obviedad reconocida: hasta el triunfo bolchevique, que desplaza hacia la URSS el centro de irradiación del marxismo revolucionario, su núcleo rector estaba en Europa, con liderazgo alemán. La socialdemocracia, clausurado el ciclo insurreccional posterior a la primera guerra, del cual emergió desacreditada pero resuelta a ratificar su rol de sostén del orden, superó la amenaza de pasar a la historia, aupada por la degeneración del proceso ruso. El triunfo de Stalin la situaba otra vez como defensora de “la democracia”, contra “el totalitarismo rojo”. Los zigzag del buró de la Internacional domesticada, con los extravíos y traiciones del stalinismo en China, en Alemania y en España, que concluyeron con el pacto Molotov-Ribbentrop[17], operaban para legitimar su defensa del “mundo libre”, antes y después de la Segunda Guerra.

Finalizada esta última, sin embargo, el rol de la URSS en la derrota de Hitler y el heroísmo indudable de los comunistas que lo enfrentaron en la Europa ocupada, en el marco de los padecimientos sufridos por sus pueblos, abrieron una oportunidad a la lucha revolucionaria, que los pactos de Stalin con EEUU y Gran Bretaña asfixiaron sin pudor, impulsando abiertamente acuerdos con las respectivas burguesías europeas, con la excepción de Yugoslavia, donde el mariscal Tito desobedeció y venció. El balance de la situación, que no puede excluir la ocupación por la URSS de la Europa del Este, ampliando hasta allí el “socialismo real”, restableció en general el prestigio de Stalin en el viejo mundo, mientras la mayoría de sus seguidores ocupaba el rol de oposición “democrática” al poder burgués, como representante de la izquierda del proletariado eurooccidental, con el centro a cargo de la socialdemocracia y las fuerzas burguesas a la derecha, entrelazados bajo la fórmula de la “coexistencia pacífica”.

Ahora bien, lo que se ha llamado “los treinta años gloriosos”, con la prosperidad inusitada y el “Estado de bienestar”, disiparon en Europa hasta el mínimo impulso de cambio revolucionario, adormeciendo al proletariado hasta tal punto que semejante fenómeno no podía dejar de reflejarse en el orden de las preocupaciones de la intelectualidad “de izquierda”, como una inclinación cada vez más acusada a huir de la realidad y dedicar su energía a la “teoría pura” –los matices entre el Marx joven y el maduro son un ejemplo–, lejos de las necesidades de la militancia revolucionaria[18]. Algo que a su vez no sólo traduce una resistencia a remar sobre un suelo rocoso, lo que sería atendible, sino los hábitos de mirar a Europa como el centro del mundo y a cerrar los ojos ante la explotación de la periferia, que explica la fiesta de los países centrales[19]. La enajenación adquiere un carácter “masivo”; el interés intelectual se hace ajeno al devenir histórico, si su análisis compromete. El proceso de la degeneración del Estado soviético y su proyección sobre la crisis del pensamiento “marxista” es ignorado. Es más saludable “no hablar de esas cosas”, usar el materialismo histórico en el estudio del tránsito del medioevo al mundo burgués y otras cuestiones igualmente inofensivas.

En esas condiciones, el derrumbe de la URSS terminó de disipar todo arresto “marxista”, sin merecer la atención de los que habían consagrado a Stalin como continuador de Marx y Lenin, convencidos, ahora, de que la destrucción por masas pequeño burguesas de las estatuas del jefe de la Revolución Rusa cancelaba definitivamente la perspectiva socialista. Aun aquéllos que no cedían abiertamente al planteo del “fin de la historia” limitaban sus ínfulas a pregonar la lucha por causas minoritarias, que asociaban a la utopía de “profundizar la democracia” sin revolución social.

En el escenario asiático, a su vez, chinos y vietnamitas, sin abandonar la lucha por “su” transición al  socialismo, renunciaban al afán de “exportar la revolución”, se cerraban sobre sí mismos y sustituían la retórica del “marxismo leninismo”, al menos en el plano internacional, por un empirismo centrado en establecer las relaciones convenientes para el interés nacional, de un modo crudo. Esta evolución no puede ser vista como una real pérdida, si lo vemos como admitir la inutilidad del stalinismo como “sistema de ideas”, sino más bien como un “sinceramiento”. No obstante, fue un episodio más en la disociación que analizamos, que ha sido fatal en otros territorios de la lucha por el socialismo, en los cuales el vacío gravita como pérdida de una guía para la acción. Como es de suponer, nuestro punto de vista es que superar el actual momento incluye enterrar los despojos del stalinismo, que abundan aún dispersos en muchos países.

La necesidad de actualizar el pensamiento revolucionario: tradición y renovación

La acumulación de síntomas, los quebrantos del 2008 y la pandemia actual, fenómenos que emergen  en el marco del declive de los países imperialistas y el ascenso de China, marcan la necesidad de diagnosticar a los enfermos, evitando que la barbarie siga propagándose en los EEUU y las naciones europeas, incorporando a sus sociedades a la lucha por superar las amenazas crecientes al destino humano, cuyo presente es horrible en los países periféricos. La historia opera, en las circunstancias que sufrimos, a favor de la convergencia del interés de los pueblos por superar el capitalismo senil y perverso que gobierna la actualidad. En ese marco, se impone la tarea de actualizar el pensamiento revolucionario, cerrando la escisión entre la teoría y la práctica a que nos hemos referido.

Por su alcance universal, mientras muchos de los gobiernos muestran la hilacha disputando recursos necesarios para enfrentarla, la pandemia impulsa al internacionalismo a los hombres, enfrentados a un orden que nos afecta a todos. El Manifiesto Comunista hizo de él un principio rector, traicionado por la socialdemocracia al desatarse la primera guerra europea. Usado por Stalin como taparrabos de su sinuosa diplomacia, obediente en parte a las necesidades de la URSS, pero mucho más a los virajes empíricos de la burocracia termidoriana, en su relación con los centros del poder mundial, fue arrojado al tacho de basura luego de la segunda guerra mundial, mientras se hacía manifiesto el egoísmo nacional vigente entre los trabajadores norteamericanos y europeos, cebados por el goce de la plusvalía colonial. En ese marco, que ha durado décadas, la izquierda metropolitana degeneró en bloque, al compás del aburguesamiento de sus adiposas sociedades.

El internacionalismo, sin embargo, como lo señalaron los primeros Congresos de la III Internacional, sólo puede ser consistente –no ser meramente declarativo– si saca las conclusiones que derivan del predominio global del imperialismo, que divide al mundo en un puñado de naciones explotadoras, por un lado, y una periferia semicolonial explotada por las primeras, que logran asociar a ese saqueo     a “sus” propios obreros, mientras hablan del atraso de las víctimas de su política. Como señalaba Trotsky, los “civilizados”, privándolos de su riqueza, cierran la ruta de los que quieren “civilizarse”. Mientras el proletariado estadounidense y europeo sea incapaz de asumir esta realidad y denunciar la explotación del mundo periférico, estará condenado a padecer la decadencia del sistema central y sus contradicciones crecientes. Es que, tal como lo señalara en 1810 Dionisio Inca Yupanqui, diputado por el Perú ante las Cortes de Cádiz y lo replicó Marx más adelante “un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”[20].

Ahora bien, una cosa es “volver” a los primeros congresos de la III Internacional y a las enseñanzas de Trotsky posteriores a la putrefacción a que la condujo el triunfo de la burocracia soviética, para poder establecer una continuidad con la experiencia histórica del marxismo revolucionario, y otra, diferente, retroceder… hasta Fourier y la utopía de transformar a la sociedad burguesa por medio de la educación y el diseño de falansterios.

Si la expansión del coronavirus se prolonga en el tiempo y los estragos que provoca en la vida social y la economía de los países que forman el núcleo del imperialismo mundial llevan a una destrucción similar a la provocada por las guerras en el universo europeo, es posible que estemos, esta vez sí, frente a “la caída del muro” de Wall Street[21], con lo esto implica: un posible apresuramiento de lo que se insinuaba ya como ascenso de China al liderazgo global. La reconfiguración geopolítica que un cambio semejante puede ocasionar sería mayor; con ella ingresaríamos a una nueva época, difícil de imaginar con alguna concreción. Pero, dada la circunstancia de que China se estructura sobre bases económico-sociales que, usando lógicas de mercado que le permiten desarrollar la productividad del trabajo y producir bienes de calidad creciente, en base a las cuales se apuesta a “alcanzar y superar al capitalismo”, lo hace construyendo un capitalismo de Estado –mientras el PCCH se apoya en esta base para sostener el control efectivo de la economía y la dirigir al país– con la finalidad de crear las bases materiales de una sociedad socialista[22]; razón por la cual comercia con el resto del mundo sin el afán de apoderarse del trabajo ajeno, aunque no actúe como un país filántropo [23] .

De todos modos, ni la mejor de las hipótesis incluye la expectativa de que los pueblos se rediman del desquicio actual –las contradicciones del capitalismo, en su estadio senil– por la acción salvífica de uno o más actores globales, que sustituyan el protagonismo de cada comunidad. Las contradicciones sociales de cada país deben ser resueltas por cada pueblo, liderado por las fuerzas estructuralmente  capacitadas para representar más fielmente el interés general.

En la periferia –donde los latinoamericanos estamos– la debilidad de los centros del poder mundial, como ocurrió cuando los absorbía un esfuerzo bélico, facilitará la batalla por liberarnos de la asfixia de las finanzas internacionales y conquistar la independencia, necesaria para priorizar el desarrollo de nuestros países, con la perspectiva de integrarnos a la economía global sin perder autonomía y destinando nuestras rentas a la expansión productiva y a una redistribución progresiva del ingreso y la riqueza nacional. Esta perspectiva, no es ocioso decirlo, depende en alto grado de lo que hagamos en la lucha contra el covid-19, limitando el daño en vidas humanas y evitando que los parásitos de la elite latinoamerica provoquen muertes que son evitables, para salvaguardar sus intereses, que son mezquinos.

Córdoba, 30 de abril de 2020

[1] Ver algunos textos en “La sopa de Wuhan”, entre otras manifestaciones del “fin del capitalismo”. También lo que por ahora sabemos de la campaña de Zizek, que combina la promesa de “un comunismo reinventado” con el ataque a China, en el mismo momento en que la prensa imperialista agrede al país como parte de la lucha de EEUU, que ve peligrar su hegemonía global https://www.cnnchile.com/cultura/libro-slavoj-zizek-coronavirus-pandemia_20200325/

[2] Sin incurrir en la tontería de que “una nueva sociedad” puede nacer de una toma de conciencia espontánea “de la humanidad”, hay quiénes se limitan a señalar la necesidad de movilizarse para lograrlo, explicando que lo contrario sería esperar que “el virus” se encargue de enterrar al capitalismo. Omiten decir, en este caso, que “la movilización”, sin teoría revolucionaria, como enseñó Lenin, no puede sostener una acción revolucionaria

[3] Ernesto Laclau fue el autor de excelentes trabajos, mientras se identificaba con el marxismo, entre los cuales  se destaca “Feudalismo y capitalismo en América Latina”. Nuestra critica se refiere al ciclo postmodernista de su producción. http://www.formacionpoliticapyp.com/2019/10/feudalismo-y-capitalismo-en-america-latina-1/

[4] Las sectas “trotskistas”, que originalmente cumplieron el rol de salvaguardar una tradición, son también una expresión de anquilosamiento y estrechez, por completo ajenos al Trotsky vivo. Someramente, vemos más adelante el tema de la relación (dialéctica) entre “ortodoxia” y “renovación”. En este momento, nos limitamos a señalar que Lenin fue “heterodoxo”, sin dejar por eso de ser fiel a Marx.

[5] Desde la gestión de Ronald Reagan los neoliberales impusieron el dogma de que “el gobierno no es la solución a nuestros problemas, el gobierno es el problema”. Una estafa, para reducir el Estado, ya que “el gobierno” no hace otra cosa que favorecer al stablishment, desmantelando lo público. En el 2018 y el 2019 recortó partidas al Centro para el Control y Prevención de Enfermedades, así como despidió a la embajada médica en China, que le hubiese podido trasmitir al país rápida información sobre el desarrollo del covid-19. Trump pretende transferir a China su propia irresponsabilidad, en tal sentido, sin registrar que aun cuando el flagelo ya victimizaba a EEUU, él se empeñó en caracterizar al covid-19 como “una gripe” más.

[6] Sobre las opiniones de Carmen Reinhart, ver Clarín, 04/04/20; latercera.com 04/03/20; con Kenneth Rogoff,  reportaje en www.project-syndicate.org, 13/04/2020; pronóstico de Goldman Sachs El Economista 20/03/20.

[7] Sin alterar del todo esta situación, la confianza pública en el sistema de partidos ha decaído severamente. Sólo puede profundizarse, además, cuando se conozca la información de que diversos organismos alertaban desde el 2008 al poder norteamericano sobre el peligro de una pandemia de estas características. Remitimos, sobre el tema, al trabajo de Ignacio Ramonet “La pandemia y el sistema-mundo”, La Jornada, Méjico, 2020.

[8] Rick Bright, ex director de la Autoridad de Desarrollo e Investigación Biomédica Avanzada (BARDA, por sus iniciales en inglés) denunció que fue despedido por oponerse al intento de impulsar la hidroxicloroquina como fármaco contra el coronavirus, después de que Trump promoviera su uso desde el estrado de la sala de prensa de la Casa Blanca. Infobae, 23.04.2020.

[9] Algo más, sobre las alertas: la comunidad científica y los organismos de inteligencia advirtieron a Trump, que no  atendió a nadie. El dato puede usarse ahora para hacer del presidente “un chivo expiatorio”. Sin embargo,                una mirada más honesta indica que el stablishment, no sólo Trump, no permitió un cambio de paradigma en el sistema sanitario que lesionara a los monopolios que consideran a la salud como su coto de caza. En Europa, sin Trump, el sistema sanitario público fue igualmente destruido en Gran Bretaña, Francia, España e Italia, los cuatro países más dañados.

[10] Esta afirmación, aunque pueda parecer así, no contradice nuestro aserto sobre la mayor gravedad que reviste la crisis en EEUU. Atendíamos, en esa valoración, al papel estadounidense en el escenario internacional. En esta oportunidad tomamos en cuenta la menor potencia de los países europeos y la fragilidad del orden que los une.

[11] Si apreciamos como correctas las informaciones disponibles en América Latina, sus bases convalidaron la capitulación, prefiriendo permanecer en el marco del euro y la Unión Europea, que iba a echar a los griegos de aquélla si persistían en desafiar las exigencias de los usureros.  La pequeño burguesía progresista, técnica y profesional de Syriza no quería salir de la Unión Europea para huir físicamente del país. El propio Varufakis, quien era partidario de negociar “a cara de perro” pero no romper con la UE , fue de hecho víctima de las decisiones de Tsipras y se volvió de Londres. Los partidos decididos a romper, por su parte, carecían de peso en la conciencia popular, y al hacerse evidente que los europeos transformarían al país en un caos después de expulsarlo terminaron apoyando la claudicación.

[12] En el trabajo citado, Ignacio Ramonet subraya la mezquindad de los países “del norte europeo” ante la agonía de los mediterráneos, Italia y España, a los que privaron del auxilio financiero de la Unión, durante la pandemia. Los más afectados, opina correctamente el autor, precisan desesperadamente de un manejo monetario acorde a sus problemas y Alemania, Holanda y los nórdicos, no están dispuestos a sacrificar algo, para mantener la salud de los vínculos comunitarios. Un estallido de la UE es, por consiguiente, una posibilidad cercana.

[13] Trotsky señala que el mayor crimen del stalinismo fue “desarmar ideológicamente” al proletariado. Este juicio adquirió una actualidad dramática en los años de Gorbachov. La desintegración del sistema de ningún modo era deseada por los obreros soviéticos y varios hechos lo prueban. Sin embargo, además de carecer de un partido, lo que equivale a decir una política propia, su confusión era enorme y los incapacitaba parar sortear el dilema entre respaldar a los partidarios de sostener el orden stalinista, por un lado o apostar al triunfo de la tecnocracia pequeño burguesa entusiasmada en recorrer una ruta que a su juicio los llevaría al status de Alemania, no, como advertía Kagarlitsky, al despreciable tercer mundo.

[14] No desconocemos ningún aporte parcial posterior. Intentamos establecer, únicamente, los rasgos generales del proceso que conduce a lo que hoy se designa como “la crisis del pensamiento revolucionario”.

[15] Una manifestación flagrante de ese fenómeno se verifica en Gorbachov, elegido como sabemos legítimamente por el PCUS para conducir el partido y el estado. Basta leer cualquiera de sus trabajos para advertir la ausencia del método de Marx. Él y sus antecesores, incluido Stalin, usan una jerga de raíz marxista, invocan a Lenin y dan otras muestras externas de fidelidad al credo, pero es notorio que cuando analizan algo apelan al empirismo, sin otro recurso metodológico disponible. Igual fenómeno se advierte en los stalinistas que atribuyen la desintegración de la URSS a “la traición de Gorbachov”, retrogradando a la visión superada por Marx de “los grandes hombres” que “hacen la historia” y desentendiéndose de analizar las fuerzas en pugna.

[16] La planificación es superior al mercado a partir de un determinado umbral histórico, dice la teoría. El mercado, no obstante, no puede abolirse por una decisión; debe agotar su función útil, como el Estado. En “La revolución traicionada”, Trotsky señala con total claridad que sólo los anarquistas piensan que la mera voluntad puede resolver suprimirlos, si dispone del poder.

[17] El famoso pacto puede ser visto, con mirada occidental, como un crimen, cuando en tal caso cabe juzgarlo con la óptica que surge del registro de los errores de Stalin y la Internacional que ayudaron al triunfo de Hitler, pero, ante los hechos consumados, como un intento racional de impulsar al nazismo en dirección a Occidente, lo que se reveló salvífico  para la URSS. Por lo demás, la condena de “los demócratas” al aberrante pacto omite plantear que los aliados especulaban en sentido contrario, deseando que Hitler hiciera por ellos la tarea de destruir a su enemigo fundamental, el Estado obrero (degenerado, pero antagónico respecto al capitalismo).

[18] Éste es el sentido de situar la escisión en la muerte de Trotsky, ya que se trata del último gran intelectual marxista que era al mismo tiempo un dirigente revolucionario.

[19] En este sentido, se reproduce en odres nuevos la vieja tendencia de la socialdemocracia a la complicidad con la explotación de la periferia colonial y semicolonial. Las excepciones, dignas del reconocimiento –Sartre, con respecto a los argelinos, fue un caso ejemplar– no se apoyaban en una teoría general y una militancia empeñada en interpelar al proletariado de los centros imperialistas sobre la cuestión colonial.

[20] Es necesario reiterar, en este sentido, el señalamiento de la complicidad con “su” respectiva burguesía en que se incurre al denigrar al régimen chino desde el formalismo “democrático”, idealizando “la democracia” que reina en los centros del imperialismo mundial. Las viejas naciones, que construyeron el orden burgués en siglos pasados, no los alcanzaron con los buenos modales, sino con el uso generoso de la guillotina. El que quiera reflexionar con seriedad sobre esta cuestión, puede consultar el excelente trabajo de Barrington Moore, no casualmente centrado en tratar la historia de las revoluciones en Gran Bretaña y Francia, donde el autor prueba, sin proponérselo explícitamente, la falacia de estos “demócratas”. Nos referimos a “Los orígenes sociales de la dictadura y la democracia”, Barrington Moore, Ediciones Península, 1976, Barcelona.

[21] Con esta expresión quiso caracterizarse el quebranto provocado por la crisis del 2008 en EEUU, cuyos efectos se mitigaron con el auxilio financiero del Estado norteamericano al precio de hipotecar más el futuro.

[22] Para un desarrollo de esta cuestión puede verse “¿Hacia dónde va China? Su transformación y el futuro del orden global” – http://aurelioarganaraz.com/economia-y-sociedad/hacia-donde-va-china-su-transformacion-y-el-futuro-del-orden-global/

[23] De todos modos, en relación a la pandemia es clara la diferencia  entre las conductas solidarias de China, Cuba y Rusia y las actitudes miserables y mezquinas de EE.UU. y los países imperialistas europeos.

EL GENERAL ROCA: HISTORIA Y PREJUICIO

Terzaga

Nota publicada en la revista POLÍTICA, n° 17, marzo 2020

             A la memoria de Alfredo Terzaga, que me asombraba en la juventud por su prodigiosa familiaridad con nuestro siglo XIX, del que hablaba como si fuese un testigo ocular.

 

Hasta las ciencias duras sufren el impacto de la visión del mundo del investigador y de su época. Siendo así, linda con la deshonestidad decirse neutral en las ciencias sociales. Un autor serio explicita cuál es su posición ideológica, además de acudir a todas las fuentes que estén a su alcance, sin omitir aquellas que le son adversas; busca la objetividad, aun a costa de contradecir las hipótesis que fueron para él un punto de partida. En el terreno histórico, la tiranía del presente –los intereses y las ideas a las que tributa un autor, le pese o no– es impiadosa, sobre todo en países como la Argentina, donde el pasado y el presente se entrelazan inextricablemente, en tanto el ayer permanece vivo, por encarnar problemas aún irresueltos.

Osvaldo Bayer, pionero en tachar a Roca por genocida, industrializa La Ética, pero usa ¡a Sarmiento!, cuyo odio a los gauchos, los indios y los semitas es célebre, para condenar como racista al general tucumano. El Estado, los curas y los militares son los rostros del Mal para todo anarquista. Bayer, que lo es, prefiere vestirse con el traje de La Moral, para que el lector ignore desde dónde opina, sin advertir sus prejuicios y la desvergüenza con que ignora cualquier dato que pueda afectarlos. Pero allí terminan “las culpas” del apologista de Severino Di Giovanni. La mayoría de los indigenistas que demonizan a Roca no son anarquistas y hasta los hay “marxistas”, en la versión seudo trotskista. A estos últimos, quizás convenga, parafraseando a Lenin, para quien Rusia “más que del capitalismo sufría del atraso”, señalarles que la Argentina del siglo XIX padecía más de la ausencia o debilidad del Estado que de su capacidad para ejercer el monopolio de la fuerza. Desde la Revolución de Mayo  hasta la construcción de su Estado moderno, con Roca, la anarquía fue la constante del país, con la ruptura de las Provincias Unidas del Sur, la pérdida de la salida al Pacífico y la amenaza de soportar la secesión definitiva de la provincia de Buenos Aires, conjurada por la desdicha ¡oh, paradojas! de la derrota nacional que representó Pavón. El mitrismo nos dio la unidad “a palos”, después consolidada por el triunfo roquista y la federalización de la Ciudad, el Puerto y la Aduana, usurpados hasta 1880 por la Provincia-Metrópolis.

Roca exige un examen histórico riguroso, por la enorme gravitación del ciclo que lideró durante un cuarto de siglo en la construcción de la Argentina. Ese análisis no puede ceder a un dictamen “ético” que opera en el vacío, sin atender las circunstancias y las creencias de la época que pretende juzgar y, peor aún, sin ocuparse de las soluciones alternativas supuestamente viables en ese marco. ¿O se supone que la historia es el escenario del combate eterno entre el Bien y el Mal? Si así fuese, deberá condenarse toda la historia humana: los pueblos primitivos mataban y morían por el territorio y la prehistoria está aún con nosotros, afirma Marx. La moralina es pueril, la objetividad social no puede eludirse: El campeón de “La Ética” dice ser neutral pero toma partido, le guste o no: si es indigenista, aunque quiera disimularlo elige a Mitre y la burguesía comercial aliada a Inglaterra y opuesta a las fuerzas que luchaban por independizarnos del poder extranjero. Si Mariano Grondona “defiende” a Roca, contra Bayer, desde La Nación, ambos cooperan para sepultar al General bajo el estigma del oligarca; el lector desinformado no sospechará que La Nación, el diario de Mitre, y El Nacional, con la colaboración de Sarmiento, fueron pioneros “en apiadarse de los indios”. Ellos habían matado más indígenas que Roca y los habían usado como carne de cañón –Cipriano Catriel fue muerto por sus hermanos, luego de poner lanceros al servicio de Mitre, en la revolución del 74, dato que complica la leyenda según la cual los indios eran ajenos a las disputas criollas– pero sus órganos de prensa salían en “su defensa” para dañar a Roca y al Ejército roquista, no por indigenistas, sino por mitristas, es decir, por porteños ¿Es demasiada suspicacia preguntar por qué los antirroquistas actuales callan los crímenes de Mitre y Sarmiento y hasta usan sus denuncias contra la acción del “genocida”(1)? ¡El asesino del Paraguay, el más grande aliado del capital inglés en Sudamérica, puede dormir tranquilo, mientras su prestigio dependa de la influencia de Bayer! Nadie pide tachar su nombre de las infinitas calles de las ciudades y pueblos, en las que nunca faltan Mitre y Sarmiento.

Roca es la Campaña del Desierto, pero ¿cómo ignorar que combatieron al indio todos los gobiernos del siglo XIX? Ni uno solo de nuestros próceres estaría a salvo, omitiendo a los libertadores, que empeñados en su empresa querían el apoyo o la neutralidad de los indígenas, pero no enfrentaron la tarea de organizar la sociedad postcolonial. La Campaña del Desierto sólo fue la culminación de una pugna iniciada con la llegada del español y perduró luego de alcanzada la independencia, hasta que el Estado nacional sometió al indio. No hubo, es verdad, con excepción de Artigas, un programa capaz de integrar a los indígenas a la economía agraria, venciendo la resistencia de las elites criollas, que los querían muertos, tanto como al gauchaje y el artesanado criollo. Pero, no es menos cierto que hay muchas razones para creer que lo de Artigas era inviable, con los cazadores del Chaco. Fue exitosa en el Paraguay de Francia, pero contando allí con la presencia del guaraní, que era agricultor. En la región pampeana y el sur austral, por razones que los indigenistas  –incluidos los “marxistas” de Groucho Marx– se niegan a considerar, algo similar parece utópico. Ya que ¿cómo excluir el peso de los hábitos que desarrolló el modo de producción dominante en el sur, tras la multiplicación del caballo y las vacas, el avance araucano sobre las tribus antiguas de la región y la transculturación generada por esos cambios y el contacto con “los blancos”?

La antropología marxista, valioso instrumento para orientarse en ese terreno, no puede archivarse para coquetear –lejos de Marx, con el padrón electoral como libro de cabecera– con el etnicismo y sus planteos a históricos y, más prosaicamente, con el votante “progresista”, listo a sostener poses bienpensantes, como reivindicar al indio, que está lejos… y eludir al vecino, ese “negro de mierda”; o defender ballenas, con el único peligro de hacer un viajecito a la Península de Valdés. Abunda en esa          fauna el que se amarga si los collas invaden su barrio… pero le gusta el FIT y su furor antiperonista.

Las culturas del noroeste y los cazadores del Chaco, la pampa y la Patagonia

Las Ordenanzas de Alfaro, los argumentos de Juan de Solórzano y Pereira para justificar la conquista y colonización de América y, en general, las disposiciones que pretendieron regular las relaciones de los indígenas con el conquistador señalan invariablemente, varios siglos antes del nacimiento de Marx, que si falta el indio no hay riqueza (2). Esa conclusión, cabe precisarlo, alude a contar con productores preparados por su experiencia vital (anterior al “descubrimiento”) a ceder un excedente económico a quien gobierna, legítimamente o no. Ese excedente, a su vez, es también un producto histórico, parido por el incremento de la productividad del trabajo, desarrollada exponencialmente tras la revolución neolítica, estadioen que se logra la domesticación de las especies útiles para el hombre y se adquieren modos de vida sedentaria. Como el poder expropiado al productor no puede prevalecer únicamente por la fuerza, debe legitimarse, con el auxilio de la religión y las ideologías dominantes; aun así, estará obligado a reproducir su base, sin extinguir a las clases que sostienen el orden. Esa necesidad general suele ser ignorada por el explotador individual, interesado por enriquecerse al precio que sea. De allí los legisladores que cuidan al súbdito, como el buen ganadero cuida sus bestias y ahuyenta al predador. En las sociedades humanas, esa tarea da lugar al Estado. Ninguna sociedad prescindió de las armas, ni pudo superar la lucha de clases y las disputas por el poder territorial y económico, hasta hoy.

Las propias características de una formación social ligada a la tierra por los cultivos y ganados facilitan la sustitución del estamento que la domina por un invasor más poderoso, como ocurrió en el caso de los imperios americanos. Un territorio rico por sus recursos naturales no producirá nada, sin esa mano de obra que eran los indios, sustituidos luego por los esclavos negros, que venían también de culturas agrarias. En el territorio argentino, los pueblos del noroeste y las sierras centrales, sometidos por los españoles a la encomienda y la mita, responden a ese modelo. Puede decirse que, aunque enfrentaron al español de diverso modo –encarnizadamente, en algunos casos, con tibieza en otros–su posibilidad de resistir estaba limitada por el modo particular de vincularse a la tierra que es propio de las culturas agrarias, y que las hace frágiles frente a un invasor dispuesto a privarlos de medios de vida que los atan al suelo y logra explotar sus conflictos internos. Esto explica que fuesen las comunidades más avanzados de América las primeras en sucumbir ante el español, servir a los encomenderos y morir en las minas, pese al clamor de algún religioso y las intenciones fallidas de las Leyes de Indias.

Por el contrario, los pueblos más primitivos lograron preservar el dominio territorial, mientras sufrían trastornos en sus hábitos de vida. Estos, en el sur argentino, fueron extraordinarios, al incorporarse a las pampas el ganado europeo, las armas del invasor y valorarse productos y costumbres “blancas”, en el vestuario y la nutrición. Un efecto fatal fue reforzar la idiosincrasia ligada a la caza y recolección, dada la abundancia del “ganado cimarrón”, que en las tribus y en el gauchaje generó perfiles marcados por el orgullo, el gusto por la libertad y el nomadismo. No se trata de ignorar el valor de su resistencia al embate español, después criollo, sino de apreciar un conjunto de factores, determinantes en aquel singular proceso. Y de evitar la simpleza de ciertos “románticos” que han querido ver pueblos bravíos, indomables por el español, opuestos a los timoratos, que se sometieron sin luchar. Entre esos factores que deben sopesarse, el más importante es el referido modo de producción, con las relaciones sociales a él asociadas (3).

Como dijimos, aunque no lo adviertan los indigenistas al uso, “marxistas” o no, el español comprobó la imposibilidad de transformar a los cazadores del Chaco y las pampas en productores agrarios, o aun de ganarlos para el trabajo doméstico. Rodríguez de Valdez y de la Banda, gobernador de Buenos Aires en 1599, dice que los españoles no tenían servicios por “ser los indios de esta tierra gente que no tiene casa ni asientos y que a puro andar tras ellos los traen y con dádivas los sustentan y con todo esto se les van al mejor tiempo…” Los colonos deben cargar con las labores manuales: “…la agua que gastan en sus casas la traen cargada sus mugeres e hijos y ellas propias lavan la ropa de sus maridos y van a la lavar al dicho Río…”, “los vecinos desta ciudad son tan pobres y necesitados que por faltalles el servicio natural de sus indios ellos propios por sus manos hazen sus sementeras y labores con mucho trabajo andando vestidos de sayas y otras rropas miserables…” (4). En la época de Rosas, cuando las viejas vaquerías y el capitalismo agrario han liquidado el “ganado cimarrón”, los indios se empleaban ocasionalmente en las estancias, por pocos días, pero era imposible radicarlos en forma estable. En los “territorios libres”, muy pocos hacían agricultura y cría de ganado, algo que al parecer les exigía cambios en sus hábitos de vida inadmisibles para ellos. Sin embargo, no cabe afirmar que se agotaron los expedientes dirigidos a incorporarlos pacíficamente al país en gestación; que, en cambio, fueron potentes las tendencias a “resolver” la cuestión con el aniquilamiento de las tribus. Pero éstas, si nos interesa entender aquellos dilemas, deben caracterizarse con la máxima objetividad de que seamos capaces. No cabe decir, livianamente, que los indios “llevaban adelante la violencia como respuesta, en defensa de su forma de vida” ¡como si los criollos no hubieran hecho lo mismo (5)!

No es casual que las campañas sobre el Chaco y las pampas, que buscaban someter esos territorios a la soberanía del Estado, enfrentaran a comunidades de “cazadores y recolectores”, que eran las únicas que conservaban su libertad, tres siglos después de que fuesen vencidas las formaciones agrarias del noroeste, donde vivían los indios“domesticables” por el encomendero. Podría añadirse, aunque llegar a comprobarlo requiere una investigación que supera los fines del presente trabajo, que es curioso el hecho de que dentro del mundo de las comunidades pampeanas, las tribus “amigas” –muchas veces asociadas con los gobiernos criollos para combatir a “las hostiles”– fuesen las más propensas a laborear el suelo, en ciertos casos, o tuvieran “indios ricos en ganado” (6), si las comparamos con aquéllas más apegadas al malón. Una y otras, sin embargo, debían apelar a “los tratados” con los blancos, incapaces de generar un excedente económico que les permitiera obtener de otra manera los bienes reclamados para pactar “la paz” –eufemismos aparte, la renuncia al malón– con el poder criollo. Como es sabido, el precio de “la paz” era otorgar grado militar y sueldos a los caciques y jefes principales y proveer a las tribus de diversos productos, como yeguas, harina, yerba, tabaco, ginebra, ponchos, sin olvidar las botas con tacos Luis XV para “madame Namuncurá”. Este raro dato (7), antes de motivar comentarios sarcásticos, debe asociarse al hecho de que varios hijos de los caciques cursaron estudios en colegios porteños, como un signo clarísimo de la derrota cultural que aquejaba a su sociedad, antes de que los abatiera la Campaña del Desierto. Y, una vez más, llamarnos la atención sobre la mezquindad analítica de los autores indigenistas, que se empecinan en ignorar las leyes históricas, para secundar el prejuicio y la animosidad de Bayer, tan inconsistentes como la ideología anarquista, preñada de moralinas, ese disloque moral que el diccionario define como “moralidad inoportuna, superficial o falsa”. En su obra sobre Roca, hace casi medio siglo, Alfredo Terzaga nos daba en cambio la clave científica para encarar el examen que intentamos aquí: para comprender el desenlace final de la tragedia no debía olvidarse que su origen era “la coexistencia cultural y económica, a un mismo nivel temporal, de dos sociedades en opuestos estadios del desarrollo de la civilización… (8)”

¿Quién es el Videla del siglo XIX?

Hemos explicado la incongruencia de discriminar al General Roca, cuando se juzgan las relaciones de la sociedad criolla del siglo XIX con el mundo indígena. Su papel, a lo sumo, fue tener éxito donde otros fallaron: someter al indio a la soberanía del Estado “nacional” argentino. Atendible sería, en tal caso,  condenar a toda la sociedad criolla: si fuimos antaño un pueblo genocida, habría que asumirlo. ¡Ni José Hernández, nuestro poeta nacional, salva la prueba! Por suerte, esto sería una arbitrariedad, fruto de la pérdida de una perspectiva histórica, que estaríamos reemplazando por una moralina, que, para ser consecuente, debería condenar a la historia en bloque y a los hombres que la protagonizaron, en todas las latitudes y todos los tiempos ¿O hay alguna época donde no exista la guerra entre las naciones, las etnias, las clases sociales y las relaciones entre los humanos sean inmaculadas, carentes de violencia, dramas y sangre? Desconocer que esa Arcadia no existió jamás sólo conduce a transformar la historia en la primera víctima del capricho moralizador, sin aceptar que la vida de todas las colectividades es inabordable desde la escisión maniquea entre buenos y malos, víctimas y victimarios. Hemos citado a Martínez Sarasola que con esa visión ignora que los “cristianos” también defendían “su estilo de vida”. Dicho autor denuncia el crimen, al recordar que en Buenos Aires la impiedad blanca separó a las madres de sus hijos pequeños, dándolos como criados a las familias elegantes. Tiene razón: esa insensibilidad nos espanta, como a los argentinos de aquel momento que repudiaron esa crueldad, haciendo lo posible por ponerle coto. Pero, no por eso vamos a ignorar el drama de las cautivas y las incontables tragedias generadas por el malón y demás atrocidades, que tuvieron como responsables a todos los bandos de aquella época. Sólo el prejuicio puede hacer de Roca el chivo expiatorio del siglo que registra, entre muchos crímenes, el genocidio del Paraguay, el exterminio del gaucho y el artesanado del interior. La barbarie de “los civilizados” no fue menor que la barbarie montonera y pampa, los tachados de “barbaros”. En el presente, estando lejos de haber superado las sucesivas “grietas” de nuestra historia, para convivir sin odios, el país necesita al juzgarse a sí mismo balances equilibrados, que fortalezcan su identidad, menos irracionales y más maduros.

Hasta donde sabemos, la literatura indigenista omite decir que, como fue habitual en otros choques con tribus “hostiles”, en la Campaña del Desierto obraron oficiales y soldados indios, en el Ejército nacional, en proporción  elevada (9). Una vez más ¿cabe sostener seriamente un juicio, escondiendo bajo la alfombra los datos que hacen complejo el problema y quizás horaden nuestras premisas? ¿O en vez de premisas tenemos un prejuicio y defenderlo admite cierta indecencia? ¿Se saldrá del paso juzgando como “traidores” a los lanceros indios que desmienten la visión del salvaje ingenuo? Nada menos que el Coronel Álvaro Barros, reconocido promotor de una política de integración pacífica del  indio, dice que ellos hacen la guerra “para procurarse recursos de subsistencia que no han aprendido a adquirir con el trabajo”(10). En este contexto, tras décadas durante las cuales han fracasado otras políticas, se impone el proyecto planteado por Roca al ministro Alsina, mientras vivía en Río Cuarto, en 1874, de terminar con los fortines y ocupar el territorio. Como se sabe, Alsina lo archiva y recién se realizará después de su muerte, con el tucumano en el Ministerio (11).

El autor ya nombrado, Martínez Sarasola, provee cifras que ratifican la arbitrariedad de la tentativa de distinguir a la Campaña del Desierto del resto del cuadro de la lucha contra los indios: para el ciclo que abarca desde 1821 hasta 1848, que incluye las campañas realizadas por Rosas, el número de muertos se eleva a 7.587. A su vez, en la Patagonia, entre 1878 y 1884, las víctimas fatales suman un total, entre los indígenas, de 2.196, contabilizándose alrededor de 14.000 prisioneros. Debe añadirse  que los sobrevivientes, como los criollos pobres, tuvieron como destino los obrajes y cañaverales del norte, ser peones de estancia o encerrarse en las reducciones, en el mejor caso, a laborear la tierra. Otros encontraron un destino militar, ganados para un Ejército que no guerreaba ya, pero tenía en los territorios un papel central (12). En general, conquistado “el desierto”, estamos ante el ascenso de la Argentina moderna, que deja atrás las guerras civiles, el mundo de los fortines, el malón y “las fronteras”, que el Martín Fierro reflejó genialmente. A nuestro entender, aunque seguramente esta conclusión no agrade al indigenismo, el país que el roquismo dejaba atrás no reunía condiciones que lo hagan acreedor de una añoranza postrera. No puede vérselo como un paraíso perdido. Ninguno, entre sus habitantes, podía gozar razonablemente de la vida en aquella situación, donde lo atroz (la violencia, la incertidumbre, la miserias y el hambre), eran el pan nuestro de cada día.

Particularmente, los años que van desde la Batalla de Pavón hasta el triunfo roquista de 1880 cubren de oprobio a esas dos décadas del siglo XIX, del dominio de la burguesía comercial porteña, liderada por Mitre. Bajo su dictadura, con el Imperio Británico como inspirador supremo, la constante es la guerra, el aniquilamiento del Paraguay, el vasallaje de las provincias, la decisión de exterminar a la población criolla, el librecambio como recurso para destruir las artesanías e imponer la importación industrial inglesa, la convicción de que gastar un solo peso fuera de Buenos Aires es un derroche, en fin, la prosternación ante Europa, la negativa a solidarizarse con los países hermanos y a concebir al país con raíces latinoamericanas, revelan que Mitre, no Roca, es el Videla de aquella época.

El carácter antinacional del antirroquismo

No admiten esa conclusión los antirroquistas. No por amor a Mitre, sino por su matriz antinacional. Esta afirmación puede parecer un exabrupto, pero sólo resume la repugnancia que sienten los tipos como Bayer, sus epígonos y el  “marxista” cipayo frente a Yrigoyen y Perón, los líderes nacionales del siglo XX. Esa aversión es la clave para entender el origen del odio a Roca, antecesor de aquéllos en el siglo XIX (13).Es notorio, hoy, que el partido socialista de Juan B. Justo y el stalinismo argentino enfrentaron a Yrigoyen, se aliaron con los radicales ya domesticados de Alvear y terminaron forjando la Unión Democrática, en 1945, contra Perón y la clase obrera, tachados respectivamente de militar “nazi” y lumpen proletariado. Bayer, su discípulo, Marcelo Valko, y la “izquierda” ligada actualmente al FIT, coinciden en esforzarse para atribuir a Yrigoyen el asesinato de indígenas y hacer del suceso del “Malón de la Paz” la prueba de que Perón también rechazaba las justas reivindicaciones de los indígenas de Jujuy, pacíficamente planteadas. Con más equidad, Martínez Sarasola, sin polemizar, lo desmiente, explicando cómo Yrigoyen mejoró la condición de los indios y los indígenas de Jujuy, que Perón no atendió, recibieron más tarde tierras fiscales y apoyo estatal en maquinaria y semillas ¿por qué recordarlo –razonarán entretanto los cipayos “de izquierda”– y echar a perder el plan de probar que Roca, Yrigoyen y Perón fueron abominables (14)?

Cierta opinión afín al peronismo ignora o subestima lo que está en juego y le sigue la corriente a los  indigenistas-antirroquistas. Con la guardia baja ¿no advierte que se ataca la identidad de un país que es débil frente a la colonización cultural y a la influencia ganada por Mitre y su escuela? ¿Es tan difícil comprender que La Nación, al “reivindicar” a Roca, gana tres batallas, al mismo tiempo? Primera, hacer irreconocibles al general y su época; segunda, sumar a su patrimonio los méritos del roquismo en la construcción del Estado y la formación de una estructura económica más “nacional”, algo que se logró enfrentando la oposición mitrista; tercera, ocultar la mezquindad de Mitre y la burguesía comercial porteña, para quienes Sarmiento y Avellaneda “derrochan el dinero”, cada vez que fundan una escuela en el interior, los “trece ranchos” que el mitrismo desprecia… y empobrece al privarlos de medios de vida (cualquier coincidencia con hechos recientes prueba que se trata de los mismos actores, hoy más envilecidos).

De cualquier modo, es pueril pensar en homenajes y condenas, antes de construir juicios maduros, en un país cuya historia oficial y su contracara rosista, de filiación también porteña, se empeñaron en crear, para impedir la comprensión de nuestro pasado, una galería de héroes y villanos, en blanco y negro. En consecuencia, no se trata de sacralizar a Roca y la generación civil y militar del 80. Se trata, sí, de hacer un examen que no soslaye ninguna de las cuestiones implicadas en el estudio de un ciclo fundamental en la vida nacional, que no puede abordarse unilateralmente. Al contrastarlo con el mitrismo, cuya base social eran los exportadores e importadores porteños, que condenaban al país a producir sólo “pasto”, como decía Pellegrini. Los molinos harineros, la industria vitivinícola, la azucarera y hasta las cementeras y caleras, se levantaron pese a ellos. Si cotejamos ambos modelos, el roquismo acredita un carácter nacional, aun sin considerar al núcleo de sus partidarios que fundó el Club Industrial y pretendió imponer una política proteccionista, lográndolo a medias. No obstante, es preciso decir que no expresaba a una burguesía nacional decidida y clarividente, similar a la que,  varias décadas antes, impulsaba el capitalismo en EEUU, guiada por los principios recomendados por Hamilton. Pese a lo cual estaba muy lejos de la visión porteña, con la cual terminó conformando una síntesis. A nuestro entender, esta caracterización flexible nos brinda una aproximación despojada de prejuicios, que no puede ignorar el peso determinante que la prosperidad indiscutida que acompañó la expansión del modelo agroexportador tuvo sobre la conciencia de nuestras poblaciones, hasta la crisis mundial de 1930. Sin la menor pretensión de cerrar el debate, creemos que avanza en la tarea de elaborar un juicio racional y matizado sobre la gestación de la Argentina y su Estado “nacional”. El lector juzgará.

La Patagonia y sus destinos posibles

Es natural que a un anarquista, como Bayer, le importe un pito que el Estado argentino ganara para sí  los territorios patagónicos y, fingiendo creer que sin el General Roca aquéllos estarían aún en poder de los indios, arremeta contra los responsables de que el sur americano permaneciera bajo la soberanía de Argentina y Chile, sin caer en manos de algún país europeo ¡Lástima que Bayer no lo diga así, con toda franqueza, para que los argentinos y los chilenos lo aplaudan o lo repudien!

¿Cuál era el modelo alternativo al que se impuso finalmente, al someter a los indios a la soberanía argentina? Esa cuestión es insoslayable para juzgar –sin perder de vista la tragedia indígena– lo que efectivamente ocurrió. Ya que es obvio, aunque muchos ensayistas se nieguen a reconocerlo, que el mundo aborigen tal cual era no podía sobrevivir al impacto de las tendencias que prevalecían al final del siglo XIX, en todo el planeta, doblegando culturas más sólidas que las del sur americano. ¡Es tan evidente que el modo de producción y las relaciones sociales que caracterizan a una comunidad de cazadores-recolectores no podían subsistir! Era necesario salvar la distancia con el nivel civilizatorio del mundo criollo, algo para lo cual había obstáculos de carácter estructural. Los contemporáneos, sin embargo, con la excepción de Roca, estaban un problema que les parecía insoluble.  Es curioso el hecho, confirmado por la lectura de la prensa y los discursos parlamentarios, de que viesen lejana la solución del llamado “tema de la frontera”, mientras el Ejército roquista marchaba hacia el sur (15).

Nadie puede creer que sin la Campaña del Desierto los toldos albergarían aún a los indios, en el siglo XXI, así como ningún poder humano pudo impedir, en su hora, que el tren desplazara a la carreta y la galera. Lo cual no quita que nos interroguemos si era posible otro modo de incorporación del indio a la sociedad que estaba forjándose; analizar sin anteojeras a todos los actores; evaluar los problemas  ideológicos y estructurales opuestos a esa meta, que tuvo impulsores, pero también enemigos, tanto en la sociedad criolla como en las tribus pampeanas. La mirada del investigador no debería limitarse a decir que el final fue atroz para los vencidos, para no caer en la tontería de “solidarizarnos” con las víctimas de la historia humana e “indignarnos” con el resto; alegar, como Bayer, que es posible aún hacer justicia a las brujas quemadas por la Inquisición en la hoguera, si “se asume” el crimen (16). ¿A quién le sirve semejante impostura?

Con pertinencia, preguntemos: ¿si el Estado argentino hubiese fracasado en la lucha por gobernar el territorio ocupado por las tribus indígenas, éstas hubiesen construido una nación? La nación es una formación moderna soldada por el desarrollo capitalista, no una suma de grupos étnicos, unidos precariamente por las jerarquías tribales. Sin aquel carácter ¿es posible que los aborígenes lograran impedir que Chile u otros países les impusieran su dominio? En este caso ¿hubiesen tenido un mejor destino? Todo indica –los indigenistas deben tratar este tema– que los grupos tribales de cazadores que sobrevivían en nuestro sur en el siglo XIX carecían por completo de las fortalezas estructurales necesarias para eludir la pérdida de los “territorios libres” e impedir el sometimiento, violentando su cultura, por uno u otro de los países que aspiraban a establecer su dominio en los territorios del sur: Argentina, Chile o alguna potencia europea.

Desde una perspectiva latinoamericana, debe concluirse que en el mejor de los casos la Patagonia argentina sería hoy parte de Chile. Su población indígena, si así fuese –los hechos hablan– no estaría mejor. Pero no cabe descartar la hipótesis de una colonia inglesa o francesa, como Guayanas… o Las Malvinas. Cuando el Comodoro Lasserre, enviado por Roca, toma posesión de la Bahía de Ushuaia, en octubre de 1884, lo hace arreando la “Unión Jack”, de la Misión Anglicana, que obraba como una vanguardia del dominio británico, e izando nuestra bandera, que flamearía en Tierra del Fuego ya definitivamente (17).

¿Los pueblos colonizados por el Imperio Británico, Francia u Holanda, tuvieron más suerte? La India, China, Vietnam y Argelia, no sufrieron menos el dominio imperial y la destrucción consiguiente de su modo de vida. Y estamos hablamos civilizaciones antiguas, pioneras en el desarrollo de la cultura y la ciencia, en mayor medida que la propia Europa. Si no ignoramos esta realidad, es ilusorio suponer, como viene señalándose, que el mosaico tribal que habitaba las pampas y el sur austral pudiera parir una formación social apta para sostener un desarrollo autónomo, vedado en América a culturas más avanzadas, como la incaica.

Esto no significa ignorar la tragedia que se abatió sobre las tribus vencidas, su emigración forzada, todas las vejaciones que les fueron causadas, la crueldad evidenciada al destruir sus familias, separar a los niños de sus respectivas madres, como la mezquindad o ausencia de acciones que facilitaran su inmersión en el mundo de la “sociedad blanca”, cuyos sectores dominantes sólo se interesaron por servirse de ellos en las tareas domésticas, el obraje y las minas; en el mejor de los casos, quizás, para los varones, en darles un lugar en las fuerzas armadas. Pero dicha tragedia –aquí nos apartamos de la “sensibilidad indigenista”– no fue más terrible que la sufrió la población criolla pobre; también ella fue privada de la tierra, la libre disposición del ganado orejano y debió admitir, como en otros países también atravesados por trastornos semejantes, que en el nuevo orden del capitalismo semicolonial, sólo podía comer y reproducirse como el proletario moderno, vendiendo en el mercado su fuerza de trabajo. Esta situación, para los trabajadores, perdura hoy, sea cual sea su origen étnico. La pérdida del territorio, esa modificación tremenda para las condiciones de vida de los pueblos indígenas, fue en ocasiones compensada con cesiones de tierra, algo que no ocurrió con el gaucho y el artesano del interior olvidado y la provincia bonaerense, privados del suelo antes de que arribara la Campaña del Desierto, para dar lugar a la propiedad terrateniente. El proceso, que los afectó a todos los paisanos pobres, indígenas o no, desecha el sueño de “retornar al paraíso” o de expedientes fundados en dar la tierra a cierta parcialidad, cuando en verdad se trata de transformar una totalidad, mirando hacia adelante: liberar al país del dominio oligárquico y la dependencia semicolonial, un bloque parasitario que obstruye la formación de una patria para todos.

Pero esta realidad, la sobrevivencia de una elite parasitaria que oprime a las mayorías, suele filiarse, por error, como fruto buscado por la Generación del 80, ignorando el rol que pretendió cumplir tras vencer a las fuerzas que lideró Mitre, el verdadero jefe de la oligarquía argentina, sempiterno socio del capital inglés. Si después de Pavón el interior sufre la dictadura mitrista en términos sangrientos, pero logra más tarde alterar ese estado, e imponerse finalmente a la elite porteña, esto obedece a la extrema debilidad del apoyo que Mitre tenía fuera de Buenos Aires; sólo un puñado de comerciantes ricos de las ciudades principales, ligados a la burguesía comercial porteña, apoyaban al “liberalismo” de Mitre y Sarmiento, un credo librecambista, remedo servil del conservadorismo europeo. La gran  mayoría del interior –sostén fervoroso de la Confederación urquicista– soportó horrorizada a Mitre y sus generales sanguinarios o se alzó con Peñaloza, Varela y López Jordán, hasta que logró madurar una nueva síntesis, con la Liga de los Gobernadores y la generación militar liderada por Roca.

El roquismo, Mitre y la construcción del Estado

Una de las pruebas de la miopía indigenista es pretender que Roca fue nada más que la Campaña del Desierto. Su figura “abarca” un cuarto de siglo de la historia nacional y en ese periodo se construyó la Argentina, como Estado moderno. Sin embargo, para esa “escuela”, el resto de la obra del general tucumano no merece ningún examen. En realidad, sin crítica alguna hacia la historia oficial, toman partido por las visiones antirroquistas urdidas por una parte de “la sociedad blanca” (que en bloque repudiaban, al parecer). De allí toman, para juzgar a Roca y la generación del 80, la leyenda histórica que glorifica a Leandro Alem, un aliado de Mitre, adverso a Yrigoyen y, so pretexto del gigantismo futuro de Buenos Aires, enemigo de su federalización. Un porteño, en suma y por esa razón enemigo de Roca. Con etiqueta “marxista”, esa misma versión, desde Juan B. Justo en adelante, goza del favor de la “izquierda” cipaya. El antipersonalismo radical y el cipayismo de izquierda, pues, completan el cuadro de los aliados historiográficos que la pequeña burguesía aporta a la obra intelectual mitrista, cuyo núcleo es el dogma Civilización y Barbarie. Como, por su parte, el nacionalismo católico busca también sepultar a Roca y la generación del 80, que al construir el Estado ofendieron al clericalismo, los mitristas actuales tienen la fortuna de que otros hagan el trabajo sucio de horadar a Roca, desde “la izquierda” y la derecha. Esa confluencia de opiniones, tan antagónicas en apariencia, le permite a los liberales, que La Nación lidera, “reivindicar” a Roca y la generación del 80, como si fuesen suyos.  ¡Extraña unanimidad! De Caseros en adelante prevalecería entre nosotros “el orden conservador”, al  que recién pone fin la llegada de Yrigoyen. El país agroexportador se construyó sin conflicto; no hubo disidentes, como los impulsores del proteccionismo y el desarrollo industrial; nadie denunció, en ese periodo, la extorsión ferroviaria inglesa, ni luchó para mantener en manos del Estado el primer tren. Semejante vaciamiento ¿a quién beneficia, que no sea el mitrismo en todas sus variantes? La historia del país enfrenta a dos bloques –patria y colonia– desde la Revolución de Mayo. Desconocerlo, crear una fantaseada “sociedad blanca” vs “pueblos originarios”, prologando la pugna entre “la derecha” y “la izquierda”, ambas oposiciones entre el Bien y el Mal, sólo puede oscurecer la conciencia nacional, lo que equivale a favorecer la hegemonía oligárquica. El mitrismo, espíritu de una elite europeizada y venal, se apropia del aporte del interior nacional al calificó en vida de “chusma provinciana (18). Los epígonos de Mitre –no olvidar que tuvo en los clericales un aliado y en la plebe alemista el respaldo “de izquierda”, contra Roca y Juárez– tildaron al de “jefe de la oligarquía”, antes de señalarlo como el “genocida” del indio. Los seudo marxistas, que contribuyen a la farsa con terminología clasista, no dudaron en inventar una nueva categoría: las “oligarquías provinciales”, que habrían sido la base del roquismo. En realidad, son abrumadoras las pruebas que desmienten el disparate, ya  que el interior generó un patriciado “con alcurnia”, pero pobre; los ricos del interior, dijimos, fuertes comerciantes ligados a la burguesía comercial porteña, eran mitristas. Algunos provincianos, como Roca, ingresan  después a la elite terrateniente, pero atribuirles esa condición, en el momento en que enfrentaron a la ciudad porteña, en 1880, es tan arbitrario como responsabilizar a la movilización del 17 de octubre de 1945 de la política de Menem, en la década del 90 (19).

Si Roca fue “el jefe de la oligarquía” ¿por qué lo aborrecieron Mitre y los porteños? Si ambos “eran lo mismo” –interpretación quizás grata a Nicolás del Caño– ¿por qué se enfrentaron, en el campo de batalla, con miles de muertos, en 1880? ¿Cómo explicar que ese año puso fin a las guerras civiles del siglo XIX, con el triunfo de la Nación, mientras seguía su curso, en el sur, la lucha por imponer la soberanía de Estado a las tribus indias?

Es imposible comprender cada una de las empresas que asumió Roca y la generación civil y militar que lo secundó sin el hilo conductor que permite apreciarlas como un todo. Tanto la federalización de la ciudad porteña, del puerto y su aduana, como la toma de posesión de los territorios australes se inscriben en un proyecto de construir “la nación”, consolidando su Estado (entrecomillamos la nación, pensando que el término debería reservarse para la unión latinoamericana, pero sabiendo que dicha causa se había extraviado en los primeras décadas del siglo XIX; y su fragmento, argentino, podía sufrir nuevas divisiones, mientras siguiera predominando la facción porteña, que impulsó la desmembración del antiguo virreinato). La Argentina escindida por la perfidia del Puerto coexistió  con el mundo indígena, que tuvo participación en nuestras contiendas, aportó lanceros a todos los bandos y, suscribiendo tratados con todos sus gobiernos, era un factor interno de la vida del país, no una nación vecina.

De modo que a la anarquía generada por la irresolución del conflicto entre el Puerto y las provincias del interior, se añadía como una muestra de la extrema debilidad de la sociedad criolla anterior al 80 la incapacidad para lograr una condición esencial del Estado, cual es el monopolio de la fuerza pública. Nótese, para dimensionar mejor ese problema, que para resistir la federalización de su Puerto y su Aduana, con la creación consiguiente de la Capital Federal, la provincia separatista pudo apelar a su propia milicia, institución existente en los Estados provinciales, hasta el advenimiento del roquismo.

Todo esto, aun sin mencionar el fuerte desarrollo de las economías regionales que no forman parte de la zona pampeana, la ocupación plena del territorio nacional y el sistema estatal de Educación Pública, entre otros aportes a la construcción del Estado que el país debe a Roca y los suyos, nos da la medida del papel histórico de la generación del 80 y la perfila como opuesta respecto al mitrismo y la matriz creada por el autor del Facundo, que, en las antípodas de Roca, creía que nuestro mal era la extensión. Desde luego, esto no implica advertir, al mismo tiempo,  los puntos de contacto entre unos y otros (20).

Los derechos del indio vivo, la miopía del etnicismo y las tonterías ultraizquierdistas

Para una visión marxista nacional, las demandas basadas en la condición étnica deben subordinarse a la lucha por liberarnos del yugo imperialista y, en un sentido más general todavía, a la construcción de una sociedad sin explotadores y explotados. La unidad latinoamericana es la única garantía contra el poder imperialista, que nos dividió y oprime, para sostener el bienestar del “mundo occidental”. Los reclamos legítimos de una fracción étnica, que en los países andinos, mezclada hasta confundirse con la población mestiza es amplia mayoría, no debe oponerse a la lucha común de los pueblos latinoamericanos, cuyo real enemigo es el bloque conformado por el imperialismo mundial y sus secuaces oligárquicos, ambos beneficiarios de cualquier división de las mayorías oprimidas. De todos modos, la dispersión, o lo que es peor, el antagonismo en el seno del campo antiimperialista, sólo puede nacer de una mala interpretación de las demandas parciales, que genere por error –o con alevosa premeditación– rivalidades sectarias en el seno del pueblo, mal procesadas por las fuerzas populares, lo que ocurrirá forzosamente si un reclamo sectorial es levantado de modo unilateral, en desmedro del esfuerzo de constituir un sólido movimiento nacional, única formación apta para llevar exitosamente la lucha antiimperialista.

Así las cosas, es pueril ignorar –cuando no malintencionado– la presión que ejercen diversas ONG, con respaldo europeo-norteamericano, para utilizar las demandas de grupos indígenas en un sentido divisionista, cuando no dirigido –la contra nicaragüense, financiada para destruir al poder sandinista, es un ejemplo de instrumentación imperialista– a socavar a gobiernos nacional-populares y debilitar al Estado, que necesitamos para enfrentar al capital extranjero (21).

En la Argentina (sin que “la cuestión indígena” jugara aquí papel alguno) la Constitución del 94, fruto  del pacto Menem-Alfonsín, cedió poderes del Estado Nacional al área provincial, atomizando al país. Las heridas que subsisten a la secular derrota y consiguiente postergación de la población indígena, son o pueden ser también un ariete, para crear grietas en el bloque nacional y las clases populares que le dan sustento. Sin rechazar la demanda de asientos territoriales que les permitan mantener su estructura comunitaria, sino, por el contrario, dándole una respuesta seria e integral, que facilite su integración a la Argentina moderna, no puede omitirse que la apropiación oligárquica –que incluye a capitalistas de origen foráneo– no afectó solamente a los aborígenes, sino también al criollo, todo lo cual respondía al desarrollo del capitalismo semicolonial argentino. El acceso a la tierra, si aquéllos que deseamos respaldar los reclamos de comunidades indígenas los levantamos como privilegio de un segmento poblacional, sin incluirlo en un programa más integral ¿cómo podríamos luchar por el apoyo de los habitantes de nuestros suburbios, que necesitan un terreno para construir su casa a un reclamo que no los incluye? La militancia popular debe unir, no enfrentar, a unos con otros, en lugar de agitar demagógicamente lo que exige con razón un grupo minoritario: los indígenas argentinos. Tenemos que presentar un plan general de acceso a la tierra (un derecho humano). Pero éste es un tema que, siendo muy importante, no es el más grave de los errores en que caen los “indigenistas” y “marxistas” de la sociedad argentina.

El más grave es la invención de “una cuestión nacional”, según la cual –vaya como ejemplo el caso de la Argentina– una “nacionalidad” dominante oprime a otras, las “naciones” indias. Curiosamente, las comunidades indias, salvo algún mapuche bajo influencia “blanca”, plantean demandas sociales y culturales, pero no reclaman la autonomía nacional. Esta última es sugerida –el indigenismo apunta, si es ajeno al “marxismo”, a reivindicar genéricamente a los “pueblos originarios” y reclamar justicia al Estado que los margina– por ciertos autores de la “izquierda” cipaya, que ignoran olímpicamente        la teoría marxista, imitando como simios la política de Lenin en el Imperio Zarista o, lo que es peor, ocultando con descaro las enseñanzas de Trotsky sobre la cuestión nacional latinoamericana (22). En el primer caso, Rodolfo Ghioldi reclama, en 1933, como intérprete del stalinismo, “el derecho capital de las nacionalidades indígenas a la separación” (de la Argentina); “derecho” que hace extensivo a “las colonias judías de Entre Ríos” y a “las regiones italianas con sus diversas lenguas” (23). Incapaz de pensar con su propia cabeza, al dirigente stalinista no se le ocurre pensar que la Argentina no es un Imperio, sino un país sometido al imperialismo mundial y que el problema nacional, en América Latina, es el inverso: si el zarismo oprime diversas naciones y los bolcheviques reconocen el derecho a la separación, en Latinoamérica debíamos superar la fragmentación impuesta por el imperialismo y las oligarquías, para unirnos y constituir nuestra nación. El Zarismo era plurinacional; aquí éramos una provincia escindida de la Nación Latinoamericana. Pero, si en la década del 30 esto puede verse  como una puerilidad –en el marco de la degeneración que siguió al triunfo de Stalin en la URSS– esa piedad no merece aplicarse a la ultraizquierda “trotskista”, que ignora a Trotsky y quiere inducir a los pueblos indígenas, señalando que no lo exigen, a reclamar a la Argentina la autonomía nacional (24).

¿Hace falta explicar quién ganaría ante esa concesión a “naciones” que son minorías étnicas, sin la fortaleza y los atributos que reúne esa categoría históricamente determinada de “la nación”, que la teoría marxista define precisamente –de cualquier modo, entre etnia y nación hay un abismo para la teoría política usual– como formación asociada al desarrollo del capitalismo, dueña de una lengua, un territorio y un pasado común, determinadas creencias, donde puede faltar algún elemento, pero nunca el impulso a unificar ese territorio como un mercado interior (25)? ¿Es tan difícil advertir que el zarismo oprimía, con base en Rusia, a naciones como Polonia, Georgia, Ucrania y otras tantas, con la estructuración de clases propia de los países donde el modo de producción es capitalista, aunque éste conviva con el atraso agrario? ¿Dónde encontramos algo similar en la América precolombina, cuyas culturas avanzadas sólo levantaron ciudades neolíticas, no conocieron la propiedad privada y aún exhiben, en las formaciones sobrevivientes, una indiferenciación social muy acentuada?

No se trata de un dato menor, para establecer la política del socialismo revolucionario. En relación al zarismo (¿lo ignoran estos “marxistas”?) los bolcheviques adoptaban una posición que combinaba el reconocimiento incondicional al derecho a la autonomía de las naciones oprimidas, por un lado, con el internacionalismo estricto como principio del proletariado de todo el imperio, para impulsar a todas las naciones del mismo a federarse en lo que luego sería la URSS, en igualdad de condiciones, y asegurando a las naciones la libertad idiomática, el estímulo a su cultura y el respeto a sus creencias, su religión y tradiciones. La tontería seudo marxista de dar “autonomía nacional” a las comunidades tribales, por el contrario, significa exponer a formaciones endebles a la manipulación de las grandes fuerzas mundiales, que no tendrían cómo resistir. Un absurdo, pero además un crimen, contra esos pueblos y contra la única posibilidad de que los indoamericanos, un pueblo mestizo, en realidad, seamos libres y podamos construir una sociedad rica, independiente y justa, sin perjuicio del respeto y el estímulo a las culturas, los idiomas, los saberes precolombinos y las tradiciones que enriquecen la diversidad americana (26).

Córdoba, 29 de enero de 2020

Notas:

1) La categoría “genocidio” es muy estricta y el lector puede verificar por sí mismo hasta qué punto se abusa de ella, extendiéndola a la conquista y el sometimiento de otros pueblos, en general, hechos en los que abunda toda clase de crueldades, pero en la mayoría de los cuales no existe el objetivo de exterminar al vencido. Ejercicios de violencia, como integrar a la Marina a 300 indios –lo decidió Roca, ya en su presidencia– no buscan su muerte, sino incorporarlos a un servicio que también ocupaban los criollos, aun siendo hombres “de tierra adentro”. El servicio militar es una vejación para un anarquista, pero fue instituido por las revoluciones democráticas.

2) Carolina Jurado, Un fiscal al servicio de su Majestad: Don Francisco de Alfaro en la Real Audiencia de Charcas, 1598-1608, https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4729341; Carlos Baciero, Juan de Solórzano Pereira y la defensa del indio en América, enero-junio 2006, https://pdfslide.net/documents/baciero-carlos-2006-juan-de-solorzano-pereira-y-la-defensa-del-indio-en.html

3) Godelier, Marx, Engels, El modo de producción asiático, Eudecor, 1966. En el texto de Marx “Formaciones económicas precapitalistas”, al hablar de “las tribus indias salvajes de América” el autor dice, en pág. 20: “la tribu considera que determinada región constituye su territorio de cacería y lo conserva por la fuerza frente a otras tribus o procura expulsarlas del territorio que reclaman”. Del conjunto de las reflexiones de Marx se deriva la conclusión de que las condiciones de vida de los cazadores-recolectores difieren en tal grado –no hay juicio de valor, sino un dictamen– de las que rodean al agricultor que hacer del primero un productor agropecuario exige superar hábitos de vida muy arraigados, lo que hace incierto el resultado de la empresa. La resistencia al cambio es identitaria ¿acaso nosotros responderíamos mejor en el caso inverso?

4) S. Assadourian, C. Beato, J. C. Chiaramonte, Argentina, de la conquista a la independencia, pág. 82, Hyspamérica, 1986.

5) Carlos Martínez Sarasola, Nuestros paisanos los indios, pág. 357, Ed. Del nuevo Extremo, 2012. El autor dice no tener “ánimo de justificar la violencia de ningún lado”, pero a renglón seguido usa un argumento que muestra su parcialidad. La contradicción deriva de considerar al criollo como un “intruso” en “el territorio indio”. Metafísicamente, se otorga al araucano, también un migrante, un derecho que “el blanco” no tendría, aunque llevara en América 300 años. No se advierte lo endeble de esa posición; basta con recordar que la     migración es constante en la historia humana y animal; el avance araucano sobre las tribus primitivas de la Patagonia argentina hace caer esa defensa del “pueblo originario”, tanto como la expansión de los incas y los aztecas. Los españoles, como sabemos, usaron la voluntad de enfrentar a los incas y los aztecas de pueblos que éstos habían sometido.

6) Ingrid de Jong, Facciones políticas y étnicas en la frontera: los indios amigos del Azul en la Revolución Mitrista de 1874. La autora cita un juicio de Teófilo Gomila, en un trabajo de mucho valor para comprender el complejo mundo de “las fronteras”. Todo el relato de la intervención de los catrieleros en el alzamiento mitrista, incluido el asesinato de Cipriano Catriel, indica con claridad que las relaciones entre la sociedad criolla y los indios no pueden esquematizarse del modo habitual en los enfoques indigenistas.

7) Coronel Juan Carlos Walter, La conquista del desierto, pág. 771. Ed. del Círculo Militar, Buenos Aires 1964. Citado por Jorge Abelardo Ramos, Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, Tomo II Del patriciado a la oligarquía, pág. 96, Editorial Plus Ultra, 1973.

8) Alfredo Terzaga, Historia de Roca, Tomo 2, pág. 20, Peña Lillo, 1976.

9) Alfredo Terzaga, Ibídem, pág.103 a 113.

10) Álvaro Barros, Fronteras y Territorios Federales de las Pampas del Sur, Hachette, 1975.

11) Alfredo Terzaga, Ibídem. Ver en su Apéndice la carta de Roca, dirigida a Alsina, el Ministro de Guerra.

12) Carlos Martínez Sarasola, Ibídem, pág. 707. El autor, investigador concienzudo del mundo indígena, no parece odiar particularmente a Roca. Es más bien un indigenista genérico, cuya proximidad o simpatía hacia los pueblos originarios se basa en creer que estos tenían una inocencia virginal y los blancos eran ambiciosos y crueles. Estos “blancos”, desde luego, son una abstracción; se elude el análisis de la actitud que tenían los criollos pobres hacia el poblador de los toldos.

13) Yrigoyen fue diputado roquista en el 80 y en dicha ocasión voto por federalizar la Ciudad, la Aduana y el Puerto de Buenos Aires. En otro momento, dijo que hacerse mitrista era “como hacerse brasilero”, aludiendo a la guerra de la Triple Alianza.

14) Marcelo Valko, Los indios invisibles del Malón de la Paz, Sudestada, 2007. La valoración de Valko contrasta con la expuesta por Martínez Sarasola. Entre el fanático y el investigador no hay un acuerdo pleno. Valko señala a Mitre como el victimario del Paraguay, donde los cálculos más serios –él no los menciona– arrojan la friolera de 300.000 muertos, el 70% de la población masculina. No obstante, fiel escudero de Bayer, Valko solo pretende derribar monumentos que honran a Roca y, sin pudor, jamás sugiere derribar estatuas o rectificar el nombre de una calle que rinda culto a Mitre.

15) Es curioso que pocos vieran que el final, para las tribus, estaba próximo. En Buenos Aires, ya iniciada la Campaña del Desierto, era mayoritaria la creencia de que la lucha contra los indígenas sería prolongada. Algunos decían que había que prever “tres siglos” de conflicto, para concluirla.

16) Este tipo de alegatos, firmados por Bayer, con frases pueriles sobre “el triunfo final de la ética en la historia”, llegaban desde Alemania a Página 12. Ángela Merkel, a juzgar por los artículos publicados en el diario, era valorada por su autor. Para un cipayo anarquista, por lo visto, una europea imperialista es más estimable que un populista sudaca.

17) Hugo A. Santos, Lasserre, Roca y la soberanía en la Patagonia Austral, Revista Política 3, Marzo 2007.

18) Eduardo Wilde, Los descamisados, en https: //es.wikisource. org/ wiki/Los_descamisados

19) Un análisis estricto y esclarecedor del agotamiento final del ciclo roquista y la integración de sus cuadros en la oligarquía “nacional”, algo que alcanza ya plena madurez al final del siglo XIX, puede leerse en la nota Roberto Ferrero “De los Juárez a Sabattini”, http:// www. formacionpoliticapyp.com/2014/07/de-los-juarez-a-sabattini/

20) Al Partido Autonomista Nacional concurren en el 80 fuerzas y figuras de filiación federal, que se sienten interpretadas por esa nueva formación, que vence al mitrismo en las luchas en que se resuelve la federalización de la ciudad y el puerto de Buenos Aires. 21) Un ejemplo modélico es el respaldo al “gobierno mapuche en el exilio” por Gran Bretaña. https://www.infobae.com/politica /2017/ 08/08/the-mapuche-nation-el-pueblo-originario-con-sede-en-bristol-inglaterra/

22) León Trotsky, Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina, Ed. Coyoacán, 1962.

23) Jorge Abelardo Ramos, El partido comunista en la política argentina, pág. 93, Coyoacán.

24) Azul Picón. La cuestión nacional, La Izquierda Diario N° 8, Abril 2014, la autora es del PTS. Para una crítica de esta posición ver http://www.formacionpoliticapyp.com/2015/07/la-cuestion-nacional-en-el-pts-de-leon-trotsky-a-ruben-patagonia/

25)José Stalin, El marxismo y el problema nacional, Editorial Problemas, 1946. La obra fue escrita bajo la inspiración de Lenin, en 1912, lo que no es un dato menor.

26) Una exposición específica del tema en Roberto A. Ferrero, Ni hispanismo, ni indigenismo. http://www.formacionpoliticapyp.com/ 2014/04/ni-hispanismo-ni-indigenismo/

LA IGLESIA Y EL CAPITALISMO SENIL

papa-Francisco

Es una posibilidad –nos desafía a reflexionar sobre las razones que impulsan uno de los virajes más sorprendentes de los últimos años– que la discordia que advertimos entre el papado de Francisco y los voceros del stablishment global y latinoamericano, lejos de ser un fenómeno temporario, con  la personalidad intelectual y el empeño de Bergoglio como motor principal, esté manifestando una incompatibilidad más profunda entre los patrones que informan a la Iglesia Católica y los rasgos que caracterizan al capitalismo actual. Éste, sobre todo en Occidente, exhibe el dominio del capital  financiero y la especulación sin freno, el traslado de industrias a sectores de la periferia, la ruina creciente del Estado de Bienestar, con precarización del trabajo y desocupación crónica, ante todo juvenil. En esas condiciones, el régimen actual es incapaz de brindar a la población, si prescindimos del ínfimo núcleo parasitario, un orden de cosas más o menos estable, que permita adoptar, como corolario, esa visión conservadora que fue típica del mundo avanzado; vale decir, de aquéllos que  viven en los centros imperialistas. La desaparición de esa estabilidad, inclusiva y gozosa, podría asociarse con la crisis de la familia y los valores tradicionales, el arribo de la inquietud y el temor al futuro y la búsqueda compensatoria del goce inmediato y “el crepúsculo del deber”, como actitud ante la vida.

En realidad, aunque el cuadro descripto muestre asociados todos esos rasgos, la gestación de los valores a que hacemos referencia fue menos lineal. Las inclinaciones hoy vigentes, que reflejan los ensayos de Gilles Lipovetsky, fueron generándose más atrás, durante el período que simbolizaron Los Beatles y el Mayo Francés, con la ola antiautoritaria e iconoclasta de los 60, en el estadio de madurez del Estado de Bienestar. En ese marco, “hacer el amor y no la guerra”, en las juventudes del primer mundo, cumplía una doble función política: enterraba  los vestigios del orden patriarcal y su “rigidez moral” hipócrita, desacralizando visiones caras a la burguesía, y servía para negarse a ser carne de cañón en las guerras colonialistas de los países respectivos, como era el caso, durante Vietnam, en los EEUU. Los izquierdistas, con un optimismo quizás ingenuo, pensábamos que esas rebeliones horadaban bastiones del mundo burgués, al cual se atribuía incapacidad para convivir  con la “libertad sexual” y una familia no patriarcal; de modo general, con  una cultura no alienada al patrón moral de la religión cristiana. Esa presunción, es notorio hoy, era una fantasía de aquella generación, heredera a su vez de ideas libertarias anteriores, que veían a la familia y a la religión, como pilares imprescindibles del orden burgués.

La Iglesia tradicional y el orden burgués

Ciertos aspectos quizás primitivos de una visión que compartieron los liberales revolucionarios y el pensamiento de izquierda –ineptos para advertir algo menos superfluo que “la barbarie heredada” en las motivaciones que explican el sentimiento religioso– no implican que sus combates contra la Iglesia carecieran de una justificación dictada por el rol que aquélla cumplía en la defensa de un sistema opresivo y explotador. Ése fue el papel de la Iglesia, en todo el mundo y en nuestro país: ser un puntal del conservadorismo social y político. La expansión global del capitalismo europeo, cabe recordar, contaba con el auxilio, proveedor de legitimidad, de una acción religiosa supuestamente civilizatoria, en todos los continentes. Era la faz teísta de “la pesada carga del hombre blanco”, con la cual Kipling, quizás sin ser un vulgar cínico, enmascaraba los móviles del colonialismo inglés de la era victoriana. Alfredo Terzaga, en un breve ensayo de 1966 (1), nos lo decía claramente, siendo pionero, al mismo tiempo, en observar la aparición de lo que sería más tarde el cristianismo social o tercermundista. Recordaba, entonces, la alianza con el mitrismo para enfrentar a Juárez Celman y el papel de los clericales y la jerarquía eclesiástica en los preparativos y la consumación de la mal llamada Revolución Libertadora. Tan fuerte era esa tradición, advertía el autor, que los sacerdotes jóvenes y la fracción de la jerarquía que quería impulsar las posiciones postconciliares enfrentaba  la resistencia de un laicado conservador (y desde luego, a otra fracción de la cúpula eclesiástica), habituado a ver en la militancia clerical un aliado fiel. La historia posterior, el desempeño de los curas del Tercer Mundo, en el país y Latinoamérica, es conocido, como un capítulo de las tragedias del continente  y sería materia de otra reflexión.

Si importa recordar que, como es sabido, aquel viraje formaba parte  de uno mayor, representado globalmente por el papado de Juan XXIII y el famoso Concilio Vaticano II; que desconcertó a varios,  en nuestro país y en el mundo entero. Pero resultaba comprensible, para los no creyentes, frente a ciertos vuelcos en la situación global que impulsaban indudablemente una reorientación, dictada por la necesidad de adecuar a la Iglesia a lo que amenazaba con ser un nuevo orden.

Por extraño que sea para las nuevas generaciones, pocos apostaban al futuro del capitalismo, en el momento aquel. Su retroceso parecía ser irreversible, luego del triunfo de la Revolución Cubana, con la derrota norteamericana en Vietnam a la vista, y el vuelco cultural representado por el auge del pacifismo en los EEUU y el Mayo francés, que parecían anunciar el desplazamiento del  futuro  hacia la revolución y el socialismo. No obstante, como es de presumir tratándose de la Iglesia, esas tendencias no suponían más que un nuevo equilibrio o relación de fuerzas, sin suprimir corrientes de signo contrario, que se verían representadas, durante el largo proceso de la descomposición del campo del “socialismo real” y la recuperación de la fuerza del imperialismo mundial, con Reagan y Thatcher, por el Papado conservador de Juan Pablo II.

El Papado de Francisco y el capitalismo senil

El periodo anterior a la consagración de Francisco fue signado por el desprestigio fenomenal que significó para la Iglesia las escandalosas denuncias de crímenes sexuales que involucraban al clero y la jerarquía eclesiástica y otros sucesos, también vergonzosos, relativos a los manejos financieros del Vaticano, completamente reñidos con la moral cristiana, y con la imagen, verdadera o fingida, que debe guardar una institución religiosa para ser creíble. Revertir ese deterioro es una razón de la elección de Bergoglio para presidir la Iglesia, sin duda. Pero tenemos la impresión de que no fue eso todo lo que se esperaba del nuevo Papa: no es razonable pensar que su frontal choque con los valores y la lógica del capitalismo actual sea únicamente una “empresa personal”, sin sustento en corrientes internas poderosas, surgidas en por lo menos una fracción de la jerarquía vaticana.

Empecemos por decir que sólo una gran torpeza –mucho más probable es que se trate de mala fe,  acompañada por la voluntad de distorsionar las cosas– puede atribuir la orientación del Papado al “partidismo” (peronista) del “argentino” Bergoglio, que subordinaría la acción y la perspectiva del Vaticano a juegos de entrecasa; suposición que, entre otras cosas, importa una subestimación casi ridícula de la capacidad intelectual, el equilibrio psicológico y el talento, la astucia y la visión global de una gran figura del catolicismo moderno, que se destaca entre sus pares del último siglo. Creer, o sugerir, que adquirió su visión en Guardia de Hierro es una estupidez que define al autor, como un “cabeza de perro”, pero no ayuda a comprender a Bergoglio. Intentemos buscar explicaciones menos triviales en otro lado.

El capitalismo senil ha probado su aptitud para transformar ciertas banderas del antiautoritarismo y las libertades individuales de las generaciones antisistémicas de la segunda mitad del siglo XX, en la medida en que fueron conquistas históricas, en instrumentos de dominio. Es que, salvo cuando se trata de disciplina laboral y de las sagradas prerrogativas de la propiedad privada, la elasticidad burguesa no tiene límites. Todas las demandas que tuvieron relación con “la libertad sexual”, y los valores morales de la sociedad tradicional se integran en definitiva al ideario, llamémosle así, del individualismo extremo… que es connatural al universo burgués. Algunos rasgos del hedonismo de los estudiantes del Mayo Francés “vienen bien” para descalificar la solidaridad y el heroísmo como virtudes, aunque las exigencias militares en la guerra colonial deban atenderse con empresas de mercenarios, que nunca usarán el fusil contra sus amos. Es una ganancia no menor. Minúscula, sin embargo, si resulta posible imponerla también en el mundo periférico, para desalentar sus luchas: una rebelión anticolonial y social exige un esfuerzo colectivo sostenido, con el involucramiento de los sectores intelectualmente activos y de la juventud, en particular. Para advertir qué se gana con la sugestión a elegir “gozar de la vida, sin enroscarse”, basta imaginar qué consecuencias hubiese tenido para las luchas de liberación del pueblo vietnamita que la consigna más celebrada del Mayo francés, “hacer el amor y no la guerra”, se hubiese impuesto a su población joven, como supremo mandato (8). Pero, no es todo, ni mucho menos.

El capitalismo fordista, y con mayor holgura el Estado de Bienestar, prometían a sus comunidades un futuro cierto, sólo condicionado al “trabajo duro” y un modo “disciplinado” de vivir la vida. Esa expectativa era realizable en los países avanzados. Pero, aun en la periferia, siempre que se tratara de las economías denominadas “de desarrollo medio”, como la Argentina, podía concretarse; con menos pretensiones, pero también exitosamente, para una buena parte de las grandes mayorías. Éstas luchaban “sólo” por el ascenso social. La cacareada postmodernidad es diferente. Ofrece tan sólo trabajo precario, incertidumbre previsional y alta desocupación, especialmente juvenil, en un horizonte donde el avance de la robótica amenaza seriamente con destruir las bases del trabajo humano. En ese marco, ¿cómo podría el capitalismo senil sustraerse a la tentación de  “vendernos humo” y salir de la escena, tras entretener al público. Para ese fin, nada mejor que alimentar en los jóvenes la ilusión de que, si los acompaña el ingenio, pueden ser todos un Steve Jobs. Y, caso contrario, sin esforzarse y “desestructurados”, “vivir la aventura y el goce inmediato”, sin dejarse atrapar por la obsesión de prever. En ese marco, quizás sin advertir cómo se adecua semejante idea con las necesidades tácticas del orden establecido, no es un mal consuelo concluir, imitando a John Lennon, que “la vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes”.

 Conclusiones provisionales

Suele decirse que el capitalismo  de la globalización está preñado de graves contradicciones, pero carece de oponentes aptos para cuestionar su perdurabilidad en el tiempo. Presumiendo realismo, esta conclusión subestima los factores dinámicos de la situación, junto con los signos de una crisis crónica y, quizás el error más importante, cree que China y la Rusia actual son parte del sistema, lo que supone ignorar la naturaleza del sistema, en el primer caso y en ambos las contradicciones con los centros imperialistas. No podemos, en este momento, tratar esos temas, que nos llevarían lejos de los propósitos de la nota. Es más, omitimos hablar del conflicto estructural entre el bloque imperialista y el mundo periférico, que tampoco es un sujeto pasivo respecto a definir hacia dónde vamos. En este momento, nos interesa solamente explicitar nuestra impresión de que la tendencia  representada en la Iglesia por Francisco parece dudar del futuro del capitalismo, por lo menos del que tiene hoy vigencia entre los centros avanzados, con la dictadura de las finanzas y las políticas neoliberales que la acompañan necesariamente.

Pero así es el capitalismo senil, al que nada ni nadie podrá devolverle la vitalidad juvenil.

Con los elementos apuntados más arriba, intentemos reflexionar sobre los cálculos o impresiones que impulsan al Vaticano a comprometerse explícitamente con los que impugnan la actualidad, sin que pueda advertirse, como ocurría al final de la década del 60, un oponente capaz de derrotar al capitalismo e imponer al planeta un orden distinto.

El primer motivo que lleva a la Iglesia a poner en duda la consistencia del sistema, a nuestro juicio, deriva de los rasgos que caracterizan a los sectores que lideran al mismo, cuya visión de sí mismos y cuyas relaciones con el orden que sostiene su predominio los exhiben más próximos a una banda de salteadores que a un clase dispuesta a construir un futuro que los tenga por amos, pero en el cual se atiendan los intereses del esclavo. Las consecuencias de esa conducta son muy notorias en los propios centros del imperialismo mundial, con la deslocalización industrial impulsando a la baja las exigencias salariales, la precarización del empleo y los servicios públicos, el uso de los “ilegales” para extorsionar a los trabajadores y la desocupación creciente, que marginaliza a la juventud y las mayorías no especializadas a la zozobra constante. La seriedad, la previsión y la construcción de un orden, fáctica y metafóricamente, han emigrado a China y otras áreas de la periferia del sistema, la mayoría ajenas a los lugares donde se asienta la religión cristiana.

Al mismo tiempo, íntimamente asociados con la imprevisión y la búsqueda de resultado inmediato en la especulación, lejos de la producción y el trabajo como soportes, el sistema practica y postula la amoralidad explícita, como actitud ante la vida y como reflejo de una mercantilización universal, que aunque recuerda a las previsiones del Manifiesto Comunista, amenaza con desintegrar todo lo que resta de lazos basados en valores humanos. Las apuestas “al caos” en la periferia semicolonial, las guerras que se libran con mercenarios y drones, muestran no sólo la crueldad del orden, sino la desintegración que lo carcome interiormente y lo priva de toda legitimación y futuro, salvo que se trate de una barbarie sin límites. Es sintomático que este tipo de “empresas” ni siquiera pretenda buscar justificación moral o religiosa medianamente verosímil, sustituyéndola por el bombardeo del sistema mediático que, sea cual sea su eficacia inmediata, sólo es capaz de aturdir a los tontos y desatentos del montón, pero no de construir una plataforma ideológica digna de su nombre.

En ese contexto, la discordia entre la faz decadente del capitalismo y las instituciones religiosas que pretendan sobrevivir como visiones universales proveedoras de sentido podría resultar fatal e  irremediable, a menos que estas últimas renuncien a los rasgos que caracterizaron su presencia en la historia del hombre, como fuerzas conservadoras del orden social, que procuraban no obstante representar la universalidad  de un modo congruente con un sistema de ideas, para ser solamente un taparrabos del bandidaje que usufructúa el sistema antes del diluvio.

Córdoba, 31 de marzo de 2018

Notas:

(1) La Iglesia y la Revolución Argentina, por Manuel Cruz Tamayo -(Alfredo Terzaga) – IZQUIERDA NACIONAL N° 4 – marzo de 1967

LA CUESTIÓN DE CATALUÑA Y LOS SEPARATISMOS EUROPEOS

 

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Las reivindicaciones independentistas que se plantean en el seno de diversos países de la Unión Europea (hoy es Cataluña, pero Escocia discute su separación de Gran Bretaña, la Padania de Italia, entre más casos) no deberían suscitar entre nosotros, latinoamericanos, una corriente de simpatía o solidaridad hacia ninguno de los bandos de aquellas disputas. Y no sólo por la elemental razón de que se trataría de “amores no correspondidos”, como fue notorio durante la crisis del 2001 (1). En aquel momento, al presidente español sólo le preocupaba que las empresas de servicios que las privatizaciones menemistas dejaron en manos de capital ibérico no fuesen afectadas por la pesificación de las tarifas: ¡nuestras mayorías peleaban para seguir comiendo, pero Aznar quería tarifas dolarizadas! El lobby español, en simultáneo, pugnaba por suprimir la soberanía monetaria del país y, asociado a otros pulpos del capital extranjero, quería hacer del dólar la moneda vigente, de modo que sus ganancias tuvieran mengua. Y en ese punto, crucial, los políticos del “socialismo” peninsular no difieren de Aznar y Rajoy en ningún sentido.

 Es que ocupando un rango menor, España forma parte del imperialismo mundial, participando del saqueo que victima al país, a la América Latina y, en general, a las semicolonias de la periferia del sistema. En consecuencia, podría decirse que sus problemas internos y todo lo que  debilita el poder de los centros, tiene como resultado facilitar nuestras luchas por liberar al país y los pueblos hermanos.  Pero, para formarnos un juicio fundado en razones intraeuropeas, libres de prejuicios y de la influencia que ejercen en nuestro país las afinidades culturales –deberíamos canalizarlas a favor de los pueblos, no de un sistema que también los oprime– necesitamos examinar  y valorar  objetivamente dichos “nacionalismos” y establecer las causas de su transformación reciente, que los hizo activos y movilizadores de multitudes, después de permanecer en estado latente durante mucho tiempo. Para ello, creemos, sin ignorar que existen esas raíces históricas, hay que situarlos concretamente –separatismos en naciones asociadas al Mercado Común Europeo– sin asimilar su emergencia a otros fenómenos superficialmente parecidos, también actuales, de otras latitudes y diferente contenido.

Vaya, para sustentar ese distingo, un caso que nos impacta de lleno, como integrantes de la nación latinoamericana balcanizada: la destrucción de Yugoslavia, proceso en el cual no cabe pensar en un agotamiento de los fines históricos del Estado-nación. En el país unificado bajo el liderazgo de Tito, el Estado federal no era un freno para el desarrollo nacional, sino, por el contrario, lo hacía posible. Su crisis fue desatada, fundamentalmente, por los procesos relacionados con las falencias del sistema del “socialismo real”, cuya implosión alimentó las tendencias a la balcanización –opuso  entre sí los “nacionalismos inviables” de vieja data– que, alimentadas por el imperialismo mundial, cumplieron su propósito de descuartizar a la nación e imponer al conjunto un status semicolonial.

En todo conflicto se encuentran presentes fuerzas globales y los casos que motivan esta reflexión no son desde luego una excepción. Pero puede decirse que en todos ellos–Cataluña responde al mismo patrón escocés o padano, con la única salvedad de que hoy Escocia se encuentra afectada por el Brexit– prevalece notoriamente un impulso interno, aupado por la existencia del Mercado Común Europeo, que privó de sustancia a los Estados nacionales y alimenta separatismos que se remontan a las vísperas de la nación burguesa; de aquél marco nace la ilusión de que la “nación” catalana, escocesa o padana pueden constituirse con costo cero, y por qué no, hasta con ganancia indirecta, al liberar a “los prósperos” de parientes pobres, sin resignar el acceso a esa circulación mercantil sin trabas que les brindaba antes el mercado nacional (España, Gran Bretaña, Italia, etc.) ¿O acaso cabe imaginar a Cataluña pugnando por perder el mercado español, si la independencia significara resignar el acceso al mercado europeo, amenaza que esgrimen, ahora, los socios de España, para respetar elementales reglas de juego? Sin ignorar la existencia y el peso del “espíritu nacional”, ya que el conflicto viene de lejos y es indudable la existencia de rasgos que conforman una identidad, nos permitimos apostar al desaliento que generará sobre el ánimo de los catalanes el cambio de sede desde Barcelona a Madrid de unas 100 empresas, cuyas casas matrices estaban en Cataluña, para no hablar de las claras definiciones de Alemania y Francia, que los conminan a mantenerse unidos a España o quedar fuera del Mercado Común. Estos datos, sin embargo, sólo dan cuenta de tensiones internas creadas a partir del conflicto mismo, sin explicar su naturaleza y darnos una noción de su sentido histórico y las claves para llegar a la cuestión de fondo.

A nuestro entender, el enigma fundamental desaparece al recordar que la creación del Mercado Común y la Unión Europea fue una tentativa, dentro de los marcos de la sociedad burguesa, de superar la estrechez del mercado nacional, asociar a las viejas naciones europeas a una plataforma mayor, evitar la reiteración de los viejos enfrentamientos que los llevaron a la guerra y pugnar en común, bajo el liderazgo inevitable de los EEUU, pero creando un contrapeso de cierto volumen, dirigido a conservar una cuota cierta de poder global. Pero es notorio que esa empresa acarreaba una dilución de los Estados nacionales, con amplia cesión de poderes estaduales, sobre todo en el ámbito de la política económica, con la creación del euro y el Banco Central Europeo. En cierto sentido, esa pérdida de poder por parte de las naciones pone en entredicho al Estado-nación y lo torna en algún grado artificial, con el agravante que supone, en las últimas décadas, la dictadura implacable del capital financiero y, como correlato político, las imposiciones de Alemania. Esta, al calor de la crisis global del capitalismo y, particularmente, la deslocalización industrial que en las últimas décadas a transformado a China en el taller del mundo, cuida con mezquindad sus propias industrias, en el marco del parasitismo y la descomposición del resto.

Alemania arriesga, por ese camino, la unidad europea, pero, ¿tiene acaso mejores opciones, en el marco de la crisis global del capitalismo, con la emergencia de China disputándole posiciones en el mercado mundial y el aventurerismo norteamericano creando tensiones en todos los frentes? Esta realidad, sin embargo, pese a la notoria degradación europea, no es asumida de modo consciente     en sus poblaciones y en sus elites, que acusan los síntomas, pero no parecen buscar una respuesta en la superación del sistema, cuya ruina acompaña un proceso de disgregación y decadencia sin fin de la vieja socialdemocracia, un creciente poder de formaciones xenófobas y racistas, y la confusa o inmadura presencia de nuevas tendencias de populismo de izquierda, que no logran superar, por el momento, la crisis del pensamiento transformador europeo.

En dichas condiciones, aunque las reglas de juego impongan a las naciones de la Unión Europea el rechazo a la secesión (el peligro del contagio podría afectar la unidad alemana, pese a la fuerza de sus tendencias centrípetas), ¿qué progresividad podría esperarse, en sentido histórico, de estas “naciones”, en el contexto de la crisis de la Europa burguesa? A nuestro juicio, nunca ha sido tan cierto aquello del retraso con que los hombres adquieren conciencia de su tiempo. La ceguera se nos antoja el patrón compartido por todas las tendencias del viejo mundo. Es notable que Artur Mas, ex presidente de la Generalitat de Cataluña, advierta que la independencia no afectará los “compromisos con la OTAN” y que hará lo mismo si se trata de España o “las regiones más pobres de la Unión Europea”. Evidentemente, se postulan como soldados del capital financiero y el Orden global, sin la menor pretensión de enfrentar esa dictadura, con liderazgo alemán, que conduce a las poblaciones de los viejos Estados-nación, incluida Francia, con sus tradiciones de lucha y fuerza sindical, hacia abismos crecientes. No obstante, tampoco se advierten razones para considerar que la integridad nacional sea en la Europa del Mercado Común una causa digna de ser defendida, en nombre del presente y el futuro social. En realidad, aunque no se avizoren fuerzas subjetivas para emprender esa tarea, el capitalismo europeo ha dado de sí, tras extenderse a la periferia, todo lo de progresivo que estaba en sus posibilidades y la sobrevivencia de las conquistas que su población obtuvo, depende, ahora, de que dicho sistema sea finalmente enterrado, con todos los honores, pero sin ninguna vacilación, con la nación burguesa que lo hizo crecer.

El proletariado catalán luchó en la vanguardia del pueblo español, en viejas batallas. La burguesía catalana, protagonista mezquina de una “voluntad nacional” que quiere liberarse del pobrerío del sector más atrasado de la península, es incapaz de hacer otra cosa que colocarse bajo el zapato de Ángela Merkel y el Banco Europeo. El contexto en cual florecen estas “naciones”, eclipsadas por el desarrollo de las naciones viables, es otoñal y las hace anacrónicas. Desde la periferia semicolonial, en particular desde la Argentina, tributaria secular de la cultura europea, esto resulta tan evidente como la decadencia general que aflige a Europa, que la invalida para proveernos, como esperaba nuestra gente en tiempos pretéritos, de ideas y proyecciones, aún cuando debiéramos adaptarlas a nuestras condiciones, para no errar. En este sentido, es relevante, como síntoma, que las nuevas formaciones de izquierda europea busquen orientaciones en modelos latinoamericanos, en figuras como Hugo Chávez o Ernesto Guevara, invirtiendo la dirección de las búsquedas tradicionales, que pretendían hallar en aquellos centros respuesta a la pregunta de qué hacer. Es un giro harto significativo.

Córdoba, 12 de octubre de 2017

Los gurúes, los medios, las identidades políticas y la autocrítica del movimiento popular

Perón hablando

Los asesores de imagen, “expertos” electorales y tutti quanti, son una novedad de las últimas décadas. Y es un lugar común, en estos días, creer que pueden obrar “milagros”, un ejemplo de lo cual sería el triunfo de Mauricio Macri contra Daniel Scioli, en el 2015. Esta presunta eficacia, a su vez, probaría que el modo tradicional de hacer política es obsoleto, ante las “nuevas técnicas”. Del mismo género, pero con base en teorías de filiación izquierdista, es una visión que sostiene que los  medios de comunicación masiva no son, como siempre creímos, un factor importante en la lucha política, sino mucho más: su poder les permitiría anular la aptitud del ciudadano común de asumir posiciones valiéndose de sí mismo y, al modo orwelliano, le lavarían el cerebro. Así, contrariando lo que sus ojos ven, en contacto con la realidad, lo arrastrarían a votar contra su propio interés, y respaldar al stablishment, del que aquellos son voceros y parte. Aunque no se lo explicite, esa visión impone la idea de una omnipotencia del sistema, al atribuirle la capacidad de sugestionar al público y lograr que vote de un modo masoquista, como un zombi, o un suicida.

Este supuesto, que tiene hoy más adeptos que nunca, debe ser cuestionado, a mi entender, para distinguir entre la cuota de verdad que contiene y una “explicación” abstracta llena de prejuicios, que oculta en verdad más de lo que muestra, nos induce a error y siembra el pesimismo, lo quiera o no. La verdad, se ha dicho, es siempre concreta, determinada, viviente. Y aquí estamos frente a una abstracción que, dando por sentado  lo que debe explicar,  no examina el momento que viven las mayorías, en su relación con la política. El propósito de esta nota es llevar a cabo esa tarea, con el fin de probar que un análisis desprejuiciado muestra que la ceguera que se atribuye al elector, al menos en lo que se refiere a las mayorías populares, es en realidad una respuesta cuyos motivos obedecen a las contradicciones que afligen al sistema político y los liderazgos presentes. Además de errar, en consecuencia, la interpretación que cuestionamos sirve de “taparrabo” de un déficit de representación y conducción política, transfiriendo la responsabilidad de las elites partidarias al argentino de a pie, que, si bien es permeable al bombardeo de los medios, tiene también otras referencias, mucho más ligadas a su experiencia directa, y a los procesos políticos que ha vivido el país.

Empecemos por los gurúes. En su caso, nuestra principal objeción a la remanida creencia consiste en que ignora las condiciones puntuales en que se aprecia el trabajo de los supuestos hechiceros. Nos referimos, es claro, al “momento” histórico.  Al tenerlo en cuenta (algo que debiera ser obvio para el análisis, pero no lo es) se advierte que el  “asesor” luce eficiente en un marco signado por una dilución de las identidades políticas. Como fue notorio al estallar la crisis del 2001 (“que se vayan todos”), hoy las fuerzas tradicionales tienen una débil relación con sus bases, que fluctúan permanentemente; han dejado de ser un cliente “cautivo”. Las oscilaciones del electorado son la nota de estas décadas. Su “fidelidad” es escasa, la predisposición a distanciarse de las formaciones tradicionales es muy alta y la opinión se reorienta permanentemente, bien o mal, acusando los efectos de una crisis de la representación que no concluirá hasta que no se reconstituyan las identidades partidarias, por una renovación de las fuerzas mayoritarias. Por el momento –en ese marco operan los gurúes y adquieren valor sus espejitos de colores– vivimos en la dilución de la filiación política de las grandes masas. Se trata, es verdad, de un fenómeno que traspasa las fronteras del país; es crónico en la Europa de las últimas décadas y en otras realidades del mundo actual. No obstante, esto no deriva de una esclerosis en “las formas”, sino, por el contrario, en las ideas y programas. Y tanto en la Argentina como en otros países, es posible analizar situaciones que difieren de ese cuadro, en épocas próximas y aún en nuestros días. En la Argentina, esto no ocurría en tiempos de Alfonsín; a lo sumo veíamos una renovación del peronismo, disparada por la derrota de 1983. Tampoco es el caso de la Venezuela actual: para bien, o para mal, en el país de Chávez es ínfimo el sector  que no se identifica con algún bando. Las maniobras tácticas lícitas o no, incluido el uso del terror político, muestran una situación extrema y peligrosa, pero con bloques antagónicos muy definidos, y hasta fanáticos, ninguno de las cuales respondería a las sugestiones de un Durán Barba. Y en la Argentina, reiteramos, cuando peronistas y radicales eran hegemónicos, no había lugar para la “creatividad” huera que sustituye hoy el “olfato político” y la aptitud para seducir a las grandes masas. Un político de raza, como Alfonsín, conocedor de su público y de la “fragilidad” que arrastraba desde la etapa isabelina el adversario a vencer, sabía qué decir del Proceso –ignorar, por ejemplo, la complicidad de la UCR con Videla, macanear sobre un supuesto pacto militar-sindical, etc.  Sin gurúes, era más “creativo” que Durán Barba. Pero el pueblo, en aquel momento, era capaz de ocupar las calles con grandes actos: así ocurrió con el peronismo cordobés: iba a perder las elecciones, pero no obstante cerró su campaña estimulado por el fervor de 90.000 personas, que llenaban de punta a punta la Chacabuco-Maipú (10 cuadras de una gran avenida) (1).

La NaciónAlgo similar debe decirse de los medios de comunicación masiva. Sería necio desconocer su poder, que les otorga un lugar entre los “aparatos ideológicos” que sostienen el sistema. El general Mitre no fundó La Nación por un capricho. Necesitaba respaldar el genocidio del interior y el Paraguay, que resistían los designios oligárquicos e ingleses. Por algo se dice que una clase dominante ejerce también el dominio ideológico. Pero esta verdad de tipo general, debe ser acotada de un modo firme. Porque dicho poder no es incontrastable y se suele tornar completamente ineficaz en los momentos decisivos, cuando las grandes masas adquieren la conciencia de sus propios fines y si tienen al frente una dirección capaz de dar la batalla de ideas y programas, los llevan al triunfo. Así ocurría con el Comandante Chávez, que el sistema de prensa no pudo desacreditar, pese a contar con casi todos los medios. En la Argentina, por su parte, el General Perón hizo su campaña de 1946 con enormes desventajas en ese sentido y los venció. Lo mismo cabe decir de la crisis del 2001: los medios eran, como siempre, voceros del bloque imperialista oligárquico. Pero la experiencia social pudo más: careciendo de conducción, ante la crisis, atronó las calles repudiando la capitulación de las fuerzas tradicionales, que habían sido más sensibles al poder establecido que al mandato del pueblo. La virtual unanimidad del sistema de partidos en la entrega del país, con el respaldo global del mundo imperialista y la propaganda cómplice de los grandes medios fue descalificada allí por la acción popular, actuando con el apoyo de lo que los hechos le señalaban, las consecuencias terribles de aquellas políticas. No había, dijimos, fuerzas capacitadas para encauzar la rebelión políticamente. A pesar de eso, la realidad se impuso, en aquél marco de orfandad política, que explica el deseo de que se vayan todos, como el único cambio que la multitud era capaz de parir, dada su carencia de una representación política apta para darle un objetivo mayor. Aún así, con esos límites, la vida se impone al “discurso” de los mistificadores, aunque se debe añadir que el desmoronamiento ideológico de la militancia popular prolonga en exceso y con resultados fatales el padecimiento de los oprimidos.

La ideología dominante, con el concurso de los aparatos puestos a su servicio, son un factor en la lucha de clases que da ventajas al bloque de poder, pero no puede suprimir el conflicto. Y, desde el punto de vista de la causa popular, la experiencia social siempre opera a favor de la conciencia de los sometidos. Sin embargo, las contradicciones y debilidades del liderazgo popular obran como un factor que facilita las cosas a la ofensiva contraria; aspectos secundarios, errores y límites de un gobierno popular generan, en el seno del pueblo, conflictos y confusión, desánimo y apatía, y una predisposición a secundar campañas destinadas a quebrar el bloque de clases nacionales; aceptar, por fin, los cantos de sirena de los chupasangres de siempre. Podría decirse que hemos atravesado por estos procesos en cada crisis del movimiento de masas: en 1955, en 1976 y en el 2015. Cuando en el campo propio se alimenta la depresión, siempre se promueve, simultáneamente, se lo quiera o no, un éxodo de fragmentos que antes conformaban parte de nuestras fuerzas hacia el campo enemigo, como se verificó antes de la “revolución libertadora” con la (desatinada) conducción del conflicto con la Iglesia.

Ficción orwelliana, pesimismo político y reticencia a la crítica

1984Consecuentemente, la imagen de los medios como entidades omnipotentes y de los gurúes como especialistas capaces de manipular a la opinión pública tiene, fuera de los que lucran vendiendo el servicio, otros beneficiarios, conscientes o no. Para adentrarnos en el tema, creemos, es necesario advertir el pesimismo que implican estas creencias. Efectivamente, el universo orwelliano no tiene rivales ni mecanismos de corrección; se impone hasta el fin, como un totalitarismo invisible y sutil, que ha cancelado la capacidad de pensar. Afortunadamente, se trata de… una ficción (2).

Si el poder ideológico, cultural y comunicativo del orden establecido es todopoderoso, transformar la realidad, destruir el orden social dominante, es una quimera y la lucha popular una quijotada sin  chances. Rozamos, aquí, las nociones propias del postmodernismo y el pensamiento único, que ha declarado antiguallas a la revolución social y meras ensoñaciones las banderas lanzadas por la Revolución Francesa y la Revolución Rusa. Semejante frigidez, postula la eternidad del capitalismo senil precisamente cuando se agrietan las condiciones de su vigencia. No es casual. En la Argentina y en América Latina, hasta hace poco sacudida por una tentativa tímida, pero real, de unidad continental y emancipación política, responde más a la necesidad de conjurar el espantajo de la rebelión que a juicios basados en la ciencia social, más que convicción expresa inseguridad y deseo de infundir desaliento a los rebeldes. Pero esto alude a “las razones del poder”, nada más.

El mismo discurso, en boca de los voceros del campo popular, debe responder, por obvias razones,  a otros motivos. Tras la derrota electoral del 2015, la cúpula del kirchnerismo, en vez de efectuar  un replanteo crítico, impulsó una campaña de denigración del electorado (los globoludos) y quiso fundar su apuesta a futuro en unas viejas declaraciones del General Perón, cuando comenzaba su exilio en 1955. Para volver al poder, según el fundador del movimiento peronista, no era necesario que hiciera nada: “todo lo harán mis enemigos”, fue la desafortunada profecía del líder popular, que tardó en volver 18 años, y pudo gobernar otra vez el país gracias a la lucha de nuestro pueblo contra una dictadura oligárquica. En el presente, una “explicación” de la derrota electoral  basada en absolutizar el poder mediático (inventor de una manada mayoritaria de “globoludos” que votan contra sí mismos) se contradice al pronosticar que la experiencia enseña (los presuntos globoludos aprenderán quiénes son sus benefactores auténticos).

¿A qué obedece esta curiosa coincidencia en cerrar los ojos frente a una gran derrota? Un motivo sencillo es la dificultad humana de asumir el error, cuando sus consecuencias son graves. Pero el motivo de fondo es eludir la crítica de la conducción vertical vigente, ya que su defensa necesita creer en la infalibilidad del jefe (cualidad que lo habilita a dirigir, sin consultarla, a una colectividad pasiva, “empoderada” sólo para someterse al líder). Ese tipo de liderazgo, por su mismo carácter, tiene dificultades para ceder el control si los límites legales le impiden perpetuarse en el manejo del Estado, cuya gestión, en otras manos, les permitirá desplazar al jefe saliente. Ese conflicto, en el que actúa interesadamente la “burocracia saliente”, ejercitando una presión que la perpetúe en el poder, era un dato notorio ante el recambio presidencial que traerían las elecciones del 2015 y obró para desalentar un apoyo más firme al candidato Scioli, que sería “independiente” al asumir la presidencia. Pero cometeríamos un error atribuyendo a “la mezquindad” un peso exclusivo, de última instancia o factor último: la verticalidad nace de la necesidad burguesa que, en tanto lidera el movimiento nacional, debe encorsetarlo, para impedir que el dinamismo de sus bases populares pongan en cuestión los límites que desea imponer a los cambios, que deben recortar el poder imperialista, sin socavar el orden mismo y, particularmente, el rango de las clases y el régimen de propiedad.

Este andamiaje pudo sostenerse con Perón vivo, aunque era un factor que debilitaba las fuerzas del movimiento nacional, por sustituir una jerarquía de cuadros políticos (que puede ser leal, pero no dócil) por una burocracia de arribistas incondicionales (aunque traidora en potencia). Prometía perdurar con el matrimonio formado por Néstor y Cristina, hasta la desaparición del primero, circunstancia que problematizó el asunto de la sucesión. Sin incursionar en el tema de lo que pudo ser, y no fue, la crisis de la representación seguía vigente, lo que potenció el peso de los errores políticos, que fueron suficientes para generar la derrota del 2013 frente a Sergio Massa y explican, en definitiva, el triunfo de Macri en el 2015.

Los últimos años del ciclo kirchnerista, enmarcados por la crisis económica global, fueron lo mejor, en ciertos aspectos (YPF, AFJP, Aerolíneas, conducción del conflicto con los buitres) y acumularon, al mismo tiempo, los mayores desatinos de orden político, el más destacado y determinante de los cuales fue la ruptura con el movimiento obrero, después de las elecciones del 2011. La carencia de tacto, por darle un nombre quizás limitado, pareció dominar el ánimo presidencial, con episodios lamentables, como la descalificación de los docentes (un gremio aliado) y la campaña de Mariotto, que seguía órdenes de la Casa Rosada, contra el gobernador Scioli y el peronismo bonaerense, que se suspendió tardíamente y prologó la catástrofe del 2015.

(1) Alfonsín lograba una inversión de los hechos, en realidad, al señalar como “cómplice” al sector social que fue la víctima principal del Proceso militar, los trabajadores y el movimiento obrero, con mayoría entre los desaparecidos y erigirse él mismo, y sus correligionarios, en denunciantes, pese a que fueron en realidad sus cómplices. Según Balbín, Videla era “un general democrático”.

(2) Con mayores pretensiones de “ciencia social”, en la década del 70 estuvo de moda “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”, un libro de Althusser que, sin considerar que el mundo europeo satisfecho no tenía interés en sublevarse contra el capitalismo, que para esa porción del planeta y en las condiciones del imperialismo brindaba a todos el “Estado de bienestar” –a costa del resto, la periferia colonial y semicolonial–, sin considerar, decimos, ese “detalle”,  llegaba a la conclusión de que los “aparatos ideológicos” logran “reproducir” el sistema dominante, imponiéndose a la crítica de los que quieren subvertirlo. Naturalmente, Althusser desdeñaba la posibilidad de someter sus esquemáticas fórmulas a un examen de la historia real.

TRUMP Y LA UTOPIA DE UN “PATRIOTISMO” ANTIHISTÓRICO

trump HOY

Los pensadores nacionales, que ciertos “nacionales” suelen ignorar, repiten hasta el cansancio que los países centrales, mal llamados “serios”, nunca practicaron esas normas abstractas que nuestro tontaje cree sagradas y eternas, sino que actúan según sus intereses. Así, en el caso paradigmático de Gran Bretaña fue por interés defensora del librecambio, tras levantar su industria, pionera, con un duro proteccionismo. EEUU, que lo relevó en el dominio del mercado mundial, fue por décadas un gran campeón del “comercio libre”. Hasta que la deslocalización industrial generó el desquicio que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca, para sostener un proteccionismo que dice a las claras “EEUU, primero”, le guste o no al resto del mundo. Ese resto incluye, según es sabido, una buena parte del país del norte. Algo que, sin contradecirnos, denota conflictos en el seno de sus elites.

 En las redes sociales, antes de que lo hiciera Guillermo Moreno, otros peronistas con menos fama  han descubierto en el actual huésped de la Casa Blanca una filiación “peronista”. El ex secretario de Comercio Interior ha llegado a decir: “si volvemos al gobierno” no será preciso, “confrontar con el mundo”. Ya embalado, el fogoso defensor del control de precios del gobierno kirchnerista, que apreciamos por su conducta durante la gestión, dice que a Donald “todavía le falta ser humanista y cristiano” (¿pensará en crear una unidad básica, desde el Salón Oval?).

Si entendemos las cosas de ese modo, Hitler también fue “peronista”, aunque no logró superar la  materia llamada “humanismo” (esta deducción ganaría el aplauso de aquéllos que vieron un Führer en Perón, pero a ella conduce la lógica formal). Estamos asombrados: un peronista duro, como Moreno, coincide, sin advertirlo, con la visión gorila de 1945. Desconoce una distinción que debe ser obvia, para cualquier nacional: el “patriotismo” de Trump, como el de Hitler y Mussolini, es un “patriotismo” de gran potencia.

Dicha categoría, no incorporada a la matriz ideológica que cree posible “un peronismo del primer mundo”, nos habilita (o no) para entender la realidad. Para señalar, por ejemplo –reivindicando al General– la ridiculez de hablar del “imperialismo” argentino, ante la política latinoamericana del primer Perón, según el dislate de ciertos patrioteros sudamericanos, atentos al peligro de que uno de los vecinos pudiera empeñarse en someter a los demás, pero ciegos frente a la presencia del imperialismo mundial, si éste se adornaba con un ropaje “democrático”. Prodigios propios de esa visión colonizada; el mundo al revés, cabeza abajo.

Desde fines del siglo XIX, el mundo soporta una contradicción fundamental, última razón de todos los antagonismos que hemos protagonizado. En uno de los polos de esa oposición están los países  que lograron el pleno desarrollo capitalista y, ceñidos por la estrechez de su mercado nacional, se pelean por el dominio del mercado global; en el otro, donde está la Argentina, países coloniales y semicoloniales, que sufren el saqueo y la opresión imperialista, de parte de los primeros. El primer grupo, liderado hoy por los EEUU, lo conforma una minoría de países “civilizados” que, al decir de Trotsky, les cierran el camino a los que quieren civilizarse, al sustraerles la savia que precisan para crear una economía avanzada. De lo cual surge la conclusión siguiente: el “nacionalismo” de un país imperialista es siempre reaccionario, agresivo, orientado a oprimir a los pueblos débiles y a luchar con sus competidores por el poder global, incluso con las armas, como fue el caso de las guerras mundiales. El nacionalismo, en la periferia, tiene el signo contrario: está dirigido a liberar al país del dominio extranjero, que lo somete y lo esquilma. Es curioso (merece una reflexión) que un peronista lo ignore. De allí su mareo, ante el caso Trump; confunde, como la seudoizquierda de 1945, el patriotismo y la lucha de un país oprimido con el “patriotismo” siempre agresivo de una  potencia imperial. El nacionalismo de  Perón, y tantas fuerzas del mundo oprimido, es progresivo, liberador, busca espontáneamente la alianza de otros pueblos, es democrático y popular, ajeno al racismo y al “patrioterismo” excluyente y demagógico, típico en los que quieren movilizar el dolor de los desesperados de “su” país contra los demás pueblos (los obreros blancos empobrecidos, contra los migrantes, también pobres, del mundo periférico), disipando el peligro de que unos y otros aprendan a direccionar su justificado rencor, contra la clase de los Trump que, como puede verse en la Bolsa de Nueva York, siempre gana fortunas con Obama o Trump, mientras el hombre del común apenas “elige” entre la silla eléctrica o el gas letal.

¿Alguna vez vimos a Perón o a Irigoyen incitar al racismo, en general y a echar del país inmigrantes latinoamericanos, en particular? No, eso es propio del “patriota” Trump. Y el cipayo Macri, ansioso por ocultar sus políticas antiobreras humillando a los bolivianos y expulsándolos del país.

 No ignoramos las “gradaciones del mal”, como el horror de los genocidios. Llamamos a distinguir, sólo, fenómenos que son esencialmente opuestos, en la época signada por el imperialismo global. Tampoco inventamos; usamos el legado del pensamiento revolucionario, que nos enseñó a ver la igualdad esencial entre los imperios “democráticos” y los imperios fascistas, en los días confusos de la segunda guerra. No es mejor ni peor el “patriota” Trump que el “patriota” Churchill,  aunque la equiparación subleve al súbdito sudamericano de la reina Isabel, que cierra los ojos frente a los crímenes perpetrados en el mundo colonial, si el criminal vive en Londres o París. La colonización cultural, en nuestro caso y el fetichismo “democrático”, en el primer mundo, puede encontrar en la política  norteamericana “razones” que justifiquen el apoyo a Clinton, ignorando sus carcajadas ante el linchamiento de Kadafi, el martirio de Siria, el belicismo sin fin del insólito Premio Nobel de la Paz y el riesgo de proseguir ese derrotero…

¿Hace falta ser un socialista revolucionario de la Izquierda Nacional para entender el antagonismo entre los países centrales, imperialistas y la periferia colonial y semicolonial? ¿Hace falta, para ver en el peronismo el nacionalismo de un país que aún no logró su independencia real y batalló para lograrlo con el General Perón, y el “nacionalismo” norteamericano, en cualquier variante? ¿No es suficiente con ser peronista? ¿Puede creerse que Trump es “nacional” y Obama gobernó contra los EEUU? Sería insensata esta proposición, pero está implícita en el elogio de Trump. Moreno, según dijimos, opina que con Trump podríamos gobernar “sin confrontar con el mundo”¿Imagina que es  un aliado? Es injusto y descabellado especular con el “eje” que sumaría a Trump, Putin y Francisco (Washington-Moscú-Roma). Es claro que Moreno admira al Papa, no pretende mezclar la Biblia y el calefón, pero…

Las primeras acciones del presidente Trump

Nuestra opinión sobre el presidente de los EEUU se confirma en sus actos: (1) por su agresividad hacia Méjico; humilla a su pueblo y amenaza con lesionar impunemente su producción, arrojando al ex “socio” como un limón exprimido; (2) satisfacer a los críticos del ObamaCare, los buitres de la salud, partidarios obvios del “libre mercado” y la indiferencia estatal; (3) el cierre selectivo de las fronteras del país, contra todos los migrantes del mundo periférico; (4) eliminar el castellano en el sitio web de la Casa Blanca; (5) desafiar a China, sin prevenir el riesgo del enfrentamiento nuclear; (6) prometer rebajas de impuestos al stablishment, provocando el jolgorio de Wall Street. Y sólo se trata de las primeras muestras.

Ante el racismo descarado de su campaña, en general y particularmente en lo que afecta a Méjico, los argentinos debemos repudiarlo con energía, sin olvidar que Macri comparte con Trump el odio y la discriminación contra los indios y criollos. Nótese que Perón hizo lo contrario, como patriota latinoamericano. Sólo después de condenar a Trump –que agita demagógicamente los prejuicios racistas del “blanco pobre”, transformado en paria por el capital yanqui que mudó la industria por  reducir el salario– y las acciones que ratifican las peores promesas que hizo en su campaña, sin omitir que busca transferir a la periferia la crisis terminal del capitalismo senil, sólo después de sentar esa posición, decimos, es lícito hablar, sin ser carroñeros, sobre el “favor” que Trump nos podría hacer, si la tragedia de Méjico impone a su elite un viraje latinoamericanista de orientación política, que lo devuelva al redil de la Patria Grande.

El huevo de la serpiente

La emergencia de Trump, es claro, refleja (y quizás alimente) un conflicto interior al stablishment norteamericano. Puede suponerse, por experiencias anteriores, que esa situación facilite las cosas a la lucha popular en América Latina. Aunque así fuera, no es un motivo para morigerar el rechazo y la repugnancia que nos provoca. Por otra parte, es saludable asumir que el retroceso sufrido, con particular énfasis en Argentina y Brasil, obedece más a los límites y extravíos de nuestros propios liderazgos que al poder de agresión de la potencia estadounidense. Eludir el examen, autocrítico, en base a la ilusión de que Trump y las desdichas de EEUU y la Unión Europea vengan en nuestro auxilio, sólo puede servir para adormecer a la militancia y estimular la búsqueda de “soluciones” mágicas.

Trump agravará los sufrimientos latinoamericanos. Millones de compatriotas de la Patria Grande verán afectada su vida diaria. No se trata sólo de Méjico. Argentina, con su escaso comercio con EEUU, no será especialmente dañada. Pero ningún beneficio esperamos de una gestión que ha congelado el ingreso de los limones tucumanos, limitará las visas y, ante todo, afectará a los países que más peso tienen en el intercambio comercial. En otros países, los centroamericanos en primer lugar, donde numerosas familias subsisten con el auxilio de los giros de un familiar que trabaja en yankilandia, las trabas en gestación llevarán la tragedia. Ésa es la verdad cruda, hoy.

Ahora bien, si se espera que esas desgracias vengan en nuestro auxilio, cabe decir que esa ilusión no suele parir los frutos que se esperan. Es verdad que contamos, ahora, con la colaboración de Macri, que garantiza desdichas, aquí; con los padecimientos y la vergüenza que causa al Brasil el infausto Temer. Trump, junto a Macri y Temer, pueden imprimir un curso acelerado a la formación política de nuestros pueblos, es verdad. No sería bueno brindar a cuenta por esas expectativas, sin embargo. El dolor enseña, suele creerse. Pero el dolor se vive también como castigo… y enseña en el caso de que pueda encausarlo una reflexión.

El presidente norteamericano es, en realidad, una suerte de condensación de los peores rasgos del país del norte. Es xenófobo, racista, misógino y brutal, soberbio e inculto. Pero condenarlo sólo para “rescatar” a Obama o a Clinton, en el extremo contrario, algo que vemos ahora en la Argentina, nos recuerda la tara del fetichismo “democrático”, que hizo estragos en la década del 40. Eso es así, pero el campo nacional no puede caer el error simétrico. Si cabe hablar de un Trump “imprevisible”, más vale asociar ese adjetivo con las  razones que nos impiden saber cómo actuará un león asediado, que procura desandar, medio aturdido, el camino que amenazó su reinado en la selva. Es peligroso. Si se acercara a Putin, lo que ponemos en duda, será por atender al principal enemigo, China. Puede ser acertada esta corrección táctica, según el interés norteamericano. Pero sólo los suecos dan un premio Nobel, por algo así. Obama, que lo recibió, parecía dispersarse al lidiar con Rusia y sostener la guerra en demasiados frentes, sin resultado tangible. Estas opciones son un problema para ellos, que debaten cómo sacarnos el jugo. Uno educado y sutil, otro torpe y frontal, apenas distinguen los rasgos externos al magnate rubio y negro mesurado, si los miramos desde aquí.

En otro sentido, más difícil para el examen, pero no por ello menos notorio, Trump refleja, como otras “sorpresas” del mundo central, la crisis sistémica del capitalismo senil. Esta afirmación puede parecer una “frase de barricada”, inconsistente después de la desintegración de la URSS y el viraje chino de las últimas décadas, que se evalúa generalmente como restauración del capitalismo. Es obvio que esta nota no puede examinar esos temas apasionantes. Pero sí decir, sumariamente, que la caída inexorable de la tasa de ganancia es la ley que preside la deslocalización industrial hacia la periferia del sistema, con el gigante asiático como principal receptor de capital productivo. En esas condiciones, sea cual fuere la naturaleza del sistema social que corone la transformación del país de Mao, que fue una semicolonia del imperialismo mundial y amenaza con ingresar al club selecto de los países  avanzados, sus desarrollos generan una crisis de sobreproducción, a escala global, con grados diversos de vaciamiento industrial de los viejos centros, que pueden sufrir una parálisis creciente, sólo limitada por su predominio en el manejo de la especulación financiera y de ciertas áreas tecnológicas de punta, donde sus ventajas actuales son quizás efímeras. Aun cuando se trata de procesos que se sostienen, ante todo, con recursos propios, el papel cumplido, en los avances del Asia (China, India, Corea) por los EEUU –empeñados otrora en acorralar a la URSS– y  el capital imperialista, que busca eludir la crisis del sistema con las célebres deslocalizaciones, ha herido, a la larga, y entre otros, a los centros productivos norteamericanos.  Y no es todo: dadas las dificultades que acarrea la sustitución de trabajo humano por sistemas automatizados, puede preverse que el  ingreso de China, en actor gigante, al grupo exclusivo de las economías avanzadas nos aproximará, sin duda, a los límites del sistema social vigente, aun en el caso de que la elite que sucedió a Mao Tse-tung quisiera perpetuar la propiedad privada. Todo lo cual, a más de un siglo y medio del Manifiesto Comunista, evoca la imagen del aprendiz de brujo, liberando fuerzas que no controla y pueden llevarlo vaya a saberse adónde.

En ese marco, el “imprevisible” Trump quiere hallar un atajo para marchar hacia atrás y “rehacer la grandeza” norteamericana perdida. De allí el riesgo que representa su gobierno, empeñado en plasmar esa utopía reaccionaria. Con mirada crítica, deberíamos advertir que el magnate lidera, en el país del norte, una tentativa tan antihistórica como la que encarna Macri.

Córdoba, 03 de febrero de 2017

IZQUIERDA NACIONAL Y NACIONALISMO BURGUÉS ANTE LA NECESIDAD DE RECONSTRUIR EL MOVIMIENTO NACIONAL Y LIBERAR DEFINITIVAMENTE A LA PATRIA

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Alguna duda sobre la ocasión para publicar el texto tuve, a cinco días del 25 de octubre. Sin embargo, me impulsa a no dilatar el asunto la zozobra con que aguardamos los resultados del domingo, contrastando con lo que fue, hasta la muerte de Perón, el poder electoral sin rivales del peronismo.

Han pasado doce años, desde la llegada de Néstor Kirchner a La Casa Rosada. Los gobiernos que se sucedieron, hasta hoy, son lo mejor que tuvo el país, luego del ciclo del General Perón. Sin embargo, no puede soslayarse, frente a las ofensivas oligárquicas y ciertos contrastes que se materializaron después del conflicto con “el campo”, que a diferencia del primer peronismo, entendiendo por éste al que vimos antes de 1976, el kirchnerismo no pudo formar una fuerza electoralmente imbatible, que asegure la continuidad del proceso abierto después de la crisis del neoliberalismo. Dicho de otro modo, fue incapaz de superar la debacle y descomposición del movimiento nacional de mediados de los 70, prologo del golpe cívico-militar. Ahora bien, esa imposibilidad no fue casual, a nuestro entender; es mucho más que un “punto débil” o “fragilidad”, dentro de lo que suele llamarse “el proyecto”, palabra que en verdad carece de sentido si falta una formulación explícita de políticas y si nada se dice sobre la cuestión de cómo se construye el sujeto político apto para independizar al país, a partir un programa de liberación nacional que liquide para siempre el dominio imperialista (1). Sin esa construcción el gobierno popular sólo fue sostenido de modo constante por lo que ha dado en llamarse una minoría “intensa”, con la precaria simpatía de una masa de opinión despolitizada, oscilante y amorfa, que al recuperar la democracia –atontada frente a la crisis del peronismo clásico luego de su desempeño de la década del 70– fue incapaz para prever el fraude alfonsinista, convalidó más tarde el privatismo de los 90 y reaccionó sólo cuando el caos del 2001 la golpeó en la cara; sin adquirir, no obstante, opiniones firmes, carente de reflejos ante la demagogia oligárquica.
Es el objeto de este trabajo examinar las razones que determinaron el fracaso del kirchnerismo en la empresa –reconstituir ese bloque de poder popular–sin cuya consecución los comicios (la oligarquía desafía hoy electoralmente al campo popular/contra Perón debía violar la legalidad, apelar a la proscripción, imposibilitada de batirlo en elecciones libres) representan un motivo de angustia para el pueblo argentino y los militantes comprometidos con el interés nacional. Y, sin limitarnos al cuestionamiento, señalar qué creemos que debe hacerse para reconstruir hoy al Frente Nacional, herramienta insustituible para unificar a las fuerzas del pueblo argentino y liberar la patria definitivamente.
Hace cuatro años, en otro texto, hemos dicho (lamentablemente, acertando) que la modalidad verticalista impuesta apriorísticamente por Néstor Kirchner era un impedimento para lograr la emergencia de un movimiento popular cualitativa y cuantitativamente fuerte (2). Decíamos, en aquella oportunidad, que Perón impuso la conducción vertical luego de consolidar su relación con las masas, no antes de lograr tal cosa. Era previsible, no obstante, que la cúpula peronista actual –no lo ignorábamos, entonces, y toda la experiencia posterior lo confirma– careciera de la audacia del coronel del 45, que asumió el riesgo de ser desbordado por los trabajadores que su acción había movilizado. Aunque debe decirse, para justipreciar de modo ecuánime todos los factores que estaban en juego, que el joven militar contaba con el respaldo de las Fuerzas Armadas, para imponer límites al movimiento de masas (3).

El kirchnerismo y sus tentativas de reconstruir fuerzas

Conviene recordar que Néstor Kirchner advirtió sin duda la necesidad de reconstruir las fuerzas degradadas en los 90; por eso rechazó la presión del PJ, que pretendía ser su apoyo exclusivo y secundar el viraje encarnado por el sureño, pero era renuente a respaldar sus propósitos de ampliar la base de apoyo político. Kirchner porfió, con la fórmula de la “transversalidad” y más tarde insistió con la “concertación plural”. Había en ambos casos una noción difusa, pero en principio justa, de que el sistema político carecía de representatividad y las canteras en las cuales había que basar su reconstrucción eran múltiples y estaban dispersas, después de la crisis de las fuerzas tradicionales, cuestionadas en el 2001 por su responsabilidad en la entrega del país y la falta de fidelidad a sus mejores antecedentes. Al mismo tiempo, la reconstrucción industrial y una política de seducción hacia el movimiento sindical y la clase obrera, vigentes por entonces, buscaban cimentar bases de apoyo en la “columna vertebral”, sin cuyo respaldo es imposible enfrentar al poder oligárquico (4).
Esa perspectiva, sin embargo, para crear cimientos, debió apoyarse en un debate amplio sobre el pasado inmediato y la crisis de los partidos, indagando sobre los orígenes de la decadencia del país, que condujo al caos del 2001; no para buscar un chivo expiatorio, sino para actualizar las bases doctrinarias del campo nacional, sin temor a examinar la descomposición sufrida tras la muerte de Perón, en 1974. Y esos exámenes, a su vez, solventar la lucha por democratizar y recomponer las fuerzas populares, sin temor a crear formas que facilitaran el protagonismo popular, no ya el acompañamiento pasivo del viraje hacia lo nacional. No se cuestiona el uso de maniobras tácticas, los intentos de fragmentar al bloque enemigo, el empleo de medios de diverso orden para sumar incluso aliados dudosos, pero dichas acciones debían subordinarse al asunto central: consolidar un sistema de cuadros políticos, promover el compromiso patriótico y la claridad de ideas, con líderes emergentes de una movilización de masas conscientemente estimulada. Es sabido que esto, que era imprescindible para hacer algo más que una maniobra limitada a lo circunstancial y fugaz, brilló por su ausencia y “la selección del personal” fue ante todo la cooptación de oportunistas listos a prometer “fidelidad al jefe”… a cambio de cargos. Pero, sería un error creer que esos “defectos” derivan de la personalidad del líder popular. En realidad, su explicación remite a la mayor dificultad del nacionalismo burgués, ante la tarea de conducir el frente nacional en países dependientes con cierto grado de desarrollo industrial y, por tanto, del proletariado: la ineptitud para soportar a un aliado insumiso, cuyos intereses y cuya conciencia lo inducen a preservar su autonomía y protagonismo, reclamando la cuota de participación sindical que Perón le otorgó en el seno del peronismo, participación cancelada, en las vísperas del menemismo, por la “renovación peronista”. El kirchnerismo, después de la muerte de Néstor Kirchner, ratificó esa exclusión, un factor principalísimo en la generación del conflicto con la CGT de Hugo Moyano, y las relaciones distantes con el movimiento obrero y la clase trabajadora que caracterizaron a los últimos años del ciclo actual. La derivación visible de ese divorcio fue la caída electoral del 2013 –Massa fue una “invención” del kirchnerismo, que le regaló dirigentes y bases de apoyo– y el único modo de hacer un balance crítico del asunto es juzgar los hechos con perspectiva estratégica: la crítica de los extravíos del camionero no debe ocultar la responsabilidad y miopía del propio gobierno y, sobre todo, ignorar la significación y el peso de la clase trabajadora en la política del país (5).

Algunas generalidades que interesa recordar

El socialismo revolucionario de la Izquierda Nacional se ha caracterizado por comprometer sus energías en la lucha del bloque nacional-popular y, en tanto seamos una fuerza minoritaria en el seno del mismo, por secundar a su jefatura nacional-burguesa. Partimos de la consideración, ignorada por las vertientes del “izquierdismo” abstracto, de que la contradicción principal, en el mundo actual, es la que opone al imperialismo mundial –en la jerga académica, los países “avanzados”, en los que pudo desarrollarse el capitalismo moderno en base al saqueo de todo el planeta – y su vasta periferia, los países coloniales y semicoloniales, sometidos económica, política y culturalmente por aquel puñado, que pudo alcanzar las cimas del capitalismo, pero cuya lógica de acumulación, señalaba Trotsky, lleva a que “los civilizados les cierren el camino a los que quieren civilizarse”. Eso significa que necesitan perpetuar el saqueo colonial, no por una carencia de “humanidad” de sus líderes y empresas, sino por razones de orden estructural: su desarrollo capitalista “nacional”, tras madurar, choca con la estrechez del mercado local y las contradicciones sociales que esto desata sólo pueden amortiguarse con el aporte creciente de la plusvalía extraída en el mundo “subdesarrollado”, que sustraen a la periferia, mientras ésta lo permite, con el resultado de privarla de los medios que necesita para su desarrollo económico y bienestar social. Esta situación, descripta y analizada a fondo por Lenin, se torna más aguda, hoy, por el carácter particularmente depredador de la etapa senil del capitalismo central, que ha generado la hipertrofia del sector financiero; sin anclaje en la producción real de bienes, ese monstruo insaciable exige la sangría creciente de los pueblos, aún en los centros de su poder global, donde gozaron otrora del “estado de bienestar”.
Al mismo tiempo, sin vacilaciones, hemos marcado los límites del nacionalismo burgués, con el cual compartimos –sin disimular sus inconsistencias, y ofreciendo a las masas nuestro propio programa nacional democrático, que se propone liquidar para siempre el dominio extranjero y el saqueo del país– la lucha contra el imperialismo y sus aliados locales, aunque nos distinga en la tarea una voluntad más firme. El análisis del bloque dominante revela que el imperialismo no es en nuestras patrias un “factor externo”: su presencia en el seno del país se manifiesta en el predominio de grandes firmas de capital extranjero, con papel dominante en áreas claves de la economía nacional. Comprobar tal cosa es algo simple: basta con observar, por ejemplo, lo que muestra el ciclo del dominio británico, cuando los ferrocarriles, los bancos, los frigoríficos y los puertos estaban en manos del capital inglés; o, en nuestro presente, establecer el origen de las 400 mayores empresas residentes en la Argentina y su participación desmesurada en el PBI y las exportaciones. Opera a su vez, como reflejo y garantía de la preservación del status dependiente, una penetración cultural también avasallante. En dichas condiciones, que son las típicas del “tercer mundo”, los revolucionarios socialistas deben asumir como propia la lucha empeñada por los movimientos nacionales, cuyo propósito consiste en liberar al país del yugo extranjero, aun cuando, por la inmadurez relativa de la clase obrera –algo que se expresa en el incipiente desarrollo de la propia organización socialista revolucionaria– la lucha nacional sea liderada por alguna variante del “nacionalismo” burgués, que ha ganado la primacía al levantar las banderas –reiteradas en la periferia– de la independencia económica, la soberanía política y la redistribución del ingreso, en beneficio del consumo y la capitalización del país.
Aunque la “izquierda” colonial quiera ignorarlo, desde los primeros años de la Revolución Rusa hasta hoy, una vasta obra ha tratado el tema, con textos clásicos de Lenin y Trotsky, cuyas tesis pioneras, enriquecidas luego por otros marxistas, fueron corroboradas por la experiencia viva, a lo largo del siglo XX, en todo el planeta, sin exceptuar hechos históricos grandiosos como la Revolución China, la gesta vietnamita, y las luchas actuales por la unidad latinoamericana, que prologaron otros combates anteriores. En cada uno de los casos citados es posible encontrar, bajo su forma particular, una reiteración de las dos constantes señaladas por el marxismo, con respecto a la lógica que caracteriza los conflictos entre el poder imperialista y los pueblos de la periferia: 1) la opresión imperialista genera en el seno del país oprimido, como respuesta ante el saqueo, un movimiento nacional, que procura impedir (con moderación) o poner término (más decididamente) a la fuga de sus recursos que, como se ha dicho, privan al país de la renta de su trabajo, impidiendo que se destine a cumplir el ciclo de la reproducción ampliada y, en más de un caso, atentando contra la mera subsistencia de las mayorías, penurias acompañadas por el atropello político, la asfixia cultural y el racismo de las metrópolis. El contenido original de la lucha revolucionaria –visto de otro ángulo, el interés común del conjunto de las clases y sectores que concurren al bloque antiimperialista– es por consiguiente nacional-democrático-popular. De ningún modo, como piensan los ultraizquierdistas, ese bloque puede encontrar en “la burguesía” a su enemigo principal, ya que ese rol está ocupado por el imperialismo y sus aliados, las clases interesadas en sostener sin variantes el poder extranjero, que brinda a sus socios un lugar relativamente privilegiado (con relación al status del mundo atrasado); 2) la burguesía “nacional”, que desea crear un país semejante a los países centrales, es incapaz de advertir que su atraso histórico (y mezquindad de visión) le impiden cumplir esa tarea, y niega el hecho de que el único actor estratégicamente nacional en el mundo colonial es el Estado, si no esterilizan su rol económico las formaciones burocráticas, lo dirigen patriotas, y se imponen mecanismos que lo preserven de la depredación de las empresas privadas y las deformaciones alimentadas por el atraso relativo del país. Es que el impulso a constituir la nación, como ámbito geopolítico del desarrollo capitalista pleno, una tarea histórica que maduró en el seno de la Europa feudal, no nace, entre nosotros, del desarrollo “natural” de la sociedad burguesa, tal como ocurrió, con las particularidades de cada caso, en los países centrales. Es el fruto, por el contrario, de las condiciones de asfixia que impuso a la periferia la expansión imperialista, la fase decadente del capitalismo de las metrópolis. El poder económico del capital extranjero y la “burguesía compradora” asociada a él, es dominante y las burguesías de la periferia son muy débiles y mezquinas, frente al pueblo llano, y de modo particular ante las clases obreras que vinieron al mundo, en nuestros países, paridas en parte por la exportación de capitales del ciclo imperialista, y en parte como fruto del desarrollo fragmentado de la economía nativa. El empresariado “nacional” disputa con el imperialismo por el mercado interno, pero ese hecho no anula, sin embargo, su propensión a respetar y reverenciar a sus empresas emblemáticas, un factor contradictorio que deriva por un lado de la ideología burguesa, pero también de su dependencia material de aquellas y de lazos de diverso orden que, en momentos críticos, se sintetizan en la defensa del orden establecido, de la propiedad privada y la explotación de los obreros.

Contradicciones características del nacionalismo burgués

Impulsada por la defensa de sus intereses objetivos, peleando su lugar en el mercado interno, la burguesía nacional debe, a su pesar, promover la resistencia del país sometido; busca liderar a las masas populares, sin cuyo apoyo es impotente frente al enorme poder del imperialismo mundial y sus socios nativos. Se le impone movilizar a las clases mayoritarias, pero teme que las mismas escapen a su control y pongan en cuestión sus privilegios sectoriales, al cuestionar la legitimidad del orden vigente, dentro del cual los burgueses estiman su lugar de segundones bien comidos, lejos de las penurias del pueblo llano, al que no respetan, ni creen apto para ser el protagonista de la transformación necesaria. Dicha situación, contradictoria en extremo, se plasma al fin creando una situación aparentemente paradójica: por una parte, el discurso (y las acciones, si está en el gobierno) del nacionalismo burgués generan entusiasmo entre las masas populares (6), ya que promueven el empleo y el consumo, aunque sus medidas irriten al propio empresariado, que desea beneficiarse con bajos salarios, y alientan los ímpetus de la liberación nacional, la resistencia política del país sometido.
Nada tiene de extraño que, con esos estímulos, tienda a desarrollarse una militancia popular, y a buscar caminos para “profundizar” los cambios. Es comprensible, asimismo, que la jefatura burguesa procure lograr que esas energías sostengan su política, pero no adquieran, al mismo tiempo, un dinamismo y clarificación de fines que puedan desafiar la mezquindad reformadora del empresariado “nacional”, incapaz de concebir una verdadera revolución. La sola amenaza de un desenvolvimiento tal conduce al liderazgo nacional burgués a poner en práctica fórmulas que esterilizan/asfixian esa voluntad de protagonismo, impidiendo que “los de abajo” puedan incorporar demandas incompatibles con la visión burguesa de lo que debe transformarse, que excluye afectar el “respeto a la propiedad” (7). Sin ignorar otros factores, reales pero de orden subordinado y accesorio, esas contradicciones generan la emergencia de formas bonapartistas de liderazgo, que son típicos del mundo periférico (jefes que “arbitran”, entre sectores sociales contrapuestos del bloque antiimperialista, en términos congruentes con la naturaleza social del nacionalismo burgués) y son el secreto del modelo verticalista de conducción política, con el cual se neutraliza el protagonismo popular, aunque se cacaree la participación y la iniciativa popular …mientras no se trate de tomar decisiones. Los mecanismos que impulsan un modo pasivo de participación popular se apoyan en la pobreza de formación doctrinaria y el ahogo o el desaliento al debate político e ideológico –pretextando que el liderazgo tiene el monopolio del saber qué hacer– y en una estructura llamada “movimientista”, carente de intermediarios entre la conducción y las bases, ya que el papel de los organismos y cuadros –que deberían ser el esqueleto de esas fuerzas– lo cumple, a su modo mediocre, y empantanando más de una vez las iniciativas de la cúpula que declara amar, un sistema burocrático de funcionarios, cuyo única función es “obedecer y reverenciar al jefe” (8).

Teoría y práctica de la conducción verticalista

La defensa del modo de conducción vertical, en el terreno ideológico, se basa en suponer que la crítica del verticalismo sólo puede llevar a la defensa de “la horizontalidad” (obviamente, un planteo “bienintencionado”, pero impracticable; de filiación anarquista, no marxista). El ardid, obvio, de “ganar” el debate luego de inventar un oponente bobo, tiene patas cortas. Es sabido (salvo para los anarquistas, duchos en desarmar al campo popular, delirando con La Anarquía) que el movimiento de masas requiere una conducción, si quiere enfrentar al bloque enemigo. Pero el apologista a ultranza del “líder indiscutido”, omite decir que ese asunto ha merecido ya mucha reflexión, desde el campo marxista. Una abundante biblioteca analiza estos temas: el carácter de la democracia burguesa, donde no se “gobierna” de modo directo, sino “por medio de los “representantes”; las experiencias, hasta hoy efímeras, pero a las cuales se debe prestar atención, de modos de centralización y gobierno por medio de órganos de las masas (soviets, consejos o juntas populares); la construcción del “partido revolucionario”, para el cual (Lenin) se postula una fórmula denominada “centralismo democrático”, noción que articula el debate irrestricto de las tareas políticas con el compromiso militante y la disciplina partidaria, y coloca en manos de una dirección colectiva elegida por la totalidad del activo partidario la función de conducir a esa totalidad, a la que no se adjudica un rol pasivo. Volveremos a estos planteos más adelante, buscando extraer enseñanzas prácticas para las exigencias que impone la lucha por la unidad y liberación de Latinoamérica, cuyas experiencias pasadas deben examinarse, para evaluar sus avances, pero también y especialmente sus trágicas caídas.
Una justificación más sutil del liderazgo verticalista se funda en atribuir al modelo bonapartista un carácter fatal: se trataría de un fenómeno inevitable en las condiciones del mundo colonial y semicolonial, donde con razón cabe hablar de cierta inmadurez en la formación de las clases y estructuras sociales, en particular de aquellas que se sienten expresadas por el movimiento nacional, por compartir las banderas de independencia nacional, soberanía política, justicia distributiva. Aunque se puede hallar algo semejante en planteos efectuados por la Izquierda Nacional, esta comprobación sólo nos lleva a formular como autocrítica el replanteo del tema, que se debe examinar sin pruritos. La verdad es siempre concreta, se ha señalado. El carácter policlasista de los bloques antagónicos es innegable en nuestras sociedades. Es cierto, además, que la única clase “madura” del país colonizado (9) detenta no sólo con el poder económico; es la que impuso al país su propia ideología (“civilización y barbarie” es la piedra angular), reflejo de la satelización a los centros imperialistas, logrando que reinaran como las ideas dominantes en la colectividad, con aptitud para arrastrar hacia ciertas políticas a los sectores intermedios y a la “intelligentsia” semicolonial, alienados emocionalmente por las luces del “primer mundo”, al que idolatran sin comprender. Pero no es cierto que el “jefe providencial” sea el único modo de generar una conducción de las fuerzas nacionales; menos aún, la conducción más acorde a la necesidad histórica. Esa suposición es, en definitiva, una extorsión: si el liderazgo verticalista es insustituible, postular otra fórmula es igual a negarse a liberar a la Argentina. Se ignora, con alevosía, el aventurerismo implícito en la idea de subordinar a la sobrevivencia de un hombre, por excepcional que sea, el destino nacional.

El nacionalismo “espontaneo” y el partido marxista

El nacionalismo burgués, cuyos límites estructurales le impiden cumplir, en esta época, y luego del agotamiento del programa del 45, la tarea de reconstruir el frente nacional en los términos necesarios para derrotar al imperialismo, fue derrotado, por esas limitaciones, sin completar su misión –y justamente, por ineptitud para concluirla–, en 1955 y 1976; en 1983, la memoria del caos y la descomposición desatada después de la muerte de Perón y los feroces episodios que acompañaron la lucha entre sus fracciones internas, lo llevó, por primera vez, a la derrota electoral, que sólo “superó” para llevar adelante, liderado por Menem, la mayor tentativa de destrucción de la Argentina burguesa del primer peronismo. En ese marco, interesa establecer las razones profundas que le permitieron resucitar y canalizar el viraje generado por la crisis del 2001, con la promesa de construir un “capitalismo serio”. Promesa que, en doce años, pese a los méritos del ciclo kirchnerista, no logró la fortaleza programática, y el nivel de autonomía nacional alcanzado en el ciclo que frustró la llamada “revolución libertadora”.
Si dejamos de lado las particularidades del caso, el secreto de esa perdurabilidad política debe buscarse en lo que tienen de común los países de la periferia colonial y semicolonial. En todos los casos, la depredación imperialista genera espontáneamente fuerzas que se rebelan contra la situación opresiva, encarnaciones de la necesidad de defender el país. Si, como ocurrió en la Argentina, tras la crisis mundial de 1930, se alcanzó un desarrollo industrial autóctono, aunque parcial e hipertrofiado, un conjunto de clases y fracciones sociales, con avances y retrocesos, ha de buscar canales para luchar por el sostenimiento de un capitalismo nacional. Tras la debacle del 2001, el notorio viraje que esa coyuntura generó en el seno de la sociedad argentina no encontró un cauce más adecuado que el ofrecido por Duhalde (con mezquindad extrema y concesiones imperdonables hacia los mismos grupos de poder económico antes beneficiados por el ciclo neoliberal), primero, y Néstor Kirchner, después, con una coherencia y profundidad mayor; todo lo cual confirma la regla señalada por los marxistas sobre los cambios de frente de la burguesía “nacional”, su oscilación constante entre el enfrentamiento y la subordinación al bloque imperialista; conducta que genera, en definitiva, la sucesión de ciclos de predominio oligárquico con intervalos en los que se impone (de modo transitorio) el nacionalismo burgués; un eterno recomenzar, al modo de Sísifo, que frustra siempre las oportunidades del país. Salvo que la acción de un partido marxista con base obrera y popular gane para su propio programa nacional –el programa nacional de una alianza plebeya– a las grandes masas, no será posible superar los ciclos de ascenso y derrota, ese recorrido circunvalar. Sin embargo, roto el “eterno retorno”, y abierta la ruta de una salida revolucionaria, ante el peligro, las clases explotadoras cancelarán sus diferencias; la burguesía “nacional”, al menos su estrato más elevado, derivará hacia el bloque oligárquico-imperialista. Pero tendremos patria, definitivamente.
No obstante, en esa situación no ingresaríamos, como puede suponerse, a la construcción de una sociedad de tipo socialista, que, si se la entiende debidamente, sólo será viable después de alcanzar una plataforma de desarrollo integral que no sea inferior al que rige hoy en el mundo avanzado. Es que no se trata de “socializar” el atraso y la escasez consiguiente, sino de lograr con métodos revolucionarios la continuidad del proceso de reproducción ampliada, lesionada hasta hoy por el despilfarro oligárquico y la fuga de capitales, inevitables mientras prevalezca el “derecho” de propiedad como valor absoluto –aun cuando lesione el derecho a vivir de toda la sociedad–, que la ideología del capitalismo ha ubicado por encima de la patria y el interés de las grandes mayorías. Desde luego, implicará, sí, una democratización de la vida económica; el desarrollo, junto a un Sector Estatal, de un Sector Privado de empresarios medios y pequeños, cooperativas y áreas de economía social, junto a empresas colectivas que sean administradas por sus propios trabajadores.
La paradoja, formal, es que para realizar la revolución nacional (burguesa) de un modo efectivo sea necesaria la ideología socialista –al no sacralizar el derecho de propiedad, no se retrocede en presencia de la propiedad oligárquica y el desvío parasitario de la renta–, cuya naturaleza social, no alienada a la defensa del régimen capitalista, le permite impulsar la democratización interna del movimiento de masas –facilitando su transformación en factor activo de la política y la economía nacional–, democratizar socialmente el país, liquidar definitivamente el dominio imperialista. Lo paradojal, sin embargo, es aparente: se trata de la lógica de la lucha de clases.
Naturalmente, esto no significa que la democratización interna del movimiento de las masas interese exclusivamente a la Izquierda Nacional. Por el contrario, esto es vital para coronar con éxito lo que las mayorías populares necesitan para vivir, el nacionalismo burgués promete que realizará y sus contradicciones internas lo llevan a traicionar, objetivamente. En el plano de la subjetividad, por otra parte, las tradiciones democráticas del pueblo argentino, enraizadas en las clases medias y el impulso transformador de las capas más postergadas de la sociedad semicolonial, en general, invisten de legitimidad nuestra apelación al protagonismo popular; el propio nacionalismo popular se ve obligado a plantear el problema de la organización política y el papel del pueblo en esa construcción, negando en los hechos lo que predica de palabra. Es sabido que Perón, que reclamaba que sólo “la organización vence al tiempo”, practicaba la política de impedir como fuera la organización del peronismo, que debía limitarse a obedecer sus órdenes supuestamente infalibles. Algunas interpretaciones vieron en esta modalidad un “vicio profesional”, derivado de los hábitos de la vida militar: Pero, si así fuese, carecería de explicación que ese modelo verticalista sobreviviera y fuese seguido al pie de la letra cuando la cúpula del movimiento fue ocupada por Néstor y Cristina, figuras civiles que en modo alguno formaron su carácter en el mundo del cuartel. Metafóricamente, cabe decir que la naturaleza de clase opera para seleccionar sus agentes idóneos e imponer su fatalidad al carácter de las personas, en definitiva. En el momento en que escribimos estas líneas, para ratificar el modelo, transformado en tradición, hay una sorda pugna en torno a la perdurabilidad del liderazgo de la presidente, ya que Scioli, de consagrarse presidente, “deberá” ser el nuevo jefe, obviamente verticalista, como lo anticipan sus seguidores, al sincerarse.

El partido marxista se crea y afianza construyendo las fuerzas nacional-populares

Ahora bien, si la opresión imperialista genera en las mayorías del país oprimido, por oposición, las condiciones que impulsan la regular aparición de un movimiento nacional y la naturaleza de sus banderas será necesariamente nacional-democrática, su efectiva conformación dependerá de la existencia de un factor aglutinante –en el peronismo histórico ese rol fue cumplido por el Ejército nacionalista– y el éxito de la empresa dependerá de su aptitud para ganarse el apoyo de las grandes masas, y muy particularmente de la clase obrera –si el país, como ocurre con la Argentina, cuenta con una plataforma industrial y de servicios relativamente moderna. En estos años, como nueva tentativa de reconstruir una fuerza semejante –la existencia inercial, por “horror al vacío”, del atomizado peronismo, no lo liberaba de la crisis de representación, que se manifestó a fines del 2001– la necesidad se encarnó en un liderazgo pequeño burgués, de ideología “progresista”, imbuido de ilusiones de corte desarrollista, que dio sin duda lo mejor de sí, pero fue incapaz para agrupar en torno suyo a una mayoría sólida y consolidar ese respaldo, por sus concesiones y erróneas expectativas respecto a sectores de la gran burguesía –pretendió identificarlos como burguesía nacional– y por los límites y prejuicios que puso de manifiesto al relacionarse con la clase obrera y el movimiento sindical, sin cuyo protagonismo no es posible reconstruir el movimiento nacional (10). A nuestro juicio, estos rasgos específicos deben inscribirse dentro del cuadro, más general, de la imposibilidad histórica de recrear el frente nacional del 45, para no hablar del verdadero desafío de conformar una alianza de las clases “plebeyas”; reunir en el seno del bloque nacional a la clase obrera y las clases medias, en los términos señalados en este mismo trabajo.
Ahora bien, si el nacionalismo burgués no puede lograr la emancipación nacional (si, tomando en serio el alcance latinoamericano que dicha emancipación exige para ser viable, se considera la necesidad de una construcción política continental, esta conclusión será más pesimista, aun, en cuanto al nacionalismo) y del éxito en dicha empresa depende el porvenir, ¿cómo construir un movimiento nacional no sometido a la burguesía “nacional”? Las bases histórico-sociales son las que provee el país real; no se “inventan” condiciones objetivas; y la mera frustración, tantas veces vivida, no generará espontáneamente una “superación”: los impedimentos, en tal sentido, son ideológicos, políticos, metodológicos, y responden a un factor inmodificable, cual es la naturaleza de clase de las conducciones burguesas. Sin la presencia de un actor nuevo, cuya acción permita superar esos límites, las mayorías nacionales reiterarán sus giros sobre la noria frustrante, “esperando a Godot”, o atomizadas y carentes de una identidad firme. Ese actor es, aunque debe probarlo ganándose en la lucha la confianza de las mayorías, un partido marxista de izquierda nacional, que no surgirá parido por la espontaneidad, ni “heredará” la fuerza y estructuras creadas por otros, para otros fines, a menos que ocurra una catástrofe y que ese partido cuente con un mínimo desarrollo. Sus cuadros son una “creación de la teoría” (Lenin) o, dicho de otro modo, la traducción organizativa de una ideología totalizadora y una voluntad consciente, cuyo propósito es representar a la clase obrera en la sociedad burguesa, y, en el caso particular de un país oprimido por el imperialismo mundial, nace para luchar junto a las fuerzas nacionales y disputar la conducción de una revolución burguesa que la burguesía “nacional” no puede concluir y abandona siempre a mitad de camino. Esa situación, singular, que va a determinar todas sus tácticas, le impone constituirse como representación nacional y articular las fuerzas del bloque antiimperialista, en base a un programa que orienta lo nacional profundizando lo social y sólo apoya lo nacional-burgués, al decir de Trotsky, “en determinada dirección”.
El punto de partida es la conformación de un núcleo de difusión ideológica, sin cuya existencia es imposible avanzar en la construcción partidaria propiamente dicha. En ese primer estadio, si caracterizamos al partido, en gestación, podemos juzgarlo como representación histórica de la clase obrera. Para que logre revalidar su entidad en los hechos, deberá probarse, y acrecentar sus fuerzas en la construcción de fragmentos del frente nacional que, antes de transformarse en un nuevo movimiento nacional de las masas, van a fortalecer a las fuerzas nacionales, con el aporte de una visión ideológica totalizadora del mundo, un debate abierto de los grandes problemas de la patria y el pueblo, y métodos democráticos en la toma de decisiones, atento a: (1) la necesidad de fortalecer desde sus soportes al movimiento popular; (2) enfrentar las tentativas de fracturar al pueblo y (3) generar formas de selección de los jefes basadas en su idoneidad para ser reconocidos por las propias bases como dirigentes naturales, cuyo peso y prestigio no sean el fruto de ningún “dedo”. En esa senda, por inserción real en frentes de masas, la “representación histórica” se irá transformando en la expresión política de sectores del pueblo, hasta transformarse en la identidad del pueblo mismo.
La Izquierda Nacional sólo supo cumplir esa tarea (durante la dictadura militar de Onganía) en el movimiento estudiantil(11), abandonándola en 1971 para construir un partido con personaría electoral que ampliaba el ámbito de difusión de sus ideas y la ponía a prueba en el escenario de la política pública; pero constituía sin embargo, curiosamente, un retorno a las modalidades de la etapa “superada” en el frente estudiantil, ya que la posibilidad de incorporar a nuestras tareas a otros militantes dependía otra vez de su identificación con el Socialismo de Izquierda Nacional, que ese era el ideario del FIP, siendo insuficiente una adscripción al nacionalismo democrático, como fue el caso de las Agrupaciones Estudiantiles. Como corroboración de este aserto, el FIP fue sólo la expresión jurídico-electoral del PSIN (12); una mera fachada del partido marxista, de ningún modo una formación frentista apta para reunir y movilizar fuerzas de signo nacional-democrático-popular, a partir de su decantamiento por el programa nacional de la clase obrera. A nuestro juicio, este fue nuestro error más grave de aquel momento y no, como se ha querido sostener más tarde, la táctica electoral, u otras cuestiones, importantes, pero derivadas de aquel, o más puntuales (13).
Y no hablamos sólo de formas y contenidos programáticos, aunque sean significativos. Se trata además de los presupuestos mismos a partir de los cuales se aborda (o debe abordarse) –en el momento en que pasamos de la propaganda general a la lucha por insertarnos en frentes de masas– la pugna por transformarnos en expresión política de un sector determinado, como paso previo a lograr tal cosa en la escala más vasta del frente nacional. Porque ahora partimos, para usar una fórmula actualmente en boga, de una “demanda” político-reivindicativa parcial, para “descubrir” con otros como dicha demanda se articula con lo general, durante el trayecto de una lucha por organizar núcleos (que compartimos, sin disolver la organización propia y sin diluirnos) que busquen satisfacerla (14). Un enfoque adecuado de los problemas implicados en esa empresa –sólo posible desde una visión general comprometida con el destino de las mayorías– habrá de incorporar esa lucha parcial a la lucha nacional del pueblo y la patria, si los actores de la acción asimilan la conclusión (previsible, para la teoría) de que “no hay salvación sino es con todos”.
Si omitimos el caso de los intelectuales marxistas y otros individuos aislados que normalmente llegan al campo revolucionario movidos por una visión crítica de la sociedad, que los impulsa a la acción, las multitudes llegan al movimiento nacional movidos por la presión de los intereses de clase, y, más inmediatamente, por la necesidad de apelar a la movilización de masas cuando se busca encontrar una respuesta efectiva a demandas legitimadas por la cultura y la tradición, y la ruina del régimen vigente niegan la satisfacción de anhelos naturalizados. Sólo entonces la realidad (social) busca a “la Idea” (Marx). Consecuentemente, si “la Idea” ha de facilitar el encuentro, es necesario que los propagandistas de la transformación estructuren fuerzas que partan de lo real (una demanda político-reivindicativa sectorial, desde el cual se “descubren” los nexos con lo general –el programa nacional de la clase obrera–, que por su contenido será nacional popular, pero las conducciones burguesas tienden a rechazar, o a ceñir a “su” visión, porque conducen el conflicto fuera de su alcance, al poner en cuestión un sistema al cual sólo pretenden retocar). La difusión de ideas, por consiguiente, ha cedido la prioridad a la agitación política, clima en el cual surgen habitualmente líderes naturales, los que serán destinatarios de un diálogo en profundidad, en el cual “la Idea” y las masas se enriquecen en la experiencia, y se entrelazan en la perspectiva de facilitar la emergencia del protagonismo popular (15).
En el ciclo descripto el partido revolucionario prueba su condición de factor necesario, ante los ojos del pueblo y la militancia popular. Como resultará obvio, la construcción implica crecer en la estima de todos los actores del movimiento nacional y, en consecuencia, sostener el terreno ganado hasta el presente, ya que la continuidad de un proceso de luchas viabiliza y facilita toda perspectiva de profundización política.

Algo más, sobre “la sucesión histórica”

En el pasado, la Izquierda Nacional, y especialmente su mayor vocero, Jorge Abelardo Ramos, intentando prever las condiciones en las cuales el partido marxista podría ganar la conducción del movimiento nacional-popular, solía decir que la burguesía “nacional”, en algún momento, “arriaría las banderas” de la Independencia Económica, la Soberanía Política y la Justicia Social, y que en esas circunstancias las masas nos verían sostenerlas en alto, transfiriéndonos la tarea de llevarlas adelante(16). Personalmente, creo que se trata de un planteo fatalista, apoyado en la verificación de las “sucesiones históricas” del pasado nacional. A mi modo de ver, la profecía aquella, que todos compartíamos, o no cuestionábamos, subestimaba el problema de crear un sistema de cuadros estable, con inserción real en las clases populares, aunque se trate sólo de fuerzas minoritarias, como condición para poder aspirar efectivamente a constituirnos en polo de un reagrupamiento de las grandes mayorías, ante una crisis de conducción del movimiento, o al emerger una situación que frustre las expectativas depositadas en él. Más allá del dato de que el mismo Ramos, al presentarse la ocasión, con el giro menemista, terminó sumándose al abandono de las banderas nacional-burguesas, consideramos que el peso del aparato político y la ideología burguesa del movimiento nacional, en condiciones análogas, si el partido marxista no alcanzó a reunir esa “masa crítica” capaz de tornarlo una alternativa real, lo esperable es más bien la degradación y el retroceso del campo popular; la desmoralización política, tal como ocurrió en la década del 90. El “trabajo gris” del que hablaba Lenin y la paciencia del constructor, sin perder en el camino la capacidad para advertir esos bruscos virajes que suele usar la historia para descolocar a los rutinarios, no podrán suplantarse con los recursos de la alquimia.

Córdoba, 17 de octubre de 2015

Notas:

1) Dice Aldo Ferrer, con referencia a los “países exitosos”: “En los casos mencionados la concentración del ingreso coexistió con elites y liderazgos empresarios nacionales capaces de acumular sus excedentes y, consecuentemente, aumentar la inversión y la tasa de crecimiento. Una cosa es, en efecto, la concentración del ingreso en elites inclinadas al despilfarro y otra en aquellas con vocación de acumulación de poder en sus propios espacios nacionales”. Ver “El capitalismo argentino”. FCE. 1998
2) Nos referimos a la nota “La conducción vertical, después de Perón”, del autor.
3) No es posible, en los marcos del trabajo, hacer un análisis más exhaustivo del tema de las diferencias entre uno y otro momento histórico, sin limitarnos a señalar “la audacia de Perón”. En la nota al pie siguiente, intentamos dar un fundamento más general.
4) Cabe hacer una observación puntual, en relación a esto: se habló mucho en estos años de “volver a enamorar” a las clases populares. Sin ignorar el valor de generar trabajo, y restablecer derechos perdidos con el neoliberalismo, es difícil pensar que con solo eso pueda recrearse una pasión popular. En la década del 40 Perón elevó socialmente a los trabajadores a una condición social cualitativamente distinta a la anterior, ingrediente insustituible para ganar el corazón de una clase sumergida… junto al odio visceral del campo oligárquico y los sectores aferrados a la jerarquización tradicional.
5) En el momento oportuno, ese conflicto dio origen a la nota “El conflicto gobierno-CGT y el rol político de la clase obrera”, del autor.
6) El entusiasmo popular no es el fruto de la “demagogia populista”, ni está manifestando alguna clase de “engaño”, por parte de las mayorías. En la “Ideología Alemana”, Marx nos explica que toda clase que aspira al poder debe presentar su interés de clase como “interés general de la sociedad” y (cito de memoria) que en su época de ascenso esto coincide hasta cierto punto con la realidad, ya que todas las clases emergentes, en mayor o menor grado, comparten una plataforma y un enemigo común. Si tenemos en cuenta (Lenin) que en los países atrasados se padece más “por falta de desarrollo del capitalismo, que por el capitalismo como tal”, nada tiene de extraño que los pueblos se movilicen para respaldar medidas que tienen como fin la ampliación del mercado en su propio país, lo que implica elevar el consumo de la mayoría. Por lo demás, al motor económico –tomando distancia del mecanicismo “marxista”– cabe añadir los estímulos culturales y emocionales ligados al rechazo del sometimiento nacional.
7) De allí el encono del mundo empresario ante las imprevistas y empíricas estatizaciones kirchneristas (nunca hubo un plan explícito, anticipatorio; se las justificó a posteriori en base a razones de hecho, no como parte de una visión general, en la cual el Estado ha de quedar a cargo de ciertas áreas, como único agente del interés general). Es obvio el hecho de que no por ello son menos valiosas y dignas de apoyo. Pero no respaldarlas a partir de una posición ideológicamente clara es sin duda una debilidad, manifestada en discursos de Cristina Kirchner, que necesita aclarar que no responden a una visión estatista, a pesar de que la experiencia prueba en los hechos la hipótesis general de que el capital privado sólo se guía por el beneficio inmediato y toda empresa de valor estratégico no puede ser entregada al mismo, si quiere resguardarse el interés general.
8) Describir un sistema es algo diferente a juzgar a las personas. En el gobierno de Perón, un ministro insigne como Ramón Carrillo llevaba adelante con gran visión, y pericia de sanitarista, una tarea que estaba lejos de responder a indicaciones puntuales del líder y estaba inserta, no obstante, en el marco aquél señalado por el General al decir que lo rodeaban “adulones y chupamedias”. Pero, los casos singulares que desdicen la norma no pueden usarse para ignorar su existencia. Añadamos que, en el caso de Carrillo, era su acción acotada a lo “técnico”, sin incursionar ni inmiscuirse en el terreno de lo que se entiende habitualmente como “la política”.
9) Señalamos como “madura” a una clase provista no sólo de poder económico, sino al mismo tiempo de un universo cultural, que refleja la dependencia y el rol subordinado del país al imperialismo, pero es no obstante la única ideología de carácter totalizador que puede señalarse como ideología dominante, ya que impera en la colectividad y la provee de patrones, al servicio de la oligarquía, en nuestro caso.
10) Reflejando, y procurando justificar, esas limitaciones ha surgido cierto “revisionismo”, en ámbitos del kirchnerismo, que desea transferir a los desocupados y marginalizados el rol de vanguardia de la lucha revolucionaria, con el pobre argumento de que ellos “no tienen nada que perder”, mientras los trabajadores, socialmente incluidos, “se han vuelto conservadores”.
11) Se procuró analizar este desarrollo táctico y sus relaciones con el objeto de la presente nota en “La Izquierda Nacional y AUN: acerca del tema de la construcción del partido”.
12) Para hacer comprensible el significado de las siglas, cabe aclarar que el PSIN (Partido Socialista de la Izquierda Nacional) fue fundado en 1962, la táctica AUN (universidad) y ASENA (secundarios) fue madurada durante el gobierno militar de Onganía, Levingston y Lanusse (1966-1973) y el FIP (Frente de Izquierda Popular), el partido con Personería Electoral nacional y en las 24 provincias del país fue constituido en 1971, con el fin de participar en el proceso electoral abierto con el retroceso de la dictadura oligárquica.
13) Estas experiencias, entendemos, sin altanería, no merecieron una reflexión acabada de nuestra parte; y esos límites en la autocrítica, aunque no agotan para nada la cuestión, deben considerarse un factor concurrente en la crisis del FIP y el retroceso sufrido por nuestra corriente en un contexto histórico nacional y global de “crisis del pensamiento revolucionario”, que invita a eludir explicaciones reduccionistas.
14) En la versión expuesta por Laclau las demandas integran un “discurso”, no manifiestan las contradicciones de una realidad objetiva, exterior a la conciencia. El conflicto, como exteriorización una sociedad contradictoria, y la existencia misma de las clases sociales ha desaparecido, ya que “nada existe sin ser pensado”. Esta visión idealista sostiene en definitiva el orden vigente, se rinde a los pies de la burguesía “nacional”, y le permite dislates como sostener que La Cámpora es “la vanguardia” del pueblo argentino.
15) Como hemos señalado en otra oportunidad, esta esquematización del papel cumplido por la agitación política no implica desconocer que la propaganda (muchas ideas, para los elementos de vanguardia) es insustituible como herramienta para ganar y formar a la militancia popular.
16) En un reportaje para la revista “Confirmado”, en 1971, Ramos usaba el ejemplo chino. A tal punto, entiendo, se trataba de plantear una suerte de metáfora sin el valor de un diagnóstico apto para guiar nuestro trabajo práctico, que el vocero del FIP usaba un ejemplo muy poco ajustado a su hipótesis de “la sucesión”: las características del largo proceso protagonizado por el maoismo, en el que acertadamente se inventariaban las complejas y contradictorias relaciones de colaboración y rivalidad con el nacionalismo chino, no dieron lugar a una “herencia vacante”, que cayera súbitamente en manos de los marxistas. Al contrario, ocurrió que la fracción del movimiento nacional liderado por los comunistas, que ocupaban y administraban regiones del país mucho antes de que toda la nación cayera en sus manos, creció a costa del sector dirigido por Chiang Kai Sek, hasta tornarse al fin en una fuerza abrumadoramente mayoritaria dentro del conjunto de las facciones antiimperialistas, lo que impulsó a su vez al “nacionalismo” burgués, ya impotente para recuperar el control, a buscar el apoyo del imperialismo yanqui, lo que terminó de convencer a las mayorías del país de que Mao y sus fuerzas eran los únicos garantes de la independencia nacional y las aspiraciones sociales de la nación oprimida, incluidos sectores de la burguesía “nacional”.

LA IZQUIERDA NACIONAL Y AUN: ACERCA DEL TEMA DE LA CONSTRUCCIÓN DEL PARTIDO

Publicada en “POLÍTICA” – Año 9 – N° 15  – setiembre de 2014

No encuentro un mejor modo de rendir homenaje al cro. Spilimbergo, respondiendo al propósito de esta edición de POLÍTICA, que intentar el análisis de las tareas que implica la construcción del partido. No hay “momento” de la vida partidaria, desde el PSIN a Patria y Pueblo, pasando por el PIN, donde no esté presente un texto destinado a sostener el objetivo de conformar una fuerza marxista revolucionaria de Izquierda Nacional. Obras que aparecían “firmadas” por el partido, se sabía “entre nos” que eran el fruto del genio de Spili, poco interesado en su “lucimiento personal” y extremadamente atento a la necesidad de proveer a la formación de pautas que dieran claridad al trabajo partidario, establecieran rumbos, métodos y criterios de organización. Una muy escueta nómina de esos trabajos debería arrancar con “Clase Obrera y Poder”, la tesis aprobada por el  Tercer Congreso del PSIN, maravillosa síntesis de los rasgos centrales de la Argentina semicolonial y de las bases en que se funda la política nacional del socialismo revolucionario. Otro jalón, que no por su “modestia” fue menos “fundacional”, es el trabajo citado aquí, del que no tengo copia, que se publicó con el título “Algunas precisiones sobre la táctica”, para orientar las tareas de inserción inicial. Finalmente, la tesis “De la crisis del FIP a la fundación del PIN”, hoy republicada, establece la delimitación entre la degeneración “ramista” posterior al 77, su abandono de las banderas de la democracia política y su “militarismo” carapintada y los contenidos nacional-democráticos de una política socialista y nacional. Entremedio, y más directamente relacionados con el objeto de mi nota, una infinidad de textos acompañaron el desarrollo de “la táctica AUN” y de la campaña de afiliación que implicó la construcción del FIP en todo el país. Esa obra, por sus fines, anónima, fundamenta nuestra convicción de que si el “primer” Ramos era el más brillante propagandista de las ideas y la visión histórica del revisionismo marxista de la Izquierda Nacional, Spilimbergo fue el gran constructor de su fuerza partidaria. 

La tarea de construir un partido socialista de la izquierda nacional tiene hoy un atraso notorio, con respecto a la necesidad de que esa fuerza logre afirmarse y responder a las demandas del  tiempo histórico que vive el país y América Latina, demandas ante las cuales el nacionalismo burgués, que conduce hoy la política nacional, evidencia con claridad su incapacidad para obtener algo más que una victoria coyuntural –está comprometida la mera continuidad del proceso abierto a partir del derrumbe neoliberal, por no hablar de su imprescindible profundización– ante el imperialismo mundial, que precisa avasallarnos y descargar sobre la periferia la crisis global. Volveremos sobre la cuestión, pero cabe anticipar que, siendo la transformación que la Argentina exige de carácter nacional-democrático-revolucionario, pero no socialista, llevarla delante de un modo consecuente impone, no obstante, una ideología no comprometida con la defensa de la propiedad, en tanto la propiedad, burguesa, es el fundamento del dominio no burgués, sino oligárquico y rentístico, y por tanto opuesto a la reinversión productiva y la acumulación autocentrada que nuestro desarrollo necesita para escapar al despilfarro, la fuga de capitales y otros destinos no reproductivos.
En los primeros años de la década del 70, después de lograr un desarrollo de fuerzas militantes en el ámbito estudiantil y algún avance en el medio obrero, con la constitución del FIP en todos los  distritos electorales del país(1) el desarrollo partidario prometía  transformarnos en el ala izquierda del movimiento nacional, no ya en sentido histórico-ideológico, sino materialmente, por arraigo de masas. En ese estado, hoy envidiable,  era posible pensar que, en una situación de crisis general se pudiera ganar la influencia necesaria para ser la representación de la clase trabajadora, y hacer de ella –la tan mentada “columna vertebral”– una clase capaz de asumir el liderazgo del movimiento nacional, actualizar su doctrina, liquidar los métodos verticalistas y burocráticos de conducción que asfixian todo protagonismo popular y transforman a los cuadros en obsecuentes receptores de lo que decide una cúpula nacional burguesa (completamente impermeable a las presiones de abajo) que presume  ser “la depositaria del saber”, para sustituirla como conducción y conducir a la victoria a un bloque popular fortalecido en su extensión y en su aptitud para liquidar el orden oligárquico. Esa perspectiva, en ese contexto de la historia nacional, no era descabellada: pese al patriotismo del General Perón y a su enorme  prestigio y poder de convocatoria, el movimiento fundado en 1945 padecía contradicciones y límites estructurales. Se expresarían dramáticamente con su arribo al poder, en 1973.
En el presente trabajo queremos abordar el proceso de construcción que antecede al momento de la creación del FIP antes enunciado, sin interesarnos por la cuestión del retroceso posterior, que será abordado en un análisis posterior (2). Nuestro interés dista de ser académico: creemos que los desafíos candentes de la actualidad, entre los cuales se destaca –como en aquéllos tiempos, pero en otro contexto– la lucha por reconstruir los instrumentos políticos que aseguren el triunfo de las fuerzas populares y tornen irreversible la liberación nacional, aconsejan incorporar a la conciencia militante los datos de una experiencia que pudo transformar, en pocos años, a un círculo reducido de intelectuales revolucionarios en lo que hemos resumido como una acumulación de fuerzas de alcance nacional, capaz de merecer la atención de Perón, que consideró adecuado para sus fines electorales la realización del acuerdo que lo hizo también nuestro candidato a presidente, en las elecciones de setiembre de 1973 (3). No escapará al lector atento que un hecho tan significativo jamás podría ser casual.
Ahora bien, los textos en los cuales se intenta dar cuenta del tema de los orígenes y la historia de la corriente (4) no explican adecuadamente cómo fue posible que, en el marco del retroceso de la dictadura militar inaugurada por Onganía en 1966, frente a la decisión del Ejército de convocar a elecciones, un partido fundado en 1962 que apenas tenía al caer Illía unos cincuenta miembros en todo el país hubiese ganado la fuerza necesaria para llevar a cabo una tarea de afiliación masiva y       una acción política que le dio presencia en todo el país, aunque la suerte electoral se mostrara en desacuerdo con las expectativas previas, dada la polarización favorable a Cámpora (5). Al parecer, la interpretación del fenómeno del crecimiento del PSIN y la multiplicación de sus filas sería vista  como el fruto “natural”  de una coyuntura política que favorecía la nacionalización de la pequeña burguesía y (en términos más acotados) la radicalización política de la clase obrera, cursos durante los cuáles loa propaganda de las ideas de la Izquierda Nacional encontraba una receptividad antes inexistente. A nuestro juicio, esta es una verdad a medias, que ignora el valor de una reorientación en la acción partidaria cuyo sentido y naturaleza es fundamental entender, no sólo por motivos de “interpretación histórica”, sino por razones de interés práctico, que exigen la conceptualización de los problemas propios de la acción política, cuando se trata de avanzar desde el momento de los enunciados programáticos generales y la difusión de ideas, en base a los cuales pudieron formarse “los círculos iniciales”, a los siguientes pasos de la construcción del partido.

ALGUNAS PRECISIONES SOBRE LA TÁCTICA

De la jerga clásica de la teoría marxista es necesario rescatar(6) algunos conceptos, imprescindibles  para guiar la actividad práctica, a la que debe aplicarse una reflexión tan importante como la que se dedica a “la teoría” o al análisis de “la realidad”, si se pretende evitar los vicios del empirismo, que imagina “la práctica” como lo opuesto a “pensar”. Hasta donde llegan mis conocimientos, fue  Plejanov, el introductor del marxismo en Rusia y maestro de Lenin, el autor de un desarrollo que intenta definir (y esquematizar, para su uso) los recursos propios de la acción política y su relación con los objetivos que persigue la organización, en cada momento de la lucha revolucionaria. En tal sentido, la propaganda, entendida como llegar con muchas ideas a unos pocos, es el arma usada casi con exclusividad en los momentos iniciales de la constitución de los “círculos”, que son ante todo ámbitos de debate, y  forman el “embrión” del sistema partidario. Su opuesto, la agitación, una o pocas ideas destinadas a movilizar a un sector entero o a grandes masas, es el predilecto de las amplias campañas por medio de las cuales un partido ya construido busca generar experiencias colectivas que afiancen su prestigio y/o logren alterar a favor del pueblo las relaciones de fuerza y la conciencia política de los trabajadores y sus aliados. En todo momento, como es de suponer, los frutos del trabajo deben medirse en términos de reclutamiento, ya que fortalecer el desarrollo de la organización y su presencia en todos los ámbitos de la sociedad es una medida de su prestigio y poder, enriquecen los vínculos con los sectores que la nutren y le facilitan la tarea de orientarse a partir de un pleno contacto con los estados de ánimo y las corrientes espontáneas de las bases sociales que procura encauzar, posibilitando la manifestación de sus fuerzas revolucionarias (7).

En condiciones en las cuales el objetivo inmediato es precisamente construir el partido, un exceso impuesto a las tareas de agitación obra como “desperdicio” de las energías disponibles y conduce a dispersar la fuerza presente, sin acrecentarla. La razón es sencilla de entender, no bien se la mira con objetividad y paciencia: en su etapa de construcción, la organización no podría “llegar a las masas”, que están conformadas por millones de personas, a las que nada puede proponerles un núcleo que carece de nexos eficaces con ellas. En la experiencia real, no obstante, estas tareas se alternan y combinan y la acción partidaria las utiliza a todas, simultáneamente: valga el ejemplo de “El Estado y la revolución”, una obra enorme escrita por Lenin meses antes de la insurrección de octubre de 1917, en el marco del predominio de las tareas de agitación tendientes a gestarla, o, como ejemplo modesto de todos los casos en que un núcleo inicial manifiesta su voluntad de crear un partido, el acto de repartir una declaración sobre un tema puntual en una concentración obrera o estudiantil, pese a tener una conciencia clara de que no podrá capitalizar el hecho. Desde luego, es la combinación en el manejo de tales medios lo que determinará el acierto en la aplicación de sus recursos y permitirá que fructifiquen las acciones partidarias o generará el desgaste del capital militante y terminará desmoralizando las propias filas, episódica o definitivamente.

Ahora bien, la acción partidaria se lleva adelante sobre un terreno histórico determinado. No era posible avanzar más allá de la consolidación ideológica, en nuestro caso, en el marco caracterizado por la presencia en el poder del primer peronismo. Para decirlo sumariamente, los trabajadores y la intelectualidad pequeño burguesa –destinatarios privilegiados de la propaganda del marxismo nacional– o estaban satisfechos con las realizaciones y discursos del General Perón o militaban en la oposición “a la segunda tiranía”, bajo la influencia prooligárquica de los radicales alvearizados, del socialismo juanbejustista o del PC de Codovilla y Ghioldi. Un cuadro distinto, más prometedor, se abriría a partir de 1955, con la crisis de esos partidos, las dictaduras oligárquicas y la frustración de los planes “para el retorno de Perón”.

UNA POLÍTICA NACIONAL PARA EL ESTUDIANTADO

A partir de la fundación del PSIN puede seguirse en la prensa partidaria una producción destinada a promover el proceso de nacionalización del estudiantado, que maduraba notoriamente en los primeros años de la década del 60. Las nuevas generaciones, caídos los mitos de la seudoizquierda juanbejustista y codovillista, tendían a confluir con el proletariado real, a revalorizar el significado del 17 de Octubre, retomar las tradiciones latinoamericanistas de la Reforma del 18 y generar una representación político-gremial acorde con su nueva visión del país (lo que implica, obviamente, una nueva visión de sus propios intereses y de su rol en el seno de la comunidad universitaria). A la clarividencia para responder a esa oportunidad y a la consecuencia para instrumentar una línea de acción que nos transformara en la expresión política consumada del nuevo estudiantado se debe atribuir un desarrollo partidario previo al lanzamiento del FIP en el 71, desarrollo aquél sin el cual el salto a la política nacional hubiese resultado completamente impracticable.

Estamos, en consecuencia, frente a un hecho central. Si, como creemos, es posible encontrar algo generalizable en el despliegue de lo que se denominó “la táctica AUN” (8) la Izquierda Nacional dio en aquél momento un paso que va de la propaganda general a la lucha por transformarse en una representación de masas, en una parcialidad social dotada de tradiciones y demandas propias, tarea que supone una elaboración intelectual específica, aunque su punto de partida –no podría ser de otro modo– sea un diagnóstico histórico general. El análisis, en este caso, permítaseme señalarlo al pasar, tuvo entre sus impulsores a Ernesto Laclaú, que luego de aportar positivamente al debate optó por extraer las conclusiones oportunistas que mucho más tarde exhibiría en sus vínculos con el nacionalismo burgués, ya lejos del PSIN y ligado a Oxford. Con dolores de parto, el duro debate incorporó la noción de que el desarrollo partidario no podía verse como el mero producto de la propaganda general; requería crear “mediaciones tácticas”, en las cuales partíamos de “una realidad inmediata”, cuyo tratamiento crítico-práctico nos permitía impulsar un proceso de elaboración que recorría el camino entre “la experiencia vital ” y “la visión general”. La creativa aplicación de estas nociones, bajo la dirección de Spilimbergo, permitió que, en poco más de tres años, luego de una sucesión de triunfos espectaculares, la militancia PSIN-AUN, decuplicándose numéricamente, ganara la conducción nacional de FUA y fuese sin duda la fuerza universitaria más homogénea y extendida de todo el país.

Sin esa acumulación previa de fuerzas, adiestrada además en las movilizaciones de masas, nadie hubiera concebido como una empresa posible construir el FIP.

Notas:

1) La suma de afiliados en todo el país alcanzaba más de setenta mil miembros nominales y la militancia fipista, a su vez, reunía más de un millar de cuadros, cuyas voces se oían desde la puna jujeña hasta el extremo sur, en Tierra del Fuego.

2) Como aportes al tratamiento más extenso que prometemos, pueden consultarse: “De la crisis del FIP a la fundación del PIN”, por Jorge Enea Spilimbergo y “La Izquierda Nacional y el discurso de los quebrados”, del autor de esta nota.

3) No constituye un dato menor, demostrativo de la atención con que Perón seguía los datos relevantes de la política nacional, la carta en que saludaba el triunfo de AUN en el Décimo Congreso de FUA, de 1970, cuyo Manifiesto –un documento de gran valor histórico– hacia la reivindicación del 17 de Octubre de 1945, dando expresión al viraje nacional del nuevo estudiantado.

4) Pienso en el trabajo “La Izquierda Nacional y el FIP”, de Norberto Galasso y en el análisis de Roberto Ferrero titulado “La sombra de Ramos. Orígenes y decadencia de la Izquierda Nacional”.

5) El tema de la política de FIP ante las elecciones de marzo de 1973, en las cuales presentó candidatos propios, comprometiéndose a respaldar al peronismo en la segunda vuelta es algo que exige un análisis particular, imposible de abordar en los límites de este artículo. Me limito, por consiguiente, a señalar que considero errónea aquella decisión de carácter táctico, contradictoria con los contenidos de una campaña que inducía a los electores, sin proponérselo, a votar por Cámpora sin rodeos previos.

6) Se trata de hacerlo por segunda vez, en realidad: en un texto de circulación interna, hace más de cincuenta años, el cro. Spilimbergo ilustraba al partido recién fundado sobre estos problemas, que el enunciaba bajo el título de “Algunas precisiones sobre la táctica”. No he podido encontrar copia de ese breve gran ensayo del compañero que más se distinguió, dentro de los dirigentes de la Izquierda Nacional, por sus cualidades de constructor.

7) Contra la “leyenda negra” y su corroboración por el stalinismo, incapaz de sustraerse a una visión manipuladora de las energías sociales, la experiencia democrática de los soviets fue reveladora de un hecho central: no existía contradicción entre el centralismo democrático de la fórmula leninista del partido y la “espontaneidad” de las masas. En realidad, operaba entre ambos una relación dialéctica, cumpliendo el partido la función de posibilitar que las masas vencieran las trabas a su irrupción en la toma de decisiones, trabas impuestas por el Estado burgués y las clases dominantes.

8) Una sistematización exhaustiva de las premisas políticas (y político-gremiales) en que se funda el despliegue de “la táctica AUN” salió publicado en “Lucha Obrera” Año V N° 38, del mes de noviembre de 1968, con el título de “Viraje Nacional del Estudiantado” y aunque no tiene firma todos sabíamos reconocer la pluma del cro. Spilimbergo, en ese momento Secretario Universitario de la Mesa Ejecutiva Nacional.

LA IZQUIERDA NACIONAL Y EL DISCURSO DE LOS QUEBRADOS

Publicada el 4 de diciembre de 2013 en aurelio-arga.blogspot.com (*)

Reporteado en “Tiempo Argentino”, el 13 de noviembre de 2013, el actual funcionario kirchnerista (también lo fue de Carlos Menem y en un remoto ayer integró las filas de la Izquierda Nacional) Víctor Ramos, no a título individual sino en nombre de Seguir leyendo LA IZQUIERDA NACIONAL Y EL DISCURSO DE LOS QUEBRADOS

ACTUALIDAD DEL SOCIALISMO Y DE LA IZQUIERDA NACIONAL

Publicada el 18 de mayo de 2013 en aurelio-arga.blogspot.com (*)

 Los contrastes y las deserciones caracterizaron el final del siglo pasado, para el campo revolucionario. En ese cuadro, sin duda, el “sorpresivo” derrumbe del socialismo “real” provocó un trauma no superado (1), que opera contra la reivindicación del proyecto social definido por el marxismo como necesario para superar el orden actual, que, para no usar un doble rasero, debiéramos denominar el capitalismo “real”, cuyas lacras y perversión, al ser cotejadas con las promesas de sus gurúes, hacen que éstas suenen tan falsas como un discurso moral en boca de los pedófilos. Pero esta conjunción de caos social, guerras espantables, desastre ambiental y amenazas de extinción de la especie humana, si bien actualiza la disyuntiva expuesta por Rosa Luxemburgo de “socialismo o barbarie”, no alcanza para probar la viabilidad del primero. De lo cual se concluye que no podemos negarnos a reconocer la posibilidad de que la aventura humana pueda terminar en un mundo de horror, indigno de ser vivido. Y, por fin, que impedir tal cosa debería ser el norte de nuestras luchas, que se libran, hoy, en la teoría y la práctica y en el escenario de todos, nuestro planeta.

Asumir el problema en los términos antedichos, implica reconocer que debemos generar en el plano conceptual un balance crítico de las experiencias revolucionarias, y relanzar el programa de la transformación social en todas las áreas o resignar la esperanza, con la claridad de aquél que no quiere esperar peras del olmo. No hay ninguna razón para ser elusivos, ante las experiencias fallidas del siglo XX. Examinarlas, no obstante, no será posible sin superar la minusvalía de aquél que se cree sorprendido en falta y argumenta tartamudeando…¡ante los falsos profetas del “fin de la historia”! Esa postura, en la que nos arrinconaron los neoliberales en la década del 90, puede comprenderse, como postraumática, pero resulta impropia tras la crisis económica desatada con las subprimes y los síntomas de un deterioro estructural del sistema. Los fracasos propios, por darles un nombre, de la centuria pasada, si bien exigen un serio replanteo de ciertos aspectos de la teoría revolucionaria, no pueden servir, honestamente tratados, para ocultar los síntomas de la enfermedad senil que aflige a los centros del poder global; un estado de cosas que no se resolverá en base al aporte del mundo periférico, dentro del marco del sistema vigente (2). Sin temor a errar, puede decirse que el orden capitalista enfrenta contradicciones que le impiden restablecer el “Estado de Bienestar”, que tranquilizaba a sus pueblos, lo exhibía orgullosamente como el modelo a seguir por el resto del mundo, en la periferia del sistema, y fascinaba a las poblaciones –no hambrientas, pero alejadas del confort y los lujos del primer mundo– que vegetaban en los grisáceos  “socialismos” del Este, celosamente vigilados por la burocracia soviética. Y señalar, además, con toda la voz, que si bien la deriva y ruina final de estos regímenes y de la propia URSS exige de nuestra parte –retomando a Trotsky y otros críticos posteriores– un análisis serio de los obstáculos que se oponen al propósito de avanzar hacia la economía socialista y la sociedad sin clases, partiendo de las condiciones concretas de cada caso y especialmente de las que son habituales en la periferia,  con un atraso cultural y técnico singularmente gravoso, dicha necesidad de enriquecer la teoría no aporta “pruebas” contra la doctrina marxista, a menos que, caprichosamente, se pretenda identificar el capital intelectual aportado por Marx, Lenin y los bolcheviques –ignorando estudios que contradicen  esa pretensión– con la degeneración stalinista y sus monstruosas performances. Vista así la cuestión, en sentido general, deberíamos considerar que no estamos peor que aquellos partidarios de la democracia republicana que después del hundimiento de la Revolución Francesa vieron la restauración del orden monárquico y debieron reunir la fortaleza de espíritu necesaria para afrontar el retroceso y solamente después del agotamiento final del antiguo régimen obtener la comprobación de que no habían perseguido quimeras y que “la realidad clamaba por encontrar sus ideas”.

 El pantano socialdemócrata y los “socialistas” europeos del mundo semicolonial

 No es casual que al final sin gloria del “socialismo real” lo acompañara la desaparición de los matices de progresividad que con relación a la derecha distinguían habitualmente a la socialdemocracia europea y la identificaban como autora del “Estado de Bienestar”. Al fin y al cabo, esa socialdemocracia, completamente putrefacta desde los comienzos de la primera guerra interimperialista, se había constituido, a partir de allí, en un firme instrumento del imperialismo mundial, expresando la complicidad del proletariado del primer mundo con la explotación del mundo colonial y semicolonial, de cuyo saqueo la capa superior de los obreros europeos era sin duda un beneficiario menor, por una parte, mientras respondía, por otra, a la necesidad (y posibilidad) del imperialismo mundial de  cerrar filas, hacia el interior del primer mundo, en su lucha global contra la expansión, en apariencia irrefrenable, del socialismo y los regímenes nacionalistas de la periferia.

En la Europa posterior, desaparecida la URSS y agotado el ciclo de los nacionalismos del tercer mundo –hasta la aparición de Chávez y las experiencias que se desarrollan en América Latina, hoy, nada se oponía al reinado neoliberal– las antiguas concesiones a la clase obrera de las economías centrales se tornan “superfluas”, para los ojos ávidos de la acumulación capitalista, afectada ya por un creciente deterioro de la tasa de ganancia, que impulsa la deslocalización de ramas enteras de la producción industrial hacia el área emergente, en un marco de sobreproducción relativa y crecimiento hipertrofiado de la especulación bursátil y financiera.  En semejante situación, toda la trayectoria anterior de los partidos socialdemócratas hacía prever su agotamiento y capitulación definitivos, ya que en modo alguno era posible pensar que, en un marco de dominio aparentemente incontrastable de la derecha neoliberal, los viéramos virar hacia posiciones progresivas, en un contexto signado por la prolongación –en medio del marasmo, éste es un dato de valor central– de la crisis desatada a fines de los 80 en las formaciones identificadas con una perspectiva de transformación revolucionaria. Sin ese riesgo, el rol socialdemócrata perdía toda razón de ser.

¿Cabe decir algo similar del “socialismo” tradicional, en la Argentina, cuya trayectoria es también una rémora para pronunciar un nombre tantas veces citado en vano? Pienso que no, pero no se crea que por buenas razones. En realidad, su primitiva asociación a la aparición en nuestro seno de un incipiente desarrollo de fuerzas obreras (que expresaban a una clase de obreros inmigrantes) es un rasgo de identidad completamente perdido tras décadas de asociación con corrientes de clase media propensas a secundar las políticas oligárquicas, desde Irigoyen a Perón, y a promover fórmulas que administren sin afectar a los intereses creados, para una gestión incolora, inodora e insípida del aparato estatal, sin la menor inclinación a transformar nada y apegadas a la visión mitrista y sarmientina de una Argentina congelada en épocas anteriores al surgimiento del peronismo (3). De modo que, en relación a nuestras consideraciones, los socialistas de tipo Binner sólo representan un peso muerto, una muestra acabada de lo que no somos, ni queremos señalar cuando hablamos de socialismo. Pero esto no es nuevo, tanto en lo que se refiere a la mendacidad de su “teoría” y sus prácticas políticas, como al fondo de una visión que siempre se ubicó de espaldas al país y sus masas populares, tal cual han sido paridas por la historia.

Para completar el panorama, nuestra “izquierda” marxiana, habituada a copiar la moda y  los temas del marxismo europeo más o menos “académico” –para no mencionar a los núcleos que respondían a la influencia de la URSS, cuya pobreza ideológica era sólo equiparable a la “seguridad” que les proporcionaba el sentirse respaldados por una gran potencia– ha caído presa de una orfandad sin remedio y vive a la deriva, buscando afanosamente un eje sustitutivo, cuando no opta por ignorar olímpicamente los reveses históricos y repetir sin pudor las viejas monsergas, como si nada hubiera pasado en el mundo (4). Esa realidad nos lleva a prever que, si esa pérdida de una “Casa Central” real o simbólica (el último grito del “marxismo” europeo o la URSS, según sea) no impulsa a “las sucursales” a buscar raíces en el propio suelo, no hay razones para esperar que de ellas surjan aportes a la comprensión de las novedades políticas que renovaron la visión y la perspectiva de la revolución en América Latina, en la última década, con propuestas tendientes a vincular las luchas y transformaciones en curso con una estrategia que se asocie a ideas emparentadas con el socialismo (5).

 La Izquierda Nacional y “el último Ramos”

 En nuestro caso, la primera tarea es poner fin a un periodo signado por las defecciones y la crisis de la corriente, dentro de la cual su máximo exponente terminó por renegar de la doctrina marxista, abandonar el socialismo como identidad política y resolver junto a sus seguidores su afiliación al justicialismo, mientras secundaban a Menem en la misión de liquidar la Argentina creada bajo el liderazgo de Perón, aplaudían a Cavallo y su obra privatizadora y rompían, en consecuencia, con el mero nacionalismo, con argumentos que evidenciaban la degradación intelectual y el arribismo del grupo.

El valor de los aportes del “primer” Ramos, que vive en sus libros de historia y política, y el liderazgo que ejerció sobre el PSIN y el FIP durante muchos años, no pueden  llevar a la militancia marxista de la Izquierda Nacional a una conducta que omita la clarificación y condena de su capitulación final, sin riesgo de complicar su futuro político, que debe salvarse, para servir al país y a la clase trabajadora, cuya representación, como actora consecuente del movimiento nacional, es la razón de ser  del socialismo revolucionario, en la Argentina.

Tanto en el plano de la formulación de los problemas de la revolución latinoamericana como en la construcción de un partido destinado a servirla, la Izquierda Nacional logró en la Argentina desarrollos significativos, sobre los cuales debe encararse un examen pormenorizado, que permita dar cuenta de su expansión, durante un largo período, y su posterior crisis y declinación, que impone hacer un balance crítico, si se quiere rehacer una fuerza cuyos aportes teóricos y prácticos fueron una promesa a fines de los 60, en el ciclo signado por los rebeliones populares que culminaron en el Córdobazo y la tuvieron como protagonista en las primeras filas del alzamiento popular.

Vivimos, hoy, un novedoso ascenso de las fuerzas continentales que intentan coronar, en las condiciones del siglo XXI, los proyectos emancipatorios encarnados inicialmente por Bolivar y Monteagudo, levantando consignas que los marxistas nacionales tuvimos el mérito de sostener durante décadas, ante la incredulidad general. Y al mismo tiempo, lo que resulta extraño, las fuerzas que encarnaban esas teorías están divididas entre una facción que ha derivado hacia el nacionalismo burgués y usa como un oropel el capital intelectual legado por Ramos –legítimamente, su mayor obra ha merecido el elogio del Comandante Chávez– y el sector que sostiene en pie las banderas que dieron identidad y estructuraron a la corriente como partido socialista de la izquierda nacional, dispuesto a integrar con independencia crítica y organizativa el movimiento nacional de liberación y luchar, en su seno, para imponer en su dirección a la clase obrera, como el sector más firme y consecuente en la defensa de la patria y el interés general del pueblo argentino.

Ahora bien, si esta cuestión fuese un asunto importante sólo para aquéllos que persisten en sostener esa tradición intelectual, no tendría significación fuera de las capillas. Pero, no es ésta nuestra convicción. Creemos, por el contrario, que es relevante plantearlo, como tema significativo para el porvenir de las experiencias en curso. Estos procesos, de distinto modo y en diverso grado, exhiben debilidades y contradicciones que, si no lograran superarse a tiempo, obrarán negativamente en la lucha por la emancipación  de América Latina. Y, en tal sentido, no es vano hablar de la necesidad impostergable de rehacer y desarrollar fuerzas nutridas con el marxismo latinoamericano de la Izquierda Nacional, dispuestas a impulsar sin ningún reparo la profundización revolucionaria de las políticas nacionales, populares y democráticas que han despertado la esperanza de nuestros pueblos sumergidos; que tienen, además, el mérito de constituir un llamado de atención para los pueblos castigados de otros países, quienes buscan en nuestro sur un modelo contrario al orden  neoliberal que devasta el planeta. Esas políticas, dada la naturaleza de la transformación que requieren los países semicoloniales, tienen un carácter no socialista. Algo que implica llevar a cabo, en el mundo de la periferia, los procesos de acumulación efectuados por el viejo mundo y los EEUU en el curso de las revoluciones burguesas clásicas. Pese a lo cual, ya que vivimos en una era caracterizada, globalmente, por el agotamiento y la senilidad del sistema capitalista  y el cumplimiento de nuestros fines hace necesario que no se respete la propiedad imperialista en diversas áreas de nuestras economías, es preciso contar con expresiones políticas cuya filiación socialista las libere de propensiones a considerar que la propiedad es más importante que el bienestar de los pueblos y su valor importa más que la patria.

En el sentido antedicho, reiteramos, la Izquierda Nacional ha de dar por finalizada su crisis interna, dentro de la cual la desvirtuación operada por la mutación  de Ramos y su deriva menemista adquieren un peso imposible de soslayar.  Es necesario no escamotear el tema, de una buena vez.

Veamos un ejemplo, a nuestro juicio, claro: hace poco, una polémica entre viejos compañeros del ciclo ascendente de la Izquierda Nacional, pecaba por sacar el cuerpo a la jeringa. Uno de ellos decía que “Ramos y Perón nos enseñaron a levantar banderas nacionales, populares y latinoamericanas”. Su contendiente, en cambio, le cues-tionaba no hablar de “banderas socialistas”, “ignorando” que Ramos se diferenciaba de Perón por no ser, solamente, un líder nacionalista. Curiosamente, ambos omitían hablar de los virajes antes señalados. En ese sentido, parecían coincidir en la hipótesis de que Ramos “hay uno solo”, no dos. Sin embargo, la verdad es precisamente lo contrario, lo que nos lleva a pensar que “ambos tenían razón”, a su manera. Esa conclusión, tan paradójica, obedece, a nuestro entender, a que omitían hablar de la verdad fáctica: Ramos renegó, en su última etapa, de su adscripción al marxismo; en cierto momento del mismo periodo, dio un segundo paso, rompiendo además con el mero nacionalismo, para apoyar el gobierno  de Carlos Menem, aplaudir a Cavallo, lisa y llanamente, y resolver la incorporación de sus fieles al peronismo.

No hay pues un Ramos, sino al menos dos, el último de los cuales niega por completo lo que caracterizaba al primero, el marxista revolucionario, cuya obra y conducta nos llevó a reconocerlo como el más capaz de resumir y personificar los puntos de vista que habían elaborado los socialistas revolucionarios de la Izquierda Nacional. Ese primer Ramos, sea cual fuere el impacto emocional que produzca el suceso, había desaparecido de la política nacional, mucho antes de su final físico, en 1994 (6).

Aquéllos que elegimos sostener, hoy, las “viejas” ideas del socialismo revolucionario de la Izquierda Nacional no podemos dar la espalda a los hechos, por fieros que sean. Es lo nuestro dar cuenta de los fracasos y deserciones, enriquecer nuestros planteos a partir de la reflexión sobre la crisis global y el porvenir humano, con particular énfasis en el área  latinoamericana y las luchas actuales por la emancipación continental. En las tareas que nos exige la construcción de ese futuro debe estar la mirada, para nosotros, los marxistas revolucionarios de la Izquierda Nacional ¡que los que nada nuevo tienen que decir opten por mitificar su pasado militante, oculten la defección y el abandono de los principios! Por nuestra parte, al tiempo que rescatamos al “primer” Ramos, sepultamos sin honor a la porción ominosa del pasado común, para rehacer, con energía renovada, las fuerzas socialistas, patrióticas y revolucionarias dispuestas a sostener, en el contexto actual de la lucha por emancipar a la Patria Grande un programa nacional, popular y democrático, con la consecuencia y audacia propias de una formación que no considera a la propiedad burguesa más digna de atención que el interés general, y más importante que la patria misma (7).

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 Notas:

1) Si bien es cierto que la burocratización de la URSS y su deriva stalinista fue juzgada por Trotsky, tempranamente, como una circunstancia que podía llevar a la restauración del capitalismo, las condiciones posteriores a la finalización de la Segunda Guerra, con la expansión del “socialismo” y el triunfo de diversos movimientos nacional-populares, en el mundo colonial y semicolonial llevaron a los militantes revolucionarios, sin negar en teoría aquellas profecías, a suponer que prevalecería, al fin, una variante considerada también por el genial autor de “La revolución traicionada”, que suponía posible que una “revolución política” lograra regenerar el poder soviético, desplazando a la burocracia y el régimen policial que aseguraba su dominio, reinstalando en el país de Octubre formas perdidas de democracia revolucionaria, que pusieran fin al anquilosamiento cultural y la funesta persecución del pensamiento crítico, que junto a la inepcia de la “planificación” al uso eran las peores taras del sistema. Se recomienda, con relación a la caída de la URSS, ver los aportes de Boris Kagarlitsky, marxista ruso encarcelado por la burocracia, en: “Los intelectuales y el estado soviético”, de la Ed. Prometeo y “La desintegración del monolito”, de Ed. Colihue.

2) Es inconsistente el planteo que pretende que la superación de la crisis económica de los países centrales se lograría aplicando, en su seno, las políticas impulsadas en algunos países de América Latina después del caos que sufrieron por acatar el Consenso de Washington, habida cuenta de sus notorios éxitos, que parecieran relacionar-se con el retorno a visiones centradas en la producción y redistribu-ción del ingreso y el relativo rechazo de las fórmulas que privilegian la especulación financiera. Los límites de la nota no permiten abordar con amplitud el problema, pero en términos generales cabe señalar que el mundo periférico es, justamente, un área que sufre, más que del capitalismo, de su insuficiente desarrollo y de las  distor-siones creadas por el capital extranjero y, dada esa situación, puede lograr aún ciertos grados de avance, sin superar el capitalismo. En el centro del sistema no ocurre lo mismo. Precisamente por eso tuvo lugar la hipertrofia financiera, un fenómeno derivado de una crisis de sobreproducción global y de caída general de la tasa de ganancia, que también explica la deslocalización industrial hacia las economías emergentes, todo lo cual no alcanza para resolver las contradicciones del sistema, que son insalvables.

3) Basta con recordar las alianzas del “socialismo” con los demócratas progresistas, la Alianza delaruista y las recientes manifestaciones de Binner respecto a optar a favor de Capriles en Venezuela y a no descartar, si “la salvación de la república” lo exigiera, el frente con Macri, para llegar a la conclusión de que la posibilidad de encontrar en el “viejo y glorioso” partido juanbejustista una visión asociada a la necesidad de transformar la Argentina en sentido progresivo es igual a cero.

4) Un caso particularmente patético es el que brindan algunos “trotskistas”, que en su desmesurado optimismo de secta fundamentalista creyeron ver, en los sucesos de la URSS, una “revolución antiburocrática”, antes de admitir la restauración del capitalismo y llamarse a silencio sobre los orígenes del contraste, para volver al hábito de preconizar levantamientos “urbi et orbi”, sin autocrítica ni pudor.

5) En realidad, con la excepción de las sectas ultraizquierdistas, que siguen fieles al hábito de repudiar las formaciones nacionales y populares latinoamericanas, so pretexto de “lucha antiburguesa”, la izquierda antes satelizada por la URSS (del mismo modo que cierta tropa que sigue las huellas del “último” Ramos) opta por transitar el camino de colocarse bajo la sombra de las experiencias populares que gobiernan hoy en latinoamérica, desde posturas oportunistas de seguidismo a sus direcciones nacional-burguesas, sin el menor interés por aportar al análisis de los procesos en curso y a su profundización revolucionaria, ya que cumplir esa tarea es incompatible con la práctica del arribismo y la renuncia completa a preservar los fueros del pensamiento crítico. Respecto al chavismo y sus alusiones a Marx y Lenin, me remito al análisis de Néstor Gorojovsky, en “Política” N° 6, “Hugo Chávez, la burguesía nacional y el partido bolchevique”.

6) Roberto Ferrero, intentando explicar la crisis sufrida por la Izquierda Nacional, habla en un escrito del “líder desertor”, evocando a Liniers. En la medida en que Liniers sorprende con su viraje, al parecer súbito, me parece más adecuado hacer un paralelo con la involución de Urquiza, y sus acuerdos postreros con Mitre y Sarmiento. El final menemista, en el caso de Ramos, está precedido por un largo periodo de destrucción de las fuerzas anteriormente creadas –a partir de políticas de las que se ha renegado, para reemplazarlas por una oscilación entre impulsos al oportunismo, conductas sectarias y oposición (caprichosa y aventurera) entre las banderas nacionales y las reivindicaciones democráticas, que lo llevan a flirtear, por ejemplo, con los “carapintadas”, en sus conspiraciones contra Alfonsín. Esta conducta tiene su correlato en la aplicación interna de un autoritarismo soberbio que consuma la liquidación de toda disidencia apelando al uso de “tribunales de disciplina” y la descalificación arbitraria de los “caídos en desgracia”. En dicho sentido, fue paradigmática la expulsión masiva de la militancia de Santa Fe y el litoral, bajo cargos de “oportunismo hacia el peronismo”, esgrimidos unos meses antes de la decisión ramista de disolver su partido e incorporarse al PJ. No cabe, a mi entender, que por “razones de estado” nos neguemos a calificar y poner en conocimiento del público estas malignidades, para cerrar un ciclo y disponernos a fortalecer los retoños sanos de un árbol dañado.

7) La defensa consecuente de las posiciones originales de la Izquierda Nacional, a partir del momento en que Ramos y sus seguidores las abandonan y transforman en un decorado del nacionalismo burgués (o peor, aún, del apoyo a Menem), fue asumida por los cuadros del PSIN y del FIP que se negaron a secundarlos en la liquidación del movimiento. Entre estos últimos, cabe mencionar especialmente al compañero Jorge Enea Spilimbergo.