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LOS ORÍGENES DE LA DERROTA DEL 12 DE SETIEMBRE: ¿QUÉ HACER AHORA?

Derrotados

Interpretar la derrota sufrida en las PASO es menos sencillo de lo que pretende aquel que se limita a ver “el factor económico”. Por nuestra parte, creemos que el malhumor que hizo perder votos al FdT tiene un origen multicausal. La pérdida de empleos, la reducción del ingreso, la parálisis de millares de emprendimientos diversos, en fin, la suma de problemas que sufrieron aquellos que no tienen un ingreso fijo, por graves que sean, deben ser integrados en un marco referencial para comprender las razones que llevaron al electorado a castigar al gobierno y favorecer directa o indirectamente a los opositores. Es obvio que pudo hacerse más, para mitigar las penurias relacionadas con el dinero. Sin embargo, los datos señalan que el gobierno de Alberto Fernández superó a otros de América Latina y el resto del mundo en cuidar el empleo y el ingreso de los actores de la vida económica, con énfasis en la franja más vulnerable. Era posible, se alega hoy, llegar con el IFE algunos meses más. Pero, no es menos cierto que basta con imaginar qué hubiese hecho Macri, estando en el poder, para admitir que el cuadro de premios y castigos que trazan las PASO prueba que la equidad no es un atributo de la historia humana y descifrarla exige una mirada sin prejuicios y no lineal. Algo semejante cabe decir de la política sanitaria vigente, superior al promedio de la mayoría de los países y merecedora de aplausos si se la coteja con los desatinos y la irresponsabilidad macrista. Así las cosas, el examen requiere incorporar datos que otros ignoran para encontrar la racionalidad de un comportamiento electoral que desafía la inteligencia. Mientras no entendamos que sucede, estaremos sumergidos en una confusión abrumadora y desmoralizante.

Ahora bien, si el malestar prevaleciente obedece a razones múltiples y complejas y las carencias que acusan nuestras mayorías no se resuelven sólo “poniendo dinero”, la conclusión es muy inquietante. En primer lugar, porque aun así no existen dudas de que la pobreza es vasta y, habida cuenta de que el FdT no se propone rechazar la deuda con el FMI, los márgenes de maniobra son muy estrechos, de cara a noviembre. Si además hay demandas intangibles, no vemos en los jefes del campo nacional una predisposición a interesarse por ellas. Los “analistas” amigos y los dirigentes más encumbrados del FdT sólo repiten aquella sentencia del General Perón, según la cual “la víscera más sensible del ser humano es el bolsillo”. Parecen ignorar, esos discípulos, que los pueblos alcanzan la condición de sujeto respondiendo a interpelaciones menos pedestres; es por lo menos curioso que, siendo que en nuestro caso somos nacionales, pero no peronistas, tengamos que recordar los discursos de Evita y que Perón supo siempre hablar al corazón del pueblo argentino. Sus seguidores actuales parecen ser sordos a los asuntos del espíritu; su brutal utilitarismo recuerda a esos padres que en lugar de afecto y comprensión dan un billete. El hambre no puede saciarse con afecto, pero ¿cómo no advertir que el ser humano también precisa valorar su vida, trabajar para sostenerse, sentirse digno, no vivir con miedo, creer en la justicia, un entorno de valores y solidaridad social y que en ciertas circunstancias, en pos de ideales, es capaz de sacrificarse y llegar incluso al heroísmo? Los que otorgan “al bolsillo” ese poder determinante exclusivo, que para colmo en la billetera sólo tienen monedas, subestiman a los de abajo, carecen de un alimento que las circunstancias reclaman, pero que las masas apreciarían si la elite es capaz de dar el ejemplo, con actos claros, no solo retórica. Los apóstoles del dinero ¿cómo creen que los libertadores de América llevaron al combate a nuestro pueblo? ¿creen que San Martín utilizaba un power point para explicarle a los pueblos cómo incrementar la demanda agregada?

El reino del desamparo

La noción de desamparo resume, a nuestro juicio, cómo vivieron las grandes masas la experiencia de la pandemia. El desamparo incluye las carencias y temores de índole material, pero abarca otras que son intangibles. Ahora bien, la dificultad mayor para aceptar este enfoque es que adoptarlo conduce a la conclusión de que son débiles, cuando no inexistentes, los lazos que vinculan a las estructuras y la militancia del campo nacional y las fuerzas sociales que constituyen sus bases o, mejor dicho, que son registradas por el peronismo como tales. En ese espectro, uno de los sectores es la clase obrera, cuya representación y activismo no rehízo el vínculo deteriorado por el conflicto entre el último gobierno de CFK y la CGT de Hugo Moyano, agravado por el sostenimiento del Impuesto a las Ganancias. La jerarquía sindical, aunque respalda al gobierno de Alberto Fernández, luce alejada del quehacer político y nada se hace para involucrarla más, por parte de la llamada “rama política”, que la apartó de la conducción del PJ  en tiempos de Alfonsín. La base obrera, todo lo indica, no es ajena a la crisis de la representación; su  identidad peronista, inconmovible durante décadas, tiene hoy mucho de mito. Los marginalizados y excluidos no son políticamente más estables; los resultados electorales no dejan al respecto lugar a dudas. Es de pensar que han retrocedido en conciencia social desde el momento en que emergieron, con los movimientos sociales de la década del 90, enfrentando al neoliberalismo. Al fin y al cabo, en aquel momento su condición obrera era todavía una pérdida reciente, mientras que la marginalidad, hoy, se ha vuelto crónica.  Y el amplio sector de clases medias pobres, semi marginales suburbanos,  oscila también, sin referencias que las protejan contra el influjo mediático. Este estado de cosas, que resumimos brevemente, es clave para entender el cuadro de situación que encontró la pandemia, en los primeros meses del 2020.

Ahora bien, si hay resistencia en el seno del peronismo (también en la UCR) para asumir que vivimos en la crisis de la representación, y se carece siempre de vínculos fluidos con las grandes masas (algo que explica que el FdT advierta en la medianoche del 12 de setiembre el malestar reinante), también es cierto que admitir el fenómeno del desamparo general colocaría al gobierno frente a la necesidad de enfrentar un problema insoluble para el liderazgo burgués del movimiento nacional, a saber: si se quiere superar este momento, además de reactivar la economía y redistribuir el ingreso es necesario levantar un programa capaz de enamorar (verbo manoseado, pero elocuente) al pueblo argentino, llamándolo a movilizarse contra los opresores del país, imponerles el poder de las grandes mayorías, alterar el orden de jerarquías sociales, liberar a la patria y liberarse él mismo del aciago destino que sufre el país desde la caída de Perón en 1955 ¿ O alguien cree posible “enamorarlo” con “proyectos que madurarán en el mediano plazo” y otros espejitos de colores gratos al empresariado, pero que nada le dicen al corazón de las masas? Y no se trata sólo de una cuestión de semántica.

El desamparo, a su vez, no apareció con el covid, al menos en las franjas sumidas en la marginalidad,  cada vez más amplias, que sufren esta situación sin haber perdido, felizmente, la memoria de que el país tuvo épocas mejores. Sin embargo, ni siquiera allí la desprotección es sólo material. Con sólidos argumentos se ha señalado que la inseguridad se sufre en estos ámbitos con particular crudeza. Pero además se carece, en el conjunto social, de continencia espiritual, referencias ideológicas y universos simbólicos que provean identidad y otorguen sentido. No ignoramos que este fenómeno tiene un alcance muy extenso; es anterior a la pandemia, que lo tornó visible en diversos países, sin excluir al primer mundo. Por el contrario, sabemos que esa situación explica que hayan perdido en diversos países casi todos los oficialismos que enfrentaron elecciones después del covid. Y que en ese marco, cuando alguna concordia domina la escena, es transitoria. El presidente argentino, en los primeros meses, fue investido por el público con los atributos del protector; su imagen creció en prestigio y autoridad. Este fenómeno, sin vínculos con lo económico, aunque coincide con la invención del IFE y ATP, que amparaban económicamente a vastos sectores, incluía notoriamente la gestión de la salud, pero también expresaba confianza en el presidente, investido con las cualidades de la moderación y la  sensatez. Al prolongarse en el tiempo y adquirir una creciente gravedad los problemas, el vínculo del poder con las grandes mayorías imponía apelar a recursos movilizadores del ánimo social, a una solidaridad más extensa y sólida, algo que supera al liderazgo y la vertebración del peronismo actual,  tal cual es.

El contexto histórico: una crisis terminal

La armonía inicial se esfumó velozmente. Las desigualdades sociales, en la pandemia, fueron cada vez más visibles. Aislarse en el hogar es muy diferente cuando la casa es amplia, tiene todos los servicios y el dinero alcanza, que si carecemos de todo y estamos hacinados en una pieza. La escuela virtual sin internet no existe, y es un tormento con un celular para cuatro hijitos. Para aquel que goza de una buena jubilación, mientras no se enferme, el drama se reduce a soportar la soledad o limitar sus intercambios al círculo de los convivientes. Para quien depende de un negocio o actividad afectada por las clausuras sanitarias, la zozobra se extiende de lo económico a lo vital: sin su habitual rutina no sabe qué hacer. Si además se trata de  un “adicto” al trabajo, estar en casa es un infierno. Deliberadamente, dejamos para el final el miedo al covid, el contagio propio o de seres queridos, la muerte.

Este cuadro, que es global pero se agrava en nuestros países, y particularmente en la Argentina que nos dejó Macri, sólo estaba cambiando muy imperceptiblemente cuando nos tocó votar y explica, a nuestro juicio, el malhumor generalizado, que la oposición logró canalizar contra el gobierno. No hay un voto a Juntos por el Cambio, sin embargo, y menos aún una irracionalidad patológica del pueblo argentino. Los virajes en su conducta, que han signado las últimas décadas, desconciertan al “analista” que aísla un momento (una instantánea), pero se tornan comprensibles adoptando un enfoque más abarcador, histórico, desprejuiciado. En relación a lo ocurrido el 12 de setiembre, si se quiere entender “la voz del pueblo”, luego de inventariar las causas inmediatas, visibles y cercanas del malhumor público, es preciso integrarlas a un cuadro histórico más abarcador; evitar el riesgo de pasear por las ramas y no ver el árbol. En el pasado próximo y más lejano, hay claves que si se ignoran reducen el análisis a una reunión de lugares comunes y frases de utilería. Las “conclusiones”, aun cuando sirvieran para corregir la acción del actual gobierno –sus límites y contradicciones le impiden adoptar una política de liberación nacional–no son lo nuestro: pese a la voluntad de apoyarlo con firmeza contra el poder  oligárquico, no está en nuestras manos influir sobre su marcha. Podemos, sí, aportar una reflexión al activo militante, que advierte impotente los peligros que enfrentamos.

No vemos, en las cumbres del poder, una voluntad de analizar objetivamente el drama nacional, con miras a superarlo. Encontramos, sí, visiones facciosas. Los datos se eligen para llevar agua al molino propio y se desecha lo demás. Claro que cada intérprete buscará apoyo en el mundo de lo real, para ser convincente. Pero, tampoco basta con ser honrado, si falta un enfoque totalizador concreto. Sin insertarlo en la cadena, cada eslabón es un misterio y, sin perspectiva, el investigador da un cuadro acotado, superficial, impresionista, incapaz de brindar resultados serios, útiles para la acción.

Intentemos hacer otra ruta metodológica, al volver al tema del “malestar económico” y al presunto ajuste que lo habría causado. Desde luego, era posible una mayor “generosidad”, pese al quebranto estatal y los límites implicados por la negociación de la deuda con el FMI. Pero, antes de seguir, cabe  decir que los críticos de la gestión de Guzmán no se atreven a plantear la denuncia de la deuda, como alternativa a la adoptada por el ministro de Economía. Se habla de la estafa consumada por Macri y el Fondo Monetario, pero no se sugiere, dentro del campo del FdT, el desconocimiento de la deuda. Con lo cual el debate se limita al tema de un punto más o un punto menos del déficit fiscal en la ejecución presupuestaria que tuvo lugar antes de las PASO. Nos preguntamos: ¿esa diferencia, por sí sola, hubiese cambiado el ánimo colectivo? No rechazamos la idea de auxiliar más a los afectados por la pandemia y dar más impulso al consumo popular. Pero, en un país quebrado, paralizado por el covid, aunque el auxilio del Estado hubiera podido ser mayor ¿cómo afirmar que se hubiese logrado satisfacer necesidades tan excepcionales? La protesta social ha conmovido a todos los países y casi todos los oficialismos fueron sancionados por la opinión pública, tal como dijimos. Y, si el rechazo al gobierno debe evaluarse como “una respuesta racional” ¿por qué no sancionó la conducta de la oposición, que hundió a la Argentina en un abismo notorio y se ensañó en obstruir la lucha contra la pandemia, con el único fin de atacar al gobierno? No ignoramos, al argumentar de este modo, otros factores, como el papel de la prensa, pero aquellos que absolutizan el poder de los Medios deberían recordar que no pudo evitar en el 2019 la derrota de Macri[1]. Para no pifiar, debe hacerse un enfoque menos sesgado, más fértil. Sin identidad política, el pueblo es permeable a presiones nefastas, que obrarán contra él. En situaciones límites, castigará al primero que la prensa señale como gran culpable de todos los males. No insinuamos que el pueblo argentino es irracional. Tuvo razones para votar así. Pero son complejas. Para identificarlas y hacer un diagnóstico más congruente, diríamos: (1) hay que abandonar el dictamen economicista; admitir la presencia de un malestar difuso, alimentado por los  trastornos de diverso orden que nos impuso la pandemia, que se parece a la guerra; (2) advertir que “la racionalidad” emerge cuando el análisis incorpora un “dato” que omite el autor sólo atento a los hechos relacionados con el dinero. Ese “dato”, que todos los políticos esconden bajo la alfombra, es la crisis de la representación y las identidades ideológicas vigente en el país, que salió a la luz en el 2001 y no está resuelta. En ese contexto, el malestar se canalizó contra un gobierno peronista cuyo vínculo con las masas es muy precario, como se comprobó en las elecciones del 2015 y el 2017, sin omitir las limitaciones del triunfo electoral del 2019. Esa debilidad política estructural impidió que el gobierno dirigiese el malhumor popular contra el poder económico, que en el curso de la epidemia, atendiendo con egoísmo sus intereses de clase, se negó a parar, desprotegió a sus empleados, que el Estado Nacional fue el único en sostener y, como si todo eso fuese poco, elevó los precios que pagan los consumidores y resistió la sanción del Impuesto a los millonarios, demostrando su absoluta falta de solidaridad. Y aquí sí cabe reconocer la debilidad del gobierno, que sancionó el impuesto, pero no castigó a los especuladores y sus cómplices, causantes y beneficiarios del agravamiento de los males que el país sufría. De todos modos, advertir que debe corregirse el rumbo, priorizar las necesidades de los marginalizados por el sistema, los asalariados y el escalón inferior de las clases medias es, sin duda, de buena política y se torna imprescindible para cambiar el humor de las bases electorales. No obstante, también debemos examinar la gestación del actual momento, sus coordenadas históricas, para definir una estrategia y construir los medios aptos para defender el terreno ganado en el 2019 con la derrota de Macri, y librar una lucha capaz de superar los límites programáticos y los modos de estructuración que se advierten hoy en el movimiento nacional, que obstaculizan la lucha por liberar a la patria.

Identidades políticas y estructuras de representación

Al desatarse la pandemia, señalamos que el país sería sometido a una prueba mayor, con similitud a las que impone una guerra librada en el propio territorio. En una declaración de Iniciativa Política, se planteaba la propuesta de que el Estado fuese provisto de la facultad de establecer cómo contribuía cada sector de la economía y la sociedad al esfuerzo colectivo, reemplazando el “dejar hacer” propio de “la normalidad” por un estatuto tan excepcional como era la situación que debía enfrentarse. Esa fórmula no fue en absoluto un fruto de la imaginación; sugeríamos, en realidad, lo que hicieron ante las guerras del siglo XX diversas potencias, como la Alemania monárquica en 1914, para estructurar y ordenar el esfuerzo que impone un conflicto bélico, que exige subordinar los intereses particulares a las exigencias de la nación, cuyo destino está en juego. Si consideramos que la pandemia impuso la paralización de casi todas las actividades durante un periodo de duración incierta, se entenderá que no había exageración alguna en aquella proposición.

Para no fracturarse, en esos momentos, la sociedad depende en buena medida de la autoridad que el pueblo reconoce a sus gobernantes, investidos de legitimidad, y de la identificación de la elite con los intereses del país. Así, el desafío, que implica sacrificios, puede enfrentarse sin desmayos.

Como cabe suponer, dicha cohesión es más sólida cuando las mayorías sostienen un ideario nacional y el liderazgo que las encarna. En 1951, después de dos años de sequías que obligaron a la Argentina a comer pan negro (entonces, eso se vivía como una desdicha), el General Perón ganó las elecciones con el 63% de los votos, pese a que la oposición intentó responsabilizarlo de aquel padecimiento. Ningún trabajador, ni una sola obrera de aquellas que sufragaban por primera vez, encontró motivos para votar contra el peronismo y la reelección de su líder fue plebiscitada.

En el presente, domina la escena la crisis de las identidades y representaciones políticas[2]. La UCR, que  fue la expresión de nuestras clases medias democráticas, ha pasado a ser un siervo del PRO, esa fuerza de ocupación extranjera que dirigen Macri y Rodríguez Larreta, que expresa directamente al núcleo de poder económico, adicto a la especulación y fuga de divisas. Y el peronismo, aun siendo capaz de sostener una política defensivamente nacional, con algún arresto más enérgico, como se vio con la estatización de las AFJP, de YPF y Aerolíneas, no levanta un programa de liberación nacional, que lo llevaría a luchar contra los pulpos económicos que engordaron en el Proceso, el ciclo menemista y el gobierno de Macri, a costa de la destrucción del Estado que edificó el General Perón.

En otras condiciones, con los partidos populares actuando como expresión de nuestras mayorías, es de suponer que el pueblo argentino no habría sufrido la orfandad que padeció durante la pandemia, y hasta cabe creer que aquellas fuerzas que protagonizaron el abrazo de Perón y Balbín, con el covid    amenazando al pueblo argentino, no hubieran estado en veredas opuestas, con la UCR obrando cual peón del PRO, clara expresión del bloque oligárquico. Pero el sistema político, incluido el peronismo,   es una cáscara desprendida del ser vivo, que se dirige al elector– las personas no cuentan, sino como votantes– por medio de la televisión, sin tener militantes que convivan con las masas, con la única y limitada excepción de aquellos ligados al “territorio”, en el universo de los excluidos.

De tal modo, no hay una circulación sanguínea entre el gobierno popular que supimos conquistar y los ciudadanos de a pie. En consecuencia, el FdT sólo se entera del malhumor popular en la medianoche del 12 de setiembre, cuando todos esperan, incluida la oposición, un resultado distinto. Por nuestra parte, sin haberlo previsto, con algunos sondeos en la clase trabajadora, estábamos preocupados. La razón consiste en que venimos advirtiendo que es imposible reconstruir el movimiento nacional sin actualizarlo doctrinariamente y establecer modos de liderazgo y estructuración capaces de impulsar un amplio debate de los problemas nacionales y un claro protagonismo de las masas populares. Y tal cuestión, acuciante ya, no es asumida por las actuales jefaturas.

La conducción verticalista, venimos diciendo[3], despolitiza a las fuerzas del campo popular, de diverso modo. En primer lugar, establece vías de selección “al revés” de los cuadros militantes: en el marco de la verticalidad, un liderazgo individual que carece de contrapesos premia o castiga, situación en la cual la militancia no debe prestigiarse abajo, en la base del movimiento, sino arriba, ante el jefe. En lugar de una estructura piramidal que crece eligiendo los líderes naturales del pueblo, surge una burocracia desligada del mismo, que representa al jefe frente a las masas, ese “gigante invertebrado”, que mencionaba Cooke. En ese marco, el debate de ideas, la tarea de encontrar la mejor respuesta a cada momento, la función de auscultar cuál es el ánimo y los deseos de la base, mueren desplazados por la espera pasiva de que “bajen línea”. La figura  del invertebrado se hace así literal. El lugar del análisis lo ocupa el intercambio de las sentencias de Perón, Evita, Néstor o Cristina. Eso rinde, para aquel o aquella que quiere ascender en la carrera política; nadie cometerá el error, al observar esa anomalía, de advertirle al rey que está desnudo. Finalmente, como un alcahuete suele ser un traidor potencial, los ideales ocupan poco lugar, en su universo. Ese género de personajes nunca fortalecerá al movimiento nacional, dentro del cual es un peso muerto.

Aunque se trata de un problema mucho más general y amplio, las PASO mostraron las proporciones del problema, que impide reconstruir las fuerzas nacionales y, en lo inmediato, obstruye la necesaria capilaridad entre el liderazgo popular y los sectores que lo sustentan. Esto se agrava, a su vez, con la marginación sufrida por el movimiento obrero que tuvo lugar, según dijimos, en la década del 80, al imponerse en el peronismo “la rama política” que impulso “la renovación”, sancionando su tesis de que la derrota ante Alfonsín en 1983 sugería “blanquear” la imagen del movimiento, al que habían desprestigiado los “cabecitas negras”. Dichas circunstancias, que parecían superarse en los primeros años del ciclo kirchnerista, fueron acentuadas después por la ruptura del gobierno de CFK con la CGT de Hugo Moyano y otras acciones lesivas para los trabajadores[4], entre las que sobresale la imposición del Impuesto a “las Ganancias” del asalariado, que obraron a favor del triunfo de Macri.

Conclusiones

Nuestra mayor esperanza, frente a las elecciones del 14 de noviembre, se funda en creer que el voto popular quiso señalar al actual gobierno su fuerte disgusto con una gestión que no supo amparar, en múltiples sentidos, a nuestras mayorías, en las condiciones dramáticas creadas por la pandemia. Esta suposición se apoya en la premisa, ampliamente aceptada, de que no hubo un voto a favor de Juntos por el Cambio u otras fuerzas de la oposición actual. En realidad, pensamos que obró una mezcla de protesta dirigida al gobierno con un rechazo indiscriminado a la política; siendo de vieja data, con la crisis del coronavirus éste creció exponencialmente, mientras la sociedad enfrentaba una catástrofe sin precedentes, en un momento de la historia signado por la ausencia de los recursos espirituales que nos sirvieron de refugio y contención en otros tiempos.

Ese cuadro, generado por la pandemia, que alimentó fantasías de cambios civilizatorios[5], desafía al análisis; no es posible aún saber hasta dónde determinará cambios, en un orden global que era frágil y de incierto futuro antes del covid. En esas condiciones, se cuentan con los dedos los gobiernos y las naciones que superaron la prueba sin mostrar grietas. En nuestro caso, nos atrevemos a decir que el gobierno del país no será condenado por el juicio histórico, cuando el análisis comparado coteje su desempeño en relación al resto. Pero esa presunción no implica ignorar que fue incapaz de advertir la magnitud del drama y de brindarle a nuestro pueblo una contención espiritual. Su diagnóstico del origen del malhumor público, luego de las PASO, seguido de la fórmula de “poner dinero en los bolsillos”, es desafortunadamente pobre. Un diagnóstico errado, con la medicina consiguiente, torna dudoso el éxito de la empresa de recuperar la confianza de las mayorías populares. De todos modos, hay varias razones para pensar que todo puede pasar. La oposición, al envalentonarse con su victoria, ha resuelto apostar a un discurso anti obrero, que fideliza sus bases electorales gorilas, pero podría generar una reacción defensiva en la clase trabajadora y el movimiento sindical. Por nuestra parte, vamos a impulsar su lucha y apostar a que la llamada “columna vertebral” recupere la iniciativa, y adquiera la centralidad que necesita hoy el movimiento nacional, si queremos revitalizarlo y proveerlo de un programa capaz de liberar a la patria.

Sea cual fuere el resultado coyuntural, fieles a nuestro pueblo y a la defensa de la patria, analizamos para entender y compartir los resultados; en las buenas y las malas debe preservarse la unidad de las fuerzas del campo nacional, distinguiendo con claridad al enemigo principal. Ningún patriota sentirá haber faltado a sus deberes con la nación y las grandes mayorías si pelea por vencer electoralmente al PRO y el poder económico. Al mismo tiempo ¿cómo ignorar las falencias actuales del movimiento nacional y la necesidad de reconstruirlo doctrinaria y estructuralmente? Lo coyuntural y el futuro no pueden escindirse, sin traicionar nuestra causa. Para emprender la lucha por liberar a la patria hoy colonizada, la clase obrera, los sectores empobrecidos de nuestras clases medias, los excluidos, y los patriotas que, sea cuál sea su profesión u oficio, sufren de ver a la nación arrodillada por una elite vil cuyo único Dios es el dinero, deben probar, en esta coyuntura, que saben quién es el enemigo y sus cómplices. Sin el don de identificarlos, sin la sensibilidad de advertir donde está la Nación y cómo honrarla, nada más importante podrá construirse.

Córdoba, 06 de octubre de 2021

[1] Ver http://aurelioarganaraz.com/ideologia-y-politica/los-gurues-los-medios-las-identidades-politicas-y-la-autocritica-del-movimiento-popular/

[2] El dominio del capital especulativo ha generado una destrucción del sistema de partidos en muchos países y la crisis de la representación no es un problema sólo argentino. Una de las manifestaciones de esa dilución de las identidades ideológicas es que las hegemonías son muy precarias. Pero hay excepciones, para probar que el fenómeno puede superarse si un movimiento logra “enamorar al pueblo”. En Bolivia la apatía no afecta al MAS; en durísimas condiciones, el pueblo venezolano sostiene a su gobierno. A favor, o en contra, en estos casos, el pueblo se identifica con fuerzas que lo expresan. Eso no impide que los jefes populares puedan errar en distintos momentos, pero las mayorías exhiben una conducta más fiel hacia ellos, otorgándoles márgenes de tolerancia imprescindibles para enfrentar las situaciones complejas. Ahora bien, omitir el dato de que estas fidelidades –pensar en Perón– son la respuesta a políticas que apostaron a transformar de raíz las condiciones de vida de las grandes masas, sin limitarse a encarar reformas menores es omitir lo principal del asunto, para hablar después, como vimos ahora en algunos casos, de un “pueblo desagradecido”.

[3] Ver http://aurelioarganaraz.com/politica-argentina/la-conduccion-vertical-despues-de-peron/

[4] Gorojovsky http://www.formacionpoliticapyp.com/2021/08/la-clase-trabajadora-el-gobierno-y-las-elecciones-de-2013/

[5] Ver http://aurelioarganaraz.com/economia-y-sociedad/hacia-donde-vamos-la-aldea-global-despues-de-la-pandemia/

2 pensamientos sobre “LOS ORÍGENES DE LA DERROTA DEL 12 DE SETIEMBRE: ¿QUÉ HACER AHORA?”

    1. Hola, María! No sé cómo interpretar tu comentario. Me confunden los signos de interrogación, aunque estoy lejísimo de creer que lo mío fue genial. Podrían decirme algo más. Disculpas por el pedido, pero quiero entender. Un caluroso saludo.