Alfredo Terzaga y la visión geopolítica del General Roca.

El texto que sigue se presentó como ponencia en el 1er Congreso del Pensamiento Nacional Latinoamericano, realizado durante los días 8, 9 y 10 de junio de 2023 por la Universidad Nacional de Lanus:

UnLA

Alfredo Terzaga, gran intelectual riocuartense injusta y lamentablemente poco conocido, fuera de Córdoba, fue una personalidad inusualmente polifacética. En este trabajo, nos apoyamos en uno de sus ensayos históricos, ámbito en el cual se destacó por ser un investigador riguroso, en el seno de la corriente del revisionismo socialista, con absoluta honestidad en el uso de las fuentes y el debate con los adversarios, así como por su rechazo categórico del maniqueísmo. En ese sentido, lejos de levantar figuras marmóreas, de postular un mundo de héroes y villanos en blanco y negro, era un adicto a la expresión de Goethe: “gris es toda teoría, únicamente es verde el árbol de la vida”. Pero, animado de una actitud casi renacentista, además de legarnos trabajos imprescindibles sobre el pasado argentino, Terzaga fue autor de una valiosa Geografía de Córdoba; traductor y crítico reconocido, aun en Europa, de los poetas románticos alemanes y franceses; poeta, él mismo; pintor estimado por expertos y artistas de su provincia y, durante años, profesor de Historia del Arte en la más reconocida institución de Córdoba. Por nada ajeno al compromiso político, la militancia le costó pasar por momentos duros, después del golpe de 1955[i].

Libro Roca Terzaga

La Historia de Roca, de soldado federal a Presidente de la República, el ensayo inconcluso de Alfredo Terzaga, aunque centrada en la trayectoria del gran tucumano, es de lectura obligada para comprender el ciclo de la historia nacional que se inicia en Pavón y concluye con la guerra civil del 80. Ese momento clave, por la súbita muerte del autor, en 1974, no está incluido dentro del magno legado. No obstante, el trabajo nos brinda un examen panorámico y pormenorizado de los sucesos fundamentales del  periodo, para definir el contexto en que transcurre la acción de Julio Argentino Roca. Éste, como es sabido, asciende durante el mismo hasta coronar el recorrido que habría de llevarlo a la presidencia de la Nación; para ser, desde allí, el verdadero creador del Estado nacional. No es la nuestra una exageración: las instituciones modernas de la Argentina tuvieron en su gobierno y la hoy maltratada generación del 80 los artífices de un impulso tan poderoso que, con propiedad, puede hablarse de un antes y después de Roca, en todos los sentidos.

Como es obvio, en la carrera del tucumano tuvo un papel enorme la Campaña del Desierto, que dio a su figura un esplendor difícil de comprender hoy, dada la distorsión traída por los embates de los grupos indigenistas. Además de hacer del jefe militar un “chivo expiatorio”, aquéllos no advierten algo fundamental: si pudiera calificarse de “genocidio” su acción, la condena debiera recaer sobre toda la sociedad criolla del siglo XIX, no únicamente sobre quién tuvo éxito en una pugna que era secular y en la cual otros ocasionaron muchas más víctimas[ii]. Más grave es, todavía, ignorar que el territorio patagónico estaba en disputa; que en el mejor de los casos, de postergarse nuestra acción, estaría hoy en manos de Chile. Pero lo apetecían también potencias europeas, como ocurrió con  Malvinas y se estaba gestando en la gran isla de Tierra del Fuego. De modo que estamos, en la acción militar llevada en el sur, no, como quieren los indigenistas y otros mitristas “de izquierda”, ante una acción dirigida a ganar tierras para los ganaderos, sino, como lo advirtió Terzaga, frente a un plan fundado en la visión geopolítica del General Roca, que dará más tarde abundantes pruebas de su concepción amplia del espacio nacional, no sólo en su primera presidencia, sino en fechas distantes  de aquella, como el momento en el cual, en 1903, en su segundo mandato, casi al final de su vida pública, resuelve crear la Base Naval de las Órcadas del Sur. Una decisión trascedente, ya que éste fue el primer asentamiento mundial estable en la Antártida; región que había sido, hasta allí, sólo visitada por navegantes  europeos, con fines científicos. No obstante lo cual, mirando los hechos con una perspectiva geopolítica, sería ingenuo ignorar la típica polivalencia de estas incursiones.

El trabajo de Terzaga establece con claridad una valoración del alcance de la famosa Campaña, que pretende ser hoy una causa criminal: “Lo que Roca y el Ejército hicieron en la campaña de 1879, más que trasladar al Río Negro la frontera interior, como lo prescribía la letra de la ley 947 y algunos antiguos proyectos coloniales, fue en realidad suprimir esa frontera y dar con ello una continuidad real al espacio geográfico nacional, haciendo que el país creciera hacia adentro, e imprimiendo un profundo viraje a los supuestos geopolíticos en que hasta entonces se había inspirado el Estado argentino en materia de espacio y de soberanía, si es que puede hablarse de ´un  Estado Nacional´ que mereciera tal nombre, antes de haberse dado al país su capital y de haberse creado estructuras e instituciones que funcionaran a escala precisamente nacional”[iii].

¿Cuáles habían sido, antes de Roca, “los supuestos geopolíticos en que se había inspirado” cada uno de nuestros gobiernos, “en materia de espacio y de soberanía”? Siendo un asunto de enorme significación, Terzaga aborda, con serenidad, pero firmeza, asuntos maltratados por la historia mitrista y su contracara simétrica, la escrita por los rosistas. En el primer caso, ocultando el rol de los grupos rivadavianos que expresan los intereses de la burguesía comercial, situada en el Puerto, en la segregación del Paraguay, en librarse del Uruguay artiguista y de Montevideo, el puerto rival, y la decisión de dejar “en libertad para disponer de su suerte” a las provincias del Alto Perú. Esto último, recuerda Terzaga, fue  un “desprendimiento” que  Bolívar calificó como  “inaudito”. Todo lo cual, cabe reiterar, buscó achicar nuestro espacio nacional, para asegurar el dominio del espacio restante por el puerto único, sólo interesado en monopolizar el intercambio entre la Europa industrial y “el país del cuero”; según la imagen debida a Sarmiento. El sanjuanino, por su parte, como es sabido, es autor de una frase que lo condena en el punto, el insólito juicio de que el mal argentino era la extensión (ya reducida por la acción unitaria). En el segundo, el que evalúa a Juan Manuel de Rosas, Terzaga cuestiona incluso a Jauretche –amigo suyo, al que reconoce sus aportes de Ejército y Política, pese a lo cual debate con él– al considerar “contradictoria” con la propia tesis jauretcheana la afirmación de que el Restaurador habría tenido “una política de patria grande”, que para nada es visible en el jefe “federal” de los hacendados bonaerenses, al que de ningún modo puede adjudicársele una intención real de rehacer el espacio perdido del Virreynato, pese a su defensa de la soberanía nacional. Por último, es clara la diferencia entre la visión que guió la campaña contra los indios emprendida por Rosas y la que presidió Roca, que jamás hubiera pensado en buscar el auxilio de Chile, favoreciendo su expansionismo de rival geopolítico. En ese punto, pocas dudas caben de que Rosas se interesaba, casi exclusivamente, por apartar al indio de las haciendas del sur bonaerense, sin ningún propósito de extender la mirada hacia la incorporación del territorio patagónico a la soberanía argentina, del mismo modo que jamás nos imaginó como un país interesado en el dominio del mar.

Nuestro autor es claro en mostrarnos la magnitud del giro geopolítico que implica la concreción de las conquistas territoriales obtenidas por Roca. Hasta allí, las contiendas argentinas se sitúan en torno a tres regiones diferenciadas: “Buenos Aires con su provincia; el Litoral y el Interior”[iv]. “La incorporación de Pampa y Patagonia (parecida de hecho a una anexión, aunque la palabra resulte fuerte) –señala Terzaga– agregó al país el doble de espacio del que había poseído; alteró el viejo juego triangular de las unidades regionales; puso en vigencia una concepción geopolítica fundada en el gran espacio; ensanchó al país; las provincias interiores ganaron territorios nuevos, y aunque no pudo poblar adecuadamente los espacios australes (para ello hubiera necesitado de tanta población como la del país entero), echó sí las bases para el surgimiento de un nuevo Estado que ya no fuera –como no lo fue– la expresión del predominio de una de las tres unidades clásicas, sino de la Nación en su conjunto.”

Estas reflexiones de Alfredo Terzaga están confirmadas, como hemos anticipado más arriba,  por toda la conducta posterior de Roca. Dado que la crónica de nuestro autor concluye con los prolegómenos de las batallas del 80, debemos hacerla por nuestra cuenta, aunque reconociendo la paternidad del hombre de Río Cuarto, del que hemos dicho en otro lugar “que nos asombraba en la juventud por su prodigioso conocimiento del siglo XIX argentino, del que hablaba como si fuese un testigo ocular[v].”

La Marina de Guerra y la conquista de Ushuaia

Santos y Gorojovsky

En relación al tema de “argentinizar” a Ushuaia, remitimos a los textos de Hugo Alberto Santos, cuyos aportes son concluyentes[vi]. El autor, que retoma la huella de Alfredo Terzaga, nos relata el arribo a la bahía de Ushuaia, en 1884, de la División Expedicionaria al Atlántico del Sud, al mando del comodoro Augusto Lasserre, obviamente enviado por el gobierno de Roca, que da comienzo a la ocupación argentina. Encuentra allí una Misión anglicana y en el mástil izada la  bandera inglesa. No hay dudas de que se trataba de una avanzada colonial, que anticipa la toma de posesión británica. Los misioneros, mientras catequizan a los indígenas, imponen el inglés y están en contacto con el mundo exterior a través de Las Malvinas, a las cuales naturalmente nombran como Falkland Islands. Lasserre toma posesión del lugar, iza nuestra bandera y afirma definitivamente la soberanía nacional, inaugurando una subprefectura.

Apuntemos, como una digresión, que un mes después de la llegada de Lasserre a Ushuaia, en el otro extremo del país, el 17 de noviembre, el también marino Valentín Feilberg fundaba en Formosa la ciudad de Clorinda, como fruto de la toma de posesión nacional en esa región, hasta entonces sólo formalmente argentina. No es casual que en ambos casos veamos plasmada esta visión amplia del territorio nacional que caracterizaba a Roca, en que venimos insistiendo[vii].

Estos hechos tan significativos para el futuro nacional, con el nuevo rol adjudicado a la Marina de Guerra, desmienten categóricamente la aserción de que la Campaña de Roca en la Patagonia obedecía al afán por acaparar leguas de tierra de los hacendados bonaerenses. Esta visión, como ya dijimos, es correcta para señalar la Campaña de Rosas, en 1833, pero es inadecuada respecto al tucumano. Una evidencia más, en tal sentido, es la siguiente: Roca desecha la visión del mar (o su carencia) adoptada por Sarmiento, cuyos objetivos se limitaban a controlar los ríos y hace de la Marina una institución enteramente nueva, con la misión de responder a la noción que ha lanzado en su mensaje de abril de 1879, antes de iniciar la “Campaña del Desierto”. Dice Roca, cuando está comenzando ese gran viraje, que habría de transformarlo en figura nacional, ante oyentes que son “de tierra adentro”: “La República Argentina debe ser en breve tiempo una nación esencialmente marítima, pues sus mayores intereses se hallan vinculados en el porvenir a la población de sus costas y a la habilitación de sus puertos para el comercio universal”. Nada hay de casual en que fuese él mismo, en su segunda presidencia, quien crearía el Ministerio de Marina, para independizar y jerarquizar esa institución.

Roca, las Islas Malvinas y el Atlántico Sur

mapa bicontinental¡Cuánto desconocimiento existe hoy, a 41 años de la guerra de Malvinas, del dato significativo de que durante un gobierno del General Roca, en 1884, la Argentina volvió  a reclamar por sus derechos a Gran Bretaña! Habían pasado 35 años de silencio, desde el reclamo efectuado por Manuel Moreno, el ministro de Rosas, en 1849. A modo de digresión, cabe añadir que todavía actualmente la defensa de la soberanía argentina en las irredentas islas usa como fundamentos el alegato elaborado por Francisco J. Ortiz, el canciller roquista y que ése fue el punto de partida de una política que ha sido, desde entonces, una constante en nuestra acción diplomática.

Del mismo modo corresponde entender la conducta de Roca cuando, un año antes de finalizar su segunda presidencia, decide comprar, “casi a libro cerrado” –dice un autor–, el observatorio meteorológico construido por el naturalista escocés William S. Bruce en las Órcadas del Sur. Este deseaba transferirlo a la Argentina, por su cercanía a la Antártida y frente al interés que mostraba nuestro país por el continente helado[viii]. No era ésta una afirmación gratuita. En todos los tiempos, Roca impulsó nuestra presencia en el extremo sur. La Campaña del Desierto tuvo su correlato en la acción de la Escuadra sobre las costas patagónicas. Más tarde, en 1883, antes del arribo de Lasserre a Ushuaia, con la idea de instalar allí una penitenciaría; un proyecto que inicialmente se concibió con la intención de brindar a los penados un lugar en el cuál pudieran residir en compañía de sus familias y reinsertarse económica y socialmente. Por último, antes de tomar la oferta de Bruce, ya se había incursionado en la Isla de los Estados y otras próximas, siempre en procura de levantar en ellas un observatorio meteorológico y del campo magnético. Curiosamente, estas cuestiones estuvieron en la jurisdicción, hasta mediar la década del 30, del Ministerio de Agricultura, del cual dependían los observatorios meteorológicos y sólo a partir de 1952 pasaron a depender de la Marina nacional.

La geopolítica de un país moderno, diversificado y autónomo

Esta visión del espacio nacional, opuesta en realidad, como indicó Terzaga, a la que predominó antes de 1879, implica un proyecto de país distinto, lejos del que apostaba a constituirse hasta entonces, como un apéndice agropecuario de Europa. Lo insinúa ya el mensaje de Roca, más arriba transcripto, sobre el futuro marítimo. Lo corroboran, además, múltiples datos. Pero estos datos son casi ignorados, por la leyenda negra que acompaña al roquismo y sus bases de apoyo, tanto como a la gran “generación del 80”, en realidad compuesta por argentinos que provenían de varios momentos del pasado nacional.

Terzaga aporta, en tal sentido, datos muy significativos acerca de la incorporación, en distinto grado, pero con una constancia suficiente para señalarlo como un fenómeno, de la vieja guardia del federalismo provinciano, que había luchado contra la política mitrista, antes y después de Pavón y repasa sus nombres, prolijamente. Por razones de brevedad, sólo destacamos a figuras centrales de un amplio espectro, como Juan Saá y Carlos Juan Rodríguez, de San Luis[ix]; José Hernández y Francisco Fernández, secretarios ambos del entrerriano López Jordán[x]; Manuel Olascoaga, mendocino[xi]; Simón de Iriondo, gobernador santafesino también federal, es, dice Terzaga, “un puntal” de la Liga de Gobernadores impulsada desde Córdoba por Juárez Celman. Podríamos nombrar a muchos más. Además, se suman al roquismo corrientes autonomistas de todas las provincias, en las cuales militan aquéllos que apoyaron a Sarmiento y Avellaneda, en sus pugnas con la burguesía comercial porteña.  Ambos presidentes, como es sabido, han sido impulsados por un nuevo actor, el Ejército de línea. Roca, obviamente, es parte del mismo y se consolida como su jefe tras la Campaña del Desierto. La Liga de Gobernadores, impulsada por Juárez Celman, pero en la cual encontramos federales y autonomistas, es también asimismo una hechura del interior, que tuvo ya una actitud casi unívoca en el enfrentamiento militar de 1874, contra la sublevación  de Mitre. Por último, sin ser por esto menos importante, están  en el roquismo casi todas las figuras importantes de la época de la Confederación, entre los cuales se destaca la presencia de Alberdi, para dar al conjunto una identidad antagónica a las fuerzas de la oligarquía porteña, asesina de gauchos, genocida del Paraguay y, lo que más interesa al objeto de nuestro análisis, partidaria de una política de integración al mercado mundial en un rol subordinado al Imperio Británico. Nada hay de casual en que apoye a Roca Carlos Pellegrini y los proteccionistas de la industria, con su conocida expresión  de que debíamos producir algo más que pasto.

Pero hay más. Aunque no avance Terzaga a formular sobre el tema una conclusión general, en su libro encontramos, un poco al pasar, cabos o indicios muy valiosos sobre quiénes constituían  en el interior del país las bases sociales, minúsculas, pero poderosas, del partido que representó los intereses del comercio del puerto de Buenos Aires, el núcleo librecambista. Son los grandes comerciantes de la capital cordobesa, cuyos intereses los asocian a la intermediación comercial centralizada en el Puerto. Se trata de pistas necesarias para identificar, en el interior del país, las bases sociales del mitrismo, algo aún poco estudiado (por otra fuente, conocemos el caso del comercio de Gualeguaychú, puntal mitrista en Entre Ríos).  Por último, sólo una seria miopía llevaría a subestimar la significación de que se sumen a Roca, según dijimos, contra Mitre, los que han luchado por imponer tarifas proteccionistas en la década del 70, tras durísimos debates. Esta política, además de expresar al sector industrialista surgido en Buenos Aires, encuentra en las provincias diversos partidarios: las provincias cuyanas, con sus vinos y licores; las norteñas, con el azúcar; Córdoba y otras, con la molinería de granos, canteras, cementos, cales y minería. Apuntemos, en tal sentido, que el país importaba azúcar y vinos en una medida inimaginable, hoy, mientras el comercio inglés y los importadores porteños sostenían fuertes campañas para desprestigiar toda la producción nacional: todo producto que podía sustituir a los vinos y licores importados era calificado “de inferior calidad”; los petróleos de Mendoza y Salta, que podían sustituir al carbón inglés, no merecían un juicio mejor; el cemento y las cales de Córdoba, que se habían utilizado para levantar obras en la época de la Colonia, resistentes después de varios siglos, eran “flojas” frente a su equivalente inglés[xii]; el azúcar salido de los ingenios norteños, “sólo soportable para el paladar no educado” y no se equiparaba al traído desde el Caribe por los franceses.

Apuntamos a señalar, identificando las fuerzas que concurrían al roquismo, que eran ellas las bases sociales de una política nacional, que se apoyaba, entre otras cosas, en la visión del espacio nacional aportada por el roquismo; fuerzas que se oponían, cada cual desde su lugar, a la consolidación de la penetración extranjera, dispuesta a destruir lo que aún restaba de las industrias artesanales de antigua raigambre. Entre otras cuestiones, Terzaga señala la oposición inglesa a prolongar el tendido ferroviario hacia el norte, una iniciativa que debió solventarse con otros recursos, entre los cuales menciona la financiación dada por el recién fundado Banco Provincial de Córdoba.  Se sabe que, si la pretensión británica finalmente fracasaba, como en este caso, los ingleses apelarían, tras adquirir el ferrocarril, a usar las tarifas como medio para desalentar o impedir la competencia argentina contra todos los productos que ellos pretendían vender, como ocurrió en el caso de la explotación petrolera.

Esa perspectiva nacional, que caracteriza a las fuerzas que se agruparon alrededor del liderazgo de Roca, el mayor árbitro de la política argentina durante un cuarto de siglo, es, según creemos, el fundamento de su visión  del espacio  nacional, y estaba viva aún en su segunda presidencia, aunque las elites del autonomismo tendían a integrarse a la oligarquía tradicional, enriquecida y confiada en el porvenir del país, tras el vertiginoso desarrollo de la producción agropecuaria. Ese desarrollo adormecía al país, silenciando las voces de los más lúcidos exponentes de esa elite, como Emilio Civit y Osvaldo Magnasco, críticos del papel de los ferrocarriles ingleses, que preferían poner en manos del Estado. En las vísperas del Centenario de la Revolución de Mayo, dominaba el clima un ilimitado optimismo, mientras diversos observadores, omitiendo considerar la clara distancia entre el progreso unilateral de la Argentina y el desarrollo general estadounidense, nos adjudicaban el nombre de “los yanquis del sur”, como un elogio.

Hemos señalado en otro lugar que el patriciado de las provincias de interior nunca alcanzó esa cohesión social que fue el signo de la elite norteamericana, “una burguesía nacional decidida y clarividente, guiada por los principios recomendados por Hamilton[xiii]”. La orientación impresa al país durante la gestión del General Roca, no obstante, se apartaba claramente de la impulsada por la burguesía comercial porteña y los estancieros bonaerenses, desde Rivadavia a Mitre, sin exceptuar a Rosas. Además, para juzgarla, no pueden omitirse dos hechos: por un lado, el dato de la extraordinaria prosperidad que caracterizó al periodo, que concluyó recién con la crisis de 1930 y que acallaba las voces que alertaban al país contra la unilateralidad del agrarismo; por otro, que el ciclo roquista coincidió  con la aparición del imperialismo moderno; fenómeno que trastornaría todos los esquemas por entonces vigentes, en el país y en el mundo, golpeando incluso las perspectivas adoptadas hasta allí por los marxistas más lúcidos.

En lo que a Roca concierne, particularmente, nada mejor que reproducir el siguiente texto, que tomamos de la Historia de los Ferrocarriles Argentinos, de Scalabrini Ortiz y que provienen de su discurso al inaugurar, en mayo de 1885, el tramo que comunica a San Juan con Mendoza, en la gran construcción realizada por el Estado del ferrocarril El Andino, que fue durante varios  años administrado por la Nación, hasta su lamentable privatización, en 1909.

ScalabriniCuenta Scalabrini: “Roca hizo el elogio de las industrias y dijo que había que fomentarlas por los dos medios más eficaces: ferrocarriles y protección aduanera, para evitar la competencia desleal y destructiva de la mercadería extranjera”. Y para trasmitir más certeramente cuáles eran  las ideas básicas del General, reproduce un discurso inmediato anterior: “La industria nacional nace apenas –dijo Roca en el discurso inaugural de la Exposición interprovincial, el 9 de abril de 1885– y abandonada a sus solas fuerzas, sin el apoyo eficaz y permanente del Estado, por medio de leyes protectoras, se quedará ahí debatiéndose en inútiles ensayos, sin poder competir con los productos de la industria extranjera que inunda nuestros mercados. La agricultura misma, el cultivo de la tierra, tendrá que estacionarse si no es fomentado por el desarrollo industrial. Valdría más nuestro lino si de las manos del colono que lo recoge pasase a la fábrica para convertir su grano en aceite y su fibra en hilo, ¿Cuánto dinero menos saldría del país en esta sola materia?… ¿Cómo hemos de asegurar el porvenir económico de la República, evitando las perturbaciones consiguientes al exceso de importación sobre la exportación? ¿Qué resorte mágico debemos tocar para despertar a los pueblos del interior y hacer surgir las fábricas, los ingenios, las bodegas colosales en todo el país? Tenemos dos recursos: ferrocarriles fáciles y baratos para que las provincias puedan intercambiar recíprocamente sus productos y protección franca, valiente y constante de la industria nacional…[xiv]

Lamentablemente, estas nociones, que tan pocas dudas dejan en pie acerca del pensamiento de Roca sobre nuestra economía y su visión integral de los intereses argentinos, no lograron prevalecer entonces y hoy conservan plena vigencia.

Córdoba, 17 de mayo de 2023

NOTAS:

[i] Diversas semblanzas de Alfredo Terzaga pueden leerse en la revista Política N° 17, de marzo de 2020, publicada al cumplirse el centenario de su nacimiento, en calidad de homenaje. Entre ellas, llamamos la atención sobre los siguientes trabajos: Lacolla, Enrique. Terzaga y su tiempo; Ferrero, Roberto. La concepción histórica de Alfredo Terzaga; Torres Roggero, Jorge. Razón de crear, revolución constructiva; Roland, Ernesto. La faceta política de Alfredo Terzaga. Gorojovsky, Néstor M. El ojo argentino en la historia argentina. Revista Política N° 17. Marzo 2020. Publicaciones del Sur. Buenos Aires. Argentina. Por su parte, la Universidad Nacional de Río Cuarto, empeñada en reeditar sus Obras Completas, ha publicado en 2022 el Tomo I, Literatura, que reúne trabajos de crítica literaria.

[ii] Ver, del autor, El General Roca. Historia y Prejuicio. Publicaciones del Sur. 2020. Buenos Aires. Argentina

[iii] Terzaga, Alfredo. Historia de Roca. Tomo II. A. Peña Lillo Editor SRL. 1976. Buenos Aires. Argentina. Pág. 155. Los subrayados son del autor.

[iv] Ibidem. Pág. 168

[v] Del autor. Ibidem.

[vi] Santos, Hugo Alberto. Historia Crítica de la soberanía argentina en la Tierra del Fuego. Publicaciones del Sur. 2021. Buenos Aires. Argentina. En la obra citada el autor amplía lo que ya había expuesto en Lasserre, Roca y la soberanía en la Patagonia Austral, publicado en Revista Política N° 3. Publicaciones del Sur. Marzo 2007. Buenos Aires. Argentina.

[vii] Puglisi, Alfio A.  Roca y la Armada. Boletín del Centro Naval 859. Diciembre 2022 Buenos Aires. Argentina.

[viii] Puglisi, Alfio A. Roca y la Antártida. Boletín del Centro Naval 847. Ene/abril 2018. Buenos Aires. Argentina.

[ix] Carlos Juan Rodríguez y el General Juan Saá (“Lanza Seca”) fueron los jefes de la “Revolución de los colorados”, que se expandió por Cuyo en 1866, contra el gobierno de Mitre y la Guerra del Paraguay. El primero, fotografiado junto a Felipe Varela entonces, fue en 1880 uno de los electores de Roca como presidente, en el Congreso de Belgrano. Fue más tarde legislador nacional en varios periodos y un actor destacado en la sanción de la Ley del Matrimonio Civil, en 1889. En suma, un abogado federal y firme liberal, al que no perdonan los rosistas clericales de su propia provincia. El General Saa, por su parte, era un federal antirrosista, que saludó el triunfo de Roca, luego de ofrecer sus servicios para pelear contra Tejedor, en 1880.

[x] El autor del Martín Fierro, como se sabe, fue denunciante del crimen contra El Chacho y habría de ser el más claro defensor de la transformación de Buenos Aires en Capital Federal, en la legislatura bonaerense. Al mismo tiempo, Terzaga pone en evidencia que todo Entre Ríos era federal y se sumó al roquismo. En esa nómina incluye al político y poeta Olegario Andrade, que antes de ser roquista había sido secretario del presidente Derqui, en el gobierno de Paraná.

[xi] También protagonista de la “Revolución de los Colorados”, se destaca más tarde en la Patagonia central, siendo  fundador de Chos Malal, como capital de Neuquén y primer gobernador del Territorio Nacional. Fue un notable geógrafo, autor de la obra Estudio Topográfico de La Pampa y Río Negro, publicada en 1880 y Topografía Andina, publicada en 1892. Compuso además piezas de teatro y poesía, novelas históricas, entre más obras.

[xii] En 1880, en la construcción del dique San Roque, el mayor embalse de América por entonces, los ingenieros Bialet Massé y Cassafoust se atrevieron a usar cemento y cal cordobeses. Al asociarse el desafío a la importación inglesa con el enfrentamiento del gobierno del Dr. Juárez Celman con la Iglesia, enardecida por su laicismo, las fuerzas clericales, apoyadas discretamente, cosa habitual en los ingleses, por los importadores lesionados, inició una campaña según la cual el dique iba a ceder e inundar a Córdoba, con efectos catastróficos. La campaña logró que ambos ingenieros terminaran en prisión. Campañas de desprestigio sufrieron también los vinos cuyanos y el azúcar del norte. Todo lo nuestro era de mala calidad. Todavía en la segunda década del siglo XX, según cuenta  José Panettieri, en Aranceles y protección industrial, 1862 – 1930, la Unión Industrial Argentina se lamentaba de que los fabricantes del país debían ponerle a sus productos nombres extranjeros y, si era posible, presentarlos como importados, frente a la opinión prevaleciente en el consumidor argentino de que nuestros productos eran deficientes.

[xiii] Del autor. Ibidem.

[xiv] Scalabrini Ortiz, Raúl. Historia de los ferrocarriles argentinos. Plus Ultra.1964. Buenos Aires. Pág. 272.

BIBLIOGRAFÍA

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Terzaga, A. (1976) Historia de Roca. 2 Tomos. Buenos Aires: Peña Lillo.

ACERCA DEL “MARXISMO” DE MILCÍADES PEÑA

fICHAS ii

Pese a ser un autor prolífico, un ligero examen de la vida y los textos de Milcíades Peña debería bastar para ahorrarse el esfuerzo de analizar su obra, llena de inconsistencias y juicios caprichosos, expuestos  con la impulsividad típica de los sectarios. Pero, al tratarse de alguien al que rinde culto una larga lista de ultraizquierdistas cipayos, que, por extrañas razones, tiene buena fama entre algunos académicos “progresistas”, incluyendo a ciertos “peronistas de izquierda”, es necesario asumir la tarea y superar la repugnancia que inspiran sus insultos, que el lector comprenderá al leer nuestras citas del capítulo IV de “Masas, Caudillos y Elites”, libro que examina la historia argentina del siglo XX, detenido ante todo en Yrigoyen y Perón. El autor titula al referido capítulo “El gobierno del <como sí>: 1946-55”, para hablar, es obvio, del peronismo histórico y dice que: I) la década 1945/55 fue “un alegre carnaval”[1]; II) Evita, “una actriz fracasada y resentida social”, que “murió creyendo que su comedia personal era la historia argentina”[2]; III) Perón y su entorno, “una pandilla de aventureros respaldados e idolatrados por las masas trabajadoras”[3]; IV) en esos años (de alegre carnaval) “los obreros van experimentando, aunque tardan en tomar conciencia de ello, que su enemigo en las fábricas no es sólo la patronal, sino la propia CGT”[4]; V) por retirarse “sin lucha” durante el golpe de 1955, el jefe del peronismo merece ser calificado “el afeminado general Juan Domingo Perón” [5].

Abundan en la Argentina estos energúmenos y opiniones. Ciertas expresiones hicieron historia, como ocurrió con aquella del “aluvión zoológico”[6], para tachar la llegada del peronismo al poder. La historia de Evita dio igualmente material a la malevolencia de caballeros prostibularios y damas frígidas (o que simulan serlo, con el amante en el ropero). Lo raro en el caso de Milcíades Peña es que, mientras otros simios son juzgados por todo el mundo como ridículos gorilas poseídos por el odio, al creador de Fichas lo presenten como “un crítico riguroso” algunos académicos de las corrientes “progresistas”, sin que despierte en ellos alguna duda verlo incurrir en los mismos insultos o extravagantes descalificaciones, que deberían motivar, como mínimo, un comentario y una sospecha sobre su objetividad ensayística, poco compatible con la incontinencia emocional y la potencia de los prejuicios de que hace gala este sujeto. Esa imperturbabilidad o “candidez” es más curiosa, aún, en ciertos intelectuales del peronismo “de izquierda”[7]. Roza el absurdo ya, si a lo expuesto –el antiperonismo rampante– se suma el dato de que este “marxista”, que acusaba a miembros de la Izquierda Nacional de “cortesanos de Perón”, militara al mismo tiempo, tras el golpe de 1955, junto a Nahuel Moreno, la “táctica” del “entrismo”, que consistía en simular que eran peronistas: a la caza de distraídos, decían que su periódico, Palabra Obrera, se publicaba “bajo la disciplina del General Perón y el Consejo Superior Peronista”[8]. Con ese disfraz apostaban a ganar algún obrero y copar el movimiento, aprovechando que los “libertadores” tenían en la cárcel a los líderes sindicales y Perón estaba exiliado y proscripto. De modo que, después de denunciar al peronismo como “farsa”, agraviar a su jefe y decir que los obreros, por ser peronistas, eran “quietistas” y “conservadores”, Milcíades y su maestro sostenían una aventura similar a la que llevarían adelante, años después, los Montoneros y guevaristas. Aunque en aquel caso, como es de suponer, siendo “marxistas” Moreno y Peña, pretendían respaldar dicha torpeza, condenada al fiasco, con la palabra de Trotsky, sin atender al hecho de que el bolchevique ruso sugería entrar al socialismo francés, una fuerza habituada al debate interno, en un marco histórico también diferente[9]. Y de ningún modo cabe alegar que Peña sólo fue “seducido” por Moreno: en Estrategia, una revista de “teoría marxista” que publicaban juntos y estaba dirigida al público de “los entendidos”, ambos exponían “los fundamentos” de su aventura, para sumar a otros “marxistas”. Allí, Peña formuló, según Tarcus, “la más sólida fundamentación de la táctica trotskista de entrismo en el peronismo”. Libres, en Estrategia, del disfraz usado en Palabra Obrera para engañar peronistas hipotéticamente cándidos, en su “Revista Teórica” prescindían del disfraz, eran “trotskistas”: Peña, planteando la tesis de “copar” sindicatos[10] con la máscara de ser “fieles a Perón”; Nahuel Moreno, más impúdico aún, atacando a Jorge Abelardo Ramos, al que había denunciado de “brindar a Perón argumentos contra la izquierda”, maltratándolo esta vez por negarse a “luchar” dentro del peronismo ¡para lograr “la independencia” del movimiento obrero![11]. Milcíades PeñaArrastrados al fango por sus propios ardides, terminan obedeciendo “la orden” de Perón de votar la fórmula Frondizi-Gómez, en los comicios de 1958. Peña, siempre predispuesto a ser carne de cañón en manos de Moreno, ataca a Silvio Frondizi y Posadas de “sectarios y comentaristas pequeño burgueses” y según Tarcus les grita a la cara: “Así es: somos trotskistas-peronistas”.[12]

Estos virajes “tácticos”, que jamás se autocriticaron[13], muestran la liviandad de ambos personales[14]. Es preciso distinguir, no obstante, entre uno y otro. En el caso de Moreno, la volubilidad en “la teoría” nace invariablemente del empeño en dar “fundamento” a sus aventuras. El maestro de Peña, en tal sentido, víctima irredimible de la aversión al peronismo y de ese voluntarismo que rechaza aceptar los límites impuestos por el mundo real a la voluntad humana, invierte la secuencia entre el análisis y la acción: imitando al psicópata, Moreno adecua la “explicación” al acto. Sin teoría revolucionaria, dice Lenin, no es posible trazar una práctica consecuente. Pero la teoría, para él y para todo marxista serio, elabora independientemente los datos reales, sin empeñarse tozudamente en exigir que la cabeza se amolde al sombrero. En el caso de Moreno, primero se actúa. Le sigue “la teoría”, como un comodín. Si antes se había sostenido lo contrario, se oculta o deforma la expresión fallida, sin revisarla[15]. Peña, en cambio, aunque débil frente a Moreno, su protector letal[16], es un intelectual para el cual las ideas tienen algún valor, que impone límites al manoseo constante. Peña es capaz de citar tramposamente a otros autores, como se comprueba examinando con paciencia infinita su utilización de las fuentes   (¿especulando, quizá, en que es raro el lector que coteje lo citado?[17]), no parece pertenecer al mundo de los pillos, sino más bien al género de aquellos que, víctimas de una emocionalidad que no controlan, llegan a la deshonestidad, sin frenos inhibitorios, para sostener un prejuicio. Pero, al parecer, Peña habría logrado superar el sometimiento filial al aventurero, después de sufrir el fiasco de la táctica del “entrismo”. Esto tensiona el vínculo con Moreno y lo llevará a la ruptura. En Peña, las contradicciones extremas obedecen, a nuestro juicio, a otras causas: 1) la incapacidad para lograr que el pensamiento racional venza al prejuicio, que, como dijimos, expresa emociones tan poderosas, en algunos sujetos, que la víctima sucumbe irremediablemente ante el mismo; esta afirmación, lejos de ser una chicana, es visible en la propensión a infamar sin freno al adversario que el lector encontró en nuestras citas a su obra; por otra parte, estimando a Peña, Tarcus y Lagar hablan del desquicio psíquico del personaje. El primero se apoya en observaciones de Peña Lillo (que también aprecia personalmente a Milcíades).  Tarcus, fuera de toda sospecha de animadversión, habla de “disociación” y “cuadro esquizoide[18].

¿Es posible crear un partido revolucionario en un país de tontos incorregibles?

Por otra parte, ¿las intervenciones teórico-políticas de Moreno y Peña, por erradas que sean, estaban sostenidas por el propósito de construir una fuerza revolucionaria de la clase obrera? Subjetivamente, no hay duda de que en Moreno eso era así. No es tan claro en el caso de Peña que, como señalaba el núcleo “duro” morenista, con ánimo peyorativo, era “un intelectual”. Pero, omitiendo matices, sólo podría decirse que querían crear un partido obrero, pero esa meta era en extremo contradictoria con la perpetua subestimación a la inteligencia de los trabajadores y su experiencia vital, que los había llevado a mirar con asco su adhesión a Perón, realista y coherente. Juzgue el lector, en dicho sentido, la visión que se expresa en el siguiente párrafo, donde sólo tallan las embajadas imperialistas y la masa         es zonza: “El 12 de octubre el gobierno pro-inglés de Perón y Farrell se vio seriamente amenazado por una coalición respaldada por la embajada norteamericana; y el 17 de octubre un movimiento de militares, burócratas, curas, policías, políticos burgueses y masas obreras –prescíndase por el momento de analizar quién dirigía a quién– derrotaban a la oposición pro-norteamericana y devolvían la tranquilidad al gobierno pro-inglés de Farrell-Perón”.[19] O cuando se ataca a “la vieja guardia sindical” que se acerca a Perón, que en más de un caso llevaba dos décadas de luchas duras, bajo el poder oligárquico represivo, diciendo: “el elemento humano con que se construyeron los cuadros dirigentes de la CGT estaba (…) compuesto en dosis masiva de arribistas y burócratas de todo tinte y confesión”[20]. Ambos textos son de Milcíades, pero el alumno repetía, años después, juicios emitidos por el POR de Moreno en el quinquenio que va del 45 al 49, la edad de oro de su furor antiperonista, que lo llevó a sostener que la Unión Democrática en 1946 “era el mal menor”, y el movimiento obrero era “castrado y sin ímpetu”, “narcotizado por el Estado”,  lo cual era el producto de “una demagogia desaforada”, basada “en los beneficios enormes extraídos del mercado mundial por los productos agropecuarios argentinos.” Si dejamos a un lado la fraseología “de izquierda” ¿en qué difería esta “interpretación” del “pan y circo peronista” que según la prensa imperialista “explicaban” el triunfo obtenido por Perón[21]? Con semejantes ideas ¿podía construirse una fuerza obrera?

Los argentinos siempre habrían sido estúpidos, víctimas de pícaros arribistas y ventajeros

El marxismo, como toda fuerza que busca transformar un orden que oprime a las mayorías y por esa razón necesita ganar el respaldo de los oprimidos, sabe que a favor suyo actúa la experiencia vital del explotado, lo que equivale a decir la necesidad histórica de liberarse del yugo, sin la cual toda lucha estaría perdida. Los hombres, dice Lenin, aprenden en la vida; su existencia trascurre disociada del trabajo intelectual y los círculos de quienes se emplean en interpretar el mundo, a su vez apartados del trabajo manual. Lejos de estos sacerdotes, que monopolizan “el saber”, más de una vez huero, a las grandes masas las educan los hechos, su inscripción social, las tradiciones de su clase, la lucha por obtener determinadas metas. Las que cabe llamar “fuerzas progresivas” sostienen, por su perspectiva y sus ideas, una visión optimista, fundada en la voluntad de las clases ligadas al objetivo que postulan y los condicionamientos que su situación les imponen cotidianamente. La confianza en el proletariado, propia del marxismo –aunque simultáneamente Lenin diga que “la conciencia socialista” requiere la presencia de la intelectualidad revolucionaria– es el basamento de su estrategia política, en tanto se parte de sostener que la tarea de transformar la realidad requiere necesariamente del protagonismo de las masas. Consecuentemente, sin desconocer que existen épocas oscuras, el marxismo parte de valorar el instinto y la capacidad de los pueblos para orientarse en el mundo de un modo espontáneo, asimilar las ideas que les resultan necesarias, y seleccionar sus jefes. Esto supone, como el lector imaginará, una compenetración total con los suyos y la patria en que vive, por parte de aquellos que apuestan a liderarlos. No por error, en el caso de Rusia, Trotsky no duda de definir a Lenin como “tipo nacional”; su formación y cultura lo distinguen entre los rusos, como uno de ellos. Corroborándolo, el gran revolucionario mira las cosas con ojos rusos y encuentra en la literatura de su propio país las imágenes que ilustran sus observaciones y tesis, con la agudeza habitual de los poetas y narradores, que retratan el mundo sin la estrechez de las teorías, grises y sin “verdor”, según Goethe.

Contrariamente, para Milcíades los argentinos son, a lo largo de su historia, tontos que jamás aciertan a comprender la realidad y sus propios actos[22]. Si se excluye a “los pícaros”, ya al nacer cometieron el error de creer que estaban sacrificándose para tener patria. Para este autor, se ha creado “la fábula de la <revolución> de mayo y del arrojado ‘partido patriota’ que desencadenó ese movimiento ‘por la independencia’ –fábula ésta sólo apta para estudiantes no muy precoces”. No hay tal cosa, ese es un invento de “los historiadores oficiales”[23]. Sólo era real el amor por el librecambio, con una excepción:  para “los abogados, frailes y militares, cuya oficialidad se reclutaba siempre entre gente de ‘distinción y honra’, se trataba de encontrar ocupación lucrativa en un Estado propio no manejado desde Madrid[24]. En base a lo cual debe concluirse que todo aquello fue una obra de vivillos que medraban con la debilidad y tragedia de España, para ganar los cargos hasta allí cubiertos por burócratas de la monarquía, más comerciantes interesados en asociarse con Gran Bretaña. Desde luego que, dejando al margen a “los estudiantes no muy precoces” que oyen en el aula esa “fábula”, los contemporáneos de la lucha por la emancipación latinoamericana que se jugaron la vida por sostener ese “mito” son sólo los pioneros, como verá el lector, de varias generaciones también lunáticas que van más tarde a comprometerse y hasta morir de puro imbéciles por similares “ficciones”.

Para sostener su falacia, Peña califica también de “mito” la participación popular en la emancipación latinoamericana[25]. Según él, “la sociedad colonial presentaba más que suficientes conflictos entre las masas trabajadoras y las oligarquías dominantes como para producir un sordo conflicto que estallaba a veces en vastos movimientos de masas”. Pero esto ocurrió “antes, durante y después de las luchas por la independencia”. Y concluye: “los movimientos de masas producidos durante las luchas por la independencia constituían un movimiento aparte de la independencia” y “se dirigían contra las clases dominantes de la colonia”. “En ningún caso uno, el movimiento de las clases explotadas, fue respaldo del otro, la lucha de las clases dominantes criollas contra la Corona española”. Experto en denigrar al campo patriota, Milcíades plantea que Castelli era “un emisario porteño” que “no tenía inconveniente en propagar la emancipación del indio en el Alto Perú, total en Buenos Aires no había encomiendas y para nada necesitaban los estancieros o comerciantes el trabajo indígena”[26]. Es claro: ajeno a la épica, inepto para el altruismo, revolucionario de café, Milcíades cree que todos son iguales a él.

No es necesario ser marxista para incorporar al juicio datos muy elocuentes. Considerar un “mito” la participación popular” en la Independencia –omitamos los calificativos– implica ignorar sucesos tan significativos como el Éxodo jujeño, las campañas de Artigas y sus paisanos, o la guerra gaucha liderada por Güemes. El General San Martín se dolía ante el sacrificio de los negros en Chacabuco. Pero sabía perfectamente que su heroísmo se relacionaba al compromiso revolucionario de otorgarles la libertad. El y Bolívar, sin ser “marxistas”, comprendieron lo que Peña muestra no entender: la interpenetración entre la cuestión nacional –lucha por aventar el dominio español– y la cuestión social –las demandas que es necesario atender para sumar a las masas al proceso emancipador. Peña, en cambio, cae en la tontería de plantear que la Asamblea del Año 13 tomó las resoluciones concernientes a la esclavitud, no para incorporar a los esclavos a la lucha contra el godo, sino para satisfacer exigencias de Strangford y Canning: ¿pretende Milcíades hacernos creer que Gran Bretaña daba tanto valor a terminar con la esclavitud, como para condicionar su apoyo a las ex colonias españolas rebeldes a esta cuestión, como sostiene nuestro hombre al hacernos saber que la célebre decisión de Asamblea del año 13 fue una acción “demagógica” con miras a romper la firmeza británica en exigir la libertad de los esclavos[27]?

Pero allí no acaba el relato de cuan miserables y cuan estúpidos fueron los argentinos a lo largo de su historia.

Es lo que prevalece, también, según este autor al que Feinmann dota de “una inteligencia luminosa”[28], en los sucesos que llevan, en 1880, a la federalización de la ciudad de Buenos Aires. Antes de “analizar” ese momento clave, descalifica a las fuerzas que pugnan en el país: al terminar el ciclo mitrista nacido en Pavón y el interregno posterior del presidente Sarmiento, que tantos autores han juzgado como un desquite (a medias) del interior sangrado después de Pavón, la resistencia del interior, cree Peña, está ya tan muerta como el Chacho. En realidad, la burguesía comercial porteña, pasado Mitre, nunca tuvo ya el poder sin límites que alcanzó con Mitre. El giro parcial del gobierno sarmientino, resistido por el mitrismo, se acentuará al asumir Avellaneda el poder, tras la derrota decisiva del alzamiento porteño de 1874. Peña, que necesita ante el hecho seguir la tesis de Nicolás del Caño (son todos “lo mismo”) desecha en el caso (lo repetirá en otras) la interpretación clasista (se volvería contra él) y la reemplaza con “argumentos” de su propia cosecha. Así, luego de Mitre el interior está definitivamente vencido. Y, después del mitrismo, al “no existir clases modernas” (“no hay burguesía industrial, ni proletariado, ni burguesía agraria”, dice), “los nuevos partidos que entonces aparecen no se forman como órganos de ninguna clase de la sociedad argentina, sino como empresas políticas destinadas en primer término a usufructuar el aparato estatal”[29]. Como se ve, esa prevalencia de hombres mezquinos, ya observada por Peña en la Revolución de Mayo, es una constante en “política criolla”[30]). Como el lector supondrá, a partir de tal juicio la guerra que enfrenta a Tejedor y Roca por la nacionalización de Buenos Aires, la Aduana y el Puerto, que creará entonces la Capital Federal –un momento clave de las guerras civiles argentinas– es vista como “una farsa”. Según Peña, en el 80 el viejo objetivo del interior provinciano y la resistencia de los porteños son “anacrónicos”, inactuales, con el interior ya vencido, sin la menor posibilidad de reversión histórica. Más aún, Tejedor (se supone que también Mitre) es conciente de esa realidad, pero busca demagógicamente seducir a los porteños, razón por la cual simula empeñarse en “defender a Buenos Aires”. Roca, a su vez, también sabe que es así, pero tiene como fin granjearse el apoyo de las provincias del interior. De modo que todo fue un duelo entre pícaros: los 3000 muertos de las batallas de Barracas y Puerto Alsina, infiere Peña, sin atreverse a decirlo abiertamente, serían el fruto de la idiotez compartida por los porteños y los soldados del Ejército nacional, que se inmolan empujados por Roca y Tejedor a una lucha inútil, ya que la causa por la que mueren no es real, sino la invención de ambos estafadores, que pugnan para decidir quién ordeñará el presupuesto.

La ya mentada “inteligencia luminosa” reaparece al examinar el radicalismo de Yrigoyen y las mayorías que lo apoyan. Como hemos anticipado, el “análisis” de Milcíades reitera aquí la tradición sentada por el gran maestro de la izquierda cipaya, Juan B. Justo: “todo el mundo lo votaba sin saber exactamente por qué”[31], dice Peña. Y explica qué los radicales obtenían ese respaldo no, como creemos los alumnos “no muy aventajados” por encarnar una larga lucha por la soberanía popular y ser una representación del nacionalismo popular[32], sino por obra de “una eficiente maquina electoral”. A Yrigoyen “lo derribó la oligarquía”, pero “estaba perfectamente mancomunado en ideas e intereses fundamentales con el imperialismo inglés, la burguesía terrateniente argentina, con el capital financiero e industrial tan íntimamente vinculado a los dos primeros, con el ejército –su guardia pretoriana– y la Iglesia –su gendarme espiritual”, nos explica[33].estrategia_n_2_57 Nótese, además, que Milcíades, como pionero del “izquierdismo” que acompañaría las luchas de la Mesa de Enlace, en el 2008, hace sí “la defensa del chacarero”, ajeno a la sospecha que está frente a un actor de la Argentina probritánica. Un actor secundario, es cierto, pero cuyas contradicciones con los terratenientes pampeanos son secundarias, al coincidir con ellos en la perpetuación del sistema que condena a ser granja, a la exportación de granos y carnes[34].

Si recordamos los juicios de Moreno y Peña sobre el peronismo y la clase obrera, según los cuales en la Argentina del siglo XX los argentinos continúan mostrándose incapacitados para advertir que viven en el reino de la fantasía, invariablemente estafados por distintos vivos, cabe preguntarse cómo podría una voluntad revolucionaria, si así lo deseara, recorrer el camino que transforma “la Idea” en fuerza material, como reclama Marx ¿O debe suponerse que lograr tal cosa requiera antes lavarle el cerebro a los trabajadores y el pueblo, como parecen creer nuestros “trotskistas”? Esta conclusión, lejos de ser una chicana, emana de las premisas que comparten con Peña: si además de carecer de voluntad revolucionaria, como sucede en todos los pueblos, cuando no la precisan, la clase obrera y nuestras mayorías no tienen tampoco un “instinto” de clase –vulgar sabiduría que los hombres adquieren para enfrentarse al mundo, según supone la tradición marxista– ¿dónde encontrar un punto de apoyo?

Por fortuna, la realidad indica que es Milcíades Peña y otros seudotrotskistas ineptos para asimilar las enseñanzas del marxismo que creen abrazar, los que no comprenden que el proletariado argentino y los postergados de nuestra patria han sabido distinguir, con raras excepciones, cuáles eran las mejores alternativas brindadas por la historia, en cada coyuntura de la historia del país[35]. Algo de esto amenaza con entender Christian Castillo –salvo que intente sólo salvar su pellejo–  cuando dice, comentando a Peña: “señalemos, a modo indicativo, una serie de debilidades presentes en la interpretación histórica de Peña, haciendo nuestra también la crítica sobre la falta del protagonismo de las masas, en particular la clase obrera, en la explicación del desarrollo histórico”[36]. Se  trata, es claro, de una admisión parcial, que oculta algo mucho más grave, por lo siguiente: la idiotez de las masas y su invariable manipulación por parte de caudillos que, como Roca, Yrigoyen y Perón representan, según Peña, intereses opuestos a nuestras mayorías, es mucho más que “falta de protagonismo”[37]. Nuestras masas populares estarían incapacitadas para identificar su propio interés inmediato, algo muy distinto, al menos si hablamos de la clase obrera, a carecer de plena conciencia histórica, algo sólo posible cuando está organizada por su propio partido y, más aún, está próxima a tomar el poder.

No hay épica en la historia narrada por el curioso “marxista”. Los líderes y figuras destacadas, en todos los casos, carecen de valores: son todos pillos, que levantan mentirosamente banderas que las masas, enceguecidas, creen nobles; sólo pelean por ocupar el poder, para repartirse cargos y desplazar a sus adversarios, que persiguen lo mismo. Invariablemente son secuaces de los ingleses, lo pregonen o no, y las potencias extranjeras jamás encuentran una resistencia digna de ser elogiada y que pueda operar, en el presente, como ejemplo a imitar en la dura batalla por tener una patria[38]. Las mayorías, por su parte, son tan necias que los apoyan (véase lo citado, para Yrigoyen) “sin saber exactamente por qué”, aun cuando están jugándose el pellejo[39]; tan estúpidas son que creen estar “luchando por la patria”. Ahora bien, ante la supuesta identificación de Milcíades Peña con la clase obrera, si nuestra lectura se  hubiese detenido en el ciclo anterior a la emergencia del peronismo, esperaríamos que Peña supere la inclinación a descalificar a las masas cuando llegue la hora de analizar al proletariado: si se pretende  construir un partido obrero, se supone que, además de contar con las determinaciones creadas por el lugar del proletariado en la producción, lo creemos portador de un conjunto de rasgos que lo habilitan para la función del “sujeto revolucionario”, capaz de conducir a las restantes clases del campo popular. Pero ya sabemos que no es así: como hemos visto, nuestra clase obrera es “quietista y conservadora”, según “lo prueba” su adhesión al peronismo, ese “carnaval” sepultado por la “revolución libertadora”. Nótese que Peña juzga así a la clase obrera que ha sostenido la “resistencia peronista”[40], con duras luchas por recuperar los sindicatos intervenidos por los gorilas y mientras la UOM lleva adelante un plan de lucha que llegó a ocupar un millar de fábricas “por el retorno de Perón”. Y cuando era posible prever que, rehecha su fuerza, era capaz de protagonizar batallas mayores, como los levantamientos de fines de la década del 60, luchas convocadas por dirigentes sindicales que eran peronistas, mientras los alumnos de Moreno, Peña y otros desnortados, seguían orinando fuera del tarro.

Las falencias de fondo: un análisis fallido de la historia y la realidad argentina y latinoamericana

Pero abundar más en los dislates de Peña, además de abrumar hasta el hartazgo al lector, nos desviaría del objetivo de analizar lo importante, las claves de su visión, que a juzgar por los datos ha obnubilado   a varios. Por otra parte, sería “la historia de nunca acabar: contradictorio en extremo[41], incansable en la producción, Milcíades nos remite a obras diversas, hasta ignotas, que no evalúa y nos obliga a revisar prolijamente, al desconfiar de sus citas, muchas veces desprovistas de referencias al pensamiento del ensayista en que se apoya, pero útiles para marear al curioso no atento[42]. Este, al valorar algún acierto parcial y la remisión a fuentes tan autorizadas como Alberdi[43], ignora su incongruencia y la ausencia de sistematicidad[44]. Ante tal cuadro, en lugar de seguir con los ejemplos puntuales, vamos a examinar los fundamentos del planteo y extraer del análisis alguna lección de valor general. Algo importante, ya que Peña, si hacemos abstracción de ciertas particularidades, es representativo de un género de “izquierdista” que abunda en Argentina y aún en Latinoamérica. Hay cierta “lógica” (valga ese término) en su obra, que explica no sólo los desaguisados monstruosos, sino también la visión que comparte con otros exponentes del “izquierdismo” cipayo, en particular con las sectas llamadas “trotskistas”.

En la base de las incongruencias de Peña y afines hayamos siempre un fallido análisis de la historia del país y su estructura social, del contenido de sus luchas de clases y, respecto a las tareas del marxismo revolucionario, la definición del carácter de la revolución argentina y latinoamericana, en el marco del dominio del imperialismo mundial, que, como afirmaba Trotsky, con la absoluta convicción de que la contradicción fundamental opone al imperialismo y la nación oprimida, “bloquea el camino de los que quieren civilizarse”.

Pero antes de abordar estos asuntos, que exigen apelar a las categorías aportadas por la teoría política, cabe analizar otro costado, que llamaríamos subjetivo, pero no por eso menos importante: el impacto que en las facciones de “la izquierda” provocó la existencia de fenómenos que son, para el ojo alejado del Marx viviente –el modelo paradigmático fue Juan B. Justo– la emergencia de criaturas que agreden pero no alteran su sentido común o, para mayor claridad, la maraña de prejuicios que en ellos obstruye el análisis racional. Valga, como modelo, ese “insulto a la razón” que el amor a Yrigoyen representaba para el fundador del “socialismo” argentino. Como Milcíades, Justo pensaba “que todos lo votaban sin saber por qué” y, en lugar de someter a examen sus preconceptos, hablaba con desdén de “la política criolla”; condenaba in totum a “la burguesía” local, sin averiguar por qué razón la derecha oligárquica solía favorecer electoralmente al socialismo, para restar votos a la UCR. Pero, en su época, Justo y sus seguidores podían encontrar un eco favorable a su extravío conceptual, por el aliento que les brindaba el inmigrante europeo, que ellos creían más lúcido que el criollo. A su vez, cabe decir que en cierto modo los socialistas veían progresar su empresa, al menos en la franja de los trabajadores vinculados al litoral privilegiado surgido de la asociación de las clases dominantes de la zona pampeana con Gran Bretaña. Pero la izquierda posterior, fracturada por disensos ajenos a un debate programático situado en el país –sus dilemas eran un eco local de las disputas que conmovían a las diversas Internacionales, lo que implica girar sobre problemáticas ajenas– en stalinistas y  trotskistas, vivió como catástrofe la aparición del peronismo, que cuestionó las premisas básicas de su existencia. En tal sentido, la única excepción fue el pequeño grupo que se identificaría más tarde como “izquierda nacional”, para el cuál Perón era en la Argentina un fenómeno afín al liderado en Méjico por Cárdenas, cuyo apoyo, por parte de Trotsky, les ofrecía un modelo para entender al peronismo y enfrentar la presión del “socialismo” juanbejustista y el PC. Pero, el impacto en el “trotskismo” no fue menor: el apoyo de Trotsky al militar nacionalista azteca todavía incomoda a las sectas que hoy lo conforman, que se empeñan en ocultar las críticas del maestro a las desviaciones ultraizquierdistas en la cuestión nacional[45]. En tal sentido, la iracundia y la repulsión que pueblan todos los textos de Peña son tan sólo una muestra del volumen de esa conmoción, no superada todavía.

La “colonización capitalista” de América Latina y la distorsión de las categorías de análisis marxistas

aNTES DE MAYOEn 1948, Nahuel Moreno lanza la tesis que enunciamos en el subtítulo, que Peña hizo suya y ha tenido luego otros exégetas[46]. Un dislate teórico, como lo prueban autores marxistas serios, respondiendo al planteo, reformulado por Gunder Frank en la década del 60[47].  Una referencia breve a las motivaciones políticas que impulsaron a estos planteos sirve para situar al lector no familiarizado con la historia de las izquierdas latinoamericanas. Veamos. A fines del 40, Moreno era un feroz antiperonista; pero esta posición fue la expresión de un ultraizquierdismo básico, tributario aun del rechazo a la lucha por “la   liberación nacional” que caracterizaba a todas las sectas trotskistas, antes de la época de Liborio Justo. Abstractamente “antiburgués”, el maestro de Milcíades buscaba en la historia apoyo a su postura, que negaba toda progresividad al “nacionalismo burgués”. Si había en América Latina, desde Colón hasta la actualidad, algo que pueda llamarse capitalismo, se justificaba pensar en una “revolución socialista”, cuyo enemigo era la burguesía en general. De paso, era un modo de ser “trotskista”, combatiendo al stalinismo y sus banderas “antifeudales”, que sostenían la hipótesis de una “etapa burguesa” para la revolución latinoamericana, sin excluir a la Argentina, donde creían ver en el chacarero pampeano una condición “campesina” (retomada hoy por los epígonos del “morenismo”). Pero, una década después, en 1957, apóstol del “entrismo”, trasvertido entonces (Peña, dixit) al “trotskismo-peronista”, Moreno no obstante reivindicar sus “Cuatro tesis”, omitía confesar[48] –negaba el hecho, más bien– de que aquel planteo era “antiburgués”, opuesto a la tesis de “la revolución permanente”. No obstante, el texto exhibe, como una huella digital, lo que el delincuente oculta. Pero, en nuestro caso, interesa, ante todo, examinar las inconsistencias, que tanto en el caso del fundador del “morenismo” como en el texto de  Gunder Frank, muy posterior, revelan la incomprensión de las categorías establecidas por el autor de El Capital. Dice Moreno[49]:

La colonización española, portuguesa, inglesa, francesa y holandesa en América, fue esencialmente capitalista. Sus objetivos fueron capitalistas y no feudales: organizar la producción y los descubrimientos para efectuar ganancias prodigiosas y para colocar mercancías en el mercado mundial. No inauguraron un sistema de producción capitalista porque no había en América un ejército de trabajadores libres en el mercado. Es así como los colonizadores, para poder explotar en forma capitalista a América, se ven obligados a recurrir a relaciones de producción no capitalistas: la esclavitud o una semi esclavitud de los indígenas. Producción y descubrimiento por objetos capitalistas; relaciones esclavas o semi-esclavas; formas y terminologías feudales (al igual que el capitalismo mediterráneo), son los tres pilares en que se asentó la colonización de América.

¿Esencialmente capitalista? Porque sus “objetivos” fueron “capitalistas y no feudales”, dice Moreno, corrigiendo a Marx. El capitalismo, ¿nació de la voluntad de obtener ganancias? En la sociedad feudal, ¿nadie se interesaba por ganar dinero? Olvidemos a los mercaderes de la Edad Media, prolijamente estudiados por los historiadores europeos: los propios señores feudales, más de una vez vendían los excedentes. Moreno, presunto marxista, ¿dónde aprendió que para “explotar en forma capitalista a América” (o a cualquier región, en cualquier época) se podía “recurrir a relaciones de producción no capitalistas”, como “la esclavitud o semiesclavitud de los indígenas”? Pero, si “obtener ganancias” hizo comerciantes a los antiguos fenicios, impulsó la expansión griega en el Mediterráneo, fue habitual en el Imperio Romano ¿Creía Moreno, y se privó de enseñarnos, que hubo en la antigüedad “objetivos capitalistas” y “formas capitalistas de explotación”, que usaban esclavos, “porque no había un ejército de trabajadores libres”[50]? Tráfico comercial y producción para el mercado no faltaban precisamente y la voluntad de explotar el trabajo ajeno, existía ya desde los tiempos de la revolución neolítica. Como tantos economistas del pensamiento burgués, ¿suponía Nahuel que el capitalismo era eterno?

Para responder al absurdo de semejante planteo, si nos atenemos a Marx, basta leer este juicio suyo, claro y conciso: “Sólo la forma en que el plustrabajo es arrancado al productor directo, al trabajador, diferencia las formaciones económico-sociales, por ejemplo la sociedad de la esclavitud de la del trabajo asalariado”[51]. O esta otra, de Mauricio Dobb, que responde a los mismos dislates de Nahuel y Milcíades: “Si entendemos por ‘capitalismo’ un modo específico de producción, no podemos situar el origen de este sistema en las primeras manifestaciones de un comercio de gran escala y de una clase de mercaderes, y tampoco concebir un periodo especial de ‘capitalismo comercial’, como muchos lo hicieron”[52]. Por nuestra parte, señalamos que Dobb responde con esto a ensayistas europeos, sin la menor alusión a nuestro dúo.

Sin hacer referencias a las “tesis” de Moreno, Peña reitera la misma versión, en Antes de Mayo. Apela, en su caso, a la autoridad académica de Sergio Bagú[53], omitiendo guiarse por el autor de El Capital. Sin advertir que se trata de una zoncera –el lector juzgará– Milcíades repite un argumento “polémico” de Nahuel Moreno, contra Rodolfo Puiggros. Así, maestro y discípulo, cuestionando el planteo de la colonización “feudal” expuesto por Puiggros en 1942, dicen lo siguiente (como el planteo es el mismo, citamos a Milcíades): “Pese a las afirmaciones sobre la colonización feudal, Puiggros reconoce que ‘el descubrimiento de América fue una empresa llevada a cabo por comerciantes y navegantes’ y tuvo objetivos perfectamente comerciales”[54]. De modo que el asunto de cuál fue el modo de producción imperante en América tras la colonización española y portuguesa queda zanjado por dos argumentos: 1) Que españoles y portugueses crearon focos productores de mercancías para el mercado y la economía de subsistencia era apenas marginal; 2) que Cristóbal Colón usó carabelas para  viajar a Las Indias,  con el capitalismo a bordo, descartando la posibilidad de venir a caballo.

¿Necesita el lector, marxista o no, saber que el término “capitalismo comercial” no se encuentra en el índice temático de El Capital[55]? Moreno y Peña, ¿no lo sospecharon? Es obvio el motivo: Marx nunca empleo la expresión porque no creía en la existencia de algo que pueda denominarse “capitalismo  comercial”. Sólo señaló, les guste o no a los discípulos revisionistas, que el capital comercial es mucho más antiguo que el régimen capitalista y coexiste con diferentes modos de producción. Hay, sí, académicos (particularmente, entre los europeos, algunos medievalistas) que usan esa categoría para señalar a las ciudades comerciales de la Edad Media. Pero, se trata de autores no marxistas, aunque aprovechen ciertos aportes de Carlos Marx. Pero, si se creen marxistas, como Peña y Moreno (¿o trotskistas-peronistas?), cabe decirles “correctores” de El Capital, que pretenden apuntalar, distorsionando este texto, su obsesión de identificar como enemigo principal, en la periferia semicolonial, a “la burguesía”, a secas. Esto los arrastra lejos de Marx, para acercarlos a Juan B. Justo, su verdadero inspirador.

Las semicolonias y el mal resuelto tema de “la liberación nacional”

Vano sería buscar en Peña y el ultraizquierdismo “trotskista” explicación de los motivos por los cuales ignoran o tergiversan los juicios de Lenin sobre la cuestión nacional y, particularmente, sobre la posición adoptada por el huésped de Cárdenas respecto a la cuestión nacional latinoamericana. Ya que, como el lector sabe, o advertirá al estudiar los Escritos Latinoamericanos del compañero de Lenin, en su exilio en Méjico, Trotsky nos dice explícitamente que: (1) América Latina es una nación inconstituida; (2) las burguesías nacionales de nuestra patria grande, tardíamente nacidas en la era del imperialismo, son demasiado mezquinas y cobardes para llevar a término su unidad nacional; (3) esta tarea recae por esa razón en el proletariado latinoamericano, que debe establecer como objetivo estratégico la constitución de una Confederacíon Latinoamericana, que él denomina “Estados Unidos Socialistas de América Latina”[56]. Peña, falsario hasta la impudicia, pretende achacar a Jorge Abelardo Ramos, que hace propio el planteo de Trotsky, la intención de dilatar sin término la lucha por el poder en cada uno de nuestros países, con el argumento de que Ramos cree que, antes de que el proletariado pueda luchar, las burguesías latinoamericanas deben unirnos, o que,  de lo contrario –delira Milcíades, no el criticado por él– sería preciso  un simultáneo levantamiento de la totalidad de las patrias chicas de nuestro continente[57].

Sea cual fuere nuestra opinión sobre el tema, el “trotskismo” de nuestros pagos silencia el planteo del presunto maestro de todas sus tribus. Veamos el caso de nuestro Milcíades, que fija su posición, pero omite decir que contradice a Trotsky.

En otro texto, Peña se expresa más sinceramente. Dice entonces que la única base para sostener que América Latina “es una nación” es su pertenencia al Imperio Español, que la unificaba formalmente. Otra cosa “nunca existió”. Siendo así -plantea- creer que América Latina es una nación, desarticulada después de independizarse de España, es como “afirmar que la India y Norteamérica eran una misma nación por pertenecer ambas a la Corona Británica”[58].

¿Ignoramos la zoncera? ¿es preciso recordar que los EEUU y la India no nacieron del mismo desarrollo histórico, tampoco comparten una misma lengua y una misma religión, carecen de un territorio común entre sí, son dueños de tradiciones completamente distintas y sería insensato imaginar que generaran una misma literatura, patrones todos ellos que identifican como “nación” a la América Latina? ¡Cuánta ignorancia de la teoría marxista de “la cuestión nacional” y los movimientos nacionales de los últimos siglos padecen estos “izquierdistas” (poco) criollos, para que fuese necesario que viniera un ruso a señalarles la gran tarea de unir los pedazos de su nación inconclusa[59]!

Definitivamente, Peña milita en un “trotskismo” que silencia la actitud del huésped del gobierno del General Cárdenas, tan significativa; elude desvergonzadamente el análisis de las razones que explican la defensa que hizo Trotsky, su hipotético maestro, de la versión azteca del nacionalismo burgués con traje militar que es típica en Latinoamérica, trascendiendo largamente la experiencia argentina de 1943, cuyas particularidades no impiden inscribirla en el marco de sucesos contemporáneos a la vida  de Trotsky, como la Revolución Mejicana o la emergencia en Brasil de Getulio Vargas, para emerger más tarde en más países hermanos[60]. Curiosamente, Milcíades habla más de una vez de la fragmentación latinoamericana en veinte países débiles y sometidos, a los que hermana (sin claridad conceptual); señala, inclusive, el papel que cupo para que así fuera a la burguesía comercial de nuestros puertos, socias de Gran Bretaña. No obstante, la categoría “nación” la aplica para nombrar Estados actuales de la patria común, como si “la nación” no fuese un producto histórico, existente antes de la unidad estatal –como manifestación  superestructural del desarrollo interior que ha operado en su seno. Eso le impide entender nuestra historia y explica las contradicciones que pueblan su obra, donde algún chispazo de lucidez fugaz convive con los prejuicios habituales del “izquierdismo”, siempre fiel a Juan B. Justo, que tradujo a Marx sin entender nada. En suma: Peña venera a Trotsky de un modo que el ruso grafica así: “dibujan un bigote en la figura de la mujer que hemos pintado”[61]. Pruebas, en tal sentido: ¿cómo es posible hablar, como hace Peña, de la “independencia” del Uruguay y admitir, al mismo tiempo, que fue el fruto de las intrigas británicas y lusitanas, para concluir identificando a la “nación” argentina, uruguaya, paraguaya, ya que ni siquiera el Virreinato del Río de la Plata, para él, es “una nación”? Es verdad que, como señala Peña, los lazos estructurales de orden económico, al ser precarios, atentaban contra el propósito de constituir un único Estado nacional ¿Pero acaso no advierte que esta afirmación      lleva a negar la existencia de la nación alemana, hasta el día en que Prusia logra dar a esa nacionalidad  “su” estructura estatal, cuando las condiciones maduraron para avanzar en tal sentido? Ese desenlace sólo era posible en tanto existiera, como condición previa, una nación histórica.

Pero esta cuestión, actualizada después de la muerte de Peña por los sucesos que vivimos en el siglo XXI, luego del lanzamiento del Mercosur, pese a ser estratégica para la emancipación latinoamericana, es un tema subestimado por los “trotskistas”, aún hoy. Pero, es casi una sutileza darle un peso central al examinar a Milcíades, ya que sus carencias son aún más básicas. En realidad, la confusión reina en su obra (y las de sus congéneres) en el tema básico de “la liberación nacional”, sin cuya comprensión es imposible trazar un programa revolucionario en el mundo semicolonial.

La mayoría de los lectores, según suponemos, ignora la historia de los debates trotskistas de la primera mitad del siglo XX, cuando intentaban definir una visión del país. Siendo así, es bueno saber que desde el primer día predominó la tendencia, también juanbejustista, a ignorar la lucha antiimperialista, con una particularidad: al ser imposible rechazar las propuestas de la III Internacional de Lenin y Trotsky, respecto a la lucha en las colonias y semicolonias, nuestros trotskistas hablan de “liberación nacional”, pero añadiéndole “el bigote”: aquella tarea implicaba “en primer término, luchar contra la burguesía nacional”. Como señala un “trotskista” de la fracción Altamira (PO), “hasta se pierde el sentido de las palabras: si la lucha antiimperialista es en primer término contra la burguesía nacional, ni siquiera se ve por qué llamarla así[62]. Lo cual no impide que ambos metan por la puerta “la lucha antiimperialista” y “la liberación nacional” y la expulsen inmediatamente por la ventana, practicando la fórmula que Coggiola critica (de palabra). Peña, en particular, reitera hasta el hartazgo la tesis del “sometimiento de la burguesía nacional al imperialismo”. Pero, sabiendo que será por esto criticado, “aclara” que no postula “la identidad” de intereses de la burguesía nativa con el capital extranjero, pero nada más que para “salvar el pellejo”, ya que nunca explica qué los opone. Del planteo leninista, seguido por Trotsky, según el cual el nacionalismo burgués es incapaz, en la era del imperialismo, de llevar a término la lucha antiimperialista, Peña “deduce” que nunca es capaz de enfrentarlo, como en los hechos vemos (aunque después capitule, por temor a la movilización revolucionaria del proletariado). Trotsky, para enfrentar simultáneamente al oportunismo y su opuesto, el ultraizquierdismo del “tercer periodo”[63], dice: “si ayer se incluía (referencia al stalinismo) a la burguesía china en el frente revolucionario único, hoy, por el contrario, se proclama que <ha pasado definitivamente al campo de la contrarrevolución>. Pero no es difícil descubrir que estas clasificaciones y estos traslados de campo, efectuados de una manera puramente administrativa, sin el menor análisis marxista serio, carecen de fundamento. Es evidente que la burguesía no viene al campo de los revolucionarios al azar ni a la ligera sino porque sufre la presión de sus intereses de clase[64]. Después, por temor a las masas, abandona la revolución o le manifiesta abiertamente el odio que le había disimulado. Pero no puede pasar definitivamente al campo de la contrarrevolución, es decir, liberarse de la necesidad de ‘sostener’ de nuevo a la revolución o, al menos, de coquetear con ella, más que cuando con métodos revolucionarios o de otra especie (bismarkianos, por ejemplo), logra satisfacer sus aspiraciones fundamentales de clase.” Y concluye: “decir hoy a los comunistas chinos: ‘vuestra coalición con la burguesía fue justa’, de 1924 hasta fines de 1927, pero ahora ya no sirve de nada, porque la burguesía se ha pasado definitivamente al campo de la contrarrevolución, es desarmarlos de nuevo ante los cambios objetivos de situación que se producirán en el futuro y ante los zigzags hacia la izquierda que la burguesía china describirá inevitablemente”[65]. Ese es el planteo que responde a los hechos históricos concretos, en el mundo colonial. Y no comprenderlo, explica las oscilaciones perpetuas del “morenismo”, al que tributó Peña: desde el “entrismo” (oportunista), antes señalado, al enfrentamiento (sectario, ultraizquierdista) a la burguesía nacional que, reconociendo de palabra la oposición de intereses en que se basa el planteo de la “liberación nacional”, en los hechos combate al nacionalismo burgués con más energía que al capital extranjero (“son lo mismo”, alega del Caño, para justificar una conducta que ignora al enemigo principal y ayuda objetivamente al bloque opresor de las mayorías nacionales).

Una “seudoindustrialización” argentina, con impulso oligárquico

Un típico recurso “polémico” de Moreno y Peña, infantil pero Fichas III ponzoñoso, es calificar de “seudo” a los  fenómenos que contradicen su visión caprichosa “de lo que debe ser”. No se trata de una exageración nuestra: la movilización espontánea del 17 de octubre de 1945, calificada de murga por los socialistas y stalinistas, fue definida por Moreno un “movimiento artificial”. Escribe nuestro hombrecito, en 1949: “No hubo iniciativa del proletariado ni oposición al régimen capitalista, ni lucha o conflicto con éste. No fue por tanto una movilización obrera”[66]. Clarísimo: si los obreros no hacen lo que desea Moreno, son seudoobreros.

Hemos visto ya cómo su discípulo, Peña, juzga del mismo modo los momentos trascendentales de la historia nacional, como “el mito de la Revolución de Mayo” o la guerra civil de 1880. Del mismo modo, Milcíades nos habla de la “seudoindustrialización” argentina, sin inmutarse ante la semejanza que esta aserción tiene con la de “industrias artificiales”, usado por los voceros de la oligarquía para descalificar el desarrollo de ramas fabriles que contrariaban a los ganaderos, por romper con el “destino natural” del país, ser “granero del mundo” de la Europa industrial. Ahora bien, los ensayistas que encomian la “creatividad” de Peña y la profusión de cuadros con que pretende sostener este capricho suyo, cuyo único fundamento verdaderamente atendible, aunque falazmente usado, es lo que Aldo Ferrer llama con justeza “una economía industrial no integrada”, ¿no se plantean por qué, siendo que el desarrollo de la producción agropecuaria tampoco responde al modelo vigente en los centros avanzados del capitalismo mundial, no deberíamos hablar de un “seudodesarrollo” del agro pampeano? ¡Ah, no, eso sería tomarle el pelo al consagrado país de los ganados y las mieses, con el riesgo de que se nos burlen si empezamos a decir seudovacas y seudotrigos!

Se trata, pese a la profusión de cifras y cuadros, de otro capricho de un ultraizquierdismo infantil…pero ya crecidito.

Después de enumerar un conjunto de fenómenos que efectivamente acompañan a la industrialización de un país, Peña saca de la galera del ilusionista la siguiente prescripción: (la industrialización) “implica y supone mucho más. Implica modificaciones de la estructura de la sociedad, ante todo modificaciones  de las relaciones de propiedad. Vale decir, expropiación de las viejas clases propietarias y ascenso de nuevas clases al poder, fenómenos que revisten distintas manifestaciones políticas según los países y épocas, pero en todos los casos acompañan la industrialización y sientan las bases para la misma”[67]. Por favor, entérese el lector: ¡Alemania es seudoindustrial, ya que no expropió a los antiguos junkers, que con Bismarck impulsaron el fenomenal ascenso del capitalismo alemán! Con esta falacia, junto a los países clásicos del capitalismo central, Milcíades incluye a los países socialistas de aquel momento, ya que cumplían con su última exigencia ¡Vaya manera de sostener atrabiliariamente las virtudes de toda “revolución socialista”! No importa si China, en 1964, cuando Peña escribe, acude a sistemas de producción medievales en el mundo agrario, sin evitar no obstante el flagelo del hambre y su producto per capita apenas tenga un valor de 85 dólares, contra 1.179 de la pobre Argentina seudoindustrial.

En nuestro caso, sorprende que la “interpretación” se aplique a un proceso que cobró impulso en las   últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX, procesando materias de origen local, en Cuyo (vitivinicultura, licores), el Norte (azúcar), Córdoba (cemento, cales) y, más tarde, en diversas regiones, con molienda de trigo, hilado de algodón, yerba mate, etc. Por lo demás, después de la revolución del 80 y el ascenso del roquismo, impulsor de ciertas industrias, como en la industrialización posterior a la crisis mundial de 1930, aunque no tuvimos la “revolución socialista” que Peña exige para suprimir el “seudo”, es posible identificar junto al desarrollo industrial desplazamientos de clases[68], si se quiere verlos[69].

No vamos a negar, desde luego, las graves falencias de la industrialización del país, entre las cuales se destacan múltiples debilidades en la Rama I (producción de bienes necesarios para producir bienes de consumo), también designada como industria pesada. Aldo Ferrer, más serio y equilibrado que Peña, usa para definir la etapa inaugurada en 1930, como hemos dicho, la fórmula “economía industrial no integrada”, mucho más clara y consistente, a nuestro juicio. Creemos, por otra parte, que el problema central del desarrollo argentino es, desde entonces, la “restricción externa”, que expone, desde una materialidad económico-financiera, los límites de un orden signado por la hegemonía oligárquico-imperialista, que se apropia parasitariamente del ahorro interno y lo sustrae al ciclo de acumulación productiva. Sin ese dato, obviamente cualitativo, que el desarrollo industrial se hubiese iniciado con la elaboración de materias primas internas o en las industrias de producción de bienes de consumo, no hubiera impedido que el país lograra –Noruega, Australia, Canadá y otros son pruebas categóricas– completar la trama necesaria para integrar nuestra economía, con desarrollos verticales. Finalmente, si algo faltara para probar que la arbitrariedad que caracteriza a los planteos formulados por Peña se reiteran al abordar el tema de la industrialización, debería bastar el siguiente dato: después de negar que nuestra industrialización haya sido genuina (aunque sepamos, con Ferrer, que no logró integrarse y requiere la importación de máquinas, herramientas e insumos importados), Milcíades, obsesionado con “demostrar” que nada puede esperarse del burgués nacional, termina diciendo que en los países atrasados no es posible el desarrollo industrial. Según él, en la misma Rusia, antes de la Revolución, tuvo lugar una “seudoindustrialización”, lo mismo que en China, “antes de 1949”; en la periferia “la industrialización se produce como industrialización socialista, en el marco de relaciones de propiedad socialista”. Disculpe, el lector, pero somos incapaces de reprimir la tentación de poner en claro que la actual China, que advirtió a tiempo que para construir las bases materiales del socialismo debía apelar a métodos de mercado y economía mixta, con control estatal y planificación no burocrática, y viene de ser una semicolonia, no está en condiciones para que Peña la juzgue genuinamente industrializada. Cuba, en cambio, cuya revolución valoramos, sin desconocer su fracaso para avanzar en el desarrollo de la productividad del trabajo, sería aprobada por el sabio Peña. Lo peor del caso es que, sin la menor reflexión y casi “como al pasar”, Peña sostenga que la toma del poder por la clase obrera implica “la industrialización”, ignorando que el triunfo político de la clase obrera, por trascendente que sea, sólo abre un camino hacia la superación del atraso, si se acierta en la elección de métodos y acciones aptos para crear un país avanzado, lograr la meta de “alcanzar y superar” a los países centrales, creando las bases materiales del socialismo[70].

Ahora bien, ¿cuál es el secreto de esta descalificación del desarrollo industrial argentino, cuyos logros más significativos, como haber sido el cuarto país del mundo que fabricó aviones a reacción, Milcíades silencia, que complemente la obsesión por demostrar que los avances más importantes tuvieron lugar antes de 1943 y que son “pobrísimos” los resultados que se logró después de entonces? ¿Es necesario  decir que el secreto de todos los cuadros y cifras que Peña exhibe es su voluntad de demostrar que el peronismo no desarrolló la industria nacional, y que Pinedo y la oligarquía hicieron más, en tal sentido[71]? Es obvio: si la industrialización es el fruto de una voluntad oligárquica, el fenómeno del peronismo es “un alegre carnaval”, tesis que Peña y Moreno vienen reiterando desde la década del 40, coincidiendo con la oligarquía, pero en clave “de izquierda” y con fundamentos “científicos” ¡Lástima que Peña no pudo ver confirmada su teoría sobre la voluntad industrializadora del bloque oligárquico en tiempos del Proceso y Martínez de Hoz, cuya voluntad de enterrar a la burguesía industrial fue más eficaz que la del ultraizquierdismo cipayo[72]!

Finalmente, para coronar sus arbitrariedades, que siempre adquieren un franco contenido oligárquico imperialista –eso sí, revestidas de una fraseología pretendidamente izquierdista– Milcíades ataca al “capitalismo de Estado”, el sistema de empresas públicas que fueron el fruto de la militancia nacional de varias generaciones y de grandes patriotas civiles y militares, como Yrigoyen, Perón, Mosconi, Savio y tantos otros –YPF, Fabricaciones Militares, Fábrica Militar de Aviones, Agua y Energía, Ferrocarriles del Estado, ENTEL, SOMISA, por no hablar del IAPI, igualmente vilipendiado por este “trotskista”– que privatizará más tarde la peste neoliberal, para quebrantar la capacidad defensiva del país, con los argumentos usados por los ideólogos de la libre empresa, según los cuales el  Estado “atrasa” y es mal administrador. En ese marco, Peña aporta lo suyo (debate con Jorge Abelardo Ramos): “…el capitalismo argentino es privado. Pero  las  empresas  pertenecientes   al  Estado  – el ‘capitalismo de Estado’ (según Ramos, un logro) – se comportan exactamente igual que las empresas privadas, sólo que empeorando las deficiencias de éstas (…) El atraso argentino, la baja productividad del trabajo nacional, son realimentados diariamente por el accionar de este “capitalismo de Estado” que, dilapidando sin cesar recursos escasos[73], refuerza la dependencia del país frente a las metrópolis del capital”. Para reforzar con “fuentes” este falaz ataque, Milcíades cita un Informe publicado por el Poder Ejecutivo en 1963, durante la administración de José María Guido, fantoche del golpe que derribó al gobierno de Arturo Frondizi, donde un escriba oligárquico afirma:  “Las empresas del Estado son una expresión de ineficiencia que repercute de manera desfavorable sobre toda la economía nacional. El mal aprovechamiento de los capitales con que cuentan, el exceso de mano de obra y su mal empleo, los errores en los planes de inversión, la deficiencia administrativa y contable, son expresiones visibles de esa situación”[74].

Como se advierte, el “analista” al servicio de la oligarquía restaurada en 1955 y el “marxista” Milcíades, coinciden en el planteo de que las empresas públicas eran más eficientes en manos de los ingleses.

Córdoba, 18 de abril de 2023

NOTAS:

[1] Milcíades Peña, Masa, Caudillos y elites, Editorial Fichas, 1973, pág. 101

[2] Ibidem, pág. 110. Un modo “marxista” de agradar al gorila y machista más exigente. En la pág.108 del mismo libro leemos: “Artista de radioteatro y cine, poco cotizada y muy de segundo plano, vinculada a militares de alta graduación, en 1943 Eva Duarte se ganaba la vida como podía, con su escaso arte, su mucha belleza y su desbordante audacia. En 1947, era la primera dama de la nación. ‘Abanderada de los humildes’, sus bienes personales –entre joyas, modelos parisinos, acciones y depósitos en bancos extranjeros– sumaban cuantiosos millones de pesos, y se la recibía en las cortes y gobiernos de Europa, sin excluir a la corte papal, que llenó de condecoraciones y bendiciones a esta moderna Magdalena (el subrayado es nuestro)”. La ultraizquierda actual –Christian Castillo es un caso–, con su antiperonismo pavloviano insuperado, dice ser feminista, pero rinde culto al “trotskista” machirulo, que trata de prostituta a una de las más grandes figuras femeninas de nuestra historia.

[3] Ibidem, pág. 110. Vamos a ver repetirse esta cuestión de la estupidez de las masas, en toda la obra.

[4] Ibidem, pág. 112. Dice Peña: “Alrededor de Perón está la CGT, la Secretaría de Trabajo, con sus burocracias auxiliadas por la Policía Federal, y rentadas por el Estado, que aplastan a los obreros dondequiera que estos se disponen a enfrentar, por su cuenta, a la burguesía”. Hablaremos más delante de lo monstruoso y antimarxista que supone afirmar semejante cosa después de consignar, en la página anterior, que “en todas las elecciones posteriores a 1946, el peronismo tapó con votos a la oposición…”. Las masas son insalvablemente idiotas.

[5] Ibidem, pág. 128. (Perón) “no era el tipo de caudillo capaz de ponerse al frente de sus hombres e imantarlos con el ejemplo de su coraje personal”. Muchos gorilas han tachado de “cobarde” a Perón, pero en este caso nos damos con un “marxista”: tanto citar a tontas y a locas la Historia de la Revolución Rusa, de Trotsky, para que ahora el odio, que le impide ver que es absurdo pedir que Perón que “avance al frente”, como un jefe de patrulla durante una escaramuza, le impida también recordar que Lenin fue acusado de cobarde, después de ocultarse de Kerensky, tras “las jornadas de julio” de 1917, con el obvio propósito de impedir su detención o un atentado, harto posible ¿o era también “afeminado” el jefe del bolchevismo?

[6] Ernesto E. Sanmartino, La verdad sobre la situación argentina, Ed. Montevideo 1950.

[7] Destacamos en tal sentido la insólita generosidad de Horacio González, al promover y prologar la reedición de Fichas, dispuesta por él mismo, como Director de la Biblioteca Nacional. En esa presentación, González elogia el supuesto “estilo investigativo riguroso” que caracterizaría a Peña, algo que –aportaremos pruebas, en sentido contrario– muestra que los espejitos de colores tienen mercado en la intelectualidad peronista. Ver Fichas de Investigación económica y social, Tomo I, Edición facsimilar, Biblioteca Nacional, 2014. Ricardo Forster, a su vez, cree a Peña “un desmitificador”, en Tiempo Argentino, 08/06/2012. Por su parte, José Pablo Feinmann, afirma muy orondo: “La mejor, la más impecable interpretación que el marxismo argentino ofreció del peronismo surgió de la pluma de Milcíades Peña (…) Fue un hombre de una inteligencia luminosa.” (Peronismo. Filosofía política de una persistencia argentina, pág. 38). Siendo intelectuales identificados como peronistas, nos viene a la memoria el remanido refrán: ¡Dios nos cuide de los amigos…! Al mismo tiempo, nótese la ausencia de toda mención a los agravios y descalificaciones del visceral gorila: un vicio habitual del academicismo es ignorar el peso del prejuicio y el desequilibrio emocional en la formación del juicio, aun cuando el “pensador”, como le ocurre a Milcíades, luzca desquiciado. Ante cualquier duda epistemológica, recomendamos: Gordon W. Allport, La naturaleza del prejuicio, Editorial Eudeba, 1973.

[8] Tarcus, Horacio, El marxismo olvidado en la Argentina: Silvio Frondizi y Milcíades Peña, pág. 354. La política del “entrismo” ¿no es prueba suficiente del aventurerismo político y la degradación ideológica que caracterizó toda la trayectoria de Moreno y Peña acompañó, como fiel discípulo “de una figura paternal”?.

[9] Trotsky propuso a sus seguidores franceses, en la década del 30, un ingreso condicionado al Partido Socialista, para llevar en ese partido, habituado al debate, una lucha ideológico-política Esas condiciones no se verificaban  en el peronismo verticalista y sólo podían llevar a un fiasco, como ocurrió. Tarcus, ibídem, pág. 312.

[10] Hermes Radio (seudónimo de Milcíades Peña), “Peronismo y revolución permanente: política obrera y política burguesa para obreros” Estrategia N° 3, pág. 54, citado por Tarcus, ibídem, pág. 327.

[11] Nahuel Moreno, “Comentarios a algunas citas de marxismo sobre las relaciones entre los movimientos nacionales democráticos y el movimiento obrero”, Estrategia N° 3, antes citada.

[12] Tarcus, Horacio, Ibidem, pág. 329.

[13] “Las posiciones de esta corriente (Nahuel Moreno) jamás fueron objeto de un balance crítico por parte de las sucesivas organizaciones en que se estructuró, que llegan hasta el presente (PST-MAS)”. Coggiola, Osvaldo, Historia del trotskismo argentino (1929-1960), Centro Editor de América Latina, Política, 1985, pág. 111.

[14] Nada le sugiere a Tarcus que la “sólida fundamentación” del entrismo escrita por Peña (Peronismo y revolución permanente, Estrategia N° 3, 1958) saliera a la luz poco después de concluir los textos que hemos anteriormente citado, tomándolos de Masas, Caudillos y elites. Es sincero el autor al decir que tratándose de Milcíades Peña y Silvio Frondizi, él tiene una “perspectiva comprensiva”. Horacio Tarcus, ob. citada, pág. 36.

[15] Un ejemplo típico, en tal sentido, que veremos más adelante, está relacionado con “aclaraciones” efectuadas en 1957 sobre el contenido de sus Cuatro Tesis sobre la colonización española y portuguesa en América, escritas en 1949, cuando buscaba argumentos para defender en la Argentina la idea de una revolución socialista “pura”, en la cual se trataba de liquidar “a la burguesía”.

[16] La expresión “protector letal”, para caracterizar el vínculo de Moreno y Milcíades, que se acercó al primero siendo un adolescente muy maltratado por la vida, proviene del libro El socialismo en la Argentina, de Jorge Enea Spilimbergo, Ediciones del Mar Dulce, 1969.

[17] Vaya un ejemplo: para denigrar a Dorrego, Milcíades usa tramposamente la obra de Adolfo Saldías. En Historia de la Confederación Argentina, en el apéndice, este transcribe una carta de José María Roxas, dirigida a Rosas. Cuenta la carta que Lord Ponsomby, embajador inglés empeñado en hacer del Uruguay un estado autónomo y dócil a Gran Bretaña, al saber que Dorrego ha logrado ganar “a los alemanes” (empleados hasta entonces por el  Brasil), enviará esos soldados junto con argentinos a sublevar el Estado de Santa Catalina y hacer del mismo una república; al mismo tiempo, Dorrego planea secuestrar al Emperador y trasladarlo a Buenos Aires, para concluir una paz en los términos deseados por el partido patriota después de la victoria militar en Ituzaingó. Alarmado, Ponsomby informa a Dorrego que viaja al Imperio y “a mi llegada a Janeiro la paz se hará como ustedes quieran”. Algo que, ya que Saldías sostiene que Dorrego se opone a la “independencia” del Uruguay”, supone anunciar por parte del inglés una gestión conforme a esa postura. Ante esto, cuenta la carta de José María Roxas, Dorrego busca gratificar a Ponsomby con 12 leguas de tierra. Canallesco, Milcíades Peña, omitiendo aclarar que Saldías prueba justamente lo contrario, usa ese dato para decir que Dorrego “le regaló a Lord Ponsomby dichas leguas de tierra “quizás por haber derribado a Rivadavia y segregado al Uruguay”. La regla, en la obra de Peña, es que los patriotas son lo contrario, traidores al país ¿No advierte acaso que su versión falaz insinúa que al fusilarlo en Navarro, impulsado por la intriga porteña, Lavalle castigó una real traición? Lavalle, es sabido, padeció luego, al   advertir su error. Peña, en cambio, lo exime del crimen, al calumniar al jefe federal y patriota. Milcíades Peña, El paraíso terrateniente, pág. 37, 1972. Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, tomo I, Ediciones Granda 1967, capítulos 12 y 13, con sus respectivos apéndices.

[18] Tarcus, Horacio, ibídem, pág. 408. En ese punto, la exposición del autor sobre la historia personal de Milcíades es verosímil y convincente. En nuestro caso, nos genera piedad ese drama vital. Por lo demás, fundamos nuestra crítica en las ideas de Peña, sin la menor inclinación a ponernos el traje de “psicoanalista profano”.

[19] El lector juzgará esta suma de disparates y caprichos “interpretativos”. La espontaneidad del paro obrero, que se anticipa a la CGT, es ignorada, para sugerirnos que los trabajadores seguían a los “militares, curas, policías”, etc. Los subrayados al texto citado son nuestros.

[20] Un modo indirecto de embellecer a los dirigentes sindicales del PS, el PC y el anarquismo, que no practicaron   dicho “arribismo”, ya que se sumaron con inmaculado altruismo…¡a la Unión Democrática!

[21] Coggiola, Osvaldo, ibídem, pág. 98. El autor sostiene que Moreno había sustituido a Marx por Kafka, después de reproducir en la página posterior el siguiente aserto: “El imperialismo inglés, sin dejar de tener muchos de sus servidores y agentes en la oposición al gobierno (de Perón), tantos que hacen mayoría, apoya decididamente a este último como mejor forma de defenderse de la penetración del imperialismo rival”. El párrafo kafkiano proviene del periódico del POR Frente Proletario, N° 20, 20/08/1948.

[22] Como hemos visto, Peña se nutre en Nahuel Moreno fundamentalmente.

[23] Milcíades Peña, Antes de Mayo, Ediciones Fichas, 1973, pág. 79.

[24] Ibidem, pág. 77. El subrayado es nuestro. Como se ve, Milei ha tenido precursores “de izquierda”.

[25] Peña, Milcíades, Antes de Mayo, Ediciones Fichas, 1973, pág. 89.

[26] Ibidem, pág. 90 a 93.

[27] Ibidem, pág. 94. Los disparates de Milcíades, obsesionado con descalificar a nuestros patriotas y en particular el alcance de la revolución de la independencia, cuyo sentido no entiende, son tan abundantes que es imposible hablar de cada uno de ellos. Así las cosas, sólo señalamos que Peña niega carácter “democrático-revolucionario” a la política de Mariano Moreno, mientras se la reconocerá a Solano López –en el Paraguay se materializan ideas expuestas en el Plan de Operaciones, pero Milcíades brinda, respecto al Secretario de la Primera Junta, la versión de Mitre– mientras juzga progresiva la política de Rivadavia, supuesto impulsor, con “la burguesía comercial”, de la creación de una clase de medianos y pequeños agricultores. Con la excepción del Paraguay, es la historia mitrista en clave “de izquierda”. Peña, Milcíades, El paraíso terrateniente, Ed. Fichas, 1972, pág.43 (…“la política de la burguesía comercial de poblar el campo con colonos para desarrollar la agricultura iba directamente en contra de los intereses estancieriles.”). La Ley de Enfiteusis, dictada para garantizar el empréstito con Baring, que daría origen a una irreparable cesión de tierras a la oligarquía bonaerense, es consagrada como progresista, tal como lo hace la historia oficial.

[28] Ver nota 3, en el presente texto.

[29] Milcíades elige decir, para dotar a su visión caprichosa y absurda de aquel conflicto de fraseología “marxista”, que no existiendo “clases modernas” la historia trascurre por carriles distintos a la lucha de clases. Marx dijo, de   esta clase de discípulos, “he sembrado dragones y cosechado pulgas”.

[30] Milcíades Peña, De Mitre a Roca, pág. 37, Ediciones Fichas, 1972. El rastreador de nuestra historia reconocerá en este juicio la impronta juanbejustista, su pedante condena de “la política criolla”, en la que todos disputaban por “ocupar cargos”, sin “programas de clase”. Los menos leídos podrán ver que Nicolás del Caño no inventó aquello de “son todos lo mismo”. Con los ojos velados por sus prejuicios cipayos, Peña no puede ver cuáles son las claves de nuestros conflictos; advierte el antagonismo entre la burguesía comercial porteña y el interior, si se trata del Chacho, pero con exclusión de los artesanos y montoneros del pobrería provinciano, es incapaz de ver la progresividad y los rasgos nacionales del patriciado que vive en “los trece ranchos” y del ejército nacional, que encontraron una expresión muy limitada en Sarmiento y Avellaneda, pero mucho más neta en el roquismo del 80. El choque armado entre Tejedor y Roca por la nacionalización de la Aduana y el Puerto y la transformación de Buenos Aires en Capital Federal, que costó 3000 muertos, es “una farsa” y el apoyo roquista a las industrias del Interior (cales, cementos y molinos en Córdoba, azúcar en el norte y vinos y licores en Cuyo, que se impulsó enfrentando a los importadores porteños, nada le sugiere sobre “lucha de clases”, al no estar contempladas en su manual “marxista”. La futura desintegración del roquismo y su fusión a los cuadros de la oligarquía nacional no debe afectar la evaluación de la guerra civil del 80, del mismo modo que las gestiones de Carlos Menem no sirven para juzgar la década de los gobiernos del General Perón. Contradictorio impenitente, sin perjuicio de la tesis de “la pelea por los cargos”, Peña saca de la galera la caprichosa mención a unas “oligarquías provincianas”, sin caracterizarlas mínimamente. Ver sobre el punto, Ramos, Jorge Abelardo, Del patriciado a la oligarquía, tomo II de Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, Plus Ultra, 1973. Además, luego de hablar de Alberdi como inspirador de sus ideas (¡junto a Sarmiento!), ignora sin dar explicación alguna el análisis y compromiso del gran tucumano en las luchas del 80, cuyo final festeja en un texto clásico. Ver: La República Argentina consolidada en 1880, Juan B. Alberdi, Editorial Luz del día, 1952.

[31] ¿Qué alcance tiene aquí la expresión “exactamente”? ¿Alguna vez, en algún país, se vio un pueblo que defina “científicamente” las razones de su voto? Estos trucos verbales son habituales en Milcíades Peña, que busca así embarrar la cancha (tiene en la manga la chance de sostener que no acusa al votante de ser parte de un “aluvión zoológico”, sino de carecer de conocimiento “exacto”… por desoír las lecciones del Maestro Ciruela).

[32] Los límites del nacionalismo yrigoyenista, ampliamente tratados por nuestra corriente, no son el tema de este trabajo, pero no justifican ignorar el patriotismo del caudillo radical.

[33] Milcíades Peña, Masas, caudillos y elites, la dependencia argentina de Yrigoyen a Perón, pág. 9/10, Editorial Fichas, 1973. Ningún movimiento y ningún acto de gobierno, en toda la historia nacional, son juzgados por Peña como portadores de patriotismo y autenticidad, aunque fuese limitadamente. Yrigoyen y Perón lideran al pueblo porque los argentinos no advierten que ambos son agentes de Gran Bretaña y la oligarquía argentina.

[34] Una cosa es la necesidad de neutralizar a los productores pequeños y medianos, algo que incluye el respaldo a su desarrollo, como nosotros creemos, y otra distinta pensar que son parte del “sujeto revolucionario”, como sugiere Peña y militaron sus epígonos en el 2008, codo a codo con la Mesa de Enlace.

[35] Nos referimos, es claro, a circunstancias en las cuales se oponen con claridad el campo oligárquico y el nacional y popular: en 1945 la clase obrera dio la espalda a “los partidos obreros”, ya que seguirlos suponía sumarse a las patronales alineadas contra ella en la Unión Democrática.

[36] Christian Castillo, Reflexiones en torno a la obra de Milcíades Peña, La Izquierda Diario, 01/07/2013. El crítico no advierte que al exponer ciertos hechos Peña abandona el método marxista; la lucha de clases es sustituida   por la voluntad de “los grandes hombres”, que burlan a las masas. Así, Perón, la policía, los curas, etc., movilizan al proletariado el 17 de octubre, que actúa engañado a favor de un gobierno pro-inglés. Sin temor al ridículo, Milcíades admite que en ese día los trabajadores se movilizaron espontáneamente, pero del mismo modo que “se movilizan… para ir al cine o a la cancha de fútbol”.

[37] Otro “trotskista”, rival de la secta de Nahuel Moreno, juzga así este mismo vicio, en el maestro de Peña: “este ‘purismo’ que no ve lucha política de clases sino allí donde éstas se presentan claramente diferenciadas y con sus propios partidos, concluye negando la lucha de clases, enviándola al limbo”. Coggiola, Osvaldo, El trotskismo en la Argentina (1960-1985)/1 Ed. Política, 1986, pág. 11. Ahora bien, esas “clases” son una abstracción, ajena a las categorías elaboradas por Marx. Curiosamente, en la página anterior, luego de distorsionar alevosamente el aporte historiográfico de la Izquierda Nacional, y para contrastar con aquél, el autor citado elogia la contribución del grupo morenista, supuestamente el primero en “tentar” “un análisis relativamente elaborado de la realidad argentina, de su formación histórica a través de las formas de producción de la vida social, del surgimiento, desarrollo y lucha de las clases sociales. “Pero (qué pero, éste, decimos nosotros) en sus conclusiones históricas (y políticas) pagaron tributo al liberalismo, al que el ‘morenismo’ se acercaba para combatir al peronismo” ¡Qué par de joyitas, estos “historiadores” “trotskistas” y el incoherente “crítico”!

[38] ¡Qué enorme distancia hay entre Peña y los marxistas rusos, que exaltaban las sublevaciones del pasado del país, aun las encabezadas por fracciones de la nobleza, identificando el valor de levantarse contra el zarismo! Visto el contraste, carece de importancia que en algún momento Peña sustituya a los ingleses por los yanquis. Lo relevante, que niega de cuajo la visión marxista de la política nacional en el mundo semicolonial, es confundir la impotencia de las clases no proletarias para llevar a la victoria la lucha antiimperialista con la ausencia de toda acción y voluntad transformadora, por parte de ellas, para enfrentar la opresión ejercida por el imperialismo. Trotsky mismo, a quien supuestamente siguen los “trotskistas”, dice, en la segunda tesis sobre “la revolución permanente”: (en un país atrasado, la teoría de la revolución permanente) “significa que la resolución integra y efectiva de los fines democráticos y la emancipación nacional tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado, empuñando el poder como caudillo de la nación oprimida”. Es obvio en su texto que una cosa es plantear “la resolución integra y efectiva” y otra distinta lo que cabe llamar una tentativa limitada, o parcial, como ocurre en los casos en que el movimiento nacional es liderado por la burguesía nativa. Pero deducir de la inconsecuencia del nacionalismo burgués, como hace Peña, una identificación del mismo con los intereses imperialistas, es hacer del planteo una abstracción sectaria. Esa colusión burguesa con el imperialismo sólo se verifica cuando la clase obrera, como ocurrió en China, amenaza con desplazarlos y tomar el poder. No obstante, como también es claro en la historia del maoísmo, los pactos y las disputas por la hegemonía dentro del frente nacional se suceden y combinan a lo largo del desarrollo.

[39] Los alzamientos armados en la lucha por el sufragio y la democratización del país, harto conocidos, como los esfuerzos por sostener un partido que se mantenía en la abstención revolucionaria y era sostenido con aportes “a pérdida” de la militancia radical, como cuenta el libro de Ricardo Caballero, nada le sugieren al “marxista” de escritorio, Milcíades Peña.

[40] El peso del prejuicio ciega al autor. El absurdo, sin embargo, es mayor. Un trabajo sobre las luchas obreras en tiempos del peronismo prueba, con datos estadísticos concluyentes, que la clase trabajadora, en el ciclo 1946-1949 llevó adelante grandes luchas por el salario y otras demandas, lo que se traduce en huelgas que decuplican las cifras sumadas por los conflictos de la década anterior al golpe de 1943, época idílica para la izquierda cipaya, adicta a imaginar una clase obrera que nunca existió. Doyon Louise, Conflictos obreros durante el peronismo (1946-1955). Por otra parte, el conflicto de los sindicatos nucleados en la FOTIA, por la autonomía sindical, que los enfrentaba al verticalismo de Perón y las cúpulas del sindicales –mientras ratificaban sin fisuras su filiación peronista–  muestra a las claras que la clase obrera no se sometió dócilmente a “la jefatura burguesa”, sino que supo aunar la lucha por extender y consolidar los avances ganados y “promovidos” por Perón, con el realismo de sostener al régimen que convenía a sus intereses y al país. Gutiérrez, Florencia y Rubinstein, Gustavo, Alcances y límites de la autonomía sindical. La experiencia de la FOTIA durante el primer peronismo. Ver en La invención del peronismo en el interior del país, Tomo II (Compilación de Darío Macor y César Tcach, Universidad Nacional del Litoral, 2013. Seguramente Peña, como su maestro Nahuel Moreno y la izquierda cipaya, se ilusionó cada vez que algún sindicato emprendía una lucha, en este periodo ¡Al fin entenderían que Perón y la CGT son el enemigo! Intuitivamente dialécticos, pero ante todo realistas, los trabajadores buscaban ensanchar lo ganado, desde el arribo de Perón a la Secretaría de Trabajo, pero a la hora de votar ratificaban su apoyo al coronel del 45, sabiendo que, al dejar el poder, como supo decir Scalabrini Ortiz, no lo sustituiría el Arcángel Gabriel.

[41] Como el misántropo Mr. Hyde cuando reasume la personalidad del Dr. Jekyll, Milcíades Peña nos sorprende a veces con afirmaciones que contradicen sus propios planteos. El lector puede comprobar esto: después de haber dicho que Yrigoyen y Perón eran pro-ingleses y favorecían con sus políticas a los terratenientes y los explotadores de nuestras mayorías (que de imbéciles “los adoraban”), para atacar a Ernesto Palacio y al nacionalismo católico  dice acordando con la visión histórica de Izquierda Nacional, que (Palacio) “se subió al estribo y al volante de los golpes oligárquicos y antinacionales del 6 de setiembre de 1930 y del 16 de setiembre de 1955, que derrocaron a los dos únicos gobiernos populares y con amagos nacionalistas que tuvo el país en todo el siglo XX”. Para no ser tibio, renglones más adelante Peña luce poseído de indignación populista: tras calificar a los nacionalistas de raíz católica “como golfas envejecidas que añoran al chulo de su juventud”, exclama: …“salen de sus catacumbas para marchas detrás de los zancajos del imperialismo contra los gobiernos populares argentinos.”  Milcíades Peña, Alberdi, Sarmiento, el 90, Ediciones Fichas, 1970, pág. 90 y 91. En otra obra (¿Milcíades Jekyll le recuerda a Peña Hyde que es él un discípulo de Trotsky?–, criticando al PC por aquello de tachar al peronismo como nazi leemos: “El nazismo es la guerra civil de la pequeña burguesía dirigida por el gran capital contra la clase obrera. Perón se apoyaba en la clase obrera contra el gran capital y la pequeña burguesía. Esto era lo esencial y no se modifica (¿otra vez Mr. Hyde? porque los métodos totalitarios del peronismo fueran un intento de calcar los métodos nazis. Milcíades Peña, Masas, caudillos y elites, ibídem, pág. 88. Los subrayados son nuestros.

[42] Es el caso de Carlos D’amico. Si nos guiamos por las citas de Peña podríamos ignorar que no fue sólo un crítico de su tiempo, sino un firme enemigo de Mitre, partidario de Alsina, militante del PAN en los sucesos de 1880.

[43] Como ya señalamos, la exaltación de Alberdi es otro ejemplo de panegírico tramposo, por parte de Peña. Así, mientras acude a su crítica general al mitrismo y a las denuncias del crimen perpetrado contra el Paraguay, con impudicia oculta sus trabajos sobre la revolución del 80, pretendiendo ignorar los vínculos con el roquismo, con hechos cuyo significado es por demás claro, como la firma, por parte de Roca, muy poco después de ocupar la presidencia, del decreto que dispone la publicación de las obras de su genial comprovinciano, odiado por Mitre.

[44] Siempre es útil dar un ejemplo: al caracterizar al mitrismo y la burguesía comercial porteña, Peña reitera, en La Era de Mitre, Ediciones fichas, 1972, desde el comienzo del libro hasta la página 36, el análisis expuesto por primera vez por Enrique Rivera, autor pionero de Izquierda Nacional, en José Hernández y la guerra del Paraguay. No obstante, eso no impide que Peña, que no ha citado esta vez la fuente, hable de allí en adelante, sin explicar jamás cuál es el contenido de esa categoría, de “las oligarquías provincianas” que enfrentan a Mitre con el apoyo de las masas del interior del país (¿El Chacho, Juan Saá, Felipe Varela “oligarquías provincianas”?). Tampoco que luego procure ridiculizar a este autor e intente convencernos de que Mitre y José Hernández no son exponentes de posturas antagónicas, sino que el autor del Martín Fierro es también ¡oligárquico y pro inglés! Por otra parte, nos priva de saber qué opinión tiene de actor social relevante del interior, el patriciado provinciano, dentro del cual hay exponentes industriales importantes, con intereses encontrados con los importadores de Buenos Aires, en Cuyo, Córdoba y el norte del país, que pugnan por imponer barreras proteccionistas y concurrirán al llamado roquista del 80. Es un sector que no puede confundirse con las montoneras federales, que negocia y sobrevive, después de Pavón con la dictadura de Mitre y habrá de concurrir a las ligas de gobernadores y a la lucha nacional que triunfará con la federalización de la ciudad de Buenos Aires, su Aduana y su Puerto. De ningún modo a dicho sector puede caracterizárselo como “oligarquía provinciana”, sea cual sea su destino ulterior.

[45] Ver: El ultraizquierdismo y la cuestión nacional, de León Trotsky.  http://www.formacionpoliticapyp.com/2014/12/el-ultraizquierdismo-y-la-cuestion-nacional/

[46] Moreno, Nahuel. Cuatro tesis sobre la colonización española y portuguesa en América, 1948.                                                                                     Ver: https://www.marxists.org/espanol/moreno/obras/01_nm.htm

[47] Los textos que recomendamos son: Laclau, Ernesto, Feudalismo y capitalismo en América Latina y Ciafardini, Horacio, Capital, comercio y capitalismo – a propósito del llamado “capitalismo comercial”, trabajos compilados en Modos de producción en América Latina, Cuadernos de Pasado y Presente, N° 40, 1973.  El ensayo de Laclau  también en  http://www.formacionpoliticapyp.com/2019/10/feudalismo-y-capitalismo-en-america-latina-1/

[48] ). En 1957, en una “carta” a Milcíades Peña, Moreno, en lugar de ignorar la existencia de aquellas tesis, opta por reivindicarlas y oscurecer los motivos de aquel “aporte” del ciclo “antiburgués”, que, lejos de responder a la voluntad de estudiar sin anteojeras la historia latinoamericana, pretendía servir a su descarriada “estrategia” de la década del 40, según la cual, como dice en su historia Osvaldo Coggiola –“trotskista”, fiel al PO, insospechable de peronismo– “no había ni la sombra de un conflicto, siquiera deformado, entre la nación y el imperialismo” (Coggiola, Osvaldo, Historia del trotskismo argentino (1929-1960), pág. 79 ¿Cómo iba a reiterar esto, en 1957, difundiendo Nuestra Palabra como periódico que se publicaba “bajo la disciplina del General Perón y el Consejo Superior Peronista”, que el fin de aquel trabajo era desechar toda creencia en la progresividad del nacionalismo? El giro exigía presentarlo, sin dejar de compadrear sobre “el trabajo pionero”, como fiel a la estrategia de la revolución permanente. Ver “la carta” a Milcíades en el trabajo  ya citado

https://www.marxists.org/espanol/moreno/obras/01_nm.htm

[49] Nahuel Moreno, ibídem. (seudónimo de Hugo Bressano). Cuatro tesis sobre la colonización española y portuguesa en América (1948). Nueve años después, en una “carta” a Milcíades Peña, Moreno intentará oscurecer los motivos de su “aporte” que, lejos de reflejar una vocación de estudiar la historia latinoamericana, pretendía servir a su descarriada visión estratégica y programática de fines de la década del 40, según la cual, como dice Coggiola –“trotskista”, fiel al PO, insospechable de peronismo– en el libro citado (Historia del trotskismo argentino (1929-1960), Centro Editor, 1985, pág. 79) “no había ni la sombra de un conflicto, siquiera deformado, entre la nación y el imperialismo” ¿Cómo iba a recordar, en 1957, embarcado en editar Nuestra Palabra como periódico que se publicaba “bajo la disciplina del General Perón y el Consejo Superior Peronista”, que el fin de aquel trabajo era desechar toda creencia en la progresividad del nacionalismo burgués? El viraje empírico aconsejaba presentarlo, sin dejar de compadrear sobre “el trabajo pionero”, como fruto de la voluntad de estudiar a Latinoamérica.

[50] Nahuel Moreno demuestra aquí que no ignora por completo que Marx establece con claridad que el trabajo libre es una condición de existencia del capitalismo. Sencillamente, bastardea el concepto para “probar” que en Latinoamérica hubo siempre “capitalismo”, embarrar la cancha y hacer una ensalada indigesta con “la liberación nacional” –vaciando de contenido esa consigna– y “la lucha antiburguesa” (proimperialista, en la práctica).

[51] Marx, Karl, El Capital, FCE, pág. 164.

[52] Dobb, Mauricio, Estudios sobre el desarrollo del capitalismo, Siglo XXI, 1971, pág. 32

[53] Sergio Bagú, aunque incorpora algunos giros marxistas, siempre adoptó una actitud heterodoxa, que revelaba  su “autonomía”. Sin perjuicio de lo cual sus investigaciones muestran fielmente el mundo colonial, ofreciendo datos claros acerca del predominio de modos precapitalistas de producción en nuestro continente, sin perjuicio de que llame al conjunto “capitalismo comercial”, sin advertir que el capital comercial era significativo ya en el mundo antiguo, siendo esclavista el modo de producción.

[54] Peña, Milcíades, Antes de Mayo, Ediciones fichas, 1973, pág. 48 y 52. Moreno lo había dicho en 1948, en sus “Tesis”: “Hay que reconocerle (a Puiggros) el mérito de haber entendido, al menos, que “el descubrimiento de América fue una empresa llevada a cabo por comerciantes y navegantes del Mar Mediterráneo.”

[55] Tomamos, para señalarlo, la publicación de Editorial Cartago, 1973.

[56] Trotsky, León, Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina, Ed. Coyoacán, 1961, pág. 30-31.

[57] Peña, Milcíades, Industria, burguesía industrial y liberación nacional, Ediciones Fichas, 1974, págs. 168-171.

[58] Peña, Milcíades, El paraíso terrateniente, Ediciones Fichas, 1972, pág. 7. No sabríamos cómo juzgar el hecho de que en otro lugar, polemizando con Jorge Abelardo Ramos, Peña “recuerde” a Trotsky, pero transformando  la tarea de la Unidad Latinoamericana, de naturaleza democrático-burguesa, en tarea socialista, distorsionando el sentido de la consigna de los Estados Socialistas de América Latina, cuyo enunciado por el gran revolucionario ruso indica que sólo el proletariado latinoamericano puede llevarla a cabo, del mismo modo que el derecho a la autonomía nacional, en el Imperio Zarista opresor de naciones –también obviamente de carácter burgués– sólo podía ser sostenido consecuentemente por la clase obrera y el partido bolchevique. Con esa patraña, Milcíades hace de la bandera de construir una Federación Latinoamericana –realizando la nación inconstituida– una tarea semejante a la construcción de los Estados Unidos Socialistas de Europa, caso en el cual si corresponde hablar de una consigna de naturaleza socialista, en tanto se trata de unificar naciones, no fragmentos de una nación no constituida. Y no se trata de un asunto “académico”: en el nuestro, el bloque de clases interesadas en la Unidad Nacional, como lo prueban las experiencias actuales, que Peña no previó –Mercosur, Unasur, etc.– incluyen a la burguesía “nacional” latinoamericana, aunque esta no sea capaz de sostenerla consecuentemente y llevarla a la victoria. Esta (im) postura de Peña puede verse en Industria, Burguesía Industrial y liberación nacional, Ediciones Fichas, 1974, pág. 171.

[59] Sin ignorar la estatura del revolucionario ruso, no deben atribuírsele dotes de vidente, para explicar su aporte a la estrategia socialista en la revolución latinoamericana. Los elementos que conforman una nación, constituida o no, que enumeramos en nuestro texto, sin aportar nada nuevo, son un patrimonio de la teoría leninista de la cuestión nacional. El mérito de Trotsky fue “sólo” aplicarlo al “caso” de Latinoamérica. Su comprensión del peso de una visión adecuada del “problema nacional” está, obviamente, fuera de duda. Tan es así, que el rol decisivo que la interpretación de Lenin jugó en el caso de la revolución rusa, que operaba en el marco del Imperio Zarista,  es exhaustivamente analizado por el mismo Trotsky en el capítulo titulado La Cuestión Nacional, en Historia de la Revolución Rusa, Tomo II, pág. 425 y sss, Editorial Tilcara, 1962. Significativamente, esa edición prologada por Jorge Abelardo Ramos, incluye por primera vez en castellano ese capítulo, antes omitido en la edición española de 1932, dispuesta por Andrés Nin, y en este caso traducido de una edición francesa por Jorge Enea Spilimbergo.

[60] Inútilmente el lector curioso buscará en Peña una reflexión seria sobre el nacionalismo militar. En el caso del golpe de 1943, contra todos los estudios sobre la logia del GOU, sin excluir los que pretenden filiarla como nazi, pero que siempre registran la preocupación de los compañeros de Perón por industrializar al país, formulación que nacía de claras consideraciones de Defensa Nacional, Peña, apoyándose en “un estudio gubernamental” de los EEUU, logra informarnos que los oficiales argentinos “estaban más interesados en sus estómagos que en la política”, pero el 4 de junio salieron a impedir que se “rompiera la tradición histórica del país para colocarlo junto al imperialismo norteamericano, rompiendo las viejas y honrosas ataduras con Inglaterra.” De modo que eran unos miserables, sólo preocupados por llenar la panza… pero además, ¿cuándo no? eran ¡pro-ingleses! Peña, Milcíades, Masas, Caudillos y Elites, Ediciones Fichas, 1973, pág. 57. El subrayado es nuestro.

[61] León Trotsky, El ultraizquierdismo y la cuestión nacional. http://www.formacionpoliticapyp.com/2014/12/el-ultraizquierdismo-y-la-cuestion-nacional/

[62] Coggiola, Osvaldo, Historia del trotskismo argentino (1929-1960), Ed. Política, 1985, pág. 25. El subrayado es nuestro.

[63] No podemos hacer, en esta oportunidad, la historia de las calamidades del “tercer periodo” de la Internacional de Stalin, tema central del libro de Trotsky El gran organizador de derrotas, que incluye la catastrófica acción del stalinismo frente al ascenso de Hitler, ciclo en el cual, lejos de promover el frente único con la socialdemocracia contra el nazismo, el Partico Comunista alemán trata a la primera como “enemigo principal”. Pero si señalar las semejanzas que existen entre las premisas que sostienen aquél ultraizquierdismo y las que se perpetúan en las sectas del mal llamado “trotskismo”.

[64] El ultraizquierdismo “trotskista” es incapaz de preguntarse qué es eso de “la presión de sus intereses de clase”, no sea cuestión de comprender por qué existen “los cambios de frente de la burguesía nacional”.

[65] Trotsky, León, Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina, Ed. Coyoacán, 1961, pág. 60/61. El texto publicado es un fragmento del libro del mismo autor, “El gran organizador de derrotas”. Como se sabe, la serie de publicaciones de Editorial Coyoacán fue dirigida y más de una vez prologada por Jorge Abelardo Ramos.

[66] Moreno, Nahuel, Movilización antiimperialista o movilización clasista, Revolución Permanente, N° 1, 21/7/49, citado por Osvaldo Coggiola en Historia del trotskismo argentino (1929-1960), pág. 112. Aquél que haya leído la Historia de la Revolución Rusa y demás obras del bolchevismo advertirá el error que cometieron estos al pensar  que la Revolución de 1905 tuvo su inicio con la marcha obrera impulsada por el oscuro cura Gapón, masacrada por las tropas, pero cuyo fin era rogar la comprensión del “padrecito” Zar. Moreno, un analista más avezado, les   enseñaría a los rusos que aquella marcha fue “artificial”.

[67] Peña, Milcíades, Industrialización, Pseudoindustrialización y Desarrollo combinado (firmado con el seudónimo Víctor Testa), Fichas de Investigación Económica y Social, Año I, N° 1, abril 1964. Citado de Edición Facsimilar de la Biblioteca Nacional, dirigida por Horacio González y prologada por él mismo, 2014, pág. 62.

[68] Para un revolucionario marxista, lo que desarrolla como clase a la clase obrera es trascendental, sean cuales sean los motores del proceso: se gesta allí el “sujeto transformador”. Para Peña, en cambio, es mejor parlotear  sobre los cuadros y las cifras (sin soporte conceptual claro) que llenan los papers de la sociología academicista.

[69] La historiografía argentina, aunque existen muchos y buenos trabajos sobre temas histórico-económicos, no ha identificado aún con claridad las bases económico-sociales del mitrismo y el roquismo. En el caso del primero, el papel de la burguesía comercial porteña es ya una obviedad, pero hay varias lagunas con respecto a sus bases en el interior, donde lo apoyaban pocos pero poderosos comerciantes, seguramente vinculados a la introducción de bienes importados y la consignación de pocos productos nativos (cueros y pieles, por ejemplo) con destino a la exportación. Mucho mayor es la falta de estudios sobre las respectivas bases del roquismo, pero es clara la presencia en su seno de los fundadores del Club Industrial, militantes del proteccionismo, entre los cuales figura Carlos Pellegrini. El cordobés medio, en nuestro días, se sorprendería al saber que el gobierno de Juárez Celman fue cuestionado por emplear cales de Córdoba en la construcción del dique San Roque, que ingleses y cómplices tachaban de inservibles, en comparación con las británicas, sin la menor prueba. El mismo argumento fue usado, más adelante, por los importadores porteños, contra el azúcar tucumano y salteño, para seguir distribuyendo el azúcar extranjero de introductores franceses. El desarrollo de nuevas ramas industriales, después de la crisis de 1930, adquiere un alcance que sorprenderá a los actores asociados al horizonte de la argentina agro-ganadera. Y Milcíades Peña, que finge desconocer esa realidad o efectivamente no la comprende mareado por los números de los infinitos cuadros, ignora que el fenómeno modificó el peso de las clases sociales y las relaciones de fuerzas, para otorgar base al surgimiento del peronismo, que coronó el desarrollo de una nueva realidad.

[70] Lenin y los bolcheviques jamás opinaron algo semejante. Sus textos subrayan con toda energía que “tomar el poder” es mucho más fácil que superar el atraso si, como ha ocurrido hasta hoy, la revolución triunfa en un país periférico. El triunfalismo pueril de Milcíades contrasta con el análisis descarnado de Trotsky sobre el estado de la URSS en 1936, dos décadas después de la toma del poder. Hacemos alusión a “La revolución traicionada”, en   cuyas páginas encontramos un diagnóstico realista y sugestiones que ponen en cuestión la perduración misma del proceso revolucionario, 55 años antes de la desintegración de la URSS. El “trotskista” Peña, en cambio, exalta los logros de la burocracia soviética, sin la menor sospecha de que el modelo elegido significaba construir sobre   cimientos de arena.

[71] Peña silencia un dato central. Aldo Ferrer señala esa clave de la industrialización de la década del 30:…”en el quinquenio 1930-34 la capacidad de importar del país fue sólo el 46% de lo que había sido en 1925-29”. Ver: La economía argentina, FCE. Méjico, 1963, pág. 187.

[72] En El servicio del capital extranjero y el control de cambios, FCE, 1954, señala W.M. Beveraggi Allende, en su estudio sobre la política económica de Pinedo: “… el grupo de hacendados y exportadores –tradicionalmente dominante en la política argentina– tendía a favorecer la importación de artículos manufacturados antes que las de materias primas destinadas a producirlos en el país. Eso dio origen a una actitud peculiar, característica de la legislación aduanera argentina, de dificultar mediante el impuesto la importación de materias primas –una actitud que ha sido llamada ‘proteccionismo a la inversa’. Pero lo más interesante es que el mismo control de cambios fue utilizado, en cierta medida, desde su establecimiento, para dificultar más bien que para promover el desarrollo industrial del país”. Corroboran este juicio, además: Jorge, Eduardo F., Industria y concentración económica, Hyspamérica, 1986 y, con valiosísimos aportes sobre el rol que cumple la renta diferencial en la vida económica y en la actitud de todas las clases sociales hacia la Argentina agroexportadora, Anda, Enrique, Notas para un análisis de la relación entre la burguesía ganadera-terrateniente y la industrial en la Argentina: la Década Infame (1930-43), compilado en Dependencia y estructura de clases en América Latina, Asociación Editorial La Aurora, 1975. Contra la opinión de Peña, todos estos trabajos prueban que el desarrollo industrial de la década del 30 fue, fundamentalmente, un resultado de la asfixia importadora del país, no el fruto de una voluntad de la oligarquía tradicional.

[73] Observaciones similares formula Trotsky en “La revolución traicionada”, con relación a la URSS de la década del 30. Pero en ese caso se busca responder al ocultamiento stalinista de las limitaciones que se observan en los avances económicos, que aún están lejos de los estándares del capitalismo avanzado. Pero, como es obvio, de ningún modo pretende Trotsky cuestionar las bases fundadoras de la economía soviética. Peña, en cambio y convalidando la ofensiva liberal contra el estatismo, pretende oponer el capitalismo de Estado creado por Perón a un modelo ideal, omitiendo que (1) los vicios que identifica son expresión de una política deliberada que, tras la “revolución libertadora”, perseguía como fin crear las condiciones para liquidar en la Argentina las Empresas del Estado, algunas de las cuales, como el IAMI, ya había sufrido un desguace, transfiriendo la producción de las motocicletas y los tractores a Luján Hnos y FIAT, respectivamente y cancelando, con la excepción del Rastrojero, la producción de automóviles y (2) que las virtudes que Milcíades exige tampoco existen en los países que toma como modelos a imitar. Como hemos visto, en 1964 la productividad del trabajo es aún más baja en China que en nuestro país y la política del célebre “tazón de arroz de hierro” alienta la indiferencia en la clase trabajadora, con pésimos resultados, que se corregirán recién en 1978, después del viraje impuesto por Deng Xiao Ping. Al respecto, el lector puede leer el trabajo ¿Hacia dónde va China? Su transformación y el futuro del orden global, del autor, en http://aurelioarganaraz.com/economia-y-sociedad/hacia-donde-va-china-su-transformacion-y-el-futuro-del-orden-global/

[74] Peña, Milcíades, Industria, Burguesía Industrial y Liberación Nacional, ediciones Fichas, 1974, pág. 102 y 103.

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DERECHOS HUMANOS Y DEFENSA NACIONAL

 

malvinas

madres de plaza de mayo

Divide y reinarás, dice la sentencia que educa a fuerzas dedicadas a oprimir a una patria y su pueblo. Estos, por el contrario, necesitan unirse para sacudir la opresión, aislando a la minoría poderosa que los sojuzga. En Argentina, el bloque imperialista logró disociar, y peor aún presentar como opuestas, la imprescindible lucha por los Derechos Humanos violados tras el golpe cívico-militar de 1976 y la atención que reclama la Defensa Nacional, tristemente ignorada por los gobiernos democráticos que siguieron al Proceso. De allí deriva el estado de indefensión que el país sufre, mientras se niega hasta la existencia de “hipótesis de conflicto”, con Gran Bretaña ocupando Malvinas y una enorme porción  del mar argentino.

Aun con retraso –en el 2023 cumplimos 40 años de vigencia de una democracia al menos formal– es preciso superar la falsa oposición entre facetas complementarias de la lucha nacional del pueblo argentino: atender los deberes de la soberanía territorial y defender sus recursos es una condición para tener patria y, sin plena vigencia de los derechos democráticos, se estaría poniendo esa misión  en manos de una elite cívica o militar sin base de masas, algo inviable según la experiencia histórica del país: el “nacionalismo” sin pueblo capituló siempre ante el poder imperialista y sus respaldos internos; su enorme poder solo logra ser vencido con la  presencia activa de las mayorías nacionales y el peso decisivo de la clase trabajadora.

No es casual que la experiencia nacional más exitosa y profunda del siglo XX, el ciclo liderado por Perón y el Ejército, sea el fruto de la confluencia entre una generación militar nacionalista y la clase obrera que la salvó del fracaso en las vibrantes jornadas de Octubre de 1945. Y tampoco lo es que de ese encuentro emerjan unidas las tres banderas, la soberanía política, la independencia económica y la justicia social.

El presidente Alfonsín, Malvinas y los Derechos Humanos

Al comenzar su mandato, mientras sostenía la lucha por los Derechos Humanos, Alfonsín, que había  calificado como “carro atmosférico” la decisión nacional de recuperar Malvinas, presentó las atroces violaciones cometidas por el Proceso como un producto de la mentalidad represora de “los milicos”. De ese modo, omitía denunciar al poder social “detrás del trono”, los núcleos del poder económico concentrado oligárquico-imperialista. Sin embargo, ellos fueron quienes impulsaron el golpe militar del 76: estableciendo, al consumarlo, con Martínez de Hoz a la cabeza, la orientación de su política; indicando, entre otras cosas, lo que debía hacerse con la militancia obrera más fiel a sus bases, más insobornable, los núcleos empresarios dieron contenido al poder militar.

Es verdad que los mandos habían sido predispuestos a seguir ese dictado ¿no eran las enseñanzas de sus maestros en la lucha contra “la subversión”, sus  colegas de Francia y EEUU? ¿no era ese el modo de defender al Occidente “democrático” contra la amenaza comunista? A las empresas imperialistas y las patronales, en general, poco les importaba que en “la limpieza” se hiciera un distingo entre el caso, extraño, de un obrero que formara parte de organizaciones armadas y las comisiones internas o los delegados gremiales que solo respondían al mandato de su base. Su meta era incrementar la cuota de explotación y esa era para los chupasangres toda la cuestión.

¿Cabe pensar que Alfonsín ignoraba esa realidad [1]? De ningún modo. Ocurría, sí, que según su visión era posible tener “democracia” sin liberación nacional, gozar en fin de una democracia colonial. Si en algún momento apostó a defender el interés nacional contra el imperialismo mundial y sus socios locales, su posición ideológica lo llevaba a enfrentar a las fuerzas que podían en ese trance apoyarlo, como la clase obrera y una facción militar nacionalizada por Malvinas. Ambas podían sumarse a una empresa nacional auténtica: al haber padecido el régimen oligárquico –los trabajadores– o atravesar un conflicto con el sistema de ideas sostenido por el Proceso, como era el caso de los Combatientes  de Malvinas. Pero en vez  de buscar respaldo en esas fuerzas, Alfonsín no hizo más que agraviarlas. Así las cosas, amagó con resistir al FMI, pero, impotente, dejó caer al ministro Grinspun y capituló enseguida en toda la línea. Su fuerza inicial, a partir de allí, se iría desvaneciendo, hasta el ataque final de los núcleos del poder económico concentrado y el abandono anticipado del poder político, solo y desprestigiado, incluso ante sus bases pequeñoburguesas.

De tal manera, se impuso la continuidad con el ciclo anterior, en desmedro de la ruptura, limitando su logro a la mera defensa de lo formal democrático, sin contenido emancipador. En ese contexto,  con el FMI imponiendo sus dictados desembozadamente a un gobierno domesticado, los Derechos Humanos se habían transformado, para Alfonsín, en el único factor apto para preservar una cuota de prestigio, la fama de inquebrantable. En ese tema, bastaba con pregonar la condena de “los milicos”, a los cuales Occidente también quería castigar, como a esclavo insolente ¡Nada más redituable, creía Alfonsín, que ignorar el nexo entre Videla y el amo oligárquico-imperialista, mientras se favorecía el  empeño por clausurar la experiencia vital de Malvinas, su rol en el desarrollo de una visión nacional en las Fuerzas Armadas!

Curiosamente, para Alfonsín y los suyos las Fuerzas Armadas eran en bloque doblemente culpables y merecedoras de sanción: 1) por haber reprimido a su propio pueblo en nombre “de Occidente” y 2) por haber agredido a los países que lo lideran, con “la aventura Malvinas”. Defender la soberanía sobre las Islas, para ese enfoque, era sin más reivindicar “a los milicos”. El antagonismo interno en las Fuerzas Armadas, entre la facción proimperialista que condenó a Galtieri por enfrentar a Gran Bretaña y EEUU, no por los errores de concepción sobre el conflicto y la conducción de la guerra, por una parte y, por la otra, las tendencias malvineras que reivindicaban el combate y pretendían extraer de aquella experiencia ideas claras sobre la relación argentina con los centros imperialistas y los aliados posibles, era ignorada conscientemente [2], para demonizarlos a todos y trazar el signo igual entre unos y otros. Y aunque esa postura y la política consiguiente lo hizo caer en contradicciones irremediables, con las célebres leyes de Punto Final y Obediencia Debida, destruyendo su autoridad y el prestigio de su gobierno, es evidente que esos pasos en falso respondían a la matriz ideológica que lo guiaba: instaurar ”la democracia” en un orden colonial. En ese marco, era previsible que los autores intelectuales y los intereses de clase que dieron impulso a los crímenes del Proceso fuesen absueltos –peor, invisibilizados, liberados incluso de la condena  moral del pueblo argentino– ya que “los civiles” (un eufemismo para enmascaran a “los dueños del país”) eran sólo víctimas o, a lo sumo, pecaban por ignorar los crímenes del Proceso y embanderar el automóvil con la inocente creencia de que los argentinos éramos “derechos y humanos”.

El daño infligido a su propio gobierno fue, sin embargo, menos trascendente que el causado a la lucha por sancionar la violación de los Derechos Humanos y por impulsar en las Fuerzas Armadas y el pueblo argentino una comprensión acabada de la íntima relación entre los crímenes del Proceso, la destrucción industrial provocada en su ciclo, mientras crecía una impagable deuda externa, y la derrota en Malvinas. ¿No fueron acaso las mismas fuerzas internacionales e internas las dueñas del poder y las beneficiarias de la decadencia e indefensión del país? EEUU, Gran Bretaña, la OTAN y el FMI ¿no habían dado muestras, en todas y cada una de esas desdichas, de ser los inspiradores de las políticas sostenidas? La experiencia acumulada ¿no probaba, acaso, que lo ocurrido en Malvinas era la crítica más acabada y rotunda de las premisas que guiaron a Videla y las cúpulas puestas al servicio del Occidente imperialista y las minorías lideradas por Martínez de Hoz? Era hora de asimilar la lección, desbaratar el intento de ocultar la trama que unía esos hechos, las diversas facetas del drama nacional. El actor fallido, por darle nombre, eran Alfonsín y una UCR ya entonces anacrónica, aunque parezca juvenil y claramente progresiva comparada con la que dirigen, hoy, los secuaces de Macri. El final melancólico de esa experiencia, con el precipitado abandono del poder político, nos pone ante la pérdida de una gran ocasión de encauzar a la nación, darle un rumbo nuevo.

Néstor Kirchner y el retorno de lo nacional

Antes de la llegada de Néstor Kirchner, los poderes democráticos continuaron la política impuesta al país por Martínez de Hoz; con Menem, el remate de la estructura estatal y la destrucción del aparato productivo nacional fue profundizada, para demoler los avances que identificaban al peronismo con la independencia económica y la justicia social. Con el presidente patagónico, después de la crisis del 2001, vimos un viraje en sentido nacional, aunque es obvio decir que “la década ganaba” no alcanzó a revertir el enorme retroceso que habíamos sufrido. Pero no es ese el tema de esta nota.

El ciclo kirchnerista es reconocido, con justicia, por levantar las banderas y llevar adelante decididas   acciones en Derechos Humanos, con el reconocimiento y apoyo de los Organismos representativos. Al mismo tiempo, se insinúa, con la designación de Bendini, sus declaraciones y gestos, la decisión de  reivindicar a figuras emblemáticas del nacionalismo militar, como Mosconi, Savio, Baldrich y, como es obvio, el General Perón. Aunque algunas usinas del mundo “progresista” quisieron distorsionar el sentido del acto, es claro que esas declaraciones del General elegido por Kirchner, concuerdan con la naturalidad con la cual bajó el cuadro de Videla, respondiendo al pedido del presidente de la nación. A nuestro juicio, se trata de datos que abonan nuestra tesis: una visión nacional de los problemas del país (aún limitada, como fue el caso de la gestión kirchnerista) lograba avanzar en ambos frentes sin contradicción, reconciliando la lucha por los Derechos Humanos con la responsabilidad de atender a la Defensa Nacional, al menos discursivamente; también se altera, aunque limitadamente, la actitud oficial respecto a Malvinas y los ex Combatientes.

No obstante, las gestiones del kirchnerismo siguieron ignorando el estado de deterioro del equipo y la infraestructura que conforman la base del poder militar y su política militar no podía contrarrestar con el solo poder de su retórica nacional, que ponderamos, el peso ideológico del bando oligárquico y los efectos adversos provocados por la presencia, en el seno del kirchnerismo, del antimilitarismo abstracto y pequeñoburgués que divide los campos con criterios “de sastrería”, según dijo una vez Alfredo Terzaga. Aún en las condiciones de estrechez presupuestaria que afligen al país, mantener el equipamiento militar en condiciones y sostener la operatividad de nuestras Fuerzas, responde por una parte a necesidades objetivas y es al mismo tiempo una condición política para reconstruir los vínculos y dotar de sentido al poder militar, largamente abandonado, como lo atestiguó el drama de ARA San Juan, con pérdidas irreparables. Lamentablemente, vemos inconsecuencias en ese sentido. Desde los oficialismos kirchneristas, mientras se podían celebrar avances significativos en la defensa  diplomática de la soberanía sobre Malvinas y en reparar el daño a los ex Combatientes, se observaba la persistencia, con acciones provenientes del mismo campo, de las prácticas desmalvinizadoras, con la ideología que sustenta a “Iluminados por el fuego”.

El país precisa rehacer el vínculo entre las Fuerzas Armadas y las grandes mayorías, convocándolas a impulsar un programa nacional. Pero hacerse cargo de esa empresa exige una coherencia que no encuentra sujeto, hasta hoy. Los derechos democráticos del pueblo argentino y la tarea de defender la soberanía territorial, lejos de oponerse, integran necesariamente un programa liberador. Coronar la lucha por los Derechos Humanos exige llevar al banquillo de los acusados, aunque sea después de 40 años, a figuras como Blaquier, síntesis y símbolo del poder oligárquico que impulsó el derribo del gobierno constitucional de Isabel Perón, en 1976 y masacró a los trabajadores, para desarticular sus luchas y explotarlos más. Atender las exigencias de la Defensa Nacional, en condiciones en las cuales las Islas Malvinas y el mar circundante están en poder de Gran Bretaña, aun padeciendo las penurias  presupuestarias actuales, es hacer lo mínimo necesario para mantener operativas a nuestras Fuerzas Armadas y, al mismo tiempo, dar pasos firmes para rehacer los vínculos y otorgar sentido a la acción militar, tan abandonada como lo mostró la tragedia del ARA San Juan.

Córdoba, 30 de abril de 2022

[1]  No hay dudas sobre la participación de los radicales en la consumación del golpe militar del 76. Para el doctor Balbín, Videla era “un general democrático” y, en consonancia con su criterio, la UCR obtuvo la prórroga de los mandatos de una gran porción de los intendentes electos antes del golpe. Y aunque Alfonsín defendió a presos de la dictadura cívico-militar, su preocupación, tras la derrota de Malvinas, era que esa experiencia pudiera dar curso a la aparición de una tendencia militar “nasserista”. Evidentemente, el rival “progresista” de Balbín, si de él dependía, prefería que las Fuerzas Armadas fuesen colonizadas por el poder occidental.

[2] Su famoso discurso de Semana Santa prueba que Alfonsín registraba la existencia de los héroes de Malvinas y la negación discursiva de esa presencia cumplía la función de sostener la política que hemos descripto.

El FIT y Ucrania: la OTAN y Rusia ¿son “lo mismo”?

 

Ucrania guerra

El FIT y Ucrania: la OTAN y Rusia ¿son “lo mismo”? [1]

Aunque abundan las diferencias en su caracterización del conflicto, las tendencias internas del FIT han terminado por postular una posición resumida en las siguientes consignas: No a la guerra. Fuera Rusia de Ucrania. Fuera la OTAN. Abajo la burocracia restauracionista de Putin. Unidad de los pueblos de Rusia y Ucrania. Por la unión de los explotados del este y oeste en una Ucrania independiente, unida y socialista, en el marco de los Estados Unidos Socialistas de Europa, incluida Rusia[2]. Poco importa si “Abajo Putin” es una consigna que satisface a Biden y si las fuerzas neonazis aliadas a la OTAN definen el carácter de uno de los rivales de esa guerra; tampoco interesa que no existan núcleos, embrionarios al menos, empeñadas en construir una Ucrania socialista. Menos aún que hablar de unos Estados Unidos Socialistas de Europa es apelar a una abstracción para no definir quiénes luchan hoy en Ucrania.

El ultraizquierdismo ignora el dato central del problema: rige el imperialismo, que divide al mundo en naciones explotadoras y países que pugnan por sacudir su opresión. Así, traza entre los contendientes un signo igual, pretextando que ambos son “burgueses”. De ese modo, esta rara “izquierda” agrupada en el FIT, que se proclama trotskista, ignora sin más las enseñanzas de Trotsky, su presunto “maestro”. El compañero de Lenin repudió en su tiempo la posición planteada por trotskistas yanquis, en relación a la China invadida por Japón y tomó posición ante un eventual conflicto entre el gobierno del Brasil y Gran Bretaña,  desde Méjico: al distinguir entre países imperialistas y semicolonias, Trotsky apoyaba al Brasil, pese a su gobierno semi fascista y aunque gobernara el laborismo en el Reino Unido; y en el caso de la China, exigía luchar contra el imperialismo japonés, junto a Chiang Kai sek y el nacionalista  Kuomintang, sin subordinárseles, pero golpeando unidos al enemigo común.

Los “trotskistas” ignorar esas lecciones. Prefieren seguir a Nicolás del Caño y decir que todos “son lo mismo”. Pero en Ucrania se enfrentan dos adversarios de distinta naturaleza: el imperialismo mundial, con EEUU y la OTAN por un lado y, por otro, la Rusia de Putin, cuyo gobierno bonapartista asume la resistencia de toda la nación a la pretensión de Occidente de someterla a una condición semicolonial y, si fuese posible, fracturarla hasta la impotencia. Y privar a China –el enemigo mayor– de un aliado provisto de poder nuclear. Ante esa pugna está en cuestión (todo el mundo lo sabe, salvo los jefes del FIT) la hegemonía global que EEUU obtuvo al caer la Unión Soviética. No obstante, los seudotrotskistas repiten la abstención practicada en la pugna entre Scioli y Macri, un apoyo indirecto al imperialismo y sus secuaces.

En Ucrania, usan como pretexto para atacar a Putin su presunta unión con los oligarcas rusos, minoría  corrupta que usó la debacle final de la URSS para apropiarse delictivamente  de las empresas estatales. Omiten reconocer que esos multimillonarios, que fueron protegidos por el régimen de Yetsin y eternos  cómplices de las maniobras de Occidente que buscan someter y despedazar a Rusia –con Yugoslavia, como modelo– fueron atacados luego por Putin; su ascenso marca la voluntad recuperada del pueblo ruso de resistir al imperialismo y, por consiguiente, a sus aliados y secuaces dentro de la nación. Si se quiere ver sin anteojeras los hechos, es posible advertir que EEUU y la UE tienen claridad sobre este fenómeno, y buscan usar el poder económico de los célebres oligarcas[3] para doblegar a Putin y socavar su respaldo. Maniobras fracasadas, hasta hoy, ante la firme voluntad del Jefe de Estado, que afirmado en el poder, amaga con avanzar contra los grandes millonarios, expropiarlos o someterlos al interés general. Se trata, es obvio, de un proceso vivo, en desarrollo, en el cuál pugnan fuerzas opuestas: no es posible anticipar su resolución final. No obstante, permite definir la posición marxista ante Rusia y la guerra, atento a la naturaleza de las fuerzas antagónicas, su dinámica interna y las contradicciones sociales, que muestran la progresividad del proceso encabezado por el presidente Putin, frontalmente atacado por el poder imperialista. El periodismo occidental, y una buena porción de la intelectualidad burguesa admite abiertamente que en la guerra de Ucrania está en juego la hegemonía global de los EEUU y que un triunfo de Rusia abrirá un curso de poder multipolar, con implicancias favorables para la periferia semicolonial en que está inserto nuestro país y América Latina. Pero los jefes del FIT son más sensibles a la visión reinante en las usinas seudotrotskistas europeas y norteamericanas, a su vez complicadas con el mundo central. La satelización del seudotrotskismo a esos mentores y su cipayismo incorregible explican, creemos, su desatinada simpatía con las “revoluciones naranjas” preconizadas por la CIA, en la Libia de Kadhafi, la revuelta neonazi de la plaza de Maidán[4], en Bielorrusia y Siria, hoy en una guerra que puede alterar progresivamente las relaciones internacionales.

[1] Comparto con el lector una pregunta que me han planteado algunos compañeros: ¿Es preciso hacer el esfuerzo de criticar al ultraizquierdismo, en particular al FIT? La militancia nacional rechaza en general el rol que cumple,  su clásico antiperonismo, la propensión al delirio, el divisionismo sectario que ayuda objetivamente al bloque oligárquico. ¿No es suficiente? Por otra parte, la impermeabilidad de las sectas ante las reflexiones que contrarían  sus premisas, inutilizaría toda invitación a ver “el mundo real”. A pesar de todo, no lo creo así: sin esa crítica, las sectas ultraizquierdistas y el nacionalismo burgués se aúnan para oscurecer cómo se articula lo nacional y lo social y, sin comprender ese vínculo, es imposible triunfar en ambos terrenos, sellar la grieta, disputar a los jefes del nacionalismo burgués el liderazgo de las mayorías que jamás le arrebatará la “izquierda” cipaya, hueca y declamatoria. Y sin ganar esa batalla contra la burguesía “nacional” no se podrá liberar al país y la clase obrera.

El rechazo recíproco entre esos polos tiene un pobre reflejo en el plano de las ideas. En el terreno de la crítica, se ha dicho, el amorfismo ideológico del movimiento nacional deriva de su estructura social contradictoria, con una base obrera-popular y una jefatura burguesa interesada  en oscurecer la naturaleza de clase del programa que sostiene. No exige demasiado esfuerzo, en esas condiciones, comprender lo dificultoso que resulta para los voceros e intelectuales peronistas la crítica del FIT, sobre todo si registramos, con honestidad debida, el alcance limitado de lo que hoy es capaz de ofrecer a las masas una fuerza política tan alejada de las acciones históricas que la instalaron en el corazón del pueblo argentino. Por otra parte, no es claro qué beneficio puede representar para el liderazgo burgués la eventual liquidación del ultraizquierdismo ¡Nada más útil para la jefatura burguesa que una “izquierda” cipaya que le cede sin disputa la defensa de lo nacional e ignora el valor de representar a la patria! ¿Qué daño podría ocasionarle que esté dedicada a ganar una exigua representación parlamentaria, sobre la base de levantar consignas postmodernistas y dar impulso a la descalificación del movimiento real de la clase trabajadora y el nacionalismo popular? A nuestro entender, estamos ante una suerte de “división de tareas”: la jefatura burguesa obtiene, sin rivales, la representación de las clases enfrentadas al imperialismo, bregando para que las masas no adviertan la existencia de pugnas sociales, mientras “la izquierda” se aísla en una “lucha de clases” y demandas postmodernas, sin política revolucionaria, ajena a la presencia de la cuestión nacional.

Puede parecer extraño, pero el cipayismo de “izquierda” protege y prestigia a la jefatura burguesa. Fue así en 1945, con los “partidos obreros” subidos al carro de la Unión Democrática. El socialismo revolucionario, mientras sostiene al nacionalismo contra el poder imperialista, debe llevar a cabo, simultáneamente, una tenaz crítica de los límites del mismo y su contracara “de izquierda”, alertando a los militantes que honestamente buscan en el nacionalismo burgués o el ultraizquierdismo un medio idóneo de transformación del mundo.

2] Resumimos los términos del proyecto de declaración presentado en la Cámara de Diputados de la Nación por el bloque del FIT, que se supone expresa una posición común, aunque se aproxima más al punto de vista del PTS y la Izquierda Socialista, los grupos más degradados de todo el Frente, que reprochan al Partido Obrero por ser condescendientes con el gobierno de Putin, en lugar de considerarlo el enemigo principal.

[3] Usamos el término para no complicar la interpretación del lector, sin convencimiento alguno. Los millonarios de Occidente no son mejores que los oligarcas paridos por la desintegración de la URSS, que imitan el modelo y hasta prefieren vivir fuera de Rusia, con descaro y ostentación de su riqueza mal habida. La diferencia aducida a favor de los antiguos y nuevos ricachones europeos y norteamericanos de que estos protagonizaron un proceso de acumulación supuestamente “legítimo” ignora que la propiedad siempre es “un robo” del esfuerzo ajeno. En relación al punto, es curioso ver que algunas sectas omiten hablar también de los oligarcas ucranianos, que están en el poder, después de financiar la carrera política de Zelensky, el payaso.

[4] Los ultraizquierdistas omiten considerar el rol de los neonazis, el más firme apoyo de la OTAN en Ucrania, que los provee de armas e instruye sus tropas, incorporadas a las Fuerzas Armadas del país. Fuera la OTAN de Ucrania es, en ese marco, una impostura: no hay allí, enfrentando a Rusia, ninguna fuerza independiente de Occidente. Por otra parte, como lo ha demostrado en un luminoso estudio Jorge E. Spilimbergo, el nazismo se originó fuera de Alemania, precisamente en los límites del imperio austriaco, cuando este integraba a Ucrania occidental. Ver: Jorge E. Spilimbergo, De los Habsburgo a Hitler – Sobre la cuestión nacional en Europa http://www.formacionpoliticapyp.com/2015/04/de-los-habsburgos-a-hitler/

LOS ORÍGENES DE LA DERROTA DEL 12 DE SETIEMBRE: ¿QUÉ HACER AHORA?

Derrotados

Interpretar la derrota sufrida en las PASO es menos sencillo de lo que pretende aquel que se limita a ver “el factor económico”. Por nuestra parte, creemos que el malhumor que hizo perder votos al FdT tiene un origen multicausal. La pérdida de empleos, la reducción del ingreso, la parálisis de millares de emprendimientos diversos, en fin, la suma de problemas que sufrieron aquellos que no tienen un ingreso fijo, por graves que sean, deben ser integrados en un marco referencial para comprender las razones que llevaron al electorado a castigar al gobierno y favorecer directa o indirectamente a los opositores. Es obvio que pudo hacerse más, para mitigar las penurias relacionadas con el dinero. Sin embargo, los datos señalan que el gobierno de Alberto Fernández superó a otros de América Latina y el resto del mundo en cuidar el empleo y el ingreso de los actores de la vida económica, con énfasis en la franja más vulnerable. Era posible, se alega hoy, llegar con el IFE algunos meses más. Pero, no es menos cierto que basta con imaginar qué hubiese hecho Macri, estando en el poder, para admitir que el cuadro de premios y castigos que trazan las PASO prueba que la equidad no es un atributo de la historia humana y descifrarla exige una mirada sin prejuicios y no lineal. Algo semejante cabe decir de la política sanitaria vigente, superior al promedio de la mayoría de los países y merecedora de aplausos si se la coteja con los desatinos y la irresponsabilidad macrista. Así las cosas, el examen requiere incorporar datos que otros ignoran para encontrar la racionalidad de un comportamiento electoral que desafía la inteligencia. Mientras no entendamos que sucede, estaremos sumergidos en una confusión abrumadora y desmoralizante.

Ahora bien, si el malestar prevaleciente obedece a razones múltiples y complejas y las carencias que acusan nuestras mayorías no se resuelven sólo “poniendo dinero”, la conclusión es muy inquietante. En primer lugar, porque aun así no existen dudas de que la pobreza es vasta y, habida cuenta de que el FdT no se propone rechazar la deuda con el FMI, los márgenes de maniobra son muy estrechos, de cara a noviembre. Si además hay demandas intangibles, no vemos en los jefes del campo nacional una predisposición a interesarse por ellas. Los “analistas” amigos y los dirigentes más encumbrados del FdT sólo repiten aquella sentencia del General Perón, según la cual “la víscera más sensible del ser humano es el bolsillo”. Parecen ignorar, esos discípulos, que los pueblos alcanzan la condición de sujeto respondiendo a interpelaciones menos pedestres; es por lo menos curioso que, siendo que en nuestro caso somos nacionales, pero no peronistas, tengamos que recordar los discursos de Evita y que Perón supo siempre hablar al corazón del pueblo argentino. Sus seguidores actuales parecen ser sordos a los asuntos del espíritu; su brutal utilitarismo recuerda a esos padres que en lugar de afecto y comprensión dan un billete. El hambre no puede saciarse con afecto, pero ¿cómo no advertir que el ser humano también precisa valorar su vida, trabajar para sostenerse, sentirse digno, no vivir con miedo, creer en la justicia, un entorno de valores y solidaridad social y que en ciertas circunstancias, en pos de ideales, es capaz de sacrificarse y llegar incluso al heroísmo? Los que otorgan “al bolsillo” ese poder determinante exclusivo, que para colmo en la billetera sólo tienen monedas, subestiman a los de abajo, carecen de un alimento que las circunstancias reclaman, pero que las masas apreciarían si la elite es capaz de dar el ejemplo, con actos claros, no solo retórica. Los apóstoles del dinero ¿cómo creen que los libertadores de América llevaron al combate a nuestro pueblo? ¿creen que San Martín utilizaba un power point para explicarle a los pueblos cómo incrementar la demanda agregada?

El reino del desamparo

La noción de desamparo resume, a nuestro juicio, cómo vivieron las grandes masas la experiencia de la pandemia. El desamparo incluye las carencias y temores de índole material, pero abarca otras que son intangibles. Ahora bien, la dificultad mayor para aceptar este enfoque es que adoptarlo conduce a la conclusión de que son débiles, cuando no inexistentes, los lazos que vinculan a las estructuras y la militancia del campo nacional y las fuerzas sociales que constituyen sus bases o, mejor dicho, que son registradas por el peronismo como tales. En ese espectro, uno de los sectores es la clase obrera, cuya representación y activismo no rehízo el vínculo deteriorado por el conflicto entre el último gobierno de CFK y la CGT de Hugo Moyano, agravado por el sostenimiento del Impuesto a las Ganancias. La jerarquía sindical, aunque respalda al gobierno de Alberto Fernández, luce alejada del quehacer político y nada se hace para involucrarla más, por parte de la llamada “rama política”, que la apartó de la conducción del PJ  en tiempos de Alfonsín. La base obrera, todo lo indica, no es ajena a la crisis de la representación; su  identidad peronista, inconmovible durante décadas, tiene hoy mucho de mito. Los marginalizados y excluidos no son políticamente más estables; los resultados electorales no dejan al respecto lugar a dudas. Es de pensar que han retrocedido en conciencia social desde el momento en que emergieron, con los movimientos sociales de la década del 90, enfrentando al neoliberalismo. Al fin y al cabo, en aquel momento su condición obrera era todavía una pérdida reciente, mientras que la marginalidad, hoy, se ha vuelto crónica.  Y el amplio sector de clases medias pobres, semi marginales suburbanos,  oscila también, sin referencias que las protejan contra el influjo mediático. Este estado de cosas, que resumimos brevemente, es clave para entender el cuadro de situación que encontró la pandemia, en los primeros meses del 2020.

Ahora bien, si hay resistencia en el seno del peronismo (también en la UCR) para asumir que vivimos en la crisis de la representación, y se carece siempre de vínculos fluidos con las grandes masas (algo que explica que el FdT advierta en la medianoche del 12 de setiembre el malestar reinante), también es cierto que admitir el fenómeno del desamparo general colocaría al gobierno frente a la necesidad de enfrentar un problema insoluble para el liderazgo burgués del movimiento nacional, a saber: si se quiere superar este momento, además de reactivar la economía y redistribuir el ingreso es necesario levantar un programa capaz de enamorar (verbo manoseado, pero elocuente) al pueblo argentino, llamándolo a movilizarse contra los opresores del país, imponerles el poder de las grandes mayorías, alterar el orden de jerarquías sociales, liberar a la patria y liberarse él mismo del aciago destino que sufre el país desde la caída de Perón en 1955 ¿ O alguien cree posible “enamorarlo” con “proyectos que madurarán en el mediano plazo” y otros espejitos de colores gratos al empresariado, pero que nada le dicen al corazón de las masas? Y no se trata sólo de una cuestión de semántica.

El desamparo, a su vez, no apareció con el covid, al menos en las franjas sumidas en la marginalidad,  cada vez más amplias, que sufren esta situación sin haber perdido, felizmente, la memoria de que el país tuvo épocas mejores. Sin embargo, ni siquiera allí la desprotección es sólo material. Con sólidos argumentos se ha señalado que la inseguridad se sufre en estos ámbitos con particular crudeza. Pero además se carece, en el conjunto social, de continencia espiritual, referencias ideológicas y universos simbólicos que provean identidad y otorguen sentido. No ignoramos que este fenómeno tiene un alcance muy extenso; es anterior a la pandemia, que lo tornó visible en diversos países, sin excluir al primer mundo. Por el contrario, sabemos que esa situación explica que hayan perdido en diversos países casi todos los oficialismos que enfrentaron elecciones después del covid. Y que en ese marco, cuando alguna concordia domina la escena, es transitoria. El presidente argentino, en los primeros meses, fue investido por el público con los atributos del protector; su imagen creció en prestigio y autoridad. Este fenómeno, sin vínculos con lo económico, aunque coincide con la invención del IFE y ATP, que amparaban económicamente a vastos sectores, incluía notoriamente la gestión de la salud, pero también expresaba confianza en el presidente, investido con las cualidades de la moderación y la  sensatez. Al prolongarse en el tiempo y adquirir una creciente gravedad los problemas, el vínculo del poder con las grandes mayorías imponía apelar a recursos movilizadores del ánimo social, a una solidaridad más extensa y sólida, algo que supera al liderazgo y la vertebración del peronismo actual,  tal cual es.

El contexto histórico: una crisis terminal

La armonía inicial se esfumó velozmente. Las desigualdades sociales, en la pandemia, fueron cada vez más visibles. Aislarse en el hogar es muy diferente cuando la casa es amplia, tiene todos los servicios y el dinero alcanza, que si carecemos de todo y estamos hacinados en una pieza. La escuela virtual sin internet no existe, y es un tormento con un celular para cuatro hijitos. Para aquel que goza de una buena jubilación, mientras no se enferme, el drama se reduce a soportar la soledad o limitar sus intercambios al círculo de los convivientes. Para quien depende de un negocio o actividad afectada por las clausuras sanitarias, la zozobra se extiende de lo económico a lo vital: sin su habitual rutina no sabe qué hacer. Si además se trata de  un “adicto” al trabajo, estar en casa es un infierno. Deliberadamente, dejamos para el final el miedo al covid, el contagio propio o de seres queridos, la muerte.

Este cuadro, que es global pero se agrava en nuestros países, y particularmente en la Argentina que nos dejó Macri, sólo estaba cambiando muy imperceptiblemente cuando nos tocó votar y explica, a nuestro juicio, el malhumor generalizado, que la oposición logró canalizar contra el gobierno. No hay un voto a Juntos por el Cambio, sin embargo, y menos aún una irracionalidad patológica del pueblo argentino. Los virajes en su conducta, que han signado las últimas décadas, desconciertan al “analista” que aísla un momento (una instantánea), pero se tornan comprensibles adoptando un enfoque más abarcador, histórico, desprejuiciado. En relación a lo ocurrido el 12 de setiembre, si se quiere entender “la voz del pueblo”, luego de inventariar las causas inmediatas, visibles y cercanas del malhumor público, es preciso integrarlas a un cuadro histórico más abarcador; evitar el riesgo de pasear por las ramas y no ver el árbol. En el pasado próximo y más lejano, hay claves que si se ignoran reducen el análisis a una reunión de lugares comunes y frases de utilería. Las “conclusiones”, aun cuando sirvieran para corregir la acción del actual gobierno –sus límites y contradicciones le impiden adoptar una política de liberación nacional–no son lo nuestro: pese a la voluntad de apoyarlo con firmeza contra el poder  oligárquico, no está en nuestras manos influir sobre su marcha. Podemos, sí, aportar una reflexión al activo militante, que advierte impotente los peligros que enfrentamos.

No vemos, en las cumbres del poder, una voluntad de analizar objetivamente el drama nacional, con miras a superarlo. Encontramos, sí, visiones facciosas. Los datos se eligen para llevar agua al molino propio y se desecha lo demás. Claro que cada intérprete buscará apoyo en el mundo de lo real, para ser convincente. Pero, tampoco basta con ser honrado, si falta un enfoque totalizador concreto. Sin insertarlo en la cadena, cada eslabón es un misterio y, sin perspectiva, el investigador da un cuadro acotado, superficial, impresionista, incapaz de brindar resultados serios, útiles para la acción.

Intentemos hacer otra ruta metodológica, al volver al tema del “malestar económico” y al presunto ajuste que lo habría causado. Desde luego, era posible una mayor “generosidad”, pese al quebranto estatal y los límites implicados por la negociación de la deuda con el FMI. Pero, antes de seguir, cabe  decir que los críticos de la gestión de Guzmán no se atreven a plantear la denuncia de la deuda, como alternativa a la adoptada por el ministro de Economía. Se habla de la estafa consumada por Macri y el Fondo Monetario, pero no se sugiere, dentro del campo del FdT, el desconocimiento de la deuda. Con lo cual el debate se limita al tema de un punto más o un punto menos del déficit fiscal en la ejecución presupuestaria que tuvo lugar antes de las PASO. Nos preguntamos: ¿esa diferencia, por sí sola, hubiese cambiado el ánimo colectivo? No rechazamos la idea de auxiliar más a los afectados por la pandemia y dar más impulso al consumo popular. Pero, en un país quebrado, paralizado por el covid, aunque el auxilio del Estado hubiera podido ser mayor ¿cómo afirmar que se hubiese logrado satisfacer necesidades tan excepcionales? La protesta social ha conmovido a todos los países y casi todos los oficialismos fueron sancionados por la opinión pública, tal como dijimos. Y, si el rechazo al gobierno debe evaluarse como “una respuesta racional” ¿por qué no sancionó la conducta de la oposición, que hundió a la Argentina en un abismo notorio y se ensañó en obstruir la lucha contra la pandemia, con el único fin de atacar al gobierno? No ignoramos, al argumentar de este modo, otros factores, como el papel de la prensa, pero aquellos que absolutizan el poder de los Medios deberían recordar que no pudo evitar en el 2019 la derrota de Macri[1]. Para no pifiar, debe hacerse un enfoque menos sesgado, más fértil. Sin identidad política, el pueblo es permeable a presiones nefastas, que obrarán contra él. En situaciones límites, castigará al primero que la prensa señale como gran culpable de todos los males. No insinuamos que el pueblo argentino es irracional. Tuvo razones para votar así. Pero son complejas. Para identificarlas y hacer un diagnóstico más congruente, diríamos: (1) hay que abandonar el dictamen economicista; admitir la presencia de un malestar difuso, alimentado por los  trastornos de diverso orden que nos impuso la pandemia, que se parece a la guerra; (2) advertir que “la racionalidad” emerge cuando el análisis incorpora un “dato” que omite el autor sólo atento a los hechos relacionados con el dinero. Ese “dato”, que todos los políticos esconden bajo la alfombra, es la crisis de la representación y las identidades ideológicas vigente en el país, que salió a la luz en el 2001 y no está resuelta. En ese contexto, el malestar se canalizó contra un gobierno peronista cuyo vínculo con las masas es muy precario, como se comprobó en las elecciones del 2015 y el 2017, sin omitir las limitaciones del triunfo electoral del 2019. Esa debilidad política estructural impidió que el gobierno dirigiese el malhumor popular contra el poder económico, que en el curso de la epidemia, atendiendo con egoísmo sus intereses de clase, se negó a parar, desprotegió a sus empleados, que el Estado Nacional fue el único en sostener y, como si todo eso fuese poco, elevó los precios que pagan los consumidores y resistió la sanción del Impuesto a los millonarios, demostrando su absoluta falta de solidaridad. Y aquí sí cabe reconocer la debilidad del gobierno, que sancionó el impuesto, pero no castigó a los especuladores y sus cómplices, causantes y beneficiarios del agravamiento de los males que el país sufría. De todos modos, advertir que debe corregirse el rumbo, priorizar las necesidades de los marginalizados por el sistema, los asalariados y el escalón inferior de las clases medias es, sin duda, de buena política y se torna imprescindible para cambiar el humor de las bases electorales. No obstante, también debemos examinar la gestación del actual momento, sus coordenadas históricas, para definir una estrategia y construir los medios aptos para defender el terreno ganado en el 2019 con la derrota de Macri, y librar una lucha capaz de superar los límites programáticos y los modos de estructuración que se advierten hoy en el movimiento nacional, que obstaculizan la lucha por liberar a la patria.

Identidades políticas y estructuras de representación

Al desatarse la pandemia, señalamos que el país sería sometido a una prueba mayor, con similitud a las que impone una guerra librada en el propio territorio. En una declaración de Iniciativa Política, se planteaba la propuesta de que el Estado fuese provisto de la facultad de establecer cómo contribuía cada sector de la economía y la sociedad al esfuerzo colectivo, reemplazando el “dejar hacer” propio de “la normalidad” por un estatuto tan excepcional como era la situación que debía enfrentarse. Esa fórmula no fue en absoluto un fruto de la imaginación; sugeríamos, en realidad, lo que hicieron ante las guerras del siglo XX diversas potencias, como la Alemania monárquica en 1914, para estructurar y ordenar el esfuerzo que impone un conflicto bélico, que exige subordinar los intereses particulares a las exigencias de la nación, cuyo destino está en juego. Si consideramos que la pandemia impuso la paralización de casi todas las actividades durante un periodo de duración incierta, se entenderá que no había exageración alguna en aquella proposición.

Para no fracturarse, en esos momentos, la sociedad depende en buena medida de la autoridad que el pueblo reconoce a sus gobernantes, investidos de legitimidad, y de la identificación de la elite con los intereses del país. Así, el desafío, que implica sacrificios, puede enfrentarse sin desmayos.

Como cabe suponer, dicha cohesión es más sólida cuando las mayorías sostienen un ideario nacional y el liderazgo que las encarna. En 1951, después de dos años de sequías que obligaron a la Argentina a comer pan negro (entonces, eso se vivía como una desdicha), el General Perón ganó las elecciones con el 63% de los votos, pese a que la oposición intentó responsabilizarlo de aquel padecimiento. Ningún trabajador, ni una sola obrera de aquellas que sufragaban por primera vez, encontró motivos para votar contra el peronismo y la reelección de su líder fue plebiscitada.

En el presente, domina la escena la crisis de las identidades y representaciones políticas[2]. La UCR, que  fue la expresión de nuestras clases medias democráticas, ha pasado a ser un siervo del PRO, esa fuerza de ocupación extranjera que dirigen Macri y Rodríguez Larreta, que expresa directamente al núcleo de poder económico, adicto a la especulación y fuga de divisas. Y el peronismo, aun siendo capaz de sostener una política defensivamente nacional, con algún arresto más enérgico, como se vio con la estatización de las AFJP, de YPF y Aerolíneas, no levanta un programa de liberación nacional, que lo llevaría a luchar contra los pulpos económicos que engordaron en el Proceso, el ciclo menemista y el gobierno de Macri, a costa de la destrucción del Estado que edificó el General Perón.

En otras condiciones, con los partidos populares actuando como expresión de nuestras mayorías, es de suponer que el pueblo argentino no habría sufrido la orfandad que padeció durante la pandemia, y hasta cabe creer que aquellas fuerzas que protagonizaron el abrazo de Perón y Balbín, con el covid    amenazando al pueblo argentino, no hubieran estado en veredas opuestas, con la UCR obrando cual peón del PRO, clara expresión del bloque oligárquico. Pero el sistema político, incluido el peronismo,   es una cáscara desprendida del ser vivo, que se dirige al elector– las personas no cuentan, sino como votantes– por medio de la televisión, sin tener militantes que convivan con las masas, con la única y limitada excepción de aquellos ligados al “territorio”, en el universo de los excluidos.

De tal modo, no hay una circulación sanguínea entre el gobierno popular que supimos conquistar y los ciudadanos de a pie. En consecuencia, el FdT sólo se entera del malhumor popular en la medianoche del 12 de setiembre, cuando todos esperan, incluida la oposición, un resultado distinto. Por nuestra parte, sin haberlo previsto, con algunos sondeos en la clase trabajadora, estábamos preocupados. La razón consiste en que venimos advirtiendo que es imposible reconstruir el movimiento nacional sin actualizarlo doctrinariamente y establecer modos de liderazgo y estructuración capaces de impulsar un amplio debate de los problemas nacionales y un claro protagonismo de las masas populares. Y tal cuestión, acuciante ya, no es asumida por las actuales jefaturas.

La conducción verticalista, venimos diciendo[3], despolitiza a las fuerzas del campo popular, de diverso modo. En primer lugar, establece vías de selección “al revés” de los cuadros militantes: en el marco de la verticalidad, un liderazgo individual que carece de contrapesos premia o castiga, situación en la cual la militancia no debe prestigiarse abajo, en la base del movimiento, sino arriba, ante el jefe. En lugar de una estructura piramidal que crece eligiendo los líderes naturales del pueblo, surge una burocracia desligada del mismo, que representa al jefe frente a las masas, ese “gigante invertebrado”, que mencionaba Cooke. En ese marco, el debate de ideas, la tarea de encontrar la mejor respuesta a cada momento, la función de auscultar cuál es el ánimo y los deseos de la base, mueren desplazados por la espera pasiva de que “bajen línea”. La figura  del invertebrado se hace así literal. El lugar del análisis lo ocupa el intercambio de las sentencias de Perón, Evita, Néstor o Cristina. Eso rinde, para aquel o aquella que quiere ascender en la carrera política; nadie cometerá el error, al observar esa anomalía, de advertirle al rey que está desnudo. Finalmente, como un alcahuete suele ser un traidor potencial, los ideales ocupan poco lugar, en su universo. Ese género de personajes nunca fortalecerá al movimiento nacional, dentro del cual es un peso muerto.

Aunque se trata de un problema mucho más general y amplio, las PASO mostraron las proporciones del problema, que impide reconstruir las fuerzas nacionales y, en lo inmediato, obstruye la necesaria capilaridad entre el liderazgo popular y los sectores que lo sustentan. Esto se agrava, a su vez, con la marginación sufrida por el movimiento obrero que tuvo lugar, según dijimos, en la década del 80, al imponerse en el peronismo “la rama política” que impulso “la renovación”, sancionando su tesis de que la derrota ante Alfonsín en 1983 sugería “blanquear” la imagen del movimiento, al que habían desprestigiado los “cabecitas negras”. Dichas circunstancias, que parecían superarse en los primeros años del ciclo kirchnerista, fueron acentuadas después por la ruptura del gobierno de CFK con la CGT de Hugo Moyano y otras acciones lesivas para los trabajadores[4], entre las que sobresale la imposición del Impuesto a “las Ganancias” del asalariado, que obraron a favor del triunfo de Macri.

Conclusiones

Nuestra mayor esperanza, frente a las elecciones del 14 de noviembre, se funda en creer que el voto popular quiso señalar al actual gobierno su fuerte disgusto con una gestión que no supo amparar, en múltiples sentidos, a nuestras mayorías, en las condiciones dramáticas creadas por la pandemia. Esta suposición se apoya en la premisa, ampliamente aceptada, de que no hubo un voto a favor de Juntos por el Cambio u otras fuerzas de la oposición actual. En realidad, pensamos que obró una mezcla de protesta dirigida al gobierno con un rechazo indiscriminado a la política; siendo de vieja data, con la crisis del coronavirus éste creció exponencialmente, mientras la sociedad enfrentaba una catástrofe sin precedentes, en un momento de la historia signado por la ausencia de los recursos espirituales que nos sirvieron de refugio y contención en otros tiempos.

Ese cuadro, generado por la pandemia, que alimentó fantasías de cambios civilizatorios[5], desafía al análisis; no es posible aún saber hasta dónde determinará cambios, en un orden global que era frágil y de incierto futuro antes del covid. En esas condiciones, se cuentan con los dedos los gobiernos y las naciones que superaron la prueba sin mostrar grietas. En nuestro caso, nos atrevemos a decir que el gobierno del país no será condenado por el juicio histórico, cuando el análisis comparado coteje su desempeño en relación al resto. Pero esa presunción no implica ignorar que fue incapaz de advertir la magnitud del drama y de brindarle a nuestro pueblo una contención espiritual. Su diagnóstico del origen del malhumor público, luego de las PASO, seguido de la fórmula de “poner dinero en los bolsillos”, es desafortunadamente pobre. Un diagnóstico errado, con la medicina consiguiente, torna dudoso el éxito de la empresa de recuperar la confianza de las mayorías populares. De todos modos, hay varias razones para pensar que todo puede pasar. La oposición, al envalentonarse con su victoria, ha resuelto apostar a un discurso anti obrero, que fideliza sus bases electorales gorilas, pero podría generar una reacción defensiva en la clase trabajadora y el movimiento sindical. Por nuestra parte, vamos a impulsar su lucha y apostar a que la llamada “columna vertebral” recupere la iniciativa, y adquiera la centralidad que necesita hoy el movimiento nacional, si queremos revitalizarlo y proveerlo de un programa capaz de liberar a la patria.

Sea cual fuere el resultado coyuntural, fieles a nuestro pueblo y a la defensa de la patria, analizamos para entender y compartir los resultados; en las buenas y las malas debe preservarse la unidad de las fuerzas del campo nacional, distinguiendo con claridad al enemigo principal. Ningún patriota sentirá haber faltado a sus deberes con la nación y las grandes mayorías si pelea por vencer electoralmente al PRO y el poder económico. Al mismo tiempo ¿cómo ignorar las falencias actuales del movimiento nacional y la necesidad de reconstruirlo doctrinaria y estructuralmente? Lo coyuntural y el futuro no pueden escindirse, sin traicionar nuestra causa. Para emprender la lucha por liberar a la patria hoy colonizada, la clase obrera, los sectores empobrecidos de nuestras clases medias, los excluidos, y los patriotas que, sea cuál sea su profesión u oficio, sufren de ver a la nación arrodillada por una elite vil cuyo único Dios es el dinero, deben probar, en esta coyuntura, que saben quién es el enemigo y sus cómplices. Sin el don de identificarlos, sin la sensibilidad de advertir donde está la Nación y cómo honrarla, nada más importante podrá construirse.

Córdoba, 06 de octubre de 2021

[1] Ver http://aurelioarganaraz.com/ideologia-y-politica/los-gurues-los-medios-las-identidades-politicas-y-la-autocritica-del-movimiento-popular/

[2] El dominio del capital especulativo ha generado una destrucción del sistema de partidos en muchos países y la crisis de la representación no es un problema sólo argentino. Una de las manifestaciones de esa dilución de las identidades ideológicas es que las hegemonías son muy precarias. Pero hay excepciones, para probar que el fenómeno puede superarse si un movimiento logra “enamorar al pueblo”. En Bolivia la apatía no afecta al MAS; en durísimas condiciones, el pueblo venezolano sostiene a su gobierno. A favor, o en contra, en estos casos, el pueblo se identifica con fuerzas que lo expresan. Eso no impide que los jefes populares puedan errar en distintos momentos, pero las mayorías exhiben una conducta más fiel hacia ellos, otorgándoles márgenes de tolerancia imprescindibles para enfrentar las situaciones complejas. Ahora bien, omitir el dato de que estas fidelidades –pensar en Perón– son la respuesta a políticas que apostaron a transformar de raíz las condiciones de vida de las grandes masas, sin limitarse a encarar reformas menores es omitir lo principal del asunto, para hablar después, como vimos ahora en algunos casos, de un “pueblo desagradecido”.

[3] Ver http://aurelioarganaraz.com/politica-argentina/la-conduccion-vertical-despues-de-peron/

[4] Gorojovsky http://www.formacionpoliticapyp.com/2021/08/la-clase-trabajadora-el-gobierno-y-las-elecciones-de-2013/

[5] Ver http://aurelioarganaraz.com/economia-y-sociedad/hacia-donde-vamos-la-aldea-global-despues-de-la-pandemia/

El FIT CONTRA CUBA: UNA “IZQUIERDA” CON SABOR A BIDEN

Fidel-y-el-Che

Ningún país de América Latina tiene una lucha tan prolongada y dura contra EEUU como la patria de Martí y Fidel Castro. Ese solo hecho debiera bastar para que una fuerza de izquierda quiera apoyarlo. Y sólo a partir de ese respaldo, contra los que quieren ponerlo otra vez bajo el pie, ejercer la crítica de los errores y desvíos que puede registrar toda política de liberación nacional, al enfrentar al atraso y la hipertrofia económica que impuso al país el dominio extranjero.

Las sectas seudotrotskistas del FIT no desconocen, por degradadas que estén, que en la década del 30 Trotsky levanta, contra un desvío “trotskista” estadounidense, la bandera de la defensa incondicional de la URSS, rechazando la tesitura de que la degeneración stalinista y su uso del terror anularan las bases del orden alcanzado, y pusieran fin al deber de sostener las conquistas de Octubre contra el imperialismo mundial. ¿Es preciso decir que la diferencia abismal entre el régimen de Stalin y el que impera en Cuba incrementa las razones para no dudar de que esa patria amiga merece el apoyo de cualquier latinoamericano bien nacido? Es posible dar diversas pruebas de que existe en Cuba una notable tolerancia –tener en cuenta que “está lejos de Dios y muy cerca de EEUU”, como dijo Porfirio Díaz respecto a Méjico –ante la crítica planteada desde el campo de quiénes defienden la revolución. Una de ellas, que citamos por conocida, es el caso del novelista Padura, que no se autocensura ante los problemas y males de su patria, y escribe y publica sin ser molestado.

Celia Hart, hija del histórico dirigente Armando Hart, ni siquiera oculta su cercanía con León Trotsky. Contrastan los “trotskistas” con Alan Woods, el marxista británico, que dijo en Cuba en el 2006, ante estudiantes universitarios: “Considero que la defensa de las revoluciones cubana y venezolana es un deber elemental del movimiento obrero y la izquierda.” De igual modo –esto es más grave para un marxista– se apartan abiertamente de las pautas fijadas en los primeros Congresos de la Internacional Comunista, aún inspirados por Lenin y Trotsky.

Llama la atención, al mismo tiempo, que en el caso particular de la cuestión cubana, de Vietnam y de Venezuela, privilegian su inclinación al sectarismo ultraizquierdista pro-imperialista, contrariando la “lógica” que los ha llevado en los últimas décadas a un electoralismo craso – denunciado por el propio Jorge Altamira, hoy expulsado–, impulsándolos a seguir las modas del “progresismo”, sin criticar sus contradicciones y límites de clase. ¿No es acaso obvio para un marxista que las tendencias predominantes del feminismo, el indigenismo y el ambientalismo deben ser evaluadas con sentido crítico –para eso existe el método marxista– para depurar y asumir sus contenidos legítimos, articulados con la lucha por emancipar a la patria y sus grandes mayorías? Curiosamente, estos “trotskistas”, mientras en esos temas van a la zaga del votante semi “izquierdista”, lo disgustan cuando combaten contra los países gobernados por fuerzas que se reivindican socialistas, como China, Cuba, Vietnam y Corea, o a países enfrentados al imperialismo mundial, como Venezuela. En estos casos, pareciera operar un reflejo pavloviano anterior a la adopción del electoralismo juanbejustista actual, que les exige coquetear con una facción pequeñoburguesa situada a la izquierda del país oligárquico, visceralmente antiperonista.

¿O se trata de secundar al imperialismo, siempre, ¡hasta perdiendo votos!? Sea cual sea la brújula que los guía, es su conducta en Siria, donde han descubierto una “oposición democrática al dictador Bashar al-Asad”, casualmente bombardeado por EEUU y la UE; en la Argentina, en la cual so pretexto de que “Macri y Scioli son lo mismo” ayudaron en el 2015 al triunfo del PRO, negándose a votar en la segunda vuelta al candidato del bloque nacional-popular; en Cuba, alegando que allí se impuso “un ajuste” y su gobierno propugna una “restauración capitalista” ¡Vaya a saberse por qué razón esa “restauración” no cuenta con las simpatías de Mister Biden! Es un misterio. Pero una cosa es clara, esa sí: con el FIT no cuenten en ningún caso, si están luchando por liberar a una patria.

Córdoba, 27 de julio de 2021

ALBERTO FERNÁNDEZ Y NUESTRA LUCHA POR LIBERAR A LA PATRIA

AF

Cuando terminó de constituirse el Frente de Todos, lanzada ya la candidatura presidencial de Alberto Fernández e incorporado Massa, con algunos compañeros de militancia celebrábamos que, faltando el amor en un campo nacional tan amorfo, la feliz decisión de Cristina Fernández hubiese permitido que a nuestros dirigentes los uniera el espanto. Era imprescindible terminar con la banda de salteadores que lideraba Macri, expulsar a esa suerte de fuerza de ocupación, que habría de condenarnos, en cuatro años más, a ser un país definitivamente inviable. En esas condiciones, era clara la necesidad –lo dijimos en esos términos, sin embellecer las cosas y con toda honestidad– de no objetar, desde nuestro lado, el empeño puesto en sumar a Massa, con la condición de darle un rol subordinado, ya que sabemos que es un amigo de la embajada de EEUU. Esta posición, que hubiésemos rechazado en otro contexto, se justificaba –entendíamos  entonces y no advertimos razones para cambiar de opinión– por la debilidad del bloque propio y el grado de dislocación de las fuerzas populares, afectadas por la zigzagueante trayectoria del sector mayoritario del movimiento nacional en las últimas décadas, que, si bien nos dio, luego del 2001, a Néstor y Cristina, también fue responsable de la década menemista. Y, en el primer caso, aunque siempre juzgamos al ciclo kirchnerista como lo mejor que tuvimos después de la muerte del General Perón, no es posible ignorar que el triunfo de Macri, en el 2015, y varias de  las rupturas habidas en el campo nacional, no fueron causados por un rayo que cayó del cielo, sino la evidencia de los límites y contradicciones de su cúpula superior.

En realidad, la razón de fondo de que Cristina Kirchner subestimara las consecuencias que sus decisiones más desdichadas iban a tener[1] –debilitar de varios modos las bases electorales y la sustentación política del Frente para la Victoria– se relaciona directamente con un fenómeno que el sistema de partidos, no sólo el peronismo, tiende a negar. Nos referimos a la crisis de la representación política. Ésta mostró el rostro en la crisis del 2001 (“que se vayan todos”) y no fue superada, al menos hasta hoy[2]. Los partidos tradicionales, incluido el peronismo, prefieren mirar para otro lado antes que buscar los motivos por los cuales la identificación de sus bases ha perdido vigor, por decirlo suavemente[3]. El kirchnerismo, en particular, creía ser el heredero del peronismo, en cuanto a concitar el grado de adhesión de la clase obrera que había tenido el General Perón; al menos, ése que aseguraba el voto de los trabajadores, en una elección. No era así. La creencia era parte del triunfalismo reinante, en ese ámbito, hasta el 2015[4], y quizás explica la falta de conciencia de que no había margen para acumular desatinos. En las actuales circunstancias, el dato es crucial. Los posibles desaciertos de cualquiera de los integrantes del Frente de Todos y obviamente del gobierno mismo, pueden ser fatales. En nuestro caso, lo que vale para todos los que apoyamos al presidente desde la izquierda, por así decir, es necesario  recordar siempre esa lección, que la historia reitera[5]: atacar a un gobierno nacional-popular al que acosa la oligarquía –somos partidarios de ejercer la crítica sin ignorar ese dato central, que dicta una posición de “apoyo independiente”– sólo favorece al bando imperialista. Ese patrón de conducta sólo debe modificarse si los trabajadores y el pueblo tienen una clara voluntad de avanzar (con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes). En ese caso, es claro, nuestro deber es acompañar a las mayorías, impulsar su lucha con inteligencia y firmeza. Pero  no es ésa la situación, hoy. En el actual momento, atacar al gobierno sólo puede beneficiar al  enemigo, tal como ocurrió en el 2015 con ciertas reticencias a respaldar a Scioli.

Los hechos hablan: el triunfo popular en las elecciones presidenciales de 2019 tuvo un alcance menor al deseado. Siendo ése el punto de partida de la situación actual y habiendo conservado pese a nuestra unidad el bloque oligárquico un apoyo del 40%, tiene un poder parlamentario suficiente para trabar al gobierno; conserva, es obvio, el poder económico, comunicacional y, en el presente, una buena cuota de poder judicial. En consecuencia, éste es un gobierno débil, política e institucionalmente. Como si todo esto fuese poco, a la insoportable herencia de un vertiginoso endeudamiento, y destrucción del aparato productivo y el nivel de consumo de las mayorías nacionales, se añadió la pandemia del coronavirus, con sus exigencias sanitarias y proyección fatal sobre la actividad económica, que estaba en recesión antes de la emergencia del covid-19. En suma, se trata de un cuadro extremadamente difícil de enfrentar, teniendo en cuenta, además, la clara disposición de los núcleos de poder económico concentrado de forzar al gobierno a una capitulación o, si éste se resistiera, a impedir su consolidación y provocar su fracaso. A nuestro entender, esa conducta destituyente es casi unánime en el núcleo del poder económico concentrado, contrariando la voluntad de generar acuerdos que ha sido enunciada como modalidad del gobierno por parte del presidente.

El desarrollo del enojo y sus sinrazones

Los rasgos que impone al desarrollo de la acción y al tratamiento de los problemas el liderazgo compartido que evidentemente impera dentro del Frente, aunque se preserve la facultad de ser quien decide para la figura presidencial, parecen desagradar a sectores de la militancia que esperaban ver menos cabildeos. Esta circunstancia, en el marco de limitaciones a la expresión  política, de la ansiedad y los temores que acompañan a una situación inédita de nuestras vidas, parece alimentar la desazón y el enojo en sectores minoritarios, pero activos y conversadores, de la opinión pública nacional y popular. Sólo de ese modo podemos entender que, luego de votar por Alberto Fernández, alguien pueda caer en la cuenta de que el actual presidente es un moderado, algo que siempre supimos sobre su personalidad política[6]. Puede que alguno, en el cuarto oscuro, creyera que iba ser, esta vez sí, un chirolita de Cristina Kirchner. En ese caso, se comprende la decepción, aunque no la compartimos. Hasta hoy, sólo vemos diferencias de estilo. Es claro que, en nuestro caso, nunca hicimos propio el delirio aquél según el cual alguna vez estuvimos en “la revolución kirchnerista”. Pero seamos serios: todos supimos que el actual presidente fue candidato para posibilitar el frente y tener chances de ganarle a Macri. Se intentó incorporar incluso a Lavagna, Urtubey y Schiaretti, dando un lugar al peronismo neoliberal.

Nada tiene de sorprendente, siendo así, que el presidente actual no sea un revolucionario, un género que además casi ha desaparecido dentro del peronismo, después de Perón.

Lo decidió Cristina; fue un acierto y un acto patriótico, pero también un reconocimiento de sus  errores previos, que se remontan a la ruptura con la CGT de Hugo Moyano y lo que siguió más tarde. Fue asumir, en los hechos, las responsabilidades propias en la derrota ante Massa, en el 2013, los goles en contra que facilitaron el triunfo fatal de Cambiemos, en el 2015 y su propio fracaso, en los comicios del 2017, en territorio bonaerense. La realidad le impuso no encabezar   la fórmula y elegir un moderado para presidirla. Más aún, precisó sumar al Frente Renovador y al mismo Massa. Dijimos que se intentó incluir a Lavagna. Y no estaba mal, era necesario.

Al recordar esto –aquella rectificación, ampliando las bases de sustentación política hacia todo el espectro de los adversarios de Macri, que permitió el triunfo del 2019– no hacemos cuestión de lo que ayer aplaudimos: respondemos al imperativo de preservar la memoria. “Con Unidad se van, con programa no vuelven”, decía un volante de Patria y Pueblo; al llamar a votar por el Frente de Todos, Iniciativa Política avalaba la incorporación de Massa al Frente, con la única condición de que fuese una pieza más, subordinada, del tablero; decíamos, sin disimulos, que si ése era el precio de triunfar sobre Macri, había que incluir “a un amigo de la embajada de EEUU”. Fuimos claros, ¿no sabían todo esto los que ahora se sorprenden de “la moderación” o “la búsqueda de consensos”, que acaban de descubrir como rasgos de personalidad de Alberto Fernández? ¿Acaso su conducta, después de constituirse el Frente de Todos, no mejoró mucho  lo que habíamos visto, luego del conflicto con la Mesa de Enlace?

Es más, salvo los jóvenes, por razones de edad, ¿cuántos de los protagonistas de “la década ganada” resistirían el  examen de su conducta en los 90? ¿cuántos de los que luego aplaudían al kirchnerismo habían votado a Fernando de la Rúa, diciendo que era mejor que Duhalde? Por nuestra parte, tenemos el honor de no haber caído en esas inconductas y valoramos habernos enfrentado al riojano y haber votado en blanco (ni Duhalde, ni de la Rúa). Pero después de la crisis del 2001, era realista reconocer que había que “barajar y dar de nuevo”, para juzgar a los dirigentes en función de la conducta que cada cual asumía tras el viraje nacional que impuso el caos, fielmente interpretado por Néstor Kirchner.

Un baño de realidad

Hasta ahora, el balance del ciclo de Alberto Fernández, tal como señala Alfredo Zaiat[7], muestra su apuesta a crear consensos; huye de la subordinación o el enfrentamiento, en la relación con el stablishment. Al mismo tiempo, como dice también ese economista, el poder económico no está dispuesto a ceder nada; no negocia y, agregamos nosotros, pone en función la fuerza de que dispone para subordinar al gobierno o llevarlo al fracaso, a cualquier precio. Definir ese marco como “empate hegemónico” sirve para graficar un estado de cosas. Pero no define la evolución y los resultados que provisoriamente arroja el conflicto, ni señala los temas en torno a los cuales se desarrolla la pelea, para que podamos juzgar lo hasta aquí logrado. Procuremos hacer un resumen serio: 1) el gobierno ha triunfado en la negociación de la deuda externa con los acreedores privados, contra la presión y maniobras que los centros de poder extranjeros e internos llevaron a cabo para ponerlo contra la pared durante la operación y, concluida con éxito esa disputa, cabe prever un resultado similar –hasta hoy fracasan las maniobras enemigas en contra el país– respecto al forcejeo con el FMI; 2) el mismo balance cabe hacer con respecto a las presiones destinadas a provocar una devaluación, con una finalidad especulativa y política, ya que iba a hundirnos, económica y electoralmente. En esa lucha, no menor, también se advierte una defensa exitosa del interés nacional, imposible de subestimar si se considera la debilidad que le impuso “la herencia” y las dificultades adicionales que trajo la pandemia, en un cuadro complejo del comercio exterior, sin acompañamiento de los miembros del Mercosur; 3) paralelamente, no pueden registrarse como defección, hacia la base social o como signo de irresolución y/o impericia en la lucha por afianzar su poder, las decisiones tomadas para enfrentar la pandemia (incluyendo el conjunto de las acciones económicas, cuyo fin fue respaldar a los trabajadores, los excluidos y las empresas, para amortiguar los efectos del paro forzoso). No por azar los medios hegemónicos, junto a la oposición feroz de Juntos por el Cambio, buscan a cualquier precio desprestigiar al gobierno, “muera la gente que tenga que morir”; 4) pese a las fastidiosas idas y vueltas, igual conclusión cabe sacar sobre la creación del impuesto a las grandes fortunas; 5) de modo indudable, en un marco de recesión y vacas flacas, el gobierno defendió a los sectores vulnerables, afectando los intereses de las franjas pudientes: congeló los alquileres, suspendió los desalojos; congeló tarifas en los servicios públicos (las concesionarias hablan de atrasos del 35%), estableció el carácter de servicios públicos de las prestaciones de internet; ha devuelto la paritaria nacional de los docentes, dejó abiertas todas las demás; impuso la doble indemnización por despido, pese a las quejas de todas las patronales, contuvo la suba de la desocupación con las ATP y a los sectores más desprotegidos con el IFE, hizo que los jubilados con ingresos bajos obtuvieran aumentos superiores a la inflación y el resto perdiera un 4% y logró (en medio de la catástrofe económico-social que se heredó del ciclo macrista éste es un dato mayor, de gran importancia para la recuperación del consumo) que los salarios perdieran respecto de la inflación mucho menos que en el resto de América latina.

Al mismo tiempo, hay un dato clave, en el orden de lo político, imposible de soslayar a la hora de trazar nuestra posición ante el gobierno: el poder económico concentrado, sus medios de prensa, sus jueces cómplices y la derecha oligárquica, no descansan un minuto en la lucha por obstruir su gestión y afianzamiento. Pujan para impedir que las elecciones próximas fracturen o debiliten a la oposición y, ampliando el poder del Frente de todos, liberen al gobierno de la extorsión constante –imponiéndole  zigzagueos que hieren la confianza y afectan su prestigio ¿Cómo negar el significado de esas conductas? ¿no sabemos que si el actual gobierno hubiese traicionado el mandato popular y no defendiese el interés general y las potestades del Estado, los medios hegemónicos llenarían hoy de elogios al presidente, como hicieron con Menem? ¿no calibramos el odio y la agresividad que exhiben sus escribas, las centrales del stablishment y la oposición? Sólo un ultraizquierdista no ve esas cosas; si se trata de militantes del campo nacional, es de esperar que la ansiedad y el enojo ante las marchas y repliegues que impone la realidad al gobierno, que asume sus límites, deben canalizarse hacia una acción política que fortalezca al campo nacional-popular, sin hacer como el perro que se muerde la cola.

Algunas variantes de “fuego amigo”

Sin embargo, en cierta militancia, en lugar de ganar terreno el deseo de alterar las relaciones de fuerza, generando acciones aptas para ganar a los sectores indecisos y aislar al núcleo duro que sigue a Macri, crece el malhumor contra nuestro gobierno, al  que se juzga indeciso frente al poder económico, llegando a plantear su supuesta capitulación. Como a nuestro entender se trata sólo de ciertas franjas, no del grueso de aquéllos que votaron por el Frente de Todos, es importante identificar a ese universo de “enojados” y analizar sus argumentos.

El primer grupo que vamos a mencionar está representado por ex funcionarios; aspiraban a un cargo en esta gestión y no los llamaron. No tienen empacho, ahora, en prestarse a los medios del poder hegemónico, cuestionar aspectos de la actual gestión, descalificando a sus ministros y a determinadas medidas. Por obvias razones, no son ellos el sector que nos interesa invitar a una reflexión. La lógica del arribista no es parte del debate.

Nos interesan, sí, muchos compatriotas honestamente afligidos por la suerte del país, que sin duda desean ver triunfar al gobierno que han votado. Quieren que se revierta el daño causado por el ciclo de Macri y se siga un camino nacional y popular, apto para conquistar soberanía nacional y justicia social. En esa franja, creemos identificar tres variantes fundamentales, cuya actitud crítica no obedece a las mismas razones, por las diferencias ideológicas que los separan y por el grado de compromiso previamente adquirido con tendencias políticas cristalizadas por su filiación, sus referencias conceptuales y su perspectiva actual. Aunque como es de esperar, existan entrecruzamientos y casos “híbridos”, nuestra esquematización es imprescindible para hacer de nuestro examen un aporte al debate sobre las preocupaciones que compartimos, que giran alrededor del destino nacional, en este momento de la vida histórica.

La primera tendencia que vamos a mencionar –dentro del campo de aquéllos con los cuales es de nuestro interés desarrollar un debate– la conforman compañeros que proponen “retornar a las fuentes del primer peronismo”, recrear el IAPI o alguna institución que permita a la Nación una injerencia directa en el comercio exterior, reconstituir la flota mercante estatal, y apostar, en general, el Estado empresario. En el plano ideológico, una vertiente interna al sector invoca a Perón y acompaña el planteo con denuncias que aluden a la “desviación socialdemócrata”, que explicaría el eco que encuentra hoy, en el seno del gobierno, la pequeño-burguesía que, identificada con el “progresismo”, se hizo kirchnerista, sin digerir al peronismo de viejo cuño y sin dejar de aborrecer al General Perón[8]. El problema de los “ultraperonistas” (llamémoslos así, ya que se trata de doctrinarios abstractos que nada dicen del peronismo real) es que omiten decir qué medios usarán para ganar hegemonía e imponer su programa; en suma, cómo evitarán que lo suyo sea algo más que pura nostalgia. Esa carencia de proyecto, que los condena a la impotencia, tiene a su vez dos manifestaciones: 1) el impulso a expulsar a los sectores “progresistas”, sin reparar que se puede debatir con ellos pero apreciar su viraje al campo nacional, que fortalece nuestro bloque. No es aceptable pensar que es mejor arrojarlos al bloque oligárquico, para preservar una “pureza” que huele a secta; 2) Este peligro se acentúa cuando el desdén a la lucha por construir sólidas mayorías se suma una falsa asociación entre el nacionalismo en lo económico y “la fe católica”: Esa asociación, caprichosa y falsa, de la ligadura indisociable entre una política patriótica y el catolicismo tradicionalista se usa para rechazar las demandas del “progresismo” y las feministas (se aborrece el IVE, las píldoras anticonceptivas, la igualdad de género y el matrimonio igualitario), que serían opuestos a los cánones de “la nación católica”. En este punto, podría decirse, sin exageración alguna, que antes que en el peronismo abrevan en las fuentes del “nacionalismo” sin pueblo de 1943, que ya era senil en aquel año y es hoy una pieza de museo[9]. Adoptarlo como ideología nos transformaría en secta.

En otro momento, hemos dejado en claro que defender el derecho al divorcio, al aborto legal y las demás reivindicaciones del feminismo, en nuestro caso, no modifica la defensa de la unidad nacional para liberar a la Argentina, con todos los patriotas, sean o no creyentes. No quebrar el campo nacional es prioritario: la contradicción mayor es patria o colonia, sin atender credos y respetándolos a todos. Con esa conducta, como patrón, es lícito exigir a los fieles religiosos la misma actitud: bloquear toda maniobra que busque enfrentarnos, usando para ese fin algunas contradicciones secundarias de carácter ideológico y religioso. No pueden ser “más papistas que Francisco”.

No es posible estimar el peso de la corriente señalada, pero creemos que –entre las minorías críticas[10]a la actual gestión– el sector más ruidoso y más tenaz, ya que “los ansiosos” son multitud (debo ese término a un amigo), está formado por compañeros y compañeras que aún son fieles a Cristina Fernández, a quién le atribuyen una “voluntad  transformadora” que no resiste el menor análisis. Tal vez psicológicamente están “contenidos” por esa figura maternal-fuerte. Añoran su estilo; las exposiciones “magistrales”, que provocaban su admiración, por las mismas razones que no conmovían a las gentes del pueblo llano, como pasaba con las arengas vívidas pero sencillas de Perón y Evita, que sus abuelos universitarios rechazaban por “su demagogia”. No atienden razones, cuando se les sugiere analizar las consecuencias ruinosas del liderazgo verticalista; lo suyo es hablar de “profundizar”, a la ligera y sin precisión, la gestión de gobierno. En resumidas cuentas, aplaudían todo en el gobierno de “la Jefa”; pasar por alto, incluso aplaudir, hasta los peores errores, como la ruptura con la CGT de Hugo Moyano y la obcecación de mantener el Impuesto a “las Ganancias” de la clase obrera, o el rechazo al proyecto de modificar la Ley de Entidades Financieras[11]. Los más cultivados, lectores de Forster y de Laclau, atribuían la postergación de medidas de fondo a “las relaciones de fuerzas”, que según sus observaciones “gramscianas” desaconsejaban dar un paso en falso.

Esta cuestión, esgrimida en momentos de éxito electoral y mayorías parlamentarias, es hoy curiosamente ignorada, precisamente en momentos de suma debilidad. El único problema que impide avanzar, coinciden en declamar, imperiosos, tanto Navarro como Hebe de Bonafini (que se hacen eco de una impaciencia muy extendida, en las tribus k), es el carácter de Alberto Fernández, que “a todo el mundo quiere decir que sí”. En ese clima impaciente e irreflexivo, es natural que apareciera un provocador ansioso de hacerse fama, denigrando al presidente, del que ha compuesto una imagen vestida con las líneas cruzadas de la bandera inglesa[12].

Ahora bien, dejando al costado tonterías y excentricidades, nada tenemos contra el ejercicio de la crítica, aun en el caso de aquéllos que fueron aplaudidores acríticos de Cristina Kirchner.  Menos aun contra planteos dirigidos a recuperar soberanía nacional, imponer sanciones al poder económico concentrado, defender con firmeza el interés general de los argentinos, su alimentación, su salud y sus reivindicaciones, la vigencia de la justicia y, particularmente, todo lo relacionado con reparar los daños del ciclo anterior, sin olvidar la necesidad de transformar al país hasta el punto necesario para garantizar que el macrismo no vuelva nunca más. No está demás que recordemos nuestra pertenencia a la Izquierda Nacional, que se ha caracterizado por señalar que la caída del General Perón en 1955 se debió, en última instancia, a que no se expropiaron las grandes estancias de la pampa húmeda y el poder oligárquico estaba intacto, aunque se los hubiera privado, durante un periodo, del poder estatal. En el caso del kirchnerismo, señalamos los límites fundamentales de su planteo, reñido con la necesidad del Estado empresario, y en ese sentido lamentamos su adscripción a las fórmulas desarrollistas, la razón por la cual, en la larga década que pudo gobernar demoró siete años en estatizar YPF y necesitó comprobar que los delincuentes españoles estaban vaciándola para recuperar Aerolíneas, mientras otras empresas privatizadas por Menem seguían en manos de los bandidos del capital privado. Como el lector advierte, no podríamos objetar a la tentativa de impulsar una política de recuperación que, por el contrario, siempre hemos postulado, como camino necesario para liberar a la patria.

¿Qué cuestionamos a los críticos de Alberto Fernández y, particularmente, al enfoque que plantea el progresismo de “izquierda”?

En primer lugar, el desconocimiento de que lo fundamental es fortalecer el campo nacional, lo que implica advertir que el gobierno actual fue y sigue siendo lo que hemos construido, frente a la tentativa del stablishment de imponer un segundo gobierno de Macri u otro personero del bloque oligárquico. En consecuencia, toda nuestra acción –el pronombre “nuestra” designa aquí a lo que cabe llamar la izquierda del Frente de Todos, en sentido amplio– debe orientarse en función de ampliar las bases de sustentación del campo nacional y la unidad del bloque, sin pretender quebrarlo o desalentar el respaldo a la actual gestión, desacreditándola mientras la necesitamos, como debiera ser claro si se advierte que su relevo, en el momento actual, daría el poder al bloque oligárquico. Eso no excluye una posición crítica, que es necesaria para dejar en claro que nuestro programa responde mejor a las exigencias de la realidad, si estamos en lucha por liberar a la patria. Pero esta tarea requiere de nuestra parte, si queremos conquistar al pueblo argentino, demostrar que sabemos defender cada palmo de terreno ganado, ampliar el apoyo al bloque nacional, para aislar al enemigo, despojarlo de un respaldo que en las elecciones presidenciales fue muy considerable, evidenciando lamentablemente el éxito logrado en la  batalla cultural por el bloque oligárquico, lo que constituye una prueba de las limitaciones y las incoherencias que nuestro liderazgo ha tenido, sin las cuáles –cuesta asumirlo, pero deben hacerlo todos los patriotas– Macri no habría triunfado y no conservaría su base actual.

En segundo lugar, cuestionamos la frivolidad de una buena parte de la campaña que pretende desacreditar al presidente, cotejando su “moderación” con la supuesta “combatividad” del ciclo kirchnerista. Esta presunción no resiste el menor análisis, si se recuerda que se demoró cinco años antes de estatizar los fondos jubilatorios y nueve para expropiar el 51% de las acciones de YPF, las mayores medidas de ese periodo. Hemos sostenido siempre que “la década ganada” fue lo mejor que tuvo el país, después de la muerte del General Perón. Pero no es menos cierto que el actual gobierno está frente a una situación más difícil que aquélla, después del daño causado por Macri, la emergencia de la pandemia y la hostilidad de la oposición, mucho más feroz que la que tuvo Néstor; que a eso se añade un poder parlamentario débil, lo  que requiere, para superarse, un contundente triunfo en las próximas elecciones.

En una palabra: no debe sustituirse la reflexión y el cálculo político en un momento tan difícil por la impulsividad y los arranques típicos del “progresismo”, que es incapaz de mirarse en el espejo y recorrer autocríticamente su propia historia, siempre guiado por las impresiones y el deseo, reiterando un infantilismo ya senil. Hebe de Bonafini no trepida en hablar del “presidente del sí”, con la misma liviandad con que festejó públicamente el acto terrorista contra las Torres Gemelas. Guillermo Moreno habla en TN de la “desviación socialdemócrata”, pocos días antes de tratar a Menem de “gran compañero”. La inimputable Sandra Russo también tira al blanco contra Alberto Fernández, sin dejar de enorgullecerse de su alfonsinismo juvenil y sin haber revisado su estúpida teoría de que el kirchnerismo era “la superación del peronismo”[13]. Y así, cunden los dispuestos a desacreditar al presidente, sin que se les ocurra pensar quién será el beneficiario de sus “pasajes al acto”. Todos ofician “la interpretación de Cristina”, como si la actual presidente, cuando habla o calla, pudiera ser una mala interprete de su propia voluntad y posición táctica.

 Ahora bien, si ignoramos los datos de la actual la coyuntura, destacando entre ellos el nivel de conciencia y el estado de ánimo de las grandes mayorías (que sólo nos dieron en las últimas elecciones una  exigua mayoría); si hacemos caso omiso de cuáles son sus preocupaciones del momento; si nos parece inútil sopesar la fuerza y cohesión del campo propio, por un lado, y el  bloque oligárquico, por otro; si nos desentendemos del tema de si  existe o no una jefatura y un movimiento capaz de brindar al país (seriamente, es obvio) una alternativa superadora a la que ofrece, hoy, el Frente de Todos; si para librar una lucha por la emancipación nacional no  es necesario, previamente, haber ganado a la mayoría del país; en una palabra, si ignoramos el estado en que está hoy el movimiento nacional y sólo miramos nuestros deseos y nuestra ansiedad –su sagrada persona, alfa y omega de la (in) conducta típica del pequeño burgués provisto de “cultura política”– sigamos practicando “el tiro al pichón”, pase lo que pase. Dicho de un modo más amable, si el único elemento que tomamos en cuenta es si un reclamo “es justo”, dado que “la razón” sería nuestra hay que sostenerlo, sin más. Para un apóstol, siempre el dilema se plantea así, aunque lleve al martirio. Pero ésas no son las reglas de la política, en general; no lo son, menos aún, para una política revolucionaria. Para esta última, el mismo problema ha de tener una respuesta si se plantea en el curso de un alza de masas y otra distinta cuando el contexto en que aparece es “normal” o predomina la parálisis en el campo popular[14]. Si los trabajadores y el pueblo estuviesen en la calle buscando ahondar en un sentido antioligárquico y antiimperialista la gestión que preside Alberto Fernández, no daríamos la misma respuesta que en el momento actual, signado por la débil identidad política de las mayorías populares, la confusión y las conductas hasta cierto punto suicidas que hemos visto en estos años en ciertas franjas no privilegiadas del pueblo argentino. Todo lo cual, lejos de ser un fenómeno del momento, lleva más de dos décadas[15] y conforma un cuadro sin el cual la derrota del  2015 no podría haberse consumado.

El problema de la Hidrovía   

Uno de los temas que más se ha usado para cuestionar al gobierno es su presunta resistencia a recuperar el manejo estatal de la hidrovía. No subestimamos la importancia de la cuestión. Sin embargo, creemos que presentar la nacionalización de las tareas de dragado y los peajes como un cambio clave en el comercio exterior y la restauración de la soberanía, sería plantear con imprecisión el asunto, como ha señalado Juan Carlos Smith, titular del sindicato de dragado y balizamiento. En primer lugar, la ausencia estatal no se limita a este aspecto, subordinado, de un problema mayor, que incluye la privatización del sistema de puertos y la falta de pesajes de la carga naviera, que no se hace. Por otra parte, el río es el medio por el cual sangra la riqueza nacional, pero ¿quiénes son los autores del delito? Las cerealeras, pulpos que monopolizan el comercio de granos, tras la desaparición del IAPI. Alguien podría decir “por algo se empieza”, pero no vemos un planteo claro, sino un reclamo fundamentalista confuso, con mezquindades de “patrioterismo” hacia países hermanos –Uruguay y Paraguay. Al mismo tiempo, se oculta o  ignora que la pérdida de soberanía y el saqueo del país tiene otros capítulos más importantes, a saber: rigen aún dos leyes impuestas por Martínez de Hoz, con el Proceso, nunca modificadas en el ciclo democrático posterior al 83: de Inversiones Extranjeras y de Entidades Financieras. En ese marco, agravado en los 90, el comercio minorista pasó a manos del capital extranjero (Carrefour, Disco, Walmart, Easy, etc.) y fueron transferidas grandes empresas originalmente argentinas. Los ferrocarriles, la Flota Mercante del Estado, los Astilleros, el complejo industrial que conformó el IAME y en 1954 tenía un plantel de diez mil empleados, fabricando aviones, tractores, automóviles y motocicletas diseñados aquí; ENTEL, la producción y distribución de energía eléctrica, Agua y Energía, entre otros bienes, fueron destruidos, o privatizados, en la larga noche que comenzó en setiembre de 1955. En el curso de la decadencia se verifica una sucesión de dolorosos cambios del universo económico-social argentino. Entre otras cosas, fue diezmada la industria y la clase trabajadora; se redujo la influencia del movimiento obrero en nuestra política; creció, de un modo jamás visto, la marginalidad social; se empobrecieron las clases medias; los comerciantes del país fueron arrinconados en las orillas del sistema; se hizo crónica la pobreza y apareció la indigencia en crecientes franjas de población y, demostrando que los “de adentro” no siempre perdían, un núcleo minoritario acaparó la riqueza; la fuga de capitales se tornó crónica, mientras los economistas del poder se esforzaban en convencernos que falta un clima que favorezca su arraigo y debemos reducir nuestra apetencia desmedida, para crear un ambiente  “que impulse la inversión”.

Por tanto, la ausencia estatal en el manejo de la Hidrovía –debemos recuperarla, sin alimentar mitos– es “sólo” un capítulo del drama mayor, la desaparición del Estado como actor de peso en el comercio exterior; tal como pasa en la megaminería, con normas que permiten que los pulpos internacionales se limiten a declarar qué exportan. No negamos, desde luego, el avance que representaría controlar lo que envían fuera del país, pero el problema de fondo es el sistema. Algo similar cabe decir del mecanismo usado por las automotrices, que fugan divisas en el intercambio intrafirma, usando el recurso de subfacturar lo que exportan a sus centrales y sobrefacturar lo que reciben de ellas, mientras el Estado mira para otro lado.

Nuestra perspectiva

Es inconcebible, lo entiendan o no las elites “de izquierda” (un “ultra” k, lo asuma o no, razona igual que Nicolás del Caño), llevar una lucha por la liberación nacional sin ganar antes al pueblo argentino, que votó mayoritariamente por Cambiemos, en el 2017, y rectificó ese voto, de un modo parcial, en el 2019. Es nuestra presunción, basada en la experiencia de los últimos años, que el peronismo actual puede llevar a cabo una política nacional, pero es poco probable que se proponga hacer una política de liberación nacional. Esa perspectiva lo supera claramente: no está en el horizonte de su aparato político y sus cuadros de conducción; tampoco la espera hoy nuestro pueblo, que está sumido en la pérdida de identidad política y una amarga desesperanza, que apenas cede cuando se trata de sostener el poder adquisitivo del salario y proteger conquistas de vieja data. Para salir del marasmo es necesario reconstruir el movimiento nacional, algo que  implica actualizarlo doctrinariamente y democratizar su vida, para dar cauce al protagonismo popular y enviar al museo los modos verticalistas de conducción política. Es inconcebible, sin un avance en tal sentido, crear las condiciones necesarias para superar los límites y derrotas que ha sufrido el frente nacional y el pueblo argentino en las últimas décadas.

Ese horizonte, claro está, no puede alcanzarse sin una transición, cuyo punto de partida, como es de suponer, pasa por la defensa del nivel alcanzado, por endeble que sea. Retroceder, en este momento –si en las próximas elecciones no se modifica la relación de fuerzas establecida en los comicios del 2019, ese mantenimiento del statu quo será paralizante; será el prólogo de un paso atrás y la derrota del gobierno– no sólo afectará el futuro político de Alberto Fernández, sino la suerte del movimiento popular. Al contrario, la consolidación del triunfo electoral, obtener un firme respaldo político y una clara  mayoría parlamentaria, impulsará la orientación nacional-popular del gobierno, fortaleciendo también su ala izquierda, mal que le pese al ultraizquierdismo. Y, lo que obviamente es más importante, creará expectativas en el pueblo argentino y la clase trabajadora. Si, como es posible, el triunfo electoral está acompañado de una recuperación de la actividad económica, la ocupación, y los salarios, las grandes mayorías podrán plantearse objetivos más ambiciosos que la conservación del empleo y la subsistencia diaria.

Alguien podría objetar este planteo, diciendo que una estabilización semejante no impulsará la radicalización de las masas, sino su conformismo. Se trata, como la experiencia prueba –vimos a un ministro del General Onganía sorprenderse de que el Cordobazo tuviese como impulsores a “los obreros mejor pagados del país”– de un argumento falaz. Pero cabe aclarar que, aunque fuese correcto, ningún patriota puede desear que su pueblo sufra, para que “la letra con sangre entre”. Por otra parte, es nuestra la convicción de que el mayor déficit, en claridad política, no está abajo, sino arriba; antes que en el pueblo, en la militancia y sus conductores. Es preciso admitir nuestro retraso y luchar desde ya para construir una fuerza esclarecida y disciplinada, con cuadros capaces de facilitar canales de expresión a las mayorías, fragmentadas hoy, en el yunque de “la grieta”, que favorece únicamente a las minorías antinacionales. La tarea es unir al pueblo argentino, expresar a todo sector oprimido, a los trabajadores y excluidos, las clases medias pobres, los pequeños productores y comerciantes arrinconados por el capital extranjero, que los usa como peones y les arrebata el mercado, los técnicos y científicos, todos los que padecen la opresión imperialista que coloniza al país– disolver las contradicciones en el seno del pueblo, que son secundarias y usadas para dividirnos, fortalecer la unidad, aislar al enemigo y disputar la hegemonía al poder oligárquico. Estas consideraciones, por alejadas que parezcan en vista de la actual coyuntura argentina, nos brindan las claves para establecer la conducta que debemos seguir en este momento, si queremos fortalecer al campo nacional, y,  dentro del mismo, a las tendencias interesadas en profundizar el cauce abierto en octubre del 2019, con la derrota de Macri. En esa batalla se forjarán las condiciones y se fogueará una militancia que,  ideológica y políticamente formada, será capaz de combinar la audacia con el realismo crudo, revertir el retroceso que sufre el país desde la caída de Perón en 1955 y tomar en sus manos la lucha por liberar a la patria definitivamente. No es posible saber de antemano cómo llevaremos a la sala de cirugía a la Argentina oligárquica, pero sí afirmar que los impulsivos y ansiosos nunca serán el personal apto para dirigir una operación tan delicada y riesgosa para el destino colectivo.

Córdoba, 18 de febrero de 2021

[1] No podemos analizar aquí cada uno de los errores y dislates suicidas que se fueron acumulando desde el conflicto con la Mesa de Enlace, caso en el cual no se advirtió la necesidad de tratar de distinto modo  al pequeño y mediano productor, respecto a las retenciones, para aislar al núcleo oligárquico y privarlo de una base de masas, hasta el fatal paso que significó romper con la CGT de Hugo Moyano y (quizá para castigar a la clase obrera), sostener con obcecación el Impuesto a las Ganancias al salario, que terminó dando a Macri votos obreros en el 2015. El juicio y las advertencias sobre las consecuencias que podrían tener esas decisiones, que hicimos oportunamente, puede consultarse en el sitio aurelioarganaraz.com: “El conflicto gobierno-CGT y el rol político de la clase obrera” (2012), “El Impuesto a las Ganancias y las desventuras del aplaudidor” (2013)  y “Los orígenes de la grieta” (2019).

[2]Nuestra visión del asunto puede verse en “Los orígenes de la grieta” (2019) y “Los gurúes, los medios, las identidades políticas y la autocrítica del movimiento popular” (2017).

[3] Cierta militancia prefiere adjudicarla al rechazo hacia “la política” fomentada por la prensa oligárquica y la derecha. Es cómodo olvidar que desde 1983 hasta las crisis del 2001, los antiguos partidos populares traicionaban el mandato popular para obedecer las órdenes del FMI y el poder imperialista.

[4] Podría decirse que sobrevivió a las derrotas del 2009 y el 2013, desoyendo esos mensajes.

[5]Luego de la muerte del General Parón, al hacer del gobierno de Isabel Martínez “el enemigo principal”, las organizaciones armadas de la izquierda peronista y la ultraizquierda cipaya, que no podían derribarla y  tomar el poder, facilitaron la tarea del gorilismo entreguista y terrorista de las FFAA, unificándolas “en la lucha antisubversiva”, con lo cual actuaron como parteras de Videla.

[6] A nuestro modo de ver, si hemos visto algo distinto a lo que era de esperar, vistos sus antecedentes, es que “la mano de seda” a que suelen referirse algunos observadores no está reñida con cierta firmeza, en la defensa de sus ideas, tan moderadas como afines a lo que ya hemos visto en la “década ganada”.

[7] En Página 12 Alfredo Zaiat cita la declaración de CFK al anunciar la fórmula presidencial elegida por ella misma, donde explica sus razones. Dada la relación con el debate, la transcribimos con un subrayado de lo que viene a cuento: “Esta fórmula que proponemos estoy convencida que es la que mejor expresa lo que en este momento en la Argentina se necesita para convocar a los más amplios sectores sociales y políticos y económicos también, no solo para ganar una elección, sino para gobernar“. En una palabra, la vicepresidente también quería buscar “consensos”, eludir “la grieta”.

[8] El peronismo se caracteriza por no zanjar jamás sus conflictos internos, que se prolongan en el tiempo y acumulan sin resolverse. Un caso muy notorio y grave, en ese sentido, se refiere a los enfrentamientos entre “ortodoxos” y Montoneros de la década del 70, que prologaron la caída de Isabel Perón y el arribo del Proceso. Recientemente, para objetar la presencia de un hombre de Massa, Meoni, en la secretaría de Transporte, un usuario de facebook reiteró la denuncia montonera a Perón, “qué pasa, General, que está lleno de gorilas el gobierno popular”. Este ex (¿?) montonero k no aprendió nada en medio siglo.

[9] El nacionalismo oligárquico no superó la prueba de 1955, cuando el conflicto entre Perón y la Iglesia los llevó a militar en la “revolución libertadora”. Ese “nacionalismo”, católico preconciliar, tras reconciliarse y retomar su función ideológica retardataria dentro del peronismo, ha eludido siempre el análisis de las raíces histórico-sociales del conflicto con la Iglesia de 1955, como la suerte del clericalismo sin pueblo de 1943. En realidad, lo nacional tiene en ellos un lugar adjetivo, subordinado al clericalismo. No advierten, o se desinteresan, por esa razón, de las consecuencias políticas y electorales que su obcecación sectaria ocasionaría de imponerse a las fuerzas nacionales, favoreciendo a la oligarquía.

[10] No usamos el término “minorías” para descalificar a nadie: tenemos la impresión de que las grandes masas, por un lado, y el aparato político del peronismo, por el otro, no comparte esas preocupaciones.

[11]Ninguno de los que atacan por “tibio y conciliador” al actual presidente levantó la voz por la falta de voluntad de los gobiernos kirchneristas para modificar la Ley de Inversiones Extranjeras, clave de bóveda del régimen establecido por Martínez de Hoz, durante el Proceso.

[12] En la década del 60, Milciades Peña llegó a la conclusión de que Perón había sido “un agente inglés”. Su imitador actual es más vulgar y menos imaginativo que aquel precursor.

[13] Evidentemente, para Sandra Russo el estilo enérgico de CFK vale más que el IAPI, la nacionalización de los ferrocarriles, la elevación social de la clase obrera y los derechos políticos y laborales de la mujer.

[14] En mi experiencia personal puedo registrar un caso en el movimiento estudiantil cordobés. En las vísperas del Cordobazo, la movilización universitaria transformó en inservibles (y en una rémora) los centros de estudiantes e impuso formas de democracia directa, con Cuerpos de Delegados (modo de los Soviet de la Revolución Rusa)  que recibían mandato de las asambleas de curso. Pasada la euforia, los ultraizquierdistas transformaron estas organizaciones en una farsa, al instrumentar formalmente cuerpos ya vaciados: los estudiantes habían vuelto “a la normalidad”, al interiorizar los límites que tenía el movimiento y los ultras “dirigían” un tren fantasmal, al que le imponían las consignas más disparatadas. Había, pues, que reconstruir lo Centros, con sus direcciones elegidas para periodos de un año, las representaciones indirectas de la democracia burguesa.

[15] Prevalece entre la militancia y mucho más en los aparatos de los partidos, un rechazo a reconocer que la crisis de la representatividad (“que se vayan todos”) no fue superada, hasta hoy.

Córdoba, ayer y hoy, en el 17 de Octubre de 1945

 

peron y octubreAunque dice el refrán que Dios atiende en Buenos Aires y parece ratificarlo el papel decisivo que tuvieron las movilizaciones hacia la Plaza de Mayo de aquel día, en cuyo trascurso las masas obreras crearon el peronismo, en el interior del país los trabajadores hicieron también un aporte valorable. Es más, la FOTIA tucumana declaró la huelga general revolucionaria el 15 de octubre, mientras un sector del sindicalismo rosarino hacía otro tanto. Sin ocupar un lugar de vanguardia, como aquéllos, los obreros de Córdoba no fueron espectadores en esas jornadas, que obraron como una bisagra en la historia social y política de la Argentina[1].

En la provincia, las luchas trascendieron a la capital “docta”; involucraron a ciudades industriales del interior, como San Francisco y Villa María, donde había surgido una potente metalurgia, con la producción de repuestos y maquinaria agrícola. Hasta allí llegaron los temblores de octubre[2]. Éstos tuvieron, es obvio, un alcance más importante en la ciudad de Córdoba, correlativo con la mayor concentración proletaria.

En una nota reciente, el historiador César Tcach[3] desarrolla la visión antiperonista del suceso, en clave “de izquierda”. La intervención de la CGT cordobesa, dirigida por el socialista Bruno Herrera y la persecución a los gremialistas del PC; el rasgo más odioso de la acción realizada por la famosa Secretaria de Trabajo y Previsión, es presentada como la fórmula que “despejaba el camino” al Coronel Perón; su atención favorable a las demandas obreras de los sindicalistas a los cuales se había aproximado, son valoradas por el autor mencionado como la expresión de “una estrategia”, en implícita contraposición al sindicalismo opositor (PS y PC), que él presenta, implícitamente, como auténticos defensores de la clase obrera, no motivados por fines ajenos a las necesidades de sus bases[4]. Esto, obviamente, no es así. Los intereses obreros en modo alguno hacían aconsejable a ningún dirigente fiel a sus bases una política de enfrentamiento con un gobierno que, por primera vez en muchos años, concedía mejoras a todos los trabajadores. Si los sindicalistas del Socialismo y del Partido Comunista eligieron otro camino, aliándose con los sectores más antiobreros de la sociedad argentina, no fue respondiendo a la presión de los asalariados, sino enfrentándolos[5], liquidando el prestigio de que habían gozado, hasta entonces. Anacrónicamente, Tcach también alude a que se busca imponer “el disciplinamiento verticalista propios del universo militar”; algo que no ocurría en ese momento, ya que Perón lo impuso luego de llegar a la presidencia de la nación, cuando sí atacó al Partido Laborista y los jefes sindicales que pretendían preservar su autonomía política, como hemos señalado en otro lugar[6].

En aquel momento, con Perón en Martín García y las conquistas obreras puestas en duda por la presión oligárquica sobre las FFAA, los partidarios del Coronel en el seno del gobierno y, desde luego, los trabajadores y sus dirigentes leales, lejos de privilegiar potenciales contradicciones, se empeñaron en dar un vuelco a la situación adversa. Federico de Uña, del Sindicato del Dulce y Hernán Joffré[7], de UTA, fueron los líderes de la Federación Obrera de Córdoba; Enrique Álvarez Bocco, de Luz y Fuerza, fue otra figura de 1945. Esas organizaciones, con la Unión Ferroviaria, los Cerveceros, los obreros del Instituto Aeronáutico (novedosa designación de la Fábrica Militar de Aviones), los Canillitas y los Molineros se destacaron como expresión del nuevo sindicalismo. En el 17 de Octubre éstos y otros trabajadores ganaron la calle; se reunieron en la Plaza San Martín, por la noche, para festejar la liberación del coronel Perón y las noticias que llegaban de Buenos Aires; y el día 18, cumpliendo el paro general resuelto, protagonizaron movilizaciones y actos de repudio del que fueron blancos los centros activos y simbólicos del bloque oligárquico-imperialista, como IICANA,  el Club Social y el Jockey Club, la Bolsa de Comercio, los diarios antiperonistas La Voz del Interior y Córdoba, Feigín Hermanos y las sedes sindicales socialistas y comunistas, a las que veían como comparsas del frente antiobrero[8]. Otro tanto cabe decir del ataque al domicilio del rector de la Universidad, Rodolfo Martínez, otro notorio estigmatizador de “las turbas”[9]. Un mes después, esos nucleamientos sindicales darán nacimiento, en la provincia, al Partido Laborista, que llevará al parlamento a Federico de Uña, entre otros.

De los dragones a las pulgas[10]  

En una conversación, ya entrado el presente siglo, un delegado del Sindicato de Luz y Fuerza que redondeaba entonces los cuarenta años y se identificaba con el peronismo de Néstor Kirchner,  me advertía, para explicar diferencias intergeneracionales en la clase trabajadora, que el peronismo visible para aquéllos que como él cumplieron 20 años en la década del 90, fue el menemismo. En consecuencia –planteaba– era natural la pérdida de esa “confianza firme” (esta expresión fue suya y no se me ocurre una mejor) que los trabajadores de otras épocas tenían en el movimiento que se fraguó en las batallas de 1945.

Es necesaria una gran necedad para no entender esa somera lección de cómo se constituyen y van trocando las identidades políticas. El peronismo schiaretista es en Córdoba un transparente modelo de cómo pueden perderse los contenidos originales; una fuerza popular puede incluso modificar sus bases de apoyo –sustituir el fervor de los trabajadores y el pueblo de los centros industriales, por el respaldo de las clases rurales conservadoras del interior cordobés– aunque intente vender gato por liebre preservando símbolos y rituales vacíos de los que fue algún día su plataforma original.

Sin embargo, esa estafa, apoyada con los recursos que provee el poder, no resiste el examen. Si los obreros cordobeses de octubre del 45 vieron en la Bolsa de Comercio al enemigo de clase y a una entidad que operaba contra el interés nacional, Manuel Tagle, su actual vocero, militante fanático del conservadorismo neoliberal, es un sostén del gobierno de Schiaretti y una fuerza partidaria que se siente a gusto en esas compañías, con la Fundación Mediterránea y el Jockey Club, en el ambiente de los yuppies, los banqueros internacionales y demás sanguijuelas de la Córdoba actual. Toda esta tropa, sin excluir al gobernador, no duda en apoyar a Mauricio Macri si la hora exige optar entre Cambiemos y una política que responda a las mayorías populares y la defensa del país, para no hablar de acciones encaminadas a liberar al país, semejantes a las jornadas de Octubre del 45.

Córdoba, 16 de octubre de 2020

Notas:

[1] Según mis conocimientos, no existe una crónica que dé cuenta de los sucesos que ocurren en el interior del país en los días que van desde la prisión de Perón al 18 de octubre. Por nuestra parte, apuntamos, de un modo ilustrativo, algunos datos: el 17 de octubre, dice una nota del diario La Capital, de Rosario, en Tucumán “se vio también a trabajadores organizados en escuadrones, desfilando en sus cabalgaduras”, dirigiéndose hasta la Plaza Independencia, donde se hizo el acto. Otros llegaron en ómnibus, en “autos de transeúntes”, y a pie; en Salta, el 17 hay paro general y los ferroviarios desenganchan los vagones del tren Salta-Tucumán, que no pudo seguir a Rosario de la Frontera; el 18 hay paro y manifestación en La Plata y los trabajadores apedrean los diarios “El Día” y “El Argentino”; en Santa Fe la actividad es nula y el 18 hay una manifestación; en la noche del 17, la Federación Obrera Sanjuanina, con bombas de estruendo, anuncia la declaración de huelga general para el día siguiente, en el que se realiza una manifestación; en Paraná se paraliza la actividad, el 18, y los trabajadores llevan a cabo una manifestación; en Formosa, para el gremio ferroviario; en Rosario “puede decirse que toda la zona céntrica, era recorrida por grupos de trabajadores, que por diversos medios venían de los suburbios”, el día 18; en San Luis hay un acto, en apariencia “cuasi oficial”, el 19 de octubre; en Corrientes, paro y manifestación el 20; en Rafaela se paraliza el transporte, en los talleres sólo se trabaja hasta el mediodía, hay manifestación a la tarde; entre 3000 y 3500 trabajadores de Cañada de Gómez, “en la Plaza San Martín”, cantan el himno, con el transporte y los ferrocarriles en huelga, el día 18; en Venado Tuerto, a la mañana, los trabajadores obligan a los comerciantes a cerrar, para asegurar el paro. En Mendoza, según Yamile Álvarez, en su trabajo “En torno a los orígenes del peronismo mendocino”, hay paro y manifestaciones el día 18. En la lejana Patagonia, aunque no puedan registrarse conmociones en esos días, es claro el proceso de sindicalización masiva que pone fin al omnímodo poder de los terratenientes locales.  La suma de estos datos sustentan, sin duda, las referencias hechas por la conducción nacional de la CGT sobre la “presión constante del interior”.

[2] Los fenómenos derivados de la crisis del 30 y la guerra mundial incidieron también en la economía cordobesa como factores de impulso al desarrollo industrial en esos años. De 1935 a 1946, el número de establecimientos industriales, en toda la provincia, asciende de 3000 a 8500, y de 994 a 2100 en la ciudad capital. El personal del sector, en el mismo periodo, pasa de 23.600 a 57.028 y de 10.483 a 21.635, respectivamente

 [3]  Ver César Tcach, “Medianoche peronista en la plaza San Martín”, La Voz del Interior, 4 de octubre de 2020. A mi juicio, las valiosos aportes de este historiador a la historiografía argentina (Sabattinismo y peronismo es una obra de gran valor, como lo son los trabajos sobre los peronismos provinciales compilados por él, junto a Darío Macor, en los dos tomos de La invención del peronismo en el interior del país), aunque muestran a un ensayista pulcro y honesto en el manejo de las fuentes, padecen su inscripción de nostálgico admirador del sabattinismo histórico, incapaz de comprender que la aparición del peronismo lo superó dialécticamente, razón por la cual a partir de Perón, Sabattini fue un náufrago “nacional”, arrastrado por la historia a las costas hostiles del universo oligárquico, que lo esterilizó para siempre.

 [4] Un claro ejemplo de la ruptura entre los dirigentes gremiales del PS y el PC se verifica en el caso de Río Cuarto, donde el poder sindical formal sigue siendo suyo en octubre del 45. Por esa razón, el Comité de Unidad Sindical  “repudia enérgicamente todo paro o intento de huelga que elementos peronistas pretenden realizar”, lo que no impide que en febrero de 1946 el peronismo gane en los barrios obreros, como cuenta Rebeca Raquel Camaño, en “Centralización estatal y predominio del radicalismo garzonista en los orígenes del peronismo de Río Cuarto”.

[5] Esta actitud puede observarse, a título ejemplificativo, en los actos que se realizan el 31 de agosto de 1945 en homenaje a los exiliados que regresan del Uruguay, Silvano Santander, Agustín Araya y Julio A. Noble, de los que da cuenta la Voz del Interior, al día siguiente. Junto a esos oradores del más rancio antiperonismo, hablan en esos actos Miguel Ávila, en nombre del PS, y Rodolfo Aráoz Alfaro y Silvia Bergman, del PC. En el turbio maridaje de la derecha y “la izquierda”, con el radicalismo sabattinista negándose a sostener el bloque antinacional pero incapaz de sustraerse a la presión del mismo y responder a las sugestiones del Coronel Perón, ocurren cosas tan insólitas como el caluroso respaldo del Dr. Horacio Martínez, presidente de la Bolsa de Comercio, al “enérgico Stalin, gobernante de la Nueva Rusia”, que recoge en su edición del 1° de setiembre el matutino cordobés, en el mismo acto en el cual habla el cónsul británico, Mr. Herbert Davies. En semejante marco, es comprensible que Aráoz Alfaro llame a unir “a todos los partidos y clases sociales”, tras el “nuevo imperativo de la reconquista de la dignidad nacional” y Nadra, también PC, cite al conservador Aguirre Cámara, para llamar a “la lucha incesante para arribar al puerto de la libertad”, antes de dirigirse hacia la Confitería del Plata a tomar un cocktail con todos los “demócraticos”. Pareciera que a Tcach no se le ocurre imaginar cómo juzgarían los trabajadores de Córdoba a sus antiguos dirigentes sindicales al verlos asociados a fuerzas y figuras del Jockey Club y el Club Social.

 [6] Ver, del autor, “La conducción vertical después de Perón”, en http://aurelioarganaraz.com/politica-argentina/la-conduccion-vertical-despues-de-peron/

 [7] Pude entrevistar a Hernán Joffré, en 1974. Había simpatizado, antes del golpe de 1943, con Amadeo Sabattini; mendocino de origen, había militado en las huestes del lencinismo antes de mudarse a Córdoba.

[8] Se ha querido responsabilizar a los trabajadores del ataque a la Sinagoga y el Banco Israelita, omitiendo que  los protagonizan grupos marginales del fascismo criollo, como la célebre Alianza Nacionalista, que atribuyen a Perón inclinaciones antisemitas que el Coronel desmentirá durante los diez años de su ejercicio del poder. Esos grupos, complementando la propaganda de la Unión Democrática, aterrorizarán a la comunidad judía en 1945, hasta que los hechos prueben que el peronismo no viene a perturbar su vida. No debería omitirse, por otra parte, que el Interventor Oderigo clausura el local del grupo fascista el 20 de noviembre.

[9] La unidad obrero estudiantil, consigna central en la Reforma del 18, es traicionada en 1945, al enfrentarse la   Universidad y el movimiento estudiantil con el movimiento obrero. Recién la restablecieron, muchos años más tarde, los protagonistas del Cordobazo.

[10] La expresión de Marx “sembré dragones y he cosechado pulgas” sirve para contrastar la identidad original del movimiento parido por el 17 de Octubre y el peronismo “cordobesista” que padecemos hoy. Esa involución en modo alguno es responsabilidad de los trabajadores, que la padecen. Aclarado ese punto, señalemos una obviedad: siendo el propósito de esta nota valorar la significación actual del 17 de Octubre, con una visión atenta a los problemas actuales de la clase obrera y el movimiento nacional, nos desentendemos de la tarea de extenderla y abarcar, aunque sea someramente, la singular historia del peronismo cordobés.

EL BRIGADIER JUAN BAUTISTA BUSTOS NO ERA “CORDOBESISTA”

conles y bustosLos taparrabos históricos del gobernador Schiaretti

Cada vez que el país logra darse un gobierno nacional y popular, Schiaretti exalta las bondades de que la provincia “defienda su autonomía”. Si gobierna Macri, en cambio –omitamos recordar sus vínculos con Menem y el inefable Cavallo– no duda en respaldar la entrega del país al bloque oligárquico y los centros financieros del poder global. Consecuentemente, sea como sea, gobierna en beneficio de esas fuerzas, siempre. La Bolsa de Comercio, la Fundación Mediterránea y la Sociedad Rural tienen en cada ocasión, en él, un intérprete de sus deseos, cuando deben lidiar contra el pueblo argentino.

Semejante política, para ser viable en una gestión que se declara peronista, necesita neutralizar otras presiones posibles. De allí las concesiones, últimamente muy acotadas, al movimiento obrero, al que le fue cedido, durante largos años, la cartera de Trabajo, algunos lugares en el gabinete provincial, un par de cargos en la legislatura unicameral. De allí también cierta asistencia a los movimientos sociales, las precarias viviendas construidas para erradicar una población villera antes ubicada en terrenos que se valorizaron con el desarrollo urbano y eran apetecidos por la especulación inmobiliaria. De allí, para llegar a nuestro asunto, la necesidad de apelar a taparrabos históricos, que muestren, en ese ámbito menos crematístico, una filiación imposible de sostener en el campo de los negocios, verdadero objeto de interés y parteaguas para quienes conforman el stablishment cordobés, dispuesto a tolerar que llenar la bolsa exige “sacrificar” ciertas adscripciones simbólicas.

Para ser breves: si la valuación fiscal de las propiedades agrarias se mantiene atrasada y gracias a ese favor los señores de la soja pagan una miseria ¿no cabe permitir que alguna autopista lleve el nombre de Agustín Tosco o Atilio López? Paris, dice el refrán, bien vale una misa…

Pero, en algunos casos, como éste que nos ocupa, Schiaretti pretende pasarse de listo. En La Voz del Interior del 20.09.2020 –admitimos que el hecho motiva nuestra respuesta– tiene la desvergüenza de citar al compañero y amigo de la Izquierda Nacional, Denis Conles Tizado, para sostener una imagen del Brigadier Bustos que se acomoda al perfil de su rancio “cordobesismo”. Y, ya que Denis falleció en el año 2003, antes de soportar que se revuelva en la tumba, salimos en la defensa de una trayectoria clara en defensa de las ideas de nuestra corriente, que abarcan, es obvio, lo que ha dado en llamarse el revisionismo histórico de la Izquierda Nacional, que incluye las figuras de Jorge Abelardo Ramos, de Jorge Enea Spilimbergo, en el orden nacional y de Alfredo Terzaga, Roberto Ferrero y el propio Conles, en la provincia de Córdoba.

El párrafo del que se vale el contador Schiaretti para distorsionar la visión del compañero Denis es una referencia, en cierto modo marginal, de su obra sobre Bustos. Dice lo siguiente: “En momentos en que las pasiones políticas, la intolerancia ideológica, los intereses inconciliables sumen al país en luchas de extrema crueldad, Juan Bautista Bustos impone en Córdoba un estilo democrático, popular, tolerante, honesto, pacífico, gobernando con todos los partidos y factores de poder”[1]. En el marco de la defensa del Brigadier cordobés, el sentido del párrafo es salir al cruce de la distorsión realizada por la escuela mitrista, que lo pretende sectario, violento y bárbaro. Pero está muy lejos de presentar a Bustos como una suerte de Mahama Ghandi; o mejor dicho, de la imagen del hindú difundida en Occidente por los charlatanes que pretenden soslayar el dato de que la “no violencia” estuvo al servicio de la lucha tenaz por la independencia de la India. Y, en el caso de nuestro prócer, por la tarea de unir a las fracciones de Córdoba detrás de un objetivo para el cual la “autonomía” provincial, que en boca de Schiaretti es un fin en sí mismo, era un instrumento contra la tiranía unitaria –oligárquica, mitrista, precursora del bando que representa Macri– y el modo de obtener una base territorial desde la cual promover una política nacional, por sus contenidos y alcances, que ni siquiera se limitaba a organizar al país, que el Brigadier sentía su “patria chica”, sino que hacía suya la voluntad bolivariana de la unidad continental. Como puede verse, estamos muy lejos de la mentalidad aldeana, mezquina y neoliberal –rivadaviana, mitrista– del gobernador de Córdoba.

Esta opinión, que fue la de Conles, es también la de Roberto Ferrero, que caracteriza a Rivadavia como “estrechamente localista”, en contraposición a Bustos[2]. Éste, mal que el pese al ventajero Schiaretti, no era “cordobesista”, tal como lo prueban sus simpatías hacia Bolívar; clara expresión de una visión para la cual, emulando a Monteagudo, la patria era “la extensión de América” ¡Cuánta distancia entre esta mirada y la mera consideración de las relaciones con el Brasil como una oportunidad para “los buenos negocios” de nuestras automotrices de capital extranjero! ¡Éste es el límite del “latinoamericanismo” cordobesista! El aporte histórico de Denis Conles coincide, asimismo, con el trabajo pionero de Alfredo Terzaga, el exponente mayor, sin duda, del revisionismo histórico socialista en Córdoba. Medió, entre ambos, una estrecha amistad y colaboración intelectual, reflejada en el hecho de que Denis tuviera a cargo completar el segundo tomo de la Historia de Roca; trunca por el fallecimiento de Terzaga, en el fatídico año de 1974.

Dice Terzaga, luego de trazar el cuadro de situación posterior al levantamiento de Arequito, punto de partida del gobierno de Bustos, en 1820: “Lejos de atrincherarse en ese aislamiento –que el país sólo conocería cuando la Federación se convirtiera en ´santa´– el general Bustos concibió una política de gran alcance, proseguida empeñosamente en toda la década de 1820 a 1830, y que miraba el destino de su provincia en estrecha conexión con la cuestión americana y con la organización constitucional de las regiones dentro del sistema federal. Puesto en esa tarea, logró sustraer a Córdoba de las turbulencias del año XX; darle una constitución progresista y una buena administración; mediar en el conflicto entre el Litoral y Buenos Aires; convocar al Congreso Nacional de 1821, saboteado por Rivadavia; mantener contacto permanente con las demás provincias, con O’Higgins y San Martín, y más tarde con Bolívar; organizar la resistencia y el repudio provinciano contra la constitución unitaria de 1826, y proponer, en 1827, un proyecto de bases para un nuevo congreso nacional a reunirse en Santa Fe”[3].

¿Hace falta ofrecer más pruebas de que el General Bustos hizo de Córdoba una plataforma desde la cual llevar una lucha constante y abnegada por constituir la Nación, sin renunciar a la perspectiva de unidad continental? ¿Si no fuese con estas miras, qué sentido tenía mantener relaciones con las más grandes figuras de la emancipación americana, que hemos mencionado? Sólo para no fatigar al lector omitimos referirnos al proyecto de Bustos sobre la Federación de Puertos, que expone Terzaga en el trabajo que citamos, para concluir que dicho proyecto –cuya esencia es crear un sistema rentístico de carácter nacional, en contraposición al Puerto Único pretendido por los porteños– es “la más palmaria refutación a la futura leyenda sobre el egoísmo localista”. Es así: el único localista, interesado en traer a Juan Bautista Bustos en su auxilio, tramposamente, es Schiaretti, que tiene la sinceridad de señalar la participación de nuestro primer gobernador en la lucha contra las Invasiones Inglesas como lucha a favor “de Buenos Aires”, como si no se tratase de la defensa del país. Es comprensible: si atendemos a su posición ideológica actual y al sistema de intereses a cuyo servicio actúa el actual gobernador de Córdoba, es más fácil imaginarlo brindando una bienvenida al General Beresford que incorporándose como Bustos a un cuerpo de Arribeños, para resistir la invasión.

Por esas razones, no podemos aceptar en silencio que el honrado y consecuente escritor, militante y difusor de nuestras ideas, compañero Denis Conles Tizado sea mal citado y se mancille su memoria, tomando maliciosamente una frase aislada de su reivindicación de Bustos con el objetivo perverso de usar como taparrabos al federalismo provinciano del siglo XIX, que fue nacional, popular, democrático y revolucionario.

Córdoba, 24 de setiembre de 2020

[1] La Voz del Interior, 20.09.2020, Nota editorial, Juan Schiaretti, “El legado democrático y dialoguista de Bustos tiene plena vigencia”.

[2] Roberto Ferrero, Figuras y cuestiones de la Córdoba Latinoamericana, pág. 25. Ediciones Córdoba en América Latina, 1998

[3] Alfredo Terzaga, Claves de la Historia de Córdoba, pág. 107, Ed. Universidad Nacional de Río Cuarto, 1996.

EL CORDOBAZO, A CINCUENTA Y UN AÑOS [i]

Cordobazo foto clásica

¡Arriba los de abajo! ¡Gloria al heroico pueblo de Córdoba!

Así titulaba la primera página de LUCHA OBRERA, el periódico del PSIN (Partido Socialista de la Izquierda Nacional), celebrando la sublevación obrera y popular que hería de muerte al gobierno oligárquico del General Onganía, el 29 de Mayo de 1969. La mejor manera de trasmitir una imagen de la magnitud de aquella gesta, a mi juicio, es decir que quienes protagonizamos el levantamiento sólo pudimos ver escenas parciales, sin adquirir en el mismo día una dimensión plena del movimiento de masas. Podría decirse que en una ciudad de radio extenso hubo Cordobazo en todo el éjido urbano y cada uno de nosotros sólo vivió una parte de suceso. Salí de mi trabajo, en una oficina céntrica, para sumarme a la lucha, a las once de la mañana, fui uno entre miles en el centro de la ciudad (una 60 manzanas), estuve en muchas docenas de fogatas, marché con estudiantes y trabajadores del Estado y al final del día, con otros compañeros, cuando entraba a la ciudad la represión militar –las fuerzas policiales se retiraron vencidas al mediodía y la ciudad quedó en manos del pueblo –nos dieron refugio en un lujoso departamento de la zona céntrica, en el cual pasamos toda la noche, con gente que nunca habíamos visto y cuya condición social de clase media acomodada no le impedía actuar así, ya que nos dio asilo sabiendo perfectamente que veníamos de las calles, que las tropas estaban procurando controlar y  que nos refugiaban porque corríamos peligro.

Sólo en los días siguientes supimos que hasta en los barrios más distantes hubo pueblada. Y vimos que en las avenidas por las cuales ingresaría el Ejército, pintadas anónimas (obreros, estudiantes, simples vecinos, sin intencionalidad partidista) plasmaban el llamado habitual en las sublevaciones históricas de todos los pueblos:

¡Soldados, Hermanos Nuestros, NO TIREN!

Eso fue el Cordobazo. En los días previos, gigantescas asambleas obreras y estudiantiles muestran una caldera que acumula presión. Aparecen formas de democracia directa en el ámbito estudiantil y transforman momentáneamente en formas perimidas a los Centros Estudiantiles, los órganos de la habitual democracia representativa. Ahora los cursos deliberan todos los días, eligen delegados y éstos se estructuran como Cuerpos de Delegados, guiados por mandato directo de la base. Es la política el tema de todos. Pero esta situación, fruto de un largo proceso, en parte silencioso hasta para los más enterados, no debe engañarnos, si se trata de capitalizar, con mirada actual, aquella experiencia.

Valga lo anterior para el tema de “la espontaneidad”, esgrimido hoy por sectas ultraizquierdistas que pretenden ignorar que el paro activo fue convocado por una decisión unánime del Plenario de Secretarios Generales de la CGT; es decir, por la famosa “burocracia”. En aquel momento, con ese pretexto, la ultra invitó a “ir a los barrios”, ya que al centro de la ciudad llamaban “los burócratas”. Nunca reconocerían la gran pifiaba, ni aprenderán nada. En otro sentido, no obstante –la mirada dialéctica es así– cabe hablar, en sentido marxista, de acción espontánea: no hubo una conducción revolucionaria; nadie pensó, con la ciudad tomada, en ocupar sin más la Casa de Gobierno, ese símbolo del poder. Dada esa situación, la Izquierda Nacional caracterizó al Cordobazo, luego de ser protagonista de sus hechos[ii], como pre-insurreccional. Era eso, ni más ni menos.

El Onganiato, es claro, había creado el marco necesario para el gran estallido, al extender hacia las clases medias, en particular, al estudiantado, la proscripción impuesta en 1955 al peronismo y los trabajadores, mientras piloteaba un proceso de concentración y extranjerización de la economía argentina, que estaba lejos, de todos modos, de tener los alcances que adquirió más tarde, desde 1976 hasta la terrible crisis del 2001, abarcando a gobiernos civiles y militares. Era suficiente, en la circunstancia aquélla, para promover un modo de “alianza plebeya”, no reiterado posteriormente. En cierto sentido, si obviamos el Proceso, podría decirse que los neoliberales posteriores, incluido   Menem, tuvieron “la astucia” de adormecer a la Universidad –y obviamente a los estudiantes–, al respetar las banderas formales de la Reforma –la Autonomía Universitaria– como tributo pagado a su desentendimiento ante los dramas del país y a su propio destino en el lamentable cuadro de la decadencia de la Argentina.

Muchos sobrevivientes de la experiencia setentista, por lo menos en Córdoba, suelen preguntarse cómo es posible que el pueblo del Cordobazo sea el mismo que luego pudo votar a Macri, a la UCR o Schiaretti. Quizás este último sea una clave, al recordar que fue protagonista del suceso. Es que algunos somos todavía fieles al sentimiento patriótico y a la lucha por liberar a nuestra patria. El quebranto de otros refleja y sostiene la impotencia popular de nuestra época. Es necesario ante todo recuperar la palabra, es decir, la teoría revolucionaria. Lo exigen nuestros pueblos, que ante  la decadencia sistémica no podrán evadir las exigencias del destino. Y el país sólo tendrá fortuna si logramos reconstruir, con los recursos actuales y en estas condiciones, ese poderoso bloque de clases populares que se manifestó en Mayo de 1969. Sin ese frente nacional, popular, democrático y revolucionario, proyectado a la lucha por la unidad latinoamericana, no habrá porvenir para los argentinos y su tierra.

NOTAS:

[i] Con ínfimas modificaciones el texto reproduce el que se publicó en el n° 66 del periódico Patria y Pueblo, en mayo de 2019. Es obvio que al título se le añadió un año más.

[ii]  Sería odioso y estúpido sobreestimar el papel de la Izquierda Nacional en el Cordobazo. Con esta salvedad, hago notar tres datos significativos: 1) El único dirigente político –los demás eran líderes sindicales –que fue detenido, un día después del 29 de Mayo, por las fuerzas militares, fue Víctor Hugo Saiz, Secretario General del Comité Zonal Córdoba del PSIN, al que se liberó luego de algunos días; 2) En la foto más conocida del gran acontecimiento, que recorrió el mundo como portada del Almanaque Mundial, en la que algunos manifestantes hacen huir a la policía montada, sobresalen las figuras de Mario Di Rienzo, Raúl Lagos, “el Petizo” García y “Chicho” Castello, militantes del PSIN; 3) La consigna coreada por el Cordobazo fue lanzada por nuestro partido en un volante tipo “mariposa” y decía: “¡luche, luche, luche/no deje de luchar/por un gobierno obrero/obrero y popular!” No es poco.

LA IZQUIERDA NACIONAL, EL PARTIDO SANMAURENTIANO Y LA BATALLA DE AYACUCHO

San Martín para niñosDe tanto en tanto, en los últimos años, alguien me preguntaba quién es Fernando Maurente. Yo me limitaba a decir: un día se fue de Patria y Pueblo –Socialistas de la Izquierda Nacional– sin objetar la línea política y/o la acción práctica, ni decir ni mu, para fundar lo que él llama Socialismo Sanmartiniano de la Izquierda Nacional. Antes de lanzarse, estuvo en Córdoba. Se limitó a plantear que la invocación a San Martín –prenda de unidad para los latinoamericanos,  símbolo de patriotismo– resolvía el problema de “llegar al pueblo y liderar la lucha por liberar al país”, ante quienes, por ignorar sus propósitos, le aceptaron un café en el Hotel Argentino. Se fue a Buenos Aires, sin reclutar ni un soldado, pero sin la menor duda sobre la potencia de su idea, planeando otro viaje que lo llevara a Mendoza y al cruce de los Andes, para llevarlo a las cimas de la batalla de Ayacucho.

Contra mi voluntad, me veo obligado a ocuparme del maurentismo. Maurente, sin duda, tiene  el derecho a pregonar lo suyo, aunque a quiénes militamos en la Izquierda Nacional nos aflige el uso de nuestra identidad y vivamos sus actos añorando prácticas de las viejas familias, que solían ocultar en el cuarto patio a un familiar nacido “con cola de cerdo”, para usar el símbolo de García Márquez, que puede avergonzarnos delante de las visitas. Adoptábamos, pese a todo, un silencio resignado. Pero Fernandito, como solía decirle el compañero Spilimbergo, últimamente ha dejado de atender su empresita con el propio esfuerzo, para parasitar a otros, entre los cuales me cuento. Sí. Sin pedirme permiso, y sin nombrar al autor, el 17 de marzo sube mi ensayo “El General Roca. Historia y prejuicio”, sin ponerle título, ni como digo autor (¡sí mi dedicatoria a Alfredo Terzaga, que mis amigos íntimos han comentado!, absolutamente personal) en su portal “Fernando Maurente Producciones”. Pero esta picardía no es la primera, aunque la vez anterior no fui la víctima: unos días antes publicó una nota de Gustavo Batistoni, también integrante de Patria y Pueblo –en ese caso pidiendo autorización al autor, pero no al periódico que la había editado. Y sin mencionar la filiación de Gustavo, aparentemente con la intención de que el lector creyese que era  un soldado del batallón maurentiano  y dando a entender que había sido escrito “para” el portal de Fernandito, siendo que  lo tomaba de otro medio, Redacción Rosario.

Los partidos revolucionarios, al proponer fines tan ambiciosos ¡transformar el mundo! suelen convocar, entre quienes se suman convocados precisamente por su estrategia revolucionaria –que si son gente seria analizan minuciosamente para no dar un paso en falso– a personajes proclives a la ensoñación y el delirio; para un megalómano, la visión de asaltar el Palacio de Invierno, mientras las masas cantan La Marsellesa de los Obreros, es una imagen irresistible…  al alcance de la mano. Si además la hazaña puede ser pensada como algo que depende de encontrar “una fórmula” que resuelve todo –en este caso, la invocación a San Martín, en otros el ejemplo del Che Guevara– el sueño puede adquirir una potencia orgásmica, que el aprendiz de profeta vivencia con fiebre. Es una situación difícil de resolver, sobre todo en fuerzas que luchan por crecer en la sociedad hostil, incrédula, desorientada y desmoralizada de nuestro tiempo, aunque la experiencia nos enseña a eludir el “apoyo” de este género de personajes, que suelen desnudar la nula consistencia de su estructura psíquica con la insalvable dificultad para el trabajo colectivo, la disciplina que exige toda labor seria y la subordinación del impulso y el lucimiento personal al objetivo común, un esfuerzo que los supera. Nuestra tarea, por otra parte, se caracteriza –como suele decir un buen artista, si se trata de hacer algo significativo– porque la cuota de sudor supera con creces “el momento de la inspiración”.

¿Una confluencia de Izquierda Nacional?

¿Es posible ver desde otro ángulo esto que hasta aquí parece una gresca entre personas que invocan a la Izquierda Nacional? ¿Algo que interese a todos los que adhieren o simpatizan con  nuestra corriente? Lo anecdótico del asunto seguramente no. Y la (des) honestidad intelectual es un (dis) valor, sin duda, pero no establece diferencias políticas y “pelear” sobre un tema de orden moral –de algún modo hay que caracterizarlo– puede ser fastidioso al entorno que nos rodea, si se trata de eso y nada más. Conscientes del caso, lanzamos una pregunta: ¿Es posible  extraer de todo este asunto algo que importe auténticamente a los militantes y simpatizantes de la Izquierda Nacional?

Creo que sí. El motivo principal por la cual me preguntaban en estos años quién es Maurente,  es su filiación de Izquierda Nacional. Sabiendo que milito en Patria y Pueblo – Socialistas de la Izquierda Nacional, y enterados de que postulamos una confluencia de Izquierda Nacional, era natural pedir explicaciones sobre qué nos separa. Si no queremos construir una secta, si buscamos fortalecer un ala izquierda del movimiento nacional (rechazando la posibilidad de diluir nuestro programa para “amontonarnos” sin principios, cabe añadir) ¿cuál sería la razón para estar separados?

Ahora bien: ¿me permiten decir que nunca supimos qué motivos tuvo Maurente para romper y fundar su “socialismo sanmartiniano”? Nadie lo echó de Patria y Pueblo. Ignoramos si saben por qué se fue sus nuevos interlocutores. Nunca dijo frente a nosotros una palabra al respecto (¿ignora que el silencio es también “un programa”?) ¿o se trataba solamente de armar un grupo de “seguidores de Maurente”? Si las bases de su disidencia no se formulan, y no está claro qué lo separa de nuestra línea  ¿soy un “malpensado” al afirmar que inventó el “Partido Sanmaurentiano… de la Izquierda Nacional”?

Un revolucionario no rompe con el partido en el cual milita sin librar una lucha para denunciar su posible desviación ideológica, pugnar por que modifique su orientación táctica, señalar los  errores que atentan contra los fines estratégicos de la organización y, si fracasa en su empeño, y debe construir una nueva organización, ganar para lo suyo a los mejores militantes. Sólo si está muy desmoralizado, puede irse en silencio a su casa. Pero, ¿marcharse así, como fue en este caso, sin decir ni mu, para formar algo más adecuado a una “expectativa individual”?

Es “un programa”, sin duda. Pero ajeno por completo a la política revolucionaria.

Por otra parte, nunca le objetamos que creara cursos de historia nacional y teoría política, no gratuitos, para ganarse la vida. Nuestra simple opinión es que una actividad de esa naturaleza no hacía daño y podía complementar nuestra labor propagandística. Pero, difundir la fantasía de que invocar a San Martín y postular un Profeta puede eludir la lucha por construir un partido, es muy distinto. Aunque no sea explícita, esa es una diferencia insalvable. Ante todo, no es lo nuestro vender abalorios. La Izquierda Nacional ha tenido avances y retrocesos en su prolongada historia y ha padecido diversas defecciones. Pero quienes permanecemos fieles a su estrategia nunca hemos apostado a una figura providencial, llámese como se llame, sino a crear un sistema de cuadros, sostener lo nacional desde el socialismo revolucionario y luchar por representar a la clase obrera, impulsando su liderazgo en el movimiento nacional.

Córdoba, 06 de mayo de 2020

¿HACIA DÓNDE VAMOS? LA ALDEA GLOBAL DESPUÉS DE LA PANDEMIA

socialismo utópico y socialismo científico

 “Como no puede suponerse que la senilidad del sistema vaya a generar de un modo automático, sin resistencia y sin lucha, la superación del capitalismo, es necesaria una comprensión de lo que debe hacerse para retomar ese intento que fracasó en Rusia, pero promete triunfar en el escenario chino…”  ¿Hacia dónde va China? Su transformación y el futuro del orden global, 06 de febrero de 2019, del autor.

Algunas figuras de la intelectualidad “progresista” de los países centrales[1], frente a la pandemia, están  pronosticando el fin del capitalismo. Reiteran, en verdad, lo que ya decían luego de la crisis del 2008, que les recordó la existencia de Carlos Marx, al que habían sepultado al desaparecer la URSS, como si  fuese el autor de esa catástrofe geopolítica. Es una fantasía “el fin de la historia”, concluyeron después del derrumbe bursátil; el reino del capital está en apuros. Al libre mercado de Friedman y sus alumnos  lo mandaron al rincón, a purgar las culpas. Al capitalismo, insalvable, lo cuestionaron no sólo por ser inhumano, sino inviable. Debía enterrárselo y volver a las fuentes del humanismo europeo. Y, si bien los rasgos del nuevo orden no se establecían, los augures decían que iba a ser distinto a lo que fue en su tiempo “el socialismo real” –no era cuestión de apostar a un modelo ya obsoleto, al que sus padres intelectuales tributaban culto, mientras estuvo vigente– pero, fuese como fuese, iban a reinar pautas de solidaridad, mayor igualdad y se abandonaría la fiebre de acumular riqueza empobreciendo a las sociedades. Esta bella quimera, lo hemos dicho en otro lugar, ignora el problema de cuáles son las fuerzas sociales impulsoras del cambio –el actor revolucionario, “la fuerza material” que  hace suyo el programa, para el marxismo–, bajo qué cánones logra unirse la voluntad colectiva y qué cuestiones deben resolverse, en el periodo gestatorio, para triunfar sobre la resistencia que opondrán los núcleos del stablishment ¿O se supone que éste se sumará de buen grado a la sugestión de ceder el poder y los beneficios que protege, iluminados por el verbo de los epígonos de Charles Fourier?

La inconsistencia de esos planteos es abismal. Se menciona a Marx –otorga prestigio– pero con tanta incongruencia que el resultado es vender gato por liebre, sin que el cliente lo advierta. Si no hubiese esa finalidad, si descartamos la estafa ¿cómo explicar el retorno abierto al tipo de formulaciones que fueron tildadas (Engels dixit) de “socialismo utópico” por los creadores del marxismo, siendo que sus obras son conocidas? De pronto, un “nosotros” nacido del convencimiento espontáneo del género humano, nos lleva a Utopía (a una nueva cultura, ni más ni menos); salimos de la barbarie actual…sin los dolores del parto. Los latinoamericanos, afectos a reverenciar “la sabiduría” europea, deberemos comprender que la decadencia del viejo mundo está allí también, en la inconsistencia sin límites de su intelectualidad  “progresista”, cuya endeblez es patética.

No hay dudas de que la catástrofe actual generará cambios, en el mundo y en la Argentina, nuestra patria chica. Tal como lo conocemos, el paradigma neoliberal difícilmente sobrevivirá. Como mínimo, cabe suponer que la pandemia, como ocurrió con la crisis de 1930, impulsará el estatismo, al menos en el área de la salud pública. Será enorme la presión a sacar de allí a los mercaderes de la medicina; una montaña de muertos que eran evitables, acompañada de una catástrofe económica, también global, presionará a favor de políticas que sustraigan la supervivencia social de las manos del libre mercado, cuya lógica ignora el interés colectivo, aun en los términos de la reproducción del sistema. No obstante, la resistencia a cambiar (para “salvar lo principal”), por extraño que nos parezca, será feroz, allí donde existen poderosas fuerzas que crecieron destruyendo el “estado de bienestar”. Una de esas fuerzas, afirmadas en las décadas del mundo unipolar –que se sintió liberado de un enemigo sistémico, tras el derrumbe de la URSS– está constituida por las gigantescas empresas de salud, cuya acción, al vaciar los sistemas sanitarios públicos, crearon las condiciones que hacen fracasar hoy tan dramáticamente la lucha contra el coronavirus.

¡Raro sistema, éste, cabe decir, que tiene seguros para tantos riesgos y carece de red cuando salta en el trapecio, sin la mínima precaución! Ésa es la lógica, sin embargo, del capitalismo “de timba”, que es el dueño del poder actual. La especulación sin freno tolera a Trump, pero parece incapaz de escuchar a Sanders, el moderado, cuyas políticas atenderían más racionalmente a la preservación del sistema, amenazado por la avidez de Wall Street. No olvidemos, por otra parte, que la modalidad vigente sólo acentúa “lo natural” del orden capitalista. Los industriales de Bérgamo, que condenaron a muerte a sus propios obreros para no parar una producción de bienes que quizás no encuentren la demanda hoy, no fueron más cuerdos ni más deshumanizados que sus homólogos norteamericanos del sistema industrial, comercial, financiero… y hospitalario privado.

Antes de fantasear sobre “el día después”, debemos analizar qué ocurrirá durante la pandemia, país por país o, más precisamente, en aquellos Estados cuya situación, al finalizar este ciclo, pesará más en el futuro global. La pertinencia de plantearnos en estos términos el problema es evidente, si se advierte que el covid-19 ha puesto en cuestión el futuro de los países centrales del mundo y que la diferente capacidad de cada uno de ellos para responder a la crisis es desigual y probablemente determinará un cambio en las relaciones de poder entre unos y otros. En segundo lugar, es decisivo considerar cuánto se tardará en superar la pandemia, dada la relación, muy estrecha, entre la duración de la crisis y los daños que ocasionará, en vidas humanas, en destrucción de riqueza y en la aparición de tentativas dirigidas a replantear el rumbo que tienen los asuntos humanos, en nuestro tiempo. En este sentido, es útil evocar el impacto imborrable que sobre el espíritu humano tuvo el desarrollo de la primera guerra, en el doble sentido de terminar con la ilusión de que habíamos superado las tinieblas del medioevo, ingresando a un tiempo de humanización y progreso, mientras se desataba –recreando en cierto modo la fe en el hombre– la revolución, triunfante en el escenario del Imperio Zarista y amenazante, pero al fin fallida, en buena parte de Europa. Es semejante lo que puede decirse de la segunda guerra. Y, más cerca de nuestros días, la conmoción causada por la caída de la URSS, fatal para algunos y festejada por otros.

En principio, mal que les pese a los vendedores de utopías, es preciso decir que carece de sustento plantear la posibilidad de una transformación social progresiva sin un sujeto político apto para impulsarla, algo que supone, a su vez, trazar un programa que anticipe cuál será la formación social que releve al capitalismo. Sin bases programáticas ¿cómo construir una fuerza revolucionaria capaz de llevar el  proyecto a la práctica? Eludir esa tarea y “prometer” un cambio, en los términos que plantea cierto progresismo[2], es adormecer la conciencia pública, obstaculizar la tarea de construir sin demora el arsenal teórico-práctico que hará posible derrocar al capitalismo. Sin empezar por eso,  de un modo consecuente, la barbarie actual puede adoptar otras formas, pero no cederá: en suma, debe superarse el retraso, signado por “la crisis del pensamiento”, en el campo revolucionario. Si esta premisa es acertada, se impone analizar los orígenes y el desarrollo del abandono de la teoría que se calificaba  a sí misma como científica y revolucionaria, para retomar esa herencia intelectual, hoy extraviada. Esa empresa incluye luchar contra las baratijas que venden los postmodernistas “de izquierda” del género de Laclau[3] –una política sin clases sociales, fundada en “el discurso”– por una parte; por otra, proceder a una crítica también implacable contra el “marxismo” contemplativo que floreció en la Europa del Estado de Bienestar, para reasumir el que sostuvieron Lenin y Trotsky[4].

Pero veamos antes qué cabe esperar del despliegue de la pandemia en el mundo central, epicentro de la crisis y asiento, como sabemos, del imperialismo mundial.

La situación de los EEUU

Antes de la crisis del coronavirus, EEUU veía amenazado su poder global por la transformación de China en una potencia ya no limitada a una producción basta, sino que apostaba a ensanchar la barrera del conocimiento científico y tecnológico, mientras consolidaba su papel de “taller mundial”. Despejando su teatralización –por el lado estadounidense, ya que los chinos cultivan “el perfil bajo”–era un peligro cierto, pero ante el cual cabía trazar planes, para conjurarlo, sin que se precipitara una  catástrofe que pusiera contra las cuerdas al país del norte. La crisis del coronavirus alteró las cosas, al acentuar las tendencias que venían advirtiéndose, creando una situación de imprevisible final para la lucha por la hegemonía en el orden global. Si la prolongación de la pandemia supera la estimación frívola de Trump, los daños sufridos por la economía estadounidense pueden llevarla a la extrema debilidad que padecieron los europeos tras las guerras inter-imperialistas del siglo XX. Un estado en el cual, cabe recordarlo, Gran Bretaña y Francia vieron desvanecerse su imperio colonial, Alemania fue dividida y sólo el Plan Marshall –omitamos hablar del activo papel que tuvo Stalin, para cumplir con el pacto negociado en Yalta– aventó el peligro de la revolución social en el sector occidental del viejo continente.

 Es preciso eludir la tentación catastrofista. Pero no podemos, por esa razón, evitar la contemplación de una situación que socava el liderazgo mundial de EEUU. En primer lugar, es durísimo el golpe a la credibilidad del país, modelo emblemático del neoliberalismo. Ese paradigma, que comparte con sus aliados de la vieja Europa, fue desacreditado por la vergonzosa fragilidad de sus sistemas sanitarios y la clara irresponsabilidad del gobierno de Trump en el manejo de la pandemia. El Presidente fue un líder en hacer de la salud un mero negocio, rechazando incluso la débil ampliación de las coberturas médicas impulsada por Obama[5]. La ausencia estatal elevará criminalmente la cantidad de víctimas, como se vio en Italia, España, Francia y Gran Bretaña, que han sufrido las mismas políticas. Es de prever, sin embargo, que la debacle norteamericana adquiera una gravedad mucho mayor. A pocas semanas de iniciada la pandemia, tiene el país ya 27 millones de nuevos desocupados, lanzados a la calle por una legislación que libera el despido. Los cesantes, en consecuencia, se han sumado a los marginales en demanda de comida, generando colas a las que acuden hoy millones de hambrientos. Mientras tanto, el esfuerzo financiero del país se destina a salvar a las corporaciones del quebranto ocasionado por la  virtual desaparición de la demanda en ciertas ramas. En otros casos, una inmensa masa de recursos financieros, cedida a los gurúes de Wall Street, carente de opciones de inversión productiva, impulsa a la Bolsa a obrar como si nada estuviese pasando, con índices cuasi “normales”, evocando a la orquesta impávida del Titanic. A fines de marzo, 37 millones de estadounidenses eran víctimas del hambre, según Stiglitz. Carmen Reinhart, economista y profesora en Harvard, señala por su parte: “El deterioro en el mercado laboral en EEUU que vimos en tres semanas tomó 24 semanas en la recesión de 2008 y 2009”. Un colega suyo, Kenneth Rogoff, declara: “El derrumbe en curso será comparable o superior a cualquier recesión de los últimos 150 años”; “nada podrá evitarlo”. Señala, también, que “sin solución sanitaria es imposible predecir cómo terminará la crisis”; lo que sucede, a su juicio, “se parece a una invasión alienígena: la determinación y creatividad humana triunfarán, pero ¿a qué costo?”. Y agrega: “mientras la situación sanitaria no se resuelva, la situación económica será sombría. Y, una vez superada, el daño a las empresas y mercados de deuda tendrá efecto duradero, porque el nivel de endeudamiento era ya muy alto”[6]. Finalmente, en la última semana de marzo, Goldman Sachs pronosticaba que el PBI de los EEUU se contraerá a una tasa anual del 24% en el trimestre de abril a junio. Nadie cree, en el momento actual, en una rápida salida de la crisis. Y si ésta se prolonga más allá de cierto límite imposible de precisar, es posible pensar en un hundimiento catastrófico de la potencia norteamericana, que sumerja al país, como ocurrió con la URSS, en una situación de descontrol sistémico. Con Europa sumergida en su propio drama, nos preguntamos si el coronavirus –en la hipótesis de que las cosas se desarrollen de esa manera– no nos llevará, contra lo previsto en todos los exámenes previos a la aparición del covid-19, a un abrupto final de época.

Esta presunción no es alocada, creemos; sí lo sería predecir cómo se desarrollarán las cosas. La clave, respecto a lo principal, es que su historia y su sistema de creencias influyen negativamente en EEUU a la hora de enfrentar al “enemigo invisible”. Se trata, sabemos, de un país impregnado por la noción bíblica del “pueblo elegido”, macerado en el mito de su propia superioridad; habituado a pugnar en guerras lejanas y, con la excepción de Vietnam, a ganarlas sin que lastimen sus ciudades y campos; a subir hacia el poder global sin rasguños. Ideológica y políticamente sus ciudadanos son inusualmente primitivos, individualistas al extremo y aunque los últimos años hirieron parcialmente su confianza básica, con la deslocalización industrial y el retroceso industrial, el impacto se limita a incentivar el resentimiento hacia los trabajadores migrantes y hacia los señuelos que la prensa pone frente a sus ojos, para desviar hacia ellos la hostilidad resultante[7]. Trump ha explotado estos sentimientos, para vencer a los globalizadores que preferían a Clinton. Pero el resultado de su éxito fue dar al país un liderazgo en el cual el impulso reemplaza a las ideas claras e incluso a la sensatez[8] –quizás por eso de Dios ciega al que quiere perder–, un fatalismo que se traduce en que la decadencia norteamericana era irreversible y sólo es posible dilatar el fin. Ese estado de descomposición, anterior a la pandemia, puede ser acelerado por esta sorpresa[9] del covid-19, pero la antecede largamente.

La Unión Europea en la cuerda floja

Caulitativamente, si omitimos el caso particular de Alemania, los países europeos no están mejor, sino más débiles[10]. El brexit ya anticipaba el riesgo de un divorcio fatal. Las mezquindades nacionales, en el cuadro de la pandemia y la devastación económica consiguiente, pueden acelerarlo. Se negocia, en estos días, algo que se enuncia como un “nuevo Plan Marshall”, que nos evoca la frase famosa de los franceses, le mort saisit le vif (el muerto agarra al vivo): nadie explica quién pagará la fiesta, dado que no estarán los EEUU. ¿Alemania?: sus decisiones de las últimas décadas –recordar  que Grecia todavía sufre la determinación expoliadora de la banca germana– desalientan la apuesta, que ignora lo fundamental del orden senil, en ambas orillas del Océano Atlántico: la rigidez extrema del capital financiero y su origen, que no es moral; sólo remite a la naturaleza del capitalismo,  más desnuda que nunca en la era del parasitismo y la especulación financiera reinante en los centros del imperialismo mundial. No es previsible que Merkel sea una excepción, hoy, cuando debe afrontar los problemas de su país, que no serán pocos, en el próximo período. La mayoría de los restantes miembros de la Unión Europea, sin considerar a los ex países socialistas, sufren asfixia por la deuda externa, contraída en su mayor parte para transferir al Estado los quebrantos privados que originó la crisis del 2008. Con sus industrias heridas por la competencia china, refugiados en el rol  –el caso de Londres es emblemático en tal sentido– de plataformas operativas para la especulación financiera, privadas de la posibilidad de lograr un renacimiento de la producción industrial, sólo Alemania luce en ese escenario como una economía relativamente sólida.

Al mismo tiempo, la obsolescencia del sistema político es en todos los casos una manifestación de las resistencias sociales a registrar adecuadamente los datos de la realidad. La socialdemocracia luce más corrompida e inútil que nunca, para servir de instrumento de un cambio social. A su izquierda, nuevas formaciones, como Podemos en España, apenas apuestan a matizar con retoques el orden establecido por los neoliberales con la complicidad “socialista”: el capitalismo de timba. Y hasta las formaciones que prometían retomar un rumbo de transformación serio, como Syriza, capitularon ante las finanzas, es decir, demostraron ser válvulas de escape de la rebeldía popular, reflejando, quizás, los límites de su base social de sustentación[11].

En definitiva, ya que la recomposición de las estructuras políticas no sigue mecánicamente los ritmos de la realidad, la catástrofe en Europa no logrará producir a tiempo la renovación que podría salvarla del ingreso a un periodo de convulsiones económicas y sociales sin salida a la vista, muy semejante al reino de la barbarie que Rosa Luxemburgo señalaba como alternativa al triunfo del socialismo, en los primeros años del siglo XX. Si aquel señalamiento traduce actualmente cuáles son las opciones de Europa[12], cabe suponer que aquéllos que piensen en retomar la lucha revolucionaria asumida por el marxismo, que fracasó en la URSS, pero ha logrado hasta hoy triunfar en China, deben prepararse para una larga marcha.

El sujeto de la transformación  

Como una manifestación más de la vacuidad reinante en el pensamiento europeo “de izquierda” han de recordarse las teorizaciones que postulaban la presunta “desaparición del proletariado”, el actor revolucionario de la teoría marxista. Entre otras cosas, este manoseo frívolo de la teoría omitía considerar al menos dos hechos, no menores: en primer término, que la noción de proletariado nada tiene en común con la mirada de un sastre, que identifica al obrero si viste de mameluco. Para Marx, la determinación se relaciona con la necesidad de vender la fuerza de trabajo, no con la prenda que el trabajador usa. En tal caso, si los asalariados, ampliamente mayoritarios en el mundo europeo, son conformistas, habrá que averiguar de qué lugar proviene la renta que le permite al capitalismo de las metrópolis corromper a “su” proletariado con “buenos” salarios. Para Lenin y Trotsky es clara la respuesta: proviene de las colonias y semicolonias; en segundo lugar, que en estas décadas hemos visto el desarrollo del mayor proletariado de la historia universal, formado por 400 millones de chinos. Su representación política, el PCCH, emplea una formación “capitalista de Estado” para crear bases que son indispensables para llegar al socialismo. Ese proletariado y el partido que lo expresa, con deformaciones burocráticas, lleva adelante un programa cuyo final decidirá la lucha de clases a escala internacional, pero es un actor imposible de ignorar en la construcción del futuro.

Pero esta manera de analizar la cuestión, tan alejada de la trivialidad de gente como Laclau, Derrida, Zizek y Cía, requiere, como paso previo, romper la escisión, cuya paternidad fue netamente europea, entre una teorización supuestamente marxista, pero desentendida de la lucha política y el mandato de Marx de transformar el mundo.

Este fenómeno de disociación, entre el desarrollo teórico del marxismo y la lucha revolucionaria, en términos cada vez más acusados, arranca con el triunfo de Stalin en la URSS y se consolida a partir del asesinato de Trotsky[13], en Coyoacán. Después de la segunda guerra, mientras en Europa oriental el Ejército Rojo expandía las fronteras del “socialismo real” con eje ruso, el avance de la revolución, en otros teatros, como Yugoslavia y China –más tarde aparecerán Vietnam y Cuba–, no restauran la unidad entre teoría y práctica. Los líderes de todas las revoluciones triunfantes, Mao, Ho Chi Ming y Fidel, son grandes conductores y revolucionarios prácticos pero, salvo algún texto útil para orientar puntualmente a sus bases, no aportan algo nuevo a la teoría marxista, como ocurría antes con Lenin y los suyos ¿Es necesario recordar el nivel del debate y producción de documentos de los primeros Congresos de la III Internacional? Esa riqueza desapareció con la muerte de Trotsky[14], si atendemos a la elaboración de una teoría pensada para la lucha revolucionaria, respondiendo a la pauta trazada por Marx en la novena tesis sobre Feuerbach.

Esa “crisis del pensamiento” se exterioriza con la caída del “socialismo real”, pero no se origina en ese momento, sino en la imposición del “marxismo leninismo”, eufemismo destinado a escamotear la degradación del pensamiento marxista, que deja de ser un método vivo para adquirir el carácter de una retórica burocrática[15]. Pero no se trata de una desviación acotada, como otras que enfrentó el movimiento obrero en su historia anterior, sino de la “teoría” oficialmente adoptada por el país rector de la Internacional Comunista: Prolijamente depurada por la burocracia soviética, a lo largo de décadas, no hay ni un ápice de leninismo en sus cultores. Sus hallazgos sobresalientes, como cabe suponer, fueron “el socialismo en un solo país” –huevo de todas las criaturas horrendas paridas por el stalinismo– y la “coexistencia pacífica”, que acompañaría la derrota del capitalismo occidental en manos de la URSS, probando la superioridad de “la planificación”[16] sobre el mercado. Sobrevino lo contrario, como es sabido.

La Segunda Guerra Mundial fue un terremoto universal. Como había ocurrido con la primera, inauguró un ciclo de revoluciones coloniales que la Conferencia de Yalta y los pactos posteriores para el reparto del mundo no lograron frenar. En relación a China, la voluntad de Stalin fracasó en el intento de que Mao accediera a un acuerdo funesto con Chiang Kai Shek y la grandiosa revolución se adueñó del país, ensanchando enormemente el campo socialista. Ese triunfo pondría a prueba la hegemonía stalinista, en el corto plazo y, al confluir con otros factores, acabaría por impulsar una diáspora de los partidos comunistas locales respecto a Moscú, algo que, al conjugarse con la deriva de los partidos comunistas europeos y con los cambios experimentados en los dos escenarios en que se dividió Europa, terminó de horadar la hegemonía de Moscú. Esa situación señala un nuevo punto de partida, o una maduración en la debacle del stalinismo, que, asociada a la deriva de los partidos comunistas de la Europa occidental, que goza entretanto del Estado de bienestar, nos introduce de lleno en el proceso de la disociación antes referida, que debemos examinar.

Conviene partir de una obviedad reconocida: hasta el triunfo bolchevique, que desplaza hacia la URSS el centro de irradiación del marxismo revolucionario, su núcleo rector estaba en Europa, con liderazgo alemán. La socialdemocracia, clausurado el ciclo insurreccional posterior a la primera guerra, del cual emergió desacreditada pero resuelta a ratificar su rol de sostén del orden, superó la amenaza de pasar a la historia, aupada por la degeneración del proceso ruso. El triunfo de Stalin la situaba otra vez como defensora de “la democracia”, contra “el totalitarismo rojo”. Los zigzag del buró de la Internacional domesticada, con los extravíos y traiciones del stalinismo en China, en Alemania y en España, que concluyeron con el pacto Molotov-Ribbentrop[17], operaban para legitimar su defensa del “mundo libre”, antes y después de la Segunda Guerra.

Finalizada esta última, sin embargo, el rol de la URSS en la derrota de Hitler y el heroísmo indudable de los comunistas que lo enfrentaron en la Europa ocupada, en el marco de los padecimientos sufridos por sus pueblos, abrieron una oportunidad a la lucha revolucionaria, que los pactos de Stalin con EEUU y Gran Bretaña asfixiaron sin pudor, impulsando abiertamente acuerdos con las respectivas burguesías europeas, con la excepción de Yugoslavia, donde el mariscal Tito desobedeció y venció. El balance de la situación, que no puede excluir la ocupación por la URSS de la Europa del Este, ampliando hasta allí el “socialismo real”, restableció en general el prestigio de Stalin en el viejo mundo, mientras la mayoría de sus seguidores ocupaba el rol de oposición “democrática” al poder burgués, como representante de la izquierda del proletariado eurooccidental, con el centro a cargo de la socialdemocracia y las fuerzas burguesas a la derecha, entrelazados bajo la fórmula de la “coexistencia pacífica”.

Ahora bien, lo que se ha llamado “los treinta años gloriosos”, con la prosperidad inusitada y el “Estado de bienestar”, disiparon en Europa hasta el mínimo impulso de cambio revolucionario, adormeciendo al proletariado hasta tal punto que semejante fenómeno no podía dejar de reflejarse en el orden de las preocupaciones de la intelectualidad “de izquierda”, como una inclinación cada vez más acusada a huir de la realidad y dedicar su energía a la “teoría pura” –los matices entre el Marx joven y el maduro son un ejemplo–, lejos de las necesidades de la militancia revolucionaria[18]. Algo que a su vez no sólo traduce una resistencia a remar sobre un suelo rocoso, lo que sería atendible, sino los hábitos de mirar a Europa como el centro del mundo y a cerrar los ojos ante la explotación de la periferia, que explica la fiesta de los países centrales[19]. La enajenación adquiere un carácter “masivo”; el interés intelectual se hace ajeno al devenir histórico, si su análisis compromete. El proceso de la degeneración del Estado soviético y su proyección sobre la crisis del pensamiento “marxista” es ignorado. Es más saludable “no hablar de esas cosas”, usar el materialismo histórico en el estudio del tránsito del medioevo al mundo burgués y otras cuestiones igualmente inofensivas.

En esas condiciones, el derrumbe de la URSS terminó de disipar todo arresto “marxista”, sin merecer la atención de los que habían consagrado a Stalin como continuador de Marx y Lenin, convencidos, ahora, de que la destrucción por masas pequeño burguesas de las estatuas del jefe de la Revolución Rusa cancelaba definitivamente la perspectiva socialista. Aun aquéllos que no cedían abiertamente al planteo del “fin de la historia” limitaban sus ínfulas a pregonar la lucha por causas minoritarias, que asociaban a la utopía de “profundizar la democracia” sin revolución social.

En el escenario asiático, a su vez, chinos y vietnamitas, sin abandonar la lucha por “su” transición al  socialismo, renunciaban al afán de “exportar la revolución”, se cerraban sobre sí mismos y sustituían la retórica del “marxismo leninismo”, al menos en el plano internacional, por un empirismo centrado en establecer las relaciones convenientes para el interés nacional, de un modo crudo. Esta evolución no puede ser vista como una real pérdida, si lo vemos como admitir la inutilidad del stalinismo como “sistema de ideas”, sino más bien como un “sinceramiento”. No obstante, fue un episodio más en la disociación que analizamos, que ha sido fatal en otros territorios de la lucha por el socialismo, en los cuales el vacío gravita como pérdida de una guía para la acción. Como es de suponer, nuestro punto de vista es que superar el actual momento incluye enterrar los despojos del stalinismo, que abundan aún dispersos en muchos países.

La necesidad de actualizar el pensamiento revolucionario: tradición y renovación

La acumulación de síntomas, los quebrantos del 2008 y la pandemia actual, fenómenos que emergen  en el marco del declive de los países imperialistas y el ascenso de China, marcan la necesidad de diagnosticar a los enfermos, evitando que la barbarie siga propagándose en los EEUU y las naciones europeas, incorporando a sus sociedades a la lucha por superar las amenazas crecientes al destino humano, cuyo presente es horrible en los países periféricos. La historia opera, en las circunstancias que sufrimos, a favor de la convergencia del interés de los pueblos por superar el capitalismo senil y perverso que gobierna la actualidad. En ese marco, se impone la tarea de actualizar el pensamiento revolucionario, cerrando la escisión entre la teoría y la práctica a que nos hemos referido.

Por su alcance universal, mientras muchos de los gobiernos muestran la hilacha disputando recursos necesarios para enfrentarla, la pandemia impulsa al internacionalismo a los hombres, enfrentados a un orden que nos afecta a todos. El Manifiesto Comunista hizo de él un principio rector, traicionado por la socialdemocracia al desatarse la primera guerra europea. Usado por Stalin como taparrabos de su sinuosa diplomacia, obediente en parte a las necesidades de la URSS, pero mucho más a los virajes empíricos de la burocracia termidoriana, en su relación con los centros del poder mundial, fue arrojado al tacho de basura luego de la segunda guerra mundial, mientras se hacía manifiesto el egoísmo nacional vigente entre los trabajadores norteamericanos y europeos, cebados por el goce de la plusvalía colonial. En ese marco, que ha durado décadas, la izquierda metropolitana degeneró en bloque, al compás del aburguesamiento de sus adiposas sociedades.

El internacionalismo, sin embargo, como lo señalaron los primeros Congresos de la III Internacional, sólo puede ser consistente –no ser meramente declarativo– si saca las conclusiones que derivan del predominio global del imperialismo, que divide al mundo en un puñado de naciones explotadoras, por un lado, y una periferia semicolonial explotada por las primeras, que logran asociar a ese saqueo     a “sus” propios obreros, mientras hablan del atraso de las víctimas de su política. Como señalaba Trotsky, los “civilizados”, privándolos de su riqueza, cierran la ruta de los que quieren “civilizarse”. Mientras el proletariado estadounidense y europeo sea incapaz de asumir esta realidad y denunciar la explotación del mundo periférico, estará condenado a padecer la decadencia del sistema central y sus contradicciones crecientes. Es que, tal como lo señalara en 1810 Dionisio Inca Yupanqui, diputado por el Perú ante las Cortes de Cádiz y lo replicó Marx más adelante “un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”[20].

Ahora bien, una cosa es “volver” a los primeros congresos de la III Internacional y a las enseñanzas de Trotsky posteriores a la putrefacción a que la condujo el triunfo de la burocracia soviética, para poder establecer una continuidad con la experiencia histórica del marxismo revolucionario, y otra, diferente, retroceder… hasta Fourier y la utopía de transformar a la sociedad burguesa por medio de la educación y el diseño de falansterios.

Si la expansión del coronavirus se prolonga en el tiempo y los estragos que provoca en la vida social y la economía de los países que forman el núcleo del imperialismo mundial llevan a una destrucción similar a la provocada por las guerras en el universo europeo, es posible que estemos, esta vez sí, frente a “la caída del muro” de Wall Street[21], con lo esto implica: un posible apresuramiento de lo que se insinuaba ya como ascenso de China al liderazgo global. La reconfiguración geopolítica que un cambio semejante puede ocasionar sería mayor; con ella ingresaríamos a una nueva época, difícil de imaginar con alguna concreción. Pero, dada la circunstancia de que China se estructura sobre bases económico-sociales que, usando lógicas de mercado que le permiten desarrollar la productividad del trabajo y producir bienes de calidad creciente, en base a las cuales se apuesta a “alcanzar y superar al capitalismo”, lo hace construyendo un capitalismo de Estado –mientras el PCCH se apoya en esta base para sostener el control efectivo de la economía y la dirigir al país– con la finalidad de crear las bases materiales de una sociedad socialista[22]; razón por la cual comercia con el resto del mundo sin el afán de apoderarse del trabajo ajeno, aunque no actúe como un país filántropo [23] .

De todos modos, ni la mejor de las hipótesis incluye la expectativa de que los pueblos se rediman del desquicio actual –las contradicciones del capitalismo, en su estadio senil– por la acción salvífica de uno o más actores globales, que sustituyan el protagonismo de cada comunidad. Las contradicciones sociales de cada país deben ser resueltas por cada pueblo, liderado por las fuerzas estructuralmente  capacitadas para representar más fielmente el interés general.

En la periferia –donde los latinoamericanos estamos– la debilidad de los centros del poder mundial, como ocurrió cuando los absorbía un esfuerzo bélico, facilitará la batalla por liberarnos de la asfixia de las finanzas internacionales y conquistar la independencia, necesaria para priorizar el desarrollo de nuestros países, con la perspectiva de integrarnos a la economía global sin perder autonomía y destinando nuestras rentas a la expansión productiva y a una redistribución progresiva del ingreso y la riqueza nacional. Esta perspectiva, no es ocioso decirlo, depende en alto grado de lo que hagamos en la lucha contra el covid-19, limitando el daño en vidas humanas y evitando que los parásitos de la elite latinoamerica provoquen muertes que son evitables, para salvaguardar sus intereses, que son mezquinos.

Córdoba, 30 de abril de 2020

[1] Ver algunos textos en “La sopa de Wuhan”, entre otras manifestaciones del “fin del capitalismo”. También lo que por ahora sabemos de la campaña de Zizek, que combina la promesa de “un comunismo reinventado” con el ataque a China, en el mismo momento en que la prensa imperialista agrede al país como parte de la lucha de EEUU, que ve peligrar su hegemonía global https://www.cnnchile.com/cultura/libro-slavoj-zizek-coronavirus-pandemia_20200325/

[2] Sin incurrir en la tontería de que “una nueva sociedad” puede nacer de una toma de conciencia espontánea “de la humanidad”, hay quiénes se limitan a señalar la necesidad de movilizarse para lograrlo, explicando que lo contrario sería esperar que “el virus” se encargue de enterrar al capitalismo. Omiten decir, en este caso, que “la movilización”, sin teoría revolucionaria, como enseñó Lenin, no puede sostener una acción revolucionaria

[3] Ernesto Laclau fue el autor de excelentes trabajos, mientras se identificaba con el marxismo, entre los cuales  se destaca “Feudalismo y capitalismo en América Latina”. Nuestra critica se refiere al ciclo postmodernista de su producción. http://www.formacionpoliticapyp.com/2019/10/feudalismo-y-capitalismo-en-america-latina-1/

[4] Las sectas “trotskistas”, que originalmente cumplieron el rol de salvaguardar una tradición, son también una expresión de anquilosamiento y estrechez, por completo ajenos al Trotsky vivo. Someramente, vemos más adelante el tema de la relación (dialéctica) entre “ortodoxia” y “renovación”. En este momento, nos limitamos a señalar que Lenin fue “heterodoxo”, sin dejar por eso de ser fiel a Marx.

[5] Desde la gestión de Ronald Reagan los neoliberales impusieron el dogma de que “el gobierno no es la solución a nuestros problemas, el gobierno es el problema”. Una estafa, para reducir el Estado, ya que “el gobierno” no hace otra cosa que favorecer al stablishment, desmantelando lo público. En el 2018 y el 2019 recortó partidas al Centro para el Control y Prevención de Enfermedades, así como despidió a la embajada médica en China, que le hubiese podido trasmitir al país rápida información sobre el desarrollo del covid-19. Trump pretende transferir a China su propia irresponsabilidad, en tal sentido, sin registrar que aun cuando el flagelo ya victimizaba a EEUU, él se empeñó en caracterizar al covid-19 como “una gripe” más.

[6] Sobre las opiniones de Carmen Reinhart, ver Clarín, 04/04/20; latercera.com 04/03/20; con Kenneth Rogoff,  reportaje en www.project-syndicate.org, 13/04/2020; pronóstico de Goldman Sachs El Economista 20/03/20.

[7] Sin alterar del todo esta situación, la confianza pública en el sistema de partidos ha decaído severamente. Sólo puede profundizarse, además, cuando se conozca la información de que diversos organismos alertaban desde el 2008 al poder norteamericano sobre el peligro de una pandemia de estas características. Remitimos, sobre el tema, al trabajo de Ignacio Ramonet “La pandemia y el sistema-mundo”, La Jornada, Méjico, 2020.

[8] Rick Bright, ex director de la Autoridad de Desarrollo e Investigación Biomédica Avanzada (BARDA, por sus iniciales en inglés) denunció que fue despedido por oponerse al intento de impulsar la hidroxicloroquina como fármaco contra el coronavirus, después de que Trump promoviera su uso desde el estrado de la sala de prensa de la Casa Blanca. Infobae, 23.04.2020.

[9] Algo más, sobre las alertas: la comunidad científica y los organismos de inteligencia advirtieron a Trump, que no  atendió a nadie. El dato puede usarse ahora para hacer del presidente “un chivo expiatorio”. Sin embargo,                una mirada más honesta indica que el stablishment, no sólo Trump, no permitió un cambio de paradigma en el sistema sanitario que lesionara a los monopolios que consideran a la salud como su coto de caza. En Europa, sin Trump, el sistema sanitario público fue igualmente destruido en Gran Bretaña, Francia, España e Italia, los cuatro países más dañados.

[10] Esta afirmación, aunque pueda parecer así, no contradice nuestro aserto sobre la mayor gravedad que reviste la crisis en EEUU. Atendíamos, en esa valoración, al papel estadounidense en el escenario internacional. En esta oportunidad tomamos en cuenta la menor potencia de los países europeos y la fragilidad del orden que los une.

[11] Si apreciamos como correctas las informaciones disponibles en América Latina, sus bases convalidaron la capitulación, prefiriendo permanecer en el marco del euro y la Unión Europea, que iba a echar a los griegos de aquélla si persistían en desafiar las exigencias de los usureros.  La pequeño burguesía progresista, técnica y profesional de Syriza no quería salir de la Unión Europea para huir físicamente del país. El propio Varufakis, quien era partidario de negociar “a cara de perro” pero no romper con la UE , fue de hecho víctima de las decisiones de Tsipras y se volvió de Londres. Los partidos decididos a romper, por su parte, carecían de peso en la conciencia popular, y al hacerse evidente que los europeos transformarían al país en un caos después de expulsarlo terminaron apoyando la claudicación.

[12] En el trabajo citado, Ignacio Ramonet subraya la mezquindad de los países “del norte europeo” ante la agonía de los mediterráneos, Italia y España, a los que privaron del auxilio financiero de la Unión, durante la pandemia. Los más afectados, opina correctamente el autor, precisan desesperadamente de un manejo monetario acorde a sus problemas y Alemania, Holanda y los nórdicos, no están dispuestos a sacrificar algo, para mantener la salud de los vínculos comunitarios. Un estallido de la UE es, por consiguiente, una posibilidad cercana.

[13] Trotsky señala que el mayor crimen del stalinismo fue “desarmar ideológicamente” al proletariado. Este juicio adquirió una actualidad dramática en los años de Gorbachov. La desintegración del sistema de ningún modo era deseada por los obreros soviéticos y varios hechos lo prueban. Sin embargo, además de carecer de un partido, lo que equivale a decir una política propia, su confusión era enorme y los incapacitaba parar sortear el dilema entre respaldar a los partidarios de sostener el orden stalinista, por un lado o apostar al triunfo de la tecnocracia pequeño burguesa entusiasmada en recorrer una ruta que a su juicio los llevaría al status de Alemania, no, como advertía Kagarlitsky, al despreciable tercer mundo.

[14] No desconocemos ningún aporte parcial posterior. Intentamos establecer, únicamente, los rasgos generales del proceso que conduce a lo que hoy se designa como “la crisis del pensamiento revolucionario”.

[15] Una manifestación flagrante de ese fenómeno se verifica en Gorbachov, elegido como sabemos legítimamente por el PCUS para conducir el partido y el estado. Basta leer cualquiera de sus trabajos para advertir la ausencia del método de Marx. Él y sus antecesores, incluido Stalin, usan una jerga de raíz marxista, invocan a Lenin y dan otras muestras externas de fidelidad al credo, pero es notorio que cuando analizan algo apelan al empirismo, sin otro recurso metodológico disponible. Igual fenómeno se advierte en los stalinistas que atribuyen la desintegración de la URSS a “la traición de Gorbachov”, retrogradando a la visión superada por Marx de “los grandes hombres” que “hacen la historia” y desentendiéndose de analizar las fuerzas en pugna.

[16] La planificación es superior al mercado a partir de un determinado umbral histórico, dice la teoría. El mercado, no obstante, no puede abolirse por una decisión; debe agotar su función útil, como el Estado. En “La revolución traicionada”, Trotsky señala con total claridad que sólo los anarquistas piensan que la mera voluntad puede resolver suprimirlos, si dispone del poder.

[17] El famoso pacto puede ser visto, con mirada occidental, como un crimen, cuando en tal caso cabe juzgarlo con la óptica que surge del registro de los errores de Stalin y la Internacional que ayudaron al triunfo de Hitler, pero, ante los hechos consumados, como un intento racional de impulsar al nazismo en dirección a Occidente, lo que se reveló salvífico  para la URSS. Por lo demás, la condena de “los demócratas” al aberrante pacto omite plantear que los aliados especulaban en sentido contrario, deseando que Hitler hiciera por ellos la tarea de destruir a su enemigo fundamental, el Estado obrero (degenerado, pero antagónico respecto al capitalismo).

[18] Éste es el sentido de situar la escisión en la muerte de Trotsky, ya que se trata del último gran intelectual marxista que era al mismo tiempo un dirigente revolucionario.

[19] En este sentido, se reproduce en odres nuevos la vieja tendencia de la socialdemocracia a la complicidad con la explotación de la periferia colonial y semicolonial. Las excepciones, dignas del reconocimiento –Sartre, con respecto a los argelinos, fue un caso ejemplar– no se apoyaban en una teoría general y una militancia empeñada en interpelar al proletariado de los centros imperialistas sobre la cuestión colonial.

[20] Es necesario reiterar, en este sentido, el señalamiento de la complicidad con “su” respectiva burguesía en que se incurre al denigrar al régimen chino desde el formalismo “democrático”, idealizando “la democracia” que reina en los centros del imperialismo mundial. Las viejas naciones, que construyeron el orden burgués en siglos pasados, no los alcanzaron con los buenos modales, sino con el uso generoso de la guillotina. El que quiera reflexionar con seriedad sobre esta cuestión, puede consultar el excelente trabajo de Barrington Moore, no casualmente centrado en tratar la historia de las revoluciones en Gran Bretaña y Francia, donde el autor prueba, sin proponérselo explícitamente, la falacia de estos “demócratas”. Nos referimos a “Los orígenes sociales de la dictadura y la democracia”, Barrington Moore, Ediciones Península, 1976, Barcelona.

[21] Con esta expresión quiso caracterizarse el quebranto provocado por la crisis del 2008 en EEUU, cuyos efectos se mitigaron con el auxilio financiero del Estado norteamericano al precio de hipotecar más el futuro.

[22] Para un desarrollo de esta cuestión puede verse “¿Hacia dónde va China? Su transformación y el futuro del orden global” – http://aurelioarganaraz.com/economia-y-sociedad/hacia-donde-va-china-su-transformacion-y-el-futuro-del-orden-global/

[23] De todos modos, en relación a la pandemia es clara la diferencia  entre las conductas solidarias de China, Cuba y Rusia y las actitudes miserables y mezquinas de EE.UU. y los países imperialistas europeos.

EL GENERAL ROCA: HISTORIA Y PREJUICIO

Terzaga

Nota publicada en la revista POLÍTICA, n° 17, marzo 2020

             A la memoria de Alfredo Terzaga, que me asombraba en la juventud por su prodigiosa familiaridad con nuestro siglo XIX, del que hablaba como si fuese un testigo ocular.

 

Hasta las ciencias duras sufren el impacto de la visión del mundo del investigador y de su época. Siendo así, linda con la deshonestidad decirse neutral en las ciencias sociales. Un autor serio explicita cuál es su posición ideológica, además de acudir a todas las fuentes que estén a su alcance, sin omitir aquellas que le son adversas; busca la objetividad, aun a costa de contradecir las hipótesis que fueron para él un punto de partida. En el terreno histórico, la tiranía del presente –los intereses y las ideas a las que tributa un autor, le pese o no– es impiadosa, sobre todo en países como la Argentina, donde el pasado y el presente se entrelazan inextricablemente, en tanto el ayer permanece vivo, por encarnar problemas aún irresueltos.

Osvaldo Bayer, pionero en tachar a Roca por genocida, industrializa La Ética, pero usa ¡a Sarmiento!, cuyo odio a los gauchos, los indios y los semitas es célebre, para condenar como racista al general tucumano. El Estado, los curas y los militares son los rostros del Mal para todo anarquista. Bayer, que lo es, prefiere vestirse con el traje de La Moral, para que el lector ignore desde dónde opina, sin advertir sus prejuicios y la desvergüenza con que ignora cualquier dato que pueda afectarlos. Pero allí terminan “las culpas” del apologista de Severino Di Giovanni. La mayoría de los indigenistas que demonizan a Roca no son anarquistas y hasta los hay “marxistas”, en la versión seudo trotskista. A estos últimos, quizás convenga, parafraseando a Lenin, para quien Rusia “más que del capitalismo sufría del atraso”, señalarles que la Argentina del siglo XIX padecía más de la ausencia o debilidad del Estado que de su capacidad para ejercer el monopolio de la fuerza. Desde la Revolución de Mayo  hasta la construcción de su Estado moderno, con Roca, la anarquía fue la constante del país, con la ruptura de las Provincias Unidas del Sur, la pérdida de la salida al Pacífico y la amenaza de soportar la secesión definitiva de la provincia de Buenos Aires, conjurada por la desdicha ¡oh, paradojas! de la derrota nacional que representó Pavón. El mitrismo nos dio la unidad “a palos”, después consolidada por el triunfo roquista y la federalización de la Ciudad, el Puerto y la Aduana, usurpados hasta 1880 por la Provincia-Metrópolis.

Roca exige un examen histórico riguroso, por la enorme gravitación del ciclo que lideró durante un cuarto de siglo en la construcción de la Argentina. Ese análisis no puede ceder a un dictamen “ético” que opera en el vacío, sin atender las circunstancias y las creencias de la época que pretende juzgar y, peor aún, sin ocuparse de las soluciones alternativas supuestamente viables en ese marco. ¿O se supone que la historia es el escenario del combate eterno entre el Bien y el Mal? Si así fuese, deberá condenarse toda la historia humana: los pueblos primitivos mataban y morían por el territorio y la prehistoria está aún con nosotros, afirma Marx. La moralina es pueril, la objetividad social no puede eludirse: El campeón de “La Ética” dice ser neutral pero toma partido, le guste o no: si es indigenista, aunque quiera disimularlo elige a Mitre y la burguesía comercial aliada a Inglaterra y opuesta a las fuerzas que luchaban por independizarnos del poder extranjero. Si Mariano Grondona “defiende” a Roca, contra Bayer, desde La Nación, ambos cooperan para sepultar al General bajo el estigma del oligarca; el lector desinformado no sospechará que La Nación, el diario de Mitre, y El Nacional, con la colaboración de Sarmiento, fueron pioneros “en apiadarse de los indios”. Ellos habían matado más indígenas que Roca y los habían usado como carne de cañón –Cipriano Catriel fue muerto por sus hermanos, luego de poner lanceros al servicio de Mitre, en la revolución del 74, dato que complica la leyenda según la cual los indios eran ajenos a las disputas criollas– pero sus órganos de prensa salían en “su defensa” para dañar a Roca y al Ejército roquista, no por indigenistas, sino por mitristas, es decir, por porteños ¿Es demasiada suspicacia preguntar por qué los antirroquistas actuales callan los crímenes de Mitre y Sarmiento y hasta usan sus denuncias contra la acción del “genocida”(1)? ¡El asesino del Paraguay, el más grande aliado del capital inglés en Sudamérica, puede dormir tranquilo, mientras su prestigio dependa de la influencia de Bayer! Nadie pide tachar su nombre de las infinitas calles de las ciudades y pueblos, en las que nunca faltan Mitre y Sarmiento.

Roca es la Campaña del Desierto, pero ¿cómo ignorar que combatieron al indio todos los gobiernos del siglo XIX? Ni uno solo de nuestros próceres estaría a salvo, omitiendo a los libertadores, que empeñados en su empresa querían el apoyo o la neutralidad de los indígenas, pero no enfrentaron la tarea de organizar la sociedad postcolonial. La Campaña del Desierto sólo fue la culminación de una pugna iniciada con la llegada del español y perduró luego de alcanzada la independencia, hasta que el Estado nacional sometió al indio. No hubo, es verdad, con excepción de Artigas, un programa capaz de integrar a los indígenas a la economía agraria, venciendo la resistencia de las elites criollas, que los querían muertos, tanto como al gauchaje y el artesanado criollo. Pero, no es menos cierto que hay muchas razones para creer que lo de Artigas era inviable, con los cazadores del Chaco. Fue exitosa en el Paraguay de Francia, pero contando allí con la presencia del guaraní, que era agricultor. En la región pampeana y el sur austral, por razones que los indigenistas  –incluidos los “marxistas” de Groucho Marx– se niegan a considerar, algo similar parece utópico. Ya que ¿cómo excluir el peso de los hábitos que desarrolló el modo de producción dominante en el sur, tras la multiplicación del caballo y las vacas, el avance araucano sobre las tribus antiguas de la región y la transculturación generada por esos cambios y el contacto con “los blancos”?

La antropología marxista, valioso instrumento para orientarse en ese terreno, no puede archivarse para coquetear –lejos de Marx, con el padrón electoral como libro de cabecera– con el etnicismo y sus planteos a históricos y, más prosaicamente, con el votante “progresista”, listo a sostener poses bienpensantes, como reivindicar al indio, que está lejos… y eludir al vecino, ese “negro de mierda”; o defender ballenas, con el único peligro de hacer un viajecito a la Península de Valdés. Abunda en esa          fauna el que se amarga si los collas invaden su barrio… pero le gusta el FIT y su furor antiperonista.

Las culturas del noroeste y los cazadores del Chaco, la pampa y la Patagonia

Las Ordenanzas de Alfaro, los argumentos de Juan de Solórzano y Pereira para justificar la conquista y colonización de América y, en general, las disposiciones que pretendieron regular las relaciones de los indígenas con el conquistador señalan invariablemente, varios siglos antes del nacimiento de Marx, que si falta el indio no hay riqueza (2). Esa conclusión, cabe precisarlo, alude a contar con productores preparados por su experiencia vital (anterior al “descubrimiento”) a ceder un excedente económico a quien gobierna, legítimamente o no. Ese excedente, a su vez, es también un producto histórico, parido por el incremento de la productividad del trabajo, desarrollada exponencialmente tras la revolución neolítica, estadioen que se logra la domesticación de las especies útiles para el hombre y se adquieren modos de vida sedentaria. Como el poder expropiado al productor no puede prevalecer únicamente por la fuerza, debe legitimarse, con el auxilio de la religión y las ideologías dominantes; aun así, estará obligado a reproducir su base, sin extinguir a las clases que sostienen el orden. Esa necesidad general suele ser ignorada por el explotador individual, interesado por enriquecerse al precio que sea. De allí los legisladores que cuidan al súbdito, como el buen ganadero cuida sus bestias y ahuyenta al predador. En las sociedades humanas, esa tarea da lugar al Estado. Ninguna sociedad prescindió de las armas, ni pudo superar la lucha de clases y las disputas por el poder territorial y económico, hasta hoy.

Las propias características de una formación social ligada a la tierra por los cultivos y ganados facilitan la sustitución del estamento que la domina por un invasor más poderoso, como ocurrió en el caso de los imperios americanos. Un territorio rico por sus recursos naturales no producirá nada, sin esa mano de obra que eran los indios, sustituidos luego por los esclavos negros, que venían también de culturas agrarias. En el territorio argentino, los pueblos del noroeste y las sierras centrales, sometidos por los españoles a la encomienda y la mita, responden a ese modelo. Puede decirse que, aunque enfrentaron al español de diverso modo –encarnizadamente, en algunos casos, con tibieza en otros–su posibilidad de resistir estaba limitada por el modo particular de vincularse a la tierra que es propio de las culturas agrarias, y que las hace frágiles frente a un invasor dispuesto a privarlos de medios de vida que los atan al suelo y logra explotar sus conflictos internos. Esto explica que fuesen las comunidades más avanzados de América las primeras en sucumbir ante el español, servir a los encomenderos y morir en las minas, pese al clamor de algún religioso y las intenciones fallidas de las Leyes de Indias.

Por el contrario, los pueblos más primitivos lograron preservar el dominio territorial, mientras sufrían trastornos en sus hábitos de vida. Estos, en el sur argentino, fueron extraordinarios, al incorporarse a las pampas el ganado europeo, las armas del invasor y valorarse productos y costumbres “blancas”, en el vestuario y la nutrición. Un efecto fatal fue reforzar la idiosincrasia ligada a la caza y recolección, dada la abundancia del “ganado cimarrón”, que en las tribus y en el gauchaje generó perfiles marcados por el orgullo, el gusto por la libertad y el nomadismo. No se trata de ignorar el valor de su resistencia al embate español, después criollo, sino de apreciar un conjunto de factores, determinantes en aquel singular proceso. Y de evitar la simpleza de ciertos “románticos” que han querido ver pueblos bravíos, indomables por el español, opuestos a los timoratos, que se sometieron sin luchar. Entre esos factores que deben sopesarse, el más importante es el referido modo de producción, con las relaciones sociales a él asociadas (3).

Como dijimos, aunque no lo adviertan los indigenistas al uso, “marxistas” o no, el español comprobó la imposibilidad de transformar a los cazadores del Chaco y las pampas en productores agrarios, o aun de ganarlos para el trabajo doméstico. Rodríguez de Valdez y de la Banda, gobernador de Buenos Aires en 1599, dice que los españoles no tenían servicios por “ser los indios de esta tierra gente que no tiene casa ni asientos y que a puro andar tras ellos los traen y con dádivas los sustentan y con todo esto se les van al mejor tiempo…” Los colonos deben cargar con las labores manuales: “…la agua que gastan en sus casas la traen cargada sus mugeres e hijos y ellas propias lavan la ropa de sus maridos y van a la lavar al dicho Río…”, “los vecinos desta ciudad son tan pobres y necesitados que por faltalles el servicio natural de sus indios ellos propios por sus manos hazen sus sementeras y labores con mucho trabajo andando vestidos de sayas y otras rropas miserables…” (4). En la época de Rosas, cuando las viejas vaquerías y el capitalismo agrario han liquidado el “ganado cimarrón”, los indios se empleaban ocasionalmente en las estancias, por pocos días, pero era imposible radicarlos en forma estable. En los “territorios libres”, muy pocos hacían agricultura y cría de ganado, algo que al parecer les exigía cambios en sus hábitos de vida inadmisibles para ellos. Sin embargo, no cabe afirmar que se agotaron los expedientes dirigidos a incorporarlos pacíficamente al país en gestación; que, en cambio, fueron potentes las tendencias a “resolver” la cuestión con el aniquilamiento de las tribus. Pero éstas, si nos interesa entender aquellos dilemas, deben caracterizarse con la máxima objetividad de que seamos capaces. No cabe decir, livianamente, que los indios “llevaban adelante la violencia como respuesta, en defensa de su forma de vida” ¡como si los criollos no hubieran hecho lo mismo (5)!

No es casual que las campañas sobre el Chaco y las pampas, que buscaban someter esos territorios a la soberanía del Estado, enfrentaran a comunidades de “cazadores y recolectores”, que eran las únicas que conservaban su libertad, tres siglos después de que fuesen vencidas las formaciones agrarias del noroeste, donde vivían los indios“domesticables” por el encomendero. Podría añadirse, aunque llegar a comprobarlo requiere una investigación que supera los fines del presente trabajo, que es curioso el hecho de que dentro del mundo de las comunidades pampeanas, las tribus “amigas” –muchas veces asociadas con los gobiernos criollos para combatir a “las hostiles”– fuesen las más propensas a laborear el suelo, en ciertos casos, o tuvieran “indios ricos en ganado” (6), si las comparamos con aquéllas más apegadas al malón. Una y otras, sin embargo, debían apelar a “los tratados” con los blancos, incapaces de generar un excedente económico que les permitiera obtener de otra manera los bienes reclamados para pactar “la paz” –eufemismos aparte, la renuncia al malón– con el poder criollo. Como es sabido, el precio de “la paz” era otorgar grado militar y sueldos a los caciques y jefes principales y proveer a las tribus de diversos productos, como yeguas, harina, yerba, tabaco, ginebra, ponchos, sin olvidar las botas con tacos Luis XV para “madame Namuncurá”. Este raro dato (7), antes de motivar comentarios sarcásticos, debe asociarse al hecho de que varios hijos de los caciques cursaron estudios en colegios porteños, como un signo clarísimo de la derrota cultural que aquejaba a su sociedad, antes de que los abatiera la Campaña del Desierto. Y, una vez más, llamarnos la atención sobre la mezquindad analítica de los autores indigenistas, que se empecinan en ignorar las leyes históricas, para secundar el prejuicio y la animosidad de Bayer, tan inconsistentes como la ideología anarquista, preñada de moralinas, ese disloque moral que el diccionario define como “moralidad inoportuna, superficial o falsa”. En su obra sobre Roca, hace casi medio siglo, Alfredo Terzaga nos daba en cambio la clave científica para encarar el examen que intentamos aquí: para comprender el desenlace final de la tragedia no debía olvidarse que su origen era “la coexistencia cultural y económica, a un mismo nivel temporal, de dos sociedades en opuestos estadios del desarrollo de la civilización… (8)”

¿Quién es el Videla del siglo XIX?

Hemos explicado la incongruencia de discriminar al General Roca, cuando se juzgan las relaciones de la sociedad criolla del siglo XIX con el mundo indígena. Su papel, a lo sumo, fue tener éxito donde otros fallaron: someter al indio a la soberanía del Estado “nacional” argentino. Atendible sería, en tal caso,  condenar a toda la sociedad criolla: si fuimos antaño un pueblo genocida, habría que asumirlo. ¡Ni José Hernández, nuestro poeta nacional, salva la prueba! Por suerte, esto sería una arbitrariedad, fruto de la pérdida de una perspectiva histórica, que estaríamos reemplazando por una moralina, que, para ser consecuente, debería condenar a la historia en bloque y a los hombres que la protagonizaron, en todas las latitudes y todos los tiempos ¿O hay alguna época donde no exista la guerra entre las naciones, las etnias, las clases sociales y las relaciones entre los humanos sean inmaculadas, carentes de violencia, dramas y sangre? Desconocer que esa Arcadia no existió jamás sólo conduce a transformar la historia en la primera víctima del capricho moralizador, sin aceptar que la vida de todas las colectividades es inabordable desde la escisión maniquea entre buenos y malos, víctimas y victimarios. Hemos citado a Martínez Sarasola que con esa visión ignora que los “cristianos” también defendían “su estilo de vida”. Dicho autor denuncia el crimen, al recordar que en Buenos Aires la impiedad blanca separó a las madres de sus hijos pequeños, dándolos como criados a las familias elegantes. Tiene razón: esa insensibilidad nos espanta, como a los argentinos de aquel momento que repudiaron esa crueldad, haciendo lo posible por ponerle coto. Pero, no por eso vamos a ignorar el drama de las cautivas y las incontables tragedias generadas por el malón y demás atrocidades, que tuvieron como responsables a todos los bandos de aquella época. Sólo el prejuicio puede hacer de Roca el chivo expiatorio del siglo que registra, entre muchos crímenes, el genocidio del Paraguay, el exterminio del gaucho y el artesanado del interior. La barbarie de “los civilizados” no fue menor que la barbarie montonera y pampa, los tachados de “barbaros”. En el presente, estando lejos de haber superado las sucesivas “grietas” de nuestra historia, para convivir sin odios, el país necesita al juzgarse a sí mismo balances equilibrados, que fortalezcan su identidad, menos irracionales y más maduros.

Hasta donde sabemos, la literatura indigenista omite decir que, como fue habitual en otros choques con tribus “hostiles”, en la Campaña del Desierto obraron oficiales y soldados indios, en el Ejército nacional, en proporción  elevada (9). Una vez más ¿cabe sostener seriamente un juicio, escondiendo bajo la alfombra los datos que hacen complejo el problema y quizás horaden nuestras premisas? ¿O en vez de premisas tenemos un prejuicio y defenderlo admite cierta indecencia? ¿Se saldrá del paso juzgando como “traidores” a los lanceros indios que desmienten la visión del salvaje ingenuo? Nada menos que el Coronel Álvaro Barros, reconocido promotor de una política de integración pacífica del  indio, dice que ellos hacen la guerra “para procurarse recursos de subsistencia que no han aprendido a adquirir con el trabajo”(10). En este contexto, tras décadas durante las cuales han fracasado otras políticas, se impone el proyecto planteado por Roca al ministro Alsina, mientras vivía en Río Cuarto, en 1874, de terminar con los fortines y ocupar el territorio. Como se sabe, Alsina lo archiva y recién se realizará después de su muerte, con el tucumano en el Ministerio (11).

El autor ya nombrado, Martínez Sarasola, provee cifras que ratifican la arbitrariedad de la tentativa de distinguir a la Campaña del Desierto del resto del cuadro de la lucha contra los indios: para el ciclo que abarca desde 1821 hasta 1848, que incluye las campañas realizadas por Rosas, el número de muertos se eleva a 7.587. A su vez, en la Patagonia, entre 1878 y 1884, las víctimas fatales suman un total, entre los indígenas, de 2.196, contabilizándose alrededor de 14.000 prisioneros. Debe añadirse  que los sobrevivientes, como los criollos pobres, tuvieron como destino los obrajes y cañaverales del norte, ser peones de estancia o encerrarse en las reducciones, en el mejor caso, a laborear la tierra. Otros encontraron un destino militar, ganados para un Ejército que no guerreaba ya, pero tenía en los territorios un papel central (12). En general, conquistado “el desierto”, estamos ante el ascenso de la Argentina moderna, que deja atrás las guerras civiles, el mundo de los fortines, el malón y “las fronteras”, que el Martín Fierro reflejó genialmente. A nuestro entender, aunque seguramente esta conclusión no agrade al indigenismo, el país que el roquismo dejaba atrás no reunía condiciones que lo hagan acreedor de una añoranza postrera. No puede vérselo como un paraíso perdido. Ninguno, entre sus habitantes, podía gozar razonablemente de la vida en aquella situación, donde lo atroz (la violencia, la incertidumbre, la miserias y el hambre), eran el pan nuestro de cada día.

Particularmente, los años que van desde la Batalla de Pavón hasta el triunfo roquista de 1880 cubren de oprobio a esas dos décadas del siglo XIX, del dominio de la burguesía comercial porteña, liderada por Mitre. Bajo su dictadura, con el Imperio Británico como inspirador supremo, la constante es la guerra, el aniquilamiento del Paraguay, el vasallaje de las provincias, la decisión de exterminar a la población criolla, el librecambio como recurso para destruir las artesanías e imponer la importación industrial inglesa, la convicción de que gastar un solo peso fuera de Buenos Aires es un derroche, en fin, la prosternación ante Europa, la negativa a solidarizarse con los países hermanos y a concebir al país con raíces latinoamericanas, revelan que Mitre, no Roca, es el Videla de aquella época.

El carácter antinacional del antirroquismo

No admiten esa conclusión los antirroquistas. No por amor a Mitre, sino por su matriz antinacional. Esta afirmación puede parecer un exabrupto, pero sólo resume la repugnancia que sienten los tipos como Bayer, sus epígonos y el  “marxista” cipayo frente a Yrigoyen y Perón, los líderes nacionales del siglo XX. Esa aversión es la clave para entender el origen del odio a Roca, antecesor de aquéllos en el siglo XIX (13).Es notorio, hoy, que el partido socialista de Juan B. Justo y el stalinismo argentino enfrentaron a Yrigoyen, se aliaron con los radicales ya domesticados de Alvear y terminaron forjando la Unión Democrática, en 1945, contra Perón y la clase obrera, tachados respectivamente de militar “nazi” y lumpen proletariado. Bayer, su discípulo, Marcelo Valko, y la “izquierda” ligada actualmente al FIT, coinciden en esforzarse para atribuir a Yrigoyen el asesinato de indígenas y hacer del suceso del “Malón de la Paz” la prueba de que Perón también rechazaba las justas reivindicaciones de los indígenas de Jujuy, pacíficamente planteadas. Con más equidad, Martínez Sarasola, sin polemizar, lo desmiente, explicando cómo Yrigoyen mejoró la condición de los indios y los indígenas de Jujuy, que Perón no atendió, recibieron más tarde tierras fiscales y apoyo estatal en maquinaria y semillas ¿por qué recordarlo –razonarán entretanto los cipayos “de izquierda”– y echar a perder el plan de probar que Roca, Yrigoyen y Perón fueron abominables (14)?

Cierta opinión afín al peronismo ignora o subestima lo que está en juego y le sigue la corriente a los  indigenistas-antirroquistas. Con la guardia baja ¿no advierte que se ataca la identidad de un país que es débil frente a la colonización cultural y a la influencia ganada por Mitre y su escuela? ¿Es tan difícil comprender que La Nación, al “reivindicar” a Roca, gana tres batallas, al mismo tiempo? Primera, hacer irreconocibles al general y su época; segunda, sumar a su patrimonio los méritos del roquismo en la construcción del Estado y la formación de una estructura económica más “nacional”, algo que se logró enfrentando la oposición mitrista; tercera, ocultar la mezquindad de Mitre y la burguesía comercial porteña, para quienes Sarmiento y Avellaneda “derrochan el dinero”, cada vez que fundan una escuela en el interior, los “trece ranchos” que el mitrismo desprecia… y empobrece al privarlos de medios de vida (cualquier coincidencia con hechos recientes prueba que se trata de los mismos actores, hoy más envilecidos).

De cualquier modo, es pueril pensar en homenajes y condenas, antes de construir juicios maduros, en un país cuya historia oficial y su contracara rosista, de filiación también porteña, se empeñaron en crear, para impedir la comprensión de nuestro pasado, una galería de héroes y villanos, en blanco y negro. En consecuencia, no se trata de sacralizar a Roca y la generación civil y militar del 80. Se trata, sí, de hacer un examen que no soslaye ninguna de las cuestiones implicadas en el estudio de un ciclo fundamental en la vida nacional, que no puede abordarse unilateralmente. Al contrastarlo con el mitrismo, cuya base social eran los exportadores e importadores porteños, que condenaban al país a producir sólo “pasto”, como decía Pellegrini. Los molinos harineros, la industria vitivinícola, la azucarera y hasta las cementeras y caleras, se levantaron pese a ellos. Si cotejamos ambos modelos, el roquismo acredita un carácter nacional, aun sin considerar al núcleo de sus partidarios que fundó el Club Industrial y pretendió imponer una política proteccionista, lográndolo a medias. No obstante, es preciso decir que no expresaba a una burguesía nacional decidida y clarividente, similar a la que,  varias décadas antes, impulsaba el capitalismo en EEUU, guiada por los principios recomendados por Hamilton. Pese a lo cual estaba muy lejos de la visión porteña, con la cual terminó conformando una síntesis. A nuestro entender, esta caracterización flexible nos brinda una aproximación despojada de prejuicios, que no puede ignorar el peso determinante que la prosperidad indiscutida que acompañó la expansión del modelo agroexportador tuvo sobre la conciencia de nuestras poblaciones, hasta la crisis mundial de 1930. Sin la menor pretensión de cerrar el debate, creemos que avanza en la tarea de elaborar un juicio racional y matizado sobre la gestación de la Argentina y su Estado “nacional”. El lector juzgará.

La Patagonia y sus destinos posibles

Es natural que a un anarquista, como Bayer, le importe un pito que el Estado argentino ganara para sí  los territorios patagónicos y, fingiendo creer que sin el General Roca aquéllos estarían aún en poder de los indios, arremeta contra los responsables de que el sur americano permaneciera bajo la soberanía de Argentina y Chile, sin caer en manos de algún país europeo ¡Lástima que Bayer no lo diga así, con toda franqueza, para que los argentinos y los chilenos lo aplaudan o lo repudien!

¿Cuál era el modelo alternativo al que se impuso finalmente, al someter a los indios a la soberanía argentina? Esa cuestión es insoslayable para juzgar –sin perder de vista la tragedia indígena– lo que efectivamente ocurrió. Ya que es obvio, aunque muchos ensayistas se nieguen a reconocerlo, que el mundo aborigen tal cual era no podía sobrevivir al impacto de las tendencias que prevalecían al final del siglo XIX, en todo el planeta, doblegando culturas más sólidas que las del sur americano. ¡Es tan evidente que el modo de producción y las relaciones sociales que caracterizan a una comunidad de cazadores-recolectores no podían subsistir! Era necesario salvar la distancia con el nivel civilizatorio del mundo criollo, algo para lo cual había obstáculos de carácter estructural. Los contemporáneos, sin embargo, con la excepción de Roca, estaban un problema que les parecía insoluble.  Es curioso el hecho, confirmado por la lectura de la prensa y los discursos parlamentarios, de que viesen lejana la solución del llamado “tema de la frontera”, mientras el Ejército roquista marchaba hacia el sur (15).

Nadie puede creer que sin la Campaña del Desierto los toldos albergarían aún a los indios, en el siglo XXI, así como ningún poder humano pudo impedir, en su hora, que el tren desplazara a la carreta y la galera. Lo cual no quita que nos interroguemos si era posible otro modo de incorporación del indio a la sociedad que estaba forjándose; analizar sin anteojeras a todos los actores; evaluar los problemas  ideológicos y estructurales opuestos a esa meta, que tuvo impulsores, pero también enemigos, tanto en la sociedad criolla como en las tribus pampeanas. La mirada del investigador no debería limitarse a decir que el final fue atroz para los vencidos, para no caer en la tontería de “solidarizarnos” con las víctimas de la historia humana e “indignarnos” con el resto; alegar, como Bayer, que es posible aún hacer justicia a las brujas quemadas por la Inquisición en la hoguera, si “se asume” el crimen (16). ¿A quién le sirve semejante impostura?

Con pertinencia, preguntemos: ¿si el Estado argentino hubiese fracasado en la lucha por gobernar el territorio ocupado por las tribus indígenas, éstas hubiesen construido una nación? La nación es una formación moderna soldada por el desarrollo capitalista, no una suma de grupos étnicos, unidos precariamente por las jerarquías tribales. Sin aquel carácter ¿es posible que los aborígenes lograran impedir que Chile u otros países les impusieran su dominio? En este caso ¿hubiesen tenido un mejor destino? Todo indica –los indigenistas deben tratar este tema– que los grupos tribales de cazadores que sobrevivían en nuestro sur en el siglo XIX carecían por completo de las fortalezas estructurales necesarias para eludir la pérdida de los “territorios libres” e impedir el sometimiento, violentando su cultura, por uno u otro de los países que aspiraban a establecer su dominio en los territorios del sur: Argentina, Chile o alguna potencia europea.

Desde una perspectiva latinoamericana, debe concluirse que en el mejor de los casos la Patagonia argentina sería hoy parte de Chile. Su población indígena, si así fuese –los hechos hablan– no estaría mejor. Pero no cabe descartar la hipótesis de una colonia inglesa o francesa, como Guayanas… o Las Malvinas. Cuando el Comodoro Lasserre, enviado por Roca, toma posesión de la Bahía de Ushuaia, en octubre de 1884, lo hace arreando la “Unión Jack”, de la Misión Anglicana, que obraba como una vanguardia del dominio británico, e izando nuestra bandera, que flamearía en Tierra del Fuego ya definitivamente (17).

¿Los pueblos colonizados por el Imperio Británico, Francia u Holanda, tuvieron más suerte? La India, China, Vietnam y Argelia, no sufrieron menos el dominio imperial y la destrucción consiguiente de su modo de vida. Y estamos hablamos civilizaciones antiguas, pioneras en el desarrollo de la cultura y la ciencia, en mayor medida que la propia Europa. Si no ignoramos esta realidad, es ilusorio suponer, como viene señalándose, que el mosaico tribal que habitaba las pampas y el sur austral pudiera parir una formación social apta para sostener un desarrollo autónomo, vedado en América a culturas más avanzadas, como la incaica.

Esto no significa ignorar la tragedia que se abatió sobre las tribus vencidas, su emigración forzada, todas las vejaciones que les fueron causadas, la crueldad evidenciada al destruir sus familias, separar a los niños de sus respectivas madres, como la mezquindad o ausencia de acciones que facilitaran su inmersión en el mundo de la “sociedad blanca”, cuyos sectores dominantes sólo se interesaron por servirse de ellos en las tareas domésticas, el obraje y las minas; en el mejor de los casos, quizás, para los varones, en darles un lugar en las fuerzas armadas. Pero dicha tragedia –aquí nos apartamos de la “sensibilidad indigenista”– no fue más terrible que la sufrió la población criolla pobre; también ella fue privada de la tierra, la libre disposición del ganado orejano y debió admitir, como en otros países también atravesados por trastornos semejantes, que en el nuevo orden del capitalismo semicolonial, sólo podía comer y reproducirse como el proletario moderno, vendiendo en el mercado su fuerza de trabajo. Esta situación, para los trabajadores, perdura hoy, sea cual sea su origen étnico. La pérdida del territorio, esa modificación tremenda para las condiciones de vida de los pueblos indígenas, fue en ocasiones compensada con cesiones de tierra, algo que no ocurrió con el gaucho y el artesano del interior olvidado y la provincia bonaerense, privados del suelo antes de que arribara la Campaña del Desierto, para dar lugar a la propiedad terrateniente. El proceso, que los afectó a todos los paisanos pobres, indígenas o no, desecha el sueño de “retornar al paraíso” o de expedientes fundados en dar la tierra a cierta parcialidad, cuando en verdad se trata de transformar una totalidad, mirando hacia adelante: liberar al país del dominio oligárquico y la dependencia semicolonial, un bloque parasitario que obstruye la formación de una patria para todos.

Pero esta realidad, la sobrevivencia de una elite parasitaria que oprime a las mayorías, suele filiarse, por error, como fruto buscado por la Generación del 80, ignorando el rol que pretendió cumplir tras vencer a las fuerzas que lideró Mitre, el verdadero jefe de la oligarquía argentina, sempiterno socio del capital inglés. Si después de Pavón el interior sufre la dictadura mitrista en términos sangrientos, pero logra más tarde alterar ese estado, e imponerse finalmente a la elite porteña, esto obedece a la extrema debilidad del apoyo que Mitre tenía fuera de Buenos Aires; sólo un puñado de comerciantes ricos de las ciudades principales, ligados a la burguesía comercial porteña, apoyaban al “liberalismo” de Mitre y Sarmiento, un credo librecambista, remedo servil del conservadorismo europeo. La gran  mayoría del interior –sostén fervoroso de la Confederación urquicista– soportó horrorizada a Mitre y sus generales sanguinarios o se alzó con Peñaloza, Varela y López Jordán, hasta que logró madurar una nueva síntesis, con la Liga de los Gobernadores y la generación militar liderada por Roca.

El roquismo, Mitre y la construcción del Estado

Una de las pruebas de la miopía indigenista es pretender que Roca fue nada más que la Campaña del Desierto. Su figura “abarca” un cuarto de siglo de la historia nacional y en ese periodo se construyó la Argentina, como Estado moderno. Sin embargo, para esa “escuela”, el resto de la obra del general tucumano no merece ningún examen. En realidad, sin crítica alguna hacia la historia oficial, toman partido por las visiones antirroquistas urdidas por una parte de “la sociedad blanca” (que en bloque repudiaban, al parecer). De allí toman, para juzgar a Roca y la generación del 80, la leyenda histórica que glorifica a Leandro Alem, un aliado de Mitre, adverso a Yrigoyen y, so pretexto del gigantismo futuro de Buenos Aires, enemigo de su federalización. Un porteño, en suma y por esa razón enemigo de Roca. Con etiqueta “marxista”, esa misma versión, desde Juan B. Justo en adelante, goza del favor de la “izquierda” cipaya. El antipersonalismo radical y el cipayismo de izquierda, pues, completan el cuadro de los aliados historiográficos que la pequeña burguesía aporta a la obra intelectual mitrista, cuyo núcleo es el dogma Civilización y Barbarie. Como, por su parte, el nacionalismo católico busca también sepultar a Roca y la generación del 80, que al construir el Estado ofendieron al clericalismo, los mitristas actuales tienen la fortuna de que otros hagan el trabajo sucio de horadar a Roca, desde “la izquierda” y la derecha. Esa confluencia de opiniones, tan antagónicas en apariencia, le permite a los liberales, que La Nación lidera, “reivindicar” a Roca y la generación del 80, como si fuesen suyos.  ¡Extraña unanimidad! De Caseros en adelante prevalecería entre nosotros “el orden conservador”, al  que recién pone fin la llegada de Yrigoyen. El país agroexportador se construyó sin conflicto; no hubo disidentes, como los impulsores del proteccionismo y el desarrollo industrial; nadie denunció, en ese periodo, la extorsión ferroviaria inglesa, ni luchó para mantener en manos del Estado el primer tren. Semejante vaciamiento ¿a quién beneficia, que no sea el mitrismo en todas sus variantes? La historia del país enfrenta a dos bloques –patria y colonia– desde la Revolución de Mayo. Desconocerlo, crear una fantaseada “sociedad blanca” vs “pueblos originarios”, prologando la pugna entre “la derecha” y “la izquierda”, ambas oposiciones entre el Bien y el Mal, sólo puede oscurecer la conciencia nacional, lo que equivale a favorecer la hegemonía oligárquica. El mitrismo, espíritu de una elite europeizada y venal, se apropia del aporte del interior nacional al calificó en vida de “chusma provinciana (18). Los epígonos de Mitre –no olvidar que tuvo en los clericales un aliado y en la plebe alemista el respaldo “de izquierda”, contra Roca y Juárez– tildaron al de “jefe de la oligarquía”, antes de señalarlo como el “genocida” del indio. Los seudo marxistas, que contribuyen a la farsa con terminología clasista, no dudaron en inventar una nueva categoría: las “oligarquías provinciales”, que habrían sido la base del roquismo. En realidad, son abrumadoras las pruebas que desmienten el disparate, ya  que el interior generó un patriciado “con alcurnia”, pero pobre; los ricos del interior, dijimos, fuertes comerciantes ligados a la burguesía comercial porteña, eran mitristas. Algunos provincianos, como Roca, ingresan  después a la elite terrateniente, pero atribuirles esa condición, en el momento en que enfrentaron a la ciudad porteña, en 1880, es tan arbitrario como responsabilizar a la movilización del 17 de octubre de 1945 de la política de Menem, en la década del 90 (19).

Si Roca fue “el jefe de la oligarquía” ¿por qué lo aborrecieron Mitre y los porteños? Si ambos “eran lo mismo” –interpretación quizás grata a Nicolás del Caño– ¿por qué se enfrentaron, en el campo de batalla, con miles de muertos, en 1880? ¿Cómo explicar que ese año puso fin a las guerras civiles del siglo XIX, con el triunfo de la Nación, mientras seguía su curso, en el sur, la lucha por imponer la soberanía de Estado a las tribus indias?

Es imposible comprender cada una de las empresas que asumió Roca y la generación civil y militar que lo secundó sin el hilo conductor que permite apreciarlas como un todo. Tanto la federalización de la ciudad porteña, del puerto y su aduana, como la toma de posesión de los territorios australes se inscriben en un proyecto de construir “la nación”, consolidando su Estado (entrecomillamos la nación, pensando que el término debería reservarse para la unión latinoamericana, pero sabiendo que dicha causa se había extraviado en los primeras décadas del siglo XIX; y su fragmento, argentino, podía sufrir nuevas divisiones, mientras siguiera predominando la facción porteña, que impulsó la desmembración del antiguo virreinato). La Argentina escindida por la perfidia del Puerto coexistió  con el mundo indígena, que tuvo participación en nuestras contiendas, aportó lanceros a todos los bandos y, suscribiendo tratados con todos sus gobiernos, era un factor interno de la vida del país, no una nación vecina.

De modo que a la anarquía generada por la irresolución del conflicto entre el Puerto y las provincias del interior, se añadía como una muestra de la extrema debilidad de la sociedad criolla anterior al 80 la incapacidad para lograr una condición esencial del Estado, cual es el monopolio de la fuerza pública. Nótese, para dimensionar mejor ese problema, que para resistir la federalización de su Puerto y su Aduana, con la creación consiguiente de la Capital Federal, la provincia separatista pudo apelar a su propia milicia, institución existente en los Estados provinciales, hasta el advenimiento del roquismo.

Todo esto, aun sin mencionar el fuerte desarrollo de las economías regionales que no forman parte de la zona pampeana, la ocupación plena del territorio nacional y el sistema estatal de Educación Pública, entre otros aportes a la construcción del Estado que el país debe a Roca y los suyos, nos da la medida del papel histórico de la generación del 80 y la perfila como opuesta respecto al mitrismo y la matriz creada por el autor del Facundo, que, en las antípodas de Roca, creía que nuestro mal era la extensión. Desde luego, esto no implica advertir, al mismo tiempo,  los puntos de contacto entre unos y otros (20).

Los derechos del indio vivo, la miopía del etnicismo y las tonterías ultraizquierdistas

Para una visión marxista nacional, las demandas basadas en la condición étnica deben subordinarse a la lucha por liberarnos del yugo imperialista y, en un sentido más general todavía, a la construcción de una sociedad sin explotadores y explotados. La unidad latinoamericana es la única garantía contra el poder imperialista, que nos dividió y oprime, para sostener el bienestar del “mundo occidental”. Los reclamos legítimos de una fracción étnica, que en los países andinos, mezclada hasta confundirse con la población mestiza es amplia mayoría, no debe oponerse a la lucha común de los pueblos latinoamericanos, cuyo real enemigo es el bloque conformado por el imperialismo mundial y sus secuaces oligárquicos, ambos beneficiarios de cualquier división de las mayorías oprimidas. De todos modos, la dispersión, o lo que es peor, el antagonismo en el seno del campo antiimperialista, sólo puede nacer de una mala interpretación de las demandas parciales, que genere por error –o con alevosa premeditación– rivalidades sectarias en el seno del pueblo, mal procesadas por las fuerzas populares, lo que ocurrirá forzosamente si un reclamo sectorial es levantado de modo unilateral, en desmedro del esfuerzo de constituir un sólido movimiento nacional, única formación apta para llevar exitosamente la lucha antiimperialista.

Así las cosas, es pueril ignorar –cuando no malintencionado– la presión que ejercen diversas ONG, con respaldo europeo-norteamericano, para utilizar las demandas de grupos indígenas en un sentido divisionista, cuando no dirigido –la contra nicaragüense, financiada para destruir al poder sandinista, es un ejemplo de instrumentación imperialista– a socavar a gobiernos nacional-populares y debilitar al Estado, que necesitamos para enfrentar al capital extranjero (21).

En la Argentina (sin que “la cuestión indígena” jugara aquí papel alguno) la Constitución del 94, fruto  del pacto Menem-Alfonsín, cedió poderes del Estado Nacional al área provincial, atomizando al país. Las heridas que subsisten a la secular derrota y consiguiente postergación de la población indígena, son o pueden ser también un ariete, para crear grietas en el bloque nacional y las clases populares que le dan sustento. Sin rechazar la demanda de asientos territoriales que les permitan mantener su estructura comunitaria, sino, por el contrario, dándole una respuesta seria e integral, que facilite su integración a la Argentina moderna, no puede omitirse que la apropiación oligárquica –que incluye a capitalistas de origen foráneo– no afectó solamente a los aborígenes, sino también al criollo, todo lo cual respondía al desarrollo del capitalismo semicolonial argentino. El acceso a la tierra, si aquéllos que deseamos respaldar los reclamos de comunidades indígenas los levantamos como privilegio de un segmento poblacional, sin incluirlo en un programa más integral ¿cómo podríamos luchar por el apoyo de los habitantes de nuestros suburbios, que necesitan un terreno para construir su casa a un reclamo que no los incluye? La militancia popular debe unir, no enfrentar, a unos con otros, en lugar de agitar demagógicamente lo que exige con razón un grupo minoritario: los indígenas argentinos. Tenemos que presentar un plan general de acceso a la tierra (un derecho humano). Pero éste es un tema que, siendo muy importante, no es el más grave de los errores en que caen los “indigenistas” y “marxistas” de la sociedad argentina.

El más grave es la invención de “una cuestión nacional”, según la cual –vaya como ejemplo el caso de la Argentina– una “nacionalidad” dominante oprime a otras, las “naciones” indias. Curiosamente, las comunidades indias, salvo algún mapuche bajo influencia “blanca”, plantean demandas sociales y culturales, pero no reclaman la autonomía nacional. Esta última es sugerida –el indigenismo apunta, si es ajeno al “marxismo”, a reivindicar genéricamente a los “pueblos originarios” y reclamar justicia al Estado que los margina– por ciertos autores de la “izquierda” cipaya, que ignoran olímpicamente        la teoría marxista, imitando como simios la política de Lenin en el Imperio Zarista o, lo que es peor, ocultando con descaro las enseñanzas de Trotsky sobre la cuestión nacional latinoamericana (22). En el primer caso, Rodolfo Ghioldi reclama, en 1933, como intérprete del stalinismo, “el derecho capital de las nacionalidades indígenas a la separación” (de la Argentina); “derecho” que hace extensivo a “las colonias judías de Entre Ríos” y a “las regiones italianas con sus diversas lenguas” (23). Incapaz de pensar con su propia cabeza, al dirigente stalinista no se le ocurre pensar que la Argentina no es un Imperio, sino un país sometido al imperialismo mundial y que el problema nacional, en América Latina, es el inverso: si el zarismo oprime diversas naciones y los bolcheviques reconocen el derecho a la separación, en Latinoamérica debíamos superar la fragmentación impuesta por el imperialismo y las oligarquías, para unirnos y constituir nuestra nación. El Zarismo era plurinacional; aquí éramos una provincia escindida de la Nación Latinoamericana. Pero, si en la década del 30 esto puede verse  como una puerilidad –en el marco de la degeneración que siguió al triunfo de Stalin en la URSS– esa piedad no merece aplicarse a la ultraizquierda “trotskista”, que ignora a Trotsky y quiere inducir a los pueblos indígenas, señalando que no lo exigen, a reclamar a la Argentina la autonomía nacional (24).

¿Hace falta explicar quién ganaría ante esa concesión a “naciones” que son minorías étnicas, sin la fortaleza y los atributos que reúne esa categoría históricamente determinada de “la nación”, que la teoría marxista define precisamente –de cualquier modo, entre etnia y nación hay un abismo para la teoría política usual– como formación asociada al desarrollo del capitalismo, dueña de una lengua, un territorio y un pasado común, determinadas creencias, donde puede faltar algún elemento, pero nunca el impulso a unificar ese territorio como un mercado interior (25)? ¿Es tan difícil advertir que el zarismo oprimía, con base en Rusia, a naciones como Polonia, Georgia, Ucrania y otras tantas, con la estructuración de clases propia de los países donde el modo de producción es capitalista, aunque éste conviva con el atraso agrario? ¿Dónde encontramos algo similar en la América precolombina, cuyas culturas avanzadas sólo levantaron ciudades neolíticas, no conocieron la propiedad privada y aún exhiben, en las formaciones sobrevivientes, una indiferenciación social muy acentuada?

No se trata de un dato menor, para establecer la política del socialismo revolucionario. En relación al zarismo (¿lo ignoran estos “marxistas”?) los bolcheviques adoptaban una posición que combinaba el reconocimiento incondicional al derecho a la autonomía de las naciones oprimidas, por un lado, con el internacionalismo estricto como principio del proletariado de todo el imperio, para impulsar a todas las naciones del mismo a federarse en lo que luego sería la URSS, en igualdad de condiciones, y asegurando a las naciones la libertad idiomática, el estímulo a su cultura y el respeto a sus creencias, su religión y tradiciones. La tontería seudo marxista de dar “autonomía nacional” a las comunidades tribales, por el contrario, significa exponer a formaciones endebles a la manipulación de las grandes fuerzas mundiales, que no tendrían cómo resistir. Un absurdo, pero además un crimen, contra esos pueblos y contra la única posibilidad de que los indoamericanos, un pueblo mestizo, en realidad, seamos libres y podamos construir una sociedad rica, independiente y justa, sin perjuicio del respeto y el estímulo a las culturas, los idiomas, los saberes precolombinos y las tradiciones que enriquecen la diversidad americana (26).

Córdoba, 29 de enero de 2020

Notas:

1) La categoría “genocidio” es muy estricta y el lector puede verificar por sí mismo hasta qué punto se abusa de ella, extendiéndola a la conquista y el sometimiento de otros pueblos, en general, hechos en los que abunda toda clase de crueldades, pero en la mayoría de los cuales no existe el objetivo de exterminar al vencido. Ejercicios de violencia, como integrar a la Marina a 300 indios –lo decidió Roca, ya en su presidencia– no buscan su muerte, sino incorporarlos a un servicio que también ocupaban los criollos, aun siendo hombres “de tierra adentro”. El servicio militar es una vejación para un anarquista, pero fue instituido por las revoluciones democráticas.

2) Carolina Jurado, Un fiscal al servicio de su Majestad: Don Francisco de Alfaro en la Real Audiencia de Charcas, 1598-1608, https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4729341; Carlos Baciero, Juan de Solórzano Pereira y la defensa del indio en América, enero-junio 2006, https://pdfslide.net/documents/baciero-carlos-2006-juan-de-solorzano-pereira-y-la-defensa-del-indio-en.html

3) Godelier, Marx, Engels, El modo de producción asiático, Eudecor, 1966. En el texto de Marx “Formaciones económicas precapitalistas”, al hablar de “las tribus indias salvajes de América” el autor dice, en pág. 20: “la tribu considera que determinada región constituye su territorio de cacería y lo conserva por la fuerza frente a otras tribus o procura expulsarlas del territorio que reclaman”. Del conjunto de las reflexiones de Marx se deriva la conclusión de que las condiciones de vida de los cazadores-recolectores difieren en tal grado –no hay juicio de valor, sino un dictamen– de las que rodean al agricultor que hacer del primero un productor agropecuario exige superar hábitos de vida muy arraigados, lo que hace incierto el resultado de la empresa. La resistencia al cambio es identitaria ¿acaso nosotros responderíamos mejor en el caso inverso?

4) S. Assadourian, C. Beato, J. C. Chiaramonte, Argentina, de la conquista a la independencia, pág. 82, Hyspamérica, 1986.

5) Carlos Martínez Sarasola, Nuestros paisanos los indios, pág. 357, Ed. Del nuevo Extremo, 2012. El autor dice no tener “ánimo de justificar la violencia de ningún lado”, pero a renglón seguido usa un argumento que muestra su parcialidad. La contradicción deriva de considerar al criollo como un “intruso” en “el territorio indio”. Metafísicamente, se otorga al araucano, también un migrante, un derecho que “el blanco” no tendría, aunque llevara en América 300 años. No se advierte lo endeble de esa posición; basta con recordar que la     migración es constante en la historia humana y animal; el avance araucano sobre las tribus primitivas de la Patagonia argentina hace caer esa defensa del “pueblo originario”, tanto como la expansión de los incas y los aztecas. Los españoles, como sabemos, usaron la voluntad de enfrentar a los incas y los aztecas de pueblos que éstos habían sometido.

6) Ingrid de Jong, Facciones políticas y étnicas en la frontera: los indios amigos del Azul en la Revolución Mitrista de 1874. La autora cita un juicio de Teófilo Gomila, en un trabajo de mucho valor para comprender el complejo mundo de “las fronteras”. Todo el relato de la intervención de los catrieleros en el alzamiento mitrista, incluido el asesinato de Cipriano Catriel, indica con claridad que las relaciones entre la sociedad criolla y los indios no pueden esquematizarse del modo habitual en los enfoques indigenistas.

7) Coronel Juan Carlos Walter, La conquista del desierto, pág. 771. Ed. del Círculo Militar, Buenos Aires 1964. Citado por Jorge Abelardo Ramos, Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, Tomo II Del patriciado a la oligarquía, pág. 96, Editorial Plus Ultra, 1973.

8) Alfredo Terzaga, Historia de Roca, Tomo 2, pág. 20, Peña Lillo, 1976.

9) Alfredo Terzaga, Ibídem, pág.103 a 113.

10) Álvaro Barros, Fronteras y Territorios Federales de las Pampas del Sur, Hachette, 1975.

11) Alfredo Terzaga, Ibídem. Ver en su Apéndice la carta de Roca, dirigida a Alsina, el Ministro de Guerra.

12) Carlos Martínez Sarasola, Ibídem, pág. 707. El autor, investigador concienzudo del mundo indígena, no parece odiar particularmente a Roca. Es más bien un indigenista genérico, cuya proximidad o simpatía hacia los pueblos originarios se basa en creer que estos tenían una inocencia virginal y los blancos eran ambiciosos y crueles. Estos “blancos”, desde luego, son una abstracción; se elude el análisis de la actitud que tenían los criollos pobres hacia el poblador de los toldos.

13) Yrigoyen fue diputado roquista en el 80 y en dicha ocasión voto por federalizar la Ciudad, la Aduana y el Puerto de Buenos Aires. En otro momento, dijo que hacerse mitrista era “como hacerse brasilero”, aludiendo a la guerra de la Triple Alianza.

14) Marcelo Valko, Los indios invisibles del Malón de la Paz, Sudestada, 2007. La valoración de Valko contrasta con la expuesta por Martínez Sarasola. Entre el fanático y el investigador no hay un acuerdo pleno. Valko señala a Mitre como el victimario del Paraguay, donde los cálculos más serios –él no los menciona– arrojan la friolera de 300.000 muertos, el 70% de la población masculina. No obstante, fiel escudero de Bayer, Valko solo pretende derribar monumentos que honran a Roca y, sin pudor, jamás sugiere derribar estatuas o rectificar el nombre de una calle que rinda culto a Mitre.

15) Es curioso que pocos vieran que el final, para las tribus, estaba próximo. En Buenos Aires, ya iniciada la Campaña del Desierto, era mayoritaria la creencia de que la lucha contra los indígenas sería prolongada. Algunos decían que había que prever “tres siglos” de conflicto, para concluirla.

16) Este tipo de alegatos, firmados por Bayer, con frases pueriles sobre “el triunfo final de la ética en la historia”, llegaban desde Alemania a Página 12. Ángela Merkel, a juzgar por los artículos publicados en el diario, era valorada por su autor. Para un cipayo anarquista, por lo visto, una europea imperialista es más estimable que un populista sudaca.

17) Hugo A. Santos, Lasserre, Roca y la soberanía en la Patagonia Austral, Revista Política 3, Marzo 2007.

18) Eduardo Wilde, Los descamisados, en https: //es.wikisource. org/ wiki/Los_descamisados

19) Un análisis estricto y esclarecedor del agotamiento final del ciclo roquista y la integración de sus cuadros en la oligarquía “nacional”, algo que alcanza ya plena madurez al final del siglo XIX, puede leerse en la nota Roberto Ferrero “De los Juárez a Sabattini”, http:// www. formacionpoliticapyp.com/2014/07/de-los-juarez-a-sabattini/

20) Al Partido Autonomista Nacional concurren en el 80 fuerzas y figuras de filiación federal, que se sienten interpretadas por esa nueva formación, que vence al mitrismo en las luchas en que se resuelve la federalización de la ciudad y el puerto de Buenos Aires. 21) Un ejemplo modélico es el respaldo al “gobierno mapuche en el exilio” por Gran Bretaña. https://www.infobae.com/politica /2017/ 08/08/the-mapuche-nation-el-pueblo-originario-con-sede-en-bristol-inglaterra/

22) León Trotsky, Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina, Ed. Coyoacán, 1962.

23) Jorge Abelardo Ramos, El partido comunista en la política argentina, pág. 93, Coyoacán.

24) Azul Picón. La cuestión nacional, La Izquierda Diario N° 8, Abril 2014, la autora es del PTS. Para una crítica de esta posición ver http://www.formacionpoliticapyp.com/2015/07/la-cuestion-nacional-en-el-pts-de-leon-trotsky-a-ruben-patagonia/

25)José Stalin, El marxismo y el problema nacional, Editorial Problemas, 1946. La obra fue escrita bajo la inspiración de Lenin, en 1912, lo que no es un dato menor.

26) Una exposición específica del tema en Roberto A. Ferrero, Ni hispanismo, ni indigenismo. http://www.formacionpoliticapyp.com/ 2014/04/ni-hispanismo-ni-indigenismo/

LA “IZQUIERDA” IMPERIALISTA, LAS ELECCIONES Y EL FMI

LAGARDE Y MACRI

El PO, primero y después el FIT han rechazado la consigna de ¡Fuera, Macri!, que había propuesto el fundador del PO, Jorge Altamira. En la misma línea de Scioli y Macri “son lo mismo, votamos en blanco”, dicen ahora que gane Macri o Fernández “sigue el FMI”. Lo que significa que insisten en apoyar en los hechos al neoliberalismo. Para eso, y para cosechar diputados –Altamira dice que les interesa más que hacer la revolución – piden en las PASO y en octubre el voto a sus listas, incluidos sus candidatos presidenciales, que van a restar los votos necesarios para vencer al enemigo del pueblo argentino. Si hubiese balotaje, los argumentos que plantean indican que volverán a votar en blanco, como en el 2015.

Saben, nadie lo ignora y estúpidos no son, que el FIT no puede ganarle a Macri ¿ignoran que los EEUU y el FMI quieren su reelección? A tal punto –es un escándalo y el periodismo oligárquico lo reconoce hoy– que Christine Lagarde, por presión de Trump, autorizó usar los dólares girados por el FMI para congelar su precio y ayudar al triunfo electoral del presidente ¿Trump y el FMI saben  menos que Nicolás del Caño, Pitrola y Cía. sobre cómo cuidar el interés imperialista? Si el triunfo del Frente de Todos les diera “lo mismo” que la reelección de Macri ¿porqué está todo el poder de los centros financieros y sus medios de prensa empeñados en que Alberto pierda las elecciones?

A una secta “trotskista” que opinaba igual en la política china (decía que había que luchar contra el Japón y contra “los burgueses” chinos al mismo tiempo, sin unirse para enfrentar la ocupación del país por el ejército japonés) Trotsky le señaló que en una semicolonia, como era China, y es la Argentina, debe defenderse el interés nacional contra el imperialismo mundial. Y, como es sabido, apoyó en Méjico al General Cárdenas, una suerte de Perón azteca. No hay dudas de que atacaría indignado, hoy, la negativa del FIT de unirse a Maduro, contra la amenaza militar de intervención norteamericana, que Macri secunda. Esas premisas no han variado, aunque hoy el saqueo use especialmente la especulación financiera. Los años de Macri, de todos modos, muestran que también siguen usando “la apertura al mundo”, para destruir nuestra  industria, reducirnos al rol de productores primarios y reservar para sí la producción de mercancías más elaboradas.

El “argumento” del FIT es que ningún candidato declara la ruptura con el FMI. Sin declamaciones altisonantes, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner no cedió ante los fondos buitres. Y con obvios intereses Paul Singer fue uno de los que puso dinero en la campaña de Macri. Los buitres, por lo visto, no pensaban que Scioli y Macri “eran lo mismo”. Claro, no eran “marxistas” de maceta como los jefes del FIT.

Trump y Paul Singer son más “científicos” que estos “trotskistas”. El divisionismo ultraizquierdista les sirve en los hechos a Singer y Trump, aunque el FIT quiera confundir a los argentinos y prometa (a lo Macri) una ilusoria “revolución”. Gritan lo más, sin hacer lo mínimo. Son charlatanes. Hay que votar desde la izquierda por Alberto Fernández; ignorar a la “izquierda” que ignora al país, y lo da  en bandeja a Macri, EEUU y el imperialismo mundial. Parecen no entender que desaparecerán las industrias y la clase obrera, si triunfan los oligarcas.  Y sin industrias y sin obreros se debilitarán las fuerzas que pueden sostener una estrategia socialista ¿o será que apuestan a la única “izquierda” que tuvo en su tiempo la Argentina agroexportadora, que también combatía a Irigoyen, primero y a Perón, después? Es para pensarlo: porque si la sensibilidad no les sirve para unirse al pueblo que quiere dejar de sufrir ya, la teoría marxista debería dictarles esta conclusión: si gana Macri, gana el imperialismo.

Una posición coherente de izquierda impone votar a F-F, no fracturar el campo popular y ayudar al campo financiero internacional a saquear la Argentina: sólo derrotándolo es posible abrir vías para un protagonismo de los de abajo, principales interesados y garantes del consecuente proyecto de transformación revolucionaria que necesita el país y América Latina.

Córdoba, 31 de julio de 2019

LOS ORÍGENES DE “LA GRIETA”

La respuesta al desafío electoral, por parte de Cristina Fernández de Kirchner fue, mientras el gobierno de Macri apostaba a profundizar “la grieta” y explotarla a su favor, presentar al país, y al universo peronista, la fórmula de candidatos Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner. Desbarataba, así, varias de las maniobras que Macri y su banda estaban desplegando para obstruir la unidad y la suerte electoral de las fuerzas nacionales, entre las cuales nunca se descartó la posibilidad de reiterar, en la Argentina, el tortuoso trámite del Lava Jato brasileño, poniendo en prisión a la ex presidente. Aún así, el tema de “la grieta” sigue presente, siendo la referencia obligada de los partidos, los mensajes electorales y la perspectiva que, triunfante en las elecciones –si, como esperamos, esa es nuestra fortuna– debe trazarse el gobierno popular, en la lucha por ampliar sus bases de sustentación y rescatar al país del abismo en que lo sumergió el actual gobierno. Si pretendemos, como es obvio, que no vuelvan, debe elaborarse un programa que nos libere definitivamente. En ese marco, examinar los orígenes  y “la lógica” de “la grieta” es, a mi juicio, contribuir al esclarecimiento de los grandes problemas y las tareas que aguardan a las fuerzas patrióticas.

LOS ORÍGENES DE “LA GRIETA”

Racionalidad e irracionalidad en la actualidad argentina

LA GRIETA

 

El principal interesado en superar “la grieta” es obviamente el campo popular y, por lo tanto, el beneficio de preservarla es un afán del campo oligárquico. Construirla y renovarla fue (sigue siendo hoy) una tarea del sistema de medios monopólicos, con el Grupo Clarín, el diario creado por el General Mitre y los cuscos menores trotando detrás. Fue una victoria suya, en la última década, envenenar a un sector importante del público. El viejo recurso de la moral pública, por falaz que sea, en boca de los autores de ese gran latrocinio que fue Papel Prensa, de evasiones de impuestos largamente millonarias, y un largo etcétera, siempre ha sido útil para poner bajo sospecha a los gobiernos populares, que disgustan al orden social dominante, cuyos titulares no resistirían el menor examen, pero pueden fungir como censores éticos, por ser también los dueños del sistema mediático. De todos modos, no sólo explotan ese filón. Saben captar todas las debilidades del liderazgo popular, y usarlas contra él. Y manejan a la perfección, si nosotros lo permitimos, las contradicciones que existen en el seno de las mayorías, para aplicarnos la consigna “divide et impera”. La medida de su éxito, suele decirse, es “que los pobres voten lo que los ricos quieren”. En nuestro caso, esa es nuestra desdicha, “la grieta” no responde a un choque de intereses necesariamente opuestos. Si fuera así, a un costado de la grieta estarían los especuladores, las grandes empresas de capital extranjero, los terratenientes pampeanos y muy pocos más, una ínfima minoría, constituida por los sectores verdaderamente beneficiados por el orden oligárquico. Y en el costado opuesto, las mayorías populares, cuyos intereses son coincidentes con la custodia del interés general y la defensa de la patria, tanto en sentido económico como respecto a ubicarnos en el contexto global. No siendo así, “la grieta” deviene del triunfo oligárquico sobre las grandes mayorías, perturbadas por la influencia ideológica del bloque imperialista, que ha sabido aprovechar los errores tácticos del campo popular y, sobre todo, sus incoherencias y límites para explotar a su favor las “contradicciones en el seno del pueblo”, aislando a su enemigo de una parte de sus bases potenciales. Intentaremos analizar este asunto, con el fin de señalar cómo debería superarse el problema, beneficiando a nuestra causa, que es la causa del pueblo argentino.

Entender la grieta, al mismo tiempo, nos da las claves del drama nacional y la perspectiva para saber cómo construir una mayoría amplia y sólida. En el presente, las debilidades políticas e ideológicas del campo nacional hacen que la misión de “superar” “la grieta” esté a cargo del gobierno de Macri (involuntariamente, al dañar al país y sumergir a la población en situaciones desesperantes); éste podría unir en defensa propia a las clases populares, para impedir que siga destruyendo el país. Si esto ocurre, o no, lo dirán los hechos. Pero, más allá del presente, hay razones estratégicas para cerrar “la grieta” e impedir que se reconstituya: ampliar la base de nuestras fuerzas, darles una solidez que hoy no tienen. Debe saberse que lograr esto es decisivo: Es imposible transformar la Argentina sin el respaldo y el protagonismo de las grandes mayorías. Si echamos a Macri con fuerzas precarias, sin fortaleza propia y sin emprender un proceso de liberación nacional, sólo habrá intervalos de gobierno popular, entre devastadores ciclos de poder oligárquico. Es la lección de las últimas décadas, lo que nos afecta aún y amenaza con hacer de la Argentina un país inviable.

En los flancos de “la grieta”, las cargas emocionales –intentaremos explicar qué motivos han hecho que sea así– obstruyen la reflexión (1). Y surge la creencia, falsa a nuestro juicio, de que nada pueden hacer las personas, para extinguir odios que son recíprocos; que se superen estaría “en manos de la historia”. Ésta mostrará a los necios cuán errados están, si esos necios tienen cura, creen los de un bando respecto a sus oponentes. En este marco, “el otro”, para redimirse, debe sufrir, como San Pablo, una Conversión.

Esta grieta ¿es la de siempre?

Más de uno (2) ha dicho que en la Argentina siempre existió la “grieta”. Algo de razón hay, en esa tesis. Pero la verdad, piensa Lenin, es siempre concreta. Decir que “la grieta” es la “eterna” antinomia entre el Puerto y el Interior, radicales y conservadores, peronistas  y gorilas, es un modo de salir del tema… sin haber entrado. Pero no analizarlo, considerarlo “insuperable” fatalidad histórica, es predicar la impotencia (frente al destino, nadie la talla, dice el tango). Y en la práctica, es colaborar con quienes explotan lo que Mao llamaba “las contradicciones en el seno del pueblo”. Por otra parte, es eximir de culpas al liderazgo del campo nacional-popular, que, como veremos,  le facilitó las cosas al poder oligárquico, actor principal en trastocar los términos del debate público y fomentar discordias en el seno de nuestro pueblo (3).

El desliz más frecuente, en las miradas fatalistas, es señalar una supuesta invariante: una parte del pueblo argentino –nuestras clases medias– no tiene remedio. Dice una canción, que evoca  a Jauretche, ignorando su optimismo, base insoslayable de la batalla cultural: “cuando muere  el zonzo viejo/queda la zonza preñada”. No estamos de acuerdo. Seguimos “preñados”, eso sí, de la endeblez ideológica y las contradicciones y límites del nacionalismo burgués. Procuraremos demostrarlo, reconstruyendo los sucesos del pasado próximo, con fría objetividad (4).

En primer lugar, “la grieta” actual –esto no ocurría en las ocasiones que se citan al afirmar que es “más de lo mismo”– nace en un cuadro de crisis de la identidad y representación  políticas, que no existía en otras fracturas. En los tiempos de Irigoyen, durante el gobierno de Perón y al caer el mismo, por dar ejemplos que son clásicos, nadie quería “que se vayan todos”. Y esto establece una gran diferencia y nos da un signo de nuestra época. El desplazamiento electoral hacia Cambiemos, en el curso del 2015, que daría lugar al triunfo de Macri, es un episodio inscripto en el cuadro de esa crisis. Nunca vimos, pese a la existencia de un “núcleo duro” en el macrismo, una identidad positiva; mucho menos una comunidad de ideas, como era el caso de las clases medias que cantaron vivas a “la revolución libertadora”. La clientela de Cambiemos se define por oposición, como anti k (5). Un cuadro alejado a la Argentina poblada por fuertes partidos, anterior a la crisis del 2001. Luego de ella, el desplazamiento electoral es lo habitual; nadie tiene “la vaca atada”. Las “sorpresas” anteriores del ciclo democrático –la mayor fue el triunfo de Alfonsín en 1983, que acabó con décadas de imbatibilidad del peronismo– sólo exhibían un trastorno puntual, aunque importante, de una parte de los electores con su representación tradicional. Pero las identidades políticas, el  “capital fijo” de nuestras fuerzas populares, no estaba en crisis. El peronismo, fracasado Alfonsín, y renovado en parte, recuperó el crédito. Y aunque “la renovación” liquidó la cuota de poder sindical sobre el PJ, la clase obrera siguió identificada con la fuerza fundada por el General Perón (6). Algo similar  podría decirse de las bases del radicalismo, en las cuales, como se sabe, hay un predominio de la pequeña burguesía. Aunque en ambas fuerzas esto sea negado, diversas pruebas evidencian que el grito ¡que se vayan todos! expresa la aparición de un disloque, no superado hoy, en las relaciones entre los partidos y sus respectivas bases sociales. Este disloque pudo resolverse al emerger el kirchnerismo, pero los hechos demostraron que esa meta era excesiva, dados los límites de esa corriente. Y no cabe ignorarlo al plantear el balance del periodo y un diagnóstico que explique “la grieta”, que debe entenderse como un síntoma del momento histórico, sin apresurar conclusiones. Nos detengamos en un punto: aunque la observación pueda ser acertada, poco se gana al indicar que “la grieta” obedece a la “antipolítica”, obra de “los medios”. Los medios la alimentan, es claro. Pero: ¿cuánto hay en la “antipolítica” de prejuicios y zonceras, de mala prensa, y cuánto de rechazo justificado a los partidos, dada su responsabilidad en los padecimientos del país y el desencanto colectivo, desde 1983 hasta hoy?

Sea cual sea el juicio que tengamos sobre las fracciones sociales que se enfrentaron en 1955, o aun en las elecciones ganadas por Alfonsín, sus identidades política eran firmes, y hasta podría decirse que enarboladas como tradición. Nada parecido ocurre hoy con los bandos –no hablo de la elite, sino de las masas– que constituyen “la grieta”. Pero, al hacer un examen  más preciso del tema, esa no es la única diferencia del actual parte aguas con las fracturas políticas del pasado, que lo precedieron.

En las elecciones del 2015 los electores mostraron una escisión curiosa, que fue transversal a las clases sociales. El triunfo de Macri sólo se explica al sumar los votos, previsibles, del mundo agrario y las clases medias altas, con los que obtuvo entre la población marginalizada y, lo que es aún más llamativo, en sectores obreros (7), que, en menor medida, aún lo votaron en el 2017. Esa realidad ¿no ponen en aprietos al “análisis” que criticamos, rutinario y abstracto?  Al mismo tiempo, para complicar las cosas, “la grieta” es más honda que en ningún sector en el variado mundo de las clases medias, que nutre, simultáneamente, el más ardiente amor y más feroces odios a  Cristina Kirchner. Estamos hablando de fenómenos emocionales, en los que se condensa –dicen los psicoanalistas que esto es lo propio de un síntoma– todo el contenido oculto de “la grieta”. La militancia kirchnerista, por esa razón, no puede adoptar una actitud racional con respecto al problema: “el otro” deja de ser “la patria”; es, al votar a Cambiemos, sinónimo de estupidez, un suicida vocacional, el orate que ignora dónde debe estar. Está condenado, es irrecuperable: no tiene sentido, o no es posible, comprender “sus razones” y hacer algo que pueda ganarlo. Esto adquiere una gran significación práctica, ya que el kirchnerismo tiene, en la pequeña burguesía progresista –que hizo de él una identidad, en un contexto de irresolución de la crisis de las identidades y la representación– su “núcleo duro”, aunque su mayor base esté situada, hoy, en el conurbano bonaerense, entre los trabajadores más postergados de ramas no calificadas y la gran masa de seres precarizados por la destrucción de la Argentina industrial. Sectores entre los cuales, no obstante, si algo vive es el peronismo, y sus métodos tradicionales de acción política, acomodados al marco de fragmentación política y social.

El huevo de “la grieta”   

Si nos planteamos establecer los orígenes de “la grieta” encontramos un hecho que merece el examen: antes de que apareciera, tuvimos un momento de relativa concordia dentro del seno de las mayorías nacionales ¿por qué no incluir ese momento, al examinar qué rompió el idilio, si éste, como creemos, existió en el contexto de una gran catástrofe?

Ocurrió en la crisis del 2001. El pueblo se unió, en torno al grito ¡que se vayan todos! Al mismo tiempo, se esbozaba un viraje de signo nacional (8). Una confluencia espontánea, que se levantaba contra la ruindad del sistema político –obediente a los dictados del FMI y sordo a las demandas de la patria y el pueblo– daba estado público a la crisis de la representación, con una consigna que sólo podía abrir una oportunidad, pero no gestarla (9). Uno de los méritos de Néstor Kirchner fue interpretar ese estado de ánimo; dar señales de sensibilidad al reclamo y crear, con ello, una expectativa moderada, pero cierta. Su gobierno tuvo, dada esa situación, un respaldo amplio, con cuotas que llegaban al 70%, y aún más. Hubo, sí, un indicio claro de cuáles serían los procedimientos usados para “renovar la política”, y construir el poder que no tenía, por su “debilidad de origen”. En los comicios del 2005, enfrentando a Duhalde, Néstor le  arrebató el dominio del peronismo bonaerense, tomándolo tal cual era, sin promover un debate y la emergencia de nuevos cuadros. El proceso, por desinteligencias con el ministro, significó también la eyección de Lavagna. Esa medida que causó desagrado en el empresariado nacional  parecía obedecer, antes que a una voluntad de promover cambios contrarios a la moderación del economista –nada cambió con Felisa Micelli– al vínculo suyo con el anterior presidente, al cual se acusaba de “relaciones con el narcotráfico”. Y aunque estas maniobras crearon recelos en una porción de la opinión pública, no alcanzaron a crear “grietas”. Pero el camino elegido para “construir poder”, apostando más a sumar individualidades y aparatos que a plantear un programa y una lucha  ideológica, habría de traer amargas sorpresas (10). En ese momento, sin embargo, las fisuras no eran realmente serias, ya que el disgusto se refería a las formas, sin que hubiese aún intereses en juego. En definitiva, “la grieta” apareció, creando tensiones por primera vez, con la célebre circular 125, cuya primera versión, desafortunada, fue incapaz de distinguir entre los pequeños y medianos productores, por un lado, y los pools de siembra y la oligarquía terrateniente, por el otro. Ese punto –un error mayúsculo en la visión del mapa social agrario– suele escamotearse con declamaciones antioligárquicas (11), pero esto lleva no sólo al error, sino a ignorar que el General Perón separó con clarividencia los intereses de los chacareros, a quienes ganó, congelando los arrendamientos; los obreros rurales, que tuvieron  el beneficio del Estatuto del Peón; y los grandes terratenientes, a los que impuso su ley. Esta resistencia a extraer enseñanzas luego de un error, que no ha sabido reconocerse –el liderazgo vertical se apoya en el mito de la infalibilidad del jefe–, extravía la reflexión, generando una postura que desalienta la lucha. Se dice: si los rurales “resistieron la suba de las retenciones” no cabe  pensar en metas más ambiciosas, que vayan a fondo contra el parasitismo oligárquico y pongan la renta al servicio del país. De intentarlo, nos echarían. Esa conclusión es infundada, como veremos, y transforma en ilusoria la lucha por construir “un país en serio”. En relación al conflicto por la 125, es obvio que, si se hubiese dividido –lo que además es justo, para un enfoque tributario progresivo, que grava más al que más tiene– a los contribuyentes por su escala y favorecido a los pequeños y medianos productores, la rebeldía oligárquica no hubiese contado con una base de masas, ni en el campo, ni menos aún en los centros urbanos, como ocurrió. En consecuencia, la fórmula no es ceder ante la oligarquía, sino privarla de aliados. A nuestro juicio, debe hacerse todo lo posible por ligar al proyecto nacional y popular al sector rural mediano y pequeño y, particularmente, a los que están interesados en la industrialización rural, para agregar valor a la producción primaria. Las transformaciones estratégicamente más importantes pueden contar con estos respaldos en el universo agrario.

Avances, extravíos, desaciertos discursivos y conformación de la grieta 

Es notable, en ese sentido, advertir que las medidas más audaces que se registraron a lo largo de las gestiones kirchneristas no dividieron al pueblo argentino. Por el contrario, lo mostraron unido y en claro respaldo al interés nacional. Debemos recordarlo. Es esclarecedor, en alto grado, para el asunto que nos ocupa. Además, lo es atendiendo a un problema mayor: indica qué temas deben tener prioridad en un programa de liberación nacional que definitivamente acabe con nuestra decadencia. Finalmente, para desechar referencias mal calibradas acerca del tema de “la relación de fuerzas”. Como es obvio, esa relación debe sopesarse en cada lucha, pero no es menos cierto que es una construcción que se afianza al avanzar en el cumplimiento de las demandas sentidas del pueblo, no un factor estático, ajeno a la voluntad de ampliar las  bases sociales de apoyo. Para lograr todo esto, simultáneamente, eso sí, debe brindarse un mensaje nítido de que buscamos interpretar fielmente sus intereses.

Como batalla con el poder de las finanzas globales, ninguna acción del ciclo anterior fue tan  audaz como la primera renegociación de la deuda externa, llevada adelante por el gobierno de Néstor Kirchner (y, por extraño que hoy pueda parecer, Lavagna, como ministro y negociador).  Siendo que se trataba de una defensa del país, en franca pugna con los intereses imperialistas, no puede subestimarse esa batalla y la naturaleza de los campos que estaban en pugna. Pero,  al no herir al stablisment local (algún fondo buitre de dinero local fue afectado, pero era ínfimo su peso social y capacidad de presión), dado que enfrentar al imperialismo era visto por todos como una  cuestión de vida o muerte, el gobierno argentino obtuvo un respaldo muy amplio, mientras el club neoliberal prometía el apocalipsis, sin convencer a nadie. Aun las retenciones, hasta el 2008, no privaron al kirchnerismo en el área rural de apoyo electoral en las elecciones parlamentarias del 2005 y en las presidenciales del 2007. Esa performance tan exitosa fue, tal vez, una razón, pero no la fundamental, de la gigantesca torpeza que hizo del conflicto por la 125 el primer episodio generador de “la grieta”, por un error mayúsculo de incompetencia, o un desconocimiento del mapa político-social agrario, como dijimos ¿No era más razonable, por razones políticas de “construcción de poder”, ganar o neutralizar a los pequeños productores, sumando al debate sobre lo que había que hacer a su entidad representativa, la Federación Agraria Argentina (12)? ¿Por qué desechar de antemano la posibilidad de ir contra el poder  oligárquico con el apoyo de la FAA, haciendo concesiones al sector que representa? La ínfima minoría que hubiésemos atacado no habría logrado construir “una grieta”. Aunque tiene poder y sabe usarlo, el bloque dominante sólo puede ganar si el campo popular le brinda ocasión y argumentos para azuzar “contradicciones en el seno del pueblo”.

Ahora bien, por importante que sea en el ciclo k, la falta de una visión concreta y matizada del mapa social agrario –no cabe pensar que subestimara la necesidad de tener bases en un sector tan amplio de la sociedad argentina– que explica el (mal) manejo de aquel conflicto, no fue, por desgracia, una excepción. Es obvio que “el campo”, por sí solo, no hubiera podido dar a “la grieta” la magnitud que alcanzó, aun cediéndole las clases medias. Pero, antes de tratar otros puntos, dentro de lo que vemos como la suma de factores que explican el fenómeno, hay que aclarar dos importantes asuntos: 1) traicionaría nuestro propósito –contribuir a la superación  de límites que debilitan al campo popular– estimular la creencia de que basta con actuar con “la inteligencia necesaria” para evitar errores. Esos “errores” tienen historia. Sólo se entienden como frutos derivados de la naturaleza de clase del movimiento peronista, que impone límites al movimiento nacional; 2) Sin examinar las últimas décadas (es un tema tabú la crisis interna que precedió al golpe de 1976 y la explicación de las causas por las cuales el peronismo apoyó a Menem en la década del 90) y actualizar doctrinariamente al movimiento nacional, algo que exige un amplio debate de los problemas argentinos, no es posible liberar al país y se repetirán las caídas de 1955, 1976, 1989 y 2015. Es erróneo achacar al kirchnerismo su responsabilidad en la creación de “la grieta” sin inscribir esa aportación negativa en un proceso político mayor, que arranca con la caída del gobierno de Perón, en 1955. Ese será el próximo paso, antes de hablar de otros aspectos del desencuentro que vivimos y la furia que domina a los bandos en pugna.

Un país golpeado y desencantado

El impulso a tratar esta cuestión, permítasenos decirlo, proviene de un supuesto: “la grieta”, anticipamos la conclusión, es la expresión de una sociedad sufriente, cuyos integrantes desconocemos lo que nos ha llevado a la tragedia actual y cómo salir de una larga agonía. Somos un pueblo que arrastra desilusiones acumuladas durante décadas. Estas vivencias, que nos unifican en la desdicha, justifican la retrospección que expondremos ahora, para recobrar experiencias que, por no estar elaboradas racionalmente, adquieren el contenido  emocional visible en la llamada “grieta”.

El país ve frustradas sus ilusiones políticas desde la caída de Perón, en 1955. La “revolución libertadora”, pese a castigar a los partidarios del General, fue una gran decepción para las clases medias, que atribuían “al tirano” todos los males.  Al fin íbamos a “recuperar la normalidad de la Argentina inglesa”. Sometidas al poder ideológico oligárquico, les resultaba imposible ver que el fin de la semicolonia próspera fue señalado por la crisis de 1930, que sepultó también al radicalismo clásico. Su segunda ilusión, tres años después (Frondizi), acabó en el descrédito  rápidamente. Su patético fin inició un ciclo de gobiernos militares, con el intervalo sin brillo del gobierno de Illia, cuyo gran desafío era impedir la vuelta de Perón y apelar a un programa ya agotado con Irigoyen. Onganía lo derribó, pero no logró consumar sus planes; sólo supo agravar la concentración del poder económico y unir al país en contra suya. Volvió Perón. Las multitudes grandiosas que lo recibieron y despidieron habían enmudecido en 1976, cuando Videla ocupó, sin resistencia alguna, la Casa Rosada. Los jóvenes de entonces ¿para eso pusimos el alma y el cuerpo en los alzamientos épicos que culminaron en el Cordobazo? ¿Para eso los trabajadores habían peleado por el retorno de Perón, que fue años un sueño inalcanzable? Ese final de derrota tuvo consecuencias que nunca el país pudo superar. Martínez de Hoz destruyó el tejido de la Argentina industrial y su brazo militar lo secundó desde los centros de la tortura y la muerte. Concluida la pesadilla, tras el paréntesis heroico pero al final amargo de la guerra de Malvinas, volvimos a la democracia, con grandes ilusiones. Pero, Alfonsín, Menem, de la Rua ¿cabe dudar sobre cuál fue en el espíritu de las mayorías el impacto de todos esos fiascos abrumadores? Si bien es cierto que hay países que han sufrido mayores desgracias, la salud del país sugiere que no podemos seguir así, sin terminar siendo un país inviable. Y un juicio objetivo indica que el kirchnerismo, en una situación signada por la pérdida de las expectativas surgidas con el siglo, también ha sido una fuente de frustración, si consideramos que los avances reales de su gestión fueron, al fin y al cabo, fácilmente revertidos por el gobierno oligárquico que con pena pero sin gloria lo derrotó en las elecciones del 2015, valiéndose de su ineptitud para ligar a su destino a la clase trabajadora y las grandes mayorías.

El conflicto gobierno-CGT, el Impuesto a las Ganancias y la incubación de la derrota

En otro trabajo, al producirse la ruptura entre el gobierno de Cristina Kirchner y la CGT dirigida por Hugo Moyano, decíamos (13) que el “error” iba a generar una seria debilidad al frente nacional, sin eximir de responsabilidades a la jefatura sindical en que esto ocurriera, a pesar de considerar que su reclamo de un papel político protagónico era legítimo, y se fundaba además en las reglas fijadas  por el General Perón. Pero no previmos, en el primer momento, que el gobierno profundizaría su desdén hacia el valor del apoyo obrero –ignorando que dentro de la clase obrera es claro el liderazgo de los gremios más fuertes, que por serlo tienen un mejor salario– con el injusto y (políticamente) suicida Impuesto a las Ganancias ¡la oposición gorila, gracias al gobierno, pudo enemistarlo con el sector social que siempre ha defendido con mayor firmeza la causa nacional! Mientras un coro de “economistas amigos” subestimaban el asunto con torpeza argumental, las prevenciones provenientes de nuestro lado caían en saco roto. De un modo patético, lo vimos desesperar a Daniel Scioli, con las manos atadas por la conducción verticalista del campo popular. Desde luego, nada más alejado de nuestro punto de vista, pese a lo señalado, a justificar el desempeño de los dirigentes sindicales que facilitaron la llegada de Macri al poder.

En nuestro tema puntual, la gestación de “la grieta”, el Impuesto a las Ganancias tuvo un papel imposible de subestimar: por primera vez, en la historia argentina, sectores obreros votaron al candidato del bloque oligárquico. Se condensaban, en este raro fenómeno, una motivación de carácter coyuntural (la ruptura entre el movimiento sindical y CFK, por un lado, y el rechazo al Impuesto a las Ganancias, por el otro, con los líderes sindicales ofuscados y carentes de mirada  política) con la expresión, en el seno de la clase, de la crisis de las identidades partidarias de las masas, que afecta también a “la columna vertebral”, cuya relación con el peronismo tiene una cuota de peso inercial, aunque esa circunstancia no se asuma o pretendan ignorarla la mayoría de los jefes del sindicalismo peronista. Sea dicho al pasar, pese a tratarse de algo fundamental, una renovación político-generacional del movimiento obrero pudo verificarse en ese periodo y se frustró, por una combinación de extravíos internos del campo nacional (14). El reencuentro actual de Hugo Moyano en el seno del espacio articulado para enfrentar al gobierno de Macri, por saludable que sea, no implica un cambio en tal sentido: más que una claridad estratégica y programática, que no existe, ha sido el espanto el motor de la unidad, que es frágil.

Algunas precisiones sobre la manera de buscar la superación de “la grieta”

El contenido autocrítico –somos partícipes del frente nacional, no reflexionamos sobre asuntos distantes a nuestra tarea, aunque no seamos hoy su conducción– de esta reflexión debería ser útil para no reiterar ciertas conductas. En primer lugar, es necesario cuestionar la suposición de que la aparición de “la grieta” sea leída como necesidad de renunciar a la toma de medidas más profundas, sin las cuales es imposible pensar en un programa de liberación nacional, sin el cual el país seguirá a los tumbos. Como hemos dicho, la experiencia del kirchnerismo prueba que las medidas más consistentes con esa perspectiva no contribuyeron a la pérdida del poder y no alimentaron grietas en las  mayorías (renegociación de la deuda externa, YPF, rescate del sistema de las AFJP, Aerolíneas Argentinas). No se debe, eso sí es central, permitir que el poder oligárquico-imperialista pueda hacerse de una base de masas, creando nosotros terreno para que nazcan contradicciones con sectores potencialmente aliados al bloque nacional. Pero eso depende, sobre todo, de claridad respecto del universo social y los puntos de conflicto entre las clases sociales y sus sectores internos, como fue el caso del mundo agrario, que la hechura desafortunada de la Circular 125 logró soldar, en lugar de aislar a los grupos minoritarios, que eran, al mismo tiempo, los principales productores y contribuyentes del sector. Es necesario, al mismo tiempo, no irritar a un enemigo que no podamos vencer en todos los terrenos, como ocurrió con la puesta en práctica de la Ley de Medios (15). En este punto, es imprescindible la autocrítica del manejo del Poder Judicial y los Servicios de Inteligencia. En el primer caso, no es posible que el poder oligárquico, lúcido en tal sentido, se asegure siempre una Justicia adicta y el poder popular, en cambio, juegue tontamente a “la autonomía de los poderes” (15). Sobre el segundo tema, fue un serio error dejarlos en mano de agentes no confiables, permitiendo su infiltración por la CIA y el Mossad. No puede concebirse un poder nacional serio, despojándose de esos auxiliares del poder. Desde luego, más allá de las fallas humanas, es nuestra impresión que esos deslices están relacionados con la debilidad o la ausencia de una real perspectiva de liberación nacional, que era, en el fondo, la falencia de base del “proyecto” que sustentó toda la gestión llevada adelante por Néstor y Cristina. Hemos dicho, más de una vez, que después de la muerte del General Perón sus gobiernos fueron lo mejor que logró construir el país y esto merece el mayor reconocimiento. Sin embargo, traicionaríamos nuestra posición y perspectiva propias si ignoráramos sus límites y dejásemos de señalar que la emancipación nacional es una tarea aún inconclusa, que exige un programa de liberación integral, que reasuma y profundice la perspectiva latinoamericana que apareció con el siglo.

Córdoba, 18 de junio de 2019

Notas:

(1) Nunca está de más insistir sobre la necesidad de analizar con frialdad, reservando la pasión para darle alimento a la responsabilidad de luchar por liberar a la patria. Invertir las cosas logra que prevalezcan nuestros prejuicios y que la acción carezca de buen combustible.

(2) A – Hemos visto tratar el tema por Le Monde Diplomatique, con varios autores, cuyos enfoques no me liberaron de la tarea de pensarlo. B – Puede leerse en google una vieja nota de Fernando Iglesias, muestra de los prejuicios y pretensiones petiteras del intelectual predilecto de Elisa Carrió. C – De todos modos, la mención a los que sostienen que “grieta hubo siempre” hace referencia a interlocutores del autor, muy dotados de sentido crítico, que formularon esa  espontáneamente, mostrando involuntariamente que podemos ser víctimas de una rutina, por la costumbre de pensar analógicamente.

(3) La relación inversamente proporcional entre las debilidades del campo popular y el poder de los medios ha sido tratada por el autor en “Los gurúes, los medios, las identidades políticas y la autocrítica del movimiento popular”  http://aurelioarganaraz.com/ideologia-y-politica/los-gurues-los-medios-las-identidades-politicas-y-la-autocritica-del-movimiento-popular/

(4) Una extraordinaria nota de Jorge Abelardo Ramos apunta al corazón de este problema, que está relacionado con la endeblez ideológica que ha caracterizado a los movimientos nacionales de la Argentina. Ver: “La ideología socialista en la revolución nacional”, publicado en la revista Izquierda Nacional N° 4 – Octubre de 1963 http://www.formacionpoliticapyp.com/2014/04/la-ideologia-socialista-en-la-revolucion-nacional/

(5) Es suficiente, para tener una dimensión al respecto, pensar en el entusiasmo –¿quién, entre los votantes de Macri, arriesgaría la vida como Comando civil, para defender su causa, si puede hablarse de semejante cosa?– de las muchedumbres que festejaron la “revolución libertadora” y compararlo con la pasividad del apoyo a Macri, que ni el día de su asunción a la presidencia del país fue acompañado por sus propios votantes, cuyas emociones se despertaban sólo por oposición, como fruto del rechazo a Cristina Fernández de Kirchner.

(6) Esa identificación está en cuestión. Estamos en un punto en el cual suena falso hablar de “la clase obrera peronista”, tanto como decir exactamente lo contrario. El sector más dinámico de la juventud obrera, que en los primeros años del ciclo k se organizó en las filas de la Juventud Sindical –si nos atenemos a cómo se definían sus integrantes en los debates, y las redes– no se autodenominaba muchas veces como peronista, sino como nacional o nacional popular, y cabe decir que aparentaba estar buscando una identidad.

(7) Esta realidad, fuertemente motorizada por el conflicto del gobierno de CFK con la CGT de Hugo Moyano y la persistencia en aplicar el Impuesto a las Ganancias a los asalariados no debe negarse, ya que agravará el problema. Y no se trata sólo de dinero. Los trabajadores –no puede subestimárselos, en este ni otros asuntos– saben perfectamente que la matriz tributaria actual es regresiva y les impone a los de abajo una carga desproporcionada  respecto a los aportes de las clases pudientes. En los círculos obreros se tenía una clara noción respecto a la excepcional eximición impositiva de la que gozaban la renta financiera y los operaciones de bolsa.

(8) Es extraño advertir como se descalifica, desde una postura pretendidamente popular, estas expresiones de rechazo al sistema de partidos, atribuyéndolas al apoliticismo reaccionario, o la llamada “antipolítica” que difunden los medios, sin reparar en lo principal: lo que los partidos o sus dirigentes hicieron, desde 1983 en adelante, para desacreditarse como representantes del pueblo argentino. En términos generales el contenido concreto del rechazo a la política debe juzgarse bajo esa luz, no en nombre de la defensa de “la política en general”, sin definir qué les brinda ésta a los ciudadanos. Si “la política” sirve al interés extranjero y da beneficios sólo a los que la practican y al poder económico, no se comprende por qué debería apreciarla el hombre de a pie.

(9) La muchedumbre anónima no puede gestar una representación. Esto, que Lenin señalaba a la clase obrera, es una verdad para lo que Marx definía como “los miembros activos de la clase, o de cada clase”, distinguiéndolos de sus “representantes”, en el campo de las ideas, la política y la cultura, etc. Libradas a su espontaneidad, las multitudes sólo pueden terminar con algunas de estas representaciones, pero no crearlas. Esa es la tarea de sus “intérpretes”, que están a su vez obligados a interpelar a su base potencial y obtener su respaldo, para que la pretensión de representarla no sea vana. La lógica que funda este tipo de relaciones fue analizada por Marx y Engels en “La ideología alemana”.

(10) El célebre caso de Cleto Cobos no fue el único, lamentablemente. La lógica que preside las fallas reiteradas (Massa, Lousteau, etc.) se funda en el modo de conducción vertical, que priva al jefe de la posibilidad de acudir a figuras que aprecien el pensamiento crítico y precisen creer en lo que están haciendo, sin someterse servilmente. Perón, después de elegir colaboradores obsecuentes, maldecía de estar rodeado de alcahuetes y chupamedias, como si ellos hubieran caído del cielo. Lo cual no debe verse como un asunto sicológico, sino como producto derivado de las contradicciones de clase del movimiento nacional y de los expedientes usados por el nacionalismo burgués para arbitrar entre intereses que son opuestos.

(11) Como es sabido, los militantes de la Izquierda Nacional respaldamos con firmeza a Cristina Fernández de Kirchner y su gobierno, en ese conflicto, donde el carácter de los contendientes no podía ser más claro. No era ese el momento de señalar errores, sino de unir fuerzas contra la amenaza oligárquica. Pasado el momento, capitalizar la experiencia requiere su examen.

(12) No desconocemos los cambios experimentados en el mundo rural en las últimas décadas. Pese a ellos, creemos, no desaparecieron sus contradicciones internas, entre las que interesan particularmente las que dividen a la oligarquía y los pools de siembra de la pequeño burguesía agraria, por un lado; y, por otro, las que oponen el interés del sector atado a la exportación de granos de quienes apuestan a incorporarles valor e industrializar la ruralidad.

(13) Un tratamiento del tema, en la nota del autor “El conflicto gobierno-CGT y el rol político de la clase obrera” http://aurelioarganaraz.com/politica-argentina/el-conflicto-gobierno-cgt-y-el-rol-politico-de-la-clase-obrera-2/

(14) Ibidem.

(15) En los gobiernos clásicos del General Perón el país importaba el papel para diarios y el IAPI monopolizaba su ingreso y reparto. En consecuencia, esta herramienta servía para poner freno a la prensa oligárquica. Por otra parte, nunca se adoptó la perniciosa creencia de que una tarea del liderazgo popular era “crear” (o elegir) quién era el enemigo. Perón fue expeditivo en el asunto: expropió “La Prensa” y la hizo el diario de la CGT, sin nada parecido a la cháchara inútil de “¡Clarín miente!”. Había que silenciarlo, efectivamente. En ese punto, en lugar de tener un modo dictatorial, como se dijo, el kirchnerismo cayó en “debilidades” democratistas, que sirven para alimentar la subversión oligárquica, que se reclama “víctima”, sin ser aniquilada, tal como lo exige implantar un proceso auténticamente democrático en el tema Medios. Los antecedentes delictuosos del apoderamiento de Papel Prensa por parte de Clarín y La Nación no fueron utilizados por el gobierno popular para intervenir la empresa, estatizarla y controlar la provisión de papel desde el Estado, impidiendo la asfixia y extorsión que sus ilegales dueños hacen contra la inmensa mayoría de los diarios y periódicos independientes.

¿HACIA DÓNDE VA CHINA? SU TRANSFORMACIÓN Y EL FUTURO DEL ORDEN GLOBAL

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                                                                    Al examinar los resultados del viraje que Deng Xiaoping impuso a China luego de la muerte de Mao Tse Tung, la mayoría de los ensayistas coinciden en señalar una “restauración capitalista”, sin otra precisión[1]; sin advertir, por ejemplo, que puede tratarse de un capitalismo de Estado y, peor aún, sin la menor preocupación por prever el impacto que el vertiginoso desarrollo del gigante asiático, dueño actualmente del mayor PBI de la economía global, puede tener en el futuro del capitalismo.  Todo se reduce a señalar –con alegría, si el analista es un partidario del sistema; con amargura, si es un marxista– que, voluntariamente o no, dicho viraje habría llevado al abandono del socialismo.  No importa si los chinos dicen lo contrario: se ignora su alegato, tachándolo de falso, de responder a la voluntad de ocultar lo inconfesable. Tampoco importa, lo que ya es absurdo, que su gobierno imponga planes y metas, sin dejar librada la asignación de los recursos a “la mano invisible”; sean de propiedad estatal los principales bancos y empresas estratégicas; se den directivas a todos los sectores; se limite y ordene el flujo de población del campo a la ciudad; sea estatal la ciencia y  la educación; sea pública la propiedad del suelo. Estos hechos, que nadie ignora, y no caracterizan al capitalismo “real” –sólo se pone en duda la propiedad del suelo, sin atender a la ausencia de un régimen legal que privatice la tierra–, apenas suscitan algunas analogías con el “intervencionismo estatal” que caracterizó el despegue de Japón y Alemania y, en las últimas décadas, de Corea del Sur. Ésa es la conclusión, en suma: estaríamos allí ante algo similar. Este supuesto, sin embargo, deja sin explicación muchas cuestiones y omite otras con torpeza o alevosía. En primer lugar, que dicho “intervencionismo” no debería juzgarse igual cuando el sector estatal es dominante y nada escapa al control gubernamental, que cuando sólo se impulsa, y se regula, a una economía en la cual la empresa privada es omnipresente, como fue el caso de aquellos países[2]. En segundo lugar, que el desarrollo del capitalismo en Alemania y Japón tuvo lugar antes de las últimas décadas del siglo XIX, lo que equivale a decir antes del fenómeno del imperialismo moderno estudiado por Lenin. En aquel contexto, el dilema se reducía a sostener el proteccionismo y disputar los mercados, con el expediente  militar como ultima ratio. El caso de Corea, mucho más próximo, es anómalo –el papel de EEUU no tiene símil en otros países– y todos los entendidos lo asocian a las pujas de la guerra fría. En tercer lugar, China tuvo una destrucción previa de la burguesía local, expropiada por la revolución en los primeros años. Siendo así, estos diagnósticos, cargados de prejuicios, traen a la memoria el estupor español frente a las especies americanas por ellos desconocidas: los pumas eran “leones calvos”, no una novedad que se debía añadir al inventario de la zoología. ¿Una nación es “capitalista” por favorecer la existencia de un sector privado, usar como herramienta mecanismos de mercado  y criterios económicos  –es decir, que no obedecen a una arbitrariedad burocrática– en la lucha por alcanzar al mundo avanzado? O, para ser precisos en el planteo del tema: ¿Cómo juzgar al “capitalismo de Estado” de un país otrora semicolonial, que apela a sus cualidades para desarrollar sus fuerzas productivas, si rechaza la satelización del imperialismo mundial? Además, si vemos un país de la magnitud de China, registramos el impacto que su transformación provoca en la economía global –EEUU acusa el golpe del desplazamiento, hacia Oriente, del eje de poder–, con la notoria decadencia de los viejos centros del capitalismo mundial (día a día cae en ellos la producción industrial; sólo florece la especulación financiera) ¿no deberíamos reflexionar sin prejuicios en el futuro de China y el régimen capitalista, arriesgando un pronóstico capaz de orientarnos? La crisis agónica de la economía global parece anunciar un final de época.  ¿Los analistas responsables están distraídos en otras cosas?

En ensayos debidos a intelectuales marxistas sumados a la versión de “la restauración capitalista”, se lamenta obviamente la presunta pérdida del ideal socialista, pero, al aceptar la evidencia de un desarrollo extraordinario de las fuerzas productivas y un avance general del nivel económico de la población del país, respecto de los austeros tiempos del maoísmo, voluntariamente o no, se acaba por aceptar la “verdad” burguesa, a saber: “la superioridad” del capitalismo y los mecanismos del mercado en la asignación de los recursos y el desarrollo económico. De poco sirve que, después de perder la batalla ideológica, se alarmen ante la desigualdad social que se observa –efectivamente mayor que en tiempos de Mao–, en una manifestación moral que “salva el prestigio” del pequeño burgués, que considera al socialismo un patrón ético, no muy diferente del resto de las doctrinas que han pregonado la igualdad desde el cristianismo primitivo hasta hoy, pasando por las sectas y alzamientos comunistas de la Edad Media[3]. Cabe preguntarles, ¿han olvidado que Marx, Engels y Lenin creían indiscutible que, sin un elevado nivel de productividad del trabajo y sin universalizar el confort, no era posible pensar en el socialismo[4]? Aún fresca la desintegración de la URSS ¿no se atreven al menos a sospechar –hay sobradas evidencias de que ése fue el factor decisivo, aunque no el único– que fracasar en esa empresa decidió el fin de aquella experiencia? ¿No perciben, al menos, que China ha logrado competir y batir a los países centrales del mundo avanzado en su propio terreno, la producción de mercancías, mientras el “socialismo real” sobrevivía en base al pobre expediente –transitoriamente válido– de  cerrar sus fronteras a los productos de Occidente?

Si nos trasladamos ahora al campo de lo político, siempre acompañados por los marxistas afligidos por “la capitulación” china, cabe preguntar: ¿cómo explican la estabilidad (extraordinaria solidez, es  más apropiado decir) del sistema presidido por el PCCH, que contrasta con el colapso del poder soviético, cuya descomposición llevó, allí sí, al capitalismo liberal[5]? En el caso chino, la fortaleza del poder es indudable: la omnipresencia sutil y la plasticidad del PCCH asombra a un corresponsal del Financial Times, obviamente hostil al régimen[6]. ¿Ese poder incontrastable no tiene acaso un sustento material, además de contar, aunque no bajo las formas de la democracia occidental, con un claro consenso del pueblo chino? ¿podría perdurar si en la economía nacional el poder real estuviese en manos del capital privado? Hay un género de “analistas” burgueses que “resuelven” el asunto parloteando sobre “el maquiavelismo marxista”. Pero, ¿cómo se las arregla un discípulo  de Marx (afín a la tesis del “capitalismo chino”) para explicar este fenómeno, sin ignorar el método de análisis del maestro? ¿o una “formación burocrática” es capaz de sobreponerse a todo, incluso a la licuación de su base material?

Además, tras el presunto abandono del ideal socialista, ¿cómo justificamos la persistencia –reconocida universalmente– del “nacionalismo” proverbial del PCCH (hablar de antiimperialismo es más adecuado, aunque hoy se ven más hechos que frases, a diferencia de lo que pasaba en los tiempos de Mao); algo que allí proviene sin duda de su raigambre semicolonial. La fidelidad al patriotismo no puede reducirse a mero reflejo generado por “las humillaciones” que sufrió el país, como cree un francés supuestamente marxista, aunque ignora los dictámenes de la Tercera Internacional sobre el saqueo imperialista del mundo semicolonial. De esa porción del mundo proviene China. Siendo así, es muy “europeo” atribuir su patriotismo a las viejas heridas del orgullo nacional: se escamotea lo principal, es decir, el antagonismo entre los intereses de un país oprimido –reducido a la impotencia con el fin de explotarlo– y el imperialismo mundial, europeo y japonés. Tras liderar la revolución, cuyo impulso provenía de tareas burguesas no resueltas (la burguesía china desertaba de cumplir su misión histórica), el PCCH mantiene en pie, sin claudicar, su antigua voluntad de no subordinarse al capital internacional. Ahora bien, ¿cómo se sostiene ese “nacionalismo” si es cierta la tesis de la “debilidad” hacia “el mercado”? ¿por qué no lo vemos en tantos otros países de Asia, África y América Latina, humillados por Europa y los EEUU, en los cuales los esclavos reverencian al amo? ¿Puede equipararse el “patriotismo” ritual que coexiste, en más de un país semicolonial, con la sumisión a Occidente, con el que caracteriza a los chinos? En fin, ¿qué ideas y fuerzas materiales sostienen, en el país asiático, la decisión de someter la participación de empresas privadas (en un rol subordinado) al plan de ganar en autonomía nacional y transformar al país, con el fin de “igualar y superar al capitalismo”[7]?

Sin embargo, estas consideraciones no implican afirmar que el triunfo final del socialismo cuente con garantías, descartando  como posible otro desenlace: al ceder espacios al capital privado –cuyos intereses son antagónicos al socialismo y aun al mismo “capitalismo de Estado”– se aceptan los términos de una lucha feroz y el riesgo que supone “dormir con el enemigo”. Pero apostar al modelo que, muerto Lenin y derrotado Trotsky, se impuso en la URSS, lleva sin remedio a la ineficiencia y el parasitismo burocráticos, con el final conocido. Dice Deutscher, sobre los debates bolcheviques, en 1922, con Lenin vivo: “Todos convenían en que el comunismo de guerra había fracasado y tenía que ser reemplazado por una economía mixta, dentro de la cual los sectores privado y socialista (es decir, de propiedad estatal) coexistieran y, en cierto sentido, compitieran entre sí. Veían en la NEP “no una medida de simple conveniencia provisional, sino una política a largo plazo, una política que establecía las condiciones para una transición gradual al socialismo”[8]. Con algo de fastidio, Lenin explicaba en Sobre el infantilismo “izquierdista” y el espíritu pequeño burgués, después de recordar que eran los campesinos y los especuladores “los poderosos enemigos” del monopolio estatal en la distribución de cereales: “La lucha principal se sostiene hoy precisamente en este terreno ¿Entre quiénes se sostiene esa lucha, si hablamos en los términos de las categorías económicas, como, por ejemplo, el “capitalismo de Estado”? ¿Entre los peldaños cuarto (el capitalismo de Estado) y quinto (se trata del socialismo, en una nómina de los sectores dada por aquel autor) en el orden en que acabo de enumerarlos? Es claro que no. No es el capitalismo de Estado el que lucha contra el socialismo, sino la pequeña burguesía más el capitalismo privado los que luchan, juntos, de común acuerdo, tanto contra el capitalismo de Estado como contra el socialismo”. Y en otro lugar: “La realidad nos muestra que el capitalismo de Estado significa para nosotros un paso adelante; si logramos llegar al capitalismo de Estado en un corto espacio de tiempo, será una victoria”[9].  Ajustando cuentas con el “comunismo de guerra”, Lenin reconoce, con la franqueza acostumbrada: “Contábamos –o tal vez fuera más exacto decir que opinábamos, sin suficiente reflexión– con poder organizar a la manera comunista, mediante órdenes expresas del estado proletario, en un país de campesinos pobres, la completa producción y repartición de  los productos por el Estado. La vida nos ha mostrado nuestro error. No es apoyados directamente sobre el entusiasmo, sino mediante el entusiasmo provocado por la gran revolución, y jugando con el interés y el beneficio individual, aplicando el principio del rendimiento comercial, como debemos construir, en un país de campesinos pobres, sólidas pasarelas que conduzcan al socialismo pasando por el capitalismo de Estado”[10]. Trotsky, dada esa situación, veía el riesgo de que el capitalismo pudiera imponerse nuevamente; pero no existía otra posibilidad que aceptar el desafío y luchar con las armas de la planificación estatal y la regulación económica, apoyándose en el peso de las fuerzas sociales implicadas en el triunfo final del socialismo. Y, como ocurre hoy en el caso de China, en las relaciones de fuerza favorables al sector estatal que derivan del triunfo revolucionario previo y de victorias futuras del proletariado internacional. En el caso ruso, en los años de la NEP, los antecesores de los actuales intelectuales burgueses y “marxistas”, los jefes de la burguesía europea y la socialdemocracia (Kautsky, Otto Bauer) veían en el giro bolchevique, por asumir la vigencia de la ley del valor, ajustar lo jurídico al nivel existente de las fuerzas productivas y reconocer la necesidad de usar por consiguiente los mecanismos de mercado, un preanuncio de la restauración capitalista y, en el caso de los jefes de la II Internacional, la prueba del “error” de la política leninista… de haber tomado el poder en Rusia. Como ocurre con China, el liberal cree que el final es obvio, prevalecerá el capital; ratifica así su posición ideológica. Pero irrita esa convicción en un “marxista”. En nuestros días, es quizás el fruto de esa “crisis del pensamiento”, que se suele atribuir a la desintegración de la URSS. A nuestro entender, la explicación proviene de más atrás, de la esclerosis y deformaciones que sufrió el marxismo en el período posterior al triunfo de Stalin, que consagró la utopía de construir el socialismo en un solo país. Es curioso, por decir algo, que la mayoría de los “marxistas” que hablan de China examinen sus asuntos sin establecer una posición sobre estas cuestiones, al parecer creyendo posible imaginar para ella, como antes lo hacían para la URSS, un futuro socialista de “coexistencia pacífica” con el capitalismo global y la referida vigencia de la ley del valor en la economía mundial. Si los chinos no siguen este venturoso camino, se han desviado. Pero el camino existiría, aunque no lo creyeran Lenin y los bolcheviques, para no hablar de Carlos Marx. Ésta es “la verdad oficial” tras el triunfo del stalinismo, aun hoy: la impusieron por décadas los aburridos manuales que se editaban en la URSS y, viendo aparentemente consolidada esa primer tentativa, después de la segunda guerra mundial, pocos se atreverían a poner en duda los juicios respaldados por una gran potencia, supuestamente “socialista”[11]. Ha desaparecido la URSS, pero también, con ella, la fe en el futuro. Como no puede suponerse que la senilidad del sistema vaya a generar de un modo automático, sin resistencia y sin lucha, la superación del capitalismo, es necesaria una comprensión de lo que debe hacerse para retomar ese intento que fracasó en Rusia, pero promete triunfar en el escenario chino, actualizando las fórmulas que entrevieron los bolcheviques en su momento. Así las cosas, importa considerar dos importantes asuntos. En primer lugar, el notable desinterés de los líderes chinos por formular una teoría basada en su experiencia,  en términos que permitan aplicarla en otros países semicoloniales,  ya que su realidad guarda significativas similitudes con las que son habituales en las economías “emergentes”. La ley del desarrollo desigual y combinado es un patrón común a todas ellas, aunque no nos exime de analizar cada caso, como es obvio. Pero la matriz creada por el imperialismo mundial y sus socios nativos crea marcos cualitativamente semejantes; los problemas comunes suelen ser la norma. Como es natural, toda experiencia de liberación nacional que procure desarrollar una economía no satelizada debe asumir la vigencia de la ley del valor en la economía global, que sólo se extinguirá con la planificación socialista de esa economía. Tras liberar al país de la opresión imperialista y las clases parasitarias que operan a su favor en el interior de una semicolonia, se carece invariablemente del desarrollo material y de la cultura técnica y general indispensable para establecer el socialismo, lo que también constituye un común denominador en la periferia. No mejoran las cosas, empero, si se apuesta a crear un capitalismo nacional, sin trascenderlo: todos estos intentos han fracasado. Por otro lado, esa falta de aportes chinos a la teoría marxista –“exportar” la revolución, después de Mao, no tiene un lugar entre los asuntos que movilizan al PCCH– no ha logrado conmover al “marxismo occidental”, cuyas preocupaciones son menos terrenales. En segundo lugar, es necesario ajustar cuentas una vez más con las tendencias utópicas del “izquierdismo” infantil, que ha resistido la crítica de Lenin y encuentra un respaldo en la propensión a “moralizar” y rechazar todo examen objetivo y realista, algo característico del pequeño burgués. Curiosamente –no decimos algo nuevo, al señalarlo, pero importa recordarlo– éste puede convivir con el oportunismo craso, con el cual comparten una sobrestimación del factor subjetivo, tal como lo veremos en el caso de Stalin, en los próximos párrafos.

Subjetivismo pequeño burgués e infantilismo “izquierdista”

En pleno proceso de “colectivización forzosa” de la economía agraria, con los desastres universalmente reconocidos que la caracterizaron –nunca la URSS logró recuperarse de las secuelas de aquella gigantesca manifestación del desatino y arbitrariedad burocráticos[12]– mientras Stalin desechaba la fórmula de Bujarin de llegar al socialismo “a paso de tortuga” e imponía metas de industrialización de vértigo, basadas en el sometimiento de las clases trabajadoras y el sacrificio de los condenados al trabajo forzoso, uno de los teóricos de semejante empresa, Strumilin, plantea el asunto de un modo brutal, que el “izquierdismo” infantil sin duda rechazaría, tras secundar a Stalin, hasta allí: “Nuestra tarea no es estudiar la economía, sino transformarla. No estamos atados por ninguna ley. No hay fortaleza que los bolcheviques no puedan tomar. La cuestión de las tasas de crecimiento depende de los seres humanos”. Simultáneamente, se sentencia entonces a Sujánov y Riazanov, junto a otros que cometen el mismo error: creer que hay cosas que “no son posibles, aunque así lo quiera el Comité Central[13]”. Se trata, en este caso, de una manifestación del empirismo burocrático, que se niega a reconocer los condicionantes externos a su voluntad omnímoda y termina oscilando, incapacitada para prever, entre el oportunismo de derecha y el aventurerismo ultraizquierdista; como se expresó en esos años, trágicamente, en las contradictorias tácticas de la burocracia stalinista. En un caso, con respecto a las relaciones con el campesinado, donde el oportunismo hacia los kulaks ignoró la amenaza que habrían de representar y obligó a un viraje torpe y criminal. En otro, al desconocer la premura de impulsar la industrialización, para hacerlo más tarde a marcha forzada. Esto, en el propio país. En la esfera internacional, con las zigzagueantes políticas practicadas en Alemania, que ayudaron a los nazis a tomar el poder y en el teatro de Oriente, donde inmolaron a la primera revolución china.

No obstante, es preciso advertir que ciertas variantes superficialmente opuestas al pragmatismo staliniano, cuyo romanticismo “izquierdista” las torna atractivas para el público progresista, son también tributarias a una visión voluntarista que, al resistirse a reconocer los límites objetivos que  la realidad impone, emprende batallas destinadas a fracasar, como crear relaciones de producción social sólo “fundadas” en la razón utópica, sin el desarrollo previo de las fuerzas productivas que requieren como soporte. Desarrollar el tema con toda amplitud, pese a la importancia central del problema, nos llevaría muy lejos de los alcances del examen que intentamos hacer hoy. Señalamos, sin embargo, que en los últimos años de su vida, las iniciativas de Mao estaban signadas por ese voluntarismo, catastrófico en las experiencias del “gran salto adelante” y “la revolución cultural”, y que la misma tendencia explica los errores de la revolución cubana, que se intenta corregir, con precaución, en nuestros días, y que fue notoria en los planteos del Che Guevara sobre los problemas relativos a la construcción del socialismo[14]. En el otro polo, de filiación leninista, están las nociones de Deng Xiaoping. En 1983, bajo su orientación, se ha suprimido en la economía campesina la anterior pauta de “comer todos por igual de una olla común”, impuesta en el  período de las comunas populares, estableciendo la “responsabilidad personal o familiar” en la producción, para atar los ingresos a la productividad del trabajo, franca apelación a los estímulos materiales, siempre rechazados por el igualitarismo “izquierdista”.

Simultáneamente, se cede autonomía a empresas comunales, adoptando también criterios comerciales; se impulsa el establecimiento de planes locales, descentralizando la gestión y se crean empresas de cantones y aldeas, cuyo desarrollo a ritmos jamás vistos en la historia del mundo asombrarán luego a todos los estudiosos. Al mismo tiempo, cuando se impulsa la asociación de empresas estatales con el sector privado y se plantea la consigna de que “algunos lograrán enriquecerse primero”, se recuerda la lucha contra los errores izquierdistas de la revolución cultural, tomando distancia de la orientación maoísta durante ese período, profundamente dañino para el avance del país. Algo semejante cabe decir de la supresión del llamado “tazón de arroz de hierro” en el ámbito fabril, que impedía la necesaria contracción al trabajo y el avance de la productividad, al desentender a los trabajadores de los resultados económicos. No obstante lo cual,  se advierte al partido del riesgo que implica incorporar a los planes del desarrollo nacional –limitados entonces a “zonas especiales”– al capital extranjero, originario fundamentalmente de la diáspora china. No es dato menor, para nuestros países, víctimas desde siempre de la colonización cultural, que Deng se ocupe de advertir a su pueblo que, siendo necesario el intercambio cultural y la asimilación de los conocimientos del mundo avanzado, deben, al mismo tiempo, “no dejar entrar lo extranjero a ciegas, sin planificación ni selección”[15].

El lugar de China en el sistema global, antes y después del polémico viraje  

Hemos señalado sobre el punto una obviedad: China era, antes de la revolución, una semicolonia del imperialismo mundial. Sus socios en el país, una corrupta burguesía “compradora”, llamada así por su papel intermediario en el comercio exterior, y los terratenientes feudales, parasitaban a la nación, junto al capital extranjero. Nadie, ni ese capital extranjero, que en un país atrasado sólo “invierte” en crear los medios (puertos, ferrocarriles, etc.) que le permiten succionar la riqueza del país, ni las clases propietarias y acaudaladas cumplían con el rol de reinvertir los frutos del trabajo nacional y generar, de ese modo, el desarrollo económico. Si a ese régimen cabe llamarlo capitalismo  semicolonial, debe quedar establecido que no existe en él una burguesía, en el sentido clásico, que implica reinvertir los frutos del trabajo en el desarrollo productivo, generando así la reproducción ampliada. Las divisas se fugan fuera del país o se despilfarran suntuariamente. Esta situación, que es la habitual en la periferia “atrasada”, donde el drenaje impide que deje de serlo y avancen hacia el status de las naciones “avanzadas”, se asegura por medios políticos y militares. Se humilla al país para perpetuar el saqueo, lo que requiere someterlo políticamente, imponer en el poder al bando dispuesto a traicionar la patria. En China, como es sabido, este sistema generaba periódicas hambrunas, con millones de muertos. Un país pionero en múltiples aspectos sufría al mismo tiempo una descomposición rampante[16].

Ésa es la esencia del imperialismo moderno, estudiado por Lenin en los primeros años del siglo XX y caracterizado acabadamente en los primeros congresos de la Tercera Internacional. La aparición del fenómeno, apenas entrevisto por Marx en las relaciones entre Inglaterra e Irlanda, ha creado un orden en el cual, al decir de Trotsky, “los civilizados le cierran el camino a los que pretenden  civilizarse”,  al parasitar en su beneficio la plusvalía colonial que necesitan para crecer. Esa renta colonial, en los países imperialistas, permite a sus burguesías licuar el conflicto con los obreros metropolitanos, transformándolos en cómplices de su dominio mundial[17]. Siendo así, van a concluir los bolcheviques, en la Tercera Internacional, con Lenin y Trotsky, la revolución colonial tiene una doble función en la lucha por el socialismo, a saber: crear condiciones para el desarrollo en la periferia de las fuerzas productivas, que le permitan el tránsito a la civilización y al socialismo; lograr, al privarlos de la renta colonial, reintroducir la crisis en los países pioneros del capitalismo –esa crisis prevista por Marx, que no pudo advertir el papel central que iba a tener el saqueo de las colonias: sobornar a las masas de los países imperialistas, trasladando el conflicto a los países oprimidos, a cuya costa podrían gozar Europa, EEUU y Japón de un bienestar generalizado.

Sin esa conceptualización, que por nuestra parte reiteramos, sin aportar nada nuevo, es imposible hacer el examen de China y el impacto de sus avances en la economía mundial. Porque aun si su desarrollo generara “solamente” la incorporación de ese país gigantesco al rango de las economías avanzadas, esto provocará –ya lo estamos viendo, con la única condición de no cerrar los ojos– un enfrentamiento fatal entre dichas economías, la derrota de aquéllas menos eficientes y amenazas de sobreproducción imposibles de asimilar dentro de los marcos del orden actual. Dar a esta afirmación una expresión más asequible al lector no especializado es posible: de un tiempo a esta parte China cuenta con un PBI igual o superior al de los EEUU. Pero su producción per cápita es, sin embargo, muy inferior (U$S 8.826,99 contra 59.531,66, datos del Banco Mundial para 2017). El ritmo de crecimiento, sin embargo, es muy superior a favor de China[18], que no está condenada a frenarse, ya que tiene amplios márgenes para seguir desarrollándose. Un simple cálculo indica que el logro de un nivel de productividad del trabajo próximo al norteamericano (la mayor rémora, en tal  sentido, son los 400 millones de campesinos que trabajan la tierra con métodos arcaicos, por la decisión del país de no apresurar el éxodo rural), llevaría al PBI chino a casi septuplicar el producto estadounidense y superar largamente la capacidad de absorción del mercado mundial que, como se sabe –en el capitalismo no puede ser de otro modo– está conformado por la demanda solvente, no por una suma de las necesidades humanas. Numerosos síntomas de todo esto son visibles en nuestros días en Europa y EEUU. En este último país, el proteccionismo de Trump es a nuestro juicio una reacción elocuente, al parecer tardía y muy probablemente condenada a fracasar, dada la fractura del stablishment norteamericano, cuyo bloque más poderoso está vinculado a la especulación financiera y cuenta actualmente con un poder sin frenos, impulsado por una visión cortoplacista y antihistórica[19]. Todo lo cual es muy peligroso para el futuro humano, pero aun cuando puede sumirnos en la barbarie, difícilmente salve a los EEUU de la actual  decadencia, que es sistémica y sin duda se ahondará.

Fundamentos y propósitos del viraje del 78

Ahora bien, es necesario puntualizar qué debía corregir China para lanzarse al vertiginoso desarrollo de las últimas décadas. Dicho de otro modo, qué conjunción de factores impedían ese despliegue y la naturaleza de los mismos. Para hacerlo con seriedad y no reiterar ciertos exámenes debe a nuestro juicio darse un rodeo, comenzando por recordar cuáles eran las premisas que según los marxistas iban a permitir implantar el socialismo y no simplemente enumerar los hechos que “prueban” el acierto de Deng, pero no explican por qué razón las fórmulas del maoísmo, a las que se concede utilidad para el período inicial, con el mismo patrón que juzga válidos los criterios de Stalin, no podían crear una economía moderna.

Los bolcheviques, Lenin entre ellos, eran al respecto discípulos de Marx: nunca creyeron que fuera posible avanzar hacia el socialismo sin el apoyo de una revolución obrera en Europa, que veían próxima. Rusia era un país atrasado, con islotes de gran industria flotando en un mar agrario primitivo, abrumadoramente mayoritario, con campesinos que usaban arados de madera confeccionados por ellos mismos, analfabetos y movidos por el hambre de propiedad. No era otra la razón por la cual hablaban de una “revolución burguesa”, al definir el impulso y “las tareas históricas” a que debían responder. Es conocido el hecho de que la diferencia central entre el ala menchevique y el partido de Lenin no estaba dada por esa caracterización, que los marxistas compartían, sino por la respuesta sobre cuál era la clase social que lideraría el proceso. La realidad demostró la exactitud de la visión que juzgaba imposible que la burguesía rusa –llegada tarde al escenario histórico, cobarde, miope– llevara a cabo “su” propia revolución. Los bolcheviques, que se hacían cargo de esa empresa, no habrían de detenerse en ella, sin embargo, y una revolución “ininterrumpida” (Lenin) o “permanente” (Trotsky) tendría lugar. La clase obrera buscaría enlazar la revolución burguesa con la revolución socialista, que no estaba madura en Rusia, pero sí en Europa. Pero, al cerrarse esta chance, los leninistas quedaron librados a su suerte. La revolución china tuvo más fortuna, según dijimos más arriba. Pero el cuadro general, en sentido histórico, no era distinto. El país mostraba un atraso fatal, además de estar destruido por las guerras; era ínfimo el proletariado.  El campesinado[20], luego del fracaso de la primera revolución, era el respaldo más significativo de los comunistas, pero trabajaba la tierra como en la época clásica del imperio Ming. Ahora bien, si en la URRS Stalin había negado la necesidad de crear la base material del orden socialista y era capaz de trocar la teoría marxista hasta el punto de defender el trabajo a destajo como “un principio socialista” y “edificar el socialismo” con el trabajo esclavo de millones de prisioneros, la revolución china no sólo contó con el auxilio soviético –es verdad que el mismo llegó después del fracaso de Stalin en convencer a Mao de que debía pactar otra vez con el Kuomintang– sino que se atrevió a otorgar un papel a la burguesía “nacional” en la reconstrucción del país y tuvo además el novedoso capital de haber aprendido a manejar la economía en las porciones del territorio que estaban bajo su dominio desde los días azarosos de la Larga Marcha. Es significativo que el propio Deng evalúe como justa la línea política vigente en el ciclo 1949-1956, con el liderazgo de Mao. Y lo es mucho más el carácter benigno que, si tomamos como referencia las purgas stalinistas, adquieren las luchas por el liderazgo chino, que condenaron a Deng a labores penosas en el mundo agrario, pero lo devolvieron a la jerarquía, vivo todavía Mao, como respuesta a una sugestión de Chou En Lai. De todas maneras, dicha peculiaridad no liberó a China de los violentos enfrentamientos y ásperos debates que tuvieron lugar en los países identificados con el socialismo marxista alrededor de los problemas “del periodo de transición”. Son conocidos sus términos: ¿sin un largo lapso durante el cual se obtengan  las bases económicas y culturales que caracterizan al  capitalismo central, es posible crear en un país aislado un orden socialista? Dicho de otro modo: ¿en las condiciones de penuria precapitalistas, que son las típicas en los países donde los marxistas han logrado tomar el poder, puede establecerse el reparto de los bienes que, según Marx, señalará al “estadio inferior” del socialismo? Por último, ¿en dichas condiciones, cabe concebir la superación de pugnas por ganar privilegios, a costa del status de  la inmensa mayoría, por parte de aquéllos que tienen el poder? Trotsky es pesimista en todo lo concerniente a estos interrogantes. En Rusia, el compañero de Lenin cuestiona crudamente, haciendo el balance del “comunismo de guerra”, esta tentativa “había extinguido el estimulante del interés individual en los productores”, que el capitalismo instituye con una ley de hierro. Pero no era fácil cambiar el rumbo. Abandonar la práctica del igualitarismo estricto hería las ilusiones del período heroico y una promesa central del bolchevismo, pero asumía que las circunstancias no permitían otra posibilidad. La izquierda partidaria se resistió al viraje y acusó a Lenin de traicionar la causa y sus propias ideas. A nuestro juicio, esa resistencia aguerrida, a la cual se sumaron quejas de las bases sociales del partido, explican que Lenin optara por definir la nueva política (NEP) como una “retirada” temporal, insinuando la proximidad de retomar “la ofensiva”. De otro modo ¿cómo entender el hecho de que el jefe bolchevique hablara al mismo tiempo de esa política como algo destinado a durar décadas[21], y el planteo posterior, a cargo de Trotsky, según el cual aun en el caso de que hubiese triunfado la revolución en Alemania “habría sido necesario renunciar a la distribución de los productos por el Estado y volver a los métodos comerciales, el juego de la oferta y la demanda seguiría siendo por largo tiempo, todavía, la base material indispensable”, mientras que “la industria misma, aunque socializada, necesitaba de los métodos de cálculo monetario elaborados por el capitalismo”[22]. Tras establecer la NEP, Lenin declara en el Congreso de los Sindicatos que es “inadmisible” que éstos tengan la dirección de las empresas, se declara a favor de los directores unipersonales, defiende la lucha por la productividad laboral, denuncia las faltas disciplinarias y a “los zánganos” y sostiene la necesidad de imponer el principio salarial creado por el capitalismo en lo que está designando como un “período de transición”. Declara igualmente que debe asumirse la oposición de los intereses (presentes) de los trabajadores con las necesidades del desarrollo de las fuerzas productivas y llama a sus seguidores a “aprender de los capitalistas” las técnicas de la gestión empresarial y comercial. El atraso cobraba su precio a los visionarios, imponiéndoles límites.

En realidad, la desdicha rusa fue el abandono por parte del stalinismo de estas políticas, mientras se consolidaba en el país la burocracia soviética, afecta a imponer una planificación sin correctivos democráticos, a establecer arbitrariamente los precios y a imponer el monopolio del Estado en la producción y el reparto de los bienes, suprimiendo el rol de un consumidor que, en lugar de operar a favor de la calidad, debe resignarse a obtener en los almacenes públicos una producción tosca y primitiva, inepta para competir con el mundo capitalista[23]. Podría decirse, reduciendo el problema a su mínima expresión, que, después de la muerte de Stalin, en un marco en el cual la burocracia obtenía un nivel de consumo relativamente privilegiado, se aseguraba al resto una estabilidad gris y la vida cotidiana estaba signada por la rutina embustera sintetizada en la frase de Lech Walesa: “nosotros hacemos como que trabajamos; ellos hacen como que nos pagan”. En las últimas décadas, tras la “emancipación de la burocracia”[24], puede decirse que era así.  La peste del alcoholismo coronaba la situación. La “socialización” arbitraria de las relaciones de producción genera distorsiones que han sido previstas, en sentido general, por Charles Bettelheim, quien no se atrevía, objetivamente, a verlas plasmadas en el “socialismo real”. En efecto, tras señalar que, “más allá de la propiedad del Estado”, es necesario un desarrollo “suficiente” de las fuerzas productivas, que logre socializar efectivamente las relaciones de producción, advierte que, sin aquel desarrollo, la propiedad del Estado puede “permanecer como un marco jurídico sin contenido”. Y cita a Marx (en consonancia con Trotsky, sin atreverse a mencionarlo) y su Crítica del Programa de Gotha: “El derecho nunca puede estar más arriba (sic) que el estado económico de la sociedad y  el grado de civilización que le corresponde”[25]. Volvemos al materialismo, como es notorio,  mal que les pese a ciertos “marxistas”, afines al anarquismo y el igualitarismo utópico, que al contrario de los primeros no creen que esa meta –que compartimos– debe sustentarse en un desarrollo material, lo que no implica negar el papel del estímulo moral, que en toda sociedad moviliza también a los seres humanos.  Se trata, en esto, de reconocer límites.

Nuestra visión es la siguiente: en todos los casos –se advierte que la problemática no es exclusiva de rusos y chinos, sino común a todas las revoluciones del mundo “atrasado”– podría avanzarse en la comprensión del  dilema que deben resolver los partidos marxistas del mundo semicolonial, tras tomar el poder, examinando las implicancias del pronóstico que Trotsky logró formular después del análisis del Termidor ruso: “Las tendencias burocráticas deberán manifestarse en todas partes después de la revolución proletaria. Pero es evidente que mientras más pobre es la sociedad nacida de la revolución, más se manifiesta esta “ley”, el burocratismo reviste formas más brutales y más peligroso se hace para el desarrollo del socialismo”. Y concluye: “No son los “restos”, en sí mismos impotentes, de las clases dirigentes de antaño las que impiden, como declara Stalin, al Estado soviético debilitarse y aun liberarse de la burocracia parasitaria; son factores infinitamente más potentes, tales como la indigencia material, la falta de cultura general y la dominación del “derecho burgués” en el dominio que interesa más viva y directamente a todo hombre: el de su conservación personal[26].” De esta observación, que corona la reivindicación del viraje a la NEP, podemos concluir, por nuestra parte, que si apelar a los métodos creados por el capitalismo, visto que seguimos en un marco signado por la ley del valor y un insuficiente grado de productividad del trabajo, crea una situación en la cual el gobierno obrero debe elegir entre establecer las condiciones de una competencia y colaboración del sector económico estatal con el  sector de capitalismo privado,  asumiendo el riesgo de una derrota posible, pero considerando que lo fundamental es avanzar en la productividad del trabajo y la provisión de bienes, para evitar el estancamiento y la metástasis burocrática, por un lado, o, por el contrario, ceder a la tentación de suprimir como sea las reglas del mercado y los estímulos materiales que han sido el fundamento del trabajo y la creación de riqueza en la historia humana, pero alimentan el egoísmo y la desigualdad social. Se trata, en realidad, de una falsa opción. Si como sostiene Marx y reiteran otros “el derecho no puede nunca elevarse por encima del régimen económico y del desarrollo cultural de la sociedad condicionada por ese régimen”, no puede pensarse en “liquidar” el egoísmo y la lucha por obtener una porción  mayor en el reparto de bienes que son escasos, mientras se está muy lejos del bienestar para todos. En esas condiciones, lo que se “suprime” por la puerta se cuela por las ventanas… que la burocracia abre y cierra, priorizando sus intereses. Con el agravante –razón por la cual la última de las alternativas resulta ser definitivamente funesta– de que la ilegitimidad y precariedad del status burocrático, no sustentado en utilidad social alguna, alientan en la burocracia el afán de justificar y disimular las prerrogativas que les otorga el poder oscureciendo la comprensión cabal de las cosas y sustituyendo la teoría por fórmulas autojustificatorias. No otro es el motivo por el cual el stalinismo, con total alevosía y contradiciendo premisas fundamentales del marxismo, intentaba “explicar” el gigantismo del Estado mientras festejaba el ingreso de Rusia al “socialismo”, malversando el valor de la doctrina de Marx y las puntualizaciones precisas y honestas de Lenin, siempre preocupado por dar a las cosas su cabal nombre. En cierto modo, puede decirse que negar un problema y dar al público versiones banales y autocomplacientes, como fue habitual en la Unión Soviética, no sólo implica renunciar a la lucha por un desarrollo material que supere al capitalismo, sino alimentar el caldo de cultivo para que las deformaciones burocráticas sean mayores y más peligrosas, imponiendo a la sociedad un falaz “socialismo” que, como ocurría en la URSS, brinda una “estabilidad” adormecedora a las masas, pero jamás podría competir exitosamente con los países capitalistas y sólo se sostiene perpetuando el proteccionismo y el mito de la autarquía[27].

La excepcionalidad china es la crisis general del capitalismo

En su beneficio o para atormentarlas, las revoluciones siempre cuentan con circunstancias excepcionales. En el caso ruso, su estallido tuvo lugar cuando una guerra “mundial” había sangrado al capitalismo central, con epicentro en Europa y sus terribles consecuencias no sólo quebraron “al eslabón más débil”, el imperio zarista, sino llevaron al continente entero al borde del colapso, con alzamientos en un número de países importantes.  Éstos, si bien fracasaron, dieron a los bolcheviques un enorme apoyo; la ira y las sublevaciones en el mundo próximo restaron eficacia a la contrarrevolución blanca. El régimen se consolidó, aunque degenerara hacia el stalinismo, con los resultados conocidos. La Revolución China gozó también de “favores” históricos; uno de ellos, de una significación no menor, fue la existencia previa de la Unión Soviética y las relaciones de fuerzas vigentes después de la segunda guerra.

Más tarde, a fines de la década de los 70, tras la crisis del petróleo, era muy notorio que para el mundo imperialista “los años felices” de la post guerra habían terminado y el viraje chino tuvo su comienzo en ese marco, caracterizado por la caída irreversible de la tasa de ganancia en las economías centrales; algo que fue entonces velado por el impacto del acercamiento chino-norteamericano y su presunta efectividad como recurso para operar contra un “enemigo común” más hipotético que real, el bloque soviético. La “apertura” dispuesta por Deng Xiaoping registraba cuáles eran las fortalezas del país y las dificultades del capitalismo para enfrentar dicha caída de las tasas de ganancia en los países centrales. El capital atina a “huir hacia adelante”: comienza a desplazar la producción de bienes a la periferia del sistema; concretamente, a países en los cuales la relación entre la aptitud y disciplina de la fuerza de trabajo está acompañada de un costo laboral muy ventajoso, respecto a las exigencias del mundo avanzado[28]. Sin precipitarse, sin ceder el timón a “la mano invisible”, con ensayos y tanteos, China ingresa en un proceso de desarrollo inédito por su vigor y continuidad, que genera en “el centro” un vaciamiento industrial, compensado en parte por el auge de la especulación y la deuda pública, que se presumirán eternos, mientras el poder imperialista juega a sostener la hegemonía global contando con el dominio de las tecnologías de punta, como si el monopolio de las mismas careciera de término. La sonada “deslocalización” buscaba contar con personal calificado de bajos salarios. China lo tenía[29], como uno de los frutos sobresalientes de la revolución. Ahora bien, es necesario precisar ciertas cuestiones. En primer lugar, los analistas serios coinciden en señalar que el impulso mayor vino del interior, de las empresas locales y comunales que canalizaron las energías de la población campesina, estimulada por el régimen de la “responsabilidad individual y familiar”, que provocó un retorno a muy antiguos  hábitos del mundo rural, que combinaban las exigencias del trabajo agrario con la producción aldeana de bienes industriales[30] para el mercado próximo. En segundo lugar, que el capital extranjero, que fue atraído a las “zonas especiales” de la costa, provino sobre todo de la diáspora china, por la renuencia de la empresas del mundo occidental, y aun del Japón, a aceptar las regulaciones y el control del Estado y su menor familiaridad con el gobierno del país. Y en tercer lugar, que si bien las desigualdades sociales y hasta regionales en los niveles de ingreso se hicieron enormes, y lo siguen siendo, los niveles de vida de toda la población han crecido en los años siguientes al viraje, de un modo indudable y hasta espectacular para los parámetros, bastante conocidos, que reinaban en el país. Para no hablar de los avances en salud, educación y desarrollo científico, tecnológico y cultural, que carecen de parangón en la historia moderna.

Una vez más, China y el futuro global

El destino final del experimento social iniciado en el país por la revolución triunfante, para los que no creemos en la desdichada idea de que sea posible construir el socialismo en un solo país y advertimos al mismo tiempo la crisis ya crónica del capitalismo senil, no puede pensarse sin reflexionar al mismo tiempo sobre el futuro próximo del orden global, que al parecer nos coloca –mientras carecemos, dramáticamente, del “sujeto político” necesario para enfrentar este oscuro panorama– ante el mismo dilema que provocó, a comienzos del siglo XX, la exclamación famosa de Rosa Luxemburgo: “socialismo o barbarie”.

Rechazamos la tentación de prever la barbarie. El mayor peligro que vemos en el presente es, sin embargo, la ceguera generalizada que reina mientras nos acecha el futuro, con el cuadro que intentamos resumir, aquí. Al señalar la sobreproducción y los espasmos que acompañan a la hipertrofia financiera y el capitalismo de timba, fenómenos agravados por los avances de China en el mercado mundial y las reacciones irracionales que suscita en los centros del poder mundial, llamamos la atención sobre la catástrofe que nos aguarda si no logramos reconstruir una “vanguardia” dispuesta a capitalizar la experiencia histórica y convocar a la construcción de un porvenir digno de llamarse humano. Nunca, como hoy, fue posible encontrar un grado de madurez en las fuerzas productivas que brinde a ese fin tan portentosos medios. Estamos llegando, con los ojos vendados, al mundo de la robótica y la inteligencia artificial, que ha suscitado advertencias entre alarmantes y frívolas, pero intuitivamente certeras, respecto del impacto social que provocará esta transformación, sólo equiparable a lo que trajo consigo la revolución neolítica.

El tema requiere un examen propio, que no cabe aquí. Pero apuntaremos, sí, que por una parte, podríamos estar a un paso del sueño del fin del trabajo como carga bíblica; de la conquista de una situación en la cual los humanos puedan dedicar el tiempo a satisfacer lo   vocacional –trabajar en lo que nos atrae, no entregar la vida a los medios de vida–, amar a los nuestros –los seres humanos, el mundo y sus criaturas–, expandir el conocimiento y la destreza corporal, apreciar el arte, en fin, todo lo que es digno de la persona que, como decía Trotsky, “empieza donde termina la lucha por el confort”, cuando ya no medimos el tamaño de las porciones. Ese mundo será posible. El automóvil sin chofer, que se prevé  operante en el 2025, implica democratizar el privilegio de los magnates del chofer propio, mientras atiendo otras cosas más interesantes que formar parte de un sistema mecánico. Y, para señalar asuntos menos ligados al reino de las fantasías –que no lo serán, en pocos años más– la mayoría de los trabajos que nos ocupan, hoy, para ganar un salario, estarán a cargo de procesos automatizados[31]. Para graficar el asunto ante el lector no informado, parece útil sugerirle imaginar que, además de la automatización en la producción fabril, a la cual ya nos estamos habituando, los trenes, taxímetros y colectivos, los almacenes y las tiendas, los hoteles y restaurantes, las estaciones de servicio y otras actividades presten sus servicios como lo hace hoy un cajero automático.

Ahora bien, ¿que implica esto en el mundo capitalista? Bill Gates quiere retrasar el proceso y hacerlo gradual, dada la desocupación que habrá de crearse, prácticamente epidémica, si las máquinas desplazan la mano de obra humana y nos transforman en marginales, en todas las ramas de la producción y los servicios. Y no se trata de ciencia ficción. Además de la conducción de automotores y trenes –Airbus prevé sustituir con robots los pilotos de aviones–, los negocios automatizados amenazan con liquidar a los trabajadores que los atienden, como hemos señalado. Sin embargo, lo que no ve el pensamiento burgués (Bill Gates es un ejemplo) es que dicho proceso supone la desaparición de la posibilidad misma de realización de la plusvalía, que necesita del consumidor. Más precisamente, ¿quién y cómo pagará por adquirir esas mercancías que constituyen la esencia de un sistema que produce para la demanda solvente y no para satisfacer, gratuitamente, las necesidades   del hombre[32]?

Un país como China, cuyos dirigentes aún se declaran comunistas y partidarios de alcanzar el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas necesario para construir el socialismo, sea cual sea el daño ocasionado por sus vínculos con el stalinismo, las desigualdades sociales que se observan en él y el pragmatismo rampante que informa sus acciones –rechazamos en principio la suposición de que esto sea un retroceso respecto a la invocación del “marxismo leninismo” anteriormente usual– está, sin duda, mejor preparado para dar los virajes que requiere ingresar en la nueva época. Lo que no excluye, desde luego, ya que se trata de una nación en la cual no está resuelta, ni mucho menos, la lucha de clases otro desenlace. Conflictos obreros no faltan en el país; asoman muchas veces cuestionamientos al poder. Tampoco se nos ocurre pensar que el destino general del planeta y la superación de la crisis crónica que padecemos pueda resolverse por el influjo de una nación, por más importante que esta sea. Una acción mucho más extendida es imprescindible.

 Si, como declaraba Marx, hace más de un siglo y medio en El Manifiesto Comunista, “una sociedad que ha conjurado semejantes medios poderosos de producción e intercambio es como el hechicero que ya no puede controlar los poderes subterráneos que ha invocado con sus sortilegios”, es preciso retomar el timón del quehacer humano y sepultar en el olvido a los matones y chapuceros que hoy gobiernan, sembrando el caos y la muerte, mientras un egoísmo social extremo cunde en las poblaciones del viejo mundo.

                                                Córdoba, 6 de febrero de 2019.

[1]  Quizás sería más exacto decir que hay en verdad notables diferencias entre quienes creen en esa tesis. Los autores más serios, entre los que cabe destacar a Galbraith y Stiglitz, señalan claramente que los líderes chinos no han aplicado recetas neoliberales y han priorizado siempre los intereses nacionales. Pero, dado su peso propagandístico, los ideólogos del stablishment capitalista global han impuesto su posición, que sirve para infundir un profundo pesimismo a las fuerzas que quieren transformar el mundo. No obstante, logran ese cometido al precio del autoengaño: “el fin de la historia” es un sueño pueril, sin sustento alguno.

[2] Durante la primera guerra mundial, el gobierno alemán impuso el manejo centralizado de los recursos y la producción al mundo empresario, para subordinar todo al esfuerzo bélico. El empresariado cedió el manejo al Estado, mientras hacía de la guerra un negocio más. La planificación y control estatal estrictos  eran una  novedad, en la era del capital; algunos socialdemócratas osaron hablar de “socialismo de Estado”. A Lenin y los bolcheviques, que rechazaban el término, absurdo si se considera que el poder prusiano, además de monárquico, era burgués, les inspiró la denominación de “capitalismo de Estado” y sacaron la conclusión de  que era útil estudiar la experiencia. Dado que la gestión estatal de la economía, con un sector público y otro privado, en colaboración y competencia, en las condiciones creadas por el poder obrero, representaba una clave para desarrollar al país, en el periodo denominado de “la transición hacia el socialismo”.

[3] Una categórica demostración de lo que significa la ausencia de condiciones objetivas, que se resumen en la elevada productividad del trabajo y un alto grado de cultura material y técnica, es la deriva hacia la dictadura y la corrupción de los alzamientos de sectarios cristianos comunistas en la Edad Media narrados por Norman Cohn de un modo pormenorizado y brillante, que malogra en sus conclusiones, al intentar asimilar aquellas tentativas con lo que él llama “milenarismo marxista”. Norman Cohn. En Pos del Milenio. Revolucionarios milenaristas y anarquistas místicos de la Edad Media. Barral Editores, 1971.

[4] El ideal de crear una sociedad igualitaria que se proponga como meta “el reparto de la pobreza” y consagre  el ascetismo, satisface a los anarquistas y al “socialismo” cristiano, pero nada tiene que ver con el marxismo.

[5] Ignorar al mercado sin haber creado las bases objetivas para que salga de la escena, tras haber cumplido su papel histórico –tal como desapareció el arado de mansera con la invención del tractor– sólo logra impulsar un “ilegal” mercado negro. En la URSS, el fenómeno tuvo en las décadas anteriores a su crisis un desarrollo fatal. Eso permitió, a su vez, una acumulación de capital privado, en manos de la burocracia y la mafia de los arribistas que lograban protección; ambos sectores se asociaron para impulsar la desintegración del país. Por otra parte, contrasta la catástrofe geopolítica y humanitaria sufrida por la URSS, luego del colapso del PCUS, por una parte, con el extraordinario avance  y la solidez del régimen chino, por otra. Recordemos, además, que Rusia vive un proceso de recuperación hoy, de la mano de Putin y que su futuro depende del desarrollo de las pugnas entre “los oligarcas” y la nación, en el marco de la crisis del capitalismo senil.

[6] Richard McGregor. El Partido. Los secretos de los líderes chinos, Editorial Turner Publicaciones S.L, 2011.

[7] Maurice Meisner. La China de Mao y después, Editorial ComunicArte, 2007. El autor sostiene la tesis de la restauración capitalista no deseada, pese a señalar que, “como Lenin,  Deng no se oponía a usar los medios del mercado capitalista para lograr los objetivos socialistas”. A nuestro juicio, hay una equiparación entre “el mercado” y “el capitalismo” en las reflexiones de Meisner que sugieren un cierto grado de confusión teórica, con una franca simpatía hacia el igualitarismo maoísta y sus valores éticos, además de un tratamiento donde el antagonismo del país con el mercado mundial tras el viraje de Deng es visto como una competencia, entre economías iguales, donde la condición periférica de China no adquiere el carácter de dependencia colonial y la lucha (exitosa hasta hoy) por alcanzar el rango de los países avanzados no subvierte el orden mundial.

[8] Isaac Deutscher. Trotsky, El profeta desarmado. LOM Ediciones, 2007, pág. 44. (El subrayado es nuestro.)

[9] E.H.Carr. La Revolución Bolchevique (1917-1923). Alianza Editorial S.A, 1972, Tomo 2, pág. 103.

[10] Pierre Broué. El Partido Bolchevique. Edicionesw Alternativa, 2007 , pág. 199.

[11] Éste parece ser el caso de Charles Bettelheim. Su manejo de las categorías del marxismo lo distingue en el cuadro del stalinismo vulgar, pero sólo se atrevía a cuestionar los pormenores. Al referirse a Stalin, como “teórico”, se degrada a sí mismo. Apenas pregunta, sin desmentir al burócrata, como si la respuesta pudiera generar vacilaciones: “La desaparición completa de la producción mercantil, ¿no supone la realización del socialismo a escala mundial y una verdadera planificación internacional?” Charles Bettelheim. La transición a la economía socialista. Editorial  Fontanella S.A, 1974,  pág. 49.

[12] Desde 1930 hasta 1955 la producción agrícola per cápita  (con excepción de los cultivos industriales) se mantuvo en la URSS por debajo de la Rusia zarista de 1916. En la producción animal, el nivel de 1913, o el de 1928, no había sido alcanzado aún en 1960, salvo en porcinos. Ernest Mandel. La economía en el periodo de transición. https://www.ernestmandel.org/es/escritos/pdf/periodo-de-transicion.pdf.*****

[13] Pierre Broué. op cit, pág. 385-387. La medida de ese viraje requiere recordar que se niega la existencia de límites impuestos por las leyes de la economía y se imponen metas desmesuradas, tras haber rechazado “la industrialización acelerada” que proponía la Oposición y enarbolar la famosa consigna de Bujarin citada, que desarrollaría el socialismo “a paso de tortuga” para “no romper la alianza con el campesinado”.

[14] Lo prueba la carta del Che a Fidel, antes de irse al Congo, en que afirma: “El comunismo es un fenómeno que se produce en la conciencia; no se llega a él con un salto, un cambio en el modo de producción, un enfrentamiento entre las fuerzas productivas. El comunismo es un fenómeno de conciencia y tiene que desarrollarse en el hombre; por tanto, la educación individual y colectiva en el comunismo es consustancial a éste”. Lo mismo había expresado al analizar los problemas del periodo de transición al socialismo. A pesar de cuestionar lo que ve en la URSS y creer erróneamente que se origina en la NEP –le espanta que Lenin diera “entrada nuevamente a viejas relaciones de producción capitalista” y usara como estimulo el interés individual– dice que el capitalismo aventaja al mundo soviético en la automatización, la productividad del trabajo y el avance técnico, pero prioriza la cuestión moral: imagina “un hombre nuevo” creado al calor de la lucha, a imagen y semejanza del propio Che, sin advertir que esta posición está lejos de Marx y próxima a Jesús. El idealismo filosófico no podría ser más claro, ni estar más alejado del materialismo de Lenin. Ernesto Guevara. Retos de la transición socialista en Cuba. Ocean Sur, 2009 pág., 219 a 230.

[15] José Cademartori. Deng Xiaoping y el socialismo de mercado. Rebelión, 2009.

[16] Cabe recomendar a Jonathan D. Spence. En busca de la China moderna. Tusquets Editores, 2011.

[17] La plusvalía colonial corrompe a los líderes de la II Internacional. Jorge Abelardo Ramos recrea los debates del Congreso de Stuttgart, en 1907. Varios delegados defienden la empresa colonial de “sus” países, como necesaria para sostener la prosperidad europea. Se esfuerzan por demostrar que Europa lleva a las colonias la civilización y el progreso. Sólo cabe denunciar “sus excesos”. Historia de la Nación Latinoamericana. 2da Edición, Peña Lillo Editor SRL, 1973, Cap. VI, Marxismo y Cuestión Nacional.

[18] El mismo cotejo, con los datos de 1960, da para EEUU 3007,12 y para China 89,52. Matemáticamente, eso indica que en aquel año, el PBI per cápita estadounidense era 33 veces superior al de China; pero en el 2007 la comparación nos da menos de 7. La distancia es enorme, todavía, pero es impresionante lo que descuenta año a año el país asiático.  Datos Estadísticos del Banco Mundial.

[19] Trump y la utopía de un “patriotismo” antihistórico, 2017. En http://aurelioarganaraz.com/ideologia-y-politica/trum-y-la-utopia-de-un-patriotismo-antihistorico/

[20] Una notable diferencia parece existir entre ambos campesinados, según sugiere Giovanni Arrighi. La China rural fue originariamente una “civilización pluvial”, donde una elite técnica organizó a los campesinos bajo la estricta disciplina  requerida por el cultivo colectivista del arroz. Sin la comunidad, la sobrevivencia individual es al parecer una quimera. Esto promueve un sentido comunitario, ausente en los campesinos del imperio ruso. Por nuestra parte, nos tienta a pensar si ese fenómeno no explica, en alguna medida, el curioso hecho de que los comunistas chinos encontraran en esta clase, al parecer atípica respecto a sus semejantes de otros países, un “sujeto” social cualitativamente afín al proletariado industrial, sin cuyo concurso se juzgaba imposible el triunfo revolucionario, antes de Mao. Giovanni Arrighi. Adam Smith en Pekín. Ed. Akal, 2007

[21] Lenin. El papel y las tareas de los sindicatos en la Nueva Política Económica (NEP). Resolución del C.C. del PC (b) R del 12 de enero de 1922. Obras Completas, Ed. Cartago S.A, 1960. tomo XXXIII.

[22] León Trotsky. “La revolución traicionada”. Ed. Proceso, 1964, pág. 38 y 39.

[23] El secreto de la disparidad, inusual en el resto del mundo, entre esa industria militar y espacial, altamente calificada de la URSS, por una parte, y la tosquedad, e insuficiencia crónica, en la provisión de bienes para el consumo, por la otra, había llamado la atención del Che Guevara, que reprocha la falta de integración entre aquella y la industria civil, habitual en Occidente, pero no explica las causas que la provocan. El secreto se disipa al ver que en el primer caso “el consumidor” tiene el poder necesario para exigir a los responsables de dicha área la máxima calidad posible, mientras que los ciudadanos, salvo los sectores de la alta burocracia, eran impotentes frente al almacén del Estado, donde faltaban a veces provisiones básicas.

[24] La “emancipación de la burocracia” alude al aporte de Moshe Lewin, que señala  la impunidad ganada por la Nomenklatura tras la muerte de Stalin, que la libera de la zozobra  permanente que padecía en el régimen de terror del georgiano. Moshe Lewin. El siglo soviético. Ed. Crítica, 2005

[25] Charles Bettelheim. op. cit., pág. 63. Esa frase, tan representativa de la visión de Marx, es un leitmotiv en La Revolución Traicionada, para respaldar la crítica a todas las utopías, burocráticas o no. Es difícil pensar que el economista francés no conociera esta obra y hubiera advertido su inconfesable coincidencia con el “trotskismo”.

[26] León Trotsky. op. cit, pág. 66 y 67.

[27] La necesidad de eludir la competencia prematura con los países centrales no está en duda, como recurso temporario. Pero “alcanzar y superar” a los países capitalistas supone ganar una productividad más alta. Y, si la construcción está lista, se saca el andamio. La “autarquía” de la URSS fue un refugio eterno. En su mayor obra, Boris Kagarlitsky cuenta cómo, en la década del 80, los habitantes de la URSS que iban al extranjero suscitaban al volver la envidia de sus amigos con las afeitadoras de Gillette y los desodorantes a bolita, que brillaban al compararlos con los toscos productos del almacén soviético. Esta derrota cultural –los espejitos de colores de la Europa capitalista, 60 años después de la Revolución de Octubre– era el preludio de lo que sobrevino después. Los intelectuales y el estado soviético. De 1917 al presente. Prometeo libros, 2006.

[28] En las últimas décadas, China dejó de ser un país barato por sus salarios. Desde los U$S 200 ha escalado a un promedio salarial de U$S 700; creció la desigualdad, pero también los ingresos de la clase obrera.

[29] Un enorme logro del periodo maoísta, arbitrariamente denostado en bloque. Un autor serio dice: “El que no es economista se dará más fácilmente cuenta de este progreso con datos concretos. Producción de acero, en millones de toneladas: 1949, 0,16; 1952,1,3; 1960, 18,4. Carbón: 1949, 32; 1960, 425. Fundición: 1949, 0,25; 1960, 27,5. Electricidad, en millares de kilovatios-hora. 1949, 4,2; 1960, 58; Algodón (en millones de metros) 1949, 1,9; 1960, 7600. Cereales, boniatos y patatas contados por el cuarto de su peso (Tns): 1957, 185 millones; 1958, 250; 1959, 270”. Se han triplicado las líneas férreas; el número de centrales hidroeléctricas y térmicas, etc. Fernand Braudel. Las civilizaciones actuales. Ed. Tecnos, 1962, pág. 186.

[30] En este tipo de emprendimientos municipales y aldeanos se lograron en los primeros años tasas inauditas de crecimiento, con porcentajes que llegan al 38% anual. Enrique Arceo. El largo camino a  la crisis. Editorial Cara o Ceca, 2011, Cap. X La transformación de China.

[31] Sin considerar la ciencia ficción, se ha escrito mucho sobre estos temas. Fue pionero El fin del trabajo, de Jeremy Rifkin, cuyos límites ideológicos, paradigmáticos en el tratamiento de la cuestión, le impiden extraer las conclusiones que surgen de sus propias observaciones. Últimamente, Andrés Oppenheimer, en ¡Sálvese quien pueda!, ha tratado el tema con chabacanería sensacionalista, buena quizás para vender el libro entre los adictos a ese estilo. De todos modos, muestra el avance veloz de los robots en las más diversas ramas de la producción y los servicios.

[32] Algunos alquimistas, con ligereza, sugieren remediar estas contradicciones del capitalismo senil otorgando a las poblaciones un “ingreso universal” gratuito, sin contraprestación laboral ¿puede concebirse que se nos regale el dinero con el cual compraremos lo que precisamos tener, ya que como dicen los obreros alemanes,  “los robots pueden fabricar automóviles, pero no comprarlos”? ¿puede el capital rentarnos, para vendernos luego los bienes que carecerían de un comprador solvente?

LA IGLESIA Y EL CAPITALISMO SENIL

papa-Francisco

Es una posibilidad –nos desafía a reflexionar sobre las razones que impulsan uno de los virajes más sorprendentes de los últimos años– que la discordia que advertimos entre el papado de Francisco y los voceros del stablishment global y latinoamericano, lejos de ser un fenómeno temporario, con  la personalidad intelectual y el empeño de Bergoglio como motor principal, esté manifestando una incompatibilidad más profunda entre los patrones que informan a la Iglesia Católica y los rasgos que caracterizan al capitalismo actual. Éste, sobre todo en Occidente, exhibe el dominio del capital  financiero y la especulación sin freno, el traslado de industrias a sectores de la periferia, la ruina creciente del Estado de Bienestar, con precarización del trabajo y desocupación crónica, ante todo juvenil. En esas condiciones, el régimen actual es incapaz de brindar a la población, si prescindimos del ínfimo núcleo parasitario, un orden de cosas más o menos estable, que permita adoptar, como corolario, esa visión conservadora que fue típica del mundo avanzado; vale decir, de aquéllos que  viven en los centros imperialistas. La desaparición de esa estabilidad, inclusiva y gozosa, podría asociarse con la crisis de la familia y los valores tradicionales, el arribo de la inquietud y el temor al futuro y la búsqueda compensatoria del goce inmediato y “el crepúsculo del deber”, como actitud ante la vida.

En realidad, aunque el cuadro descripto muestre asociados todos esos rasgos, la gestación de los valores a que hacemos referencia fue menos lineal. Las inclinaciones hoy vigentes, que reflejan los ensayos de Gilles Lipovetsky, fueron generándose más atrás, durante el período que simbolizaron Los Beatles y el Mayo Francés, con la ola antiautoritaria e iconoclasta de los 60, en el estadio de madurez del Estado de Bienestar. En ese marco, “hacer el amor y no la guerra”, en las juventudes del primer mundo, cumplía una doble función política: enterraba  los vestigios del orden patriarcal y su “rigidez moral” hipócrita, desacralizando visiones caras a la burguesía, y servía para negarse a ser carne de cañón en las guerras colonialistas de los países respectivos, como era el caso, durante Vietnam, en los EEUU. Los izquierdistas, con un optimismo quizás ingenuo, pensábamos que esas rebeliones horadaban bastiones del mundo burgués, al cual se atribuía incapacidad para convivir  con la “libertad sexual” y una familia no patriarcal; de modo general, con  una cultura no alienada al patrón moral de la religión cristiana. Esa presunción, es notorio hoy, era una fantasía de aquella generación, heredera a su vez de ideas libertarias anteriores, que veían a la familia y a la religión, como pilares imprescindibles del orden burgués.

La Iglesia tradicional y el orden burgués

Ciertos aspectos quizás primitivos de una visión que compartieron los liberales revolucionarios y el pensamiento de izquierda –ineptos para advertir algo menos superfluo que “la barbarie heredada” en las motivaciones que explican el sentimiento religioso– no implican que sus combates contra la Iglesia carecieran de una justificación dictada por el rol que aquélla cumplía en la defensa de un sistema opresivo y explotador. Ése fue el papel de la Iglesia, en todo el mundo y en nuestro país: ser un puntal del conservadorismo social y político. La expansión global del capitalismo europeo, cabe recordar, contaba con el auxilio, proveedor de legitimidad, de una acción religiosa supuestamente civilizatoria, en todos los continentes. Era la faz teísta de “la pesada carga del hombre blanco”, con la cual Kipling, quizás sin ser un vulgar cínico, enmascaraba los móviles del colonialismo inglés de la era victoriana. Alfredo Terzaga, en un breve ensayo de 1966 (1), nos lo decía claramente, siendo pionero, al mismo tiempo, en observar la aparición de lo que sería más tarde el cristianismo social o tercermundista. Recordaba, entonces, la alianza con el mitrismo para enfrentar a Juárez Celman y el papel de los clericales y la jerarquía eclesiástica en los preparativos y la consumación de la mal llamada Revolución Libertadora. Tan fuerte era esa tradición, advertía el autor, que los sacerdotes jóvenes y la fracción de la jerarquía que quería impulsar las posiciones postconciliares enfrentaba  la resistencia de un laicado conservador (y desde luego, a otra fracción de la cúpula eclesiástica), habituado a ver en la militancia clerical un aliado fiel. La historia posterior, el desempeño de los curas del Tercer Mundo, en el país y Latinoamérica, es conocido, como un capítulo de las tragedias del continente  y sería materia de otra reflexión.

Si importa recordar que, como es sabido, aquel viraje formaba parte  de uno mayor, representado globalmente por el papado de Juan XXIII y el famoso Concilio Vaticano II; que desconcertó a varios,  en nuestro país y en el mundo entero. Pero resultaba comprensible, para los no creyentes, frente a ciertos vuelcos en la situación global que impulsaban indudablemente una reorientación, dictada por la necesidad de adecuar a la Iglesia a lo que amenazaba con ser un nuevo orden.

Por extraño que sea para las nuevas generaciones, pocos apostaban al futuro del capitalismo, en el momento aquel. Su retroceso parecía ser irreversible, luego del triunfo de la Revolución Cubana, con la derrota norteamericana en Vietnam a la vista, y el vuelco cultural representado por el auge del pacifismo en los EEUU y el Mayo francés, que parecían anunciar el desplazamiento del  futuro  hacia la revolución y el socialismo. No obstante, como es de presumir tratándose de la Iglesia, esas tendencias no suponían más que un nuevo equilibrio o relación de fuerzas, sin suprimir corrientes de signo contrario, que se verían representadas, durante el largo proceso de la descomposición del campo del “socialismo real” y la recuperación de la fuerza del imperialismo mundial, con Reagan y Thatcher, por el Papado conservador de Juan Pablo II.

El Papado de Francisco y el capitalismo senil

El periodo anterior a la consagración de Francisco fue signado por el desprestigio fenomenal que significó para la Iglesia las escandalosas denuncias de crímenes sexuales que involucraban al clero y la jerarquía eclesiástica y otros sucesos, también vergonzosos, relativos a los manejos financieros del Vaticano, completamente reñidos con la moral cristiana, y con la imagen, verdadera o fingida, que debe guardar una institución religiosa para ser creíble. Revertir ese deterioro es una razón de la elección de Bergoglio para presidir la Iglesia, sin duda. Pero tenemos la impresión de que no fue eso todo lo que se esperaba del nuevo Papa: no es razonable pensar que su frontal choque con los valores y la lógica del capitalismo actual sea únicamente una “empresa personal”, sin sustento en corrientes internas poderosas, surgidas en por lo menos una fracción de la jerarquía vaticana.

Empecemos por decir que sólo una gran torpeza –mucho más probable es que se trate de mala fe,  acompañada por la voluntad de distorsionar las cosas– puede atribuir la orientación del Papado al “partidismo” (peronista) del “argentino” Bergoglio, que subordinaría la acción y la perspectiva del Vaticano a juegos de entrecasa; suposición que, entre otras cosas, importa una subestimación casi ridícula de la capacidad intelectual, el equilibrio psicológico y el talento, la astucia y la visión global de una gran figura del catolicismo moderno, que se destaca entre sus pares del último siglo. Creer, o sugerir, que adquirió su visión en Guardia de Hierro es una estupidez que define al autor, como un “cabeza de perro”, pero no ayuda a comprender a Bergoglio. Intentemos buscar explicaciones menos triviales en otro lado.

El capitalismo senil ha probado su aptitud para transformar ciertas banderas del antiautoritarismo y las libertades individuales de las generaciones antisistémicas de la segunda mitad del siglo XX, en la medida en que fueron conquistas históricas, en instrumentos de dominio. Es que, salvo cuando se trata de disciplina laboral y de las sagradas prerrogativas de la propiedad privada, la elasticidad burguesa no tiene límites. Todas las demandas que tuvieron relación con “la libertad sexual”, y los valores morales de la sociedad tradicional se integran en definitiva al ideario, llamémosle así, del individualismo extremo… que es connatural al universo burgués. Algunos rasgos del hedonismo de los estudiantes del Mayo Francés “vienen bien” para descalificar la solidaridad y el heroísmo como virtudes, aunque las exigencias militares en la guerra colonial deban atenderse con empresas de mercenarios, que nunca usarán el fusil contra sus amos. Es una ganancia no menor. Minúscula, sin embargo, si resulta posible imponerla también en el mundo periférico, para desalentar sus luchas: una rebelión anticolonial y social exige un esfuerzo colectivo sostenido, con el involucramiento de los sectores intelectualmente activos y de la juventud, en particular. Para advertir qué se gana con la sugestión a elegir “gozar de la vida, sin enroscarse”, basta imaginar qué consecuencias hubiese tenido para las luchas de liberación del pueblo vietnamita que la consigna más celebrada del Mayo francés, “hacer el amor y no la guerra”, se hubiese impuesto a su población joven, como supremo mandato (8). Pero, no es todo, ni mucho menos.

El capitalismo fordista, y con mayor holgura el Estado de Bienestar, prometían a sus comunidades un futuro cierto, sólo condicionado al “trabajo duro” y un modo “disciplinado” de vivir la vida. Esa expectativa era realizable en los países avanzados. Pero, aun en la periferia, siempre que se tratara de las economías denominadas “de desarrollo medio”, como la Argentina, podía concretarse; con menos pretensiones, pero también exitosamente, para una buena parte de las grandes mayorías. Éstas luchaban “sólo” por el ascenso social. La cacareada postmodernidad es diferente. Ofrece tan sólo trabajo precario, incertidumbre previsional y alta desocupación, especialmente juvenil, en un horizonte donde el avance de la robótica amenaza seriamente con destruir las bases del trabajo humano. En ese marco, ¿cómo podría el capitalismo senil sustraerse a la tentación de  “vendernos humo” y salir de la escena, tras entretener al público. Para ese fin, nada mejor que alimentar en los jóvenes la ilusión de que, si los acompaña el ingenio, pueden ser todos un Steve Jobs. Y, caso contrario, sin esforzarse y “desestructurados”, “vivir la aventura y el goce inmediato”, sin dejarse atrapar por la obsesión de prever. En ese marco, quizás sin advertir cómo se adecua semejante idea con las necesidades tácticas del orden establecido, no es un mal consuelo concluir, imitando a John Lennon, que “la vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes”.

 Conclusiones provisionales

Suele decirse que el capitalismo  de la globalización está preñado de graves contradicciones, pero carece de oponentes aptos para cuestionar su perdurabilidad en el tiempo. Presumiendo realismo, esta conclusión subestima los factores dinámicos de la situación, junto con los signos de una crisis crónica y, quizás el error más importante, cree que China y la Rusia actual son parte del sistema, lo que supone ignorar la naturaleza del sistema, en el primer caso y en ambos las contradicciones con los centros imperialistas. No podemos, en este momento, tratar esos temas, que nos llevarían lejos de los propósitos de la nota. Es más, omitimos hablar del conflicto estructural entre el bloque imperialista y el mundo periférico, que tampoco es un sujeto pasivo respecto a definir hacia dónde vamos. En este momento, nos interesa solamente explicitar nuestra impresión de que la tendencia  representada en la Iglesia por Francisco parece dudar del futuro del capitalismo, por lo menos del que tiene hoy vigencia entre los centros avanzados, con la dictadura de las finanzas y las políticas neoliberales que la acompañan necesariamente.

Pero así es el capitalismo senil, al que nada ni nadie podrá devolverle la vitalidad juvenil.

Con los elementos apuntados más arriba, intentemos reflexionar sobre los cálculos o impresiones que impulsan al Vaticano a comprometerse explícitamente con los que impugnan la actualidad, sin que pueda advertirse, como ocurría al final de la década del 60, un oponente capaz de derrotar al capitalismo e imponer al planeta un orden distinto.

El primer motivo que lleva a la Iglesia a poner en duda la consistencia del sistema, a nuestro juicio, deriva de los rasgos que caracterizan a los sectores que lideran al mismo, cuya visión de sí mismos y cuyas relaciones con el orden que sostiene su predominio los exhiben más próximos a una banda de salteadores que a un clase dispuesta a construir un futuro que los tenga por amos, pero en el cual se atiendan los intereses del esclavo. Las consecuencias de esa conducta son muy notorias en los propios centros del imperialismo mundial, con la deslocalización industrial impulsando a la baja las exigencias salariales, la precarización del empleo y los servicios públicos, el uso de los “ilegales” para extorsionar a los trabajadores y la desocupación creciente, que marginaliza a la juventud y las mayorías no especializadas a la zozobra constante. La seriedad, la previsión y la construcción de un orden, fáctica y metafóricamente, han emigrado a China y otras áreas de la periferia del sistema, la mayoría ajenas a los lugares donde se asienta la religión cristiana.

Al mismo tiempo, íntimamente asociados con la imprevisión y la búsqueda de resultado inmediato en la especulación, lejos de la producción y el trabajo como soportes, el sistema practica y postula la amoralidad explícita, como actitud ante la vida y como reflejo de una mercantilización universal, que aunque recuerda a las previsiones del Manifiesto Comunista, amenaza con desintegrar todo lo que resta de lazos basados en valores humanos. Las apuestas “al caos” en la periferia semicolonial, las guerras que se libran con mercenarios y drones, muestran no sólo la crueldad del orden, sino la desintegración que lo carcome interiormente y lo priva de toda legitimación y futuro, salvo que se trate de una barbarie sin límites. Es sintomático que este tipo de “empresas” ni siquiera pretenda buscar justificación moral o religiosa medianamente verosímil, sustituyéndola por el bombardeo del sistema mediático que, sea cual sea su eficacia inmediata, sólo es capaz de aturdir a los tontos y desatentos del montón, pero no de construir una plataforma ideológica digna de su nombre.

En ese contexto, la discordia entre la faz decadente del capitalismo y las instituciones religiosas que pretendan sobrevivir como visiones universales proveedoras de sentido podría resultar fatal e  irremediable, a menos que estas últimas renuncien a los rasgos que caracterizaron su presencia en la historia del hombre, como fuerzas conservadoras del orden social, que procuraban no obstante representar la universalidad  de un modo congruente con un sistema de ideas, para ser solamente un taparrabos del bandidaje que usufructúa el sistema antes del diluvio.

Córdoba, 31 de marzo de 2018

Notas:

(1) La Iglesia y la Revolución Argentina, por Manuel Cruz Tamayo -(Alfredo Terzaga) – IZQUIERDA NACIONAL N° 4 – marzo de 1967

SOBRE UN LIBRO DE ITAÍ HAGMAN Y ULISES BOSIA

Itai HagmanAcabo de leer “La izquierda y el nacionalismo popular ¿un divorcio inevitable?”, un libro de Itai Hagman y Ulises Bosia, publicado a fines del 2017. Confirma mi opinión  con respecto a la corriente que ellos lideran: es una buena novedad de estos años (1). La obra reúne varios ensayos, escritos  antes y después del triunfo de Macri, en los cuales se expone su visión de problemas implicados en la lucha por transformar al país desde una perspectiva de “izquierda popular”; término con el que se deslindan de la ultraizquierda y la izquierda tradicional, buscando interactuar con el “nacionalismo popular”. Este último fenómeno, al que ven hoy encarnado en el kirchnerismo, no es juzgado como un “obstáculo a remover”, sino como “el piso a partir del cual puede darse un proceso de cuestionamiento al orden social vigente, si se consigue generar las condiciones para su radicalización”.

Un enfoque posible para examinar a Patria Grande –nombre de esta “izquierda popular”, en estos días– parte de señalar que su gestación siguió, en cierto modo, un curso inverso al que dio nacimiento a la Izquierda Nacional, en otro tiempo. Ésta surgió, en los primeros años de la década del 40 del siglo pasado, después de “argentinizar” los postulados expuestos en las tesis de Lenin sobre “los pueblos de Oriente” (la política marxista en los países oprimidos)  y asimilar planteos sobre las cuestiones estratégicas de la revolución latinoamericana que aportó Trotsky, desde Méjico, mientras apoyaba al gobierno del General Cárdenas (2). Al hacer suyas esas lecciones, la primera generación de Izquierda Nacional pudo señalar al peronismo naciente como una manifestación de nacionalismo popular, saludar como gesta al 17 de Octubre y hasta decir que las masas que entonces coreaban “Viva Perón” eran las mismas que antes gritaban “Viva Irigoyen”, exponiendo la continuidad de los movimientos nacionales (3). Luego, durante una década (4), en un contexto poco receptivo para puntos de vista tan heterodoxos, sus integrantes se refugiaron en el estudio del país, lejos de las demandas de la lucha práctica (5). Estas circunstancias, que sólo al final del ciclo peronista abrieron cierto cauce de acción política, son, por lo tanto, opuestas a las que enfrentaron los compañeros que militan actualmente en Patria Grande, que desarrollaron fuerzas mientras buscaban “la teoría” que iba a guiar su acción política. Esa oposición en el modo de crecer y posicionarse entre ambos grupos es significativa, por razones que se verán.

Bases de la génesis de “la izquierda popular”

La corriente de “izquierda popular” que los autores expresan, por el contrario, surge más bien, como ellos mismos lo dicen, en un periodo de “orfandad teórica” posterior a la caída del “socialismo real”. Surgieron entonces planteos utópicos de “transformar lo pequeño”, que desdeñaban la lucha por el poder político; una era de repliegue, que hace decir a los autores del libro que “el proyecto de una izquierda popular nace con una gran orfandad” y que, asumiéndolo, “la tarea de construir un árbol genealógico que le dé sentido y hondura histórica se vuelve una cuestión de primer orden” (6). Una cuestión de primer orden, cabe añadir, complicada por el choque entre la mencionada “orfandad” y las demandas propias de la lucha práctica en la que están comprometidos núcleos militantes que se orientan sin contar con sólidas referencias, impactados por la emergencia de virajes en la realidad que no se habían previsto y amenazaban dispersarlos, como ocurrió con el “autonomismo”, al menos con las variantes incapaces de evolucionar. Los hechos, como dicen los autores,  “dejan en orsai” al que es sorprendido, aunque se trate de acontecimientos favorables al pueblo y las perspectivas de una izquierda bien orientada. Y eso sucedió, los compañeros lo confiesan, con la emergencia del chavismo, particularmente. Que me permitan decir, en este punto –no hay una pizca de vanidad en recordarlo; hay interés en trasmitir el valor de contar con ciertas visiones– que recibimos a Hugo Chávez en 1995, en el local de Patria y Pueblo, cuando toda la “izquierda” veía en él a “un militar golpista”. Lo hicimos por carecer del prejuicio “antimilitarista”, que ignora, aún hoy, una de las claves del ciclo bolivariano: el  nacionalismo militar, que fue y sigue siendo un componente de la revolución venezolana, como lo fue en tiempos del coronel Perón, en la Argentina.

Ahora bien, es precisamente la referida “orfandad” lo que agiganta el mérito de responder,  con un viraje, como hicieron los compañeros, a la emergencia del ciclo latinoamericanista que inauguró Chávez y prosiguieron luego Lula, Evo, Kirchner y Correa, en los inicios del siglo. Con núcleos militantes, sobre todo estudiantiles, debieron emprender una ruptura crítica con los primeros amores, que Ulises Bosia narra en las notas (I) Ajuste de cuentas final con el autonomismo y (II) El Frepaso, la Izquierda Unida y la hipótesis autonomista. Debates de cara a nuestro presente.

En este punto, casi podría decir que cedo la palabra al compañero Ulises, que reseña una evolución donde las novedades históricas parecen haber contado más, en el viraje de la corriente, que las armas provistas por el capital intelectual con el cual arrancaron, más o menos al empezar el siglo. De allí que, según mi opinión, la mayor cualidad de nuestros autores y la corriente en que militan fue la capacidad de ser permeables a las corrientes reales de la política popular;  revisar creencias y, en tal caso, como dice Itai, “equivocarse con el pueblo”, mientras asimilaban las lecciones que la historia latinoamericana de este tiempo nos está brindando, sin resistirse a dejar una piel envejecida. La flexibilidad es una condición tan importante para la política revolucionaria –para ser receptivos a los giros de la realidad, en lugar de cerrarse y persistir en el error, al modo de las sectas– como lo es, para impedir que esa cualidad degenere en oportunismo, la firmeza de ideas y el esfuerzo por asimilar las lecciones históricas y la tradición teórica del marxismo revolucionario.

¿Sería lícito, en este momento, añadiendo el dato de que se trata de una evolución que, como dijimos, afecta a tendencias originariamente estudiantiles, señalar el fenómeno como prueba de una “nacionalización” de las clases medias, en su vertiente universitaria, bajo el calor del chavismo y las vertientes latinoamericanistas del siglo XXI? Entiendo que sí, siempre que lo hagamos sin la carga despectiva que le añaden las sectas a “clases medias” o “pequeñoburgués”, y sin ignorar el esfuerzo intelectual que lo acompaña, para  alimentar visiones que ayuden a crear una confluencia de fuerzas de Izquierda Nacional o Popular, o como queramos llamarnos, siempre y cuando nos guie el propósito de establecer claramente lo que debemos ser y necesita hacerse para liberar la patria y resolver simultáneamente la “cuestión social”.

Con ese ánimo, valorando además que los propios compañeros de Patria Grande llevaron  adelante un debate sobre los matices y diferencias tácticas que conviven dentro de su organización, quiero exponer a la consideración de nuestros activos y del campo nacional y popular en general, mi punto de vista sobre algunas cuestiones tratadas o mencionadas en la obra que podríamos transformar en ejes de un debate amplio y plural, decisivo para la lucha. Es posible constituir ámbitos interagrupacionales con dicho propósito, punto de partida para objetivos más amplios:

1) La “orfandad generacional” (uso una expresión de Itaí y Ulises) tiene como marco lo que suele llamarse “la crisis de la teoría revolucionaria”, que se hizo notoria luego de la caída del “socialismo real”. Pero, salvo una mención al español Podemos, que dejo al costado, los compañeros hablan de América Latina, de latinoamericanos del siglo XX, como Mariátegui, Mella y el Che Guevara, a los cuales añaden una larga nómina de intelectuales influyentes sobre la militancia setentista, a los que suponen aptos para formar el “árbol genealógico” de “la izquierda popular”. Para lograr esto, opino que se precisa un “trabajo de clasificación”, sin sustituir la determinación del ADN por una suerte de paternidad en bloque; o tratándose de teorías, doctrinas y experiencias, por la “compra a granel”, sin examen crítico, del legado que dejaron las fuerzas y figuras que actuaron entonces. Una galería de prohombres, mal o bien seleccionados, sólo sirve para crear “mística”, sin esclarecer a nadie y desechando el consejo de Simón Bolívar de que “el arte de vencer se aprende en las derrotas”. Deben examinarse fríamente los fracasos, los errores teóricos y de cálculo que los acompañaron, las contradicciones internas del movimiento popular, sus límites conceptuales; en fin, las lecciones de la experiencia. Solo así se obtiene el alimento necesario. Es, además, el mejor homenaje que cabe hacer a los latinoamericanos que, desde las luchas por la independencia, dejaron su vida por liberar a la patria. Itaí y Ulises dicen que no se trata de repetir “viejos esquemas”. Justamente por eso es necesario profundizar en la crítica, para adquirir consistencia, incluso para saber qué se desecha y qué se reitera, en términos actualizados. Un valor “eterno” es la coherencia, que nos provee de autoridad moral y política. Quiero dar un ejemplo en ese sentido: si la disputa actual, como es el caso, exige cuestionar el antiperonismo de ciertas ”izquierdas”; valorizar como aliado al nacionalismo popular; afirmar con Lenin que la táctica es “golpear juntos y marchar separados” con las fuerzas que lo expresan y sostener con firmeza la noción marxista de que el protagonismo popular  “es indispensable para transformar la realidad”, ¿no es contradictorio ignorar el antiperonismo que caracterizó al ERP? ¿por qué juzgar con otra vara ese dislate de raíz gorila que hoy criticamos, como un vicio del FIT? ¿qué motivos existen para suponer que el acercamiento entre los Montoneros y el ERP era indicador de “un proceso de maduración y reflexión política más profunda”? Ambos grupos –como la ultraizquierda hace hoy, le hacían el juego a la derecha– habían socavado, como si fuese el enemigo, al primer gobierno votado libremente (con el 62% de los votos), tras 18 años de proscripción y fraude. ¿Defendemos o no, como valor permanente, la soberanía popular, sin pisotearla cuando los resultados nos desagradan?

2) Lo anterior conduce a un tema central: el peronismo y los intelectuales de izquierda de aquel periodo. Los compañeros citan a Cooke y Hernández Arregui (peronistas de izquierda) y a Portantiero, Murmis, Arico, Silvio Frondizi (fieles o provenientes de la izquierda antiperonista) como modelos del abordaje marxista del fenómeno, algo que resulta difícil de comprender. El “peronismo de izquierda” sólo ha servido para oscurecer el problema del peronismo a secas, inspirando los extravíos del periodo setentista. Seducido por el impacto de la revolución cubana, en una carta dirigida a Perón, Cooke le sugiere hacer del peronismo “un partido obrero”, ignorando que tal propuesta significaba destruir el movimiento nacional (frente de clases nacionales) y sustituirlo por una secta de aventureros eclécticos. Ya que constituir un partido de clase capaz de liderar a las fuerzas nacionales implica ganar a los obreros reales y, para lograrlo, perfilar una fuerza socialista revolucionaria que pruebe en los hechos la superioridad ideológica, programática y práctica, mientras “golpea junto al bloque nacional, marchando por separado”. Hernández Arregui, por su parte, que sintetiza su confusión en el conocido absurdo: “soy peronista porque soy marxista”, muestra su perplejidad frente a la ruptura con Perón por parte de Montoneros y convalida, en general, las posiciones “entristas”, ignorando la lógica de la conducción vertical que hace de Perón el inapelable jefe burgués del campo popular. Silvio Frondizi, por su lado, postula neutralidad en 1945, envuelto en las brumas de un “marxismo” abstracto. Portantiero y Murmis, por último, a mitad de camino entre la sociología norteamericana y un “marxismo” escolar, contribuyen poco a disolver los prejuicios de la izquierda cipaya (el PS y el PC) tradicional, imantados más bien por la revolución cubana que, contrariando a los compañeros, no ayudó a comprender el peronismo, sino a cuestionar sectariamente sus límites.

 Ahora bien, ¿cuál sería el sentido de actualizar el debate de aquellos tiempos, en este momento? La necesidad, respondo, de precisar la interpretación del fenómeno peronista, cuya comprensión sigue siendo crucial. En segundo lugar, para formar a la militancia en la doctrina marxista en relación a un tema básico, que es la crítica del “izquierdismo infantil”, esa “enfermedad” criticada por Lenin, tan perniciosa como el oportunismo usual. Se trata de dos tendencias simétricas, representativas ambas de una inmadurez general. La “teoría del foco”, una de las manifestaciones del extremismo infantil, sólo ha cedido bajo el peso de las desastres suicidas que impulsó, sin excluir el del Che, en su aventura boliviana de fines de los sesenta.

3) El celo teórico caracterizó a Lenin toda su vida y es un valor siempre estimado por el marxismo revolucionario. No es su fin “mostrar el listado de nuestros aciertos”, el vicio criticado con razón por Itaí. Nada más opuesto al marxismo vivo (la verdad es siempre concreta, decía Lenin) que el dogmatismo, la esclerosis. Pero tan dañinos como éstos son el eclecticismo y la frivolidad intelectual, ya que se trata de “guiar la acción”; tarea para la cual el bisturí electrónico es superior al cuchillo, para no hablar del hacha de silex. Siempre es buena la sensibilidad frente a los síntomas que provienen del mundo externo, no olvidar que “gris es la teoría y sólo es verde el árbol de la vida”. Pero, se ha dicho, con razón, que para usar las alas es necesaria la columna vertebral. La “crisis de la teoría” ha generado, antes que una reflexión más exigente y profunda, las vaguedades postmarxistas inútiles y dañinas, que nos retornan a  tiempos anteriores a Marx, tachadas por los maestros como “socialismo utópico”. Esa curandería ocupa el lugar que deberían tener temas ignorados por la intelectualidad “izquierdista” de moda, como la desintegración de la URSS y demás         países del “socialismo real”; el viraje chino hacia fórmulas que recuerdan a la NEP rusa; los ensayos cubanos que buscan utilizar los mecanismos de mercado; temas  centrales para la construcción del socialismo. La insolvencia teórica o la liviandad postmodernista, si no se superan, nos llevarían a una encerrona, aun en el caso de que tomemos el poder. Pero es peor y más inmediato el problema que tenemos: sin teoría revolucionaria, sin diagnósticos precisos, nunca lograremos comprender a tiempo los síntomas que anticipan un desarrollo próximo o un cambio de tendencias que precisamos advertir, antes que nadie, para que tenga sentido, y no incurramos en una pedantería, el asumir el rol de “vanguardia revolucionaria” (categoría que, si se analizan las cosas con profundidad y perspectiva, es imprescindible conservar, a la manera bolchevique, lejos de la idiotez y soberbia de los “trotskistas”).

4) Las exigencias inmediatas, está claro, conspiran contra la dedicación a los temas de fondo, algo por lo cual los dirigentes de Patria Grande corren con desventaja, al comparar su situación con aquélla que rodeó a la generación fundadora de nuestra Izquierda Nacional, en el siglo pasado. De modo que, sin achacar una negligencia, es preciso decir, como amigos, que no se ve, en los planteos, una caracterización de la estructura económico-social agraria, en un país donde el asunto es decisivo, teórica y políticamente. Si juzgo por el libro, sus autores no ven en el mundo rural un sector que pueda contribuir a la construcción de un sujeto político popular, con la sola excepción de “los campesinos e indígenas” desplazados por la expansión de la frontera agropecuaria. Si así fuera, creo que la causa revolucionaria en el país no tendría ninguna posibilidad, estaría perdida. El sector aludido es ínfimo, y marginal, tanto si lo medimos por su peso social como por su aporte al producto general del agro. No existiría, según las observaciones a que tenemos acceso, ninguna fuerza social de peso dentro del sector que pueda respaldar una política antioligárquica. Al parecer, los compañeros creen que el productor pequeño y mediano (únicamente) tiene intereses comunes con el sector concentrado, sin visualizar contradicciones que puedan desatar antagonismos en el agro. Nuestro punto de vista es muy otro, pero si así fuese, repito, sería imposible llevar adelante la transformación del sector e incluso sostenerse en el poder del Estado, perdurablemente. No es raro así que el libro carezca de una crítica al enfoque con el cual se lanzó la primera versión de la famosa Circular 125. Esta, al no distinguir entre el pequeño y mediano productor y los grupos concentrados, arrojó en brazos de la Sociedad Rural a la FAA y permitió que la revuelta tuviera una singular base de masas rural y urbana, que la miopía del kirchnerismo no supo prever.

5) Algo he dicho, más arriba, del nacionalismo militar que sostenía a Chávez, que a su vez era él mismo un militar. Ese dato no puede meterse debajo de la alfombra para destacar unilateralmente el llamado a construir un impreciso “socialismo del siglo XXI”, consigna sobre la cual di una opinión en otro texto, que no tiene sentido que reitere aquí (7). En esta ocasión, interesa preguntarnos por qué razón la revolución venezolana, que pone en cuestión el viejo prejuicio del “antimilitarismo abstracto”,  tradicional en la “izquierda” latinoamericana, no ha generado un replanteo crítico en el seno de Patria Grande, que no está sola, en este déficit. La sucesión de figuras como Cárdenas en Méjico, Perón en Argentina, Vargas en Brasil, Ibañez en Chile, Velazco Alvarado en Perú, Torres en Bolivia y luego, Chávez, nunca conmovieron a  la izquierda tradicional y el ultraizquierdismo, aun cuando algunos elogian a Chávez y simpatizan con la revolución. Se trata, es claro,  de un tema tabú, decisivo, no obstante, para la lucha revolucionaria, que la repugnancia paralizante sea superada y el tema se trate de un modo objetivo.

6) En ese marco, pero con mayor peso sobre la coyuntura política, es posible señalar la necesidad de ajustar la caracterización del kirchnerismo, cuyos límites advierten los compañeros claramente, como lo prueba un estudio publicado por Itaí antes de la llegada de Macri al poder (8). Por ser así, los defectos que limitan el examen del fenómeno no derivan de una “fascinación”. Se deben, a mi juicio, a una visión del “nacionalismo popular” teñida de “setentismo”, que ignora su carácter burgués y al no nombrarlo tampoco puede incorporarlo al análisis. Al ignorar que precisamente por eso es progresivo, se adopta una dicotomía entre “la derecha” y “la izquierda” que omite el papel de la cuestión nacional y pierde de vista las contradicciones de clase del movimiento nacional tal cual son. De ese modo, queda sin develar el secreto de la oscilación crónica, en el seno del peronismo, entre un extremismo, sólo verbal y su contrario simétrico, la contracara “conservadora”. El “extremismo” arroja fuera del área a esa contracara. Y sin embargo, sin esa “derecha” rechazada no encontraría un sostén externo al que echarle la culpa de todas las tendencias internas del movimiento, que son incapaces de profundizar en serio la lucha nacional-democrática-popular y el programa que la sustenta. De esa manera, de hecho, termina justificando lo que critica por no asumir que para esa profundización es indispensable el protagonismo de las masas (9). Por esto, sin comprar el buzón, el análisis marxista debe desnudar esta “patraña” “de izquierda”, que es efectuada sin mala fe. A pesar de todo, hay en Itaí un análisis exhaustivo de la génesis y desarrollo del proceso nacido en el 2003, punto en el cual sólo reitero la ausencia de crítica al enfoque erróneo por parte del kirchnerismo de las diferencias que habitan el mundo agrario. En cambio, Itaí advierte perfectamente cómo obstruyeron la capacidad de prever lo que iba a pasar con la producción petrolera los límites neo desarrollistas. En suma, falta ahondar el examen del peronismo, sus métodos de conducción y sus tendencias internas (10). Como un síntoma de esa falta y de las influencias de pueden actuar para generarla, me permito citar una apreciación que se lee en el libro, sobre “el giro a la derecha” del General Perón, en 1973. Este típico juicio “setentista” de origen montonero-PC-alfonsinista, es repetido sin crítica. En ese año, el líder peronista aceptó ser candidato a presidente en la boleta del FIP (Frente de Izquierda Popular), llegó al gobierno con el 62% de los votos, lo sostuvo a Gelbard en el Ministerio de economía y envió al parlamento el mejor proyecto de Ley Agraria de la historia del país. Pero la tontería lanzada por el despecho pequeñoburgués de los que quisieron ver en Perón a un socialista no es puesta en duda, medio siglo después (11).

Era aquélla una visión impresionista, superficial, incapaz de resistir un análisis serio del pasado del peronismo y los designios de su jefe ¿no será un error similar creer hoy que el kirchnerismo encarna “el nacionalismo popular del siglo XXI”? ¿por qué no dudar y pensarlo como un fenómeno quizás pasajero? Pese a su decadencia, el peronismo a secas puede sobrevivirlo, imponiéndonos la tarea de saber cómo nos vinculamos a él. Al tratarse un movimiento gastado por la historia, donde pululan postulantes a socios de Macri, se impone distinguir entre lo muerto y lo vivo. Aun así, hay todavía puesta en él, con reservas muy grandes, cierta adhesión de las grandes masas. Y hay figuras como Rodríguez Sáa, que una caracterización torpe, no matizada, encasillará estúpidamente.

No son estos, es obvio, todos los temas que importa discutir.

Pero son algunos de los que deberían motivar un debate fraternal, dentro de la izquierda nacional y popular, apto para enfrentar la intemperie ideológica característica de nuestro tiempo, con el bloque oligárquico destruyendo al país y un marco global que amenaza con sumergirnos en catástrofes sin precedente, no obstante lo cual, o justamente por eso, es cierto que nunca el dilema de Rosa Luxemburgo: ¡Socialismo o barbarie!

Los marxistas de la Izquierda Nacional: ¿parte del problema o parte de la solución?  

He hablado al comienzo del proceso fundacional de nuestra corriente, del apoyo brindado  al peronismo naciente  y de la herencia teórica que apuntaló la posición de la generación pionera de 1945. No sacralizamos nuestra propia historia, no obstante: incluye, como toda historia no transformada en leyenda, límites, disputas menores, errores y defecciones. Sin embargo, cualquier estudio confirma que Ramos, mientras era un revolucionario, realizó aportes que son mucho mayores que los de cualquiera de las figuras que los compañeros mencionan en su libro. En sus obras fundamentales, Revolución y Contrarrevolución en la Argentina e Historia de la Nación Latinoamericana (esta última, recomendada por Chávez a Cristina Kirchner, adquirió una particular fama en ese momento) se tratan integralmente, desde el punto de vista del marxismo revolucionario, los problemas histórico-políticos del país y Latinoamérica, sus fuerzas sociales y políticas y los temas estratégicos de nuestra revolución, incluyendo el estudio de la colonización cultural y el europeísmo reinante, en momentos en los que nadie advertía estos problemas, en el universo de “la izquierda””.

Nuestra militancia –hoy en Patria y Pueblo-Socialistas de la Izquierda Nacional– se nutre en esa tradición, que incluye junto a Ramos a otros autores de gran valor, entre los cuales se destaca Jorge Enea Spilimbergo, que integró nuestra fuerza hasta el fin de su vida, en el 2004. Sin embargo, aplicamos también el pensamiento crítico a nuestra producción, del mismo modo en que señalamos la decadencia y capitulación de Ramos y la fracción que en la década del 90 disolvió su partido y se suma al menemismo (12). Pero, distinguimos entre el niño y el agua sucia.

Sorprende que, buscando antecedentes de una visión de “izquierda popular”, Itaí y Ulises den relevancia a figuras que poco o nada entendieron de qué se trata y nombren al paso a la Izquierda Nacional y a Ramos, que fueron pioneros en comprender la naturaleza del nacionalismo popular. Los archivos dicen que siempre supimos “golpear juntos y marchar separados”. Y es difícil, sin consultarlos, establecer el programa nacional del socialismo  revolucionario en la Argentina. Simultáneamente, compartimos sin mezquindad un capital teórico, sin monopolizarlo: ¿por qué acudir a tuertos y ciegos?

También sorprende y hasta provoca disgusto –pero se trata de construir, no de pelear por  “quién la vio primero”– que en esto de lanzar la “izquierda popular” y darle a la criatura un  “árbol genealógico”, no se mencione al FIP (Frente de Izquierda Popular), que tuvo en el país 72.000 afiliados, personería electoral en todas las provincias, llevó en su boleta la candidatura de Perón en 1973 y logró en la elección 900.000 votos, llamando a votar “por Perón y el socialismo” ¿Por qué omitirlo? Sea dicho al pasar, hasta Silvio Frondizi tuvo un lugar en nuestras listas, como extrapartidario.

Lo que me obliga a plantear, con el riesgo de errar y esperando que se advierta que trato entender, no pelear sin motivo, una hipótesis, que formulo como pregunta: ¿será que  pesa sobre los compañeros una tradición de clase, con el sesgo particular de la tradición intelectual “del mundo académico”? Itaí y Ulises no han nacido en una probeta, provienen del riñón de la Universidad de Buenos Aires. Nadie es ajeno a su tiempo y a su medio. Ni el más pintado, como se dice en criollo. En el ámbito de la UBA –no es distinta la UNC, pese a que algunos suelen creerlo– Portantiero, Murmis, Germani, son exponentes de la “ciencia social” y califican mejor que los “autodidactas” Jauretche y Ramos. No sé qué piensan Ulises e Itaí sobre la colonización cultural, pero convengamos que la Universidad no está enterada de que FORJA tuvo, entre nosotros, un papel semejante al cumplido por la Ilustración en la Europa burguesa: despejar el terreno para la nueva Argentina que iba a desarrollar luego el peronismo. Scalabrini “descubrió” la semicolonia inglesa, perforando las brumas creadas por el sistema, que sólo ha cedido muy poquito. Pero, volviendo a los compañeros ¿o sólo se trata de desconocimiento o conocimiento defectuoso del proceso formativo del “pensamiento nacional” (13)?

¿No conviene hacer, antes que “comprar a granel” un “árbol genealógico” de la “izquierda popular”, un balance crítico prolijo de la trayectoria y los frutos que nos han dejado todos, como saldo? En nuestro caso, lo hemos hecho con Ramos. Pero sería injusto sí, al mismo tiempo, no dijéramos que Aricó terminó su vida –nunca además intentó nada, en términos políticos– rindiendo culto a Raúl Alfonsín, lejos de toda veleidad marxista; que la mayor empresa de Viñas y Portantiero, el MLN (Movimiento de Liberación Nacional), con veloz crecimiento al promediar los 60, era una entidad tan inconsistente que se disolvió antes de cumplir un lustro; que Hernández Arregui asistió mudo al choque del peronismo de izquierda con Perón, sin saber a qué santo encomendar el alma, cómo entender su propia idea de “soy peronista por ser marxista” (14). Cooke se libró de la hora de la verdad por una muerte oportuna, nada más. Es amargo recordarlo, pero es la verdad (15).

La militancia actual no puede correr la misma suerte. Es verdad, como dice Itaí, que nada puede eliminar el riesgo. También es cierto que, en un brete, “es mejor equivocarse con el pueblo” que aferrarse a un dogma. Pero, para reducir las posibilidades de acabar mal, de perder el tiempo, tengamos en cuenta que “sin teoría revolucionaria no puede haber una acción revolucionaria” (Lenin). Debemos evitar toda improvisación. Y lo digo sin excluirnos de ese deber. Por lo que no hemos sabido construir –todos deberíamos asumirlo así– los militantes populares somos “parte del problema”. Debemos ser “parte de la solución”. La teoría marxista, junto al capital intelectual y la experiencia ganada por varias generaciones es un punto de partida irrenunciable, el único material con el cual contamos para cimentar la voluntad política de los cuadros y evitar que la construcción sea endeble y la disuelva el enfrentar un cambio de clima, dejando en la memoria un “amor de estudiantes”, para usar una imagen de Carlos Gardel.

Córdoba, 31 de enero de 2018

Notas:       

1) Esta “bienvenida” fue precedida por algunos diálogos y acercamientos mutuos.  El 24 de marzo de 2016, antes de la marcha habitual en la fecha, invitado por los compañeros de Patria Grande de Córdoba, expuse ante ellos mis puntos de vista. Y en nuestro local de Capital Federal hubo un par de actos que incluyeron expositores de Patria Grande.

2) Las sectas “trotskistas” no deben llevarnos a ignorar a Trotsky, como las aberraciones “marxista-leninistas” del stalinismo no pueden privarnos de las enseñanzas de Lenin.

3) El periódico Frente Obrero analizaba así la movilización del 17 de Octubre a pocos días de aquella jornada, mientras la izquierda cipaya hablaba del nazismo y descalificaba a los obreros que reclamaban la libertad de Perón como  “desclasados con aspecto de murga”.

4) La trayectoria del grupo y el proceso constitutivo de sus ideas puede verse en el libro Tiempo de Profetas, de Martín Rivadero, Editorial Universidad Nacional de Quilmes, 2017.

5) El aislamiento que señalo aquí fue señalado reiteradamente por la Izquierda Nacional y se advierte al recordar que los trabajadores estaban satisfechos con Perón y no querían sustituirlo (La Argentina era una fiesta, dice el historiador radical Félix Luna), y la pequeña burguesía intelectual era hostil a una izquierda que apoyaba al peronismo, aborrecido por ella.

6) La izquierda y el nacionalismo popular, Itai Hagman y Ulises Bosia, pág. 20, Colihue.

7) Ver, en este sitio o en la  revista POLÍTICA, n° 14, junio 2014, Algunos equívocos sobre la revolución bolivariana.

8) Ver La Argentina kirchnerista en tres etapas, una mirada crítica desde la Izquierda Popular, de Itaí Hagman, Cuadernos de Cambio 1, 2014.

9) Sobre la interacción entre la Izquierda Nacional, en sentido amplio y el nacionalismo burgués, mis puntos de vista, en este sitio, en la nota Izquierda Nacional y nacionalismo burgués ante la necesidad de reconstruir el movimiento nacional y liberar definitivamente a la patria.

10) Un análisis clásico de la cuestión en Las tendencias internas del peronismo, de Jorge Enea Spilimbergo. http://www.formacionpoliticapyp.com/2014/05/las-tendencias-internas-del-peronismo/

11) La generación setentista (más apropiado es decir el pueblo argentino) no logró “poner en cuestión el poder dominante”, como cree Itaí, sino vencer a la dictadura oligárquica, y obligarla a llamar a unas elecciones condicionadas, con Perón proscripto. La proscripción cayó en el gobierno de Cámpora: los nuevos comicios, con Perón candidato, fueron libres. Durante el ciclo militar, el nivel más alto alcanzado por la lucha popular, el Cordobazo, debe calificarse como “pre insurreccional”, ya que no pretendía tomar el poder. A media mañana, con la policía derrotada, dueños de la ciudad, hubiéramos podido –soy cordobés y protagonista del hecho– tomar sin problemas la Casa de Gobierno. No lo hicimos; nadie lo propuso.  Esto en cuando a movilización de masas. Los grupos armados, que nunca se articularon con el movimiento popular –eran lo opuesto, por su “elitismo de redentores”– sólo lograron dar a la represión “argumentos” para ensañarse sobre las organizaciones de masas. Jamás estuvieron “cerca” del poder, ni antes ni después de atacar al gobierno que había elegido el pueblo argentino, en 1973.

12) El deslinde de posiciones con Ramos y los suyos puede leerse en De la crisis del FIP al Partido de la Izquierda Nacional (http://www.formacionpoliticapyp.com/2014/08/de-la-crisis-del-fip-al-partido-de-la-izquierda-nacional/) y, entre otros, en La izquierda Nacional y el discurso de los quebrados, en este mismo sitio.

13) En el gobierno de CFK no era claro ese concepto. De allí la designación de Ricardo Forster, un filósofo progresista, pero que nunca representó al “pensamiento nacional”, en la Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional”, y de O’Donnell, un mitrista, además de menemista, en el Instituto del Revisionismo Histórico Manuel Dorrego.

14) Hernández Arregui no es el creador que Itaí supone, sino un autor que añade lo suyo a la visión elaborada por la Izquierda Nacional, en la cual se apoya para realizar aportes,  en su mayoría buenos (eligiendo, en cambio, identificar su “marxismo” con un movimiento nacional burgués). Imperialismo y cultura y La formación de la conciencia nacional tienen varios años de atraso respecto a Crisis y Resurrección de la literatura argentina, publicada por Ramos en 1954 y el resto de la obra publicada por Indoamérica, donde varios autores, antes de 1955, muestran a una Izquierda Nacional ya madura; en el libro de Ramos citado se expone la crítica de la colonización cultural, sentando la base de las obras posteriores, como lo reconoce honestamente Arturo Jauretche. En 1957, cuando Hernández Arregui habla de una “izquierda nacional” nacida después de 1955, Spilimbergo le dice “la criatura ya tiene muchos años de vida y ha nacido junto con el peronismo”. Un estudio sólido de la relación entre él y la Izquierda Nacional, en la tesis inédita de Ernesto Roland Marxismo y liberación nacional: un acercamiento a la obra de Juan José Hernández Arregui.

15) En el afán de llevar “socialismo” al  peronismo, sin lucha por superarlo dialécticamente  Cooke negaba la naturaleza del mismo, que jamás se propuso abolir el capitalismo, sino establecer un capitalismo nacional. Esa era su progresividad, precisamente: cuestionar la satelización de la Argentina agraria al imperialismo mundial. La confusión lleva a Cooke, un luchador, a decir que el peronismo era “el hecho maldito del país burgués”. En realidad era “lo burgués” (progresivo, aunque limitado) antioligárquico. El deseo de radicar a Perón en Cuba fue otra muestra del mismo error. Seguirlo en la sugestión, por parte de Perón, hubiera puesto en crisis esa pluralidad social e ideológica del peronismo (que no es “un defecto”), manifestación de que se trata de un movimiento nacional burgués.

Liliana Olivero o la rueda “izquierda” del automóvil macrista

liliana olivero

Liliana Olivero estuvo anoche, junto a Pablo Carro, en el programa de Canal 10 que se emite con el nombre de 5 noches. Aunque envejeció repitiendo las mismas cosas –su gorilismo supera al de Lilita Carrió, que adquirió fama antes de mostrar la hilacha amagando con defender el interés patriótico– y por eso ha perdido capacidad de sorprender, Liliana logra perfeccionarse con los años,  de una manera asombrosa.

En el 2008, en la Plaza de los Ingleses, de Capital Federal, la Sociedad Rural la vio entre los suyos, peleando con “los campesinos” contra el gobierno de los Kirchner. Hasta el Partido Obrero se lo reprochó, luego, por haber optado, en un “conflicto entre burgueses” por una de “sus alas”. El Sr. Altamira prefiere no hacer distingos entre “las clases patronales”, para solapar su empecinamiento en apoyar al imperialismo contra “la burguesía nacional”, disimulando un poco a cuál de los bandos prefiere favorecer. Pero volvamos a Liliana. Varios años antes, en el 2003, le dijo a Pepe Gaita, viejo militante del Partido Comunista, que en la segunda vuelta votaría en blanco, ya que Menem y Kirchner “eran lo mismo”, una creencia que anoche ratificó frente a Carro, al hablar sobre las elecciones del 2015: “no había diferencias” entre Scioli y Macri. Es curiosa esa insensibilidad ante la experiencia vital de nuestras grandes mayorías, que sufren las consecuencias de una gran derrota.

Anoche, como en toda la campaña, antes y después de las PASO, la candidata del FIT mostró que para ellos “el enemigo principal” es el kirchnerismo, por el contrario de lo que creen los argentinos que los votan por ser “de izquierda”, y los imaginan honestos. Fiel a su guión, se apuró a decir que iban a votar por el desafuero a De Vido, sin la menor mención a la manipulación electoralista de ese tema y de “la lucha contra la corrupción”, por parte de Macri. Al parecer, “la justicia burguesa” es insospechable, e independiente del gobierno, cuando procesa a los k. Por último, sin detenerse ante la injuria, mintió que “los kirchneristas” “votan en el parlamento las leyes de Macri”.

Esa inconducta merece, en consecuencia, que subamos al pie la carta de Trotsky, que habla a las claras sobre esos presuntos “trotskistas”. En estos días se cumplirán 100 años de la Revolución Rusa. Difundir la carta del gran revolucionario es por tanto un modo de reivindicar su figura y rendir homenaje al Octubre ruso que defendió como jefe del Ejército Rojo contra el imperialismo mundial. Pero es también el modo de impedir que la joven generación militante asocie su nombre con esta claque “izquierdista” del poder oligárquico que se encarna en Cambiemos.

Córdoba, 18 de octubre de 2017

     http://www.formacionpoliticapyp.com/2016/03/carta-de-trotsky-a-las-izquierdas-seudo-trotskistas/

LA CUESTIÓN DE CATALUÑA Y LOS SEPARATISMOS EUROPEOS

 

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Las reivindicaciones independentistas que se plantean en el seno de diversos países de la Unión Europea (hoy es Cataluña, pero Escocia discute su separación de Gran Bretaña, la Padania de Italia, entre más casos) no deberían suscitar entre nosotros, latinoamericanos, una corriente de simpatía o solidaridad hacia ninguno de los bandos de aquellas disputas. Y no sólo por la elemental razón de que se trataría de “amores no correspondidos”, como fue notorio durante la crisis del 2001 (1). En aquel momento, al presidente español sólo le preocupaba que las empresas de servicios que las privatizaciones menemistas dejaron en manos de capital ibérico no fuesen afectadas por la pesificación de las tarifas: ¡nuestras mayorías peleaban para seguir comiendo, pero Aznar quería tarifas dolarizadas! El lobby español, en simultáneo, pugnaba por suprimir la soberanía monetaria del país y, asociado a otros pulpos del capital extranjero, quería hacer del dólar la moneda vigente, de modo que sus ganancias tuvieran mengua. Y en ese punto, crucial, los políticos del “socialismo” peninsular no difieren de Aznar y Rajoy en ningún sentido.

 Es que ocupando un rango menor, España forma parte del imperialismo mundial, participando del saqueo que victima al país, a la América Latina y, en general, a las semicolonias de la periferia del sistema. En consecuencia, podría decirse que sus problemas internos y todo lo que  debilita el poder de los centros, tiene como resultado facilitar nuestras luchas por liberar al país y los pueblos hermanos.  Pero, para formarnos un juicio fundado en razones intraeuropeas, libres de prejuicios y de la influencia que ejercen en nuestro país las afinidades culturales –deberíamos canalizarlas a favor de los pueblos, no de un sistema que también los oprime– necesitamos examinar  y valorar  objetivamente dichos “nacionalismos” y establecer las causas de su transformación reciente, que los hizo activos y movilizadores de multitudes, después de permanecer en estado latente durante mucho tiempo. Para ello, creemos, sin ignorar que existen esas raíces históricas, hay que situarlos concretamente –separatismos en naciones asociadas al Mercado Común Europeo– sin asimilar su emergencia a otros fenómenos superficialmente parecidos, también actuales, de otras latitudes y diferente contenido.

Vaya, para sustentar ese distingo, un caso que nos impacta de lleno, como integrantes de la nación latinoamericana balcanizada: la destrucción de Yugoslavia, proceso en el cual no cabe pensar en un agotamiento de los fines históricos del Estado-nación. En el país unificado bajo el liderazgo de Tito, el Estado federal no era un freno para el desarrollo nacional, sino, por el contrario, lo hacía posible. Su crisis fue desatada, fundamentalmente, por los procesos relacionados con las falencias del sistema del “socialismo real”, cuya implosión alimentó las tendencias a la balcanización –opuso  entre sí los “nacionalismos inviables” de vieja data– que, alimentadas por el imperialismo mundial, cumplieron su propósito de descuartizar a la nación e imponer al conjunto un status semicolonial.

En todo conflicto se encuentran presentes fuerzas globales y los casos que motivan esta reflexión no son desde luego una excepción. Pero puede decirse que en todos ellos–Cataluña responde al mismo patrón escocés o padano, con la única salvedad de que hoy Escocia se encuentra afectada por el Brexit– prevalece notoriamente un impulso interno, aupado por la existencia del Mercado Común Europeo, que privó de sustancia a los Estados nacionales y alimenta separatismos que se remontan a las vísperas de la nación burguesa; de aquél marco nace la ilusión de que la “nación” catalana, escocesa o padana pueden constituirse con costo cero, y por qué no, hasta con ganancia indirecta, al liberar a “los prósperos” de parientes pobres, sin resignar el acceso a esa circulación mercantil sin trabas que les brindaba antes el mercado nacional (España, Gran Bretaña, Italia, etc.) ¿O acaso cabe imaginar a Cataluña pugnando por perder el mercado español, si la independencia significara resignar el acceso al mercado europeo, amenaza que esgrimen, ahora, los socios de España, para respetar elementales reglas de juego? Sin ignorar la existencia y el peso del “espíritu nacional”, ya que el conflicto viene de lejos y es indudable la existencia de rasgos que conforman una identidad, nos permitimos apostar al desaliento que generará sobre el ánimo de los catalanes el cambio de sede desde Barcelona a Madrid de unas 100 empresas, cuyas casas matrices estaban en Cataluña, para no hablar de las claras definiciones de Alemania y Francia, que los conminan a mantenerse unidos a España o quedar fuera del Mercado Común. Estos datos, sin embargo, sólo dan cuenta de tensiones internas creadas a partir del conflicto mismo, sin explicar su naturaleza y darnos una noción de su sentido histórico y las claves para llegar a la cuestión de fondo.

A nuestro entender, el enigma fundamental desaparece al recordar que la creación del Mercado Común y la Unión Europea fue una tentativa, dentro de los marcos de la sociedad burguesa, de superar la estrechez del mercado nacional, asociar a las viejas naciones europeas a una plataforma mayor, evitar la reiteración de los viejos enfrentamientos que los llevaron a la guerra y pugnar en común, bajo el liderazgo inevitable de los EEUU, pero creando un contrapeso de cierto volumen, dirigido a conservar una cuota cierta de poder global. Pero es notorio que esa empresa acarreaba una dilución de los Estados nacionales, con amplia cesión de poderes estaduales, sobre todo en el ámbito de la política económica, con la creación del euro y el Banco Central Europeo. En cierto sentido, esa pérdida de poder por parte de las naciones pone en entredicho al Estado-nación y lo torna en algún grado artificial, con el agravante que supone, en las últimas décadas, la dictadura implacable del capital financiero y, como correlato político, las imposiciones de Alemania. Esta, al calor de la crisis global del capitalismo y, particularmente, la deslocalización industrial que en las últimas décadas a transformado a China en el taller del mundo, cuida con mezquindad sus propias industrias, en el marco del parasitismo y la descomposición del resto.

Alemania arriesga, por ese camino, la unidad europea, pero, ¿tiene acaso mejores opciones, en el marco de la crisis global del capitalismo, con la emergencia de China disputándole posiciones en el mercado mundial y el aventurerismo norteamericano creando tensiones en todos los frentes? Esta realidad, sin embargo, pese a la notoria degradación europea, no es asumida de modo consciente     en sus poblaciones y en sus elites, que acusan los síntomas, pero no parecen buscar una respuesta en la superación del sistema, cuya ruina acompaña un proceso de disgregación y decadencia sin fin de la vieja socialdemocracia, un creciente poder de formaciones xenófobas y racistas, y la confusa o inmadura presencia de nuevas tendencias de populismo de izquierda, que no logran superar, por el momento, la crisis del pensamiento transformador europeo.

En dichas condiciones, aunque las reglas de juego impongan a las naciones de la Unión Europea el rechazo a la secesión (el peligro del contagio podría afectar la unidad alemana, pese a la fuerza de sus tendencias centrípetas), ¿qué progresividad podría esperarse, en sentido histórico, de estas “naciones”, en el contexto de la crisis de la Europa burguesa? A nuestro juicio, nunca ha sido tan cierto aquello del retraso con que los hombres adquieren conciencia de su tiempo. La ceguera se nos antoja el patrón compartido por todas las tendencias del viejo mundo. Es notable que Artur Mas, ex presidente de la Generalitat de Cataluña, advierta que la independencia no afectará los “compromisos con la OTAN” y que hará lo mismo si se trata de España o “las regiones más pobres de la Unión Europea”. Evidentemente, se postulan como soldados del capital financiero y el Orden global, sin la menor pretensión de enfrentar esa dictadura, con liderazgo alemán, que conduce a las poblaciones de los viejos Estados-nación, incluida Francia, con sus tradiciones de lucha y fuerza sindical, hacia abismos crecientes. No obstante, tampoco se advierten razones para considerar que la integridad nacional sea en la Europa del Mercado Común una causa digna de ser defendida, en nombre del presente y el futuro social. En realidad, aunque no se avizoren fuerzas subjetivas para emprender esa tarea, el capitalismo europeo ha dado de sí, tras extenderse a la periferia, todo lo de progresivo que estaba en sus posibilidades y la sobrevivencia de las conquistas que su población obtuvo, depende, ahora, de que dicho sistema sea finalmente enterrado, con todos los honores, pero sin ninguna vacilación, con la nación burguesa que lo hizo crecer.

El proletariado catalán luchó en la vanguardia del pueblo español, en viejas batallas. La burguesía catalana, protagonista mezquina de una “voluntad nacional” que quiere liberarse del pobrerío del sector más atrasado de la península, es incapaz de hacer otra cosa que colocarse bajo el zapato de Ángela Merkel y el Banco Europeo. El contexto en cual florecen estas “naciones”, eclipsadas por el desarrollo de las naciones viables, es otoñal y las hace anacrónicas. Desde la periferia semicolonial, en particular desde la Argentina, tributaria secular de la cultura europea, esto resulta tan evidente como la decadencia general que aflige a Europa, que la invalida para proveernos, como esperaba nuestra gente en tiempos pretéritos, de ideas y proyecciones, aún cuando debiéramos adaptarlas a nuestras condiciones, para no errar. En este sentido, es relevante, como síntoma, que las nuevas formaciones de izquierda europea busquen orientaciones en modelos latinoamericanos, en figuras como Hugo Chávez o Ernesto Guevara, invirtiendo la dirección de las búsquedas tradicionales, que pretendían hallar en aquellos centros respuesta a la pregunta de qué hacer. Es un giro harto significativo.

Córdoba, 12 de octubre de 2017

Los gurúes, los medios, las identidades políticas y la autocrítica del movimiento popular

Perón hablando

Los asesores de imagen, “expertos” electorales y tutti quanti, son una novedad de las últimas décadas. Y es un lugar común, en estos días, creer que pueden obrar “milagros”, un ejemplo de lo cual sería el triunfo de Mauricio Macri contra Daniel Scioli, en el 2015. Esta presunta eficacia, a su vez, probaría que el modo tradicional de hacer política es obsoleto, ante las “nuevas técnicas”. Del mismo género, pero con base en teorías de filiación izquierdista, es una visión que sostiene que los  medios de comunicación masiva no son, como siempre creímos, un factor importante en la lucha política, sino mucho más: su poder les permitiría anular la aptitud del ciudadano común de asumir posiciones valiéndose de sí mismo y, al modo orwelliano, le lavarían el cerebro. Así, contrariando lo que sus ojos ven, en contacto con la realidad, lo arrastrarían a votar contra su propio interés, y respaldar al stablishment, del que aquellos son voceros y parte. Aunque no se lo explicite, esa visión impone la idea de una omnipotencia del sistema, al atribuirle la capacidad de sugestionar al público y lograr que vote de un modo masoquista, como un zombi, o un suicida.

Este supuesto, que tiene hoy más adeptos que nunca, debe ser cuestionado, a mi entender, para distinguir entre la cuota de verdad que contiene y una “explicación” abstracta llena de prejuicios, que oculta en verdad más de lo que muestra, nos induce a error y siembra el pesimismo, lo quiera o no. La verdad, se ha dicho, es siempre concreta, determinada, viviente. Y aquí estamos frente a una abstracción que, dando por sentado  lo que debe explicar,  no examina el momento que viven las mayorías, en su relación con la política. El propósito de esta nota es llevar a cabo esa tarea, con el fin de probar que un análisis desprejuiciado muestra que la ceguera que se atribuye al elector, al menos en lo que se refiere a las mayorías populares, es en realidad una respuesta cuyos motivos obedecen a las contradicciones que afligen al sistema político y los liderazgos presentes. Además de errar, en consecuencia, la interpretación que cuestionamos sirve de “taparrabo” de un déficit de representación y conducción política, transfiriendo la responsabilidad de las elites partidarias al argentino de a pie, que, si bien es permeable al bombardeo de los medios, tiene también otras referencias, mucho más ligadas a su experiencia directa, y a los procesos políticos que ha vivido el país.

Empecemos por los gurúes. En su caso, nuestra principal objeción a la remanida creencia consiste en que ignora las condiciones puntuales en que se aprecia el trabajo de los supuestos hechiceros. Nos referimos, es claro, al “momento” histórico.  Al tenerlo en cuenta (algo que debiera ser obvio para el análisis, pero no lo es) se advierte que el  “asesor” luce eficiente en un marco signado por una dilución de las identidades políticas. Como fue notorio al estallar la crisis del 2001 (“que se vayan todos”), hoy las fuerzas tradicionales tienen una débil relación con sus bases, que fluctúan permanentemente; han dejado de ser un cliente “cautivo”. Las oscilaciones del electorado son la nota de estas décadas. Su “fidelidad” es escasa, la predisposición a distanciarse de las formaciones tradicionales es muy alta y la opinión se reorienta permanentemente, bien o mal, acusando los efectos de una crisis de la representación que no concluirá hasta que no se reconstituyan las identidades partidarias, por una renovación de las fuerzas mayoritarias. Por el momento –en ese marco operan los gurúes y adquieren valor sus espejitos de colores– vivimos en la dilución de la filiación política de las grandes masas. Se trata, es verdad, de un fenómeno que traspasa las fronteras del país; es crónico en la Europa de las últimas décadas y en otras realidades del mundo actual. No obstante, esto no deriva de una esclerosis en “las formas”, sino, por el contrario, en las ideas y programas. Y tanto en la Argentina como en otros países, es posible analizar situaciones que difieren de ese cuadro, en épocas próximas y aún en nuestros días. En la Argentina, esto no ocurría en tiempos de Alfonsín; a lo sumo veíamos una renovación del peronismo, disparada por la derrota de 1983. Tampoco es el caso de la Venezuela actual: para bien, o para mal, en el país de Chávez es ínfimo el sector  que no se identifica con algún bando. Las maniobras tácticas lícitas o no, incluido el uso del terror político, muestran una situación extrema y peligrosa, pero con bloques antagónicos muy definidos, y hasta fanáticos, ninguno de las cuales respondería a las sugestiones de un Durán Barba. Y en la Argentina, reiteramos, cuando peronistas y radicales eran hegemónicos, no había lugar para la “creatividad” huera que sustituye hoy el “olfato político” y la aptitud para seducir a las grandes masas. Un político de raza, como Alfonsín, conocedor de su público y de la “fragilidad” que arrastraba desde la etapa isabelina el adversario a vencer, sabía qué decir del Proceso –ignorar, por ejemplo, la complicidad de la UCR con Videla, macanear sobre un supuesto pacto militar-sindical, etc.  Sin gurúes, era más “creativo” que Durán Barba. Pero el pueblo, en aquel momento, era capaz de ocupar las calles con grandes actos: así ocurrió con el peronismo cordobés: iba a perder las elecciones, pero no obstante cerró su campaña estimulado por el fervor de 90.000 personas, que llenaban de punta a punta la Chacabuco-Maipú (10 cuadras de una gran avenida) (1).

La NaciónAlgo similar debe decirse de los medios de comunicación masiva. Sería necio desconocer su poder, que les otorga un lugar entre los “aparatos ideológicos” que sostienen el sistema. El general Mitre no fundó La Nación por un capricho. Necesitaba respaldar el genocidio del interior y el Paraguay, que resistían los designios oligárquicos e ingleses. Por algo se dice que una clase dominante ejerce también el dominio ideológico. Pero esta verdad de tipo general, debe ser acotada de un modo firme. Porque dicho poder no es incontrastable y se suele tornar completamente ineficaz en los momentos decisivos, cuando las grandes masas adquieren la conciencia de sus propios fines y si tienen al frente una dirección capaz de dar la batalla de ideas y programas, los llevan al triunfo. Así ocurría con el Comandante Chávez, que el sistema de prensa no pudo desacreditar, pese a contar con casi todos los medios. En la Argentina, por su parte, el General Perón hizo su campaña de 1946 con enormes desventajas en ese sentido y los venció. Lo mismo cabe decir de la crisis del 2001: los medios eran, como siempre, voceros del bloque imperialista oligárquico. Pero la experiencia social pudo más: careciendo de conducción, ante la crisis, atronó las calles repudiando la capitulación de las fuerzas tradicionales, que habían sido más sensibles al poder establecido que al mandato del pueblo. La virtual unanimidad del sistema de partidos en la entrega del país, con el respaldo global del mundo imperialista y la propaganda cómplice de los grandes medios fue descalificada allí por la acción popular, actuando con el apoyo de lo que los hechos le señalaban, las consecuencias terribles de aquellas políticas. No había, dijimos, fuerzas capacitadas para encauzar la rebelión políticamente. A pesar de eso, la realidad se impuso, en aquél marco de orfandad política, que explica el deseo de que se vayan todos, como el único cambio que la multitud era capaz de parir, dada su carencia de una representación política apta para darle un objetivo mayor. Aún así, con esos límites, la vida se impone al “discurso” de los mistificadores, aunque se debe añadir que el desmoronamiento ideológico de la militancia popular prolonga en exceso y con resultados fatales el padecimiento de los oprimidos.

La ideología dominante, con el concurso de los aparatos puestos a su servicio, son un factor en la lucha de clases que da ventajas al bloque de poder, pero no puede suprimir el conflicto. Y, desde el punto de vista de la causa popular, la experiencia social siempre opera a favor de la conciencia de los sometidos. Sin embargo, las contradicciones y debilidades del liderazgo popular obran como un factor que facilita las cosas a la ofensiva contraria; aspectos secundarios, errores y límites de un gobierno popular generan, en el seno del pueblo, conflictos y confusión, desánimo y apatía, y una predisposición a secundar campañas destinadas a quebrar el bloque de clases nacionales; aceptar, por fin, los cantos de sirena de los chupasangres de siempre. Podría decirse que hemos atravesado por estos procesos en cada crisis del movimiento de masas: en 1955, en 1976 y en el 2015. Cuando en el campo propio se alimenta la depresión, siempre se promueve, simultáneamente, se lo quiera o no, un éxodo de fragmentos que antes conformaban parte de nuestras fuerzas hacia el campo enemigo, como se verificó antes de la “revolución libertadora” con la (desatinada) conducción del conflicto con la Iglesia.

Ficción orwelliana, pesimismo político y reticencia a la crítica

1984Consecuentemente, la imagen de los medios como entidades omnipotentes y de los gurúes como especialistas capaces de manipular a la opinión pública tiene, fuera de los que lucran vendiendo el servicio, otros beneficiarios, conscientes o no. Para adentrarnos en el tema, creemos, es necesario advertir el pesimismo que implican estas creencias. Efectivamente, el universo orwelliano no tiene rivales ni mecanismos de corrección; se impone hasta el fin, como un totalitarismo invisible y sutil, que ha cancelado la capacidad de pensar. Afortunadamente, se trata de… una ficción (2).

Si el poder ideológico, cultural y comunicativo del orden establecido es todopoderoso, transformar la realidad, destruir el orden social dominante, es una quimera y la lucha popular una quijotada sin  chances. Rozamos, aquí, las nociones propias del postmodernismo y el pensamiento único, que ha declarado antiguallas a la revolución social y meras ensoñaciones las banderas lanzadas por la Revolución Francesa y la Revolución Rusa. Semejante frigidez, postula la eternidad del capitalismo senil precisamente cuando se agrietan las condiciones de su vigencia. No es casual. En la Argentina y en América Latina, hasta hace poco sacudida por una tentativa tímida, pero real, de unidad continental y emancipación política, responde más a la necesidad de conjurar el espantajo de la rebelión que a juicios basados en la ciencia social, más que convicción expresa inseguridad y deseo de infundir desaliento a los rebeldes. Pero esto alude a “las razones del poder”, nada más.

El mismo discurso, en boca de los voceros del campo popular, debe responder, por obvias razones,  a otros motivos. Tras la derrota electoral del 2015, la cúpula del kirchnerismo, en vez de efectuar  un replanteo crítico, impulsó una campaña de denigración del electorado (los globoludos) y quiso fundar su apuesta a futuro en unas viejas declaraciones del General Perón, cuando comenzaba su exilio en 1955. Para volver al poder, según el fundador del movimiento peronista, no era necesario que hiciera nada: “todo lo harán mis enemigos”, fue la desafortunada profecía del líder popular, que tardó en volver 18 años, y pudo gobernar otra vez el país gracias a la lucha de nuestro pueblo contra una dictadura oligárquica. En el presente, una “explicación” de la derrota electoral  basada en absolutizar el poder mediático (inventor de una manada mayoritaria de “globoludos” que votan contra sí mismos) se contradice al pronosticar que la experiencia enseña (los presuntos globoludos aprenderán quiénes son sus benefactores auténticos).

¿A qué obedece esta curiosa coincidencia en cerrar los ojos frente a una gran derrota? Un motivo sencillo es la dificultad humana de asumir el error, cuando sus consecuencias son graves. Pero el motivo de fondo es eludir la crítica de la conducción vertical vigente, ya que su defensa necesita creer en la infalibilidad del jefe (cualidad que lo habilita a dirigir, sin consultarla, a una colectividad pasiva, “empoderada” sólo para someterse al líder). Ese tipo de liderazgo, por su mismo carácter, tiene dificultades para ceder el control si los límites legales le impiden perpetuarse en el manejo del Estado, cuya gestión, en otras manos, les permitirá desplazar al jefe saliente. Ese conflicto, en el que actúa interesadamente la “burocracia saliente”, ejercitando una presión que la perpetúe en el poder, era un dato notorio ante el recambio presidencial que traerían las elecciones del 2015 y obró para desalentar un apoyo más firme al candidato Scioli, que sería “independiente” al asumir la presidencia. Pero cometeríamos un error atribuyendo a “la mezquindad” un peso exclusivo, de última instancia o factor último: la verticalidad nace de la necesidad burguesa que, en tanto lidera el movimiento nacional, debe encorsetarlo, para impedir que el dinamismo de sus bases populares pongan en cuestión los límites que desea imponer a los cambios, que deben recortar el poder imperialista, sin socavar el orden mismo y, particularmente, el rango de las clases y el régimen de propiedad.

Este andamiaje pudo sostenerse con Perón vivo, aunque era un factor que debilitaba las fuerzas del movimiento nacional, por sustituir una jerarquía de cuadros políticos (que puede ser leal, pero no dócil) por una burocracia de arribistas incondicionales (aunque traidora en potencia). Prometía perdurar con el matrimonio formado por Néstor y Cristina, hasta la desaparición del primero, circunstancia que problematizó el asunto de la sucesión. Sin incursionar en el tema de lo que pudo ser, y no fue, la crisis de la representación seguía vigente, lo que potenció el peso de los errores políticos, que fueron suficientes para generar la derrota del 2013 frente a Sergio Massa y explican, en definitiva, el triunfo de Macri en el 2015.

Los últimos años del ciclo kirchnerista, enmarcados por la crisis económica global, fueron lo mejor, en ciertos aspectos (YPF, AFJP, Aerolíneas, conducción del conflicto con los buitres) y acumularon, al mismo tiempo, los mayores desatinos de orden político, el más destacado y determinante de los cuales fue la ruptura con el movimiento obrero, después de las elecciones del 2011. La carencia de tacto, por darle un nombre quizás limitado, pareció dominar el ánimo presidencial, con episodios lamentables, como la descalificación de los docentes (un gremio aliado) y la campaña de Mariotto, que seguía órdenes de la Casa Rosada, contra el gobernador Scioli y el peronismo bonaerense, que se suspendió tardíamente y prologó la catástrofe del 2015.

(1) Alfonsín lograba una inversión de los hechos, en realidad, al señalar como “cómplice” al sector social que fue la víctima principal del Proceso militar, los trabajadores y el movimiento obrero, con mayoría entre los desaparecidos y erigirse él mismo, y sus correligionarios, en denunciantes, pese a que fueron en realidad sus cómplices. Según Balbín, Videla era “un general democrático”.

(2) Con mayores pretensiones de “ciencia social”, en la década del 70 estuvo de moda “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”, un libro de Althusser que, sin considerar que el mundo europeo satisfecho no tenía interés en sublevarse contra el capitalismo, que para esa porción del planeta y en las condiciones del imperialismo brindaba a todos el “Estado de bienestar” –a costa del resto, la periferia colonial y semicolonial–, sin considerar, decimos, ese “detalle”,  llegaba a la conclusión de que los “aparatos ideológicos” logran “reproducir” el sistema dominante, imponiéndose a la crítica de los que quieren subvertirlo. Naturalmente, Althusser desdeñaba la posibilidad de someter sus esquemáticas fórmulas a un examen de la historia real.

EL GOBIERNO DE MACRI Y LA DEFENSA DE LA PATRIA Y EL PUEBLO ARGENTINO

Franco-y-Mauricio-Macri

Esta nota no salió, en su momento, por tener como destino el debate interno del colectivo en que milito. Allí cumplió ya con su objeto. En el presente, creo, ayuda a reflexionar sobre lo que está pasando y ocurrirá en el país, en el próximo periodo. Termine de escribirla el 30 de abril del 2016. El análisis de la coyuntura, terreno en el cual sigue reinando mucha confusión, creo que justifica su publicación. La situación ha madurado, ya, pero no desmiente el diagnóstico y las previsiones, que fueron confirmados. El lector juzgará. Por mi parte, si alienta debates en las filas de la militancia vale la pena darla a conocer. Ahí va:

Si los motivos principales de la derrota de Scioli no hubiera que buscarlos dentro del campo de las fuerzas nacionales, para observar desde otro prisma la tragedia nacional se podría decir que Sanz y los radicales, pugnando por detener la ruina de la UCR, fueron los parteros de una rara criatura: un gobierno oligárquico, que habla de “diálogo” con un garrote en la mano: si el interlocutor afloja, el garrote se deja para otra ocasión; si en lugar de ceder, busca defender su opinión en las calles, las palabras sobran, hay policía brava.

Parece arbitrario, o faccioso, llamar oligárquico a un presidente elegido por la mitad más uno del pueblo argentino. Pero no lo hacemos por vicios de intolerancia, por ignorar que nació del voto universal[1]. Y los principios nos impiden descalificar a las mayorías, cuando son adversas, ya que no es posible construir sin ellas una fuerza capaz de transformar al país. Intentamos, sencillamente, diagnosticar con rigurosidad el marco en que nos toca defender a la patria, desde el pueblo, sin sectarismos, con las banderas compartidas por todos los patriotas; las contradicciones de la coyuntura deben señalarse antes de que nos sorprendan; es ineludible la tarea de conceptualizar los problemas –para orientarnos– de un tiempo de desafíos, con sabor a intemperie. Ese es el propósito del texto actual, que invita al debate.

Opinamos: la naturaleza de clase, el plan de gobierno que busca desarrollar y la ideología que sustenta al gobierno actual son oligárquicos. La conciencia, sobre ese asunto, es fundamental. Permite prever: la gran mayoría de los que votaron a Macri van a padecer sus medidas, que sólo benefician al capital extranjero y los núcleos del poder económico concentrado. Ya se advierten los primeros síntomas, en tal sentido: el matrimonio (sin amor) de Macri y “sus” votantes está condenado a tornarse discordia, pese a las maniobras y complicidades varias, el decidido apoyo de la gran prensa, la deserción de porciones del campo opositor. Saberlo, para eso lo señalamos, permite organizar la contraofensiva, desde ya: más temprano que tarde, con dolor, con bronca, el país se unirá y movilizará masivamente contra la entrega y el hambre; esto dará base política, y eventualmente electoral, a quienes promuevan el fin de una “grieta” que fue real: concurrieron a formarla las limitaciones y rasgos estrechos del kirchnerismo y la propaganda venal de los medios de prensa, lo que dividió a la Argentina en dos mitades.

Este desencuentro se disipará y nuestro pueblo, en el marco de la agresión que sufrirán sus mayorías, va a recuperar la unidad nacional, contra las minorías que nos explotan y condenan desde hace ya 200 años. De la voluntad y la pericia que pongamos en la tarea depende la reconstrucción del movimiento nacional. Y, si luchamos para superar la fatalidad argentina del “eterno retorno” de las fuerzas del atraso, liberaremos al país de una vez para siempre. Apartando, como a estorbos, simultáneamente, a quienes antepongan el interés personal o de facción a la causa patriótica del pueblo argentino. En ese marco –actualidad pura y futuro inmediato– la tarea es aunar lo nacional y lo democrático, los ideales y las reivindicaciones de todos los atropellados por el Virrey Macri y sus gerentes, meros sirvientes de los EEUU y el imperialismo mundial.

Sus tropelías contra lo democrático, que burlan las promesas de diálogo y pluralismo, fueron claras, desde el vamos: pisotear las leyes vigentes en el país; nombrar a dedo jueces de la Corte Suprema de Justicia, que debe ser, como ya vimos en la década menemista, una escribanía; destituir por decreto las autoridades del AFSCA y devolver a los monopolios el goce “legal” del imperio levantado con el apoyo del terror; eliminar medios y periodistas díscolos; disparar contra niños que celebraban el carnaval, para apurar la llegada de un reino de “la alegría”; una retórica oficial que exacerba la violencia vengativa y revanchista de sus partidarios más exaltados, al punto de llevarlos a protagonizar hechos de armas que, en algunos casos (como el de los disparos a un festejo de Nuevo Encuentro en Capital Federal o los ya reiterados atropellamientos por autos desbocados de la Policía Bonaerense) pudieron costar, o de hecho costaron, vidas humanas.

Por graves que sean estos hechos, como lo son, debemos mirarlos como la manifestación, en el área institucional y cultural, de una acción cuyo rumbo central está dado por las medidas económicas, cuyo sentido de clase es inocultable: una brutal transferencia de ingresos de los trabajadores y el pueblo hacia los núcleos oligárquicos y las empresas extranjeras, con un efecto fatal, ya visible, sobre el consumo y la producción industrial, que llevará al cierre de muchas empresas, al deterioro salarial y al avance de la desocupación. Para probarlo, ¿hace falta algo más que la disonancia entre la “generosidad” hacia las mineras de capital extranjero y la mísera modificación del Impuesto a las Ganancias, que perjudica a más de 100 mil jubilados[2]? Allí está, con ribetes impúdicos, esa contradicción de origen en la que insistimos: ¡Una disposición a regalar dinero a “los dueños del país” sólo puede satisfacer a unos pocos miles, pero Macri logró que lo votaran más de 12 millones, esa “mitad más uno” que la perfidia de la prensa imperialista y los extravíos de la conducción del campo nacional volcaron a favor del candidato neoliberal!

Y como si esa burla a sus propios votantes y la desesperación colectiva en que sumergirá al pueblo no fuese, sin otro añadido, una catástrofe social, será además –es imprescindible tenerlo en claro–padecer en vano, ya que se trata no de “aportar” a un crecimiento futuro sino únicamente de financiar una descomunal fuga de divisas por parte del poder económico concentrado, que no va a reinvertir lo saqueado en el suelo nacional, sino fuera de él. Es que no estamos ante la conducta “normal” de una clase dominante, que explota al trabajo pero quiere construir un dominio perdurable. El país enfrenta algo diferente: un vulgar atraco, por obra de una banda de saqueadores ocasionales, en el marco global de un capitalismo depredador y senil.

Necesaria autocrítica del campo nacional

Ahora bien, ese previsible descrédito del macrismo, fruto del sentido antipopular de sus políticas, y la réplica popular que sobrevendrá, que pueden anticiparse, sirven para orientar nuestra política, no para suponer que el fracaso de Macri es la garantía de un “retorno al poder”, como alguno cree o pretende que supongamos.

Se ha citado al General Perón, sugiriendo que la tarea es “sentarnos a ver pasar el cadáver del enemigo”. Esa ilusión no resiste el análisis; el propio Perón, después de pronunciar ese fallido pronóstico, en 1955, desde Paraguay, permaneció exiliado, sin recuperar el poder ¡durante 18 años! y volvió al país siendo un anciano venerable, donde murió al poco tiempo para dejarnos en manos de un astrólogo y su viuda.

Esto sólo sirve para “bajar los brazos”, sin decirnos cómo defender a la patria. Sobre todo, sin preguntarnos (¡prohibido pensar, parecen indicarnos!) por qué se perdieron las elecciones, qué errores propios (mejor, qué limites y contradicciones del campo popular y sus jefes) nos llevaron a la derrota, o qué criterios extraños a la tradición del peronismo llevaron a la expulsión de sectores históricamente ligados al movimiento nacional. Y, esencialmente, por qué razones (esta vez, con fidelidad a uno de los mayores defectos del movimiento fundado por Perón) se impuso al movimiento una conducción verticalista que daba a la militancia un papel pasivo, sin ningún rol en la toma de decisiones y el insustituible debate de los grandes problemas.

Objetivamente, lo de “esperar que Macri fracase” es desalentar la búsqueda de ideas y acciones aptas para modificar una relación de fuerzas hoy desfavorable; en segundo lugar, es una invitación a la fanfarronería y la autocomplacencia. En tercer lugar, y esencialmente, ahoga el natural impulso a realizar el examen crítico de lo actuado por el campo popular, para obtener un balance práctico de la experiencia. Buscar ese balance es una necesaria y sana reacción ante la derrota. Sin cumplir ese deber nuestro, intransferible, a Macri le daríamos, según estos sabios, la misión de avivar a golpes a “los bobos”, “desagradecidos hacia Cristina”, que lo votaron.

Desde luego, la postura en cuestión tiene más de una variante: en el caso de muchos militantes “de a pie” es quizá un modo de buscar consuelo, algo parecido a una compensación. Pero en boca de dirigentes, escamotea la responsabilidad de la conducción en el triunfo oligárquico, (ascender a los aplaudidores, rechazar la política tradicional del peronismo en relación al rol de la clase trabajadora y el movimiento sindical, etc.)

Y obtura, fundamentalmente, todo debate sobre el fundamento último de que se recurra al mencionado método de conducción verticalista: la decisión de no emprender una batalla a fondo para transformar el país, la poca profundidad de los ataques al estáblishment. Si la realidad es “la única verdad”, la verdad fue la decisión de no abrir canales a la iniciativa popular y reducir el rol de la militancia al de un espectador impotente. Contradiciendo el proclamado “empoderamiento” de las masas, se privó a la militancia y a las fuerzas sociales que sostenían al gobierno de un lugar en la toma de decisiones, la elección de sus líderes y de los candidatos electorales.

Todo esto tendría una importancia sólo formal (el elitismo no es nuestro modelo, no obstante lo cual nos importan más los contenidos políticos), si no fuese que, en los hechos, y ante la crisis de representación que estalló después de la década del 90, la negativa a democratizar las fuerzas populares impedía reconstruir el Movimiento Nacional, como lo hemos dicho en diversas oportunidades.

Era imprescindible vencer aplastantemente en la primera vuelta (Patria y Pueblo no habla con el “diario del lunes”: lo vinimos planteando desde antes de esa instancia electoral). Esto no sucedió, y ante la inminente catástrofe, la militancia, como se sabe, se movilizó rumbo al balotaje heroica y espontáneamente, aunque sin conducción. Estuvo cerca de torcer el final, pero era tarde: tras una larga campaña de “fuego amigo” contra el candidato del campo propio, no fue posible reparar el daño causado por los errores y (¿por qué ocultarlo, siendo la mezquindad un factor político de peso, en esta ocasión?) el empeño en impedir un cambio en la jefatura del campo nacional, que distorsionó sectariamente la confección de las listas de candidatos en todos los niveles y ámbitos del país, pese a las pruebas que en más de una elección, en algunas provincias, mostraban el rechazo a las fórmulas impuestas por la Casa Rosada.

Distritos hubo en los cuales, en esos momentos, dirigentes vinculados a la Presidencia llegaban a admitir en privado (y se les traslucía en público) que preferían enfrentar en la Rosada a Macri, “siendo tan reaccionario, recuperar el poder sería pan comido” y no a Scioli, al cual no pocos pintaban como una quinta columna oligárquica (ser “pejotista”, según su óptica, era un pecado imperdonable) dentro del Movimiento Nacional. Reiteraban así, a escala del país entero, el error que llevó a Néstor Kirchner a partir el frente electoral en la Capital Federal en el 2007, enfrentando a un “confiable” Filmus con un “oscuro” Télerman. Esa jugada buscaba, en último análisis, “crear” un adversario de “centro-derecha” manejable: si Filmus era derrotado, el resultado encerraría en la Capital Federal –de donde no se creía que pudiera salir- al gorilismo más acendrado y brutal. Macri llegó así al poder, pero quedó lejos -como puede comprobarse hoy, cuando ya es muy tarde- de quedar encerrado en la CABA.

La unidad popular contra el poder oligárquico

Volvamos ahora al presente y al futuro. Ignorar la discordia entre el plan macrista y sus votantes nos recuerda aquello de “es peor que un crimen, es un error”. Esa discordia es “la piedra filosofal” para las fuerzas populares, a la hora de formular planteos y propuestas que aíslen al enemigo, nos ganen el apoyo de los trabajadores y excluidos, nos devuelvan el favor de las clases medias y los pequeños empresarios; en suma, en el momento de reconstruir el campo nacional-democrático-popular, que está de pie, pero no tiene una organicidad eficiente y –recordar que por décadas el peronismo fue electoralmente imbatible, razón por la cual se le impedía votar– debería agrupar mayorías que son potencialmente más amplias de lo que pudimos ver en el mejor momento del ciclo anterior. Contamos, por esa razón, con todas las posibilidades de triunfar en la lucha, si se enfrenta con claridad la resistencia al saqueo del país, la destrucción de avances en la distribución del ingreso, el retroceso en la escala de la industrialización autocentrada, la creciente reunificación con los países de América Latina, la apertura a opciones diversas a las del imperialismo en el plano internacional, el atropello a la -de por sí condescendiente con los poderosos- institucionalidad heredada, la afectación de derechos sociales, culturales y democráticos del pueblo, en una palabra, el plan de subordinarnos al imperialismo mundial.

La “minoría intensa” que apoyó firmemente y despidió a Cristina en la Plaza de Mayo permite caracterizar al fenómeno kirchnerista como representativo de nuestra clase media progresista, en un “momento” de su viraje hacia posiciones nacionales[3]. Ese numeroso sector rechaza desde el vamos la restauración conservadora, aunque luce confundido con respecto a las razones que nos llevaron al retroceso actual.

Pero el impacto de la derrota no lo desintegró. Ha nutrido las movilizaciones, tan legítimas como necesarias, que cuestionaron la supresión ilegal de la Ley de Medios, los insólitos nombramientos a dedo en la Corte Suprema, los despidos arbitrarios y los atropellos que señalan a los apóstoles del “diálogo”, “la revolución de la alegría” y la “pobreza cero” , entre los que se destaca la detención de Milagros Sala. Con la movilización de los estatales, fue la vanguardia en las primeras batallas de una lucha que sumará numerosos actores, próximamente.

Para potenciarse y confluir con el torrente popular que derrotará al neoliberalismo, debe, sin embargo, imponerse una reflexión con relación al pasado inmediato y ahondar su comprensión de las exigencias que impone la concreción del sueño de emancipación latinoamericana, que vimos desarrollarse, desde el triunfo de Chávez en la patria de Bolívar, en adelante. Sólo así podrá comprender –ciñéndonos al caso de la experiencia argentina– esa derrota anunciada que significó, para el campo popular, el conflicto del gobierno de Cristina Kirchner con el movimiento obrero y la CGT, un punto trágico de inflexión, en la construcción de poder que se intentó a partir del 2003.

Sin aquel paso, a partir del cual maduró la fragmentación de las fuerzas propias que explica el despliegue demagógico de Massa y las derrotas electorales del 2013 y el 2015, no lamentaríamos hoy una derrota causada por “goles en contra”, si se nos permite el término. Por omisión, o respondiendo a sus prejuicios contra el sindicalismo peronista, el progresismo kirchnerista fue incapaz de anticipar las consecuencias del desacierto de la ex presidente, que privarían a su gobierno de un apoyo decisivo, como se verificó en los comicios antes mencionados. Es obvio, por otro lado, que la desdichada involución de los líderes sindicales del sector de Hugo Moyano y la vacilante y desteñida actuación del movimiento obrero, desde el 2011 en adelante, no es atribuible a Cristina Kirchner, y revela más bien la nulidad de la jefatura sindical para asumir, en el terreno de lo político, la defensa de los trabajadores, de la manera en que lo hicieron en otros momentos de la historia nacional.

¿Cómo podría explicarse, de lo contrario, la complicidad con Massa, un político “bien visto” por la embajada yanqui, que no casualmente es “una opción” a Macri, además de un cómplice del plan entreguista? Y, de un modo más general, ¿cómo, sino, explicar la propensión a canjear la modificación de las escalas del Impuesto a las Ganancias por el apoyo o la pasividad ante el arreglo con los buitres? Esta es una medida central del plan entreguista y sólo desdicha puede traer a los asalariados.

No obstante, la realidad también se impondrá aquí, y, tal como lo indican los indicios actuales, los reflejos defensivos de la clase trabajadora obrarán a favor de la unidad sindical y la lucha contra el gobierno, creando las bases para que todo el sector derive hacia una confluencia de las grandes mayorías. Lo mismo ocurrió en tiempos de Onganía: poderosas movilizaciones sepultaron el programa de aquella dictadura y dieron preeminencia a las tendencias combativas. De ese modo, generaron las condiciones que hicieron inevitable la restauración plena de la soberanía popular argentina, que culminaría con el retorno del exiliado Juan Perón al país. Pero precisamente por eso no solo hundieron al “colaboracionismo” sindical –que basaba su estrategia en la aparente imposibilidad de sacar al General Perón del exilio- sino también (esto es tema seguramente de otro debate, que por supuesto no podemos dar ahora) superaron los límites de la -por muchos otros motivos- tan respetada y admirable experiencia de la CGT de los Argentinos, que tampoco se planteaba ese objetivo como el eje de su accionar.

La crisis que aguarda al frente neoliberal macrista

El plan de Macri, al responder a la visión y el interés imperialista-oligárquico, no logrará evitar, aun contando con la plena complicidad de los medios de prensa, la respuesta defensiva de las mayorías de la población, que lo sumirá en la crisis y la descomposición final. Con un poder precario, producto de los extravíos y límites de nuestro propio campo, no pudo tener mayorías parlamentarias propias y, es obvio, tampoco goza del poder discrecional de un gobierno de facto. Esto tiene dos consecuencias, a saber: primera, necesita cómplices, además de mantener su unidad interna, algo que hoy parece sencillo, pero no lo será cuando la crisis política toque sus puertas; y en segundo lugar, cuando las papas quemen, sobrevivirá pisoteando la Constitución y las leyes, y apelando a la represión, tal como ocurrió en el gobierno de De la Rúa, antes del helicóptero. No sería imposible que en ese camino intente “innovar metodológicamente”, con las picanas eléctricas portátiles (“pistolas Taser”, que ya importó), las bandas de barrabravas armados, la aparición permanente de francotiradores y todo tipo de provocadores no siempre encuadrados, etc. Pero la receta general no podrá ser demasiado distinta.[4]

En consecuencia, con la pequeña burguesía que hoy lo respalda ya distanciada, terminará colisionando con sus tradiciones políticas democráticas; como se vio, vale señalarlo, en las protestas (aun la farsa tiene un fondo de verdad) de los radicales ¡y de Carrió! ante la designación inicial “a dedo” de los supremos para la Corte y en otros episodios más recientes. Si a esa fuente de potenciales conflictos se añaden los efectos de una política económica que quiere privilegiar la tasa de ganancia de las empresas imperialistas y los agronegocios, es posible prever, cuando las brumas se disipen, una furia creciente del pueblo argentino, que, reiteramos, posibilitará recuperar “la unidad nacional”, ausente en el gobierno de Cristina Kirchner… pero para enfrentar a Macri y el gabinete de la Ceocracia.

Esa realidad que, insistimos, se irá configurando, será el marco de una acción militante que debe apostar el reagrupamiento de las mayorías del país en base a lo que dictan sus intereses reales: y no (como propuso en su momento el diputado Carlos Kunkel) que dedicarnos a escrachar a los votantes de Macri, lo que implica confrontar con la mitad del país. Debemos explorar todos los caminos que permitan rehacer la unidad del pueblo y enfrentar el saqueo del país, el aumento previsible de la represión policial y el inevitable deslizamiento hacia métodos antidemocráticos de gobierno. No hace falta ser adivino para saber esto: no pueden convivir en paz el zorro y las gallinas. Lo verán, pronto, los votantes de Macri; al menos, la mayoría de ellos. Y la principal “ayuda”, para que así ocurra y se disipen las ensoñaciones del 22 de noviembre, vendrá del gobierno y la avaricia sin límites de los núcleos oligárquicos y los centros especulativos y financieros del mundo imperialista.

Para sustentar mejor nuestro pronóstico, va este añadido: una mirada que omita cuál es la lógica de una conducta de clase puede suponer que esos núcleos de poder económico “colaborarán” con “su gobierno”, sofrenando la voracidad antes aludida. Sería erróneo creer tal cosa: lo demostraron los monopolios de la exportación de granos, retaceando la liquidación de divisas prometida, para empujar al dólar más arriba, aun; y los grandes supermercadistas, trasladando sistemáticamente a los precios la devaluación, aun cuando los costos no guarden relación directa con la misma.

No podemos saber si Macri, en particular, creía que con decirle a los integrantes del poder económico que “los conocía” y que este iba a ser un gobierno “de ellos”, ganaría su confianza y le ayudarían a gobernar por “un pacto de caballeros”. No nos extrañaría, dada su estolidez. Lo indudable, en realidad, es que los poderosos sólo responden a la ley de la selva, si el poder del Estado los deja hacer. Por otra parte, los energúmenos que comandan el área económica sólo simulan el deseo de “frenar los precios” y se declaran listos a “tomar medidas”: ¿cuáles? ¡abrir la importación, obligar a los empresarios a “ser razonables”! Eso sí, ¡sin control de precios!

En criollo: o los argentinos (como consumidores) pagan los precios impuestos por la pandilla de monopolios salvajes o (en tanto trabajadores) se aguantan la pérdida de fuentes de trabajo, la ruina industrial y la fiesta de los importadores. Y, sea dicho con claridad, sabiendo que los monopolios en ningún caso sufrirán el daño, pagarán el plato las pequeñas y medianas empresas de capital nacional, incapaces de competir con los países asiáticos y cerrarán, como ya ocurrió con Martínez de Hoz y con Cavallo. La industria textil y del calzado, importantes para el empleo, serán posiblemente las primeras víctimas.

Y en lo que respecta a los verdaderos formadores de precios[5], Funes de Rioja, de COPAL, dijo de entrada que era “imposible” volver a los precios de noviembre y que Precios Cuidados “fue en realidad precios pisados”, algo que se supone es contrario a la “nueva” filosofía económica. Lo que vino a continuación es público y notorio. En términos generales, puede afirmarse sin mayores dudas que vamos a sufrir un retroceso industrial, aumentará la desocupación y el deterioro del ingreso, mientras se abandona la defensa de la economía nacional, se destruyen avances en la investigación y la ciencia y se niegan nuevamente los recursos financieros a la educación y la salud, en beneficio de su privatización. Ya es notorio el sufrimiento social, pese a la acción diversionista de los medios. La baja en la recaudación tributaria muestra la caída en el consumo popular. No aparecen las “inversiones” y el déficit del comercio exterior crece al compás de la “apertura” externa. Y nada cambiará con la contracción de una nueva deuda externa, ya que, dejando a un lado el pago a los buitres, lo que va a financiarse no son obras de infraestructura necesarias, sino el acrecentamiento de la fuga de capitales.

Algunas incógnitas del futuro inmediato

Los mayores interrogantes, en realidad, están en el campo de las fuerzas populares que, aunque fueron parcialmente revitalizadas por la política del kirchnerismo y no han perdido, tras la derrota electoral, su capacidad de movilización, carecen de unidad política y organizativa y no reconocen una jefatura universalmente aceptada y, por lo tanto, eficiente. El macrismo lo sabe, y despliega movimientos tendientes a desarticularlo más aún, y transformar en cómplices de la restauración y la entrega a todos los desmoralizados por la derrota popular.

La acción extorsiva dirigida a obtener el respaldo a la negociación con los buitres, sobre gobernadores e intendentes –era insuficiente el apoyo legislativo de Massa, Urtubey, De la Sota y Cía, para ganar en el Senado– nos retrotrajo al cuadro del parlamento anterior a la crisis del 2001, la “ley Banelco” y otros contubernios típicos de una decadencia sin fin. La manifiesta brutalidad cuasi mafiosa de los métodos empleados no altera este cuadro general, y en todo caso levanta una grave acusación contra aquellos que nos prometían una “transición democrática” entre la “izquierda” y la “derecha”: ¡en un país semicolonial donde la mayoría popular “convive” con una minoría sin patria, una mixtura oligárquico-imperialista!

El internismo sin límites ni contenido programático, con las excepciones del caso; la necesidad de ceder, en nombre de “la unidad”, ante quienes postulan “la defensa de la gobernabilidad”; son signos, todos, que completan un cuadro de pérdida de rumbo y capitulación impúdica ante la restauración neoliberal, que parece reinstalarnos, sin aprender ni olvidar nada, en los tiempos del besamanos a Carlos Menem.

Estos datos coyunturales, sin embargo, deben juzgarse con referencia a lo central: en todos estos años, desde la derrota ante Alfonsín en adelante, nada sustituyó a Perón, en la aptitud para dar al movimiento peronista una orientación nacional y un liderazgo incuestionable. Y, para juzgar en ese punto los doce años de la experiencia kirchnerista, promoviendo una reflexión orientada a la superación de los problemas estratégicos, es necesario ser claros: con vistas a la tarea de construir una conducción efectiva del frente nacional y recuperar sus dotes de fuerza electoral imbatible, el kirchnerismo desaprovechó una oportunidad histórica.

No quiso o no supo confiar en la iniciativa y el protagonismo popular; impuso, sin persuadir, apoyándose en el Estado y su poder de cooptación y coerción, una jefatura verticalista, particularmente rígida; se descartó, por tanto, la posibilidad de librar un amplio debate ideológico-táctico; y en lugar de impulsar el desarrollo de la militancia, la arrinconó en un apoyo acrítico y pasivo, sustituyéndola por un sistema de operadores sumisos que hacían carrera con el “culto al jefe”. Es difícil imaginar que desde el llano (perdido el poder por su mezquindad y sus contradicciones) tenga más suerte en la lucha por estructurar una nueva síntesis de las fuerzas nacionales.

Este pronóstico aproximativo, por otra parte, debe ser evaluado en el marco general de la crisis del peronismo, la que a su vez constituye parte del fenómeno de la crisis de la representación, que estalló en el 2001 y se resumió en el grito “¡que se vayan todos!”.

Las fuerzas tradicionales, incluso el peronismo, quisieron ver ese viraje histórico como un mero episodio. No era así. El bipartidismo clásico de la Argentina desapareció entonces; quizás para siempre. El radicalismo quedó reducido a cenizas; comenzó una lucha por sobrevivir a cualquier precio, que lo llevó esta vez a la Alianza de Macri, que aumentará su descrédito. El peronismo, fracturado en tres fórmulas en la elección que dio inicio al ciclo kirchnerista, cuya fragmentación hoy es inocultable, ha cerrado “su” década con una derrota quizás más profunda que la sufrida en las elecciones de 1983, ante Alfonsín.

Es verdad que, durante doce años, logró dar al país el mejor gobierno que puede recordarse, después de la muerte del General Perón. Pero también es cierto que, reiterando antecedentes ya crónicos del peronismo, ese gobierno lesionó a medias los intereses del estáblishment, pero lo dejó intacto, en su poder económico y su capacidad de fuego, para volver a caer, tal como ocurrió en 1955, 1976, 1983, con la derrota ante Alfonsín, 1989 con la entrega menemista, y esta última vez, derrotado por un payaso del circo imperialista.

Por otra parte, a los fenómenos de fragmentación actual ya referidos (gobernadores, estructuras del PJ, núcleos cristinistas) debe añadirse la dispersión de su fuerza en el movimiento obrero y, con una grave responsabilidad de la “cúpula K”, la acentuación del distanciamiento entre la “rama política” y la rama sindical, que nació en tiempos de la “renovación peronista”, fue revertida bajo Néstor Kirchner, se tornó fatal después de las elecciones del 2011, prometía suturar en un gobierno de Scioli, pero después de la derrota es tan marcada que ambas estructuras (rama política y sindicalismo peronista) obran siguiendo órbitas inconexas, sin atisbos de un plan mínimamente acordado.

 La clase trabajadora y los dirigentes sindicales, frente al gobierno de Macri

El equipo macrista busca ganar a las conducciones sindicales, con la entrega del manejo de fondos correspondientes a las obras sociales, que fueron retaceados por el gobierno anterior, en el marco de su empecinamiento por ignorar el peso del movimiento sindical, entre otras medidas de una cúpula signada por un característico “progresismo” pequeño burgués que terminó casi convirtiéndose en marca de fábrica del kirchnerismo en sus etapas finales.

Ese “progresismo”, como sabemos, suele moralizar sobre las deformaciones burocráticas de los dirigentes sindicales, mientras vacila en enfrentar con igual ímpetu a la sobreestimada “burguesía nacional”, que busca seducir con inútiles concesiones, como si ganar su apoyo, siempre esquivo, mereciera arriesgar el apoyo de los trabajadores, la capacidad de frenar una ofensiva oligárquica, y su peso electoral.

Seamos claros: en las filas de la clase trabajadora estas políticas de la cúpula K alimentaron a Massa, y añadieron también votos a Macri. Aunque estas derivaciones, que no caracterizaron únicamente a una porción de los líderes sindicales –un porcentaje de los asalariados optó por votar esta vez a Macri, algo que requiere una explicación– están señalándonos una pérdida de olfato que evidencia, creemos, cierta dilución momentánea en la identidad política y la aptitud rumbeadora del proletariado nacional, afectado por la acumulación de experiencias frustradas que ha protagonizado en las últimas décadas el movimiento fundado por el General Perón.

También, en términos más generales, revela la actual carencia de un partido o un movimiento nacional capacitados para brindar a la clase trabajadora un canal de acción política… ¡y menos aún de sostener su programa nacional-democrático frente a todos los sectores del campo popular!

No sería sensato, de nuestra parte, dados sus antecedentes, concebir ilusiones sobre la voluntad de los jefes del movimiento sindical de promover por su propia voluntad la resistencia popular a Macri. No obstante, salvo personajes ultracorrompidos y carentes de una base capaz de presionarlos, de la índole de Venegas, las direcciones sindicales no firmaron un cheque en blanco ante el soborno (que en rigor y en el caso de los fondos de las obras sociales consideran con justa razón mera restitución de un derecho pisoteado por el gobierno kirchnerista). La insistencia (cada vez más estentórea) en torno al tema del mínimo no imponible y las escalas del Impuesto a las Ganancias permite confirmarlo.

Ante el deterioro salarial y la destrucción progresiva de fuentes de trabajo, Macri enfrenta una resistencia creciente, con picos de movilización y fortalecimiento paulatino de las corrientes más lúcidas y combativas, e incluso –como puede verse en el caso de los bancarios o en las posiciones que adopta sistemáticamente el diputado (y dirigente sindical de los canillitas) Omar Plaini– de dirigentes veteranos en sindicatos pertenecientes a la CGT Azopardo liderada por Hugo Moyano.

Las conducciones combativas, además, si el liderazgo peronista es incapaz de dar a la Nación los instrumentos necesarios para enfrentar al régimen, procurarán crearlos, al comprobar que el stablishment y los energúmenos que lo sirven quieren someternos a cualquier precio, sin excluir la represión y el derramamiento de sangre. Al comprobar, en definitiva, que si las masas populares no lo impiden, el plan hambreador y de retorno al coloniaje terminará por arrastrarnos a un grado de primarización de la vida económica incompatible con la subsistencia de las mayorías urbanas que pueblan el país.

Consecuentemente, aun sin ignorar las insuficiencias del sindicalismo y la corrupción de porciones de su conducción actual, no incurriremos en el sectarismo ultraizquierdista y su desorbitada visión de los dirigentes sindicales peronistas que expresan, en general, la inmadurez política del conjunto del movimiento y responden a la fórmula de presión-negociación que caracterizó al vandorismo. Carecen obviamente de aptitud para representar en términos políticos a la clase trabajadora, pero no pueden eludir la presión de su base. No ignoran que defender sus reivindicaciones inmediatas es el único modo de perpetuar su poder en los sindicatos, cuya capacidad de acción, a su vez, se verá menguada si el estrago neoliberal hace que cundan la desocupación, la precariedad y las fórmulas de sobrevivencia individual que impone el angustioso “sálvese quien pueda”.

Nuestras tareas: respuesta coyuntural y superación estratégica

El criterio rector, en el marco de la restauración conservadora, es aunar las fuerzas que resisten su plan, impulsando las más variadas expresiones de resistencia. Ante la reedición –por su contenido, aunque sea el producto del voto popular– de la mal llamada “revolución libertadora”, con toda su carga de revanchismo clasista y ciega destrucción de todo lo ganado en el ciclo popular, no puede alegarse que “el fracaso de Macri es el fracaso del país”. Sólo el cinismo –descartamos un grado de estupidez equivalente– puede dictar esa fórmula de supuesta “oposición constructiva”, cuando los hechos nos dicen todo lo contrario: si Macri logra imponer su plan, pierde la patria y sufrirán las grandes mayorías del país. Preguntemos, para despejar dudas: ¿qué podría ganarse reduciendo la capacidad productiva del país y el consumo de la población? ¿qué beneficios nos dará reendeudar a la Argentina, no para expandir su infraestructura y fortaleza, sino para financiar la fuga de divisas y la especulación financiera? ¿qué obtendremos a cambio de transferir ingresos del consumo de la población a las mineras de capital extranjero, la renta oligárquica del parasitismo pampeano, y los núcleos de poder económico concentrado? ¿cuál será el fruto de resignar soberanía ante los EEUU y los decadentes países del centro imperialista? Estos son apenas un par de ejemplos. Engordarán (usamos un símbolo, pero acierta el que lea literalmente) los buitres de todo género, adelgazará el país.

Consecuentemente, desde la Izquierda Nacional, en toda la medida en que seamos capaces, nos proponemos respaldar todas las manifestaciones de la resistencia nacional al despliegue macrista, procurando abreviar la agonía actual. Al mismo tiempo, somos conscientes de que la prolongación del ciclo de decadencia nacional, tanto como la carencia de una solución definitiva a la frustración que arrastra el país desde 1955 pone en entredicho la posibilidad misma de construir un país en el que las nuevas generaciones puedan vivir. Es preciso recrear el Frente Nacional, en cada rincón de la patria y en cada uno de los ámbitos de la pluralidad social cuyos destinos dependen del destino colectivo. Hay que liberar a la Argentina, asociada consistentemente con América Latina.

Debemos luchar, todos los días. Pero nuestras luchas y esfuerzos parciales no llegarán a buen puerto si el movimiento nacional, reconstruido por la iniciativa y el protagonismo de los patriotas, no avanza sobre las fuentes materiales del poder oligárquico: su monopolio de la renta diferencial pampeana, sus vínculos indisociables con el sistema financiero global y ese núcleo que agrupa a las empresas imperialistas y la gran burguesía transnacionalizada de la Argentina, que concentran en muy pocas manos el 70% de la producción material. La lucha por la liberación nacional y la justicia social implica dar los pasos que el peronismo no ha podido, sabido, querido o imaginado dar contra aquellos capítulos del registro de propiedad que santifican el derecho al saqueo del bloque parasitario que gobierna el país desde la caída de Moreno y la Revolución de Mayo.

¡Por las banderas históricas de la Soberanía Política, la Independencia Económica y la Justicia Social, que no pueden rendirse ante el altar oligárquico!¡Por un gobierno patriótico y popular!

Córdoba, 30 de abril de 2016

Notas

[1] Contra la necesidad oligárquica de apartar al pueblo del poder político, proscribiendo a las mayorías, hemos defendido siempre el derecho a elegir del pueblo argentino, asumiendo como nuestras las luchas yrigoyenistas por el sufragio libre. Eso no significa, sin embargo, ignorar la existencia de una ideología dominante de matriz oligárquica, que pesa sobre las conciencias y, menos aún, la abierta manipulación a que someten a la opinión pública los medios masivos de comunicación dominantes, relativizando la efectiva “libertad de votar”.

[2] Las “negociaciones” para canjear la modificación del Impuesto a las Ganancias, a favor de los trabajadores, por el apoyo de los sindicatos a la negociación con los buitres, a más de comprometer al movimiento obrero en esa canallada antinacional, implicaron caer en la inconcebible ilusión de que la situación de los trabajadores puede “salvarse”, mientras las políticas neoliberales arruinan al país ¡Qué lejos están en estas horas algunos dirigentes sindicales de las tres banderas del General Perón y sus enseñanzas prácticas!

[3] Hasta el 2011, ese viraje le permitió convivir (incluso “comprender” que Hugo Moyano era un aliado necesario) con el movimiento obrero real, dentro de las filas de los adictos al poder, pero la ruptura de Cristina con el movimiento sindical, que destruía la alianza de las clases mayoritarias fue justificada de inmediato por el “progresismo” seminacional, proclive a tachar por razones “morales” al sindicalismo peronista, en el que encuentra vicios que no percibe en otros líderes gremiales, pequeño burgueses, afines a la visión “progresista” del mundo.

[4] Qué puede esperarse del macrismo más duro si una “moderada progresista” como su aliada Margarita Stolbizer insinuó que a Cristina Fernández de Kirchner le correspondía una inhabilitación especial y vitalicia para ocupar cargos públicos…

[5] Los que, desde que Mauricio Macri es presidente, volvieron a aparecer –tímida pero claramente- como responsables por los “deslizamientos” hasta en los medios concentrados del dúo Clarín-La Nación. Antes, cataratas de información amañada negaban la existencia misma de esos formadores y atribuían toda la responsabilidad por cualquier incremento del índice de precios al gobierno nacional.

TRUMP Y LA UTOPIA DE UN “PATRIOTISMO” ANTIHISTÓRICO

trump HOY

Los pensadores nacionales, que ciertos “nacionales” suelen ignorar, repiten hasta el cansancio que los países centrales, mal llamados “serios”, nunca practicaron esas normas abstractas que nuestro tontaje cree sagradas y eternas, sino que actúan según sus intereses. Así, en el caso paradigmático de Gran Bretaña fue por interés defensora del librecambio, tras levantar su industria, pionera, con un duro proteccionismo. EEUU, que lo relevó en el dominio del mercado mundial, fue por décadas un gran campeón del “comercio libre”. Hasta que la deslocalización industrial generó el desquicio que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca, para sostener un proteccionismo que dice a las claras “EEUU, primero”, le guste o no al resto del mundo. Ese resto incluye, según es sabido, una buena parte del país del norte. Algo que, sin contradecirnos, denota conflictos en el seno de sus elites.

 En las redes sociales, antes de que lo hiciera Guillermo Moreno, otros peronistas con menos fama  han descubierto en el actual huésped de la Casa Blanca una filiación “peronista”. El ex secretario de Comercio Interior ha llegado a decir: “si volvemos al gobierno” no será preciso, “confrontar con el mundo”. Ya embalado, el fogoso defensor del control de precios del gobierno kirchnerista, que apreciamos por su conducta durante la gestión, dice que a Donald “todavía le falta ser humanista y cristiano” (¿pensará en crear una unidad básica, desde el Salón Oval?).

Si entendemos las cosas de ese modo, Hitler también fue “peronista”, aunque no logró superar la  materia llamada “humanismo” (esta deducción ganaría el aplauso de aquéllos que vieron un Führer en Perón, pero a ella conduce la lógica formal). Estamos asombrados: un peronista duro, como Moreno, coincide, sin advertirlo, con la visión gorila de 1945. Desconoce una distinción que debe ser obvia, para cualquier nacional: el “patriotismo” de Trump, como el de Hitler y Mussolini, es un “patriotismo” de gran potencia.

Dicha categoría, no incorporada a la matriz ideológica que cree posible “un peronismo del primer mundo”, nos habilita (o no) para entender la realidad. Para señalar, por ejemplo –reivindicando al General– la ridiculez de hablar del “imperialismo” argentino, ante la política latinoamericana del primer Perón, según el dislate de ciertos patrioteros sudamericanos, atentos al peligro de que uno de los vecinos pudiera empeñarse en someter a los demás, pero ciegos frente a la presencia del imperialismo mundial, si éste se adornaba con un ropaje “democrático”. Prodigios propios de esa visión colonizada; el mundo al revés, cabeza abajo.

Desde fines del siglo XIX, el mundo soporta una contradicción fundamental, última razón de todos los antagonismos que hemos protagonizado. En uno de los polos de esa oposición están los países  que lograron el pleno desarrollo capitalista y, ceñidos por la estrechez de su mercado nacional, se pelean por el dominio del mercado global; en el otro, donde está la Argentina, países coloniales y semicoloniales, que sufren el saqueo y la opresión imperialista, de parte de los primeros. El primer grupo, liderado hoy por los EEUU, lo conforma una minoría de países “civilizados” que, al decir de Trotsky, les cierran el camino a los que quieren civilizarse, al sustraerles la savia que precisan para crear una economía avanzada. De lo cual surge la conclusión siguiente: el “nacionalismo” de un país imperialista es siempre reaccionario, agresivo, orientado a oprimir a los pueblos débiles y a luchar con sus competidores por el poder global, incluso con las armas, como fue el caso de las guerras mundiales. El nacionalismo, en la periferia, tiene el signo contrario: está dirigido a liberar al país del dominio extranjero, que lo somete y lo esquilma. Es curioso (merece una reflexión) que un peronista lo ignore. De allí su mareo, ante el caso Trump; confunde, como la seudoizquierda de 1945, el patriotismo y la lucha de un país oprimido con el “patriotismo” siempre agresivo de una  potencia imperial. El nacionalismo de  Perón, y tantas fuerzas del mundo oprimido, es progresivo, liberador, busca espontáneamente la alianza de otros pueblos, es democrático y popular, ajeno al racismo y al “patrioterismo” excluyente y demagógico, típico en los que quieren movilizar el dolor de los desesperados de “su” país contra los demás pueblos (los obreros blancos empobrecidos, contra los migrantes, también pobres, del mundo periférico), disipando el peligro de que unos y otros aprendan a direccionar su justificado rencor, contra la clase de los Trump que, como puede verse en la Bolsa de Nueva York, siempre gana fortunas con Obama o Trump, mientras el hombre del común apenas “elige” entre la silla eléctrica o el gas letal.

¿Alguna vez vimos a Perón o a Irigoyen incitar al racismo, en general y a echar del país inmigrantes latinoamericanos, en particular? No, eso es propio del “patriota” Trump. Y el cipayo Macri, ansioso por ocultar sus políticas antiobreras humillando a los bolivianos y expulsándolos del país.

 No ignoramos las “gradaciones del mal”, como el horror de los genocidios. Llamamos a distinguir, sólo, fenómenos que son esencialmente opuestos, en la época signada por el imperialismo global. Tampoco inventamos; usamos el legado del pensamiento revolucionario, que nos enseñó a ver la igualdad esencial entre los imperios “democráticos” y los imperios fascistas, en los días confusos de la segunda guerra. No es mejor ni peor el “patriota” Trump que el “patriota” Churchill,  aunque la equiparación subleve al súbdito sudamericano de la reina Isabel, que cierra los ojos frente a los crímenes perpetrados en el mundo colonial, si el criminal vive en Londres o París. La colonización cultural, en nuestro caso y el fetichismo “democrático”, en el primer mundo, puede encontrar en la política  norteamericana “razones” que justifiquen el apoyo a Clinton, ignorando sus carcajadas ante el linchamiento de Kadafi, el martirio de Siria, el belicismo sin fin del insólito Premio Nobel de la Paz y el riesgo de proseguir ese derrotero…

¿Hace falta ser un socialista revolucionario de la Izquierda Nacional para entender el antagonismo entre los países centrales, imperialistas y la periferia colonial y semicolonial? ¿Hace falta, para ver en el peronismo el nacionalismo de un país que aún no logró su independencia real y batalló para lograrlo con el General Perón, y el “nacionalismo” norteamericano, en cualquier variante? ¿No es suficiente con ser peronista? ¿Puede creerse que Trump es “nacional” y Obama gobernó contra los EEUU? Sería insensata esta proposición, pero está implícita en el elogio de Trump. Moreno, según dijimos, opina que con Trump podríamos gobernar “sin confrontar con el mundo”¿Imagina que es  un aliado? Es injusto y descabellado especular con el “eje” que sumaría a Trump, Putin y Francisco (Washington-Moscú-Roma). Es claro que Moreno admira al Papa, no pretende mezclar la Biblia y el calefón, pero…

Las primeras acciones del presidente Trump

Nuestra opinión sobre el presidente de los EEUU se confirma en sus actos: (1) por su agresividad hacia Méjico; humilla a su pueblo y amenaza con lesionar impunemente su producción, arrojando al ex “socio” como un limón exprimido; (2) satisfacer a los críticos del ObamaCare, los buitres de la salud, partidarios obvios del “libre mercado” y la indiferencia estatal; (3) el cierre selectivo de las fronteras del país, contra todos los migrantes del mundo periférico; (4) eliminar el castellano en el sitio web de la Casa Blanca; (5) desafiar a China, sin prevenir el riesgo del enfrentamiento nuclear; (6) prometer rebajas de impuestos al stablishment, provocando el jolgorio de Wall Street. Y sólo se trata de las primeras muestras.

Ante el racismo descarado de su campaña, en general y particularmente en lo que afecta a Méjico, los argentinos debemos repudiarlo con energía, sin olvidar que Macri comparte con Trump el odio y la discriminación contra los indios y criollos. Nótese que Perón hizo lo contrario, como patriota latinoamericano. Sólo después de condenar a Trump –que agita demagógicamente los prejuicios racistas del “blanco pobre”, transformado en paria por el capital yanqui que mudó la industria por  reducir el salario– y las acciones que ratifican las peores promesas que hizo en su campaña, sin omitir que busca transferir a la periferia la crisis terminal del capitalismo senil, sólo después de sentar esa posición, decimos, es lícito hablar, sin ser carroñeros, sobre el “favor” que Trump nos podría hacer, si la tragedia de Méjico impone a su elite un viraje latinoamericanista de orientación política, que lo devuelva al redil de la Patria Grande.

El huevo de la serpiente

La emergencia de Trump, es claro, refleja (y quizás alimente) un conflicto interior al stablishment norteamericano. Puede suponerse, por experiencias anteriores, que esa situación facilite las cosas a la lucha popular en América Latina. Aunque así fuera, no es un motivo para morigerar el rechazo y la repugnancia que nos provoca. Por otra parte, es saludable asumir que el retroceso sufrido, con particular énfasis en Argentina y Brasil, obedece más a los límites y extravíos de nuestros propios liderazgos que al poder de agresión de la potencia estadounidense. Eludir el examen, autocrítico, en base a la ilusión de que Trump y las desdichas de EEUU y la Unión Europea vengan en nuestro auxilio, sólo puede servir para adormecer a la militancia y estimular la búsqueda de “soluciones” mágicas.

Trump agravará los sufrimientos latinoamericanos. Millones de compatriotas de la Patria Grande verán afectada su vida diaria. No se trata sólo de Méjico. Argentina, con su escaso comercio con EEUU, no será especialmente dañada. Pero ningún beneficio esperamos de una gestión que ha congelado el ingreso de los limones tucumanos, limitará las visas y, ante todo, afectará a los países que más peso tienen en el intercambio comercial. En otros países, los centroamericanos en primer lugar, donde numerosas familias subsisten con el auxilio de los giros de un familiar que trabaja en yankilandia, las trabas en gestación llevarán la tragedia. Ésa es la verdad cruda, hoy.

Ahora bien, si se espera que esas desgracias vengan en nuestro auxilio, cabe decir que esa ilusión no suele parir los frutos que se esperan. Es verdad que contamos, ahora, con la colaboración de Macri, que garantiza desdichas, aquí; con los padecimientos y la vergüenza que causa al Brasil el infausto Temer. Trump, junto a Macri y Temer, pueden imprimir un curso acelerado a la formación política de nuestros pueblos, es verdad. No sería bueno brindar a cuenta por esas expectativas, sin embargo. El dolor enseña, suele creerse. Pero el dolor se vive también como castigo… y enseña en el caso de que pueda encausarlo una reflexión.

El presidente norteamericano es, en realidad, una suerte de condensación de los peores rasgos del país del norte. Es xenófobo, racista, misógino y brutal, soberbio e inculto. Pero condenarlo sólo para “rescatar” a Obama o a Clinton, en el extremo contrario, algo que vemos ahora en la Argentina, nos recuerda la tara del fetichismo “democrático”, que hizo estragos en la década del 40. Eso es así, pero el campo nacional no puede caer el error simétrico. Si cabe hablar de un Trump “imprevisible”, más vale asociar ese adjetivo con las  razones que nos impiden saber cómo actuará un león asediado, que procura desandar, medio aturdido, el camino que amenazó su reinado en la selva. Es peligroso. Si se acercara a Putin, lo que ponemos en duda, será por atender al principal enemigo, China. Puede ser acertada esta corrección táctica, según el interés norteamericano. Pero sólo los suecos dan un premio Nobel, por algo así. Obama, que lo recibió, parecía dispersarse al lidiar con Rusia y sostener la guerra en demasiados frentes, sin resultado tangible. Estas opciones son un problema para ellos, que debaten cómo sacarnos el jugo. Uno educado y sutil, otro torpe y frontal, apenas distinguen los rasgos externos al magnate rubio y negro mesurado, si los miramos desde aquí.

En otro sentido, más difícil para el examen, pero no por ello menos notorio, Trump refleja, como otras “sorpresas” del mundo central, la crisis sistémica del capitalismo senil. Esta afirmación puede parecer una “frase de barricada”, inconsistente después de la desintegración de la URSS y el viraje chino de las últimas décadas, que se evalúa generalmente como restauración del capitalismo. Es obvio que esta nota no puede examinar esos temas apasionantes. Pero sí decir, sumariamente, que la caída inexorable de la tasa de ganancia es la ley que preside la deslocalización industrial hacia la periferia del sistema, con el gigante asiático como principal receptor de capital productivo. En esas condiciones, sea cual fuere la naturaleza del sistema social que corone la transformación del país de Mao, que fue una semicolonia del imperialismo mundial y amenaza con ingresar al club selecto de los países  avanzados, sus desarrollos generan una crisis de sobreproducción, a escala global, con grados diversos de vaciamiento industrial de los viejos centros, que pueden sufrir una parálisis creciente, sólo limitada por su predominio en el manejo de la especulación financiera y de ciertas áreas tecnológicas de punta, donde sus ventajas actuales son quizás efímeras. Aun cuando se trata de procesos que se sostienen, ante todo, con recursos propios, el papel cumplido, en los avances del Asia (China, India, Corea) por los EEUU –empeñados otrora en acorralar a la URSS– y  el capital imperialista, que busca eludir la crisis del sistema con las célebres deslocalizaciones, ha herido, a la larga, y entre otros, a los centros productivos norteamericanos.  Y no es todo: dadas las dificultades que acarrea la sustitución de trabajo humano por sistemas automatizados, puede preverse que el  ingreso de China, en actor gigante, al grupo exclusivo de las economías avanzadas nos aproximará, sin duda, a los límites del sistema social vigente, aun en el caso de que la elite que sucedió a Mao Tse-tung quisiera perpetuar la propiedad privada. Todo lo cual, a más de un siglo y medio del Manifiesto Comunista, evoca la imagen del aprendiz de brujo, liberando fuerzas que no controla y pueden llevarlo vaya a saberse adónde.

En ese marco, el “imprevisible” Trump quiere hallar un atajo para marchar hacia atrás y “rehacer la grandeza” norteamericana perdida. De allí el riesgo que representa su gobierno, empeñado en plasmar esa utopía reaccionaria. Con mirada crítica, deberíamos advertir que el magnate lidera, en el país del norte, una tentativa tan antihistórica como la que encarna Macri.

Córdoba, 03 de febrero de 2017

LOS RADICALES Y MACRI: UN PASAPORTE HACIA EL ABISMO

Sanz Morales MacriLa nota que publico nace por pedido de la revista POLÍTICA, el órgano teórico de PATRIA y PUEBLO – Socialistas de la Izquierda Nacional. El N° 16 apareció ya, y puedo subir el texto a la página. Ojalá los lectores, antes que un alegato anti-radical, vean en el tratamiento del tema la sugerencia a retomar la tradición irigoyenista olvidada.

La degradación de un partido –el abandono de sus principios, una política reñida con sus orígenes y tradiciones– suele reflejar transformaciones sufridas por su base social, que por diversas causas ha dejado de ser lo que antes era. Pueden haber cambiado las condiciones reales, como ocurrió en  el caso del proletariado europeo: este, adormecido por las mejoras que la plusvalía colonial llevó a las metrópolis, no resistió el desarrollo de tendencias revisionistas en la socialdemocracia, que se hicieron mayoritarias, para tornarse, más tarde, cómplices desembozadas de su propia burguesía y el saqueo colonial, sin que eso originara una crisis de representación. Nada es eterno, no obstante. Erosionadas las bases del Estado de Bienestar, en esta época, la persistencia socialdemócrata en someterse al orden neoliberal afecta claramente, ya, los intereses de sus electores, sin conmover a  la elite vetusta que la dirige. Políticamente, es fundamental distinguir entre ambos momentos, ya que hoy germina en suelo fértil la ruptura entre las bases y su expresión política. Este cuadro, que  puede extenderse al resto del primer mundo, como lo prueba el triunfo de Donald Trump, tiene similitudes con lo que ocurre entre nosotros, pero también diferencias. En la Argentina, no ha sido la gordura, precisamente, la que alentó el conservadurismo que observamos en el sistema político partidario. Consecuentemente, la crisis de representación, que se hizo notoria en el 2001 (“que se vayan todos”), debe encontrar su origen en otros motivos.

En la historia nacional hemos visto, cabe recordarlo, la agonía y fragmentación de fuerzas que, en tanto es posible, habían alcanzado los fines que les dieron origen. Cuando es así, el subsuelo social que les dio sustento tiende a replegarse, aislar a los luchadores, y tolerar que los otros se integren al orden antes cuestionado. En términos generales, esto sucedió primero con el roquismo y, años después, con el radicalismo histórico. Tras recorrer el camino que lo llevó a er, con la jefatura de Irigoyen, un gran movimiento nacional de masas, había logrado el sufragio libre, y alguna mejora en la democratización de la renta. Para los irigoyenistas, el radicalismo era una “Causa” sagrada, y hasta un sinónimo de la nación misma. El examen de su frustración y la alvearización posterior no será reiterado, aquí.  Nos remitimos a textos clásicos de la Izquierda Nacional, que lo han tratado de un modo amplio. Nos basta recordar que la crisis del 30 mostró que su programa estaba agotado, por carecer de un proyecto de industrialización del país. Sin superar el modelo “de los ganados y las mieses”, sin un plan de desarrollo integral, nada ofrecía, ya. Y, tras enterrar física y políticamente a Irigoyen, pasaría a constituirse como la facción popular del orden vigente, con la excepción de FORJA y el sabattinismo cordobés. Las corrientes nacionales no impedirían, empero, ante la emergencia del peronismo, el radicalismo se integrara al frente oligárquico.

Esta identidad antiperonista, sin embargo, no contradecía a su base social. Por el contrario, con la excepción de una minoría que votó por Perón en 1946, las clases medias odiaban al General y a la clase obrera que le daba apoyo. Operaban, alimentando esa conducta, dos fuerzas concurrentes. Por un lado, el influjo político-cultural oligárquico, enajenando a vastos sectores sociales, incluida la “izquierda” del viejo país, satelizada al mitrismo para mirar nuestra historia, alienada a Europa o a la diplomacia soviética. Pero existían, también, razones derivadas de los límites y contradicciones del movimiento fundado por el Coronel Perón, quien puso en manos del nacionalismo oligárquico –el caudillo popular condenaba a “los piantavotos de Felipe II”, pero les cedía espacios en la esfera ideológica– la universidad y la cultura, cancelando la posibilidad de una confluencia entre la clase obrera y la mejor fracción de las clases medias. Más interesado en el desarrollo industrial, en otras franjas renuente a seguir al liberalismo oligárquico, el viraje posible de este sector hacia posiciones nacionales era bloqueado por dos usinas, con terrorismo ideológico: desde la “izquierda” cipaya, al calor de la lucha “antifascista”; desde la orilla opuesta, por el “nacionalismo” católico oligárquico y su convite a reverenciar la Cruz y la Mazorca, que confirmaba el “corporativismo” del tirano Perón, con una “confesión” de sus presuntos fieles. Por todo lo cual no podría hablarse de una relación conflictiva entre los sectores medios y sus representaciones políticas, en ese ciclo, cerrado con el golpe de 1955. Después del mismo, nada iba a ser igual. Disipadas  las creencias –Perón no era el culpable de todos los males– que sostenían el limbo pequeñoburgués, el origen de sus trastornos debía tener otra explicación. El desarrollismo radical de Frondizi, una renovación no agrarista y menos arcaica dentro de ese mundo, pretendió aliarse al capital extranjero y levantar la industria con esa ayuda y sin herir a la oligarquía. La ilusión fue fugaz, pero sería reiterada durante décadas, mientras los partidos de clase media, ineptos para enfrentar las nuevas realidades, empezaban a fracturarse y a generar, ahora sí, una crisis de representación, aun incipiente.

De la inconsistencia alfonsinista a la crisis del 2001  

Esa crisis prometía madurar y de hecho amenazó con sepultar a los aliados del golpe del 55, con el desarrollo de una nacionalización de las clases medias, en el ciclo de alzamientos que culminaron en el Cordobazo. Si el proceso aquél no hubiese abortado, al desatar las contradicciones y batallas sangrientas en el seno del peronismo, los vetustos partidos serían hoy un paleozoico muerto, para entretener arqueólogos. Pero, vinieron a impedirlo la masacre de Ezeiza y el final catastrófico de la presidencia de Isabel. El retroceso consiguiente, dentro y fuera del peronismo, explica el Proceso, y prolongó la vida de los viejos partidos; los dinosaurios tuvieron otra oportunidad. Hace muchos años, en una nota juvenil, dije que las ideas de Raúl Alfonsín no mejoraban el conservadurismo de Balbín; le añadían, sí, el matiz antiperonista que este omitía para mejorar el diálogo con el General Perón (1). El fantasma de Isabel, con los grupos armados y el record de balaceras (Herminio Iglesias servía para evocar ese aquelarre) fue, en las elecciones del 83, un “mar de fondo”, que posibilitó el triunfo de Raúl Alfonsín, transformado en “lo nuevo” por la evocación del horror. Nunca, después de Irigoyen, otro radical enfervorizaba a las clases medias en tal grado. Sabemos cómo acabó esto, que desde nuestras filas fue señalado como promesa democrática “sin liberación nacional”(2). Esta combinación, inepta para responder a las necesidades básicas de un país semicolonial, traduce la ignorancia de esa condición. El resultado fue la defraudación del pueblo y la emergencia de los proyectos que anticiparon al menemismo, formulados por Terragno y otros “modernizadores”. En nuestros días, cuando ciertos radicales, como Moreau, plantean una orientación afín a los orígenes y bases populares de la UCR, alzando la figura y las posiciones del presidente posterior al Proceso, no deberían desconocer que las líneas de ruptura, durante su gobierno, eran contrapesadas por la continuidad, fatídica, con el programa económico de Martínez de Hoz. No lo decimos con ánimo negativo, sino para alentar un replanteo estratégico, que afiance el viraje que intentan concretar.  Vale señalar, en el mismo sentido, que no aludimos a una tarea que deba cumplir el radicalismo en soledad. Creemos, por el contrario, en la necesidad de que todos hagamos, ante la trágica realidad que aflige a la Argentina, un balance crítico de las últimas décadas, creyendo que se trata de una tarea ineludible para construir (o reconstruir) un sujeto político apto para liberar definitivamente a la patria.

Después de Alfonsín, en lugar de abordar esa tarea, el radicalismo retrogradó, abandonando toda inclinación progresiva, hacia una posición más conservadora. Con De la Rúa, decidió perpetuar las  políticas de Cavallo, y terminó confiándole la conducción económica ¿Cómo podría asombrarnos, después de la crisis del 2001, su debacle electoral de 2003? Es obvio por qué padece el descrédito, la fragmentación, la insignificancia electoral, desde entonces. Sin embargo, con pocas excepciones, ya señaladas, no hay replanteos siquiera parciales, sino decadencia. Esta se manifiesta de diversos modos. Por un lado, como subordinación de las políticas en la esfera nacional a las necesidades de los aparatos de cada provincia; por otro, como inclinación a buscar en figuras ajenas un perfil apto para arrastrar votos, y salvar la representación parlamentaria del partido, aunque implique perder el perfil propio y renunciar a la lucha por recuperar prestigio; como vacío ideológico y disposición a orbitar alrededor de otros partidos (desde el “socialista” hasta el PRO), a condición de que brinden la mejor chance posible, en las miserables pugnas por “el reparto de las achuras”. Esos cálculos tan mezquinos y estrechos perpetúan la crisis, aunque aseguren cargos a un voraz aparato, impávido frente al riesgo de muerte partidaria. Seamos justos, no están solos: una crisis de representación política afecta al sistema de nuestros partidos. En el caso que nos ocupa, amenaza con liquidar a un partido centenario. No por azar el último candidato radical a la presidencia, Leopoldo Moreau, sólo cosechó en las elecciones del 2003 un 2,33 % y terminó sexto, lejos de los más votados (dos disidentes de su mismo partido, López Murphy y Carrió, y tres (¡) peronistas, Menem, Rodríguez Saa y Kirchner, que completaban un cuadro de fragmentación inédito).

La alianza Cambiemos

Un nuevo capítulo en la lucha por detener ese curso ruinoso –sin indagar las causas del desquicio partidario, y formular un programa que “vuelva a enamorar” a sus bases sociales, con autocrítica y honestidad– fue poner los ojos en Macri, contra la opción de un frente de “centro izquierda”, por adoptar una jerga que nos resulta impropia, pero se usa para definir, entre  otros, al “socialismo” de Binner y, yendo hacia la “izquierda”, a Pino Solanas y Libres del Sur. Es obvio que, si la UCR iba a las elecciones en una alianza con estas fuerzas, que hubiera encabezado, Macri no sería presidente hoy. Y hubo vacilaciones, es claro. Peor, aun: es verosímil suponer que no se eligió al PRO en virtud de afinidades ideológicas y programáticas, aunque simpatizara con Macri su derecha oligárquica, liderada por Sanz, Morales y Aguad. La Convención en Gualeguaychú se esmeró en compatibilizar todas las alianzas, desde la variante santafesina hasta el juego a tres bandas, en Jujuy. Es evidente, sin embargo, “la capacidad de convencer” que tuvo allí la presión del stablishment; fue decisivo, junto al “atractivo” del mentiroso apoliticismo conservador y los globos amarillos que acompañan a Macri. Pero el origen oculto de la sociedad con Macri, luego de Lavagna, De Narvaez, Kirchner (3), etc, que ahora puede tornarse una atracción fatal, es el fracaso, no superado, de la experiencia de Alfonsín. El sector “progresista” carece de convicciones; es arduo, sin ellas, resistir las políticas del  sector oligárquico que tiene como oponente. Y esa misma endeblez ideológica y política le impide prever (o, si es capaz de prever, obrar en consecuencia) la magnitud del daño que su alianza con el PRO puede causarles, mientras entrega el país al capital financiero y los agronegocios, sumiendo en la ruina a la producción y el comercio, y a las mayorías alimentadas por el mercado interno. Sin exageración alguna, se juega la pervivencia del centenario partido. El conservadorismo extremo de algunas de sus figuras –con Morales en Jujuy, la prepotencia y el racismo nos retrotraen a épocas que se creían superadas después del peronismo, cuando reinaba sin ley la oligarquía norteña – no es motivo para ignorar otras vertientes del universo radical, que subsisten en una fuerza de origen popular. Entre ellas, ocupa un lugar influyente sobre el resto una fracción del mundo universitario, que en las últimas décadas respaldó –en parte por inercia, mientras mantenía a salvo sus intereses sectoriales y su tradición democrática– electoralmente a Franja Morada y las corrientes afines del cuerpo docente y los centros de investigación. Esa relación, hoy, sufrirá los embates del ajuste macrista y su completo desdén por la tarea científica, inútil para un modelo de reducción del país a la producción primaria y la “integración” satelizada a los centros imperialistas. Esto provocará –lo muestran las derrotas en recientes congresos de la FULP y la FUC, entre otros casos– conflictos y quebrantos entre las bases del radicalismo y esa cúpula interesada en cuidar su mezquina “cuota  de poder”, aun al precio de sacrificar a sus adeptos e hipotecar el futuro. Y, en el caso de sectores  más conservadores y amorfos, un extrañamiento similar es previsible en las franjas empobrecidas de  la clase media y aquellas cuya subsistencia depende del dinamismo del consumo popular, que las políticas neoliberales afectarán crecientemente. El triunfo de Macri, a diferencia del obtenido por Mitre en Pavón, no tiene porvenir. Su destino es unir al país en su contra. La elite oligárquica, que atrajo al pelotón de radicales desmoralizados, con el auxilio de Sanz, Morales y Aguad, los usa como segundones de la restauración conservadora, pero puede llevarlos a un entierro definitivo. La alternativa opuesta, apostar a la construcción de un vasto movimiento de fuerzas nacionales, democráticas y populares, implica encontrar en la propia historia otras fuentes de inspiración, que permitan traer al siglo XXI una versión actualizada de los propósitos de Irigoyen, su firmeza de principios, su entrega al país y solidaridad en la causa de la emancipación latinoamericana.

Córdoba, 30 de noviembre de 2016

(1) En “El gran acuerdo Balbín-Alfonsín”, titulado para aludir a la fórmula de Lanusse del “acuerdo” con Perón, al que se intentaba domesticar, señalé la liviandad del “progresismo” de Alfonsín, sólo apta para jóvenes radicales cuyo “izquierdismo” se limita a repudiar por “derechistas” (¡of course!) a los dirigentes sindicales. Cualquier semejanza con los ultraizquierdistas no es casual y responde al común origen de clase. Ver: Revista “Izquierda Nacional” N° 21, mayo de 1972. Leer en el sitio   http://aurelioarganaraz.com/politica-argentina/el-gran-acuerdo-balbin-alfonsin-1-2/

(2) “Alfonsín, el pensamiento colonizado y la crisis semicolonial argentina”, Jorge E. Spilimbergo, folleto, 1983. También “El fraude alfonsinista”, del mismo autor, Ediciones José Hernández, 1989.

(3) No podemos hacer, en esta nota, un examen particular de la aproximación de un sector radical al kirchnerismo, que Cobos desprestigió, pero también incorporó a un aliado leal, el gobernador de Santiago del Estero, Gerardo Zamora. Lamentablemente, el ala zamorista es una formación que cuenta con adeptos exclusivamente en su provincia, sin una proyección nacional visible.

UBER o UNA INDESEABLE “INVERSIÓN” EXTRANJERA

Uber  y taxis

Pueden concebirse, creemos –buscamos reflexionar con la máxima objetividad, explicitando frente al lector, no obstante, que nuestra mirada no es neutral, sino comprometida con los intereses del país, tal como los entendemos– inversiones extranjeras que sean útiles para el desarrollo nacional, bajo ciertas premisas. Otras sólo pueden causarnos daño. La línea divisoria, para fijar posición ante un caso puntual, puede establecerse de un modo sencillo. Si no lo marean presuntos sabihondos, cualquiera puede dictaminar fácilmente cuál de las variantes tenemos delante y qué debe hacerse para no errar, contando con dicho criterio orientador. Sólo precisa sentido común… y patriotismo.

Para decidirse, basta con saber si la inversión extranjera en un emprendimiento (asociada o no con el Estado o con empresas privadas argentinas) viene a suplir una carencia de recursos internos, lo que nos impide desarrollar un área determinada. Caso contrario, como pasa cuando una empresa de capital nacional es comprada por el capital foráneo, o este avanza sobre un mercado que era atendido por firmas argentinas, el país se debilita: al enviar sus ganancias al exterior, objetivo sin el cual nadie se asoma a estas latitudes, los nuevos dueños nos privarán de divisas. Pero, si nuestra limitación no es financiera, puede ocurrir –y esto justifica remunerar el aporte del capital extraño y cierta extranjerización en determinada área– que suframos un déficit de capacitación en el tema o un grado de inexperiencia en tecnologías complejas y novedosas. Una mezcla de ambos factores  obliga al país a efectuar acuerdos de ese tipo, cuyo balance es positivo. Estos casos difieren, si los analizamos seriamente, de aquellos que son perniciosos para el país, fruto de la gestión de fuerzas “amigas” del capital internacional o de una debilidad en la defensa de la nación, que se traduce en la ausencia de una regulación que limite al capital extranjero, impidiendo que afecte a la economía de la nación. En el gobierno pasado, una suma de carencia de capitales y de necesidad de asimilar tecnologías desconocidas fue la razón del acuerdo con Chevron para explotar el petróleo y gas off share, en Vaca Muerta. Hemos analizado antes el caso, asociado a la reestatización de YPF. Ahora, lejos de volver sobre dicha cuestión, sólo queremos establecer un parámetro general (sin por eso consentir cualquier concesión al capital privado, cuya voracidad es un dato invariable), para pasar al examen del caso Uber.

Lo más saliente del caso Uber es que lejos de aportar al país una producción o un servicio ausente entre nosotros, viene a desplazar al capital nacional de un servicio rentable a cambio de nada. El servicio de taxímetros no es mejor ni peor que el de otros países, y la nueva operadora no aporta a los argentinos una ventaja o servicio novedoso, que carezca de antecedentes dentro del país o exija conocimientos extraños entre nosotros y justifique los daños que causará a los prestadores del actual servicio. Sin celulares ni plataformas web, no disponibles entonces, por medio del uso de radiollamadas, en la década del 90 proliferaron en Córdoba las empresas de remises (“truchos”, les decía la población, para señalar que no era el “distinguido” servicio “vip” tradicional). Los usuarios los llamaban desde cualquier teléfono. Cobraban en efectivo, es obvio; un dato accesorio, sin importancia hoy,  ya que actualmente más de un taxímetro cuenta con el servicio de cobro con tarjeta. También, como Uber, explotaron un marco de crisis laboral, que impulsaba a miles a la lucha por sobrevivir. En la marginalidad, con el automóvil propio, sin pagar impuestos, y aportes previsionales, nuestros desesperados tributaban a una “central” que receptaba pedidos y recibía una “comisión” del 25 %. En realidad, el remisero pagaba, además del “servicio” una protección legal, ya que las “centrales” estaban amparadas por la negligencia estatal y en algunos casos tenían como “socios” a figuras de la política. Todo lo cual era canallesco; pero, volviendo al presente ¿con la tecnología actual, no es posible que los mismos taximetristas, asociados, ofrezcan desde la legalidad el servicio que Uber se ufana en brindar, como un espejito del siglo XXI? Tan realizable es esto que acaba de formarse en la ciudad de Mendoza Tango-Taxi, creada por los taxistas, con la misma oferta y el compromiso de  añadir el pago con tarjeta, en un futuro próximo. La oferta bien podría replicarse, en toda la Argentina –país reconocido, por su capacidad en informática– sin provocar el daño que implica el arribo de capitales cuasi mafiosos, que desconocen las reglas de un servicio público –la misma liviandad llevó a los hipermercados a usurpar el área reservada a las farmacias, como si fuese igual vender antibióticos que despachar salamines–, sortean el trámite municipal de habilitación, todos los controles y, como si fuese poco, el pago de impuestos que se exige al sector que cumple con todas las normas legales. Conformado, además, por empresarios pequeños de capital nacional, lo que no es un dato menor: peso que ganan lo gastan o invierten dentro de la Argentina.

Se ha hecho notar que los mismos sectores de la opinión pública que condenan la venta informal de los “manteros” y su competencia desleal con el comercio en regla aplauden a Uber,  una incongruencia que revela prejuicios ¡Uber proviene de los EEUU! ¡Su valorización financiera habla de un activo de U$S 60.000 millones! ¡No será cosa de “marginales! ¡Su llegada nos trae un servicio “vip”, con el nivel del primer mundo! No interesa si su informalidad y desdén por cuidar la seguridad llega a extremos como la contratación de un conductor implicado en la matanza de Michigan, algo que recuerda una nota del diario La Nación. Según el mismo medio, que no se caracteriza por rechazar a la firma, Uber ha  recibido denuncias penales por abusos, en su país de origen.

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Naturalmente, se esgrimen, a favor de “lo nuevo”, los defectos y faltas del “viejo” servicio, que son, creemos, más o menos los mismos, aquí y en el exterior. Un examen rápido detecta en los medios  la acción de un lobby que vende viajes que son un placer, con música divina, caramelos, y hasta un brindis. Los datos, hasta ahora, dicen lo contrario, ¿qué podría esperarse de una empresa que inicia su actividad en el país sin inscribirse en AFIP, sin habilitación profesional, sin existencia legal? ¡Sin  domicilio constituido! No inventamos nada: es lo denunciado en el fuero penal por el Secretario de Transporte del gobierno macrista de la ciudad de Buenos Aires, insospechable de ver con malos ojos a una empresa norteamericana.

No obstante la gravedad de esos atropellos (nos han tomado por un país bananero), creemos que lo principal está definido en los primeros párrafos de esta nota. En Córdoba, una firma española, competidora de Uber en el mismo rubro, promete “diálogo” con el poder municipal y disposición a someterse al marco legal. Se trata de Cabify, del mismo servicio; un estilo distinto, nada más.

El país debe prescindir de “inversiones” que como en la perinola “toman todo”, restando fondos al ahorro interno, al consumo del país, a nuestra capacidad de acumular capitales. Los dueños del negocio son hoy argentinos y no debiéramos permitir que se los sustituya por un sistema que sólo creará trabajo precario, no pagará impuestos y nos transformará en tributarios de los parásitos de la llamada Aldea Global, en la cual nos darán un lugarcito del suburbio.

Córdoba, 22 de Abril de 2016